Capítulo 38

- Por eso la constructora y los demás están algo inquietos Candy. La construcción de la clínica debió haber comenzado hace más de dos meses y hasta ahora no hay señales de que el proyecto vaya a comenzar pronto.

- Lo sé, lo sé, John, pero es que… bueno, las cosas se han complicado un poco en casa.

- Yo lo entiendo, Candy, pero ellos no. Ponte en su lugar: ellos también tienen compromisos que cumplir.

- Estoy trabajando al máximo. De verdad no puedo hacer más.

- Pues entonces debemos buscar alguna solución, porque de lo contrario ellos se retirarán y comenzar a buscar una constructora a estas alturas no sería bueno para nadie.

- No, sería un desastre. ¿Pero qué más puedo hacer?

- No lo sé, pero tenemos que encontrar una solución y redoblar los esfuerzos. De eso depende el éxito de este proyecto.

Pasaban de las once de la noche y Candy recordaba con preocupación la conversación que había tenido con su principal asesor durante la cena en su casa. La situación se estaba complicando mucho más de lo que ella esperaba y por más que trabajaba hasta altas horas de la noche, no lograba ponerse al día con los pendientes. El negocio había crecido demasiado y era el momento de tomar una decisión: mantener un tamaño pequeño, que pudiera controlar ella misma, o bien, transformarse en una sociedad, contar con otros inversionistas y seguir creciendo. Aún no tenía claro qué es lo que debía hacer y la duda hacía que todo se dilatara aún más.

Debía tomar una decisión, debía revisar esos documentos que tenía entre manos, debía leer los nuevos contratos, debía… ahhh… debía hacer tantas cosas y estaba tan cansada. Pero tras los veinte minutos de conversación telefónica con Albert aún se sentía en las nubes y al volver a recordarla, su preocupación desapareció.

Ella lo había llamado. Otra vez. Él había sido amable, simpático, bromista como siempre. Un príncipe. A veces ella dejaba pasar dos o tres días sin llamarlo y él la sorprendía con algún detalle, como un llamado desde alguna ciudad en la que se encontrara o, derechamente, tocando su puerta algún fin de semana cuando venía a Lakewood. A su manera, Candy trataba de ser coqueta, pero debía confesar que más que coqueta, a veces parecía algo tonta. Cuando Albert la había visitado o la había invitado a su casa, se las había arreglado para rozar sus manos o acercársele un poco más de lo necesario, pero vez tras vez él se había alejado o bien, no se había dado cuenta de la cercanía de Candy. Ni siquiera sus vestidos lindos parecían llamar su atención y así como una y otra vez sus intentos terminaban en nada, Albert una y otra vez terminaba hablándole de Camille y los planes que tenía para ambos a futuro, cuando ella por fin lo perdonara y volvieran a estar juntos.

Aunque a veces perdía las esperanzas, Candy estaba decidida a no rendirse. Si alguna vez Albert había sentido algo más que amistad por ella, ¿por qué no podría volver a sentir lo mismo de nuevo? Claro, la pregunta también podía llevarla a plantearse otra interrogante: si Camille había estado enamorada de Albert, ¿por qué no podría volver a sentir lo mismo de nuevo? Con angustia, Candy veía pasar los días sin que Albert diera señales claras de sentir algo por ella, pero tampoco daba señales de que la chica le fuera indiferente. Si no le interesaba Candy, ¿por qué la seguía llamando y visitando? ¿Por qué le contaba sus planes y sueños? ¿Por qué compartía con ella sus penas y sus alegrías? ¿Por qué seguía tan cerca?

Candy dio un pesado suspiro. Los días pasaban y su urgencia por tenerlo cerca aumentaba. Había perdido tanto tiempo y todo le parecía trivial en comparación con su amor por Albert. Lo quería, claro que lo quería y él, tal vez sin darse cuenta, hacía que ella lo quisiera cada día más. Y es que, ¿cómo no quererlo si la miraba con esos ojos bellos? ¿Cómo no quererlo, si su indiferencia no hacía más que aumentar sus ganas por conquistarlo? ¿Cómo no quererlo si había vuelto a ser el hombre gentil y preocupado que ella tanto había admirado? Atrás habían quedado sus peleas con Archie y, si bien no dejaba de batallar contra las empresas de Lefevre, no dejaba que eso le nublara la vista. Había dejado de frecuentar esas fiestas a las que sólo iba cuando quería demostrar al resto que le había ganado en algo a Lefevre y en lugar de eso, asistía discretamente al teatro o a la ópera o algún parque de la ciudad sólo para disfrutar de un rato de tranquilidad. El saberlo solo era algo que hacía saltar aún más el corazón de Candy. Ella podría ocupar ese espacio a su lado. Pero él lo resguardaba celosamente para Camille. Para "su" Camille, como él a veces la llamaba.

