Disclaimer: Estos personajes no me pertenecen y por lo tanto no gano dinero haciendo esto, solo la satisfacción de recibir sus comentarios, quejas o sugerencias…

Avisos: Esta historia contiene Slash, yaoi, m/m, está basada en El Lienzo Perdido y en el inframundo de Saint Seiya Saga de Hades. Contiene las parejas Minos/Albafica, Thanatos/Manigoldo, Manigoldo/Albafica. Tendrá escenas de violación, sadomasoquismo y relaciones entre dos hombres.

Resumen: Hades se ha llevado la victoria y es el momento de recompensar a sus leales espectros. Minos y Thanatos desean al guerrero que los humillo como su esclavo y de ahora en adelante, Manigoldo y Albafica atravesaran un calvario que no parece tener fin. Minos/Albafica Thanatos/Manigoldo Manigoldo/Albafica

Inframundo.

Capítulo 35

Epilogo.

Albafica comenzó a brillar de color rojo, con las zarzas marcadas en su piel, un cosmos que sustituía su antiguo poder, convirtiéndolo en algo un poco más maligno, en un pez abisal o una rosa ensangrentada, cuyas zarzas del color del carbón encendido, tras marcar algunas líneas en su piel, una en su rostro, se borraron de pronto, en el momento en que la rosa del inframundo había nacido.

Liberándolo de las marcas y del dolor, dándole poder, libertad, todo cuanto alguna vez deseo, sintiendo los brazos del juez rodear su cuerpo, tratando de protegerlo, escuchando un gemido acompañado de unos labios apoderándose de los suyos, estaba hecho, su rosa estaba dispuesta a estar a su lado, lo amaba, lo perdonaba, ahora solo faltaba que jurara lealtad por el dios Hades, un acto que estaba seguro le costaría mucho menos trabajo realizar, puesto que su dios no era afín a las ceremonias, no como los demás dioses, a menos que estas fueran para premiar a sus leales soldados por todos sus sacrificios durante la guerra.

Albafica permitió que su juez rodeara su cuerpo cerrando los ojos, había sentido el llanto de su diosa, pero aquello ya no le importaba demasiado, ella le traiciono al perder la guerra, al pedir semejantes sacrificios sin darle nada a cambio, ni siquiera un poco de su bondad al morir, usándolos como meras herramientas para proteger a la humanidad, de la cual creía ya no formaban parte.

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Shion había regresado al santuario, pero guardo la información que obtuvo para sí mismo, creyendo fervientemente que cuando la guerra santa iniciara de nuevo, podría entrar en el inframundo, convencer al barquero de llevarlo y rescatar a su preciado amigo.

Casi había olvidado a Manigoldo, el alumno del hermano de su maestro, quien los había traicionado poco tiempo después de haber perdido la guerra, por quien no sentía nada más que amistad, no era ese el caso de Albafica, por quien hubiera dado la vida, a quien deseaba desde que lo conoció, mucho antes de que el aprendiz de Sage llegara a ese santuario.

El gran patriarca ya era un hombre viejo, Dohko, siguiendo sus ordenes había partido a los cinco picos, un sitio tétrico, oscuro y temible en donde esperaría el momento en que la luz de su diosa pudiera ser liberada.

No porque Hades lo hiciera, sino porque Zeus, el dios protector de todo el Olimpo no permitiría que su hija favorita sufriera más de lo adecuado, su diosa virgen y benevolente, patrona de la sabiduría, así como de la guerra.

Por quien volverían a morir, sin importar los sacrificios, sólo el futuro y el destino de la tierra, de la humanidad que ya había sufrido demasiado durante esos dos cientos años.

— Gran Patriarca…

Shion se encontraba recargado en una de las ventanas, observando el firmamento, recordando las últimas horas que pudo pasar en compañía de la hermosa rosa del jardín de Athena, cuyo templo había caído, presa de las zarzas negras que habían invadido el santuario.

— ¿Qué es lo que deseas Saga de Géminis?

Saga no dijo nada al principio, Saga quien era el hermano mayor de los gemelos de la tercera casa, quien protegiendo la paz del santuario había condenado a su propia sangre a la muerte en las entrañas del mar, un acto noble, que debía ser recompensado, el cual fue realizado a pesar del dolor del joven de cabello dorado.

— Es sobre mi hermano Gran Patriarca.

Shion apenas pudo moverse unos centímetros cuando sintió el cosmos de Saga, el semidiós, incendiarse, para poco después sentir un dolor atravesar su costado, al mismo tiempo que la energía del joven santo de géminis se pintaba de negro, de muerte y de ira.

— No estoy dispuesto a dejarlo morir en esa celda, espero me perdone, pero no lo permitiré.

Tan interesado estaba en recuperar el alma de su antiguo amigo, su viejo amor, que no se dio cuenta del infinito dolor que carcomía el alma de Saga, quien no lo atacaba por su decisión de darle su puesto al santo de sagitario, sino por haber recibido la orden de encerrar a Kanon, su gemelo, en la celda de Cabo Sunion.

— No puedo dejarlo en ese lugar, sin importar cuales sean sus crímenes, yo lo quiero demasiado.

Ese pensamiento era compartido por el patriarca, sin importar cuales fueran los crímenes de Albafica, no podía dejarlo encerrado en el inframundo, no podría soportarlo su alma, ni su cordura.

Con aquellos pensamientos dio su último aliento, cerrando los ojos, esperando que la muerte lo llevara a sus brazos o que se lo presentara al menos una última vez.

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Albafica había pasado los siguientes años en compañía de Minos, quien había hecho todo lo que estaba en sus manos para recompensar su dolor, escuchando sus consejos, dándole la oportunidad a su padre de reencarnar.

Lugonis parecía decepcionado, aunque no lo dijo en voz alta, sus ojos y sus gestos hablaban por sí mismos, aun así, Albafica había tomado la decisión, quería el amor de Minos de Grifo, no el que lo recibió, ni con quien peleo durante la guerra, sino aquel que le hizo compañía.

Su padre no estaba dispuesto a escuchar sus palabras, su amor no podía ser real, aunque se lo asegurara más de una vez que si lo era, que Manigoldo amaba al dios de la muerte, que su afecto no era más que una ilusión, un hermoso sueño que no pudieron finalizar porque los dos terminaron prendándose de dos espectros.

Aun así, a pesar de que su padre no estaba de acuerdo con aquel amor, Albafica le daría la paz que nunca conoció en los brazos de Athena, como Thanatos le brindo descanso al patriarca, cumpliendo la ultima promesa que le hiciera a cáncer, antes de que este aceptara el castigo impuesto por Hades a los dioses gemelos hijos de la noche.

— Padre, he venido a despedirme.

Pronuncio con seriedad, sin intentar acercarse a Lugonis, quien había tenido una vida solitaria en aquellos jardines, en espera de que su milagro hubiera rectificado, pero al verle supo que no era así.

— ¿Reencarnare?

Lugonis le observo de reojo, con una sonrisa triste, pero al mismo tiempo resignado, esperando el día en que ya no pudiera ver a su hijo, a su pequeño milagro, a la rosa enamorada de una bestia.

