¡A LEER!
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Capítulo 36.
Clarisse Brandon, había sido sepultada en la fosa común del cementerio general y estuvo allí durante cinco años. Después de ese tiempo, las monjas del hogar de menores donde Alice y Edward crecieron, decidieron hacerse cargo de sus restos y trasladarlos hasta el mausoleo de la comunidad, donde ahora descansaba. A ese lugar llegaron Edward y su esposa una mañana de agosto, cargando dos grandes ramos de flores, que repartirían entre Clarisse y la hermana Gabriela.
Edward, quitó sus gafas una vez frente a la tumba de su madre, percatándose Bella que los ojos de su marido, estaban cristalinos y a punto de desbordarse de lágrimas. Ella sintió el deseo de abrazarlo y reconfortarlo, pero también la sensación de que él necesitaba privacidad allí, frente a la tumba de su madre, decidiendo salir con la excusa de buscar agua o algo así para montar las flores en los recipientes.
Cuando estuvo en silencio Edward le habló a su madre con la voz de su conciencia, y le pidió perdón. Cerró los ojos y evocó la sonrisa con la que en ocasiones la recordaba, invadiéndole una ternura similar a la que sentía cuando su esposa sonreía.
Mientras la imaginaba mirándole con aquellos ojos tan expresivos y de un hermoso color azul que destacaba en su rostro níveo, le pedía perdón por haber demorado tanto en hacer justicia. Y aunque Elizabeth estaba ya en manos de la justicia y a la espera del juicio por el asesinato de la hermana Gabriela, él no estaba tranquilo. No sintió la explosión de satisfacción en su pecho que pensó iba a sentir cuando la esposaran y la llevaran detenida, ni cuando ella se vio perdiendo todas sus riquezas con su empresa derrumbándose a pedazos. Nada de eso, sólo su deseo imperioso de cerrar los ojos y regresar al pasado cuando era niño y Elizabeth Masen no formaba parte de su vida, cuando él era feliz jugando futbol con una vieja pelota de plástico junto a su padre; o cuando hasta altas horas de la noche su hermanita Alice y él, se contaban historias que los hacían reír; o en las ocasiones cuando en familia —los cuatros y sin un peso en el bolsillo— salían al parque cercano a la vieja casa a recoger hojas en otoño. Eran felices pese a todo y daría lo que tiene por volver atrás en el tiempo y recuperar todo aquello.
Está de más decir que se llevaría consigo a la mujer que amaba, pues ella y sus amigos eran lo más valioso que tenía en este presente tan carente de dichas… ella y su hijo. ¡Dios! Solo pensar en que tendría un hijo, le ponía la piel de gallina, pero llevaba más de una noche soñando con que en sus brazos mecía a un pequeño bebé para hacerlo dormir. ¿Cómo habrá sido Clarisse con un nieto en sus brazos? Seguro tan dichosa con la idea como lo estaba Damian, su padre… su padre quien volvió a él después de tanto tiempo, sin saber que aquel, había sido el deseo escondido en el corazón de Edward, que un día su padre volviera y lo rescatara. Y lo hizo, claro que lo hizo.
"Dios, mamá, desearía que estuvieras aquí" pensó, poniendo una mano sobre su boca, bajando la cabeza y dejando que sus lágrimas fluyeran.
―Ella te pediría que te centraras ahora en tu felicidad —la voz de Damián hizo que Edward abriera sus ojos de inmediato y girara su cabeza, viéndole allí, con un ramo de violetas en la mano.
Por supuesto, las violetas eran las favoritas de su madre y Damián ciertamente no lo había olvidado. Sin decir nada, se acercó y se inclinó para limpiar con su mano el polvo acumulado allí, antes de dejar el arreglo de flores justo al centro del panteón, pasando sus dedos por el nombre de su amada esposa que estaba grabado sobre una placa de acero.
― ¿Por qué dices eso?
―Porque soy tu padre, campeón. Porque con ella compartíamos el mismo amor por nuestros hijos y después de todo lo que ha pasado, de todo lo que has vivido y que ahora todo ha terminado, es momento de que esos sentimientos los dejes atrás y sigas adelante con la vida que te espera. Ya está hecho, se ha hecho justicia, ahora debes velar por tu felicidad, la felicidad de tu mujer y la de tu hijo que viene en camino. Es hora que seas feliz.
―Has hablado como mi loquero.
―Quizás porque hablé con él —torció su boca en una sonrisa triste, levantándose y ganándose junto a Edward, de frente a la sepultura de Clarisse ―, pero más porque soy tu padre. Tantos años negándote a ser feliz, porque tu resentimiento y deseo de venganza eran lo primordial. Pero ya pasó, es momento de dejarlo atrás.
―No voy a ser plenamente feliz… ―arrugó su frente y volvió a bajar su cabeza, pensando en Alice. Damián lo supo y puso una mano sobre el hombro de su hijo, dándole contención―. ¿Qué tiene que pasar para que ella me perdone? ¿Un milagro? ¿Tendría que estar muriéndome? ¡¿Qué?!
