Una vez más, perdón por el retraso pero creo que el capítulo lo merece. Al fin llega lo que casi todos estábamos esperando... Que lo disfrutéis tanto como yo lo he hecho :).
PD: De nuevo, agradeceros vuestros comentarios y reviews, sin ellos esta historia no tendría ningún sentido. ¡Seguid así, que me alegráis la vida :)! Un beso!
34. La Carlotta y La Sorelli
Si alguien hubiese visto a Quinn Fabray días después de su ruptura con Rachel, y hubiese vuelto para visitarla tras un par de semanas de ausencia, le habría costado reconocer a la chica que pasaba los días y las noches lamentándose por el amor del que ahora carecía.
La visita de Kurt le había servido para recapacitar, para darse cuenta de que, mientras ella sufría tanto que, en ocasiones era incluso incapaz de seguir respirando por la opresión que sentía en el pecho y la fiereza con la que latía su corazón, Rachel era feliz, caminaba segura por Nueva York, sintiéndose observada, admirada y deseada por aquél hombre que parecía encantado de llevarla cogida de su brazo a donde quiera que fuese. No podía malgastar su tiempo de aquella forma, Rachel ya la había traicionado una vez y había pasado meses confinada en Cleveland, había aprendido que la mejor forma de deshacerse de los problemas no era huir de ellos, tenía que enfrentarlos como sólo ella sabía hacer.
Y, súbitamente, se puso en marcha.
Trabajaba en su guión noche y día. Jamás se había sentido tan entusiasmada por algo y es que, su reciente experiencia le había ayudado a encaminar el guión para el trabajo de admisión justo por donde ella quería que marchase. Lo tendría acabado en apenas un mes, coincidiendo con el proceso de apertura de matrícula de Tish.
Pero sus inclinaciones artísticas no eran lo único que la mantenía ocupada.
Al fin había encontrado trabajo. No le había costado demasiado, Sierra la había ayudado un montón, dejando sus solicitudes por todos los lugares que habían marcado como posibles opciones. Semana y media después de haberse mudado, una llamada de los grandes almacenes Macy's la reclutó para unirse a su equipo de jóvenes dependientas. Para su tranquilidad, le asignaron el departamento de hogar, y pasaba sus turnos vestida de Santa Claus (como guiño a la inminente llegada de las Navidades, para animar a los clientes a renovar su armario de invierno), hablándole a señoras mayores acompañadas por sus hastiados maridos sobre las ventajas del edredón de látex sobre el tradicional de plumas, aconsejando a nuevas parejas sobre las mejores sábanas para pasar el frío de diciembre, sonriendo ampliamente a todo el que se acercaba a ella, luciendo con orgullo la plaquita que, enganchada en la solapa de su disfraz, rezaba en letras brillantes "Ms. Fabray".
Su relación con Sierra se hacía más estrecha. Ya no eran sólo meras compañeras de piso, que se saludan cuando llegan y ni se dignan a compartir la comida. La joven artista se había convertido en una amiga y un apoyo en toda regla, la tenía en tanta estima que incluso a veces tenía pequeños detalles que lograban alegrarle el resto del día, como una mañana, que la despertó llevándole a la cama un gran tazón de cereales en los que, utilizando cacao en polvo, había dibujado una cara sonriente. Sierra era, como ya la definiese en otro momento, genial.
Kurt también la visitaba a menudo, bien yendo al apartamento para sacarla a tomar un café o a almorzar, bien sorprendiéndola al final de sus turnos de trabajo para invitarla a cenar. También ella se había dejado caer por el hotel Westin, donde Kurt actuaba, y el cantar junto a él algunas de las canciones del Glee club, subida al escenario, sintiendo cómo en la gente iba calando su espíritu joven y apasionado fue una de las cosas que más le devolvió las ganas de vivir.
Por otro lado, trabajar en Macy's le había abierto la puerta a un nuevo círculo social: el de sus compañeras de trabajo. La gran mayoría eran chicas jóvenes y guapas que, como ella, recurrían a aquel empleo a tiempo parcial para pagar sus precarios alquileres en la Gran Manzana mientras intentaban cumplir sus sueños. Se llevaba muy bien con todas, especialmente, con su compañera de turno y de departamento.