— Lo harás, como Sage ya lo hizo.

Sage no quiso marcharse, ni siquiera cuando Thanatos le juro proteger a su alumno, quien había sido petrificado, como una última prueba de amor a su dios, al que se decía ser el verdadero, no uno falso como la diosa que ambos servían, que sus discípulos también siguieron.

— ¿Sigues empecinado en aquellos sentimientos, en realidad piensas que eso que sientes es amor?

Albafica asintió, esperando que aquella respuesta fuera suficiente para su padre, quien imito su respuesta, guardándose sus comentarios, moviéndose en su dirección con lentitud, primero un paso y luego otro.

— ¿Qué hay de Manigoldo?

El espectro de piscis al mismo tiempo que la flecha se desvanecía en la nada, transformándose en una nube de humo, pudo sentir un lazo brillante uniendo a los dos amantes, al dios y al espectro, algo que pensaba tendría cuando comiera la granada, pero, del que por alguna razón aun carecía.

— No lo amo, él y Thanatos, ellos tienen un lazo que no podría cortar aunque lo quisiera, el mismo lazo que los reunirá cuando su castigo termine.

Lugonis negó aquello, no creía que la muerte pudiera ser capaz de sentir amor, pero en realidad, ese muchacho no le importaba tanto como su milagro, a quien tomo de las mejillas, para después besar su frente, un gesto que realizaba cuando aún era un niño pequeño.

— ¿Amas a ese Minos?

Estaba cansado de repetir la misma respuesta, pero no dejaría de hacerlo hasta que su padre no dejara de pronunciarla, no cuando estaba seguro de su amor por el juez del inframundo, quien lo libero de la soledad, del dolor que las nauseabundas rosas le brindaban, todo para cuidar del santuario de Athena.

— Lo hago y sé que él me ama, por mi ha hecho muchos sacrificios, aunque debo confesar que sus gustos son particulares, yo también los encuentro placenteros, yo lo amo.

Lugonis por un momento no movió un solo musculo, sus ojos estaban cerrados, pero cuando los abrió le sonreía, con cierta tristeza, pero con resignación, si iba a marcharse, en ese caso no le veía ningún sentido, hacerlo dejando a su milagro creyendo que no podría perdonarlo por alejarse del camino que su diosa decidió para él.

— Sí estas seguro de ello, en ese caso, no veo como yo pueda juzgarte por enamorarte, nuestra diosa es amor y eso no puede condenarse.

Albafica ya no pensaba que su diosa fuera amor, pero no dijo nada, sintiendo los brazos de Lugonis rodearlo, apretarlo con fuerza, borrándole aquel dolor que de momento sentía al creer que su padre no podría perdonarlo.

— Sólo espero que no te arrepientas por nada.

No lo haría, se dijo en silencio, permitiendo que su padre lo acunara entre sus brazos, sonriendo, contento con la vida que había elegido hasta ese momento.

— Nacerás después de que la guerra comience, así no sufrirás ningún daño, así tampoco tendré que enfrentarme a ti.

Lugonis asintió, comprendía que la pérdida de su hijo significaba un golpe demasiado alto a su diosa, pero ya no podía hacer nada, sin contar que su amor incondicional era para su hijo, no para ella, tal vez convirtiéndolo en un traidor.

— Tú siempre has sido mi pequeño milagro, Albafica, sin importar las decisiones que tomes, yo siempre te acompañare.

Minos no podía hacer nada más que observarles desde lejos, temiendo que Lugonis no pudiera perdonar la decisión de Albafica, su traición, pero sonriendo al ver que aquel hombre amaba lo suficiente a su hijo como para aceptar que consumiera la granada.

— La granada no es suficiente…

Susurraron a sus espaldas, una voz que pensaba nunca volvería a escuchar, de un ente que creyó jamás volvería a presentarse ante él, que había permanecido encerrado en su templo, alejado de cada uno de los pobladores del inframundo, aun sus dioses regentes, en espera de la siguiente guerra santa.

— No temas, no quiero lastimar a tu veneno.

Minos aun no creía en el dios de la muerte no violenta, pero le dio el beneficio de la duda, al mismo tiempo que su amada rosa, cuyas espinas eran tan afiladas como él era hermoso, se sentaba en compañía de Lugonis.

— ¿A qué has venido?

Thanatos se había mantenido alejado del inframundo, no deseaba recordar la ausencia de su consorte, ni el castigo que su cangrejo había tomado por él, sin embargo, sentía algo diferente en los hilos de destino, tenía una desesperanzadora premonición que bien podría hacerlo ver como un cobarde, pero creía que Minos compartía el amor que sentía por su consorte, que había sido su aliado de momento, por lo cual, quería hacerle un favor, tal vez el último de ellos antes de que iniciara la guerra.

— Temo que perdamos la guerra que se aproxima.

Su tristeza era casi infinita, porque eso significaba que su consorte pasaría mucho más tiempo alejado de su lado, pero creía que si actuaba como Manigoldo se lo merecía, su consorte seguiría amándolo al regresar a él, a pesar del dolor que le provoco en el pasado.

— ¿Así que sigues siendo un traidor?

Thanatos negó aquello con un movimiento de la cabeza, no se sentía un traidor, por el contrario ofrendaría su vida por la victoria de su dios, sin importar el desenlace de la misma, aun así, a pesar de haber cumplido con su promesa de darle una nueva vida al anciano que entreno a su consorte, creía que debía actuar en beneficio del veneno, para que nunca pudiera alejarse de los brazos del juez del inframundo.

— Daré mi vida por Hades, pero… se que nuestro dios te ha ordenado que Albafica se mantenga alejado de la guerra, no quiere usar a los espectros del zodiaco negro aun, por lo que al darte este consejo, estoy actuando en su beneficio.

Minos por un momento no le creyó, pero de todas formas, no perdía nada escuchando a Thanatos, el dios de la muerte no violenta, quien sufría la pérdida de su consorte, un sentimiento por el cual no quería pasar.

— Existe un ritual, uno que solamente un dios puede pronunciar, uno que une las almas y la esencia vital de los contrayentes por esta y cada una de sus vidas, ustedes dos podrían usarlo, con la bendición de Hades.

Pronuncio, notando como Albafica se despedía de su padre, desapareciendo en ese preciso momento, puesto que si ya no deseaba destruir a esa criatura, aun sentía celos por haber sido tan importante para su consorte, por haber pasado a su lado el tiempo que se le negó a él.

— ¿Me seguiste?

Albafica sintió la energía del dios de la muerte, pero decidió pasarlo por alto al ver que Minos estaba a salvo, que aquella divinidad no había actuado como era su costumbre, mas sin embargo, por la mirada de su juez, supo que intercambiaron algunas palabras, información que podría llegar a interesarle.

— Tenía que hacerlo, por un momento temí que tu padre no aceptara esta unión y que sufrieras por culpa suya, pero veo que Lugonis, a pesar de ser un santo de Athena, puede recapacitar.

