Rated K+ o T o yo qué sé...
A comienzos de la tercera luna de 1503. Sengoku Jidai/Muromachi
Gran Biblioteca del Palacio del Oeste
KAGOME
"La Esfera de las Cuatro Almas, o Perla de Shikon, fue creada durante una batalla entre la sacerdotisa Midoriko y poderosos yōkai. Es llamada "de las cuatro almas", justamente por estar formada por las cuatro cualidades que debe poseer el alma de una persona: Arami Tama (Valor), Nigimi Tama (Amistad), Kushimi Tama (Conocimiento) y Sakimi Tama (Amor). La joya fue creada como resultado de la batalla entre la gran sacerdotisa y varios yōkai que se aprovecharon de la debilidad de un humano que deseaba a Midoriko. Luego de siete días y siete noches de lucha, Midoriko se dio cuenta de que no podría destruir a todos los demonios y antes de ser devorada por las fauces del monstruo que combatía, utilizó las últimas energías que quedaban en ella para matar a ambos y crear de esta manera la perla de Shikon, que emergió de su pecho. Dentro de la perla, su alma y las almas de los yōkai que selló, aún continúan peleando…"
En precario equilibrio, me encontraba leyendo un amarillento rollo sobre la perla de Shikon y suspirando frustrada. Había recorrido durante días los cientos de estantes de la gigantesca biblioteca del palacio sin encontrar una sola referencia de nada parecido al Círculo de la Muerte. Ni hechizos sobre sellos, ni hechizos sobre bestias sagradas, ni magias de muerte, ni magias sobre círculos...
Lo único que encontré de mi interés era un poco de información sobre la perla de Shikon, que por eso de ser circular o por puro aburrimiento, me encontraba leyendo y analizando, suspicaz. Mis recelos tenían su origen en que el documento que sostenía era el único que había entre los miles de rollos que se acumulaban entre los estantes, que hablaba de tal tema. Con lo famosa que era la perla entre los yōkai e incluso entre los humanos, se me hacía raro que no hubiera más referencias escritas sobre ella que un único rollo de texto. Además su aspecto era quizás demasiado nuevo si lo comparábamos con la media de antigüedad de los textos a su alrededor. Ahora el viejo yōkai que se encargaba de custodiarlos había sido mandado por mí a buscar información sobre la sacerdotisa Midoriko, sobre la que yo no había oído jamás.
— ¡Heey Shisho Sama (señor bibliotecario)! ¿Ha encontrado algo? — Grité desde lo alto de la escalera.
— ¡Nada de nada, Miko Sama! Ni un rollo.
¡Qué raro! Si era tan poderosa como la ponía el documento que estaba leyendo, ¿cómo es posible que no hubiera ninguna otra referencia fuera del susodicho? Con el ceño fruncido traslado la mirada al final del rollo buscando la autoría, para encontrarme con el hanko de la Jōdo Shinshu.
"Hmn, Ayashii"... Altamente sospechoso. Que la única referencia a la creadora de la perla de Shikon proviniera de una fuente tan poco fiable me escamaba bastante. Tras haberme tragado, durante mis estudios para crear la técnica de curación para la plaga, tantos textos de las "teorías de la Tierra Pura" me podía permitir afirmar sin miedo a equivocarme que todo lo que salía de esas fuentes era una sarta de sandeces sin sentido. Que si los yōkai solo se alimentaban de carne cruda de bebés recién nacidos, que si su aliento intoxicaba el aire, que si su existencia era un insulto a los dioses... Estupideces envenenadas con premeditación y alevosía.
Una de las cosas que me llamaban la atención sobre los poderes de la perla de Shikon era la creencia popular sobre su supuesta capacidad de cumplir deseos. En mi mente giraba la idea de quizás usarla para ayudar a mi compañero o tal vez para curar o resucitar a los yōkai afectados por la maldita plaga. Pero en el documento que sujetaba no había ni una línea sobre esas capacidades de la perla. Yo sabía que los yōkai la anhelaban debido al aumento de sus poderes que les ofrecía su posesión, pero lo de que cumpliese o no deseos no lo íbamos a descubrir hasta derrotar a un cada vez más desaparecido Naraku y reunir los fragmentos.
