El mundo y los personajes de Digimon no me pertenecen. Esta historia nació para fines de entretenimiento y no busco lucrar con ella.


Personajes:

Taiyo Yagami. Hijo de Taichi y Ayane. Diez años
Saori Ishida. Hija de Sora y Yamato. Nueve años.
Yoshiro Ishida. Hijo de Sora y Yamato. Cinco años.
Yuko Izumi.Hija de Koushiro y Tomoyo. Nueve años.
Kevin Ryouta Washington. Hijo de Mimi y Michael. Nueve años.
Kazuma y Makoto Kido. Gemelos de Jou y Mariko. Once años.
Daiki Motomiya.
Hijo de Daisuke y Mitsuko. Doce años.
Reiko Ichijouji. Hija de Miyako y Ken. Trece años.
Ozamu Ichijouji. Hijo de Miyako y Ken. Diez años.
Yusei Ichijouji. Hijo de Miyako y Ken. Ocho meses.
Hoshi Hida. Hija de Iori y Ume. Once años.
Koichi y Tsubasa Takaishi. Mellizos de Hikari y Takeru. Doce años.


DIGIMON ADVENTURE
~ ALFA & OMEGA ~

Parte II

De verdades, decisiones y revelaciones.


7 de agosto de 2027


Taiyo abrió un solo ojo.

Había despertado más temprano de lo que pensaba. En gran parte, eso debía a las pesadillas que lo habían acompañado durante toda la noche. Tenía que admitirlo, no había tenido un muy buen descanso.

Pero no valía de nada en preocupar a su padre.

No iba a preocupar nunca más a su padre. O al menos, lo intentaría.

En alguna parte, su mente le daba vagos indicios sobre una conversación que sus sentidos habían percibido. ¿Qué era? Una plática nocturna que tenía su tía Hikari con su papá… ¿De que hablaban? Le habían dicho feliz cumpleaños… (eso mismo le había hecho caer en cuenta que ya tenía diez años) pero…

Habían hablado de los digimon…

¿Qué habían dicho de los digimon?

Estuvo meditando al respecto unos minutos, pero se dio por vencido cuando fue conciente del silencio que lo rodeaba.

No podía ser una buena señal.

Por costumbre, el día de su cumpleaños, su padre o sus tíos y primos —o todos ellos— se aparecían a un lado de su cama con la sana intención de ser los primeros en saludarlo.

Claro que su padre, Koromon y Agumon eran quienes le deseaban un feliz cumpleaños antes que cualquiera.

Por motivos obvios, eso no había sucedido en esa oportunidad. Agumon no estaba y su padre siquiera lo había despertado. Tal vez pensó que su deseo era seguir durmiendo…

Había una claridad inusual en su habitación.

No… No era su habitación.

Se sentó sobre el sofá en el que descansaba y miró a su alrededor.

Reconocía las paredes, los muebles, los cuadros y fotografías. Sin lugar a dudas, se trataba de la casa de su tía Hikari. Ella era la única que podría tener tantas imágenes dispersas en la sala, sin que desentonasen o pareciera una invasión.

Taiyo pensaba a menudo que su tía bien podría haber sido fotógrafa.

Bostezó, un tanto cansado, y vagamente fue capaz de recordar el saludo que su padre le había dado en la noche. ¿Lo había despertado a las doce para felicitarlo? No cabían dudas en él al respecto. Sí, por eso no debía sorprenderse que lo hayan dejado descansar hasta tarde. Su padre y sus tíos debían haber querido asegurarse de que estuviesen en un lugar tranquilo, en un ambiente sin tensiones.

No se cumplían años todos los días, aunque él jamás había sido especialmente feliz en esas fechas.

Tal vez nunca lo sería.

—¿Tía Hikari? —inquirió, suavemente.

Ella podía ser silenciosa, pero no a tal grado de no percibirla. El niño sintió que alguien se le acercaba casi cuando su voz pronuncio aquellas dos palabras.

—Mamá se fue —dijo una voz familiar.

Taiyo supo que todos se habían ido, y eso no le sorprendió.

El hijo único de Taichi se movió, rápidamente, y encontró un par de ojos familiares que le daban la bienvenida.

Su primo favorito, Koichi, quien siempre iba con él a todas partes, y quien lo cuidaba como si se tratase de su hermano, le regalo una sonrisa.

—Feliz cumpleaños, Taiyo.

Quiso sonreír pero sus labios formaron una desganada mueca que perdió fuerza cuando se internó en el abrazo de su primo.

No fue conciente en que momento las lágrimas abandonaron sus ojos o cuando el silencio llenó la habitación. Tal vez fueron minutos eternos u horas pasajeras. En algún momento pensó que era débil por llorar, pero aun no podía quitarse el peso de sus hombros. Fue conciente de las lejanas palabras de consuelo y trató de controlarse.

Se apartó sin mirar a Koichi y con las mangas se deshizo de las huellas del amargo llanto.

No sabía que impulso lo había empujado a desahogarse y no quería pensar en que aun quedaban remanentes de la culpa que lo había invadido.

No tenía que pensar en ello.

—¿Dónde está mi papá? —casi exigió.

Su padre le había prometido que irían a ver, en la tarde, la tumba de su madre.

Esperaba que lo recordase, porque él lo tenía muy presente.

Eso lo hacia sentir cerca de la mujer que le dio la vida, a quien nunca conoció y de quien tanto sabía.

—Mamá me dejó una nota. Llevaron a los digimon a su hogar, porque tenían que reponer energías.

Taiyo frunció el ceño. Le resultaba extraño, por decir poco, ese accionar. Nunca solía separarlos de los digimon y, por lo tanto, cualquier motivo sonaba peculiarmente irreal.

—¿Podemos ir al digimundo? ¿Ya todo está bien en ese lugar? —quiso asegurarse.

—Gennai dijo que era muy probable que la recuperación se diese por completo hoy mismo. El digimundo se reconstruía a una velocidad asombrosa… Me gustaría decir que aquí todo mejorará tan rápido.

—Sí.

Poco le habían dicho sobre lo que había ocurrido en el mundo real en su ausencia.

Sabía que no estuvieron pasando bien esos días oscuros y lo más relevante fue el atentado que sus padres vivieron. Ese mismo que había dejado a su padrino, Yamato, y a sus tías, Miyako Ichijouji y Mariko Kido, en el hospital.

El sonido del teléfono interrumpió cualquier plática que pudiesen tener y Koichi se apresuró para atender la llamada.

—Residencia Takaishi —dijo suavemente el mayor de los mellizos —Ah, buenos días, señora Izumi…

Taiyo suspiró y vio algo sobre la mesa.

Una bandeja. Le sorprendió no haberla notado antes porque, sin dudas, no era algo que pudiese pasar desapercibido.

Un desayuno.

Caminó con velocidad y se subió a la silla cuando vio una nota dirigida a él.

"Feliz cumpleaños, mi sol. Volveremos pronto. Lo siento..."

Era la letra de su padre, aunque por algún motivo, se veía extraña sobre la superficie lisa de la hoja. Le alivió, sin embargo, verla plasmada en el papel color celeste pero algo le dio una sacudida en el interior.

¿Por qué se estaba disculpando su padre?


Tomoyo miró a Yuko por el rabillo del ojo.

Desde que habían dejado su hogar, minutos atrás, la pequeña se mostraba más silenciosa de lo habitual.

Su hija, sentada en el asiento del copiloto, se dedicaba a mirar por la ventana.

La pelirroja se entretenía mirando, a través del cristal, como el sol se levantaba en el cielo, indicando el avance lento de las horas. Sus ojos negros vieron los edificios pasar, también recorrieron a las personas que caminaban por allí, algunos escombros que estaban tratando de ser recogidos…

La forma en que la vida pretendía volver a la normalidad.

Tomoyo había tenido que decirle que Motimon, Tentomon y su padre no estaban en la casa. Eso, como esperaba, no había sentado muy bien en el buen animo de Yuko. Supuso que era otro motivo para preocupar los pensamientos de su niña, pero ella no concebía la idea de mentirle. No cuando…

No cuando estaba en juego la posibilidad de arrebatarle sus recuerdos más dolorosos y, también, los maravillosos.

—Motimon estará bien… —susurró, como animándose así misma. Luego, miró a su madre— ¿verdad?

Eso sacó a Tomoyo del letargo. Sonrió, con dificultad.

—Tentomon y tu padre están con él —replicó la mujer de ojos amatistas— No tienes que preocuparte por eso

—¿Y por que papá no me dijo que iba a llevárselo?

