Esta historia es de Krazyk85, yo solo traduzco.
Disclaimer: Los personajes y lugares reconocibles son propiedad de Stephenie Meyer. El argumento y demás cosas de esta obra, son de la autora.
.
Chop and Change
Capítulo treinta y ocho
—¿Estás bromeando, no? ¿Este es el lugar que vamos a robar?
—Sí, ¿qué pensabas que sería?
—No sé. Realmente no lo pensé. Solo te seguí el juego, pero esto… no me lo veía venir. —Me mordí las uñas, mirando de un lado a otro entre Edward y la joyería Goodman.
Quitó mi mano de mi boca y frunció el ceño.
—¿De qué estás tan preocupada?
—No estoy preocupada.
—¿Entonces qué? Podemos hacer esta mierda con las manos atadas y ojos vendados.
—Sí, seguro, tal vez, pero esto no es una tienda de licores.
—¿Entonces?
—Entonces, ¿qué? ¿Esperas que vayamos allí y simplemente lo hagamos?
—Eso es exactamente lo que vamos a hacer. Mira, nena, he hecho mi tarea, ¿de acuerdo? Es propiedad de una viuda de cincuenta años, cuyos hijos viven fuera del estado. No tiene empleados ni nada. Es solo ella. Esta mierda no es nada diferente a robar una tienda.
Sacudí mi cabeza, incrédula.
—¿Cómo sabes todo esto? Solo hemos estado aquí por dos días.
—Siempre estoy en la búsqueda de trabajos.
Me reí, poniendo mis ojos en blanco.
—Claro.
Mirando hacia atrás, hacia el frente de la tienda, noté una reja negra, gruesa y de metal en la puerta. Era diferente a lo que estaba acostumbrada, y aunque Edward obviamente había hecho toda su preparación, todavía tenía mis dudas.
—¿Y qué hay con el sistema de alarma?
—Oh, ¿eso?
—Sí, ¡eso!
—De primera. Es un muy buen sistema de mierda. —Se acercó más a mí y bajó la voz, sus ojos estaban llenos de emoción—. Fíjate, nena, la dueña presiona un botón detrás del mostrador y ¡bam! La puerta se cierra, la jaula desciende y nos quedamos allí, sentados y atrapados, esperando a la policía.
Estaba loco. Solo Edward podía encontrar impresionante esa posibilidad de terminar en la cárcel. De hecho, se mostraba vertiginoso y emocionado ante el reto que le presentaba.
—Oh, bueno, cuando lo dices así, ¿de qué mierda me preocupaba?
—Ni idea.
—Aquí viene la pregunta estúpida: ¿cómo se supone que evitamos que presione ese botón?
—Oh, esa mierda ni siquiera es un problema —se mofó, alejándose de mí y volviendo a su asiento, poniendo sus manos por detrás de su cabeza. Mantuvo su vista en el parabrisas, aparentemente indiferente—. Todo lo que tenemos que hacer es emboscarla en la puerta justo cuando vuelve del almuerzo.
La parte delantera del edificio estaba frente a una ruta muy transitada, solo oscurecido y oculto por un par de árboles. Estaba a la vista, y cualquiera con ojos y un teléfono cercano podía alertar a la policía en menos de un segundo… incluso antes que nuestro marcador sonara.
—¿La puerta delantera?
—No, la puta puerta trampa —se mofó, sacudiendo su cabeza—. Por Dios, Kid, por supuesto que la puerta delantera.
—¿Y qué si la gente nos ve del otro lado de la carretera y decide llamar…?
—Sabes, —interrumpió, frotándose la frente con fuerza—, para alguien que robó al azar una jodida tienda sacando un arma, sin molestarse en chequear si el tipo tenía un arma primero, estás siendo demasiado cautelosa.
Me mordí el labio, obligándome a no sonreír. La verdad era simple: estaba siendo difícil solo porque sí.
No importaba dónde me llevara o que caos causáramos, iba a seguirlo, a su lado, y pegada firmemente a su espalda… incluso si él me estuviera llevando hacia un precipicio. Porque él era mi hombre, e iba a donde él fuera.
Solo era divertido sacarlo de quicio.
Me crucé de brazos como un niño terco y me encogí de hombros.
—Mira, solo me estoy asegurando que tengas todo asegurado. No puedo trabajar si no estás preparado.
Me miró como si me hubiera crecido otra cabeza. Era un concepto extraño para él.
