Todo lo que debe ir al inicio, la historia es mía, registró de propiedad en ya ni me acuerdo dónde SafeCreative, algunos de los personajes de S Mayer, los derechos sobre la obra. Mel y su extraordinaria paciencia para la historia y su inconstante escritora
EL FINAL EN EL CAMINO.
I could drag you from the ocean,
I could pull you from the fire
And when you're standing in the shadows
I could open up the sky
And I could give you my devotion
Until the end of time
And you will never be forgotten
With me by your side
And I don't need this life
I just need… somebody to die for
When I'm standing in the fire
I will look him in the eye
And I will let the devil know that
I was brave enough to die
And there's no hell that he can show me
That's deeper than my pride
Somebody to die for ―Hurts
―Doctor Scott, se solicita en Urgencias. Doctor Aiden Scott. Urgencias.
La mecánica voz del megáfono le imprimía impersonalidad a su llamado. Decía las frases de manera pausada, astuta y corta; cómo si pagara una enorme cantidad de energía por cada segundo que desperdiciaba en el llamado. Para él, que toda la vida había odiado los hospitales -detestaba su nauseabundo olor a cloro y muerte, el bullicio del trabajo y a los enfermos- la voz del megáfono sólo era una molestia que se repetía cada pocos minutos. Estaba rodeado por todos aquellos por quienes no se podía hacer nada y aquellos que podían hacer mucho pero se mantenían allí, sentados en una banca, leyendo el periódico, tomando un refrigerio o simplemente explorando sus bolsos en tanto esperaban por ser llamados al interior de un consultorio. Pero si había algo que odiara más que los ociosos de la sala de espera, esos eran los médicos. Los egocéntricos médicos. Los mal agradecidos médicos. Los nunca creyentes y siempre aburridos médicos. Irónicamente acabó unido con una de ellos.
Bella solía hablar de ese lugar como si la vida se le fuese en ello. Sus ojos brillaban y movía las manos tratando de ejemplificar lo que decía. Era casi un parque de diversiones personal. Ed no comprendía ni un atisbo de aquel singular gusto por una marea de gente, gritos y dolor. Podía recordar la añoranza que reflejaban sus pupilas cuando dejaba todo ello atrás, pero también estaba esa peculiar aura brillante y esperanzadora a su alrededor, se mostraba de la misma manera en que él solía idealizarla en privado, parecía alcanzar ese estado de nirvana terrenal. Era terrible para un Edward, sediento del mínimo atisbo de su atención, el perseguir un poco de ese interés de ella a un edificio.
Doctora Bella Cullen. Sin duda Isabella Cullen le sonaba mejor, pensó él.
Era un ser sumamente egoísta. Ya lo tenía plena y absolutamente dominado, no se juzgaba soberbio por ello. Bella era suya, y cualquier ser, estado, situación o lugar que la apartara de él, se convertía desde ese instante en su oponente. Uno muy personal.
Solía verla correr de la casa al hospital, cómo si en esté la esperara una vasija de monedas de oro, el final de un arcoiris o simplemente el secreto de toda la humanidad. Todo el tiempo que ella estuvo fuera, el tiempo que llevaba sin ir y venir en ese trayecto fascinante, le habían hecho extrañarla, incluida la extraña necesidad de su lugar favorito.
Ed tragó grueso, casi como si en ese momento hubiese caído en cuenta de cuán importante era el espacio para personas como su muy insensata esposa. Se levantó y camino con más frustración. ¿Cuánto llevaba allí dentro? Tres o cuatro horas. ¿Cuánto tiempo tardaba un niño en nacer? Apoyó su frente contra el muro. Tomó con fuerza su cabello y respiró de manera pausada. Estaba a punto de subirse a las paredes y, ¿si algo había salido mal? ¿Y, sí ella no había llegado a tiempo? ¿Y, si le pasaba algo al bebé… o a ella? ¿El daño en ella era irreversible? ¿Cuánto era el peligro que le acechaba?
Edward inundaba su mente de situaciones creadas en el subconsciente, llenándoles del temor de la guerra y la sangre de las imágenes en sus recuerdos. El horrible frío de su interior se expandió a cada poro de su piel, estaba helado de miedo, sobrepasado de angustia, Edward Cullen no sabía ni cómo se suponía que se tenía que sentir, no sabía qué pensar… mucho menos sabía qué hacer. Se encontraba perdido en la sala de espera del ala de urgencias del mayor complejo del ministerio de salud, aferrando a su silla y bebiendo el té frío de su mano.
Era una sala con el suficiente espacio para albergarlos a él y el vagabundo de la silla, después la gente comenzó a llegar y el espacio se agotó.
Por la mañana había tomado su automóvil y manejado a la casa de sus difuntos suegros. Sonriendo detrás del reluciente parabrisas pensaba en cómo sería volver a tocar el hinchado vientre de Isabella, evocaba su sonrisa sin razón aparente, su aura nueva y el delicioso olor que parecía regar a cada paso. Deseaba seguir discutiendo la infinita lista de posibles nombres con Ethan. Sonreía también por las locuras que ella le impulsaba a cometer, por el éxito de su vida nueva y la esperanza que le embargaba.
Por extraño que pareciera, disfrutó el tráfico de media tarde de Londres camino a casa. Unos minutos antes de llegar a ella, el teléfono en el altoparlante del auto interrumpió su paz.
«―Cullen —fue el automático saludo.
―Necesito que llegues lo antes posible al Kings ―la voz de Hase siempre tétrica fue un balde de agua. ―Supongo que… sólo llega Cullen, te explicaré todo en persona.
―Dime dónde.
―En urgencias, genio.
―¿Qué fue lo qué pasó?
—Tengo a Ethan en una sala. Necesito que llegues lo antes posible.»