Era un camino espinoso al que se enfrentó varias veces. Temía descubrirse así misma sino respondía siempre lo mismo.

—Ya te lo he dicho, Yuko… No queríamos despertarte. Necesitabas descansar.

Los ojos oscuros se mantuvieron fijos y Tomoyo apartó la mirada, con la excusa de centrarse en la carretera. Sabía que su hija no le había creído en absoluto y, por más que lo repitiese, no iba a creerle.

Se preguntó si la intuición de su hija era prodigiosa o ella era una pésima mentirosa.

—Gennai tenía que hablar con ellos —agregó, desganada.

—¿Sobre qué?

Tomoyo se mordió el labio, ocultando una media sonrisa.

Era idéntica a Koushiro, sin dudas.

Cada pregunta abría un sinfín de interrogantes. La pequeña no iba a rendirse hasta sacarle todo lo que supiese al respecto.

—Lo sabremos cuando regresen —optó por decir, antes de tomar una curva.

Cuando Yuko había tomado su desayuno, la señora Izumi decidió que era hora de cumplir con lo pactado. Había llamado a Koichi y ahora se dirigían a casa de los Takaishi. Tendría que afrontar la mirada de unos cuantos niños curiosos…

Así que tendría que armarse de fortaleza, confianza y… además, coherencia.

Conocía a todos esos pequeños y si daba un paso en falso, sabrían donde seguir. No sentía envidia de lo que estaban viviendo los elegidos —ella lo había dicho, la decisión era extrañamente decisiva— pero necesitaba apoyo en toda esa cuestión.

Temía sentirse desarmada con esos niños mirándola y contemplándola. Esos niños que, seguramente, estaban realmente ávidos de respuestas. Esos niños que esperaban, sin saber que aguardar.

Apretó el volante con sus dedos y giró lentamente, sin perder de vista la carretera.

Esperaba que en el digimundo, las cosas le resulten más llevaderas a Koushiro. Esperaba que él no se estuviese sintiendo tan mal como ella.


Hikari tuvo que reprimir su extrañeza cuando estuvo delante de los Homeostasis por primera vez.

Los conocía…

Bien, había oído su voz antes de que todo comenzase, cuando era niña…

Sin embargo, era tan diferente a lo que había vivido en aquella oportunidad que no había punto de comparación.

Eran seres realmente extraordinarios.

Sus cuerpos emitían un resplandor que resultaba, incluso, familiar. Eran ocho. Y lo más extraño de todo es que a cada uno le correspondía un color. Naranja, rojo, verde, azul, negro, blanco, rosa… ¿o era lila? Quizás una mezcla entre ambos colores, amarillo…

Podía distinguir su figura corpórea y pensó, casi instintivamente, que le recordaban a las criaturas del mar de la oscuridad.

Pese a aquella extraña comparación, dedujo que se debía a que esos seres de tinieblas estaban compuestos por oscuridad, como los homeostasis, de luz.

Tal vez, como el Yin y el Yang. En el mar de la oscuridad, esos seres oscuros. Y en el digimundo, los seres de luz, los homeostasis. ¿No era lo que le habían enseñado desde siempre? La luz y la oscuridad, juntas, en armonía.

No obstante, el detalle que más le llamaba la atención no eran sus cuerpos, sus ojos, su luz, o su color.

Resultaban impactantes, sí… Pero lo que la sorprendía, lo que en verdad le asombraba, era ver que sobre lo que parecía ser su frente, estaban tatuados los símbolos que ella conocía a la perfección.

Los emblemas.

Cada uno de los presentes, tenía uno de los emblemas delineados, como indicando su pertenencia a ese mismo ser.

— Siempre hemos querido hablar con ustedes, elegidos —comentó la que poseía el emblema de la bondad tatuado en su frente—. Han ayudado mucho a nuestro querido digimundo.

Hikari lo miró asombrada. No por las palabras, sino por el signo que estaba en él. Ninguno de ellos… En ninguno de ellos…

El silencio había sumido la estancia en sus profundidades y aparentemente, se negaba a dejar el reinado.

— ¿Qué es lo que son ustedes exactamente? ¿Datos? —inquirió Koushiro, cuando pudo articular palabras—. No se parecen a los digimon, ni a Gennai…

—Eso somos, elegido del conocimiento, Koushiro —determinó él que parecía ser el emblema del valor—. Nacimos a partir de los humanos, llegados desde el mundo real… y fuimos configurados a partir de los dígitos que se crearon en este mundo.

—Nosotros creamos sus emblemas y transferimos la energía que ustedes mismos proyectaban en este mundo antes de darle parte de nuestro poder a cada uno de ellos —dijo otro, el de color rojo—. Le dimos a cada uno de los emblemas, nuestros signos.

—Teníamos que asegurarnos de que ustedes pudieran reconocerse en esos emblemas, pero teníamos que brindarles con ellos, algo de nosotros —aseveró el ser de color rosado.

Hikari pensó, definitivamente, que no era el emblema de la luz. ¿Cuál sería, entonces, quien le había dado poder a su emblema?

—Con todo, tuvimos la precaución de escoger un nombre para cada uno, para que ustedes supieran que emoción le daba poder al emblema, la cualidad que ustedes portaban como medalla en este mundo. Bondad, Amor, Valor, Amistad, Conocimiento, Pureza, Sinceridad, Esperanza y Luz —afirmó el de color verde

—A cada uno le dimos un color, un signo y una cualidad. Todos tenían su significado propio…

—El valor, el naranja y el sol. Los tres caracterizan a un líder, a quien guía y da fuerza. El sol, como astro que ilumina el camino; el valor que representa la energía para poder decidir, arriesgarse y el naranja que es el color de la fuerza radiante y expresiva.

Taichi parpadeó, extrañado. Jamás pensó que su emblema tuviese tanto sentido.

Hubiese sido gracioso conocer los detalles anteriormente, pero se dijo que nunca era tarde para aprender al respecto de lo que él representaba.

—La esperanza, un rayo de luz y el amarillo. La esperanza es el sentimiento más poderoso y más destructivo de los seres humanos —dijo una voz serena—. El amarillo es el color de la luz, la acción, el poder. Simboliza la voluntad. Un rayo de luz que ilumina el cielo oscuro y acaba con la desesperanza.

Koushiro asintió.

Una parte de su mente le dijo que tenía que archivar todos esos datos que le estaban entregando.

Takeru se mostró sorprendido ante los detalles que encerraba su emblema.

Siempre había estado orgulloso de portarlo, pero más que nunca, entendía que había mucho más de lo que se mostraba en ese pequeño objeto que colgó de su cuello tanto tiempo.

—Los demás fueron escogidos con un criterio similar —comentó el de color morado, cuyo símbolo era el de conocimiento —. Los círculos, el morado y el conocimiento. El círculo es la eternidad. Significa un ciclo, como el deseo de saber y conocer, que jamás termina. Su signo simboliza la unión entre las neuronas del cerebro. Koushiro siempre ha deseado saber, y su sabiduría les ha ayudado mucho en este viaje. Por otra parte, nuestro color es el de la templanza, la lucidez y la reflexión.

Koushiro se ruborizó apenas cuando sus amigos le lanzaron una mirada divertida.

Ninguno de ellos era capaz de decir nada. Todo estaba develándose poco a poco, y romper con aquellas explicaciones, habría simbolizado romper con las respuestas.

Hacia tiempo que ellos las buscaban.

—El azul es el color de la amistad, la fidelidad y la serenidad. Por eso mismo, representó al emblema de la amistad, que es más que una emoción… Son lazos. Lazos que forma nuestro corazón y que, paradójicamente, nos permite ser libres… —admitió el de color azul—. Háganselo saber a Yamato, por favor. Siempre fue digno de su emblema.

Sora Ishida sonrió.

Ojala Yamato hubiese podido escucharlo por sí mismo. Lo necesitaba en esos momentos.

Sería muy duro para él, al salir del hospital.

El ser de color rojo tomó las manos de la diseñadora —Creo que no debo explicar porque un corazón es lo que nos representa a ti y a mi. El rojo es color de la sangre, el amor, la pasión, el cariño. Y el amor, como la amistad… Representa los puentes, los lazos entre las personas… Siempre son necesarios entre los humanos… Y aquí también.

