XXXVIII. SIDERA (Estrellas)
(…) vengo huyendo hasta la piel de tus murallas
la soledad me sigue muy de cerca
ocúltame bajo tu permanente desnudez
en tu mano profunda
en tu llanto perfecto
en tu saliva sabia (…)
Fragmento de Contraespionaje I, Gaspar Aguilera Díaz.
Aioros buscaba sin resultados entre las pocas cosas que quedaban en el templo de la cabra algo que pudiera indicarle su paradero: o bien Shura había escondido perfectamente su rastro o alguien más lo había hecho por él.
Sólo encontró algunos libros, ropa, nada de interés. Cuando regresó de la ciudad una tarde después de aquella noche fatídica, ya no lo vio; pensando que tal vez estaría escondiéndose, no le tomó importancia. Sin embargo, al día siguiente cuando ya no sintió su cosmos cerca empezó a preocuparse, cabreado como estaba, decepcionado y con el alma en un hilo subió hasta el décimo templo… lo único que encontró ahí fue soledad…
No tenía la más remota idea de dónde buscarlo, le quedaba claro que se había marchado para no volver.
Su furia no tuvo límites, lo mismo que la pena de haberle perdido una vez más, por ello se negaba a dejarle ir. Tenía nuevamente una vida delante de sus narices, pero no sabía qué hacer con ella si él no estaba ahí.
Al salir del templo a toda prisa tratando de organizar sus pensamientos dispersos en mil ideas, sintió a Dohko que se acercaba, seguramente estaba por subir con Shion. El Santuario se encontraba prácticamente vacío, ahí sólo quedaban el Strategos Shion, Dohko, Aioria, Shaka y él… ahora más que nunca se sentía el peso del abandono.
Ocultó sus cosmos completamente y se mantuvo quieto tras una columna mientras el antiguo caballero de Libra atravesaba el templo, lo observó detenerse un instante delante la efigie de mármol de la Infanta Atenea que le otorgaba Excalibur a su fiel guerrero.
"Hijo de puta…" pensó en silencio.
Instantes después el chino siguió su camino, fue al verlo ahí de píe ante la estatua que la idea asaltó su cabeza, por supuesto, Aioros pudo adivinarlo con claridad a través de sus celos, si alguien cubrió la huida de Shura, debió ser Dohko. Era obvio, no sólo compartieron el lecho y las ardides de Afrodita… tan obvio.
Lo siguió a la distancia. —Tú lo sabes ¿no? —murmuró para sí mismo y sólo por romper ese silencio abrumador que se cernía a su alrededor.
La última apaturia(1) en el Santuario se llevaría a cabo en unos días y posterior a ese último ritual todos abandonarían el lugar que les vio crecer como guerreros para dar paso a los nuevos iniciados y a la nueva era.
Cuando salió a tientas del templo de los peces perdió de vista a Dohko, no había más camino por seguir sólo el que llevaba al complejo del Patriarca, así que allá fue tras sus pasos hasta que antes de alcanzar las puertas una mano le detuvo por el hombro deteniendo su silenciosa persecución.
—Pensé que no ibas a salir de tu escondite, Aioros… —le dijo con una sonrisa.
—Vaya, supongo que ha sido estúpido de mi parte pensar que no te habías dado cuenta… —respondió soltándose de su mano como si quemara.
—¿Qué sucede? —soltó a quemarropa el Arconte de Libra.
—Necesito saber en dónde está Shura —la frialdad en su voz era algo extraño en el siempre amable griego, pero… ciertamente no estaba para cordialidades—.Sé que tú conoces el lugar a donde se ha ido.
—¿Y qué te hace pensar que es así?
—¡Por favor! Aparte de la cama estoy seguro de que compartían sus respectivas tragedias… —respondió alzando la voz.
—Te equivocas, no sé en dónde se ha metido, y si tú no lo sabes, mucho menos yo.
Aioros lo tomó por el cuello de la ropa para acercarlo a él, sus ojos verdes brillaban cual brasas ardientes. Dohko le tomó por los puños apretándolos dolorosamente.
—¿Él te pidió que no me lo dijeras? Y tú guardas celosamente el secreto en honor a los varios años de revolcarse, supongo ¿no?, —hizo caso omiso del dolor que atenazaba sus dedos, tampoco esperó respuesta, su angustia no le permitía aguardar respuestas. —Dohko… de verdad necesito saber en dónde está… para ti pudo haber sido una aventura "juvenil" —la forma en la que había pronunciado la palabra juvenil, hizo que sonara a algo más vulgar que cualquier insulto salido de la boca de Aioria—, para mí es más que eso… para mí es lo que debió significar Shion para ti…
—No vayas por ese camino Aioros, te lo advierto… —esta vez le devolvió la mirada enfurecida y se soltó de su agarre apretando al borde de quebrar los huesos de sus manos—, si has venido para tener una charla referente a lo que haga o deje de hacer, te aclaro que no la vamos a tener… y respecto a Shura, no tengo información para ti.
—Buscaré hasta debajo de las piedras de todo el maldito refugio… ¡lo juro! ¡No podrás esconderlo para siempre! —escupió mientras estiraba los dedos casi triturados por la fuerza del chino.
—Puedes hacerlo si te place, no es asunto mío…
—¿Qué está sucediendo aquí…? —la voz autoritaria hizo que ambos se volvieran al mismo tiempo, Aioros se quedó inmóvil y Dohko, haciendo aplomo con sus muchos años de experiencia, optó por observar… pero era obvio que Shion les había escuchado en esa pequeña escaramuza, tanto como obvio era el color escarlata que empezaba a teñir su rostro.
—Nada… sólo hablábamos, Strategos, mis disculpas—contestó Aioros.
