Si algún día decides volver
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Disclaimer: La historia es mía, los personajes son de Stephenie Meyer. Prohibida su copia. NO APTO PARA PERSONAS SENSIBLES.
Summary: La veo en fotos, revistas y en televisión. La conozco. Ella me conoció. Mantengo la esperanza de que vuelva, que deje los vicios, que acepte que su vida no gira en torno a excesos. La quiero devuelta, para volver a ser lo que nunca fuimos.
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Capítulo XXXVII
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Isabella POV
Siento el apuro de gritar y salir corriendo, pero algo me dice que no debo hacerlo. Resisto el impulso de darme la vuelta.
—Ha sonado muy bien la palabra cariño con tu voz. ¿A quién esperabas? —me pregunta.
Intento pasar el nudo de mi garganta, pero es prácticamente imposible.
—¿Te han comido la lengua los ratones? ¿Eh? —inquiere con suavidad.
Se acerca a mí para correrme el cabello y pasarlo por mi cuello. Es increíble la diferencia entre su tacto y el de Edward.
Estoy tiritando, apenas y puedo controlar el miedo súbito que me ha embargado. De pronto ansío que Edward llegue, que encuentre a James y lo saque de mi vista, porque simplemente no puedo mirarlo, me asquea, me repugna.
Mis ojos se llenan de lágrimas con los súbitos recuerdos de aquella vez en el cuarto de hotel.
Me gira de golpe hasta hacerme tambalear. Hago contacto con sus ojos azules e instintivamente me voy alejando de él, topando con rapidez en la pared contigua. Me siento indefensa e incapaz de reaccionar, lo único que atino a hacer es proteger mi cuerpo de sus garras, porque no quiero que intente tocarme otra vez, ni que vuelva a tirar de mi ropa para que me desnude frente a él, ¡no! No podría, simplemente ni siquiera lo aguantaría.
—James, aléjate —le advierto con la voz temblorosa. Mis ojos dejan caer las lágrimas que almaceno torpemente, topando con mis labios. Mi barbilla tirita y mis manos se apegan a mi cuerpo como si estuviese petrificada.
Su sonrisa se hace visible y se ladea, demasiado divertido con mi reacción. Es un animal.
—¿No quieres que te toque, Bella? —inquiere con falso pesar—. ¿Por qué? Si hace unos meses me dejabas hacerlo.
—¡Hace diez meses! —le grito—. La última vez… la última vez casi…
No puedo siquiera decir en voz alta que casi me viola.
Se larga a reír con fuerza, haciéndome sentir una basura. Luego su rostro deja de sonreír, tornándose muy oscuro y serio.
—¿Quién te crees que eres para impedirme hacerlo? —Se va acercando a mí a medida que habla, con tal lentitud que de a poco voy desesperándome. Necesito salir de aquí, necesito que alguien me ayude—. Me debes todo lo que tienes.
—¿Todo? —exclamo con el rostro bañado en lágrimas. A pesar de eso me río—. ¿Todo? —vuelvo a preguntar, esta vez no puedo creer su desfachatez—. ¡Me hiciste vender mi cuerpo incluso cuando no era una prostituta!
—Era necesario para entrar al mundo que tanto amas, ese que implorabas para salir de ese burdel de mierda, ¿no es así? —Se acaba acercando a mi en una proximidad no mayor de los cinco centímetros. Me pone las manos en las caderas y me atrae contra él. Su aroma me asquea a tal punto que me retuerzo cuanto puedo de su contacto.
—No era el mundo que amaba, ¡no lo era! —le grito—. Mi pasión era el teatro y me infundiste la tonta idea del cine, ¡de este mundo que no me deja en paz! Todo tan vacío y estúpido que solo tardaron en acostarse conmigo para aceptarme en un papel de mierda. ¡NO ME TOQUES! —gruño, arañando su cuello.
Lanza un grito, pero ni siquiera soy capaz de salir corriendo, porque es tan rápido que no tarda en poner mis muñecas contra la pared, apretándome con tanta fuerza que dejo escapar un grito.
—Yo no te obligué a hacerlo —gruñe.
Niego, porque tiene razón.
—Pero era la única forma de salir del burdel —murmuro con los dientes apretados—. Te atreviste a robar mi dinero durante todos estos años, ¡todos estos años me quitaste el sudor de mi frente, mis esfuerzos y mis lágrimas!
Se larga a reír.
—Así que ya lo sabes —susurra divertido. Luego frunce el ceño—. Me has delatado con la policía.
—No te escaparas ahora, voy a demandarte y estarás en la cárcel toda tu vida…
Me estampa su puño en el rostro, haciéndome ladear la cara hacia la derecha. Siento el ardor en la comisura de mis labios y cómo fluye un hilillo de algo caliente; sangre.
—Nos perteneces, Isabella, nadie sale del burdel, nadie —me dice al oído—. ¿Tu novio te ha contado de la paliza que le dimos? Creo que le encantó mi regalo. A propósito, ¿aún usas tus bragas blancas?
Un balde de agua fría me cruza la médula, un miedo tan entero como hace tiempo no sentía.
"Nos perteneces".
—Ahora eres toda una mujer, ruda, ¿eh? Ahora que tienes a alguien que soporta todo tu pasado. ¿Qué diría él si supiera que su novia no es más que un juguete para todos nosotros? —Se pone a reír fuertemente—. ¡Te dejaría! Claro que sí. —Me toma la barbilla y la aprieta fuertemente con sus dedos—. No dudaría en decirte adiós, Bella, ¿sabes por qué? Porque no eres más que una zorra, el juguete de todos los que han pasado entre tus piernas. Estás sucia, completamente sucia…
Le pateo el pene con todas mis fuerzas y él se aleja rápidamente de mí. Con toda desesperación corro hacia el segundo piso, pues ahí está el teléfono y podría llamar a la policía. Tropiezo un par de veces, ya que el miedo y las lágrimas agrupadas en mis ojos me son incapaces de equilibrar mi cuerpo. Topo con el aparato y lo tomo, pero su mano me aprieta el tobillo, haciéndome caer bruscamente de bruces contra el suelo.
—¿Qué intentabas hacer? —me grita—. ¿Llamar a la policía?
Me da la vuelta y tira de mí, levantándome con brusquedad y luego lanzarme a mi cama.
—James, por favor, no me hagas esto —suplico con desesperación—. Te doy mi dinero, todo el que quieras, pero por favor no lo hagas —sollozo.
—No necesito tu dinero, no ahora —me dice, poniéndose sobre mí y apretándome las carnes del muslo.
Edward, por favor, te necesito, pienso desesperada, ¡Edward!
—¡Edward! —vocifero, como si eso fuese a traerlo aquí—. No me hagas esto, James —sollozo—, la última vez…
—La última vez solo aumentó mis ganas de hacerlo.
Edward no aparece, debió quedarse conversando con Jasper, no volverá dentro de mucho. James lo hará, hará trizas mi dignidad, todo lo que he logrado construir.
—¡Edward! —vuelvo a gritar, hasta que mi garganta se apaga.
—¡Cállate! —me regaña, poniéndome una mano sobre los labios.
Me abre la blusa con un solo tirón, mientras con la otra me agarra firmemente las manos. Me siento asquerosa y lo único que hago es llorar. Cierro los ojos con fuerza, pensando en él, en Edward, y en cuanto lo ansío.
Alguien tira de James, quitándolo de mi cuerpo, luego lo golpean en la cabeza con un palo. James está tirado en el suelo, inconsciente. Me levanta con suavidad pero con rapidez y entre lágrimas veo sus ojos dorados con una preocupación tan grande que solo me decido a abrazarlo.
—Estoy aquí —me susurra al oído, y luego me besa la mejilla.
—Edward —solo logro pronunciar. Su calor me hace sentir tan protegida, aún más su abrazo y su beso.
Me inspecciona, encontrándose con mi blusa medio abierta, luciendo mi sujetador. Su gesto se endurece y me intenta abotonar torpemente la ropa. Pongo mis manos en su rostro y lo acaricio, porque es mi ángel y me ha protegido. Sin embargo no puedo dejar de llorar.
—Te ha golpeado —susurra con la voz cargada de ira. Me pasa el dedo por el golpe y yo siseo de dolor—. Bella, yo… lo siento tanto. —Sus ojos se llenan de lágrimas, pero no las derrama—. Ha intentado… Otra vez…
Esta vez miro hacia el lado, tan avergonzada que soy incapaz de solventar la idea.
—No estuve para ti —murmura culpable.
Niego y me amarro a su cuello, sollozando con todas mis fuerzas.
—No es tu culpa —gimo.
Escucho un gruñido detrás de Edward y de inmediato le aviso que está despierto. Pero mi cobrizo logra darse la vuelta y pone su cuerpo frente al mío, protegiéndome. Lo golpea y lo tira hacia el pasillo, mientras le grito que tenga cuidado. Lanza a James hacia las escaleras y éste se cae rodando, medio aturdido. Corro escalones abajo y los encuentro golpeándose, aunque James ya parece abatido.
—¡Nunca más permitiré que le hagas daño! —exclama Edward, tomándolo desde las solapas de la chaqueta—. Ni un dedo encima, hijo de puta, ¡ni uno! O te juro que las pagarás.
—¡Edward! —grito al ver que James saca un cuchillo de su chaqueta.
Dios mío.
Mi cobrizo lo suelta y camina hacia atrás, topando conmigo.
—¡Corre! —me suplica.
—¡No! No te dejaré aquí.
—Bella… —murmura con las cejas arqueadas.
Niego.
—James, por favor, guarda eso —le digo con la voz temblorosa.
Bañado en sangre sonríe, dispuesto a hacerlo sin lugar a dudas.
Edward pone un brazo a mi alcance y yo me aprieto a él. Está protegiéndome otra vez. Pero James quiere clavar la filuda lámina en mi novio, tomándolo del cuello con su antebrazo. Lanzo un grito de pánico, poniendo mis manos automáticamente a mis labios. Edward intenta quitarse a James de encima para que no siga apretándole el cuello, pero le es muy difícil.
—¿Esto es lo que querías? —me pregunta con voz amenazadora.
