Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer pero la historia es completamente mía. Está PROHIBIDA su copia, ya sea parcial o total. Di NO al plagio. CONTIENE ESCENAS ALTAMENTE SEXUALES +18


Recomiendo: Loving You – Seafret

Capítulo beteado por Melina Aragón: Beta del grupo Élite Fanfiction.

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Capítulo 35:

Quédate conmigo

"Construí fuego en la nieve

Para calentar nuestros cuerpos del frío

Y dijiste: 'si nunca lo intentamos, nunca lo sabremos'

(…) Esto está obligado a dejar una marca

Pero estaré orgulloso de llevar las cicatrices

Cuentan una rica historia de desastres

Sobre el amor y lo que vino después

(…) Incluso si pudiera reescribir esta historia

Es claro que todavía estaría amándote…"

Estaba paralizada. ¿Había dicho… que se quedaba?

—Te amo demasiado para dejarte ir. Ya está hecho, lo he rechazado, tú me importas más que cualquier cosa en el mundo, y no puedo hacer que dejes a tu hermano aquí, menos con esa mujer dando giros en tu vida, menos con todos estos sentimientos que tengo aquí dentro. Te amo, Isabella Swan y me quedaría contigo sin importar nada más, porque solo te necesito a ti.

Estaba sin habla, con sentimientos encontrados y muy dispares. Por un lado estaba tan feliz que no cabía de emoción, pero por el otro sentía un dolor muy grande de saber que sus sueños se caían en pedazos solo porque quería estar conmigo.

—Y no me dirás nada, sé que no querías que perdiera mis sueños por ti, pero tú ahora eres mi sueño. —Se acercó a mi oído y susurró muy claro—. Te amo, mi Preciosa y Pequeña Insaciable.

Me abracé a él con todas mis fuerzas y Edward me recibió con añoranza, besándome la frente y hundiendo sus dedos en mis cabellos.

—Yo también te amo, Edward —respondí mirando a sus ojos—. Te amo muchísimo. Eres… el hombre de mi vida.

Sonrió con una felicidad intensa que también me contagió.

—Eso era lo que quería escuchar, lo único, nada más.

Me mantuve durante largos segundos con sus ojos conectados a los míos, mientras un montón de imágenes se cruzaban en frente.

—Pero… tus sueños, Edward… No puedo soportar hacerte esto.

—No me importa nada. Ya te lo dije, tú eres mi sueño —susurró, llevando su mano a mi barbilla—. El único, amor.

El aire se escapó de mis pulmones y jadeé.

—Sé que querías irte conmigo —dijo—, pero quiero acompañarte aquí, dos años es demasiado tiempo, no lo puedo soportar.

—Te quedarás conmigo, no te marcharás —mascullé, llorando de manera desesperada.

—No, no me marcharé, no podría, no puedo pedirte que me acompañes si tu hermano está aquí, pero tampoco puedo irme sin ti, la idea es insoportable.

Sonrió levemente, poniendo sus manos en mi cintura para acercarme a él.

—Te amo —añadió.

Escucharlo era tan divino. No sabía que esas palabras podían resultar tan increíbles desde sus labios. Él me acurrucó en su pecho y yo cerré los ojos mientras lo sentía abrazarme, uniendo cada pedazo en su sitio.

—Me gustaría cumplir tu sueño —dije con franqueza.

Volvió a sonreír, quitándome la respiración. Llevó sus dedos a mi mejilla y luego fue acariciando cada parte de mi rostro, mirándome de esa manera tan viva y preciosa.

—Comencemos a practicar, Sra. Cullen.

Volví a acurrucarme en su pecho y él besó mi coronilla.

—¿Y a ti, te gustaría? —me atreví a preguntar.

—Más que a nada en el mundo.

Suspiramos y nos acercamos lo suficiente para que nuestras frentes se tocaran. Yo tenía los ojos cerrados, disfrutando de él.

—Bella, siento haber sido un idiota, te hice daño.

—Shh… Ya no me importa, sólo quiero que me sostengas y no me dejes caer nunca.

Subí mis manos hasta su quijada, sintiendo la barba incipiente. Edward me tenía tan agarrada que me era imposible siquiera moverme de su lado. Entonces me besó de manera demandante, pasional y a la vez aventurada, como nunca me había besado antes. Comprendí que estos eran los besos del Edward expuesto, el que ayer pude conocer.

—Aún lloras —musitó contra mis labios.

Pestañeé y me separé un poco para tocarme bajo los ojos.

—Tú me haces llorar.

Edward cambió su expresión a una de total agobio y desesperación, lo que me hizo reír como condenada.

—Eso me gusta, tu sonrisa, esa linda curva justo aquí. —Con su pulgar me tocó el labio superior, haciendo que enanchara el gesto—. Cuando lloras me siento muy impotente, duele bastante, ¿sabes? La primera vez, cuando Todd acabó en el hospital, no sabía qué hacer.

—Sólo con abrazarme es suficiente —aseguré.

Me miró a los ojos y luego me estrechó entre sus brazos, descansando mi mejilla a la altura de su corazón. No tardamos en volver a besarnos, ajenos a nuestro alrededor. Tenía mis manos alrededor de su cuello, tan aferrada a él como si temiera perderlo, porque sí, temía que se fuera día y noche.

Sentimos un carraspeo que nos hizo dar un respingo. Era Rosalie, que tenía la mirada muy quieta y asustada.

Algo iba mal.

Miré hacia el lado y noté que Emmett nos observaba, anonadado y tenso de distintas formas.

Dios mío.

—Bella, quise avisarte, pero todo fue gritos… Emmett los encontró primero…

—¿Qué demonios haces con mi hermana? —inquirió, elevando la voz.

Venía caminando hacia nosotros, pero mirando a Edward con un odio palpable. Yo me interpuse rápidamente en el medio, no iba a permitir que le hiciera daño.

—Bella, descuida —me susurró mi cobrizo desde atrás, tomándome la cintura para que lo dejara ir hacia el frente.

—No, no quiero que te haga daño.

Emmett no tomó en cuenta a Rose, que le pedía que no armara un escándalo.

—Ya lo sabes —le susurré a mi hermano—. Él es el hombre del que me enamoré, Em.

Levantó las cejas, pero luego asintió, sin decirme nada más.

—Bella, no puedo creerlo. Y tú, Edward Cullen, ¡eres mayor!

—Eso no significa nada, no es importante. Estoy…

—No, esto tiene que saberlo papá.

—¡No! ¡Basta ya! —lo regañé.

Emmett tragó.

—Yo amo a tu hermana, Emmett, si piensas que no la quiero y que mis sentimientos no son sinceros, estás muy equivocado. Bella es… todo para mí.

Mi hermano nos miró y luego arqueó las cejas, porque era tan sensible como Jasper.

—Dios, esto va a dividir a la familia —espetó, desesperado.

—¿Y qué importa más? ¿Lo feliz que soy con él o una división familiar?

Emmett dejó caer los hombros y se tomó la frente un segundo.

—Supongo que me has atrapado, porque tienes razón, de todas las cosas lo que siempre he querido es que seas feliz, Bella.

Sonreí con las lágrimas agrupadas en mis ojos.

—Sólo… —Miró a Edward, quien estaba serio y recto, pero sin soltarme la mano.

—Está bien, di lo que tengas que decir —dijo él, apretando más fuerte mi mano. Rose se quedó mirando el gesto y suspiró.

—Cuídala —dijo tajante—, de lo contrario no responderé. Es mi hermana, ¿bien? La amo y siempre estaré pendiente de ella. Solo quiero saber cuándo lo sabrán todos.

—Emmett, no creo que sea buena idea hacerles pensar en eso ahora.

—Pronto —interrumpió mi cobrizo—, muy pronto, te lo aseguro, Emmett.

—Así que la amas. Ya me parecía raro que siempre la miraras cuando ella pasaba por tu lado. No quise pensar mal, asumí que eras un hombre desinteresado en mujeres jóvenes, pero… también saqué conclusiones equivocadas, porque te enamoraste.

Edward asintió y me besó la mano.

—Tanto como tú amas a Rosalie.

Mi hermano asintió y miró a su esposa.

—No pensé que lo sabías.

—Bella me lo contó esta mañana, necesitaba hacerlo —le respondió mi amiga.

Él asintió sin preámbulo, consciente de la severidad de la situación, pero también de nuestros sentimientos genuinos.

—Demonios, esto será un desastre cuando se sepa. —Emmett comenzaba a desesperarse.

Me acerqué a él con los ojos llenos de lágrimas.

—Emmett, por favor.

Él suspiró y arqueó las cejas.

—¿Lo amas?

—Más que a nadie, Emmett, demasiado, ni siquiera tengo palabras para decírtelo ni describirlo…

Tiró de mi barbilla y me dio un abrazo.

—Y tú, ¿qué me dices? —le preguntó a Edward.

Mi cobrizo caminó delante de mí, haciéndole frente a mi hermano.

—Amo a Bella, la amo desde hace mucho tiempo, más del que he podido tolerar en silencio. Es todo para mí, ¿sabes? Por ella soy capaz de todo y más. Quiero hacerla feliz, vivir mi vida con ella, planeo mucho a futuro con tu hermana y es porque simplemente no me imagino sin Bella.

Escuchar su sinceridad hizo que apegara mi mejilla a él y Edward me abrazó sin pudor.

—Cuídala, Edward, o no responderé —insistió.

Emmett le dio un puñetazo amistoso a mi cobrizo y este asintió de manera educada.

—Deberían volver, todo esto lo puede escuchar alguien más, ¿sí? —nos dijo Rose.

—Sí, hemos estado muy alejados. Creo que es tiempo de volver.

—Tienes razón. Iremos en un segundo —aseguró Edward, como si esperara que se fueran.

Rose pestañeó y se dio la vuelta, no sin antes asentir condescendientemente. Una vez que nos quedamos a solas, Edward suspiró y me acarició la nuca, enredando sus dedos con mis cabellos.

—Así que lo saben.

—Sí, necesitaba que mi mejor amiga supiera todo lo que estaba ocurriendo. No pensé que Emmett fuera a escuchar todo.

—Al menos uno de tus hermanos sabe lo mucho que te amo, eso es un avance, ¿no?

Me reí.

—Creo que sí.

Me sonrojé un poco, mientras subía mis manos nuevamente a su cuello. Lo besé con lentitud durante unos segundos que se me hicieron cortos, especialmente porque quería seguir.

—Vamos —susurró—. Además, está haciendo frío, no quiero que vuelvas a resfriarte como la última vez.

—Claro. Te veo adentro.

—Te amo.

Ay, sentía que mis entrañas se estremecían.

—Y yo te amo a ti.

Tuvimos que separarnos por caminos diferentes, lo que me entristeció un poco. Fingir era difícil, sobre todo ahora. Antes no me habría importado, pero en este instante ya todo era completamente diferente.

Me metí al baño, que era hermoso. Me gustaban los azulejos de diferentes colores y el mármol tan fino.

Me miré al espejo de pared y entonces suspiré, evaluando mi expresión. Tenía los ojos llenos de ilusión, y por un instante temí que aquello se desvaneciera otra vez. Nunca me había sentido así en mi vida.

Sacudí mi cabeza y me mojé un poco el cabello para que mis hebras onduladas tomaran mejor forma.

Cuando me ponía un poco más de labial en los labios, sentí que alguien tiraba la cadena de uno de los cubículos. No me habría importado la situación si esa mujer no hubiera sido Tanya, que al salir, me miró a través del espejo, un poco sorprendida de verme aquí. Creí que iba a ignorarme, así como yo también iba a hacerlo, pero se acercó al lavado que había justo a mi lado, mirando hacia la llave de agua con un poco de incomodidad. Yo guardé el labial, me arreglé un poco las pestañas y me acomodé para salir con dignidad del baño, pero ella me lo impidió, sujetando mi muñeca con fuerza.

—Bella, espera —exclamó.

Me giré con seriedad, con una ceja enarcada.

—¿Sí?

Suspiró y se alejó un poco del lavado. Su expresión no era en ningún caso como antes la había visto.