Aaron no era nada bueno lidiando con la angustia de las personas, ni siquiera la de aquellas que le irritaban más que nada en el mundo. La llamada telefónica había sido un gesto a ella, y un, para nada planeado, movimiento de su parte. ¿Qué estaba haciendo? Debió aprovechar la ventaja mientras la tuvo, por otro lado… no deseaba ni un sólo problema más sobre la delicada tregua que mantenía con Isabella. Una tregua que se dibujaba casi inútil ante el fatídico panorama para la paciente que ingresaba a casi trescientos kilómetros.
―Quiero a un activo en la puerta de su habitación. ―Su orden no admitía titubeo—. Nadie entra y nadie sale si no lo indico yo.
»Swayers necesitamos una lista de todos aquellos que vayan a tener contacto con el testigo ―dijo refiriéndose a Ethan. Hase se aclaró la garganta y prosiguió—. Reduciremos al mínimo la cantidad de personal que entre en el aérea. Te quedarás aquí y recibirás el reporte médico, Emmett Swan y Edward Cullen están por llegar, mantenles al tanto.
―¿Qué haremos con el testigo número dos?
―¿A qué te refieres? —inquirió Aarón.
―Entró a su casa. No era la primera vez que allanaban el domicilio. Y aun cuando llegó junto al niño, no sabemos nada de algúna otra víctima.
—Swayers... —advirtió su jefe.
Swayers era un hombre de estatura promedio, con la complexión fornida de sus años como participante de lucha en la escuela secundaria. De piel oscura y ojos tan oscuros como el café de la mañana que preparaba para la oficina de asuntos internos del MI5.
―No sé tú, pero al menos yo no quiero lidiar con sorpresas. Necesitamos respuestas, y el Niño no aportará más información de la que ha rendido. Este caso se ha salido de nuestras manos, haremos control de daños… pero si no obtenemos por lo menos al testigo principal, Alexander Swan, y toda la agencia cerraran la oficina, Hase.
Por la mente del otro agente se colaban las imágenes de una mujer llena de terror en el rostro, con la piel más pálida que Anton Swayers hubiese visto, la nívea piel contrastaba con la oscuridad de su cabello y las marcadas ojeras de sus ojos. Aaron negó fervientemente y continuó.
—Ethan Swan estará custodiado por todo tu equipo. La búsqueda de Isabella Swan en toda la isla no fue tan larga como esperábamos, no sabemos que más pueda planear Victoria. En cuanto llegue Edward Cullen házmelo saber.
¿Qué se sabía de Isabella hasta el momento?
Tenían a disposición del departamento los recursos de toda la agencia, mucho más importante, los recursos del imperio Swan y Cullen. ¿Dónde buscar, dónde iniciar? ¿Cuánto había pasado desde que Victoria mantenía cautiva a Isabella? El analista de seguridad sabía por completo que el móvil que pondría en peligro a la familia Swan, se mantenía en la sala de urgencias de un hospital, pero, ¿qué otra cosa, además de dinero y su hijo, podría perseguir Victoria?
El departamento de policía había sido alertado por la tarde sobre un niño perdido a la mitad del parque Victoria, los infantes perdidos en el Reino Unido habían constituido incluso novelas, ¿qué le hacía diferente? Quizá que el infante en cuestión aclamaba su nombre como Ethan Swan, nieto del importante empresario Alexander Swan.
Había sido una terrible idea ir al otro lado de la ciudad sólo por un parque, Ethan lo sabía, lo supo desde el momento en que la huesuda mano de su tía le tomó la muñeca. El escalofrío que le recorrió por cada centímetro de su piel luego de verse solo y perdido a la mitad de la vegetación no se comparaba con nada que hubiese experimentado antes; se había obligado a mantener la calma, tal cómo Isabella, cómo su abuelo, cómo Edward. ¿Qué debía hacer? ¿A dónde debía correr? ¿A quién debería de pedir auxilio?
Treinta minutos después James regresó a su lado, el mutismo que se apoderó del hombre con quien solía intercambiar algunas palabras le tomó desprevenido, todo Ethan era una constante fuente de recelo y duda. No podía confiar en el hombre que había llevado a su hermana lejos de él.
«—¿Dónde está Isabella?
—Ven conmigo Ethan, te llevaré a un lugar seguro.
—¡Quiero ver a Isabella!»
Lo siguiente, al recobrar la consciencia, fue el ala de urgencias pediátricas del Kings Collage. ¿Qué hacía allí, cómo llegó? Therese, la enfermera a su cargo le tranquilizó tomando su mano. Conocía a Therese, el lugar le era familiar, sólo tenía que hablar, preguntar por su hermana, por Edward, por el tío Emmett; pero ningún sonido dejó su boca. Estaba mudo.
…
Aaron observó al viejo patriarca de la familia mientras soltaba datos incompletos a la enfermera al frente del triage. Negó firmemente, rodando los ojos, el hombre frente a él no era el imponente CEO que hacía temblar las finanzas del orbe, no era el abuelo feliz que adoraba la niñez de sus nietos, no era ni siquiera la sombra que se dedicaba a pasear entre el medio de Londres y Swannsea.
Se veía cansado, aturdido, perdido entre el montón de papeles a su alrededor, ¿fecha de nacimiento? ¿Estado civil? ¿Antecedentes patológicos? Alexander Swan giraba su calva cabeza a la puerta tras la que había desaparecido Isabella Swan. Su cabeza retumbaba, llenándose de imágenes repletas de la sangre de su nieta por todo el recibidor de la casa, del cuadro pictórico que había representado observar el cuerpo sin vida de la hija de Gabrielle, con su cabello de fuego y ojos vacíos. ¿Qué era todo eso? ¿Isabella había empuñado el arma contra ella, había sido capaz de matarla?
