Una vez más, hola :D
Otra vez, aquí está el capi ¡wah! Traté de terminarlo lo más pronto posible *rueda por el suelo*
Es semana de exámenes, y debo estudiar, aunque no importa XD primero están los fics *lanza confeti al aire*
Muchísimas gracias por sus reviews :'D me hacen muy feliz (Guest, LadyPaulaSG, Nou-hime, Nana19, Ana Michaelis H, Mysticalls-123, LizzySego, Lhatatakeuchi, H. Carolina, Makira-chan, Kuna-chan, Novia de Sebas, Luna-chan, Sophia Edelstain) gracias por seguir aquí y leerme T.T
Este capi está un poco… mmm, sexoso. Tiene su razón de ser, al final hay una aclaración para que no haya spoilers :)
Sin más que decir, al capi, espero que les guste :)
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Capitulo XXXVI: Ese mayordomo, histeria
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Su nombre es veneno.
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Las agujas del reloj se movían lentas, calmadas, como quien teme apuntar la hora de la muerte de un pobre condenado. Caminaban con tal parsimonia que daba la impresión que no estaban moviéndose en realidad, que solo era un engaño visual para asustar a aquellos que temían la llegada de una hora en especial y que no sucediera lo que estaban esperando. Alguien como el dueño de aquello ojos color sangre, que estudiaban con particular ansias el marchar monorrítmico del reloj. Era una desesperación silenciosa la que se plasmaba suavemente en su rostro color crema, tan callada y apacible que cualquiera diría que únicamente se distrajo pensando en alguna banalidad, y no le prestaba especial atención al reloj; pero sus manos, hábiles, se habían detenido a mitad del trabajo, asentando el cuchillo sobre la hornilla y la otra seguía aún reposando sobre el lomo ahumado de cerdo que cortaba en rebanadas. Aún tenía la intención de seguir picándolo, pero su rostro estaba ausente, y no parecía que eso fuese a cambiar muy pronto.
Atrás de él, totalmente ajenos a lo que le sucedía, había una especie de kermes en la cocina. Escuchaba las voces de Alejandro, hosca y pesada, y la de Miranda, ligera y mucho más clara, hablando mientras cortaban los tomates y cebollas, discutiendo sobre la telenovela que tenía obsesionado al latino, quien maldecía y casi se soltaba a llorar de puro gusto al ver que Mari Cruz estaba a punto de consumar su tan esperada venganza; Sebastian aun no podía entender el fanatismo que sentía Alejandro hacía esas historias tan trilladas, invadidas de todo tipo de clichés.
Entretanto, Eleazar, quien hacía ya largo rato que había terminado de limpiar y desescamar los pescados, estaba sentado sobre la barandilla, leyendo el nuevo tomo de Bleach, con una cara tan sorprendida que daba la impresión de que no tenía ni idea de lo que iba a suceder a continuación –cosa que era ridículo, porque era bastante predecible-. Adelina únicamente estaba de pie, tan exánime e inmóvil como siempre, con sus enormes ojos observando el panorama genera, secando los platos, mientras que Lily y Minnie los lavaban. Estas dos últimas chicas no podían ser más distintas; mientras que la rubia era enérgica, soñadora, con una risa tan fácil que bastaba con decirle la palabra "lémur" y se caería a carcajadas, Minnie era tímida, silenciosa, y tan torpe y llorona que un bebé se quedaba corto a su lado.
Sin embargo, pese a que las chicas estaban haciendo un desastre con el jabón, Sebastian no parecía capaz de mirarlas, de dejar de observar el reloj, que poco a poco, cual ilusión terrible, se acercaba cada vez más y más a marcar las siete de la noche.
Entonces la campana del enorme reloj de péndulo de la sala sonó una vez… una vez más y una vez más, hasta que fueron siete.
Sebastian suspiró.
Las siete de la noche, y la señorita aún no estaba en casa…
¿Dónde estaba, entonces? Por una parte, le tranquilizaba no sentir un ardor en la marca del contrato –escondida bajo pesadas capas de maquillaje, cortesía de la misma endemoniada señorita que ocupaba sus pensamientos en esos momentos-, lo cual significaba que estaba fuera de problemas, que no corría riesgos, que su alma estaba a salvo.
Pero eso no significaba que estaba totalmente tranquilo. Algo muy dentro de él, lejos de ser parte del instinto de protección de su comida, de cuidar y reclamar lo que le pertenecía, había algo que lo hacía sentir realmente agitado y molesto, pese a que no lo demostraba. Se sentía inquieto, furioso, un tanto frustrado, y se sentía aún más ansioso por no saber qué era lo que le hacía sentir así.
Lo que si sabía, era que quería que aquella desgraciada, malagradecida e imprudente humana apareciera ya en el maldito recibidor. Que apareciera de una buena y jodida vez. No le importaba si aparecía empapada, arrestada por la policía o como fuera. Le enfurecía, le irritaba a un grado sorprendente el que, nuevamente, Elisse se hubiera largado a solo el Diablo sabe dónde, haciendo caso omiso a la petición tan amable que él le había hecho.
Aunque, para ser honestos, Sebastian nunca le dijo que saliese de la mansión… pero, si él estaba investigando todo lo que esa humana testaruda quería, ¿Por qué salía de allí? ¿Por qué se iba de la mansión? ¿Qué motivos tenía para hacerlo? ¿Acaso pensaba que él, un demonio milenario, con el poder suficiente para volar en pedazos esa mansión con solo un respiro si así lo deseaba, era solo su perro obediente y dócil que iba a cumplirle todos sus caprichos? Bueno, sí lo era, en parte, pero eso no significaba que la situación lo tuviera muy contento o satisfecho. Ya estaba comenzando a hartarse de que las cosas funcionaran de ese modo, que tuvieran un resultado beneficioso que era únicamente unidireccional.
Tampoco era que quisiera apresurar el contrato… es decir, ¿Cuál era el punto de eso? ¿Devorar su alma? ¿Terminar con todo?
No, definitivamente no quería llagar a eso… aun. No tenía sentido, y tampoco quería hacerlo…
-¡Eh, Sebastian! –la voz pesada de Alejandro lo sacó de su ensimismamiento. El demonio se giró lentamente, hasta mirarlo, aburrido-, ¿Qué es lo que sucede? Estas más callado que de costumbre.
¿Lo habían notado? Oh, quizás estaba siendo demasiado expresivo… más de lo que pensaba…
-Déjalo en paz, Alex –inquirió Miranda, regañando al mexicano, quien masculló algo entre dientes, y luego miró a Sebastian con calma-. Solo está preocupado porque Elisse aún no llega a casa.
Apretó los dientes, endureciendo el rostro; entonces era realmente obvio lo que pasaba por su cabeza, en especial para que ellos se diesen cuenta, aunque no había motivo para sorprenderse: después de todo esos sirvientes eran un montón de anormales.
-Ahh, ¡qué tal! –exclamó nuevamente Alejandro, con renovadas ansias de molestar. Caminó pesadamente hacía Sebastian, mientras se secaba las manos con una toalla, y cuando llegó a su lado, aventó el trapo al suelo, y le pasó un brazo por el hombro. La expresión de repugnancia en el rostro de Sebastian no tuvo precio-. Así son las mujeres; uno les da todo, las trata como reinas y ellas se largan sin siquiera decir adiós.
-Me pregunto con qué tipo de mujeres has tenido que tratar –dijo Eleazar, levantando la vista un momento de su manga, rodando los ojos, y enseguida, su expresión cambió terriblemente, a una de total depresión-, ¡No, Orihime-chan, no llores! ¡Ahhwwwuga!
-¡Eleazar enloqueció! Ku, ku, ku –rió Lily, lanzándole espuma al cabello del castaño, quien lloraba a moco tendido como si hubiera visto algo realmente terrible.
-¡De-déjalo en paz, Lily!
-Por favor, Alejandro –murmuró Sebastian, con voz de ultratumba. Ninguno de esos idiotas tenía idea de cuánto detestaba que lo tocasen. Cerró los ojos y contó hasta diez, esperando que aquel famoso método humano también funcionase en él-, te pido que me sueltes. Ahora.
Desgraciadamente, aquel método no tuvo resultados y Alejandro hizo caso omiso a su petición.
-¡Oh, vamos, escuincle! –exclamó el moreno, sin alejarse del demonio- ¡solo estoy…!
De pronto, toda la cocina fue invadida por un suave temblor, tan ligero, tan leve, que solamente se sintió en esa particular habitación, pero fue lo suficientemente fuerte como para que todos se quedaran pálidos, sorprendidos, incapaces de hablar o moverse. Todos ellos estaban mirando a Sebastian, quien tenía los ojos clavados en Alejandro.
Sebastian no necesitó mucho tiempo para darse cuenta de que actuaba de una forma exagerada. Su reacción ante la molesta actitud del muchacho no era correcta, ni justificable. En realidad, su furia, no estaba dirigida a él. Pero fuera como fuera, su naturaleza demoniaca le impedía sentirse culpable. Después de todo, el demonio no buscaba a un culpable por su malhumor, sino a una víctima con quien descargar su rabia.
La presión liberada poco a poco regresó a su cuerpo, dejando un vacío de energía entre los sirvientes, quienes parecieron despertar de un trance. Ninguno de ellos cayó al suelo, ni se derrumbó como un saco vacío de patatas, sino que se quedaron observando, con los ojos muy abiertos, la mirada de Sebastian; violeta y violenta, afilada como la Muerte.
-Es suficiente –comentó el demonio, ladeando la cabeza. Alejandro se alejó rápidamente de él, sin decir una sola palabra-. No deseo continuar con esa conversación. Iré a la biblioteca, y me gustaría que fueran capaces de terminar los arreglos para la cena sin venir a pedir socorro.
Esto último lo dijo con una sonrisa, extraña y casi sádica, en su pálido rostro. Todos asintieron rápidamente, sin sonreír ni hacer ningún otro gesto, y cuando Sebastian abandonó la cocina, todos se dirigieron una rápida mirada de complicidad, y volvieron a lo suyo.
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Luego de comprobar que no hubiera nadie cerca, deslicé la puerta corrediza con el mayor cuidado posible. Estaba más que consciente que, hacer el más mínimo ruido sospechoso, atraería a Sebastian, invocándolo desde los lugares más recónditos de la mansión.
Apenas Brad terminó de relatar su historia, insistió en acompañarnos a casa, pero la verdad es que me negué. Me sentía un poco culpable de haberlo utilizado y tratado de manipularlo. No se lo merecía. Y yo tampoco merecía su amabilidad. Así que tomamos un taxi y regresamos a la mansión. En el camino, Sylvette se mostró muy poco comunicativa, y pareció perderse en la inmensidad de sus pensamientos. Se veía extraña, lejana, con su cabello naranja en la oscuridad. Conversamos un poco, sin ahondar en las cosas que recién habíamos descubierto, y luego un molesto silencio invadió el espacio entre nosotras.
Eché un rápido vistazo a la sala trasera. El enorme piano de cola estaba tan silencioso como siempre, custodiado por los libreros y las mesas de mármol. No había nadie alrededor, y no se escuchaba un solo ruido por los corredores.
Era el momento ideal, y con suerte, Sebastian no nos vería llegar.
-Escucha –me volteé hacía ella. La chica dio un respingo, pero no hizo un solo sonido, aunque sus verdes ojos gritaban de ansiedad-. Vamos a subir por la escalera trasera, y tú vas a seguirme. Entraras en mi habitación, y te quedaras allí.
Ella hizo una mueca de disgusto, frunciendo el ceño.
-¿No crees que deberíamos avisar? –comentó con su vocecilla de plata. Le dirigí una mirada frívola, pero ella no pareció notarlo-. Son las diez de la noche; si el joven Sebastian ya ha llegado, podría estar preocupado. Tal vez lo más honesto sería decirle, ¿no crees?