Su Camille. Cada vez que hablaba de "su Camille", Candy sentía que la rabia y los celos se la comían por dentro. Esa mujer debía ser una completa idiota para haberlo dejado escapar. Pero no, en realidad había sido Albert el que había permitido que ella se fuera… entonces era Albert el malo… ¿o era ella la mala por estar pensando que Camille era mala? ¡Qué horror! Era todo un enredo en su cabeza. A ratos deseaba que Camille jamás hubiese dejado a Albert y que ya estuvieran casados para que ella no se hubiera fijado en él de nuevo. Pero luego pensaba que si eso fuera así, todo sería aún peor, porque amar a un hombre comprometido sí que sería una pesadilla. Pero Albert era libre. Por las buenas o las malas aún era libre. Libre e indiferente. Pero no tan indiferente… ahhh… ¡todo era tan difícil! Quería decirle tantas cosas, pero no se atrevía por temor a perder la amistad que hacía sólo unos meses habían recuperado. La sola idea la aterraba. No podía arriesgarse a perderlo de nuevo. Mientras fueran amigos podría estar a su lado. Valía la pena guardar silencio; no podía perderlo.

De pronto Candy se preguntó si Albert no se habría sentido así antes, cuando ambos vivían juntos y ella hablaba día y noche sobre otro. Pero claro, tal vez sólo eran ideas suyas, porque no sabía si Albert había sentido algo por ella cuando aún tenía amnesia. Sus amigos pensaban que sí, pero ella no estaba tan segura. Recordando sus días en Chicago, Candy casi pudo saborear sus comidas y oler las hermosas flores que de una u otra forma Albert se arreglaba para regalarle. Recordó sus tiernos abrazos y el cariño con que la había consolado cuando volvió con el corazón roto desde Nueva York, la ciudad que siempre le sería hostil. Por entonces ella no hacía más que hablar de sus planes con Terry, de lo que haría y no haría cuando volvieran a estar juntos, porque estaba segura de que volverían a reunirse. Sinceramente esperaba que Albert no hubiese sentido algo más que amistad por ella en esos días, porque de ser así, lo habría hecho pasar por una agonía terrible, similar a la que ahora ella experimentaba. No, no podía ser así. Pero recordando ahora sus miradas, sus gestos, la forma en que a veces acariciaba su rostro y la aconsejaba, deseaba poder volver a esos días sencillos en el pequeño departamento de Chicago, cuando estaban juntos, cuando sólo se tenían el uno al otro. Ahora todo era tan diferente y ambos tenían tantas obligaciones. Si tan sólo no tuviera que depender de los fines de semana para verlo, si pudiera al menos visitarlo, si no tuviera tanto que hacer…

De improviso, tuvo una idea. Una idea tal vez loca, pero que le serviría para solucionar dos problemas de una vez. Ya faltaban pocas semanas. En cuanto llegara el invierno, Camille visitaría Estados Unidos. No quería perder la amistad de Albert, pero tampoco quería arriesgarse a perderlo por no hacer nada. Debía intentarlo todo. Sin darle más vueltas al asunto, se dedicó a buscar entre viejas carpetas la información que necesitaba. Hizo algunas llamadas y dejó todo listo para el día siguiente.

¡No había tiempo que perder!

P P P

La melodiosa voz que siguió a los pasos suaves que delataron al hombre que se acercaba habría puesto a cualquier mujer nerviosa. A cualquiera, menos a Camille, que ya había averiguado suficiente sobre su invitado como para dejarse sorprender por su teatral aparición.

- Es casi medianoche, señorita Lefevre. ¿Siempre resuelve sus negocios a estas horas de noche?

- Desde luego que no. Pero a ambos nos conviene que nuestra reunión se mantenga en el más estricto secreto, ¿o no? – contestó Camille sin darse vuelta.

- Hasta donde yo sé, es usted quien sigue empecinada en que nadie la conozca, mademoiselle. Ese no es mi caso – respondió el hombre con tono que a Camille le pareció cargado de petulancia.

