BUENAS MADRUGADAS, DEJO OTRO CAPÍTULO.

ESPERO NO LLOREN CON ÉSTE.


Rachel

El estreno de Casa de Muñecas había sido todo un éxito. Durante la humilde fiesta que prosiguió a la función me encontré arropada por las felicitaciones de mi familia, amigos y de un sinfín de vecinos de Montegris que, aunque eran unos completos desconocidos para mí, se acercaban para expresar su admiración por mi interpretación. Parecía increíble que no sólo hubiera conseguido superar mi pánico escénico, sino que encima el público considerara que había hecho un gran trabajo. Después de tantos momentos de inseguridad a lo largo de mi vida resultaba delicioso comprobar que era capaz de entretener y emocionar a los demás. Lo cierto es que no fui la única en recibir cumplidos; todos mis compañeros habían hecho un trabajo fabuloso. Gracias al esfuerzo en común habíamos logrado sacar aquel proyecto adelante. Era muy bonito formar parte de aquel triunfo colectivo. Ignacio estaba exultante. Se sentía orgullosísimo de todos nosotros, y nosotros de él, ya que sin su ayuda jamás habríamos conseguido montar todo aquel fabuloso tinglado. A todos se nos saltaron las lágrimas cuando, el equipo al completo, salimos al escenario para recibir los intensos aplausos del público. Nunca imaginé que recibir una ovación tan efusiva pudiera emocionar de esa forma, pero lo cierto es que lo que los artistas siempre describen como "el calor del público" pone los pelos de punta.

He de admitir que, a pesar de la felicidad que sentí aquella noche, una cierta sensación de vacío me acompañaba mientras charlaba con todo aquél que se me acercaba. La felicitación que más me habría gustado recibir, la mirada de satisfacción que más anhelaba contemplar, la voz que más ansiaba escuchar y el cálido abrazo que más necesitaba recibir, no se materializaron por mucho que los esperara hasta el último segundo antes de dormirme. Ella no me había visto actuar. Después de haber sido la persona que más me había animado a emprender aquella aventura, Quinn no había acudido al estreno. Mientras yo había dejado que Nora respirara a través de mis pulmones, ella debía de estar sufriendo a solas, esperando el temido desenlace que se avecinaba. ¿Por qué la vida se empeñaba en volver a abrir una herida que todavía no había cicatrizado?

Apenas dormí esa noche, sacudida simultáneamente por miles de emociones: satisfacción, alegría, anhelo, tristeza, miedo… En mi vida estaban sucediendo tantas cosas al mismo tiempo que me sentía de mil y una formas distintas a la vez.

Ignacio me había prometido una copia de la grabación que se había hecho la noche del estreno. Al día siguiente, antes de dirigirme a Madrid, pasé primero por su casa a recoger el DVD. En cuanto lo tuve en mi poder, conduje impaciente hacia casa de Ángela. Me moría por mostrarle el resultado de tantos días de ensayos y preparativos. Estaba convencida de que ella disfrutaría enormemente con la inteligente y visionaria trama de Ibsen. Se trataba de una mujer atípica para su generación; apreciaría sin dudarlo la mordaz crítica de la sociedad que había dibujado el dramaturgo noruego. Ansiaba pasar el día con ella, discutiendo sobre los matices de aquella obra. Sólo esperaba que se encontrase con la suficiente fuerza para poder disfrutar de mi compañía.

Tardé en encontrar un sitio donde aparcar mi coche. Cuando conseguí embutirlo en un diminuto espacio que había dejado libre un pequeño utilitario, me encaminé nerviosa hasta el edificio en el que se encontraba su fabuloso piso. Con la copia de DVD en mis manos, subí a pie las escaleras. El ascensor parecía estar siendo utilizado y no quería esperar ni un segundo más para verla. Mientras ascendía los escalones, con la respiración cada vez más acelerada por el cansancio, caí en la cuenta de que quizá Quinn se encontrara con ella. En mi frenesí por ir a visitarla, no me había molestado en preguntar si Quinn estaría en casa. A pesar de los nervios que me asaltaron al pensar en aquella posibilidad, ya no iba a dar marcha atrás. El deseo de pasar el día con Ángela era mayor que mi temor a encontrarme con Quinn. Quizás incluso, en el fondo de mi corazón, deseaba tener por fin cara a cara a la ladrona de mis sueños. Llevaba semanas preguntándome de día y de noche cómo se encontraría, qué expresión tendrían aquellos ojos de película que tanto echaba en falta.

Por fin llegué al séptimo y último piso. La puerta se encontraba entreabierta y unas voces presurosas provenían del interior. Una alarma se disparó dentro de mí. La puerta del ascensor estaba abierta, signo que evidenciaba que aquél que lo hubiera utilizado había salido de su interior con urgencia, olvidando por completo que otros vecinos necesitarían usarlo. De repente lo comprendí: en la esquina de la manzana había visto una ambulancia del Samur estacionada en segunda fila. ¿Cómo podía haber sido tan ingenua?... Aquel equipo médico de urgencia había venido a atender a Ángela.

¡Por Dios, no! ¡No podía haber llegado tarde! "Por favor Señor, concédeme unos últimos minutos con ella" supliqué en silencio, mientras me adentraba muerta de miedo en el gran recibidor.