Su semana había sido pacífica, refugiado en su residencia cerca del risco más alto de Swannsea; había rechazado toda servidumbre, vivía sólo en más de veinte hectáreas a la redonda, todo ese tiempo se había dedicado a estudiar los periódicos y escribir una que otra cosa, tomaba puntualmente el té, y cada martes y viernes manejaba un par de horas al centro de la ciudad para hacerse de provisiones, más periódicos y entablar contacto humano. La rutina del día no se había visto perturbada hasta que manejó de vuelta a la mansión, una camioneta nueva se encontraba mal estacionada frente a la entrada lateral; desconcertado y receloso tomó el arma de su viejo Mercedes, respiró aceleradamente con cada paso que daba al interior del complejo. ¿Qué enemigo debía sortear? ¿Alguno de sus nietos se habría aventurado a entablar de nuevo cualquier tipo de contacto? No, ni pensarlo.
El impacto de encontrar a una sollozante Isabella a los pies de la gran escalera central le atravesó instantáneamente, soltó el arma y corrió a refugiarla bajo el ala paterna y protectora. Las manchas de sangre de su ropa, los ojos desorbitados y la piel blanca como papel, le pintaban tan desprotegida como aquellos años de destrucción sin tregua. Sollozaba pues no había más lágrimas en su interior, el dolor le había superado, era imposible dar un paso sin derrotarse y caer al suelo, sus pies no le sostenían, su cabeza retumbaba, se sabía incapaz de continuar.
Lo siguiente que Isabella supo se dibujaba borroso entre la niebla de la inconciencia y la desesperación. Parecía que el tiempo corría en círculos, repitiéndose predecible. El abuelo llamándola entre la bruma, el dolor lacerante de su espalda y vientre, las luces que le obligaban a cerrar los ojos con más fuerza, la preocupación por su hijo, Ethan, y Edward.
Alexander Swann llamó a Aron fuerte y claro a través de la pequeña sala de recepción.
—¿Qué posibilidad hay de trasladar a Isabella a Londres?
—Deberíamos esperar el reporte médico —tanteó el agente. —Ha llegado bastante inestable, la pérdida de sangre parece…
—Creo que no me he dado a entender —le interrumpió el abuelo de Isabella —me refiero a que tengo una ambulancia aérea lista para trasladar a mi nieta al mejor hospital de todo Inglaterra, quiero saber si es necesario que su agencia nos acompañe, o puedo disponer de la salud de Isabella desde este momento.
El agente Hase sabía que la gota en la frente del anciano no era de balde, parecía estar batallando contra el hospital general de la pequeña ciudad, con una agencia de ambulancias aéreas y con la misma enfermera que continuaba requiriendo datos que claramente no sabía.
―Y, ¿qué haremos con Victoria? ―dijo Veltob, su segundo al mando.
Aaron observó el rostro lívido de su agente, era un hombre de mediana estatura, tez trigueña, algo rechoncho, con cejas espesas y una nariz prominente. Veltob sostenía una camilla con las manos, en ella reposaba el cuerpo de la pelirroja cubierto por una sabana. Veltob era un miembro activo del departamento, ex compañero de Aaron y un neófito en el qué hacer con los cuerpos sin vida de testigos importantes del ministerio oculto de seguridad nacional.
―Está muerta. No hay necesidad de estudiarla, ni de preservar el cadáver. Esperemos a que terminen los tramites, quizá Alexander Swan reclame algún derecho sobre él.
―Eso son patrañas. ¿Cómo podría hacer algo así? Su nieta…
―No retes al diablo, Anton. Sólo… pregunta dónde está patología, allí permanecerá hasta entonces.
Aaron continuó el camino al interior de la sala cuando el pensamiento de Edward Cullen se coló de nuevo en su mente. En el acto tomó su móvil y llamó a su agente en Londres.
―Swayers… el esposo ―Aaron dudó un momento mientras socavaba la idea. A la mierda Isabella y su tregua, lo haría. ―Hasta este momento existe una petición de divorcio de parte del testigo, dejaremos fuera de esto a Edward Cullen. Trasladaremos al Isabella Swann al Kings Hospital en treinta minutos, sólo arreglaré el papeleo. -Swayers asintió al otro lado de la línea, perplejo por la frialdad con la que hablaba el que creía amigo de la testigo –Nadie entra, nadie sale, ¿entendido?
―Por supuesto.
Después del pequeño incidente hacía dos meses, de nuevo estaba allí. La vez anterior había sido el descuido de un frenético Ethan que corría en el parque Hyde, asegurando ser perseguido por un extraño, el que los había hecho venir al hospital. Dos puntos después en la frente del niño estaban en casa. Deseaba con toda la fuerza de la que era capaz salir con la misma rapidez que la vez anterior.
Edward continuó petrificado sobre el asiento de la sala de espera. No era ni confortable ni duro, sólo era un sillón de color verde que se encontraba lo suficientemente cerca de la máquina de autoservicio, a la cual él ya había saboteado desde el inicio.
Ella estaba dentro por su culpa. Estaba dentro por ser una maldita necia que se creía la salvadora del maldito mundo y no se daba cuenta que no tenía la mínima opción de manipular más allá de su inquieta vida.
Isabella era testaruda, y por dios que si el pequeño mono nuevo salía igual a ella, en definitiva, se replantearía no tener más hijos. Jamás en la vida. Edward esfumó una ligera sonrisa al mantener el cálido recuerdo en su interior. Su bebé y ella.
Esa era otra parte de la balanza: el complejo madre-hijo. La había escuchado todo ese tiempo hablar sobre ellos dos como si fueran uno. El bebé y yo. Nosotros. Era una pequeña burbuja a la cual le estaba permitido entrar en únicamente determinadas situaciones. Por todo lo demás, sólo estaban ellos, cual únicos miembros del selecto club.
La amaba por eso. La amaba aún más por su hijo. ¿Qué haría uno sin el otro?