Irrumpen en la casa pateando la puerta y de inmediato entra Jacob, apuntándolo con su arma. James se separa lentamente y sigue las órdenes del moreno, dejando suavemente el cuchillo en el suelo, con lo cual Jacob lo patea hasta alejarlo. Otras personas entran a la casa, entre ellas mi propio padre y unos policías.
—FBI, no se mueva —le dice Jacob con seriedad.
Edward me envuelve con sus brazos y me besa la cabeza, aunque ambos estamos consternados con lo que estamos viendo. Una pregunta me cruza con demasiada rapidez: ¿quién es Jacob Black y qué hace con Charlie Swan? FBI… Creí que Charlie era… policía.
Dios mío. Es por eso que siempre anda de colores oscuros, es por eso que Jacob siempre lleva una pistola, la misma de mi padre… Dios… Charlie no es policía, por lo menos no desde hace muchos años. Mi propio padre es un agente del FBI que, junto a Jacob Black, nos han salvado la vida.
—Dios… —susurra Edward con perplejidad, aun sosteniendo mi cuerpo con su brazo.
Cierro los ojos y beso el pecho de mi novio, envolviendo yo esta vez mis brazos en su cintura. Estoy temblando todavía, ligeramente consciente de todo lo que ha sucedido y de lo que no podemos procesar. Mi corazón está tan estrujado que aún no puedo respirar.
—Bella —me llama mi novio, sosteniendo mi rostro con sus manos.
Mi cabeza da giros y giros, me tambaleo, incapaz de sostenerme en pie. El aire finalmente llega cuando cierro un poco los ojos.
—Creí que iba a hacerte daño —le digo con la voz baja. Me desespero de solo pensarlo.
—¿Estás bien? Estás muy pálida —me dice él al oído. Suena tan preocupado, que abro de inmediato los ojos solo para que se tranquilice.
Asiento. Me encamina hasta el sofá, en donde me hace sentarme.
Apenas oigo el grito de James desde el suelo, mientras la policía lo levanta de ahí para llevarlo detenido. Miro a mi padre desde donde estoy y él con muchísimo pesar me sigue, al igual que Jacob, quien desconcentradamente les da órdenes a los demás.
Mi cuerpo tiembla, soy incapaz de sostener incluso mi cabeza. Todo gira y no puedo quitarme la desesperación del pecho. ¿Es que nada de lo que me rodea es auténtico?, pienso en medio de los torbellinos de mi cabeza. Un sudor muy helado me corre la espina y tomo el brazo de Edward para sentirme real por lo menos una única vez.
¿Por qué Jacob de un día para otro se ha convertido en un detective, como Charlie? ¿Quién demonios son?
—Te volveré a ver, Isabella, ¡lo juro! —exclama James con cizaña.
Intento no hacerle caso y me abstraigo en mí misma, pero siento que Edward se separa con furia hacia él.
—¡Edward, no! —le grito con la garganta apretada.
Me levanto para sostener su brazo, pero antes de llegar a hacerlo él para, dándome la espalda.
—Por favor —añado en un susurro.
Cuando se lo llevan y dejo de verlo, parte de mis nauseas se van, pero algo me aprieta aún más el pecho. Me sostengo de su brazo, sin fuerzas en las piernas.
—¿Se han ido? —le pregunto con la voz titilante de nervios.
—James se ha ido con la policía —susurra con los labios apegados a mi cabello—. Pero… los demás siguen aquí.
Veo entrar a Charlie y a Jacob con preocupación, llevando su arma en el cinturón. Los miro una sola vez y no soy capaz de proseguir, estoy tan asustada de todo que lo único que puedo hacer es huir, al menos dejándolos de mirar.
¿Quién carajos son? Todo esto ha sido una vil mentira… ¡Jacob no es un bailarín! ¿Por qué…? ¿Qué demonios hacía él en Las Vegas, aun cuando ni siquiera llegaba a Forks? Me ha estado siguiendo, sí… ¿Pero por qué? ¿Por qué un detective habría de seguirme cuando ni siquiera volvía a saber de mi padre? ¡Estoy rodeada de mentiras!
—Hija, ¿estás bien? —inquiere Charlie, acercándose a mí.
Su voz me llena el pecho de resentimiento.
—Ni un paso más —le advierte Edward con la voz dura.
—¡Ya es suficiente! —grito entre llantos—. ¿Qué demonios ha sido todo esto?
La policía se ha ido con James, así que solo estamos nosotros. Es un momento tan tenso que temo desmayarme. Me impresiona y me asusta estar cada vez más débil, no entiendo qué está sucediendo conmigo.
Edward me mira, pero no dice nada. En cambio Jacob y Charlie titubean si dan un paso hacia mí.
—Así que bailarín —murmuro colérica hacia el moreno—. Eres un mentiroso.
—Si me dejaras explicarlo…
—¡Mentiroso! —gruño—. No hay nada que explicar, Jacob. ¿Cómo esperas que tome lo que acabo de ver? ¡Me seguiste todo este tiempo! Tu pistola… ¡Todo era mentira! —Estoy rechinando los dientes y mi voz apenas se escucha en medio de mis gruñidos—. Pudiste decirme lo que eras, pero preferiste mentir.
Jacob hace una mueca de culpabilidad y baja la guardia, decayendo así junto a sus hombros. Pero Charlie es reticente y me mira con algo de resentimiento. Evito seguir observándolo, girando mi cabeza hacia Edward.
—Lo de James… —pestañeo un poco para no seguir llorando—. Eso no podré pagárselos nunca. Por favor, váyanse, es lo único que pido.
Cuando cierran la puerta me dejo caer en el sofá con el rostro entre las manos, sopesando todo lo que está ocurriendo. Aún siento que el aire se estanca en mi tráquea y se impide llegar a los pulmones.
Edward grita mi nombre y me toca las mejillas, pero no puedo responder porque no tengo fuerzas.
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Me sostiene la mano con fuerza mientras el médico se acerca a mí con el fonendoscopio en la mano. Me alumbra los ojos y me hace sacar la lengua, para luego ponerme una paleta en ella. Me vienen arcadas, pero las aguanto cuanto puedo.
—Bueno, Isabella —me dice él con una sonrisa serena—. Solo ha sido el shock. La descompensación ha alterado un poco tu sistema nervioso, de manera que tu autocontrol se ha saturado y te has apagado repentinamente. Además tienes la presión muy baja. ¿Algún indicio familiar?
Suspiro y aprieto aún más fuerte la mano de mi novio.
Niego con mi cabeza.
—La herida puedes curártela tú misma con una pomada, aplícate hielo para deshincharla y estará mejor. ¿Has afirmado que él no te ha alcanzado a tocar?
Con algo de vergüenza niego y miro hacia otro lado. Me entristece recordarlo, porque no es la primera vez que ese… loco ha intentado abusar de mí.
—Solo me golpeó cuando intenté llamar a la policía.
Me da una sonrisa de empatía y me acaricia el hombro.
—Todo esto quedará en confidencia, ¿bien? No tienes de qué preocuparte —me dice el médico.
Asiento y suspiro.
Cuando él se va, Edward me sigue sosteniendo la mano con sus dedos. A los segundos me toma la barbilla y me hace girar el rostro para que lo observe.
—Te ha hecho daño, gracias a Dios que alcancé a llegar.
—Has sido mi ángel una vez más —le digo con sinceridad.
—Siempre voy a protegerte —dice—, con mi vida si es necesario.
Lo beso con desesperación, ansiando su entereza. Pero Edward está demasiado asustado, porque me mira durante mucho tiempo con los ojos brillantes, acariciando el golpe que me ha dado James.
—Solo bastó un segundo sin ti y mira lo que te ha hecho —susurra jadeante. Luego cierra los ojos con fuerza, aguantándose la rabia quizá—. Sus amenazas no son en vano —murmura.
—Nunca han sido en vano —murmuro con pesar.
—¿Quién es realmente? —me pregunta—. No le teme a la policía.
Me muerdo el labio inferior
—Tiene mucho poder —le digo—, él mismo logró introducirme al mundo al que he estado sujeta todos estos años. Tiene contactos y maneja muy bien todo eso. Es peligroso, Edward, te lo he dicho muchas veces…
—Lo sé, lo sé —exclama cansinamente—, fui un estúpido al subestimarlo.
Me toca el labio inferior con su dedo pulgar y se me queda mirando.
—Lo único que me preocupa eres tú —me dice suavemente—, no es la primera vez que lo intenta.
Me separo, con el miedo cruzándome el esófago.
—Está obsesionado conmigo —mascullo.
—¿Tanto así que lo único que desea es abusar de ti?
Me vuelvo a morder el labio con los ojos llenos de lágrimas.
—Al parecer olvidó que yo también puedo tener dignidad. Creí estar acostumbrada a los hombres así, pero no.
Su rostro se descompone y se acerca a mí.
—Esos hombres no valen la pena, cariño.
—Solo abrázame muy fuerte y no me sueltes, por favor —le pido.
Lo hace, sosteniéndome con sus brazos por un largo rato.
Cierro los ojos y veo a James tocándome. Es como volver a abrir una herida que creí cerrada. Cierro los ojos y veo el arma cortante entre sus dedos, apuntando directamente hacia Edward. Mis temores se han vuelto a abrir. Y cierro los ojos, me introduzco en esa bruma y lo último que veo es que Charlie y Jacob nos salvaron la vida… y me han envuelto en dudas, en intrigas y en preguntas.
—Me has asustado con todo esto, casi te desmayas —me susurra con la voz melosa.
—Todo esto acabará matándome —le confieso.
—Lo encerraremos y todo acabará.
No le digo nada más, pero sé muy bien que esto no acabará, por lo menos no tan pronto.
Lo único que me queda es abrazarme a él y oler su aroma, ese tan característico que me vuelve loca. Puedo sentir el bosque, la chimenea, sus pinturas y las flores afuera de su cabaña… nuestra, como él siempre enfatiza. Es el único lugar en donde me siento completamente segura.
Edward me lleva a casa en su coche cuando el cielo aún está iluminado. Ahí me prepara la chimenea y me lleva a la cama, reprochándome si es que no quería hacerlo. Al final acabé tan calentita que fui incapaz de separarme de los edredones, más aún cuando se acostó a mi lado para hacerme compañía.