El sonido de unas pisadas apresuradas y el chirriar de unas ruedas se acercaron por el pasillo. Al divisar la camilla (impulsada por los paramédicos) adentrarse como un rayo en la estancia donde yo me había quedado parada unos instantes, la caja de plástico donde traía la película se me cayó de las manos. Ángela, inconsciente, era transportada con gran rapidez hacia el ascensor que ellos habían dejado abierto. En medio de aquella conmoción me encontré con los cristalinos ojos de Quinn que seguían angustiados los pasos de los médicos del Samur. Al verme, se paró en seco. Su mirada pasó de la sorpresa al alivio en un microsegundo.

— ¡Rachel! —exclamó en un quejido.

— ¿Qué ha pasado?

—Ha tenido un ataque al corazón… —respondió al borde del llanto. Confundida y desorientada, parecía no poder salir del estado de shock—. Se la llevan al hospital.

—Voy contigo —anuncié sin dudarlo.

Cogí su mano y tiré de ella con decisión. Bajamos las escaleras a zancadas.

Cuando llegamos al portal corrimos hacia la ambulancia, donde los médicos ya subían la camilla.

—Tengo que ir con ella —les avisó Quinn.

—Es mejor que no… —comenzó a decir el conductor, pero Quinn lo interrumpió.

—No me lo pueden negar, si le pasa algo antes de llegar, yo… —Su profunda voz se quebró, pero la infinita angustia que asomó a su rostro convenció a aquel hombre, que con un gesto de su cabeza nos indicó que subiéramos a la ambulancia.

Mientras dos de ellos se sentaban en la cabina de aquella UVI móvil, el tercero permaneció junto a ella, monitorizando los latidos de su corazón que, aunque muy débiles, todavía se registraban en el pequeño monitor portátil al que la habían conectado. El vehículo comenzó a moverse con las sirenas pitando a nuestro alrededor, circulando sin detenerse por las complicadas calles de Madrid. Quinn cogía con firmeza la mano de su abuela, mientras el bamboleo de la ambulancia nos agitaba a todos. Al ver el sufrimiento en su rostro no pude evitarlo: tomé su otra mano entre las mías. Su reacción no se hizo esperar, se aferró a ellas devolviéndome el apretón. Había esperado su contacto durante mucho tiempo, pero no me había imaginado que fuese a producirse en una situación tan desesperada. Di gracias a Dios por haber llegado en el momento justo, para así poder servirle de apoyo en un trayecto tan agónico hacia el hospital.

Cuando la ambulancia se detuvo en seco frente a la entrada de urgencias, un ejército de médicos abrió las puertas traseras de la misma y sacaron la camilla a la velocidad de la luz, obligándonos a separarnos de ella. Nos dejaron allí de pie, cogidas en silencio de la mano.

Aturdidas e incrédulas, observamos cómo la camilla que empujaba aquel remolino de batas verdes desaparecía tras las puertas que anunciaban con grandes letras: SÓLO PERSONAL AUTORIZADO. En apenas unos segundos, Ángela había desaparecido al final de aquel espeluznante pasillo. El magullado suelo de cerámica, repleto de rayas de goma marcadas por las apresuradas carreras de camillas, reflejaba la fría luz que desprendía la larga fila de fluorescentes del techo.

Una enfermera se aproximó a nosotras, sacándonos del estado catatónico en el que ambas nos habíamos sumido. Amablemente, nos condujo a una enorme sala de espera, donde otras personas aguardaban desesperados noticias de sus seres queridos. Tomamos asiento sin ser todavía conscientes de lo que hacíamos allí. Quinn, silenciosa y ausente, fijó su mirada en un monitor de plasma que mostraba un canal de noticias veinticuatro horas. Quería consolarle, asegurarle que a su abuela no le iba a pasar nada malo, pero no supe cómo decir algo que ni yo misma creía.

—Voy a por un café. ¿Quieres algo de beber? —pregunté al fin. Fue la única excusa que hallé para romper nuestro silencio.

—No, gracias… —respondió, regresando lentamente a la realidad—. No quiero tomar nada, pero te acompaño a la máquina.

Avanzamos con pasos perdidos hacia el extremo opuesto de la gran sala, donde se agrupaban varias máquinas de bebidas y snacks.

El auténtico café espresso…

Aquella frase, escrita en la máquina de bebidas calientes, me hizo sonreír. En medio de aquella desesperante tensión agradecí el recuerdo. Miré a Quinn por el rabillo del ojo.

Un atisbo de sonrisa asomó a su rostro, lo que me indicó que ella también recordaba en ese instante el día que nos conocimos en la estación de Montegris.

—Sigo opinando lo mismo… —comenté—. ¡Es toda una desfachatez que presuman de esa mierda de brebaje!

Una suave carcajada brotó de su boca. Me alegré de haberle distraído con mi comentario, aunque fuera por unos segundos.

—Esta vez me encargo yo —anunció, sacando unas monedas de su pantalón—. Nunca te he devuelto la invitación…

—Es que, gracias a Dios, no acostumbramos a plantarnos a menudo delante de estas pretenciosas máquinas —bromeé, en un intento de seguir distrayéndole del motivo que nos obligaba a recurrir a aquella mierda de café.

—Y, pensándolo mejor, creo que esta vez también voy a acompañarte —añadió.