Tenía un miedo atroz respecto a ello, ni siquiera podía llega a imaginarlo. Uno u el otro. No podía dividirlos y tomar el que tuviera mejores probabilidades. Eran una maldita moneda, no podía llevarse la cara y dejar la cruz.
"Las oportunidades de su esposa se verán mermadas por la cantidad de tiempo que se ha expuesto a la perdida sanguínea. Por ahora, por lo que conocemos del caso, el feto se encuentra estable… Sin embargo no es posible garantizar este estado. Señor Cullen debe tener en cuenta que es posible que se le pida elegir sobre quién volcaremos la atención en el momento de una emergencia. ¿El bebé o ella?"
Isabella no le permitiría, lo odiaría, si tomara su inclinación por ella. De algún modo sonaba lógico hacerlo. Era Bella, el pequeño motor dentro de su pecho, con la que podría seguir, Isabella que si se iba se sentía perdido a la mitad de un desierto. Bella con la que podría tener más hijos. Era su Bella, la extensión de su cuerpo.
Por el otro lado, el bebé. Un milagro en pequeño, lo habían hecho juntos. Algo de ella y él, un regalo. ¿Cómo lo dejaría, si solo pensar en ello hacía que quisiera vomitar? Cuando llegó el papel dentro del sobre que confirmaba la existencia de un nuevo integrante había sentido un vuelco enorme dentro de él. ¿Cómo no proteger algo tan pequeño y delicado, alguien tan desprotegido?
No había sido lo mismo que con la bebé de Kate, por más que la quisiera, por mucho que hubiese sido hija de la mujer que le dio paz por más de cinco años. No había sentido la emoción de ver el resultado. No sentía la necesidad irremediable de apartarla de la línea de fuego, no la piel ardiente y deseosa de asegurar su existencia, no ésta terrible sensación de incertidumbre a cada segundo.
Isabella se había ido, el crecimiento pausado de su cuerpo había sido un misterio. Cuando ella se marcho podía abrazarla con uno solo de su brazos. Era tan fina que temía aplastarla con su cuerpo cuando le poseía. Al volver, lo primero que podía notar era el enorme balón dentro de ella. ¡Era el doble de grade… probablemente el triple de su yo normal! El sentir la vida creciendo dentro de ella había sido una experiencia reveladora para ambos, le miraba agradecida, triunfante, expectante, radiante… Isabella se sentía asombrosa con su nueva cualidad de dotadora de vida.
Sí, quizá, lo que más temía era el cómo reaccionaría ella. ¿Cómo afrontaría el futuro inminente? Después de lo que había pasado en su vida, si el bebé no estaba, sabía perfectamente que ella cargaría con toda la responsabilidad. Se sentiría la asesina de un no nato. Pero carajo que no podía decir no a eso; no podía culparla, pero tampoco podía restarle la testaruda irresponsabilidad de librarse de la custodia, de rebelarse contra el cerco de protección que Edward felizmente hubiese montado a su alrededor.
¿Cómo era que estaba atravesando tan intrincada situación? Ethan en una ala, Isabella en un helicóptero camino a Londres y él, él a la mitad de una sala semivacía y espeluznante.
¡Había salido a buscar a Victoria! ¡Se había expuesto a ella, casi con un letrero de neón sobre su cabeza! ¿Qué diablos le ocurría a su mujer? No sabía que era lo que había pasado durante esas horas junto a una Victoria escondida en la vieja casona abandonada, pero… y estaba más que seguro que su esposa no había dado un paso atrás en ningún momento, aun cuando eso le hubiese comprado tiempo, por mucho que eso significara la protección de su hijo, o ella misma. Bella aún conservaba ese maldito impulso suicida. Edward quería matarla por ello.
La marabunta de sentimientos dentro de su pecho comenzaba a entremezclarse. Furia y miedo, orgullo e inclemencia, amor y odio. La desesperación de encontrarse sin opciones le estaba consumiento, ¿qué hacía culpando a Isabella, o a Victoria, o a él mismo por volverse permisivo? ¿Qué esperaba ganar? Nada, absolutamente nada más que gastar tanto tiempo como fuera necesario hasta verla a salvo a su lado.
Él no la había encontrado, había sido Hase quien llamó de manera sorpresiva y le pidió encontrarlo en el maldito hospital.
No se detuvo a nada. De su tranquila tarde en el tráfico pasó a conducir como el mayor loco que se había visto en años. Se había saltado todas las reglas de manejo con tal de llegar primero, era posible que algunos accidentes hubiesen ocurrido tras su paso. No importaba, ya pagaría las multas, ya pagaría todo lo tuviese que pagar. Sortear los cercos de seguridad a menores en protección del estado era sin duda más burocrático y tardado que efectivo, pero y al final de toda la travesía entre papeleo, un Emmett sumamente alterado y la voz firme de la falsa abogada y excelente actriz Rosalie Hale, Edward había llegado hasta Ethan quien en cuánto lo tuvo cerca se refugió bajo su abrigo. Ed tuvo dos segundos de tranquilidad antes de volver a la terrible incertidumbre de no conocer el paradero de su hijo y esposa.
El heliopuerto de trauma del Kings se encontraba a la mitad del estacionamiento frente al departamento de urgencias, el hospital era un enorme y bien diseñado complejo que permitía a casi cualquier modo de transporte colocarse estratégicamente a unos metros de la sala de choque.
La ambulancia aérea había llegado con su ruidoso y alterante sonido. Edward observó a dos hombres abrir rápidamente las puertas y bajar una camilla cubierta en mantas que parecían hechas de metal, Alexander Swan y Hase desendieron detrás de ella. Observó el intercambio instantáneo de información en código entre los doctores y el personal de la ambulancia, las venoclísis con sus respectivas soluciones cambiaron de mano, la mascarilla de oxígeno jamás dejó el níveo rostro de Isabela, ¿eran paquetes sanguíneos los que colgaban a su lado?