Valerie Hardwood había acudido desde Brighton a Nueva York respondiendo a la llamada de un prometedor empleo como fotógrafa para una revista sobre música independiente. Sin embargo, por problemas económicos, la empresa había tenido que cerrar, y ella se había visto sola, sin un dólar en el bolsillo y sin un hombro en el que llorar la pantomima en la que parecía haberse convertido el sueño americano. Pasó dos años viviendo de pequeños trabajos que le surgían, pintando algunos cuadros, componiendo canciones, hasta que en su diminuto apartamento no quedó sitio para más obras de arte sin destino y hubo de salir a buscarse la vida como Quinn había tenido que hacer. Aunque no le gustaba hacer comparaciones, Fabray no había podido evitar pensar que su nueva amiga era la antítesis total de Rachel: Era sincera, divertida, espontánea, con un sexto sentido para el buen arte y la buena comida y sobre todo, humilde. Le gustaba pasar desapercibida, aunque su desmesurada estatura, su cabello largo y negro y sus ojos almendrados no se lo pusieran demasiado fácil. Sí, sin lugar a dudas, Valerie encarnaba todas las virtudes que a Rachel le faltaban.
- Vamos, reina, vamos, vamos, vamos… - La jaleaba, mientras Quinn asía su jarra de cerveza y la empinaba bien alto para apurarla. Cuando la última gota hubo pasado por el gaznate de la rubia y ésta se limpió la cara en un gesto rudo y masculino, Hardwood estalló en aplausos y vitoreos. - ¡Eso es, Ohio, muy bien!
Aquella noche de jueves había salido una hora antes del trabajo y, a pesar de su inicial reticencia, Valerie la había arrastrado hasta un sucio antro de Brooklyn permitiéndole apenas dejar un mensaje en el contestador para avisar a Sierra de que llegaría tarde. Al acabar aquella cuarta cerveza de un trago, se sintió tan bien que podría estar flotando en el firmamento.
Volvía a sentirse joven y libre, y con muchísimas ganas de continuar con su vida.
- Ahora tendrás que invitarme a la próxima. – Balbució Quinn. – Lo has prometido.
Con un simple gesto, la camarera sacó su manguera y rellenó la jarra de la rubia.
- Y yo siempre cumplo lo que prometo, reina. – Valerie aderezó sus palabras con un diestro guiño. - ¿Vas a contarme ahora qué fue lo que te pasó con esa chica? ¿O necesitas otro par más de cervezas?
Quinn resopló. No tenía que haberle mencionado a Hardwood lo de Rachel. No había parado de insistir en que le contase la historia entera.
- Me enamoré de ella cuando iba al instituto. Era una cría, joder, tenía dieciséis años y no sabía nada de la vida, pero cuando la ví, empecé a comprenderlo todo. Por esos entonces, ella ya era una estúpida egoísta, y yo, aún así, consentí acercarme a ella poco a poco… Intentaba que no me pasase eso, me veía con chicos, chicos muy guapos ¡Por dios, estuve saliendo con el Quarterback del equipo de fútbol! Y después me enrollé con el tío más bueno de todo el instituto, que era un capullo, y me dejó preñada. – Los ojos de Valerie se abrieron tanto que las pestañas podrían haberle rozado la frente. – Sí, así es. Me dejó preñada. Tuve una niña preciosa, Beth, y se la dí en adopción a una profesora de música que ahora no viene al caso. Cuando quise recuperarla para empezar una nueva vida con Puckermann y alejarme de unas tendencias sexuales que me parecían erróneas, Rachel se interpuso liándose con él y se puso de parte de Corcoran para que no me devolviesen a mi niña. ¿Y sabes qué hice yo, Val?
La aludida negó con la cabeza.
- ¿Qué hiciste, Ohio?
- Seguir queriéndola. Seguí queriéndola a pesar de todo, intentando convencerme a mí misma de que en realidad la odiaba. Y cuando casi lo había conseguido, de buenas a primeras aparece en mi piso de Cleveland, después de todo un año perdida, para decirme no se qué de que yo había cambiado y que en realidad soy una buena chica y todas esas gilipolleces que logran convencerte de algo aunque no quieras hacerlo, aunque sólo sea para mantener las expectativas de toda la gente que espera algo de ti. Después, mi mejor amigo, Kurt Hummel, que vive con ella, me ofrece venirme a Nueva York y ¡Pum! – Quinn dio una palmada tan exagerada que la camarera dio un respingo. – Me suelta que le gusto. Que ha salido del armario y quiere intentar algo conmigo. Y lo intentamos. Y yo soy tan feliz y me enamoro tantísimo que no soy capaz de ver que está rara, que llega demasiado tarde de los ensayos, que cuando le digo que la quiero mira a otro lado. Y al final, llega al apartamento vestida y maquillada como una puta y me dice que se ha enamorado de otra persona, que lo nuestro había sido solo un capricho.
