Syra permanecía estoica, sosteniendo el timón de la carabela azulada con dirección fija hacia Isla Victoria. En poco tiempo estarían allí y sólo podía sentirse ansiosa. Su mente se llenaba de recuerdos del pasado, de Arousa, de la cocina del Sunny. Cerró sus ojos y aspiró profundamente, sintiendo el aire del amanecer congelando sus pulmones. Tomó la cajetilla de cigarrillos del bolsillo trasero de su jean y encendió uno. Aspiró el humo con dedicación y exhaló, formando una espesa nube de humo que se mezcló con la neblina matinal. El aroma a tabaco la remontó nuevamente en el tiempo, y hasta creyó oler el perfume a colonia que siempre usaba Sanji.
Se sentía nerviosa, abrumada, perturbada por sus decisiones, por volver a verlo. Pero a la vez, moría de ganas de abrazarlo y contarle por qué había tenido que hacer lo que hizo con sus hijos. Las largas pláticas con Kaya le habían hecho ver que no todo estaba perdido, que aunque tarde, podía enmendar lo que había decidido en aquella oportunidad. Volvió a calar hondo y exhaló.
─ Syra, ¿por qué no vas a dormir un rato? ─ la voz de Muret, la médico del barco, parecía lejana. Pero en realidad estaba a pocos pasos de ella. Syra sólo se dio cuenta de su presencia cuando la mujer le tocó el hombro con afecto. La Capitana volteó, con el cigarro entre los labios y Muret le sonrió amigablemente.
─ No Muret, quiero estar un poco más aquí
Esa noche había sido complicada. Aún se veían los últimos rayos de sol cuando avistaron un barco de la marina a lo lejos. La Capitana de los Piratas Alegres había decidido ignorarlos, virando en dirección contraria. Su semblante era serio y turbio, como si una tormenta comenzara a formarse en su cabeza. A bordo, estaba su hijo, toda su tripulación y su mejor amigo. Y no tenía intensiones de que la Marina apresara a ninguno de ellos.
Tomó el timón con la confianza que la caracterizaba y lo hizo girar violentamente. Las velas se hincharon y la carabela azul comenzó a virar, con delicadeza y gracia. El barco de la Marina parecía estar anclado, ya que no se movía, al menos no parecía moverse. Trafalgar Law, su más viejo amigo, confidente y en ocasiones, salvador, se acercó por detrás, con su mirada fría y serena, y una sombra extraña cubriéndole los ojos. Syra, notando su presencia, se tensó. Sabía que él lo que él le diría, pero no quería escucharlo.
─ No digas nada ─ las palabras de la mujer pesaban. El oleaje había comenzado a azotar el barco con furia.
─ Syra, ¿dónde piensas ir? ─ la pregunta fue formulada sólo para ser olvidada, Trafalgar Law no quería una respuesta inmediata a eso, al menos no en un sentido concreto. Era una pregunta que se venía haciendo desde hacía años. ─ No pretendo encontrarme de cara a la Marina, pero si Él está a bordo, escapar no sirve de nada y lo sabes
─ Si Satsujin estuviese a bordo de ese navío, ya estaríamos en el fondo del Nuevo Mundo ─ la respuesta de la capitana era seca, sacada de sus entrañas. Parecía no querer hablar, pero no podía echar así sin más a su amigo.
─ Syra ─ Law aopoyó su mano derecha sobre el hombro izquierdo de ella. ─ No puedes simplemente continuar así, ¿por qué no tomas de una buena vez el rumbo que realmente quieres tomar? ─ ella bajó la vista y apretó con más fuerza el timón.
─ ¿Piensas que es fácil hacer esto? Estuve huyendo de Satsujin y la Marina durante trece años, intenté que mis hijos tuviesen una vida normal, dentro de lo que un pirata puede ofrecer, y tú me preguntas por qué no tomo el rumbo que quiero tomar, ¿realmente me estás planteando esto? ¿O es una de las tantas preguntas sin sentido que me hiciste durante los últimos años? ─ volteó para verlo a los ojos. Sus iris grises parecían estar prendidas fuego.