Alexander tomó su brazo y le guió detrás de la camilla donde completamente dormida, casi pacífica, yacía su familia. Tenía sangre en toda la cara, sus labios estaban entreabiertos, y su cabello era un enorme desastre. Desesperado por tocarla se abalanzó sobre ella antes de que el brazo de Aaron se interpusiera. Lo había visto enfurecido antes de ser apartado, sin importarle Edward se abalanzó tras Bella.
Incapaz de tocar aquél ente que parecía ser su esposa, Edward aportó la mirada, escuchó el abrir de las puertas, develando un infierno que no sabía cómo iba a pasar.
Después, todo pasó a ritmo desenfrenado. Cruzaron la puerta de vidrio y a él no lo dejaron pasar más allá. Aaron en cambio, se había colado con los paramédicos aún sin pedir nada, dando órdenes al hombrecillo detrás de él. Luego una segunda camilla descendió, esta vez sin el pitido tras ella, ni el barullo de gente aglomerándose, tan sólo una sola enfermera que se esforzaba por cubrir el cuerpo con las sabanas. Por un minuto Edward dudó de la persona anterior. ¿Era posible que la adrenalina le hiciera confundir a Isabella? No, imposible… Aaron Hase no se comportaría de tal manera si la primera no fuera su esposa.
Finalmente, allí esta él, parado a varios metros del impulso que mantenía su corazón en marcha. De pié en el frente de un panel de cristal, a punto de sentir como todo su mundo se frenaba estrepitosamente.
…
¿Cuánto tiempo esperaría allí?
Dos horas, cinco. Ni si quiera las había contado. A penas terminó de volver a la realidad, el enorme dolor en el pecho se instaló de forma permanente. Sentía que respiraba con dificultad y que en cualquier momento le dirían que la más horrible de las situaciones había ocurrido.
Resultaba desesperante no ser capaz de emitir ordenes, estúpidamente exasperante el tener que quedarse en una sala de espera a que alguien más llegara y le pusiera al tanto de lo que fuese que se desarrollará a escasos metros de él. Ni sus títulos, ni la influencia, ni siquiera su cara atractiva le habían conseguido más noticias de la paciente que acababa de llegar.
El abuelo Swan se unió al club de la desesperación a su lado, furioso por que le impedían el paso a la sección dónde mantenían a Isabella. El hombre le relató lo que había presenciado a su llegada a casa, le contó del montón de sangre regada por su despacho y recibidor, le dijo de cómo tuvo que subir a Isabella a la parte trasera del Mercedes y conducir a toda velocidad al Hospital local para después regresar a encontrar al mismísimo Aaron Hase registrando su casa y pidiéndole reconocer el cuerpo de Victoria muerta en su despacho.
La insoportable realidad les asolaba por igual, uno estaba furioso y terriblemente preocupado, el otro no soportaba la desesperación de saberla en peligro, odiaba cada centímetro, persona o situación que la mantenían luchando contra su muerte. Un sinfín de escenarios continuaron desfilando por la cabeza de Ed, cada uno más triste y fatídico que el anterior. No soportó mucho antes de llamar a Carlisle. Él y Esme eran un duo, con Esme venía Jasper. Nunca amó tanto a Jasper hasta que llegó corriendo junto a una Alice demasiado pálida.
Jaz no se detuvo a preguntar, ni siquiera le saludó. Tomó el impulso más grande que pudo y estampo su puño en la nariz antes perfecta de Edward. Nunca sabría qué de todo habría detonado la furia en él, sin embargo le hizo sentir mejor, el dolor le hacía consiente de la realidad, al menos.
Jasper se disculpó de manera tranquila mientras sobaba sus nudillos. El punzante dolor era casi un alivio.
―Lo siento, te lo tenía guardado hasta que se diera la mejor oportunidad.
Observó la larga figura del mejor amigo de su esposa, su rostro pálido no dejaba traspasar ninguna emoción, parecía tan plano, tan tranquilo que a cualquiera le hubiese costado imaginar en él al gran amigo de Isabella. Miró a Esme tomar su brazo, era una mujer tan dulce, sinceramente agobiada de angustia por su esposa, le abrazó un momento y besó su mejilla mientras su padre posaba una mano en su hombro.
―¿Sabes algo? —preguntaron al unísono.
―Nada… ―la garganta seca de él hizo estragos.
Jasper rápidamente se quitó la sudadera que tenía. Parecía decidido, dentro de sí maquinaba un elaborado plan, con un sinfín de posibles complicaciones y los diferentes algoritmos de solución para cada una de ellas. Sabía que el jugador más importante era aquél que lograba entrever más movimientos posteriores al suyo. Estiró su mano a Alice, quién rápidamente extrajo de la bolsa un par de filipinas.
―Vamos Cullen, te llevaré a verla. ―Su voz grave se abrió paso sobre ellos. ―El resto, por favor divídase. No es necesario que permanezcan todo el tiempo. No sabemos cuánto durará esta situación, todos debemos estar preparados para cualquier momento. Y por favor… avisen a su familia.
—Emmett está en el ala de pediatría junto a tu hermana… —Jasper le miró sorprendido —Ethan fue admitido horas antes de que supiéramos de la situación de Isabella. Era un sin nombre hasta que me contactaron. Emmett y Rose están con él.
—Está bien —cedió tenso mientras trabajaba en su mente—. Entraremos al área quirúrgica para ver a Isabella y posteriormente me encargaré de Ethan. Deberemos hacer dos turnos, por favor estén pendientes de sus teléfonos.
Alice tomó la mano de Jaz; logrando entablar el extraño vínculo no hablado que les hacía regresar al mismo punto, el aura de serenidad les rodeo. Jasper aferró la mano de Alice y besó sus nudillos, se sentía tan agradecido porque la persona dentro de la sala de choque no era ella que casi eclipsaba la culpabilidad que sentía cuando recordaba que la mujer que cruzaba la delgada línea entre este mundo y el siguiente era nadie más que su mejor amiga.