Dejo el inútil rollo en su sitio y tras mirar mi reloj de pulsera continúo hurgando entre papeles y tragando polvo. Eran cerca de las once de la noche y la luna ya estaba en lo alto del cielo. Durante la última semana he procurado seguir el consejo de Yako y evitar en lo posible coincidir demasiado con Sesshōmaru. Durante el día eso era relativamente fácil ya que mi trabajo en la zona de cuarentena y sus obligaciones como Lord del Oeste nos mantenían dolorosamente separados. Pero por la noche la cosa cambiaba.
Tras la que llamo "La noche más larga de mi vida": una experiencia alucinante de casi 48 horas, transcurridas entre el sexo salvaje más el posterior y necesario descanso, Sesshōmaru me ha estado follando de la forma más apasionada cada maldita noche. No es que proteste, mis hormonas me obligan a pensar en él cada segundo del día, pero estaba ligeramente preocupada porque mi provisión de la píldora anticonceptiva, que llevaba tomando desde los 14 años debido a mis fuertes dolores menstruales, estaba reduciéndose considerablemente. No me gustaría quedarme preñada en plena guerra y con 17 años recién cumplidos. La visita a mi hogar y tiempo se me hacía cada día más indispensable y estaba impaciente por la llegada de mis amigos, programada para mañana por la mañana. Su presencia y colaboración eran la única forma de lograr abandonar el palacio, sin desatender mis obligaciones.
El cómo hacerlo sin levantar las sospechas de mi irascible prometido me quitaba el sueño. Yako ya me indicó que Sesshōmaru no debía conocer mis intenciones con respecto a la rotura del sello. Su inestable psique era extremadamente frágil y el que supiera en qué consistía exactamente el sello sería un detonante para la total pérdida de la poca estabilidad que tenía últimamente. La amenaza de que se volviera como su psicótica madre antes de que lograra mi objetivo era una constante espada de Damocles que se balanceaba sobre mi cuello, por lo que esa parte de mi viaje no podía ser compartida en ningún caso con el yōkai de mis pensamientos.
En cuanto al retorno a mi época, me planteaba si debía contar mi secreto a Sesshōmaru, pero su imprevisible humor me echaba para atrás. Si las visitas de Inuyasha al Tokyo actual ya presentaban un enorme riesgo de desastre, no me podía ni imaginar el caos que podría crear el bipolar Lord del Oeste en el siglo XXI, en caso de que decidiera seguirme a través del Devorahuesos.
Cansada y con los ojos escociendo a rabiar, me dispuse a bajar de la escalera de cuatro metros sobre la que estaba haciendo equilibrismos. En el segundo escalón pisé torcido, mi tobillo hizo "crack" y sentí como me precipitaba al vacío. Cerré los ojos y apreté los dientes maldiciendo la probable rotura de algún hueso que acompañaría mi impacto contra el duro suelo de piedra, pero el tan poco ansiado aterrizaje tardaba en llegar. En vez de los dolorosos efectos de una caída desde semejante altura, estaba sintiendo la nada desagradable impresión de flotar, abrazada en el cálido regazo de alguien que olía deliciosamente a sándalo y sensuales feromonas. Abrí los ojos con cuidado para encontrarme unos brillantes ojos de gato que me observaban con un brillo divertido en el fondo de sus verticales pupilas.
— ¿Acaso pretendes reunirte conmigo bajo el altar con muletas, mujer imprudente?
— ¿Cuánto tiempo llevas aquí Sesshōmaru? — Pregunté, molesta conmigo misma por no haber notado antes su presencia. Debía mantener mis sentidos al máximo con respecto a él. Mi vida y la suya estaban en juego.
— El suficiente para darme cuenta de que mi frágil compañera desea dejarme viudo aún antes del emparejamiento.
— Eres un exagerado.
