Cap. 36: Paseos y conversaciones

Las clases se reanudaron con normalidad en Hogwarts. Bueno, con toda la normalidad que cabría esperar después de que los alumnos de quinto, sexto y séptimo curso se enterasen de que, como regalo de Navidad, habían cambiado de profesor de Pociones.

Para fortuna de algunos, entre los que se contaban Harry, Ron y Neville, su regreso al colegio se produjo un jueves por la tarde, lo que significaba no tener clase con Severus Snape hasta el lunes siguiente.

Para Hermione, sin embargo, eso suponía no ver al profesor salvo en las comidas, o sea, que no había una gran diferencia entre haber regresado a Hogwarts y seguir en la Madriguera. Era peor, de hecho. Cada vez que lo veía, sentía que le estaban poniendo un dulce y enorme caramelo delante de los ojos para quitárselo un segundo después. Eso la frustraba terriblemente.

Pero el tiempo en el castillo acostumbraba a volar, y el lunes llegó con rapidez. Antes de que pudieran darse cuenta, los alumnos de séptimo de Slytherin y Gryffindor estaban esperando frente a la puerta del aula de las mazmorras. Hermione y sus amigos llegaron prácticamente a la vez que Draco Malfoy y los suyos.

— ¿Qué, Granger?— preguntó el joven rubio, mirando a Hermione con una sonrisa que no hizo sino despertar una inmensa rabia en su estómago—. ¿Dónde te has dejado a tu amiguito Stapleton? Sí que ha debido de acabar harto de ti para no volver al colegio después de las Navidades.

Hermione apretó los dientes, luchando contra sí misma para no sacar la varita y coserle la lengua viperina al paladar. La mano de Ron en torno a su antebrazo derecho la frenó y alivió a partes iguales: era un bonito símbolo de apoyo, que tanto necesitaba en esos momentos.

—A lo mejor se cansó de ver tu estúpida cara, Malfoy.

El rubio giró bruscamente los ojos hacia Ron.

— ¿Y tú por qué te metes donde no te importa, Weasley? Que yo sepa, Stapleton te robó a la novia.

El chico enrojeció, y fue entonces cuando se cambiaron las tornas y fue Hermione la que lo sujetó a él para que no se lanzara a por Draco. La sonrisa del rubio se ensanchó e hizo un mohín para provocar aún más al amigo de Harry. Hermione ahogó una exclamación al notar que la tela de la túnica de Ron se escapaba de entre sus dedos. El pelirrojo fue directo a por Malfoy, sin darle tiempo a Goyle o Zabini a que reaccionaran. Lo agarró de la pechera y lo pegó al muro con un golpe seco.

— ¡¿Qué es lo que acabas de decir, Malfoy? ¡Repítelo si tienes lo que hay que tener!

Con el tumulto provocado por la brusca reacción del Gryffindor, ninguno de los presentes se percató de que la puerta del aula de Pociones se había abierto, dejando paso a una oscura silueta. Sólo cuando un sarcástico y amenazador susurro, mucho más amenazador por lo sarcástico, se deslizó por entre los oídos de todos, las voces se silenciaron. Los alumnos de ambas casas se fueron girando uno a uno, temerosos de encontrarse con el emisor de tan aterradora frase. Ya habían olvidado lo que suponía tener a Severus Snape de profesor de Pociones, en lugar del cándido y siempre amable Horace Slughorn.

El profesor paseó los ojos por todas las caras, lentamente, regodeándose en el temor que veía reflejado en cada mirada, hasta llegar al foco de tanto escándalo. Tal como había imaginado, no se trataba de otros que de Hermione y sus amigos. Contuvo la sonrisa torcida que pugnaba por salir ante una fabulosa pillada a Ronald Weasley.

— ¿Se puede saber qué está pasando aquí?

Toda la rabia se evaporó de la cara de Ron, quien, lentamente, soltó a Malfoy y se dio la vuelta.

— ¿Tiene algún problema con la túnica del señor Malfoy, señor Weasley?

—Ninguna, profesor— contestó Ron entre dientes, mirando de reojo al joven Draco.

