Mañana
Alistair se apoya contra su cabeza y respira exhausto tras el esfuerzo.
Ha dejado de llover, al menos de momento. Lady Aeducan besa en el pecho al joven antes de separarse de él, minutos después que su respiración se haya sosegado.
Se sonríen y esta vez evitan cometer el error de lavarse el uno al otro y comenzar de nuevo el círculo del deseo.
Se sumergen en el agua y así permanecen sin osar ser el primero en salir por vergüenza. Ésta es vencida cuando se toman de la mano y avanzan juntos hasta la orilla.
Sus ropas, tiradas sobre la hierba, están empapadas. Les cuesta ponérselas y ello acarrea risas entre los incipientes temblores de frío.
Corren hasta el campamento. Sten realiza la ronda y, sabiendo como saben que él hace el último turno, descubren que ya poca noche les resta para descansar.
Al divisar al gigante, la princesa de Orzammar se detiene y suelta la mano del ex templario, sin embargo, éste vuelve a tomarla y avanza hasta dejarse ver.
—Kadan —dice al avistarles a la par que les hace un gesto de aprobación con la cabeza, gesto que ambos corresponden silentes.
Se cobijan en la tienda del Guarda. Lady Aeducan ayuda a Alistair a despojarse de la vestimenta húmeda que le ralentiza los movimientos. Mueve con delicadeza los dedos a través del cuerpo recién descubierto, percibiendo y transmitiendo deseo con su tacto. A su vez, él hace lo mismo por ella.
Y las pocas horas que les quedan para descansar se acortan un poco más cuando sus piernas insisten en envolverse y las manos se deslizan por la piel como si se tratase de un terreno nunca antes explorado.
Por vez primera él duerme con una mujer, ella con un hombre, pues sus encuentros con Gorim no sólo fueron contados, también tenían horas de caducidad.
Descansa ella la cabeza sobre el pecho varonil, con el brazo de él aprentándola contra sí.
Abre los ojos cuando la lluvia golpea la lona y le observa dormir embelesada, incapaz de creer que alguién como él sea posible, ahí, con ella. Hasta que un trueno lo despierta y le hace sentarse en el lecho. Ante el sobresalto del joven ella se coloca a su lado de rodillas. Las pieles resbalan de su cuerpo dejándolos semidesnudos.
—No me ha alcanzado —asegura él mientras se palpa buscando una herida imaginaria.
—Estabas soñando —pretende tranquilizarlo.
—No, las hermanas de la Capilla decían que debería caerme un rayo encima por lo que hemos hecho esta noche. —Sin poder evitarlo ella comienza a reírse—. ¿Se ríe usted, señora? Me ofende. —Y la risa se torna en carcajadas incontrolables—. Eso significa que ha sido tan increíble que el Hacedor ha decidido ahorrarme el castigo habitual, ¿no? ¿No?
Sin embargo ella no puede parar de reír. Toma su mano y se la lleva a la mejilla, en donde la deja hasta que sosiega su humor al ver el semblante de pena de él.
—No sé si tildarlo de increíble o de mágico. —Desliza la mejilla y besa la palma de la mano en la que se apoyaba—. Puede que el Hacedor haya dicho —agrava la voz y aseria el gesto— «por esta vez le perdono, pero —levanta el dedo índice ante su rostro— voy a enviarle una tormenta para recordarle que ha de regresar a la senda de la rectitud. Si vuelve a tener una conducta pecaminosa, lo fulmino». Krak krak krak. —Simula que desencadena una tormenta y mueve las manos como si manejase las nubes para hacer que chocasen entre ellas.
—Así que el Hacedor me desafía. —Asiente ella risueña—. ¿Sabes que si te quedas aquí corres el riesgo de ser fulminada conmigo?
—¿Y que un rayo que lleve tu nombre nos alcance a los dos? —Se acerca a su cara y le pasa ella la lengua por los labios, despacio, dibujándolos. Cierra él los ojos dejándose hacer.
Abre él los párpados para ver cómo se desliza Lady Aeducan apoyándose en la cadera, hasta quedar pecho contra pecho; su cabello castaño se desparrama sobre las pieles, sobresaliendo de éstas; los dedos varoniles acariciándolo, recorriendo el camino que va desde el cuello hasta la clavícula.
—Tengo dudas de quién desafía a quien, si el Hacedor a mí o tú a mí; o quizás tú a los dos.
Y aunque hay avidez en la saliva que intercambian y en la más leve fricción, en esta ocasión también se impone el sosiego de aquellos que tras devorarse se abandonan al vértigo de las emociones. De los que se saborean tratando de memorizar cada gota paladeada, cada lunar que salpica la piel que recorren.
Mientras, fuera, los rayos que se afanan en atraer acallan sus gemidos; la oscuridad se empeña en impedir que el sol emita ninguna luz. La aurora se retrasa, mas ellos no serán conscientes hasta que no salgan de la tienda, pues, por ahora, no perciben otra cosa que el deseo y aquello que lo acompaña.
Día y medio después, cuando las fuertes lluvias arrecian, parten hacia Brecilia. El cielo sigue nuboso, aunque para ellos dos es como si estuviese soleado.
Camina la orzammareña al lado de Sten, el silencioso Sten. El Canino corretea a su alrededor y de vez en cuando se acerca para que le dé una caricia en la cabeza. Unos pasos delante Zevran habla con Morrigan. Alistair, aunque un poco ladeado y fingiendo ignorarles, se sitúa muy próximo, callado y tratando de no perder palabra de la conversación.
—Acéptalo, Morrigan. Tu belleza merece ser cantada por bardos y poetas. Incluso que le hagan una estatua.
Sopesa la bruja lo escuchado. Deja que su boca se curve en una mueca que pretende ser una tímida sonrisa.
—Quizás tengas razón. Soy bonita.
—Tenías razón —Alistair que ha estado esperando el momento no puede evitar hacer un comentario—. Te debo una bolsa de oro.
—Os odio. —A Morrigan no le sienta nada bien que los chicos se rían celebrando el buen término de la broma.
