Una voz desconocida retumbo en el oído de la paciente Fowler.

-Despierta… Amy, despierta…

Amy sentía el impulso de mover su cuerpo, de estirarse y poder rascarse los ojos, pero, ¿por qué no podía? ¿Qué la detenía? Podía sentir que su cabeza se movía un poco, lo demás seguía inmóvil. No podía mover nada. Comenzaba a asustarse, el miedo comenzaba a bombardear su mente. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué había sucedido? ¿Por qué no recordaba nada? No tenía un último recuerdo, no sabía que había hecho antes o en qué día se encontraba. Sabía que debió haber sufrido algún trauma gracias a sus conocimientos en neurobiología, pero, ¿cuál?

Piensa, Amy. Piensa…

¡Espera!

Una imagen estaba en su mente. Ella estaba manejando. ¿Y después? Nada… Intento ayudarse a sí misma, era neuróloga, tenía que salir de esto. No podía ser tan idiota. Debía logarlo.

Relájate. Vamos por pasos. Recuerda tu infancia primero.

Imágenes de una niña pequeña con faldas largas, suéteres anchos y libros en ambas manos. Padres divorciados, madre estricta. Niñas y niños burlándose de ella. Lentes feos, cabello graso y despeinado. Cero amigos, excepto aquel niño, ¿cómo se llamaba? Scott… ¡Scott! ¿Por qué el nombre de su amigo de la infancia hacía sentir algo en el pecho?

Vamos… Sigue recordando...

Caídas en los jardines de la escuela. Niñas empujándola en el baño, golpes. Bromas pesadas. Madre histérica. Hermanos superiores. Preparatoria infernal. Ciencia. Universidad prestigiosa. Madre entrometida. Citas obligatorias. ¡Citas! ¿Por qué las citas retumbaban en su cerebro? Quizá alguna de ellas debió haber salido pésima y ahora no lo recuerda. Amigos, ¿colegas? No, definitivamente se estaba forzando demasiado…

Necesitaba enfocarse si deseaba despertar al cien por ciento. Tenía que lograrlo. ¡Dios! Si tan sólo recordara algo… Estaba desesperada. Estar en ese estado no era lo más agradable de su vida. Quería poder admirar el amanecer, sentir sus piernas moverse por el pasto, dejar su cuerpo caer y percibir lo húmedo de éste y con sus dedos apreciar lo suave de la seda. ¿POR QUÉ NO PODÍA HACERLO? Era estúpida, justo como siempre dijeron en la escuela. Idiota. Debería estar muerta, ¿por qué el mundo no se hacía un favor y la mataba ahora? Ella no quería ser un vegetal. Odiaba ser tan inútil, mínimo antes podía ayudar a la ciencia y lograr algo para el futuro. ¿Y ahora? Ahora quizá sólo usaba el espacio de una habitación vacía donde nadie la veía, ya que no había quién se preocupara por ella. La recámara podría ser utilizada por un padre, una madre, una persona con miles de amigos o con una familia unida; no por ella… una nerd, fea y patética mujer. Comenzó a sentir lentamente como de sus ojos resbalaban lágrimas y recorrían su pálido rostro. Debía verse tan mal en estos momentos. ¡Cómo deseaba huir! Despertar o morir, cualquiera de las dos opciones eran tan similares… De pronto, sintió algo recorrer su mano derecha, ¿un dedo? No, eran tres. ¿Quién podría ser? ¿Su madre? No, ella jamás tenía contacto con ella. Además, ¿qué era ese olor? Uno muy ligero a jabón y a desinfectante. Era extasiánte. Justo a como olía un buen laboratorio.

-Abrirás los ojos cuando puedas hacerlo, Amy.

