Disclaimer: J.K. Rowling es la dueña de estos personajes.
35
Rescate.
La Madriguera había quedado en silencio, aquella noticia los había tomado por sorpresa. No podían creer que, después de haber creído por tanto tiempo que Fred estaba muerto, Ron les llevara esa noticia. Fred estaba secuestrado y ahora lo único que debían hacer era entregar el dinero y recuperar al otro gemelo Weasley.
Desde que había escuchado esas palabras de la boca de Ron, George había comenzado a retorcer sus manos con nerviosismo, se movía de un lado al otro en la habitación, analizando e intentando asimilar aquellas palabras. Su gemelo, su otra mitad, estaba vivo, y después de todos esos años de sentirse tan solo y con la sensación de que algo le faltaba, de pronto, volvió a sentirse entero, necesitaba sentirse entero. Pero aun así, estaba nervioso y alterado.
Bill y George habían decidido acompañar a Ron en el rescate. Ya sabían el lugar y la hora exacta, sólo era cuestión de terminar de juntar el dinero y esperar que las agujas del reloj se dignaran a llegar a la hora acordada.
—Debo comunicarme con Viktor para que retire dinero del banco, y debo pasar por mi casa a buscar el resto. Necesito que en una hora estén listos —les comunicó Ron al mismo tiempo que tomaba su teléfono móvil y marcaba un número—. Nev, necesito que me vengas a buscar a La Madriguera —y luego de escuchar la respuesta de su chofer, colgó.
Neville conducía velozmente, Ron movía insistentemente su pierna derecha, mientras miraba por la ventana del coche, algún punto fijo en el horizonte. De pronto volvió en sí, cuando notó que Neville tomaba otro camino y no hacia su casa.
—¿Por qué doblas aquí?
—Me dijiste que debías ir a recoger el dinero… — respondió confundido el moreno.
—Exacto, pero te estás dirigiendo al cuartel general…
—Tienes razón, ibas a casa de Hermione ¿no?
—No, Nev. A mi casa. Ni al cuartel, ni a la casa de Hermione. A mi casa.
Neville lo miró unos segundos. En ese último mes, había llevado a Ron a su hogar, tan sólo dos veces, y había olvidado que este tenía casa propia.
—Ya había olvidado que tenías una casa para ti sólo. Es que te la pasas en Grimmauld Place —comentó Neville, de forma chistosa.
Ron entró en su casa y sin perder tiempo, subió por las escaleras y se internó en su habitación. Neville lo siguió de cerca, y se apoyó en el umbral de la puerta mientras observaba lo que su amigo hacía.
El pelirrojo, corrió su cama, sacó un destornillador de su mesa de noche, y arrodillado en el suelo comenzó a dar pequeños golpecitos en el piso de madera. Sonrió cuando escuchó un sonido hueco, introdujo el destornillador en la hendija donde se unían las maderas, e hizo palanca, quitando uno de los tablones. Introdujo su mano en el hueco y sacó una bolsa de papel madera, arrugada y polvorienta. Comprobó su contenido, y volvió a poner todo en su lugar.
—¿Qué tienes ahí, Ron?
—Dinero —respondió mientras sentía un cosquilleo en su brazo.
—No, lo que tienes en el brazo…
No pudo continuar hablando porque Ron, luego de ver a qué se refería Neville había comenzado a gritar.
—¡Quítamela! —gritó dando saltitos y sacudiendo el brazo— ¡Demonios, Neville! ¡Quítamela, quítamela, quítamela!
Neville, riéndose a más no poder del extraño baile de Ron, se acercó y luego de revisarlo le dijo que no tenía nada.
—Era una araña inmensa — le comentó ya más calmado y bajando por las escaleras.
—No era tan grande, Ron.
—Debió serlo para que tú la veas desde el otro lado del cuarto.
En el camino de regreso a La Madriguera, se encontraron con Viktor, éste les dio el dinero en tres bolsos negros de cuero y deseándole suerte se marchó calle abajo.
Cuando volvió a ingresar en la casa de sus padres, sus hermanos ya lo estaban esperando sentados en el salón. George seguía igual de alterado que antes y Bill se mostraba sereno. Los demás Weasley estaban en algún otro sitió de la casa. Debían esperar aún una hora más para poder partir en busca del otro gemelo, por lo que aguardaron los tres en el salón. Ninguno habló, y aquellos sesenta minutos parecieron seiscientos. Parecía que las agujas del reloj se empeñaban en no avanzar un sólo centésimo.
—¿Cuánto tiempo más vamos a estar sentados aquí sin hacer nada? —inquirió George que ya no aguantaba más.
—Ya nos iremos, George. Son sólo unos minutos más.
—¿Unos minutos más? ¿No te parece que hemos esperado demasiado ya?
—Esto tiene un procedimiento, no podemos ir corriendo y sacarlo…
—¿Y porque tienes que organizar todo tú? —preguntó con enojo George.
—A ver si nos calmamos un poco —pidió Bill, cuando vio que la cara de Ron estaba tan roja como su cabello— no es momento para echar cosas en cara…
—¿¡Echar cosas en cara! ¡Él lo supo todo el tiempo y no quieres que le diga nada!
Neville tocó la bocina de su auto para informarles que estaba esperándolos en la puerta. Ron y George se miraron con ganas de matarse mutuamente antes de subir al coche. El viaje fue callado, y la tensión abundaba en el interior del automóvil.