—Entonces— continuó Severus en un susurro, ignorando el intercambio de miradas asesinas de ambos chicos—, he de presuponer que se trata de un caso de violencia gratuita contra un compañero. Diez puntos menos para Gryffindor.

Se giró un tanto y observó a Harry y a Hermione, que le devolvieron la mirada.

—Y otros diez puntos menos porque ninguno de sus compañeros— clavó intensamente los ojos en la chica— ha sido capaz de hacer nada para detenerlo.

—Pero...— empezó a protestar Hermione.

—Cállese, señorita Granger, si no quiere que esos veinte puntos se conviertan en cuarenta.

Hermione apretó los labios y le sostuvo la mirada al profesor, que se demoró unas milésimas de segundo más de las debidas en esos ojos que refulgían de indignación. Estaba seguro de que en cuanto tuvieran un minuto para estar a solas, discutirían por su injusta actitud. Y le encantaba la idea de pelearse con ella desde una posición de poder. Sonaba... excitante.

—Todos a clase— ordenó, retirando con fingido desdén los ojos de Hermione y entrando él en primer lugar.

Ron le echó a Malfoy, que sonreía con suficiencia apoyado chulescamente en la pared contra la que el pelirrojo lo había empotrado, una última mirada de odio, y se dejó llevar por Hermione hacia el interior del aula.


La primera clase de Pociones después de Navidades fue, como todos habían supuesto, una horrible pesadilla. No se debió únicamente a que Severus les hubiera mandado elaborar una poción complicadísima, sino que, además, no les estaba dejando pasar ni una, escudándose, como no podía ser de otra manera, en el hecho de que ese año tendrían que pasar los ÉXTASIS, y el nivel de la clase no superaba el de "Troll". Los resoplidos, los sudores fríos y los vapores malolientes condensaban el aire de la clase.

Ni siquiera Hermione era capaz de controlar el contenido de su caldero como es debido. Si Severus como Stefan Stapleton hubiera estado allí, las cosas habrían sido mucho más fáciles. Recordó el momento en que, mientras hacían aquella poción tan complicada que les había mandado Slughorn, Severus la había cogido por detrás y había movido junto a ella el contenido de su caldero. «No respiras, Granger», le había susurrado al oído. Se notó ruborizar, pues a ése le siguieron otros recuerdos mucho más subidos de tono, nada dignos de una señorita, como habría dicho su abuela.

— ¿Acaso se cree— oyó que una sedosa voz le decía a su espalda— tan buena en el arte de elaboración de pociones, que puede cerrar los ojos mientras hace una poción Wiggenweld?

El escalofrío inicial dio paso al rojo de la vergüenza, pues todos los Slytherins de alrededor lo habían oído y soltaban risitas entre dientes.

—Y esto...— comentó Severus con tono despectivo, inclinándose ligeramente sobre el caldero de la chica y esbozando una mueca de desagrado— Claramente mejorable. Si quiere conseguir un Extraordinario en su ÉXTASIS de Pociones, le aconsejo que preste más atención, señorita Granger.

Y se alejó a examinar los desastres de los demás, mientras Hermione trataba de dilucidar cuál de los pasos había llevado a cabo equivocadamente. Severus la había dejado en ridículo delante de sus compañeros— como solía hacer antes—, y estaba segura de que lo había disfrutado de lo lindo. Tendrían que aclarar cuentas más tarde o más temprano.


La clase acabó dos horas más tarde. Muchos de los alumnos, cuyo destino inmediato no podía ser otro que la enfermería, abandonaron el aula con un color verdoso de cara. Casi todos rezaban para sus adentros por que un día así no se repitiera nunca más. Harry y Ron fueron de los primeros en salir, deseando huir rápidamente de la presencia del Murciélago. Hermione se había rezagado a propósito, buscando quedarse a solas con él por primera vez desde su vuelta a Hogwarts. Empezó a recoger sus cosas mucho más tarde y más lentamente que los demás, así que no acabó hasta que el último de sus compañeros hubo salido del aula. Subió la cabeza para mirar a Severus, que no se había movido ni un ápice en media hora que llevaba sentado en su mesa, corrigiendo trabajos de cursos inferiores. No hizo nada que delatara que se había percatado de la presencia de Hermione y la ausencia de todos los demás en el aula. La chica dejó su mochila encima del pupitre y se acercó al escritorio de Severus muy despacio, como temiendo despertarlo del trance en el que parecía haber entrado. Justo cuando empezaba a apoyar las manos en el tablero, el hombre dijo con voz neutra, sin dejar de tachar cosas en los pergaminos:

—Va a llegar tarde a su siguiente clase, señorita Granger.