Con los vasos de plástico en la mano, abandonamos la sala de espera y nos acercamos al mostrador de urgencias. Quinn preguntó por Ángela y la enfermera le confirmó que no tenía noticias aún, lo que, según ella, era esperanzador puesto que de haber ocurrido lo peor ya se lo habrían notificado. Añadió que seguramente habían conseguido estabilizar su corazón y que lo más probable es que le estuvieran realizando una serie de pruebas. Prometió avisarnos de cualquier novedad que le proporcionaran los médicos. Le informamos de que estaríamos fuera. Ambas necesitábamos un cigarro con urgencia. Los nervios nos consumían y la nicotina sería una ayuda para calmarnos. Una vez más, nos encontrábamos junto a unas puertas automáticas de cristal. Y bebíamos aquel espantoso café junto a un alto cenicero de metal. La gran diferencia radicaba en que ya no éramos las completas desconocidas de hacía casi un año.

—Gracias… —susurró, tras dar la primera calada a su cigarro.

—No hay nada que agradecer. Tan sólo he llegado en el momento adecuado.

—Entonces gracias por ser tan oportuna. No sé qué habría hecho si no hubieras estado conmigo en esa horrible ambulancia…

—No lo pienses. Estoy aquí y no me voy a marchar. Esperaremos juntas a que nos digan algo y luego pasaremos a regañarla por habernos dado semejante susto —dije, esforzándome por restarle dramatismo a todo aquello.

— ¿Cómo es que has venido a verla? —preguntó—. ¿No tienes función esta tarde?

—Sí, pero no es hasta las ocho. Antes de ayer le prometí traerle una copia de la grabación puesto que no podía venir al estreno —le expliqué—. Ojala pueda llegar a verla…

—Tranquila, yo ya le he contado que estuviste fabulosa —observó, dejándome perpleja

— ¿Cómo lo sabes?... —titubeé.

No podía saberlo; ella no me había visto sobre el escenario.

—Rachel, estuve allí. ¿Tanto dudas de mí como para pensar que no iba a ir a verte en tu gran día?—El transparente reflejo de sus ojos me atravesó el corazón, despertando esa inverosímil sensación que tanto había echado de menos—. No podía perderme tu actuación, no después de todo lo que ha supuesto para ti. Y permíteme que te diga que creo que has superado con creces tu miedo escénico.

—Gracias por estar ahí… —murmuré.

—De nada, fue un placer —respondió con una media sonrisa, y el brillo de sus ojos se intensificó.

—Nada más salir al escenario creí que iba a ser incapaz de hacerlo —le confesé, todavía sorprendida porque ella se hubiese sentado en aquel patio de butacas—. Cuando me percaté de la cantidad de gente que había en aquel gran salón de actos, sentí que la voz no iba a querer salir de mi garganta. Fue aterrador. Sin embargo, cerré los ojos unos segundos antes de que los focos se encendieran y recordé tu consejo: estaba allí porque adoro esa obra de teatro y porque durante estos meses Nora ha llegado a ser mi mejor aliada. De repente el miedo se esfumó, los focos nos iluminaron y dejé de ser yo misma. Sin darme cuenta ella se apoderó de mí y no me abandonó hasta el final.

—Rachel…, fue increíble, mágico. No pude apartar la vista de ti durante toda la función —dijo embriagada—. Eras tú, quiero decir, eran tu cuerpo y tu voz, pero de pronto me di cuenta de que no te veía a ti, sino a ella… Es difícil describirlo, conseguiste que olvidara que tú eras tú. No sé si me entiendes o suena fatal.

—No, es el mejor piropo que me podías decir, porque durante la actuación yo ya no era yo.

—Felicidades. Creo que, afortunadamente para todos los que estábamos allí, has descubierto un talento que se encontraba dormido dentro de ti.

Gracias a aquella conversación ambas habíamos logrado olvidar dónde estábamos y, lo más importante, por qué nos encontrábamos allí fumando.

—Creo que yo también tengo que felicitarte —insinué.

—No. Creo que más bien tienes mucho que reprocharme —me corrigió, esbozando una amarga mueca.

—Quinn, no es momento de reproches. Ambas hemos cometido errores. Lo importante es que, a pesar de las dificultades, estás actuando con coraje. Ángela me ha contado lo de los exámenes y lo de esas reuniones de ex-adictos.

—Rachel, no cantes victoria —dijo con cierto cinismo—. No tengo ni idea de cómo voy a reaccionar cuando ella se vaya. Y, por si no te has dado cuenta, estamos a las puertas de un hospital.

—No estás sola, ni lo estarás —le aseguré.

—Lo que ocurre es que no sé cómo voy a enfrentarme de nuevo a algo así —me confesó. Sus ojos adquirieron una sombría expresión—. Con lo de mis padres casi me dejo morir…

— ¡Tienes mucho por lo que luchar! —exclamé, furiosa ante su derrotismo—. Además, ya no eres huérfana, hay alguien que está deseando que le des una oportunidad.

Su semblante cambió de súbito, tensando los músculos de su anguloso rostro. Acababa de echar sal en la herida y, a juzgar por su expresión, le escocía demasiado como para permitir que siguiera tratando de curarle.

— ¡Ni se te ocurra mencionarle! —gritó—. No me recuerdes la forma en que me has traicionado, por favor.

Como cabía esperar, el espejismo de normalidad se había esfumado. Protegidas por la preocupación y la incertidumbre de aquella espera a tener noticias sobre Ángela, habíamos sido capaces de actuar como si nada hubiera ocurrido. No obstante, en cuanto la conversación nos había llevado al motivo de nuestro distanciamiento, aquella especie de armisticio en nuestra particular y dolorosa guerra se había terminado.

La voz de la enfermera, instándonos a que entráramos, nos salvó de seguir discutiendo. Uno de los médicos que había atendido a Ángela nos esperaba junto al mostrador para informarnos sobre su estado.