—¿Yo? ¿Nada preparado?
—Sí, estoy hablando de ti. Quiero decir, alguien tiene que mantenerte concentrado… y para que conste, Edward, —Me enderecé en mi asiento, inclinando mi cuerpo hacia él—, no hay nada malo con ser precavido.
Su boca se abrió, y farfulló, completamente sorprendido ante mi comentario.
—¡Si, no me digas, Sherlock! Creo que fui yo quien ha estado haciendo hincapié en ese desde el jodido día uno. Pero, por supuesto, tú nunca me escuchas. Eres un dolor en mi culo.
Fruncí el ceño.
—¿En serio?
—Oh, sí, eres la chica más agotadora que he conocido.
Él pensaba que era inteligente, y era sexy cuando mostraba su lado dominante, pero me negaba a fomentar esa clase de comportamiento.
De acuerdo, seguro, esa sonrisa torcida que me estaba dando, una mezcla de arrogancia y diversión, era difícil de ignorar, y llevó mi atracción por él al borde—casi al punto donde robar era la última cosa en mi mente—pero me mantuve fuerte.
Excepto cuando sus dientes rozaron ese maldito piercing y él arqueó ligeramente su ceja, poniendo a prueba mis límites.
¡Mierda! Soy muy débil. ¡Necesito una distracción!
—¡Ugh! Eres… —gruñí, cosa que se transformó en una risa mientras enterraba mi rostro en mis manos—. ¡Cállate!
Riéndose, me codeó en el brazo.
—Toma, loca, ponte esto.
Separé mis dedos y vi a través de ellos.
—¿Qué es eso?
—¿Qué parece que es?
Dejando caer mis manos y tomando el plástico duro de él, miré confundida.
—¿Qué pasó con nuestras mascaras de esquí?
Se frotó y rascó la barbilla.
—Eh, esas cosas me hacían picar la cara, y ya que Halloween está a solo dos semanas, decidí que podíamos ser un poco festivos esta vez.
—¿Festivos? —Entrecerré mis ojos—. ¿Con estos?
Me miró enojado.
—No te burles.
Las mascaras eran un par de personajes cursis de Disney, no había nada de miedo o intimidación en ellos—y nada que Edward pudiera elegir antes que las máscaras de esquí.
Me reí, sabiendo exactamente quién estaba detrás de esto.
—Alice hizo esto, ¿no? Le pediste que fuera a conseguir un par de máscaras, algo rudo y aterrador, y ella trajo esto, ¿eh?
—Sí —dijo, dejando caer su cabeza en vergüenza. Había sido derrotado por un chica de la mitad de su tamaño.
—Oh, por Dios, te ha jodido.
—Es jodidamente ridículo, lo sé, pero no tenía tiempo para cambiarlo, así que tendremos que conformarnos con lo que tenemos, ¿de acuerdo?
—Oh, estoy de acuerdo con ello. De hecho, me gustan. No soy yo la que se tiene que preocupar por perder su cualidad de "tipo duro" por ello —dije, moviendo los elásticos hacia atrás y poniendo la máscara sobre mi rostro. Oscurecía la vista considerablemente y olía raro. Era desagradable, y fruncí el ceño, levantándola hacia la parte superior de mi cabeza—. Ahora, recuérdame otra vez, ¿por qué le pediste a ella que consiga estas máscaras… la verdadera razón?
Él estaba tirando de los elásticos de la máscara, como un tic compulsivo.
—No quería que unieran este robo a nosotros. Es demasiado cerca de Chicago, y el motivo de llamar a nuestra familia era para conducir a la policía lejos de nosotros.
No se me pasó desapercibido que dijo "nuestra familia" y puede que ello me haya distraído momentáneamente, haciéndome perder el hilo de mis pensamientos.
Sacudí mi cabeza, tratando de no pensar mucho en ese pequeño detalle.
—De acuerdo —aclaré mi garganta—, pero si es demasiado riesgoso, ¿por qué hacerlo entonces?
Entonces caí.
Hace mucho tiempo, allá cuando robamos el Lambo, Edward me prometió robar algo brillante y polifacético para mí. Tragué saliva fuertemente ante lo que implicaba esta revelación, cosa que resultó en que me ahogara en mi propia saliva de mierda.
—¡Dios! —Se acercó y levantó su brazo, dándome palmadas en la espalda… fuerte. Dolió y me quitó el aire, llevándome a otra ronda de asfixia.