-¡Oye! –susurré, aferrándome al marco metálico de la puerta-. Cuando seas tú quien tenga que enfrentar a su perro sobrenatural, hacemos lo que desees, pero ahora vas a hacer lo que yo diga. Conozco a Sebastian, y lo mejor es pasar desapercibidas. Quisiera evitarme el sermón de "eres humana y te puede matar hasta una mosca", ¡Si me disculpas!.
Sylvette hizo un gesto de desagrado, pero no dijo nada, y solamente asintió con la cabeza.
Entre tanto, yo me apresuré por la sala, escuchando tras de mí los pasos amortiguados de la pelirroja. Al llegar a la puerta, asomé lentamente por los lados, pero no vi a nadie, así que le hice una señal, y continuamos por el corredor.
Casi habíamos logrado la meta, y cuando vi las escaleras sencillas, supe que lo habíamos logrado. Sonreí, triunfante, y comencé a subir los escalones. Sylvette venía detrás de mí, con una expresión muy lejana a la felicidad. Lucía más bien como resignada, pero la verdad era que no me importaba. Al fin y al cabo, se trataba de mí y de Sebastian. Lleguemos al primer piso, y doblé la esquina, hacía corredor y…
-Buenas noches, señorita -… nos detuvimos en seco. Sylvette se estrelló contra mi espalda, y se excusó rápidamente, mirando al demonio frente a nosotras. Sebastian estaba de pie, cruzado de brazos, y me pareció muchísimo más alto y severo de lo que era en realidad. Sus ojos delataban su rabia.
No supe que decir; por primera vez, me tomó por sorpresa. Usualmente me habría comportado como una malcriada, pero su repentina aparición no me dejó ni siquiera contar con un plan B.
Pero no por eso iba a mostrarme derrotada. Le enfrenté la mirada, aun cuando podía ver sin problemas el color violeta demoniaco en sus orbes. Él levantó una ceja ante mi silencio.
-Señorita Greenwood, le pido por favor, que se retire –dijo, sin dejar de mirarme-, deseo tener una charla a solas con la señorita Bennett.
Sentí la inquietud de Sylvette tras mi espalda. Era obvio que no estaba segura de si debía dejarme a solas con un demonio.
-Joven Sebastian, no se enfade… -tartamudeó, apenas audible, y yo la miré de reojo, alarmándola de que no debía hacer eso. Estaba siendo impertinente, y Sebastian no estaba de humor-… yo… estábamos solo… fue culpa mía…
El demonio parpadeó, respirando profundamente, y cuando volvió a abrir los ojos, estos estaban sobre la pelirroja, clavándole una mirada que podría haber congelado el fuego de una hoguera. Nunca había visto antes ese tipo de miradas en él, y ésta claramente parecía ser más una amenaza que una advertencia. Creo que Sebastian estaba en verdad deseoso de matar a aquella chica; era fácil de leer en su expresión. Parecía estarse conteniendo de hacerlo, quizás solo porque yo estaba presente, o porque quizás ese acto desataría la furia de cierto Shinigami, y no estaba en posición de vencerle.
Pero lo deseaba; quería matarla, hacerla pedazos. Y aunque esto no me perturbó en lo absoluto, a Sylvette pareció golpearla con la fuerza de mil rayos.
La chica palideció, incuso su cabello pareció volverse opaco, y aunque podía notarle a leguas que estaba asustada, no se movió un solo centímetro. Sus ojos volvieron a mostrar una firme convicción y me apretó el brazo, como si temiera dejarme sola con él y que me hiciera daño.
Esto claramente hizo que la paciencia de Sebastian llegase a su límite, pude verlo en su rostro. Abrió los labios y sonrió ligeramente, lo suficiente para que pudieran verse sus las puntas de sus colmillos, al tiempo que su labio superior se coloreaba de un perverso tono oscuro. Estiró la mano hacía ella, y no sé si Sylvette estaba demasiado asustada para moverse o se mantenía firme porque temía por mí, pero ella se quedó clavada en su sitio.
Entonces, cuando Sebastian estuvo a punto de tocarla, se detuvo. Cerró los dedos hasta convertirlos en un sólido puño. Me pregunté a que se debía ese cambio de opinión, y no encontré ninguna explicación lógica hasta que escuché una leve risilla atrás de nosotras.
-Uh, esos no son buenos modales, pajarillo –me volteé rápidamente, dándole casi la espalda a Sebastian, solo para encontrarme con la blanca silueta de Undertaker. Estaba de pie, detrás de nosotras, y tenía ambas manos colocadas sobre los pequeños hombros de Sylvette, que lo miró con una mezcla rara de sorpresa, preocupación y alivio-. Interrumpir una conversación entre esta gente tan elegante... he, he~ ¡chica traviesa!
Le tocó la nariz con el dedo índice, y ella dio un respingo.
-¡No… no es eso…! Yo solo estaba… No quería… -Sylvette trató de hablar, pero el Shinigami volvió a hacerla callar, tapándole descaradamente la boca con su mano. Ella pareció pasmada, casi tanto como yo. Creo que ninguna de las dos entendía de donde rayos había salido.
-Querida, debes entender que tus nobles intenciones no son siempre bien recibidas –comentó el albino, meciéndose de un lado a otro, como un barco, presionando a Sylvette contra sí. Vi como el rostro de Sylvette pasó de tener un claro color crema a un profundo carmesí en menos de un minuto-. Verás, ju, ju~ el novio simplón de la diminuta señorita Bennett, no es una criatura muy paciente. Tampoco es muy prudente, y es bastante impulsivo por lo que pude ver…
Aunque claramente me sentí ofendida por ser llamada "diminuta" –cuando esa chica era más baja que yo, maldición- no pude evitar reprimir los deseos de insultar a ese Shinigami. Podría decir que mi ira se derritió al observar detenidamente a Undertaker. No porque estuviera Sylvette, ni porque estuviera allí mi demonio; sino porque, al pronunciar esas palabras, aunque había una sonrisa burlona en su rostro, los ojos del Shinigami, que asomaban peligrosamente por entre su flequillo, tenían una expresión casi diabólica, un brillo malicioso y amenazador. Recordé entonces lo que nos había dicho la noche anterior, cuando le preguntamos sobre la pelirroja. Tenía la misma expresión, la misma amenaza grabada en sus orbes extraños: algo terrible pasaría si nos inmiscuíamos en sus asuntos.
-Seguir aquí podría hacer que causes algún inconveniente. Y, no queremos que haya problemas, ¿verdad? –preguntó con un tono juguetón y aparentemente tranquilo, inclinando su rostro hacía la pelirroja, quedando peligrosamente cerca del suyo, y en el momento que ella lo vio, se ruborizó aun más que antes. Chiquilla estúpida. Undertaker levantó la vista, aun con la violencia grabada en sus ojos. Sebastian pareció hervir de rabia internamente, pero no dijo nada-. Después de todo, ha sido un largo día, je, je~… y cuando estoy cansado, no soy tan bueno…
Hubo un momento en el que nadie dijo nada. Sebastian únicamente guardó silencio, y yo me paralicé en mi sitio. Cualquiera que nos hubiese visto, habría pensado que éramos estatuas en el medio del corredor. Tanto como mi demonio como yo, pudimos leer la advertencia entre líneas del Shinigami, y creo que no necesito explicar mis razones para temerle. Era más que obvio, luego de ver la clase de paliza que le propinó a Sebastian.
-Bueno, creo que ya todo se ha dicho, ¿no~? –dijo finalmente el albino, rompiendo el silencio con su voz rasposa-. Lo mejor será que nos retiremos, querida –sin quitarle la mano de la boca a Sylvette, quien me lanzó varias miradas preocupadas, mas por mí que por ella, el Shinigami se alejó por el pasillo, arrastrando a la pelirroja- ¡Buenas noches, pequeña Sebastian! Y lo mismo para usted, señor Simplón~
Y desaparecieron por la esquina del corredor.
Miré al piso, pensando. Por un lado, no podía evitar preguntarme los motivos de Sebastian para tenerle tanta rabia a esa chica. Aunque quizás me equivocaba: tal vez su odio iba dirigido a Undertaker, y por eso deseaba herirla. No era muy difícil de comprender, pero a mí no me importaba entenderlo. Yo quería saber un por qué.
Escuché a lo lejos la puerta del cuarto de Sylvette cerrándose, y fue entonces que me di cuenta de que era tiempo de hacer algo. Lo primero que atiné a hacer no fue lo más prudente –por no decir que fue lo más estúpido-. Comencé a caminar, pasando al lado de Sebastian, quien me siguió con la mirada, pero aun así no me detuve.
-¿A dónde va, señorita? –preguntó.
-A mi habitación –respondí secamente, alejándome aún más.
No pasó mucho tiempo hasta que comencé a escuchar sus pasos sigilosos, casi pisándome los talones.
-Pensé que estábamos a punto de tener una conversación –soltó, con su voz afilada como cuchillas. Estaba buscando pelear, yo lo sabía. Pero también sabía que yo no quería discutir con él-, O, es que, ¿acaso ha optado por huir? Algo tan común en los humanos ordinarios…
Entré de lleno al primer cuarto que encontré; la biblioteca. Todo estaba en silencio, los libros sigilosos en sus respectivos estantes, y el ambiente olía a té de manzana con canela. Me detuve al llegar al medio de la habitación, y me llevé una mano a la frente, confundida, controlada. Ese último comentario de Sebastian me había hecho enfadar, pero estaba haciendo mi mayor esfuerzo por no pelear. Él me estaba provocando.
-No estoy huyendo –mascullé, entre dientes-. Es solo que no quiero tener esta conversación…
Él se detuvo justo detrás de mí. Casi pude sentir su ira desprenderse de su cuerpo, pero no iba a caer en esa trampa.
-Oh, pero si pensé que era su tema favorito –soltó con mordacidad-. Pareciera que le gusta escucharlo de mí, que disfruta que le recuerden su fragilidad. Usted no comprende. Es obstinada, imprudente.
-No me hables como si fuera una niña –gruñí, aun conteniéndome, exprimiendo mi paciencia hasta límites insospechados.
Súbitamente, él me tomó por el mentón, levantando mi rostro, obligándome a mirarlo. Aquel gesto fue terriblemente brusco, y me sacudió todo el cuello, dejándome desorientada por un momento, pero eso no me impidió ver sus ojos llameando con furia, la frustración. Tenía el rostro compungido, con una extraña expresión que yo había visto en él muy pocas veces.
Preocupación.
-No lo hago –se defendió, y su voz sonó demandante, exigiendo ser obedecido, aunque nunca la levantó. Abrí mucho los ojos, sorprendida por su forma de actuar. Pensé que iba a lanzarme mil maldiciones, a insultarme, a hacerme pelear, pero al parecer, ambos buscábamos el mismo objetivo-. No estoy jugando, señorita. Debido a las cosas que hemos descubierto últimamente, debería tomar un poco mas enserio su seguridad. No puede arriesgarse como siempre lo ha hecho, ni siquiera debería considerar la idea de rondar por los alrededores.
Tragué saliva. Era obvio que decía las cosas por mi bien. Sin embargo, no podía evitar sentir esa amargura de saber que, en parte, era porque le convenía. No se daría el lujo de perder su cena de una forma tan fácil. No lo haría.
Y aunque eso era un buen motivo para discutir, también era un motivo estúpido. Yo lo sabía, ¿no es así? Sabía que esas eran las razones por las cuales me protegía, yo lo sabía desde un principio. Pelear ahora por eso, solo porque mis sentimientos habían cambiado…
Era ridículo.
Así que tomé una gran bocanada de aire, y lo miré directamente a los ojos.