—Lamento molestarte, sobre todo ahora, pero los he estado mirando durante la noche y me ha sorprendido que tú y…

—Creo que no es de tu importancia.

—Sí, sí lo es, porque Edward es mi mejor amigo.

—Entonces diga lo que tenga que decir.

Suspiró.

—Realmente te ama, siento haberme dado cuenta de esto demasiado tarde —susurró—. También lamento haberme comportado así ese día, pero eres muy joven, Bella —se encogió de hombros—, en realidad, me he preocupado mucho más por ti.

Levanté las dejas y luego fruncí el ceño.

—No creo que hacer una comparación mía con una perra sea una buena manera de preocuparse por mí.

—Sí, y no sabes cuánto lo siento —exclamó con sinceridad—. Pero te vi allá afuera con Edward, llorabas y… solo pensé en que realmente aún eres muy joven, muy emocional. Pero le importas, conozco a Edward, y te aseguro que el miedo no lo controla. Sin embargo, te ama, y tú también lo amas a él.

Yo asentí y ella respiró hondo.

—¿Me perdonas por lo que hice? —insistió.

Por un lado sabía que lo hacía porque Edward aún no le dirigía la palabra, pero por el otro se veía sincera y expectante. Pero lo entendía y tampoco quería ser la causante de que ellos dos estuvieran distanciados, no era justo.

—Claro, ya quedó en el olvido —dije con suavidad.

—Gracias, Bella, y por favor, compréndelo —susurró, tomándome una mano.

Asentí, aunque no necesitaba que me lo dijera.

—Iré a ver a mi hermano, nos vemos allá —le dije, tomando mi pequeña cartera.

Mientras caminaba por los pasillos del lugar, pensaba seriamente en Tanya y su énfasis en que lo comprendiera. De alguna manera, sentía que quería decirme algo, pero simplemente no tenía idea de qué. De todas formas, esperaba que ella y Edward pudieran arreglar sus diferencias, aunque mi cobrizo fuera muy intransigente.

En la zona de la fiesta, las personas ya estaban bebiendo champaña como condenadas y estaban bastante entonadas, diferente a lo que habíamos pasado nosotros hace un rato. De pronto pensé en Ethan y me sentí muy mal, ¿dónde estaría? No lo veía por ningún lado. Dios, no debió besarme, había malentendido absolutamente todo.

—¡Bella! —exclamó Jasper, viniendo hacia mí con los brazos abiertos.

—Oh, Jas. —Me eché a sus brazos y lo abracé durante un largo rato.

—Te busqué por todas partes, ¿qué pasa contigo? Últimamente lo único que haces es perderte de vista.

—Ya sabes, soy un alma errante que gusta de viajar por todos lados.

Él se largó a reír y me sostuvo junto a su pecho.

—Estoy tan feliz de que seas la madrina de bodas, las flores han estado preciosas, no han dejado de preguntarme quién las hizo para pedir tu contacto —me comentó mientras me acercaba hacia donde se encontraba mi familia.

—Florería Swan a su servicio. —Hice un saludo militar y luego le guiñé un ojo.

—Oh no, esto es mérito cien por ciento tuyo, ahora que el asunto de la empresa Vulturi se fue al carajo, sería buena idea que pudieras dedicarte a esto como siempre te ha gustado…

—Jasper —lo interrumpí con voz suave. Sonrió—. Tú sabes que decidí estudiar en la universidad para no tener que mendigar como hace unos años, cuando ella no tenía nada para ofrecernos mientras utilizaba el dinero de papá en sus… cosas. —Suspiré—. Me propuse mejorar y por mucho que ame las flores, no puedo vivir de ello.

—Lo sé, hermanita, pero debes tener en cuenta que, si algún día te lo propones, ten por seguro que te iría excelente.

—De momento saquemos a flote la florería de papá —dije.

Él solo sonrió.

—Hija, creí que te habías ido o algo así —exclamó Charlie, viniendo con Sue y Todd en la silla. Mi pequeño hermano ya estaba dormido.

—Lo siento, he estado muy pensativa últimamente —le comenté mientras acariciaba los cabellos de Todd.

—Por el despido y Renée, ¿no?

Sue me miró como si supiera qué era lo que me había estado preocupando hasta hace un rato.

—Iré a la mesa por un momento, no quiero que Todd despierte con la música —se disculpó ella.

—Algo así. Es un tumulto de cosas, sobre todo porque estoy completamente sensible por la boda de mi hermanito. Ahora soy la única soltera —exclamé, sacándole risas a los dos.

—La vida da vueltas, Srta. Swan, no debe cerrarse a las posibilidades —comentó Edward, que venía con Alice del brazo.

Por un momento abrí mucho los ojos, pero entonces le di una sonrisilla, un poco temerosa de ruborizarme como idiota.

Claro, soltera en realidad no estaba. Era su novia.

—¿Lo dices porque has estado coqueteando con Irina Denali? —espetó Alice, que miraba con una mezcla de diversión y celos.

Mi sonrisa cesó de inmediato. Había olvidado a esa mujer por completo… hasta ahora. Todos los demás se largaron a reír, excepto Edward y yo. Él enarcó una ceja y tragó, mirándome como si quisiera averiguar mis pensamientos, mientras yo buscaba la forma de calmar mis celos y el coraje.

—Si hubiera sabido que estarías intentando algo con ella no la habría invitado —insistió ella, haciéndose la molesta—. Nadie me quita a mi tío —afirmó, agarrándose de su brazo con ímpetu.

Edward pestañeó, un poco incómodo. Yo luchaba internamente para no demostrar mi molestia, algo que con el tiempo se había estado haciendo frecuente.

—Quizá vendría siendo hora de que dejes que Edward se comporte como un hombre adulto y disfrute de su libertad, ¿no lo crees, cariño? —le dijo Jasper, tomando la mano de su esposa para quitarla del lado del cobrizo.

Charlie solo observaba como si se tratara de un juego, mientras que yo miraba hacia otro punto. Si Alice lo decía era por algo.

—Sería mejor evitar hablar de mi vida privada —intervino Edward, con la mordida bastante tensa—. Además, no tengo ningún interés en ella.

Alice rodó los ojos y yo fingí una sonrisa mientras mataba a Edward por dentro. Él lo notó y suspiró, frunciendo sus labios de manera seria.

—¿Qué sucede, cariño? —me preguntó papá al oído.

—No, nada, tranquilo —le susurré con una sonrisa.

Sentía que Edward nos miraba con bastante interés.

El maestro de ceremonias llamó a todos en ese instante para que nos acercáramos al escenario. La música ya había cesado y los novios se fueron de la mano hacia la zona del medio, con todos rodeándolos.

—¡Es momento de lanzar el ramo! —exclamó Alice, haciendo que todas las mujeres solteras que estaban presente comenzaran a gritar de emoción, especialmente las amigas de la novia.

—¿Qué estás esperando? —inquirió Rose, que venía llegando con Emmett.

—En nuestra boda no lo hiciste, al menos hazlo acá —me molestó mi hermano, mientras papá solo nos miraba con amor paterno.

—Estoy soltera porque ustedes, machos celosos, no me lo permiten —contraargumenté.

—¡Y ojo! —exclamó Alice—, quiero que participen casadas y solteras.

Rose dio un grito y tiró de mí hacia donde se encontraban los demás mientras yo permanecía a regañadientes. Odiaba los lanzamientos de ramo.

Unos hombres comenzaron a poner sillas alrededor de Alice, de manera que ella era el centro del círculo. Alice, que no daba más de la emoción, apretaba el ramo que yo misma confeccioné para ella junto a su pecho, esperando que me sentara junto con las demás desesperadas.

—Mi invitada especial —destacó, alargando su mano para que yo se la tomara—, ¡mi madrina de bodas!

Le mostré la lengua mientras todos me aplaudían, incluido Edward, que sonreía con ese encanto que brillaba desde la lejanía. Cuando al fin me senté, él se cruzó de brazos, expectante. Yo entrecerré mis ojos, esperando que no se riera de mí, además, aún tenía muy fresco a su amiga Irina en mi cabeza, quien más encima estaba sentada a dos puestos más allá, mirando precisamente al cobrizo.

—¡Que comience la música! —vociferó el maestro de ceremonias.

Una melodía muy divertida comenzó a sonar y el mismo Jasper se acercó al centro de la pista con un pañuelo negro entre las manos. Alice le hizo una morisqueta y mi hermano la giró para ponerle la tela contra los ojos, vendándola completamente, para luego darle un par de vueltas en su propio eje.

—¡No veo nada! —gritó, moviendo su ramo hacia muchos lados.

Todos nos reímos, y algunas se aferraban a la silla, esperando que Alice le dejara el ramo de una buena vez.

La música comenzó a sonar más rápido y Alice inició su juego, moviéndose por todo el círculo sin saber quiénes éramos. A ratos tambaleaba, pero definitivamente se estaba divirtiendo. En un momento llegó frente a Lauren, su amiga más desesperada, pero entonces siguió, moviéndose con algo de malicia en la sonrisa. La expectación de los demás era inmensa, pero la única que me tenía distraída al completo era precisamente la de él. Tenía una mano agarrándose el mentón, muy interesado en mí. En un instante me guiñó un ojo, provocando los ya frecuentes dolores intensos en mi bajo vientre. De pronto, sentí el cosquilleo de unas espinitas y hojas entre mis dedos. Alice me había dejado el ramo justo en el regazo. Todos comenzaron a gritar y a aplaudir, mientras yo me miraba con todas estas flores, absorta.

Edward sonreía sin piedad.

—Oh Dios, Bella. —Se rio Rose, que estaba a mi lado.

Alice se quitó rápidamente el vendaje, descubriendo que era yo.

—¡Sí! ¡Lo hice! —exclamó emocionada.

Toqué los suaves pétalos mientras recobraba la relación tiempo-espacio en el que me encontraba, para luego mirar hacia mi alrededor. Las amigas de Alice me miraban con algo de envidia, mientras que los demás asistentes se reían o aplaudían.

—Esto es trampa —le dije a Alice.

—No lo es. —Se encogió de hombros—. Te juro que mi instinto me llevó a ti.

Rodé los ojos mientras olía el aroma de las flores.

El espectáculo divertido aún no terminaba, pues el maestro de ceremonias pidió acercarse nuevamente, era el turno de Jasper para sacar la liga de la novia.

—Bonito ramo —me susurró Edward mientras se metió entre el gentío, justo a mi lado.

De reojo vi que Rose alejaba poco a poco a papá y a los Cullen, mientras hablaban precisamente de la liga. Dios cuando no puede darte ángeles, te da buenas amigas, pensé.

Hice un mohín y volví a poner mi nariz en las flores. La verdad, no podía engañarme, ganar el ramo era divertido.

—La persona que lo hizo debe ser muy talentosa —comenté con fingida despreocupación.

Edward se largó a reír y yo sentí escalofríos. El sonido de su diversión era masculino y grave, como una melodía onírica.

—Al parecer, refleja su propia belleza en sus creaciones.

—¿Siempre eres así de adulador?

—Solo con quienes quiero serlo, especialmente contigo, porque simple y llanamente te amo.

Ay, ese te amo.

—Entonces gracias, hice el ramo con mucho cariño, no pensé que me lo ganaría —susurré.

Él tomó una de las flores y la cortó, llevándola suavemente hacia mi cabello. Por un instante actuamos como dos personas normales, sin escondernos ni pensar en los prejuicios de los demás. Nunca me había sentido tan tranquila.

—Ahora estás completa, con flores a tu alrededor te vuelves mucho más hermosa, mucho más —enfatizó, mirándome a los ojos de una forma tan intensa que me cohibí—. Por Dios, nunca me cansaré de decírtelo, eres la mujer más preciosa que he conocido. Me fascinas.

Mi vientre se revolvía de nervios.

—Eres increíble, mi amor —expresé con naturalidad y él pestañeó con los ojos enternecidos—. Supongo que de algo sirvió ganarme el ramo —dije divertida.

Él no sonrió, simplemente seguía mirándome a través de esas cuencas verdes, de pronto sinceras.

—Quizá hay otro mensaje que deberías descubrir, ¿no crees? Mi sueño viéndote de blanco, el ramo… Estoy entusiasta, Sra. Cullen.