Su rosa frunció el seño, el había sido un santo de Athena y había recapacitado hacía mucho tiempo atrás, tanto que pensaba que nunca fue leal a ella realmente, a pesar de ofrendar su vida por la tierra, por la humanidad.

— O un espectro…

Fue la respuesta de Albafica, quien supuso que lo mejor era no mencionar la visita del dios de la muerte, sino que debía verle en persona, así sabría con certeza que había sido de Manigoldo, ya que su amante, no era demasiado claro al respecto.

— Debo hablar con Hades, Albafica, prométeme que no harás ninguna locura en mi ausencia.

Albafica solo le sonrió sin responderle siquiera, permitiendo que Minos se alejara, tratando de recordar cuál era el camino en dirección del templo de Thanatos, sintiendo que las plantas del inframundo se lo indicaban, o tal vez, era algo más, como el propio dios del abismo.

Quien suponía, que Minos de Grifo no se atrevería a pedirle un nuevo sacrificio por temor a perder la confianza de su amante, pero que su rosa, al ser ella quien se lo propusiera, en ese caso no podría hacer otra cosa más que ayudarles, después de todo, la apuesta aun seguía en pie, el cangrejo amaba a Thanatos, pero también lo hacia la rosa con Minos.

Sí se juraban amor, si se juraban lealtad, podría unirlos, una boda negra como la que realizo el dios de la muerte siguiendo los consejos de su astuta esposa, quien le había dado hasta el inicio de la guerra santa para cobrar su premio, una insignificante moneda de oro, el cual vendría con sus dos armaduras doradas.

Cuyos templos había construido por la simple razón de saberse victorioso ganara o perdiera la apuesta, pero que podría culminar oficializando una unión como aquellas de los tiempos antiguos, una que duraría por siempre, por cada una de sus vidas.

Pero para asegurarse que los demenciales celos de Thanatos no actuaran en contra de la rosa los siguió, guiando al espectro con la armadura del pez abisal, cuya belleza podría compararse con la de su esposa, pero que no le llegaba ni a los talones ante sus ojos.

Albafica no supo que le orillo a moverse, pero con cada nuevo paso que daba veía como se acercaba a una construcción enorme, cuyo pasto y flores estaban marchitos, retorcidos en atroces formas que no eran otra cosa más que una representación del miedo y del dolor del dios que les daba vida, las paredes negras del templo se alzaban como gigantes, las mujeres que les habitaban, las hermosas ninfas de Thanatos, no eran más aquellas mujeres de divina belleza.

Sino por el contrario, eran espectros negros con ojos rojos, sin rasgos visibles pero alas de murciélago casi descarnadas a sus espaldas, las que no pronunciaron ningún sonido, solo le miraron con aquellos ojos muertos, amenazándolo con su presencia, todas menos una, esta era la mujer que se encargaba de curar a los heridos, que le había atendido más de una vez, la que por su cuidado y atención al consorte de la muerte, seguía disfrutando de su belleza y de la bendición de su señor.

— Thanatos no te quiere aquí…

Albafica lo supo en el instante en que el gigante negro salió de su morada, mirándolo fijamente, sin decir una sola palabra, pero debía saber que era aquello que los unía en la vida, en la muerte, aun en el castigo del dios Hades, un lazo que podía ver, o sentir, que se preguntaba si los demás podrían hacerlo.

— Te conozco…

Thanatos borro de un manotazo las sombras de las ninfas, alejándose del templo, pisando el pasto verde que crecía a los alrededores del templo, el que iba marchitándose con cada paso que daba en su dirección, deteniéndose a pocos centímetros de distancia, como si esperara a que se acobardara, pero si al principio de su cautiverio no lo hizo, ahora que era uno de los suyos, que gozaba del amor de Minos, y de su cosmos cuadriplicado por la presencia de Hades en aquel reino, mucho menos lo haría.

— Eres el veneno…

Albafica supuso que aquellas palabras eran pronunciadas con ese tono de voz monótono debido al dolor que sentía por la pérdida de Manigoldo, porque de otra forma, el dios de la muerte gritaría, destruyendo aquellos campos que no hablaban de nada más que desolación.

— Ustedes dos tienen un lazo inquebrantable uniéndolos, quiero saber que es.

Thanatos no tenía porque responder a su pregunta velada, ni mucho menos, pero aun así lo haría, suponiendo que esa gota de veneno tenía un mensaje que darle, algo importante que decir, así como admiraba su valor o su locura.

— El fue creado para mí, eso ya lo sabes.

Albafica lo sabía, pero no era aquello de lo que se trataba ese lazo, aquella fuerza que los unía era por mucho más poderosa, no algo tan insignificante.

— Pero a lo que te refieres es a los votos que realizamos cuando regrese por él, poco después de nuestro engaño.

Recordaba el dolor de Manigoldo, pero no sabía de qué votos estaba hablando el dios de la muerte, quien paseaba sus ojos por su persona con detenimiento, sus ojos, su cabello, aun sus labios, esta era sin duda la primera vez que no lo veían con deseo, ni con admiración, sino más bien preguntándose sí podrían confiar en él o en sus intensiones.

— Comprendo porque te encontraba hermoso, pero su amor es mío y con eso debo conformarme de momento.

Albafica se mordió el labio e hizo lo impensable cuando el apático dios de la muerte comenzó a alejarse, quien había dejado que las flores de su templo se descompusieran, como sus poderes y aun la belleza de sus ninfas, las que ahora se veían como una especia de Furias o Keres, seres desagradables, malignos que no permitían que nada ni nadie se acercara a él, mucho menos Hypnos, dando varios pasos en su dirección lo sujeto del brazo.

— ¿De qué votos hablas?

Thanatos por un momento pensó en soltarse, pero su frialdad, una que superaba por mucho aquella que Manigoldo sintió aquella primera vez en su lecho, logro su cometido, así como la sensación de ir perdiendo un poco de su vida con esos segundos de cercanía.

— De los votos que hicieron Persephone y Hades cuando se unieron burlándose del poder de Zeus, sólo un dios puede realizarlos, tal vez, siendo que el patrono de este abismo te protege podrías convencerlo de repetirlos, así lo que haga Athena si es que perdemos, que es lo más probable, no servirá de nada, ni sus llantos, ni sus gritos, ni su venganza, porque tu querrás estar con Minos de Grifo, como Manigoldo quiere ser mío por siempre.

Albafica asintió y después de retroceder varios pasos notando que la energía de Thanatos evitaba que sus ninfas lo atacaran, se alejo, preguntándose qué clase de votos eran aquellos, así como porque razón el dios de la muerte no lo ataco, sino por el contrario, no permitió que resultara lastimado por sus guardianas.

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Radamanthys yacía recostado boca abajo sosteniendo una almohada a la altura de la cabeza, sintiendo las manos, así como los labios de Valentine recorrer los músculos de su espalda, delineándolos con atención, esperando brindarle placer a su señor, quien le había dado permiso de hacer lo que deseara, sin entender, que lo único que siempre deseo era complacerlo.

— Mi señor Radamanthys.

