Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es de shasta53, yo solo me adjudico la traducción, con el debido permiso de la autora. Thank you, Shanda, for letting me share this in Spanish.

Link de la historia original: www fanfiction net/ s/ 7360793/ 1/ Stolen-Dreams


Capítulo 38

Las semanas que siguieron a nuestra boda fueron igual que las semanas previas. Edward estaba fuera más de lo que estaba en casa, y cuando estaba en casa, era como si el peso del mundo estuviera sobre sus hombros. Intenté preguntarle sobre ello, pero su afligido "No puedo, nena. Es clasificado", hacía nuestras conversaciones muy cortas. Él veía las noticias en ocasiones, aparentemente buscando algo en específico, pero ya que nunca lo encontró, no pude identificarlo.

Continuamos con nuestras visitas a Ryan fin de semana por medio. A veces, Carlisle y Esme nos lo traían, y en otras ocasiones, íbamos por él. Edward y yo no habíamos pasado mucho tiempo juntos, pero él era capaz de hacerse tiempo para pasar con Ryan. Me seguí diciendo que era como debía ser, pero era difícil apagar mis sentimientos. Zafrina y yo nos reunimos un poco más a menudo en esos días. Sabía que debería estar hablando con Edward —un hecho que ella me recordaba habitualmente— pero eso habría requerido que él estuviese alrededor.

Con solo una semana hasta Acción de Gracias, estaba cerca de alcanzar mi punto de ruptura. Edward no había estado en casa en cuatro días, y sus respuestas a mis mensajes de texto eran contadas. A este ritmo, iba a estar comiendo un banquete de Acción de Gracias sola, ya que él no podía decirme siquiera si estaría en casa.

—Hola, Esme —dije en el receptor cuando respondí mi teléfono a la salida de la oficina.

¿Tienen alguna tradición particular para Acción de Gracias? —preguntó en lugar de decir hola.

—Um, solo las normales —dije con vacilación—. ¿Por qué?

Estoy haciendo la lista de la compra. Voy a ir a hacerla mientras estemos en Seattle este fin de semana; el Thriftway ya está prácticamente vacío. La madre de Carlisle siempre hace ese horrendo relleno de ostra e insiste que es una necesidad. No sabía si tú o Edward tenían algo así. Tu papá dijo que tenía que trabajar ese día, pero que se detendría por un momento para comer —divagó, sonando completamente exhausta.

—Espera. Estoy perdida —admití.

Van a venir aquí para Acción de Gracias, ¿verdad?

—Oh, no había pensado en eso —le dije—. Se supone que intercambiemos fiestas, y este era su año.

Bella —dijo ella con paciencia—, ¿tienen planes para Acción de Gracias?

—No. —Alice y Angela se iban a casa a comer con sus familias y me habían invitado a ir ya que no teníamos idea si los chicos serían capaces de estar libres o no. El pobre de Ben había estado cubriendo la oficina, y Angela había pasado varias noches comiendo con él ahí para pasar algo de tiempo juntos.

Entonces, ¿por qué no vienen y la pasan con nosotros? Puede que sea nuestra fiesta con nuestro hijo, pero no hay razón para que ustedes no puedan estar aquí también —razonó ella.

Sonreí, y una lágrima se escapó de mi ojo ante su consideración.

—Gracias. Lo hablaré con Edward…

Esme me interrumpió.

—Él también es bienvenido, por supuesto, pero te espero aquí de todos modos. Solo porque él está complicado con el trabajo no significa que tú tienes que pasar la fiesta sola. Y si él tiene un problema con eso, me puede llamar y le daré los porqués.

Me reí de su vehemencia maternal.

—Sí, señora. Estaré ahí. ¿Qué puedo llevar? —pregunté mientras me estacionaba en el camino de entrada. El auto de Edward estaba en el mismo lugar que había ocupado por las últimas dos semanas; él había sido recogido por el transporte militar en las raras ocasiones que había estado en casa. La casa estaba tan oscura como la había dejado.

¿Un pastel? —sugirió Esme.

Acepté después de verificar el número de personas que asistirían a la comida y después le dije que la vería mañana. El chasquido de la cerradura sonó fuerte en mis oídos, y cuando abrí la puerta, jadeé y dejé caer el maletín.

Los muebles de la sala habían desaparecido.

Una manta estaba extendida en el centro del piso donde había estado la mesa de café, y almohadas grandes y mullidas estaban esparcidas. Un par de ellas parecían sospechosamente como mis almohadones del sofá, pero en la tenue luz del fuego de la chimenea, no podía estar segura.