—Doctor, ¿cómo está mi abuela? —se apresuró a preguntar Quinn con voz temblorosa.

—Está estable, y consciente —respondió aquel médico de mediana edad. Su semblante, muy serio, indicaba que lo que tenía que añadir no iba a ser muy alentador—. Pero he de avisarles que no hay nada que podamos hacer por ella. En cualquier momento su débil corazón volverá a fallar, y nos ha pedido que no intervengamos cuando suceda.

— ¡No pueden dejarla morir! —aulló Quinn.

—Entiendo su desesperación, créame. No obstante, si un paciente terminal decide que no intervengamos, nosotros no podemos oponernos. Estaríamos alargando su sufrimiento en contra de su voluntad.

Aquel médico hablaba en un tono tan calmado y condescendiente que revelaba que se había enfrentado a ese dilema en numerosas ocasiones. Puso una de sus manos sobre el hombro de Quinn antes de continuar hablando.

—Lo siento mucho.

— ¿Podríamos verla? —musitó Quinn en apenas un hilo de voz.

—Sí, por supuesto. Me ha pedido que les lleve junto a ella.

Ambas le seguimos, atravesando el largo pasillo hasta llegar a aquellas enormes puertas batientes que momentos atrás nos habían separado de ella. Caminamos entre un incesante ir y venir de médicos y enfermeras hacia el cubículo donde Ángela descansaba, situado en un rincón de aquella zona de la sección de cuidados intensivos. El médico nos dejó a solas con ella.

Quinn se aproximó impaciente a su lado. Cogió su mano y la besó en la frente con gran delicadeza. Yo permanecí inmóvil en un segundo plano, no quería entrometerme.

—Ya estoy aquí… —le susurró su nieta, aliviada por estar junto a ella de nuevo.

—Siento haberlas asustado —se disculpó, en un murmullo casi inaudible.

Con un leve gesto, Ángela me indicó que me acercara. Me situé al otro lado de la cama y cogí su otra mano. Allí estábamos las tres, unidas de nuevo.

—Hola, pequeña… —me saludó, esforzándose por sonreír—. Ya me ha dicho Quinn que… —se detuvo para tomar aire. Dolía ver cómo pronunciar una simple frase era todo un reto para ella —, que la obra fue todo un éxito.

—Todo salió muy bien —asentí, obligando a mis ojos a que permanecieran secos.

—No sabes lo mucho que me habría gustado poder ir…

—Ignacio y yo nos acordamos mucho de ti —le aseguré—. Y él lo grabó todo para que puedas verlo.

El cuerpo de Quinn se tensó de inmediato al escuchar el nombre de su padre. No quise mirarle; sabía que sus ojos me estarían acusando.

— ¡Qué pena! —suspiró ella. Ya casi no tenía voz—. No creo que pueda llegar a verlo…

— ¡Shhh!…, no hables, tienes que descansar —le ordenó su nieta.

—Quinn… —respondió, tan testaruda como siempre, mientras su voz apenas se distinguía entre los rítmicos pitidos de los monitores que nos rodeaban—, tienes que dejarme ir… No quiero descansar, lo que necesito es asegurarme de decirte…, de decirte algo muy importante antes de irme para siempre.

—Abuela, por favor, no sigas hablando. No te precipites, quizá te repongas y…

Aquella escena era desoladora. Quinn no quería afrontar que se nos iba, y ella se esforzaba por hacerle entender que no le quedaba más tiempo. Yo, con el corazón encogido, ya había comprendido que aquello era una despedida.

—Quinn… —volvió a insistir ella, haciendo un esfuerzo sobrehumano por continuar hablando—, tienes que prometerme algo…

—Lo que quieras… —sollozó ella, que por fin comprendía que aquello era un adiós.

—Prométeme que sabrás perdonar… Por favor, no dejes que el orgullo te impida ser feliz.

—Te prometo…, que lo intentaré… —accedió ella, con los ojos bañados en lágrimas.

—Sé que me equivoqué. Tardé demasiado en decirte la verdad —dijo arrepentida—. Pero no te equivoques tú también, dale una oportunidad a tu padre, por favor…

Su voz se apagaba lentamente y sus ojos iban perdiendo brillo.

— ¡Abuela, no me dejes!… ¡No estoy preparado! —gimió Quinn, aferrándose a ella, incapaz de dejarla marchar.

—Deja que vuelva junto a tu madre —suplicó ella—. Quiero volver a su lado… Juntas te protegeremos…

—Te quiero. Lo sabes, ¿verdad? —dijo Quinn sin aliento—. ¡Siento tanto todo lo que te he hecho sufrir!

—Yo también te quiero, mi niña —susurró ella, alargando su mano hasta la mejilla de Quinn. A continuación me miró—. Cuida de ella, por favor…

—Lo haré —respondí. Mis lágrimas ya no podían esconderse más.

Cerró los ojos. Sus párpados se posaron como las alas de una silenciosa mariposa y una indescriptible serenidad se apoderó de su pálido rostro.

Quinn no quería darse cuenta de que ella se había ido, y seguía acariciando su mano, esperando a que ella volviera a abrir los ojos. Ni el agudo y continuo pitido de la máquina, que indicaba que su corazón se había detenido, le convencía de lo sucedido. La observaba con ternura, aguardando a que ella despertase de su infinito sueño.

— ¡No, no por Dios!... ¡No!... ¡No te vayas, no me dejes!...