Me gusta que me cuide, me siento aún más amada.
En lo único que quiero pensar es en darle una linda bienvenida a mamá y olvidarme de los secretos, aunque sea un momento.
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No le he comentado nada a Alice de lo ocurrido con James, menos a Jasper. Edward no ha dicho absolutamente nada y sé que no lo hará a menos que yo se lo pida. Si mi mejor amiga llegase a saberlo, por lo menos ahora, se moriría de los nervios y realmente no quiero preocuparla porque ya lo está.
Jane me avisa que ya están listas todas las cosas de mamá y las de ella, así que mi novio parte a buscarlas, aunque no son muchas. Yo entro al cuarto y mis ojos se llenan de lágrimas al ver a Renée Swan con un vestido hasta la rodilla de muchos lunares rojos, con un fondo blanco impecable. Lleva el cabello rubio suelto hasta los hombros, con unas olas en las puntas apuntando al cielo y el flequillo fuera del rostro. Hasta los tacones son un indicio de lo bien que se siente, sumándole al maquillaje que lleva en el rostro.
—¡Te ves hermosa, mamá! —exclamo con sinceridad.
Ella se da la vuelta para mirarme y sonríe de inmediato. Me abre los brazos y yo lo hago también, fundiéndome junto a ella en un contacto tan íntimo como hace mucho no lo sentía. Mamá me da besitos en la cabeza y yo los recibo con una emoción muy fuerte, transportándome en una niñez muy feliz, en la cual ella sonreía y salía muy firme de los sucesos de la vida. Lo último que vi antes de irme fue eso, una mujer muy fuerte, pero al regresar solo eran restos de ella. Ahora es como volver a respirar su felicidad y sus ganas infinitas de vivir.
—Qué alegría que ya estés aquí, hija —me dice, sosteniendo mi rostro entre sus manos.
Se las tomo entre las mías y siento el calor. Ya no están frías, es increíble.
—¿Estás lista para volver? —le pregunto con los ojos bañados en lágrimas.
—Claro que sí, Bella —murmura con una voz muy extraña. Sus ojos parecen querer decirme algo, pero no sé qué. Lo dejo pasar y con un brazo amarrado al suyo, nos conducimos hacia la salida de la habitación que fue suya por casi siete meses, mientras Jane se adelanta para terminar con algunos papeles.
Jane Vulturi vive en Forks, muy cerca de la salida hacia Portland, así que le es muy fácil adecuarse a la nueva casa de mamá, aunque claro, ella sabe que no puede decir nada hasta la sorpresa final. Su pago será muy bueno, se lo merece, ha estado fielmente acompañando a mi madre y es una muy buena enfermera.
Ahora viste una tenida muy sencilla y ha dejado el uniforme tradicional. Está claro que no volverá a ocuparlo, no es necesario.
Edward espera a un lado del coche con las manos puestas en los bolsillos y una sonrisa divertida en sus labios. Mi corazón se desboca de inmediato, pero reprimo mis ganas de correr hacia sus brazos y unirme a él con un beso. Mi madre le da un largo y apretado abrazo y él la recibe con la misma calidez, susurrándole algo que no logro captar. Nos metemos en el coche bajo miradas cómplices entre los demás, dejando a mi madre sin una pizca de sospecha de la sorpresa que le tengo.
Yo estoy sentada a su lado, justo en la parte de atrás. Edward conduce y Jane está de copiloto. Ambos hablan algunas cosas banales, a veces se ríen y comentan cosas sobre algunos libros que han leído en común. Pero mi madre me tiene la mano fuertemente aferrada a la suya y yo me he cobijado a su lado, como cuando era muy pequeña. El silencio entre ambas es necesario para darnos cuenta de lo mucho que extrañábamos sentirnos así, apegadas como si el día de mañana no existiese.
Mamá comienza a desperezarse cuando se da cuenta de que Edward ha cambiado el rumbo del coche. Mi novio ha entrado campo adentro, justo en donde se esconde una villa llena de casas relucientes, bellísimas y muy impecables. Las montañas dan con el lado oeste, en la ventana de su habitación, y el prado lleno de flores en el balcón.
—¿Hemos hecho una parada en tu casa, Jane? —inquiere mamá, mirando por la ventana con cierto brillo en sus cuencas.
—Oh no, yo no vivo por aquí —dice la enfermera con una sonrisilla.
—Alice se ha comprado una casa aquí pues ha decidido que Forks es más tranquilo que el apestoso L.A. —le comenta Edward—. Solo venimos a saludar.
Mamá se la cree y sonríe, muy contenta de conocer la casa de mi mejor amiga.
—Es un lugar precioso —dice, todavía mirando el recorrido de casas—. Debe costar mucho vivir aquí… Oh Dios, qué lindas flores.
Sonrío levemente para no levantar sospechas.
Edward se introduce más allá del valle, hasta topar con las casas más apegadas al bosque de la montaña. Cuando aparca afuera del antejardín lleno de botones de rosa que Alice ha plantado para mi madre, le digo a mamá que deberíamos pasar a saludar un rato.
—Hace un día estupendo —me comenta con alegría.
Le sonrío a pesar de que no estoy de acuerdo con ella, ya que está muy gris y apenas hay calor. Aunque la entiendo, pues no pudo mirar el cielo ni respirar el aire externo durante mucho tiempo.
Edward pasa primero entre las matas de verde y botoncitos a punto de brotar, saca una llave del bolsillo trasero de su pantalón y la mete en la cerradura mostaza.
—Vaya, ¿ella les entregó las llaves de su casa? —inquiere inocentemente, mientras delinea con su tacón las piedritas perfectamente puestas en el suelo.
—Nunca escucha al timbre, así que prefiere que entremos libremente —le miento, ya que Alice tiene el sentido del oído muy bien desarrollado.
Cuando Edward abre la puerta para que nosotras entremos primero, un aroma a pavo recién horneado nos impacta de lleno contra el rostro. Mamá profiere un gemido; adora el pavo y sé muy bien que durante toda su estancia en el hospital no tuvo manera de comerlo.
—¡Vamos! —exclamo, tirando suavemente de su brazo. Le sonrío a Jane y ella también da un paso adelante.
Cuando mamá cruza el umbral de la puerta, Alice está poniendo un cuenco grande con ensaladas sobre la mesa, mientras Jasper termina con las últimas servilletas. Al vernos se giran para luego sonreír, en especial a mi madre. En la cocina se oye un barullo y sé de quién se trata: Marianne, mi ama de llaves en L.A.
—Bueno, mamá —murmuro, tomando su mano entre mis dedos.
Le doy una corta mirada a la sala, que está tan hermosa como jamás imaginé. Sé que le encanta porque tiene los ojos muy abiertos y brillantes. Ella topa con mis fotografías de niña y otras en las que salimos juntas. Después de un rato nota las figurillas de porcelana, sus favoritas. Se acerca a la chimenea para percibir el calor y cómo arriba de ella pende un paisaje hecho exclusivamente por Edward, en donde se ve el mar, el lugar favorito de mi madre.
Se lleva una mano a la boca y se gira a mirarme, como pidiéndome explicaciones. Me muerdo el labio inferior, soy incapaz de abrir la boca con la emoción.
—Bienvenida a tu nueva casa, mamá —le digo de pronto.
Renée Swan abre la boca sin poder creerlo.
—¿Qué? —inquiere.
—Esta es tu nueva casa, mamá, es un regalo.
En un segundo siento sus brazos en mi cuello y como respira pesadamente frente a él.
—Bella… —murmura, pero al final no dice nada más.
—Quería quitarte de ese lugar lleno de recuerdos —le confieso en voz baja.
—Oh Bella, mi dulce niña. —Me pone las manos en el rostro luego de separarse y me acaricia frenéticamente—. Mi dulce niña —repite con la voz quebrada.
—Te lo mereces todo, mamá, te debo la vida entera y esto es lo mínimo que puedo darte por ello.
Sus ojos se tornan acuosos y me da un gracias tan lleno de amor, que lo único que hago es abrazarla muy fuerte, mientras los demás aplauden. No recordaba estar rodeada de ellos.
—¡Es una casa preciosa! —exclama, girando para observarlo todo—. Y tiene chimenea, por Dios. ¡Tu cuadro, Edward! Oh Dios, esto es demasiado para mí.
—Claro que no, Sra. Swan, esto es todo lo que merece —le dice Alice, acercándose para darle un abrazo. Mamá se lo recibe con dulzura y cariño. Luego Jasper se acerca a saludarla y ella lo queda mirando con una nostalgia inmensa.
—Estás igual que tu madre, cariño —le susurra, luego de darle un profundo abrazo.
Jasper se queda en una pieza, pero sonríe. Yo en un corto segundo me pregunto a qué se debe eso.
Marianne aparece con un delantal de cocina y una sonrisilla suficiente. Mamá la mira con curiosidad y yo me río.
—Te tengo otra sorpresa.
Abre sus grandes ojos azules.
—Ella es Marianne, mi ama de llaves. —Le paso un brazo por los hombros—. Estará para ti, junto a Jane —la miro y ella sonríe otra vez—, cuidándote y ayudándote cuando yo no esté.
Mamá está sorprendida y no sabe qué decir.
—Bella —me nombra otra vez—, esto es demasiado, yo…
—No, mamá, es todo lo que necesitas. Estaré muy tranquila si Marianne y Jane te acompañan.
Me sonríe de oreja a oreja y me da un gran abrazo, mientras todos los presentes murmuran cosas muy bonitas de ambas.
—Te amo, mamá, y te quiero sana por mucho tiempo más —le susurro para finalizar.
Ella me besa ambas mejillas y luego sostiene sus manos en mis brazos.
—Te amo, Bella, eres la mejor hija del mundo.
Edward abre una copa de vino aunque ni mamá ni yo podamos beber —aún estoy consciente de mi promesa, no volveré a beber—, aunque la primera no puede por los medicamentos. Marianne y ella se ponen a chacharear, lo que considero estupendo, ya que vivirán juntas. Jane ha decidido beber una pequeña copa, más que nada porque hace muchísimo tiempo que no bebe absolutamente ni una gota de alcohol. Me pregunto si ella se divierte a menudo, aunque no lo creo; a veces creo que no disfruta mucho.