—La pureza, la inocencia… Un corazón puro es aquel que puede sacar fuerzas de la debilidad, la confianza de la tristeza, que brinda amor y da luz. Es permanecer siendo un niño de corazón cuando crecemos. El verde del emblema sugiere amor y paz, la fuerza de la juventud y la frescura de la naturaleza. Y una semilla, que también luce como lágrima, es el brote del que nacen los buenos deseos igual que los sentimientos. Todos emergen desde el corazón y allí deben ser sembrados.

— Eso… no lo sabía —declaró Mimi, contemplando intrigada el símbolo que representaba su emblema—, jamás lo había pensado así.

—La sinceridad, el gris y la cruz. El color gris expresa humildad, estabilidad, generosidad. La sinceridad de luchar por nuestros principios, guiarnos por nuestras reglas sin dañar a otros… Eso es lo que el emblema representa.

—¿Y la cruz?

—La cruz también se identifica con el encuentro de dos conceptos, el deber y el querer. Una persona que toma una decisión tiene que cargar con ella, por eso también se refiere a suplicio.

—¿Qué hay del emblema de la bondad? —dudó Ken— ¿No es como ustedes?

—El emblema de la bondad nació un tiempo después—dijo el ser de color rosado—, en conjunto con los digieggs. Y es parte de mí. Su signo es una flor, porque la flor puede quebrarse con el invierno, pero si la raíz es fuerte, renacerá. Si el corazón es fuerte, pese a que la bondad sufra por la oscuridad, siempre volverá.

Ken quiso esbozar una sonrisa ante las palabras y sintió que Daisuke le palmeaba el hombro.

—¿De ti? —dudó Hikari, extrañada y contempló con más atención el símbolo que se plasmaba en su interlocutor. Se parecía al emblema de Ken, sí, pero… —¿Y el emblema de la luz?

—Ese emblema surgió de la fuerza de todos nosotros, juntos. El rosa es un color que influye en los sentimientos convirtiéndolos en amables, suaves y profundos. Y tu inspiraste ese color. Creo que sabes exactamente que significa, ¿no es así? Su símbolo es un brillo o resplandor de luz y representa la vida y la luz.

La aludida asintió —Ya veo…

—De todas formas, elegidos, ustedes saben que esas características se crearon solo como soporte. El poder de los emblemas jamás sirvió por si mismo. En realidad, solo actuaban como puente —les recordó Gennai—. El poder estuvo dentro de ustedes hasta que lo devolvieron a nuestro mundo en el año 2000.

—Así es. Ustedes fueron quienes dieron poder a los emblemas.

—Sin embargo, no subestimen a los emblemas físicos. Al poseer parte de nosotros, exhibían características especiales…

Era cierto, se dijo Koushiro.

Sus emblemas eran especiales, no sólo por ser catalizador de las digievoluciones, sino porque les protegían de alguna forma. Él sentía esa calidez que brotaba del emblema físico, el que tenían en su correspondiente etiqueta. No podía negar que, en ambos sentidos, los emblemas eran fuentes de poder.

—Pero… ¿y nosotros? —dudó Daisuke, rompiendo el silencio. Todos sus amigos se hallaban pensativos pero él tenía dudas todavía —Iori, Miyako y yo… Nosotros…

—Ustedes comparten, de alguna manera, los emblemas de los originales, sólo que representan distintos aspectos. Podría decirse que como, el poder de los nuevos elegidos, derivan de la esencia de los emblemas principales; de la misma manera que ellos fueron creados a partir de nosotros —explicó el ser de color morado.

—Como ustedes saben —explicó Gennai—. Los digieggs fueron creados en la Era Antigua del Mundo Digital por los Digimon del tipo Antiguo. En ese entonces, sus posibilidades de evolución eran muy bajas y naturalmente muchos no alcanzaron siquiera a evolucionar a su etapa Adulta. Los Digieggs permiten evolucionar de forma artificial, pues usan la energía guardada dentro de estos en vez de usar el propio poder del Digimon…

—Es una manera muy sencilla de digievolucionar —corroboró Koushiro

—Debido a esta facilidad de poder, la existencia de estos artefactos puso en riesgo la seguridad del mundo antiguo. Y fueron eliminados.

—Cuando las bestias sagradas contemplaron lo que ocurrió en el año 2002, con la creación de las torres oscuras, decidieron reconstruir a los primeros digieggs con el poder que los niños elegidos de 1999 dejaron en nuestro mundo —prosiguió Gennai

—Veemon, Armadillomon y Hawkmon son de los pocos digimon capaces de utilizar los digieggs porque ellos son "descendientes" de los creadores de esos artefactos. Por eso fueron potencialmente elegidos para acompañar a los elegidos de ese entonces.

Veemon asintió.

Recordaba muy poco de lo que había vivido en ese entonces. Sólo era conciente de que había esperado a alguien que lo despertara. A un niño, a Daisuke.

—Tengo una pregunta más —dijo, repentinamente—. Hace mucho tiempo, nos dijeron que nosotros teníamos algo diferente a los demás.

—Nuestra fuerza es una, nuestra misión es la misma. Por eso estamos en armonía con ustedes—explicó uno de ellos—, y por eso, nuestros corazones se sincronizan.

—Esa es la verdadera razón por la que fueron elegidos. Todos ustedes tienen la misma luz en su interior.

Koushiro sonrió, algo extrañado por aquellas explicaciones que los inundaban a todos.

Tendría que analizarla y comprobarla, pero sonaba tan verdadera, tan certera, que no tenía ánimos de contradecir ningún punto.

Parecía que todo era cierto.

El digimundo resultaba ser un lugar lleno de misterios que quizás el hombre no debiese resolver nunca. Tal vez eso debía permanecer allí. Sonaba maravilloso conocer pero, en si mismo, era un deseo eterno.

Siempre saber más.

Los seres de luz, todos ellos, parecieron emitir una calidez que llenaba todos los rincones de la casa. Parecía que estuviesen sonriendo…

Algo imposible de saber, ya que sus cuerpos parecían ser luz que había tomado forma.

Era imposible no estar cómodo en ese sitio, se dijo Ken, rodeado de tanta calidez y armonía.

Entendía los dichos que habían comunicado esos seres.

Por un lado, sabía que cuando hablaban de la misión que compartían, se hablaba de la defensa de los mundos a los cuales pertenecían. Y cuando comentaron que sus corazones se fusionaron le fue imposible no recordar las sensaciones que le provocaba la digievolución DNA.

Y, pensó, con estar en armonía, se refería a ese ambiente. Cálido, brillante y calmo.

Taichi supuso que en otro momento, la escena le provocaría diversión.

Era como si estuviese hablando con su propio emblema. Aunque el suyo no tuviese mucho de su espíritu arrojado y aventurero.

Era una pena saber que ese sería, tal vez, el último encuentro que tendrían con los Homeostasis.

Pero al menos, los habían conocido. Y ellos no necesitaron usar el cuerpo de Hikari para hablar con ellos.

—¿Qué ocurre con los emblemas de los niños? —dudó Iori, con curiosidad.

—Son, teóricamente, nuevos emblemas. Sus capacidades son parecidas a las anteriores, pero cada uno de ellos tiene impreso algo único de los nuevos elegidos. Algo que es suyo y de nadie más.

—¿Por eso Yoshiro puede utilizar el emblema de los milagros? —dudó Sora— ¿Por qué la esencia de mi niño quedó en el emblema?

—El emblema de los milagros se encuentra relacionado con el de la inocencia. Ambos tienen el mismo núcleo. Quizás el Yoshiro y Yusei puedan compartir su emblema…

—Compartir un emblema —repitió Ken, extrañado— ¿Cómo lo hace Miyako con Sora o con Mimi?

—Básicamente.

—Pero… Eso debe ser en el futuro, ¿no? —inquirió Koushiro— Y el digimundo nos está pidiendo que cerremos posibilidades a ese futuro.

El silencio se propagó por toda la habitación.

Uno a uno, todos los adultos abandonaron sus reflexiones sobre los emblemas, el poder, las batallas y demás.

Era la hora de hablar de lo que realmente les inquietaba en ese incierto futuro.

Los niños.


Tsubasa Takaishi se removió incómodo en la cama.

Fue un movimiento brusco, repentino y doloroso. Tal vez fue una pesadilla lo que lo hizo girar por el colchón hasta abandonarlo precipitadamente.

En medio de sus extraños sueños, no podía decir que la forma de escapar de ellos le gustase demasiado.

Sintió el frío del suelo con rapidez y bostezó de forma inmediata ante el panorama.

Se medio incorporó en el piso de madera y trató de desenredarse de los lienzos de algodón que lo cubrían por todas partes. Sentía que algo le daba vueltas en la cabeza y se sostuvo de la cama para no marearse.