-Lo entiendo –susurré. Decirlo me costó más orgullo que esfuerzo, y la reacción de Sebastian fue muy difícil de olvidar. Pareció realmente sorprendido, casi estupefacto. Me pregunté si se le habría pasado por la cabeza la posibilidad de que salieran esas palabras de mi boca-. Lo siento…
Se alejó lentamente de mí; el calor de sus dedos abandonó mi rostro, al tiempo que me observaba aun, con incredulidad.
-Me alegra que lo haga –comentó, con su voz teñida con infinita amabilidad. Sus ojos parecieron volverse líquidos, y todo rastro de furia desapareció de su semblante.
Y yo… bueno, tengo que ser honesta y decir que me sorprendió un poco, aunque me agradó verle feliz… y me sentí orgullosa de haber podido controlar mis instintos asesinos y mi sed de armar una guerra cada vez que ese tipo de cosas pasaban.
Ladeé el rostro hacía un lado, claramente enfurruñada, aunque no me di cuenta de que estaba sonrojada hasta que él se alejó, riendo por lo bajo.
Me enfurruñé aun más.
-Buena chica.
-Idiota.
Volvió a reír, más alegremente que como jamás yo lo hubiese escuchado, aunque mantuvo su porte elegante y estoico. Giró y avanzó con parsimonia hasta quedar frente al enorme escritorio caoba, que había convertido, desde hace mucho, en su oficina personal. Me sorprendió no haber notado antes la masiva cantidad de papeles que tenía sobre de la misma.
-Déjeme preguntarle algo, señorita –dijo, rebuscando algo entre las carpetas, y algunas hojas cayeron al suelo. Lo miré atenta, y el pulso se aceleró en mis venas-, ¿debo asumir que, pese a sus irresistibles e irremediables intentos de ponerse en peligro, ha reunido un puñado de información valiosa?
Dejé caer los hombros, un tanto pasmada. Por un momento pensé que iba a comenzar una nueva discusión.
-Supones lo correcto… –mascullé, rascándome la sien con un dedo, pensando que, aunque las cosas que Sebastian había dicho no eran en si una contribución a la investigación, eran cosas importantes. Sin embargo, digamos que tenia la ligera sospecha de que a Sebastian no le agradaría mucho el hecho de que haya pasado la tarde entera en compañía de mi rubio favorito.
Afortunadamente no tuve que seguir hablando, ya que inmediatamente, el demonio regresó a mi posición, dirigiéndome una carpeta manila, sosteniéndola delicadamente entre sus dedos. Y aunque poseía una mirada triunfal, estaba claro que era solo una pantalla para no decepcionarme.
-En ese caso, debo decirle que yo también lo hice –tomé la carpeta, hojeándola. Dentro había páginas con datos de cuentas bancarias, un viejo escudo familiar, algunas notas escritas por la mano de Sebastian. Si soy honesta, no entendí absolutamente nada de lo que me presentaba, pero no quise lucir como una tonta, así que fingí leer todo hasta el final-. Al parecer, aquella mancuernilla es única en su clase. Muy cara, sobra mencionar. De fabricación francesa. Sin embargo, no he podido rastrear al dueño… -asentí con la cabeza, un poco decepcionada. En el fondo, ambos sabíamos que no había muchas posibilidades de encontrar al responsable, así que no fue sorpresa. Pasé otras hojas, fingiendo leerlas, aunque luego de un rato, las ignoré completamente, y busqué algo que yo pudiese entender. Al pasar la última página, encontré un recorte de lo que parecía ser un catalogo antiguo, en blanco y negro, y en el medio del recuadro decorado con flores, rodeado por un texto borroso, había una hermosa silla, tallada finamente en madera. Entrecerré los ojos, observándola con precaución. Me parecía muy conocida-. También encontré la fábrica que reproducía esas bellezas.
-¿Es como la de la foto? –tenía los mismo diseños en los reposaderos de brazos, aunque el respaldo me confundía- ¿Cómo supiste…?
-Estaba en los diarios que me dio a leer, ¿recuerda? –respondió, con la misma calma de siempre. Había olvidado ese detalle.
-Ah… -cerré la carpeta de golpe, un tanto desorientada-. Bueno, lo que yo encontré es un poco más interesante… -eso fue claramente un insulto, por si lo preguntan-. Al parecer, el libro que usó Babette para invocar… lo que fuera que invocó en la mansión Bell… está en posesión de Mark Slender… -vi el rostro confundido de mi demonio, y antes de que pudiese extraerme información y supiera que Brad estuvo enredado en el asunto, saqué mi celular de mi bolsillo, buscando rápidamente las fotos-. Lo tenía en su mochila –él pensó rápidamente lo que yo haría y se acercó de dos zancadas hacía mi. Las pasé una por una, lentamente, aunque pude notar un poco de impaciencia en su mirada por cada segundo que yo perdía pasando las fotos una por una; probablemente, su cerebro demoniaco procesase las cosas mucho más rápido que un humano-. Lo más extraño son estos números, aunque estoy segura que la segunda serie, es el día de muerte de la señora Bell…
-Ciertamente, lo es –confesó, frunciendo ligeramente el ceño, delineando su pálida mandíbula con uno de sus dedos-. Aunque no estoy seguro de que sean los otros. Aunque me parece que estos –señaló el grupo de varios números juntos, separados de los demás-, podrían ser coordenadas. Una ubicación, tal vez…
Levanté la cabeza, extrañada. No se me había ocurrido aquello, aunque no sonaba como una locura.
-¿De la mansión Bell? –era lo más probable, aunque tenía la sensación de que era demasiado obvio como para tomarlo por hecho. Últimamente las cosas eran tan difíciles que ver algo tan sencillo… me hacía dudar. Demasiado-. Quizás… ¿del estadio?
-Podría ser. También podría tratarse del sitio donde murió la señora Bell –parecía estar más adentrado en saber la verdad de lo que yo estaba. Me pregunté, una vez más, como si verían todas las piezas del rompecabezas desde su punto de vista; seguramente era mucho más sencillo de lo que era para mí.
Sebastian suspiró con pesadez, como un niño que se da cuenta que no puede resolver un ejercicio de algebra y necesita ayuda, pero es demasiado orgulloso como para pedirla.
-Bueno, ¿Qué se supone que hagamos ahora? –pregunté, aun sin levantarme. Él se pasó una mano por el oscuro cabello, dudando. Por lo que pude ver, no tenía ni la menor idea de que decir, o quizás ya no quería seguir hablando del asunto.
-Me temo que no tenemos lo suficiente como para avanzar más en la investigación –confió con serenidad, pero aun así, pareció un poco consternado. Una parte de mi sabía que él diría eso, aunque me negaba a aceptarlo…
Sobre todo porque yo sabía un par de cosas más que podrían sernos de ayuda.
Si soy honesta, estaba bastante entusiasmada por continuar averiguando más cosas. No sé si era por la adrenalina de casi haber sido descubierta por los titanes, o por aquel extraño enfrentamiento –e intento de asesinato- de parte de Sebastian hacía Sylvette, o por el simple hecho de que, por primera vez, mis impulsos imprudentes habían traído como consecuencia algo bueno.
Desgraciadamente, la expresión que surcaba el rostro pálido de mi queridísimo demonio, parecía indicar todo lo contrario. Lucía como alguien que ha estado escuchando la misma canción por días enteros, y ahora solo quieres tener silencio.
Pensé en insistirle, pero me sentí egoísta. Me pregunté en cuanto problemas se habría metido para encontrar los datos que me había brindado. No eran cosas que se encontraban con tanta facilidad.
-Quizás… ¿debería traerle la cena? –lo miré, un tanto desorientada. Él estaba de pie, a unos metros de mí. Me dio la impresión de que dudó por un momento, pero al ver que le sonreí, asintiendo con la cabeza, pareció soltar un largo suspiro de alivio.
-Sí, eso me gustaría mucho, de verdad –dije, depositando las carpetas manila a un lado de mí, sobre una pequeña mesita de ébano.
No dijo nada más; únicamente asintió, y salió por la puerta, abriendo y cerrando con tanto cuidado que, de no haberlo visto marcharse, no me habría dado cuenta de que había abandonado la habitación.
Tardé un poco en darme cuenta de que me había quedado sonriendo durante bastante rato. Me abofeteé mentalmente, aunque en el fondo ya sabía que era inútil negar lo obvio. Era incluso más estúpido el simple hecho de comportarme como si no fuera algo cierto.
Me puse de pie y merodeé un poco por la habitación. La noche anterior habíamos estado con Undertaker en el piso superior, charlando sobre cosas que, de no ser por los cambios ocurridos en los últimos diez meses de mi vida, jamás habría podido tomar con seriedad. Aquel capítulo de mi vida, siendo una patética niña inocentona e ingenua, cuyo único objetivo en la vida era encontrar el amor y casarse, me parecía tan lejano, tan irreal. Era más como un sueño, un recuerdo difuminado; así como recordar un viejo cuento de ensueño que te hacía sonreír, y ahora lo lees, y te das cuenta de que no es tan increíble como pensabas que era.
Te das cuenta de que la vida no es una novela rosa, ni un cuento de hadas. La vida te sacará los ojos, hará de ti no más que escoria, si no eres fuerte. Te aplastará bajo su peso.
Súbitamente, escuché un crujido afuera de la habitación; como si alguien hubiera pisado una piedra al dar un paso, y el roce de los metales de la cerradura sonaron extraños. Giré de un solo movimiento, confundida; algo estaba mal. Algo en esos sonidos me alertó terriblemente, y me sentía aún más desorientada, al ver entrar a Sebastian, a pasos agigantados, a la habitación.
Iba a acercarme a él, a preguntarle qué había ocurrido. Fue como si el tiempo se hubiese vuelto más lento, como si todo girase lentamente a mí alrededor. Sin embargo, me miró de forma repentina, y en sus ojos pude ver un extraño brillo, una pincelada, fríamente disimulada, de una preocupación latente, una furia que le rodeaba el cuerpo, brotando a flor de piel.
-Mantén la calma, por favor –soltó con un gruñido, tan frívolo que resonó en su garganta, y tuve que detenerme en mi sitio. Lo observé, sin saber que era lo que sucedía… ¿a qué se refería con esas palabras? ¿Qué quería decir? ¿Qué había pasado? Algo lo había hecho volver sobre sus pasos-. Esta vez, no me iré, no importa que pase…
-¿No te irás? ¿De qué estás…?
Entonces, sin dejarme terminar, alguien tocó a la puerta. Fue solamente un golpeteó que duró menos de un par de segundos… pero fue lo suficiente para lograr que se me congelase toda la columna.
Miré a Sebastian, gritándole y preguntándole con los ojos que demonios sucedía, rogándole que no fuese lo que parecía que era. Toda la sangre escapó de mis manos, de mis pies, y un frío nerviosismo invadió inmediatamente mi sistema nervioso.
No era posible…
No de nuevo…
Sebastian abrió la puerta rápidamente; ya estaba a un lado de ella, de cualquier modo. Yo hice un gesto desesperado, estirando la mano hacía el frente, queriendo gritarle que se detuviera en ese mismo instante y que me escondiese en cualquier sitio.
Pero no hubo tiempo para nada de eso. Y afuera, en el pasillo, estaba de pie el pálido y estoico guardaespaldas de los Titanes de Saint Joseph. Escuché la voz de Minnie, temblorosa y lacrimosa, diciendo algo casi inentendible, una disculpa, y luego Marius rió alegremente, pidiendo una disculpa juguetona hacía Sebastian. Al parecer, nuevamente había irrumpido en la mansión, sin permiso de nadie.
-Me temo que no soy muy buen amigo de los protocolos, monsieur Sebastian… -susurró, al tiempo que entraba en la habitación, con la misma parsimonia de siempre.