Edward se sienta a mi lado con una copa entre sus largos dedos y yo instintivamente pongo mi cabeza en su hombro. El hedor del alcohol me llena las fosas nasales, pero arrugo los labios a falta de otra cosa. No debo beber, me repito para mis adentros.
—Si quieres lo alejo —me dice, notando mi insuficiente autocontrol.
—Claro que no. Debo convivir con ello.
—¿Definitivamente lo dejarás? —inquiere con suavidad.
Sonrío y me empino un poco para besarle los labios castamente.
—Viví borracha casi siete años, es momento de dejarlo atrás.
Ya no siento amargura al hacerle frente al problema, no me avergüenza.
—No es muy buena idea que te entorpezca —profiere mirando la copa—. Me sumo a tu causa. —Ahora él me besa, pero de manera un poco menos inhibida.
Mamá se pasea por la cocina ayudándole a Marianne a cocinar lo poco que le queda mientras hablan de algunos métodos naturales para suavizar el cabello sin productos químicos, hasta han acordado probarlo uno de estos días. Aunque al rato mamá comienza a cansarse y Jane le dice que debe estar en reposo en lo que queda de la semana.
—Es una casa preciosa, hija —me dice mi madre.
—Y muy espaciosa —afirmo—, podrás hacer muchas cosas aquí. Es más, Alice vive a unas cuantas casas más allá, la verás muy seguido.
Alice se sienta a mi lado, ya que Edward se ha puesto a hablar con su primo sobre algunos coches.
—Estaré pendiente de que me haga su famosa tarta de fresas, ¿eh? Bella es una buena alumna de ella, pero la maestra conoce todos los secretos.
—Oh claro que sí, querida, pásate cuando quieras para poder charlar, aunque sé que a Jasper le gustará más mi pastel de limón.
—¡Adoro el limón! —exclama el rubio desde la otra posición del sofá mientras Edward nos queda mirando entre risitas.
—Lo mejor de todo esto es que la cabaña de Edward está a solo veinte minutos en coche, aunque la ruta es un poco complicada, es cosa de práctica —le comenta mi mejor amiga, apegando su cabeza en mi hombro—. Ahora que viven juntos es de suponer que estará prendada a él por un buen tiempo —afirma con la voz pícara.
Me río pero luego finjo una mirada de reprobación.
Nos llaman a la mesa y es impresionante como todos lanzamos suspiros de agrado cuando el pavo está servido. Mamá está en la cabeza de la mesa conmigo al lado. Hoy será tratada como una reina.
Ella nos comenta algunas anécdotas mientras comemos del pavo, que está exquisito. En su interior está humedecido con algunas frutas y una salsa de setas muy espesa, acompañado todo ello con una cantidad de ensaladas muy grande, sin olvidar tampoco el puré rústico de legumbres. Increíble. Marianne siempre ha sabido cocinar muy bien, cada vez que iba a L.A. prefería comer con ella porque la comida era lo que mejor me hacía sentir dentro de todo.
—Y fue ahí cuando encontré a Bella con el cabello a medio arrancar luego de intentar cortarse el cabello, seguramente ante tantas veces que me vio hacerlo con las clientas.
No puedo evitar reírme nerviosamente con ello. Todos los demás abundan en carcajadas y me lanzan comentarios divertidos.
—No heredé el talento de mi madre, eso está claro —afirmo.
—Pero tienes otros —me dice Edward espontáneamente con un brillo en sus ojos que no pasa desapercibido para mí.
Mamá deja escapar un suspiro.
—Estoy muy feliz de verlos juntos —dice ella, dejando los cubiertos en el plato.
Mi novio sonríe dulcemente y luego apega sus labios a mi sien izquierda.
—Es quizá el mejor regalo que ustedes pudieron haberme dado cuando estaba hospitalizada.
Marianne, Alice y Jane profieren un suspiro muy dulce.
—Les costó tanto ser valientes.
—Ni que lo diga —exclama Jasper rodando los ojos.
De todos modos me río porque sí que fuimos estúpidos.
—¿Y ustedes, cariños? —inquiere mi madre hacia la otra pareja. Jasper se ruboriza un poquito y Alice se prende de él desde el cuello—. Se ven tan bien. Se conocieron por Bella, ¿no?
—Me enamoré de ella desde el primer momento —confiesa Jasper con los ojos prendados de su amada.
Esta vez quien suspira profundamente soy yo.
—¡Cómo me encanta sentir el amor! —exclama mamá con las manos muy juntas entre sí, como si fuese a besar—. Gracias a todos por estar presente, no tengo cómo agradecerles, sobre todo a mi hermosa hija.
Yo simplemente estiro mi mano por la mesa y ella me la aprieta con la suya.
—Es uno de los mejores días de mi vida, estoy muy feliz.
Todos levantamos las copas y las chocamos para luego beber el contenido.
Yo también estoy muy feliz.
Cuando acabamos la comida, Marianne parte a la cocina para traer el postre, un regalo de parte de la Sra. Whitlock, como dijo Jasper. Mamá no puede creer que ella le hiciese uno de sus postres favoritos: helado de pasas y canela. Veo que ella sabe muchísimo de Renée Swan. Y también veo que la madre de Jasper ha sido incapaz de no dar un presente.
—Está delicioso —afirma mamá con alegría.
Edward me mira con suspicacia pero intentamos dejar pasar la intriga.
Al rato mamá debe irse a la cama, más que nada para no sobre exigirse. Yo misma la arropo con su nuevo edredón y le pongo los cojines detrás de la espalda para que esté bien sentada. Cuando le beso la frente y le cuento que iré abajo para estar con las visitas y mi novio, ella me toma la mano para que no me vaya.
—¿Quieres que me quede contigo hasta que te quedes dormida? —le pregunto.
Asiente y me sonríe de oreja a oreja. Palpa el espacio vacío que hay al lado de su cama y yo me siento ahí. Pasa su pulgar por mi rostro hasta acabar en mi barbilla, en donde toca accidentalmente la comisura golpeada de mi boca. Doy un pequeño gritito de dolor y me alejo de ella para que no note nada, aunque ya es demasiado tarde.
—¿Qué es eso? —inquiere endureciendo su voz.
—N-nada —tartamudeo.
No me cuesta darme cuenta de que me ha quitado el maquillaje que me he puesto encima para pasar desapercibida.
—¿Quién lo hizo? —demanda—. Edward no pudo haberlo hecho.
—Fue mi ex representante, nada importante.
—¿Cómo no va a serlo? ¡Te ha golpeado!
Lo que menos quiero es preocuparla, no en este preciso momento.
Pero suspiro y me acomodo a su lado, para luego proveerle caricias en su rubio cabello.
—Ocurrió anteayer —murmuro—. Estaba acabando de empacar las cosas de la antigua casa y él me buscó cuando Edward había ido a casa de Jasper. James está obsesionado conmigo y… simplemente está muerto de celos porque estoy enamorada de otro hombre.
—Pero te golpeó y no quiero que le quites importancia a eso. ¡Ningún hombre puede hacerlo! ¡Mírame a mí! —exclama—. Yo soporté la violencia durante gran parte de mi vida.
—Lo sé, mamá —suspiro—. Él está en prisión y no volverá a atacar, por lo menos hasta un tiempo más.
Vuelve a mirarme el golpe y la furia le cruza el rostro.
—¿Qué ha dicho Edward?
—Se puso como loco —digo con pesar—. Detesto verlo así.
Frunce su ceño con algo de culpabilidad.
—No volveré a permitir que me pase a llevar, puedes estar tranquila.
Asiente y me besa la mejilla.
—Cántame una canción —cambia el tema para desviar el ambiente que se ha formado—. ¿Recuerdas esa que te cantaba yo cuando eras bebé?
Asiento y me apego a ella para cantársela, mientras enrollo sus cabellos en mis dedos.
Mamá insistirá en los detalles, no se quedará tranquila con eso.
.
Cuando se queda dormida la quedo mirando por un rato, agradecida de la vida por traérmela devuelta y permitirle pasar el tiempo conmigo sin estar entubada. Pronto podré llevarla a la playa, estará tan feliz.
Suspiro y salgo de la habitación. Camino por el pasillo y bajo por las escaleras hasta el primer piso, en donde todos parecen charlar animadamente sobre algo. Edward está sentado en el sofá y cuando me ve sonríe.
—¿Se ha dormido? —inquiere, como si mi madre fuese nuestra bebé. Me hace gracia.
—Profundamente.
. . .
Ya va una semana y Rose ha cortado el teléfono. Me he preocupado tanto que he manejado de inmediato hacia su casa. No veo rastro de vida por ningún lado, todas las flores de la decoración del antejardín están marchitas.
Toco la puerta un par de veces pero nadie me abre, así que me doy la vuelta y busco la puertecilla del patio. Cuando la veo la empujo bruscamente y casi me caigo de bruces. Estoy dentro de lo que parece ser una bodeguilla diminuta, porque está lleno de cosas inservibles, además está oscuro. Confiada en mis instintos sigo mi camino hacia adelante, chocando de vez en cuando con unas cajas.
—Bingo —mascullo.
He encontrado un picaporte, aunque muy sucio. Tiro de él pero no abre. Bufo y a ciegas toco entre las cosas por si encuentro un artilugio que me ayude a abrir, pero la mayoría de las cosas no sirven. Voy a darme por vencida hasta que toco el suave filo de un hacha. No demoro ni dos segundos en intentar aventarle al picaporte, pero mi fuerza es muy poca. Tomo aire en pequeñas bocanadas y golpeo la puerta una y otra vez, hasta que ésta se abre lentamente. Inspecciono apresuradamente lo que hay delante: un cuarto oscuro y nada más.
—Rose —llamo—. ¿Dónde estás, Rose?
Tanteo las paredes para encender la luz, ya que ni siquiera hay ventanas en las que pueda entrar la luz. Cuando enciendo una ésta parpadea ligeramente hasta estabilizarse. Lo que luego veo no es más que un lugar ya sucio y polvoriento, todas las sillas han sido revueltas junto al sofá, que está de cabeza. Hay algunos vidrios en el suelo, así que piso con cuidado. Mi corazón tamborilea en mi pecho y mis manos tiemblan de manera incontrolable.