Nuestros dedos se tocaron con suavidad, un espacio ínfimo de segundos que sabíamos solo eso podía durar, pero era suficiente.

Qué ganas tenía de permanecer abrazada a él sin que nadie nos mirara con rechazo.

Luego de la expectación, mi hermano le quitó la liga con sus dientes a Alice, que no dejaba de reírse de nervios. Todos emitimos gritos y exclamaciones de alegría cuando la mostró triunfante entre sus dedos. Entonces la cortó en cinco trozos y comenzó a lanzarlas a distintos lugares, incluida la cabeza de Edward.

—¡Hey! —exclamó, tomándola con algo de incomodidad—. ¿De qué te ríes, Isabella?

—¡Nada! —mentí, apretando los labios.

Suspiró y miró la liga, un tanto desconcertado.

—Supongo que esto puede verse bien junto a tu ramo —bromeó, poniéndola frente a mi rostro.

—No seas bobo —comenté por lo bajo.

Me ilusionas más, pensé.

—Solo estoy siendo sincero, Sra. Cullen.

Estaba muy sonrojada.

—Desde que te soñé de blanco no puedo quitarme esa fuerte imagen de la cabeza… Por Dios, cuánto te amo.

Sentí escalofríos por todo mi cuerpo, miré entre el gentío y cuando me aseguré de que no había nadie cercano, lo abracé.

—¿Me estás hablando en serio?

—Por supuesto que sí, Sra. Cullen.

—No digas eso.

—¿Por qué? —inquirió mientras me rozaba la nariz en el hombro.

—Porque me ilusiono de verdad —confesé.

Se separó un poco y puso su mano en mi mejilla mientras me miraba a los ojos de forma contemplativa y muy profunda.

—No es ilusión si lo podemos hacer realidad.

Dios mío.

Nuestra conversación se vio interrumpida porque papá venía acercándose con Rose detrás, haciéndome gestos un tanto desesperados. Edward y yo nos separamos unos cuantos centímetros y fingimos mantener una actitud más o menos amistosa.

—¿Disfrutando de sus nuevos premios? —nos molestó papá, palpando el hombro de Edward con amigabilidad.

—Fuimos víctimas de los novios, al parecer no es suficiente ser sus padrinos —bromeó el cobrizo con naturalidad.

Rose se acercó a mí y puso su codo en mi hombro, para luego susurrarme muy sutilmente:

—No lo mires tanto, se está notando que te mueres por él o yo estoy más perceptiva ahora que lo sé.

Carraspeó para pasar desapercibida y se acomodó mejor.

Pestañeé porque era cierto, luego de lo que Edward acababa de decirme no podía dejar de poner mis ojos en él.

—Eventualmente, el ramo pudo llegar a Sue después de todo —destacó papá, mirando hacia los lados por si venía ella—. Habría tenido un significado bastante apegado a la realidad.

Fruncí el ceño.

—¿No me estarás diciendo que…? —Él asintió y yo abrí la boca, anonadada—. Le pedirás… ¿matrimonio?

Suspiró y sonrió junto con los demás.

—Creo que es tiempo, ¿no crees? Darme una segunda oportunidad en la vida.

—Oh, papá, por supuesto que sí —exclamé.

—Sobre todo usted, Charlie —afirmó Rose.

—Pero bueno, ¿qué piensas tú, Edward? —Papá no sabía que Edward se había divorciado hace años, por lo que su pregunta estaba totalmente limpia de segundas intenciones.

El cobrizo pestañeó, pensativo.

—Ha encontrado a la mujer correcta, estoy seguro que los amores de la vida no siempre son los primeros. Frente a eso las segundas oportunidades son válidas totalmente. Lo felicito por atreverse.

Charlie le estrechó la mano como un buen amigo, ajeno totalmente a la intensidad de esas palabras. Yo sentía que mis piernas se tambalearon por un segundo, pues en un instante mi mente me traicionó, llevándome a la idea de que nosotros…

Tragué y miré a Rose, que estaba observándome con la duda implantada en la cara.

—Bueno, tú tienes casi mi edad. —Se rio papá—. Sé que me entiendes.

El retorno nuevamente de la música y ambiente de fiesta nos distrajo rápidamente de la situación. Papá me invitó a bailar, así que, con algo de nervios, dejé a mi mejor amiga con Edward. Sabía muy bien que Rose no iba a callarse, sea lo que sea que tuviera que decirle.

—¿No estás celoso de que tu querido padre pueda casarse? —me preguntó mientras nos movíamos bajo la entrañable música bailable.

—No, papá, no con Sue. Es una buena mujer, te mereces alguien que realmente te haga feliz.

Me acarició la mejilla y luego me besó la frente, de él lo aprendió Jasper.

—Es primera vez que siento de verdad lo que es amor, ¿sabes? Bueno, tú aún eres muy joven para comprender, pero a esta edad uno ya sabe reconocer y diferenciar que a veces el real amor no se concentra totalmente en quién fue primero.

—¿No sentiste miedo de que volviera a repetirse? —inquirí.

Dimos un par de vueltas mientras hablábamos, totalmente ajenos a lo que ocurría a nuestro alrededor.

—Sí, por supuesto, pero todos ustedes me hicieron notar que era la mujer correcta, sobre todo tú, que eres tan perceptiva. Además, ustedes ya están adultos, a excepción de Todd, no podía permitirme ser temeroso si ya era tiempo de ser feliz. A veces, cuando los daños son tan inmensos, el miedo no se va nunca, no te atreves, no te permites ser feliz… yo no quería ser parte de eso.

Me abracé a papá por unos segundos, un poco triste de escucharlo con tanta convicción. Me resultaba inevitable que Edward se cruzara en mi mente, el dolor que los recuerdos de esa mujer aún seguían generándole y el miedo que yo misma lograba disminuir, ¿eso acabaría algún día?

—Bueno, tú sabes que Sue es una excelente mujer —exclamó con tranquilidad.

—Lo sé, papá, ojalá todos los hombres tuvieran la misma convicción que tú.

Edward se acercó con Rose, que al parecer habían bailado al igual que nosotros. No sabía qué pudieron haber hablado, pero aquí estaban, esperándonos.

—Siento interrumpir, ¿me permite un baile con la madrina de bodas? —preguntó Edward.

—Oh, claro, por supuesto —exclamó papá, para luego darme un beso en la mejilla—. Rose, querida, nuestro turno.

Mi rubia amiga aceptó encantada y, antes de marcharse con papá, me guiñó un ojo. Ángel de Dios, pensé otra vez.

Edward se posicionó en frente de mí y me ofreció su mano. Yo la tomé con confianza y enseguida pude apreciar el calor que me generaba.

—Necesitaba bailar contigo sin temor a que me enviaras al demonio —me dijo, poniendo su mano en mi cintura.

Me reí, aunque más pareció un gemido. Rememorar toda la rabia de hace un rato resultaba un poco incómodo.

—Aún tengo una razón para enviarte al demonio —le hice saber, causando su intriga.

—Creí que…

Puse mi dedo índice sobre sus labios para que no hablara.

—Irina.

Suspiró, captando la intención de mi mensaje. Entonces tiró sutilmente de mí para llevarme hasta la zona más oscura del lugar, ocultándonos entre la gente que bailaba.

—No me digas que los comentarios de la celosa de Alice los tomaste en serio.

Parecía tan anonadado que me causaba gracia. Bueno, un poco, la imagen de Edward bailando con esa mujer me revolvía las tripas.

—No, lo que tomé en serio fue verte bailando con ella —destaqué.

—Seguramente te comentaron que fue una aventura hace años atrás —murmuró molesto, mirando hacia el lado.

Iba a añadir que, en realidad, lo que más me dio vueltas fue que terminara todo porque ella se enamoró.

—Mientras estábamos distanciados preferiste juguetear con esa mujer —susurré, poniéndome seria.

—No creo que sea correcto sacarme eso en cara cuando te vi junto a mi propio hermano allá afuera —objetó, también repentinamente serio.

Tragué y asentí, pues tenía razón.

—Y no, no planeaba en ningún momento intentar algo con ella, sólo estaba pensando en ti —sostuvo, tomando mi mentón para mirarme a los ojos—. No puedo olvidarme de ti, jamás he podido.

No me importaba lo que nos rodeaba pues estábamos ocultos entre cientos de personas, con un ambiente oscurecido y lleno de baile. Sólo existía él, nadie más.

—Edward —susurré, sin saber qué decir al respecto.

—Sí, en todo momento pensé en ti, ¿nunca lo notaste?

—Estaba demasiado enojada para hacerlo.

Asintió comprensivo, poniendo sus manos a la altura de mi quijada y cuello y haciendo dibujos suaves en mi labio inferior con sus pulgares.

—Él te besó.

—No hablemos de eso…

—Ese patán… —Bufó, pero tragó para calmarse.

De un solo movimiento me besó, mordiendo suavemente mis labios. Edward tenía sus dedos enterrados en mi cabello, justo a la altura de mi nuca, impidiéndome que siquiera pensara en alejarme.

—Sí, sólo quiero los tuyos —insistí, lamiéndome la hinchazón de mi labio inferior.

El enojo en sus ojos aún estaba impreso, pero me impidió seguir observándolo, pues puso su frente junto a la mía.

—¿Seguirás enojado? —le pregunté con timidez.

Él arqueó las cejas y sonrió, un poco más calmo.

—No quiero que nadie más te toque, menos Ethan —espetó.

—Olvidemos eso, sabemos que sólo tú puedes hacerlo —le susurré, tomando sus manos y llevándolas a mis caderas—. Porque yo quiero que así sea —enfaticé.

Entrecerró la mirada, aguantándose otra sonrisa. Puse un dedo entre sus cejas para que relajara el gesto y así fue haciéndolo, hasta que su piel volvió a su estado normal.

—Tú me invitaste a bailar, cumple tu palabra.

Se rio y, de forma imprevista, la música se volvió más rápida y coqueta. Le guiñé un ojo, puse mis manos en su cuello y me moví al mismo ritmo, incitándolo a que se uniera a mí. Edward se mordió el labio inferior y lo hizo, atrayéndome de golpe a su cuerpo.

—Extrañaba bailar contigo —me dijo al oído.

—No seas embustero, no ha pasado mucho tiempo desde que lo hicimos por última vez.

—¿Desde cuándo hay un mínimo de tiempo para extrañar algo que tiene que ver contigo?

Cerré los ojos y apegué mi cabeza a su pecho, sintiéndome una niña enamorada.

—No te escondas, quiero mirarte, sobre todo si te sonrojas —susurró—, aun cuando este oscuro y aquello sea imperceptible.

—Odio sonrojarme, no es algo a lo que estoy acostumbrada —repliqué.

—Si yo soy el culpable de que te sonrojes entonces sí quiero verlo —insistió.

Subí de a poco la mirada y él sonrió enseguida.

Seguí bailando con él, solo que esta vez yo tenía la espalda junto a su pecho, disfrutando de las caricias que dejaba con sus labios en mi mejilla.

De pronto sentí algo raro y miré hacia el otro extremo, junto a una puerta de salida que había más allá. Sabía que nos encontrábamos en la zona más oculta, donde nadie podría darse cuenta realmente de quiénes éramos y de lo que estábamos haciendo a menos que encendieran las luces… o realmente quisieran buscarnos. Pero ahí estaba, mirándonos con la rabia impresa en las cuencas, Ethan, apreciando nuestro baile y las caricias que Edward me daba. Él bebía un vaso con hielo y algo más, quizá whisky, dándole vueltas pero de manera impertérrita, casi siniestra.

Me tensé porque notó que lo miraba y él apretó aún más la mandíbula.

—¿Qué ocurre? —inquirió Edward.

—Ethan —susurré.

Edward también se tensó, pero de enojo. Miró hacia la misma dirección que yo y se dio cuenta de su gesto lleno de rabia.

Sentí toda la carga de mis decisiones justo en mi espalda, pues quien había acabado golpeado había sido él. Probablemente ahora me odiaba por haber elegido a Edward, por aceptar que mis sentimientos eran aún más fuertes que todo lo demás. Arqueé las cejas, suplicándole entre gestos que por favor lo entendiera, pero se dio la vuelta, emprendiendo rumbo hacia algún lado, quizá a abrir la boca y contarlo todo.