Al principio, no me miró; pareció quedarse admirando el esplendor de la biblioteca, mirando de lejos todos los títulos que formaban parte de nuestra colección. Su rostro parecía el de una estatua: aunque estaba tallado con sumo cuidado y sutileza, había algo muy duro que no podía ser ignorado. Y ahora, con ese traje gris que usaba, sus facciones parecían aún más pétreas de lo que eran.
Fue en ese momento que desvió sus ojos del frente, y clavó los orbes amatistas en mí. Sentí como si me hubiesen desnudado de un solo golpe; me sentí evidenciada, frágil, desnuda e indefensa en el medio de un caos hostil. Nuevamente el temblor, nuevamente el miedo. Nuevamente la sensación de que una serpiente se enroscaba alrededor de mi cuello…
-¡Ah, mademoiselle Bennett! –inquirió, sonriéndome tan ampliamente como le era posible. Su sonrisa era tan encantadora que era grotesca-. Es un gusto volver a verle…
Tragué saliva, asintiendo, aun congelada en mi sitio, mandándole ordenes claras y directas a mi cerebro, pidiendo a golpes que funcionase y no colapsara en ese momento.
¿Por qué estaba allí? ¿A qué había venido ahora? No había considerado ningún motivo, hasta que relacioné su visita con mi intromisión en los vestidores de Saint Joseph. Dirigí mis ojos hacía él, incapaz de poder controlar mis expresiones, y una oleada de pánico y terror puro me llenó en el instante en el cual me planteé la posibilidad de que quizás estuviese allí por mí.
¡¿Y si me había visto?! ¡¿Y si nos había visto hurgando en las cosas de Mark?! ¡¿Y si había venido a matarnos?!
De pronto, sentí la terrible urgencia de lanzarme a sus pies y echarme a llorar, clamando perdón por lo que había hecho. Quizás, de ese modo, no nos mataría… no querría matarme…
Entonces, la pesada voz del demonio llenó el salón.
-Me temo que ha venido en un mal momento –la voz de Sebastian me golpeó como una descarga. Usó un tono de voz demasiado firme, muy distante del que usaba comúnmente; creo que lo hizo para ayudarme a concentrarme. Fue como una llamada de atención, y supe que lo mejor que podía hacer era actuar como si nada hubiese pasado. Pedir perdón por algo de lo que nadie se ha quejado, sería como lanzarme directamente al fuego de una hoguera-. La señorita no se siente del todo bien.
Marius rió por lo bajo, aun sin quitarme sus férreos ojos de encima. Observándome. Reptando sobre mí.
-Ya lo veo –confesó, mirándome de pies a cabeza-, ¡Pobre mademoiselle Bennett! Siempre que le veo, luce como si estuviera al borde del colapso. Hace que mis visitas no sean tan agradables, y menos cuando se trata de algo tan simple como lo que me hizo pasar por aquí.
Esto último lo dijo que si fuese algo terrible. Podría jurar que escuché mi corazón latir, arrítmico, golpeándome por todos lados.
-¿Q-qué motivos serían… esos? –apreté los dientes. Sebastian se adelantó ligeramente hacía donde yo estaba, mirándolo con desafío.
-Creo adecuado decirle, que quizás se deba a que sus visitas inesperadas no son de nuestro agrado –rodeó cuidadosamente a Marius, hasta que se colocó a un costado de mí, observando al guardaespaldas por encima del hombro. La urgencia de lanzarme a sus brazos era tan abrumadora como soportar una operación sin anestesia. Tenía demasiados deseos de dar una orden; que Sebastian hiciera pedazos a ese imbécil.
Marius pareció sorprendido, abriendo mucho sus extraños ojos. Pero fue una expresión que solo duró un segundo, y seguidamente, pareció entristecerse. Fue tan real, tanto, que por un momento me sentí culpable.
-Eso es muy rudo de su parte, monsieur Sebastian…
-De cualquier forma, es su culpa; es usted quien parece siempre llegar en los momentos incomodos.
-Lamento que sea así, entonces… -suspiró el albino, con una leve tristeza en sus ojos. Todo rastro de soberbia desapareció, y sentía algo muy extraño en el estómago. Todos los intestinos se me hicieron un nudo apretado contra la columna vertebral.
¿Qué esperaba? ¿Qué quería en la mansión? ¿Por qué no lo decía y se largaba de una vez?
Como si me hubiera leído la mente, se encogió de hombros, y entonces me miró con una infinita dulzura.
-En realidad, solo pasaba a saludar. No tengo muchos amigos aquí, en Londres, y pensé que sería agradable visitar a mademoiselle Bennett y a monsieur Sebastian, quienes, debo mencionar, han estado haciendo un excelente trabajo vigilando a mis chicos –sonaba exactamente como los vendedores profesionales; persuasivo en exceso, con la cantidad correcta de inocencia e ingenuidad necesaria para lavarle el cerebro a cualquiera-. Aunque no hay motivos para preocuparse; no me quedaré mucho tiempo, así que ¡no ponga esa cara, mademoiselle! –dijo, señalándome con el dedo, de una forma demasiado amistosa.
Sus movimientos aun me parecían los de una venenosa serpiente.
Estiré la mano hacía Sebastian, y apreté su brazo con mis dedos. No se movió un solo centímetro, y levantó una mano por sobre mi hombro, cubriéndome a medias. Sentía que no podía respirar por la presión que la presencia de Marius ejercía sobre mí…
-¿Ah, y eso? –inquirí, hablando por lo bajo. Sentía que era lo correcto, que era lo que debía hacer, aunque sea para disimular mi terror latente.
Una parte de mi rogaba que su respuesta no fuera: "solo vine a matarlos a todos".
-Solamente me encuentro de paso –confesó, apacible, irguiéndose. Su ondulado cabello rozó sus pómulos de una forma meramente angelical.
Creo que solté un suspiro de alivio; Sebastian me miró, de una forma que para cualquiera, habría significado simplemente una acción vaga, pero fue algo más. Se dio cuenta de que le estaba ocultando algo importante. Se dio cuenta que no le había dicho algo.
-No planeaba quedarme mucho tiempo, en realidad, solo quería pasar a saludar. Acabó de dejar a los chicos aquí, en su preciosa mansión, pero aun debo ir por el monsieur Slender y monsieur Riccino… -se llevó una mano a la pálida frente, suspirando, confesando algo que seguramente ya había repetido antes-. Mark es realmente dedicado, y Sarin no se queda atrás. Ambos ponen toda su pasión en sus respectivas disciplinas.
-Puedo decir que son chicos muy sobresalientes –masculló Sebastian, con su voz de piedra. Marius lo miró amablemente, con un obvio agradecimiento en su expresión.
-Sí que lo son… -confesó. Algo en la suavidad de sus palabras, además de todo lo que había visto en el casillero de Mark, me hizo atar pequeños cabos que no había logrado identificar hasta ahora… ¿era posible que esos dos…? -. Pero, ¡no hay razones para estar tan tensos, monsieur Michaelis! Relájese; no he venido aquí a pelear…
Vi como la mandíbula del demonio se relajaba lentamente. Pareció cambiar algo muy sutil de su aura, pero se mantuvo a mi lado. Sonrió.
-Y yo tampoco busco eso, monsieur Gelan –el rostro del aludido pareció iluminarse súbitamente al escuchar el acento francés con el que habló el demonio, del mismo modo que Sebastian había cambiado hacía unos momentos-, pero, repito; me temo que es un mal momento.
Marius aspiró aire, y dejó que saliera lentamente por su nariz. Entonces dirigió sus extraños ojos hacía mí, y ese simple movimiento me paralizó de tal forma, que le hundí las uñas al demonio en el brazo.
-¿Qué le ha sucedido a mademoiselle Sebastian? –inquirió desde su sitio, observándome como si fuera un médico-. Ahora que lo menciona, se le ve más pálida que de costumbre…
-Asma –respondió Sebastian rápidamente, al tiempo que me sujetaba una mano con su brazo libre. Sus dedos se enredaron en los míos, y no entendí que quería hacer hasta que comprendí que le estaba haciendo daño. Aflojé el agarre, pero aun así continuó buscando mi mano-. Es una chica muy frágil. Sufre de muchos padecimientos. Siempre ha sido así.
De no haber estado paralizada, le habría hecho un escándalo, aunque tenía la razón. Tengo una gran cantidad de alergias y enfermedades; tantas que, hasta hoy, me pregunto cómo es que sigo viva. El asma es una de ellas, aunque nunca he tenido un ataque en forma, y solo son momentos leves en los que a veces me cuesta respirar, pero nunca he necesitado de un inhalador.
Marius pareció considerar por un minuto preguntar algo más; su rostro anguloso denotaba curiosidad, pero entonces se detuvo y, llevándose una mano al rostro, peinándose el cabello hacía atrás con los dedos, desistió. Me dio la impresión de que notó algo importante, pero no dijo nada más.
-Es una pena… me gustaría hacer algo para ayudarle… pero me temo que no es posible –se quedó un momento con su mano sobre el rostro, y súbitamente, sus ojos se desviaron de mí, hacia el puño del traje, que estaba justo sobre su frente. Entonces sonrió alegremente, como si hubiera tenido la mejor idea del mundo y me pregunté de qué diablos se trataba todo eso-. Aunque podría hacer… una cosita de nada…
Mientras Marius parecía estar acomodándose la manga del traje, Sebastian pareció confundido; dirigió rápidamente su mirada hacía mí, con los labios entre abiertos y yo me sentí tan desorientada como él. No entendía que rayos hacía Marius…
-Aquí, tengo algo para vous… -me había distraído tanto mirando a mi demonio, que no supe ni en qué momento Marius caminó hacia nosotros. Cuando reaccioné, estaba a un metro de mí, y podía sentir el aroma de su colonia sin ningún problema. Casi salté como un gato, bufando y a punto de atacarlo, pero no pude hacerlo…
Estiró una de sus manos, y me sujetó la muñeca, lentamente, acercándola a él. Solo porque Sebastian estaba allí, no hice nada por alejarlo de mí de un golpe. Abrió mis dedos con una de sus manos, y con la otra, colocó algo frío en el medio de mi palma, para luego volver a cerrar mi puño.
-Es una cosita de nada, como dije, pero es muy especial para mi… -me confió, suavemente. Sus palabras sonaban cargadas de nostalgia, pero había algo maligno en su tono de voz. El violeta de sus ojos pareció relampaguear por un momento-. Espero que le traiga tan buena suerte como a mí, mademoiselle Bennett. O, al menos, que le sea útil para encontrar lo que buscas. Cuídala; es mi favorita.
Me quedé con el puño cerrado, observando a Marius Gelan, confundida. Me parecía tan extraño que solo hubiese venido para visitarnos; era demasiado sospechoso. Vi que se despidió de Sebastian, haciendo una reverencia sencilla, y el demonio le correspondió. El pálido hombre caminó hacia la puerta y salió como si nada hubiera pasado, mientras Sebastian y yo nos quedábamos inmóviles, sin saber que rayos había pasado.
Me miré el puño cerrado, y lo abrí, curiosa, para ver de qué se trataba todo ese circo. Sebastian se mantuvo a mi lado, igual de inquieto que yo.
Entonces abrí por completo el puño, y allí sobre mi piel, había algo brillante y metálico. Al principio, no le encontré forma, pero entonces, al voltear a ver a Sebastian, al ver su extraña expresión sorprendida…
Fue cuando pude ver realmente que era.
