Capítulo 34.

"The Schuester's Origins"

La noche había caído ya para cuando llegamos de vuelta a casa de Rick. El cielo lucía hermoso, de un azul oscuro y profundo, despejado y estrellado. La luna brillaba en el firmamento, con un haz plateado, reflejando los cósmicos rayos del astro rey, como si quisiera imitar el resplandor de la piel marmórea de Sebastian en el claro hacia unas horas.

Estacioné el monovolumen en el espacio libre del porche. Ninguno de los dos bajó del auto; no queríamos despedirnos todavía… no tan pronto. Me resultaba sorprendente lo mucho que me aferraba ahora a Sebastian, lo difícil que me era separarme de él, no verlo – aunque solo fuesen por unas horas. Me ponía ansioso.

Me volví hacia él, cuyos ojos de un ámbar tostado se encontraban posados fielmente en mí, como si se reusaran a apartarse de los míos aunque una pared creciera mágicamente en medio de ambos.

- Bueno, no estuvo tan mal. – comentó, con una sonrisa divertida curvando sus finos labios. – Creo que lo hemos logrado.

Solo el celestial sonido de su voz era incapaz de romper cualquier momento. Sonreí, sacudiendo la cabeza.

Lo miré, con nueva curiosidad. Él pareció percatarse de mis intenciones, puesto que se acomodó y me miró, como a la espera de que dijera cualquier cosa.

- ¿Me dirás ahora cuántos años tienes? – cuestioné, indeciso si la pregunta podría incomodarlo o molestarlo.

Para mi alivio, no fue así.

- ¿Eso importa acaso? – su sonrisa brillaba en su perfecto rostro.

- No, pero me ha quedado la duda. – me encogí de hombros. – No hay nada como un misterio sin resolver que te mantenga en vela toda la noche… Lo que me recuerda también: ¿qué haces por las noches?, ¿cómo pasas el tiempo sin aburrirte? – recapacité.

- Thad Harwood, eres un preguntón. – rió, negando con la cabeza. – Responderé a tu primera pregunta: nací en Chicago en 1901. – me miró, esperando ver una reacción de mi parte. Procuré que mi expresión no denotara la sorpresa. Continuó, con una ligerísima sonrisa. – Tenía diecisiete años cuando Will me encontró. Estaba en un hospital, muriendo de gripe española. No lo recuerdo muy bien, fue hace muchísimo. – dijo, dejándome atónito.

Contuve un jadeo de sorpresa. Pensar en Sebastian, enfermo, débil y vulnerable, agonizando… me erizaba la piel. Definitivamente odiaría verlo de ese modo, y me alegraba saber que era imposible que sucediera ahora.

- Los recuerdos humanos son borrosos y se desvanecen. – murmuró, sumiéndose en sus pensamientos. Después de una breve pausa, agregó: – Fue el verano de 1918 cuando Will me salvó. Es algo que jamás podría olvidar, fue más difícil para él que para mí.

- ¿Y tus padres?

- Ya habían muerto por la gripe. Estaba solo. Fue por eso que me eligió. Nadie se daría cuenta si desaparecía, sobretodo con el caos de la epidemia. – dijo, con voz neutra.

Me tomé unos segundos para asimilar la información.

- ¿Cómo fue que te salvó? ¿Dices que fue más difícil para él? – quise saber, cada vez más sumergido en interés por saberlo todo de él.

Vaciló un poco antes de contestar, como si tratara de encontrar las palabras adecuadas para expresarse. Me miró, torciendo ligeramente el gesto, meditabundo.

- No muchos de nosotros tenemos el control necesario para conseguirlo, pero Will lo hizo. Él siempre ha sido el más humano y compasivo de todos. No creo llegar a encontrar a nadie como él en la vida. – desvió la mirada al firmamento, a través del parabrisas. – Para mí, solo fue excesivamente doloroso.

Supe que no sería prudente preguntar nada más al respecto ni presionarlo a obtener alguna otra respuesta, dada su expresión nostálgica, frunciendo los labios firmemente en una delgada línea, como si se esforzara por suprimir ciertas cosas en sus recuerdos.

Y me era inevitable compartir su pesar. Me dolía verlo abatido por el motivo que fuese. A pesar de la inmensa curiosidad que sentía, tuve que reprimir mis impulsos de preguntar para no incomodarlo más.
Sin embargo, él pareció notar que aún había dudas en mi cabeza, aunque hubiera jurado que no podía leerme el pensamiento.

Su voz suave volvió a hacerse sonar en el interior de mi monovolumen.

- Hay una razón para cada una de sus elecciones para con nosotros. Fui yo el primer miembro de la familia de Will, aunque poco después encontró a Emma. – frunció el ceño de manera apenas perceptible, no con molestia sino con dolor. – Cayó de un risco. La llevaron directamente a la morgue del hospital, aunque de alguna manera que nadie puede explicar, su corazón seguía latiendo.

- Entonces, ¿tienen que estar a punto de morir para…?

- No, – me interrumpió con gentileza, mirándome con aquellos ojos de un ámbar cada vez más opaco. – eso es solo en el caso de Will. Él jamás convertiría a nadie que tuviera otra alternativa.

Admiraba como, siempre que hablaba de su padre, lo hacía con un profundo respeto. Era evidente que los lazos afectivos entre ellos eran estrechos, a pesar de no ser verdaderos parientes.

- Aunque, según él, – continuó. – es más sencillo si la sangre es débil.

Su voz casi se había tornado sombría. Sus ojos estaban fijos en la carretera a nuestro lado, y tuve el presentimiento de que estaba a punto de zanjar el tema. Obviamente, no quería que se despidiera todavía.