Consciente al fin de la realidad, se refugió en aquel cuerpo inerte, hundiendo su rostro en el pecho de su abuela. Entre angustiosos sollozos, le acarició el pelo y depositó un beso en su mejilla antes de apartarse de ella.

Yo aguardaba quieta y en silencio el momento en el que ella necesitara mi ayuda.

Quería que se despidiese de ella sin agobiarle. Cuando se giró y sus ojos enrojecidos me suplicaron un abrazo, avancé hasta ella y le acogí en mi pecho. Se aferró a mi cuerpo, rogándome entre sollozos que aliviara su agonía. En aquel momento, en el que compartíamos el dolor por la pérdida de Ángela, comprendí que el vínculo que nos unía iba mucho más allá que nuestra frustrada historia de amor. El destino se empeñaba en que siempre que una de nosotras lo necesitara, la otra estuviera allí para protegerle.

Ángela fue enterrada en el panteón familiar junto a su marido y a su adorada hija. Aquella tarde de junio el sol brillaba con todo su esplendor, lo que me confirmó que ella no se había esfumado, no había desaparecido sin más. El calor del astro rey acariciaba mi rostro y sabía que ella nos observaba.

Quinn ya no lloraba, no le quedaban lágrimas. Su mirada se había vuelto fría de nuevo, como cuando llegó a nuestra casa, y eso me preocupaba. A lo largo de toda la ceremonia permaneció inmóvil, con la mirada perdida entre las tumbas donde yacían sus seres más queridos.

Durante los primeros instantes tras el fallecimiento de Ángela se había aferrado a mí, pero llegado el momento de regresar a su casa, cuando mi madre apareció como una exhalación en el hospital, me apartó de su lado. Alegando que deseaba estar sola, no aceptó el ofrecimiento de venir con nosotras a la finca. Nos dejó absolutamente desconcertadas en el interior del coche de mi madre, mientras observábamos cómo se perdía en el interior del parque del Retiro. No le habíamos vuelto a ver hasta dos días más tarde, fecha en la que se celebraron el funeral y el entierro de nuestra amiga. Callada y ausente, se limitó a aceptar en silencio nuestro pésame cuando finalizó la misa en la iglesia.

Ignacio había acudido tanto a la iglesia como al cementerio, pero se había mantenido alejado de su hija. Se limitaron a intercambiar un distante y tenso cruce de miradas; ni siquiera en aquel momento Quinn quería buscar su ayuda. Parecía odiarle, y en cierta forma, era normal. Siempre había estado sola, creyendo ser una huérfana. No podía digerir de buenas a primeras que aquel individuo quizá pudiera llenar el vacío que habían dejado las tres personas que ella había reconocido como su familia. La genética podía decir misa, pero ella no sentía vínculo alguno con aquel hombre. Tan sólo el tiempo y la promesa de perdón que le había hecho a su abuela podrían propiciar un acercamiento entre ellos.

Cuando los enterradores terminaron de cubrir la tumba con la lápida de mármol, el cura rezó una última plegaria por el alma de Ángela y la ceremonia tocó a su fin. Todos los asistentes se fueron dispersando, dejando a Quinn a solas frente a aquel impresionante panteón.

Mi familia y mis amigos se alejaron hacia los coches. Les pedí que me dejaran unos minutos a solas con ella; necesitaba cerciorarme de que sabía que no estaba sola. Tenía la firme intención de cumplir la promesa que le había hecho a Ángela.

Me aproximé junto a ella. Su mirada fría como el hielo me asustó.

Miraba las tumbas impertérrita, sin pestañear, carente de expresión alguna en su bello rostro. ¿Acaso su alma se había ido con la de ella?

—Sé que no quieres compañía… —comencé a decir.

—No, no la quiero —respondió con una frialdad sobrecogedora.

—Y voy a respetar tu deseo, pero sólo por un tiempo —le avisé.

Se giró y sus ojos de hielo me atravesaron. Jamás había visto tal falta de emoción en una mirada.

—Quinn…, si no me dejas ayudarte, vas a terminar hundiéndote.

—Es mejor que me hunda yo sola a que te arrastre conmigo.

—No me arrastrarás. Tenemos mucha gente a la que aferrarnos.

—No se merecen tanto dolor... —observó, con un tono de voz escalofriante—. Es lo único que yo puedo ofrecer.

—Sabes que eso no es verdad —le contradije—. Eso es lo único que puedes ver ahora, pero ambas sabemos que dentro de ti hay mucho más. Yo lo he visto.

— ¿Y si ya no queda nada? —preguntó desesperada.

—Existe una forma de descubrirlo…

— ¿Cómo?

—Dejando que salga a la luz.

— ¿Qué luz?... ¿Acaso tú la ves? —masculló—, porque lo único que yo alcanzo a distinguir es un montón de niebla, por mucho que brille el sol.

Dicho esto, se alejó. No le seguí; sabía que en aquel momento no había nada que pudiera decir para hacerle cambiar de opinión. Debía dejarle su espacio, pasados unos días volvería a intentarlo.

Y así lo hice, tenía que respetar la distancia que ella había marcado. No quería agobiarle, le permitiría pasar a solas el duelo por su abuela hasta que me permitiera acercarme a ella.

Pero no resultó fácil, no lo fue en absoluto. Ahora que el curso universitario había tocado a su fin, que mis artículos para el periódico no serían necesarios hasta el próximo otoño, y que la semana durante la que representamos la obra también se había acabado, no tenía mucho con lo que ocupar mi tiempo. Por las mañanas salía a cabalgar y después pasaba un rato en la piscina, tomando el sol en la tumbona y dándome algún que otro chapuzón. Nuestra casa seguía demasiado vacía, y eso me recordaba constantemente que ella estaría pasando por aquel mal trago encerrada en aquel enorme piso de Madrid, enfrentándose a solas con todos sus recuerdos.