Tuve que alejarme de él, solo para poder respirar.
—Estoy bien, estoy bien. Ya puedes parar.
—¿Estás segura? —Frunció el ceño con preocupación.
Asentí.
—Maldita sea, mujer, me diste un susto de mierda. ¿Estás bien?
—Sí —dije con voz ronca, sacándole importancia—. Solo…
—¿Qué?
Me estaba mirando con curiosidad, y una pizca de impaciencia. No sabía si me encontraba fuera de mi línea de pensamiento por ser una chica optimista y estúpida, pero tenía que saber.
—Em… —Miré brevemente al edificio y luego hacia mi dedo—. ¿Esto es un robo por negocios o por… placer?
Sus ojos se ampliaron por una fracción de segundo mientras analizaba lo que quería decir, pero como un silbido de aire, relajó su cuerpo tenso, dejándose caer contra su asiento. Sonrió, torcido y petulante.
—Es solo un trabajo, Bella, ¿de acuerdo? Nada más.
Mi rostro estaba rojo de la vergüenza. Dios, soy tan idiota. ¿Solo hemos estado saliendo por dos meses y ya estaba buscando una propuesta? No era de extrañar que se haya reído en mi cara. Estaba loca.
Edward siguió divagando, sin darse cuenta de mi humillación.
— Este lugar solo vende lo que necesitamos para robar el banco.
—Oh, mierda, es verdad —gruñí, cerrando mis ojos y tirando mi cabeza hacia atrás, queriendo golpear mi puto cráneo con mi arma—, Me olvidé completamente que se supone que seremos una pareja casada.
Los anillos eran para Frankie y Cecilia Wallis… no para Edward y Bella Cullen.
Aunque, al oír nuestros nombres juntos, incluso aunque fuera en mi mente, me hizo sonreír como una idiota.
—Toma —dijo Edward, y me giré hacia él. Se encontraba levantando sus caderas y sacando un par de guantes de su bolsillo trasero. Me los tiró a mi regazo.
El cuero se aferró a mis dedos y tenía un ajuste perfecto, extrañamente reconfortante y familiar para mí.
—Así que, ya que todo este viaje es todo negocios…
Se acercó y deslizó su mano por el costado de mi muslo, interrumpiéndome a mitad de la frase.
—No todo lo que hacemos es todo negocios, Bella.
—Sí… —Mi cuerpo se retorcía bajo su toque, y luché fuerte para mantenerme concentrada—. Pero incluso esto es para un matrimonio falso… —Subió más su mano, acercándola donde más la quería. Mi voz se quebró un poco—, ¿puedo al menos escoger mi propia chuchería?
Se apartó, toda intención lujuriosa se desvaneció y su tono de negocios volvió con toda su fuerza.
—Puedes elegir lo que quieras, pero debes ser rápida, ¿de acuerdo? Nada de quince minutos de maldita búsqueda. Tenemos que entrar y salir. —Sus ojos se enfocaron en el frente del negocio mientras un Cadillac azul bebé se detuvo en el estacionamiento—. ¡Mierda! Llegó temprano. ¡Agáchate!
Tirándonos contra los asientos, mantuvimos nuestras cabezas fuera de la vista, y mi respiración salía en rápidos jadeos, la anticipación de lo que se venia inundaba mi mente. Cada trabajo que hacíamos, sentía una especie de miedo escénico. Solo eran mis nervios, y para cuando ya nos íbamos con las bolsas llenas de dinero, ya me había calmado normalmente.
—¿Recuerdas nuestro tiempo? —susurró Edward… cosa que era una tontería.
Pero le seguí el juego y susurré en respuesta:
—No nos quedamos más de dos minutos.
—¿Tienes el cronometro?
—Sip —palmeé mi bolsillo—. Está aquí y listo para ir.
Agarró mi mano y la apretó, llamando mi atención.
—¿Estás bien para hacer esto?
—Por supuesto que sí, ¿por qué no lo estaría?
—Por ese idiota de Caius, y la manera en que puso sus malditas manos sucias sobre ti. —Acercó su mano y acaricio los moretones en mis brazos, había un color morado oscuro con forma de dedos.
Puse mi mano sobre la suya y sonreí débilmente.
—Cariño, estoy bien.
La vena en su frente sobresalía y apretó sus dientes, hablando en voz baja y amenazante.
—Voy a matar a ese hijo de puta por tocarte.