Estaba oscuro y solitario, señal de que estaban llegando perfectamente a horario. Ron debía dejar el dinero en los bolsos negros dentro de un contenedor de basura que había cerca de una bodega.
Habían llegado al puerto, lugar donde se efectuaría el rescate. Ron debía ir sólo, por lo que sus hermanos luego de bajarse se quedaron cerca de él, pero sin entrar en la bodega. El contenedor estaba saliendo por la otra puerta del almacén, le habían dicho expresamente que debía atravesarlo por dentro, dejar el dinero, y volver por el mismo camino.
Siguiendo las instrucciones, Ron buscó el almacén abandonado que le habían mencionado y, con cautela, movió la puerta corrediza. Estaba en penumbras, había algunos focos encendidos, pero no llegaban a iluminar demasiado. El pelirrojo caminó despacio intentando no chocarse con las cajas que estaban distribuidas y apiladas de cualquier forma dentro del almacén, además del peso de los bolsos, y los ganchos que colgaban peligrosamente del techo. Se oía a lo lejos el ruido de motores de embarcaciones y máquinas. Dentro, el sonido de las pisadas de Ron, y de las cadenas que yacían colgadas de igual forma que los ganchos, en el techo, y se movían por una suave brisa que entraba por una abertura del salón.
Llegó al fin al otro lado y salió por la puerta. A su derecha había un contenedor de basura verde, de dimensiones importantes. Todo olía a pescado podrido. Abrió una de las tapas y se encontró con una nota escrita sobre un cartón sucio. Ésta rezaba: "Deja el dinero aquí y busca en el contenedor junto a la entrada".
Hizo lo que la nota decía, dejó el dinero y atravesó el almacén con menos cuidado que antes y veloz. No recordaba otro contendor en la entrada. Pero debía fijarse. Y como él pensaba, cuando llegó al otro lado y salió del almacén, allí no había nada. Giró sobre sí mismo buscando a sus hermanos y al dichoso contendor. Un ruido de motor se acercaba. Sus hermanos estaban a cien metros mirando hacia donde parecía que provenía el sonido. Corrió hacia ellos y vio como un hombre encapuchado, sacaba el dinero que hacía minutos antes había dejado Ron, comprobaba que todo estuviera en regla, y se subía a su moto de agua para alejarse con gran rapidez. Giró y se sacó su capucha, sin percatarse de que tres pares de ojos curiosos observaban, y salió finalmente del puerto con las bolsas repletas de billetes.
—¿Dónde está Fred? —preguntaron Bill y George al unísono.
—Me dejaron una nota que decía que debía ir a otro contenedor. ¡Pero no sé a cuál! Decía a la entrada. Debe ser en la entrada del puerto —razonó Ron—. Deben haber dejado más instrucciones ahí.
Los tres corrieron a la entrada, esperando tener noticias de su hermano, y finalmente encontraron un gran contenedor de basura. El olor era nauseabundo, parecía que hacía años que había pescado en mal estado guardado ahí. Los tres abrieron la tapa, pero no había ninguna nota. Para su sorpresa, el gemelo perdido estaba atado ahí dentro y amordazado. Aun así, pudieron ver que esbozaba una sonrisa al ver a sus hermanos y se le vislumbraron lágrimas de alegría.
—¡Fred! —Su gemelo se metió dentro con él y lo abrazó sin importarle los kilos de pescado oloroso que había dentro. Le quietó la mordaza y lo volvió a abrazar mientras Bill intentaba sacarle la soga que ataba sus manos—. ¡Nunca oliste mejor en tu vida!
Cuando al fin lo pudieron sacar, comprobaron que se encontraba en buenas condiciones, su cabello razonablemente largo y casi nada de pelo en la barbilla. Quizá hasta lo hubiesen atendido en ese sentido higiénico. Abrazó a sus hermanos uno a uno por largo tiempo, y juntos se fueron al encuentro de Neville, que pronto los pasaría a buscar.
—¿Has podido ver quienes te habían raptado? —preguntó George— Debemos denunciarlos…
—Sí, los vi en todo momento.
—¿Ese que vino a buscar el dinero quién era? Me parecía familiar —quiso saber Bill, totalmente emocionado.
—A mí también, en algún lugar lo he visto —dijo Ron, que se sentía renovado y completamente libre de toda responsabilidad. Feliz simplemente de tener a su hermano de nuevo.
—Sí, tengo la impresión de haberlo visto en el bar. En Le Serpent —acotó George— pero estaba lejos como para distinguirlo.
—Ése, muchachos, era Kingsley Shacklebolt, el barman de Le Serpent. Se comportaron muy bien conmigo, por ser que me tenían recluso.
—¿Kingsley? —preguntaron los tres juntos abriendo los ojos de par en par.
—Así es… Y eso no es lo mejor de todo —hizo un silencio—. Es la pareja de Sirius Black.
Neville les hizo señas con las luces del auto para que se acercaran. Y Fred emprendió el regreso a su casa.
—Vamos, que quiero verle la cara a Percy cuando me vea entrar por la puerta. Va a pensar que soy un fantasma que vengo a hacerle la vida imposible.
—Muero por ver eso, hermanito —dijo George, alegrándose completamente—. Hay algo cierto en todo lo que dijiste: volviste para hacerle la vida imposible.
Ambos rieron, mientras aún sorprendidos por lo que les había contado Fred, Bill y Ron caminaban tras ellos.
