CAPÍTULO 36
1+1=3
Finales de mayo de 1997
-Me voy. No quiero llegar tarde... – Dijo Alberto desde la puerta de la cocina.
-Que os vaya muy bien.- Contestó Cecilia con la taza del café entre las manos. En realidad, aquella mañana no había bebido ni un sorbo.
-Eso espero, mi vida. Si sale bien será un exitazo.- Añadió él con una media sonrisa en el rostro.
Cecilia dejó la taza sobre el plato y lo acompañó hasta la puerta de la calle. Un ilusionado y algo nervioso Alberto le dio un pequeño beso en los labios a modo de despedida y se marchó. Cecilia suspiró cuando la puerta se cerró tras su marido y corrió de vuelta a la cocina.
Olvidado por completo el café, rebuscó en un armario hasta dar con los vasos de plástico que Almudena conjuró cuando estaban montando la casa y constató que allí no había con qué beber agua. Tomó uno y fue a por el bolso. De sus profundidades extrajo la bolsa de farmacia, la que contenía la cajita, y salió rauda al baño.
Hasta hacía no mucho, se usaba una poción. Un líquido de color ambarino que se depositaba en una copa. Con un golpe de varita en el borde junto con las palabras "gravio revelio" la bruja salía de dudas. La poción en cuestión reaccionaba girando vertiginosamente, como un torbellino acuoso, a la vez que se tornaba rosa o azul, según fuera el caso. O ambos colores en espirales alternos, que también podía pasar. Pero aquel tipo de magia ya estaba pasada de moda puesto que resultaba mucho más barato acudir a una muy muggle farmacia y comprar un test, que era precisamente lo que había hecho Cecilia la tarde antes.
Se había leído las instrucciones varias veces, con tanta atención que se las sabía de memoria. No obstante, las releyó una última vez pensando que con eso se calmaría un poco, pero no lo logró.
Cecilia, metódica como era, volvió a respirar hondo y se fue al cuarto de baño. Tomó la muestra de orina utilizando el vaso. A continuación procedió a depositarlo cuidadosamente en la encimera del lavabo para, con dedos temblorosos, extraer el test de su envase precintado. Y con una respiración profunda y el corazón latiendo más deprisa de lo que deseaba, metió la punta absorbente en el líquido amarillo. Y allí la dejó, bien empapadita, para reducir al máximo el margen de error. Antes de que la ventanilla de control se tintara lo hizo la del resultado. Y Cecilia volvió a respirar hondo. Ahora el corazón le latía con normalidad, como si se hubiera quitado un peso de encima.
En realidad, ya lo sabía. Lo sabía desde que pasó el día en cuestión sin que ocurriera nada. Y ya habían pasado tres. Alberto ni se había dado cuenta, con la cabeza en aquella reunión y en los últimos exámenes para ser Ingeniero Superior. Después de cinco meses pensando que ocurriría en cualquier momento, por fin había llegado... Alberto se pondría como loco... ¡Por la escoba de Juan de Bargota! ¡Los exámenes de Alberto! – Pensó Cecilia - ¡Si se lo digo ahora se va a desconcentrar!- Y tomó la primera resolución: no se lo diría hasta que hubiera hecho el último examen. Escondió el test en el fondo de su bolsa de pinturas y corrió a la mesa de trabajo de Alberto. Aunque se sabía de sobra el calendario de exámenes, no pudo evitar comprobarlo: quince días. Tendría que aguantarse quince días...
Cecilia miró el reloj ¡Oh cielos! ¡Qué tarde! Ya tendría que estar de camino al Ministerio. Corrió a ponerse los zapatos pero frenó en seco enseguida. De repente, se sintió madre. Con las cinco letras bien puestas, aunque su bebé fuera en esos momentos un ser milimétrico mas parecido a un renacuajo que a una personita.
- Tu no te preocupes, que yo me encargo de que estés estupendamente.- Soltó en voz alta mientras regresaba hacia la cocina con la palma de la mano en su vientre completamente plano.- No me voy a tomar ese café, para que nos pongamos nerviosos. Y ahora prepararé un vaso de leche. Y papá te comprará una silla homologada para el coche y tu bisabuelo te construirá un dispositivo de magi-retención infantil para la escoba... ¡Dios! ¡Vas a ser el primer nieto por los dos lados! ¡Y vas a hacer bisabuelos!