—Tengo que hablar con él —le dije a Edward.

—No, yo lo haré —afirmó. Me tomó el rostro entre mis manos para que lo mirara con atención—, es mejor que te quedes aquí, busca a Rosalie.

Siguió el camino de Ethan, dejándome en medio de la pista de baile. Sin embargo, yo no era una niña pequeña a la que pudieran ordenarle qué hacer, así que fui tras él sin dudar. Noté que nos metíamos a una salida de emergencia, desde donde se veía a Ethan caminar a paso rápido.

—Espera —exclamó Edward, frenando de golpe.

Mis tacones sonaron en el suelo de cerámica y los dos se dieron vuelta para descubrirme tras ellos.

—Te pedí que te quedaras allá —expresó.

—No haré lo que tú quieras —sostuve con soltura.

Ethan comenzó a aplaudir, absorto por la escena.

—Tranquila, Bella, ni siquiera te tomes la molestia de creer que yo podría abrir la boca. Créeme, si no fueras tú la involucrada, no lo dudaría, pero estoy haciendo esto por ti —exclamó antes de que yo o Edward pudiéramos decir una palabra más.

Su mirada agobiada y angustiada me hicieron dar un paso adelante, pero él negó y frunció su labio, que en la esquina tenía un hematoma bastante grande. Se dio la vuelta sin esperar respuesta y se dejó ir tras la penumbra de las escaleras.

—Si le importas —susurró, más incómodo que nunca.

Lo miré y simplemente suspiré. Edward respiró hondo y me acarició la barbilla, buscando calmar la molestia que sólo su hermano podía provocarle.

—Volvamos adentro, por favor —pedí, tragándome la tristeza que me provocaba el odio que ambos compartían, sobre todo ahora que yo estaba en medio.

Asintió y yo emprendí camino hacia la zona de la fiesta, ubicándome justo en la parte que anteriormente compartíamos.

La fiesta siguió su transcurso durante un rato más. El maestro de ceremonias llamó a Edward para realizar la última actividad de la boda, una canción de piano interpretada exclusivamente por él.

El cobrizo caminó hacia adelante y se sentó frente al piano que había en el escenario, bajo la atenta mirada de todos.

—Esto es para ustedes —dijo junto al micrófono—. Se llama Celestial, fue una pieza que mi abuelo creó cuando era muy joven.

Luego de probar las teclas, él comenzó a realizar un vaivén de sonidos hasta que de pronto comenzó a tocar. Era una melodía suave, sin melancolía, lleno de romance. Todos observaban emocionados, disfrutando de la música. Por un momento creí que tocaría la canción que él mismo me mostró ese día en su antigua habitación, pero la melodía de ésta era francamente diferente, es más, aquella vez me afirmó que la canción era de su autoría. De seguro se ha arrepentido de tocarla, pensé, un poco desilusionada. Esa melodía, a pesar de estar cargada de melancolía, me parecía tan hermosa que de solo recordarla me emocionaba, sobre todo porque la había hecho él.

Edward estaba concentrado tocando, mientras que yo no dejaba de mirarlo. Verlo tocar era placentero, casi hipnotizante. Cuando acabó todos aplaudieron y Alice estaba envuelta en lágrimas. Edward hizo una pequeña reverencia y, casi de inmediato, me buscó entre todos los asistentes.

Jasper y Alice emprendieron viaje hasta el coche que los esperaba para encaminarlos pronto al aeropuerto. Edward les había regalado una estadía en un crucero magnífico por Las Bahamas que duraría cerca de dos semanas y algo más, así que estaban felices y entusiastas.

Me despedí de ambos con un fuerte abrazo, extrañándolos ya. Los dos me agradecieron todo lo que hice por ellos a pesar de mis intentos por aclararles que para eso estaba yo. Edward, por su parte, miraba a su sobrina con tanto cariño que se me apretaba el corazón de amor, sobre todo al ver ese pequeño atisbo de orgullo y emoción a la vez. Cuando ya estuvieron listos entraron al coche y se despidieron a través de la ventana, para entonces marcharse a buena velocidad.

La fiesta seguía para algunos, pero mis pies ya me dolían. Me toqué el tobillo para liberar la tensión que se me había acumulado en esa zona, moviendo en círculos mis pies prisioneros de tacones.

—¿Quieres marcharte? —me preguntó Edward en un susurro.

—No, no hay problema, no quiero ser aguafiestas.

Sonrió, captando mi mentira.

—Creo que es tiempo de que vayamos a darnos un descanso.

Enarqué una ceja mientras me entusiasmaba poco a poco por la idea.

—¿Darnos? —inquirí, haciéndome la boba.

—En mi departamento, aprovechando la noche, tú y yo —comentó mientras sus ojos daban un pequeño fulgor.

Mi estómago se removió deliciosamente; fue imposible no echarme a reír de manera coqueta.

—¡Vainilla! ¡Tío Edward! —exclamó la vocecilla de mi hermanito pequeño.

Los dos nos giramos de inmediato y lo encontramos junto a Charlie y Sue, que venían ya con sus abrigos puestos.

—Qué boda tan increíble, mi hijo se veía tan feliz —comentó papá, orgullosísimo.

—Todos tus hijos lo están, cariño, me hace tan contenta notarlo —susurró Sue.

Ella sólo se limitó a sonreír, como diciéndome "disfruta esta noche, sé feliz con él".

—Es verdad.

—¿Por qué ustedes dos han estado tan juntos? —inquirió Todd con inocencia—. ¿Son muy amigos?

Edward y yo nos miramos de inmediato.

—Por supuesto que lo son, amor, además de los padrinos, para ser padrinos se tiene que ser muy buenos amigos, ¿no es así, Charlie? —exclamó Sue con naturalidad.

Papá solo sonrió y movió la cabeza en negativo, aceptando las palabras de mi hermano como algo de niños.

—Creo que viene siendo hora de que nos marchemos, Todd tiene que acostarse y nosotros trabajar muy temprano mañana por la mañana —nos comentó papá—. Bella, ¿te irás con nosotros?

—Me iré con Rose, no te preocupes —le respondí.

Luego de que se marcharan, Rose y Emmett vinieron hacia nosotros.

—No te ves muy bien, Em —le dije.

Mi hermano se veía un poquitín borracho.

—Me pasé con las copas —susurró, tocándose la cabeza.

—Te dije que no bebieras tanto —recriminó mi amiga—. Creo que viene siendo buena idea que nos marchemos a casa, tomaremos un taxi, no puede manejar en este estado.

—Yo los llevo —ofreció Edward, mirando a Rose con complicidad.

Mi mejor amiga movió las cejas de forma pícara y luego me guiñó un ojo.

Cuando subimos al Cadillac, la pareja se sentó atrás y yo lo hice de copiloto. Emmett no tardó en quedarse dormido, así como Rose se fue dormitando cómodamente junto a él.

—No está acostumbrado a beber.

Edward me miró por unos segundos y luego volvió hacia adelante.

—En las bodas uno suele despreocuparse un poco —susurró.

—Hoy fuiste un buen chico, sólo te vi beber la copa de champagne —le hice notar, mientras me recargaba en el asiento para mirarlo mejor.

Suspiró y se demoró en contestar, como si buscara las palabras correctas para responder.

—Ayer fui un imbécil contigo. Me prometí no cometer el mismo error esta noche, así que me limité con una copa.

—¿Al menos la copa estuvo bien?

—Mejor que nunca.

Sonreí.

Llegamos al departamento de Rose y Emmett así que tuve que despertarlos. Los dos parecían un poco desorientados, no pude aguantar la risa.

—Gracias, Edward, nos has salvado la vida —masculló mi hermano, intentando salir del coche.

—¿Necesitas ayuda? —le preguntó él.

—Para nada, soy un roble —afirmó.

Rose sólo rodó los ojos y le ayudó a bajar.

—Gracias —nos susurró—, y Edward, cuídala, ¿sí?

El cobrizo asintió enseguida.

—No tengo otra intención con Isabella, Rosalie —murmuró con seriedad.

Nos despedimos de ellos con un movimiento de mano y entonces partimos.

Edward se decidió a poner música para amenizar el ambiente, incluso más de lo que ya estaba. Ésta era suave, un jazz preciso que me hizo relajar en cuanto la cantante comenzó a cantar.

—Diana Krall —exclamó, haciendo ese gesto tan lindo con sus labios cuando me miraba con atención—. ¿Estás cansada?

—Solo un poco —susurré, cobijándome en el cómodo asiento de cuero.

Justo nos topamos con un verde, así que Edward aprovechó de quitarse su chaqueta para ponérmela encima, no sin antes darme una suave pero intensa caricia en la frente.

—Duerme, te despertaré cuando estemos en mi departamento.

Asentí mientras cerraba suavemente los ojos, mirando por última vez su mano en el volante y oliendo el sutil y masculino perfume que expelía de su chaqueta.

.

—Bella, ya llegamos —murmuró cerca de mi cuello.

Yo me removí y me restregué los ojos. Cuando los abrí sentí que sólo había pasado un segundo.

—Si quieres puedo cargarte.

Me senté de sopetón y él se largó a reír enseguida, depositando un beso en mi coronilla.

—En serio, puedo cargarte —insistió.

—Ni se te ocurra. —Le apunté con mi dedo índice, casi tocando la punta de su nariz.

Edward se veía tan divertido que por un momento me quedé contemplando el bello fulgor de su rostro, embobada.

En un rápido movimiento me quitó la chaqueta y me sacó del coche, tomándome entre sus brazos. Yo lancé un fuerte grito por la sorpresa con una mezcla de risotadas imposibles de resistir.

—¿Lo ves? —inquirió con seguridad.

—¡Bájame! —lloriqueé en medio de carcajadas.

Edward me llevó sobre su hombro, mientras mis cabellos caían a favor de la gravedad junto con la sangre de mi cabeza. Él me sujetaba con sus fuertes brazos y manos desde el trasero, inmune a mis intentos por patalear.

Me llevó por el frío y solitario estacionamiento durante un rato hasta llegar al ascensor, donde me bajó. Mis tacones tocaron el suelo, pero él no dejaba de sostenerme aún. Ambos nos pusimos a reír otra vez y luego nos besamos mientras Edward digitaba el número de su departamento.

—¿Lo ves? Te he ahorrado todo el camino hasta acá —musitó contra mis labios.

Volví a besarlo y él me correspondió de forma suave, casi como si temiera dañarme con sus labios.

Llegamos al departamento en cosa de un minuto. Edward tomó mi mano y me condujo hasta el vestíbulo, encendiendo unas tenues luces que no alteraron la impresionante luminosidad que regalaba la ciudad de Manhattan en todo su esplendor, traspasándose por las inmensas ventanas. Cuando di un paso adelante recordé que solo ayer me había marchado con un nudo en la garganta. De tan solo rememorarlo me dolía el pecho.

—¿Qué ocurre? —inquirió de forma tímida a la vez que depositaba las llaves de su coche en una elegante fuente de cristal, a un lado de la puerta principal.

—N—nada —tartamudeé, bajando la mirada mientras pestañeaba para despejar mi mente de todo eso.

—Bella, puedes decírmelo.

Respiré hondo y sonreí, girándome para mirarlo. Él estaba de pie, observándome con los ojos muy abiertos y, tal como lo hizo hace unas horas, demostrándome un miedo palpable en sus cuencas verdes.

—Sólo recordaba la manera en que me fui. No debí actuar así, lo siento mucho.

Él asintió y tragó, aun manteniendo ese miedo impasible en su mirada, lo que me partía el corazón. Parecía que su mayor temor era que me fuera para siempre. Me acerqué y tomé su mano, entrelazando mis dedos con los suyos. Acaricié su quijada con el dorso de mis dedos libres y cerró los ojos por un momento, calmando cada expresión.

—¿Puedo invitarte una sola copa de vino? Sé que dije que prefería mantenerme sobrio, pero la ocasión…

Me reí.

—Por supuesto, Edward, una copa de vino —murmuré.

