Nota de la autora:

Hola!

¿Qué tal? Aquí un nuevo capítulo que por cierto me ha gustado escribir… espero que os guste.

Disfrutadlo.

Capítulo 37: Un duro descubrimiento.

El grito que salió de la sala del trono hizo que los esclavos se mantuvieran alejados. El Coronel Longbottom observaba junto a la Teniente Voss a su señor que estaba furioso ante los últimos acontecimientos.

Jacob había huido… la única esperanza de que ellos ganaran la guerra contra Nowitchcraft se había marchado junto a la sucia esclava mestiza, traicionándoles. Supo en cuanto vio lo que le hizo a sus soldados por esa chica, que ella era peligrosa pero jamás pensó que escaparían juntos. Tendría que haberla matado como había pensado en un primer momento y no haberse dejado embaucar por las ideas de la Teniente.

La miró, furioso pero antes de poder acercarse a ella, un soldado entró en las dependencias. Parecía nervioso por estar ante su señor con el enfado que tenía por eso le salió la voz temblorosa.

-Mi señor…

-Suéltalo- siseó.

-Los han perdido, los soldados que salieron en su búsqueda han regresado- susurró temblorosamente- un par de ellos están muertos. Pudo con todos ellos.

El grito de rabia hizo que el soldado saliera sin esperar una orden. El Lord se olvidó del chico y se dirigió a Anne que se mantuvo erguida a pesar de que su señor iba a pagar con ella su enfado.

Jadeó cuando él la agarró del cuello y la apretó. Con ambas manos, Anne intentó liberarse para poder respirar pero él la tenía fuertemente agarrada. Los ojos se le nublaron por las lágrimas.

-Te dije que debíamos matarla- susurró en su oído pero la voz a Anne le llegaba como si estuviese a muchos metros de ella- sé que no han podido escapar solos. Los dos guardias de las puertas tuvo que matarlos alguien.

-Mi… señor…- jadeó ella- no fui yo…

-Lo sé pero me ayudarás a encontrar a la persona que lo hizo. Y cuando la encuentre… la mataré.

La soltó. Anne cayó al suelo, quedando a cuatro patas, intentando recuperar el aire que le había faltado durante esos angustiosos minutos. Tosió, ruidosamente, convulsionándose en el suelo con un terrible dolor en la garganta donde estaba segura comenzarían a aparecerle moratones.

-Dile a Ginevra que la fiesta con los Senescales y los nobles del reino sigue en pie- dijo el Lord dirigiéndose esta vez al Coronel- aunque Jacob ya no esté con nosotros, deseo que se celebre esa reunión. Las cosas han cambiado y debemos encontrar a ese chico.

-Sí, mi señor- el Coronel ya se marchaba cuando el Lord le detuvo- dile a diez hombres que los busquen. No pueden estar muy lejos.

-Sí, mi señor.

-Le quiero vivo y a ella muerta- le ordenó y el Coronel sonrió. Le hizo una reverencia y se marchó, dejando a solas a Anne y al Lord.

-Esta vez te has equivocado con tus consejos, Anne- le dijo el hombre caminando alrededor de la chica que aun se estaba recuperando- me dijiste que debía dejar que esa chica siguiese con vida.

-Lo siento, mi señor- logró decir con la voz ronca- en ese momento creí que era lo más conveniente. Jamás pensé que ocurriría esto.

-Debes encontrarlos, Anne- ella le miró- y sabes lo que pasará si no los encuentras ¿verdad?

Anne logró ponerse en pie con la mano en la garganta, sabiendo lo que se escondía tras esas palabras. Ella asintió y salió del salón del trono sin mirar atrás.

oo00oo

Jacob siguió acariciando el pelo de Aya que apoyada en su pecho se había terminado quedando dormida. Estaban en una celda oscura y sin ventanas, hecha de piedra negra y con una reja que les permitía ver la celda que tenían justo en frente y que en esos momentos estaba vacía. A decir verdad no había visto ninguna celda ocupada y eso no sabía si debía alegarle o preocuparle.

Él no había podido dormir. El encuentro con sus padres le había afectado más de lo que deseaba reconocer. A pesar de tener el mismo rostro que su tía Anne y que Harry, el esclavo, no había sentido que estuviese frente a ellos. La mirada de su madre era mucho más cálida que la de su tía y jamás había visto lágrimas encharcando los ojos de la Teniente. Y su padre… le había parecido un hombre imponente y fuerte, le llamó la atención la cicatriz en forma de rayo de la frente de ese hombre y que el Harry esclavo no tenía.

Salió de sus pensamientos cuando sintió que Aya se removía, despertándose. Ella alzó la mirada y sus ojos se encontraron. Vio la preocupación en los ojos de su chica y la acarició en la mejilla, sonriéndola para quitar hierro al asunto, pero ella no era tonta y supo que estaba afectado por la presencia de esa gente idéntica a la Teniente y a su amigo Harry pero que decían ser sus padres.

-¿Quiénes son ellos?- preguntó.

-Nadie importante- mintió, porque aunque le doliese aún no podía apartar de su cabeza los sueños que durante meses le habían perseguido y en el que había visto momentos de felicidad junto a esas dos personas que supuestamente le habían abandonado.

-Pero dijiste que eran tus padres- ella le miró, preocupada.

-Pueden que lleven mi sangre pero me repudiaron cuando supieron que era diferente- explicó Jacob- no me quisieron y me abandonaron. El Lord cuidó de mí.