Y Cecilia, metódica ella, siguió tomando resoluciones y soltándolas en voz alta, como si así hiciera partícipe a su bebé. La vecina, que la vio por la ventana del patio hablando a la nada, volvió a pensar, por enésima vez, que la chica de enfrente, aunque amable y correcta, era un poco rara.
- Tu padre será el próximo en saberlo, como corresponde. Pero tenemos que guardar el secreto quince días, porque tiene que acabar la carrera.- Iba diciendo Cecilia mientras encogía los papeles del trabajo para que no pesaran demasiado.- Y hoy mismo nos pasaremos por el hospital mágico para pedir hora con una matro medimaga...
Antiguamente, muchas brujas se habían dedicado a parteras. Y ofrecían sus servicios a toda aquella mujer que los requiriera, fuera o no mágica. Eran los tiempos en los que los físicos o médicos pensaban que las cosas de mujeres no eran sus asuntos. Ahora, en el hospital mágico, había algunas matro medimagas, aunque por lo general remitían a la medicina muggle para el grueso del seguimiento y también para el parto, entre otras ocupaciones relacionadas con la educación y la salud sexual de las mujeres, la preaparación al parto y el cuidado post parto. Cecilia tuvo suerte. Poco antes de la hora de comer, cuando se acercó hasta el hospital para pedir hora, le dijeron que ya podían atenderla.
Se sentó en la salita de espera nerviosa. Para intentar tranquilizarse un poco, extrajo un papel del bolso y se puso a repasarlo. A lo largo de la mañana había ido haciendo una lista de las cosas que tenía que preguntar. En total medio folio con una letra bastante menuda. Y todavía se preguntaba qué se le habría olvidado cuando la llamaron a la consulta.
La matromedimaga la hizo abrirse el pantalón y tumbarse sobre una camilla. Después posó sus manos en su vientre y cerró los ojos durante unos segundos que a Cecilia se le hicieron eternos.
Ya está. Esto no va bien.- Pensó al ver la expresión seria y como perdida de la bruja- Y ahora a ver qué...
-Está todo bien.- La voz de la matro medimaga la sustrajo de sus agoreros pensamientos. Y Cecilia, inexpresiva por fuera, sintió por dentro un inmenso alivio.
-¿Puede saber qué es?
-Si. Es una niña.
Cecilia se cerró el botón del pantalón y subió la cremallera mientras la matro medigama apuntaba cosas y empezaba a sacar papeles de un cajón y a rellenarlos metódicamente.
-Estos son los volantes para el ginecólogo muggle. Si no observa nada, no tienes que volver por aquí hasta el próximo trimestre... ¿Alguna pregunta?
Muchas, Cecilia tenía muchas. Extrajo la hoja mientras la matro medimaga la miraba con curiosidad. Por lo general, llegado aquel momento ninguna era capaz de preguntar nada. Las madres primerizas porque se quedaban en blanco y las que no lo eran porque ya sabían casi todo. Pero esta bruja no era una primeriza al uso y la asaeteó a preguntas. Por ejemplo, ¿podía coger un traslador? Podía, pero no era recomendable, sobre todo según avanzara el embarazo. No por el traslado en sí, sino por el aterrizaje, que a veces resultaba un tanto violento. ¿La escoba? Totalmente recomendable y hasta el final, pero ¡atención! Su centro de gravedad se iría modificando según ganara peso y volumen, así que, nada de florituras aéreas. ¿Las redes glú y flú? Mejor la flú, porque no se experimentaba tanto agobio y no tenía riesgo de golpes fortuitos en los codos de las cañerías... ¿La magia? La magia se iría alterando. Algunos hechizos podrían intensificarse o bien desviarse, lo mejor era hacer ejercicios sencillos para recalibrarla...
Tras quince minutos largos de preguntas y respuestas, en los que la joven paciente fue tomando minuciosas notas, la matro medimaga, que en el fondo se sentía divertida con una primeriza tan poco al uso, pudo continuar con el resto de su lista de pacientes.