El barco de la Marina ya no se podía divisar. La carabela era rápida para navegar y los había dejado atrás sin dificultades. La noche había caído sobre ellos y el mar estaba más calmo. Olive había alertado a los demás que se mantuvisen alertas, pero dentro de los camarotes, ya que había escuchado parte de la conversación que entablaban Law y Syra. No quería que se las cosas se complicaran y nuevamente se produjera una pelea como la que hacía poco habían tenido. Levantó la vista para encontrarse con el gran remiendo que ostentaba el comedor e hizo una mueca de disgusto. Cerró los ojos y al volver a abrirlos se encontró con el ámbar de la mirada de Daisuke, con la picardía de un adolescente a punto de cometer una falta. Olive se cruzó de brazos y puso su mejor cara de póker.
─ ¿Qué estás haciendo? ─ dijo a modo de ragaño. Daisuke simplemente la ignoró y continuó su camino hacia la cocina. ─ Si tienes hambre, la Capitana dejó algunos bocadillos en el refrigerador ─ dijo antes de suspirar con resignación y continuar hacia su camarote.
Daisuke, con dieciséis años, tenía una contextura física delgada, con músculos algo marcados, cabello largo y desalineado, con fleco que caía sobre su ojo izquierdo. Su rizada ceja visible daba un toque pícaro a su varonil rostro. Y nunca quitaba una sonrisa socarrona de sus labios. Salvo cuando su madre lo reprendía, que era cada vez más a menudo. El tierno y dulce Daisuke Hachimitsu se había convertido en un jovencito duro de domar, caprichoso y testarudo. Y ya le costaba mucho a Syra lograr contener sus ansias de aventurarse al mar por su cuenta. Ansias muy bien alimentadas por parte de la pirata y toda su banda.
Al abrir la puerta de la cocina, Daisuke se encontró con unas tazas sobre la barra central, con café frío. Las tomó y las colocó en el fregadero para luego dirigirse directamente a los bocadillos que seguramente su madre hizo para él. Su sonrisa se intensificó al saber que eran sus preferidos. Tomó el plato y se sentó junto a la barra, para comer tranquilamente.
Los ruidos de cubierta no pasaron inadvertidos. Después de haber escuchado aquella conversación extraña entre Law y su madre semanas antes, no se había atrevido ni siquiera a ver a los ojos a ninguno de los dos cuando estaban todos juntos. Se sentía extraño pensar que tal vez ellos estuviesen juntos, o quisieran estarlo. Después de tantos años de amistad, y de tal afinidad, no resultaba descabellado que ellos pensaran en profundizar su relación, más considerando que Syra era viuda y Law soltero. Pero, a ojos de Daisuke, pensar en aquello era extraño y le daba dolor de cabeza.
Nuevamente se oyeron ruidos, que se asemejaban a gritos. ¿Quién estaba gritando? Dejó el plato aún con bocadillos y se acercó a la puerta para poder escuchar mejor. La abrió y espió hacia afuera. Podía ver la espalda de Law, cruzado de brazos. No llevaba su sombrero.
─ ¿Cuál es el verdadero objetivo de todo esto? ¿Para qué gastar tiempo y energía en continuar navegando erráticamente cuando lo que más quieres es estar en Arousa con tus hijos? ─ el tono empleado por Law parecía el de alguien que estaba cansado de repetir siempre lo mismo.
─ No puedo hacerlo ─ Daisuke no lograba ver a Syra. ─ Si regreso, pondré en peligro a todos
─ ¿Y los sentimientos de los niños? ─ preguntó él. ─ ¿Qué fue lo que te dijo Ayumi la última vez que partiste? ¿Estaba contenta? ¡Ella ya es una mujer! Y está haciéndose cargo sola de toda la responsabilidad que alguna vez fue tuya. ¿Dónde quedaron esos sueños que tenías? Una vez dijiste que hacías todo esto para poder rescatar a niños huérfanos de las garras de la Marina, pero ahora no es así. Ya no hay huérfanos, ya no hay más que huidas y cambios de rumbo constantes. ¿Qué es lo que estás haciendo? ¡¿Para qué creaste estas esperanzas si ahora las tiras por la borda?! ─ Law caminó hacia delante y Daisuke ya no podía verlo. Sólo podía escuchar unos sollozos que pensó eran de su madre.