―¿Puedes hacer eso? ―Alice guardó un mechón de cabello azabache tras su oreja, mirando fijamente a Edward―. ¿Contrabandear a Edward?
―No ―respondió―. Pero lo haremos. Infringir reglas siempre fue mi primera especialidad Alí.
Dos minutos, varios corredores y un par de escaleras después se encontraban en el piso de obstetricia.
―¡Dr. Hale! ― llamó una de las chicas que pasaban constantemente por el pasillo a quién este último saludo con un beso y continuó hasta el vestidor.
Jasper había hecho que se cambiara por un extraño pijama, de esos que Isabella tenía guardados al fondo del closet. Le quedaba algo pequeño, y odiaba el color rosado. Edward estaba seguro no podría hacer el recorrido por sí mismo. Habían pasado varias secciones restringidas, incluso dos puertas con seguridad biométrica, burlaron el control que el mismo Aaron se había encargado de instalar alrededor de ella. En opinión de Edward, eso era demasiada preocupación de su parte.
Se burló abiertamente cuando Jasper le había hecho pasar a través de un sinfín de pasadizos al área donde aguardaba su esposa, una tarea que Aaron no había podido impedir.
…
―¿Sabe el tipo sanguíneo de la Doctora Swan?
―A negativo ―Contestó Jasper de inmediato.
―Prepararemos sus órganos para donar ―dijo la mujer al tiempo que mostró la tarjeta del ministerio de salud. Un pequeño y minúsculo pedazo de papel, algo desgastado, con la foto de una nada sonriente Isabella, y una reluciente firma impresa. Ed gritó en silencio, tragándose la sorpresa y un poco la furia.
―No. ―gruñó entre dientes.
―Ed calma. ―musitó Jasper.
―No. No y no. ―volvió a decir Edward, sin importarle parecer el más egoísta hombre de este planeta. ―Ella se muere y ellos planean despedazarla. ¡No!
―Es un problema legal, Doctor Hale. Ya ha firmado―. La mujer sonrió un poco, casi disfrutando y celebrando la muerte de una persona. Ed le observó tomar el expediente de Isabella y con sus finas manos buscar una hoja, que quizá para ella no tenía importancia, pero para Jasper y Edward, les provocó sostener su estómago, mientras un enorme yunque caía en él.
»Y, también hay una orden de no resucitación, que espero sea capaz de llevar a cabo.
Jasper inhaló fuertemente al ver salir a la doctora Herman Hinks una mujer de estatura baja, cabello rubio y ondulado bien atrapado bajo el gorro de quirófano. Herman debía tener casi cuarenta y pico de años bien cumplidos, y sin duda alguna era quizá la única mujer capaz de sobreponerse al poder seductor de Jasper. Ella y el expediente de su amiga estarían en el mismo lugar. Sabe lo mucho que significa para ella y conoce la gravedad de su estado. Jasper está plenamente consciente que la posibilidad de entrar en una situación crítica en cualquier momento es inminente... y que no existe fuerza que lo impida. Sabe de igual manera que Herman le arrastraría a juicio en cuanto pudiera de llevar a cabo lo que planea, amenazando su cedula, su carrera y quizá hasta su libertad.
―Maldición ―musitó con frustración―. Cómo te odio a veces, Isabella.
...
―Te dejaré un momento con ella. No la alteres, y no te muevas de aquí. Volveré en cinco minutos. ―Jasper le miró de reojo, sin perder de vista la puerta tras la que desaparecía la mujer que quería despedazar a su esposa. ―Y Edward –clarificó –no toques nada.
—¿Que pasará ahora Jasper?
—Isabella tiene un tipo sanguíneo muy específico, eso la hace blanco de personas como la mujer que acabas de ver. —Jasper tomó el récord médico a los pies de la camilla y le hojeo rápidamente. -—Está chocada, eso es muy malo… sus vitales están… moderadamente estables y parece que el registro del cardiotocógrafo no muestra descensos, lo que significa que el bebé está en buenas condiciones. Por suerte el embarazo es lo suficientemente avanzado como para plantear una interrupción y obtener un producto viable. El problema es que la situación de Isabella debe mejorar para entrar a tiempo quirúrgico, por ello están intentando mejorar sus condiciones.
»Aquí dice qué hay un herida punzocortante a nivel abdominal, y un esguince en la rodilla. Por lo demás, tiene un Glasgow trece… —se interrumpió. Jasper trago un poco para darse tiempo a traducir lo que leía. —No está consiente… digamos que responde a los estimulos dolorosos y la mantienen sedada. Tiene apoyo vemtilarorio con mascarilla y parece que es suficiente, pero es probable que posteriormente requieran manejo avanzado de la vía aérea. En resumen… iré a hablar con el jefe de quirófano. No te apures, está en buenas manos. Ahora todo lo que podemos hacer es confiar en ellos.
Ed asintió en silencio, encontrándose de pronto más indefenso. Jasper salió de la habitación, dejándole casi solo, rodeado de tonos grises y rosas, junto a un montón de aparatos que no hacían más que emitir números y pitidos. Era horrible. Tenía el mismo penetrante olor que sus miedos más profundos.
La miró conectada a una máquina que solo emitía rayas y dibujos que Edward no comprendía. Podía ver otro que parpadeaba de color amarillo y era el responsable del incesante pi― pi ―pi que tanto le molestaba. Su respiración se cortó mucho más al ver las heridas de sus brazos y su cara. Instintivamente llevó una de sus manos a su mejilla y al enorme y conservado abdomen de ella. Como respuesta recibió una de esas oleadas tan características del bebé.
―Estoy aquí… ―Su voz se cortó en su garganta. No sabía cuán cierto sería pero debía decirlo. —No dejaré que les pase nada.