La chica se sorprendió de que pudiera dirigirse a ella y seguir corrigiendo a la vez. Tenía entendido que los hombres no podían hacer dos cosas a la vez. «Los hombres, pero no Severus... Me pregunto si algún día dejará de sorprenderme».

—No me importa— contestó con seguridad.

Y era cierto. No tenía la menor importancia llegar tarde a Historia de la Magia. El profesor Binns, ese anciano que se quedó dormido en una butaca y que, al despertarse, se dejó el cuerpo atrás, no se enteraría, por muy tarde que entrase en el aula, y seguiría con su perorata sobre las revoluciones de los Duendes y su enfrentamiento con los magos... Nada que una buena sesión de Biblioteca no pudiera arreglar.

Severus continuó como si no la hubiera oído, y Hermione insistió.

—Quería hablar contigo. Hace casi una semana que volvimos y apenas te he visto, salvo en las comidas. Severus...

—Aquí no, señorita Granger.

Lo había dicho despacio, en un susurro, sin ni siquiera mirarla. ¿Tan fácil le era estar en su presencia sin sentir nada? La chica lo observó durante un segundo más, y, al no ver ningún tipo de reacción por su parte, se dio la vuelta con dignidad. Cogió bruscamente su mochila y se encaminó hacia la puerta, con paso decidido. Ya había puesto una mano en el pomo cuando éste giró solo y echó el pestillo. Al darse la vuelta, vio a Severus de pie, con la varita bailando entre sus dedos.

— ¿Me permite que me vaya, profesor?— preguntó Hermione de mal humor, pensando que volvía a burlarse de ella.

Severus la observó con interés, a la vez que se apoyaba ligeramente sobre la mesa y se cruzaba de brazos.

—Voy a llegar tarde a mi siguiente clase, ¿recuerda?— comentó la chica, tirando tozudamente del asidero.

— ¿Quieres saber qué has hecho mal en la poción de hoy?— preguntó Snape como si no la hubiera escuchado.

Hermione se cruzó de brazos y lo miró con actitud desafiante.

— ¿De verdad va a explicármelo? ¿No preferiría esperarse a estar delante de toda su Casa para dejarme en ridículo?

—Eso ha sido sólo por guardar las apariencias, Granger. Ya sabes que no podemos llamar la atención— contestó él, conteniendo una risilla entre dientes—. Bien, ¿quieres saberlo o no?

—A ver... Sorpréndeme.

Una ligera sonrisa curvó los labios del profesor. Clavó los ojos en la cara de la chica y continuó hablando con su sedoso tono de voz.

—No respiras, Granger. Creo que ya te dije en una ocasión que el truco para elaborar perfectamente una poción es la correcta respiración.

— ¿Cómo voy a respirar con un tiempo limitado y esos vapores sofocantes invadiendo la clase?

—Respirando, simplemente respirando… Frente a las situaciones adversas, muchas veces lo único que podemos hacer es coger aire y esperar.

Después de esa frase, ambos se quedaron en silencio. Hermione empezó a acercarse lentamente. La mochila se deslizó por su hombro y se cayó al suelo con un golpe seco, pero la chica ni siquiera la miró. Continuó hacia delante, sin dejar de observar a Severus, como hipnotizada. Se paró frente a él y se pasó la lengua por los labios. El profesor no se movió, contemplándola.