Aquella costumbre nunca se había borrado, Valentine siempre le hablaba con respeto, casi con adoración, sabía que su lealtad era suya y que de querer abandonar las filas de su dios, su fiel amante lo acompañaría.

— Tengo que saber, que pasara en los años futuros, usted seguirá deseándome.

Valentine se separo, esperando escuchar alguna respuesta de su juez, quien se levanto de la cama, alzándolo junto con él al tomarlo de los brazos, su amante siempre era brusco, sin importar la ocasión, pero no le importaba, era este de quien se había enamorado.

— Y tu Valentine, ya que has obtenido lo que deseas de mi, aun me querrás a tu lado, aunque mi honor me obligue a seguir las ordenes de Pandora, soportar sus insultos, todo con tal de permitir la resurrección de nuestro dios, por la promesa de estar juntos cuando el obtenga la victoria durante la guerra, tú me seguirás.

Había peleado cada guerra por el placer de su compañía, era absurdo que ahora que tenía la oportunidad de estar a su lado, su amado señor Radamanthys creyera que había tenido suficiente, porque no importaba el dolor que pasara al verle sirviendo a Pandora, soportar su odio y el rencor que sentía por ella, porque a fin de cuentas él tendría lo que deseaba, podría estar a su lado durante toda la eternidad.

— No importa el dolor que tenga que pasar si al final estoy a su lado mi señor, eso es lo único que aun deseo, en esta y en todas las demás vidas o en cualquier mundo posible.

Respondió Valentine, rodeando su cintura con sus brazos, sonriendo al sentir el cuerpo de su señor a su lado, quien pareció sorprenderse, para después acariciar la mejilla de Valentine, no era una persona que le gustaran los discursos, pero no guardaría silencio por más tiempo.

— En ese caso me tendrás, tú eres y serás mi única opción, Valentine, tu amor es algo con lo que no creo que sería capaz de sobrevivir por más vidas, si acaso no lo tuviera.

Pronuncio besando la cabeza de Valentine, rodeando sus hombros con fuerza, dejando que se acurrucara entre sus brazos, disfrutando de aquellos últimos momentos de paz a su lado, temiendo el momento en que la guerra iniciara.

— Eso puedo jurártelo.

Finalizo besando sus labios con delicadeza, una que solamente usaba con él, siendo el irascible guerrero que todos temían en el abismo, uno que solo bajaba sus defensas a su lado, en quien confiaba ciegamente, a quien seguiría a donde fuera, aun a los luminosos brazos de Athena llegado el momento en que su juez traicionara a su dios.

— Yo también lo juro mi señor, sin importar que pase siempre estaré a su lado, en esta y cada una de mis reencarnaciones, en cada mundo posible.

Valentine alejándose unos cuantos centímetros le miro a los ojos, unos fieros, en un rostro adusto, que sin embargo sonreía para él.

— Si usted me lo permite, yo le serviré, amare, confortare y cuidare por siempre.

Juro casi en un susurro, besando los labios de Radamanthys con delicadeza, con tanta ternura que volvió a incendiar el corazón del juez de cabello rubio, quien permitió que Valentine guiara aquel beso, uno de muchos que habían compartido.

— Mi amado señor Radamanthys.

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Shion despertó en el inframundo, no con la edad que tenía cuando había muerto, sino joven, de unos veinte años, cuando todos sus compañeros de armas perecieron en la guerra que perdieron, estaba en el cuarto del trono de Hades, quien le miraba con una sonrisa de medio lado, junto a una mujer de cabello rojo, de ojos cerrados, pero que le veían a través de sus parpados con semejante intensidad que por un momento creyó que lo destruiría.

— Shion de Aries, o preferías el titulo de Shion de Aries Negro, espectro del ejercito de Hades.

Así que la guerra estaba a punto de empezar pensó admirando la urna que de un momento a otro amenazaba con quebrarse, permitiendo que la energía de su diosa naciera en el cuerpo de su siguiente encarnación, una que nacería en el santuario sin duda, porque el mundo era un sitio plagado de dolor en el cual no podría sobrevivir.

— ¿Tu eres el dios Hades en el cuerpo de Alone?

Hades comenzó a reírse a carcajadas, levantándose de su silla, deteniéndose junto al santo de cáncer, quien seguía en aquel sitio, inmóvil, petrificado, esperando el momento en que su castigo finalizara para que pudiera regresar con su amado dios de la muerte.

— ¿Lo reconoces?

Shion por un momento demostró su sorpresa, pero la contuvo manteniéndose firme, reconociendo a esa estatua como a Manigoldo de cáncer, por quien no se había molestado en pensar, sin importar que su amigo, compañero de armas y casi hermano hubiera sufrido el mismo castigo que Albafica.

— Eso es lo que pasa cuando desobedeces, pero como me siento magnánimo, Shion de Aries… te daré la oportunidad de servirme, recuperar lo que has perdido, si me traes la cabeza de Athena.

El santo de cabello verde guardo silencio por unos instantes, sin saber qué hacer, dudando que este dios pudiera darle aquello que perdió durante la guerra santa, Albafica estaba muerto, pero no fue Pandora quien dijo que estos dos fueron tributos a sus soldados leales.

— Albafica está muerto y tú no podrías entregármelo.

Hades, asintió, eso era cierto, porque ese hermoso guerrero era un espectro, uno que había jurado lealtad por él, mucho tiempo atrás o tal vez demasiado poco, él no media el tiempo como los demás dioses, ni como los mortales.

— Tienes razón, no puedo hacerlo, él ya le pertenece a Minos de Grifo, pero te daré tiempo de recapacitar Shion de Aries, mientras tanto vagaras en los campos elíseos.

Pronuncio el dios Hades, antes de mandarlo por uno de los portales que podría abrir a su antojo a los campos elíseos, esperando que pudiera ver algo que le apeteciera lo suficiente para traicionar a su diosa, aunque no creía que este lemuriano en particular pudiera hacer algo como eso, la traición podría realizarla, tal vez, si lograba despertar su oscuridad, el gemelo supuestamente benigno de géminis o el santo del templo de cristal, la que sería una oportunidad más de seducir al portador de la aguja escarlata.

— Pero me traerás a esos dos, de eso estoy seguro Shion de Aries, como Sage me entrego a la rosa y al cangrejo…

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Albafica sentía un cambio en el inframundo, era solo una idea pero que con forme el paso de los días iba empeorando, un hueco en la boca de su estomago, como si repentinamente una energía, que no encontraba agradable, sino por el contrario, desalentadora fuera recuperando su antiguo poder.

Estaba recargado en la ventana de su habitación, admirando el paisaje rojizo del inframundo, o eso trataba apenas cubierto con la túnica de Minos de Grifo, quien esta vez estaba desnudo, después de haber pasado lo que sería su última noche en compañía de su rosa, puesto que dentro de poco tiempo la diosa de la guerra y la sabiduría se liberaría de su encierro.

— Esa desagradable energía que cala tus huesos es el cosmos de la diosa Athena, está a punto de liberarse, pronto, muy pronto comenzara la guerra, ya sean días o meses… tal vez años, ya que aun debe madurar.