Cecilia, por su parte, salió de la consulta bastante más tranquila. Todo iba bien y ahora podía hablar con la bebé usando el género femenino. ¡Una niña! Bueno, la verdad es que no se había parado a pensar si sería niño o niña. A priori le daba exactamente igual, pero ahora que sabía que sería una nenita se sentía ilusionadísima... Ya se veía comprando bonitos faldones o imaginaba a la niña algo mas mayorcita con los vestiditos de nido de abeja y frunces ingleses de toda la vida y los zapatitos "merceditas", de color a juego con las rebequitas... Cecilia, pija de nacimiento, iba a llevar a su niña hecha un pincel ¡monísima! ¡una auténtica princesita brujil!...
Pero el destino estaba por la labor de que el plan de Cecilia de mantener su secreto hasta hacer partícipe a Alberto se fuera chafando. Pasito a pasito y tan metódicamente como ella lo había planificado.
En primer lugar, fue su tía. ¡Mira por dónde, qué mala suerte! La tía Amaia, sanadora de profesión, no tendría por qué estar en el ala de medimagia, donde se trataban enfermedades y dolencias que no eran específicamente mágicas. Pero estaba. Hablando muy reconcentrada con un medimago al final del pasillo. Iba vestida con el pijama verde del personal magi sanitario, la varita asomando de un bolsillo como los estetoscopios colgaban del cuello de los médicos muggles, y una carpetilla de cartón bajo el brazo. Cecilia se quedó quieta, congelada. Tenía que pasar por delante de su tía si quería salir de la zona de matro medimagia... Y justo cuando estaba pensando aquello el medi mago se despidió y la tía Amaia, en lugar de marcharse por donde había venido, se giró hacia Cecilia, como si un sexto sentido le dijera para dónde tenía que mirar.
Tía Amaia sonrió dejando ver sus hoyuelos en las mejillas. A continuación pasó la vista como un escáner hacia el cartelito de la consulta por cuya puerta su sobrina había salido y entornó ligeramente sus brillantes ojos azules, que eran iguales que los del abuelo Santiago.
-¡Vaya! ¿Tengo que felicitarte, sobrina? – Dijo su tía acercándose a buen paso a una Cecilia que se había quedado quieta en el sitio, con los papeles en las manos. Y ahora ¿qué hacía? Porque en realidad, mentir era ridículo, y reconocerlo suponía traicionar su firme propósito de que fuera Alberto el primero a quién ella se lo contara.
-Er...
Tuvo que confesar. Aunque le pidió encarecidamente a su tía que fuera discreta porque nadie lo sabía. Y se fue del hospital mágico nerviosa tocándose compulsivamente la oreja izquierda, donde tenía dos agujeros y llevaba un pendiente adicional en forma de minúscula estrella que le regaló Alberto cuando cumplió dieciséis años y que no se había quitado desde entonces ni siquiera el día que se casó.
El viernes Cecilia acudió a la consulta del ginecólogo, que la pesó, tomó la tensión, mandó pastillas de ácido fólico, una ecografía y una larga lista de análisis de sangre. El médico, además, la previno sobre algo de lo que no tenía ni idea: la toxoplasmosis. Una infección que transmitían los gatos, que cursaba sin que uno lo percibiera pero que podía causar minusvalías en un feto. Cecilia se asustó mucho, aunque el médico intentó tranquilizarla explicándole que había pedido en el análisis que comprobaran si era o no inmune al bacilo en cuestión, y que mientras tanto evitara los gatos, la carne cruda o poco hecha, el embutido y los vegetales crudos que no hubiera lavado personal y minuciosamente. Y Cecilia tomó buena nota a fuego en su cabeza.
Puso a prueba su resolución de no poner a su bebé en el más mínimo riesgo de contagio aquel mismo sábado, en el chalet de sus abuelos maternos. Desde una ventana del primer piso observó al felino.