—Hermione, aquí no deberíamos…

Pero la chica no lo dejó terminar. Agarrándolo de las pecheras, lo atrajo hacia ella y lo besó. Snape, recuperándose de la sorpresa inicial, cerró los ojos y empezó a corresponder a ese suave movimiento con su propia boca. De repente, Hogwarts, el aula de Pociones y la mesa sobre la que estaba apoyado desaparecieron, y sólo quedó en el mundo su beso con Hermione, los labios de la chica, su piel, su olor… «Si cuando yo te decía que respirar servía para algo, Granger…». Se separaron unos segundos después, con la respiración agitada. La chica llevó su mano de la nuca a la mejilla de Severus, y le hizo una suave caricia. El profesor imitó su gesto, demorándose en cada centímetro de su cara, como intentando grabar a fuego a su paso la huella de las yemas de sus dedos, deseando marcarla como suya para siempre.

—No sabes— murmuró Hermione, ruborizada— cuánto te he echado de menos. No veía el momento de volver a tocarte, a besarte…

—Y yo a ti, niña tonta— ronroneó Severus, pegándola a su pecho y acariciándole el cabello.

La chica se abrazó a su torso con ambos brazos y cerró los ojos. No habría sabido decir cuánto tiempo estuvo ahí, perdida en la tela de la levita de Severus, haciéndose cosquillas en la nariz e inundándose de su olor. ¿Por qué nunca se había percatado de lo bien que olía? ¿Tanto lo despreciaba, que era capaz de pasar algo así por alto? «Supongo que nunca me interesó percatarme… Tenía cosas más importantes en las que pensar, como que era un exmortífago, que podía seguir bajo las órdenes de Voldemort y que había tratado de asesinar a Dumbledore… Normal que su olor pasase a un segundo plano. Lo más probable es que para mí apestara de todas maneras», reflexionó con ironía. Movió las manos de la espalda al pecho del hombre, como refugiándose de lo que los rodeaba, deseosa de no tener que volver a separarse de él, por lo menos, en todo el día. Definitivamente, una clase de Pociones de dos horas no era lo suficientemente larga. Soltó un respingo al notar que las manos de Severus tiraban de sus hombros hacia atrás. En su mente, tuvo el deseo de decir un infantil "¡No quiero!" entre pataleos.

—Suficiente, Hermione.

— ¿Suficiente?— preguntó la joven con ojos brillantes—. No, no lo es, Severus. Sea como sea, nunca tenemos el tiempo suficiente para estar juntos.

—Es lo que toca. Asumámoslo.

— ¿Por qué tengo que asumir algo que no quiero? ¿Quién es esa fuerza invisible que me aleja constantemente de ti? ¡Por Merlín, Severus! ¿Qué tiene de malo que te quiera? ¿Por qué a todo el mundo se le hace tan horrible la posibilidad de que esté enamorada de ti y quiera estar contigo por sobre todas las cosas?

Severus la observó con seriedad, interiormente conmovido por esa expresión tan abierta de sus sentimientos. ¿Y para él? ¿Por qué no era él capaz de decirle también que la quería? ¿Por qué, si una parte de su alma lo deseaba con todas sus fuerzas? «¿Alma? Pero yo… ¿Acaso me queda a mí algo de eso?».

—Esa fuerza invisible de la que hablas… se llama Albus Dumbledore— terminó por confesar, harto ya de esconderle que el director se había opuesto desde el principio a lo que había entre ellos.

— ¿Dumbledore?— se extrañó la castaña.

—Sí, Dumbledore.

—Entonces, ¿era cierto lo que yo había percibido en las distintas ocasiones en las que el director y yo estuvimos juntos?

—Seguramente.

—Y yo que pensaba que eran imaginaciones mías…— murmuró Hermione, con la mirada perdida, toqueteando con sus dedos uno de los botones de Severus.

El hombre la observó en sus silenciosas cavilaciones, mientras le retiraba un mechón de la cara.

— ¡Claro! Por eso vino en Navidad y Año Nuevo, para vigilarnos… No fue por cumplir con los Weasley, sino para impedir cualquier posibilidad de que tú y yo nos acercáramos el uno al otro.

Severus asintió lentamente, y no pudo impedir que su ceja se alzara al observar la malévola sonrisa que se formó en la cara de la Gryffindor.

