Disclaimer: Propiedad de M. Kishimoto
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Ignoraba como debía sentirse. Si empequeñecido bajo las horrorizadas miradas o engrandecido por saberse haciendo lo correcto. Sea como fuere, no dejaba de removerse incomodo allí sentado, mientras en un mundo distinto amanecía.
—¿Te has vuelto tonto de repente? ¿Tú sabes lo que estás diciendo? ¿Te has...?
—Estoy decidido, Gondaime – mantenía la mirada de la mujer, de igual a igual, y la sintió afilada y peligrosa, pero empapada de un tacto maternal. Algo que no esperaba encontrar allí – Además, aunque cambiara de opinión ya es demasiado tarde, ¿verdad?
—¿Has pensado en tus padres? ¿En tus amigos?
—Ya me he despedido de todos – su voz escondía una creciente ansiedad.
—¿Y Temari? – preguntó al cabo de un rato, con un ligero cambio en la mirada que Shikamaru no percibió.
—Según tengo entendido ella no vino a la misión – se atrevió a recordarle, sabiendo de antemano lo peligroso que sería para ella admitir la involucración de la arena en una misión ilegal. Se regodeaba en su propia desgracia.
—Esa chica casi provoca un conflicto diplomático entre la arena y la hoja, todo por salvarte. ¿Para quÉ no sirva de nada?
—Me han salvado la vida – prosiguió al cabo de un rato. Estaba cansándose de responder siempre a la misma pregunta —, pero es así como debe ser.
—¿Por qué?
—Porque sería demasiado problemático hacerlo de otra manera.
La mujer lo miró largo y tendido, callada y dolida, sin comprender la totalidad del pensamiento de aquel chico que había pasado de niño a hombre en algún momento sin que nadie se hubiera dado cuenta.
—Avisaré a tus padres para el juicio.
—No quiero que vengan. Y menos mi madre. Se pondría a llorar, histérica y... no podría soportarlo.
—Ella tiene derecho a ir. ¿Tienes idea de cómo se sentirá si mueres antes de que te vea? ¿Si te juzgan sin que ella pueda intentar defenderte?
—Con todos mis respetos, Gondaime, no los haga ir. Por favor – la Hokage lo miró fijamente antes de asentir.
—Shizune... – la llamada tuvo que repetirse una segunda vez antes de que la mujer reaccionase —. Avisa el consejo, hoy a la una de la tarde, se celebrará el juicio contra Nara Shikamaru y se dictará sentencia. Hasta entonces, permanecerá en una de las salas del cuartel custodiado por dos jounins.
Shikamaru siguió serenamente a la morena y se detuvo un momento en la puerta donde realizó una profunda reverencia acompañado de una afectuosa sonrisa en señal de agradecimiento. Sonrisa que a todos pareció demasiado cálida.
Gracias por la ayuda, por escucharle, por respetar su decisión. Gracias, en definitiva, por acabar con su vida.
El juicio se celebró a la una del mediodía con todos los miembros del consejo presentes, la Hokage y el acusado. Las horas sucedían sin incidentes, pero trajeron consigo un pesado manto de tensión que no conseguía mellar la tranquila serenidad del muchacho. Serenidad que parecía haber sido previamente dispuesta para tensar la situación y disfrutar el veredicto. Veredicto decidido de antemano por una ley ya olvidada.
Cuando la Hokage rompió el silencio con voz potente, lo hizo con los ojos cerrados y los puños crispados por el fracaso. Nunca había sido una mujer con un temperamento fácil de dominar, una kunoichi fácil de dirigir, le costaba acatar ahora semejante ley.
—Nara Shikamaru – el aludido levantó la cabeza tranquilo, fijando su inescrutable mirada a los ojos turquesas de la mujer. Una mirada que más parecía de un muerto que de un vivo. Su respiración, regular. Su corazón latiendo como siempre. Su alma, desaparecida – Este tribunal le condena a la plena máxima aplicable por la misión de grado A+ y tipo CK que le fue asignada. Esta sentencia, consistente en la pena de muerte, se ejecutará mañana día 15 a primera hora. ¿Algo qué decir en su defensa?
Ocultando su mirada tras los pálidos párpados, el acusado negó varias veces con la cabeza, mientras en los asientos que completaban la sala se extendían rostros incómodos. Durante todo el tiempo que había durado el juicio, no se le había oído pronunciar más palabras que un "Buenas tardes" al comienzo, como si su voz se hubiese esfumado convertida en aire.