- No, supongo que no. Pero si de verdad quiere que su participación atraiga a la mayor cantidad de inversionistas, ambos sabemos que lo mejor es darles una sorpresa. Buenas noches, señor Grantchester. Gracias por aceptar finalmente reunirse conmigo – dijo Camille poniéndose de pie y mirándolo con fría indiferencia directamente a los ojos.

Por unos instantes Terry guardó silencio y, para el deleite de Camille, no pudo ocultar la sorpresa. Estaba preparado para encontrarse con una mujer mayor, de mal aspecto, gruñona y avara, una bruja francesa horrible y mal vestida. Eso es lo que se comentaba de Camille Lefevre. En cambio, tenía frente a sí a una mujer, a una jovencita, de aspecto frágil, piel clara y cabello levente ondulado, dueña de una silenciosa y delicada belleza. Era delgada, su miraba denotaba inteligencia y había gracia en sus movimientos.

- ¿Es usted Camille Lefevre? – le preguntó sorprendido Terry.

- Camille Lorraine Lefevre, monsieur. Gusto en conocerlo – contestó Camille extendiendo su mano para estrechar la de Terry.

- Vaya, mademoiselle, nadie me advirtió de su belleza – respondió Terry tratando de salir de su sorpresa y tomando con delicadeza la mano de Camille para depositar un suave beso, cual gentil caballero inglés.

- Pues me parece muy bien – le contestó Camille quitándole la mano en un gesto seco – No acostumbro a ganar negocios a costa de lo que usted llama belleza. ¿Nos sentamos?

- Como usted diga, mademoiselle.

Terry estaba sorprendido. Esa chica era una fierecilla, un pequeño geniecillo loco que prefería esconderse antes que mostrar su belleza. ¿Estaba loca? ¿Sería verdad lo que de ella se contaba? Mientras Camille se acomodaba repasó mentalmente lo que le habían dicho sobre ella y se arrepintió de no haber aceptado antes la cita. Esta mujer era un misterio y él siempre querría invertir tiempo en descifrar misterios. Y si con ello podía fortalecer su carrera y ganar el dinero suficiente para cumplir por fin su sueño de contar con su propio teatro… ¿por qué no?

- Bien, señor Grantchester, vamos al grano.

- Como usted guste.

- Entiendo que ya leyó nuestra propuesta y que sus comentarios ya fueron incorporados.

- Así es.

- ¿Quiere algo de beber?

- No estaría mal – dijo Terry.

- Bien, llame a un mozo pronto. El servicio es algo lento aquí.

- ¿Cómo? – preguntó Terry sorprendido – Pero… pero…

- ¿Qué? Descuide, corre por mi cuenta, si es eso lo que le preocupa – dijo Camille en tono irónico.

- No, descuide – contestó molesto – puedo pagarme un trago. Incluso puedo invitarle uno si así lo quiere.

- Olvídelo, no me gusta beber mientras trabajo.

- ¿Y siempre trabaja hasta tan tarde?

- Sólo cuando la contraparte se hace de rogar. ¿Va a pedir algo o no? Tenemos poco tiempo.

Terry estaba francamente sorprendido y molesto. ¿Pero con quién rayos se creía esa mocosa que estaba tratando? Si su tiempo era valioso, ¡el suyo lo era aún más! No por nada era el actor más solicitado del momento y no tenía por qué someterse al trato de una mocosa millonaria de mal carácter y pésimo modales. ¡Franceses! Y ellos se decían refinados.

- Mozo, por favor, un escocés para el señor. Con hielo. Por favor, dese prisa. Gracias.

¿Qué? ¡Esto era el colmo! ¿Cómo se atrevía a pedir en su nombre si ni siquiera lo conocía? Si pensaba que se tomaría ese whisky, estaba loca. Y pensándolo bien, si pensaba que haría negocios con ella, estaba aún más loca.

- Mademoiselle Lefevre, permítame decirle que…

- ¿Cuánto quiere, señor Grantchester? Mire, disculpe que sea tan directa, pero – Terry notó que Camille miraba por sobre su hombro y luego volvía a mirarlo a él – pero… bueno, ambos sabemos que este es un buen negocio, ¿cierto?

- Cierto, pero…

- Pero aún no logramos contar con su aprobación. Supongo que es un problema de dinero.

- Pues supone mal, señorita. Mis intereses van mucho más allá de lo monetario. Para mí el teatro es una forma de vida.

- Y una forma de ganar dinero, como en todo, ¿cierto?

- Creo que tengo derecho a obtener un salario justo por mi trabajo, ¿o es que usted hace todo por beneficencia?