— ¿Qué?

—Pero no le sirvió de mucho, ¿verdad?— comentó Hermione, clavando sus ojos en los de él—. Al final, pudimos encontrarnos.

—Sí, insufrible sabelotodo, al final lo hicimos, pero sólo debido a tu estúpida temeridad. Todavía recuerdo lo que pasó cerca de mi casa, y se me hiela la sangre sólo de pensar en lo que podría haber ocurrido si yo no llego a aparecer.

—No cambio lo que pasó— afirmó Hermione con sinceridad—, porque al final apareciste y me rescataste.

—No, error— contravino él, inclinándose hacia delante y apoyando su nariz en la de ella—: Ese día, tú me rescataste a mí… en todos los sentidos.

Volvieron a abrazarse.

—Vamos, Hermione, a clase. No quiero que mi pequeña sabihonda pierda esa fama de doña Perfecta que tiene por escaquearse de según qué asignaturas.

La chica le dio un pellizco en el brazo y se alejó lo suficientemente rápido de él como para que no pudiera darle alcance en caso de querer contraatacar. Recogió la mochila del suelo casi al vuelo y se encaminó a la puerta. Se dio la vuelta antes de llegar.

— ¿Cuándo volveré a verte?

—Que yo sepa, mañana tenemos clase.

—Sabes que no me refiero a eso…— dijo Hermione, tamborileando el suelo con la punta de su zapato.

Snape se rió entre dientes.

— ¿No podría ir esta noche a tu despacho?

El profesor se puso rígido, borrando toda sonrisa de su cara. No dejaba de ser una proposición interesante… y nada conveniente. La posibilidad de tener a Hermione en una zona tan íntima del castillo lo atraía poderosamente, para qué engañarse, pero también sabía que corría el riesgo de desatar la ira de Dumbledore cuatro días después del inicio de las clases después de Navidades. Apenas algo más de una semana después de que el viejo le hubiese advertido acerca de sus aproximaciones físicas dentro de los muros del colegio. «¿Y si no hubiera aproximaciones físicas?», se preguntó, con gesto pensativo. Observó a Hermione, que permanecía de pie a un paso de la puerta, esperando.

—Esta noche tengo ronda de pasillos— contestó el profesor, guardando su varita.

La decepción se abrió paso en la cara de la joven, pero se esfumó cuando él concluyó la explicación.

— ¿Querrías acompañarme?

Hermione desanduvo lo andado a grandes zancadas, con una gran sonrisa iluminándole la cara, planeando volver a abrazarlo, pero él la detuvo.

—Pero será un encuentro sin besos, sin abrazos, sin un solo roce de manos... No podrá haber ningún tipo de contacto físico entre nosotros. Sólo pasearemos y conversaremos. ¿Es suficiente para ti?

Hermione se lo pensó un momento. Estar junto a él... sin tocarlo. Sería duro, desde luego, pero prefería eso a no saber de él hasta las clases de Pociones.

—Sí, lo es.

Snape esbozó una breve sonrisa y después recuperó el gesto adusto de siempre. Se levantó de donde había permanecido apoyado y miró a Hermione con seriedad.

—Entonces, señorita Granger, no tenemos más que hablar. La espero en mi despacho a las diez en punto de la noche para partir juntos desde allí. No se retrase. Ya sabe que detesto la impuntualidad.

—No se preocupe, profesor— contestó ella, siguiendo con el trato formal—. No llegaré tarde. Gracias por su colaboración.

Se miraron un momento y la chica se dio la vuelta, llegando a la puerta.

—Si fuera tan amable, ¿haría el favor de abrirme la puerta?

—No creo que una insufrible sabelotodo como usted tenga el mayor problema en solucionar ese percance por sus propios medios.

La castaña sonrió de medio lado antes de sacar su propia varita y exclamar:

— ¡Alohomora!

El pestillo se abrió con un crujido y Hermione salió. Severus se quedó un momento donde estaba, observando con la mirada perdida el hueco entre jambas que había quedado tras la marcha de la joven Gryffindor, y agradeció al destino no tener clase hasta esa tarde... No sabía si podría concentrarse después de semejante encuentro con su insufrible sabelotodo.