- ¿Qué pasó con Nick y Jeff? – pregunté, mirándolo con sincera curiosidad.

- El siguiente a quien Will trajo a la familia fue Nick. – dijo, luego una sonrisa apareció en su rostro, como si de pronto recordara un buen chiste. – No tardé mucho en comprender que él pensaba que él sería para mí lo que Emma era para Will. – bufó, divertido. – He de admirar que fue bastante cuidadoso con sus pensamientos sobre mí… hasta que no le importó ocultarlo más.

- ¡¿Ustedes salieron?! – lo miré con ojos muy abiertos, sorprendido.

Después de haber visto lo poco que se llevaban esos dos, me resultaba aún más increíble pensar en que Nick y Sebastian…
Se me revolvió el estómago de tan solo considerar la posibilidad. No tenía idea de qué aspecto tendría mi expresión entonces, porque Sebastian se debatía entre el nerviosismo y la risa contenida.

- No fue nada serio. – se encogió de hombros, como si no tuviera importancia alguna. – Yo no lo quería… no de esa forma… y estaba seguro de que lo que él sentía no era más que atracción por mí. De cualquier forma, no duramos mucho. Nuestras personalidades eran tan similares que nos repelíamos fácilmente. – sonrió, sacudiendo la cabeza. – Poco tiempo después, encontró a Jeff.

Asentí levemente, sopesándolo. Ladeé la cabeza ligeramente, sintiendo una nueva curiosidad.

- ¿Cómo fue que se conocieron Nick y Jeff?

A juzgar por sus poco disimuladas demostraciones de afecto en el Instituto, podría apostar que esos dos se amaban con locura, quizás tanto como yo amaba a Sebastian. Por lo mismo, me resultaba intrigante saber cómo fue que surgió su adorable romance.

Sebastian me sonrió.

- Nick iba de caza; en aquél tiempo, íbamos a los Apalaches. Se encontró con un pequeño campamento. Un oso pardo estaba a punto de acabar con él. – bufó, con ironía. – Nick lo llevó hasta Will en brazos por más de ciento cincuenta kilómetros, porque temía no poder hacerlo él mismo. Ahora comienzo a entender cuán difícil debió haber sido ese viaje para él.

Me dirigió una mirada dulce, tomando mi mano entre las suyas. El ascenso de la sangre a mis mejillas fue bastante predecible, así como el irracionalmente exaltado latir de mi débil corazón. Con su mano libre, acarició suavemente mi mejilla.

- Pero lo consiguió. – animé, enternecido por la historia y embelesado por su rostro.

- Sí. – asintió, con una pequeña sonrisa. – Nick vio algo en sus facciones que le dio la fuerza suficiente; fue como amor a primera vista. Están juntos desde entonces.

- Eso es adorable. – suspiré.

- A veces viven por separado, como una auténtica pareja de casados. Cuanto más joven fingimos ser, más tiempo podemos permanecer en un lugar determinado. Forks parecía perfecto, por eso nos inscribimos en el instituto. – explicó, riendo entre dientes. – Supongo que dentro de unos años tendremos que presenciar nuevamente su hermosa boda.

Sonreí. Sería fascinante ver una boda como tal, donde los novios fueran dos seres tan perfectos y bellos. Sería como una boda de cuento de hadas, seguramente.

- ¿Y Kurt y Blaine? ¿Qué hay de ellos? – quise saber, ansioso por conocer la historia de esa hermosa pareja.

- Creo que esos dos son las criaturas más extrañas que he conocido. – rió. – Ambos desarrollaron una conciencia, como nosotros la llamamos, sin ninguna guía o influencia externa. Will no fue quien los convirtió, en este caso. – dijo. – Blaine perteneció a otra familia antes de nosotros… un clan muy distinto. Se había deprimido y vagaba por su cuenta. Kurt lo encontró. – ladeó la cabeza, mirándome con una ligera sonrisa. – Él, como yo, está dotado de ciertas habilidades superiores que están más allá de las propias de nuestra especie.

- ¿De verdad? – inquirí, asombrado. – Creí que eras el único que podía leer mentes.

- Lo soy. Kurt tiene otro don: él ve las cosas. Algo así como visiones del futuro, de cosas que podrían suceder. Aunque es subjetivo, ya que el futuro no está escrito. Las cosas pueden cambiar.

Sebastian desvió la mirada, por lo que me fue difícil descifrar su expresión.

- ¿Qué tipo de cosas ve?

- Vio a Blaine y supo que lo estaba buscando aún antes de conocerlo. También vio a nuestra familia, y ambos acudieron a nuestro encuentro. Es más sensible a quienes no son humanos. Por ejemplo, siempre ve cuando algún otro clan se acerca y la amenaza que pudiera suponer.

Mi sorpresa fue imposible de ocultar.

- ¿Hay muchos… de su especie?

¿Cuántos más podrían haber entre nosotros, sin ser siquiera detectados?

- No, no demasiados. La mayoría son nómadas. Solo pueden vivir por entre los humanos los que, al igual que nosotros, renuncian a la sangre humana. – me dirigió una mirada cautelosa, casi temerosa, como si supusiera que escucharlo me haría salir corriendo. – Solo he conocido a otra pequeña familia de vegetarianos como nosotros en un pueblito de Alaska. Son buenos amigos de la familia. Vivimos juntos durante un tiempo, pero éramos muchos y empezábamos a hacernos notar. Los que vivimos de forma diferente tendemos a formar clanes más grandes.