La tranquilidad imperturbable de ella era escalofriante. ¿Estaría sedada, incosiente, herida? ¿Qué demonios le había pasado?
―Bella… Bella no puedo hacerlo solo ―musitó―. Estás desquiciada… ¿por qué lo hiciste? ¿A caso me odias? ¿Por qué nunca te quedas dónde te piden?
Suspiró largo y tendido, apaciguando un poco la ira y el terror. Tomó su lugar en la silla a un lado de la cama, respiró calmado con la certeza de tenerla a su lado. Empezaba a entender las líneas del monitor, mientras permanecieran constantes era una señal de estabilidad, cuando se alteraban, las miradas de las enfermeras y el personal fuera de la habitación se enfocaban en Isabella hasta ver de nuevo su normalización.
»Swan, si…―se interrumpió indeciso― No puedes hacerlo, te lo prohíbo Isabella, no puedes irte sin que hayamos resuelto todos nuestros asuntos. Nos lo debemos Isabella. Ethan y yo te necesitamos.
El tiempo. No podía detenerlo. Una unidad, un paso, un algo; el continuo avance del mundo. El indetenible proseguir y evolución. No había manera de detener el progreso en la cadena patológica que libraba Isabela. Cuando el reloj se destruya, cuando todo caiga por su propio peso, allí iría ella. Empujada al fondo por su propia oscuridad. Absorbida por el huracán. ¿Cómo impedirlo? ¿Cómo detenerle? ¿Cómo sosegarle?
Ni si quiera ese último atisbo, la salvaría. El último cierre de sus párpados, el último respiro para verse sumida en lo profundo de la nada. Edward temía esperar a su lado sólo para ser testigo de ese irrefrenable acontecimiento.
―Oye... Bella, oye respira ―decía tembloroso mientras acariciaba sus cabellos. ―Estoy aquí. Respira Bella… con un demonio respira.
Edward cerró un minuto sus ojos, concentrándose en el mismo pitido molesto que parecía tener a la mitad de la planta al pendiente del paciente del cubículo aislado. Le encontró un ritmo y pronto calló en la profunda necesidad casi tranquilizante de seguirlo, se ajustó a él hasta que súbitamente paró y el caos inició de nuevo.
―¡Jasper! ―el grito desgarrador y abiertamente histérico se escuchó en toda la sala de labor de la unidad de Tococirugía. ―Estarás bien. Hazlo, ¡respira! No hagas esto, por favor Bella...
… x|
―¿Esta es la orden de no resucitación? —Jaz tomo la hoja membretada del expediente de Swan.
Roberts, el ginecólogo de guardia, un viejo compañero de quirófano en sus días de residente, asintió con la cabeza al tiempo que seguía tecleando ante su computador. Jasper agradeció esa clase de distracción para continuar su propósito.
La resucitación de pequeños humanoides al nacer era un trabajo común para Isabella, era quizá de sus servicios favoritos, de alguna manera, los bebés siempre tuvieron ese efecto en ella. Fue también su oportunidad de conocerlo. Jaz, no era muy apegado a ellos, pero se soportaban. Mantenían el tipo de falsa cortesía medica sobre la cual se regían las relaciones en el Kings. Rob lo miró rebuscar en el expediente un poco hasta que sostuvo entre sus manos lo que buscaba.
―¿No hay copias, Roberts?
―No Jasper. ―El hombre giró a verlo levemente molesto. Le desagradaba, de sobremanera ser interrumpido en su trabajo, aun cuando fuera sólo teclear notas de quirófano que casi nunca resultaban lectura frecuente. ―Y te agra...
Sus palabras quedaron en el aire. Jasper, en uno de esos actos desesperados, bastante impropios de él. Tomó su encendedor y prendió una de las esquinas del documento dejando a sus pies las cenizas de la voluntad Swan de suicidio imprudencial.
Roberts se rió y meneo la cabeza. Para él no importaba mucho. No hubiese traspasado la voluntad de su colega. No hubiese practicado RCP sobre ella, hubiese costado la furia de Hale, pero Isabella era su paciente, y si esa era su voluntad, se llevaría a cabo. Costase lo que costase.
―Existe la donación Jasper, Hinks no dejará que hagas tu voluntad. ―Robert continuaba escribiendo y hablando―. Es su decisión... no nuestra. Lo sabes. Isabella ha dejado todo muy claro.
―Tengo que darle tiempo a su obstinada cabeza―. Jasper tomó una silla frente a él. Busca con sus dos ojos azules profundo los ojos oscuros de su colega. Y con el tono de voz más tranquilo del que es capaz inició―. Ayúdame Rob. Isabella tiene una vida grandiosa al frente, no dejes que falle. Patearé tu trasero si lo haces… te lo juro Roberts. Y su marido, su familia, y todo el que conoce a la Doctora Swan, hará cuanto pueda por recriminarte ese hecho―. La mirada de Roberts tembló un poco ante sus palabras, fue allí cuando Jasper supo que lo tenía de su lado―.Y no quiero parteras. Haremos una cesárea, y más te vale que mi ahijado sea entregado en completo bienestar.
El ginecólogo negó de nuevo y siguió con su trabajo al tiempo que el desolado llanto de Edward traspasaba la nada tranquila sala de partos del piso dos del complejo.
…
Isabella tenía realmente experiencia lidiando con drogas en su sistema, ciertamente tenía mucho menor tolerancia que cualquiera a los narcóticos y sedantes; les sentía como una intensa marea sobre ella, todo parecía tan lejano, casi un universo paralelo. Su cabeza se mantenía hueca y sus oídos tenían un terrible zumbido que parecía ser lo único persistente en su estado. A penas se sentía capaz de mover los dedos, acción que parecía requerir cada gramo de energía que tuviese en su cuerpo.
