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Epílogo
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"Más del amor"
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Era un sábado espléndido de abril, donde el cielo limpio y el aire floral garantizaba un clima idílico para cualquier picnic o paseo primaveral. Era un día estupendo para estar al aire libre o jugar... y también para otras cosas de mayor trascendencia, como la que se relatará a continuación.
Ahí, concentrándose en su respiración y calculando cada uno de los movimientos de sus pulmones, Serena se miraba fijamente en el enorme espejo cromado de cuerpo completo que estaba frente a ella. Le daba miedo hacer otra cosa que no fuera concentrarse en el brillo de la tela de su falda, o los adornos de encaje que recubría en el corsé, que por cierto, temía que le lastimara las costillas si se sobrepasaba con el pastel. Estaba cien por ciento segura que iba a darle un ataque de pánico que la iba a dejar noqueada en el suelo, así que frenó sus pensamientos sobre lo que ocurría en aproximadamente una hora y rogó que su quinta amiga llegase ya. Todo estaba poniéndola con los nervios de punta y le empezaban a castañear los dientes, y eso que hacían perfectos veinticuatro grados centígrados a la sombra.
Detrás de ella, las habilidosas manos de su amiga Lita trenzaban su cabello, retorciéndolo o estirándolo en algunas partes para afianzar lo que pretendía conseguir, que era trinchar diminutos adornos con pedrería y plumas sobre su peinado. Sus manos eran ligeras y suaves al tacto, y Serena sintió la necesidad de cerrar los ojos y echarse un sueñecito aunque estuviera parada. No, eso no era buena idea. ¡Pero no podía evitarlo, no había podido pegar ojo en toda la noche!
La puerta detrás de ellas se abrió, y Serena miró con ojos ansiosos detrás, sólo para encontrar a Rei, que batallaba con dos enormes cajas de la floristería más popular de Tokio.
—¡Esto pesa como cien kilos! —se quejó —. Parece que llevan piedras acá dentro. ¿Qué ocurre? —le preguntó Rei en cuanto la vio morderse los labios con mortificación.
—Nada.
—Mina va a llegar, no te angusties. Ya sabes cómo le encanta hacerse la diva...
—No es eso exactamente...
—¿Que yo queeé? —se oyó una vocecita afectada atravesando la puerta.
—Nombra al diablo y se aparece —bromeó Lita.
—¡Mina! —gritó Rei abrazándola y luego se retiró un poco para mirarla evaluativamente —. Dioses, estás tan...
—¿Magnífica?
—Europea —definió Rei frunciendo el entrecejo con gracia. Mina traía un bronceado fantástico, uniforme y de un precioso color durazno que resaltaba aún más su cabellera y ojos claros. También iba ataviada con un vestido largo y de tela ligera en púrpura que se notaba a leguas escandalosamente caro, y seguramente era el último grito de la moda allá.
—¡Ay, gracias! —le dijo Mina dándole un pequeño golpecito en el pecho a su amiga, haciendo que Rei sonriera y pusiera los ojos en blanco, pues no era exactamente un halago —. Ahora, ¿dónde está la esperada y gran...? ¡Ay, por Dios! Estás... estás...
Mina se llevó una mano al pecho, conmovida, los labios le temblaron y los ojos se le empañaron al mirar a Serena a través del espejo. Rei sacudió la cabeza, exasperada.
—Ahí va otra pesada...
—Oh, por favor, si tú también lloraste —le reprochó burlonamente Lita desde su lugar, mientras trenzaba un mechón suelto del pelo de Serena.
—¡Claro que no!
—Claro que sí, yo también te vi —entró Amy de pronto, y le hizo una seña a Rei con los dedos, como si estuviera vigilándola. Luego prosiguió a abrazar a Mina con fuerza —. Estás guapísima, y qué alegría que pudieses venir...
—Tú también estás estupenda —halagó la rubia. Amy portaba un vaporoso vestido en pliegues vaporosos en un azul tenue y nacarado. Sonrió tímida.
—Gracias.
—¡Bah! —Rei hizo un movimiento vago con la mano y mejor siguió peleándose con las cajas, dándoles la espalda.
Mina casi aparta a Lita de un empujón (después de achucharla respectivamente) para abrazar a Serena, sin importar las amenazas de la chica sobre que arruinara su obra de arte si tenían mucho contacto.
—¿Cómo diablos es que pasó ésto? —preguntó Mina tratando de contenerse. Sabía que se echaría a llorar a moco tendido en cualquier momento, Serena lo haría también y no quería estropearle el bonito rostro que portaba; tan natural y arreglado al mismo tiempo en colores neutros y pastel —. Pensé que no iba a llegar. Apenas pudimos conseguir vuelo y traigo un jet lag asqueroso, ¡pero todo vale la pena, ni muerta me lo pierdo! ¡Ay, amiga mía!