Quité la mano de un solo movimiento, lanzando aquel objeto al suelo, y me alejé de un salto, brincando hacía atrás. Tropecé con una mesa, y aunque pude mantener el equilibrio, los libros y el mueble cayeron estrepitosamente sobre la alfombra, al tiempo que aquello que reposaba sobre mi mano, rodó unos centímetros lejos de mí…
No lo quería cerca… no lo quería cerca de mi…
Allí en el suelo, allí en la alfombra, yacía, redonda y plateada, con la misma "x" negra y gótica, brillando con las pequeñísimas piedras preciosas, como un diabólico y maligno resplandor lejano de una llama del infierno, estaba la pequeña mancuernilla… el par perdido…
Era idéntica a la que Undertaker nos había dado la noche pasada…
Me agité terriblemente, jadeando, y creo que incluso empecé a sudar. Me alejé de mi sitio, caminando rápidamente hacía una de las paredes, y llevándome las manos a la cabeza, y traté… ¡De verdad, traté! Hice un esfuerzo por poner las cosas en orden, por ponerle un sentido a todo aquello… pero no lo encontraba…
Fuera quien fuera que había robado los documentos de Undertaker, tenía esa mancuernilla… Y si la mancuernilla la tenía Marius, quien estaba relacionado con la restauración de la mansión Bell, con el libro de brujería, y, al mismo tiempo, con el asesinato de Rachel Collins…
Rachel Collins me buscaba a mí. Rachel quería matarme a mí. Rachel había sido asesinada por los Titanes y Marius ¡¿cierto?! Pero, Marius no sabía que yo lo investigaba… ¡¿CIERTO?! ¡¿Cómo sabía que yo tenía esa mancuernilla?! ¡¿Cómo sabía que me sería de ayuda?! ¡Undertaker me había dicho lo mismo la noche pasada! ¡¿Estaba relacionado con ellos?! ¡Tenía que hablar con Undertaker! ¡Tenía que hablar con él!
¡Vendrían a matarme! Estaba segura de eso… ¡Mark y los Titanes venían a matarme! ¡Y si no lo hacían ellos, lo haría Marius… o Claude… o Abigail... o Lydia! ¿Qué era Marius Gelan? ¿Cuál era su objetivo…?
¡¿QUÉ DEMONIOS ESTABA PASANDO!? ¡¿PARA QUE ROBARÍA MARIUS LOS DOCUMENTOS DE UNDERTAKER!?
No sé qué haya pasado en ese momento. No sé qué haya sucedido. Lo que sí sé, es que yo estaba demasiado alterada como para actuar de una forma razonable. Le grité a Sebastian algo que no recuerdo, mientras él hacía un esfuerzo por sacarme del rincón donde me había metido, y yo lo pateaba, lo golpeaba, le escupí para que me dejase en paz.
Recuerdo que me tiré al suelo, caí de rodillas, y vomité. Estaba temblando cuando Sebastian nuevamente trató de levantarme, pero yo me sacudía, asustada, y creo que estaba teniendo un ataque de asma. El mundo era un borrón oscuro a mi alrededor, y todo sonido quedó reprimido bajó un zumbido agudo, que me sacudía el cerebro.
Lo último que recuerdo, fue el rostro de Sebastian, muy cerca de mí, hablándome, pidiéndome algo. Vi sus ojos enrojecidos, pero ni siquiera aquella furia fue capaz de hacerme volver en mí…
.
o.o.o
.
No quería ir a mi habitación.
Soledad. Tinieblas.
No hay luz. No hay seguridad.
No hay nada a lo que yo pudiera aferrarme allí.
Me hice un ovillo al pie de la cama de Sebastian, quien estaba sentado del otro lado de la cama. No sabía que estaba haciendo, ni que estaba pensando, ni que estaba mirando. Pero lo hacía en silencio. En total y completo silencio, sempiterno. Ni un ruido, ni un solo crujido en la habitación, más que la tormenta que golpeaba las ventanas, y los rayos que estremecían el cielo. Ni un solo sonido. Ni luz. Ni soledad. Ni tinieblas.
Pero él estaba allí. Y era todo lo que yo quería.
No sé si quedé inconsciente. No sé si me desmayé. Lo que sí sé, es que cuando abrí los ojos, estaba sola en mi habitación. Algo me miraba desde el techo. Un ruido infernal sonaba en mis oídos.
Tenía miedo.
Y me arrastré como una cobarde por la cama, cayendo de bruces sobre el suelo. Me torcí un dedo, pero estaba bien. Podía arrastrarme aun. Y eso era lo que necesitaba. Las voces sonaban con fuerza. Las tinieblas se extendían desde la ventana, reptando dentro de la habitación. El mal seguía reptando. Era cierto entonces.
Tenía miedo por los demonios.
Abrí la puerta, enrollada en la sábana, gritando sin gritar, gimiendo sin gemir, pensando con los instintos, y sintiendo con cada fibra de mí ser, como el mal había echado raíces en mí, desde hacía mucho tiempo.
Tenía miedo por los demonios que moraban en mí.
Llegué a su habitación, y cuando no lo hallé me dejé caer contra la cama. Allí también había oscuridad. También había tinieblas, y fuerzas oscuras que yo no podía controlar. Pero era algo conocido. Así que estaba bien. Me encontraba a salvo. Podía vivir con mi oscuridad, porque así era como debía de ser.
Estaba bien. Lo estaba.
Él volvió pronto, con el té en un carrito. No lo miré, y cuando trató de tocarme, me liberé de sus manos con un empujón.
-¡NO ME TOQUES! ¡AH, NO ME TOQUES! –no quería que me tocara. Nadie debía tocarme. Yo seguía dentro de la jaula. Yo seguía siendo una bestia herida. Yo seguía herida. Nadie debía tocarme.
No podía mirarlo a los ojos, y luego de intentarlo varias veces, se dio cuenta de que era inútil, y se alejó. Caminó hacia la puerta, decidido, y cuando pensé que iba a irse, vi que solamente había cerrado la puerta. El crujido del pestillo hizo eco en mis oídos. Las voces seguían allí, durmiendo, reptando como el mal, como la serpiente. Silenciosa. Momentos de piedad y vanidad. Momentos de impotencia y poder. Eso era yo; una masa de carne con impulsos violentos e inmorales.
Un cuerpo de fluidos que jamás podría ser perdonado. El mal me había alcanzado. Ya no solo era mí aliado…
Era mi enemigo…
Lo sabía…
Sabía que acabaría matándome…
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.
-Brad me contó sobre ellos…
Mi voz sonó como una canción en mis oídos. Rompió el silencio como una lanza, y escuché a Sebastian respirar pesadamente. Yo seguía con los ojos clavados en alguna parte de la nada, incapaz de moverme, de girar, de hacer algo por mí misma.
-Acerca de Marius… y Mark… y los Titanes… -seguí hablando. Mi voz sonaba como una grieta en el hielo-. Sebastian tuvo un accidente. Perdió un brazo. Y escapó del hospital, porque sería el final de su carrera como esgrimista…
-Señorita…
-Y Marius lo encontró… -mis palabras salieron rotas, y brotaron mil lágrimas de mis ojos, sin que yo pudiera detenerlas. Sin que yo quisiera detenerlas. No hice nada por ocultarlas. No hice nada por fingir. No les presté atención-. Y cuando volvió, tenía el brazo de vuelta. Y se volvió fabuloso, y antisocial. Y comenzaron a ganar las competencias. Y entonces encontró a alguien que… podía vencerle…
Los zapatos lustrosos de Sebastian entraron en mi campo de visión súbitamente. Estaba de pie junto a mí, pero era como si realmente no estuviese allí. Las voces me gritaron que me callase, pero era demasiado tarde como para hacerles caso…
-Señori—
-Era Rachel, Sebastian –solté, con un hilo de voz. Narrarlo era peor que escucharlo, porque comprendía que era cierto. Comprendí que alguien estaba jugando conmigo. Comprendí que, tal como Ronald me dijo aquella noche; yo no podía contra todo eso-. Era Rachel Collins: la Poltergeist que vencimos el invierno pasado. Era ella.
Él guardó silencio. No podría decir si estaba sorprendido o pasmado. Pero se quedó callado.
-Entonces, ahora comprende que, tal como lo sospechábamos antes, su memoria fue manipulada…
Entonces levanté la vista, y lo observé desde abajo, como lo hace una niña pequeña. Abrí mucho los ojos, y él pareció impresionado. Sentí algo cambiar en su aura, aunque no sabría decir que fue. Quizás mi rostro lucía mas desencajado que nunca. Quizás la locura se había filtrado por mis ojos.
-La mataron, y ahora vienen por mí… -respondí, y aquellas palabras hicieron mella en mi interior. Me quebré por dentro, y sentí las garras de la oscuridad más cerca que nunca. Me sentí tan desesperada, tan desesperanzada, que jamás podré olvidar la sensación de vacío que creo en mí. Era como perder la vida, la fe, el alma, y seguir vivo sin ningún propósito, sin encontrarle motivo a tu existencia. Sentía deseos de acabar con mi vida en ese momento-. ¿Y si él es un demonio, Sebastian? ¿Y si todo lo que quiere, es que yo desaparezca? Desde que comenzó todo esto… parece que el mundo conspira para asesinarme… para hacerme sentir infeliz… La Muerte me persigue, Sebastian; tú eres la prueba viviente. Mi familia, mis antepasados… todos ellos acarreaban la muerte, era su intima amiga…
-No debería hablar así, señorita… -su voz era un susurro en el medio de la noche, como un canto en el medio de la lluvia. Sus manos me rozaron las mejillas, y yo encontré sus ojos en la oscuridad-. Aun cuando eso sea cierto; la Muerte, el tiempo… No dejaré que le alcance. Úseme, tal y como es debido. Déjeme ser su espada…
Escuché sus palabras en el medio del caos que era mi mente. Sentí la calidez de sus manos, envolviéndome.
Pero solo vi los ojos de un demonio. Vi las crueles intenciones bajo ese trato fingido, esa piedad actuada, esa necesidad tan estúpida y amarga que no era más que una sombra de algo que no existía.
Y solté una carcajada. Era tan irónico. Era tan ridículo que él dijera esas palabras.
-¿Tu… me protegerás de la Muerte? –pregunté, y no pude terminar la frase, porque estallé en carcajadas. Reía y lloraba al mismo tiempo. Reía y gritaba, porque no podía seguir evitando aquello- ¡Pero… si tú eres la Muerte, Sebastian…! Tú eres la sombra que me ha perseguido desde el comienzo, y me perseguirá hasta el final… Tú eres el único monstruo que existe en mi vida. Eres un demonio… pero, ¡te comportas como el caballero de dorada armadura en esta ridícula historia!
Me detuve un momento, dejando que los jadeos y los sollozos escapasen de mi boca. A esas alturas, ya no hablaba con él. Hablaba conmigo. Y con todas las voces en mi cabeza.
-Pero, soy yo quien tiene que entenderlo… -volví a hablar, y empecé a llorar tan histéricamente, que apenas y podía pronunciar las palabras-… porque sigo teniendo la ridícula esperanza de que, un día, puedas darme lo que necesito... y puedas permanecer a mi lado, sin condiciones, sin un precio a pagar, sin ataduras…
Llevé mis manos a mi rostro, hundiéndome en mí, en mi propia miseria, en mi propia estupidez. Ahora, todo aquello que profese antes, me parecía ridículo. Amar a un demonio… era como matarse lentamente. Había elegido la relación más problemática y destructiva.
-Sebastian… -sus manos me tocaron las muñecas, pero su tacto me quemó como el hierro al rojo vivo. Activó toda esa rabia, esa furia, ese dolor. Me retorcí como pude para alejarme de él, y me puse de pie. El simple movimiento me mareó demasiado como para no tropezarme, pero no me interesaba en lo absoluto.