-No muy bien- se quejó ella con el ceño fruncido al recordar las muchas torturas que el joven había sufrido.

-Él solo quería que fuese fuerte- le defendió.

-Eso no es excusa- ella le miró y le besó- el Lord es malvado y lo sabes.

-Lo sé- asintió el chico- y no quiero que pienses que estoy de acuerdo con los ideales de ese hombre pero…

-Te dio un hogar cuando nadie más lo hizo- él asintió ante esas palabras- Lo sé, Jacob. Pero creo que te estaba utilizando. Todo el mundo conoce esa profecía sobre ti y yo he podido ver el poder que tienes- el recuerdo de lo sucedido en las escaleras con los soldados pasó entre ellos- aun recuerdo como se te pusieron los ojos. El Lord quiere ganar la guerra contra Nowitchcraft y tú eres la única persona que puede ayudarle.

-Aya…

-Ella tiene razón- la voz de un hombre hizo que los dos miraran hacía el exterior de la celda.

Harry estaba parado ante ellos, agarrado a la celda. Sus ojos verdes brillaban intensamente y desprendía una fuerza que sobrecogió a Jacob. No sabía por lo que ese tipo había pasado en todos sus años de vida pero estaba seguro que era un hombre que no se amedrentaba. Era alto, tan solo unos centímetros más bajo que él, y su cuerpo grande y fuerte le hizo saber que se había entrenado duramente para conseguirlo.

-El Lord te apartó de nuestro lado… vio en ti la posibilidad de ganar la guerra.

-No me interesan tus mentiras- le dijo Jacob apartando la mirada y fijándola en la pared que había estado observando hasta que Aya despertó. Esta, en cambio, si miraba al hombre que estaba al otro lado de la celda y vio la tristeza en sus ojos.

-¿Ha venido por algún motivo en concreto?- preguntó Aya amablemente, apartándose del chico.

-Aya…- se quejó Jacob.

-Calla. Sé que él quiere ayudarnos- ella miró a Harry- ¿verdad?

-Sí- asintió Harry sonriendo- he venido a proponeros algo.- Se puso de cuclillas para quedar a la misma altura de los dos chicos. Jacob siguió apoyado en la pared, sin molestarse en mirarlo, en cambio, Aya se había girado por completo para mirar al hombre.- Os dejarán libres si nos ayudáis.

-¿Ayudaros?- se mofó Jacob- ¿Por qué tendríamos que ayudaros?

-Porque es lo correcto- respondió Harry- y porque si no lo hacéis, la gente que os tiene retenida pensará que estáis del lado de Lord Rädsla, considerándoos enemigos y por tanto os matarán.

-Estoy del lado de Lord Rädsla- respondió Jacob mirándole- él es mi padre.

Harry ignoró la punzada de dolor que sintió cuando oyó las últimas palabras del chico e intentó hacerle entrar en razón.

-Sí estás de su lado, no entiendo porque escapabas de él- se aventuró a decir.

Jacob quedó en silencio. No estaba de acuerdo con los ideales de su señor pero seguramente hubiera continuado a su lado sino hubiese sido por los sentimientos que tenía hacía Aya. El Lord jamás hubiese permitido que ellos dos estuviesen juntos y en esos momentos su relación con Aya era lo único que le importaba.

-Huimos por mi causa- le dijo Aya. Había algo en ese hombre que le hacía confiar en él- soy esclava, mestiza, mi madre era muggle…

-Aya…

-Jacob y yo nos enamoramos- continuó ella ignorando la advertencia de Jacob- y sabíamos que el Lord no permitiría nuestra relación, por ello escapamos. Jake no es como él, su corazón no alberga maldad, lo sé.

-Cállate, Aya- le pidió Jacob sin mirarles- a él no le interesa lo que yo piense respecto a la pureza de la sangre. Ni tampoco en que bando estoy.

-Es tu padre, Jacob- le reprendió ella- y quiere ayudarnos. No estamos en nuestro mejor momento, necesitamos toda la ayuda que nos sea posible.

Jacob sabía que tenía razón pero se negaba a aceptar la ayuda de ese hombre. Él le había repudiado, abandonado sin importarle su bienestar. Pero debía tragarse su orgullo y escuchar lo que iba a proponerle, porque en esos momentos lo único importarte es que Aya estuviese segura.

-Te escucho- logró decir aunque le costó muchísimo formar esas palabras.

-Bien- asintió Harry guiñándole un ojo a Aya que sonrió suavemente- Estamos buscando la espada de Gryffindor, la cual sabemos está en la Torre Negra situada en lo que anteriormente era el antiguo reino de Winthex. Esa espada es muy importante para acabar con el reino de oscuridad en el que está sumido este mundo debido al poder de Lord Rädsla.

-¿Y qué queréis que hagamos?- quiso saber Jacob mirándole.

-Que nos ayudéis a recuperar la espada- se miraron a los ojos- es importante que esté en nuestro poder. Es la única manera de acabar con Lord Rädsla.

-¿Por qué os iba a ayudar a conseguir un arma con la que acabaríais con mi señor?- preguntó Jacob.

-Porque ese hombre te engañó respecto a nosotros, aunque no nos creas- se miraron a los ojos- porque sino la gente que os tiene retenida os matará…

-Todo eso ya me lo has dicho pero dame un motivo que aún no me hayas dicho y que de verdad creas que me hará cambiar de opinión.

Harry se puso en pie y le observó.