- ¿Qué hay del resto?

- Nos topamos con algunos de vez en cuando. Generalmente, todos recurrimos al norte. – dijo, con cierta tensión que no comprendí.

Asentí, asimilándolo.

- Por el clima, ¿no es cierto? – aventuré.

- Exacto. – sonrió nuevamente, nublando mis pensamientos con aquella mirada penetrante e hipnotizadora. – ¿Te imaginas que camináramos por las calles a pleno día en cualquier otro estado? Es por eso que decidimos vivir en la península de Olympics: es el lugar menos soleado del país. Resulta agradable poder salir durante el día. Era un completo fastidio tener que salir solo durante la noche durante ochenta y tantos años. – hizo un mohín.

Me reí.

- O sea que de ahí viene la leyenda.

- Puede ser. – rió también.

- ¿Kurt procedía de alguna otra familia, como Blaine?

- No, y resulta un completo misterio, ya que no recuerda absolutamente nada de su vida humana ni tampoco sabe quién lo convirtió. Despertó solo; quien quiera que lo hubiese hecho, se marchó, y no nos explicamos cómo es que lo logró por sí mismo. Si Kurt no hubiera tenido ese don, si no hubiera visto a Blaine, y posteriormente a nuestro clan, seguramente se habría vuelto una criatura salvaje.

Me estremecí ante el pensamiento. Era difícil visualizar a alguien tan grácil y aparentemente delicado como Kurt en un estado salvaje y amenazador.

Todos estos nuevos conocimientos acerca de los Schuester me resultaban exorbitantes. La historia detrás de cada uno era completamente fascinante. Y me hubiera encantado seguir indagando sobre su vida y el pasado de los Schuester, de no ser porque mi ridícula humanidad me traicionó. El vergonzoso rugir de mi estómago emitió un eco sordo en el ambiente. Apenas me percataba de lo hambriento que estaba.

Sebastian se esforzó por contener una carcajada, a lo que no pude hacer más que sonrojarme, apenado.

- Lo siento, estoy siendo desconsiderado. Necesitas comer algo, Thad. – me dijo, en tono casi demandante.

- Estoy bien, no tienes que…

- ¿De verdad empezaremos esta discusión de nuevo? – arqueó una ceja, con una sonrisa divertida.

Puse los ojos en blanco, con un suspiro resignado. Él sonrió, triunfante.

Bajamos del auto, viéndonos forzados a desenlazar nuestras manos por unos segundos. De inmediato, volvió a situarse a mi lado, entrelazando sus dedos con los míos, en un tacto gélido y perfecto. La electricidad no dejaba de correr por mis venas ante su roce.

Se adelantó y abrió la puerta. Este hecho me desconcertó bastante.

- ¿Estaba abierta?

- No, usé la llave bajo el cobertizo.

Fruncí el ceño. Estaba completamente seguro de que jamás había usado esa llave frente a él. Encendí las luces del interior, para luego volverme y encararlo, con mirada interrogante y las cejas enarcadas.

- Despiertas mi curiosidad, Thad. – se encogió de hombros inocentemente.

- ¿Has estado espiándome?

No supe si actuar ultrajado o halagado. Simplemente me resultaba increíble que Sebastian pudiera interesarse en cualquier cosa que yo hiciera, cuando mi vida era tan aburridamente cotidiana. Y más incoherente resultaba aún que no mostrara arrepentimiento alguno.

- Querías saber qué hacía por las noches. – repuso, con una sonrisita pícara.

Bufé, incrédulo.

- Wow. – fue lo mejor que pude decir, ni siquiera tenía el aliento suficiente para pronunciar nada más.

Me dirigí a la cocina, sintiendo la sangre arder en mi cara. Sebastian me seguía de cerca, tan sigiloso que a penas lo percibía. Se sentó en la silla que solía usar mi padre, sin decir palabra, tan solo observando cada uno de mis movimientos mientras me disponía a prepararme un simple sándwich.

Su belleza parecía iluminar la cocina; a pesar de tenerlo ahí, tan cerca, sin apartar sus ojos de mí, me sentía sumamente cómodo. Y no sabía cómo reaccionar ante su confesión: si sentirme intimidado o… ¿qué otra opción tenía? Era abrumador.

- ¿Con qué frecuencia? – hablé de nuevo, sirviéndome el emparedado en un plato, sin atreverme a mirarlo, procurando sonar natural e indiferente.

- ¿Qué?

- ¿Con qué frecuencia vienes aquí?

- Casi todas las noches. – admitió cínicamente.

Perdí el aliento de la impresión. Me volví hacia él, aturdido y desconcertado.

- ¿Por qué?

- Verte dormir me resulta fascinante. – respondió con naturalidad. – Hablas en sueños. Es el único vistazo que logro tener a tu mente.

Me quedé paralizado, casi aterrado. Estuve casi seguro de que palidecí.

¡Maldición! ¡Maldición! ¡Maldición! Por supuesto, hablaba en sueños. Mi madre lo sabía y solía hacerme burla al respecto, pero jamás creí tener que preocuparme por ello… hasta ahora. ¡¿Qué habría dicho frente a Sebastian?!

Me sostuve de la barra para recuperar la respiración, con los hombros tensos del nerviosismo. No era capaz de mirar a Sebastian en ese momento.

- ¿Estás enfadado conmigo? – preguntó, con cierta angustia.

- No. – suspiré, sentándome en la silla frente a él. – Pero lo estaré conmigo mismo si dije algo realmente vergonzoso.