- No, desde luego que no. La beneficencia se hace en silencio, no dando aviso a todo el mundo. Pero volviendo al tema…

- Volviendo al tema, le reitero que el problema no es el dinero.

- ¿Ah no? ¿Y entonces? – preguntó Camille apoyándose contra el respaldo de su silla.

- El tema del cine aún no me convence.

- ¿En serio? ¿Y las películas que ha hecho? ¿A qué se deben entonces?

- Quería experimentar, probar un nuevo formato, sólo eso. El negocio que usted me propone es tentador, no lo niego, pero me demandaría muchísimo tiempo.

- A cambio de muy buenas ganancias.

- Y a cambio de dejar de trabajar en el teatro, lo que realmente me importa.

- Señor Grantchester, no es mi intención decirle cómo debe administrar su tiempo ni sus intereses – Camille hizo una pausa mientras el mozo depositaba en la mesa el fino vaso con el whisky para Terry, mientras volvía a mirar por sobre el hombro del actor– Eso es algo que usted debe manejar personalmente o con su gente. Si necesita ayuda en ese punto, me temo que no sé cómo ayudarlo.

- Pues entonces creo que no llegaremos a ningún acuerdo – remató Terry.

- ¿Cómo que no? – preguntó Camille concentrando toda su atención en Terry.

Por fin. Estaba acostumbrado a salirse con la suya y no iba a ser ante una chiquilla pretenciosa que él perdiera. Ni ahora ni nunca.

- Me refiero a que si usted no presta atención a nuestra conversación, no llegaremos a ningún acuerdo. ¿Espera a alguien?

- ¿Por qué lo pregunta?

- Porque veo que mira insistentemente a otra parte, como si esperara a alguien.

- Señor Grantchester, por favor, no perdamos más el tiempo. Sé que le interesa el negocio. Ambos sabemos que a la larga su carrera se verá beneficiada. Si lo que necesita es tiempo para seguir pensándolo, me temo que ya no puedo dárselo. Mis asociados tienen otros planes y no son muchas las personas que crean que el cine es un buen negocio. Yo lo he visto ya en Europa y sé que es un éxito, pero para atraer al público necesitamos algo más que tecnología. Necesitamos una cara bonita – Terry la miró con ojos furiosos – Y talentosa – acotó Camille son una sonrisa que a Terry le pareció insoportable.

- Pues si fuera por caras bonitas bien podría usar la suya, Camille. Sé que muchos medios han ofrecido buenas sumas de dinero por una foto suya o por alguna entrevista. ¡Imagine cuánto pagarían por una película! – rió Terry de buena gana.

- Es usted muy ingenioso, señor Grantchester. Espero que haya cumplido su parte del trato –le dijo con seriedad- Le recuerdo que si comenta algo de nuestro encuentro a la prensa…

- Lo sé, Camille, descuide. Es sólo que no logro entender por qué una mujer tan hermosa como usted insiste en esconderse.

- Tal vez porque hombres como usted sólo conciben a las mujeres como una cara o un cuerpo bonito y jamás como una mente pensante.

- ¡Oh vamos! No me diga que es usted una feminista.

- ¿Debería serlo?

- Bueno… en realidad no debería extrañarme si lo fuera. Pero comparto sus ideales, señorita Lefevre. Mi madre tuvo muchos problemas para triunfar en su carrera, porque siempre la encasillaban en personajes en los que sólo importaba su hermoso rostro, no su talento. Tuvo que dar una lucha muy fuerte para demostrar que es una gran artista.

- No es la única que ha tenido que enfrentar lo mismo. El prejuicio está en todas partes.

- Sí, tiene razón… - contestó Terry pensativo.

Por un momento, ambos guardaron silencio. Terry estaba confundido. No era lo que estaba acostumbrado a experimentar cuando participaba en una reunión de negocios, donde él siempre era el centro de la atención. Esta jovencita impetuosa e insolente ponía precio a su cara y a su talento, como si él no tuviera más opción que seguir su juego. ¿Quién se creía que era? Tomando un sorbo del whisky que había decidido no tomar, no pudo dejar de admirar su fiero carácter. Recordando otros tiempos, una triste sonrisa se dibujó en sus labios.

- ¿Y bien, señor Grantchester? Entonces, ¿tenemos un trato?

- Desde luego que no.

- ¡Pero qué más quiere! Disculpe, pero no tengo toda la noche para esperar su respuesta.

- Pues qué lástima, porque yo sí tengo todo el tiempo para pensarlo.

- ¡Esto no es un juego, señor! –lo increpó Camille molesta.