Las sábanas blancas estaban envueltas a su alrededor.

—¿Qué hora es? —dudó para si mismo al ver que una pequeña luz atravesaba las rendijas de la ventana.

No debía ser muy tarde, pero descartaba que fuese muy temprano.

Se restregó los ojos antes de arrojarse sobre el colchón y buscar el cuerpo de Tokomon a tientas, por instinto, en la oscuridad.

No lo encontró.

Se movió bruscamente, buscando una fuente de luz y encendió el velador para buscar mejor a su amigo.

¿Lo habría empujado? ¿Pateado?

—¿Tokomon? —preguntó a la nada.

Si se trataba de una broma, no era nada divertida.

Y ya tenía bastante mal humor encima como para agregarle algo más.

—Se han ido —replicó una voz familiar.

Tsubasa se preguntó en que momento Koichi se había despertado.

Y cómo podía estar tan tranquilo con esas palabras flotando en el aire.

—¿A dónde han ido?

—Al mundo digital. Debían reponer energías —comentó el mayor de los mellizos.

Por algún extraño motivo, aquello le causaba una incómoda sensación al rubio.

—No me gusta eso. No nos dijeron nada…

A Koichi no podía verle el rostro.

Estaba sentado sobre el colchón, con el mentón en las rodillas y los brazos alrededor de las piernas. Parecía que alguien se movía a su lado… ¿Qué sería? La luz del velador resultaba escasa para saberlo.

—A mí tampoco. Pero eso no es todo…

—¿Qué ocurre? —dudó el menor, temeroso.

No quería oír hablar de más problemas. No, más. Ya habían tenido suficiente.

Koichi ladeó el rostro y Tsubasa siguió la dirección de su mirada. Ellos tenían una cama extra para cuando Taiyo Yagami se quedaba en su hogar, y supuso que él era quien la ocupaba.

Pero se equivocó. No estaba Taiyo. Se trataba de Saori y Yoshiro.

—Nos han dejado a cargo de los pequeños —susurró el mayor de los hermanos Takaishi —Y la señora Izumi vendrá pronto.

—¿Cómo sabes todo eso?

Los ojos cobrizos de Koichi se dejaron ver.

Tsubasa se sorprendió al ver que algunas lágrimas habían trazado irregulares caminos en sus mejillas.

—Porque… lo escuché a papá decirlo esta mañana —soltó un suspiro, desesperanzado—. Los digimon no volverán, Tsubasa…

Su mente tardó más tiempo de lo necesario para procesar esas palabras, para comprenderlas. Una parte de él simplemente atinó a reírse. ¡Su hermano y Tokomon le estaban jugando una broma, sin duda!

Pero…

Pero…

No se rió.

—¿QUÉ DICES? —exclamó el menor de los hijos de Takeru, él que más se parecía a él.

Koichi no respondió. Y Tsubasa pensó que era demasiado horrible hacerle una broma de ese tipo. Su hermano mayor no era lo que alguien dice, un bromista nato. Siempre que bromeaba, era Tsubasa quien llevaba las riendas.

Pero… ¿Por qué estaba tan tranquilo?

No se dio tiempo de pensar en ello. Había cosas que resolver.

Se levantó violentamente y tomó su Digivice, furibundo.

Su hermano estaba delirando. Además… ¿Por qué se quedaba tan tranquilo en ese lugar? ¡LE ESTABA DICIENDO QUE NO VOLVERÍA A VER A SUS AMIGOS Y SE QUEDABA SIN HACER NADA!

Caminó sin decir más y abrió la puerta, con rabia. Tenía que ir a la computadora, al digimundo, a casa de…

Entonces, la voz de Taiyo lo detuvo.

—No funciona. Lo hemos intentado.

El rubio se giró hacia la cama donde reposaba su hermano y vio que Taiyo era quien estaba junto a él.

Su primo lo miraba con evidente tristeza, apenas iluminado por el velador de la cama del rubio.

—No…

—Los digivices —susurró Koichi—… no sirven

Tsubasa levantó el dispositivo digital de color blanco que le pertenecía.

La pantalla estaba negra.


—¡Puerta al digimundo, ábrete! —gritó Reiko frente a la pantalla.

Nada sucedió.

Como las cuatro veces anteriores.

¡No! debía ser una pesadilla, un mal sueño… ¿Por qué no se abría la puerta digital que unía los dos mundos?

Vio, por el rabillo del ojo, que Ozamu se acercaba con la expresión angustiada y se dejó caer de rodillas cuando su hermano pequeño llegó a su lado.

—Rei… —susurró, tímidamente, el portador de la bondad— ¿No se abre…?

La mayor de los hijos de Ken dejó caer el Digivice al suelo, sin fuerzas. Sabía que algo estaba pasando. Desde el día anterior, cuando todos los adultos habían llegado al hospital, ella fue capaz de notar que algo no andaba bien.

Pero era incapaz de saber de qué se trataba.

Por eso, además de que quería saber sobre su madre, había insistido en no separarse de ellos. Si ella estaba en medio, no iban a dejarla afuera… O eso pensó.

Se había equivocado, porque cuando abrió los ojos…

Estaba en casa de su tía Momoe. Agradeció que sus primos estuviesen dormidos para cuando se levantó de un salto de la cama y corrió hacia la computadora.

Ozamu la siguió vacilante —ella ni siquiera recordaba en que momento se había despertado el pequeño— y la miraba con tristeza.

—Nos han dejado fuera —espetó, furiosa— ¡Continúan ocultándonos cosas!

Ozamu retrocedió apenas cuando la vio levantarse. No quería que su hermana lo empujase por accidente —cosa muy pausible porque parecía estar realmente molesta— y tomó el Digivice que le pertenecía a Reiko.

La pantalla del dispositivo estaba totalmente negra, como si estuviese apagado o desactivado.

—¿Sabes donde está tía Momoe? —inquirió su hermana, desde su posición

—Salió de compras —aseguró.

Él se había levantado mucho antes que ella, pero había sido sacudido por un mal presentimiento cuando Reiko preguntó porqué la habían llevado a la casa.

A él también le pareció raro en ese momento porque su hermana había insistido aguerridamente en quedarse en el hospital.

No obstante, Reiko estaba tan cansada como él y quizás, sólo quizás, era uno de esos pocos días en los que ella cambiaba de opinión.

Veía que no era así.

Sus tíos no estaban y sus primos dormían tranquilamente. Tía Momoe había llevado a Yusei al mercado, para que tomase un poco de aire, y para hacer las compras.

Para Ozamu era extraña toda aquella aparente normalidad.

—¿Qué estás haciendo? —dudó Ozamu, cuando la vio acercarse al teléfono.

—¿Qué te parece que hago? ¡Voy a hablar por teléfono!

En ese momento, lo más sensato que podía hacer era fingir que no estaba allí.


Kevin abrió los ojos rápidamente, sobresaltándose ante una inesperada imagen que se plasmó en su retina.

Dio un respingo, asustado, y se debatió con las sábanas que lo mantenían prisionero.

Parpadeó en la oscuridad, nervioso, y una luz se encendió cuando restregó sus ojos.

Entonces, le pareció vislumbrar unos ojos azules que le hicieron pensar en el señor Takaishi, que fue a ayudarlo cuando despertó en el mar de la oscuridad.

Pero, sorprendentemente, no se trataba del amigo de su madre.

Una punzada de dolor y alegría lo golpeó con fuerza inesperada. No pudo decir cual de las dos emociones fue mayor. La combinación le pareció devastadora. Sus ojos miel se cristalizaron con una rapidez que al autor de sus días le pareció alarmante. Unos brazos fuertes se aferraron a los suyos, más pequeños, y Kevin permaneció inmóvil.

¿Era real… O se trataba de otro sueño?

¿Y si era una pesadilla que comenzaba como un buen sueño?

—¿Papá?

Agotado, cansado, exhausto e incredúlo, no podía creer lo que sus ojos veían.

Sentado en el extremo de su cama en el hotel, estaba Michael Washington. Lucía exactamente como siempre, arreglado, con aquella mirada cansada y la sonrisa fácil. Su cabello, rubio, más corto que antaño aun se mantenía rizado.

—Hola, Kev.

En un impulso sorpresivo que movió todo su cuerpo, Kevin se arrojó a los brazos de su padre.

Se había sentido odiado por él durante muchas noches eternas, con ese recuerdo constante de la duda que acechaba a sus familiares. Ahora, quería evitar esas memorias.