—¿Hola? —dije con incertidumbre, mirando hacia la cocina. Agarré un paraguas que había dejado cerca de la puerta unos días antes y lo empuñé como un bate de béisbol. La razón comenzó a asentarse, y quería golpearme. Primero, un asesino serial no iba a hacer que mi sala luciera como un lujoso harén, y segundo, él ciertamente no iba a contestarme.

Sin embargo, Edward lo hizo. Él apareció desde la cocina con una camiseta blanca ajustada y unos pantalones de camuflaje colgando bajo. Su cabello todavía estaba ligeramente húmedo, y no olía como a vestuario, así que supuse que se había duchado en algún momento.

—Hola, nena, estás en casa —dijo dulcemente mientras se limpiaba las manos en un repasador. Dio un par de pasos hacia mí pero se detuvo cuando se dio cuenta que yo no estaba avanzando y todavía agarraba el paraguas.

—Lo estoy —dije vacilante—. ¿Qué es todo esto?

—¿Mi intento de romance? Solo quería hacer algo lindo para ti. —Se calló mientras yo observaba la habitación. Estaba realmente encantadora y bastante romántica… como lo era el olor a chocolate saliendo de la cocina.

—¿Tienes la noche libre, entonces? —pregunté, intentando sonreír. Me encantaba que él estuviera tratando, y estaba decidida a aprovechar al máximo el tiempo que teníamos, pero me mataba cada vez que estábamos juntos y después él se iba antes de que despertara.

—Esta noche, mañana a la noche… la misión terminó, nena —susurró, finalmente acercándose, alejando mi arma casera, y tomando mis manos en las suyas—. Soy todo tuyo.

Me tiré en sus brazos y lo abracé tan cerca de mí como era posible. Él no se burló, solo me sostuvo, meciéndome como si fuera la cosa más valiosa en el mundo.

—Shhh, nena. Estoy aquí —susurró una y otra vez mientras me frotaba las manos por la espalda.

Después de varios minutos, me recompuse y besé a mi esposo como se debía. Lo había extrañado, maldita sea.

El temporizador sonó en la cocina, y nos separamos a regañadientes. Edward entrelazó sus dedos con los míos y me arrastró detrás de él a la cocina, como si no quisiera separarse más de lo que yo quería.

—¿Qué es todo esto? —jadeé. La mesa de la cocina parecía más como un área de montaje que como un lugar para comer, y habían platos por todos lados.

Edward tuvo la decencia de parecer un poco avergonzado.

—Hice la cena. No vamos a comer aquí —se apresuró a asegurarme—. Mientras saco el postre del horno, ¿por qué no vas a cambiarte a algo cómodo?

No quería usar el chándal lleno de agujeros al que había recurrido por comodidad últimamente, así que revisé mis cajones y encontré un lindo pantalón de yoga y una de las viejas camisetas de Edward. Debajo, mi atuendo no era muy cómodo, pero me decidí por este por la mirada que estaba segura que ganaría más tarde cuando él me desenvolviera como su regalo de bienvenida a casa.

Con velas y el fuego proporcionando nuestra única luz, Edward y yo nos alimentamos el uno al otro con pedazos de bistec, papas gratinadas, y frijoles de lima. No era la comida más gloriosa que alguna vez hubiera comido, pero no había tenido que cocinar y tenía a mi esposo al lado. En ese momento, estaba segura que era la mejor comida de la historia. Hablamos, nos reímos, y robamos besos entre bocados, todo como si fuéramos adolescentes de nuevo.

El pastel de chocolate fundido que él había horneado —o calentado, no pregunté— fue la parte más sucia de la comida, pero también la más satisfactoria. Cada gotita rebelde de chocolate tenía que ser lamida, y estábamos comiendo con los dedos.

—Lo siento —dijo Edward, en realidad no sonando arrepentido en absoluto—. Esta camiseta se tiene que ir; tiene chocolate por todos lados.

Me reí, él acababa de pintar mi pecho con el chocolate en su mano.

—Es una pena, entonces, que la tuya esté arruinada —repliqué mientras pasaba los dedos por el chocolate en el plato y por su pecho.

Edward resopló y sonrió, sacándose la camiseta más rápido de lo que creía posible sin echar chocolate por todos lados. Empujé el plato y me saqué todo menos el sostén de encaje morado y blanco y la braga a juego que estaba usando. Los ojos de Edward se ampliaron, y pasó sus manos ligeramente por mi pecho.

—Maldita sea, soy un hombre afortunado. —Edward miró de mis pechos a mis ojos—. Te amo, y me encanta lo que estás usando. Pero te necesito, y si te lo dejas, ya no vas a poder usarlo.