— Y tu una mujer torpe y poco disciplinada. Llevo más de una hora esperándote en mi cama y la frialdad de mi lecho me plantea si debería recurrir a una de las concubinas de mi harem.
— ¡Como se te ocurra hacerlo, te capo!
— Siempre y cuando uses tus dientes, no me importaría que lo intentases.
Sé que sólo me está picando, pero siempre acabo por comerme los ajos y el muy cabrón disfrutaba de lo lindo sacándome de mis casillas. Además, su sonrisa autosuficiente junto con la mano que acababa de colarme en el escote para juguetear con mi pezón, le hicieron ganarse un pescozón. Gruñó sensualmente para después susurrarme al oído.
— Acabas de ganarte un castigo por eso, mujer indecente y provocativa.
Vale..., las mariposas de mi estómago están cantando La Marsellesa y quemando La Bastilla. El fuego se extiende por mi vientre para acabar en mi entrepierna. Sesshōmaru mientras, se dedica a alimentar las llamas con su lengua sobre mi piel, arrastrándola por mi oreja y cuello y acompañándola con suaves mordiscos.
— Ejem... — El arrugado bibliotecario simula una tosecilla para recordarnos de su presencia en la estancia. Sesshōmaru me deposita en el suelo desganado y bastante molesto. — Si los señores no desean nada más...
— ¡Los señores desean que te largues! — Gruñe "A la mínima te reviento" Sama, liberando el control de su pesado yōki. El pobre viejo comienza a temblar como un animalito asustado.
— ¡Basta Sesshōmaru! — Mi voz es tan o tan poco autoritaria como mi alterado estado lo permite pero parece funcionar. Sesshōmaru frunce el ceño, repliega su yōki asesino y acierta a farfullar una orden más contenida.
— Este Sesshōmaru no precisa más de sus servicios. Puede retirarse.
Tras eso me agarra del brazo arrastrándome en dirección a la salida. Trastabillo y tropiezo al segundo paso, al parecer he logrado torcerme el tobillo en la escalera.
— ¿Te has hecho daño? — Me pregunta mi Amo y Señor con preocupación al notar que me he convertido en un peso muerto.
— Sólo es una torcedura. Lo único que necesito es caminar más despacio. No seas impaciente, que no hay prisa alguna.
— Hmn..., — gruñe de nuevo y me levanta una vez más para colocarme sobre su hombro como si fuera un saco de patatas. — Tu no tendrás prisa, mujer exasperante, pero si Este Sesshōmaru no te tiene desnuda entre sus brazos en los próximos diez minutos va a reventar.
Con esa amenaza provocándome sofocos atravesamos los laberínticos pasillos del palacio a la velocidad de la luz. Una vez en su dormitorio me cura el tobillo malherido, lo unta con su saliva y lo envuelve con caricias. Tras hacerme olvidar el dolor se dedica a follarme con tal pasión que hace que me olvide también hasta de mi nombre.
A la mañana siguiente llegan por fin mis amigos. A petición mía les recibimos juntos en el patio, detrás del enorme pórtico. Estoy algo inquieta por el recibimiento que el Lord del Oeste pueda brindar a Inuyasha, aún recuerdo todos y cada uno de los epítetos que ha usado para referirse a su medio hermano en cada uno de los encuentros del pasado: desde el "engendro" al "chucho sarnoso". Inu, por su parte, nunca se quedaba atrás y la referencia más amable que le dedicaba a su aniki (hermano mayor) era la de "Imbécil Sama". Ambos eran todo un monumento al amor entre hermanos...
A pesar de mis dudas todo parece que fluye como la seda. Sesshōmaru lleva puesta su careta de Lord del Oeste y su cara es un retrato a la inexpresividad. Recibe a todos los integrantes del grupo, desde Kaede Sama, hasta Kikyō Chan o Inuyasha con la misma cara de poker e impecables maneras. Hasta el pequeño kitsune es homenajeado con la mejor muestra del protocolo de la corte, a pesar de su corta edad. Inu, por su parte, parece más maduro y serio de lo habitual y su cara se pone roja como la grana cada vez que cruza la mirada con Kikyō.