Esa voz. Era una embriagante voz. ¿Por qué no podía recordarla? Asimismo se preguntaba desde cuando alguien la tocaba, ella odiaba el contacto físico, era repulsivo. ¡Dios! De verdad necesitaba abrir los ojos y poder recordar, deseaba con ansias recordar. Esto no era normal, aunque Amy estuviera al borde de la muerte, no había quién se preocupará y mucho menos que tuviera algún tipo de contacto con ella.

-Tranquila. Harás que te pongan un sedante si sigues moviéndote así, -volvió a hablar poniendo su palma en el hombro de Amy.

-¡Aléjate de mí!, -gritaba ella para sus adentros. -¡Aléjate! ¡No sé quién eres!


El día anterior había terminado con un tranquilizante, tal vez las enfermeras se lo habían dado por el alboroto que estaba causando.

-Ah… Otro día sin poder abrir los ojos. ¡Bendito Dios inexistente!

-Así que estás despierta, -habló aquella voz masculina. No era grave, era suave, tranquila. Tal vez era alguien conocido, ¿su hermano? Hace tanto que no hablaba con él que no rememoraba cómo se oían sus cuerdas vocales. Intento sonreír ante el recuerdo de su hermano corriendo tras ella por un pequeño patito de hule.

-Ves, luces mucho mejor sonriendo.

Así que sus gestos se podían notar, interesante…

-¿Quieres que te lea algo? Traje uno de tus libros favoritos, "Orgullo y Prejucio". Déjame decirte que ya vamos en el capítulo veinte, se está poniendo interesante.- Amy suspiró inmediatamente hacia sí misma. Realmente amaba esa novela, hace muchísimo tiempo que no la leía. Desde la Universidad, de hecho. Agradecía muchísimo al hombre anónimo que lo leyera para ella aunque ya se hubiera perdido una gran parte. Se escuchó como el libro se abría y se recorrían las hojas con paciencia. Su acompañante comenzó a hablar:

-Todo el mundo considera que un hombre soltero y de buena posición necesita una esposa. Esa creencia está tan metida en el ánimo de las personas a su alrededor, que todas las madres que le conocen le consideran una posible propiedad de alguna de sus hijas, sin tener para nada en cuenta los sentimientos que él pueda poseer a su llegada a cualquier parte para establecerse en ella. […]

-Comenzó a leerlo desde la página 1. ¿Quién rayos eres?...

Fueron dos horas estupendas, oyendo lo poderoso de Jane Austen. Amy parecía hundirse en la voz de su visitante. Leía de una manera tan única. Los puntos, las comas, su respiración. Todo parecía ser exactamente como una novela, la sintonía y la forma de narrar eran impresionantes. Amy de verdad se preguntaba quién era el joven que tenía a lado. ¿Algún amigo? ¿Amante? ¿Novio? Eso último la hizo reír para sí misma.

-¿Qué es tan gracioso?

-El hecho de que crea que tenga novio. Ja, ja, ja.

-Espero no te estés burlando de mi forma de leer, Amy Farrah Fowler.

-¿Cómo podría burlarme si tu voz es como la melodía del arpa en pleno amanecer? Oh, demonios…. Comienzo a ser cursi y no sé ni quién eres… De verdad que nunca dejo de ser patética…

-Debo irme, ya son las ocho de la noche. Es hora de dejarte descansar. Mañana seguiremos, Dra. Fowler.

-Buenas noches, desconocido.

Repentinamente se sintieron unos labios rozando la frente reseca de Amy.

-Buenas noches, Amy, -dijo él con una voz ronca.

¿Está a punto de llorar? ¿Por qué?...


La luz entraba por un cuarto blanco del Hospital San Bart en Glendale. Amy podía oír como la enfermera entraba y hacía resonar sus zapatos, esa mujer al parecer no levantaba las piernas. Después de darle una revisión a la paciente iba y abría las cortinas a todo lo que da. En cuanto despertara, Amy se quejaría al respecto. Quería descansar, no que la luz la molestara y dejara despierta todo el día sin hacer nada.