-Porque ese hombre es el que impide que Aya y tú estéis juntos- Jacob alzó la mirada y observó intensamente a Harry- y sabes que mientras él siga con vida, no podréis vivir tranquilos. Piénsalo.

Harry le lanzó una última sonrisa a Aya y luego se alejó.

Jacob se quedó pensativo con al últimas palabras de aquel hombre repitiéndose en su cabeza. Cuando sintió la suave caricia en una de sus manos, alzó la mirada encontrándose con Aya y en cuanto sus ojos se posaron en ella, lo supo. Aceptaría el trato que le proponían porque lo único que de verdad quería en esa vida era estar con Aya.

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Harry salió de las mazmorras y se encontró con Suzanne y sus amigos. Ella había querido acompañarle en su charla con Jacob y la muchacha pero Harry la había convencido para que le dejase a él solo.

Y por el estado de nervioso en el que estaba Suzanne había hecho bien en convencerla para que no fuese con él.

-¿Qué ha ocurrido? ¿Han aceptado venir con nosotros?- preguntó Suzanne.

-No me han dado una respuesta. Les he dejado a solas para que hablarán- respondió Harry acariciándole el cuello para que se tranquilizara. Sonrió- tienes razón Suzanne, aún había esperanzas para ese chico.

-Lo sé- asintió Suzanne.

-Se han escapado porque ella es esclava y el Lord jamás hubiese permitido que ellos tuvieran una relación. Están enamorados- explicó Harry.

Los ojos de Suzanne se llenaron de lágrimas. Aún le sorprendía el aspecto que presentaba su pequeño debido a la magia negra. Le extrañaba pensar que ya pensaba en el amor y en chicas cuando hacía tan solo unos meses ella le había estado cambiando pañales. Pero se sentía dicho al saber que su pequeño seguía manteniendo su corazón puro y era capaz de amar a una mestiza.

-¿Harry?- la voz dudosa de Aya llegó desde el final de las mazmorras.

-Ves, corre- le apremió Suzanne limpiándose las lágrimas.

Harry caminó con paso presuroso por delante de las celdas vacías y se detuvo al llegar en la única que estaba ocupada. Jacob seguía sentado en el suelo pedregoso pero Aya se había puesto en pie y estaba agarrada a los barrotes.

-No sabía cómo llamarte. No sé tu nombre. Aunque te pareces mucho a un esclavo del castillo y te llamé por ese nombre porque es el suyo- le explicó Aya.

-Hiciste bien- se miraron a los ojos- ese es mi nombre.

-Bien- ella sonrió- Jacob y yo queríamos que supieses que aceptamos vuestro trato. Os ayudaremos a encontrar la espada, siempre y cuando todo termine podamos ser libres.

-Te lo prometo- asintió Harry- no os arrepentiréis. Voy a hablar con los reyes para que os permitan salir de aquí pero tenéis que prometerme que no intentaréis escapar.

-Lo prometo- ella se giró a Jacob que no les miraba- ¿Jake?

-Lo prometo- susurró después de unos segundos de silencio.

-Bien, entonces en unos minutos estaréis fuera de esta celda- sonrió Harry.

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Anne estaba en un dilema. Su señor quería que encontrara a Jacob y Aya, además de encontrar a la persona que había ayudado a los chicos a escapar, si no lo conseguía la mataría. Pero si los encontraba, la muerta sería Aya y Jacob sufriría por su perdida, y Harry… En realidad sabía que no era un dilema pues nunca traicionaría al chico, ni a Harry pero eso no impedía que se sintiese como si se encontrase metida en arenas movedizas, hundiéndose poco a poco en ellas sin ninguna posibilidad de escape.

Las puertas de sus aposentos se abrieron sin pedir permiso y Harry ingresó en el cuarto. Se quedó embobada como siempre le sucedía cuando él estaba cerca, era condenadamente atractivo a pesar de sus rasgos quedaban ocultos tras su largo cabello rebelde y su barba. Pero esos ojos… esos malditos ojos verdes la taladraban con su intensa y preciosa mirada.

-Voy a entregarme- le soltó a bocajarro consiguiendo que ella arrugara el ceño- voy a decirle al Lord que fui yo quien les ayudó a escapar.

-No vas a hacer esa estupidez- le dijo bruscamente sin levantarse del borde de su cama donde había estado limpiando su espada.

-Está haciendo que el Coronel interrogue a todos los esclavos, en busca de la persona que los ayudó a escapar- gruñó Harry- no parará hasta encontrar a esa persona y se llevará por delante a quien sea, con tal de conseguir su cometido. No pienso cargar con la muerte de ninguno de los esclavos.

-Me ha conferido a mí la misión de encontrar a Aya y Jacob- explicó observando desde la cama, la ventana que había y que le dejaba ver una parte de los terrenos de Hogwarts- y también de encontrar a la persona que lo ayudó a escapar. Si no consigo cumplir mi misión, me matará.

Cuando apartó la mirada del paisaje y la dirigió a Harry, vio en los ojos de este el miedo que esas palabras le causaban. Eso la hizo sonreír, porque supo que todo el amor que sentía por ese hombre era correspondido de la misma manera, y el amor de Harry siempre la había hecho sentir especial, fuerte y con posibilidades de conseguir todo lo que se propusiese.

-No pienso entregarte, Harry- se miraron intensamente a los ojos- ni pienso joder la vida a Jacob y Aya, buscándoles y trayéndoles de vuelta. Creo que ya he hecho demasiado daño a ese chico con mis mentiras como para seguir jodiéndole.