La Guarda sonríe al escuchar las carcajadas del ex templario. Parece un niño al que hayan regalado una fuente de pasteles. Zevran se gira y le guiña un ojo convirtiéndola en cómplice con el ademán.
Lady Aeducan desvía la mirada y topa con la de Wynne, que ha captado el gesto entre ella y el cuervo y la observa con cierto desdén. No le ha perdonado y probablemente no le perdone lo sucedido en la choza de Flemeth. Seguro que la culpa de la forma de actuar de Alistair y la tache de manipuladora. Como si él no pudiese tener iniciativa o ideas propias, como si por el simple hecho de haber sido templario no le estuviese permitido ir contra los preceptos que un día le inculcaron.
—¿Te das cuenta que te comportas de forma ridícula? —Morrigan se ha acercado sin que ella se haya apercibido. Al escucharla a su lado desvía la mirada de la anciana y da un pequeño respingo—. Tú y ese idiota de Alistair lleváis todo el camino intercambiando miradas y sonriendo como dos bobos. —Lady Aeducan comprende que la bruja de la espesura está enfadada con los chicos y que la felicidad que ella exuda le ha acabado de indignar—. Debe de ser muy bueno en la cama porque de lo contrario no me imagino a nadie aguantando su charla insustancial.
El comentario hace que se sonroje y en el fondo le molesta que hable así del chico. Inspira con fuerza y recuerda, es Morrigan, la misma persona que hace unas noches la ha llamado hermana. Ella la aprecia, pero no por ello puede pedirle que sienta lo mismo por Alistair ni viceversa. Ambos están condenados a no entenderse ni apreciarse. Nada existe que pueda hacer para luchar contra ello. Sólo aceptarlo.
—Es un idiota, pero es mi idiota.
La hija de Flemeth sonríe. No aguardaba tal contestación y ésta le hace feliz y calma su humor. Quizás en el fondo le alegre que sea dichosa con él aunque no sea un hombre que le agrade sobremanera.
—¿Has visto cómo nos mira? —inquiere señalando con la cabeza hacia donde se sitúa Wynne—. Nos odia. Aunque a ti más que a mí. —La orzammareña es incapaz de reprimir una carcajada—. El idiota de Alistair no se deja manejar ni es tan obediente como cabría esperar. Por supuesto, eso se debe a que tú lo has engatusado, porque ¿cómo va a tener él ideas propias? —Hasta Morrigan cree que a pesar de su inseguridad él es capaz de tomar decisiones. Ello le hace sentirse un poco más orgullosa, de lo que ya lo está, de Alistair—. Seguro que en su cabeza te llama lagarta. —La bruja lo dice muy seria, llevada, quizás, por la lealtad hacia ella, pero hoy Lady Aeducan cree que nada puede hacer que se le ensombrezca el humor y ríe—. A lo mejor es que se cree más digna bebiendo su vino fino y mirándonos a los demás por encima. Podríamos llenarle una de esas botellas que tanto le gustan con cerveza enana de la que bebe Oghren.
Y mientras se carcajea ante el despropósito que le cuenta Morrigan, ve cómo Alistair las mira.
Trata de buscar el instante propicio para escabullirse y caminar al lado de él. Sabe que no ha conseguido ocultar su intención cuando la hija de Flemeth la mira arqueando las cejas.
—¿Qué? —pregunta.
—No me escuchas. —Ella no lo niega, tampoco afirma. Y la bruja le hace un ademán con la cabeza—. Anda, ve.
Abre la boca para darle las gracias, mas en ese instante se da cuenta que ha tocado la mano de la mujer, apretándola. Y recuerda que a la joven no le gusta que le toquen. Retira la mano avergonzada, como si estuviese sobre las llamas y no sobre piel. A Morrigan, el gesto de cariño, parece que la ha turbado, pues se ha mantenido estática y la mira aturdida. Sin querer alargar más la incomodidad que su hermana debe de sentir, le regala una tímida sonrisa antes de adelantarla para allegarse junto al Guarda.
Avanzan lentamente, lo cual los rezaga, mirándose de soslayo de vez en cuando y apartando la vista, azorados, cuando sus miradas se encuentran.
—¿Adónde vamos? —quebranta el muchacho el silencio que se ha interpuesto entre ellos.
—A Brecilia. A entregar las hierbas que hemos cosechado a los dalishanos para ayudarles a prepararse para la batalla. Además de proponerles que se pasen por Orzammar, en donde mi hermano intercambiará con ellos champiñones de las profundidades y otras especies para sus pócimas. Aunque en realidad lo que pretendes es sorprender a Wynne al llevarla hasta Aneirin, ese aprendiz del que te ha hablado. Sin embargo, la auténtica verdad es que tras ese pretexto se esconden tus ganas de evitar a tu tío Eamon. —Hecha la reflexión le dedica una sonrisa de autosuficiencia.
—O quizás busco tiempo para estar contigo. —Ante la revelación ella roza su mano. Pasea sus dedos por ella, acariciándola—. Pero no es esa mi pregunta, —osa entonces atrapar la mano que se paseaba libremente por la suya—, sino adónde vamos tú y yo, lo nuestro, después de lo que pasó anoche.
—Yo,… no lo sé. Pero no entra dentro de mis pretensiones que esto sea un juego o un mero pasatiempo. Por primera vez en mi vida soy libre para querer y no pienso renunciar a ello; tampoco abandonar los Guardas Grises o nuestra misión. Así que supongo que iremos donde sea necesario, los dos últimos Guardas grises, juntos a por ese maldito Archidemonio y luego —aquí la voz se le traba. Traga saliva para que no se note su titubeo—, luego, ya se verá.
—Si sobrevivimos —sentencia lúgubremente él mirando hacia el horizonte, como tratando de alcanzar con la vista el futuro aciago que está por venir.
—Sí —susurra ella. Se abstiene de adjuntar a ese sí un «juntos hasta la muerte» y en lugar de ello aspira profundamente.