- Descuida. – me sonrió con suavidad, tomando mi mano sobre la mesa. – Extrañas a tu madre; la mencionas a menudo. Hiciste alusión alguna vez al paisaje de Forks, "muy verde". – me citó, con una sonrisa divertida.

- ¿Alguna otra cosa? – quise saber.

Supuso lo que quería escuchar, así que admitió con una mirada socarrona:

- Pronunciaste mi nombre.

Suspiré pesadamente, con frustración. Tuve que contener el impulso de estrellar mi cabeza contra la mesa. Estaba más que avergonzado.

- ¿Mucho?

Se lo pensó un poco.

- Exactamente, ¿qué entiendes por "mucho"?

- ¡Ay, no! – gemí, encogiéndome en mi silla, cubriendo la mitad de mi cara con mi mano libre.

- ¡Hey! – susurró a mi oído. – Si pudiera soñar, sería contigo. Y no me avergonzaría de ello.

El rubor de mis mejillas debió dispararse a un nivel indebido. Su sonrisa se ensanchó.

Antes de que dijera nada, escuchamos el ruido de las llantas sobre el asfalto, subiendo por la acera de la entrada y vimos a través de la ventana las luces delanteras de la patrulla de Rick que se filtraban por las cortinas.

Miré a Sebastian, presa del susto.

- ¿Debería saber tu padre que estoy aquí? – inquirió, dubitativo.

- No… no estoy seguro… - intenté articular.

- En otra ocasión, entonces.

Se levantó de la silla, apenas dándome tiempo de reaccionar. Sentí la ligerísima presión de sus fríos labios contra mi frente, antes de quedarme completamente solo en la cocina.

Había desaparecido.

Rick hizo girar la llave y entró por la puerta. Fui incapaz de moverme de mi lugar. Resultó extraño escuchar las fuertes pisadas de Rick sobre el suelo, después de haber pasado el día entero junto a Sebastian.

- ¿Thad? ¡Ya estoy en casa! – llamó desde el vestíbulo.

- Estoy aquí. – informé en voz alta, una vez recuperada la compostura.

Esperaba que no hubiese notado la nota histérica de mi voz. Tomé el sándwich y lo metí al microondas, para hacer algo.

Entró a la cocina, antes de quitarse las botas con aires de fatiga.

- Huele bien. ¿Hay algo de eso para mí? ¡Muero de hambre! – suspiró, sentándose en su silla, donde minutos atrás había estado Sebastian.

Sonreí levemente, aún un poco alterado por el ajetreo anterior.

- Seguro. Es para ti. En un momento prepararé el mío.

- Gracias. – dijo mientras le dejaba la comida en la mesa y me volvía a preparar un nuevo emparedado para mí.

- ¿Qué tal te ha ido? – pregunté, atropelladamente.

Sentía la urgencia de salir corriendo a mi habitación, en busca de alguna señal de Sebastian.

- Bien. Hubo buena pesca. – contestó, terminando su bocado y dando un sorbo al jugo de arándano que había servido para él. - ¿Qué tal tú? ¿Cómo te fue en Seattle? ¿Encontraste lo que necesitabas?

- Ah… sí. – mentí, olvidándome por completo de ese asunto. – Sí, yo… la pasé bien. El clima estuvo estupendo.

- Sí, fue un gran día. – coincidió.

"Eso se queda corto", pensé. Apenas si mastiqué adecuadamente cada bocado. Tomé varios sorbos de jugo antes de apresurarme a dejar mi plato en el lavabo y fregarlo.
Me sorprendió lo observador que fue Rick.

- ¿Tienes prisa?

- Sí, estoy algo cansado. Quisiera dormir temprano.

- Pareces nervioso. – comentó, suspicaz.

- ¿Ah, sí?

¡Argh! No era posible. Justamente esta noche había tenido la brillante inspiración de reparar en mí. ¡¿Por qué, Dios?! ¡Solo quería desaparecer!

- ¿Pasó algo hoy? – quiso saber, mirándome con interés.

- No, para nada. – me apresuré a decir. Grave error.

Rick arqueó una ceja, asintiendo lentamente.

- Y… ¿cómo ha estado tu amigo, Sebastian?

Tragué saliva.

- Uhm… Bien, sí. Perfecto. – intenté sonreír con naturalidad.

Intento fallido. ¡Demonios!

- Él te gusta, ¿no es así? – soltó de pronto, y casi tiro los platos de la impresión. Me había tomado completamente desprevenido.

- ¡Papá…!

- ¿Qué? No tendría nada de malo, hijo. – replicó, terminando su emparedado. – Es solo que… bueno… Dijiste que ese chico, Adam Crawford, era simpático hace unos días. Pensé que…

- Papá, – intervine, sacudiendo la cabeza. – Adam es sólo un amigo.

- ¿Y qué hay de Sebastian?

- ¿Mencioné ya lo cansado que estoy? De verdad. – traté de eludir el tema, encaminándome hacia la salida.

Rick se echó a reír.

- Bueno, bueno… De todos modos, eres muy bueno para los chicos de aquí. Tal vez cuando vayas a la universidad, tendrás la oportunidad de buscar.

- Seguro. – bufé, de manera apenas perceptible. – Me daré un baño y llamaré a mamá, ¿de acuerdo?

- No pensarás escaparte esta noche, ¿o sí? – bromeó. – Parece que te urge ocultar un cadáver.

Rodé los ojos, divertido, pero sin poder abandonar la ansiedad.

- ¡Buenas noches, papá! – me limité a decir, subiendo las escaleras a un fingido paso pausado, a modo de imitar verdadera fatiga.