No tenía duda que él mataría a Caius, y era solo cuestión de tiempo, pero necesitaba redirigir todos esos pensamientos asesinos hacia otro lugar. Tenía que mantenerse concentrado…
Dios solo sabe lo que él hará en esta condición inestable.
—Edward, escúchame, —dije, acariciando su mejilla—. Tienes que olvidarte de eso, ¿okey? Vamos allí y hacemos lo que vinimos a hacer. Lidiaremos con Caius luego. ¿Me entiendes?
Los ojos de Edward se encontraron con los míos, intensos y penetrantes.
—Te entiendo, nena. —Miró hacia otro lado, rompiendo la conexión y levantó su cabeza. Dio un rápido vistazo al salpicadero—. Mantente cerca de mí. No dejes mi puto lado ni por cualquier motivo. ¿Me escuchas?
Era el mismo discurso que me daba antes de cada robo. Él suele estar completamente seguro, pero cuando se trataba de mi y mi seguridad, su ansiedad se incrementaba a un nivel insuperable.
Pero era nuestro ritual, y como siempre, tomé su mano y sonreí, tranquilizándolo con una sola frase.
—Nada en este mundo, ni siquiera un puto meteorito que cae del cielo, podría alejarme de ti.
Eso hizo el truco, y respondió con un gesto firme.
—Hagámoslo.
Salimos del coche y corrimos hacia un lado del edificio, manteniendo nuestras posiciones con la espalda contra la pared. Él puso su mano sobre mi pecho, manteniéndome fuera de vista cuando asomó su cabeza por la esquina. Después de un minuto, me hizo un gesto para que eche un vistazo, y miramos desde una distancia segura mientras la dueña de la tienda aparcaba el coche.
Parecía tener problemas con mantenerse entre las líneas.
Edward se dio la vuelta y me tomó por el cuello con ambas manos, cuero frío contra piel húmeda, y presionó su frente contra la mía.
—Dentro y fuera, dos minutos.
—Lo sé.
—¿Si hay cualquier señal de problemas?
—Disparo.
—Eso es, nena. Disparas esa maldita pistola hasta que esté vacía.
—¿Luego recargo?
Edward sonrió y bajó su cabeza, esos malditos labios estaban dolorosamente cerca de los míos. Suspiró.
—Joder, te amo.
Metí mis dedos dentro de los bolsillos de sus jeans, aferrándome a la tela y jalándolo hacia mí.
—Te amo.
Me besó, no profundamente, sino duro y lleno de deseo. Demasiado pronto se alejó y lo seguí, necesitando más.
Riéndose ante mi codicia, quitó su agarre de mi cuello y tomó mi mano, sosteniéndola con fuerza. Dio otro paso hacia atrás y miró hacia la esquina, manteniendo vista a nuestro objetivo.
Por suerte, no perdimos tiempo con nuestra declaración de amor y besos apresurados. De hecho, la mujer con bastón apenas estaba caminando a través del estacionamiento. Era doloroso verla luchar y me sentí un poco mal.
—Tal vez deberíamos ir a ayudarla —murmuré.
Edward no me escuchó, pero se giró con una mirada inquisitiva en su rostro.
—No es nada —dije.
Tomé la máscara de arriba de mi cabeza y la volví a ubicar sobre mi rostro. Él sonrió.
—¿Lista, Minnie?
Me puse de puntitas de pie y bajé su máscara, escondiendo toda la belleza detrás de ella.
—Estoy lista, Mickey.
Era ñoño y absurdo, y en algún lugar, Alice estaba riéndose de nosotros.
Nos mantuvimos allí con nuestras armas listas y a espera del momento perfecto para emboscar a la pobre dueña—quién estaba tomándose su tiempo. Había pasado casi diez minutos desde que había vuelto del almuerzo. Edward se estaba impacientando.
—Vamos, vamos, apura. Mierda.
Cuando por fin llegó a la puerta y abrió la puerta de metal, Edward aprovechó la oportunidad para atacar. Soltó su fuerte agarre de mi mano, pero yo mantuve el mío en su camiseta, y juntos fuimos a ella en menos de un segundo.
Pasó tan rápido y ella nunca nos vio venir. La única vez que se dio cuenta fue cuando tuvo la Colt presionada firmemente en la sien. Pero para ese momento era demasiado tarde como para gritar pidiendo ayuda.
Pum, pum, pum… Mi corazón latía con fuerza en mis oídos.