No podía creerlo, esa no era la dulce energía de su diosa, pero si Minos lo decía, debía ser cierto, porque otra razón señalaría algo como eso de no ser verdad, recordándose que al comer la granada había renacido como un espectro.

— Pensé que cuando comiera la granada, tú y yo compartiríamos el mismo lazo que Thanatos y Manigoldo tienen…

Minos había escuchado esas mismas palabras de Thanatos, como si quisiera advertirle de un peligro, el cual era la resurrección de Athena, quien podría liberar a su amado guerrero, a su hermosa rosa, de su cuidado, de su jardín y de su cama, alejándolos por siempre.

— Pero aun falta algo, unos votos, o eso fue lo que dijo Thanatos.

Pronuncio Albafica, girando para poder rodear su cuello con sus brazos, pegando su cuerpo al suyo.

— Ese dios que parece sufrir un castigo impronunciable.

Uno que él no quería soportar, el cual no tendría un final, porque sabía que si su diosa lo liberaba de su encierro, jamás podría regresar a los brazos de Minos, un sitio que no deseaba abandonar por nada de aquel mundo, no cuando lo amaba, cuando lo necesitaba demasiado.

— No quiero que pase eso entre nosotros, si perdemos la guerra mi diosa me salvara, lo sé, como sé que esos votos de los que hablo ese dios podrán protegernos de aquel dolor.

Minos no supo que pronunciar al principio, temiendo que hubiera pasado si aquel dios decidía lastimarlo, creyendo que ese cangrejo aun tenía una oportunidad con su rosa, o para los desquiciados celos del dios de la muerte no violenta, que su amado Albafica quisiera robarle aquella estatua sin vida del salón del trono.

— ¿Que debemos hacer para que no puedan separarnos?

Había una forma, Minos había recibido la misma información del dios de la muerte no violenta, solicitado una audiencia con su dios, pero aquellos votos de los que hablaba su amada rosa sólo podrían ser pronunciados por una entidad divina, o alguna que blandiera aquel poder casi absoluto de todos los nacidos del cosmos.

— Existe una forma, pero tendrás que realizar un sacrificio mucho mayor, mucho más que comer de la granada.

Albafica asintió, besando los labios de Minos, llevando las manos de su juez a su cadera para invitarlo a repetir sus actividades nocturnas, recibiendo una pequeña risa de su amante, quien lo cargo de los muslos, llevándolo hasta su lecho.

— ¿Cuál?

Pregunto Albafica, perdiendo el aire de momento cuanto Minos lo dejo caer en la cama, reviviendo su libido al ver la belleza de su rosa, como esperaba que lo complaciera de nuevo, restregándose contra él, juntando sus sexos de momento.

— Hades podría casarnos, unirnos por cada una de nuestras vidas…

Su rosa devoro sus labios, mordisqueando el inferior recibiendo un leve quejido de su juez, quien sintió como cada una de aquellas ocasiones, que su amante luchaba por algo de control, el cual terminaba cediendo al final, con una dulce expresión de reproche.

— ¿No deseas tomar esos votos?

Minos detuvo sus caricias de momento, permitiendo que su rosa lo recostara contra el colchón, sentándose en su cintura, recorriendo su torso con las puntas de sus dedos, relamiéndose los labios antes de atacar su cuello con la punta de su lengua, deteniéndose en una de sus tetillas, imprimiendo un poco más de fuerza de la necesaria, dejando una marcha rojiza en ella.

— Debes haber perdido la razón, quiero que estemos juntos por toda la eternidad.

Respondió Minos, empujando a Albafica, cambiando la postura en la cual se encontraban, besando su vientre, recorriendo una línea recta en dirección de su entrepierna, recibiendo una serie de gemidos de su rosa, la que abrió las piernas para hacerle un lugar entre ellas.

— En ese caso, debemos hacerlo antes de que Athena despierte, de lo contrario…

Susurro, sintiendo como la boca húmeda de Minos rodeaba su erección, atendiéndola con lentitud, subiendo y bajando su boca, al mismo tiempo que dos de sus dedos se abrían paso entre sus nalgas, como si estuvieran sellando aquella promesa, una que sería procedida de los votos que les unirían por la eternidad.

— Aun tenemos tiempo Albafica… sólo disfruta, déjame cuidarte…

Albafica asintió, permitiendo que Minos ingresara otro dedo y después otro, abriéndolo con lentitud, esta vez sin usar ninguno de sus juguetes, esos descansaban en sus cajones, después de todo, ya habían probado su lacerante abrazo con anterioridad, algunas horas antes.

— No quiero irme, no quiero dejarte…

No lo haría se juro Minos, besando los labios de su amada rosa al mismo tiempo que se hundía lentamente en su cuerpo, jadeando al ritmo de su amante, quien se aferro a sus hombros, apretando sus piernas alrededor de su cintura indicándole con aquel movimiento que lo hiciera con más fuerza, con más rapidez, como a los dos les gustaba.

— No lo harás, te lo prometo, mi amada rosa con espinas…

Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo- Inframundo

Las urnas que guardaban las almas de los dioses con el paso del tiempo fueron quebrándose, perdiendo su fuerza, así como los sellos que las mantenían cerradas iban desapareciendo con el tiempo, convirtiéndose en polvo, el cual se perdía bajo el azote del viento del inframundo.

Hades se encontraba en compañía de su esposa, disfrutando de las últimas horas de paz, cuando escucho los pasos de una persona acercarse con lentitud, Shion había regresado, después de tomar una decisión que tal vez se llevaría su cordura, pero su lealtad a su diosa era mayor que su amor por Albafica, a quien no quiso ver, puesto que sabía que su resolución se perdería en aquel momento.

— He tomado una decisión, dios Hades…

Hades no se alejo de su esposa, ni ella de su señor, quien le insto a continuar con su respuesta, la que vino en la forma de una reverencia, un acto que ambos dioses sabían era fingido, pero no les importaba en lo absoluto, ese santo no era más que una herramienta.

— ¿Cuál es esa decisión?

Pregunto Hades, fingiendo ignorancia, que aquel lemuriano podía engañarle con demasiada facilidad, como si no fuera más que un dios muerto, como su diosa o Poseidón.

— Le traeré la cabeza de mi diosa si usted me da la oportunidad de verlo al menos una última vez.

Hades asintió, eso podría realizarse, pero cuando la cabeza de Athena estuviera en una pica, pensó en silencio, sintiendo como las urnas regresaban a sus templos, algunas de ellas expidiendo una luz cegadora y una energía que le provoco dolor a cada uno de los habitantes del inframundo, aun sus soberanos por unos instantes, la diosa de la guerra había despertado al mismo tiempo que una pequeña niña nacía en el santuario.

— Que así sea, Shion de Aries, pero aun no… dejemos que los otros dioses prueben su suerte primero, yo disfrutare de estos últimos años antes de que la guerra estalle en compañía de mi esposa.

Pronuncio, indicándole a Shion que se marchara con aquella orden, quien de pronto sintió como una versión oscura de su armadura, la que era idéntica en cada ínfimo aspecto, exceptuando por el color, cubría su cuerpo.