La parte más emotiva del reencuentro la protagonizan, como no podía ser de otra forma, Sango y Kohaku. El chaval entraba en el patio con la mirada clavada en el suelo y temblando, hundido en un infierno de remordimientos. Temía el rechazo o rencor por parte de su hermana, a la que había dejado huérfana y malherida la última vez que se vieron. Pero Sango Chan, nada más verlo, lo único que pudo hacer fue llorar y abrazarlo, incapaz expresar con palabras la alegría y alivio que su presencia le proporcionaba.
En cuanto a mí, no puedo evitar estrujarlos a todos en una inacabable serie de abrazos, hasta que el Lord del Oeste pierde la paciencia y nos indica "amablemente" que la comida hace rato que está lista y que deberíamos dejar de empaparnos con la lluvia de una puñetera vez.
La comida transcurre en alegre camaradería, Sesshōmaru me permite comer con ellos en una de las largas mesas del comedor mientras permanece sólo en su tribuna, castigado por el protocolo. A pesar de ello sé que puede escuchar cada sílaba de nuestra conversación con su fantástico oído de yōkai, por lo que evito los temas espinosos y me informo sobre las últimas nuevas que acontecen en la vida de mis amigos. A la infructuosa búsqueda de Naraku y el plan de Kikyō para purificar la perla (tema que hace que Sango y Kohaku acaben por tirarse de los pelos), se suma la inmensa alegría del compromiso entre Kikyō e Inuyasha. Mi corazón baila la polka de alegría y mi mente planea una doble boda por todo lo alto.
El tema de mi compromiso y emparejamiento con Sesshōmaru me tenía desesperantemente inquieta y el plantearlo como una doble ceremonia me proporcionaba cierto alivio. Por un lado estaba la obligatoriedad del acto, condición ineludible del Tratado, y aunque estaba loca por Sesshōmaru, mi corazón adolescente estaba disgustado porque mi boda no fuera un acto de amor sino más bien un compromiso político. Por otro lado estaba el hecho de que me consideraba demasiado joven para casarme y me aterraba la falta de conocimientos que tenía sobre la ceremonia de emparejamiento yōkai, sobre todo en lo referente a "La Marca".
"Con lo bestias que eran esos seres a veces no me extrañaría que se marcasen con hierros al rojo vivo como al ganado."
Mi búsqueda de información acerca de en qué consistía la tan famosa Marca en la biblioteca no había dado ningún fruto. Al parecer los yōkai no solían escribir sobre temas que todos conocían a la perfección. Cada noche planeaba consultarlo con Sesshōmaru pero "actividades mucho más interesantes" me hacían posponerlo una y otra vez. Y es que tenía la boca y la lengua ocupadas en otras cosas...
Una vez terminada la comida, el Lord del Oeste debe retomar sus obligaciones en su oficina y mientras Sesshōmaru se dedica a planear movimientos de tropas y a aprobar informes de intendencia, me llevo a todos a dar una vuelta por los amplios jardines del palacio.
Una vez situados a una prudente distancia de las orejas de mi amor, pasé a relatarles todo lo que sabía hasta el momento sobre el precario estado de Sesshōmaru, sobre el sello y sobre mi misión. Ellos me escuchaban hablar boquiabiertos mientras les explicaba las sangrientas experiencias que había vivido y las aún peores de las que me había ido enterando, sobre la vida del Gran Daiyōkai del Oeste. Incluso Inuyasha hacía rato que había dejado de soltar sus irónicos "keh" y tenía los ojos como platos ante el relato de lo que había sido la vida de su hermano mayor. Al terminar me mira pensativo y con algo de tristeza, como sintiendo lástima por mi situación. Tras terminar la crónica, paso a comunicarles mis planes, haciendo hincapié en lo importante que es que Sesshōmaru no sepa ni una palabra sobre mis intenciones de romper el sello ni sobre el tiempo del que procedo.