Eran días interminables, más cuando no aparecía aquel hombre misterioso que la iba a visitar. Amy seguía preguntándose quién podría ser ese personaje tan enigmático, trataba de recordar su vida, pero lo último que podía evocar su mente era que estaba vestida elegante y yendo hacia un lugar importante. ¿Cómo es que toda su vida se había quedado ahí? En sólo recuerdos. Empezaba a extrañar su laboratorio, los experimentos, días de fórmulas y gritos de chimpancés. El olor a cigarro venía a su mente, ¡ah!, de verdad lo echaba de menos… Aquellos días que se convertían en noches de insomnio por culpa de malos datos. Amaba tanto su trabajo y ahora lo anhelaba con tantas ansias. Esperaba que pronto pasara el shock que tenía, de verdad quería volver a ser ella, trabajar, estudiar, leer, pasar tiempo en el baño con una ducha caliente, mirar sus series y películas favoritas… Se escuchó la puerta abrirse despacio. No era "él" definitivamente, él siempre abre con confianza. ¿Quién podría ser entonces? Olí a perfume, entonces era mujer. Se oían tacones bajos caminando hacia ella, se escuchaba el sonido de un vestido moviéndose. Oh, no…

-Hola, hija.

-Hola, madre…

-Siento que no haya podido venir, pero ese joven parecía más necesitado que yo de verte. Yo sé que estás bien y que médicamente tardaras un tiempo en rehabilitarte, él igual, sabe mucho, pero parecía que de verdad le urgía verte.

-¿Joven? ¿Urgencia por verme? ¡Esto no podría ser más extraño!

-Así que, por fin vine…- suspiró. –Yo… -se le entrecortó la voz, respiró profundamente y continuó, -perdón, hija. Yo fui quien te envió ahí y ahora estás aquí…- Se escuchó como su madre se acercaba, tomó su mano y la colocó en su rostro. –Sólo quiero que vuelvas a estar bien y podamos ir de compras de nuevo,- ¿Compras? - tus hermanos han preguntado mucho por ti, ya que están fuera del país no han podido venir, pero estarán pronto, te lo prometo,- la madre de Amy siguió sollozando y diciendo entre dientes palabras, arrepentimientos, agradecimientos, peticiones, preguntas que no se podían entender. Fue casi una hora y media de lágrimas hasta que por fin Emma cayó dormida.

-¿Quién soy?- Amy se preguntó a sí misma. No entendía nada de lo que sucedía, todo era tan ajeno y desconocido. El hombre y su madre parecían hablar con ella como si sus relaciones interpersonales fueran muy fuertes. Amy no era así. Ella jamás había tenido un lazo sentimental fuerte, al menos no con la gente, sólo con animales y la ciencia. Sentía sensaciones extrañas en su pecho, era un dolor agudo, ¿qué significaba? ¿Extrañaba algo, quizá? ¿Necesitaba más? Lo que en verdad le hacía falta eran respuestas, mirarse en el espejo y poder descubrir que todo seguía normal. No quería toparse con una mujer con cicatrices, de por sí su aspecto no le ayudaba bastante, ahora con heridas sería menos halagada por sus contribuciones a su rama. ¿Cuánto tiempo más tardaría todo esto? Había planes que debían ser cumplidos, premios que ganar, experimentos que hacer. ¡No podía simplemente seguir acostada haciendo nada! De pronto, un rechinido la sacó de aquel desesperante lío.

-¿Señora Fowler?, -era él. Se escuchó como unos zapatos se introducían a la habitación y se encaminaban hacia la cama donde Amy estaba postrada. –Señora Fowler…

-Hmm…- Emma no despertó, al contrario, se acomodó más en el colchón.

-¿Señora…?– Él la movió.

-¡¿Eh?! ¿Qué?- Se levantó de golpe. –Oh, eres tú, muchacho. Qué bueno que estás aquí, ¿cómo te dejaron entrar?