-Pero entonces… morirás.

-Moriría de igual forma si permitiera que te hicieran daño- sonrió ella, aflojándose la ropa. Se puso en pie y se desnudo, soltándose el pelo sujeto en su habitual coleta.

Caminó con paso seguro hasta él y le quitó la escasa ropa que le confería su estatus de esclavo, quedando igual de desnudo que ella. Le besó en los labios, enterrando las manos en el espeso cabello negro.

Harry acarició sus piernas, pegándola a él. Con uno de los brazos le rodeó la espalda y con la otra se aferró con firmeza al muslo de la joven, levantándola. Ella le rodeó las caderas con ambas piernas y jadeó, separándose de sus labios para tomar una bocanada de aire. Se miraron a los ojos y ella le sonrió pero él no pudo hacerlo, sabiendo lo que ella quería hacer.

La besó con vehemencia, poniéndola contra la pared y con una fuerte estocada se introdujo en ella. Anne cerró los ojos con fuerza y soltó un prolongando gemido de placer, aferrándose a los hombros de él.

Enterró la cara en su cuello y disfrutó de las fuertes embestidas de su amante. Él no se detuvo hasta que escuchó como alcanzaba el clímax y dio unas cuantas embestidas más hasta que él también lo alcanzó.

La llevó hasta la cama y la tumbó con delicadeza para luego subirse de nuevo sobre ella. Anne sonrió, aferrándose a sus nalgas y él la besó posesivamente.

-Estás loca si crees que voy a permitir que te maten- le susurró al oído y antes de que ella pudiese contestar él la penetró de nuevo.

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Jacob se sentó en el catre de la habitación que le habían dado a él y a Aya una vez que los habían sacado de la celda. Sabía que no todos estaban contesto con su liberación pero el rey Remus lo había permitido y lo cierto es que se sentía agradecido con la idea de estar fuera de esa celda. No solo por él sino por Aya.

Sabía que les tenían vigilados, había visto a los dos soldados que les habían puesto de vigilantes, les habían seguido allí a donde habían ido e incluso les habían prohibido el paso a algunas habitaciones. Estaba seguro de que si se asomaba podría verlos cerca de la puerta de su cuarto, esperando a que ellos salieran para continuar siguiéndoles. No le importaba, sabía que sería así y lo comprendía.

Les habían devuelto sus pertenencias excepto las armas y les habían mostrado que sus caballos estaban en perfectas condiciones.

Observó a Aya que se movía de un lado a otro del pequeño cuarto, sacando algo de ropa de dentro de sus bolsas y estirándolas sobre una silla para que no se arrugaran. Ella parecía sentirse segura allí, a pesar de saber que les seguían en cada movimiento. Le había molestado ver que había compartido algunas palabras con la mujer que decía ser su madre, compartiendo complicidades.

-Jacob tenemos que irnos, tus padres nos están esperando…

-Ellos no son mis padres- soltó, bruscamente.

Aya suspiró y se cruzó de brazos.

-Jacob, me han parecido unas personas encantadoras y a ti también te lo parecerían si te molestaras en intercambiar dos palabras con ellos- explicó la chica- no creo que te abandonarán…

-Mi tía Anne…

-La Teniente Voss es la mano derecha del Lord, y ella diría todo lo que él quisiera que dijese- Jacob ni siquiera la miró, sabiendo en el fondo que ella tenía razón.- Te quiero, Jake, pero a veces eres un cabeza dura.

Jacob gruñó y se tumbó en el catre. Soltó otro gruñido cuando Aya se sentó a horcajadas sobre su estomago y le miró desde lo alto. Quedó cautivado con su belleza como siempre le ocurría y se relamió los labios al fijarse en el lunar de su boca.

La puso bajo su cuerpo y la besó en los labios hasta conseguir que ella dejase escapar un pequeño suspiro de anhelo que le hizo sonreír. Acarició su voluptuoso cuerpo, odiando la ropa que llevaba porque no le daba acceso a su cuerpo, había tenido que vestirla con sus ropas porque se negaba a que viajase con sus ropas de esclava.

-Jake- rió ella cuando él encontró un hueco donde poder introducir su mano para poder tocar su piel. Jadeó cuando él le acarició un pezón, apretándolo en un pellizco cariñoso.- Te he dicho que tenemos que…- jadeó- irnos.

Él la besó, acallándola y forcejeó con sus ropajes hasta que consiguió liberar sus preciosas piernas que le envolvieron las caderas. Se bajó sus propias ropas y se introdujo en su interior, consiguiendo que ella arqueara la espalda, soltando un largo gemido de placer.

La siguió besando, tragándose cada sonido de placer que sus labios intentaban liberar. La agarró de las nalgas y entró más profundamente en ella, tensándola hasta el límite hasta que juntos alcanzaron un intenso clímax.

La observó desde arriba, apoyando las manos a cada lado de su cabeza y ella le miró con la intensidad de una mujer enamorada. Rozó su nariz con la de ella, sorprendido aún por sentir algo tan intenso como lo que sentía por aquella muchacha.

-Tenemos que irnos- le dijo ella, acariciándole la mejilla.

Jacob bufó pero se quitó de encima de ella. La joven se puso en pie y después de limpiarse, volvió a colocarse las ropas que él le había quitado. Jacob hizo lo mismo y cuando estuvieron listos, salieron de la habitación.