—Buenas tardes, señora —dijo Edward, agachándose y acercando su rostro al de ella—, ¿podemos mi esposa y yo entrar?
¿Esposa?
Eso me distrajo y levanté mi vista para verlo, solo para encontrar a Mickey Mouse mirándome. No podía ver su expresión, pero podía ver esos ojos… y ese guiño obvio que me hizo.
Me sonrojé y sonreí como una tonta enamorada, envuelta felizmente por la barrera de plástico.
—Oh, Dios mío —jadeó la señora, sus manos volaron a su pecho—. Están aquí para robarme, ¿no?
—Solo necesitamos unos minutos de su tiempo —dijo Edward, señalándome a mí con su mano—. Minnie, toma sus llaves y abre la puerta.
Los ojos marrones de la señora se encontraron con los míos mientras me acercaba a ella, y me las dio voluntariamente. No estaba asustada como esperaba que estuviera… ella estaba encantada.
La sorpresa de nuestra agradable rehén me dejó quieta, y la voz urgente de Edward me trajo de vuelta a mí.
—Es mejor que apresures esto, Minnie.
—¡Ya voy! —dije, saltando a la acción y abriendo el resto de la entrada.
Empujando la puerta pesada de metal a un lado, Edward entró a la mujer. Las luces tenían sensor de movimiento y se encendieron inmediatamente. Iluminó la pequeña habitación y la alfombra roja y verde. Me recordó a un casino de mal gusto en vez de una joyería elegante.
Quedándome detrás para volver a cerrar todo y asegurar que el cartel de "cerrado" estuviera puesto, miré hacia fuera por última vez para chequear si venían clientes, pero era un pueblo fantasma. La única señal de vida eran los coches que pasaban por la carretera.
Tomando una respiración profunda para calmar mis nervios, saqué mi cronometro del bolsillo de mi chaqueta y lo puse a contar.
Teníamos exactamente dos minutos.
—De acuerdo, estamos seguros —dije.
Dándome vuelta, me quedé corta ante la escena frente a mí. El cuerpo de Edward estaba rígido y la señora—nuestra maldita rehén—estaba charlando como un perico drogado.
—Oh, Dios mío, no puedo creer que me vayan a robar. He estado viendo las noticias, y Nancy Grace dice que ustedes dos son los próximos Bonnie y Clyde. Mis amigos van a morir cuando les cuente.
Bueno, tanta molestia por el anonimato en vano.
Ella realmente estaba emocionada de ser robada por dos delincuentes conocidos. El poder de los medios y la forma que hacía a gente como nosotros, los malditos criminales, famosos era irreal. No éramos buenas personas. Éramos ladrones.
Beep. .
Nuestro tiempo se acababa. Metí mi arma en mi cintura y corrí hacia las vitrinas. Había una cámara en una de las esquinas; una de las luces rojas estaba parpadeando, indicando que estaba encendida y grabando a Mickey y Minnie, el dúo armado.
Íbamos a estar en las noticias esta noche.
La selección de joyas era abrumadora, y miré a Edward, buscando ayuda, pero él tenía sus manos ocupadas con nuestra rehén. La Colt seguía apuntada a su cabeza, y ella seguía hablando sin parar, completamente imperturbada por la amenaza que representábamos.
—Ey, ¿qué clase de diamantes están buscando, niños?
—Señora, realmente aprecio toda la fanfarria, pero está equivocada. No somos ellos. —Había clara irritación en la voz de Edward.
La señora giró su cabeza, sorprendiéndome con su audacia, y lo miró.
—¿Estuviste aquí el otro día, no?
—No —espetó él.
—Reconocería esos hermosos ojos verdes en cualquier lugar. —Se giró hacia mí y jadeó—. ¿Estás aquí para conseguir un anillo a tu esposa? ¿Qué dices del que estuve mostrándote ayer? Creo que sería perfecto.
—Así que, Mickey, ¿estabas comprando un anillo aquí, no? —bromeé.
—Minnie, tienes un maldito minuto —gruñó.
Lo sé, lo sé.
Traté de reprimir mis risas y reenfocarme en las estanterías llenas de joyas, pero era difícil. Esta señora era demasiado divertida de escuchar, y la emoción en su voz por tener personas apuntándole con un arma y robarle… no podía evitarlo.