-Diciéndola verdad, obviamente. No soy muy bueno para mentir, ¿sabe?

-Lo sé, jovencito.

-Es muy noche ya. Venía a ver a Amy como cada noche, pero luego vi una figura más en la recamara y quería saber si era usted o alguien más la había venido a visitar.

-Sí, vine a verla y al parecer me quedé dormida. Bueno, deberíamos irnos para que mi hija descanse.

-Claro. ¿Le importaría darme un segundo con ella?- La señora Emma sólo asintió y caminó hacia la puerta. El joven se acercó más a la cama, poniendo su mano encima de ella y aproximándose al cuerpo de Amy, estando a milímetros de su rostro susurro:

–Por favor recupérate pronto.

-Por favor, dime quién eres.- Pensó. Repentinamente sintió unos labios posando en su pómulo derecho. Podía olerlo, sentirlo. Era tan intrigante no saber nada. Era, simplemente irritante. Percibió como se alejaba lentamente de ella, su aroma se extinguía y su ausencia comenzaba a notarse.

-¡No te vayas!- Gritó.

La habitación quedó inundada de silencio por varios segundos que parecieron más bien siglos. Los acompañantes se habían quedado estupefactos. Amy había hablado después de casi tres meses de su accidente. Los doctores habían dicho que probablemente nunca despertaría y que si lo hacía sufría un trauma que tal vez le haría perder la memoria. Su madre comenzó a llorar instantáneamente. Era imposible, pero agradecía que esa palabra no fuera apta para esta situación. Él salió corriendo para hablarle a las enfermeras y médicos. Amy sólo se quedó quieta, escuchando dentro de su mente el ruego que había hecho apenas unos minutos. Sus ojos parecían querer abrirse, sentir la luz. Pero tenía miedo. No quería mirarse y notar a una mujer vieja, llena de heridas o secuelas.

-Hija- mencionó Emma entre sollozos, –abre los ojos. Todo estará bien.- Amy sólo pudo negar con la cabeza y apretó más sus párpados. No lo haría y no la obligarían.

-Pronto estarán aquí- dijo él con voz agitada. -¿Cómo está ella? –Preguntó acercándose a ambas.

-Bien. Algo asustada, lo cual es normal.

-No estoy asustada, madre.- Sin pensar, añadió Amy molesta.

-Todo es estable aquí, Amy. No te pasará nada– declaró el muchacho. –No te pasó nada.

Sin querer las palabras de aquel hombre la tranquilizaron, quizá era verdad. Tal vez no le había pasado nada. Podría ser todo normal, sin ningún cambio. Además, ¿qué no eso había deseado desde hace tiempo? Vamos, sé valiente. Se dijo. Poco a poco comenzó a subir sus párpados, era difícil ya que la luz que entraba era demasiado brillante por ahora.

-Bajaré la luz- dijo su madre.

Cuando lo hizo, se sintió el cambio. Amy pudo abrir completamente sus ojos y observar su habitación. Era tan blanca y reluciente como la nieve. Tan bien cuidada, ordenada, justo como a ella le gustaba. Y, delante de ella se acercaba su madre, con una sonrisa en su rostro demacrado, lleno de ojeras y con un maquillaje arruinado. No sabía por qué, pero se alegraba de verla. En seguida, giró su cabeza un poco para encontrarse con un joven, alto, delgado, que sonriendo pronunció las palabras correctas:

-Buenas noches, Doctora Fowler.


N/A: Hola, chicas! Sé que me he tardado, pero mi vida es un jodido desastre *w* Así que, imagínense! En fin... Espero les haya gustado el cap, ¿sí les gustó? :s

Espero sus opiniones, prometo -en serio- traerles el nuevo cap pronto! :D Además, de una nueva historia que ya tiene dos capítulos hechos, ¡yei!

Pasen bonita semana, VIVA SHAMY!

No olviden su hermosa opinión. No les cuesta ni 5 min. :3