―Que el corazón de tu hermana esté listo para eso, que se abra a la verdad.
― ¿Y cuánto tiempo más, tendré que esperar?
―No lo sé, campeón, pero cuando pase, estaremos allí para ella.
Se quedaron un rato en silencio después de aquel diálogo, contemplando el nombre sobre la lápida de la mujer que tanto había significado para sus vidas.
―Uhm… yo… gracias por regresar, por lo que hiciste… ―dijo Edward con algo de dificultad. Damian no pudo esconder la sonrisa de satisfacción ante las palabras de su campeón.
―Cada día que estuve lejos, tu hermana y tú estuvieron en mi mente y en mi corazón y regresé con el temor de que no me creyeran, y de haber sucedido así, yo habría insistido con mi verdad tantas veces como tú lo has hecho con Alice, nunca me hubiera rendido… porque uno no abandona lo que ama. Y yo los amo, no sabes cuánto.
Esas palabras salieron cargadas de una profunda emoción que lograron traspasar el corazón de Edward, bajando sus muros de contención. Sorprendiendo a su padre y a él mismo, girándose y poniendo su cabeza sobre el hombro de Damián, dejando escurrir sus lágrimas. Damián, cerró los ojos y sonrió mientras lloraba y mientras abrazaba a su campeón por los hombros con una mano y con la otra acariciaba su cabello, agradeciéndole a la vida porque todo lo que tuvo que pasar, había valido la pena por estar de ese modo y en ese momento con su hijo.
"¡¿Estás viendo, Clarisse?!". Pensó con alegría y hablándole a su amada, esperando que ella desde el cielo, les estuviera sonriendo como él en aquel momento lo hacía.
Desde la puerta del mausoleo, Bella secaba sus lágrimas, emocionada por lo que estaba viendo. Inspiró profundo y llevó sus manos hacia su estómago, acariciándolo tiernamente.
― ¿Ves, bebé? Esos son tu papá y tu abuelo que han venido a visitar a tu abuela Clarisse… ¿verdad que son muy guapos? ―Sonrió, iluminándose el rostro de ternura. Sería el inicio de una feliz vida, de eso ahora ella estaba segura.
**OoO**
Los medios de comunicación estaban atestados en las afueras del centro de justicia donde se realizaría el juicio de Elizabeth Masen, connotada socialité quien fue acusada del horrendo crimen de la hermana Gabriela, después que la misma noche de su cumpleaños, fuera arrestada en medio de todo el gentío que acudió a la celebración. Los medios comenzaron a hablar de esta mujer, desde cuando su empresa "Masen & Co" comenzó con problemas económicos, desembocando en la quiebra de su empresa, cuyos saldos serían rematados en los próximos días.
La sala estaba llena cuando entraron a la sala los abogados de la familia demandante, seguidos del abogado defensor y su clienta, la señora Masen, custodiada por dos policías. Su vestimenta carecía de la elegancia que siempre la distinguía, ahora iba carente de joyas y maquillaje y vestía de un sencillo atuendo negro. Eso sí, iba con su cabeza erguida, haciéndole frente a todos los asistentes, entre ellos la familia de la hermana Gabriela, la hermana Manuela, un sacerdote, su nieto Edward junto a su esposa Bella y su padre, Damian. También estaba Emmett, Rosalie, Jacob, Kate y Garrett, todos expectantes al desenlace de aquel proceso, el que esperaban fuera corto y justo por sobre todo, pues no les extrañaría que aquella vieja araña, moviera sus hilos hasta el final para salir ilesa de todo.
Cuando entraron los tres jueces, los abogados y la acusada, el resto de los asistentes se pusieron de pie, listos para comenzar la sesión. Después de la presentación de los cargos, y las pruebas por los abogados querellantes, se le dio la palabra al abogado defensor, quien comenzó a decir:
―Estamos al tanto de las pruebas y los testigos que se presentan y que acusan a mi defendida, pero ella actuó sin claridad en lo que hacía y por eso solicito una prórroga a este proceso, pues la señora Masen presenta cierto grado de demencia senil…
Un golpe fuerte retumbó en la sala, sobresaltando a la mayoría allí, incluido al abogado que hablaba, viéndose interrumpido y desviando su sorprendida mirada hacia su lado, desde donde provino el golpe. Elizabeth Masen lo miraba con desprecio y desaprobación, con el puño golpeador aun haciendo presión sobre la mesa de madera.
― ¡Yo no soy ninguna mujer senil! —exclamó con prepotencia, provocando el murmullo de los asistentes. Garrett y Jacob se miraron, rodando los ojos al unísono, mientras Emmett bajaba la cabeza y negaba con esta, mientras que Damian y Edward no hicieron gesto ni comentario alguno. Estaban serios y sus ojos no los quitaron del frente.
―Señora Masen —le dijo el abogado a su clienta, tapando el micrófono―, déjeme hacer mi trabajo.
―Hágalo, pero evite decir estupideces.
― ¿Abogado? —preguntó el juez que presidía el litigio, llamando su atención―. ¿Podemos continuar?