Nos hundimos en las almohadas, con su cuerpo cubriendo el mío, piel contra piel, y nos encontramos de nuevo. Nuestra necesidad tomó el control sin preámbulos y los duros —incluso más que lo normal— planos de su cuerpo empujaron contra mis suaves curvas. Toda nuestra comida había sido el juego previo, y no desperdiciamos tiempo en nada más. Edward embistió en mí, duro y rápido, haciéndome perder el aliento ante la sensación. Simplemente se sentía tan condenadamente bien estar otra vez con él así.

Levantó mi pierna sobre su hombro y embistió más fuerte. Su frente estaba arrugada por la concentración, una mirada que a menudo significaba que él estaba tratando de contenerse recitando nombres de armas.

—Déjate ir, cielo —susurré, necesitando verlo perder su fiero control. Sin embargo, él no iba a acabar sin mí y cambió su pulgar de mi cadera a mi clítoris. Los concisos espirales que él sabía que me encantaban me llevaron al borde, y gemí cuando mi liberación me invadió. Apenas tuve la conciencia para ver a Edward cerrar sus ojos con fuerza y dejarse ir con un gemido casi doloroso.

Soltó mi pierna justo a tiempo para que la moviera al costado así él colapsaba encima de mí.

—Te amo mucho —susurró con voz ronca. Sabía que no tenía todo su peso encima, pero me encantaba. Aquí, entre el piso y el hombre que amaba más allá de la razón, me sentía segura y protegida.

Nos quedamos así por varios minutos, solo respirando en el otro y disfrutando de la sensación de nuestros cuerpos juntos en reposo. Sin embargo, finalmente el piso se volvió un poco más duro que placentero. Me moví un poco, tratando de acomodarme, y molesté a Edward, quien pareció entender mi dilema. Esperaba que girara y me pusiera encima de él. En su lugar, me levantó y me cargó por las escaleras hasta nuestra cama, donde me amó lentamente por horas.

Había unas cuantas noches en mi vida que me había sentido así de querida, pero sabía que esta siempre sería una de las mejores.

~~SD~~

Ryan ya estaba en la casa cuando llegué. Él y Edward estaban jugando al básquetbol con un vecino que nunca había conocido y solo se detuvieron lo suficiente para que mis chicos corrieran y me saludaran. Edward parecía bien descansado, lo que sabía que no era un resultado de anoche. Yo apenas había superado el día.

Me alejé de ellos cuando trataron de abrazarme. Chicos sucios y sudados no iban bien con un traje a rayas. Edward se inclinó y me dio una sonrisa infantil y un pico en los labios.

—Hola, esposa —dijo con un guiño.

—Hola, esposo —bromeé de regreso, mirando a Ryan sobre su hombro—. ¿Alguna vez le van a dar a Ben un descanso?

—Ya lo hice —afirmó—. Lo envié a casa como a las nueve esta mañana y terminé el día, al menos hasta que Ryan llegó aquí. No tenemos nada que no pueda esperar hasta el lunes, lo que es bueno, ya que tengo la intención de pasar todo el fin de semana con mi esposa e hijo. —Era como si fuera la primera vez que realmente había dicho esas palabras. Su cara se iluminó, y me besó de nuevo—. Demonios, eso suena bien, ¿verdad?

—Sí —acordé. Ryan y el vecino estaban comenzando a lucir impacientes y seguían mirándonos—. ¿Por qué no finalizan su juego mientras hago la cena?

Edward asintió una vez y se giró para regresar al lado.

—Saqué las chuletas de cerdo —dijo sobre su hombro.

Todo lo que pude hacer fue sacudir la cabeza ante sus tendencias poco sutiles y hacerle a mi hombre unas chuletas.

~~SD~~

Los tres pasamos todo el fin de semana juntos, jugando, comprando, hablando, y viendo películas. Ryan encontró muchas cosas que quería para Navidad, y traté de prestar mucha atención a lo que Edward escogía. Este era nuestro primer año como una familia, y quería que fuera perfecta.

Sin embargo, no todo fue diversión y juegos. Papá llamó con la noticia de que el juicio de Gerandy estaba programado para empezar justo después que comenzara el nuevo año. Ryan estaba visiblemente alterado por eso pero nunca nos diría por qué. Cuando llamé a Esme esa noche para decirle sobre el juicio, me aseguré de mencionarle la reacción de Ryan. Ella me prometió que se lo mencionaría a Jacob cuando lo dejara en su cita la tarde del miércoles. Solo podía esperar que él hablara de lo que fuera que lo estaba molestando con alguien, si no podía ser yo.