Entro a la otra habitación que está más iluminada y busco entre todo el desorden, pero no parece haber vida. Además, todo está tirado en el suelo, lo que le da un aspecto desesperante.
Alguien hizo todo esto con el único propósito de desordenar, de causar daño. ¿Rose? No, no lo creo. ¿Por qué habría de hacerlo?
—Rose —digo con tono calmo.
No hay respuesta pero sí un ruido en una esquina. Me sobresalto y levanto el hacha hasta apegarlo a mi pecho.
—¿Rose?
Mi boca está seca y mis piernas apenas están estables.
Voy dando pasitos lentos con la respiración quieta, pisando de vez en cuando algunas cosas del suelo. De pronto siento que algo me roza el tobillo y doy un pequeño grito. Me giro rápidamente y siento dos pequeños brazos amarrarse fuertemente a mi cintura, como si yo fuese una tabla de salvación.
Es la hija de Rosalie. Me abraza muy fuerte, con el rostro apegado a mi vientre. Dejo caer el hacha y yo también lo hago. Le acaricio el cabello para que se sienta tranquila, porque se ve muy asustada.
—Tranquila, estoy aquí —le digo con dulzura, al mismo tiempo observando el resto de la habitación.
Rose. ¿Dónde está? Comienzo a pensar lo peor.
—¿Quieres algo? —le pregunto.
Ella asiente lentamente y con vergüenza.
—¿Qué quieres?
Me mira con sus ojos claros y opacos de manera suplicante. Me rompe el corazón.
—Comer —murmura lentamente.
Frunzo el ceño y vuelvo a abrazarla. Dios mío, esta niña está abandonada. ¿Dónde demonios está Rosalie? ¿La ha dejado aquí? Eso es imposible.
—Te daré algo de comer, pero tienes que decirme dónde está tu mamá, ¿bueno?
Asiente y se echa a llorar.
—No despierta —me dice ella, tirando de mi mano.
Me lleva hasta un tumulto de mantas y ahí está Rose, ensangrentada y golpeada. Con lágrimas en los ojos me acerco a ella para sentir su respiración, la cual está débil pero constante. Dios, está viva.
—Cariño, ¿qué ha pasado?
—Unos hombres entraron y mamá me encerró en mi habitación así que no pude ayudarla —me dice con la voz temblorosa.
—¿Cuándo sucedió?
—Ayer —lloriquea.
Eso no tiene sentido. Rose no contesta llamadas hace ya casi dos semanas.
—Nena, escúchame bien, ¿bueno? —le digo con la voz calma para que ella también se calme—. ¿Han estado en casa hace una semana atrás?
Asiente y se limpia el rostro con sus manitos.
—Mamá cerró toda la casa porque decía que habían unos hombres malos que querían molestar, pero que estaríamos tranquilas si no hacíamos ruido. No contestó el teléfono pero sonaba mucho. Tío Emmett vino aquí algunas veces pero mamá no quería abrirle.
Maldita sea, son ellos, han venido aquí para atormentarla. La Elite.
—Quédate aquí, ¿vale? Iré a llamar a una ambulancia para que cuiden a tu mamá —le digo a ella, acariciando suavemente sus trencitas.
Estoy luchando por no perder los nervios frente a ella. Rose está muy malherida y estoy muy asustada. Debo decírselo a Alice, no sé por qué tengo miedo por ella. Si vinieron por nosotras, ¿por qué no a por ella?
—Por favor no se vaya, tía Bella —me suplica.
No me lo pienso ni dos veces y la tomo entre mis brazos a pesar de que ya es una niña más grande. La arropo con la primera manta que encuentro y la aprieto contra mí. Maldigo internamente al encontrarme con todas las salidas tapadas con tablas mal clavadas y voy hacia el otro camino, ese que me hice para llegar hasta acá.
Afuera el clima está un poco frío y el cielo se está oscureciendo. Toco la puerta de una casa vecina pero nadie me hace caso, así que voy hacia la otra. Me abre una señora muy delgada con hartos tubos en la cabeza. Cuando me ve con la niña entonces se espanta.
—Hay una mujer accidentada a dos casas más allá, necesito que me preste su teléfono por favor.
Ella me queda mirando un largo rato, quizá muy asustada por mi desesperación.
—La niña está muy asustada. Por favor —estoy a punto de llorar entre súplicas.
La mujer asiente y me abre la puerta, indicándome apresuradamente que el teléfono está en el pasillo próximo. Ella me pregunta si me puede ayudar con la niña y yo acepto. Se la lleva para ofrecerle un vaso de leche y dulces.
Digito de inmediato el número de la ambulancia y cuando me contestan les doy las coordenadas de manera rápida. Me prometen estar aquí lo más rápido posible y me cuelgan. Con las manos sudorosas digito otro número, el de Emmett y espero los timbrazos hasta que me contesta de manera tranquila y neutra.
—Emm —susurro con la garganta muy apretada.
—¿Bella? —inquiere—. Hola, ¿cómo estás? ¿Tu madre está bien?
—Emmett —lo llamo en un chillido—. Rose —dejo escapar—. He ido a su casa y la he encontrado muy mal.
—Dios mío. ¿Y cómo?
—Golpeada y ensangrentada, apenas y he podido entrar, todo estaba revuelto y la niña…
—¿Qué sucede con ella, Bella? —Puedo sentir su desesperación a la par con la mía.
Intento tomar aire, pero es imposible calmarme.
—Está bien —susurro. Suspira más tranquilo—. Pero está muy asustada. Emm, por favor ven al hospital de Forks, la ambulancia ya viene en camino y tengo que ir para allá cuanto antes.
—Lo haré. Nos vemos, Bella.
Voy a buscar a la delgada mujer y le doy las gracias por prestarme su teléfono. Ella me dice que puede quedarse con la niña mientras yo espero a la ambulancia, lo que le agradezco mucho.
Troto hasta la casa de Rose y busco el hacha para romper las tablas de la entrada. Acabo cansada pero con la puerta abierta para que entren los paramédicos. Luego voy hasta Rose y le acaricio lentamente el cabello desordenado. No quiero tocarle la cara, está tan magullada que apenas puedo soportarlo.
—Pagarán por hacerte daño, Rose, lo prometo —le susurro con las lágrimas corriéndome por las mejillas—. Ellos no nos destrozarán la vida porque no les pertenecemos. Cuidaremos de tu hija, no estás sola.
Siento el sonido chillón de la ambulancia, así que la deposito suavemente entre las mantas y voy hasta la puerta para abrirla. Los paramédicos me preguntan dónde está y yo se los digo para que actúen rápido. La evalúan ahí, entre las mantas, pero no quiero verlo así que salgo de la casa.
Espero pacientemente afuera hasta que la veo salir en la camilla completamente rígida. Hablo con los hombres, pero estoy muy distraída, lo único que entiendo es que irán al hospital y que yo debo ir hacia allá lo más pronto posible.
Cuando voy a buscar a la hija de Rose, la mujer delgada me pregunta si necesito hacer una última llamada y yo asiento. Solo una más.
—Diga —dice el interlocutor.
—Edward —susurro.
—Bella, cariño, ¿dónde estás?
Me aclaro la garganta aunque es en vano.
—Vine a buscar a Rose, me preocupé cuando el teléfono dejó de tener servicio.
—¿Por qué no me lo dijiste? Pude haberte acompañado. Bella —hace una pausa—, ¿estás bien?
—No —murmuro—. La encontré malherida con su hija encerrada, moría de hambre y… Por favor, ¿podrías ir al hospital? Estaré aquí con Lilian.
—En un rato estoy contigo, espérame ahí.
La mujer delgada está parada frente a mí con la niña de la mano. La pequeña tiene una bolsita de dulces, supongo que se la ha regalado.
—¿Estará bien? —me pregunta, probablemente refiriéndose a Rose.
—Eso espero —susurro, aterrorizada de que eso solo sea una suposición mía,
Asiente y se despide de mí. Le doy las gracias por haberme ayudado y también me despido. La niña me toma la mano con confianza y se va junto a mí, diciendo adiós con la mano.
Meto a Lilian a mi coche, no sin antes taparla con unas mantas. Antes de irme a mi asiento, ella me toma la mano y me queda mirando.
—¿Dónde está mamá, tía Bella?
Le acaricio el suave cabello rubio y la tapo aún más.
—La están ayudando a mejorar. ¿Vamos a ver qué tal va?
Asiente y me sonríe por primera vez en todo este rato. Luego me abraza muy fuerte del cuello.
.
Miro a la hija de Rose con su cabeza en mis piernas y su cuerpo estirado en una de las bancas, durmiendo pacíficamente ante las recientes horas de terror que le han embargado. Es una niña tranquila, no ha llorado ni se ha alterado, sin embargo es imposible no darse cuenta de lo cansada que está. Al menos las he encontrado, no sé qué habría sucedido de no ser así.
Suspiro y sigo mirando el reloj de la pared, de vez en cuando escuchando desde lejos la voz de la recepcionista en urgencias. Hasta que noto su cabello bronce ondeando al viento, dando pasos hacia mí de manera rápida. Lo noto preocupado. Se sienta a mi lado y casi al instante me rodea con su brazo, para así apegarme a él cuanto sea posible.
—¿Cómo está ella? —me pregunta entre los besos que me da en la mejilla.
—No lo sé —susurro—. No he visto salir a ningún médico.
Se queda mirando a la niña con un dejo de tristeza, luego desvía sus ojos hacia otro lado.
—La encontré sola y asustada, con su madre golpeada sin conciencia. Es solo una niña de 8 años.
—¿Fue un ladrón? ¿Quién demonios podría hacer eso? —inquiere.
Los culpables son tan obvios. ¿Quién más podría gestar semejante atrocidad?
Una duda me asalta de inmediato: ¿qué quiere Louis? ¿Podrá ser el fallecido Royce King la causa de ello? Recuerdo muy bien que Rose estaba aterrada de que la siguieran ya que ella había asesinado a su esposo. Hasta ahora creía que podría referirse a la policía, pero con el reciente suceso estoy casi segura que es La Elite.