Y esa misma noche será esa sentencia no pronunciada la que detone sus sueños.
—Juntos hasta la muerte —susurra un débil Alistair al que se le escapa la vida.
Cercada por engendros ella lucha sin cesar. Trata de volver la vista atrás para localizarlo y correr a su vera. El enemigo no le concede tregua y por más que pasea la vista en derredor no lo ve. Ni su espada, ni su armadura, o su figura. Ni siquiera escucha su voz.
—¡Alistair! —grita—. ¡Alistair! ¡Alistair! —hay desesperación en la voz rota por el miedo.
El vacío se apodera de ella.
«¿Dónde estás, maldita sea? Contéstame». Pero la certeza de su ausencia está ahí. Así se lo confirman las lágrimas copiosas que se agolpan en sus ojos, que le obligan a mantener una visión borrosa.
Siente el acero traspasar su costado, allá donde la vieja herida de Ishal todavía quema. La sangre se desliza camino a las caderas y el trasero. El mismo camino que no hace mucho las manos diestras de Alistair recorrieron.
El recuerdo punzante late en su mente. Es el que la impulsa a saltar, emitiendo un chillido de furia, hacia adelante y batirse contra el enemigo con ferocidad.
Siega la última vida a costa de su sangre. Pero ello no sirve de nada. Hazaña que se muestra vacua cuando una sombra planea sobre su cabeza.
Se rodea la cintura con su propio brazo tratando de contener el dolor y el miedo que siente. Alza la cabeza y lo ve. El Archidemonio. Sobrevolando sobre ella. Sus alas majestuosas opacando el cielo.
Desde las alturas él clava sus ojos en los suyos. Y en ese momento se inicia una lucha entre ellos dos. Nadie más se interpone. Nadie más va a ayudarla.
El pavor impera sobre ella y se queda allí clavada, aguardándolo. Ofreciéndose blanco fácil.
La cola de él se balancea a un lado y otro, tomando impulso y, en el último movimiento, la descarga con toda la fuerza de la que dispone contra su vientre. Latigazo inesperado que la lanza al aire. La estrella contra una pared.
Cabeza y espalda queman. Arden de dolor. El estómago casi no lo siente. Lo único que experimenta es pavor. Un pavor como nunca ha conocido en toda su existencia. El calor de la orina baja por sus piernas. Necesita vomitar y no hay nada que contenga en su interior para echar fuera.
El Archidemonio se posa en tierra. Con movimientos calculadores, fríos. Avanza hacia ella. En sus pupilas se refleja la muerte. La muerte que viene a por ella. Inexorable. Extendiendo a su paso la calígine que devorará al mundo.
Y de súbito su espalda está pegada contra la Roca, en los Caminos de las Profundidades. Ya no es ella, sino Trian, segundos antes que le arrebaten la vida.
Ve el acero, mas no puede impedir que traspase su carne e hiera sus manos que intentan actuar como escudo protector. No ve la mano ejecutora. ¿Y acaso importa ahora quién hunde la espada? No, ahora sólo queda el sabor metálico de la sangre borboteando en la boca. El frío que atraviesa su pecho. Los ojos de Trian.
Los ojos de Trian que retienen el miedo del que sabe presto a morir.
Y su mano se alarga, se alarga tratando de aferrarse a ella, a la vida.
Y el aire se niega a inundar su pecho. A entrar en su boca abierta anhelante.
El vacío la absorbe hacia la nada más oscura.
Y es en ese instante que despierta. Boqueando. Necesita que un mínimo soplo de vida entre en su cuerpo.
Se lleva las manos a la garganta que se niega a cumplir su función. El pánico todavía anidado en su ser.
Inspira grandes bocanadas de aire, hasta que la respiración vuelve a ser regular.
Sus dedos tiemblan. Sus piernas también. La angustia prosigue en el corazón.
Gira la cabeza hacia el lado, buscando a Alistair, pero las pieles están vacías. «Está de guardia», recuerda.
Se limpia con el dorso de la mano las lágrimas, esas que no sabía siquiera que está derramando y que, sin embargo, ahí están. Se muerde el labio inferior, también las ganas de salir a buscarlo para contarle sus miedos. Para aparecer ante él como un alma insensible y pusilánime.
Se siente sola. Vacía. Y odia el honor y el sacrificio. Toda una vida de enseñanzas que ahora pesan sobre ella y que desea extirpar.
«Prométeme que regresarás con vida. No dejes que la Ruina acabe contigo». Esas son las últimas palabras que le dedicó Bhelen. Hoy más que nunca resuenan en los ecos de su memoria, dispuestas a invocar lo prometido.
Se tiende de lado, abrazándose a la ausencia de Alistair, tapándose con las mantas y los nudillos en la boca para evitar que la escuchen. Solloza. Solloza porque es injusto que ellos sean Guardas Grises, los últimos Guardas Grises. Porque es injusto que sean ellos los que tengan que inmolarse en aras del bien de Ferelden.
Y ojalá fuesen otros los héroes anónimos sobre los que recayese tal gloria. Gloria que no quiere para sí ni para los suyos. Gloria que no es más que una renuncia a la vida.
Y quizás sea cobarde. Y quizás ni siquiera eso le importe. Porque es su felicidad, su vida la que la guerra reclama y nunca en toda su existencia había deseado tanto aferrarse a ella. Y en su interior dos palabras son gritadas una y otra vez, letanía del cobarde: ¡quiero vivir! ¡Quiero vivir! ¡Quiero vivir!
Elegía
Shianni detiene el paso al observar sentada contra la pared de un edificio a una niña cabizbaja. Reconoce su cabello deslucido por la poca higiene. Es Amethyne, hija de Iona, dama de honor del bann Loren.
«Pobre muchacha», piensa al recordar las noticias que llegaron de Pináculo; son muchos los que sitúan a Lady Landra, su hijo y sirvientes en el castillo cuando éste fue atacado. Todavía no se sabe nada sobre ellos y según pasan los días mueren las esperanzas.