—Papá… —repitió, casi sollozando.

En sus pesadillas negras, llenas de sombras y tinieblas, existía un temor que lo atormentaba por encima de todos los demás.

¿De verdad… Su padre había creído que él no era su hijo? ¿Michael Washington había dudado de su paternidad y por ende, de la lealtad de su madre?

Con ello, de alguna forma, comenzaba a comprender…

Y aquello comenzaba a quemar. A doler.

¿Por qué su padre había desconfiado de ella? ¡Su madre era demasiado buena para herirlos así!

Se apartó violentamente, como si el tacto le ardiese y clavó los ojos miel en los azules con una fuerza inesperada.

—¿Dónde está mi mamá? —inquirió con voz muy suave.

Michael se encontró parpadeando ante la distancia que marcaba Kevin con él.

Jamás, en todos esos años, había visto esa frialdad en los ojos de su hijo. Era…

Era difícil de explicar lo que esos ojos claros le provocaron. Kevin, como Mimi, solía ver todo con ingenuidad y dulzura innata… No eran personas destinadas a conocer la amargura, porque las huellas que permanecían en ellos, resultaban insoportablemente grandes.

—Ella y los demás elegidos fueron al digimundo —explicó suavemente

Kevin parpadeó.

—¿Al digimundo? —repitió— ¿Por qué?

—Pensaron que sería mejor que allí pudiesen reponer energías. Además… Querían ver como se recuperaba el digimundo.

Kevin bajó la mirada, jugando con sus manos.

—¿Por qué me dejaron aquí?

Michael ladeó el rostro, nervioso e incómodo— ¿No te agrada la idea de estar con tu padre?

—¿Te agrada la idea de estar con este hijo?

La mirada del pequeño lo reflejó por entero y se sintió extraño al ahogarse en esos mares canela.

Esos ojos pertenecían a alguien que había crecido años en días, a alguien que había visto cosas inesperadamente dolorosas y a alguien que parecía odiarlo…

Con un insoportable nudo en la garganta, le devolvió la mirada.

—Eres uno de los más invaluables tesoros que Tengo, Kevin Ryouta Washington, que no se te olvide nunca.

Sorprendido, al ver que su padre pronunciaba su nombre completo —solía ignorar su nombre japonés— Kevin parpadeó, con ojos cristalinos. Michael contempló, aliviado, que la sombra en los ojos miel se disipaba casi por completo.

Vio al niño que era su hijo nuevamente presente en esa habitación.

Y también en sus brazos.


Avanzó en silencio por el pasillo de su casa, casi reconociéndola nuevamente a cada paso.

Le parecía que había transcurrido una eternidad desde que había estado tranquilamente comiendo junto a sus padres. Todas las escenas que no databan del digimundo le resultaban sumamente lejanas.

Otra vida.

Llegó a la sala y vio que su madre estaba sentada en el sofá, hablando consigo misma o criticando algo que había hecho mal. Le sacó una sonrisa que pensó había perdido y luego se movió tranquilamente, para no ser visto.

Abrió la boca para decir algo cuando los ojos azules de su madre detectaron su presencia y la sonrisa de ella iluminó toda la sala. Comprendía porque el nombre Mitsuko le sentaba a la perfección a la autora de sus días.

Era una persona brillante que iluminaba a quienes estaban cerca de ella.

—Es el teléfono —susurró Daiki, interrumpiéndose así mismo ante el timbre de la llamada.

Su madre parpadeó y él se giró hacia el otro sector de la sala, antes de entregarle el teléfono a ella. No tenía ganas de hablar con nadie, y no quería ser bombardeado por preguntas.

Mitsuko se estiró para alcanzar el aparato telefónico, sin quejarse por la pasividad de su hijo y se apresuró para responder.

—Residencia Motomiya.

—¡Hola! ¿Señora Mitsuko? ¿Está Daiki? —contestó una voz aceleradamente

—Reiko —susurró, sorprendida. Vio que su hijo levantaba la mirada inmediatamente— Sí, aquí está…

Le entregó el teléfono a Daiki nuevamente y la mujer fue repentinamente conciente de que su hijo se ruborizaba.

Sonrió, pese a todo.

En ese momento, todo apenado y balbuceante frente al teléfono, le recordó muchísimo a Daisuke. Muchísimo más de lo habitual, se dijo.

—¿Rei…?

La voz de su amiga se apagó lentamente.

—Hola, Dai…

Parecían unos tontos, se dijo Daiki.

Se contaban todo, unos días atrás y ahora se quedaban en silencio frente al teléfono.

—¿No vas a decirle porque lo llamaste? —escuchó la voz de Ozamu. Muy lejana y estrangulada.

—¡Ah! —la voz de Reiko resonó en su mente y él sonrió sin quererlo. Esa era su amiga— Algo terrible ha pasado, Dai. ¡La puerta al digimundo! ¡Está cerrada!

—¿Cerrada? —repitió, extrañado —¿Cómo que está cerrada?

Bostezó, porque aun se sentía somnoliento y frunció el ceño, sin comprender.

—Mi padre se ha llevado a nuestros digimon y nosotros… —la voz de Reiko se quebró a medida que hablaba, como mostrándose resignada ante lo sucedido.

Daiki abrió los ojos como platos. ¡Su compañero digital tampoco estaba en su casa! No le había preocupado no verlo dormido porque supuso que su padre o Veemon le estaban haciendo compañía pero… Si Ken Ichijouji se había llevado a los digimon a su hogar…

Entonces…

—Chibimon… —susurró el muchacho y sus ojos se dirigieron hacia su madre con rapidez.

Mitsuko se mordió el labio y negó con la cabeza.

Daiki pensó que tendría que pedirles unas cuantas explicaciones.

—Llama a Koichi y a Tsubasa —dijo, repentinamente cansado. No quería lidiar con todo aquello de nuevo, pero era lo más sensato y necesario— Tenemos que hallar una manera de resolver esto.

Reiko parecía haberlo llamado para recobrar el control de sí misma —Tienes razón.

—Yo le hablaré a Hoshi. Te llamo luego, Rei…

—Pero… ¡Dai!

No pudo continuar con la plática. No necesitaba saber más.

Primero, quería respuestas.

—¿Qué es lo que está pasando, mamá?

—Es difícil de explicar —dijo al comenzar. Y la señora Motomiya no pudo guardar silencio.

Su discurso la sorprendió pero tuvo que resumir todo lo que ocurrió en esos días. Y su primogénito se dedicó a procesar la información.

Cuando acabó, Daiki contempló, con tristeza, el perfil de la autora de sus días.

Aun se debatía respecto a lo que estaba diciéndole. No podía creerlo. No podía ser cierto. Mitsuko había querido desviar el tema desde que su hijo se despertó en la madrugada (ella lo convenció de que volviese a dormir), como alarmado por un extraño pensamiento, pero…

No había podido insistir en ese momento.

No creía que fuera un buen ejemplo en mentirle respecto a algo que era parte de él.

—Y papá está allí —repitió la mujer, apenada.

—No me llevó —reflexionó— ¿No lo dejaron hacerlo, verdad?

La señora Motomiya asintió quedamente, sintiéndose realmente conmovida por la expresión que distorsionaba el gesto siempre alegre de su hijo.

No podía soportar verlo así, pero sabía que nada podía hacer para ayudarlo en ese momento.

—Se qué debes estar muy molesto. Pero Gennai especificó que quería hablar con los primeros elegidos y que ustedes…

—Debían quedarse siendo ignorantes —susurró el muchacho, molesto.

Sus manos se habían cerrado en puños y había bajado la mirada.

La mujer parpadeó, sorprendida —Daiki, tienes que entender…

—¿Entender, qué? ¡Nosotros estuvimos allí, mamá! ¡Ni papá ni mis tíos vieron lo que tuvimos que ver! ¡Los pequeños atacándonos a nosotros! ¡Esas sombras que los rodeaban! ¡Ver vivo a Makoto!—gritó, casi histéricamente— ¡No tienen derecho a ocultarnos más cosas! ¡Ya no quiero más secretos!

Todo aquello sonaba verdaderamente horrible.

Mitsuko Motomiya simplemente se quedó mirando a Daiki con los ojos abiertos. Y muy azules. Su hijo estaba a punto de llorar por la impotencia y necesitaba descargarse porque no podía tolerar lo que estaba guardando.

Ignorando los gritos olímpicamente, aferró el brazo de su hijo y lo guió hacia el sofá del que se había levantado en un impulso.