Me enternecía que se esforzara, parecía tan entusiasta por ser sincero y claro.

Él sonrió, besó el dorso de mi mano y se fue hacia el bar, que estaba alejado junto a la esquina.

—Tengo un Carmenere idóneo para ocasiones especiales —afirmó, dejando dos copas sobre la fina madera.

Yo caminé hacia él, hipnotizada como si de un hechizo se tratara. Luego de oler y comprobar el aroma del vino, me entregó una de las copas.

—Así que esta es una ocasión especial —musité.

—Por supuesto que lo es, por la boda de Alice y Jasper… y porque estás tú aquí, conmigo.

Chocamos nuestras copas y luego bebimos. El dulzor apacible de la cepa resultó perfecta para la ocasión; Edward tenía razón, era el brebaje idóneo para esta ocasión especial.

Desde la minimalista mesa de café, tomó un pequeño control y encendió la música, que se escuchaba ambiental y suave, casi como si perteneciera al sonido natural de su departamento. Tal como en su coche, era jazz, solo que esta vez no cantaba nadie. Con el mismo control apaciguó las luces hasta convertirlas en un suave atisbo de luminosidad, como si fueran velas a nuestro alrededor. Entonces nos sentamos en su sofá y yo me recargué sutilmente junto a él, disfrutando de su calor.

—No había tenido oportunidad de decirte lo mucho que me gustas con esta camisa —musité, tocando su pecho.

Suspiró, enarcando una ceja.

—Puedo decir lo mismo de usted, Srta. Swan, el amarillo hace que me guste aún más.

Me reí, lo que hizo que su expresión se volviera divertida.

—Pero uso el amarillo todo el tiempo.

—Me ha descubierto.

Me mordí el labio inferior, perdida en él.

—Aunque debo serte sincero, antes de conocerte odiaba profundamente ese color.

Abrí la boca, anonadada.

—¡Cómo te atreves!

—Lo sé, pero llegaste tú y…

Bufó sin decir nada más.

—Te ves un poco agotada, si quieres…

—¡No! —ronroneé como niñita pequeña—, no quiero ir a dormir, quiero quedarme aquí, contigo.

—Está bien, pero al menos acomódate.

Iba a quitarme los tacones, pero él se me adelantó, agachándose frente a mis piernas. Yo tragué, viéndolo mirar mi piel con adoración y deseo. Antes de quitarme el primero, depositó suaves besos en ella, para luego dedicarse a la siguiente, hasta dejarme descalza sobre la suave alfombra borgoña. Yo tiré de su corbata para atraerlo a mí y besarlo ávidamente, mientras se sujetaba de mis costados. Nuestros besos se tornaron intensos e impasibles, encendiendo cada necesidad en mí, pero para mi sorpresa, Edward paró, respirando acompasadamente contra mi boca.

—Hoy quiero hacer las cosas de manera diferente —aclaró, mirándome directo a los ojos.

¿A qué se refería?

—Está bien, haz las cosas diferente —susurré, acariciando sus mejillas.

Besó mi frente, tomó su copa y volvió a chocarla con la mía.

—A propósito, ¿cómo te sientes, tío Edward? Tu pequeña Alice ya está casada —dije.

Él hizo una expresión nostálgica y luego suspiró, como si aún le costara hacerse a la idea.

—Nunca me había sentido tan viejo desde que vi a Alice vestida de blanco.

Yo estallé en risotadas, incapaz de creerlo. Por Dios, ¿viejo?

—¿Viejo? Edward, aún eres joven, estás en tu plenitud.

Me acerqué aún más y me recargué junto a su hombro, mirando los detalles de su rostro con mayor detenimiento. Ojalá todos los hombres llevaran los cuarenta de esta manera, pensé, disfrutando de la madurez que emanaba de él.

—¿Eso crees? —inquirió, un poco incrédulo.

—Por supuesto que sí —mascullé—, no te hagas el bobo, hace solo un rato fui testigo de cómo mujeres de mi edad morían por bailar una sola canción contigo.

Él sonrió de forma divertida, tomando mi barbilla con sus dedos.

—Pero terminé contigo, disfrutando de una copa de vino en mi departamento —susurró—. Creo que eso es mucho mejor, pasar la noche con mi novia, a quien amo y con la que muero por vivir todos los días que nos depare la existencia.

El ambiente era agradable, apacible y mejor que nunca, me transportaba hacía ayer, cuando me sostuvo entre sus brazos a punto de dormir. Hasta hace unas horas sentía que mi corazón no iba a soportar no volver a verlo, aun cuando ya estaba completamente desecho por su actitud. Pero estaba aquí, por mí.

—Estás más pensativa que de costumbre —destacó de buen humor.

Suspiré como una boba y bajé la mirada hasta nuestras copas.

—Aún le doy vueltas a la idea…

—¿De que me quedo?

Asentí.

—Pero, Bells, amor, yo decidí quedarme aquí…

—Me entristece que pierdas una oportunidad como esa.

Me besó la frente.

—Yo estoy feliz de la decisión que tomé. Si bien, tú quisiste dar el paso yéndote conmigo, no puedo permitirme que dejes a Todd aquí. Además, quiero hacer las cosas bien y cimentar mi camino poco a poco para hablar con tu familia.

Me sonrojé.

—Dios, qué hermosa eres cuando te sonrojas.

Nos quedamos mirando varios segundos, demasiado enamorados para sostenernos con paz. Estábamos en ascuas.

—Quiero mostrarte algo. Si te aburro, me dices.

—Jamás me aburrirías, podría escucharte horas, perdida por ti.

Me dio un beso suave y se alejó unos minutos, para entonces volver con algo entre las manos.

—Mira, estos son los planos del barco que viste la última vez —me mostró, señalándome hacia el inmenso menjunje de líneas y cuadros que apenas podía entender.

—Me parece increíble que todo esto lo hagas tú —señalé, mirándolo a los ojos mientras me acomodaba.

—Digamos que es complejo, pero solo es un plano, el verdadero trabajo está allá, en el puerto, cuando viste a todos esos hombres sudando mientras buscaban encajar cada uno de mis caprichos en su lugar.

—¿Caprichos? Yo diría que solo eres perfeccionista, detallista y sumamente prolijo. —Me reí.

—Es una buena forma para describir a un maldito pelmazo apremiante como yo.

—Oh no, todos te trataban con bastante amabilidad, ningún pelmazo se lleva ese trato, créeme.

Edward me miraba a través de esos impresionantes ojos verdes de una forma tan directa que me sentí desnuda, pero de una forma interna.

—Mira, aquí tengo mi primer plano —me comentó, revolviendo entre los que estaban debajo.

En cuanto lo puso delante de mí, su mirada cambió a una de total nostalgia, pero mezclada también con dolor.

—Este era el Elizabeth —me dijo al oído, para luego bajar sutilmente por mi hombro, rozando sus labios por mi piel.

Ahora lo entendía, por supuesto que debía estar cargado de muchos sentimientos.

—Lo hice en honor a mi hermana, fue mi primera invención. Habría sido todo un logro para mí haber podido desarrollarlo como se lo merecía.

Tragué, atando los cabos sueltos. Este debió ser el barco que Renata le robó para luego marcharse… el barco que lo ligaba a su hermana.

—Aún puedes retomarlo.

—Algún día lo haré, lo prometo.

—¿Lo harías por mí? Sé que te hará feliz poder cumplir ese sueño por ella.

Suspiró.

—No uses ese recurso, sabes que soy muy vulnerable a ti.

—¿Cuál? —Me reí.

—Que lo haga por ti. —Me acunó el rostro con una de sus manos—. Es que haría cualquier cosa, Bella, cualquiera.

Mi vientre se contrajo con mucha fuerza.

Nos quedamos en silencio por un instante, él recordando y yo observándolo con atención.

—¿Puedo servirte otra copa?

—Me encantaría —susurré, nuevamente sonriendo.

Me dejé caer en el sofá, acomodándome con ambas piernas arriba. Recargué mi cabeza en el brazo, mientras lo miraba tomar mi copa para rellenarla.

—¿No me acompañarás? —le pregunté al notar que la suya la había dejado vacía.

—Prometí que sería una copa —me respondió, repasando la curva de mi cintura y mis piernas ligeramente descubiertas.

—Si te lo pido yo no cuenta como promesa rota.

Él movió la cabeza en negativo, como reprochando mi actitud.

—Me llevas a la perdición, Isabella.

Asentí, parándome del sofá. Lo dejé caer sobre él y luego tomé la botella, sirviendo la otra copa.

—Me siento muy cómoda sabiéndolo, mi amor —dije, sentándome sobre sus piernas—. Bebe conmigo, solo una copa más, te lo juro.

Él tenía los ojos fijos en mí, repasando los detalles de mi rostro. Me sujetó desde el muslo y se quedó un momento así, disfrutando de la textura de mi piel. Entonces tomó el fuste y bebió un buen sorbo sin desviar el contacto de sus cuencas de mí.

—Te tengo un regalo.

Lo miré sorprendida y un poco fuera de lugar.

—¿Un… regalo?

—Estuve semanas pensando si mostrártelo o no, pero hoy comprendí que si lo hice para ti es porque necesito que seas consciente de ello.

Me quedé de piedra porque se veía muy serio. ¿Qué tenía para mí?

Me hizo levantar para luego llevarme hasta su piano. Yo, que tenía el corazón saltando en mi pecho, me senté obedientemente en el banquillo. Edward hizo lo mismo y descubrió las teclas, probándolas de forma rápida.

—Probablemente la recuerdes —musitó, comenzando a hacer el vaivén de sonidos.

Edward comenzó una melodía suave, muy pulcra, lenta y tan melancólica que me erizó los vellos. No tardé en recordar esa melodía, pues era la misma que él me mostró cuando estábamos en su habitación, en casa de sus padres, aquel día en que asumí que no podría irme con él en ese viaje. Me perdí en los sonidos, entrando al mundo al que quería llevarme, lleno de amor y de dolor, una mezcla tan agónica como hermosa. En momentos, esa melodía se volvía diferente, generando atisbos de alegría, calor y necesidad. ¿Cómo demonios podía sentir todo esto? Él tenía los ojos puestos en el teclado, pero a ratos los cerraba, a medida que la música tomaba un ritmo más profundo. La sensación que me envolvía era tan plena, pero tan intensa que me dejé caer en su hombro, mirando las teclas y sus dedos moverse de lado a lado. Edward pasó uno de sus brazos por mis hombros para seguir tocando y me besaba los cabellos a la par, oliéndome con mucha añoranza.

No me di ni cuenta cuando las lágrimas caían por mi rostro, dejando un camino lleno de sensaciones que me costaba describir. Él paró con los brazos tensados sobre el instrumento, respirando de manera jadeante.

—La hice para ti, Bella.

Me llevé una mano al pecho.

—Se llama Isabella —declaró, girándose para mirarme.

—Edward —musité, sin saber qué decirle, porque mi garganta apenas podía permitírmelo con el nudo de lágrimas que querían escapar—. Creí que esa melodía era para…

—No, era para ti. —Sonrió con tristeza, pero no entendía por qué estaba triste—. Ese día no aguanté tocarla, te veías tan angustiada que lo único que pude hacer fue mostrarte tu canción. Bueno, a decir verdad, yo también lo estaba, sólo quería quedarme contigo, poder acompañarte en el dolor que estabas sintiendo ante la injusticia de Aro, decirte que te amaba…

—Oh, Edward —gemí, tomando su rostro entre mis manos—. No puedo creerlo. ¿Por qué no me lo dijiste en ese momento? Amor, habría dado todo porque así fuera, nos habríamos ahorrado tanto.

El miedo en sus ojos volvía a aparecer de forma brusca, así que lo besé, abrazándome a su cuello. Edward me correspondió con necesidad, enredando sus brazos en mi cintura.

—Ya te dije que tengo miedo, un miedo que sólo tú has podido arrancarme del pecho, ahora más que nunca, que me has dicho así.

—¿Así cómo?

—Amor —señaló con una media sonrisa.

—Lo eres.

—Y tú el mío.

—Gracias —dije contra sus labios—, es el regalo más hermoso que me han hecho alguna vez.