- Buenas noches, Thad.

Tan pronto como desaparecí de la vista de Rick, corrí sigilosamente a mi habitación. Al entrar y echar un vistazo, comprobé que Sebastian no estaba ahí todavía, por lo que tomé mis cosas de baño y me metí a la ducha rápidamente.
Ni siquiera logré relajarme lo suficiente bajo el chorro caliente. La necesidad de verlo me hacía insoportable perder un solo segundo más.

Sequé mi cabello con la toalla, contemplando por milésimas de segundo mi reflejo. Luego, me puse mi cómoda pijama, sin tener nada mejor a la mano, y salí de nuevo hacia mi habitación.

Abajo percibía el sonido de la televisión. Rick estaba en la estancia todavía.

Tomé el teléfono y marqué a Maura. Era cierto que debía ponerme en contacto con ella. Últimamente había estado descuidando nuestra comunicación, lo que debía tenerla intranquila. Y, por supuesto, quería saber cómo estaba ella y qué tal la pasaba con Greg.

Me senté en el centro de la cama, con las piernas cruzadas. No tuve que esperar mucho en la línea. Contestó al tercer timbrazo.

- ¡Hasta que te dignas a llamar! – la eufórica voz de mi madre al otro lado del auricular me hizo sonreír.

- Hola, mamá. ¿Cómo has estado?

- ¿Yo? ¡Oh, estupendo! Florida es hermoso. Hace mucho sol, te encantará. – sonaba animada, lo que me alegraba. Mordí mi labio al escuchar lo último. ¿Ir a Florida? – ¿Cómo te ha ido a ti, cielo? ¿Qué tal el instituto? ¿Cómo está Rick?

- Me alegro, mamá. Uhm… me ha ido bien. Y él está genial, les… les envía saludos.

- ¡Qué considerado, gracias! – convino. – Pero, cuéntame, ¿has asistido al Baile de Primavera? Rick lo mencionó alguna vez. ¿Quién te ha invitado? – parecía tan emocionada que me sentí culpable de decepcionarla por un momento.

- No, yo… sabes que los bailes escolares no son lo mío. – dije.

- Oh, es una pena, cariño. ¿Qué has hecho entonces este fin de semana? Oí el pronóstico, decía que estaría soleado por allá. ¿Qué tal el clima?

- Oh, sí. Ha estado estupendo hoy. Casi olvidaba lo que era el sol. – bromeé.

Maura rió del otro lado de la línea, lo que me hizo sonreír. Extrañaba sus peculiares carcajadas cantarinas.

- Luego, sin más preámbulos ni rodeos, se aventuró al asunto importante:

- Entonces… ¿qué tal Forks? ¿Te gusta? – inquirió.

- Más de lo que habría pensado. – admití, con un involuntario suspiro.

- Umm… ¿No será que alguien de ahí te guste? – sugirió con picardía.

Aún cuando no podía verme, me sonrojé. Me conocía tan bien…

- Es probable. – tanteé, mordiendo mi labio.

- ¡Lo sabía! – canturreó, victoriosa. – Cuéntame, ¿cómo es él? ¿Cómo se llama? ¿Es guapo? ¿Lo conociste en el colegio? ¿Han salido ya? …

- Mamá, calma. ¿Podrías disparar una a la vez? – reí.

- Lo siento, cariño, pero esto me emociona bastante. No has tenido nunca un novio en Phoenix. – repuso, audiblemente entusiasmada. – Vamos, ¡háblame de él! No te dejaré en paz hasta saber al menos su nombre. – amenazó en tono de broma, aunque sabía que era cierto.

- De acuerdo, de acuerdo… – sentí un hormigueo en el estómago. Resultaba extraño hablar de esto con mi madre vía telefónica. Hablar de mi intenso enamoramiento en sí era abrumador. Suspiré. – Su nombre es Sebastian. Es terriblemente guapo. Sí, lo conocí en el instituto, va en mi clase. Nos sentamos juntos en Biología. Es algo reservado y conservador, pero en realmente encantador. Y… sí, yo… nosotros salimos ésta tarde. – confesé.

Pude escuchar un agudo chillido de emoción por parte de mi madre que casi me deja sordo. Puse los ojos en blanco, sonriendo. Podía imaginarla en esos momentos, dando saltitos de alegría por la habitación, cual adolescente entusiasmada.

- ¡Oh, cariño, suena maravilloso! De verdad, estoy muy contenta por ti. – felicitó, desbordante de energía. – ¿Rick que opina? ¿Lo sabe todavía?

- No… no se lo he dicho aún, pero lo haré… pronto… espero. – mordí mi labio, mortificado.

- Me encantaría conocerlo.

- Te agradaría bastante. Él es muy… – no pude terminar la frase.

En ese instante, la ventana de mi habitación se abrió repentinamente, haciéndome pegar un brinco del susto.

- ¡Con un dem…! – mordí mi lengua, colocando una mano sobre mi acelerado corazón.

- ¿Cielo? ¿Qué pasa? – quiso saber mi madre.

Sebastian Schuester apareció, con una sonrisa de oreja a oreja, con su deslumbrante belleza, en mi habitación. Se había colado por la ventana, tomándome desprevenido. Yo mientras trataba de recobrar el aliento.

- No es nada, mamá… Yo… derramé el café en el edredón. – fue lo mejor que se me ocurrió decir. No le di tiempo de decir nada más. – Tengo que colgar. Será mejor que limpie esto antes de que deje una mancha. Te llamo luego, ¿sí? ¡Te quiero!