Nuestro pueblo, con la llegada del verano, se quedaba demasiado tranquilo. La mayoría de los estudiantes regresaba a sus ciudades natales y nuestra pequeña localidad se quedaba demasiado vacía y exenta de actividad. Así que, al disponer de tanto tiempo libre, todas las sensaciones que habían quedado camufladas tras el intenso ritmo que me había impuesto afloraron inevitablemente a la superficie. Me habían sucedido tantas cosas durante aquellos últimos meses, situaciones tan diversas e intensas, que en aquel momento sus consecuencias emocionales caían sobre mí con todo su peso. Había sido un año extraño; de triunfos y fracasos, de alegría y de dolor. Por un lado, había conseguido superar muchos de mis miedos, había aprendido a confiar en los demás, me había enfrentado a muchos de mis fantasmas y, sobre todo, había aprendido a amar. Por otro lado, en cambio, había experimentado el dolor de perder a un ser querido y el amargo sabor del desamor. ¿Cómo iba a enfrentarme de una sola vez a tantos sentimientos contradictorios?

Día tras día trataba de distraerme buscando diferentes posibilidades con las que ocupar mi exceso de tiempo libre. Pero fuese a donde fuese, en casa, en las calles de Montegris, en los pueblos cercanos, en el Monte de la Luna, había algún recuerdo acechándome. Una mirada cómplice de Quinn, un furtivo beso o una carcajada que flotaba en el viento.

Aquella tarde, tras llevar horas dándole vueltas a todo aquello, decidí dejar de esperar. Ella no iba a aparecer de repente por la finca. Habían pasado casi dos semanas y no había dado señales de vida; tendría que ser yo la que fuera en su busca. Además, conducir hasta Madrid se me antojó mucho más divertido y relajante que seguir esperando como una tonta a que algo sucediese. Abandoné la tumbona y subí a mi habitación en busca de unos shorts y una fina camiseta. Hacía mucho calor, y en Madrid sería aún peor.

Conduje por la autovía con la música inundando una vez más el interior de mi coche. Ya no quería más silencio a mí alrededor. Desde el día que la canción de Dido me había sacado de mi letargo, ya no permitía que mis días transcurrieran sin el consuelo que las canciones me brindaban. Necesitaba que ellas me recordaran que seguía viva, que aún podía vibrar, aunque fuese por culpa de la tristeza. Eso era mejor que estar anestesiada.

Cuando me adentré en la ciudad no fui directa hacia el piso del Retiro. Me dirigí sin pensar hacia el apartado y distinguido barrio en el que se encontraba la residencia donde había conocido a Ángela. Allí había surgido nuestra amistad, y quería ir por última vez.

Necesitaba despedirme de ella a mi manera. Aparqué frente al edificio y antes de entrar observé la fachada. Los inolvidables momentos vividos en el interior de aquellos viejos muros acudieron de golpe a mi mente, y por unos instantes pude ver la dulce mirada de aquella mujer que tanto había llegado a querer. No pude reprimir el deseo de adentrarme en la tranquilizadora atmósfera de aquella residencia.

Una vez en el recibidor, una de las enfermeras me reconoció al instante. Le pregunté si había problema en que pasara un momento al salón. Accedió sonriente y me dijo que me quedara todo el tiempo que fuera necesario. Impulsada por el deseo de sentirme cerca de Ángela, quien siempre me infundió valor y seguridad, avancé hasta la acogedora y luminosa estancia donde tantas veces había charlado allí con ella. Busqué cobijo en uno de los butacones orejeros de estilo inglés situados junto a los ventanales. Desde allí se podía contemplar el maravilloso jardín trasero de la residencia. Éste se hallaba en su momento álgido, con todos los árboles rebosantes de un vivísimo verde. Mecidos por una suave brisa, parecían danzar libremente entre los cuidados setos que se arremolinaban a sus pies. Los diferentes rincones, adornados con macizos de flores, proferían un toque de color a aquel secreto jardín urbano, resultando conmovedoramente bello. Los residentes disfrutaban de aquel mágico refugio, ajenos a la ajetreada vida que el resto de los mortales protagonizaban más allá de aquel lugar. Unos paseaban en parejas por el jardín a paso tranquilo, otros descansaban en los bancos bajo el sol de la tarde y los últimos, empujados por una enfermera, contemplaban la alegre escena desde su silla de ruedas.

Inconscientemente, busqué a Ángela con la mirada entre el variado grupo, pero no la hallé. Al que sí divisé, sentado bajo la sombra de uno de aquellos majestuosos árboles con un libro en su regazo, pero con la mirada perdida más allá de aquel jardín, fue al simpático anciano que le había cortejado hasta la saciedad. "Tú también te preguntas dónde está" pensé, observando su melancólica expresión. Ella se había marchado, y debíamos conformarnos con los recuerdos que aquella singular mujer nos había regalado. Cerré los ojos y evoqué su imagen en mi mente. La recordé, radiante y llena de vida, tal y como yo la había conocido unos meses atrás en aquel salón. Durante unos breves instantes la sentí junto a mí, tan cerca que casi podía tocarla. A su lado un rostro familiar me sonreía. Ella, Quinn y yo…, unidas de nuevo.