Sonrió al fin, acariciando mi frente con su dedo pulgar.

—Te amo —afirmó con toda franqueza.

Mi pecho se infló.

—Te amo, Edward, mucho.

Me besó la frente con apremio y luego bajó, rozando su nariz con la mía.

—Te tengo otra sorpresa —dijo en voz baja—, o bueno, es una invitación.

Levanté las cejas.

—¿Qué es? ¿A qué? —interrogué, ansiosa y entusiasta.

—Vámonos de viaje.

Abrí la boca sin decir nada por unos segundos.

—¿D—de viaje? —tartamudeé.

Sonrió con un brillo intenso en los ojos.

—Vámonos a mi casa de la isla, tú y yo juntos, sin temor a que alguien nos rodee, el tiempo que sea necesario.

Pestañeé mientras una sensación de frenesí se gestaba en mi vientre.

—Sé lo mucho que te gustó ese lugar, por eso quiero volver a repetirlo. ¿Qué me dices?

Me encontraba muda. De tan solo pensar en volver a disfrutar de todo lo que significaba ese lugar para él, me hacía sentir extrañamente feliz. Poder estar con Edward sin miedo a que alguien más pudiera interrumpir o simplemente vernos era increíble.

—¿De verdad quieres que volvamos? —inquirí.

—Por supuesto que sí. Además, prometí que me quedaría contigo, lo que no significa que debamos quedarnos aquí. Vivamos nuestro amor lejos de toda esta mierda, al menos por una semana.

Me mordí el labio inferior y lo abracé por milésima vez, apretando mis labios en su fuerte hombro.

—¡Claro que sí, Edward, vamos! —exclamé con alegría—. Quiero volver, esta vez solos tú y yo.

Me besó de manera abrupta y yo cerré los ojos de inmediato.

En ese momento comenzó a llover de forma intensa y un trueno imponente me hizo dar un pequeño salto.

—Espero que también me sigas tocando el piano, no importa el lugar.

—¿Y qué hago si no hay piano? —exclamó divertido.

—Pues cántamela, de cualquier forma seré feliz.

Mi canción… Nunca nadie me había hecho un regalo tan romántico en mi vida.

—Sigue tocándola, por favor —pedí, acariciando las teclas.

Asintió.

Edward siguió con la melodía y yo volví a recargarme en su hombro, sintiendo poco a poco cómo mi cuerpo iba relajándose hasta el punto en que mis ojos comenzaron a pesar. Ni siquiera me di cuenta que iba quedándome dormida hasta que él dejó de tocar.

—Creo que es buen momento para ir a la cama, estás muy cansada —dijo, cubriendo las teclas.

Asentí, incapaz de abrir los ojos con normalidad.

De pronto sentí que puso sus manos en mí para tomarme en sus brazos, solo que esta vez lo hizo con lentitud y delicadeza.

—Te gusta cargarme, eh —mascullé.

No contestó nada, pero podía apostar que estaba sonriendo de oreja a oreja.

Me depositó en su cama y yo me acomodé con cierta pereza. Me entregó una de sus playeras y luego me ayudó a desvestirme, dándome miradas prometedoras que, aún con el cansancio que me embargaba, hacía encender las alarmas más profundas y oscuras de mi interior. Me dejé caer en los edredones, pero entonces me acomodé para mirarlo desvestirse; siempre era un espectáculo digno de observar.

—¿Espiando, Bella? —Se giró, enarcando una ceja.

Yo me escondí entre los edredones, haciéndome la boba.

Segundos después, sentí que caminó hacia la cama y yo tímidamente me acomodé, permitiéndole su espacio.

—¿Ya te has cansado de mirarme que te has girado sin siquiera decirme buenas noches? —inquirió una vez que se acostó a mi lado, besándome la piel del cuello entre palabras.

Una bomba intensa de adrenalina y entusiasmo se gestó en mi vientre, como cada vez que él se acercaba.

—Creo que es suficiente de tus ojos verdes por hoy, Edward Cullen —susurré, dándome la vuelta.

Estaba desnudo desde la cintura para arriba, recargando su codo para acomodarse a mi lado.

—Suficiente, ¿eh? —exclamó, tirando de mi barbilla con la ceja enarcada—. ¿Al menos yo puedo ver tu rostro antes de dormir?

Tragué y me acerqué, acariciando su pecho con mis dedos.

—Sólo si me besas —mascullé.

Se lamió el labio inferior y me estampó un jugoso beso, desbaratándome de la poca cordura que iba quedando en mí.

—Trato hecho —dijo, respirando acompasadamente.

Me acurruqué muy cerca de él, pero no era suficiente, pues me hizo recostar en su pecho. Edward cerró los ojos en cuanto sintió mi mejilla en su piel, entrelazando al mismo tiempo sus dedos en mi cabello a la altura de mi nuca. Yo estuve varios segundos pestañeando con su rostro ante el mío, acariciando a la vez su pecho bajo mi cuerpo, acurrucándome cuanto podía a él, hasta que de a poco fui recobrando el sueño, sumiéndome en la paz que necesitaba, al fin.

—Isabella… —me llamó, interrumpiendo mi duermevela. Cuando abrí los ojos lo vi sonreír, como hipnotizado—. Hoy en la mañana pensé mucho en ti, más que nunca.

Me reí, escondiendo parte de mi rostro a la altura de su corazón, que latía más deprisa que nunca, pero él ya había alejado cualquier expresión de su rostro.

—Me habías hecho el desayuno —susurró con seriedad.

Yo miré hacia su cuello para no toparme con sus ojos verdes tan expresivos, pero él me tomó de la barbilla, pendiente de mi gesto.

—Habría dado todo por disfrutarlo junto a ti, por estar con la mujer que amo.

Edward se veía un tanto acongojado y pensativo, manteniendo aún las caricias en mi cabello y su fuerte agarre en mi cintura, como si temiera perderme entre las sábanas.

—Quiero repetirlo, pero contigo, esta vez sin miedo, sin huir y sin estar distanciados.

Sabía que no se refería específicamente a un desayuno sino a algo mucho más profundo que, como era su costumbre, estaba cubierto en claves. Edward era tan complejo, pero a la vez tan profundo, como un océano lleno de tesoros a la espera de ser encontrados, oscuro y con un montón de secretos.

—Podemos repetirlo —le dije, besando la piel que se encontraba cerca de mí y enredando una de mis piernas en torno a las suyas. Sus ojos brillaron con entusiasmo y algo que no supe describir—, solo con una condición —jugueteé.

—Dímelo.

—Pues… que no te acostumbres —lo molesté, sacándole una carcajada.

—¿Qué no me acostumbre a despertar contigo y disfrutar de un desayuno junto a ti?

Me ruboricé de forma intensa.

—Sabes que no me refiero a…

Me interrumpió con otro beso, sumergiéndome en otra ola de deseo y amor. Nuestras lenguas provocaron una lucha intensa, de forma que mi respiración comenzó a tornarse dificultosa.

—Así que esto se siente —musitó, acabando con un último beso en mi mentón.

—¿Qué? —inquirí, lamiendo la hinchazón de mi boca.

—Vivir el amor sin ataduras, con la mujer más importante de mi vida.

Acaricié por última vez su quijada y fui cerrando los ojos de golpe.

—Descansa, estaré aquí contigo, no me marcharé —musitó, pasando su dedo pulgar por la curva de mi nariz—. Te amo tanto, mi amor, tanto.

Me sentí inmensamente feliz, no podía caber tanta emoción en mi pecho.

—Te amo, Edward —respondí.

Me acomodé y me dejé llevar por la vibración de su voz, que se había vuelto suave y cariñosa. Estaba tan en paz como nunca antes, porque sus brazos eran mi hogar y mi refugio.

.

Me estiré con todas mis fuerzas, sintiéndome descansada y feliz. Cuando miré hacia el lado vi sus brazos en torno a mi cintura y desde luego sonreí.

—Te amo —susurré.

Besé su nariz, sacándole una sonrisa entre sueños.

Afuera seguía lloviendo de forma intensa, parecía que el cielo iba a caerse a pedazos. Salí de la cama y me di un paseo por todo el lugar, disfrutando de su bello departamento. Me lavé los dientes, me lavé la cara y me cepillé un poco el cabello, que parecía un revoltijo de hebras a medio anudar. Me metí a la cocina y mientras preparaba café, revisé mi celular, encontrándome con cientos de llamadas y mensajes de Rose, pidiendo alguna novedad.

Rodeé los ojos y dejé el móvil a un lado.

Me puse a hacer el desayuno, por supuesto que sin olvidar la conversación que habíamos tenido Edward y yo hace solo unas horas. Antes de cortar unos aguacates, me volví hacia un equipo de música que había más allá y sintonicé una de mis emisoras favoritas, donde comenzaba a sonar una canción de Sade. Mientras hacía los aguacates rellenos con huevo y panceta, me puse a canturrear y mover el trasero de lado a lado.

—Esta es uno de los mejores paisajes que puede tener un hombre al despertar —ronroneó Edward, poniendo sus manos en mi cintura desde atrás.

Casi me quemo del susto.

—Me has asustado —exclamé, sonriendo mientras sentía sus labios recorriéndome el cuello.

—Lo siento, te vi y no pude aguantarme.

Me di la vuelta, poniendo mis manos en sus hombros.

—Buenos días, amor —le dije.

—Buenos días, cariño —murmuró, dándome un beso segundos después—. ¿Qué estás haciendo? Huele fenomenal.

—Ya lo probarás. —Moví las cejas hacia arriba y hacia abajo, dándome la vuelta para seguir con mi cometido.

—Hey —refunfuñó—, qué huidiza.

Yo me reí como niñita pequeña, mientras que él insistía en tener sus manos en mi cintura.

—Al menos déjame probar.

—Sólo un poco —advertí, dándome la vuelta nuevamente para ofrecerle un poco con la cucharilla de madera.

Asintió obedientemente y yo se la acerqué, pero Edward fue más astuto, huyendo de ella para darme otro beso, ésta vez más intenso y apasionado.

—Me volverás loca, Edward Cullen —exclamé, mientras enredaba mis brazos en torno a su cuello.

—Creo que lo más justo es estar a la par, mi amor.

Ay, ese mi amor saliendo de sus labios tan naturalmente me volvía loca.

Me sentó en la isla de su cocina y nuevamente me besó, metiendo sus manos con lentitud por debajo de la playera.

—Además, esto también forma parte del desayuno —murmuró, quitándome la prenda.

Me mordí el labio inferior, dejándome llevar. Sin lugar a dudas, el comienzo de las mañanas eran mucho más apetitosas con él de plato principal.

Luego del desayuno, nos dimos un baño juntos y posteriormente nos marchamos a mi departamento. Mientras me hacía una cola de caballo en lo alto de la cabeza, Edward miraba su móvil concentradamente desde mi sofá.

—¿Acomplejado por el trabajo? —inquirí.

Cuando escuchó mi voz, él pestañeó y sonrió, centrando su atención en mí.

—No, sólo tengo que dejar un par de cosas listas antes de irnos a la isla —me comentó, guardándose el aparato en el bolsillo interior de su traje—. Además, me comentaron que el crucero presentó unos problemas pequeños, por lo que el viaje no comienza hoy, sino en un par de días. Creo que tendré que ir a ver qué ocurre.

Suspiré y me senté a su lado, mientras Señor Calabaza me seguía como un verdadero guardián.

—¿Estás seguro que puedes quedarte conmigo? Sé muy bien que parte de tu trabajo es…

—Hey, Bella, tranquila, puedo hacerlo —murmuró—. Quiero estar contigo, no me importa nada más. ¿O qué? ¿Quieres que me suba y me vaya sin ti?

La idea me resultó genuinamente insoportable.

—¡No! Por supuesto que no —exclamé.

Sonrió y me besó.

—Te prometí que me quedaría contigo, al diablo todo lo demás. Lo hago porque te amo y quiero, basta ya.

Sonreí con timidez.

De pronto, el incesante sonido de mi móvil me hizo dar un pequeño salto, lo que a Edward le sacó un par de carcajadas. Corrí hasta él y me di cuenta que era un mensaje de papá.