Serena se encogió de hombros sin saber qué decir. ¿Qué se podía explicar de todos modos? Cogió sus manos en un gesto solidario y una sonrisa cegadora se le colgó en el rostro, acompañado de unas risitas tontas. Llevaba sonriendo tanto ésos días (incluso dormida) que le dolían todos los músculos de la cara... y era un dolor tan bonito, que por eso siguió haciéndolo sin importar el costo.
Ella tampoco lo hubiera imaginado. No así, no tan de pronto... cuando apenas un par de semanas atrás, ella estaba muerta de miedo porque Seiya le dejara o algo cambiase entre ellos. Y no fue ni de lejos lo que ocurrió. Todavía, si cerraba los ojos, recordaba el aroma de las flores y el mar de luces cálidas de velas que tenía alrededor, mientras Seiya se declaraba bajo el cielo estrellado:
—Querías un final con flores, corazones, luces y ésas cosas —reveló, extendiendo una mano hacia ella. Serena la tomó por inercia asintiendo como autómata y quedó frente a él. Seiya tomó aire profundamente y siguió —. Mi corazón no lo necesitas, ya es tuyo desde hace mucho. Desde que ti vi la primera vez. Y bueno, pues aquí están las flores y las luces...
—Es hermoso...
Y se arrodilló, mientras ella contenía la respiración, aguardando, con todo su torrente sanguíneo ardiendo y temblando como si fuera una hoja.
—Serena Tsukino —empezó él solemnemente, como si cada palabra llevara la impronta de una apasionada promesa, y sonrió aún más tiernamente, con sus ojos azules brillando de adoración —. Mi Bombón... —. Del bolsillo del pantalón sacó una cajita negra de terciopelo, y luego la abrió. Hizo un gracioso "puck" al abrirse, y ahí estaba: Un espectacular anillo de oro blanco, en cuyo centro resplandecía en diminutos destellos multicolores un diamante ovalado. Era grande y deslumbrante aún en su simpleza —. Eres mi mejor amiga, mi único amor y... bueno, eres mi todo, a decir verdad. Lo único que quiero es amarte y estar contigo cada día y cada noche para siempre por el resto de mi vida. Por favor... sé mía, sé mi esposa... ¿Te casas conmigo?
Lo miró atónita, parpadeando, notando como su imagen se volvía borrosa porque ya estaba llorando. Abrió la boca y de primera no salió de ahí ningún sonido, tenía un inconveniente nudo en la garganta. Así que se obligó a carraspear de modo brusco, y ahí, ahogada en una inmensa ola de emoción y al borde de una risa compulsiva por la histeria, lo único que fue capaz de decir entre sollozos fue:
—Sí.
Él sonrió feliz, aliviado, y mientras deslizaba lentamente la sortija por su dedo anular izquierdo, a Serena le dio la sensación de que una lluvia de estrellas fugaces hubiera pasado por encima de ellos. Pero no lo era, sólo era su felicidad proyectada como un caleidoscopio multicolor hacia el cielo nocturno.
Entonces ella se había arrodillado también, para acompañar a ése chico que amaba tanto como él a ella. Lo envolvió en sus brazos y luego lo besó. Una vez, dos, tres... toda la noche. Sabiendo certeramente que siempre iba a ser suya, y él también. Juntos habían llegado demasiado lejos, y tendrían que hacerlo aún más. Porque estaban hechos el uno para el otro. Y no porque nadie se los dijera o impusiera... sino porque lo sentían y lo sabían.
Cuando Serena terminó de narrar los acontecimientos, Lita ya estaba limpiándole delicadamente el rostro con un pañuelo que hacía conjunto con su vestido en corte de sirena, en verde botella. Era inevitable no ponerse sentimental con el tema. Todas y cada una de las chicas había reaccionado diferente, pero todas estaban felices por ella. Sus padres... bueno, ésos fueron otra historia más complicada, al menos en un principio. Pero como en cada cosa que se proponía, Seiya era un experto para tratar con la gente, sin importar si eran sus potenciales suegros. Aunque hubo una cómica escena en la que Kenji reclamó a su retoño si estaba embarazada o su madre la acusó si la habían rechazado de la universidad o incluso Sammy insinuó si estaba borracha... poco a poco, cuando los miraron mientras contaban su historia tan enamorados y decididos, empezaron a bajar las revoluciones, a cautivarse, y a ceder.
Después de pedir su mano formalmente en su casa, Seiya no sólo prometió cuidarla y respetarla en cada forma posible, y todas ésas cosas que los padres desean oír como protocolo. Si no que además juró que, aún casados, Serena asistiría a la universidad hasta completarla como era debido. Y después, si Serena así lo deseaba, no trabajaría jamás en su vida, pero eso ya no era decisión suya.