- ¡Claro que no, señorita! – le contestó Terry, depositando con fuerza el vaso sobre la mesa- ¿De verdad piensa que crucé todo el país para sentarme a jugar con usted? Pensé que estaba haciendo tratos con una persona seria, no con una niñita impulsiva.

- ¿Pero cómo se…?

- ¡Usted empezó! – le dijo Terry simulando una disculpa.

Grantchester tenía razón. Ella estaba siendo demasiado directa y los nervios la traicionaban. No era Terry, desde luego, quien la ponía nerviosa, sino la espera. Antoine llegaría con los documentos que necesitaba para enfrentar al consejo cuando faltaran quince minutos para las doce. La cita con Terry era sólo una más de las reuniones de negocio que había usado para camuflar sus reuniones con Antoine y su gente. Aún faltaban algunos minutos. Debía tener paciencia. Si el actorcillo quería jugar al interesante, aún había tiempo para dejarlo hablar. Sólo tenía que esperar un poco más y ya luego podría despacharlo. Con él o sin él, el tema del cine seguía siendo una buena idea y un mejor pretexto para sacarse al consejo de encima mientras afinaba los detalles de investigación. Respirando profundo, optó por ceder.

- Tiene usted razón, señor Grantchester. Le pido disculpas. Supongo que estoy un tanto ansiosa. Hemos invertido mucho tiempo y dinero en este negocio. Como podrá comprender, hay mucho en juego.

- Lo comprendo y la disculpo – concedió Terry sintiéndose ganador. Él siempre ganaba. Siempre - Le propongo que empecemos de nuevo. ¿Cómo está?

- ¿Qué? – preguntó Camille sin comprender la razón de la pregunta.

- Le pregunto que cómo está. ¿Qué tal estuvo su día?

- Pues… bueno… a decir verdad ha sido un día muy cansador…

- Sí, también el mío. El viaje desde Los Ángeles es eterno. Además odio esta ciudad.

- ¿Nueva York? – preguntó Camille extrañada.

- Sí.

- Pero… usted siempre actúa aquí.

- No, no siempre. Sólo cuando es necesario. Hay escenarios que uno no puede ignorar, pero si de mí dependiera, no pondría jamás un pie en esta ciudad.

Camille guardó silencio. No estaba acostumbrada a que la gente le comentara sus sentimientos y definitivamente no se sentía inclinada a compartir los suyos con un completo desconocido.

- ¿A usted le gusta Nueva York?

- Pues… no sé…

- ¿Cómo? ¿Jamás se lo ha preguntado?

- No.

- ¿Y qué hace aquí?

- Estoy aquí única y exclusivamente porque usted dijo que podíamos conversar sobre negocios y es eso justamente lo que no hemos hecho – contestó en tono severo Camille, pero para evitar una pelea, añadió en tono más amable - ¿Le parece si nos concentramos en la propuesta? ¿Cómo podemos mejorarla para que de verdad se interese en ella?

- Su propuesta me interesa, señorita Lefevre. De eso no hay duda.

- ¿Entonces firmará?

- No.

- ¡Pero entonces!

- Antes quiero saber por qué está interesada en el cine.

- Pues porque es un buen negocio.

- ¿Sólo por eso?

- ¿Y por qué más podría ser?

No iba a decirle que lo hacía porque necesitaba una excusa para viajar de un lugar a otro sin levantar sospechas. Eso jamás.

- Mademoiselle Lefevre, yo soy un artista. A diferencia suya, para mí el valor estético es superior al valor económico. No quiero vender mi arte al mejor postor, como si se tratara de una reproducción barata. Si quise hablar con usted es porque quiero que sepa que sólo participaré en este negocio si su empresa se compromete a respetar las decisiones artísticas que tomen los expertos en teatro, no sus expertos en negocios.

- Eso, señor Grantchester, será algo que tiene que verse a futuro. Por ahora sólo queremos construir algunas salas de cine en las principales ciudades de Estados Unidos y filmar algunas películas. Si esto funciona, la siguiente etapa…

- Si esto funciona, mademoiselle, será porque logramos aunar su genio comercial con mi genio en las tablas. El cine no es teatro filmado, el cine es mucho más. Pero para desarrollarlo se necesita dinero y talento. ¿Me comprende?

- Desde luego.

- Bien. Usted tiene el dinero, yo tengo el talento.

- Y gran modestia, por lo que veo – comentó irónica Camille.