—Parecen olvidar que este recinto sagrado es más que un vil mercado… —acto seguido Shion dio la vuelta dejándolos ahí.
Aioros no pudo evitar sonreír con mezquindad, sin querer había tenido una pequeña venganza por lo que había sucedido entre Shura y Dohko, éste último tenía cara de pocos amigos, parecía más bien resignado.
—Bueno Dohko… piénsalo, si no me lo dices voy a terminar descubriéndolo… así tenga que voltear todo el Santuario…
—No tengo esa información Aioros, que los dioses te guarden… —contestó dando la vuelta para seguir a Shion, sabía que lo que le esperaba no iba a ser miel sobre hojuelas.
Lo encontró de pie observando por el gran ventanal la efigie de Atenea que imponente coronaba los doce recintos zodiacales, empuñaba en la mano una copa de vino, vacía.
—Así que era Shura —farfulló dándole la espalda y apenas observándolo por el rabillo del ojo—. Imaginaba que habías encontrado entretenimiento con alguien más en estos años, pero no imaginaba que fuese uno de ellos, que decepción…
—Decepción fue para mí saber que tú, mí compañero de toda la vida, decidieras hacerme a un lado y tratarme como si fuera un soldado más… —arremetió el chino.
—Te lo dije desde un principio, que estábamos aquí para…
—¡Ya sé! Para ser los guerreros dignos que se esperaba que fuésemos, lo sé… —repitió el discurso aprendido aderezado con un ligero tono de fino sarcasmo.
—Han pasado muchos años, Dohko, demasiados, y a pesar del tiempo parece ser que no acabamos de conocernos…
—¿Qué esperabas? ¿Qué me mantuviera como una suplicante a tu lado?
—¡Esperaba que al menos entendieras! ¡No estábamos aquí para romancear! —vociferó el lemuriano.
—¿Romancear? Lo haces sonar tan… burdo, pues bien, ya sabes lo que sucedió… si quieres los detalles, no, no me arrepiento, pero supongo que eso ya lo sabes porque me conoces: yo no me arrepiento de mis decisiones…
—Tiene gracia, no te arrepientes a pesar de que me estás haciendo trizas…
—¿Trizas, Shion? Trizas fueron las que me dejaste… trizas fueron las que yo viví tantos años lejos de ti… Y a ti, ¡te importó un comino! —rebatió fuera de sí—. No me digas que estás hecho trizas porque de eso tú sabes poco, y yo sí que estuve hecho añicos después de que me echaste de tu lado y de tu cama…
—¡Cierra la boca!
—No… esta vez no, siempre tú, siempre tu deber, siempre algo más, pues esta vez ¡no! ¿Quieres saber algo más? Ya que estamos con las verdades esta noche…
—¡Sorpréndeme, por favor! —ironizó el ex caballero de Aries, observándolo con un dejo de frialdad.
—Pues bien, mientras estuve en los Cinco Picos, tuve una mujer, —soltó con satisfacción aunque una pincelada de profunda tristeza cruzó sus ojos verdes. —Tú te negaste toda la vida a separar el trasero del maldito trono… por más que te rogué, por más que te lo pedí…
—Para con eso…
—Viví muchos años con ella, como si fuese mi mujer…
—¡Que pares te digo!
—Pero yo no envejecía, yo seguía siendo un hombre joven, atrapado en mi propio cuerpo, en mis recuerdos, y ella… envejecía como cualquier ser humano…
—Deja de joderla más, Dohko… —le ordenó llevándose la mano a la frente, pocas veces Shion pronunciaba una mala palabra, y cuando lo hacía sólo se podía esperar que todo acabara mal.
—Murió, murió muy joven… nunca supo mi secreto… y otra vez me enfrenté a la soledad, a mi maldita necesidad de ti, porque aunque ella estaba conmigo… yo sólo te amaba a ti… ¿no te parece irónico? Y tú… seguías inamovible en tu lugar… para ti, entre tus múltiples responsabilidades, yo era la última… esa que nunca quisiste tomar entre tus manos y ahora vienes y me recriminas por qué es que fui a buscarme a alguien más ¿no es obvio?
—¡Basta ya! No quiero seguir escuchándote… —le contestó abatido—. Sabes perfectamente que mi responsabilidad y mi prioridad siempre fue ser un guerrero de Atenea ¿Tan difícil te es entenderlo? ¿Por qué no pudiste esperar? ¡Todo tiene que ser a prisa, contigo!
—Para lo único que tengo prisa es para ti, pero eso parece no importarte.
—En unos días se llevará a cabo la apaturia, después de eso te relevo de tu cargo y responsabilidades, la carta de Atenea ha sido clara al respecto… eres libre de hacer tu vida como te plazca, el ropaje sagrado de Libra deberá ser entregado a Shiryu, él velará por la armadura y será entregada al caballero dorado que la ha de reclamar...
—Me estás echando nuevamente…
—Si lo quieres tomar así…
—No creas que te libras de mí, ya no Shion… podré obedecer tus órdenes aquí, pero afuera… vamos a arreglar las cosas.
—No hay nada que arreglar, retírate —le ordenó con sequedad dándole la espalda otra vez, empuñando la copa vacía que ahora le parecía un artilugio barato y ridículo en su mano.
—Con su permiso… excelencia —contestó el viejo Arconte de Libra.
Sus pasos se pierden en la cámara del Patriarca mientras se marcha, lejano está como un sueño, como un sueño que el desventurado soñó, aquella fantasía febril donde ésta cobra cuerpo sonoro, dueño de un amor que nunca pudo conseguir del todo…
(1)apaturias – Antiguas fiestas griegas que se celebran en nombre de Atenea, a veces de Afrodita, y otras pocas más de Dionisio.