Luego, hubo otra avalancha de escándalos cuando anunciaron la fecha de la boda. ¡Tres semanas! ¿Quién organizaba una boda como Dios manda en tres semanas?
La respuesta era simple y todo mundo la sabía: Seiya Kou.
Así, de la misma forma en que confiaron en aquél chico apenas lo dejaron entrar por la puerta para otorgarle una cita con su hija, Kenji e Ikuko otorgaron sus respectivos permisos y bendijeron a la joven pareja. No importaba si había tenido algún escándalo en el medio o era un poco fresco con sus chistes. Veía y trataba a su hija como si hubiera encontrado el más hermoso de todos los tesoros recónditos del universo (y en cierta forma, así era, pues había atravesado muchas galaxias para encontrarla), así que bajo ésa primicia, empezaron también los preparativos a la velocidad de la luz. Invitaciones, la ceremonia religiosa, el lugar, el menú, la banda de música, el vestido, todo... total, nadie la había dejado respirar un solo día, aunque eso no le molestaba para nada. Todo el preámbulo había sido como estar subida todo el tiempo en una montaña rusa, sufrida, emocionante y divertida en sus en altas y bajas.
Entretanto y dentro de su lugar de arreglo, un apabullado Seiya trataba de quedar listo, sin éxito.
—¿Qué diablos le estás haciendo con esa pobre corbata? —Yaten le sacó de su trance, que acababa de entrar mientras Seiya se rendía bufando —¡No es un origami!
—Perdón, estoy nervioso.
—Déjame arreglarla o vas a parecer el bufón y no el novio.
Seiya quería decirle algo merecedor de semejante comentario cuando se supone que deberían estarlo alabando igual que estaba seguro las chicas harían con Serena, pero su caso era muy distinto. Aunque no fuese el centro de atención como ella, estaba apenas sin poder jalar aire, tratando de guardar la compostura. Yaten lo notó y sonrió con mofa, mientras hábilmente componía el estropicio que su hermano había hecho con su atuendo formal.
—¿Tienes los...?
—¿Tus grilletes? Justo aquí —respondió en el acto, señalando el bolsillo de su frac. Taiki le miró con ojos divertidos desde el otro lado del cuarto al ver como se había referido a los anillos —¿Qué? Todo el mundo sabe que el matrimonio es la esclavitud del siglo XXI.
—No me ayudas, maldito enano —replicó Seiya entre dientes.
—Claro que sí, le quito la solemnidad al asunto y mientras te torturo nos sentimos como en cualquier día normal. Eso te distrae y evitará que te desplomes como damisela antes de que empiece la marcha nupcial.
Seiya frunció el entrecejo y como sorpresivamente tenía razón, le dijo forzado:
—Gracias.
—De nada —sentenció Yaten terminando de anudar la elegante corbata —. ¡Voila!
Seiya se giró hacia sus hermanos para hablarles bruscamente, pues una idea le había estado circulando en la cabeza, a pesar de que nadie le había impedido tomar la mano de Serena (entre ellos su padre, Haruka, Darien o a saber cuántos más):
—Miren, ya sé lo que piensan. Que esto es una locura, y que somos demasiado jóvenes. Que apenas hemos pasado tanto drama y lo mejor sería esperar. Sólo... denme el beneficio de la duda, ¿de acuerdo? Les juro que sé lo que hago.
Yaten y Taiki se miraron, algo perdidos por su reacción. Fue el platinado quien rumió un poco, y como si se sintiera con la obligación de decirlo, admitió:
—De hecho... estaba pensando que muy poca gente a nuestra edad sabe realmente lo que quiere. Y tú, pese a todo lo ocurrido, siempre te mantuviste firme en tu deseo de estar con Serena. Aún cuando todo pintaba para irse a la mierda desde el principio... Así que no, más bien me parecería el error más estúpido de toda la historia si no te casas.
Taiki prácticamente arqueó una ceja hasta el cielo, y Seiya estaba boquiabierto; aunque se recuperó rápido antes de que una mosca le entrara por ahí.
—Sí, lo que él dijo —concedió Taiki riendo entre dientes. Seiya sonrió apenas se recuperó del impacto y Yaten se sonrojó ante la actitud de sus hermanos por sus palabras, y carraspeó.
—Además ya es demasiado tarde —compuso arrogante, arruinando su discurso romántico y volviendo a ser el mismo. Seiya rompió a reír, liberando parte de su histeria —. Bueno, ¿nos vamos a quedar aquí todo el día o qué?