─ Bú ─ dio un salto y cerró la puerta violentamente. El corazón se le salía por la boca. Giró lleno de bronca para encontrarse con la risa contenida en las manos de su hermana Marisol, que intentaba no desfallecer aguantándose las carcajadas.
─ No molestes ─ Daisuke estaba de mal humor. Hubiese querido escuchar más de la conversación que su madre tenía con Law. Después de todo, él también era parte de la organización que todo el mundo llamaba "Los niños de la Extinción", a la que él mismo y su hermana Marisol pertenecían, junto a otros cuantos más, todos rescatados por los Piratas Alegres.
─ ¿Desde cuándo eres un fisgón? ─ preguntó Marisol aún aguantándose las ganas de reír y limpiándose con una mano las lágrimas de los ojos.
─ Dije que no molestes ─ el castaño volvió a su lugar en la barra decidido a terminar sus bocadillos e ir a su camarote.
─ Mamá no parece estar muy bien ─ la morena, de escultural figura y la misma edad que su hermano, llevaba una falda amplia color durazno que le llegaba un poco más debajo de las rodillas y una blusa negra ceñida al cuerpo, de mangas cortas. Iba descalza y tenía anillos de oro en todos los dedos de los pies. Se sentó sobre la barra, dando un pequeño salto.
─ Eso ya lo sé ─ Daisuke se limitaba a mirar fijamente la comida e introducía los bocadillos enteros en su boca.
─ Si mamá te viera comer así se enfadaría contigo. ¿Qué no tienes modales? ─ preguntó con sorna. Él dejó de masticar y levantó la vista para clavarla en los ojos de Marisol.
─ Tú no tienes ningún derecho de decirme nada ─ soltó con asco. ─ Apenas si eres una invitada a la que MI mamá cogió especial cariño ─ tomó el último bocadillo con la mano derecha. ─ No quiero que me digas nada sobre Syra, ella es mi madre y la conozco muchísimo más que tu ─ nuevamente lo introdujo todo dentro de su boca.
Marisol no se inmutó por el espantoso comentario de su hermano. Sonrió tristemente y levantó la vista hacia el techo de la cocina, que era de madera pintada de blanco. Conocía a Daisuke, sabía cómo era él y que esas respuestas hirientes sólo las daba cuando lo que las personas decían tocaban su orgullo o su corazón. Y estaba convencida de que este era el caso. Syra estaba actuando muy extraño desde que dejaron Arousa hacía unas tres semanas. Ayumi y ella habían estado encerradas en el cuarto por horas, y ella vio salir a su hermana mayor con los ojos irritados y una expresión de infinita tristeza.
Comprendía que la vida de un pirata en esa era de Extinción no era fácil, que la responsabilidad que cargaba la Capitana de los Piratas Alegres sobre sus hombros no era simplemente cuidar de su vieja tripulación, sino que estaban todos los niños húerfanos que había rescatado, Arousa y sobre todos sus hijos, sus hijos legítimos. Y Marisol era consciente de que su integración a la familia Feuer podía tener consecuencias no muy agradables, como era el rechazo y el despecio que ne ese momento le hacía su hermano Daisuke.
─ Syra necesita que la apoyemos ─ cambió su tono por uno más serio y profundo y optó por no llamarla "mamá". ─ Está atravesando una etapa que no podemos comprender ─ bajó la vista para nuevamente posarla sobre los ojos de Daisuke, que habiendo terminado de comer, se recargó hacia atrás en el taburete. ─ Quizá deberíamos separarnos de la banda y hacer todo aquello que esté más lejos de Arousa, fuera del Grand Line ─ los ojos del varón se iluminaron como si hubiese descubierto algo nuevo e impensado. Se puso de pie violentamente.
─ Tienes razón ─ se acercó y la tomó por los hombros. ─ Deberíamos separarnos y ayudarla ─ repitió las palabras de Marisol mientras la apretaba con fuerza.
Mientras tanto, en la cubierta, Syra se hallaba sentada en el suelo, con su espalda recargada en la barandilla de babor. Sus rodillas estaban flexionadas y había escondido su cabeza entre ellas. Law la abrazaba, con ternura y compasión.
─ Esto que estás haciendo es demasiado grande para ti sola ─ las palabras del Capitán de la Muerte erizaron la piel de Syra. ─ Deberías considerar que la banda se separara y asignar zonas a Daisuke y Marisol. Y también a mi ─ agregó.