Y ahora ni siquiera existe orfanato en el que refugiar a tantos y tantos pequeñuelos que inundan las calles por el día y se resguardan en el viejo almacén por las noches.
Saca del bolsillo un trozo de pan que siempre lleva para estas ocasiones, se acuclilla y lo pone delante de la niña. Ésta, al olerlo, iza el rostro. Abre los ojos con desmesura, pasa la punta de la lengua por los labios y arranca el goloso alimento de las manos que lo sostienen.
Come con gula, procurando que ninguna miga llegue al suelo. Mueve la cabeza aprobatoriamente, dando las gracias con el gesto, gracias que no pronuncia hasta no finalizar.
Shianni le sonríe y le otorga una caricia en la mejilla antes de levantarse e irse. Aunque lo que realmente desearía es llorar. Llorar porque no ha podido ofrecerle más que un mísero trozo de pan. Llorar porque no es la única niña que pasa frío y hambre. Hay más, muchos más, tanto adultos como pequeños.
Los refugiados por la Ruina atestan Denerim, los precios han subido. Y todo aquello que es de primera necesidad escapa al acceso de los bolsillos menos pudientes.
La delincuencia ha aumentado y con ella el desprecio por los elfos, a los que injustamente se acusa de ser los causantes de la gran incidencia de delitos. Como si fuese estrictamente necesario ser elfo para convertirse en maleante. Como si un humano o un enano fuese intachable e incapaz de los actos más deleznables.
Es frecuente que últimamente a muchos de ellos se les haya prohibido la entrada a algún comercio, o que por el mero hecho de caminar por la plaza de Denerim se vean envueltos en disputas o peleas.
¿Cuándo? ¿Cuándo acabará tal degradación para los suyos? ¿Es que acaso no sienten ni padecen igual que los demás? ¿Qué los diferencia de una persona de primera categoría? Orejas, sólo las orejas puntiagudas. ¿Es ese motivo suficiente para tal desprecio? No. Bien saben el Hacedor y todos los dioses del panteón élfico que no.
En los últimos tiempos el fuego de la rebeldía que siempre brilló en ella se empeña en desbocarse. El mismo que cultivó allá en los bosques, cuando todavía pertenecía al pueblo errante. Antes que tío Cyrion la trajese a la elfería. Antes que tal llama fuese atrapada, igual que ella misma, tras unos muros.
Su enjuto cuerpo ya no es suficiente para contener sentimiento tan profundo. Es como si tras el día de las bodas se hubiese traspasado una línea de la cual no hay vuelta atrás, como si hubiese sido superada toda la franja del dolor. Una familia, el honor. Ya no hay sitio más que para la superación, la lucha y resistencia.
No más callar, no más bajar la cabeza. Orgullo y nobleza. Pese a quien pese. Pase lo que pase. Siempre adelante, sólo adelante. Ya no hay nada más que puedan arrancarle.
Ante ella se despliega el camino del dolor y, con toda probabilidad, desemboca éste en muerte.
Es como si en su estado alcanzase a comprender a todos esos héroes de los que hablan las historias. Aquéllos que inexplicablemente sacaban agallas para lidiar con el enemigo y sacrificarse por los demás. Y es que existen momentos en la vida que ésta te empuja al abismo sin mirar abajo.
No, ella no tiene miedo, ya no.
A pesar de ir embuída en sus pensamientos, pensamientos que la corroen día tras día, hora tras hora, percibe un ajetreo inusual.
Vuelve hacia atrás la vista. Divisa pequeños grupos de gente murmurando. Algunos corren hacia las puertas que llevan a la plaza de Denerim.
El corazón le late a toda prisa. Algo ocurre y sus presentimientos le dicen que nada bueno.
Encamina sus pies hacia el puente, en donde ya muchos comienzan a concentrarse. Trata de abrirse paso, pero los que están delante empiezan a ser empujados hacia atrás, tirando a otros indiscriminadamente. Los gritos se desatan casi a la vez.
Una mano la toma con brusquedad por el brazo y tira de ella. Nunca sabrá a quién pertenece, pues, en cuanto intenta mirar hacia tal benefactor la pugna por salir de allí se vuelve feroz y los codazos que recibe le hacen trastabillar.
Está cansada de huir. Desea quedarse y enfrentarse a los problemas, cualesquiera que estos sean. Mas la multitud manda y obliga a alejarse para evitar ser aplastada en plena estampida.
Aguarda cerca del puente a que todos pasen para volver a cruzarlo. No necesita llegar al final para descubrir a los soldados que han sellado las puertas. Les han impedido entrar o salir.
Piensa en las familias que quedarán separadas por no haber cruzado a tiempo las puertas. En la miseria que recorrerá la elfería sin acceso a las provisiones que llegaban de fuera.
Si la ciudad arde, ellos estarán atrapados en una ratonera sin escapatoria. Los van a sacrificar en aras de la supervivencia de Denerim, comprende.
En ese mismo instante le asalta la certeza que ella se esforzará por impedirlo y defender a su gente, así se le vaya la vida en ello. Yergue la espalda, alza el mentón y avanza hacia la soldadesca, dispuesta a presentar la primera batalla.
—Aléjese —ordena uno de ellos beligerante—. Las puertas están cerradas.
—¿Por qué?
—Por orden del regente.
—Pero, ¿por qué? ¿Qué se supone que hemos hecho para que se nos encierre? ¿Y cuánto tiempo durará la situación?
Entiende, al ver las miradas que intercambian, que ni siquiera ellos mismos tienen idea de lo que ha movido al Teyrn Loghain a tal decreto. Cumplen órdenes y al parecer no las cuestionan.
No sacará nada en claro de ellos y es por ello que da media vuelta y vuelve a la elfería. Hay demasiadas cosas que hacer. De nada sirve lamentarse o criticar. Es preciso tomar medidas que ayuden a la supervivencia.
Se pasa hasta bien entrada la noche recorriendo las calles, llamando a puertas en busca de colaboración. De una valoración que le indique con qué medios cuentan, cuánta comida hay. Una estimación sobre el tiempo que tienen.