El lugar designado para la ceremonia era un precioso jardín más a las afueras de la ruidosa ciudad, que era parte de los terrenos de una señorial casa de estilo occidental. Ahí, ya estaba dispuesta una carpa altísima para el banquete y la pista, pero por ahora, los tres hermanos ocuparon su puesto en el pequeño prado continuo que estaba adornado majestuosamente. Había un perímetro de arcos de dosel sobre el pasillo en cuyos extremos estaban ya dispuestas las sillas doradas, y más aún y rodeando el altar que estaban cubiertos de azucenas, lirios y rosas de pitimini; así como guirnaldas de paniculatas blancas y astilbes en color salmón colgaban sobre sus cabezas, liberando algunos pétalos de cuando en cuando, como si estuvieran vivas. Todas las columnas y los arcos destilaban una tenue luz, y ahora, mientras el ocaso se acercaba, fulguraban una esencia armoniosa y sobrecogedora. De a poco a poco, los invitados comenzaron a sentarse en sus lugares, todos muy elegantes y expectantes esperando el momento del gran día.
Lita insistió, a pesar de lo apresurado de todo, en hacerle un pastel que quedó de revista, aún cuando Seiya hubiera podido resolverlo en un tronido de dedos, sabía que aquella boda tenía que tener intervención cálida y personal de quienes los amaban. Así que hoy portaba unas oscuras ojeras pero estaba alucinada de dicha. Rei asesorado con la decoración, y Amy había le había aportado serenidad, orden y cordura a las demás, que ahora que Mina se les había unido, habían convertido la cámara personal de la novia en un antro de caos, nervios y estrógenos.
Por ejemplo, Rei sugirió que, aunque estaba todo aparentemente perfecto, hacía falta que su amiga siguiera la tradición y se pusiera algo viejo, algo azul y algo prestado. Entraron en una crisis que duró como diez minutos, haciendo que a Serena le chocaran las rodillas con pavor. Al final, Amy se quitó una de las diminutas flores celestes que eran hasta hace poco parte de una pulsera, y Mina la ensartó con uno de sus pasadores del pelo y le aseguró que era muy viejo, aunque a saber si sería cierto...
Entonces un par de golpecitos precisos se escucharon en la puerta, y cuando Amy fue a abrirle al señor Tsukino, se giró hacia ellas anunciando que ya era la hora. Serena cogió el espumoso ramo de azahares y peonias, aspiró su delicioso aroma e inevitablemente comenzó a hiperventilar. Era hora. Era hora...
¡Se iba a casar!
El cálido aire de afuera le llegó al rostro y allá, al fondo del largo pasillo donde seguramente todos aguardaban a por ella, se empezó a entonar una melodía etérea de piano y arpas. Sus amigas se encaminaron por turnos, y la música se hacía más y más envolvente, así como la fragancia de las miles de flores. Se aferró temblorosamente al brazo de su papá y cuando avanzó hasta el alfombrado que marcaría el inicio de su camino, una repentina fanfarria resonó por todo el lugar, el coro empezó sus celestiales vibratos y todo el mundo giró la cabeza hacia su dirección. Era su entrada.
Seiya, tras posicionarse minutos antes al lado de Yaten y Taiki, en cuanto todos se pusieron de pie y la música comenzó, olvidó todas las felicitaciones y buenos deseos que recibió anteriormente. Olvidó también los nervios, el miedo y las dudas. Ahora sólo podía distinguir la angelical figura de Serena que, a pasos pausados y cadenciosos, caminaba hacia él hasta el altar. Era tan hermosa como lo predijera el mejor de sus sueños: Su piel era del color de la crema en contraste a la tela de su ajuar, y sus mejillas, muy rosas al ser objeto de tanta atención. Sus ojos, ligeramente más agrandados que de costumbre por la excitación, estaban enmarcados por espesas pestañas como plumeros. Ahí, enfundada en un deslumbrante vestido puro como la nieve estaba su Bombón, en todo su esplendor de blancura y belleza, yendo hacia él...
Llevaba el cabello suelto y acomodado en sutiles ondas que llegaban hasta debajo de sus hombros, y debajo del velo. Estaba peinada con una corona de trenzas unidas por un tocado salpicado de flores y plumas diminutas que mandaban fugaces destellos ante el sol del ocaso, pues le parecía que también eran cristales. El ajustado corsé cubierto de finos patrones en encaje estaba rodeado por su cintura de un lacito de seda en color rosa pálido, y que caía con gracia sobre el costado derecho de su cadera. Debajo, el ancho tul se expandía vaporosamente arriba de un satén exquisito hasta el suelo y que se prolongaba hasta la cauda larguísima, que se arrastraba como si toda ella flotara a cada paso que se acercaba lentamente con la música.
Y así, sus miradas se encontraron: azul con azul, sin evitar sonreír como dos borrachos de felicidad, una vez que en aquél gesto antiguo y tradicional, Kenji Tsukino entregó a su hija en mano a su futuro yerno.
No hubo más que agregar. Los votos fueron adorables en su sencillez, dichos con tanta naturalidad como si se lo hubieran dicho millones de veces antes. Serena no se dio cuenta que lloraba, hasta que el sacerdote culminó con las palabras que los unirían para siempre.