─ ¿Estás diciéndome que envíe a esos niños solos por los mares? ─ no levantaba la cabeza. Law recargó su barbilla en la nuca de ella. ─ ¿Piensas que podría hacer eso?
─ Creo que al menos podrías comenzar a buscarlo ─ la mujer se estremeció.
─ ¿A buscarlo? ¿A quién? ─ Trafalgar se separó y movió los hombros de Syra hacia atrás, para que ella levantara su cabeza y lo mirara a los ojos. Tenía el maquillaje corrido y los párpados hinchados.
─ A Sanji
Cerca del Calm Belt
Se sintió un leve temblor y una especie de plataforma se corrió, dejando ver una mujer marine, ataviada de pantalones y chaqueta blancos. Ostentaba una capa de Capitán. Su expresión era severa. Tenía el cabello plateado, recogido en un rodete. Su piel era muy blanca y sus ojos azul intenso. Tendría unos quince años, como mucho.
─ Despeja el área y no te haré nada, Daisuke Hachimitsu ─ dijo con sorna. Su rostro era duro como una roca, no se le movía ni un solo músculo. Daisuke estaba tan sorprendido, que no podía reaccionar. Ella era bella, era Capitán de la Marina, ¡pero era una niña!
─ Está bien ─ bajó la cabeza. ─ Pero dime tu nombre ─ sonrió.
─ Jennifer Conar
─ Jennifer ─ Daisuke, cambiando su expresión y cruzándose de brazos, tuvo un brillante idea. ─ Me encantaría dejar de navegar estas aguas, pero actualmente estoy intentando hallar la corriente que atraviesa el Calm Belt para ir directamente al East Blue ─ removió su cabello. ─ Si no es mucho pedir, ¿podrías echarme una mano? ─ pidió con un tono sugerente. La Capitana, arqueó levemente una ceja e hizo una seña con la mano derecha a uno de sus subordinados que inmediatamente se acercó. Le dijo algo al oído y este la reverenció, retirándose hacia dentro de la nave.
─ Daisuke Hachimitsu Feuer, me has convencido ─ dijo, con el mismo tono rígido que usó anteriormente. ─ Iré a ver los mapas que tienes para recomendarte una ruta y despejar esta zona rápidamente ─ una leve sonrisa apareció en su rostro. Daisuke se sorprendió. Jamás pensó que la Marine quisiera abordar su barco, y menos que realmente accediera ayudarlo. Arrugó el ceño, allí había gato encerrado.
De pronto, como un baldazo de agua fría, cayó en cuenta del apellido que portaba la joven. ¿Conar? ¿Sería pariente de Nathan Conar? ¿De Kaizoku Satsujin? Un escalofrío recorrió su espina dorsal cuando una soga se enganchó en la barandilla de su barco y con la destreza de una artista circense, Jennifer cruzaba el espacio que separaba ambas naves, caminando sobre la soga. A llegar dio un salto mortal y cayó suavemente en la cubierta. Sus subordinados no abordaron, por el contrario, desengancharon la soga y comenzaron lo que parecía una retirada.
─ ¿A qué isla del East Blue piensas ir? ─ preguntó ella, con una expresión más relajada. Daisuke tuvo un mal presentimiento.
─ A Isla Victoria ─ los ojos de Jennifer brillaron con un destello azul intenso. Sonrió. Llevó las manos a su rodete y quitó las pinzas que lo sujetaban, dejando que las hebras plateadas cayeran sobre su espalda. El cabello le llegaba hasta la cintura.
─ Iré contigo, tengo asuntos pendientes allí ─ se acercó para mirarlo a los ojos. Era unos cuantos centímetros más baja que él. ─ Y mis navíos no resistirían navegar por esas aguas
Sea Mystery, a cuatro días de Isla Victoria
Tal como Ryu había pedido hacía dos días, nadie había vuelto a tocar el tema de lo acontecido en Cabo Rojo. Pero, sin embargo, cada uno de ellos comprendía que había un hecho crucial que nadie excepto Ryu y Umi conocían. Ese detalle que había logrado que el espadachín se encerrara aún durante más horas a entrenar y que Umi retrocediera en el tiempo y se comportara y se vistiera como un chico.