No es fácil. Cuando la supervivencia está en juego, las personas piensan individual, no colectivamente.
En cuanto llegue el final será un sálvese quien pueda. Un combate en el que la trinchera será la propia elfería, los combatientes vecinos y familia.
Pero ahora sabe con quién contar y a quién ha de ganarse a lo largo de los días. Ha de trazar un plan para traer a su causa a cuantos más mejor. La unidad hace la fuerza y luchará por lograrla.
Barrunta por dónde comenzar mañana y antes de llegar a casa el hahren Valendrian la aborda.
—¿Dónde has estado, Shianni? —hay nervios, y muchos, en el tono empleado.
—Preparándome para lo que está por venir. Nos queda mucho que hacer.
—Olvídate de eso por un momento.
—¿Que me olvide? No puedo. Tenemos bajo nuestra responsabilidad a demasiada gente.
—Cyrion. Tienes bajo tu responsabilidad a Cyrion.
—¿De qué hablas? —Shianni, nerviosa trata de correr a casa. Valendrian la toma por los hombros deteniéndola.
—Han venido shems de acento tevinterano. Han dictaminado que tu prima estaba enferma. Una enfermedad contagiosa que se extiende por la elfería y para la que sólo ellos tienen la cura. Se la han llevado. —Shianni siente que le fallan las piernas y que caerá al suelo en cuestión de segundos—. A duras penas he podido retener a tu tío en casa. Lleva horas empeñado en salir a buscarla. Entre la esposa de Soris y yo hemos conseguido impedirlo, pero sólo después que Valora decidiese ser la que se acercaría a preguntar. Todavía no ha regresado y me temo que ninguna de las dos lo hará.
—No está enferma, no está enferma —lo dice más para sí misma que para nadie.
Se deja caer al suelo, apoya la espalda contra el tronco del Vhenadahl, vencida. Sobre ella adornos, que ahora son vacuos, cuelgan de las ramas del árbol sagrado tintineando al ritmo de un fresco céfiro. Las lágrimas surcan su rostro.
Su tío, su pobre tío. Lo sabe destrozado. Después de lo sucedido en la boda y ahora esto.
Meses, durante meses su prima se ha dedicado a vagar por casa y por las calles de la elfería como alma en pena. Ojeras dominando sus ojos. La espalda ligeramente encorvada y una pena que escapaba por cada poro de su piel.
Atrás quedaron aquellos días que tan lejanos hoy semejan, cuando semanas antes de la boda se retorcía las manos nerviosa. Olvidaba cosas continuamente y de vez en cuando le daba por planificar una posible fuga en caso que su esposo resultase ser una decepción.
Contrariamente a sus malos presagios, Nelaros logró impresionarla en los breves instantes que tuvieron para conocerse antes que la boda diese comienzo.
Sentados en un banco hablaban en voz queda y se sonreían con vergüenza y brillo en los ojos.
Shianni la recuerda resplandeciente durante la ceremonia con su pelo suelto y una corona de flores. Ambos de la mano y llenos de ilusión. Minutos después, el ensueño en el que se había envuelto se desvanecía.
Las llevaron a aquella mansión a empujones y tirando de ellas. Debido a que ni siquiera la encerraron en el mismo cuarto que las chicas, no sabe cómo pasaron aquellas horas de incertidumbre. Por lo que le contaron, no muy bien. A una de ellas, la que estaba sentada al lado de su prima, la ensartaron en una espada como ejemplo de lo que les sucedería si osaban oponer resistencia.
No fue hasta la mañana siguiente que las dejaron marchar. Todas habían sido mancilladas.
Con la mirada la localizó, desgreñada, con algún pétalo, de aquella corona de flores que había exhibido con orgullo, enredado en su cabello. El vestido desgarrado y manchado de sangre, tanto suya como de la muchacha que habían asesinado. Había llorado y Shianni quiso consolarla.
—Nelaros y tú deberíais iros de aquí. Empezar de nuevo.
La vio asentir meditabunda, tratando de contener los sollozos. Y de súbito se agarró fuerte a su brazo, clavándole las uñas.
A Shianni no le dio tiempo de decirle que le hacía daño, puesto que no bien sintió el pellizco la escuchó gritar.
Uno de los guardias, mientras reía, le dio una bofetada para hacerla callar, sin embargo, ella ni siquiera lo notó y prosiguió chillando.
En aquel pasillo, aguardándolas, había un cadáver. Por los zapatos enseguida reconoció a Nelaros, antes incluso de ver su cara, el charco de sangre sobre el que reposaba y el tajo de su pescuezo.
La visión le horrorizó pero, Shianni, en vez de darse a los sollozos como las demás, o gritar sin parar, tiró de su prima obligándola a avanzar.
La vuelta a casa fue peor, una prolongación de aquel pasillo en el que había quedado Nelaros.
Las piernas les fallaban a casi todas, se sentían humilladas y lo que menos deseaban era hallarse frente a frente con los suyos, mirarles a la cara y recibir su condescendencia o pena.
Fueron unos segundos de vacilación de los que pronto se recompusieron, aunque más bien podría decirse que la entereza de Shianni fue la que les reportó el coraje necesario para dar aquellos pasos.
El tío Cyrion las recibió con lágrimas en los ojos. El pobre tío Cyrion, uno de los que más perdió en ese aciago día. Por él descubrieron que Nelaros había ideado un rescate y que sólo Soris había tenido los arrestos necesarios para avenirse a acompañarlo a la suicida empresa.
Ahora Nelaros era pasto de los gusanos, Soris estaba a saber en qué condiciones tras unas rejas y, mientras tanto, Cyrion había de hacer frente a las consecuencias y ocuparse de ellas tres, víctimas de Vaughan.
Después, hora tras hora, día tras día, semana tras semana, Shianni asistió al poco grato espectáculo de ver cómo su prima se marchitaba. De cómo la zozobra la reclamaba. Escuchando en la noche sus quedos gimoteos, cuando creía que todos dormían y nadie la oía.