―Por su puesto, su señoría.
― ¿Tiene usted algún testigo que atestigüe la inocencia de la señora Masen?
―No, no de momento, señor, pero…
―Su señoría —interrumpió uno de los abogados querellantes―, nosotros si trajimos testigos, que nos gustaría llamar a declarar.
Así comenzaron a desfilar el chofer que declaró haber llevado ese día a doña Elizabeth a la casa, recibiendo ese mismo día una fuerte suma de dinero y exigiéndole que saliera de vacaciones, que fue su manera de tapar su boca.
También fue llamado a declarar Damian, quien repitió la conversación que la vieja y él tuvieron, donde asumía su delito, pues había llegado al lugar del crimen con la intención de matarlo a él y no a la monja. Elizabeth lo miraba desde su sitio con odio y su deseo de asesinar a ese hombre quemándole las entrañas, las que en ese momento no disimulaba.
"Maldito Damian, maldito. Debí haberte matado en cuanto te atreviste a pisar mi empresa. Todo esto es tu culpa…"
Además, se presentaron las pruebas que arrojó la investigación de la compra de influencias que Elizabeth hizo, tanto en el cuerpo de policía como en la clínica. En resumen, todas las pruebas fidedignas inculpaban rotundamente a la Sra. Masen, que se negó a abrir la boca mientras su abogado hacia anotaciones y revisaba una y otra vez el código penal, buscando fisuras, pero las pruebas presentadas eran tan coherentes y firmes en su fundamento, que se hacía difícil rebatir.
Pasaron más de dos horas de juicio, decidiendo el juez tomarse un receso de una hora, después de la cual entregaría su veredicto, pues con las pruebas la sentencia sería rápida, como todos se lo esperaban.
―Estoy esperando que el juez la declare culpable de una vez y haga que se pudra en la jodida cárcel, donde hace mucho debería de estar —gruñó Emmett mientras caminaba de un lado hacia otro en el pasillo, esperando que se cumpliera el tiempo del receso para retomar el juicio. A su lado, Kate intentaba calmarlo, pero se le hacía imposible. El aquel hombre, no tendría calma hasta que la justicia alzara la voz.
Mientras, Edward estaba sentado en una banca del pasillo, con sus codos sobre sus rodillas, mirando hacia el piso, extrañamente tranquilo.
― ¿Estás bien? —preguntó Bella, que por supuesto, no se había despegado de su lado en todas aquellas horas. Él levantó su cabeza hacia ella y asintió despacio, levantando una mano hasta llevarla a su rostro y acariciarlo.
―Yo deberías preguntarte si estás bien. Deberías estar en casa, descansando.
―No soy tan débil. Además, este pequeño se ha portado muy bien conmigo —respondió, acariciándose la barriga de quince semanas. Él volvió a asentir, enderezándose y allegando a su esposa en sus brazos. Debería haberla obligado a quedarse en casa ese día, pero como siempre, prefería tenerla a su lado, sobre todo en ese momento. Al menos se había asegurado que tomara un buen desayuno esa mañana, antes de partir y que comiera algo cuando salieron al receso donde ahora se encontraban.
Cuando casi se cumplían las dos horas, los guardias abrieron la puerta doble de madera robusta, haciendo ingresar a todos los asistentes de regreso a la sala. Tomaron su lugar antes que regresaran los abogados y la acusada, que como la vez anterior, entró con esa postura erguida y desafiante, atreviéndose a mirar a todos los asistentes por sobre el hombro, con la altivez que la caracterizaba, deteniendo sus ojos por más tiempo en Edward, quien a su vez, le sostuvo la mirada.
Los jueces regresaron y se les hicieron los honores, tomando la palabra uno de ellos, para dar el veredicto.
―Sin duda, las pruebas presentadas por la parte querellante han sido sustanciales y coherentes, es por tal razón, que este tribunal ha llegado a una rápida resolución ―se puso los lentes y comenzó a leer, relatando los hechos, recreando de manera casi perfecta, cómo fue que Elizabeth Masen, mató a quemarropa a la monja, movida por su deseo de matarla no a ella, sino a Damian Gerber, dueño de la casa, presentando las pruebas sobre el acto de premeditación que agravaba la falta.
—Por lo tanto, los jueces de este tribunal declaramos a la imputada, Elizabeth Masen, culpable por los cargos de amenaza de homicidio y homicidio calificado. A partir de hoy, este juzgado tendrá cinco días hábiles de plazo para entregar la sentencia definitiva.
Edward apretó la mano que tenía entrelazada con su esposa, cerrando los ojos, recordando a la hermana Gabriela quien seguro ahora descansaba en paz pues su muerte fue ajusticiada, mientras a sus espaldas la audiencia comenzaba a murmurar.
Uno de los policías que escoltaban a Elizabeth, tomó su brazo para levantarla, pero ella se sacudió, negándose a que ese tipo la tocara.
¿Por qué no se moría de un infarto de una vez? Para ahorrarse todo ese mal rato, toda la vergüenza ahora le caía encima. Todo había acabado para ella y eso por culpa de una persona que arruinó su vida.