- Está bien… Adiós, mi cielo. Cuídate.

Colgué. Sebastian rió entre dientes.

- Hola de nuevo. – murmuró, radiante.

- ¡Casi me matas de un infarto, Schuester! – le recriminé, en voz baja.

- Lo lamento. – se encaminó hacia mí. – ¿Necesitas ayuda con la macha de café?

- Tonto. – sonreí, rodando los ojos.

Se sentó a mi lado en la cama, sin borrar su sonrisa.

- Bueno, al menos ya sé de dónde sacaste lo preguntón. – comentó con humor.

Lo fulminé con la mirada, a lo que él rió entre dientes, con una fugaz mirada de disculpas. Sacudí la cabeza y miré hacia la ventana aún abierta. Medité unos segundos.

- Así que es por ahí por donde entras.

- Sí, generalmente. – admitió. – Nunca pones el pestillo, eso lo hace fácil.

Asentí, permitiéndome recuperar la estabilidad habitual. Sebastian echó un vistazo a mi atuendo, arqueando ligeramente una ceja.

- Linda ropa, por cierto. – dijo.

Bufé, sarcástico, un poco ruborizado.

- No, lo digo en serio. – insistió, inclinándose hacia mí, su aliento rozando mi mejilla. – Te hace ver muy sexy.

Lo miré con severidad, sin poder ocultar el intenso sonrojo de mis mejillas ni mi frenético pulso.

- De verdad, si pretendes llevar a cabo la tarea de mantenerme con vida, comentarios como ese no serán de mucha ayuda. – repuse.

Sus labios se contrajeron al contener una carcajada.

- Tienes razón. Lo siento. – murmuró, divertido.

Se inclinó más hacia mí, rozando con sus labios la línea de mi mentón hasta mi oído, provocando una descarga de diez mil voltios en mi sistema. Mi mente quedó en blanco de pronto. Tuve que hacer uso de mi mejor concentración para no irme de la realidad.

- Parece que ya no te resulta tan difícil estar cerca de mí. – comenté, con la respiración agitada.

Mantener la calma jamás me había sido tan complicado.

- ¿Tú crees? – murmuró contra la piel de mi cuello, haciéndome estremecer.

Su suave y hechizante aliento acarició mis mejillas una vez que ascendió de nuevo, con sus labios a centímetros de los míos, mirándome directamente a los ojos.

- Ajá. – me las arreglé para articular, apenas con un hilo de voz.

Sonrió de manera arrebatadora.

- Debe ser el poder mental. – se encogió de hombros, con pésima modestia.

Sonreí de vuelta.

- Tienes razón, eso es completamente admirable. Te mereces un aplauso como premio. – bromeé.

- ¿Ah, sí? – rió, acercando su rostro peligrosamente al mío, nuestros labios casi rozándose, sin apartar nuestros ojos. – Porque yo estaba pensando en un mejor premio.

Sí, como era de esperarse, ahí estaba ese vergonzoso sonrojo en mi cara. Una sonrisita triunfal adornó las perfectas facciones de Sebastian. A veces podía ser tan arrogante…

- ¿Sabes? Nunca imaginé que llegaría a encontrarme en ésta situación, en los muchos años que llevo de existencia. – murmuró, con cierto humor. – No creía encontrar a nadie con quien quisiera estar de manera estable, de forma distinta a la que estoy con mis hermanos, en una relación seria o algo parecido… Y entonces apareces tú y cambias las cosas. – dijo, acariciando mi mejilla con su pulgar. – Aunque sea nuevo en esto, creo que no me va tan mal.

- Claro, como tú eres bueno en todo. – bufé, con diversión.

- Eso me han dicho. – agregó, con un guiño pícaro, provocando que mi sonrojo creciera.

Intenté ignorar completamente su comentario, ya que me hacía sentir nervioso.

- De cualquier manera, ¿cómo es que te es tan fácil ahora?

- No es fácil. – suspiró. – Esta tarde, aún, estaba indeciso si sería lo suficientemente fuerte… Estuve atento ante cualquier posibilidad, cualquier cosa que me hiciera perder el control… Hasta que me convencí de que mi mente era lo bastante fuerte como para sobreponerse a mis instintos. O al menos, para no suponerte ningún peligro.

Asentí, mirándolo con apreciación. Sus ojos me parecían más cercanos al café caoba que al ámbar. Podía suponer que no estaba siendo de lo más llevadero para él, lo que me hacía valorar aún más su esfuerzo.

- Mañana será más duro. – prosiguió, jugando delicadamente con nuestras manos entrelazadas. – He tenido tu aroma en la cabeza todo el día, lo que me ha hecho acostumbrarme de manera increíble. Pero temo que si me aparto de ti por ese lapso de tiempo, tenga que empezar más o menos desde cero.

- Entonces, no te vayas. – sugerí, anhelante.

No quería ni hablar de despedidas. Para mí también sería duro decirle adiós, aunque fueran solo unas horas, y estuviera dormido durante ese tiempo. Simplemente el saber que Sebastian no estaría a mi lado, me ponía ansioso.

- Eso es bastante prometedor. – sonrió, visiblemente complacido con la idea. – Soy tu prisionero.

Reímos entre dientes. Sus manos se amoldaron entorno a las mías, como si fuese él quien me estuviese reteniendo, en vez de al revés. Nos miramos durante unos segundos, sin decir nada, perdidos en los ojos del otro.

Fue inevitable el suspiro que brotó de mis labios. No podía describir lo que sentía cada vez que miraba aquellos hermosos ojos de Sebastian, su sonrisa encantadora, u oír su voz angelical.