Como había imaginado Jacob, los dos soldados que los vigilaban les estaban esperando fuera y los siguieron mientras caminaban por el largo pasillo hacía la sala donde se reunía la Orden del Fénix.

Agarró la mano de Aya y ella le sonrió.

Cuando llegaron a la sala de reuniones vio que ya estaban los representantes de los cuatro clanes junto a sus reyes, además de los visitantes del otro mundo. Aya y Jacob aún se sorprendían al ver el gran parecido que existían con las personas de ese mundo que ellos conocían.

Una copia idéntica a Lord Rädsla estaba frente a ellos pero los ojos de ese hombre estaban llenos de una calidez y una bondad que nada tenía que ver con el Lord. Junto a él había una mujer de enmarañado cabello castaño que ninguno de ellos reconoció con nadie de ese mundo. Un poco más allá estaba el alter ego de Lady Ginevra pero esta parecía mucho más juvenil debido al peinado más despreocupado que el de la otra mujer que ellos habían visto por el castillo. Junto a ella había un hombre de tez negra que tampoco reconocían de su mundo.

Apoyado en la pared, con las manos en los bolsillos se encontraba la copia exacta de Lucius, el hombre llegado de otro mundo, pero con la diferencia de que su rostro no estaba desfigurado por una cicatriz y que era algo más fuerte que el hombre ellos conocían y que a ninguno les gustaba en demasía. A su lado había una muchacha de largos cabellos rubios y ojos grises que agarraba con firmeza la mano de un gallardo pelirrojo en cuyos brazos se veía algunas cicatrices producidas por quemaduras.

A ese extraño grupo se sumaba una pareja más. Ella llevaba el pelo corto y tenía unos hermosos ojos violetas. Bajo sus ropas se podían ver algunas cicatrices que le dieron a entender que alguna vez sufrió algún accidente en el que se había visto involucrado el fuego. Junto a ella había un hombre cuya nariz estaba torcida por algún golpe que hubiese recibido en algún momento de su vida pero sus ojos mostraban una simpática amabilidad.

Jacob sabía que todos ellos habían llegado del mundo del que él provenía y que eran amigos de sus padres, los cuales estaban juntos, delante de todos ellos, mirándoles con anhelo. Decidió ignorar esa mirada y centrarla en los reyes de los cuatro clanes.

-Os esperábamos- habló amablemente el rey Remus- esperamos que encontréis cómodas vuestras dependencias.

Snape soltó un resoplido y los dos jóvenes le miraron. Aya al ver que Jacob iba a soltar alguna grosería, se adelantó y sonriendo al rey Remus dijo:

-Son perfectas, mi señor- miró significativamente a Jacob que gruñó molesto, cruzándose de brazos sin soltarle la mano a Aya que se vio arrastrada hasta quedar pegada a su costado- disculpe nuestra demora, nos entretuvimos.

Para ninguno pasó desapercibida la mirada y la sonrisa que Jacob lanzó a la muchacha que se sonrojó, mirándole severamente. Ron y Aki disimularon el ataque de risa con una ruidosa tos, al ver el descaro del muchacho.

-No os preocupéis- le sonrió el rey.- nos congratula que todo sea de vuestro agrado, creímos convenientes sacaros de la celda en la que os encontrabais al saber que nos ibais a ayudar en nuestra lucha contra el Lord.

-Solo vamos a ir a por esa espada y una vez que la consigamos continuaremos nuestro propio camino- espetó Jacob- ese era el trato.

-Entiendo, muchacho, que tú te debes a la lealtad que sientes hacía el Lord pero…

-Yo sólo me debo al amor que siento por Aya- soltó con vehemencia cortando el discurso del rey. Todos miraron al muchacho y vieron la sinceridad que traslucían sus ojos al decir esas palabras- y si he aceptado ir a por esa dichosa espada es porque nos prometieron la libertad una vez la consiguiéramos.

-Y nosotros cumpliremos dicha promesa, os lo aseguro- asintió el rey- pero es un viaje largo y peligroso.

-No tengo miedo- le dijo Jacob.

-Digno hijo de su padre- soltó Ron consiguiendo una sonrisa de Harry que se borró cuando Jacob habló.

-Yo no tengo padre.

El tenso silencio que siguió a esas palabras hizo que todos miraran a Harry y Suzanne, excepto su hijo que siguió con la mirada fija en el rey Remus, ignorando el malestar despertado en sus padres.

-Muchacho, necesitamos estar seguros de que ayudarás a las personas que irán en esa misión sin importar las posibles diferencias que puedas tener con ellos- continuó el rey- queremos estar seguros que lucharás hombro con hombro con ellos y que no los traicionarás a pesar de los sentimientos que puedas albergar hacía ellos…

-Tienes mi palabra. No arriesgaría la libertad de Aya por mis sentimientos, porque lo único verdadero que tengo en este mundo es a ella.

Las palabras del joven y la mirada que le dirigió a la joven esclava cuyos ojos tenía empañados, hizo suspirar a las mujeres de la sala. La dio un beso en la mano que tenían entrelazadas y ella se limpió una lágrima que escapó de entre sus parpados.

Snape soltó algo en un susurro que hizo que Jacob se girara hacía él.

-¿Algo que objetar, capullo?

Esta vez Ron tuvo que hacer un gran esfuerzo por reprimir la carcajada que le sobrevino al escuchar las palabras del muchacho, hasta Harry tuvo que ocultar una sonrisa, tapándose la boca.