—Acepto —graznó en un susurro, mientras a su izquierda, la enorme naranja abrasadora del crepúsculo se hundía en el horizonte y bañaba de luz sus rostros.
—Sí acepto —juró también Seiya cuando fue su turno, de modo triunfante y seguro, colocando el anillo donde correspondía.
Una vez dicha la declaración de que a partir de ahora serían marido y mujer, Seiya tomó el rostro de Serena con una mano y la besó con dulzura, y más tarde con un beso cargado de fuerza. En vez de cohibirse, Serena le cogió por el cuello, ramo incluido y se dio el gusto de protagonizar un beso de película clásica con todo y la inclinación dramática, causando las risas divertidas de quienes los miraban. Todo el gentío estalló en aplausos y vítores, a la par que una lluvia interminable de pétalos blancos los bañaba de los pies a la cabeza.
—¡Mi preciosa niña! —chilló Ikuko, la primera en abrazarla —. Te ves tan hermosa, y tan mayor... Te irá de maravilla, no te preocupes. Cada vez que quieras romperle los platos a Seiya en la cabeza, sólo debes recordar que los hombres vienen de un planeta diferente y estarás bien.
Serena y Seiya intercambiaron una mirada significativa, ante la ironía del comentario.
Tras la ceremonia siguió la fiesta de recepción, en una carpa fragante y aireada decorada con todo plata, rosa pálido y marfil que sólo dejaba abierta uno de los extremos para que hubiese una espectacular vista al apacible lago, que ahora resplandecía con la luz del atardecer. Serena y Seiya recibieron las felicitaciones de la gente que mejor conocían cada uno a su estilo particular (Haruka con sus sutiles amenazas, Sammy con sus bromas molestonas, Kenji llorando a mares y así sucesivamente) y por un buen rato mientras tocaba un inspirador cuarteto de cuerdas. Al igual que su relación, el festejo también iba a ser divertido, íntimo y especial, sin rimbombancias ni exigencias sociales, aunque no por eso fue simple.
Toda la tradición se mantuvo posteriormente: fueron acribillados por los flash de los fotógrafos y cortaron el impresionante pastel de cuatro pisos cubierto de chocolate blanco y perlas de dulce que había sido el regalo de Lita. Con decorados en hilillos dorados, claramente estaban dibujados una luna y una estrella, simbolizando ambos perfectamente. Se dieron a probar mutuamente y hasta terminaron embarrándose un poco, siempre por naturaleza juguetones. Seiya le quitó la liga de la pierna mientras ella se tapaba la cara con las manos muy avergonzada, y la lanzó a los varones (Kelvin la atrapó y Molly estaba muerta de pena). Después, Serena arrojó el ramo de espaldas con su típico mal tino y le dio directo a Rei en la cabeza. La doncella se puso roja como tomate y se enfadó muchísimo, porque precisamente se había apartado del grupo de chicas expectantes y competitivas a propósito para evitarlo. Nicholas (su feliz acompañante) brincó y lloró de la emoción prometiendo invitarlos a su boda y ocasionando una riña muy divertida para los asistentes.
Cuando la banda empezó a entonar la música del primer baile, Seiya hizo un estupendo (y discreto) trabajo para que su flamante esposa coordinara sin esfuerzo las vueltas y no se le enredaran los pies en el vestido. Mucho después, para no robarles el protagonismo y cuando le tocó a Kenji bailar con su hija y a Seiya con Ikuko, se les unió Haruka y Michiru a la pista, que dejaron boquiabiertos a la audiencia sobre cómo se supone que debe bailar un vals realmente, sin lograr tener competencia alguna, inclusive para Lita y Andrew quien al menos ella solía bailar realmente bien.
Después del abundante banquete, empezaron a dispersarse los comensales a bailar o charlar por donde les apetecía. La noche era tan oscura como boca de lobo, pero todos los alrededores de la carpa seguían brillando con farolas que emitían luz blanca y se reflejaban en los adornos de cristal de las mesas y los doseles de tela del techo.
Al finalizar una pieza movida de rock and roll con Haruka, Mina tomó una copa de champán del mesero y encontró a Yaten recargado en una de las columnas, apartado de todos. Chocó su copa con la de él a modo de saludo secreto.
—Hola, extraño...
Yaten sonrió mirándola fugazmente de arriba abajo. Con los kilos que ya había ganado en ésos meses tenía un cuerpo espectacular, pero no se lo diría. No quería volver a meter ideas raras en ésa cabecita tozuda ahora que estaba sana como un roble.
Se quedaron un rato así uno al lado del otro, sin decirse nada mientras contemplaban a Serena y Seiya bailando sin cansarse, besándose a ratos y sin dejar de sonreírse como dos colegiales en San Valentín. O como lo que eran, dos recién casados felices y llenos de sueños.