- Es curioso… lo diferente que es leer sobre el amor, verlo en las películas, a vivirlo, ¿sabes? – musité, con una sonrisa ladeada. – Es más fuerte de lo que imaginé.

- Lo sé. – asintió, de acuerdo. – Es… impresionante. Abrumador. Sobre todo el asunto de los celos. Había leído mucho sobre ellos en los libros, visto a un millar de actores representarlos en películas y obras, que creía comprenderlos a la perfección. Pero… fue casi escalofriante. – sacudió la cabeza.

Lo miré con curiosidad. ¿Celos? ¿Había estado Sebastian celoso alguna vez? ¿Por mí? ¿Era eso posible?

Rió entre dientes, de manera musical, pero pude percibir un atisbo de nerviosismo en su voz.

- No sabes lo duro que resultaba controlarme cada vez que Crawford se te acercaba. Tener que leer sus pensamientos sobre ti era una tortura. – torció el gesto. – Al principio, no comprendía muy bien de qué se trataba. Me sentí aliviado cuando lo rechazaste, a él y a Wes, para el baile, aunque no entendía por qué lo habías hecho. Pero entonces, todo se fue aclarando. – suspiró. – Los celos son una cosa completamente extraña y abrumadora… ¡E irracional! Tan solo hace unos minutos, cuando Rick mencionó a ese imbécil de Adam Crawford…

Sacudió la cabeza, con enojo. Lo miré, sorprendido.

- Debí imaginar que estarías escuchando. – musité.

- Por supuesto.

- ¿En serio eso te hace sentir celoso?

- Oye, no me culpes. Soy nuevo en esto. Has resucitado al hombre que hay en mí, y me resulta intolerable pensar que alguien además de mí se te acerque de ese modo. – replicó.

- Wow. Eso sí que sonó posesivo. – bromeé, sonriendo. Él sonrió de vuelta, apenado. – Pero, no lo entiendo. Es decir, ¿por qué habría de tener ojos para alguien más cuando te tengo a ti? – estreché suavemente su mano. – Además… debería ser yo quien se sintiera realmente preocupado. Después de escuchar lo de Nick y tú… digo, Nick es la encarnación de la belleza masculina… con o sin Jeff, ¿cómo podría competir contra eso?

- No hay competencia, Thad. – aseguró, serio.

- Sé que no hay competencia. Ese es el problema. – suspiré, bajando la mirada a nuestras manos.

Sebastian acunó mi barbilla gentilmente con su mano, forzándome a elevar la mirada para que mis ojos se encontraran con los suyos, hermosos y brillantes.

- Thad, Nick es un hombre realmente atractivo, no lo niego. Pero, aún si no fuera como un hermano para mí, y si Jeff no le perteneciera, jamás podría ejercer la centésima parte de la atracción que tú tienes sobre mí. – su voz era suave y aterciopelada, y su mirada mostraba franqueza. – Te mentiría si dijera que Nick ha sido la única "relación" anterior que he tenido. He caminado entre los míos y los humanos por muchísimos años, Thad, y me había convencido de que nunca encontraría nada que hiciera sentir más completo de lo que me creía, porque no sabía lo que buscaba ni me interesaba nada serio… Hasta que te conocí.

Sentí cómo el rubor ascendía a mis mejillas, mientras miraba los ojos de Sebastian, embelesado. No sabría describir el sentimiento que me embargó al escuchar esas palabras de sus labios. Pero no podía sentirme más dichoso.

Sonreí tímidamente, acariciando su mejilla.

- Y yo estoy seguro de que nunca querré a nadie más que a ti. – susurré.

Sebastian sonrió de vuelta, juntando nuestras frentes. Tomó mi rostro entre sus manos, con suma delicadeza, como si temiera romperme en cualquier instante… y probablemente sería capaz de hacerlo. No lograba apartar mis ojos de él, de su exuberante belleza, de su inhumana perfección.

- No te muevas. – murmuró bajo, sus labios peligrosamente cerca de los míos.

Obedecí, sin más remedio. Me rendí a sus brazos, cerrando los ojos y aguardando.
El exquisito roce de sus labios sobre los míos me hizo estremecer. No estaba seguro de poder acostumbrarme algún día a tan gloriosa sensación. Era como si de pronto todo a mi alrededor desapareciera, y solo estuviera él. Ni siquiera me importaba el hecho de que Rick estuviera en casa. No podía pensar en otra cosa que no fuera en Sebastian, en mi hermoso vampiro. Mi novio.

Sus labios se acoplaron con los míos de manera perfecta, con suavidad y dulzura. Al principio, temerosos. Ninguno de los dos parecía seguro de qué tan lejos podíamos llegar sin ser demasiado arriesgado.

Una de sus manos descendió hasta mi cintura, atrayéndome hacia él. No dudé en hundir mis dedos en su sedosa cabellera castaña. Entreabrió sus labios lentamente, deslizando su lengua hacia los míos, delineando con la punta mi labio inferior. Mi respiración se entrecortó, cediéndole el paso a mi boca sin reservas.

Se introdujo como una cautelosa serpiente, buscando mi lengua para devorarla sin piedad. Nuestras bocas se fundieron en una danza rítmica, lenta, precavida, dulce.

Me sujetaba con firmeza, pegándome a su cuerpo, haciendo presión en mi espalda baja. Una corriente eléctrica atacó mi sistema nervioso. Rodeé su cuello con mis brazos, tímidamente, mientras él exploraba mi boca y yo degustaba el sabor de su esencia. El ritmo del beso comenzó a ascender. De pronto nuestros labios se movían con mayor rapidez, sin perder su sincronización. No había un solo centímetro que me separara de Sebastian; me tenía completamente atado a él.