Había muchas personas en la elfería con aspecto enfermizo debido al hambre, pero ninguna con la piel tan cenicienta como la de su prima. La tristeza no perdona cuando penetra en un alma.
Lo único en lo que no se equivocaban aquellos que la han llevado es en que su pesadumbre es contagiosa. Por mucho que Shianni haya tratado de animarla, de sacarla de tal estado, nunca consiguió más que una sonrisa triste. Y lágrimas, lágrimas sobre todo, de la niña con la que se crió, de ella misma y más que nadie de Cyrion.
El tío Cyrion salía a la puerta trasera a llorar, se quedaba en la cocina derramando el llanto cuando su hija se avenía a salir. Incluso lloraba cuando se acercaba al Vhenadahl para hablar con él y contarle sus cuitas. Y Shianni, aunque no podía verle ni oirle, sospechaba que también lloraba en cama.
Y ahora, ahora ella había desaparecido, arrebatada de su casa, cuando tanta falta le hacía tener a alguien vigilando sus pasos, presto a tender los brazos y recogerla si tropezaba.
Siempre sospechó que lo que le impedía salir de tal abatimiento era proseguir viviendo en la elfería, caminar por las calles por las que las arrastraron, la plaza donde contrajo matrimonio, observar el baúl en el que guardaba su ajuar de novia, el banco en el que se sentó con Nelaros. Si la hubiese hecho irse de allí cuando pudo… En otro lugar, en el bosque con el pueblo errante podría comenzar de nuevo. Olvidar.
Pero siempre consideró que esa sería la última alternativa, que cuando saliese Soris de la cárcel lo plantearía. Sabía que Cyrion se iría con su hija, sabía que ella quedaría sola y Shianni no quería la soledad. Había egoísmo en su postergación, se había convencido que no se puede arreglar lo que se ha roto.
Se equivocó. Mas ya no hay vuelta atrás. Nada le devolverá la oportunidad de arreglar el pasado.
Y apoyada contra el tronco del árbol sagrado Shianni llora. Llora desconsoladamente, porque cuando entre en casa lo hará revestida de una coraza; habrá entonces de ser aquella en la que se apoye el tío Cyrion cuando la pena le haga caer. Llora porque comprende que éste se irá algún día en pos de la hija y ella no podrá impedirlo. Llora porque en el fondo considera que ella ha sido la causante del mal que impera en su familia. Si aquel día no hubiese estrellado la botella contra Vaughan… Si simplemente… pero no, el pasado no volverá. Y ahora es tiempo de dar rienda suelta a la aflicción, porque en los días que están por venir no podrá permitirse un derrumbe moral.
El elfo solitario
Alim Surana nunca se cuestionó su estancia en el Círculo hasta que se ajustició a una persona inocente por causa de las decisiones que Jowan tomó cuando se enamoró de Lily.
Allí era donde debía estar para que la magia que él y otros magos poseían fuese controlada y no perjudicase a nadie.
Pero cuando desde el rosetón de la torre vio cómo la barca que transportaba a Lily a prisión bogaba en las negras aguas de Calenhad, algo se rompió dentro de él.
Esa tarde buscó la compañía de Anders en la biblioteca. Ese muchacho tímido y belicoso al que solía rehuir, puesto que sus ideas eran demasiado controvertidas. Ideas con las que Alim no estaba de acuerdo y que sabía podían traerle problemas.
Anders se sorprendió y lo recibió con un gesto huraño, pero la verdad es que más sorprendido estaba él mismo. Y sin embargo, tal compañía le era tan necesaria ahora mismo como el beber cuando se tiene sed.
Durante días se dedicó a buscarlo. Se sentaba a su lado en el comedor, se situaba a su altura en el pasillo, ponía leche en el cuenco de su gato o plantaba el bastón junto al del muchacho en las clases.
Al principio fue ignorado. Pero con el devenir de los días Anders se habituó a su compañero silencioso. Hasta que comprendió que lo que lo había llevado hasta él había sido la muerte de Amell, aquel chico introvertido que leía libros de aventuras y al que le perdía el requesón con miel que servían los domingos.
Fue entonces que Anders se permitió dar rienda suelta a sus opiniones acerca de los templarios y la Capilla. Alim le escuchaba embobado y sin decir ni mu. Dejando que poco a poco las ideas del otro fuesen calando en su mente. Permitiendo a la ira que sentía por la injusticia cometida que le carcomiese.
Y luego Anders se fue. Cuando los rumores sobre la Ruina se comenzaron a extender por el Círculo. La noche previa a la que los magos partiesen hacia Ostagar. Le dejó una nota como despedida, en la que flotaba un escueto «da de comer a mi gato». Ningún indicio de adónde iba, ninguna palabra de despedida. Nada que pudiese comprometerlos.
Alim se sintió dolido de no haber sido informado de la fuga, pero con el tiempo comprendió que ello había sido la decisión más acertada.
El trajín imperaba en la torre debido a los preparativos de los magos que iban a la guerra; no fue hasta bien entrada la tarde que la ausencia de Anders fue notada. Tiempo suficiente para que éste se hubiese alejado y llevase una gran ventaja a sus persecutores.
A Alim le quedaron las enseñanzas del mago rebelde marcadas a fuego, una imperiosa necesidad de sufrir un cambio drástico de rumbo en su vida. La Torre del Círculo no lo era todo, no podía serlo. Debía haber algo más allá afuera, algo que estaba fuera de su alcance y que él deseaba conquistar más que nada.
Entonces se produjo la rebelión de Uldred. El caos se adueñó del lugar.
Bisbiseos que había escuchado entre los aprendices meses antes, conversaciones sueltas oídas en el pasillo y otros comportamientos a los que en el pasado no había dado importancia cobraron nuevo sentido.
Alim se sintió dividido. Por una parte le hubiese gustado formar parte de esa sublevación, pero por otra los métodos empleados, los coqueteos con los demonios eran algo que no iban con él. Despreciaba tal necedad.