Fue Yaten quien le tomó del codo, haciendo que se girara y le preguntó titubeante:
—Oye... no te importa... ya sabes, ¿que no te haya dado un anillo y eso?
Mina le miró fijamente con expresión hosca, y luego sonrió despreocupada.
—Para nada, Yaten. No imagino que nuestra historia termine así —y señaló a la pareja, para después llevarse la copita larga a los labios y beber el burbujeante líquido dorado.
—¿Y cómo te la imaginas?
Ella se encogió de hombros, inocente pero sugestiva a la vez y dejó su copa en la mesa vacía.
—No sé... sólo sé que quiero estar contigo. Las circunstancias sobran.
—¿El lugar también sobra?
—¿A dónde quieres llegar? —inquirió con sospecha.
Él sonrió curioso, mientras la atraía para mecerse al ritmo de la música.
—Bueno, con lo que dijiste se me ocurrió algo. ¿A dónde podría ser nuestro próximo viaje?
—¿Hong Kong? —propuso —. Dicen que es estupendo... ¿No? Vale...vale. ¿Qué hay de Río?
—Oh, vamos, somos más interesantes que Río —chasqueó los labios reticente y la alentó—. Piensa amor, convénceme.
—¿Es que esto es un juego para ti?
—Claro, si no lo fuera no sería divertido —respondió, y Mina rió sacudiendo la cabeza.
—De acuerdo... ¿Roma es muy cliché?
Él meneó dudoso la cabeza, signo claro de que ya empezaba a gustarle la idea. Mina se tanteó los labios como repasando mentalmente todo lo que han vivido en los últimos meses. Otro viaje sería alucinante, ¿pero no era demasiado bueno para ser verdad?
—Ay...¿no me has malcriado lo suficiente? —suspiró, sin saber qué decir.
—No. Y si no decides rápido se me van a ir las ganas y tendrás que conformarte con París de nuevo —le dijo en un tono de reproche, como si fuera un castigo. Mina pestañeó escandalizada. Imaginarse el volver a su pequeño y precioso chalé rodeado de naturaleza era como regresar al paraíso, no le veía nada de malo. ¿Serían siempre así? ¿Incapaces de permanecer inquietos e insaciables?
—¿Qué tal Dublín? —sugirió él en contrapartida, por su silencio evidente. Mina sacó la lengua con un gesto desagradable —. A ver, a ver... No, en qué diablos estoy pensando... ¡Ya sé! Venecia...
Ella aplaudió y dio varios brinquitos, y Yaten sonrió complacido. Venecia era conocida por ser una pintoresca y romántica ciudad que encantaba a quien fuera y ya nadie quería irse, especialmente si era una pareja.
—Pero no huiremos ésta vez. ¡No, es la boda de tu hermano! —le regañó, cuando él puso los ojos en blanco y se removió impaciente —. Venecia... ¡allá vamos!
Mina exhaló fuertemente mientras volvía a tomar su copita de champán y la chocaba con la de él. Algún día tendría que terminar la idea de los amantes fugados por el mundo y lo sabía, y él también. Un día no muy lejano ella buscaría una buena escuela de música y pelearía por audiciones otra vez y él una agencia de actuación, y serían famosos y envidiables en París o volverían a Japón en la total bancarrota pero con un montón de experiencias que contar. No lo sabían tampoco, pero no les preocupaba ahora mismo, no se les daba la gana enfrentar la realidad todavía. En primera porque cada quien construye su propia realidad, y en segunda, porque el no saber lo que te aguarda es la maravilla de estar vivo... y enamorado.
Apenas con poco contacto visual, las ganas de besarse chispearon, como un artefacto incendiario que les calentó la sangre. Yaten enredó los dedos en su pelo y tiró de ella para que sus labios se encontraran con los suyos. Mina correspondió complaciente, con la lengua ávida enredada con la suya y por interminables momentos ardieron juntos, perdidos entre su propio aliento y con la dulce sensación de seguir amándose el uno el otro así, por mucho tiempo...
Seiya y Serena se rieron con ganas mientras caminaban de la mano por la carpa encaminándose lejos del bullicio de la fiesta. Ambos habían echado un vistazo atrás y se habían asombrado con el erotismo desenfrenado que expresaban sus amigos, pero se alegraban mucho por ellos. Serena se tomó un momento para mirar los rostros felices de sus amigas, cada una de de modo distinto y su corazón se infló, pues le pareció una escena llena de esperanza: imaginó a Ami siendo una gran doctora nominada a premios o haciendo investigaciones importantes con Taiki, a Rei siendo una exitosa empresaria y finalmente conociendo el amor. A Lita, con una cadena famosa de restaurantes Rose's en cada distrito de Japón y al fin vistiendo su ajuar soñado, o a Mina, oyéndola a través de la radio encantando con su voz de sirena a todo el que la escuchara.