Royce King era uno de los proveedores, hasta era muy apegado a James porque siempre llegaban juntos al burdel. Louis siempre alardeó de que su vendedor estrella era el comprador de putas más importante de su negocio y, antes de permitirle la salida a Rosalie para casarse con él, Louis le advirtió en tono de broma que lo cuidara, porque si no se metería en problemas. Ahora sé bien que esa no era ninguna broma.
—No, no le robaron nada —murmuro. Me separo de él para poder mirarlo a los ojos. Su iris de color miel está disuelto en sus cuencas—. Sabes bien que Rose y yo nos conocemos hace muchísimo, ¿no? —Asiente, muy atento—. Éramos amigas cuando conocí a James. Él era amigo de Royce King, el ex esposo de Rosalie. Se enamoraron de inmediato y dejé de verla cuando se casó con él… —Paro en un intento tonto por ordenar mis pensamientos sin sacar a relucir todo lo del burdel—. Ella… sufrió muchos maltratos de su parte; parece obvio imaginarse que era un mal hombre si siempre andaba con James —añado—. Perdió a su bebé de ocho meses gracias a uno de sus golpes —mi voz comienza a bajar pero la elevo casi de inmediato—, Rose no encontró nada mejor que asesinarlo y huir, dejando atrás una vida que creía perfecta. Hasta que llegó a Forks con su hija, atemorizada de las repercusiones de sus actos. Él pertenecía al mismo grupo de James y, de ser mis sospechas acertadas, han sido ellos quienes le han hecho esto. Aunque claro, James no pudo hacerlo directamente ya que está en prisión.
Edward dice nada por un momento, meditando quizá lo que le acabo de decir. Necesita saber que esto es serio, que James está loco y que probablemente todo su grupo también lo esté. Al menos los abogados están viendo todas las posibilidades para hundir a James en la cárcel, eso me deja más tranquila.
—¿Han querido asesinarla? —dice al fin.
—No —murmuro—. Tenían la oportunidad perfecta. Probablemente asustarla.
—Asustarnos —corrige.
Sé que muere de deseos por preguntarme de donde he sacado la idea de relacionarme con ellos, de saber en qué trabajábamos Rose y yo para haber tenido la oportunidad de relacionarnos con personas de esa índole, lo noto en la forma en que me mira y suplica con sus bellos ojos. Pero no lo dice, simplemente se limita a volver a abrazarme para hacerme sentir mejor.
—Solo espero que Rose no esté tan grave —le susurro en voz muy baja—, no sabría qué hacer con Lilian, ella necesita a su madre.
Edward la mira dormir y la preocupación le cruza el rostro.
Luego de unos minutos de espera, Lilian despierta de la siesta y al encontrarse con Edward, sonríe. No es de extrañarse pues ellos pasaron mucho tiempo juntos, sobre todo cuando él pintaba la casa de su madre. Además, él es tan dulce y divertido, que ninguna niña se le resiste.
Veo a Emmett cruzar la puerta principal de la urgencia con bastante desesperación, buscándome entre las personas. Cuando sus ojos topan con los míos, él viene hacia mí. Me levanto de la banca y dejo a Lilian con Edward.
—Bella —dice con la respiración agitada—. ¿Cómo está?
Niego lentamente.
—No lo sé. La encontré muy malherida en su casa y rápidamente llamé a la ambulancia.
—¿Sabes quién lo hizo? —inquiere con la mordida tensa—. ¿Han querido robarle?
Vuelvo a negar.
—Le han golpeado adrede —murmuro—. Estoy muy asustada por ella.
Y por todos nosotros, pienso para mis adentros.
—¿Por qué han hecho eso? —inquiere—. ¿Por qué simplemente… golpearla sin ninguna razón?
—Ella es la única persona que puede contarte la razón.
—O sea que tú lo sabes…
—¿Qué sucedió entre ambos, Emmett? —lo interrumpo—. Ella simplemente no quería verte, ¿no es así?
Él desvía su mirada hacia otro lado, mientras que yo intento vanamente leer sus gestos. No sé qué pensar.
—Cuando supo lo que sucedió entre nosotros dos hace años… simplemente no quiso volver a verme —me cuenta con algo de culpabilidad—. No pude ocultarle todo lo que sentía por ti.
Cierro los ojos un momento, tragando la información. ¿Cómo se le ha ocurrido decirle eso?
—Pero ahora a quien quiero es a ella —me dice—, y no sé si seré capaz de declarárselo ahora.
Sus ojos brillan ante la inmensidad de sus sentimientos, pero se contiene. Mi garganta se aprieta ligeramente; no soy capaz de decirle algo más, creo que no es necesario. Solo espero que tenga la oportunidad de quererla como pudo hacerlo cuando ella estaba interesada en él. Que la quiera ahora, que hay personas buscando dañarla.
. . .
Rosalie no abre los ojos hace tres días. Al menos está viva, aunque grave, pero viva. Su hija no ha podido verla, aún no es correcto.
Cuando Alice supo de todo lo ocurrido no dudó en ofrecerse para cuidar de Lilian cuando yo no pudiera, a pesar de todos los años que estuvo en contra de Rosalie. Sin embargo fue Edward quien se llevó a la niña a casa, sabiendo que ella tiene mucho cariño por él e incluso por mí.
Emmett no sale del hospital y yo me estoy preocupando por él. Duerme en las bancas y se da una ducha rápida en casa de Alice cuando lo necesita, aunque siempre usa la misma ropa. Sé que se siente culpable, que se pregunta todo el tiempo por qué no estuvo para ella, pero creo que haberse dado cuenta de sus sentimientos, sea cual sea la situación, es provechoso para todos nosotros, especialmente para él.
En cuanto a mí, debo regresar definitivamente a Nueva York para promocionar mi película y Edward lo único que quiere es acompañarme, además Jasper y Alice serán nuestros compañeros de viaje.
Solo falta que Rose despierte, solo eso…
Entro a la habitación de Rose y lo veo sentado a su lado con ambas manos en su cara, intentando vanamente mantenerse despierto. Ella tiene el cabello largo y peinado sobre sus hombros, tan rubio y lacio como siempre. Parecería una princesa a la espera de su príncipe, durmiendo plácidamente, de no ser por los tubos metidos en sus fosas nasales y los magullados brazos descubiertos.
La sola imagen me encoleriza. Maldito Louis, maldito él y toda su tropa de cobardes.
—Vete a dormir, ya es tarde. Yo me quedaré con ella —le digo, pasando suavemente mi mano por su ancha espalda.
Él se da cuenta de mi presencia con algo de torpeza producto del cansancio, y me regala una sonrisa a pesar de todo.
—No te preocupes, aún me queda energía —me dice, aunque sé que no es así. Sus ojos apenas se mantienen abiertos.
Me siento en la silla que está a su lado y nos quedamos callados con la mirada al frente, viendo a Rose respirar tranquilamente mientras un aparatito pitea cada dos segundos.
—Han pasado demasiados días, estoy comenzando a asustarme —comenta con lentitud.
Suspiro. No es el único.
—Pero saldrá de esta, ¿no es así? Tú eres médico y… —Me callo, creo que no es necesario seguir hablando.
—Claro que lo hará. Los traumas no son mi especialidad, pero Rose solo debe… despertar —murmura.
Sus manos tiritan y se contiene para no llorar. Me rompe el corazón.
—Nada de esto es tu culpa.
No dice nada.
—Todo lo que le sucedió a Rose fue… parte de su pasado, un suceso que ella debe contarte cuando esté bien.
—Pero yo no estuve para ella, Bella, preferí ocultarme para no tener que darle explicaciones y afrontar lo que yo sentía —afirma con rabia.
—Emmett, esto estaba fuera de nuestras manos.
—¿Por qué lo hicieron, Bella?
—Ya te dije que solo ella puede decírtelo —murmuro.
—Dime quién lo hizo, por favor.
Niego y miro al suelo, demasiado incómoda.
—Solo te diré que son unas personas muy peligrosas, no hagas estupideces.
Me acerco a Rose y le acaricio el cabello. Ya no se le notan tanto las heridas de su rostro, pero los brazos siguen muy magullados. Más abajo está su pie en alto pues tuvo una fractura en el peroné.
—Cuídala, por favor cuídala y quiérela, porque lo necesita muchísimo.
Emmett me mira atentamente y asiente como si le hubiera confesado un gran secreto. Me despido de él y con una última mirada a Rose me voy, cerrando la puerta con cuidado detrás de mí.
.
Me siento en el sofá con un libro entre las manos para esperar a Edward. Ya se ha demorado bastante de una junta en Seattle con Tanya, Mr. Van Houten y unos cuantos hombres más que quieren concretar un acuerdo con él, la verdad ni siquiera sé para qué en específico. El reloj marca las diez de la noche y el cielo está bastante oscuro. Lilian está durmiendo hace ya una media hora, así que es como si estuviese completamente sola.
Me muerdo el labio inferior y me pongo a leer para distraerme, ya que con todo lo que ha ocurrido últimamente no puedo evitar estar asustada. Hasta que oigo la llave y la puerta abrirse con rapidez. Me levanto y corro hasta él, pero me frena su profundo ceño fruncido. Para aliviar la seria tensión que se me ha acumulado casi en un instante, me acaricio el cabello rápidamente.
—Hola —lo saludo.
Es primera vez que no sé cómo reaccionar frente a él. Parece… enojado. Nunca había llegado así.
—Hola —susurra con la voz seca.
Se quita la cazadora y la cuelga en el perchero de la pared. Luego se quita la corbata y se desabotona la camisa hasta la mitad del pecho.
—Voy a pintar al estudio, no me esperes.
No quiere que vaya a verlo, menos que me mantenga despierta hasta que se decida a salir del estudio. Tampoco pretende que lo espere en la cama para quedarme dormida abrazada a él, como siempre.
Pasa frente a mí sin mirarme y traspasa la sala a paso rápido. Lo pierdo de vista cuando se mete en el pasillo y lo último que escucho es la puerta del estudio cerrarse.
Me trago el nudo de la garganta y me sobo los brazos para quitarme el extraño frío del cuerpo.