Cuando lo abrazó, Daiki estaba ya rendido.

—¿Quieres decirme que pasó, mi niño? —inquirió con dulzura, mientras le acariciaba la cabeza— Yo no estuve allí, ni tu papá… Ni nadie más. Pero quiero ayudarte, Daiki…

—Él intentó matarme… Y a los niños —suspiró el muchacho, con la voz muy baja— Ellos…

La mujer se sobresaltó y le dio temor pensar en quien podría ser él. Le daba la sensación que no estaba hablando de un digimon…

¿Quién, Daiki?

Pero su hijo no estaba dispuesto a hablar más.

Comenzaba a dudar de su propia decisión y posición en ese delicado asunto.

¿Qué elegiría Daisuke sobre recordar lo vivido si supiera lo que Daiki había sufrido allí?

De todas las cosas que se le cruzaron por la mente, nunca creyó que uno de los hijos de sus amigos había intentado matar a su propio hijo.


El tenso silencio que envolvía a los presentes le pareció llamativo.

No había esperado tal división en las opiniones, aunque algunas si les resultaron previsibles. Sin duda, aquel debate podría extenderse más y más.

Su deber, su misión y tarea, era hacerlos reaccionar.

No podían crear conflictos entre ellos. No ahora que el mundo estaba a salvo. No ahora que todo parecía encaminarse hacia la paz. Los homeostasis habían abandonado la sala junto a la mayoría de los digimon. Los elegidos estaban solos —con Gennai— y trataban de ponerse de acuerdo a lo que estaban conversando.

—Creo que los niños tienen derecho a recordar —dijo Daisuke, en voz baja.

Sus ojos cobrizos se posaron en Taichi, casi con tristeza.

El diplomático quiso esbozar una leve disculpa, pero no pudo. No encontraba las fuerzas para arrepentirse.

Él había hecho su elección.

Tal vez, si no supiera que su hijo cargaba con un peso que era demasiado insoportable, lo habría pensado mejor.

De hecho, por momentos, se aseguraba que era un cobarde.

No le estaba negando a Taiyo sólo la verdad, sino el saber porqué había cambiado. Le estaba negando la oportunidad de conocerse un poco más. Y, sobre todo, la posibilidad de ser valiente.

Era perfectamente conciente de que si su hijo olvidaba, las cosas podrían tonarse difíciles.

Y, que si recordaba, seguramente iba a reprocharselo toda la vida.

—Estoy de acuerdo con Taichi —dijo Mimi—. Lo lamento mucho, pero Kevin ha pasado tanto —casi sollozó, ahogada por los recuerdos de las contrariedades de su hijo y las propias— ¡No puedo dejar que vea esas pesadillas en su mente cada vez que cierre los ojos!

Hikari Yagami bajó el rostro, totalmente apenada. Por eso ella no había podido votar sin sentirse culpable…

Ella también pensaba en los niños, en sus hijos, en todos… ¡Sabía que estaban sufriendo! Pero… Pero…

La cálida mano de Takeru aprisionando sus dedos, le dio el aliento que necesitaba.

—Nosotros entendemos —replicó Iori —Pero esto sigue siendo un empate.

Jou hizo un mohín. Era cierto. No habían podido ponerse de acuerdo en lo ocurrido, lamentablemente. O afortunadamente. Iban seis y seis.

Sin dudas, la decisión lejos de ser prevista, se volvía insufrible.

Por un lado, el matrimonio Takaishi, el voto de Daisuke, el abogado Hida, Ken y Miyako. Ellos querían mantener los recuerdos en las memorias de los niños.

Por otro, Mimi, Koushiro, Taichi, Jou y el matrimonio Ishida.

Pese a todo, les costaba la idea de dejar fuera a los niños. Sin embargo… Ellos consideraban que los recuerdos de este último tiempo, debían ser borrados. Lamentablemente, si se eliminaban los recuerdos del digimundo, no habría distinción alguna.

—Creo que nosotros también tenemos derecho a dar nuestra opinión en este asunto —saltó Gatomon

Hikari Takaishi se sobresaltó al ver entrar a su compañera.

Ella, Patamon y los demás digimon habían organizado su propia reunión —en algún otro sector de la casa— y parecía que venían con su propia resolución.

Sintió un escalofrío cuando los ojos azules de su compañera se fijaron en los de ella.

—Hemos tomado una decisión por la esperanza de un futuro.

Wormmon estaba sollozando desde que ingresó a la habitación. Él y sus amigos habían tenido muchas dudas respecto a lo que estaban decidiendo, incluso lo habían conversado con los pequeños niños digimon.

Koromon, Motimon, Tanemon, Chibimon habían sido los primeros en acordar que las memorias de los niños tendrían que perder los recuerdos dolorosos que habían vivido. Ellos habían sostenido que, sin importar que ellos olvidasen, los digimon siempre los mantendrían en su mente y corazón.

Hubo algunas discuciones, pero la mayoría también había votado.

La mayoría había elegido.


Hoshi Hida estaba corriendo.

Sabía que no era necesario, pero la ayudaba a despejarse. Usualmente, al menos. Cuando corría, se sentía libre y ajena al mundo. Cuando corría, no necesitaba pensar que estaba en otra realidad.

Estaba apurada. Sin importar qué, tenía que llegar a la casa de los Takaishi. Allí, todos los demás niños estaban reuniendose. Allí, todos se informarían sobre lo que estaba ocurriendo, que no era poco.

Nunca pensó que correr la pondría aun más nerviosa de lo que se encontraba.

La verdad, no entendía la actitud de su madre.

Tampoco la de su padre, pero eso no le parecía extraño. Sabía que algo había ocurrido entre ellos, pero en ese momento, no podía detenerse a pensarlo así como así.

Su mente tenía otras cosas en las que ocuparse.

Esa misma mañana había sido traida a la conciencia —luego de un largo, largo sueño— por el sonido interminable de su D-T11. La computadora portátil recibió como diez mensajes de Daiki y Reiko. Y tan solo un par de Koichi. Ella había intentado ignorar los primeros —estaba más dormida que despierta en ese momento— y había sido una idiota al hacer eso.

¡Si le enviaban mensajes debía ser importante!

Cuando estuvo despierta, antes de desayunar o comer algo, se dedicó a leer los mensajes.

Sin embargo, debía sincerarse consigo misma —aunque se ruborizase por lo tonta que se sentía— y admitir que leyó primero los del joven Takaishi. Eran todos muy amables —justo como él era— y le pedían que por favor, acudiese a su hogar.

Cuando las palabras del mensaje le crearon confusión, decidió leer las notas enviadas por Daiki.

Sólo algunas cosas pasaron en limpio.

Los adultos estaban tramando algo. Podía ser bueno, o malo, pero les concernía a los digimon y, por ende, ellos tenían que saber.

No era capricho, era una necesidad.

Como su madre seguía dormida cuando ella despertó, Hoshi tuvo la posibilidad de escaparse prácticamente de su casa. Le dejó una nota de aviso, pero seguía sintiendose culpable por ello.

Tal vez, ese sentimiento de horrible peso la llenaba por las lágrimas que vio en las mejillas de Ume Shimizu, que dormía abrazada a ella.

Hubiese sido más humano despertarla y pedirle que la acompañase, pero Hoshi pensó que su madre solo querría detenerla.

Angustiada, giró en una de las esquinas y alcanzó a pisar el asfalto cuando todo a su alrededor se movió en cámara lenta.

Sus sentidos se agudizaron y el automóvil viró peligrosamente. Aterrada, quedó incapaz de moverse, de salvarse y sus pies permanecieron inútilmente estancados en el suelo mientras el descontrolado vehículo se dirigía hacia ella.

Se quedó inmóvil, incapaz de moverse y cerró los ojos, esperando el impacto…


—Mamá… Tienes que estar muy tranquila —volvió a decir Kazuma.

El mayor de los gemelos Kido había pasado más de treinta minutos explicándole a su madre lo que había sucedido en el mar de la oscuridad.

Él y Makoto habían decidido que esa era la mejor forma de hacerle llegar a Mariko lo que había pasado.

No podían hacerlo como con su padre, que había sufrido casi un shock al verlos a los dos juntos de nuevo. Ni como con sus tíos, que recibieron explicaciones a medias antes de veros. No… Con su madre, habían decidido hablar del todo. Sin secretos.

Sólo verdades.

Fue difícil explicarlo y, para ella, aun más difícil asimilarlo.