-¿Cómo has dicho, mocoso?- espetó el rey Severus poniéndose en pie, furioso, mientras su consejo miraba con odio al muchacho- te recuerdo que soy uno de los reyes…

-Un rey caído en desgracia y sin reino, sino recuerdo mal- se burló Jacob- así que deberías bajar los humos, puede que una vez fueses rey… pero en el momento en el que perdiste tu reine, dejaste de serlo, aunque la gente te siga tratando como tal.

-Podría hacer que te matarán- gruñó el rey Severus.

-Pero me necesitáis así que, no lo harás- se desafiaron con la mirada y justo cuando el rey iba a soltar alguna perla por la boca, el rey Remus se puso en pie y todos le miraron.

-Deberíamos calmarnos. Todos nos necesitamos, de una forma u otra- pidió el hombre con su relajada voz. Se giró, mirando a Jake- Vamos a comenzar una batalla contra el Lord pero para vencerle necesitaremos la espada de Gryffindor. Y sí, una vez que la consigáis seréis libres.

-Contad con nosotros- asintió Jacob- pero solo iremos a por la espada. No lucharemos contra el Lord. Ese era el trato.

-Está bien- asintió el rey.

-Pero mi señor, le profecía…

-He dado mi palabra, Peter- le dijo acallando a Colangusano- y mi palabra es ley.

El hombre guardó silencio y asintió.

-Los forasteros de otro mundo- señaló a Harry y el resto- serán los encargados de ir a por la espada y será con ellos con los que deberás hablar sobre el plan que piensan llevar a cabo. Y ahora, deberíamos ir a la sala principal y comer con el resto del pueblo.

Los reyes fueron los primeros en salir junto a sus consejos reales y algunos soldados que los rodeaban en un escudo protector. Les siguieron los forasteros del otro mundo y los últimos fueron Jacob y Aya. Cuando llegaron a la sala donde toda la gente se congregaba y comían, los dos últimos se separaron del grupo y se sentaron en un rincón de la amplía sala.

-Jacob, deberíamos entablar algún tipo de relación con ellos- Aya se sentó en el suelo junto a él sintiendo como la gente les miraba con recelo, reconociendo a Jacob como el niño dragón- tendríamos que estar con ellos ahora, a fin y al cabo vamos a hacer un largo viaje juntos y deberíamos intentar llevarnos bien.

-No quiero tener ningún tipo de relación con ellos- espetó el chico- y menos una de cordialidad.

-Sé que estás furiosos con ellos por lo que crees que te hicieron…

-No creo, estoy seguro de que me abandonaron sin ningún atisbo de duda- gruñó Jacob, molesto porque ella creyese a los que decían ser sus padres.

La comida había comenzado a repartirse. Todos los que vivían en ese pueblo subterráneo se habían colocado en varias filas y esperaban con su cuenco a que les sirviesen la comida que se conservaba caliente en unos grandes pucheros en los que la habían cocinado. Los niños y las mujeres eran los primeros por detrás de sus reyes que eran alimentados.

-A veces eres tan cabezota- bufó, molesta por la negativa del chico.

Jacob prefirió no contestar sabiendo que ella tenía razón y se quedó observando cómo la gente se dispersaba por la amplia sala a medida que les iban dando su alimentación. Observó a algunos niños que corrían tras sus padres para sentarse a unos metros de ellos.

-Gracias- oyó decir a Aya y cuando la miró vio que la doble de Lady Ginevra la estaba tendiendo un cuenco con comida. Esta les sonrió y se alejó.

-Jacob- se sobresaltó al oír su nombre a pesar de que fue pronunciado en un suave susurro.

Al alzar la mirada se encontró con los ojos azules, idénticos a los suyos, que poseía su madre. La mujer parecía preocupada con la idea de que él rechazase el plato de comida que le estaba tendiendo. Estuvo a punto de hacerlo pero algo se lo impidió, quizás la congoja en esos ojos iguales a los suyos o tal vez la esperanza de que su novia tuviese razón y ellos jamás hubiesen querido abandonarlo, solo supo que estiró las manos y cogió el cuenco que ella le ofrecía.

Sus manos se rozaron y ambos sintieron la misma descarga eléctrica que inundo sus corazones de un agradable calor. Al levantar la mirada de nuevo a los ojos de la mujer y verlos llenos de lágrimas, sintió el deseo irrefrenable de abrazarla pero se contuvo mientras la veía alejarse.

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Anne apoyó los antebrazos en sus rodillas, sentada en el banco de madera, y miró las cosas que la rodeaban en la habitación que una vez ocupó Jacob. Tan solo hacía dos días que él se había marchado y le extrañaba muchísimo, aunque jamás lo reconociese. Ese chico había ablandado su corazón en el mismo momento en el que lo cogió de su cuna y le protegió de la terrible imagen de su madre tirada en el suelo, rodeada de sus hermanos. Solo hacía unos meses de ello pero tenía la sensación de que, en realidad, habían pasado todos esos años que habían pasado físicamente en el cuerpo de él.

Le quería como a un hijo. Creía que su corazón solo estaría ocupado por Harry pero ese chico había conseguido hacerse un hueco en él.

Sabía que le quedaba poco tiempo. Si no les encontraba a él y Aya, y le daba el nombre del cómplice de su huida, el Lord acabaría con ella. Y lo único que había hecho al respecto era esperar pacientemente a que su señor perdiera la paciencia y acabara con ella.