-¡No me toques! ¡No te atrevas a tocarme! –espeté, señalándolo con el dedo, bañada en lágrimas, furiosa e histérica. Todo giraba a mí alrededor. Sebastian pareció demasiado sorprendido, demasiado impactado por mis palabras-. ¡TU ERES LA CAUSA DE MI DESGRACIA! ¡DE TODOS MIS PROBLEMAS! ¡No vengas a decirme que "vas a protegerme"! ¡ESO ES PURA BASURA! ¡PURA BASURA DE MIERDA! ¡Y AMBOS SABEMOS QUE ES VERDAD! ¡LO QUE QUIERES ES MI ALMA! ¡Y es lo único que te retiene aquí!
-Elisse, tienes que sentarte… -dijo calmadamente, con las manos extendidas hacía mi. Su rostro lucía como el de alguien que no quiere escuchar más, pero no iba a dejarme ver lo que realmente pensaba. Aun así, sus ojos se volvieron líquidos, y algo en ellos parecía rogarme que no continuase.
Pero no me importó.
-¡NO DIGAS MI NOMBRE, TÚ, ASQUEROSO ENGENDRO! –sacudí la mano en su dirección. Si daba un paso más… -¡No tienes derecho a hacerlo! ¡Siempre dices que jamás mientes…! ¡¿Por qué no somos honestos y me dices la puta verdad?! –avancé hacía él, quien ahora miraba al suelo, con una estoica actitud en su rostro- ¡Que todo lo que haces, es una actuación! ¡Que nada de esto es real! ¡ES UNA FARSA!
Algo en su semblante se quebró, algo cambió, y la arrogancia, la seguridad; todo eso desapareció por un momento. Se quedó callado, inmóvil, tan en silencio, tan lejano que pensé que se desvanecería en el viento. Durante largo rato, solo escuché el estrepitoso sonido de mi respiración, la lluvia que golpeaba las ventanas con una furia antinatural.
Continué apuntándolo con el dedo varios segundos más, mientras que el silencio tomaba posesión de todo lo que había a nuestro alrededor…
Volví a hablar, pero las palabras, ahora, parecían morir en mi garganta…
-… ¿Tienes alguna idea… de cuanto te odio? –Yo sabía que no era cierto… pero no podía decirle la verdad-, ¿De cuánto… quiero… que te pudras… en el más profundo rincón del infierno por todo lo que has fingido? ¡¿Y sabes que es lo que hace aun más triste esta patética historia…?! Que al mismo tiempo, siento todo lo contrario –abrí los brazos, como para recibir algo que no era verdad, que no estaba allí. Sus ojos se clavaron nuevamente en mí; se levantaron del suelo, y se hundieron en mi rostro, y temblé por dentro. Eran los ojos firmes y severos, esa mirada terrible y decidida que me tenía tan encantada y podrida al mismo tiempo -… ¡Y SOY UNA ESTÚPIDA POR HACERLO! ¡Porque, aun cuando yo me preocupe por lo que pase contigo… tú no dudarás ni un solo segundo en acabar conmigo…! ¡NO VAS A DUDAR NI UN SOLO SEGUNDO EN QUITARME LA VIDA AL FINAL DE ESTA RIDÍCULA AVENTURA! De hecho… ¡¿Por qué no lo haces ya?!
Di un paso hacía él, empujándolo por el pecho. No vi su reacción por las tinieblas. No vi sus ojos, no vi nada más que mis propias manos sobre su ropa. Su cuerpo cedió ante mi fuerza, no puso ningún tipo de resistencia ante lo que yo hacía, aun cuando él podría haberme detenido con un solo dedo.
Lo odié. Lo odié. Lo odié. Realmente lo odié esa noche.
-¡MÁTAME! ¡Toma mi alma en este momento! ¡AHORA! ¡ES UNA ORDEN! –sentí mi ojo arder violentamente; con tanta fuerza, que sentí algo espeso y caliente rodar por mi mejilla. No eran lágrimas; era sangre. Me manchaba la ropa, el rostro. Pero ni eso fue lo suficientemente fuerte como para detenerme. Empujé al demonio contra la pared, y su espalda hizo un ruido hueco al contacto, mientras que su cabeza sonó pesadamente. Estábamos allí en las sombras, en la oscuridad, y ni la luz de los rayos escasos de la luna nos alcanzaban allí. Estábamos en las tinieblas. Justo donde él pertenecía…
Donde ambos pertenecíamos.
Pero no se movió. No hizo nada por defenderse. Y yo me enfurecí aun más, si es que era posible. Sus ojos no se movían de mi rostro, como un ruego silencioso.
-¡¿POR QUÉ NO HACES CASO A LO QUE TE ORDENA TU AMO?! ¡MÁTAME! ¡¿QUÉ ES LO QUE ESPERAS?! –tan furiosa, tan desesperada, tan histérica… -¡ES UNA ORDEN! ¡ES UNA ORDEN…!
Le jalé el cabello, lo abofeteé, y le golpeé el pecho hasta que me dolieron las manos. Lo hice cientos de veces, y grité mil y una vez que me matase, que acabara con mi vida. Que lo hiciera, y desapareciera para siempre. Que me dejase de una vez. Todo esto era cierto; Sebastian, tristemente, me había hecho más miserable de lo que ya era en realidad.
Pero yo no tenía el valor de deshacerme de él, era por eso que ansiaba con tanto anhelo que él se deshiciera de mí. Yo no tenía la fuerza para verlo marchar, para despegarme de él por mi propia voluntad… me era más fácil verlo irse sin mí, solo porque él así lo quería. Entonces yo no podría hacer nada al respecto…
Yo quería… que de verdad… fuera real todo ese teatro…
Me solté a llorar como jamás lo había hecho antes. Gritaba, gimoteaba y sollozaba con tal intensidad que la garganta me dolía, y todas las voces en mi cabeza guardaron silencio. Yo era una niña ridícula y enamorada, que había elegido el camino de la autodestrucción y el dolor, y ahora buscaba a alguien a quien culpar por eso. Pero no había nadie más que yo... Y me odiaba por eso, y lo odiaba a él. Y odiaba a todos, porque me hacían miserable, culpable y rencorosa.
Súbitamente, Sebastian me tomó por los hombros. Sus manos apretaron con firmeza mi carne, y sentí su mejilla contra mi sien. Se movió con lentitud, con parsimonia. Cerré los ojos, porque pensé que iba a hacer lo ordenado. No me di cuenta hasta ese momento, que su mano enguantada, donde tenía la marca del contrato, había comenzado a sangrar, y toda su manga estaba teñida de rojo.
-Me quedaré aquí, hasta que te duermas… -susurró con su voz de medianoche, con amabilidad, como si jamás hubiese pasado ese episodio de locura.
Apreté los ojos, frustrada; había perdido mi tiempo… quizás, en el fondo, él sabía que necesitaba sacar mi odio: no ese odio por los asesinos de Michelle, no ese odio por Marius, ni por mi debilidad. Me refería a ese odio que siempre estaba allí, silencioso, avanzando, echando raíces en mi, en silencio. Era ese odio el que necesitaba sacar.
Deslizó la punta de su nariz por mi cuello, por mis hombros, aspirando con lentitud. Me tocaba como si el movimiento más leve fuese a romper el precario hechizo que había soltado sobre mí. Pero yo no iba a moverme. No iba a hacer nada para detenerlo. Estaba herida, profundamente herida. Desvalida e indefensa.
-Me quedaré, hasta que puedas dormir. Me quedaré aquí toda la noche, si es lo que necesitas… -sus dedos resbalaron por mi espalda, y su voz se volvió más oscura que antes… y también más triste-. Ódiame, si es necesario. Tomaré esa rabia, ese odio con gusto, y me sentiré agradecido…
Entonces me apretó, con una lentitud total, contra su cuerpo, descendiendo con sus manos, y su boca, susurrando en mis oídos como el demonio que era, hablando contra mis labios. No había esa pasión oscura y sensual, tan usual en sus palabras. Hablaba como quien se cuenta un secreto preciado y valioso. Demasiado preciado como para contarlo a cualquiera. Demasiado valioso como para ofrecerlo a cualquiera.
Apreté mis uñas en su carne, haciéndole daño, pero él reaccionó solamente con un suave suspiro, apretándome aún más, tal y como si mis intentos de herirlo fueran un regalo para él…
-Tomaré gustoso… -dijo, mientras saboreaba lentamente la carne, la piel, los temblores-… cualquier cosa usted quiera brindarme. Y me sentiré feliz… mi lady…
Había sangre en mis uñas. Había sangre en mi cuello, y en sus labios. Sus manos hallaron un sitio por donde pasar a través de los botones y el algodón, y dejó que las mías le hicieran tanto daño como era posible. Buscó mi cuerpo con el suyo, acallando los gritos del odio, con una frialdad triste que brotaba de su sudor. Su nombre era un susurro que se moría en mi garganta, y se hundió muy profundo conmigo, en la inmensidad de la tenebrosa penumbra.
La habitación giraba lentamente, en calma. Las voces continuaron gritando. La sangre volvió a hervir y su sabor metálico minó todos los sentidos.
Las tinieblas siguieron allí, avanzando, reptando…
-Muy feliz…
… hasta que me hundieron en la oscuridad…
o.o.o
Unos pasos se escucharon en los camerinos. Eran lentos, cuidadosos y secos, golpeando con seguridad el suelo, y haciendo ruido con las zapatillas deportivas. Aquella persona no temía, no tenía intenciones de ocultar su presencia, y se introdujo en el laberinto vacío de bancas y casilleros, que era en esos momentos los cambiadores. Continuó avanzando, hasta que, finalmente, se detuvo en seco frente a una maleta negra, abierta, y escrupulosamente, la recorrió con la mirada. Luego de hacer una comparación mental, no le fue difícil darse cuenta de que alguien había echado mano en ella. Ni siquiera tuvo que revisarla, y tampoco es que quisiera hacerlo, o que tuviera el tiempo. Únicamente se la colgó al hombro, se limpió la frente, que sudaba febril, y salió caminando, tan tranquilamente como había entrado a ese sitio.
Paseó los achocolatados ojos por la extensión deportiva que se abría ante él; el enorme estadio fácilmente podría haber servido para varias pruebas olímpicas, aunque no para todas, y las altas gradas hubieran podido albergar sin problemas a más de diez mil gentes, lo cual parecería demasiado, pero dada la magnitud de alumnos, padres de familia, maestros que formaban parte del personal docente en cada escuela, mas invitados y ese tipo de cosas, era más que suficiente. Incluso, tal vez, hasta muy poco.
Hizo un rápido cálculo mental: en Saint Joseph había cerca de cien alumnos por grado, lo cual sumaba, en total, seiscientos alumnos en la primaria, trescientos en la secundaria y unos trescientos más en la preparatoria. Aproximadamente, había, al menos, unos doscientos jóvenes estudiando en grados superiores, lo cual daba un total de aproximadamente mil cuatrocientas personas por escuela. Tal vez exageraba un poco, pero los chicos de primaria iba a hacer porras, a presentar bailables en las ceremonias de apertura, y cada escuela presentaba un poco de lo suyo a las demás. Y, claro, todos los niños pequeños irían acompañados de sus padres, y a veces, por sus hermanos, así que era más gente para acomodar. También estaban los jueces, las porras, los invitados, y las personas que no pertenecían a ninguna de las cuatro escuelas, pero también querían ver el espectáculo. Y es que eso era en realidad, un verdadero espectáculo de la capacidad física, mental y psicológica de los alumnos. Incluso daban becas para los ganadores.
Sonrió, lentamente, subiendo por una de las escalinatas laterales, dirigiéndose a la salida del enorme domo deportivo, dándoles la espalda a los numerosos participantes, que entrenaban con rudeza. Salió a un largo pasillo, caminando entre la penumbra, y luego un rato, estuvo fuera finalmente. La salida daba al gigantesco estacionamiento, igual o más grande, que la explanada central del estadio, y estaba a penas iluminado por algunos reflectores blancos, cuya luz sobre el pavimento lo hacía lucir como si estuviese mojado.