Giró entonces su cabeza y gritó a Edward apuntándole con el dedo índice.
― ¡¿Estas feliz ahora, verdad?! ¡Yo, que te di todo, que me desvelé por ti, que te puse donde estás ahora, como un gran empresario! ¡¿Así me pagas?! ¡¿Qué hubiera sido de ti, si yo no te hubiese sacado de ese cochino orfanato?! ¡Malagradecido!
Ni un cabello de Edward se alteró ante las recriminaciones sin sentido que Elizabeth hacía en su contra. Con gesto adusto, Edward sostuvo su mirada de odio hasta que los guardias, contra la voluntad de la homicida, comenzaron a sacarla de la sala.
― ¡Pediremos audiencia para apelar, señora Masen! —Prometía el abogado, siguiendo a su clienta, quien estaba roja de ira—. Presentaremos pruebas que…
― ¡Cállese! ¡Es un inepto que no sabe hacer su trabajo! —le gritó, antes de desaparecer tras una puerta, lejos de los asistentes.
―Salgamos de aquí, Edward —susurró Bella a su lado. Él la miró y asintió en silencio, abarcando su rostro entre las manos y besando sus labios, suspirando con alivio. Detrás de él, Emmett se abrazaba a su mujer y lloraba en su hombro, sintiendo algo de alivio ante el dolor de la muerte de la hermana Gabriela, como a todos allí.
―Bueno, yo ahora mismo muero por una buena cerveza y un buen plato de comida —comentó Garrett, abrazando a Kate por los hombros―. ¿Quién nos acompaña?
―Vamos todos, nos merecemos relajarnos.
Llegaron a un restaurante pasadas las tres de la tarde y prepararon una mesa larga para todos los comensales que llegaron. Además de los que ya estaban, se les unió James y Leah, esposa de Jacob. Se instalaron alrededor mientras dos meseros pasaban dejando las cartas y dejando copas de champaña, vino y un vaso con jugo natural para la única embarazada de la mesa.
― ¡Damas, caballeros, su atención por favor! —Emmett parado en la cabecera de mesa, golpeó un vaso con el tenedor, llamando la atención de sus acompañantes ―. Creo que debemos brindar porque que hoy hemos cerrado un ciclo de nuestras vidas. Yo… yo no siento menos pena ahora que la vieja esa fue a la cárcel, pero tengo un poco más de paz. Y creo que todos aquí sienten lo mismo que yo —cerró los ojos y secó una lágrima antes de levantar la copa de vino frente a él—. Brindemos entonces, camaradas, por la monjita Gabriela, que a varios de nosotros nos malcrió de pequeños en el hogar. Brindemos por todos a quienes en este momento, se les están haciendo justicia, de una u otra manera ―miró entonces a Edward, quien levemente alzó su copa y le guiñó un ojo. A continuación, con el remate de su brindis, al buen Emmett se le quebró la voz, llena de emoción―. Brindemos, hermanos, porque a pesar de todo, estamos aquí, juntos, y por delante tendremos mucho más tiempo para disfrutar. ¡Saludo, mis amigos!
Nadie de los allí presentes se abstrajo de alzar su copa y acompañar a Emmett en ese sentido brindis, que para todos cobraba mucha razón.
Habría muchos más para ellos en adelante, mucho más para disfrutar, seguros de lo capaces que eran de afrontar cualquier dificultad que la vida les pusiera por delante.
**OoO**
― ¿Con que luna de miel, eh?
―Sí. Bella y yo necesitamos unas vacaciones, relajarnos, estar solos, ya sabe…
―Me lo imagino ―asintió la madre superiora, hermana Manuela, mientras conducía a Edward por los pasillos del hogar para llevarlo con su abuelo―.Y por cierto, ¿Bella no vino contigo?
―No. Debía dejar asuntos terminados en el trabajo antes de salir de viaje. Recuerde que estoy cesante, madre ―respondió Edward mirando a la monja, con su labio torcido en una sonrisa.
―Sí, seguro.
―Entonces, ¿él se ha sentido bien?
―Benjamin es un niño más. Sus ojos están llenos de brillo, sobre todo cuando sale al jardín, pero cuando los ha visto a Alice o a ti, su felicidad es aún mayor. ¡Sacarlo de ese lugar donde estuvo tanto tiempo fue lo mejor que pudiste haber hecho, Edward!
―Seguro. Uhm… —rascó su incipiente barba de dos días―. ¿Alice ha venido?
― Ahora mismo está con él. Parece como si se pusieran de acuerdo para venir el mismo días a verlo.
Entraron entonces a la sala de juegos donde aparentemente, estaban armando algún tipo de fortaleza con bloques de plástico de todos los colores, con Benjamin dentro de este, que lucía una corona de rey de cartón, dando instrucciones a los niños. Entre los constructores del muro se encontraba Alice, quien junto a otros chiquillos, ponía esmero en colocar los bloques. En un movimiento de cabeza, Alice vio a Edward y a la hermana Manuela parados en la puerta. Se tensó cuando sus ojos se cruzaron con los de él, susurrándole a su compañero de obra que ella debía hablar con los grandes, pero que luego regresaría. Se levantó, pasó una pierna por el muro que se estaba construyendo y se acercó hasta Benjamin, dejando un beso en su frente mientras acariciaba su rostro, dirigiéndose hasta los adultos que acababan de llegar.