Hermione estaba sentada en la sala común de Gryffindor terminando su redacción de cincuenta centímetros sobre el uso de la Poción Wiggenweld para tratar los efectos del Filtro de los Muertos en Vida que les había mandado Severus. Miraba el reloj de su muñeca cada medio minuto aproximadamente, esperando que no se le hiciera tarde en un descuido. Los chicos habían tenido entrenamiento de quidditch esa tarde y, a causa de la lluvia y el frío, habían llegado empapados, ateridos y muertos de cansancio. Apenas habían hablado durante la cena, y al atravesar el retrato de la Señora Gorda, tanto Harry y Ron como Ginny se habían despedido de ella entre bostezos. El quidditch... Nunca pensó que algo que se le daba tan mal pudiera ayudarla a encontrarse a escondidas con su profesor de Pociones.

Le había estado dando vueltas toda la tarde a eso de que solamente pasearían y conversarían, pensando en lo difícil que le iba a resultar a ella no cogerle una mano, o besarlo, o abrazarlo. En ese sentido, añoraba que Severus no tuviera ya su apariencia de dieciocho años.

Tan sumida se había quedado en sus pensamientos, que tuvo que salir corriendo cuando vio que la aguja más larga de su reloj acariciaba con un roce fugaz el número once.


Severus sonrió con sarcasmo al oír los agitados toques en la puerta. Había estado esperando ese momento durante todo el día, mucho más mientras les daba clase a los memos de quinto de Hufflepuff y Slytherin, que no sabían ni lo que era el moco de gusarajo. Se levantó despacio, paladeando los segundos que lo separaban de la maravillosa visión que aguardaba tras la puerta. Abrió. Una sonrosada Hermione, que respiraba entrecortadamente a causa del esfuerzo que había supuesto una carrera de última hora, lo observó alzar una ceja.

—Llegas tarde, Granger. No sé si puse demasiadas expectativas en ti...

Hermione miró su reloj, intentando que su respiración adoptase un ritmo normal. Abrió los ojos por la sorpresa.

— ¿¡Qué! ¡Pero si sólo he tardado un minuto más de lo que me dijiste!

Severus le mandó que bajara el tono con un suave movimiento de mano.

— ¿Puedes acompañarme o corro el riesgo de que te desmayes por el camino?

La chica lo fulminó con la mirada.

—Si tanto te molesta... que haya venido... puedo volver a mi sala común... Aún no he acabado el trabajo que nos mandaste... esta mañana.

Snape giró en torno a ella, sin tocarla en ningún momento, y se colocó a su espalda.

—Eso no será necesario— susurró, haciendo que el vello de la nuca de Hermione se erizase.

Echaron a andar por el húmedo pasillo de las mazmorras, en dirección al Hall principal.


Había pasado ya un rato desde que abandonaron el despacho de Severus. Sin ningún incidente reseñable, no habían hecho otra cosa que pasear y conversar. No se habían besado, ni abrazado, ni rozado una mano... Se habían limitado a observarse mutuamente, a escucharse, a hablar de cosas intrascendentes... Estaban, por decirlo de alguna manera, dando un paso más en su relación. Él le había preguntado por la reanudación de sus clases, interesándose especialmente por las lecciones particulares de DCAO con Godric Wellman.

—La verdad es que es un buen profesor— dijo Hermione en un momento determinado, concluyendo una descripción general de las enseñanzas del ex auror.

—Es un imbécil— masculló Severus entre dientes, apartando los ojos de la joven.

Hermione lo miró con interés.

—No, no me parece que lo sea— contestó, encogiéndose de hombros.

—Por favor, Granger... No es más que un pestilente auror venido a menos, más obsesionado por dejarse bien las mechas que por cultivar el barbecho que tiene por cerebro.

—Primero— respondió Hermione, levantando con decisión un dedo delante de Severus—: no es pestilente. Al contrario, huele muy bien.

«No tanto como tú», añadió con regocijo para sus adentros.