Y así. Sentada en el banco de ese amplio cuarto la encontró Lady Ginevra. La mujer se asomó a través de la puerta abierta y la observó con pena, sabiendo que había tomado la decisión correcta, había llegado la hora de que ella supiese la verdad.

-Es normal que le extrañes- comentó la pelirroja.

Anne alzó la mirada y se puso en pie, haciéndole una reverencia típicamente masculina. Lady Ginevra le devolvió el gesto de una forma mucho más femenina.

-¿Necesita ayuda, mi lady?- preguntó amablemente pero escondiendo sus sentimientos tras esa cortina de frialdad que invadían sus ojos.

-En realidad te buscaba. Quería hablar contigo y al no verte aparecer en la cena, pensé que estabas indispuesta- explicó la mujer- Llevo un buen rato buscándote. Debí imaginar que estarías aquí. Ese chico te ha calado muy hondo.

-No es más que otro de mis soldados- se encogió de hombros consiguiendo que Lady Ginevra sonriera.

-No debes avergonzarte de tu amor por él- la miró con ternura- es normal quererle, le has criado.

-El amor no existe y mucho menos el amor fraternal- gruñó al recordar lo que sus padres hicieron con ella.

-¿Dudas de tu amor por Harry?- le dijo.

-¿Necesita algo, mi señora?- preguntó, cambiando de tema.- Porque debería bajar a las cocinas y pedirle a los esclavos que me preparen algo de cenar. Acabo de darme cuenta del hambre que tengo.

No espero respuesta. Pasó por al lado de la mujer pero se detuvo en el pasillo al escuchar lo que ella le dijo.

-Tus padres te querían, Anne.

Hubo unos segundos de silencio en los que ninguna de las dos se movieron. Muy despacio, la Teniente se dio la vuelta y miró a Lady Ginevra. Ellas nunca habían hablado de sus respectivos padres y no entendía que interés podía tener en esos momentos la pelirroja para hablar de ellos.

-No…

-Mi padre te engañó, Anne. Tus padres nunca quisieron entregarte a él, por lo que sé, lucharon con uñas y dientes el día que los tíos de Harry fueron asesinados y a ti te apartaron del lado de ellos. Trayéndoos a los dos aquí.

-¿Qué estás diciendo?- preguntó sin entender lo que ella estaba queriendo decirla.

-¿Estuviste presente cuando tus padres te vendieron? ¿Viste como ellos recibían esas monedas a cambio de tu venta?- preguntó la mujer y no esperó la respuesta que ya conocía.- No, te sacaron de tu casa y luego solo viste como salía mi padre, llevándote con él.

-¿Cómo sabes eso?

-Hace unos años, tu padre se coló en este castillo- la joven vio que lo recordaba- me lo encontré mientras deambulaba por los pasillos, buscándote desesperado. Al principio me asuste pero luego, al ver como los soldados se acercaban, me entregó una carta. Mi esposo fue uno de los soldados que llegaron en ese instante y me explicó lo que hoy te estoy contando, Anne.- Se miraron a los ojos- él nunca quiso venderte, ni siquiera lo hizo. Mi padre te apartó de su lado porque quería hacerles pagar que ellos no tuvieran los mismos ideales que él, porque le ofreció unirse a sus tropas y tu padre se negó. Tu padre quiso acercarse a ti muchas veces pero seguramente no lo hizo por miedo a tu rencor.

-Si todo eso es cierto- soltó con voz temblorosa por las lágrimas que estaba reteniendo y que la empañaban los ojos- ¿Por qué no me lo dijo cuando fui a verle a las mazmorras el día que se coló en el castillo? ¿Por qué no me explicó todo eso?

-El día que te apartaron de su lado, Anne- la chica tomó aire para lo que iba a decir- mi padre ordenó a sus soldados que quemaran vuestro hogar y les cortara la lengua, tanto a tu madre como a tu padre. Por eso escribió la carta que me dio a mí, por miedo a que los soldados se la quitaran.

-¿Qué carta?- gruñó la joven, angustiada.

Lady Ginevra sacó de entre sus ropas un sobre amarillento por el tiempo. Anne se lo arrebató y observó la bonita caligrafía de su padre en la que se podía leer: "Para nuestra querida Anne".

-Mi hermano les mandó matar después de que tu padre intentara ponerse en contacto unas cuantas veces más contigo- explicó Lady Ginevra consiguiendo que Anne apartara la mirada de la carta y la pusiera sobre ella- quiso hacerte creer que fue un ajuste de cuentas.

Temblorosa por el dolor y la rabia, abrió la carta y sacó el pergamino, desdoblándolo. Comenzó a leerla para sí misma.

"Nuestra querida Anne,

Llevo tanto tiempo queriéndote decir lo mucho que te he extrañado, lo mucho que tu madre y yo hemos añorado tu risa, tus besos y tus caricias. Mi pequeña princesa eras el único rayo de luz que iluminaba nuestro hogar y desde que te apartaron de nuestro lado, nos hemos visto en vueltos en una horrible oscuridad.

Ojalá supieras lo mucho que te queremos… ojalá pudiéramos decirte que te queremos pero han sellado nuestros labios. Tan solo quiero abrazarte de nuevo y poder respirar el aroma que nunca hemos olvidado. Ese mismo olor que reconocería en cualquier lado y que recuerdo cada vez que cierro los ojos e imagino que estás entre mis brazos.