Él estaba mayormente de regreso a su naturaleza cuando se fue el domingo, habiendo sacado tres promesas de cada uno que estaríamos ahí el miércoles a la noche. Su alegría por la comida que venía me recordó mucho a Edward. Sus favoritas incluso eran las mismas, con la excepción del pastel de camote de parte de Ryan, y solo era porque nunca lo había comido.

Acción de Gracias fue un caos, puro y no tan simple. Toda la familia de Esme estaba ahí. Carlisle nos dijo que sus padres estaban pasando la fiesta con su hermana y su familia en Michigan. Edward y yo a regañadientes nos ofrecimos a quedarnos con Charlie porque la casa estaba llena. Sin embargo, Ryan no aceptaría nada de eso, anunciando en voz alta que él nos quería ahí y no le importaba si todo el mundo se quedaba en un hotel. Sus abuelos estaban claramente ofendidos y miraron a Carlisle y Esme por ayuda para corregir su "comportamiento grosero".

Carlisle abrió la boca para decirle algo a Ryan, contempló su cara, y la cerró de golpe.

—Él los quiere aquí —le dijo finalmente a sus suegros. Se ofreció a pagar por su habitación de hotel, pero ellos se negaron y se fueron antes de que todos hubieran llegado.

A la mañana siguiente, la madre de Esme no se presentó a cocinar como estaba planeado, así que Christina, Esme, y yo estábamos corriendo alrededor como locas, tratando de hacer la comida tradicional de la festividad sin la ayuda y experiencia extra con la que habíamos estado contando. Al menos no tuvimos que cocinar el pavo. Carlisle había decidido que quería freírlo, así que él, Edward, y Charles pasaron horas afuera ocupándose de la freidora, mientras los chicos veían el desfile en la sala.

Al final, la comida estuvo buena, y todos hablamos durante ella. A Ryan le gustó el pastel de camote casi tanto como a su padre. Los Carter finalmente aparecieron justo antes de que estuviéramos listos para comer y actuaron como si nada hubiera pasado. Yo ciertamente no iba a decir nada. Viola ayudó a limpiar y estuvo un poco menos fría que la última vez que la había visto. Eso fue... hasta que mencionó venir en Navidad.

—Oh, Ryan estará en Seattle para Navidad. Nosotros vamos a celebrar unos días más tarde —dijo Esme, tratando de restarle importancia.

—No hablas en serio, ¿verdad? Eso es ridículo. Necesitas ponerte firme, Esme. Esta es su casa, y él tiene que estar en casa para Navidad —regañó Viola.

—Él también tiene una casa en Seattle, mamá —le respondió Esme con los dientes apretados—. Nos repartimos las fiestas con Edward y Bella, y este es su año para Navidad.

Ella se giró hacia mí, su cara contraída y sus labios fruncidos.

—Espero que estés feliz, arruinando esta familia y confundiendo a ese pequeño. Esme y Carlisle le han dado una buena vida, y ustedes lo están arruinando. —Giró su atención hacia Esme—. No seré testigo de mi hija y mi nieto siendo lastimados, Esme. Te dije que esta era una mala idea desde el principio, y el tiempo me está dando la razón.

Viola tiró el repasador que había estado usando para secar los platos sobre la encimera y salió dando pisotones de la habitación. Podíamos escuchar su voz chillona de arpía diciéndole a su esposo que era tiempo de irse.

—Bella, no le hagas caso —dijo Christina con voz cansada—. Siempre es así. En realidad, deberíamos estar agradecidas, ¡el resto del fin de semana será mucho más agradable ahora que ella se ha ido!

Esme estaba apoyada en la encimera con la cabeza gacha.

—Siempre tiene que hacer las cosas tan difíciles. Es como si nunca hubiera considerado lo difícil que esto iba a ser para mí, también, y ella acaba de hacerlo mucho más difícil.

Mi corazón se hundió, sabiendo que nosotros éramos parte de la razón de que ella estuviera sufriendo.

—Sé que va a ser raro pasar la Navidad en un lugar que no es tu casa, pero te prometo que haré que se sientan como en casa —dije.

La cabeza de Esme se levantó con brusquedad, y la de Christina se ladeó por la curiosidad.

—¿De qué estás hablando?

—Ustedes van a venir a nuestra casa con Ryan para Navidad, ¿verdad? —pregunté. Edward y yo habíamos hablado sobre ello y planeábamos arreglar los planes más adelante durante el fin de semana. Pensábamos que Ryan estaría más feliz si estábamos todos juntos, y para nuestra primera Navidad con él, queríamos que estuviera lo más feliz posible. Ellos nos habían invitado aquí por el fin de semana; asumí que ella sabría que le devolveríamos el favor.