Mitty estaba remendando el timón, que había sufrido un pequeño incidente cuando un pelotazo mal dado por Umi quebró una de sus aspas, mientras que observaba cada tanto a Gio y Rabí, que remendaban afanosamente uno de los aparejos. Umi se limitaba a mirar el horizonte mientras sostenía una rudimentaria caña de pescar. Se oían a lo lejos algunas risas provenientes de la cocina, donde Sora y Marisol preparaban el almuerzo. Era una mañana muy agradable y primaveral. El único que no aparecía, como habitualmente desde hacía unos días, era Ryu.
La carpintera, harta de aguantarse las ganas de gritarle unas cuantas verdades a su capitana y amiga, dejó a un lado el martillo, se quitó los clavos de la boca y exhaló con pesadez. Se sentó de espaldas al timón y estiró las piernas. Y fue ahí cuando sintió por primera vez que las cosas habían cambiado demasiado en el barco, tanto como para preocuparse. Cerró los ojos. Lo primero que se le vino a la mente fue la sonrisa sincera y sin preocupaciones de Sabo, aquel hombre misterioso que había conocido en Mattre y del que poco sabía, pero que tanto le había hecho cambiar de parecer. Se sintió extraña al pensar en él, pero al mismo tiempo un poco reconfortada. Las carcajadas de Sora y Marisol se hacían cada vez más fuertes. Sonrió, alegrándose por su amigo cocinero.
─ ¡Rabí! ─ el grito eufórico de Umi hizo que diera un pequeño salto. Sintió cuando su hermano pasó rápidamente junto a ella, haciendo una corriente de aire. ─ ¡Ayúdame! ¡Es enorme!
─ ¡Es súper gigante! ─ el médico también gritaba emocionado.
─ Umi, con cuidado ─ Gio hablaba con calma, viendo la escena desde arriba, subido al aparejo. Mitty se puso de pie y volteó para ver una escena casi cómica. Rabí y Umi forcejeando con un pez gigante, que comenzaba a arrastrar el barco hacia un lado.
─ ¡No me vas a ganar, pez! ─ vociferó, colocando ambos pies sobre la barandilla para así poder hacer mejor la fuerza. Rabí continuaba tirando. Las velas se hincharon, ayudándolos a hacer palanca y subir al pez.
Pero, la chancla de Umi se rompió, haciendo que trastabillara. Las velas se deshincharon, la caña salió volando, el pez escapó. La Capitana quedó en una posición un tanto incómoda, con una pierna hacia arriba, la otra hacia abajo, y la cabeza sobre la barandilla. El golpe estremeció el barco. Mitty y Gio se acercaron rápidamente.
─ ¿Estás bien? ─ preguntó Rabí, tomándola por los hombros para que pudiera reacomodarse. Y fue cuando notó que el golpe no había sido menor. Tenía una herida en la cabeza y sangraba. ─ ¡Umi! ¡Estás sangrando! ─ ella parecía anonadada. Estaba atontada por el golpe. Se dejó llevar por Rabí. Arrastraba los pies para caminar, pero lo hacía por sus propios medios.
Sora y Marisol salieron de la cocina alertados por el fuerte sonido del golpe de la cabeza de Umi sobre la barandilla y el sacudón que produjo que el barco parara de golpe. Tras ver el rostro de la capitana cubierto de sangre y la expresión de Rabí llevándola a rastras, dedujeron que se había golpeado.
─ ¿Está bien? ─ preguntó Marisol a Mitty, que la miró a los ojos.
─ No lo sé, parecía una herida bastante grande ─ la carpintera usaba un tono desinteresado. Después de todo, era Umi y confiaba en su hermano, así que no había de qué preocuparse.
Sora corrió a la enfermería, pero Rabí no lo dejó pasar, insistiendo en que fuera con los demás y esperara en otro sitio.
Después de media hora, el médico salió de la enfermería y cerró la puerta. Cuatro pares de ojos lo observaban expectantes.
─ Está bien, tuve que suturar la herida ─ levantó los hombros. ─ No aprenderá más ─ suspiró sonoramente. ─ Seguramente quedará una cicatriz
En lo alto de la torre vigía, Ryu había visto todo y escuchado lo que acababa de decir Rabí.
─ Idiota ─ murmuró.