—Entonces señora Kou, ¿está pasando un buen rato? —irrumpió Seiya sus pensamientos.
Serena se detuvo de sopetón.
—Uau... —jadeó un segundo después, anonadada —. Voy a tener que acostumbrarme a ése nombre. Claro que sí, todo fue precioso... ¡Oye, pero no quiero que me llames señora! —replicó inflando los cachetes.
—Yo no inventé las etiquetas sociales, Bombón.
Serena sonrió con todos sus dientes, pues siempre preferiría el cariñoso apodo que Seiya le había adoptado desde que la conoció, aunque ni siquiera ya usara el pelo así. Como había cambiado su vida en sólo unas semanas...
Eso le hizo recordar algo y sin previo aviso, le dio un fuerte pellizco a Seiya en el antebrazo.
—¡Me dolió! —se quejó sobándose —¿Y eso por qué?
—Por las dos semanas horribles que me hiciste pasar, haciéndote el misterioso —le regañó ella con un desplante de mentón —. Fuiste muy malo. Pensé que ibas a terminar conmigo.
Él se rió y eso hizo que Serena frunciera más el entrecejo.
—No estaba en un burdel con una chica en las piernas, Bombón... estaba planeando como pedirte matrimonio y estaba aterrado de cómo hacerlo y que me dijeras que no. Necesitaba espacio lejos de ti para aclarar mis ideas y pensar las cosas de la manera correcta o me iba a volver loco.
Serena no le dijo más, sólo farfulló algo entre dientes, aunque se había puesto muy roja por el comentario. Aquello era verdad, todo lo que Seiya hacía, directa o indirectamente e incluso lastimándola, siempre tenía el fin y la esencia más sincera y amoroso hacia ella. Él se giró y la tomó de la cintura posesivamente.
—Estás tan hermosa... Te han estado monopolizado toda la noche, y no me gusta.
—Es el inconveniente de ser la chica de blanco —le guiñó un ojo —. Aunque tú no te quedas atrás, estoy segura de haber contado por lo menos diez mujeres babeando descaradamente por mi marido, que resulta que es demasiado guapo incluso para su propio bien.
Era cierto. Varias de sus primas o incluso Molly se le había pegado todo el rato buscando una oportunidad para bailar o hablar con él Era inevitable. Seiya miró al cielo con teatralidad.
—Qué lástima por ellas, ésta superestrella ya está casada y seguro ahora hay miles de chicas deprimidas diciendo "No puede ser, no puede ser" mientras se atiborran de helado —imitó con voz femenina, y luego la miró con reproche —. ¿No te sientes mal por ello?
—¡Ay, eres un chocante egocéntrico! —espetó Serena sacudiéndolo un poco, y luego le abrazó con fuerza —. Aún así me gustas tanto, así como eres.
—Eso es algo que tenemos en común —rió él sobre su pelo, acariciándolo con sus labios —. Te amo, Bombón. Gracias por decir que sí.
—¡Pues gracias por pedírmelo! —sacó la lengua de modo travieso, y luego se besaron profundamente. Y no supo si era que por fin se hayan relajado después de la presión del evento, pero hacía que todo fuera más real ahora y Serena sintió en el beso su necesidad, su pasión y su deseo de que ya estuvieran solos y le quitara ése principesco vestido de una vez por todas. Con malicia, recordó el provocativo conjunto de lencería francesa que Mina le había dado cuando nadie más miraba, y su estómago dio un revés.
Apenas tuvieron tiempo de separarse porque Taiki se acercó tranquilamente con las manos en los bolsillos.
—Siento interrumpir, pero el coche ya los está esperando —anunció. Serena y Seiya se miraron emocionados. Era hora de partir a su luna de miel.
—Enseguida vamos. Gracias Taiki —le sonrió Serena. Él le estrechó afectuosamente el brazo.
—De nada, cuñada.
—¡Uau! —abrió los ojos como platos mientras caminaban de nuevo hacia la recepción —. ¿Oíste, Seiya? ¡Me llamó cuñada! ¡A mí!
—¿No te gusta?
—Claro que sí, Taiki me agrada muchísimo y eso significa que ahora somos una verdadera familia —repuso feliz. Seiya no pudo evitar recordarle:
—También eres la cuñada de Yaten...
La sonrisa de Serena se borró y por un segundo, su rostro se cubrió con sombría mortificación, pero se recuperó rápido y levantó el brazo como una porrista optimista.
—¡Pues no pasa nada, me gusta también!
Seiya rió y le besó la cabeza.
—Esa es mi Bombón.
A la espera siguieron más aplausos, más llantos y más baños de pétalos conforme iban despidiéndose de todos los asistentes, y ambos entraron en un coche de modelo clásico decorado con lazos y cascabeles que los llevaría hasta el aeropuerto, y horas después, a las paradisíacas Islas Barbados a disfrutar de su luna de miel.