Tampoco es que quisiese estar a favor del férreo control que hasta entonces tenían, restaurar el orden tal y como lo conocían, igual que Petra o Wynne pretendían. Ya no tenía fe en la Capilla. Se sentía oprimido, aprisionado. ¿Quiénes eran ellos para disponer de su vida de esa manera?
Fue por ello que cuando escapaba de unos aprendices enloquecidos que invocaban demonios, al salir del escondite en el que se había refugiado y topar de frente con un rosetón, pensó en Anders. Supo lo que su amigo le diría, lo que él haría aprovechando el desconcierto. Y utilizó la magia para reducir a añicos aquel cristal multicolor.
Bajó el escudo protector en el que se resguardaba y acercó la cabeza al agujero resultante. Las aguas de Calenhad estaban bajo él.
Caminó hacia atrás, tomó carrerilla y saltó. En aquellos segundos en los que volaba a través de la Torre directo al agua se sintió libre, libre como jamás lo había sido.
Las frías aguas lo recibieron en su seno. Miró con desfachatez el edificio recién abandonado y unas enormes ganas de gritar de felicidad le invadieron. Consiguió reprimirlas. Era de día. No debía atraer sobre sí mismo las miradas. Tal y como había llegado podía volver al encierro, o peor aún, dada la situación que se vivía.
El trayecto era largo, pero se hizo todavía más largo al tener que alejarse todavía más para evitar los muelles. Durante unas horas quedó en medio de la nada. Quieto, calado y empapado en frío. Hasta que la noche se hizo. Amparado por la oscuridad acometió la empresa de acercarse a la orilla.
Nadie se hallaba por los alrededores. Se avecinaba un vendaval y todos procuraban resguardarse en sus hogares.
La ropa se le pegaba al cuerpo, el hambre rugía en su estómago. Lamentó en ese instante no haber tenido la picardía de llevar con él algo más que lo puesto y su bastón. Mas pronto desechó tales reproches. Detenerse más de lo necesario podría haber truncado la huída o haberle provocado un destino cruel en medio de todos esos magos enloquecidos.
Los días que vinieron fueron terribles. Hambre, frío, sin oro, sin un techo en su cabeza. Acompañado tan sólo por la soledad. Acosado por el miedo a que lo alcanzasen. Sin saber a dónde dirigirse. Y sin embargo no los cambiaría por nada. Porque en medio de ese infernal camino aprendió a aceptarse a sí mismo, a conocerse y superar los límites que otros le habían impuesto.
A veces se pasaba horas escondido en la copa de un árbol, puesto que sabía que un grupo de shems se hallaba por la zona. Otras se dedicaba a descifrar las huellas del camino. En ocasiones daba un enorme rodeo o volvía atrás para eludir posibles peligros.
Comprendió que su bastón le delataba y se deshizo de él, porque mejor ser un mero elfo que un mago al que asesinar.
Y, contrariamente a las opiniones generales que dicen que un mago sin bastón no es nada, Alim, de repente, lo fue todo.
Vagabundo en Ferelden. Vagabundo que no atrae miradas. Otro más de los afectados por la Ruina. Así se presentaba cuando no le quedaba más remedio que adentrarse en un pueblo e interactuar con sus moradores. Incluso se forjó una historia a la que añadía detalles para hacerla más creíble, de cómo los engendros se habían cobrado la vida de su familia. A veces un buen samaritano sentía pena por su historia y le daba algo de comer. Normalmente otros refugiados que habían vivido el calvario. En cierta forma su relato era real, había sido una víctima más de la Ruina y la única familia que conocía, el Círculo, había pagado el precio de la ambición de Uldred.
Decidió, tras tanto tiempo deambulando, que quería ir a vivir con el pueblo errante. Había escuchado hablar mucho de ellos y anhelaba formar parte de ellos.
Decían los rumores que se hallaban asentados en el bosque de Brecilia y allá se fue.
Nada más llegar el miedo a ser rechazado se impuso. Durante días vagó por los alrededores, sintiéndose incapaz de dar el paso para contactar con ellos. Y una noche, al ser despertado por la lluvia, sintió la imperiosa necesidad de ver el mar. ¿Qué mas daba aguardar unos días o semanas más para unirse a los dalishanos?
Desde Denerim podría observar el océano de Amaranthine. Y allí encaminó sus pasos.
El puerto olía a sal, a pescado. Estaba plagado de gatos hambrientos y marineros de dudosa reputación que por unas monedas de cobre alquilaban sus servicios como estibador. Alim era uno más, un elfo más entre los demás. Sin magia, sin estigma.
Las jornadas, cuando tiene la oportunidad de ser uno de los elegidos para trabajar, son largas, mas estimulantes.
Y Alim sueña, sueña con iniciar una nueva vida, puede que lejos de Ferelden, de la Ruina y de la Torre en la que fue prisionero. Quizás con los dalishanos, o puede que se deje seducir por el mar y, al igual que otros muchos fereldenos, tome un pasaje de barco hacia otras tierras.
Una de esas tardes en las que está ocioso, se interna en un callejón cerca del puerto. Uno que suele frecuentar para dar de comer a los gatos. Pretende que se habitúen a él. Quiere coger a uno de ellos, domesticarlo. Desde que abandonó el Círculo, lo que más echa de menos es el gatito de Anders. Se pregunta si alguien se ocupará de él.
Y silencioso entre los felinos escucha el alboroto de la calle. Urgen a los elfos a volver a su gueto. Se encomienda a soldados que cumplan con tal tarea.
Asoma la nariz y los ve, magisters de Tevinter. Puede que se disfracen para pasar desapercibidos, pero su acento los delata. Además, él puede percibir la magia que emana de ellos, una poderosa que no se preocupan de enmascarar.
Vuelve al callejón y se esconde entre redes de pescador. Allí pasa horas, hasta que los murmullos de la calle se reducen a los borrachos habituales que vagan de vuelta a casa tras una noche en la taberna.