La rubia finalizó su relato con una estridente carcajada, tan fuerte que Valerie no pudo hacer otra cosa que imitarla, completamente sorprendida por lo que acababa de escuchar.
- ¡Menuda zorra! – Exclamó Hardwood con un hilo de voz, limpiándose las lágrimas de risa que le había contagiado una Quinn, que, a punto de terminarse la quinta cerveza, ya se encontraba demasiado ebria. - ¡Si yo fuera tú, me habría ido inmediatamente a celebrarlo!
- ¿Y a ti no te ha pasado nada parecido? – Inquirió, alzando el vaso para beber.
- Me he enamorado una única vez en mi vida. Ella era una preciosa violinista, con mucho talento, estudiaba en la misma universidad que yo. Se ofreció a participar en uno de mis trabajos, en el que se suponía que debía pintar un desnudo artístico, y pasó por la habitación de la residencia en la que yo vivía llevando sólo una fina camisa de lino blanco y unos vaqueros. Traía su violín. Recuerdo que me dijo "tiene que estar conmigo, es parte de mí, sin él, mi cuerpo no estaría completo". Y durante horas y horas, pinté aquél hermoso cuerpo recostado en mi cama, junto al instrumento de madera y cuerda que más tarde me deleitaría con sus armonías. Aquella chica se convirtió en mi musa, todavía puedo oler el aroma de la pintura manchando mis dedos mientras los enredaba en su pelo cuando le hacía el amor sobre la misma cama en la que ella posaba para mí.
Quinn estaba admirada por la bella historia de amor de su compañera, si bien ésta parecía tener tintes imaginarios.
- ¿Y qué pasó?
- Un día llegó a mi habitación y me dijo que lo nuestro no podía continuar. Que su único amor era la música y eso era todo lo que necesitaba para ser feliz. Que por estar conmigo, la estaba abandonando y podía sentirse traicionada y no volver a inspirarla. Y tal como vino, se fue. Con su camisa de lino, sus vaqueros y su violín. Vendí aquél cuadro por más dinero del que jamás había tenido y con lo que me dieron, compré el billete para Nueva York.
Valerie soltó un suspiro. Así que, ella también sabía lo que era sentirse abandonada por un sueño. Cuando Quinn creía que se iba a echar a llorar, la chica estalló de nuevo en ruidosas risas.
- ¿Sabes lo que creo, Quinn Fabray? Creo que tú y yo deberíamos tener sexo alguna vez. Ya sabes, sin compromiso, sólo sexo y ya está. Eres guapísima y si te dijera que no he pasado todo este rato pensando qué hacer para llamar tu atención, te mentiría.
Los ojos pardos de la chica parecían querer comerse el rubor del rostro de Quinn. Era la primera vez que, sin contar a Rachel, una chica se interesaba por ella. No podía desperdiciar aquella oportunidad. Valerie Hardwood podía ser el antídoto perfecto para el veneno que Rachel había inyectado en sus venas. Aunque, como ella había señalado, fuese sólo sexo.
- ¿Y qué tal, ahora? – Con esas palabras, Valerie se bajó de su taburete, se acercó a Quinn y apartó los cabellos rubios de su oído. El olor de la morena llenó las fosas nasales de la segunda, dulce, tentador.
- Ya sabes que vivo sola.
Apretó la nariz contra su cuello y lo pellizcó con suavidad valiéndose de sus perfectos dientes. Quinn no pudo evitar dejar que un leve gemido surgiese de sus labios entreabiertos, expectantes. Necesitaba volver a sentirlo. Tenía que demostrarse que Rachel no era la única con habilidad suficiente para hacerla morder la almohada hasta agujerearla. Deseaba a Valerie.
- Y demasiado lejos. Vamos al baño.
Cogidas de la mano y atrayendo las miradas indiscretas de muchos de los presentes, se encerraron en el sucio baño de azulejos amarillentos por el humo del tabaco y suelo resbaladizo por los escapes del inodoro. Sin ser apenas consciente de lo que hacía, Quinn agarró a Valerie por los hombros, la obligó a sentarse y penetró su boca con violencia.
Mientras el baño de chicas de aquel mugriento bar se inundaba con la pasión y el desenfreno, La Carlotta atravesaba la puerta, escrutando los rostros de los jóvenes que se habían congregado allí aquella noche para beber tanto como sus bolsillos y sus estómagos se lo permitiesen. ¿Se habría equivocado de sitio? ¿Dónde demonios estaba Quinn?