Serena se hubiera conformado con un bonito cuarto de hotel en las playas cercanas de Hokaido, donde hacía dos años habían pasado las vacaciones. Pero no, se había casado con Seiya Kou (que por cierto, acababa de firmar un contrato como solista muy ambicioso) y eso implicaba compartir ahora su preferido hábito del derroche, así que se instalaron en una casa muy moderna que tenía su propia playa privada. Serena quiso tener dos pares de ojos más para admirar tanta belleza azul de mar y blancura de arena que se veía alrededor, pero por ahora, no alcanzó más que sonreírle al chico que, una vez en la puerta, la cogió en volandas queriendo parecer muy chapado a la antigua, pero manteniendo sus características bromas, como cuando le dijo que estaba más pesada de lo que recordaba.
Se hundieron en el colchón de plumas de aquella cama enorme de cuya mosquitera colgaban cortinas vaporosas, con Seiya sobre de ella, ambos riendo y respirando dificultosamente. No importa cuántas veces hubieran estado juntos antes, ésta noche era especial y sería atesorada por todas sus vidas. El calor sofocante y el aire salino que entraba de las ventanas ayudó a que los relámpagos de fuego les encendieran por completo hasta las entrañas, así que, sin prisa pero sin pausa, se fueron deshaciendo de la ropa con la que habían salido del avión.
Sus besos fueron exigentes, y las caricias persuasivas. Las manos de Seiya fueron desde su pelo suelto hasta la columna y la cintura, y siguió avanzando así por sus contornos, para luego empujarla contra sus caderas muy fuerte. Serena gimió al sentir su excitación masculina contra su vientre, y como apenas podía luchar contra sus propias hormonas, usó sus manos inquietas para acariciar cuanto quiso sus bíceps y espalda, y lamer su cuello notando como se estremecía. Su piel era caliente, y sabía a sal y a perfume varonil.
Con una lenta y sensual incursión, Serena se dejó hacer por sus labios y sus dedos, que ya estaban encendiéndole todas las terminaciones nerviosas al juguetear con todo lo que alcanzaba de sus pechos, el abdomen y luego abriendo sus piernas y bordeando lentamente sus ingles, hasta terminar por ir a su objetivo, en ésa intimidad húmeda. Cuando lo hizo, todo su cuerpo sufrió una placentera agonía, repitiendo como loca su nombre y emitiendo gemidos sinsentido, pero Seiya se no se detuvo hasta que se convulsionó arañando las sábanas y cerrando los ojos con fuerza. Luego, con una sonrisa socarrona se relamió, dándole a entender que era exquisito su sabor. Aunque roja de vergüenza, una vez recuperada del orgasmo, en vez no se intimidó. Serena le devolvió la sonrisa e incorporándose, lo tumbó del lado opuesto de la cama para hacerle todas las cosas pecaminosas que se le ocurrieran y le dejara.
Le devolvió el favor haciendo exactamente lo mismo con él, tanto con sus manos como con su boca, para después, cuando ya era insoportable la espera, sentirse llena por dentro al subirse sobre él. Moviéndose adelante y atrás, y disfrutando de ver su cara de gozo debajo de ella, retorciéndose de deseo. El ayudó al ritmo, haciéndolo sutil y después implacable, intercalándolo y tirando de ella para besarla cuando le daban ganas o acariciarla por detrás, o cuanta piel que tuviera a su alcance. Y así, con los cuerpos temblorosos y bañados de sudor en cada embiste con mayor fuerza y velocidad, se dejaron ir quedando exhaustos y satisfechos. Seiya le dijo que la amaba con su voz grave y febril al oído, y Serena, antes de sucumbir al sueño profundo en la primera noche de ésa vida nueva, miró sonriente sus manos unidas con las argollas de oro blanco.
Que se puede decir... el amor es así.
Es infinito como las matemáticas, pero impreciso como el futuro. Contrastante como los colores de la aurora e inesperado como la suerte. Idealista, pero también ideal. Es química, pero nadie sabe la fórmula. Tiene miles de enfoques y matices distintos; todos ellos ciertos aunque no queramos aceptarlos o verlos. Es y será muchas cosas buenas y malas en el mismo paquete, pero si hay algo que es seguro, es el convencimiento absoluto de que nunca es una pérdida. El amor no se malgasta para quien lo siente de verdad, aunque no te lo devuelvan en la misma medida que quieres, alguien lo hará. Sólo es, y cuando te atrapa, hay que dejarlo salir a raudales, no contenerse porque te enferma. No evadirlo, porque se pierde. No retractarse. Porque los corazones rotos se curan, pero los que se cierran terminan por endurecerse, marchitarse, y finalmente, morir.
Y a fin de cuentas, ¿qué importa lo que sea exactamente? Lo importante es tenerlo, aunque sea una vez.
¿O no?
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F I N
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