Edward tragó grueso y nervioso, se metió las manos en los bolsillos cuando vio a su hermana acercárseles, pasando el peso de su cuerpo de un pie a otro.
―Ho-hola ―saludó Alice a Edward cuando estuvo en frente.
―Uhm… yo voy a ayudar a los niños. ¡De niña adoraba jugar con bloques! —Se apresuró a decir la monja, dejando a los hermanos solos.
― ¿Puedo… puedo hablar contigo? ―preguntó Alice, evitando que sus ojos quedaran fijos en los de Edward.
"Joder, joder, el milagro, el milagro…"
―Seguro —Edward se giró un poco y abrió la puerta por donde acababa de entrar, invitando a Alice a salir de allí para encontrar un lugar más cómodo donde hablar. Caminaron por los pasillos hasta una sala donde las monjas solían leer. Era un lugar luminoso, con ventanas francesas desde el techo hasta el suelo, con sillones blancos, antiguos y jarrones de flores adornando por todo el derredor. Allí se sentaron, uno en cada sofá.
―Yo… uhm… ¿Tu esposa, está bien?
―Bella está bien. Ambos están bien, en realidad —acotó, refiriéndose a su hijo.
―Me alegro, me alegro mucho ―carraspeó y torció sus manos que descansaban sobre su falda, mientras Edward intentaba aparentar la calma que no tenía, pues sus nervios por oír a su hermana, por esperar el milagro, lo estaban matando.
―Yo… yo supe… yo supe lo que pasó con Elizabeth, sobre el juicio —cerró los ojos y sacudió la cabeza—. Es horrendo lo que hizo con la hermana Gabriela.
―Quiso matar a Damian, ese fue su móvil.
― ¿Y tú… tú cómo te sientes respecto a eso? Es… es tu abuela…
― ¿Qué es lo que crees? ―arrugó Edward su frente―. ¿Qué siento pena por ella?
―Has vivido todos estos años con ella, algún sentimiento has de haber…
― ¡Alice! —Exclamó, deteniéndola, no aguantándose el quedarse sentado, tranquilo. Las suposiciones de su hermana lo alteraron por completo―. ¡¿Cómo crees que puedo siquiera sentir algo por ella?! Apenas la toleraba…
―Perdóname, pero no es lo que uno cree cuando has crecido a su lado y terminas trabajando en su empresa ―reconoció con un dejo de resentimiento.
― ¡Tenía propósitos para quedarme allí! ―Gritó, desesperado—. Tantas, tantas veces traté de explicártelo para que pudieras entenderme, pero tú simplemente cerrabas tus oídos.
―Mira, yo no quiero saber nada del pasado —se levantó rápidamente, dispuesta a dejar la charla hasta ahí y no develar su deseo de saber cómo se encontraba Edward con todo lo ocurrido con Elizabeth, porque secretamente él le importaba―. Sólo quería… sólo quería saber… ¡Da igual!
― ¡Ah, no, señorita! —exclamó Edward, con desaprobación, dirigiéndose hasta la puerta y bloqueando el paso de su hermana, quien se aprestaba a salir―. No vas a salir de aquí hasta que hablemos y aclaremos esto.
―Por favor, ¿qué vamos a aclarar?
―Vamos a ver, ¿tú crees que después de lo que pasó, después de lo que ella me hizo, de lo que nos hizo, yo iba a quedarme a su lado por puro afecto?
―El dinero es un móvil poderoso, Edward.
― ¡No hables así de mi, Alice! —Le increpó, dolido―. ¿Quieres oír la verdad? ¿Quieres enterarte ahora de lo que to me enteré siendo apenas un chiquillo? ¡Pues te lo diré! ―Gritó y ella dio un respingo, cubriendo su pecho y dando un paso atrás.
―Esa vieja de mierda encerró a mamá en el manicomio donde murió, esa maldita mujer no le prestó ayuda a su propia hija cuando la necesitó, ¡Maldita sea! —Cerró los ojos, apretándolos con sus dedos, mientras ella se mordía el labio con su corazón acelerado y con deseos de llorar―. Renegó de ella cuando vio los primeros signos de su… enfermedad, la que podría haber estado bajo control si ella tan solo… mamá estaría viva si Elizabeth la hubiera ayudado. Pero para ella era más importante el qué dirán que una hija. Ya ves lo que hizo con Benjamín, y aunque fue su padre el que seguro lo metió al manicomio, ella lo permitió, no luchó por él, mintiéndole a todo el mundo sobre que ella no era nada más que una pobre mujer viuda, que había perdido a su único amor muy joven en un trágico accidente. ¿Conmovedor, verdad? Pero ya sabemos de quien heredó mi madre su enfermedad… y yo. Por cierto, fueron las monjas las que me salvaron a mí, de lo contrario, estaría igual que nuestro abuelo… quizás incluso estaría muerto.