Vuelve a los arrabales, allí donde suele dormir. Va en busca de lo poco que tiene, comida y otra muda de ropa. Una empresa que se muestra demasiado osada, ya que el lugar está copado de soldados que se aseguran que todos los de su raza vuelvan a la elfería, pues al parecer se ha desatado una enfermedad contagiosa que sólo les afecta a ellos.
Los shems, deseosos de librarse de otras bocas con las que compartir comida y temerosos de ser afectados por tal virus, son los primeros en delatar en dónde se encuentra un elfo.
Pero él no se dejará cazar. No ha huido de una cárcel para acabar en otra. Nadie volverá a retenerlo contra su voluntad. Es una promesa que se hace a sí mismo.
Improvisa sobre la marcha y se introduce en la tienda de unos hombres que ven cómo se llevan a una familia elfa, como si de un mero espectáculo se tratase.
Vuelve al puerto, pegado a paredes y caminando por callejones desiertos. Salta al agua y se acerca a un barco. Trepa por la cuerda del ancla hasta llegar a cubierta. Dos vigilantes se ocupan de mantener la seguridad a bordo, pero se encuentran demasiado ocupados con un juego de cartas y ni siquiera perciben sus pasos.
Encuentra el lugar perfecto para ocultarse. Bajo una de las barcas salvavidas. Espera que la nao se haga a la mar pronto. En un día o dos, pues el pasaje a otro país está muy demandado en tiempos tan difíciles y siempre hay capitanes dispuestos a satisfacer tales deseos.
Sus estimaciones se muestran correctas cuando a la tarde siguiente se levan anclas.
Piensa en cómo racionar el poco alimento que posee para poder permanecer las semanas necesarias sin ser detectado. Sabe, observando las exiguas porciones, que habrá días que haya de pasarse sin comer. Podrá resistirlo.
En medio de tales cavilaciones se halla cuando dos mujeres se sientan sobre la barca que le esconde. Durante unos segundos su corazón se desboca, hasta que ellas comienzan a hablar como si estuviesen sentadas a la puerta de casa cuchicheando sobre sus vecinas.
Hablan de lo beneficiosa que ha resultado la primera remesa. Hablan de comprar y vender personas. De esclavizar elfos.
La ira le ciega y a punto está de levantar la barca que le cubre mientras de sus manos saltan esquirlas de fuego.
Consigue, sin embargo, dominar la rabia. «La falta de control», recuerda, «te lleva a ser un tranquilo».
Aguarda hasta que el movimiento del barco le indica que navegan despacio a causa de la oscuridad reinante, el silencio habla de una tripulación que duerme.
Y entonces sale de su escondrijo. Lo primero que hace es aliviar su vejiga por la borda. Seguidamente busca con la mirada la bodega. Al no hallarla se tumba en el suelo y se arrastra por las sombras intentando escapar del campo de visión del timonel, el único despierto a estas horas.
Debido a su experiencia en barcos, pronto consigue dar con ella.
Los pasajeros y tripulantes deben de sentirse muy seguros, ya que duermen a pierna suelta en los camarotes. Los ronquidos son audibles a través de las puertas.
La bodega está oscura, así que ilumina el lugar con una tenue luz eléctrica que chisporrotea en sus dedos antes de instalarse en el techo. Lo que le muestran sus ojos es una visión desoladora. Algunos de los suyos duermen en el suelo, largas cadenas les sujetan por un pie a la pared de la nao.
Y mientras contempla horrorizado la escena, descubre que una de las chicas ha levantado la cabeza y le observa. Tras el primer instante de sorpresa, procura acercarse a ella. Ante el inesperado encogimiento de la joven, las lágrimas que brillan en sus ojos y el temor que se refleja en su semblante, Alim comprende que la han forzado. La idea aparece para asentarse como una verdad irrefutable.
Se lleva el índice al dedo para rogarle silencio y, de inmediato, levanta las manos, mostrando con ello su inocuidad.
—He venido a rescatarte —susurra—. A rescataros —añade paseando la mirada por encima de los demás elfos.
—¿Te envía mi padre? —inquiere ella con una voz apenas audible. Alim niega con la cabeza—. ¿Mi prima Shianni?
No quiere él decir que no por no apenar más a esos hermosos ojos llenos de una insondable tristeza. Desea mantener durante más tiempo la confianza de la chica, hasta que pueda probar que es merecedor de ella por méritos propios y no como valedor de otros.
—Necesito tu colaboración —elude hábilmente. Ella asiente esperanzada—. Te prometo que os sacaré de aquí, aunque tenga que hundir el barco.
Alim nunca ha sido un héroe, pero siente que por ella puede serlo. Y esa noche hará lo impensable, rescatar a los prisioneros y hundir desde la lejanía, de la barca que han echado al mar, el barco esclavista. Todo para recibir como recompensa su agradecimiento y la femenina mano entre las suyas al ayudarle a subir al bote.
«Éste es en verdad el inicio de una nueva vida», piensa mientras rema y los labios de ella, que acaricia con sus finos dedos el oleaje, le sonríen.
Nota de autora:
Gracias a todos los que seguís la historia capítulo tras capítulo. Y hoy he de agradecer en especial a Kudelia que se ha unido recientemente. Gracias. No sabes la emoción que me embargó al leer tus palabras. En efecto, recuerdo la historia a la que aludes, y la han borrado. Era de una chica llamada Hirundine; tenía también otra historia sobre Cousland y Ser Gilmore muy emotiva. Pero ha cambiado de nombre y borrado sus fics. Lo lamento, pero al mismo tiempo me alegro que Hirundine te haya traído aquí.
C2stingray. Claro que me acordaba de los rayos, hombre de poca fe. Pero es que los necesitaba para este capítulo. De todas formas agradezco la nota de atención porque me ha ayudado a darle más forma a lo que tenía en mente.
Lo cual me lleva a pediros, mis queridos lectores, que en el futuro recordeis los rayos y lo que significan para los chicos.
Sin más, me despido hasta la próxima; un placer tener lectores como vosotros y espero que hayáis disfrutado, aunque sólo sea un poquito, con el capítulo.