Abrí los ojos y salí de mi ensoñación. Todo había terminado. Ya no podríamos revivir aquellos momentos en los que Quinn y yo la visitábamos y pasábamos la tarde entera charlando. ¡Qué cortos se me hacían siempre esos agradables encuentros!... Pero Quinn ya no formaba parte de mi vida y Ángela no se encontraba allí para aconsejarme. La fría realidad me golpeó sin ningún miramiento y decidí abandonar aquel lugar.

Si quería enfrentarme a ello de una vez por todas, debía ser valiente y dirigirme al lugar donde su recuerdo estaba gravado en la piedra. Allí cumpliría mi promesa y hablaría directamente con ella. De camino al cementerio compré un precioso ramo de flores, no quería llegar con las manos vacías. Ella se merecía un toque de color.

Una vez ante su tumba, caí en la cuenta de que justo a su lado se encontraba la lápida de Judy. A ella no le había llevado nada, así que decidí dividir el enorme ramo en dos y, con sumo cuidado, deposité las flores sobre sus tumbas. Miré a mí alrededor. No había nadie por allí y la tranquilidad que me rodeaba me hizo sentir mejor. Los altos cipreses se recortaban contra el sol del atardecer y el canto de las golondrinas me recordó que yo no era la única criatura viva que pululaba por allí.

Me senté sobre la hierba y comencé a rezar. No elegí una oración en concreto, simplemente dejé que mis pensamientos se dirigieran hacia ellas. No quería comunicarme sólo con su abuela, sino también con su madre. Dondequiera que Ángela se encontrara, estaba convencida de que Judy estaba con ella. Así que les pedí a ambas que me ayudaran a acercarme a Quinn. Necesitaba que, de alguna forma, me transmitieran el coraje necesario para dirigirme al piso del Retiro; si ella no iba a venir a mí, tendría que armarme de valor para ser yo la que diera ese paso.

Llevaba un rato allí sentada, observando cómo la luz del sol se iba debilitando ante la llegada del crepúsculo, cuando escuché unos sigilosos pasos detrás de mí. La quietud que reinaba en aquel lugar hacía que mis oídos percibieran con claridad cualquier sonido, por más sutil que éste fuera. Me giré sobresaltada, no había visto una sola alma en el rato que llevaba en el cementerio, y ahora que se aproximaba el anochecer no esperaba ver aparecer a nadie.

Descubrí la alta figura de Quinn a unos pocos metros de donde yo estaba. No había caído en que existía la lógica posibilidad de que ella también necesitara acudir allí, y más a esas horas, cuando el calor ya no era tan sofocante y la suave luz del atardecer convertía el panteón en un lugar mucho más místico. Mis plegarias habían sido escuchadas: ellas lo habían traído hasta mí. Por muy lógico que me pareciera que ella visitara su tumba, no pude evitar sentir un escalofrío. La casualidad de que lo hiciera en ese preciso momento, llegando unos instantes antes de que yo fuera a marcharme, se me hizo extrañamente sospechosa, más aún cuando llevaba un rato rezando para que me ayudaran a acercarme a ella.

Me incorporé, quedándome de pie a medio metro de ella. A pesar de que estábamos en verano, su piel se encontraba muy pálida y sus cristalinos ojos destacaban sobre aquellas marcadas facciones. No daba muestras de haber dormido mucho y temí que sus ojeras fueran producto de algo más que del insomnio. ¿Habría vuelto a las andadas?...

Lo curioso era que, a pesar de su aspecto desaliñado, seguía cortándome la respiración. Quizá, al no verle tan a menudo como me hubiera gustado, su impresionante belleza volvía a cogerme por sorpresa. ¿Sería todo más fácil si no fuera tan condenadamente guapa? La respuesta era sencilla: no, porque la muy cabrona tenía un interior aún más bello y complicado de lo que saltaba a simple vista.

—Hola —me saludó con voz ronca.

—Hola —respondí.

— ¿Has traído tú esas flores? —preguntó, acercándose a las tumbas.

—Sí —musité, aún sorprendida por su presencia.

—Son preciosas…

—Como lo eran ellas —afirmé. No me cabía la menor duda de que su madre también había sido un ser excepcional.

—Sí, lo eran —declaró entristecida.

Me acerqué a su lado y le acaricié la mejilla. No me rechazó, pero tampoco me devolvió el gesto.

—Quinn, ¿cómo va todo? —susurré.

—Mal… No sé por dónde comenzar a reconstruir el puzzle —respondió derrotada.

—Sólo tienes que elegir una ficha, y después la siguiente. Poco a poco irán encajando entre sí.

—Rachel, ¿cómo voy a recomponerlo, si las partes más importantes ya no están? —me interrogó con un desolador quejido—. Por mucho que me esfuerce, nunca podré formar la imagen completa, ya no existe.

—Entonces, ¿por qué no creas una nueva imagen con las fichas que sí están en la caja?

—Es que, entre todas ellas, hay algunas que no encajan, y temo que éstas contaminen el dibujo final.

—Debes desechar esas partes que desdibujan tu futuro, es la única manera de que recobres tu vida. Sólo tú puedes terminar el puzzle.

—No me siento capaz…

—Déjame entonces que te ayude a darle forma —le ofrecí—. Además, no sé si has considerado la posibilidad de incluir en el conjunto a alguien que puede ayudarte a comprender mejor quién eres en realidad.

Por supuesto, me refería a Ignacio.

—No, no lo he considerado, ni quiero hacerlo —masculló—. Ya no soy una niña, no le necesito.