El sonido de un auto en movimiento lo hizo detenerse. Miró por encima de su hombro, y divisó un enorme auto negro; una elegante limosina de cristales polarizados, tan oscura que parecía un espectro bajo la luna. El automóvil avanzó despacio, hasta que una de las puertas laterales quedó frente al muchacho, quien sin más ni más, estiró la mano para abrir la puerta, pero antes de que sus dedos tocasen la superficie lisa de la manija, otra mano, enguantada, lo detuvo, tocando suavemente su piel.
-No es necesario, ma chérie –Mark sonrió, con ligereza, parpadeando un par de veces. No tuvo que mirar a su lado para saber que el dueño de aquella voz vasta y dulce, también sonreía.
-Puedo hacerlo yo mismo, Marius –respondió el moreno, mirándolo con amabilidad, sin bajar el brazo. Aquellos ojos amatista no dejaban de observarlo, y cuando dijo lo último, se sorprendieron un poco-. No eres un esclavo, ni un sirviente, ¿recuerdas? No es necesario que me trates así.
El albino se mostró un tanto desilusionado, casi herido por aquellas palabras, pero el joven levantó rápidamente su mano y sujetó la del otro por un momento, clavándole sus orbes acaramelados, que con la escasa luz parecían pétreos ojos de tigre*. Se miraron durante largo rato, en el que ninguno de los dos dijo nada, ni hizo ningún intento de moverse. Hasta que, finalmente, el muchacho soltó la mano del pálido hombre, y prosiguió a entrar en el auto. Marius esperó a que la puerta se cerrase para volver al asiento del conductor, de la misma forma tan silenciosa como había salido.
Dentro del auto, Mark depositó su mochila a su lado, recostándose sobre el asiento de cuero, y cuando se disponía a cerrar los ojos, una voz, rasposa, hosca y burlona, lo detuvo.
-Vaya, las cosas estaban un poco tensas allí afuera, ¿no es así? –El moreno suspiró pesadamente, para luego erguirse, mirando hacia el frente, de dónde provenía la voz-. Tal vez quieras que me marche por mi cuenta… No es como si quisiera ver algo "indebido"…
-¿De qué hablas, Sarin? – preguntó Slender, ahora un tanto molesto, aunque sus definidas cejas no se movieron ni un centímetro. Tampoco es que fuese a demostrar abiertamente su molestia; claro que no.
El otro bufó, soltando una seca risotada, que fue parcialmente ahogada por el sonido del auto arrancando, avanzando.
-Mark, por un demonio, te conozco de años –los ojos verdes del muchacho resplandecían en la oscuridad, reflejando la luz que se colaba por las ventanas opacas-. Sé cómo funcionan las cosas contigo, y no es que me moleste, sin embargo no soy un fisgón. Si tú y ese sujeto van a ponerse serios, no tengo ningún problema en dejarles solos.
Slender se mantuvo sereno, sonriendo apenas. Levantó la vista, observando al conductor del auto, quien mantuvo sus extraños ojos clavados en el muchacho, solo durante un momento, para luego fingir que se había distraído con algo del camino.
-Marius es alguien muy preciado para mi… -comentó, con la voz muy suave, como si estuviese hablando de un preciado bien, que temía fuese arrebatado de sus manos. Sin embargo, súbitamente su mirada se volvió ligeramente triste-. Pero me temo que… es solo eso.
El conductor también pareció ensombrecerse, ligeramente, como si aquellas palabras hubieran calado dentro de él.
-Así que, no te preocupes, no interrumpes nada, Sarin…
El aludido mantuvo la boca cerrada, un poco escéptico ante las palabras de su compañero. Era difícil creerlo, aun cuando lo decía directamente. Había demasiados roces entre ellos como pare negar lo que era obvio. Pero no había nada que hacerle; si era esa su decisión, por algo sería…
-En fin… -soltó el albino, bufando de lado, un tanto incomodo, estirándose sobre el asiento, con los brazos estirados y las rodillas abiertas-. Supongo que vamos a seguir con lo planeado, ¿no?
Había un claro dejo de molestia en la voz y en los ojos verdes y relampagueantes de Sarin, como si estuviese hablando de algo terriblemente asqueroso.
Mark sonrió, de la manera más condescendiente que le fue posible.
-A mí tampoco me agrada ir allí, pero es necesario. Por eso te pedí que me acompañases.
-¿Planeas usarme como carnada, mientras tú y Gelan van a los oscuro? –Ahora estaba claramente molesto, y apretaba sus blancos dientes con furia-. ¡Maldita sea, preferiría cualquier cosa con tal de no ir a ese prostíbulo de cuarta!
Mark pareció a punto de decir algo, pero se quedó callado. Estaba a punto de defender la integridad de esas señoritas, pero la verdad es que no podía. En realidad, sí se comportaban como chicas de un prostíbulo de cuarta.
-Solo será un momento; y no tengo planeado pasar siquiera al lobby –los ojos achocolatados de Mark se endurecieron súbitamente, y su apacible expresión se transformó en una mueca de asco-. No quiero que pase lo de la otra vez…
-Perras en celo…
-Sarin, por favor –definitivamente, su amigo tenía problemas de lenguaje.
Riccino hizo un gesto de desesperación, sacudiéndose todo el pálido cabello. Slender no comprendió a que se debía esto, hasta que notó que el auto se había detenido. Estaban frente a una casa enorme, de altísimas rejas negras, y desde afuera parecía una réplica pequeña del palacio de Versalles. No pasó mucho tiempo para que las puertas se abriesen, dejándoles el paso libre. El brillante auto negro se deslizó por una avenida larga, rodeada de rosales tupidos de enormes flores, y altísimos arboles de cerezo en flor. Finalmente, el auto se detuvo frente a un enorme pórtico blanco, y el brillante piso reflejaba las columnas como si fuera un espejo medieval.
Ambos chicos salieron del auto; Mark cerró la puerta suavemente, mientras que Sarin la aporreó, como desahogando en ella su frustración, y maldijo algo entre dientes. Sabía que, probablemente, no fuera a salir de esa casa maldita sin al menos haber sido tocado por dos pares de manos. Diablos, odiaba a esas personas…
Sin embargo, Mark solamente lo miró, tratando de que la severidad en sus ojos, disolviera los deseos asesinos de su pálido amigo. Sarin solamente rodó los ojos, caminando hacía el castaño, quien ya estaba de pie frente a la puerta blanca, diseñada finamente en madera.
-No seas grosero, ha sido un día largo –pidió con amabilidad el moreno, haciendo que el albino se encogiera de hombros, enfurruñado-. Déjame hablar a mí.
-Como quieras…
Mark suspiró, resignado. A veces detestaba la actitud tan hostil de su amigo, aunque apreciaba su presencia; era el único que había accedido a acompañarlo, sin tener que insistirle demasiado.
Presionó el timbre, y desde afuera, se pudo escuchar el claro sonido de la campanilla, resonando en el interior de la casa. No pasó mucho tiempo para que se escuchase pasos apurados, acercándose cada vez más a la puerta, y en cuanto el ruido metálico del pestillo hizo presencia, ambos chicos aspiraron violentamente, como si al abrirse la puerta, fuera a liberarse algún gas venenoso.
Pero no fue nada como eso. Atrás de la puerta, vestida con un camisón de satín, estaba Abigail Williams. Su ondulado cabello lucía un poco despeinado sobre sus hombros delgados, y el camisón, pese a ser lo suficientemente largo como para cubrir hasta por encima de sus rodillas, el escote en su pecho era demasiado revelador, aun cuando no era exactamente voluptuosa.
Los miró a ambos con curiosidad, sonriendo provocativamente. Sarin la miró de arriba abajo; en realidad, no era una chica fea. Era bastante atractiva –quizás demasiado delgada para su gusto-; sus labios henchidos, los ojos grandes y coquetos, tan entornados que parecían terriblemente atentos. Quizás se habría sentido tentado hacía ella, de no ser por la personalidad impúdica que se escondía detrás de su rostro redondo.
-Mark, Sarin… -murmuró, pasando sus ojos oscuros del moreno al albino, sin dejar de sonreír-. Pensé que ya no vendrían…
Abrió la puerta un poco más, juntando sus piernas, tratando de lucir provocativa.
-En lo absoluto –Mark usó un tono neutral, sin quitar los ojos del rostro de la chica, dándole a entender que no pensaba prestarse a sus juegos. Ya había escarmentado en ese aspecto-. Habíamos acordado algo… ¿Cuándo te hemos fallado?
Abigail se removió, juguetona; ese chico le llamaba demasiado la atención como para no tentarlo.
-¿Quieren pasar? –preguntó, abriendo totalmente la puerta. Se alcanzaba a mirar una sala impecable, bañada con una suave luz dorada y cálida, y al fondo, un oscuro pasillo que se extendía hasta el final de la casa. La voz, los ojos, el aura de Abigail pareció cambiar súbitamente-. Mis padres no están…
-Tus padres nunca van a estar… -gruñó Sarin, haciendo una mueca de disgusto, enseñando todos los dientes. Por eso odiaba ir con esas chicas; hacían demasiadas insinuaciones de ese tipo. Demasiado sencillo, demasiado vulgar como para llegar a interesarse si quiera remotamente en ellas.
En vez de sentirse ofendida, Williams sonrió con aun mas malicia de lo que ya había en sus labios. Era un gesto cruel y maligno.
-Tienes razón –admitió, sin sentirse ofendida, pero había entendido el rechazo inminente-. Nunca volverán…
Ella se quedó jugueteando con su cabello por un momento, y el silencio que comenzó a asentarse, se transformó en algo incómodo.
Así que Mark, aclarándose la garganta, levantó su mochila, rebuscando algo entre los cierres.
-Me temo que no podemos quedarnos más tiempo… -tardó un poco en encontrarlo, pero finalmente, sacó de la mochila un brillante libro, encuadernado en cuero rojo. Brillaba sutilmente con la luz del interior, y cuando Abigail lo tomó entre sus manos, la luz se incrementó, y unas letras doradas parecieron iluminarse en el lomo-. Es lo que nos pediste. Todo marchó de acuerdo al plan. Las piezas están en su sitio.
La chica se lo acomodó bajo el brazo, sujetándolo firmemente. Mark la miró, inquisitivo, preguntándose si tendría cuidado con ese pesado volumen; era sumamente antiguo.
-Entonces… ¿podemos pasar a la siguiente parte del plan? –sus enormes ojos buscaron una respuesta en Mark y Sarin. El último pareció interesado en sus palabras por primera vez en todo el rato.
-Estás en lo correcto… -respondió Slender, zapateando un poco-. Sin embargo, me temo que tendremos que apresurar un poco la siguiente etapa.
-¿A te refieres?
Mark se cruzó de brazos, pasando sus ojos de la chica al suelo.
-No podemos demorarnos más; tiene más recursos de los que pensamos…
Abigail rodó los ojos, exasperada.
-¿Cuántas veces debo decirlo? –Ahora estaba molesta, y la furia se colaba, sin mucho filtro, por su voz-. No es tan inteligente; la están sobreestimando…
-Le están ayudando –añadió Mark, y Abigail pareció perderse súbitamente. Sacudió la cabeza, como si no entendiera lo que sucedía.
-¿Quién?
-Un Shinigami –respondió secamente Sarin, ladeando la cabeza. Su voz sonó pesada y hosca. Abigail entornó los penetrantes ojos que tenía-. Hay otra chica, también. Al parecer, está aliada con el Shinigami.