La Hokage lo miró por última vez, sin alcanzar a descubrir el pensamiento del muchacho:
—Bien, en caso de que no haya nadie que tenga alguna prueba o argumento que alegar, este tribunal le declara culpable sin posibilidad de apelación. Se levanta la sesión.
Con una respetuosa reverencia hacia la mujer, todos los ninjas abandonaron la sala dejándola en un silencio envuelto en murmullos. Pero él se quedo sentado, con la vista clavada en el estrado. Respirando regularmente. Su corazón latiendo como siempre. Su alma sin aparecer y las palmas ensangrentadas por heridas que él mismo se provocaba. Su cerebro asimilaba muy lentamente el veredicto, como si solo se tratase de un sueño del que le tocaba despertar y del que no pudo hacerlo hasta que la mano áspera de su sensei tocó su hombro y su voz grave y cansada lo llamaron.
—Debemos irnos.
Se levantó evitando su mirada y al hacerlo, el tintineo metálico que produjeron al entrechocar, le erizó la piel y, por un segundo que duró horas, le devolvió a la oscuridad de aquella celda que chupaba su vida como un parásito, donde había vuelto a ser un niño asustadizo que necesitaba a su madre... No fue un recuerdo agradable.
Bajó la vista a sus muñecas esposadas y se forzó a recordar que le había movido a venir aquí, que su destino lo escogía él y que si había llegado era solo por culpa de su propia incompetencia.
Se volteó mecánicamente y, anduvo por el corredor como un sonámbulo atrapado en una pesadilla. Quería gritar, quería llorar, quería vivir. Pero no lo hizo aunque sabía que nadie lo detendría. No tenía las fuerzas suficientes, por eso se deja guiar y solo caminaba mecánicamente. Sin pensar. Sin sentir. Ignorando quien lo miraba con pena o cono asco, a donde lo llevaban sus pasos.
Por ello solo levantó la vista cuando la puerta se cerró a su espalda con un pesado chirriar metálico.
Y no dijo nada aunque sabía que su sensei estaba al otro lado, apoyado en la pared con un cigarrillo entre los labios y una ficha de shogi entre los dedos.
Solo se sentó en la cama, frente a la ventana y contempló las nubes a través del minúsculo espacio enrejado
—Disculpad – se acercó con una tímida sonrisa y la voz ligeramente temblorosa —, necesito entrar a la biblioteca del consejo.
—Claro, ¿la autorización, por favor? – la chica miró confundida a los dos ninjas que custodiaban la puerta —. Sin la autorización no puedes pasar.
—Pe... pero... ¡la Hokage me matará si no le llevo la información! Necesitó buscar una información médica importantísima... He buscado la respuesta por toda la biblioteca y no hay nada... Tiene que estar aquí... – comenzó a frotarse las manos frenética, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.
—Vamos, cálmate. No será para tanto.
—¿Qué... qué no...? ¿Usted la conoce? ¿La ha visto enfadada? ¿Y me dice que "no será para tanto"? ¡A esa mujer no se le dice que no! –los guardias intercambiaron una mirada de compasión con la angustiada chica.
—Están bien – aceptaron al cabo de un rato — Que tu quieras entrar lo entenderemos. Pero.. ¿y el resto?
—Tengo que encontrar la respuesta rápido ¡y si la busco yo sola no acabaré nunca!
—Está bien – aceptaron al cabo de un rato – pero no arméis barullo y no digáis ni una palabra a nadie — advirtieron antes de abrir la puerta y dejar paso a los chunnins.
—Gracias... mil gracias... ¡Me acaban de salvar la vida!
La piedra rebotó un par de veces sobre la superficie antes de hundirse con un sonido sordo y limpio que a penas provocó un leve chapoteo. Provocó unas ondas que removieron la superficie acuática.
—¿Cómo estás?
La voz de Chouji, grave y baja, estaba integrada en el solitario ambiente como si siempre hubiera estado allí. No la sobresaltó. Siguió tirando piedras, ajena al mundo, mientras el chico se sentaba a su lado, en silencio, sin atreverse siquiera a mirarla.
—Es un estúpido – contestó al cabo de un rato. No se atrevía ni a encararlo por miedo a a perder el control. Pero no aguantaba más, necesitaba perderlo, desahogarse, que le explicasen tanto... —Chouji, por favor, dime que esto es una de esas cosas que tiene sentido pero que solo vosotros entendéis.
Apretaba en su mano la piedra, la clavaba en su palma hasta que las aristas raspaban la piel y se bañaron en sangre. El dolor físico le daba una vía de escape a la frustración, a la impotencia. Le permitía llorar sin avergonzarse.
—Ojala, pero esta vez soy yo él que no entiende nada.