— ¿Ah no? —bufé, enfurecida por su testarudez—. Pues déjame recordarte que es tu padre, te guste o no. Y no estás en posición de rechazar al único miembro de tu familia que sigue con vida.

—Gracias por la información —me espetó dolida.

— ¿Por qué te cuesta tanto darle una oportunidad? —pregunté exasperada.

— ¡Porque detesto su cobardía!... Si tanto amaba a mi madre, ¿por qué se dejó manipular por mi abuelo? Y cuando ellos se fueron para siempre, ¿por qué no me vino a buscar?

—Porque es humano y tenía miedo a no saber ayudarte como te merecías —no pude evitar defender a Ignacio. Las preguntas de Quinn eran absolutamente legítimas; sin embargo, las respuestas no eran tan sencillas como ella creía.

—Pues yo también soy humano y ahora no quiero tenerle cerca, ¿entendido? No quiero volver a hablar de esto —declaró, dejándome muy claro que por ahora no habría forma humana de razonar con ella.

—Muy bien, no te acerques a tu padre si no quieres —me rendí—, pero deja que yo te ayude. Yo me sentaré contigo a montar ese puzzle que tanto te desconcierta.

—Rachel, eso no puede ser…

— ¿Por qué no?

—Porque tú eres una de esas fichas que no sé dónde colocar.

No sé cómo explicar el daño que me hizo escuchar eso. Si me hubiera abierto el pecho con un puñal y me hubiera arrancado el corazón de cuajo, me habría dolido menos que aquella declaración.

—Soy unas de las fichas que contaminan tu dibujo… —murmuré temblorosa, sintiendo cómo unas lágrimas asomaban a mis ojos.

—No, soy yo el que contamina el tuyo —me corrigió desgarrada—. Rachel, tienes todas las papeletas para ser feliz, y tienes que aprovecharlas. Yo sólo puedo arrastrarte hacia mi vacío. Por mucho que intentes sacarme a la superficie no sé si lo lograré, y no quiero que te arriesgues a caer conmigo. Ambas sabemos que caminas constantemente al borde del precipicio. Me niego a ser la razón por la que vuelvas a perder la ilusión de vivir.

— ¿No te das cuenta de que sin ti será aún peor? —bramé, negándome a aceptar la separación definitiva.

—No, no será peor. Te librarás de mi oscuridad.

—Aunque tuvieras razón y fueras dañina para mí, no puedo hacer lo que me pides… —insistí, moviendo mi cabeza—. Hice una promesa que debo cumplir.

—Soy yo la que no te permite que me ayudes así que, técnicamente, no estás faltando a tu palabra.

—Sí lo hago, y es muy cruel que me obligues a ello —declaré al tiempo que la primera lágrima resbalaba por mi mejilla.

—Rachel, no puedes salvarme…

—Si me dejaras intentarlo…

—No lo voy hacer —negó con rotundidad—. Quiero que disfrutes de tu verano, que seas feliz y que te olvides de mí.

— ¿Cómo puedes pedirme eso? —inquirí desgarrada—. ¿Es que acaso tú puedes olvidar todo lo que hemos vivido?

—No, no lo olvido. Siempre te estaré agradecida por todo el amor que me has dado. Pero no merezco que sigas malgastando tu tiempo conmigo, así que te dejo libre.

— ¡Tú no puedes decidir por mí! —grité enfurecida.

—Y tampoco tú por mí —rebatió—. Así que deja que yo me enfrente a mis demonios a mi manera.

—No me vas a dejar que te ayude… Ya lo has decidido, ¿verdad?

—Sí, y no hay nada que puedas hacer para disuadirme —respondió categórica.

Sus ojos confirmaban con dolorosa exactitud lo que me decía con palabras. No iba a permitir que permaneciera a su lado. Comprendí que no había nada más que decir para intentar hacerle cambiar de opinión. Observé mi muñeca izquierda. El brazalete de plata la rodeaba, no me lo había quitado ni para dormir. Si ella había decidido romper nuestro vínculo, ya no tenía sentido seguir llevándolo conmigo. Me lo quité sin dudarlo.

—Toma… —se lo tendí entre lágrimas.

—Es tuyo, quédatelo —me suplicó—. Lo encargué para ti.

—No puedo quedármelo. Sería demasiado doloroso verlo a diario y recordar que ha perdido su significado —declaré, obligándole a cogerlo.

No soportaba más su rechazo, no podía permanecer ni un segundo más junto a ella. Tenía que alejarme de aquel cementerio, de lo contrario terminaría dejando mi alma junto con la de todos aquellos espíritus que nos rodeaban. Tendría que aprender a vivir sin la esperanza de recuperar lo que habíamos perdido. Hasta esa tarde, a pesar de todo lo sucedido, había albergado la ilusión de volver a estar junto a ella. Mientras corría hacia mi coche, me percaté de que la parte de mi piel que había estado cubierta por el brazalete se encontraba muy pálida. El contraste con el bronceado que lucía en el resto de mi cuerpo hacía parecer que seguía llevándolo. Qué ironía: al igual que yo, mi piel se había curtido, sin embargo aún quedaba una zona muy vulnerable a los rayos del sol. Tendría que quemarse primero, escociéndome, para poder permitir que esa parte de mí también cicatrizara y se volviera fuerte.

Pero, aunque la piel se bronceara: ¿alguna vez se borraría de mi corazón la huella de aquel brazalete?


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NOS LEEMOS PRONTO.