¿Qué hice?, pienso atolondradamente, ¿he hecho algo malo? Me muerdo el labio inferior. Durante unos cuantos minutos me pongo a meditar qué hacer, pero la ansiedad puede más y no me importan las consecuencias. Voy tras él antes de arrepentirme, y abro la puerta para encontrármelo de espaldas, como es costumbre, solo que ni siquiera puede pintar, porque sostiene el pincel sin poder mover la mano.
—Edward, ¿qué sucede? —inquiero en voz baja.
No se gira a mirarme o a decirme que me largue, solo se mantiene cauto, sosteniendo aún el pincel entre sus dedos. Pero lo deja caer en el vaso de agua y la pintura forma un ligero almohadón de color en medio de la transparencia.
—Bella, te pedí que no me esperaras —susurra suavemente. Se ve hastiado.
—¿Por qué estás así? —me atrevo a preguntar.
Se pasa ambas manos por el rostro y camina por la habitación, dejándome en medio de su frustración.
—No es nada importante, ¿bien? Hoy solo quiero estar solo.
Asiento, aunque él no me está mirando.
—Me iré a dormir —le digo—. Buenas noches.
Cuando tengo un pie afuera del estudio él me llama.
—Bella. —Me doy la vuelta y me encuentro con sus orbes dorados—. Solo no quiero hacerte daño, estoy enojado y prefiero alejarte de ello —murmura.
Vuelvo a morderme el labio inferior solo para no seguir insistiéndole, asiento por segunda vez y me marcho hasta la cocina para hacerme un té.
Llamo a mamá para darle las buenas noches y ella me cuenta que Marianne le preparó un postre tradicional de los quileute, muy propio de los habitantes de La Push. Me acuerdo de Jacob y prefiero cambiarle de tema, así que le comento que me he estado sintiendo un poco cansada estos últimos días, con todo lo de Rose y su hija, así que prefiere dejarme descansar y nos despedimos.
—Yo también te quiero, mamá. —Cuelgo el teléfono y me marcho hacia el baño de la habitación.
Edward aún no sale del estudio, es más, lo único que oigo detrás de las paredes es la música clásica que siempre pone cuando quiere concentrarse.
Me doy un baño entre pensamientos fugaces, tragándome la curiosidad y la preocupación. Edward parece desilusionado, como también bastante triste. No quiero comenzar a adivinar lo que puede estar pasando por su cabeza ya que es primera vez que no logro adaptarme a su comportamiento, es más, en este momento sería incapaz de adivinar qué rayos pasa por su mente y lo conozco tanto que aquello me asusta.
¿Qué pasó con Tanya? Suspiro. Debo dejar de pensar.
Tarareo una canción y me froto los brazos con la esponja. Eso es suficiente para dejar de pensar tanto.
Salgo de la bañera y me abrigo con las toallas y la bata, procurando secarme al mismo tiempo para meterme rápidamente a la cama. Cuando me desvisto y me pongo las bragas, un dedo curioso se aproxima a mi espalda baja, acariciándola. Me estremezco y me giro para mirarlo.
—Creí que estabas dormida —me susurra, mirándome de pies a cabeza.
—Me… me estaba bañando.
Nos quedamos mirando un rato y, por alguna extraña razón, necesito ponerme algo encima. Me cubro con una playera blanca de tirantes y me anudo el cabello en lo alto de la cabeza.
Pero antes de que pueda alejarme aún más de él, me sostiene la muñeca con sus dedos fuertes.
—¿Ya no estás molesto? —le pregunto en un hilo de voz.
—Aún lo estoy, pero no es contigo, claro que no —me dice.
—¿Y entonces con quién?
Respira con pesadez y se deja caer en la orilla de la cama. Yo hago lo mismo y pongo tímidamente una mano sobre su muslo. Lo quedo mirando mientras que él sostiene la suya en sus dedos, que se mueven constantes.
—Nadie es capaz de ver el arte como yo lo veo —dice al fin, marginando mi pregunta para no contestarla.
Le tomo una mano, pero él está muy rígido así que la aparto.
—¿Por qué lo dices? —inquiero—. El arte es subjetivo.
—Lo es —murmura—. Pero a todos esos directores les parece genial la idea de que debería utilizar mi noviazgo contigo para generar mayor atención hacia mi pintura, ya que lo mío es demasiado sensible para escalar con rapidez.
Tiene la mandíbula tensa y las manos más rígidas que antes. Yo no sé qué decirle. ¿Utilizar nuestro noviazgo?
—¿Demasiado sensible? Edward, eso es lo bueno de ti —exclamo—. ¿Cuántos artistas plasman los sentimientos como tú lo haces? ¿Cuántos de los que admiras lo hicieron? Sentir está en ti, ¿para qué escalar con rapidez si puedes hacerlo paso a paso, disfrutando de ello?
Lleva uno de sus dedos a mi barbilla y me mira, me mira de esa manera tan linda que tiene para decirme que soy su mejor confidente. ¿Y quién más que yo sé de lo que tratan sus pinturas? ¿Quién más que yo conocería tan bien su corazón plasmado en tantos trazos preciosos?
—No quiero usar lo nuestro, menos a ti —murmura, dando caricias furtivas por mi labio inferior—. Ellos ni siquiera entienden lo que quiero plasmar. Quizá nadie lo entienda al fin y al cabo y solo estoy perdiendo mi tiempo.
—No, eso jamás lo digas —le digo tajantemente—. Llegará el momento en que todo lo que haces cale tan fuerte en alguien que todo esfuerzo valdrá la pena. Créeme.
—¿Y si solo quiero que cale en ti y en nadie más? —Tira de mi labio inferior con su dedo pulgar.
Sonríe y me acerco para darle un beso.
—Eso ya lo hiciste. Confía en ti, regálale al mundo todo lo que tienes, aunque demore encontrarás la manera de que te entiendan —murmuro.
Asiente y me da un abrazo muy fuerte, como cuando éramos solo amigos. Es una sensación que me produce mucha nostalgia, pero me gusta, sobre todo el hecho de recordar que aún lo somos, amigos y amantes.
. . .
Marianne me abre la puerta y me da un gran abrazo, como si no nos hubiéramos visto hace muchísimo tiempo. Y la verdad es que nos vimos hace solo una semana. A pesar de todo, su calidez es enternecedora.
Al entrar a la casa veo a mi madre sentada en el sofá tejiéndose una bufanda. Al notar mi presencia deja todo de lado y se levanta para abrazarme.
—Suponía que vendrías sin Edward —me dice.
La miro algo extrañada, pero luego me encojo de hombros.
—Ven, vamos a la cocina a desayunar.
Es muy temprano y hay un sol muy cálido. Raro en Forks.
—Marianne y yo pusimos la mesa para ti. Te hice hot cakes. —Me señala la silla que hay frente a ella.
En la mesa hay jugo de naranja, té, panecillos y los calientes hot cakes con la miel al lado. Se ve delicioso.
Marianne se disculpa y avisa que tenderá las camas, mamá asiente y se prepara una taza de té sin azúcar, como es su costumbre. Se sienta frente a mí con el líquido humeante entre sus manos y me queda mirando un rato.
—¿Qué pasa, mamá?
Mira hacia la puerta y, al notar que no hay nadie, me atrapa las manos entre las suyas.
—Hay una conversación pendiente entre nosotras —comenta.
Me meto el tenedor en la boca y mastico.
—Mamá… ¿De qué hablas?
Me deja tragar mientras ella se bebe la taza con lentitud.
—Nunca pude contarte lo que Phill y Carmen me dijeron aquella vez en el hospital.
El hambre se me acaba enseguida.
Intento transportarme hacia aquel suceso y, de pronto, recuerdo perfectamente que mamá huyó de las palabras por muchas semanas hasta que dejé de insistirle. Es increíble que eso se me haya pasado por alto, nunca supe qué demonios le contaron para dejarla tan rota y asustada.
—¿Crees que sea necesario justo ahora, mamá? —le pregunto. Aunque muero de curiosidad, ella acaba de salir del hospital y es imprescindible que no se altere.
Pero por su mirada, sé que está decidida.
—¿Aún lo recuerdas?
Asiento, ella suspira.
—Vi a Carmen entrar pacientemente y yo la saludé como siempre lo hacía, a pesar de que tú habías pedido que no la permitiera en la habitación. ¿Te soy sincera? No me gustaba que me privaras de verla, el hecho de que me haya cuidado por tantos años… —No puede terminar.
Acaricio sus manos con mis pulgares.
—La gratitud —digo con la voz un tanto baja—. Te cuidó por muchos años, la quieres, lo sé. Yo tan solo…
—Carmen era más que una sobrina, se había convertido en la única persona que veía al despertar. Me hacía sentir menos triste y sola desde que te fuiste.
Me pregunto hasta qué punto es bueno eso.
—Y ya sabes, siempre me sentí un poco culpable por el hecho de que nunca se haya casado, vivió diez años conmigo y olvidó disfrutar de la vida. Que le ofreciera mi techo era lo mínimo para recompensárselo.
Niego y miro hacia otro lado. ¿Qué debía recompensarle? Carmen ocupó su dinero, el mismo dinero que yo le enviaba luego de vender las joyas que me regalaban los clientes del prostíbulo. De pronto siento cólera, una rabia inmunda que me eriza los vellos de los brazos.
—Carmen me miró al entrar a la habitación del hospital y me sonrió, pero estaba nerviosa, afirmó que solo venía a verme. Confundí torpemente aquel nerviosismo con la posibilidad de que tú llegaras, pero no fue así. —Suspira profundamente y sus ojos se tornan acuosos, profundos y muy cansados por el simple hecho de recordar—. Phill dio un paso adelante, me saludó un poco sardónico y luego me preguntó cómo estaba. Le pedí a Carmen que lo llevara hacia afuera o que diera aviso a Jane, pero simplemente se quedó parada sin decir nada. Me sentí muy decepcionada.
Ya no me impresiona la desfachatez de Phill, él no tiene vergüenza, está claro. Pero ¿para qué seguir haciéndole daño a mi madre? Ya hizo suficiente. ¿Jamás se cansará? Ese jamás me aterra muchísimo.
—Sus ojos cambiaron en un instante. Phill se acercó y apretó muy fuerte el fierro de mi camilla, lo recuerdo muy bien. ¿Y qué crees?
—Recordaste todo —afirmo y ella asiente.