Acarició dócilmente mi cintura, liberando un suave suspiro en mi boca. Eso me provocó un gemido involuntario; apenas me percaté que había sido yo, cuando un sonido gutural brotó de los labios de Sebastian como respuesta. De un empujón, me tenía tendido en la cama, él encima de mí.
Mi corazón comenzó a martillar violentamente contra mis costillas. Ni siquiera pensaba con claridad, estaba demasiado abrumado.

No era yo quien tenía el control sobre mí mismo, era Sebastian. Me tenía dominado, sometido a sus caricias, mientras devoraba mi boca de forma casi salvaje. Sería imposible determinar donde comenzaba la boca de uno y dónde terminaba la del otro. Su lengua jugaba vorazmente con la mía como si tratase de arrancármela. Apenas podía respirar. Su mano se aferraba a mi cintura con fuerza, sin permitirme mover un solo músculo.

Esto se nos estaba yendo de las manos peligrosamente. Y, en el fondo, por más que disfrutara estar con Sebastian, por más que anhelara sus besos y por más que me gustara estar así de cerca de él, acariciándome sin detenciones, como lo hacía… estaba asustado.

Otro gemido escapó de mi garganta, seguido por un ronco murmullo de Sebastian. Ni siquiera entendí qué fue lo que dijo, si es que dijo algo coherente. Recorría con su lengua cada centímetro de mi boca, saboreando mis labios de vez en cuando, haciéndome perder completamente la razón.
Justo cuando creí que las cosas acabarían mal y terminaríamos en una situación terriblemente comprometedora frente a Rick,… sucedió, aunque no de ese modo.

Una aguda punzada de dolor aguijoneó mi labio inferior, haciéndome soltar un quejido. Me había mordido.

Sebastian se detuvo de inmediato, y se apartó en una milésima de segundo, estrellándose contra la pared del otro extremo de la habitación con un golpe sordo. Su pecho no se movía, como si estuviera en shock. Me miraba horrorizado, con angustia y arrepentimiento destellando ferozmente en sus ojos.

Posé instintivamente una mano sobre mi labio, palpándolo con la yema de los dedos para comprobar que seguía intacto. Y de hecho, no había sangre ni nada por el estilo. Solo estaba algo hinchado.

Jadeante, me esforcé por recobrar la compostura. Era como si Sebastian hubiera desactivado mi cerebro de alguna manera, y ahora buscaba la forma de encenderlo de nuevo. No se movió un milímetro, no rompimos el contacto visual. Yo seguía bastante aturdido.

- Thad… – comenzó, con la culpa en su voz. – Thad, lo lamento mucho. De verdad, lo siento… – murmuraba, con voz lastimera. – Yo creí… creí que sería más fuerte, que podría controlarme. Pero… me equivoqué.

No fui capaz de emitir sonido alguno. Mi cabeza daba vueltas, sentía que el labio me palpitaba.

- ¿Te encuentras bien? ¿Te hice mucho daño?

- No, – negué con la cabeza. – estoy bien. No ha sido tu culpa…

- ¿Qué no ha sido mi culpa? – bufó, con amargura. – Pudo ser peor. Pude haberte herido, Thad. – masculló, frunciendo el ceño con enfado. – Lo mejor será que me vaya.

- ¡No! – intervine rápidamente, como reflejo. Aún estaba agitado. – Quédate. – le pedí, en tono suplicante. – Por favor.

Bajó la mirada, ceñudo, como si se estuviese llevando a cabo una riña en su interior. Maldijo algo por lo bajo, para luego volver a mirarme, un poco más calmado.

Se acercó a mí, con cautela. Me recorrí un poco para dejarle espacio en la cama; se sentó en la orilla, sin dejar de mirarme.
Vacilante, alargó una mano y rozó con su pulgar mi labio inferior.

- ¿Duele mucho? – preguntó, preocupado.

- No, está bien. – le sonreí débilmente. – Creo que solo fue la sorpresa.

- No sé que fue lo que me sucedió. – murmuró bajo, mirando el edredón, sin atreverse a mirarme a los ojos. – Yo… perdí el control. Estando tan cerca de ti, tocándote… – cerró los ojos, sacudiendo la cabeza. – De verdad, lo siento, Thad.

- Está bien, no… no te culpes. – susurré, tomando tímidamente su mano. – Lo hubiera podido detener si hubiera querido.

Una sonrisa amarga se dibujó en la comisura de sus labios, con un leve resoplido.

- No, no hubiera sido así. – masculló. – A esto me refería.

- Oye, estamos juntos en esto, ¿de acuerdo?

Sus ojos volvieron a encontrarse con los míos, con ternura. Sonrió levemente y acarició mi mejilla.

- Lo mejor es que duermas, Thad.

- ¿Te quedarás? – cuestioné, esperanzado.

- No podría hacer otra cosa.

Sonreí. Me recosté de nuevo en la cama, él imitándome. Apoyé mi cabeza en su pecho, aferrándome a él, temiendo que en cualquier momento cambiara de opinión y desapareciera, dejándome solo y necesitado de él.

Lo amaba tanto.

- ¿Debería cantarte para que te duermas? – sugirió, con cierto humor.

- No quiero dormir aún. – repuse, divertido. – Aunque no estaría mal… más tarde.

- ¿Qué quieres hacer, entonces? – suspiró.

- Quiero saber más de ti.