—Segundo— continuó, interrumpiendo todo intento de réplica por parte del profesor—: no creo que estuviera venido a menos. Si no, Dumbledore no lo habría contratado. Tercero: no lleva mechas. Su pelo es castaño con reflejos cobrizos.

Eso era cierto. Ya se había encargado Ginny de investigarlo y de contárselo.

—Cuarto: No me parece bien que te burles de su inteligencia. Es un hombre muy preparado, aunque tú no sepas verlo.

Severus bufó mientras seguían caminando por los pasillos en penumbra.

—Y quinto: ¿Es impresión mía o el Murciélago de las Mazmorras está celoso?

Las cosas fueron tan deprisa a partir de que Hermione pronunció la última sílaba de su frase que sólo recuperó la conciencia de realidad cuando se halló pegada a la pared, su cabeza entre ambos brazos de Severus, y la cara del hombre a pocos centímetros de la suya. Estaba segura de que no la había tocado y, sin embargo, había vuelto a acorralarla. ¿Cómo lo hacía ese hombre?

— ¿Celoso?— oyó que pronunciaba lentamente Snape, echando lumbre por los ojos—. ¿Celoso de un idiota que dedica sus ratos libres a fumar en pipa de agua? ¿Celoso... por ti?

Hermione se sonrojó por toda respuesta. Le estaba costando un mundo mantenerle la mirada al hombre, y le costaría mucho más si él se percataba de su rubor y hacía una broma severusiana sobre el tema. Para su alivio, el profesor pareció obviar el enrojecimiento de sus mejillas para continuar con su discurso.

—No creo tener motivos para estar celoso... ¿O sí? ¿Acaso él se ha visto reflejado en tus ojos... tras saborear el dulce néctar de tu boca? ¿Acaso él ha acariciado— al decir esto, empezó a descender con una mano por el cuerpo de Hermione sin tocarlo— cada centímetro de tu piel y se ha deshecho con un profundo gemido entre tus brazos? ¿Acaso él— acercó su cara hasta la de la chica y pegó su nariz a la de ella. No había nada más en contacto salvo sus puentes nasales— está unido a ti de por vida por una Unión de Suertes propiciada por la ruptura de un frasco de Felix Felicis?

—Creí... Pensé que no creías en eso— comentó Hermione un momento después con la garganta seca, forzándose a abrir los ojos y a mirarlo a la cara.

—Tú estás haciendo que vuelva a creer en cosas en las que no creía desde hacía años. ¿Por qué iba a ser esto una excepción? ¿Es que tú no crees en ello?

Hermione deseó con todas sus fuerzas besarlo en ese momento, callarlo de una vez y dejar que sus bocas hablasen por ellos sin emitir más que algún esporádico gemido de placer, de súplica o de júbilo. Pero él se separó de ella antes de que pudiera atreverse a llevar a cabo ningún intento suicida.

—Como te decía, Granger— dijo secamente, retomando su tono neutro y mirándola con los ojos entrecerrados—, no tengo ningún motivo para sentirme celoso de Godric Wellman.


¡Eoeoeoeoeeeeee! ¡Hola a todo el mundo! ¿Qué tal estáis?

Bien, siento la tardanza, pero últimamente he estado preparando los detalles de un viaje y apenas he tenido tiempo para escribir.

Y siento también que en este capítulo no pase nada reseñable (porque no pasa nada, María, asúmelo), pero, como os he dicho otra veces, necesito estos capítulos de transición para que la trama llegue a donde yo quiero.

Y nada, es un placer actualizar hoy porque esta noche nuestra selección se alzará con la copa del Mundial (o eso espero *risas*). Querría mostrar desde aquí mi apoyo a LA ROJA. Porque PODEMOS y VAMOS A HACERLO!

En fin, espero vuestro reviews, vuestros tirones de orejas o lo que a vosotros os apetezca.

Un abrazo

L&S

pD: No sé cuánto tardaré en actualizar el siguiente cap, porque, como ya os he dicho, me voy de viaje este miércoles y no sé si tendré tiempo material para escribir. Gracias por vuestra paciencia y vuestro apoyo.