Mordiéndose el labio por la preocupación, se acercó a la barra donde una camarera rubia oxigenada, dueña de dos prominentes pechos de silicona se inclinó para oír lo que preguntaba.
- ¿Ha visto a una chica rubia, con los ojos verdes, el pelo corto y un vestido de Santa Claus?
La camarera se echó a reír.
- Cielo, me parece que tu amiga está demasiado ocupada para atenderte ahora mismo…
Y ocurrió lo imposible. Sierra Westwick perdió la paciencia. Por primera vez en toda su vida, presa de la preocupación que había sentido desde que se dio cuenta de que eran las tres de la mañana y Quinn aún no había llegado, perdió la paciencia. Salió de la cama, donde no había sido capaz de pegar ojo esperando con ansia el momento en el que escuchase la puerta que le anunciase la llegada de su compañera, la llamó mil veces por teléfono sin obtener respuesta, y finalmente se vistió y salió a buscarla al frío diciembre. Ahora que al fin había llegado al sitio, que parecía ser el más recóndito de todo Brooklyn, una camarera con peras operadas no le iba a decir cuándo era el mejor momento para recoger a su amiga antes de que hiciese una locura.
La cogió por la camiseta y tiró de ella hasta que sus voluptuosos senos quedaron aplastados contra la barra y, entre dientes le dijo:
- Oiga, más vale que me diga ahora mismo donde está o le juro que la policía se pasará por aquí para asegurarse de que todo lo que hacen es legal. – La repasó de arriba abajo con una mirada fulminante y la rubia, amedrentada por la súbita ira de aquella chica con cara de ángel, señaló la puerta del servicio.
- Está ahí, en el baño. Te aconsejo que llames antes de entrar.
No llegó a escuchar su sugerencia, Sierra ya caminaba presta hacia el servicio. Llamó con el puño y gritó "¡Quinn, sal ahora mismo de ahí!". Por su cabeza pasaban todo tipo de escenas grotescas, desde la imagen de la rubia esnifando cocaína hasta tirada en el suelo muerta, ahogada en su propio vómito.
Le abrió la puerta una chica alta y delgada, con el cabello revuelto y marcas de carmín en las mejillas, los labios y el cuello. Sierra la apartó de un empujón para introducirse en la pequeña estancia y al fin, respiró tranquila.
Quinn estaba allí.
El traje de Santa Claus estaba bajado hasta el final de la barriga, su sujetador beige quedaba a la vista. Todo en ella la delataba. Había estado liándose con aquella chica que ahora observaba a las dos compañeras sin llegar a entender lo que estaba ocurriendo.
- ¡Sierra! – Exclamó. La cordura regresó a ella golpeándola duramente en la cabeza y sólo en ese momento fue consciente de que había besado a Valerie hasta la saciedad, había dejado que la desnudara y ya estaba recorriendo con los dedos su entrepierna cuando su compañera de piso había aparecido allí. Se subió rápidamente el vestido, avergonzada, sintiendo cómo le quemaba la ardiente mirada que Westwick le dirigía.
- ¿Qué has hecho, Quinn?
Intentó andar hacia ella pero estaba tan borracha que apenas lograba mantener el equilibrio.
- Sierra. – Repitió, como si, cuando la mentada la agarró para evitar que resbalase y cayese al suelo, fuese la primera vez que la viera. - ¿Qué estás haciendo aquí?
- He venido a por ti. Es muy tarde y estás muy borracha. Es peligroso que andes por ahí sola.
- Está conmigo. – Intervino Valerie, por primera vez desde que aquella irritante muchacha hubiese interrumpido su acto. – Y estábamos ocupadas. Quinn, dile que se marche.
Pero la rubia, que ya se dejaba abrazar por la intérprete de La Carlotta, miró lastimeramente a la que segundos antes había pasado la lengua por su cuello y murmuró:
- Lo… Lo siento, Valerie. Te veré mañana.
Y salió apoyada en Sierra, que la guió entre el gentío que se había acumulado en el bar, le puso la chaqueta por los hombros y la metió en un taxi.
- No sabes el susto que me has dado… - Dijo, una vez hubo dado la dirección al conductor. – Podría haberte pasado cualquier cosa.