—Viví su violencia por muchos años, es imposible que no reconozca sus movimientos, menos aún sus gestos amenazantes. Sabía que, de intentar gritar, él me haría algo. Carmen nos observaba desde el otro extremo, pero casi no se inmutaba. Phill comenzó a hostigarme y a rememorar todo lo que te hizo y todo lo que me hizo a mí, me puse a llorar de rabia y no pude evitar insultarlo. Creí que iba a golpearme otra vez. Pero no… —A mamá se le escapa un sollozo muy pequeño, uno tan triste que no puedo compararlo con nada, simplemente nada.
—Mamá —susurro con miedo mientras la abrazo con todas mis fuerzas—, ¿qué sucedió después?
Ella lucha por ordenar sus pensamientos y aclarar su atascada garganta, pero a ratos le es imposible. Cuando lo logra parece más atormentada que antes.
—Lo que me dijo fue peor que un golpe —sentencia con la voz grave y pastosa—. Carmen intervino junto a él y con ira comenzó a degradarte, a hablar cosas malas de ti…
—¿Cómo qué? —inquiero con un hilillo de voz.
—Que tú te negaste rotundamente a darme dinero cuando Carmen te lo pidió. Pero eso no puedo creerlo.
¡Qué injusto!
—Trabajé durante muchísimo tiempo en algunos lugares que simplemente no quisiera recordar, pero lo hice solo para vivir, mamá. Te mandé dinero cada mes y Carmen era mi intermediaria. Sin embargo, una vez me comentó que tú no querías nada de mí, que era un dinero sucio, así que aseguró que lo guardaría para cuando no te dieras cuenta.
Mamá arruga los párpados y luego los abre, alarmados.
—Nos mintió a ambas —susurra, arrastrando las palabras—. Yo nunca supe que me mandaste dinero, Bella, jamás llegué a gastarlo.
—Mi propia prima se rio de mí. Aun no entiendo por qué lo hizo, por qué mentir.
Por su forma de observarme sé que algo más sucedió aquel día.
—Se rio de ambas, hija. Hasta el día de hoy no puedo creer lo bajo que cayó.
—¿Qué más te dijo? —le pregunto en un hilillo de voz.
—Que tú eras una cualquiera, una mujer fría y manipuladora. Pero eso es estúpido, tú eres la mujer más dulce y pura que puede existir, eres mi niña, mi tesoro —me dice, acariciando mi rostro con la yema de sus dedos—. Sin embargo, para Phill esos insultos no eran suficientes, claro que no —se ríe sin gracia—. Me afirmó que fuiste prostituta en Nueva York, que tú…
—Que vendí mi cuerpo por unos cuantos pesos —completo.
Mamá me quita un mechón de la cara y me queda mirando como siempre, como su niñita.
—Entonces es cierto —susurra.
Asiento con una vergüenza que me come los huesos. No soy capaz de mirar a mi madre a los ojos.
—¿Cómo lo supo? —me pregunta.
—Se me escapó en una discusión con Carmen, ella debió decírselo.
Mamá sigue con sus caricias, como si no le hubiese confesado nada malo. Cuando me siento capacitada para mirarla a sus azules ojos, ella sonríe con tristeza.
—Fue en un burdel que tuve la desdicha de conocer. En un primer momento trabajé haciendo aseo en las habitaciones, pero el dinero no me alcanzaba y… se me presentó la oportunidad —le digo con los ojos llenos de lágrimas—. Los clientes me regalaban joyas y las vendí para enviarte el dinero a ti. Cuando Carmen me afirmó que rechazaste el dinero simplemente me rompió el corazón.
Ella rompe a llorar y me da un fuerte abrazo, mientras me susurra que no hice nada malo, que la necesidad simplemente pudo más.
—No estoy orgullosa de eso, mamá, no puedo estarlo —exclamo.
—Pero no puedes huir de eso, es parte de tu pasado —afirma con la voz muy fuerte—. Nada cambiará lo orgullosa que estoy de ti, nada de ti. Solo me hubiera gustado saberlo de tu boca y no de la de ellos. —Se encoge de hombros—. Sigues siendo mi niña, mi pequeñita hija a la que abrazaba todas las noches de lluvia y truenos.
Me aferro a mi madre y me dedico a sentir su aroma, su calor y su compañía. Ella no es capaz de juzgarme, no lo haría jamás.
Nos quedamos calladas un momento, yo acostada a su lado con mis brazos en su cintura, y ella me sostiene la cabeza bajo su barbilla, besándola de vez en cuando.
—Debo confesarte que no quería creerlo, o bueno, que no quería creerles a ellos —comenta, rompiendo el silencio—. Luego, al asimilarlo, sentí una gran culpa. Debí estar para ti, Bella, debí sostenerte cuando estabas débil…
—Claro que no, mamá, la culpa es mía —exclamo—. Si tan solo hubiese vuelto a Forks, jamás me habría convertido en una prostituta, quizá hubiese encontrado a Edward aquí y hubiera ahorrado diez años de dolor.
Una profunda tristeza le cruza el rostro y es incapaz de ocultar el dolor de aquella idea. Mamá fue testigo de todo ello, incluso más que yo. Mamá vio el dolor de Edward, lo más probable es que se preguntó día a día por qué no regresé. Quizá hasta la decepcioné.
—¿Por qué dejaste a Edward aquí? Te esperó tantos años —me dice con la voz melancólica—. Fue a buscarte a Nueva York cuando supo que residías ahí, pero regresó con las manos vacías. Si tan solo hubieras visto su…
La interrumpo para decirle concisamente que Carmen me engañó, que no pisé Forks porque ella afirmó que Edward estaba muerto y que me envió el papel del ejército. Mamá lo entiende todo en ese mismo instante, pero algo cruza brevemente su rostro, como si lo todo encajase perfectamente; Carmen nos arruinó la vida al igual que Phill. Y lo peor de todo es que nos dimos cuenta de eso mucho tiempo después.
—Él no lo sabe, ¿cierto? —me pregunta en un susurro ininteligible.
Niego. No puedo hablar.
Siento su suspiro.
—Bella…
—Lo sé —mascullo.
—¿Por qué no le has dicho?
Me paso el dorso de la mano por las mejillas para quitarme las pequeñas gotitas.
—Estoy aterrada, mamá.
Me mira de una manera tan comprensiva que me asusta. No soy la única que entiende las consecuencias de mi pasado.
—Es una parte muy importante de ti, cariño, ocultárselo no solucionará nada.
—No quiero perderlo, la sola idea me… —No puedo terminar. Cierro los ojos y percibo la electricidad atemorizante que me cruza la espina.
Y otra vez mamá me mira de forma comprensiva. ¿Quién mejor que ella puede entender el miedo de perder a quien amas?
—Edward podría comprenderlo —afirma—. Te ama tanto…
—Esa es la peor de las razones —confieso con la voz temblorosa—. Me ama de una manera tan pura que yo no puedo entrar en ello. Vendí mi cuerpo por dinero, lo hice para entrar a una película y luego dejó de importarme absolutamente todo. No es solo eso, mamá, mis errores siguieron durante toda mi estancia en ese sucio mundo. Lo único que sabe es que viví alcohólica y me manejé entre excesos, que nada me importó porque creí perdido todo en mi vida; la posibilidad de vivir con él junto a nuestro hijo, la de volver a verlo para pedirle perdón por mi huida y la idea de que tú me odiabas profundamente.
—¿A qué le tienes miedo? —inquiere.
—A que deje de amarme, solo eso bastaría para destrozarme. —Una punzada muy dura me cruza el pecho—. Sé que nada resultará hasta que conozca todo de mí, pero el miedo me ciega.
Mamá me acaricia el rostro con sus dedos y una lágrima le cruza la mejilla.
—Si hubiese sido valiente habría dejado a Phill y nada de esto habría ocurrido —me confiesa—. Si hubiese sido sincera… tu padre jamás… —Niega y cierra los ojos con brusquedad, limpiándose de paso las mejillas.
—¿Qué sucedió con Charlie, mamá? —inquiero. ¿Qué hubiese pasado si ella hubiera sido sincera? ¿Qué quiere decir?
—Tienes que decírselo, hija, debes hacerlo —cambia de tema notoriamente—. No hoy, claro que no, tampoco mañana. Pero que sea pronto, tanto como puedas. No quiero que te arrepientas de haber callado, Bella.
Me quito el cabello de la cara a falta de otra cosa. Me cruza la desesperación porque es más de un puñal en mi espalda. Edward tiene muchas razones para dejarme, solo que no las sabe todas.
—Lo haré, pero primero meditaré cuándo decírselo. No será en mucho tiempo, más bien luego —le digo con la voz neutra, casi fría a pesar de lo mucho que temo por dentro.
Es definitivo. Tengo que hacerlo lo antes posible.
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Muy buenas noches a mis fieles lectoras que aún están pendientes de mi historia, la cual ya entró en fase final. Debo aclarar a la chica que me ha enviado un mensaje en "GUEST" que no puedo contestarle al menos que tenga una cuenta en fanfiction, y que sí, yo sigo actualizando esta historia aunque tenga mil cosas que hacer :)
Con respecto a ello quiero informar que mis pruebas de universidad acabaron y que ahora estoy en exámenes finales, asi que tendré tiempito extra para actualizar lo que sigue. Gracias a las pacientes y fieles, esas que siempre me comentan la historia sin importar el tiempo que ha pasado y lo poco que he logrado avanzar en esta historia -Nenas, cuesta harto cuando tienes que estudiarte todo los órganos y demás u_u- pero soy feliz escribiendo, es lo que más amo y amo mucho más leer sus comentarios, en serio, me dan una pequeñita felicidad dentro de mis responsabilidades, a pesar de que fanfiction se convirtió en una responsabilidad más para mí, pero la disfruto a pesar de todo.
En cuanto a la historia, bueno, dije que Jacob y Charlie iban a sobresalir desde ahora, porque serán trascendentales desde ahora en adelante. ¡Y ojo que viene una sorpresa en la historia! Atentas chicas, que quienes han leído mis antiguos trabajos saben que mis fases finales no dejan nada suelto y menos la tensión.
Muchas gracias a todas, son geniales! Besos