— Márchate, te llamare cuando seas necesario.

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Al sentir la energía de la diosa Athena liberarse Thanatos abrió los ojos para ver a Hypnos, esperando por escuchar su voz, por verlo sonreír, pero no lo hizo, tampoco le hablo en un principio.

— La guerra pronto iniciara hermano, tu consorte regresara a ti.

Pronuncio Hypnos, esperando que aquello le hiciera sonreír, al imaginarse a ese cangrejo en sus brazos, una imagen que debía aceptar era demasiado tentadora, una vez olvidando aquel odio incomprensible que sentía por él.

Una imagen que vio más de una vez, pero que nunca disfruto, creyendo que su hermano podría regresar a él, pero estaba decidido que su amor nunca le pertenecería.

— Así es Hypnos, y no te perdonare hasta que mi amado consorte regrese a mis brazos.

Le advirtió, pero al mismo tiempo que decía aquellas palabras el templo que antes luciera muerto, por no encontrar ninguna otra descripción que explicara aquel siniestro cambio, comenzó a renacer, sus paredes recuperando su blancura, los muebles, y cada uno de los objetos que le habían adornado en el pasado, aun sus habitantes, todo por el cambio de humor en el dios de la muerte, el mismo cambio que ocurría con la diosa Deméter cuando su preciada hija le era arrebatada.

— Te lo regresare mi querido hermano, eso te lo prometo.

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Algunas horas después Minos ingreso en el cuarto del trono seguido del espectro Albafica, quien portaba orgulloso su armadura del pez abisal, a quienes ya esperaba el dios del inframundo, aun en compañía de su esposa, quien parecía distante, como si temiera el resultado de la guerra que se avecinaba.

— ¿Le hablaste de los votos?

Fue su pregunta, mucho antes de que pudieran pronunciar cualquier clase de sonido, o rendir sus honores, unos que Hades no creía que fueran necesarios de momento, no cuando tenían tan poco tiempo que perder.

— No mi señor, Albafica me lo ha solicitado, el desea pertenecerme por el resto de la eternidad, será nuestro soldado, mi subordinado y si usted nos bendice de nuevo, con su ayuda, mi fiel esposo, mi consorte.

Hades junto sus manos como si hubiera esperado mucho tiempo para escuchar aquellas palabras, sonriendo complacido, levantándose de su trono, al mismo tiempo que su esposa, se alejaba tan solo unos metros de distancia buscando un cáliz, así como un lazo de flores negras.

— Hínquense en el suelo, no podemos perder más tiempo.

Ordeno, cortando su muñeca como lo hacían para alimentar las armaduras de Athena, la sangre de Hades comenzó a brotar de la herida, un pequeño hilo rojo que cayó en el suelo, el cual brillo con su poder, moviéndose como si se tratara de una criatura viva, un ente con voluntad propia.

El que dibujo un circulo en el suelo que brillaba de color rojo, con tanta intensidad que ilumino toda esa habitación, en donde podían ver cada uno de los condenados del abismo.

Albafica pozo por un instante su mirada en la estatua de piedra de Manigoldo, cuya expresión era serena, no una de sufrimiento, haciéndole pensar que aun convertido en una estatua de mármol, no temía al dolor porque estaba seguro que pronto llegaría con su amado dios de la muerte, un sentimiento que él quería poseer.

— Estos votos, solamente funcionan si se aman, si están seguros que desean pasar el resto de sus vidas juntos, de lo contrario, no servirán de nada.

Minos espero la respuesta de Albafica, que vino en forma de un asentimiento, relamiéndose los labios con nerviosismo, temiendo que el tiempo se terminara, ya que parecía que Hades estaba sumamente interesado en unirlos y de hacerlo antes de que Athena pudiera evitarlo.

— Sujétense de la mano derecha y coloquen la otra en el corazón del que esperan sea su amado consorte.

Ambos lo hicieron mirándose fijamente a los ojos, obedeciendo las ordenes de Hades, sintiendo como la sangre del dios del abismo se dividía a la mitad, como dos serpientes que reptaban por sus cuerpos, rodeando su muñeca, al mismo tiempo que sus corazones comenzaban a latir a mil por hora.

— Repitan después de mí, primero tú, Minos de Grifo.

Minos asintió, sintiendo como la sangre de su dios comenzaba a quemar la piel de sus muñecas, un dolor que apenas podían sentir, pero que aun así existía.

— Yo Minos de Grifo, te deseo a ti, Albafica de Piscis negro, como la luz que me guiara en la oscuridad, el pilar que me sostendrá durante los siglos por venir, la espada que se vengara de mis enemigos.

Minos así lo hizo, seguro de sus deseos, de su amor por su rosa, quien repitió el mismo juramento, sintiendo que su cosmos inundaba el de su juez, como el suyo lo invadía, llenándolo de paz, de un sentimiento dulce, que borraba el dolor del lazo formado con la sangre del dios del inframundo, sintiendo como la diosa del inframundo colocaba las flores negras alrededor suyo, uniendo aquellos círculos de sangre y rosas.

— Prometo serte fiel, en la salud, en la enfermedad, en la paz o en la guerra, olvidar mi deseo por cualquier otro que no seas tú, y si cualquier otro, sea enemigo o aliado, quisiera arrebatarte de mi lado, juro que me vengare en nombre de mi amor por ti, del lazo que nos une.

El lazo sangriento brillo una última vez, quemando su piel, fundiéndose con sus cuerpos, dejando una marca casi transparente en sus cuerpos, una que asemejaba a una serpiente enrollada formada por pétalos de rosa, un dibujo que solo se complementaba cuando los dos estaban juntos.

— Desde este momento, hasta el final de sus días juro santificar esta unión, bendecirla y protegerla por el poder que se me ha conferido, que ningún dios del cielo, de la tierra o del mar podrán quebrantar, porque yo soy su dios y su protector.

Finalizo el dios del inframundo, entregándoles una copa con vino en ella, de la cual bebieron los dos, apenas unos cuantos tragos, perdiendo cualquier atisbo de temor, cualquier clase de miedo, seguros que nada ni nadie podría separarlos ahora que su dios los unió, que los protegía con su cosmos y su sangre.

— Este hecho, ni Athena, ni Zeus, ni yo mismo podríamos separarlos de querer hacerlo.

Pronuncio Hades, cerrando su herida, a punto de dejarlos solos en su sala del trono, esperando el momento en que la guerra diera comienzo, una que tenía que ganar para conservar a su esposa, pero que si de todas formas perdía, en esos doscientos años había logrado una victoria mucho más duradera aun.

— Espere mi señor.

Hades se detuvo, ese era el santo de piscis, quien parecía agradecido por aquel favor, por haberlos unido en su sala del trono.

— ¿Cómo…? ¿Cómo podre agradecerle esta bendición?

Era sincero, y aunque no creía que un acto como ese por uno de sus mejores elementos tenía que agradecerse, suponía que no estaba de más sugerirle un pequeño favor, a pesar de que aquella rosa era un alma guerrera y que estaba ansioso por medirse en combate con sus antiguos aliados, lo mejor era que esperara un poco más.