Estuvieron eternos silencios intentando definir los pensamientos del otro y Kazuma pensó que su madre le recordaba demasiado a Makoto en ese aspecto. De ella, su hermano menor había heredado esa facilidad para ocultar la mayor cantidad de sus pensamientos y hacerlos notorios sólo para aquellos que los conocían muy bien.

Y hacerlos entendibles sólo para quienes podían descifrarlos.

—Te prometo que estoy tranquila, Kazuma. Yo… necesito verlo.

No le sorprendió esa afirmación, aunque no la esperaba tan pronto. Su madre estaba muy delicada de salud y su padre parecía excesivamente previsor con respecto al encuentro entre ella y Makoto. Quería preservarlos a ambos.

Asintió ligeramente y luego le sonrió, con amabilidad a la autora de sus días.

—Déjame hablar con él. Tampoco es fácil, mamá.

Mariko dejó que las lágrimas bañaran sus mejillas antes de dar un corto asentimiento con la cabeza. No sabía como describir las sensaciones que se agolparon en su cuerpo de forma avasallante.

Dolida, inquieta, asustada, nerviosa, esperanzada, ilusionada, vacía… Expectante.

—Estaré esperando —susurró

Kazuma abrió y cerró la puerta con suavidad.

Abandonó la habitación de su madre sin decir más y enfrentó a su gemelo, que estaba al otro lado de la delgada madera.

Makoto miraba de un lado a otro, como debatiéndose, como dudando.

—¿Quiere verme?

Kazuma alzó las cejas, sin poder contenerse.

Luego se dijo que aquella reacción era de lo más normal. Su hermano debía estar realmente aterrado con todo ello. A él mismo le inquietaba el intentar ponerse en los zapatos de Makoto durante unos minutos.

Tras ese pensamiento, una ola de admiración barrió con todas las demás dudas que lo embargaban.

Extendió uno de sus brazos y le tocó el hombro a su gemelo, intentando transmitirle un poco de seguridad.

—Por supuesto —afirmó, con dulzura inesperada— Está ansiosa por verte

Makoto contempló fijamente los ojos de su hermano mayor. Quería buscar algún rastro de falsedad, pero se sorprendió con lo que encontró.

Por un segundo, los ojos de su hermano mayor le recordaron a los de su padre.

Sin decir nada, Kazuma se corrió de la puerta. Dejándole el camino libre al menor. Makoto Kido se quedó inmóvil, contemplando la entrada sellada por ese obstáculo que le parecía infranqueable.

En vez de dar un paso, retrocedió.

—¿Puedes entrar conmigo?

El mayor le dio una sonrisa confiada y asintió.

Makoto quiso devolver el gesto pero sus labios parecieron tiesos cuando lo intentó. Estaba tan nervioso que sentía que comenzaría a sudar en cualquier momento. Algo curioso, con su padre se había sentido exactamente así… Salvo por las nauseas que lo invadían al girar la perilla.

Levantó la mirada, enfocándola ligeramente en Kazuma y extrañó a su compañero digital por centésima vez en todo ese tiempo. Su querido Coelamon, tan lejano y perdido, tan marcado y próximo. Esperaba que estuviese bien al despertar, al renacer, al volver a vivir. Más que cualquier otro, su mejor amigo necesitaba esa oportunidad nueva.

Abrió la puerta lentamente y se internó en la habitación. Mariko lanzó un grito de exclamación y un sollozo.

Sus brazos se abrieron con dificultad, como una invitación. Makoto la aceptó con toda el alma…

Y ambos lloraron.

Kazuma se sintió ajeno y sonrió cuando vio a su madre abrazar a su hermano con fuerza, susurrándole palabras dulces y cantos de esperanza.

Eso era lo que Mako necesitaba más que cualquier otra cosa.

Al darle la espalda a Kazuma, inmersos en su mundo, ninguno de los dos presentes notó la expresión angustiada que este se permitió reflejar.

Como se había prometido así mismo no dejar que Makoto supiese que él sabía lo que escondía, había tratado desesperadamente en no pensar en ello.

El menor de los gemelos no había comentado nada al despertar y él no había dicho nada al respecto tampoco. Le había pedido a su tío Shin que guardase silencio, también, cuando le comentó lo ocurrido.

La absoluta verdad era, sin embargo que las palabras rondaban todavía sus pensamientos.

Había desperado más temprano, casi desganado, cuando escuchó un sonido.

Al principio, sólo distinguió la oficina de su padre y luego, a Makoto.

No era extraño, aunque se preguntó como habían llegado hasta allí. Luego, vio a su tío Shin.

Su hermano gemelo dormía, y eso no le llamó la atención. De hecho, lo aliviaba.

Lo que le inquietó… Lo que de verdad le inquietó eran las palabras que pronunciaron sus labios cuando él aun era preso del sueño. Los ojos negros de Makoto lo habían contemplado aterrorizados cuando se abrieron sobresaltados, como si hubiese visto un fantasma.

Makoto había gritado y Kazuma fingió despertarse junto con él. Su tío Shin los asistió y su hermano había mentido descaradamente, asegurando que estaba bien.

Pero él no podía evitar concentrarse en las palabras que había oído antes de que él despertase.

"Ya está decidido, entonces, el futuro", dijo como si de una verdad ineludible se tratase. La sentencia siguiente, fue peor. "Sí el olvido cae, los dos se destruirán"

Cuando su padre, regresara, tendrían mucho de que hablar. Kazuma tenía el triste presentimiento que algo malo estaba por suceder.


Michael Washington suspiró, disculpando por tercera vez con el conductor.

El hombre, más que ofendido, parecía consternado. Pidió disculpas, aunque a la vez, le pidió al rubio que cuidase a la chica que casi atropellaba y se marchó, apenado.

El norteamericano se volvió, entonces, hacia la niña.

Kevin no había dejado de moverse alrededor de la muchacha y Michael suspiró, con resignación.

—¿Estás bien? —dudó, en perfecto japones

Los ojos verdes le devolvieron una mirada aterrada —Sí, g-gracias p-por…

Todo aquello había sido inusualmente rápido, se dijo él.

Kevin la había señalado cuando estaban en el taxi y ellos habían bajado del vehículo por la proximidad a su destino. Después de todo, sólo faltaba media calle para llegar a donde los esperaban los demás niños. Él no tenía idea de porque Kevin y sus amigos planearon la reunión, pero dadas las condiciones, era incapaz de negarse a cualquier petición de su hijo.

Nada resultó como esperaba. Él y Kevin bajaron del vehículo. Su pequeño grito el nombre de la muchacha…

Pero la chica iba distraída y cometió el imprudente crimen de cruzar la calle.

Menos mal que su hijo lo había hecho reaccionar y Michael había podido empujarla a la acera, luego de correr lo que le había parecido un tramo eterno. Definitivamente, tendría que volver a ejercitarse periódicamente como hacia cuando Mimi era su esposa. Su estado físico le parecía deplorable.

Pero temía haberle causado algun daño por la brusquedad de la caída.

—No es nada —susurró, sonriendo apenas.

Temblorosa, Hoshi se levantó de un salto —Tengo que llegar a casa de los Takaishi

Kevin se mostró preocupado y le sonrió.

Michael vio que su hijo sonreía por primera vez desde que había regresado. Y no pudo menos que agradecer a quien haya permitido ese encuentro. Por más peligroso que haya parecido, le había devuelto esa pequeña sonrisa de aliento a su hijo

—Todos vamos al mismo lugar, ¿no? —dijo Kevin

Michael decidió que era hora de avanzar— No hay porqué correr

Ruborizada, la hija de Iori asintió tímidamente.


Reiko suspiró, apoyandose contra el marco de la puerta. Aun estaba nerviosa. Todos sus amigos estaban reuniendose en la acera, poco a poco, y cuando ella llegó, la señora Izumi se mostró sorprendida. Sin duda, la madre de Yuko poco sabía de los planes que tenían los niños. Ozamu se reunió con sus dos mejores amigos y ella recordó, forzosamente, que era el cumpleaños de Taiyo Yagami.

Enseguida se dio cuenta de que faltaban los Kido, el niño Washington, Hoshi Hida y Daiki Motomiya.

Necesitaba que se apresurasen porque la sensación de angustia que tenía desde que había fallado al abrir la puerta al digimundo, no se iba. Tenía que asegurarse que todo estaba bien, que ya no habría más peligro, que los digimon estarían a salvo, que las personas del mundo real lo estarían.

Le sorprendió ver unos ojos azules y una sonrisa leve. Y más aun al darse cuenta que se trataba de Saori Ishida.