—P-Pensé que querían que esta Navidad fuera solo para ustedes —tartamudeó—. Pensé que nos estaríamos entrometiendo.

Puse los ojos en blanco juguetonamente.

—Tonterías. Somos una familia. Vamos a resolver los detalles más tarde, pero Navidad es en nuestra casa este año.

Esme cruzó la cocina en tres pasos y me abrazó con fuerza. Podía sentir sus lágrimas contra mi mejilla, pero ninguna de las dos dijo una palabra. No eran necesarias.

~~SD~~

La vida parecía llegar en borbotones y paradas. Un minuto, no podía esperar para que avanzara, y al siguiente, estaba preguntándome dónde demonios se había ido.

Durante el mes entre Acción de Gracias y Navidad, Esme, Carlisle, Edward, y yo formulamos nuestro plan para nuestra celebración de Navidad e hicimos acuerdos en lo que íbamos a conseguir. Ryan había hecho una lista —una lista muy detallada— de lo que quería para Navidad. Los cuatro elegimos los artículos más importantes y los dividimos equitativamente. Incluso acordamos un límite así ninguno de los dos se sobrepasaba. Tomó un montón de restricción por parte de Edward y de mí, pero nos las arreglamos para superarla con un dólar de sobra en nuestro límite.

En nuestras mentes, teníamos diez años de Navidades perdidas que compensar.

—Nada puede compensar ese tiempo, Bella —me recordó Zafrina cuando me quejé con ella por eso un día en el trabajo—. Si siguen tratando de hacer eso, lo malcriarán mucho y tendrán un monstruo en sus manos. Sin mencionar que arruinarán cualquier relación que tengan con Carlisle y Esme, y en este momento, Ryan todavía los quiere y necesita en su vida.

Sabía que ella tenía razón, pero todavía apestaba.

Sin embargo, el límite no nos detuvo a Edward y a mí de exagerar completamente con las decoraciones de Navidad. El exterior de nuestra casa no rivalizaba con la de Clark Griswold*, pero era una cosa cercana en mi opinión. Edward se burló y me dijo que no tenía mucho espacio para hablar cuando miró alrededor de la casa. Había chucherías de Navidad por todo el lugar, guirnaldas en el centro de entretenimiento y el barandal, luces centelleantes en el barandal engalanadas con lazos rojos, y el árbol de Navidad ocupaba demasiado espacio. Él ni siquiera pudo poner la estrella que habíamos comprado en la cima porque el árbol era demasiado alto; en su lugar, usó un sujetador de plástico y la aseguró en el frente para hacer parecer como que estaba ahí. Ridículo, sí, pero era nuestro.

~~SD~~

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Alice con incredulidad cuando entró en la cocina un viernes una semana antes de Navidad.

—Horneando —fue mi simple respuesta, aunque puede que sonara más como "honeando" porque mi boca estaba llena de cobertura del batidor.

Sus ojos se ampliaron, mirando mis esfuerzos del día como si nunca antes hubiera visto dieciocho docenas de galletas. Oh, y tres fuentes de trufas, bombones de mantequilla de maní, y merenguitos.

—Ya lo veo. ¿Por qué? —preguntó, reduciendo la velocidad de sus palabras como si yo necesitara ayuda para entenderla.

—Es Navidad —respondí. De verdad, pensaba que era la cosa más obvia en el mundo. Era Navidad, y horneabas galletas en Navidad. No importaba que nunca antes lo hubiera hecho.

—Ajá... ¿Y qué vas a hacer con todas estas galletas?

Por primera vez en todo el día, en realidad me detuve y miré alrededor de la cocina mientras pensaba mi respuesta. ¿Qué iba a hacer con todas estas galletas? La necesidad de reír me golpeó, y solté un resoplido para nada femenino. La absoluta locura que había tomado lugar en las últimas tres semanas me alcanzó, y comencé a reírme de mí misma. Una vez que comencé, no pude parar, y mi risa provocó la de Alice.

Así es como Edward y Jasper nos encontraron cuando llegaron a casa veinte minutos más tarde, sentadas en el piso de la cocina, cubiertas de harina, y jadeando por aire con lágrimas corriendo por nuestras caras.

—Uh... ¿Supongo que iremos a comer afuera? —preguntó Edward con cuidado, mirando los montones de dulces horneados con cautela.

Resoplé de nuevo, y eso desencadenó otra ronda de risas.

—Síp, supongo —me las arreglé para decir—. A menos que quieras galletas para cenar.

—¿Hay de avena con pasas? —preguntó Jasper, sus ojos se iluminaron como los de un niño en, bueno, Navidad.