— No participando en esta guerra, deja que Minos lo haga por ti, en la siguiente ya podrás medirte con tus antiguos aliados…

Albafica asintió, no le gustaba la idea de abandonar a su juez en el campo de batalla, pero si eso debía hacer para agradecer al dios del abismo, en ese caso así seria, por lo que no participaría en aquella guerra, conformándose con permanecer a lado de su juez, por esta y las siguientes vidas, sintiendo como sus protectores brazos lo rodeaban, entrelazando sus hilos con sus zarzas, sonriendo, ansiosos por ver que les deparaba el destino.

— Estaremos juntos de aquí a la eternidad.

Pronunciaron al unisonó, seguros que aquella era una promesa que podrían cumplir, aunque perdieran, aunque la vida se escapara de sus cuerpos, ellos estarían juntos, aun en contra de los designios de los dioses que quisieran separarlos, como Hades y Persephone, amándose eternamente, como siempre debió ser.

— Durante cada una de nuestras vidas…

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La guerra ocurrió como debió hacerlo, en esta ocasión Hades no pudo vencer a los santos de Athena, cinco en particular, cuyos cosmos y voluntad igualaban a los de los dioses.

La rosa del Jardín de Minos se mantuvo al margen, en la seguridad de su santuario, sin saber que de no haber unido su alma con la de su juez Minos, por petición de aquel otro que le amaba, de su diosa y de la fuerza por la cual se había inclinado la balanza, no podría recuperarle.

Hades como en un acto de misericordia protegió su templo, en donde moraban los amantes, el juez Minos y la hermosa rosa, quien le esperaba paciente leyendo cada uno de sus libros, aprendiendo del inframundo, ya que eso era lo único que podía hacer, esperar con la certeza de que su amante regresaría a él, aunque pasaran mil años.

Teniendo que conformarse por tenerle aquellos meses o años que durara la guerra, si es que no se alzaban con la victoria, esperando con ansias el momento en que de nuevo estallara, regresándole a su amor.

Seguro que la guerra podía detenerse tanto como el madurar de las frutas o la caída de las hojas de los arboles.

Sintiendo el cosmos de las dos entidades que despertaban primero como augurio de su regreso, Minos estaba por ahí afuera, esperando por él, tal vez buscándolo y Albafica de Piscis negro, no lo dejaría solo por más tiempo.

Pero cuál sería su sorpresa cuando un par de brazos rodearon su cintura, y una voz, junto a un rostro que recordaba como el del pasado le besaron sin pedir permiso, pegándolo a su cuerpo, mostrándole de una forma tan sincera lo mucho que había sido extrañado.

— He regresado, Albafica.

Albafica como única respuesta respondió con fiereza a ese beso, enredando sus dedos en el cabello sedoso de su juez, el que portaba su armadura, alimentándose de su cercanía, siendo él un hombre hambriento.

— Minos…

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Thanatos había esperado, el dios de la muerte no violenta fue paciente por más de doscientos años, los primeros que debieron ocurrir en la compañía de su consorte y los segundos, aquellos en los que fue encerrado en la caja que abriría pandora, los paso en duerme vela.

Su hermano después de su victoria había realizado lo impensable, cuando él no quiso pedir nada como pago a sus servicios, Hypnos dijo con su voz sensata, cargada de arrepentimiento, que se le permitiera al espíritu de Manigoldo compartir su destino, cualquiera que fuera este, para que ya no se alejara de su gemelo, quien le amaba profundamente.

El dios de la muerte había descuidado su templo, dejado que se marchitara junto a la belleza de sus ninfas, ni siquiera les había tocado música, solo aquella vez que esos mortales entraron en los campos elíseos, la primera vez que murió, un sentimiento que no se parecía a esa desolada agonía de no tenerle cerca.

Habían pasado algunas horas y Thanatos aun seguía esperando la resurrección de su consorte, Persephone antes de marcharse en compañía de su esposo le dijo que tuviera paciencia, como si esperar más de cuatrocientos años no fuera un martirio suficiente.

La estatua seguía inmóvil, pero ya no tenía la esfera roja protegiéndola y él ya no podía refrenarse de tocar su rostro, hincándose a su lado, recorriendo su mejilla con las puntas de sus dedos, respirando hondo para después recargar su frente contra la de su consorte.

— ¿Por qué no despiertas?

Pregunto, inseguro, tal vez no deseaba regresar a sus brazos, tal vez su dios le mintió y su consorte jamás volvería a abrir los ojos de nuevo.

— ¿Acaso no quieres regresar a mi?

Thanatos no esperaba que la estatua le respondiera y cerrando los ojos, armándose de valor, unió sus labios a los de la fría piedra, para después darle la espalda, creyendo que había sido engañado, que no volvería a verle.

— Hemos ganado, porque no regresas a mi…

Susurro, deteniéndose de golpe, sintiendo una pequeña llama, un ínfimo fuego brillando en el interior de la estatua, la que pronto, como si lo único que necesitara fuera sentirlo a él también, comenzó a quebrarse, una grieta que fue expandiéndose a la velocidad de un rayo, de la cual brotaban flamas demoniacas, la misma esencia de la que estaba conformada la vida de su consorte.

— Debes regresar a mi, te ordeno que vuelvas a mi…

Pronuncio, alejándose apenas lo suficiente para cubrirse de los trozos de mármol que salieron disparados en todas direcciones, aquellos que solo conformaban una barrera protegiendo el cuerpo de su amado, quien respiro hondo, llenando sus pulmones con aire, sus ojos aun posados en el suelo, en donde no vio la armadura de Hades, sino la de Thanatos.

— ¿Thanatos?

Thanatos sonrió al escuchar esa voz después de todo ese tiempo, tomando la mano de Manigoldo para ayudarle a levantarse, quien lo siguió, sin saber que era lo que había pasado.

— ¿Cuánto tiempo ha pasado?

Esa pregunta era divertida, porque había pasado demasiado tiempo como para preocuparse por ello, por lo que solamente beso los labios de su consorte, con hambre, con demasiada desesperación, tratando de convencerse a sí mismo que aquello no era una ilusión, ni un sueño provocado por su hermano.

— Eso ya no importa, no en los próximos dos cientos años, mi amado consorte…

Como aquella primera vez, Thanatos cargo a Manigoldo entre sus brazos abriendo un portal para llevarlo a la seguridad de su santuario, el cual con forme su alegría regresaba a su corazón inmortal, iba regresando poco a poco a la vida.

— ¿Verónica esta muerto?

Su dios asintió, sin percatarse de la mirada atónita de sus ninfas, las que regresaban a sus inocentes apariencias femeninas, molestas al mismo tiempo que complacidas al ver de nuevo al consorte de la muerte, por quien los campos y las paredes de aquel templo volvían a florecer, aun su belleza regresaba a sus cuerpos, un pago elevado por la felicidad de su amado dios de la muerte.

— Lo está, se sacrifico para que tu pudieras ocupar el lugar de una de nuestras estrellas, ya nada te alejara de mi Manigoldo y contigo a mi lado, yo se que Athena no volverá a derrotarnos, no ahora que tengo algo porque luchar.