¡Un gato! ¡Un gato colándose por el seto! Intolerable. Porque Cecilia, aunque no tuviera los resultados de los análisis, estaba absolutamente segura de que no sería inmune a la toxoplasmosis. ¡Si ella era anti mascota por nacimiento y convicción! ¡No podía recordar haber acariciado ni un solo gato en su vida! Sin dudar ni un momento, puesto que la salud infantil de su criatura estaba en juego aunque el riesgo era remoto, tomó su varita, sacó la mano por la ventana y apuntó. El hechizo impactó en el lomo del gato que con un agudo maullido salió corriendo y se perdió dando un salto inverosímil por encima del seto. Cecilia pensaba que no la habían visto. Pero estaba muy equivocada.
-¿Y esa repentina crueldad con los gatos? – preguntó la abuela Sara cuando bajó a la cocina por un vaso de agua.- Si total, con hacerles un pequeño gesto de lejos ya se largan...
¡Mierda! ¡La abuela Sara la había visto conjurar el maleficio!
- Para que no le quede ninguna añoranza de volver a este jardín... – Murmuró ceñuda.
-Los gatos asustan a los topos...
-Bueno, pues para que no se me acerque a mi.
Sara entornó los ojos y miró fijamente a su nieta. Cecilia había heredado de ella la carencia de gusto por los animales, fueran o no mágicos. Pero de ahí a lanzar un maleficio desde una ventana a un gato por pulular por el jardín iba mucho. Y como era una mujer muy inteligente, ató cabos.
- ¿Estás embarazada? – Disparó a bocajarro.
¡Maldita capacidad de observación de la abuela!, pensó Cecilia. Ante el silencio, su abuela sacó sus propias conclusiones y sonrió ampliamente.
-¡Vaya! ¡Así que voy a ser bisabuela!
-¡SHHHHH! ¡No chilles! ¡Que te van a oír!
-Vale, vale. Me lo callaré. Y si quieres, hasta intento poner cara de sorpresa cuando lo anunciéis. Por cierto ¿cuándo lo vais a decir?
-Pues... pues, no se pero seguro que todavía no ...
-¿Y Alberto es capaz de aguantar?
¡Hala! Había acertado en plena diana del problema.
-Alberto no lo sabe.- Confesó un poco avergonzada.
-¿Qué no lo sabe? ¿Por qué?
-Porque está examinándose. Y no quiero que se desconcentre.
-¿Por qué no has empezado por ahí?
-No lo se.
La siguiente en desbaratar sus planes fue Almudena. Aquel lunes había quedado a comer con ella en la cafetería del Ministerio.
Cecilia echó un vistazo al menú. Primer plato, a elegir entre una ensalada de verano o lentejas estofadas. Ensalada, no, ni hablar. Tenía que ser las lentejas. Y el filete... ¡Uy! ¡El filete! ¡Con lo que le apetecía un buen filete...! Pero igual lo dejaban poco hecho. No, a por el pescado. A ver, el pescado... ¡Oh, no! ¡Boquerones fritos!
Una vez pidieron, Almudena la miró con expresión alucinada.
-¿Por qué has pedido lentejas estofadas y boquerones fritos?
-Porque me apetece.
-¿Cómo es posible que te hayan cambiado los gustos tan radicalmente?
-Ya ves...
-¡Cecilia! ¿No será que...?
-¡Cállate!
Y finalmente, lo peor del mundo. La prima María. Su prima tenía una inusitada capacidad para la adivinación. Cecilia estaba de visita en la casa de su tía en Valencia. El vaso de horchata dejó un surco redondo sobre el velador del jardín cuando Cecilia se lo llevó a los labios por tercera vez para beber.
-¡Ajá! – Exclamó María con una sonrisa como si fuera la mañana del 6 de enero...
Y así pasaron los días, y llegó el momento en que Alberto se marchó muy contento a realizar el último examen mientras Cecilia hacía la lista mental de las personas que lo sabían, por orden cronológico: su tía Amaia (por tanto, su tío Fernando y sus primos Lucía y Fer); su abuela Sara (lo que quería decir que su abuelo Santiago también, y si me apuras se habría hecho extensivo a sus otros abuelos); su hermana Almudena; su prima María (de ahí, la tía Amparo, el tío Miquel y su prima Amparo, y con un poco de mala suerte el tío Jaime, su mujer y exagerando un poco hasta era posible que sus niños pequeñitos); y finalmente su cuñada Inés, a la que desesperada se había confesado el día anterior (y que era la única que confiaba habría guardado el secreto en la familia de Alberto). ¡Pues vaya!, pensó Cecilia.