Eso me espabiló inmediatamente porque mierda si él no había pedido la única clase de galletas que no había hecho.

La expresión en mi cara lo debió haber alarmado. Retrocedió y levantó las manos enfrente de él en súplica.

—Solo estaba bromeando, Bella. De verdad. Uh, las de azúcar son mis favoritas, las que están espolvoreadas.

—Bien, bueno, porque parece como que conseguirás un par... de docenas —sonreí, sacudiendo la cabeza, y me paré para besar a mi muy guapo esposo.

Fuimos a comer afuera después de que limpiara. Alice y Jasper iban a pasar Navidad con los Brandon en Forks y después iban a volar a Texas a pasar la semana después con su familia. Estarían en casa a tiempo para la víspera de Año Nuevo.

Fisher House estaba patrocinando un baile militar para todos los soldados activos y los veteranos en el área de Seattle para recaudar fondos en la víspera de Año Nuevo. De acuerdo con Jasper y Edward, iba a ser un gran evento, y ellos ya habían comprado boletos.

—¿Los boletos costaban solo cincuenta dólares por pareja? —preguntó Alice con duda. Hice una mueca, sabiendo lo que ella estaba pensando. Habíamos asistido juntas a varias recaudaciones de fondos a lo largo de los años que costaban varios cientos de dólares por plato.

—También es para los veteranos —le recordó Edward suavemente—. Muchos de ellos sirvieron en la Segunda Guerra Mundial y no tienen mucho salario disponible. Los organizadores querían que fuera accesible para ellos pero todavía juntar lo suficiente para añadir algunas habitaciones a su instalación. También hay una subasta silenciosa.

—¿Qué hace Fisher House? —pregunté.

—Es como la Casa de Ronald McDonald para los familiares de veteranos y personal militar activo. Les dan a las familias un lugar para quedarse cerca cuando sus seres queridos están en el hospital —explicó Jasper—. Con tantos veteranos envejeciendo y con una guerra extranjera activa, el espacio puede ser difícil de conseguir.

Solo me tomó un instante imaginarme en los zapatos de esos hombres y mujeres que tenían que viajar tan lejos de casa para estar con alguien que amaban, y sabía que haría todo en mi poder para asegurarme que Fisher House tuviera una gran noche. Alice pareció tener la misma idea y me asintió desde el otro lado de la mesa.

Al día siguiente, llamé a Kate y Zafrina antes de ofrecer nuestros servicios de forma gratuita para los hijos de los heridos sirviendo a nuestro país. La mujer con la que hablé en Fisher House estaba muy agradecida, ya que había muchas veces que los niños se perdían en la confusión de la recuperación. Después, descubrí que otro artículo había sido añadido a la subasta silenciosa, mil dólares en ropa de diseño de Alice.

Aunque los pensamientos del próximo baile estaban causando estragos con mis nervios, eso sirvió para alejar mi mente de las preocupaciones por la Navidad. Antes de que lo supiera, Nochebuena había llegado y traído a Ryan hacia nuestro umbral. Nuestro umbral muy arreglado.

—¡Hola, ma! —gritó prácticamente mientras se lanzaba hacia mí—. ¡Feliz Navidad!

—¡Feliz Navidad! —susurré con un nudo en la garganta mientras lo abrazaba.

Esme y Carlisle amablemente nos rebasaron entrando a la casa, dejándonos tener nuestro momento sin audiencia. Los brazos de Carlisle estaban llenos de regalos, y Esme arrastró su equipaje adentro.

—La casa luce hermosa —dijo Esme una vez que nos unimos a ella en la sala—. ¿Qué le pasó a las… chucherías?

Esme había visto la casa en su peor momento cuando Edward y yo estábamos en nuestro frenesí de decoración. Ella se había detenido una tarde mientras estaba de compras en Seattle. Debido al programa de festividades de la escuela, Edward y yo habíamos pasado nuestro fin de semana con Ryan en Forks, y ellos no habían visto la casa. Cuando Esme se detuvo de pasada, me di cuenta que estaba luchando para contener la risa mientras miraba alrededor.

—Ellos… encontraron otro hogar —respondí con una pequeña risa. Había devuelto algunos a la tienda, y los que no pude regresar, los había donado a uno de los refugios de la ciudad. Ellos habían tratado de hacer sus salones tan alegres como fuera posible para los que vivían en las calles, y estaba feliz de que pudiéramos contribuir, aunque fuera con un ridículo Santa de mimbre.

Ella resopló y trató de contener la risa mientras asentía.