Todos están de acuerdo conmigo en que un yōkai todopoderoso, psicópata e irascible sería como la llegada del Apocalipsis para el mundo del futuro pero al mencionar la fecha para la que planeo mi partida, Inuyasha frunce el entrecejo.
— ¿Así que pretendes irte después de la ceremonia de emparejamiento?
— Sí.
— ¿Y deseas que Imbécil Sama no sepa dónde estás?
— No vuelvas a llamarle así delante mía y sí, no debe saberlo.
— Pues lo llevas claro..., en cuanto te marque no habrá agujero en el mundo en el que puedas esconderte. Te encontrará en poco tiempo vayas donde vayas.
Se me ponen los pelos de punta al escuchar su aseveración, sobre todo al mencionar la temida Marca.
— ¿Qué quieres decir? ¿Y podrías por favor contarme todo lo que hay que saber sobre La Marca?
— ¿Imbécil Sa… perdón, Sesshōmaru no te ha dicho en qué consiste?
— No hemos tenido ocasión de hablar del tema.
— Pues no sé cómo los viejos monjes han pedido algo semejante, ya que es imposible que sobrevivas a la ceremonia yōkai. Cuando nos has contado lo de que la exigen obligatoriamente pensaba que me estabas tomando el pelo.
— ¿En qué rayos consiste la maldita Marca, Inuyasha? ¡Suéltalo de una jodida vez!
— Es un profundo mordisco que se infligen los yōkai que se emparejan el uno al otro en la base del cuello. Una vez realizado, la pareja siempre podrá sentirse el uno al otro a pesar de la distancia entre ellos. Por eso Sesshōmaru te localizaría en menos de lo que canta un gallo. Pero para entonces ya estarías muerta, de todas formas. ¿Acaso no sabes que el maldito bastardo tiene la saliva venenosa? En cuanto te roce con los colmillos, adiós Kagome...
Mi alivio al escuchar que sólo se trataba de un mordisco es evidente, hasta le pasaré a Inu lo de "maldito bastardo"... El tema del "radar amoroso" en cambio mandaba al traste todo mi plan de fuga. Permanezco muchos minutos en silencio ante la mirada estupefacta de todos, dándole vueltas a este nuevo contratiempo.
— Oooii, ¿me oíste Kagome...? Tienes que romper ese absurdo compromiso. Aunque sea, por lo menos renuncia a la ceremonia yōkai.
— Sabes que no puedo hacer tal cosa, Inu. Y por el veneno no te preocupes, soy inmune.
Mi anuncio es una más de las múltiples sorpresas con las que llevo obsequiando a mis amigos ese día. Todos me miran estupefactos para, al momento siguiente, ponerse a preguntar, comentar y mostrar incredulidad a la vez. Detengo el gallinero con un gesto autoritario.
— Habrá que posponer la boda entonces. Aprovecharemos la tercera luna llena para vuestro emparejamiento y el mío tendrá que esperar a la siguiente.
Se les notan las ganas de seguir discutiendo y preguntando pero sin dejarles opción, corto por lo sano y los mando a todos a descansar para dirigirme junto a Kikyō a la sala de cuarentena. El tiempo que me queda es poco y tenemos que empezar a entrenar ya.
Pasamos la tarde juntas, hablando de cómo ejerzo mi labor de sanadora. Le muestro la forma de concentrar el reiki y convertirlo en hilos de energía y ella respeta mi pensativo silencio durante las largas horas en las que practica lo aprendido. Pero me mira de reojo, cada vez más intensamente, mientras me observa aplicar el tratamiento a mis múltiples pacientes. Me siento a gusto con su silenciosa presencia, ella no me agobia con preguntas ni trata de sonsacarme las respuestas, aunque noto que se está muriendo de ganas de hacerlo. Cuando terminamos la jornada el sol ya se está ocultando entre las montañas.
— ¿Hay algo que quieras saber, Kikyō Chan?— Me acabo rindiendo a su inquisidora mirada.
— Lo amas, ¿verdad?