―Dios mío…
―Cuando Elizabeth me llevó con ella, lo único que deseaba, era irme y regresar aquí, pero atravesamos el país y yo no tenía ahorros ni manera alguna de largarme. La casa donde vivimos era como una prisión, estaba vigilada precisamente para evitar que yo me moviera o que tuviera contacto alguno con mi pasado, con mis amigos, con las monjas… contigo. Después me metió a una escuela de hombres, que rozaba el régimen militar, hasta que entré a la universidad y puede dar contigo… esa parte ya la conoces.
Alice bajó la cabeza y tragó grueso, sin saber qué responder.
―Yo nunca quise abandonarte —susurró Edward compungido―. Eras todo lo que tenía… te juré que nunca lo haría, pero…
―Basta, Edward, es suficiente.
―No, Alice —rebatió él, caminando hacia la ventana, para mirar el verde de los jardines que pronto se teñirían con los colores del otoño―. Esa vieja desquiciada metió a la cárcel a Damian, fue por culpa de ella que él no pudo recuperarnos, y eso puedes preguntárselo a él, a Damian, él puede darte los detalles si no me crees.
―No me lo dijo.
―Habrá tenido sus razones, pero puedes preguntarle, preguntarle a Carlisle. Tú sabes que siempre él ha estado al tanto de todo esto ―peinó su cabello hacia atrás con ambas manos, alzando su cara al cielo―. La muerte de la hermana Gabriela fue nada más la punta del iceberg. Intentó matar a Damian, intentó secuestrar a Bella, en fin… esa vieja escondía bajo el tapete, tanta mierda que ni te lo puedes imaginar. Yo sólo quería estar cerca de ella para cerciorarme que pagara por cada cosa que hizo. Nunca obtuve beneficios de su empresa, ni siquiera llevé a mi bolsillo un peso del sueldo que se me pagaba. Cada mes era depositado en la cuenta de este hogar, algo bueno al menos que se hiciera con la plata de esa vieja. También puedes hablar con Jacob, Garrett o Kate, ellos puedes confirmar eso.
Alice cubrió la boca con su mano, mirando hacia sus zapatos azules de tacón a juego con sus jeans, su blusa blanca y su blazer. Inspiró fuerte y levantó su vista hacia Edward, quien le miraba con ojos cargados de sentimientos que se entremezclaban entre ellos.
―Edward, yo… yo entiendo lo que me dices ―asintió con la cabeza mientras hablaba―, tuviste tus motivos y que yo… y que yo estaba equivocada al pensar que tú eras igual a ella, a Elizabeth. Pero me equivoqué.
―Nunca me rendí, siempre quise acercarme a ti y explicártelo, pero tú…
―Pero yo no quise oírte, soy responsable de eso —se le quebró la voz en un momento, debiendo guardar silencio para continuar, pero antes de eso, Edward volvió a hablar, diciendo una sola palabra en susurro:
―Perdóname.
Alice sostuvo su mirada y se abrazó a sí misma, volviendo a tragar el nudo de su garganta.
―He hecho mi vida, Edward. Tengo una familia, una madre y un padre a quienes adoro. No tengo hermanos pero tengo amigos que… son como hermanos para mí. Tengo a mi lado a un hombre que me ama y con quien voy a compartir el resto de mi vida, con quien formaré mi propia familia. No puedo… no puedo volver atrás y echarme a los brazos de Damian, llamarlo papá, aunque las circunstancias lo hayan obligado a apartarse de mí. Lo mismo contigo. Sé que no te fuiste por voluntad propia, sé que te obligaron, y eras un niño, no había mucho que pudieras hacer. Yo… yo debí haberte oído antes, lo sé, fue error mío, quizás las cosas hubieran sido de otra manera… entre nosotros.
―Sólo… sólo perdóname, Alice. Dame la oportunidad de…
―Yo te perdono, Edward. Lo hago… no tengo resentimientos, pero no me pidas que me eche a tus brazos a llorar y llamarte hermano, porque… porque no puedo hacerlo.
Era una tontería, pero Edward pudo oír que su corazón se partía en dos, a pesar de que escuchó a su hermana decir que lo perdonaba. Simplemente no era como él lo esperaba, su perdón no llegaba con la dicha ni la dulzura que él hubiera deseado. Ella lo estaba perdonando después de conocer la verdad ―a medias, exenta de detalles― pero como dijo, no significaba que la relación entre ambos iba a retomarse desde donde se dejó. Muchas cosas se quebraron en ella, sobre ambos, sentimientos que no podría restaurar, como el amor que se siente por un hermano. Como el amor que él seguía sintiendo por ella.
Inspiró entonces, sintiéndose perdido, no quedándole otra que asentir y forzar una sonrisa poco genuina.
―Gracias —susurró con dificultad.