- Sé que puedo sonar como un petulante, pero también sé que tengo razón. Para otras cosas soy un fiasco, no lo niego, pero para el teatro no. El teatro es mi pasión y mi vida, señorita Lefevre. El cine me resulta atractivo, no lo puedo negar, pero aún no termina por convencerme.

- Pues yo le propongo que aproveche su gran talento y salga de la duda. Si esto funciona, todos saldremos ganando.

- No lo sé… - dudó Terry.

En ese momento, Camille vio que Antoine ingresaba sigilosamente al restaurante. Debía reunirse con él cuanto antes. No tenía más tiempo que perder junto a ese aburrido engreído y sin pensarlo dos veces, se puso de pie.

- Bien, señor Grantchester, comprendo que es usted un soñador. Lamento que nuestra propuesta no le haya resultado interesante. Hasta pronto y éxito en su carrera.

- ¿Se va?

- Sí. No quiero hacerle perder más su tiempo – dijo Camille tomando su cartera.

- ¡Un momento! – Terry se puso de pie y tomó su mano derecha, impidiéndole partir.

- ¿Cómo se atreve? – gritó Camille asustada, logrando justo lo que no quería: llamar la atención del resto de los presentes en el restaurante.

- ¿Cree que crucé todo el país para que esto terminara en nada?

- ¡Pero es usted el que no está interesado! – alegó Camille bajando la voz – Déjeme ir.

- No sin que antes me escuche.

- Pero si ya lo escuché y sé que no le interesa…

- ¡Sí me interesa! - dijo Terry sin soltarla.

- ¡Suélteme ya! ¡Tengo que irme!

- Pues si tenía otra reunión, no debió citarme a estas horas, Camille – dijo Terry soltándola de pronto.

- Basta ya, señor Grantchester. ¿Qué pretende haciendo esta escena?

- ¡Es usted la que hace una escena, mademoiselle! – le reclamó en voz baja, acercándose a ella - ¿Para qué me citó aquí?

- Ya me quedó claro que no está interesado.

- ¡Sí lo estoy! Pero quiero que las cosas se hagan al menos en parte como yo quiero. ¿Es que no le parece justo?

- ¿Y qué más quiere? Mire, de verdad tengo que irme, tal vez en otra ocasión…

- ¿Mañana?

- ¿Mañana? – preguntó cada vez más nerviosa Camille.

- Mañana se estrena una obra que usted debe ver. Algunos amigos actuarán en ella y me gustaría que conversara con ellos.

- No puedo, viajo en la madrugada y…

- Vamos, mademoiselle, la obra termina a las nueve y treinta. Si no vamos a hacer negocios, al menos permítame mostrarle mi visión de lo que debería ser el cine.

- Pero…

Camille notaba que algunas personas aún los observaban de reojo y temía que Antoine decidiera irse. Necesitaba ver esos documentos cuanto antes, pero tampoco podía darse el lujo de perder el interés de Grantchester, porque así ganaba tiempo.

- Como quiera. Puede dejar todos los datos en la recepción del hotel, ahora, si me disculpa, debo irme. Adiós.

- Hasta mañana, mademoiselle.

Terry retomó su asiento y se dispuso a terminar su trago. Al menos eso se merecía tras lo que sin duda había sido la entrevista de negocios más rara de toda su vida. Si todas las feministas actuaban como esa mujercita, los hombres estaban a salvo: el movimiento no duraría mucho tiempo. Los hombres inteligentes y seguros como él siempre saldrían adelante.

Solos. Pero triunfadores.

Esbozando una sonrisa torcida, Terry apuró el último trago. Un escocés de los mejores. No necesitaba que ninguna mujer pagara su cuenta. Él podía pagarla sin problemas. Dejando una generosa suma de dinero sobre la mesa, se puso de pie y abandonó el lugar. Al salir, le pareció notar que alguien lo observaba, pero cuando giró, no vio nada. Efectos del whisky, sin duda. Ya se había acostumbrado a no beber nunca.

Efectos de una pecosa, sin duda.

CONTINUARÁ...


Mi único comentario es: jo, jo, jo.

¡Ah! Una última cosa: cuando dije que la historia ya estaba "terminada", no quise decir que ya esté por terminar aquí. Sólo quise decir eso, que terminé de escribirla, pero aquí aún faltan varios capítulos. Ya pasamos hace un rato la mita de la historia, eso está claro, pero aún falta harta historia. Supongo que hoy les quedó más claro considerando quién ha regresado ;-)

¡Saludos! Y como siempre... ¡amo sus comentarios! Que como saben, son mi sueldo.

PCR