-¡Ahora resulta que tu padre va a ser el último en enterarse! – Soltó en voz alta.-¡Bueno, casi! ¡Tus abuelos maternos tampoco lo saben! ¡Buena se va a poner tu abuela si se entera de que sus hermanas sí lo saben y ella no!- Y se marchó a trabajar bastante chafada.
Alberto regresó pronto aquella tarde, muy contento y satisfecho, y puesto que Cecilia no había regresado del trabajo decidió organizar una sorpresa, una cena especial para los dos. Preparó Carpaccio, una gran fuente de ensalada césar y unos sorbetes de limón con limoncello. Y puso el champán – un Möet Chandon carísimo pero también digno de la ocasión – a enfriar en un cubo con hielo. Preparó la mesa con detalle y la esperó ilusionado.
-¡No puedo comer nada de todo esto! – Exclamó Cecilia desolada cuando vio los manjares pulcramente colocados sobre un mantel limpio.
-¿Por qué? – Alberto, que se había esmerado toda la tarde, la miró desconcertado. Cecilia se llevó una mano a los ojos y suspiró.
-¡Porque todo podría ser fuente de toxoplasmosis! ¡Podría afectarle! – Exclamó deseando haberse mordido la lengua al constatar que se había ido de la misma.
-¿Y eso qué es, Ceci? ¿Alguna enfermedad mágica?
¡Hombres! pensó Cecilia, daba igual que fueran magos o simples mortales. Todos tendían a ser unos completos ignorantes en cuestiones de mujeres y sus embarazos. Y el suyo no era una excepción. Ni siquiera había registrado las dos últimas palabras. Cecilia suspiró y decidió aclarar las cosas por orden.
-¡La toxoplasmosis es una enfermedad muggle!
-¡Ah! ¿Y en qué consiste?
-No lo se muy bien. Creo que los adultos no se enteran de que la pasan...
-¿Deja alguna secuela?
-En los adultos, no.
-Pues no entiendo nada.
-Ahora soy grupo de riesgo.
-¿Y por qué eres grupo de riesgo? ¿Y qué importancia tiene si no te enteras y no te deja secuelas? – Preguntó él totalmente confuso.
-¡Es por el bebé! – Soltó armándose de valor.
-¿Qué bebé?
¡Porras! ¡Alberto sería muy inteligente, pero no lo había captado!
-¡El tuyo! ¡El mío! ¡El nuestro!- Disparó como una ametralladora.
Alberto permaneció una décima de segundo mirándola fijamente como si estuviera embobado. A continuación se levantó de golpe llevándose parte del mantel, con lo que tumbó la jarra del agua provocando una pequeña inundación. Pero no se enteró del desastre. Estaba muy ocupado abrazando a su mujer.
-¡Ceci! ¿Para cuando...?
-Febrero.
-¿Estás bien?
-Tengo un pie empapado.
-Si es un chico ¿crees que le gustará el fútbol aunque sea mágico?
-Alberto, es una niña.
-¡Oh!
-¿Te has llevado una decepción?
-¡Claro que no! ¡Estoy muy contento!
-¿Preferías un niño?
-Me daba exactamente igual. ¿Desde cuando lo sabes?
-Desde hace quince días. No te lo quise decir para no desconcentrarte.
-Te habrá costado mucho guardarte el secreto.
-¡No tienes ni idea! ¡Pero ha sido muy infructuoso!
-¿Por qué?
-¡Porque mi familia lo ha ido deduciendo!
-Entonces, no soy el primero que lo sabe después de ti...
-No, pero no por mi voluntad.
-No importa...
-Alberto...
-¿Qué?
-Que ahora tengo los dos pies empapados... Y vamos a estropear el parqué...
Alberto no pudo compartir la ensalada, el Carpaccio ni el sorbete con su mujer, que en su lugar se cenó una tortilla a la francesa. Tampoco pudo brindar con champán. Pero no importaba. Ahora eran tres.