―Bueno, yo me voy. Jasper me espera ―se peinó el cabello negro y se arregló el blazer que estaba perfecto―. Dale mis saludos a Bella, dile que me alegro mucho que esté bien.
―Se los daré.
―Vale… uhm… bueno, me voy. Adiós, Edward.
―Adiós, Alice ―respondió él, forzando otra sonrisa, afirmado contra el marco de la ventana, con sus manos en los bolsillos, sujetándose el deseo de correr hacia ella y abrazarla y rogarle que volviera a quererlo, como él la quería a ella.
Dejó entonces que se marchara y con pesar, cuando ella salió de la habitación, bajó su cabeza, abatido y en silencio lloró la perdida, entendiendo una vez más que no todo en esta vida era como uno deseaba. Tenía el perdón de Alice, pero no su amor, ¿sería capaz de conformarse con eso? bueno, tendría que ser capaz, porque era aquello, lo que ella había querido darle y él no podía forzarle a lo contrario.
**OoO**
― ¡¿Dices que te perdonó?! —preguntó Bella, sentada a horcajadas sobre su marido que estaba sentado sobre el sofá de la sala, lugar donde lo encontró cuando ella llegó. A penas lo vio supo que algo no marchaba bien, por lo que después de su sesión de besos reparadores, le pidió que le contara qué había pasado para haberlo dejado así. Él le contó entonces de su conversación con Alice, pero ella confundida, no entendió por qué tan apesadumbrado el semblante de su marido―. Entonces… entonces por qué no estás feliz, no entiendo.
―Me perdonó, lo que no significa que me ame como a su hermano, como alguna vez lo hizo antes que Elizabeth me alejara de ella.
―No es justo, Edward.
―Demonio, nada más puedo hacer.
―Supongo que no vas a conformarte.
― ¿Y qué puedo hacer? ¿Insistir? Ella ya me escuchó, después de tantos años finalmente me escuchó y me perdonó, pero obligarla a que me quiera, eso no puedo hacerlo.
―Ella te quiere, lo sé.
―No estoy seguro —Suspiró y dejó caer su cabeza hacia atrás, pues la verdad, no era que no estuviera seguro. La verdad es que no lo creía.
Bella torció su boca y dejó caer su cabeza sobre el pecho de su marido―. Nos vamos a olvidar de todo esto, Edward. Mañana nos vamos a nuestra luna de miel, y quiero que te olvides de todo, ¿sí? Nos relajaremos y regresaremos con las pilas cargadas, ¿vale?
―Joder, demonio, no sabes lo ansioso que estoy —levantó su cabeza e hizo que su mujer se incorporara, dejando caer su cara en el hueco de su cuello, mordisqueando la piel sensible de ese lugar—. La cosas sucias que voy a hacerte…
―No puedes, soy una mujer embarazada.
―La doctora dijo que no había problema con el sexo.
―Recuerdo cuando le preguntaste eso, Edward. A todo esto, salimos temprano mañana, aun no acabo con las maletas.
―A mediodía, pero antes debemos dejar listo un asuntito.
― ¿Asuntito?
―La casa, ¿ya te decidiste?
Ella sonrió, recordando la última visita que hicieron a las casas que la corredora de propiedades había apartado para ellos.
― ¡Sí! La que tiene el huerto de cerezos por detrás, es perfecta. Además está cerca de la casa que ocupará Damian y Bea.
Finalmente, Damian eligió quedarse con la casa, sobre la cual se había retomado los trabajos de remodelación pues la jefa, como llamaban a Bea, estaba ansiosa por ir e instalarse allí. Además, la pequeña estaba feliz por la larga temporada que pasaría allí con su padre, habiendo accedido él a inscribirla en una escuela donde conocería a nuevos amigos, eso sí.
―La de los cerezos será entonces ―coincidió él, besando la boca de su mujer—. Ahora mujer, vamos adentro a terminar con esas maletas, para luego encargarme de ti.
― ¿A encargarte de mí?
―Oh, sí —suspiró él, pasando sus manos por los brazos, la espalda, las caderas y los muslos de su mujer. Ella entendía de qué manera él iba a encargarse de ella.
"Oh, sí" pensó ella, removiéndose sobre el cuerpo de su marido, tentándolo, agarrándolo por el cabello y besando su boca con un beso que daba a entender que él, con sus palabras y sus caricias había encendido el interruptor de su lívido, poniendo en funcionamientos sus ya revolucionadas hormonas de embarazadas.
―Joder, demonio —de un vuelo se levantó con ella a horcajadas, dejando seguro para más tarde el cierre de las maletas.
La dejó caer sobre la cama y enseguida comenzó a desabotonar su blusa blanca, dejando ver poco a poco la piel tersa que se escondía debajo. Masajeó sus senos sobre el sostén de encaje negro y que iban creciendo por el embarazo, encorvándose ella con placer ante aquel toque tan prometedor.
―Edward —Levantó la cabeza y estiró sus labios pidiendo la boca de su marido sobre la suya, concediéndole él ese deseo, mientras desabotonaba ahora su pantalón de lino negro y hurgaba con su mano ansiosa por debajo de la tela de su tanga, también de encaje, haciéndola gemir descaradamente cuando se encargó de masajear su entrepierna ávida de él.