Manigoldo sintió como era depositado en la cama que compartieron más de una ocasión, mirándole fijamente con una sonrisa, creyendo que era increíble que su dios, después de todo ese tiempo separados en lo único que pudiera pensar fuera en eso, en compartir su lecho.

— ¿No es demasiado pronto?

Pregunto ligeramente preocupado, notando como Thanatos se quitaba su armadura, quedando desnudo ante su mirada sonrojada, turbada a causa del deseo que sentía.

— Han pasado más de cuatrocientos años mi dulce fuego demoniaco, creo que ya he esperado suficiente.

Respondió, recostándose sobre su cuerpo para besar sus labios, recorriendo sus costados con sus manos desnudas, admirando la suavidad de su piel, su belleza masculina, notando como el propio Manigoldo estaba interesado al verle junto a él, al menos su sexo lo hacía.

— ¿Cuatrocientos años?

Estaba sorprendido al escuchar cuanto tiempo había pasado encerrado en aquella cárcel de piedra, respondiendo entonces con ímpetu a sus caricias, comprendiendo que habían transcurrido dos guerras, demasiado tiempo sin tenerse o tocarse, que su dios debía estar desesperado por poseerle.

— Pero al menos ya estás conmigo mi dulce fuego demoniaco…

Susurro recorriendo su rostro con delicadeza, arrebatándole otro beso hambriento, gimiendo cuando Manigoldo rodeo su cuello con sus brazos, su cintura con sus piernas restregándose contra él.

— Y jamás dejare que te marches de mi lado.

Manigoldo esperaba que cumpliera aquella promesa, no quería marcharse de su lado, ni abandonarlo a su suerte, no de nuevo que comprendía lo mucho que le amaba.

— ¿Me extrañaste?

Pregunto Manigoldo, sintiendo como su dios llevaba una de sus manos a su sexo, rosándolo con cuidado, para después avanzar un poco más, situándose entre sus nalgas, esperando el momento en el cual pudiera abrirse paso.

— Hice más que extrañarte, mis ninfas perdieron su belleza, mi templo decayó y deje de tocar mi música, nada de eso tenía sentido para mi, si tu no me acompañabas.

Manigoldo gimió cuando un tercer dedo ingreso en su cuerpo, escuchando aquellas palabras, sonriendo al ver que Thanatos le había extrañado, que cumpliría su promesa de nunca dejarlo ir, de jamás aburrirse de su compañía.

— Ahora prometo cuidarte como tú te lo mereces…

Juro abriendo sus piernas, empalándose en un solo movimiento, sintiendo como las fuertes manos de su consorte marcaban su espalda con sus uñas, dejando un mapa vivo en ella, el cual sería una prueba más de que su amado había regresado con él.

— Sí tú me lo permites.

Finalizo al mismo tiempo que se derramaba en el cuerpo de su consorte, aquella criatura creada exclusivamente para él, quien algunas horas más tarde, cansado y saciado, después de entregarse mutuamente a sus placeres, yacía desnudo en su cama, cubierto de marcas nuevas que le hacían sentir orgulloso.

— Verónica me dijo que debía besarte…

Susurro entonces Manigoldo, levantándose de la cama, gateando en su dirección, recordando con diversión aquel día, cuando le dijo lo importante que era para su dios, lo poco que le creyó esa ocasión, seguro que no era más que un juguete.

— Bésame entonces…

Manigoldo sonrió con picardía y así lo hizo, pero no en los labios de Thanatos, sino en donde Verónica le aconsejo que lo hiciera, separándose poco después para ver la mirada de sorpresa y lujuria de su dios.

— Eso hare mi señor, pero no ahora…

Pronuncio Manigoldo, sentándose en sus piernas, recargando su frente contra la suya, para después besarlo de nuevo, esta vez en sus labios.

— En este momento estoy demasiado agotado y creo que debemos dormir un poco para recuperarnos, después, realizare uno de los consejos de Verónica…

Thanatos comenzó a reírse en voz alta, siguiendo a su consorte, el que deseaba dormir con él en su cama, notando por el rabillo del ojo, la mirada dorada de su hermano, fija en ambos, con un sentimiento que no estaba seguro como interpretar.

— Déjalo que vea, ha estado aquí desde hace tiempo… es más, he perdido la cuenta de las ocasiones que nos ha espiado.

Le informo Manigoldo, recostándose en la cama, llevando los brazos de Thanatos alrededor de su cintura, una de las costumbres que más amaba de su dios, quien le obedeció, acurrucándose a su lado, cerrando los ojos, respirando el dulce aroma de su consorte.

— Ha regresado a ti, espero que ya puedas perdonarme…

Lo haría, si no cometía la absurda insensatez de enamorarse de su consorte, porque aunque fuera su hermano gemelo, no estaba dispuesto a compartirlo, de ninguna forma.

— Lo hare, si mi consorte no sufre ningún daño…

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Al mismo tiempo Persephone se encontraba admirando la belleza del árbol de granada del inframundo, el cual estaba a punto de florecer, preguntándose, que harían con esos preciosos regalos, sintiendo los brazos de Hades rodearla.

— He ganado mi amada esposa.

Eso no era del todo cierto, porque ambos se amaban, las dos parejas habían logrado su cometido por lo que, si eras escrupuloso ambos tenían la victoria o los dos perdieron, aunque, ella lo llamaría más bien un empate.

— Ninguno de los dos tuvo tanta suerte, yo diría que estamos empatados.

Tal vez tenía razón, pero habían apostado tanto tiempo por aquella moneda, que no quería detenerse en ese instante que casi la tuvo en su poder, no cuando Persephone podría aburrirse y comenzar a buscar otro entretenimiento.

— Podríamos realizar otra apuesta, por el desempate…

Fin.

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Con este ultimo capitulo Inframundo llega a su fin, muchas gracias a todos aquellos que leyeron mi historia, en especial a los que me dejaron comentarios y a esas maravillosas, increíbles personas, que lo hicieron capitulo por capitulo, gracias a ustedes esta historia es lo que es.

Y aunque en un principio había planeado que los dos santos de Athena escaparan del abismo, con una última apuesta, no me pareció justo realizar aquella acción puesto, que fueron en su mayoría, los amantes de los espectros, quienes se tomaron los minutos necesarios para dejarme saber que pensaban de esta historia, por lo cual, aquí está el final con los santos enamorados de sus espectros.

Quienes resultaron demasiado encantadores para destruir lo que habían logrado en la historia, por lo cual, Manigoldo ha dejado de ser una estatua y Minos y su rosa han realizado una especie de votos matrimoniales, bajo el amparo del romántico dios hades, para que nunca sean separados.

Por otro lado, pido perdón a todos los demás que deseaban un final sin espectros y para los amantes del la pareja de santos dorados, así como de Saint Seiya, publicare otra historia basada en el universo de El Lienzo Perdido de Saint Seiya.

Ojala puedan leerla y espero que les guste, ya saben, me encanta leer sus comentarios.

Mil gracias y hasta la próxima.

Seiken.