El primer segundo que logró mantener los ojos abiertos estuvo lleno confusión, lo último que necesitaba era saber cómo había llegado a lo que parecía sin duda una sala de cuidados intensivos después sobrevinieron la espesa niebla rodeándole de nuevo, alejándola del presente y de su familia.
Las siguientes veces también no fueron tan diferentes, una serie de flashes instantáneos seguidos de la densa bruma. Recordaba la imagen de un Edward dormido a su lado, también la marea de enfermeras cambiando sus soluciones o corroborando su estado. Lograba mantenerse cada vez más tiempo en vigilia, pero apenas encontraba la fuerza para articular dos palabras juntas sin que el agotamiento le venciera. De un momento a otro despertó en una habitación diferente, completamente iluminada por el insólito sol, sintió la cálida mano de alguien a su lado.
―Calma desesperada.
Jasper sonrió de lado mientras sostenía con más fuerza su mano. Para él, quizá sostenerle la mano era lo más tranquilizador que había hecho durante la mitad de la semana.
El ambiente hospitalario era el ecosistema natural para personas como ellos dos, Jaz adoraba cada segundo que pasaba al lado de sus mejores amigos mientras bebían café o discutían sus problemas clínicos en las aburridas sesiones de morbimortalidad del Kings en las que solía pasar la mayor parte del tiempo dormido sobre el hombro firme de Isabella. Jamás había pensado repetir la terrible situación de años atrás, con ella en una camilla y el caminando de un lado a otro intentando conseguir información o agilizar su alta.
—Eres asquerosamente complicada —exclamó él—. Tus años como letrerito de neón parecen nunca terminar.
Isabella rodó los ojos y emitió un bufido reprobatorio.
—¿Dónde está mi bebé? —la principal preocupación de ella salió como un susurro miedoso.
―Tienes que calmarte… —insistió—. Y no me mires con la cara de "no me digas lo que tengo que hacer". Pasaste las últimas cuarenta y ocho horas en una sala de cuidados intensivos. Isabella, nunca habíamos llegado tan lejos en tus aventuras pasadas.
Ella intentó en vano de levantarse de la cama. Su cuerpo parecía el de un extraño. Su voz apenas lograba dejar sus labios, sin embargo el terrible vacío de su cuerpo le tenía al borde de la desesperación.
―Oye Bella, no tienes ni dos minutos despierta y ya me estás gritando mentalmente…
―¿Dónde está mi hijo, Jaz? ¿Edward, Ethan? ¿Dónde está mi hermano?
―Desearía que algún día fueras menos impulsiva y más observadora—. Jasper amaba tomarle el pelo, sacarla de su zona de tranquilidad bien fingida, y tras la terrible semana que le había hecho pasar, no tendría piedad de ella… tal vez no tanta.
―Eres un jodido grano en el trasero Swan… no sabía si estrangularte yo o dejar que otro lo hiciera.
―¿Qué pasó? –su voz sonaba a ruego esta vez. Las palabras y el aire que salían de sus pulmones parecían fuego. Respiraba fuego, lo haría hasta obtener la verdad de sus labios.
―Una jodida fiesta, eso pasó. Te perdiste del parto del siglo. El departamento de ginecología te tendrá como la indeseable número uno por los siguientes días… o semanas. Yo te odiaría por años… Y en pediatría tuvimos suerte, ¡oh sí nena… has tenido suerte! El futbolista que llevabas dentro complico un poco las cosas. Le hemos tenido que meter por un momento a la incubadora, pero ya está, listo y calientito para salir del horno. –Isabella le haría pagar por la referencia, mas suspiró tranquila al saber al pequeño renacuajo a salvo—. Y no hace falta decir que les hemos colmado el plato de piedritas a todo mundo allá abajo… por un momento creí que tendría que contrabandear a toda la familia a la UCI.
―Vaya…
―¿No lo has visto? –preguntó seguro de la respuesta—. Bueno, debo decirte que es un bebé muy lindo, mi ahijado es… demasiado rosa, creo que tal vez nos pasamos un poco en eso de la incubadora. Lo traeré para ti. Pero promete que no llorarás… siempre pasa que…
―¡Largate Jasper! ―le gritó muy despacio y le ordenó ―trae a mi bebé.
"Yo digo… Creo que debes decidir vivir. Vive para que puedas convertirte en un doctor y encuentres una manera de hacer trasplantes de corazón sin que alguien tenga que morir. O… vive para que puedas crecer y tener hijos y… decirles que no existe Santa. Eso enojaría a tu madre. Sólo decide vivir. Porque en tu caso… morirte no es la mejor venganza. "
Christina Yang. Anatomía de Grey… no Gray, como mi libro de anatomía
¿Que les digo? De verdad, de verdad que siento mucho la tardanza, me costó mucho trabajo deshacerme de Victoria, no se porque, pero hilar el final de ese personaje fue quizá el tramo más duro de la novela para mí.
Este es el último capítulo de la historia, es extraño para mí escribir las últimas palabras porque recuerdo como inicio HD, como algunas escenas sueltas en un cuaderno de hojas blancas y lápiz porque siempre se contradecían entre una y otra. Luego pasó la increíble labor de darle sentido a los pensamientos de una adolescente e hilarlos con las ideas de una mujer...
Supongo que debería estar escribiendo todo esto como una nota de autora al final de todo, era la idea inicial... pero ahora estoy aquí, en pajama y a punto de salir al trabajo. Así que sonaba lógico iniciar la nota aclaratoria y final de HD.
Si tienen dudas, exterioricenlas, no prometo regresar todos los rw enseguida, pero al final de todo lo haré. Amaba leerlos, es lo que más voy a extrañar de mi incursión a FF .
Desde la "devastada" siempre caotica . Y esperando que todas las lectoras que por ahora se encuentran en lugares, donde doña Señora Naturaleza está haciendo presión, se encuentren en perfecto estado.
Violet.