— ¿Perdón? — Me atraganto. Había omitido aposta toda referencia a mis devaneos sexuales con el Lord durante mi relato y estoy segura de que Sango no le ha contado nada. ¿Cómo era posible que me hiciera semejante pregunta?
— Está claro que esto no es sólo una obligación, ni un matrimonio de conveniencia para ti.
— ¿Qué quieres decir?
— Vamos Kagome..., no te hagas la loca. He escuchado cómo hablas de él y he visto cómo le miras. De la misma manera que miro yo a Inuyasha.
— ¿Tan obvio es?
— Tan claro como la luz del día. ¡Pobre niña...! Y yo que pensaba que, de las dos, era yo la del amor desgraciado...
— No digas estupideces Kikyō, Inuyasha está loco por ti. Y en cuanto a mí, sabré arreglármelas.
— Bueno, bueno..., no te hagas la heroína. Si la mitad de todo lo que se cuenta sobre ése Daiyōkai es verdad, ya me imagino lo que te hará sufrir en el futuro y todo lo que habrás sufrido ya. Recuerda que si necesitas un hombro sobre el que llorar, conmigo no tienes que fingir ser fuerte.
Las lágrimas se me saltaban al escuchar a Kikyō hablarme así, con lo mal que empezamos... Supongo que algo así se debe de sentir al tener una hermana.
Horas más tarde y tras otro apasionado polvo con Sesshōmaru, aprovecho el intermedio mientras recuperamos el aliento para atacar al siguiente problema de mi lista de tareas. Acababa de comentar con Yako el tema y ambos coincidimos en que posponer el emparejamiento era la única solución. Pero cómo se lo tomaría "Brote Psicótico"Sama era un peligroso misterio. Mejor utilizar el momento de relajación post-orgasmo para para abordar tan delicado asunto. Me incorporo para sentarme a un prudente metro de distancia, tapándome los pechos con la sábana.
— Sesshōmaru, me gustaría posponer la ceremonia. — Le lanzo la granada y escondo la mano. Con él siempre es mejor ir al grano, le mosquean los rodeos. Me fulmina con su mirada felina mientras levanta una ceja.
— ¿Y eso?
Le suelto la elaborada excusa que llevo toda la tarde entretejiendo en mi mente.
— Pues verás..., me gustaría que asistieran a la ceremonia mi madre y mi hermanito, y todavía no han contestado mi última carta, así que... — Más que nada porque tardarían unos 500 años en recibirla en caso de que me diera por escribirles, pero eso es lo de menos. Le contaré que viven en la punta más alejada de Kyūshū o algo por el estilo. Sólo es cuestión de ganar tiempo, ya le presentaría a su suegra cuando estuviera libre del maldito sello.
— No sabía que tuvieras familia.
— Nunca has preguntado.
— Cierto... — Sesshōmaru parece avergonzado. — Entonces, ¿necesitas localizarlos? Puedo mandar un mensajero urgente...
— Esto..., no creo que mi madre se tome bien algo así. Le dan mucho miedo los yōkai. Seguro que su respuesta estará a punto de llegar, pero entre unas cosas y otras no creo que puedan estar aquí para dentro de una semana. Sólo sería retrasarlo algo más de un mes, anda porfaaa...— Le pongo mis más adorables pucheros y él acaba por resoplar resignado.
— Bueno... Hablaré con el consejo y veremos lo que se puede hacer. Mañana enviaré un mensajero a los humanos para consultarles…
— ¿Consultarles? ¿Desde cuándo necesitas pedir permiso? Eres el maldito Lord del Oeste, no se atreverán a ponerte pegas.
Sesshōmaru ríe divertido ante mi peloteo.
— Cierto... Y como soy el maldito Lord del Oeste, ¡no te atrevas a desobedecerme y ven aquí ahora mismo! — Me agarra, sonriendo malicioso.
Las órdenes del maldito Lord del Oeste son absolutas, por lo que paso a cumplirlas obedientemente y me pierdo en su abrazo.
Gracias como siempre a Serena, Rocío y Cristina Pacheco por sus comentarios.