Ryan, por supuesto, estaba cautivado por los montones de regalos apilados alrededor del árbol. Para ser justa, no todos eran para él. Todos los regalos estaban organizados alrededor del árbol en grupos; un lado era para nuestros padres, un lado era para nuestros amigos cercanos, y los nuestros para el otro y los de los Cullen estaban mezclados con los de Ryan.

—¿Cuándo abriremos los regalos? —preguntó con emoción.

Edward resopló.

—Mañana a la mañana, después de las ocho. No tienes permitido venir aquí o despertarnos antes de ese momento.

Carlisle y yo miramos a Edward con incredulidad.

—Esa siempre fue la regla en mi casa mientras crecía. —Edward se encogió de hombros—. ¿De verdad se van a quejar por más sueño? Además, va a ser una noche tardía y un gran día mañana.

—¿Oh? ¿Cuáles son los planes para esta noche? —preguntó Esme.

Teníamos la cena lista en la cocina y planes de asistir al servicio en la iglesia de Angela a las diez. Varios miembros del grupo juvenil habían llamado a la casa durante la semana pasada para invitar específicamente a Ryan y pedirle participar en su canto de villancicos. Se lo habíamos dicho durante una de nuestras llamadas nocturnas, y él parecía emocionado.

Esme y Carlisle también estaban dispuestos, y hablamos sobre nuestras tradiciones normales de Navidad durante una comida de jamón, judías verdes, y macarrones con queso caseros. Ya que nuestra cocina todavía estaba llena de galletas, Edward me había prohibido hacer un pastel e insistió que las galletas eran un postre de Navidad más que adecuado.

Sabiendo que regresaríamos a casa bastante tarde, Esme y yo hicimos que Ryan eligiera cuatro galletas para el plato de Santa antes de que nos vistiéramos para la iglesia. Lo dejamos en la encimera con un vaso especial de Navidad al lado, que llenaríamos con leche cuando regresáramos.

La iglesia de Angela estaba adornada con guirnaldas, lazos, y velas, dándole al gran santuario una sensación íntima y acogedora. El grupo juvenil se había reunido cerca del frente, y Ryan corrió para unirse a ellos con impaciencia. Esme lo observó con una sonrisa triste saludar a sus amigos; era la primera vez que ella tenía un vistazo de su vida aquí, y pensé que quizás ella se estaba dando cuenta que un día pronto, él podría elegir vivir con nosotros en su lugar.

—Ese fue un servicio hermoso —comentó Carlisle mientras dejábamos el estacionamiento cerca de la medianoche.

—Lo fue —acordé—. De verdad me gustó cómo hicieron que los niños guiaran todos los villancicos e himnos y repartieran las velas al final. Fue una gran forma de incorporarlos.

—Bueno, Jesús amaba a los niños —contestó Ryan semi sarcásticamente.

Todos nos reímos audiblemente, y el solemne encanto del servicio de la iglesia se rompió. Ryan habló casi sin parar en el asiento trasero, sin duda en un esfuerzo por mantenerse despierto. La mayoría de lo que estaba diciendo ni siquiera tenía sentido.

Ryan permaneció despierto el tiempo suficiente para poner las galletas y la leche en la mesa de café junto al árbol y para ponerse el pijama. No estaba convencida de que hubiera hecho un gran trabajo cepillándose los dientes, pero lo dejé pasar, ya que apenas estaba lo suficientemente despierto para caminar hasta su habitación.

—Buenas noches, ma —murmuró mientras lo arropaba.

—Buenas noches, Ryan —susurré—. Feliz Navidad.

Abajo, Carlisle y Edward estaban dándole los toques finales a la bicicleta de diez velocidades que Ryan le había pedido a Santa Claus. Esme estaba sosteniendo el nuevo casco y las coderas y rodilleras que iban con ella, porque Santa se preocupaba por la seguridad.

—¡Esto es perfecto! Le encantará —susurró Esme tranquilizadoramente. Habíamos decidido compartir el costo del regalo de Santa para Ryan, pero Edward y yo habíamos ido a la tienda a escoger la bicicleta naranja y verde. Y en lugar de esperar hasta el último minuto, Edward la había armado en el garaje, sabiendo que Ryan no tendría tiempo para verla.

Agarré la colcha del respaldo del sofá.

—Vamos a ponerle esto encima así no es tan obvio.

—Bella, todavía va a parecer una bicicleta —respondió Edward, pero me ayudó a poner la colcha sobre el manubrio y el asiento.

Cada uno comió una galleta, y Edward se bebió la leche antes de que nos retiráramos por la noche. Con el nivel de emoción de Ryan de más temprano, dudaba que aguantara hasta las ocho de la mañana.