—No te preocupes —dijo la niña rubia— Veremos como resolver esto…

Quiso sonreír, pensando que esa pequeña era más madura a los nueve años de lo que ella había sido a esa misma edad. Claro que su padre siempre decía que, en ese aspecto, Reiko había heredado el carácter de Miyako y no había posibilidad de cambio.

—Me preocupa todo esto —admitió

—A mí también —aceptó Saori— pero hasta ahora, hemos podido resolverlo todo, ¿no? Si estamos juntos, veremos que hacer.

Con esas palabras, la hija de Sora abandonó a la primogénita Ichijouji y se acercó al grupo de los pequeños.

Reiko suspiró y se levantó de su sitio, para acercarse al grupo de sus amigos. Todo lo dicho por Saori era cierto. Habían logrado desafiar a Daemon sólo estando unidos, sólo cuando todos dieron lo mejor de sí e intentaron ayudarse.

Sólo cuando lo intentaron juntos.

Bajó la mirada y la centró en el emblema de la lealtad. Era una piedra con ese dibujo de dos anillos que lo caracterizaba. Parecía haber perdido su poder.

Reiko temía encontrar el significado verdadero de esa pérdida.

Parecía casi increíble que después de todo lo que habían vivido, aun estuviesen allí, para luchar contra más y más secretos.

No le importaba, después de todo por algo eran los niños elegidos.


—Entonces, ¿eso es lo que han decidido? —insistió Gennai.

—No veo otra salida —susurró Patamon, para sorpresa de Takeru— Nos parece justo que los niños olviden lo que han vivido.

—Ellos han pasado relativamente poco tiempo con nosotros —acotó Tentomon— Olvidarnos no será dañino.

—¡Los conocen de toda su vida! —se exaltó Daisuke —¡Veemon! ¡No puedes hacerme esto!

—Lo siento, Daisuke. Creo que es mejor así…

—¡No pueden darse por vencidos tan fácilmente! —dijo Iori— No ustedes, Armadillomon.

—Iori… Si el daño tiene que ocurrir, ¿no piensas en buscar un medio por el que Hoshi salga menos lastimada?

El abogado abrió los ojos como platos.

Sabía a lo que su amigo se refería. La noche anterior había hablado con Armadillomon sobre su futuro divorcio. Dijo que iba a ocultarle a Fumiko la verdad para que no pensase mal de Ume… Ocultar. Armadillomon le estaba diciendo que podía hacer eso con ese asunto, también.

—Pero…

No tenía palabras. Se sentía miserable.

Las puertas del digimundo iban a cerrarse de cualquier manera, aunque los niños olvidasen o recordasen… Sin embargo, él se sentía cruel por negarles a los pequeños, los motivos de su lucha.

—Sé que tu padre habría deseado que la cuidases. Eso es lo más importante.

—No hay manera de resolver esto de otra forma, ¿cierto? —preguntó Koushiro, sorprendiendose así mismo.

—Lo siento, Koushiro —aseveró Tentomon —Pero no hay tiempo para buscar una respuesta a ello.

—¿Por qué tiene que suceder esto de nuevo? —se preguntó Izumi

él había decidido que Yuko no recordase lo vivido, pero el hecho de que Tentomon votase por lo mismo lo había desarmado.

—¡No! —exclamó Hikari— Gatomon, tú…

—Encontrarte fue lo más significativo que me ocurrió Hikari. Me diste fuerzas, me brindaste tu luz sagrada y puedo vivir en su amparo por siempre. Pero tú sabes que lo que esos niños han visto u oído permanecerá intacto en su corazón. El corazón no olvida, la mente sí —suspiró— Déjalos olvidar.

—Pero perderán una parte de sí mismos —susurró Takeru— Patamon…

El pequeño digimon se acercó al escritor —¿Sabes como fue que los niños pensaron que estaba muerto, Takeru?

Sobresaltado por la pregunta, sólo atinó a negar con la cabeza.

—Koichi estuvo a punto de ser alcanzado por un ataque de Angemon. Salamon tuvo que defenderlo, repeliendo el ataque y logrando que ese Angemon se destruyese. Koichi y Salamon se sintieron muy culpables, entonces.

Hikari sintió que se le cortaba la respiración.

Y Takeru recordó aquella plática que tuvieron cuando los niños aun estaban en el digimundo —no habían llegado al mar de la oscuridad— y pudieron ponerse en contacto. Koichi había evitado su mirada todo el tiempo.

—Pero ese no eras tú —le recordó— Tú estabas prisionero.

—¿Y cómo piensas que se sintió él o Tsubasa cuando vieron lo que les había sucedido a los pequeños?

Impotentes, inútiles, enfermos. Él también lo había sentido. Él también los había visto.

Cerró las manos en puños, sintiendose impotente. Maldito Daemon, maldita su venganza.

—Patamon…

El digimon lo miró con dulzura. Poco a poco, Takeru lo estaba comprendiendo. A él también le dolía lo que estaba pasando, pero… Esa aventura no merecía ser recordada, porque nadie merecía repetir ese dolor.

Sólo por salvar a Makoto de sus propios recuerdos, valía la pena el intento.

Eso pensaban ellos.

—Escúchame, Takeru. Mi decisión ya ha sido tomada… Quiero que los niños se liberen de esas memorias. Sé que no me comprendes… Pero créeme, si todo se recordase, vivir sería imposible.

—Déjenlos respirar normalidad —pidió Gabumon— Ellos no tendrán el peso de ser los salvadores del mundo. No tendrán porque padecer en silencio la carga de esas memorias.

—Están equivocados si piensan que eso los liberará —dijo Iori

—Piensenlo ustedes, entonces… ¿Qué es mejor? Si los niños olvidasen, como todos los demás, no tendrían que fingir aparente normalidad. Podrían intentar tenerla, podrían intentar olvidar lo que las pesadillas encierran. Si ellos recuerdan… ¿No piensan que será más doloroso el saber que nunca volveremos a vernos?

La noticia inmovilizó a la mayoria. Poco a poco, los adultos presentes sintieron que una tétrica pesadilla se volvía realidad. Ellos no habían querido creer las palabras antes dichas… No querían pensar que nunca volverían a verse…

Gennai caminó hacia la ventana cuando sintió algunos sollozos inundar la habitación.

Sabía que eso acabaría así, aunque no previno que los digimon tomasen esa decisión.

Los entendía. Claro que los entendía. De hecho, se sentía mal simplemente por no poder hacer nada que cambiase los hechos.

Los sollozos aumentaron y muchas palabras se confundieron. Los digimon estaban haciendo lo que mejor hacían. Se querían asegurar que los elegidos, sus compañeros del alma, estuviesen a salvo.

Si existiese la posibilidad de borrarles la memoria de los digimon a los adultos, él no los habría hecho decidir.

En realidad, no tenían opción. Cuantos menos estuviesen enterados del digimundo, menos peligro correrían esos mundos.

Era inevitable. El digimundo iba a defenderse.

Y, con suerte, podrían hacer algo con los antiguos elegidos, para mantenerlos al margen de toda la situación.

Tal vez no podrían olvidarlo todo pero… ¿Por qué no una parte?

En el cielo azul, el sol estaba comenzando a oscurecerse en uno de los extremos. Gennai sabía que significaba ese eclipse. Ese fenomeno indicaba que la conexión entre ambos mundos estaba comenzando a cerrarse.

Seguramente, en el mundo real, los digivices estuviesen desactivados. Los emblemas, probablemente, se volverían piedra.

La puerta iba a cerrarse más pronto de lo que había creído en un principio. Era verdaderamente inevitable.

...


N/A: No estoy cien por ciento conforme con este capítulo y por ello no me había decidido a subirlo antes, pero ha mejorado bastante en comparación a lo anterior que tenía escrito. Los niños vuelven a la acción porque extrañaba su participación, aunque parece que es demasiado tarde para que las elecciones cambien el curso... ¿Podrán llegar a despedirse de sus compañeros, al menos? Por otra parte, los adultos han recibido demasiada información en el mundo digital y los digimon también tienen cosas para decir.

Decididamente, el siguiente es el último capítulo. Y habrá un epilogo como tenía previsto porque bueno, originalmente esta historia iba a tener quince capítulos.

¡Muchísimas gracias por entrar a leer! ¡Por quedarse leyendo y darle una oportunidad al fic! Muchas gracias a todos los que comentan y/o siguen esta historia! ^^

Hasta la próxima!