Se desnudaron con rapidez entre besos y caricias, como si estuvieran perdiendo el tiempo. Él se encargó de estimular como juego previo el cuerpo de Bella ahora sin apuros, pese a que ella rogaba y exigía más.
No hubo lugar en el cuerpo de Bella ni en el de Edward que no fuera atendido con caricias, mordiendo y lamiendo además con bocas codiciosas antes que Edward volviera a tomar el mando y recostara a su mujer bajo su cuerpo, abriéndole las piernas y entrando en ella muy lentamente. Adoró como gimió su nombre, como se aferró a sus hombros, como el control de su cuerpo se iba perdiendo ante él, el placer y el amor que le daba.
―Joder… mierda, nena… ―gemía él, frotando su cuerpo con el de Bella, hundiéndose profundo en su interior y volviendo a salir, sintiendo la carne ardiente de Bella cerrarse en torno a él, provocando una fricción maravillosa.
Se besaron con fuerza, con toda la pasión que el uno provocaba en el otro, mientras sus cuerpos sudorosos seguían unidos y chocando entre ellos, causando un sonido sordo y excitante que iba al compás de sus pesadas respiraciones, hasta que los latidos de su corazón fueron como el sonido de un fuerte tambor, hasta que los gritos de Bella fueron más fuertes cuando no soportó más la ardiente presión, dejándose ir en un exquisito y potente orgasmo, seguida de su marido, que rugió su nombre en el hueco de su cuello, derramándose en su interior.
Era maravilloso como estos dos corazones que se amaban tan profundamente, podían demostrarse lo mucho que se adoraban hasta aquel nivel de conexión tan gratificante y profunda. Eso pensaba Edward, girándose y quedando sobre su espalda, con la cabeza de su mujer descansando sobre su pecho que subía y bajaba tras el orgasmo, hundiendo su nariz en el cabello de su mujer, mezclándose el aroma a rosas y a sexo que el tanto adoraba, el mismo que estaba inundando la habitación del matrimonio.
Esa era la plenitud para él, ese momento cuando absolutamente nada era capaz de apartarlo del amor de su vida, ese momento en el que descansaba aferrado a ella, después de demostrarse hasta qué nivel era que se amaban. Inspirando hondo y cerrando los ojos, supo que en su vida era eso lo que necesitaba, el amor incondicional de su mujer y de su hijo, por quien ya había comenzando a ilusionarse, con la promesa de un futuro maravilloso, el que ya estaba deseando comenzar a vivir.
― ¿Qué piensas? —preguntó ella, acariciando su pecho.
―Joder, demonio, en lo ardiente que te has puesto con el embarazo.
― ¡Oh, eres un tonto! —Golpeó su pecho juguetonamente, soltando ambos una risa relajada. Alineó su cuerpo sobre el de su marido, descansando su mentón sobre las manos sobre el pecho desnudo de Edward cuando insistió―.Dime la verdad, en qué piensas.
―Tú y nuestro hijo es lo que necesito en mi vida para ser feliz. Todo lo demás puedo perderlo, pero podría seguir viviendo, pero tú te has convertido en alguien indispensable para que pueda seguir respirando. En eso estaba pensando —dijo, acariciando su cabello húmedo, mirando tiernamente sus ojos verde miel y su sonrisa que desde el primer día lo encandilaron―, en eso y en lo de cosas sucias que voy a hacerte, ya sabes.
―Tonto… ―susurró, acercando su boca a él en un beso tierno que demostraba que esa aseveración era recíproca. Cambió entonces el tono de su beso, sacando la lengua y lamiendo sus labios con descaro, removiendo su cuerpo sobre el de él con coquetería—. Ahora, sigue mostrándome qué otro tipo de cosas sucias vas a hacer conmigo…
―A su orden, esposa.
Y es así, como este matrimonio pasó de la tarea de armar maletas, inclinándose por amarse con el cuerpo y con el alma hasta muy, muy entrada la noche.
Y este fue el penúltimo capítulo de esta locura... sí, estoy triste. Este ogro ha tenido mi corazón como en una montaña rusa, llena de emociones, tantas que lo extrañaré seguro como ustedes lo harán...
Como siempre, les agradezco a todas por sus comentarios bien intencionados que me alegran mucho, esperando por supuesto que me acompañen en la próxima aventura que estaremos estrenando en breve. Estaremos dando aviso en el grupo de facebook ( groups/Subversivas/) y adelantos y todas cosas.
A mi super equipo, mi absoluto agradecimiento: Doña Maritza Mx, doña Gaby Madriz y doña Manu de Marte, el mejor equipo que existe sobre la faz de la tierra. (¡LAS ADORO, YA SABEN!)
Y BUENO, LA OTRA SEMANA ESTAREMOS CON EL ULTIMO CAPÍTULO... ¿ME ACOMPAÑAN?
BESOS Y ABRAZOS. LAS QUIERO MUCHO MUCHO
CATA!