-No podemos esperar cuarenta y ocho hora para pasar a la siguiente fase –completó el moreno, un poco fastidiado. No le agradaba cuando pasaban ese tipo de cosas; estaba acostumbrado a que todo marchase de acuerdo al plan-. Lo descubrirá demasiado pronto como para prepararnos, y acudirá lo suficientemente armada como para que las cosas salgan tal y como se planearon. No te preocupes; ya he hecho los cambios necesarios; todo está arreglado.
Abigail pareció razonarlo por unos minutos. En realidad, si todo era como Mark había dicho, no había razones para pensar que algo podría salir mal. Y, en parte, sabía que el muchacho tenía razón; ella no era tan estúpida como pensaba.
-Así que un Shinigami… -eso definitivamente, no lo esperaba-. Tiene más recursos de los que pensábamos… Eso es un problema…
-Lo sería, pero ya lo he resuelto… -inquirió Mark, tan repentinamente, que su expresión cándida, tal usual, se transformó en una maquiavélica máscara oscura-. He conseguido a alguien que muere de ansias por destruirlo; nos facilitará el trabajo…
Sarin miró a su amigo, un tanto sorprendido. Abrió mucho sus verdes ojos, y pareció quedarse pensativo por largo rato.
Abigail, a diferencia del pálido chico, sonrió, complacida.
-Entonces así será… -soltó, un poco resignada, aunque estaba, claramente, emocionada-. Ha sido un placer hacer negocios con ustedes, caballeros…
-Lo mismo digo, Williams… -Mark la reverenció ligeramente, para luego abandonar el pórtico con la misma gracia que siempre acompañaba sus movimientos. Sarin lo siguió de cerca, sin dirigirle palabra a la joven.
Justo antes de subir al auto, Slender sacudió una mano en dirección a la chica, y exclamando, amablemente, un "buenas noches", se introdujo en el auto. Sarin únicamente le dirigió una vaga mirada, y rápidamente, el elegante automóvil desapareció a través de las rejas negras de la entrada.
Abigail se mantuvo inmóvil un momento, solamente mirando el coche moverse, perderse en la densa oscuridad de la húmeda noche. El viento se agitaba como un ave marina en el cielo estrellado, y en el jardín se escuchaba un coro de criaturas pequeñas, el sonido monorrítmico de los grillos y las cigarras.
Sonrió con avidez, sintiendo un flujo caliente llenándole el estómago y la sangre; los laureles previos a una victoria asegurada. Ya casi podía sentirse coronada.
Súbitamente, giró sobre sí misma, dejando atrás la noche y las estrellas, introduciéndose en la enorme casa. Adentro todo estaba en silencio; únicamente se escuchaban sus pasos, la piel contra el mármol, y el suave roce entre la tela de su camisón. Atravesó el lobby en menos de un minuto, y al doblar por una esquina, echó una mirada rápida hacía el comedor y las inmóviles sillas negras, de un estilo impecable y modernista. Dobló por un largo pasillo, y finalmente, abriendo una puerta doble, entró a un enorme salón de piso de granito, liso como un espejo. Las paredes blancas lo hacían lucir enorme, pero las decoraciones en tonos ébano y carmín era sumamente sofisticadas.
Allí, en el extremo más cercano, frente a la chimenea, había un largo sillón de cuero negro, y alguien extendía su brazo a lo largo del respaldo; una silueta oscura a contra luz. Abigail caminó hasta una mesa de cristal, justo frente a la puerta, cerca del enorme ventanal, cuyas cortinas cerradas lo hacían parecer un misterio. Depositó allí el pesado volumen rojo, y acarició la cubierta como si fuera un amante.
-¿Cómo va el plan, majestad? –preguntó aquella persona en el sillón, sin voltear. Williams levantó la vista, un poco curiosa. La oscura, pesada voz de Claude, resonó por el salón como un trueno en las tinieblas. Sus amarillos ojos brillaron ansiosos, demasiado frívolos como para petrificarse al mirarlo.
Pero Abigail no palideció; muy lejos de eso, sonrió descaradamente, como quien mira a un lobo despezar a sus enemigos, y caminó hacía las sombras alargadas por el fuego, contoneando su femenina silueta. El camisón resplandecía a su alrededor como una película plateada.
-A la perfección –siseó por lo bajo. Sus palabras estaban cargadas de autosuficiencia, y malicia. Entornó los ojos oscuros, mirando fijamente al demonio frente a ella-. Tal y como esperábamos; lo ha leído. Cayó como una mosca…
Ella hizo un gesto con la mano, imitando a un pequeño insecto que se posaba en su propia mano, solo para luego golpearlo bruscamente con el dedo índice. Claude Faustus sonrió complacido, levantando una ceja.
-Le felicito, señorita. Hasta ahora, el plan ha marchado sin problemas…
Abigail sabía que esas palabras eran solamente cumplidos sin fundamentos, mera adulación. Pero aun así, tenía que reconocerlo; aquel demonio sínico tenía razón.
-Lo sé –admitió, rodeando el sillón, y la luz naranja dio de golpe contra sus facciones, acentuando los huesos de su rostro-. Pero es solo que conozco bien a mis enemigos. Es demasiado curiosa como para no ir a husmear entre las cosas de Mark…
Se sentó en el sillón, justo al lado de Claude. Tan cerca que una de sus rodillas estaba sobre una pierna del demonio, quien le lanzó una mirada reprobatoria.
-¿Conoce bien a sus enemigos, señorita? –Preguntó, sarcástico, levantando una de sus delineadas cejas-. Disculpe mi atrevimiento, pero era usted quien etiquetó a la joven Bennett como "estúpida e ignorante", y ha resultado ser todo lo contrario. No puede atribuirse todo el crédito… Además, este no es su plan; es de Ella…
El rostro de Claude se había tornado maléfico por la malicia, acercándose peligrosamente al rostro de Abigail, quien no retrocedió un solo centímetro. Muy al contrario, parecía tener deseos de procurarle un terrible sufrimiento, pero antes de que cualquiera de los dos dijese algo más, se escuchó un agudo, terrible y gutural jadeo de sufrimiento, seguido de una respiración errática y desgarradora.
Abigail miró por encima del sillón, hacia el otro extremo de la habitación, más alejado, sumido en la oscuridad. Una silueta negra se retorció, agitando las manos, que se encontraban abiertos y lánguidos, como si la hubiesen crucificado. Se agitaba como un gusano, y abría la boca como un pez que se muere fuera del agua, incapaz de gritar, pero sintiendo toda la agonía de la muerte.
-¿Qué le sucede a nuestra invitada? –preguntó Abigail, frunciendo el ceño; no le quitaba los enfadados ojos de encima de la figura en la oscuridad.
-Son los efectos del sello que hemos puesto sobre ella… -comentó el demonio, secamente-. Es algo secundario; sufrimiento interminable. Agonía.
-Y chillidos como los de un animal –gruñó Williams, levantando un labio por encima de sus dientes, claramente disgustada-. Haz que cierre la boca; suena como un cerdo en el matadero. Está cansándome.
-Tal y como sonará nuestra querida Elisse Bennett, majestad… -finalmente, Abigail bajó los ojos hacía el demonio. Los orbes ámbar tenían ese brillo provocativo, como nubes de lujuria, serpenteando en el iris. La voz del demonio araña sonaba como una invitación terrible-, ¿no cree que debería acostumbrarse a ello? Tómelo como una práctica, para que pueda disfrutar plenamente la desolación, el tormento y agonía, en ese rostro que tanto odia…
Lo miró fijamente, y luego, rápido, a la persona atrás de ellos. La silueta volvió a sufrir una serie de espasmos insoportables, gimiendo por el suplicio. Pero, ahora, Abigail despejó de su rostro esas nubes de rabia y molestia. Pasó rápidamente una pierna por encima de Claude, sentándose sobre el demonio con una ordinariez que resultaba vulgar. Él no se movió, hasta que ella pareció demandarlo, en una orden que no se pronunció, pero que ardió en la mano del demonio como si hubiera sido exclamada a gritos.
-Tienes razón; lo tomaré como un ensayo… -susurró, con una provocativa sonrisa.
Claude obedeció; sin sonreír, sin una introducción, sin un preludio. Un acto profano y obsceno. Un solo movimiento. La chica cerró las manos sobre el mueble, arqueándose por aquel gusto libertino, el inmundo placer.
-Ella estará muy feliz, Claude… -dijo ella, murmurando las palabras como si solo pensarlo le causase escalofríos-. Va a estar muy complacida cuando le entreguemos a nuestra invitada…
Al tiempo que su cuerpo era presa de las manos del demonio, sus ojos buscaron a la persona, pequeña, que se retorcía en las sombras. Le gustaba eso, hacerlo frente a esa débil y desahuciada criatura; la impureza, la suciedad, lo degenerado de sus actos en ese momento. La hacía sentirse triunfadora, vencedora por sobre todas las cosas Clavó su mirada en el rostro que se agitaba agónico, sonriendo deliberada y cínicamente…
Allí, en las sombras, sujeta a una extraña piedra negra, tan dura como un diabólico diamante, en el medio de un círculo de símbolos prohibidos, estaba la pieza clave de su plan.
La moribunda y torturada Lydia Bell…
o.o.o
Alejandro y sus telenovelas son una chiste local XD A mi no me agradan, pero pues, no tengo nada en contra de ellas :)
Eleazar y su fanatismo por Bleach es otro chiste local XD mi hermanito estaba así hasta hace unos días XD y no creo que el manga sea predecible, aunque mi hermano mayor si lo cree XD
*ojo de tigre: es una piedra preciosa :)
*rueda por el suelo*
¿Qué tal? :) días como hoy, tengo muchas ganas de salir corriendo, tengo que leerme como veinte capítulos de desarrollo humano T.T no es muy divertido que digamos, pero ni modos.
Soy una pervertida, y necesito lemmon más seguido *babea* espero que haya quedado bien esa última parte entre Ellie y Sebastian, la hice con amor :3
Por cierto, espero que no se asusten por esa parte entre Claude y Abigail; mis intenciones no son meter sexo en la historia solo porque sí. El punto era darle más realce a lo que realmente es Claude y la naturaleza de Abigail; lo realmente enferma y vulgar que es su relación, a diferencia de los protagonistas de la historia.
En cuando a lo sucedido entre Elisse y Sebastian, es más que obvio que una orden deber ser acatada… Espero Sebas no haya quedado OOC :( es mi eterna preocupación…
Espero que les haya gustado :') trataré de actualizar más seguido. Últimamente me estoy organizando un poquito mejor n.n *baila*
¿Merezco un review? :D
~Cada vez que lees este fic y no dejas un review, Claude y Abigail lo hacen frente a Lydia. Piensa en los inocentes y pobres ojos de Lydia, deja un review. ~
(Lo siento, tenía que hacerlo XD)
Me despido, debo ir a estudia jo, jo, jo~ *ríe como Tanaka-sama(Ouh, lo amo :) )*
PD: ya hay nuevo capítulo de "Donde sueñan los relojes" :D échenle una ojeada al fic, porfitas *cara de perrito* :'D es UndertakerxSylvette ju, ju, ju
Resumen: Nunca me he considerado alguien especial; mi vida es tranquila, con amigos algo excéntricos, pero nada fuera de lo ordinario... Claro, ¡sin contar al tétrico y escalofriante personaje que está durmiendo en mi armario en este preciso momento! Soy Sylvette Greenwood... y mi vida dejo de ser normal desde que dos hipnotizantes ojos verdes se cruzaron por mi camino. / UndertakerxOC
Ya sé que meto publicidad por todos lados T.T pero si no le hago publicidad yo, ¿entonces quién? *llora en un rincón* *se vende en una esquina* la viola Claude* *muere*
Eso es todo por hoy :) les deseo una bonita semana, y un excelente día ;D
Slinky-Pink.
