hoolaa a tds jeje les recuerdo de ke sta historia esta a punto de terminar jeje espero la esten disfrutando

recuerden de ke nada me pertence

Capítulo 38

El barco anclado no muy lejos de la costa parecía un pequeño y fastuoso yate de placer. Varias veces al día, una mujer de pelo oscuro aparecía sobre la cubierta y se ponía a leer o a tomar el sol. De vez en cuando, un hombre joven, bronceado y con el torso desnudo se unía a ella. Bebían vino, se abrazaban, dormían. El vigía del Invencible había observado incesantemente la escena, siendo objeto de apuestas con sus compañeros si la pareja de amantes haría o no el amor bajo el sol.

Bajo la cubierta, había de todo: desde monitores de televisión a lanzagranadas. Ocho hombres y tres mujeres se agolpaban en la atestada cabina, esperando.

Emmett estaba allí desde una hora después del anochecer. Durante las tres horas siguientes, no había hecho otra cosa más que beber café y procurar refrenar su impaciencia. Había observado el monitor hasta que se le nubló la visión, pero Aro no había aparecido ni una sola vez en el amplio margen que abarcaba el objetivo de la cámara. Quería verlo. Quería mirarlo a los ojos cuando se cerrara la trampa. Pero, sobre todo, quería oír a través del transmisor que todo había acabado y que Rosalie estaba a salvo.

—Massen sube a bordo —dijo el hombre de los auriculares, y siguió fumando. Unos segundos después, Edward entró en la ya superpoblada cabina. Iba vestido de negro de la cabeza a los pies. Hasta su cara y sus manos estaban tiznadas de negro. Se quitó el gorro de marinero y lo tiró a un lado.

— Primera parte de la operación completada — indicó con la cabeza a Emmett—. Desde más allá de las puertas, parece que el ala este ha que dado devastada.

—¿Y los demás? —preguntó Emmett, mirando de nuevo el monitor.

—Están todos bien.

Emmett tomó la taza de café amargo y frío que tenía a su lado.

—¿Y Rosalie?

— Dentro de unos minutos sabremos algo. He mandado a los muelles a algunos de nuestros mejores hombres.

Emmett lo miró largamente. Había querido ir a los muelles, estar lo más cerca posible de Rosalie. Pero se había topado con la oposición de su padre, de Edward y de Malori y, al final, había tenido que ceder. Si lo descubrían, toda la operación estaría en peligro. Y Rosalie tambien.

Ahora era solo Rosalie, pensó, quien lo arriesgaba todo.

— A Aro no se le ha visto en todo el día.

— Está ahí —Edward encendió un cigarrillo y se dispuso a esperar—. Esta noche no podría andar muy lejos.

— Contacto —un agente sentado frente a la consola de mandos se llevó una mano a los auriculares—. Ha establecido contacto

.

.

La brisa del mar era fresca y la noche clara. Rosalie reconoció al hombre que se le acercó. Era el que se había dirigido a ella en aquel pequeño tugurio del puerto. Iba solo y con las manos vacías.

Mademoiselle.

—He cumplido mi parte del trato, monsieur. ¿Ha traído mis honorarios?

— Hace buena noche para dar un paseo en barco.

El yate. Rosalie sintió un escalofrío de inquietud y de excitación.

—Comprenderá usted que no estoy en situación de regresar a Cordina.

—Naturalmente —señaló una pequeña lancha a motor—. Todas sus necesidades serán debidamente atendidas.

Como en otras ocasiones, Rosalie podía elegir. Podía sacar su pistola en ese preciso momento y detener a aquel hombre. Con un poco de suerte, canjearía su libertad por la de Aro. Pero ella no podía dejar la seguridad de Emmett en manos de la suerte.

Sin decir una palabra, subió a la lancha y se sentó. Tenía su propia vida en las manos, se dijo, cruzándolas sobre el regazo. Y, saliera como saliera la noche, Aro estaba acabado.

El hombre no volvió a dirigirse a ella, pero su mirada se movía de un lado a otro sobre el agua oscura. Todos parecían estar esperando, vigilantes. Como la noche era clara, el yate de Aro sobresalía, blanco y nítido, sobre el mar. Rosalie vio a tres hombres en la cubierta: Cayo y otros dos a los que no conocía.

Fue Cayo quien la ayudó a subir al yate.

—Lady Rosalie, es un placer verla de nuevo.

Sus ojos tenían una expresión maliciosa y divertida. Rosalie comprendió entonces, con tanta claridad como si alguien hubiera apoyado un puñal contra su garganta, que no abandonaría con vida el Invencible. Sin embargo, dijo con voz fría y pausada:

— Gracias, Cayo. Espero que esto no nos lleve mucho tiempo. Admito que me siento un tanto intranquila en aguas de Cordina.

—Partiremos dentro de una hora.

— ¿Rumbo adonde?

— Rumbo a un clima más benigno. La radio ha anunciado la trágica muerte de varios miembros de la familia real. El príncipe Carlisle permanece encerrado en palacio, llorando su pérdida.

— Por supuesto. A fin de cuentas, Cordina acaba de quedarse sin heredero. ¿Monsieur Aro ha sido informado?

— La espera en su camarote —Cayo extendió una mano, pidiéndole el bolso.