- Necesitaba salir, Sierra. Me lo he pasado de miedo. Una noche así era lo que me hacía falta para dejar de pensar en ella…
Se hizo un silencio que se prolongó hasta que el taxi paró frente a la puerta del apartamento de Sierra. Subieron las escaleras sin mediar palabra y, una vez arriba, llevó a Quinn a su habitación y prácticamente le arrancó el disfraz de Santa Claus.
- Me haces daño. – Se quejó, como una niña pequeña, cuando le sacó la camiseta por la cabeza de un tirón.
- Si fueses capaz de cambiarte tú, no te pasaría esto.
No la miró a la cara ni una sola vez en todo el proceso de desvestirla y ponerle el pijama, que se hizo demasiado largo por la reticencia de Quinn a colaborar. Una vez lista, la metió entre las sábanas y se sentó junto a ella, dándole la espalda, con el rostro vuelto hacia el balcón.
- Lo siento muchísimo, Sierra.
Tras un rato de silencio, Fabray parecía haber recuperado la capacidad de raciocinio. La nombrada se tomó su tiempo para contestar.
- No te preocupes. Para eso están los amigos.
Cuando se volvió hacia ella, todo el miedo que había pasado, la preocupación y la incertidumbre se reflejaron en su rostro, ojeroso y pálido, casi pétreo.
- Gracias. – Susurró, e hizo otra pausa, en la que dejó que su compañera le acariciase el cabello rubio distraídamente. - ¿Sabes? Nunca te lo he dicho, pero eres genial. De verdad. Eres increíble.
Un esbozo de sonrisa asomó a los labios tensos de Westwick. Sus ojos emitieron ese brillo especial que la ayudaba a alcanzar la catarsis cuando se hallaba sobre el escenario.
- ¿De verdad piensas eso?
Quinn asintió profundamente.
- Totalmente.
De nuevo, silencio, denso e inescrutable. Quinn miraba al techo, sintiendo las manos de Sierra enredándose en su pelo, separando los mechones, escuchando cómo esta respiraba entrecortadamente, como si hubiese algo que necesitaba decir, pero que era mejor callar.
- Rachel tiene mucha suerte. Me encantaría poder ser ella por un día, para saber qué se siente al tener al lado a alguien como tú. Debe ser estupendo. – Reflexionó, con la cabeza gacha.
La mirada de Fabray pasó del techo inmaculado a los ojos verde esmeralda que rehusaban mirar en su dirección. Llevó el pulgar a la barbilla de la chica y la obligó a volver la vista hacia ella. Era preciosa. No preciosa como Valerie, que tenía esa belleza felina, atractiva y sensual. La cara de Sierra Westwick parecía un invento angelical, era prácticamente perfecta en todos sus ángulos, luminosa, encantadora. Como una muñeca de porcelana, delicada y tácita.
Se incorporó en la cama para quedar más cerca de ella. Sierra no se retiró. Cerró los ojos, sabedora de lo que vendría a continuación y una única lágrima se deslizó por sus largas pestañas para perderse entre las sábanas. Lo quería, llevaba semanas deseándolo con todo su ser, y al mismo tiempo, sabía que tenía que negarse. Por su bien. Por el de las dos. Por el de Rachel, que aunque hubiese traicionado a Quinn, seguía siendo su amiga.
Los labios cálidos y blandos de la rubia apenas llegaron a acariciar los suyos. Los sintió muy dentro, la carne se le puso de gallina y el corazón, palpitándole desbocado le gritaba que lo hiciese, que le permitiese hacerlo, pero haciendo uso de una fuerza de voluntad que tuvo que recordarse que tenía, supo apartarse a tiempo.
- Quinn, lo siento… Yo…
- No, Sierra, perdóname. – Fabray bajó la cabeza, avergonzada. Había intentado besar a Sierra, pero ¿Qué otra cosa podía hacer? La había ayudado mucho y había estado con ella siempre que lo había necesitado desde que Rachel la abandonara, con lo que era inevitable que se sintiese bien con ella, a gusto, como sólo se había sentido con la que ahora era su ex novia.
- Es que… Sé que la quieres todavía. Y no quiero que cometamos un error del que luego ambas nos tengamos que arrepentir. – La chica se levantó de la cama y paseó nerviosa hasta la puerta. – Tu sitio está junto a ella. No quiero interponerme entre vosotras.
Y sin decir una palabra más, salió de la habitación cerrando la puerta tras de sí, sin poder dejar de pensar, de preguntarse, de repetirse entre suspiros y lamentos:
"Quinn Fabray. Qué tarde te he conocido".