Quería llorar pero no era capaz de derramar ni una sola lágrima, quería gritar pero no podía emitir sonido alguno. Vio sin ver como Ino se doblaba por el dolor del alma, cómo los sollozos ahogaban el silencio.
Quiso abrazarla y protegerla. Asegurarle que nada pasaba y que todo estaría bien. Aunque fuese una mentira.
Lo hizo. Y no se sintió mejor.
—¡Ey!
Ambos jounins se acercarán corriendo y se sentaron cada uno a un lado de aquel ninja que, con su botella de licor se balanceaba de un lado a otro, incapaz de mantener el equilibrio. Su mirar estaba perdido en el columpio que, frente a sus ojos se balanceaba con ese chirriar metálico. Les había costado casi un día entero dar con él.
—¿Shikaku... ? – preguntó casi con miedo Inoshi dudando en acercarse —, Shikaku... ¿estás bien?
—Sí... ¿por qué no debería estarlo?
Su voz sonaba pastosa y extremadamente amarga como si todo el horror del mundo se hubiera aposentado en una sola alma, aplastándolo bajo su peso. Inoshi y Chouza intercambiaron una mirada preocupada.
—... Solo porque mi vida este acabada... no tengo motivos para deprimirme – continuó mientras vaciaba de un solo golpe el amargo líquido.
—Vamos... No digas eso, hombre... Ya verás que...
Sus palabras murieron incluso antes de nacer. No sabía que decir, ni siquiera si existían palabra a gusto sobre la fe de la tierra que pudiera calmar el dolor que lo acechaba.
—Nos creemos los mejores... que nos bastamos nosotros solos... pero trabajamos para comprar una casa para nuestras mujeres... luego los niños... los rodeamos de juguetes... Esperando que cuando lleguemos aún estén despiertos... envejecemos a su alrededor... sin estar con ellos lo suficiente... Y si ellos nos faltan... nos falta la vida...
—Shikaku, aún te queda Yoshino...
—No quiere volver a verme... – hablaba muy bajo y a penas vocalizaba por el alcohol. Su alma se incineraba lentamente, desgarrándose en gritos silenciosos de auxilio. – He matado a nuestro hijo...
—¡No digas tonterías! – ante sus ojos aquel hombre temblaba de pies a cabeza con los ojos asfixiados, preso de una vida que no quería vivir.
Comenzó a repetirlo una y otra vez, hasta rozar la obsesión, aturdido por el alcohol y la angustia, sacudiéndose por los sollozos mientras dos regueros de lágrimas marcaban sus mejillas. Lágrimas amargas cargadas de todo el dolor del universo.
—¡Shikaku, tú no has matado a nadie!
—Le he dejado ir... lo van a matar... lo he dejado ir...
—¿Cuándo? ¿Cuándo lo van a ejecutar? – Inoshi lo sacudió con fuerza por los hombros — ¿cuándo? – pero el hombre solo pronunció un leve murmullo que a duras penas ambos entendieron.
Instintivamente, ambos miraron hacia los montes lejanos sobre los cuales las nubes dejaban de verse tan negras bajo un sol a punto de nacer.
La tela se rasgó con un sordo sonido y el pergamino rodó por el suelo hasta una pared. Con un bufido perezoso, Kakashi lo recogió y al incorporarse, llegó hasta él el rumor de una disputa amortiguada, tras una de las puertas más cercanas.
Hubiera seguido de largo de no ser porque una de las palabras le llamó la atención. Se acercó en silencio agudizando el oído. Esperó callado, conteniendo la respiración. No podía perderse ni un solo detalle.
Se apartó justo cuando la puerta se abría y comprobó ocultó como por ella, como de los interlocutores hacia su aparición, seguido al cabo de un rato por otro más.
Nervioso comprobó como al otro lado de la ventana, en una mundo distinto, amanecía. Y eso no era bueno. Tenía que avistar a la Hokage cuanto antes.
La puerta se abrió cono un sordo chirrido y al iluminar la luz la habitación se lo encontraron exactamente en la misma postura en la que lo habían dejado el día anterior.
Mientras lo esposaban, se negó a despegar la vista de las nubes borregadas que se teñían de colores. El cielo estaría más o menos despejado y habría una fantástica vista de las nubes. Tras la tormenta, el cielo siempre lucía muchísimo más hermoso.
—Shikamaru, debemos irnos.
Con un leve asentimiento, se levantó y caminó delante de los ninjas sin mirarlos, no fuera que sus propios ojos lo traicionaran. Con paso seguro, respiración regular mirada firme y un cascarón vacío, abandonaron la celda.