"Cariño, siento tener que recordártelo, pero no olvides que en un par de días es la terapia más importante de Todd.

Llámame cuando puedas.

Te quiero"

Apreté los párpados y me apegué el móvil a la frente. Había olvidado por completo aquello.

—¿Qué ocurre, mi amor? —inquirió Edward, levantándose y acercándose a mí.

Me mordí el labio inferior y me recargué en la pared.

—La próxima semana comienza la terapia exhaustiva de Todd. Lo había olvidado.

Él pestañeó, sin comprender por unos segundos, hasta que abrió la boca sin soltar ninguna palabra.

—Carajo, no tenía contemplado aquello. —Me llevé una mano a la cabeza, inquieta.

Edward suspiró y miró al suelo, comprendiendo la situación.

—Imagino que debes estar ahí —murmuró.

Cerré los ojos unos segundos, sintiéndome culpable por no haberlo recordado antes. Él asintió con seriedad, mas no molesto. Sabía que me entendía más que nadie en el mundo y eso era lo que odiaba de la situación, pues yo no quería romper nuestra ilusión.

—Si te sientes más tranquila quedándote, pues nos quedamos.

Dejé caer lentamente los hombros.

¿Cuántas veces postergué momentos por Todd? Amaba a mi hermano, pero estaba tornándose injusto para mí.

—Yo entenderé, lo prometo —susurró.

—No, iré contigo —exclamé de pronto—, es tiempo de dejar que papá se haga cargo de la situación. Quiero estar contigo.

Edward sonrió de lado y sus ojos nuevamente brillaron de entusiasmo.

—No sé qué excusa daré, sólo sé que me iré contigo. Confío en que todo saldrá bien. —Respiré hondo, enviando mi angustia a la basura—. Esta vez es momento de olvidarme de todo con mi novio, a quien amo.

Me besó la coronilla.

—Entonces haz tu maleta, nos iremos mañana al atardecer.

Sentí un dolor en mi vientre, como de ansiedad y entusiasmo.

—A juzgar por el clima creo que tendré que llevar un par de abrigos —me reí, mirando hacia la ventana, donde la lluvia golpeaba sin piedad los cristales.

Imaginarme con él frente a la chimenea, disfrutando del sonido del clima, era todo lo que necesitaba.

Edward frunció los labios y luego se llevó un dedo a éstos, pensativo.

—Quizá no sea necesario tantos abrigos, puede que el clima mejore hasta mañana.

—¿Estás seguro? Yo creo que…

—Vestidos, lleva muchos vestidos.

Fruncí el ceño.

—¿Quieres llevarme a caminar por los bosques con un vestido?

Se rio.

—Planeo llevarte a muchos lugares, esa isla tiene sitios preciosos donde poder lucir lo hermosa que eres, sobre todo con esos vestidos tuyos —susurró, llevándose una de mis manos a sus labios—. A decir verdad, quiero que todos vean a la preciosa novia que tengo.

Nuevamente sentí un ataque de ansiedad y entusiasmo en la boca de mi estómago. Estaba tan fervorosa porque el día de mañana llegara.

—Está bien, le diré a Rosalie que me ayude —dije de buen humor.

—Rosalie es una buena idea —comentó.

Una llamada a su móvil hizo que se distrajera, así que yo me planteé alejarme para que pudiera hablar tranquilo, sin embargo, él insistió en tomar mi mano y yo finalmente caí en su regazo, intentando no reírme para no interrumpir.

—Vaya, qué sorpresa que me llames —dijo, muy receloso—. Creí que nuestros asuntos habían quedado congelados desde que rechacé irme a España.

No podía mentir, aún no dejaba de sentirme muy mal por verlo rechazar algo de tal magnitud. Edward se veía sonriente y en ningún momento parecía arrepentirse, pero saber que por mí había dejado uno de sus sueños era muy doloroso. Si bien, verme a su lado sin pensar en esos días contados entre ambos me hacía inmensamente feliz, no quería convertirme en la razón por la que él dejase a un lado uno de sus mayores propósitos en la vida.

—Sí, la verdad es que sí me sorprendes porque… ¿Qué?

Lo quedé mirando mientras él parecía congelado, como si no pudiera creerlo.

—Smith, ¿estás hablando en serio? Creí que tú no… Oh.

Me senté mejor para mirarlo, esperando a que me contara qué pasaba. Él de pronto me miró y sonrió, como si le costara creer lo que escuchaba.

—Claro, pero… Sí, por supuesto, creo que un año de plazo es suficiente. Por supuesto que iré con mi novia, claro, si es que lo quiere aún —dijo, bajando su voz mientras me miraba—. Bien, estamos en contacto. Muchas gracias, de verdad, no sé cómo decírtelo después de lo que te comenté ayer. Sí, descuida, cuando gustes.

Edward cortó y se mantuvo en silencio por unos segundos, hasta que me miró a los ojos.

—¿Harías algo por mí?

Fruncí el ceño.

—Por supuesto que sí, pero…

—¿Te irías conmigo a España en un año más?

Abrí mi boca, sin saber qué decir. ¿Estaba tomándome el pelo?

—Lo siento, estoy muy sorprendido, ni siquiera te he contado, pero… Smith, el hombre que me ofreció la asociación en España, me ha pedido una oportunidad. No podía quedarse sin mi aporte y me ha suplicado que trabaje junto a él desde acá en Nueva York y en un año más ir en representación por un par de meses. Me ha ofrecido que tú vayas, ¿lo harías?

De mi pecho brotó una alegría tan grande que sólo lo abracé. Edward me recibió de la misma forma, apretándome con cariño y júbilo.

—No podía desperdiciar al mejor ingeniero náutico del país y del mundo entero.

Nos separamos para mirarnos y yo le acaricié las mejillas mientras contemplaba su inmensa felicidad.

—Estoy tan feliz de que puedas cumplir tu sueño.

Sus ojos se tornaron más brillantes aún.

—Y no necesité despedirme de ti por dos años, mi amor. Y me acompañarás.

—Claro que te acompañaré, porque te seguiría hasta el fin del mundo, te dije que iría contigo antes que rechazaras la oferta, ahora con mayor razón lo haré.

Me dio un beso y luego juntó su frente con la mía.

—Te encantará.

—Ni siquiera lo dudo. Contigo todo es maravilloso.

Me besó una de mis manos y yo me recosté junto a él, completamente feliz.

Luego de pasar nuestra tarde juntos, Edward caminó hacia el perchero para tomar su abrigo. Eso significaba que se marchaba.

Señor Calabaza se acercó para olerlo y sentarse frente a él. Edward, con timidez justificada, solo le dio un par de palmadas a su cabeza.

—Ya no te odia, misión cumplida.

—Creo que me tiene a prueba, veremos si soy capaz de usar mi encanto para caerle bien.

—Buena suerte —lo molesté.

Vino hasta mí y me dio un suave beso para despedirse.

—Estaré esperándote —susurré—. Te amo mucho.

—Y yo a ti, mi Pequeña Insaciable. Y no te desharás de mí tan rápidamente, volveré a la noche.

Me dio un pequeño agarrón en la nariz, me guiñó un ojo y luego se marchó. Salí hacia el balcón a pesar de la lluvia y esperé hasta que se subiera al Cadillac. Entonces lo vi marchar, finalmente suspirando.

.

.

.

—¿¡Qué!? Vaya mierda, te dejo unas horas con él, ¿y ya planearon marcharse a esa misteriosa isla? —exclamó Rose, echándose hacia atrás y cayendo a mi cama.

—Así de rápido ocurren las cosas con Edward. —También me dejé caer a su lado, tapándome los ojos con ambas manos.

Mi mejor amiga se acomodó con el codo apoyado en las colchas y se quedó mirándome.

—¿Qué?

—Te ves tan feliz hoy —susurró—. En realidad, él te hace muy feliz.

Respiré hondo y de fondo escuché que llegó mi hermano Emmett, avisándonos con su siempre impensado grito de saludo.

—Saber que me ama es tan increíble, poder decírselo y expresarlo tan abiertamente.

—Qué situación tan hermosa.

—Me compuso una melodía en el piano —solté. Rose abrió la boca, sorprendidísima—. ¿Cómo demonios puedo evitar seguir enamorándome si hace esas cosas? Y luego invitarme a su casa para estar solos…

—Es un hombre complejo, ¿no? Los hombres complejos tienen esa maldita manía de volvernos locas. —Suspiró—. Definitivamente te ama demasiado.

Me sentía en una nube.

—¿Por qué lo dices?

—¿No es evidente?

Tenía razón.

—Sólo tengo que armar la excusa perfecta para marcharme sin que todos los demás noten lo extraño de la situación —musité.

Suspiré, encogiéndome de hombros.

—Al principio pensé en Todd. Edward dijo que lo comprendía, pero yo no quería desilusionarlo como tampoco desilusionarme. Comprendí que debo pensar en mí aunque sea una vez en mi vida —susurré—. Además, antes de que todo se volviera un caos en la fiesta de la boda, pensé en irme con él.

—Pero se te adelantó y prefirió hacer su propio sacrificio por amor.

Rose me miró con el mismo orgullo de Edward y me dio un pequeño abrazo.

—Estoy tan feliz de que decidan ser felices, de verdad.

Sentimos que Emmett penetraba la habitación y yo lo miré con un poco de timidez.

—Así que te quieres ir con él.

Asentí.

—Queremos vivir nuestro romance por unos días, espero que no le digas nada a nadie…

—No, Bella, claro que no. No te miento, me resulta tan raro saber que mi hermanita está con Edward Cullen, pero… —Suspiró—. No puedo negar que te ves muy feliz y eso es suficiente para mí.

Rose sonrió mientras me acariciaba el cabello.

—En cuanto a la excusa para marcharte, eso déjamelo a mí, tener a tu mejor hermano no es cualquier adorno en tu vida.

Hice un sonido entusiasta y me aferré a su cuello, depositando besos en su mejilla.

—¡Gracias, gracias, gracias! —repetí una y otra vez

—Rose y yo nos iremos de viaje a Malibú, simplemente diremos que te irás con nosotros mañana en la madrugada y ya está. Sé que es buena idea que pronto los demás sepan que ustedes son novios, pero de momento no se preocupen de ello, vivan su romance tranquilos, luego tendrán que pensar en lo más difícil.

Dios mío, estaba tan agradecida de ellos.

—Ahora que serás una bella mamá te has puesto más adorable —le dije a Rose.

Entrecerró sus ojos y me apuntó con su dedo índice.

—¡Siempre he sido adorable! —me refutó, haciéndome reír.

—Gracias por cubrirme.

—¡De nada, cariño!

.

.

.

Al despertar lo primero que vi fue mi móvil, que parpadeaba con un nuevo mensaje sin leer.

Sonreí de oreja a oreja.

"Pasaré por ti a las siete. Nuestra aventura comienza hoy.

Pd: te has colado en mi último sueño, eso es injusto.

Estoy ansioso por verte

Te amo

Edward"

Suspiré y me quedé un buen momento dando vueltas en mi cama, buscando calmar la ansiedad de hoy. Estaba tan entusiasmada que no dejaba de pensarlo.

Durante la tarde recibí un mensaje de Ángela desde la contestadora, donde me explicaba que se iría a Estambul, mientras yo terminaba de ordenar unas últimas cosas para que Señor Calabaza se encontrara bien y cómodo en casa de Rose.

—Qué suerte la tuya, amiga, ojalá pudiera conocer siquiera Canadá —murmuré por lo bajo—. Aunque en un año me iré con él, al fin.

Rose vino a verme un rato en la tarde para ayudarme a terminar la maleta y llevarse a mi perro, que a juzgar por sus gestos, parecía comprender muy bien que me iba. Se me apretó el corazón.

Justo cuando arrastraba la maleta hacia la sala y el reloj marcaba las 7 y 55 minutos, tocaron al timbre. Un subidón de emoción me recorrió, ansiosa por verlo ya. Cuando abrí, toda esa sensación se me fue a la espalda, transformándose en un balde de agua fría.

—Ethan —mascullé.

Él no ocultó la mirada contemplativa que me dio de pies a cabeza, como tampoco la incomodidad que de pronto enfrentaron sus ojos.