—Sabes, —siguió hablando la señora a Edward mientras yo echaba un rápido vistazo a los hermosos anillos, buscando por el más grande y caro—. Hicieron un análisis de sus vidas la semana pasada, y yo solo quería decirles que ellos están equivocados. Ustedes no son malos. Solo son niños.
—Solo uno de nosotros lo es —dijo Edward.
Rodé mis ojos y traté de ignorar ese puto comentario. El cronometro estaba contando y tenía veinte segundos para decidirme.
—A la mierda —dije, levantando mi arma y golpeándola contra la parte superior de la caja, rompiendo el vidrio.
Este se esparció por todos lados, cubriendo la joyería. Metí la mano y con cuidado tomé la gran roca. Era una piedra solitaria que brillaba y reflejaba la luz.
—¿Lo tienes? —preguntó Edward.
—Casi —respondí, tomando el diamante y una alianza de oro blanco para Edward—. Listo.
—Al fin, mierda —dijo, empujando a la mujer a una silla y sentándola—. Dame tu teléfono.
—No tengo uno —respondió ella—. Además, no voy a llamar a la policía ya. Les daré tiempo.
Edward se agachó y se puso cara a cara con ella.
—Realmente aprecio eso, e incluso si te creyera, ayudarnos solo te traería problemas. Serías un cómplice. Así que, espero que entiendas que lo que estoy por hacer es para protegerte.
—¿Me van a atar? —preguntó, inclinando su cabeza a un lado.
Él se puso de pie y se encogió de hombros.
—No tengo cuerdas.
El cronometro sonó fuertemente, indicando que nuestro tiempo se acabó.
—Cierra los ojos —dijo, y ella lo hizo, raramente confiando en él solo porque lo había visto en TV.
Entonces, como muchas veces antes, él levantó el mando de su arma y la bajó, dejándola inconsciente.
.
.
—Necesito llamar a Peter —dijo Edward, parando el coche en una estación de servicio.
No estábamos muy lejos de la línea de frontera del estado, nuestro punto de encuentro, y estaba poniéndome ansiosa. La última persona que quería ver en el coche era a Caius.
—Ojala haya un coche que podamos robas —comenté, bajando mi vista hacia mi anillo.
Cosa que me llevó de vuelta a la señora que dejamos en el suelo, sangrando e inconsciente. Edward trató de fingir que golpear a la mujer no le molestaba, pero fue él quien llamó a la policía dos minutos después que nos fuimos.
Actuaba indiferentemente al respecto y dijo que no quería tener un asesinato sobre nuestras cabezas. Eso solo haría a los policías más mortales y determinados a detenernos.
"Nuestra familia no necesita ese tipo de cosas."
Él nunca lo admitiría pero no quería que la señora muera.
—Sé lo que quieres decir, —dijo, estacionando el coche y pasando sus manos por su cabello—. Probablemente vaya a matar al tipo ante que viajar con él por 500 kilómetros, pero todavía lo necesitamos al gilipollas.
—Recuérdamelo otra vez, ¿por qué lo necesitamos? Quiero decir, ¿acaso no podemos robar sus drogas? Un hombre muerto no puede pelear, Edward.
Rio.
—Eso es verdad, y si ese fuera el caso, le hubiera volado la cabeza en el hotel, pero lo necesitamos vivo. Él nos puede hacer entrar en la mansión del Senador.
—¿Cómo?
—Él conoce a alguien que trabaja allí. Eso es todo lo que sé… y es la única puta razón por la que sigue respirando.
Me decepcionó que tuviéramos que aguantarlo un poco más, pero aún así, realmente temía el viaje en coche. De hecho, me daba náuseas.
—Tenemos que hacer algo más, Edward. No me importa qué. Simplemente no puedo viajar con él —dije, haciendo una mueca de dolor mientras los calambres en mi estomago se intensificaban.
Él mordió su piercing y miró alrededor de la estación de servicio, buscando una solución.
Luego, se le ocurrió algo. Vi con fascinación mientras él sonreía, mirando de vuelta hacia mí.
—Tengo una idea.
—¿Oh, sí?
Tomando su teléfono, marcó un número y presionó el auricular contra su oído.