—¿Siempre registran a los empleados, Cayo?

—Podemos ahorrarnos ese trámite, lady Rosalie, si me entrega sus armas —sacó la pistola del bolso y se la guardó en el bolsillo—. ¿Y su puñal?

Encogiéndose de hombros, Rosalie se alzó la falda hasta los muslos. Advirtió que Cayo la miraba ávidamente mientras desenfundaba la navaja. Apretó el botón del seguro. A sus lados, oyó el ruido de las armas listas para disparar.

—Un arma admirable —dijo suavemente, sosteniendo la hoja a la luz de la luna—. Silenciosa, elegante y eficaz —sonrió y volvió a guardar la hoja—. Pero, desde luego, sería una estupidez usarla contra el hombre que está a punto de pagarme cinco millones de dólares americanos — depositó la navaja en la palma de la mano de Cayo, comprendiendo que, a partir de ese momento, su única arma era su ingenio—. ¿Vamos? Me gusta el olor del dinero cuando todavía está caliente.

Él la tomó del brazo con su mano de cirujano y, con exagerada pompa, la condujo al camarote de Aro.

—Lady Rose —el camarote estaba iluminado por una docena de velas. Una sonata de Beethoven se filtraba suavemente por los altavoces. Aro llevaba una americana de color Burdeos y un anillo de rubíes. Colores de sangre. En un cubo de plata se enfriaba una botella del mejor champán—. Llega usted puntual. Puedes retirarte, Cayo.

Rosalie oyó que la puerta se cerraba tras ella. Sabía que Cayo estaría aguardando al otro lado.

—Qué atmósfera tan agradable —afirmó—. Las transacciones de negocios no suelen efectuarse a la luz de las velas.

— Entre nosotros ya no son necesarias ciertas formalidades, Rosalie —dijo él, sonriendo, y se acercó al champán — . Las noticias que llegan desde Cordina resultan un tanto trágicas y también histéricas —el corcho salió despedido. El licor manó a borbotones un instante—. Pensé que la ocasión bien merecía una pequeña y discreta fiesta.

— Yo rara vez rehúso una copa de champán, monsieur, pero reconozco que su sabor me resultaría más dulce si tuviera cierta cantidad de dinero en mis manos.

—Paciencia, querida mía, paciencia —él llenó dos copas alargadas y le ofreció una. A la tenue luz de las velas, su tez parecía blanca como el mármol y sus ojos casi negros y llenos de placer—. Por un trabajo bien hecho y por un futuro muy afortunado.

Entrechocaron sus copas y bebieron un sorbo.

—Un champán excelente.

—Ya me he percatado de que solo disfrutas con lo mejor, y con lo más caro.

— Exactamente. Y espero que no se ofenda, monsieur, si le digo que, aunque agradezco la bebida y las velas, solo apreciaré estos detalles en su justa medida cuando nuestro pequeño negocio haya sido completado.

— Oh, no, querida —él chasqueó la lengua—. Qué comentario tan prosaico —le acarició suave mente la mejilla. La luz de las velas la favorecía, pensó. Con el tiempo, habría florecido entre sus manos. Lástima que no pudiera correr el riesgo de dejarla con vida unos cuantos meses. Solo podía concederle una hora. Pero en una hora podían hacerse muchas cosas — . Discúlpame, pero hoy me encuentro de muy buen humor. Me apetece celebrar tu éxito. Nuestro éxito —bajó la mano hasta su garganta, deteniéndose a escasos centímetros del micrófono.

Rosalie lo agarró de la muñeca y sonrió. —Me ha despojado usted de mis armas, monsieur. ¿Acaso prefiere a las mujeres indefensas?

— Prefiero a las mujeres dóciles —alzó la mano hasta su pelo y hundió los dedos en él. Rosalie se preparó para recibir su beso. Podía mostrar cierta resistencia, pero en ningún caso repulsión—. Eres fuerte además de hermosa —murmuró él, besándo la otra vez—. Eso también me gusta. Cuando te lleve a la cama, lucharemos un rato.

—Haremos mucho más que eso. Después de que me sea entregado el dinero.

Él crispó los dedos, tirándole del pelo. Rosalie dejó escapar un leve gemido. Luego, él la soltó y se echó a reír.

—Está bien, mi pequeña fierecilla. Tendrás tu dinero y luego me darás algo a cambio.

Cuando se dio la vuelta y dejó al descubierto una caja fuerte escondida, Rosalie se frotó los labios con el dorso de la mano.

— Yo ya he cumplido mi parte.

— Sí. Me has entregado las vidas de la familia real —mientras marcaba la combinación de la caja fuerte, el corazón de Rosalie comenzó a latir más aprisa—. Cinco millones de dólares por asesinar a los Cullen. Cinco millones de dólares por ofrecerme el plato frío de la venganza y el dulce postre del poder. ¿Te parece mucho? —Sus ojos centelleaban cuando se giró hacia ella, sosteniendo en las manos un maletín de considerables dimensiones—. Mi querida niña, podrías haberme pedido diez veces más. Me he pasado diez años conspirando. Dos veces estuve a punto de matar a un miembro de la familia real. Y, ahora, por la despreciable suma de cinco millones de dólares, tú me los sirves a todos en bandeja.


ke les parecio? la cosa sta caliente

espero reviews

bye