~~SD~~

Tenía razón, pero no fue Ryan quien me despertó a las siete y cuarto la mañana de Navidad. El firme golpe en la puerta me hizo enderezarme en la cama y ponerme la bata antes de correr por las escaleras. El resto de la casa todavía estaba en silencio, así que esperaba que quienquiera que fuera no hubiera despertado a nadie más.

A través de la ventana al lado de la puerta, pude ver las luces de una patrulla. El corazón se me subió a la garganta. Abrí la puerta con rapidez para ver a mi padre parado en el umbral, sosteniendo una taza de café recién hecho.

—Lamento que sea tan temprano, niña —me dijo—. Traté de llegar aquí anoche, pero Mark me cambió el turno así podía estar hoy aquí con ustedes.

Lancé los brazos alrededor de él en un gran abrazo. No importaba que me hubiera despertado tan temprano. Lo que me importaba era que se tomó el tiempo para venir y pasar Navidad conmigo como lo había hecho durante los últimos diez años.

Ya que todos los demás todavía estaban dormidos, papá y yo fuimos a la cocina, y comencé el desayuno. Los rollos de canela fueron al horno, y la cafetera comenzó a filtrar el café. Uno por uno, los adultos llegaron a la cocina, atraídos por los aromas duales de azúcar y especias y granos de café arábica.

Papá fue saludado afectuosamente por los Cullen y Edward, pero fue literalmente derribado cuando Ryan entró corriendo a la habitación.

—¡Abuelo! —gritó él—. ¡Feliz Navidad!

Papá se rio, un poco sin aliento, y se alejó de la encimera donde había sido empujado.

—Feliz Navidad, amigo. ¿Ya revisaste debajo del árbol?

—¡No! —gritó Ryan. Se dio la vuelta y corrió a la otra habitación a toda velocidad.

Edward tuvo la previsión de tener la cámara en la mano y tomó fotografías mientras Ryan sacaba la colcha de la bicicleta.

—¡Oh Dios mío! Esto es tan genial —dijo con efusividad Ryan. Creerías que él nunca antes había visto una bicicleta. Inmediatamente, él comenzó a señalarle varias características a Carlisle. El resto de nosotros tomamos asiento alrededor de la habitación y lo observamos.

Con el tiempo, Carlisle le recordó suavemente que había otros regalos bajo el árbol. Ryan entregó los regalos y después con emoción abrió los suyos. Papá le había conseguido su propia caña de pescar y caja de aparejos, así podían salir juntos cuando él quisiera. Ryan revisó cada uno de los anzuelos que papá había incluido y preguntó qué atraparía con cada uno.

Después, había montones de ropa, cajas de Legos, tarjetas de iTunes, y armas Nerf. Edward había insistido que cada uno necesitaba una, y antes de que Ryan pudiera abrir la suya, Edward había sacado la de él de atrás del sillón y le disparó a Ryan justo en la mejilla.

—¡No es justo! —gritó Ryan—. ¡La mía sigue atada aquí! ¡No la puedo sacar!

Se la quité y la desaté de cada atadura que sujetaba el regalo a la caja. Sin embargo, Esme me detuvo antes de que la sacara completamente.

—Ryan, ahora que has abierto todos tus regalos, ¿por qué no te sientas y nos observas abrir los nuestros? —sugirió Esme.

A Ryan no pareció gustarle mucho esa idea, pero hizo lo que ella le pidió, aunque de mala gana. Se removió inquietamente todo el tiempo que abrimos los regalos, y lo hicimos tan rápido como pudimos. Cuando el último obsequio, un nuevo par de zapatillas para correr para Edward, fue abierto, me metí a la cocina y traje la fuente caliente de rollos de canela.

Todos tomamos al menos uno, y Ryan suspiró contento mientras masticaba. La habitación estaba llena de papel y felicidad.

—Esta ha sido la mejor Navidad de la historia —concluyó Ryan, mirándonos a todos juntos como una familia.

Sí, de hecho, lo había sido.


*Clark Griswold: es un personaje de la película Vacaciones.


Gracias por leer. Y gracias a Lety (aka Itzel Lightwood) por ayudarme con mis dudas.

¿Qué les pareció el capítulo? Disculpen la tardanza. Este es el último capítulo, ¿qué les pareció? Nos leemos en el epílogo. :)

Gracias por las alertas, los favoritos, y sobre todo por los reviews, los aprecio mucho: Itzel Lightwood, cavendano13, lizdayanna, Adriu, Yoliki, Annie Cullen Swan-Tudor Boleyn, saraipineda44, Tata XOXO, Melania, Cary, solecitopucheta, debynoe, Melany, freedom2604, paosierra, ELIZABETH, tulgarita, Cristal82, caresgar26, Jimena, y los Guest.