—Peter, hay un cambio de planes. Sí, parece que mi chica y yo decidimos encontrar nuestro camino a Rockford —pausó y escuchó, y podía escuchar débilmente que Peter no estaba de acuerdo. No estaba feliz—. Lo sé, pero Bella no puede estar alrededor de él y estoy luchando para no matarlo. Simplemente no es una buena idea. —Edward me miró y sonrió—. Haría cualquier cosa cuando se trata de ella. —Se mofó, pellizcando el puente de su nariz—. Sí, eso es lo que escucho. Gracias, tío, te debo la mitad de la parte de Caius. Lo haré. Cuídate, Peter, ¿de acuerdo? Está bien, te llamo ni bien lleguemos a Rockford. Adiós.
—Así que, ¿está de acuerdo? No están molestos con nosotros, ¿no? —pregunté, mordiendo nerviosamente mis uñas de nuevos.
Edward negó con la cabeza, alejando mi mano de mi boca.
—Debes dejar de hacer eso.
Suspiré tristemente.
—Lo sé.
Entrelazando sus dedos con los suyos, mantuvo mi mano en su regazo.
—No están enojados… bueno, no en serio. Peter entendía, pero no está feliz de tener que ser chofer de Caius.
—Apuesto que también quiere matarlo.
—Peter es un pacifista.
—¿Qué? ¿Cómo…? Pero lleva un arma.
—Puede que Peter sea un amante de los arboles, pero no es un jodido estúpido. Si lo presionan lo suficiente, no dudará en usarla. —Edward abrió la puerta del coche y salió. Gritó—: ¡Ey, chico! ¿Quieres un coche?
Había un tipo de alrededor de mi edad, parado al final de la fila. Estaba con un grupo de amigos y vinieron corriendo hacia nosotros con curiosidad.
—¿Lo estás vendiendo? —preguntó el chico.
—Nop —respondió Edward, tirándole las llaves—. Es todo tuyo.
El chico se agachó y miró por la ventana, sonriéndome ampliamente.
—¿La chica viene con él?
Edward bufó.
—Sí, claro, sigue jodidamente soñando, pequeño idiota. Eso es mío.
El grupo de chicos se burló de su amigo, todos agachándose y echándome un vistazo.
Mierda, era incómodo.
Edward asomó su cabeza.
—Puedes salir del coche ahora.
Mientras daba la vuelta para salir, vi a los chicos rodear mi puerta y abrirla para mí. Era raro atraer este tipo de atención. Ellos no eran más jóvenes que yo y seguramente podríamos haber ido al colegio juntos.
Eso es lo que lo hacía raro.
No podía recordar un chico de mi edad que me adule así en el pasado.
Todos se acercaron para ayudarme a salir del coche, pero se lo pensaron bien al ver a Edward acercarse y empujarlos a un lado. Él tomó mi mano y cruzamos la carretera hacia una taberna con filas de motos estacionadas en la puerta.
Los chicos del otro lado de la carretera aceleraron el motor e hicieron chillar los neumáticos, alejándose de la estación de gas. Estaban gritando y riendo mientras se alejaban, celebrando su buena suerte repentina.
—Me encantaría estar allí cuando sean detenidos por la policía.
Cubrí mi boca para ahogar la risa.
—Los emboscaste a propósito.
—Por supuesto que sí. Esas pequeñas mierdas estaban follando mi chica con la mirada desde que nos detuvimos.
Sacudí mi cabeza, mordiendo la parte interna de mi mejilla.
—¿Un poco posesivo, no crees?
Bueno, no podía decir que lo culpaba. ¿Cuántas ideas de asesinatos tenía sobre Tanya antes de saber que era su maldito coche?… incluso luego de ello quería tirarla por un acantilado.
—¡Mierda que sí! Eso no lo niego —dijo, agarrándome de las caderas y jalándome hacia dijo, agarrándome de las caderas y jalándome hacia él—. Tú eres mía.}
Envolví mis brazos alrededor de él y suspiré.
—Soy tuya.
Nos quedamos así por un momento. Mantuve mis ojos cerrados y escuché su respiración. Era tranquila… y yo estaba muy feliz.
—¿Bella? —murmuró Edward, abrazándome más fuerte y descansando su barbilla sobre mi cabeza.
—¿Sí?
—¿Alguna vez anduviste en una Harley?
Me alejé de su pecho y levanté mi mirada hacia él.
—No, ¿por qué?
Sonrió, señalando con su cabeza hacia la línea interminable de motocicletas a nuestra derecha.
—Porque estás por hacerlo.
Capítulo gracioso.
Gracias, gracias, gracias por los reviews que dejan en la historia. Me encanta leer sus reacciones.
Saludos.