—Lamento haber venido hasta acá, pero tenía que hacerlo.

Miré por última vez el reloj, sabiendo que Edward podía aparecerse en cualquier momento.

—Sólo será un momento, lo prometo.

Respiré hondo y le permití la entrada, sabiendo que iba a arrepentirme.

—Perdóname por lo que ocurrió el otro día, estaba pasado de copas —susurró, caminando hacia el centro de mi sala. Notó la maleta, mirándola por un buen rato, pero no dijo nada.

—Hay cosas que debes entender… o simplemente alejarlas de tu margen. Lo que pasa entre Edward y yo…

—Es peor de lo que creí —me interrumpió.

Apreté la mordida.

—Ethan, por favor.

Asintió, lamiéndose el labio inferior con rabia.

—Quizá esperé mucho tiempo para intentar algo contigo.

Miré hacia la pared con los brazos cruzados, agotada de esto.

—Nunca imaginé que mi hermano mayor fuera un rival tan hábil.

—No es tu rival —objeté.

—Lo es, Bella, realmente lo es —dijo con la voz ahogada—. ¿Sabes qué pensé cuando te vi besándolo por primera vez? ¿Lo sabes, Bella?

Suspiré y finalmente negué, cruzada de brazos, abrazada a mí misma.

—Pensé que estaba en una pesadilla, en el mismísimo infierno. Luego te vi llorar, con el rostro crispado de dolor, intentando fingir que todo estaba bien porque te había hecho daño, lo que más me temía. Creí que al fin te habías dado cuenta de lo que ocurría, pero entonces volviste con Edward, y asumí que lo odiaba. ¿No lo entiendes? Me enamoré de ti.

Di unos pasos hacia atrás, desconcertada. Estaba de broma, ¿no?

—Todo el tiempo mirándote, intentando darme valor para poder… acercarme sin temor a que te sintieras incómoda porque yo fuera el tío de Alice, tu cuñada. —Bufó, exasperado—. De haber sabido que estabas con Edward desde hace mucho antes... —Cerró los labios con rabia.

Pestañeé, digiriendo de a poco sus palabras.

—Estás confundido…

—No, Bella, estoy hablando en serio. —Se acercó—. Estoy enamorado de ti.

Respiré hondo.

—No puedo negártelo, envidio profundamente a mi hermano, siempre un paso delante de mí. Primero fue con mis padres, luego la empresa y finalmente, la única mujer que me ha llevado a perder la cabeza, ahora se irá con él a… quizá qué lugar.

—Ethan, yo no quiero…

—¿Qué? ¿Verme de esta manera? —me interrumpió.

—¡No! —Mis ojos se llenaron de lágrimas—, no quiero imaginar cómo te duele esto, lo siento...

Lanzó una risotada pedante y cansada, mirando al suelo, como sintiéndose un tonto.

—Si lo hubiera intentado antes, si… él no se hubiera interpuesto antes que yo, ¿me habrías permitido hacerte feliz?

Pensé en la posibilidad de nunca haberme topado con Edward en el crucero, de nunca haber pasado la noche junto a él, ¿habría sucedido lo mismo? Todo comenzó como un deseo irresoluto, una pasión descarnada que, hasta cierto punto, me había hecho perder la cabeza incluso hasta ahora. Si hubiera conocido a Ethan en otro contexto, ¿habría sido otro mi destino? Pero, en cuanto pensé en él, en ese bombón maduro y encantador, comprendí que, de cualquier forma, mis ojos habrían ido a parar a Edward, porque simplemente era el hombre de mi vida.

—No —dije con sinceridad—, lo siento, Ethan. No pretendo hacerte daño, es lo que menos deseo, pero no soy una mujer que juegue con dos hombres, no de esta forma. Estoy enamorada de Edward. Amo a tu hermano, no puedo evitarlo.

Asintió con lentitud.

—¿Por qué él? —inquirió.

—No puedo responderte… ni quiero.

—¿Y él? ¿Qué siente por ti?

—Él me ama, Ethan.

Enarcó una ceja.

—¿Estás segura?

Miré al suelo, sin poder creerlo.

—Por supuesto que sí. No voy a dudar de sus sentimientos.

—Pues comienza a hacerlo, porque no imagino a Edward olvidando a Renata bajo ningún motivo.

Tragué.

Cuando Ethan iba a decirme algo más, tocaron a la puerta. Sentí un dolor profundo en mi espina dorsal, aquejada por el miedo de lo que podría ocurrir. Sabía quién era. Me acerqué a abrir, a sabiendas de las consecuencias y de lo que podría ocurrir. Edward estaba apoyado desde el umbral, y al verme, sonrió, sin embargo, cuando vio mi cara, su sonrisa desapareció.

—¿Qué ocurre? —inquirió.

—¡Vaya, qué tenemos aquí! —vociferó Ethan con rabia.

Edward frunció el ceño enseguida y me miró, pidiéndome explicaciones.

—Edward —lo llamé entre súplicas. No quería problemas, no ahora.

Apretó los labios y avanzó hacia adelante para enfrentarse a su hermano.

—Mi querido hermano, siempre un paso adelante. Bueno, disfruten su viaje, yo no tengo nada más que hacer aquí —profirió, mirándome con tristeza y a Edward con el odio más palpable que pude apreciar.

Pasó a un lado de su hermano, golpeándolo en el hombro. El cobrizo apretó su mandíbula y yo le tomé la mano para que no lo siguiera, hasta que finalmente escuchamos el sonido de la puerta al cerrarse de un portazo. Iba a soltarme de su mano, pero él la retuvo con más fuerza. Volvió a centrar sus ojos verdes en los míos, pidiéndome explicaciones de lo que acababa de ocurrir.

—Me lo ha confesado todo —espeté con tristeza.

—¿Qué? —inquirió, súbitamente preocupado.

—Lo que siente por mí —murmuré.

Sus ojos se tornaron grandes y ligeramente turbados.

—¿Qué siente por ti? —Sus dientes estaban apretados y las palabras apenas salían de su boca.

—No creo que sea necesario comentarlo…

—Dímelo, ¿qué siente por ti? —insistió.

Tragué, incapaz de decirlo.

—Se ha enamorado de ti —concluyó en voz baja—, ¿no es así?

Asentí despacio y Edward se tensó de inmediato. Luego soltó mi mano para pasársela por el cabello exasperadamente.

—Ethan lo ha logrado, sin saberlo utilizó la mejor estrategia para hacerme daño, debí suponerlo desde que puse mis ojos en ti. Esas miradas, esa… necesidad por estar cerca de ti. —Apretó la mandíbula—. No se quedará en paz, tenlo por seguro —finalizó, sentándose en el sofá con aspecto intranquilo—. No cuando se trata de ti y de lo que significa esta situación para mí.

Me agaché frente a él para mirarlo de frente, pero estaba tan furioso como nunca antes lo había visto.

—Pero me iré contigo —enfaticé—, no lo haría con ningún otro hombre que no seas tú. Lo de Ethan es… algo que está fuera de mis manos, sólo sé que quiero irme contigo y que nada de lo que acaba de ocurrir arruine la sonrisa que me diste cuanto abrí la puerta. Te amo a ti.

Edward fue relajando su expresión a medida que me oía y finalmente respiró hondo.

—Tu voz es… tan calma —murmuró, pasando uno de sus dedos en mi mejilla.

Sonreí.

—Digamos que soy la paz frente al tormento.

Se largó a reír, lo que me llenó el corazón de gozo.

—Nada cambiará nuestros planes, te lo aseguro —afirmó. Luego miró su reloj y levantó las cejas—. Es hora de marchar.

Di un brinquito de emoción, provocando que sus ojos se tornaran brillantes.

—Qué increíble eres, me haces transformar mis emociones de manera tan abrupta. No eres la paz ante la tormenta, simplemente eres la tormenta, una tormenta muy diferente y capaz de enloquecerme.

Me mordí el labio inferior, me aferré a su cuello y lo besé.

—Se hace tarde, vamos —me susurró, tomándome el mentón.

Edward manejaba en el Cadillac mientras yo observaba el paisaje, impaciente por las dos horas de viaje que se avecinaban.

Aún no salíamos de Manhattan cuando él tomó un camino desviado de la carretera, acercándose a la zona del muelle. Por un momento creí que era una ruta diferente, pero el cobrizo no me dio ninguna explicación de lo que estaba ocurriendo.

—¿Qué ocurre? Creí que tomaríamos la carretera principal.

—Tengo un asunto que atender, no tardaremos. Además, tengo otra sorpresa para ti.

—¿Otra?

—Ten, póntelo. —Me entregó una tela negra para que me tapara los ojos—. ¿Confías en mí? —inquirió al notar mi recelo.

—Claro que confío en ti, pero esto es… ¿Qué planeas?

Sonrió.

—Ya lo verás. De momento tápate los ojos, quiero sorprenderte de verdad.

Miré durante unos segundos el pedazo de tela y luego le hice caso, apretándola fuerte con un nudo en mi nuca. No veía absolutamente nada.

Durante un rato estuve pensando en qué tipo de locura me estaba involucrando, mientras me concentraba en oír lo que poco a poco se iba acercando. Edward paró, sentí que salió del coche y que a mi lado abrían la puerta.

—Bienvenido, Sr. Cullen —dijo un hombre al que no reconocí.

—Tenlas. Haz lo acordado —le respondió el cobrizo, sosteniendo mi brazo para ayudarme a salir del coche.

—¿Qué estás haciendo, malvado? —le pregunté, marcando los pasos con miedo a pesar de que él me tenía muy sujeta.

Sentí sus labios cerca de mi oreja, besando parte de mi rostro.

—Sólo confía en mí —susurró.

A mi alrededor se oían cientos de personas hablando de tantas cosas que parecía un panal de abejas. En momentos sentía que Edward conversaba de forma casi ininteligible con alguien más, para después hacerme subir cuidadosamente por unas escaleras, mientras más allá se escuchaban las olas chocar de forma impaciente.

—Por aquí, señor —le dijo una mujer, como si estuviera abriendo una puerta.

Caminamos un par de pasos más hasta que Edward paró y yo, con el corazón latiendo a mil por horas, me mantuve esperando una respuesta. Él finalmente deshizo el nudo y me quitó la venda de los ojos.

La luz natural mezclada con las luces blancas de algo en particular me hicieron pestañear, y cuando pude acostumbrarme a la luminosidad, vi el muelle frente a mí, solo que yo estaba flotando sobre el mar y que bajo mis pies se encontraba la cubierta de un inmenso crucero.

Me giré hacia Edward, pidiéndole que me aclarase lo que pasaba. Él sonreía con los ojos inmensamente brillantes.

—Sorpresa —fue lo único que dijo.


Buenas noches, traigo un nuevo capítulo de esta historia. Primero, queriendo decir que no planeaba hacerlo porque he estado muy triste, tantos ataques en contra ha hecho que pierda el interés por escribir y eso me pone más triste aún. Pero detrás de todo, quise compartir lo que tanto costó sacar adelante y porque también respeto lo mucho que quieren leerme todas ustedes. Siento estar demorando más de lo común en actualizar, pero es esto mismo, miedo y desgana de que los ataques sigan. Pero en fin... ¿Qué les ha parecido el capítulo? ¿Se imaginaron que Edward y Bella iban a viajar? ¿Ya imaginan dónde? Las sorpresas de Edward son cada vez más románticas y es que dentro de él se esconde un hombre increíble, oculta tras el dolor. Aún faltan secretos de ambos. ¡Cuéntenme qué les parece, saben cómo me gusta leerlas!

Nuevamente y por esta ocasión, me resulta difícil poner los nombres de todas aquí, pero quiero que sepan que las leo y estimo con el corazón. Hacen que todo dolor cese un poco y eso es mucho decir. Agradezco cada uno de sus reviews y espero volver a leerlas a todas, saben lo feliz que me hacen

Recuerden que quienes dejen un review, recibirán un adelanto exclusivo del próximo capítulo vía mensaje privado, y si no tienes cuenta, simplemente me dejas tu correo, palabra por palabra separada, de lo contrario no se verá

Cariños a todas

Baisers!