Tendría que haber sido más fuerte, haber luchado con más ahínco para que no te apartaran de nuestro lado. Odio en lo que te han convertido, odio saber que te han obligado a hacer cosas horribles y mi agonía aumenta al imaginar lo que ellos habrán hecho contigo hasta convertirte en lo que hoy eres.

No me malinterpretes, jamás podría avergonzarme de ti, porque eres mi mayor orgullo, mi mayor tesoro pero me hubiese gustado ser más fuerte para haberte protegido y que hubieses crecido con la vida que verdaderamente te merecías. Ahora estamos pagando nuestra debilidad, observándote en la distancia sin poder alcanzarte y sabiendo que muy probablemente nos odies por las mentiras que esos monstruos te habrán contado sobre nosotros.

Pero créenos cuando te decimos que te queremos. Siempre serás la princesa de nuestro hogar, la luz en nuestra oscuridad, el corazón en nuestros cuerpos y el alma en nuestra eternidad.

Tus padres."

Tuvo que leerla una vez más para digerir todo lo que en ella se decía. Temblaba descontroladamente mientras imaginaba a su padre escribiéndola.

-¿Por qué?- alzó la mirada llena de un intenso odio- ¿Por qué no me lo contaste antes?

-Mi hermano y mi esposo se aseguraron de que nunca te contara nada- ella sabía que se merecía toda esa rabia. Le había ocultado durante años una verdad muy dolorosa- sabes lo persuasivos…

La joven no pudo acabar. Anne se había acercado hasta ella y la había puesto contra la pared, agarrándola del cuello, asfixiándola. Lady Ginevra la miró suplicante y se aferró a la mano que la estrangulaba.

-Claro que sé lo persuasivos que pueden ser- murmuró con voz temblorosa mientras las lágrimas pendían peligrosamente de sus pestañas- lo he podido sentir en mis propias carnes. Eres una maldita cobarde que ha tenido más de diez años para decirme la verdad.

-Lo siento- susurró sabiendo que se merecía su rabia.

-¿Lo sientes?- ella rió sin humor- yo también lo siento, Ginevra. Siento que seas tan cobarde y no hayas sido capaz de plantar cara a esos hombres que te controlan. Pero sabes por quien lo siento de verdad. Por mí.

Aflojó la mano para dejarla respirar pero no la soltó, obligándola a que la mirara mientras conseguía retener las lágrimas a duras penas.

-Tu padre y tu hermano me han hecho asesinar a gente, me han torturado y me han follado haciéndome creer que se lo debía por haber cuidado de mi cuando nadie más quiso hacerlo. Convirtiéndome en un ser insensible y frío- la agarró de las mejillas, apretándoselas hasta conseguir un gemido de dolor- Tu padre me follaba cuando tan solo era una niña mientras tu madre cuidaba de ti y de tus hermanos- los ojos de Lady Ginevra se llenaron de lágrimas al escuchar esas cosas que desconocía- me quito mi virginidad, esa que tú guardabas tan celosamente para dársela a tu marido y que yo deseaba darle a Harry. Imagínatelo, mi Lady- se acercó hasta su oído y continuó en un susurro- imagínate a tu padre, ese maldito viejo verde, metiendo su polla en cada uno de mis orificios y luego imagínate a tu hermano.

La soltó tan bruscamente que la tiró al suelo. El rostro surcado de lágrimas de Lady Ginevra se giró para observar a la única amiga que había tenido todo esos años y a la que había traicionado con su silencio.

-Mis manos están manchadas de sangre y mi corazón está congelado por las muchas torturas a las que fui sometida. Y he sufrido todo eso mientras tú callabas. Con un lo siento no me basta.

Se alejó con paso enérgico sin mirar atrás. A cada paso que daba la opresión que se había instalado en su pecho, aumentaba, impidiéndola respirar con normalidad. Se adentró en sus aposentos y sujetándose en la mesa que había en uno de los laterales, intentó respirar con normalidad pero no era capaz.

"-Eso es, Anne, así es como debes complacerme- susurraba la voz del rey Arthur en la penumbra de ese cuarto que ella había ocupado desde que fue llevada al castillo-utiliza la boca. Eso es, Anne.

Anne observó la figura desnuda de su señor, solo vestido con sus elegantes joyas, acostado en el centro de la cama mientras observaba lo que sus pequeñas manos y su pura boca hacía con su cuerpo adulto."

"-Acaba con él, Anne. Mátalo. Quiere hacer daño a tu señor- le gritaba el rey.

Anne agarró con fuerza la espada que había entre sus manos, con la voz de su señor retumbando en su cabeza y la blandió, cortándole la cabeza al hombre que tenía enfrente."

"-¿Qué les pasó?- preguntó fríamente mientras observaba los cadáveres de sus padres, asesinados en aquel oscuro callejón, envueltos en pobreza y suciedad.

El dolor que sentía en su corazón no traspasaba la barrera de sus ojos. Hacía mucho que no veía a su madre, a su padre le vio en el castillo hacía unas cuantas semanas, pero ella presentaba el mismo estado deplorable que había visto en él. La vida no les había tratado bien y la prueba de ello estaba allí, habían muerto solos y en el anonimato a manos de un asesino.

-Fueron apuñalados- explicó uno de sus soldados- seguramente un ajuste de cuentas. Al parecer tenían muchas deudas."

"Jadeó mientras sentía como Lord Rädsla entraba y salía de su cuerpo con fuertes embestidas. Cada vez que cerraba los ojos los cadáveres de su padre aparecían ante ella, sintiendo ganas de vomitar. Pero si los abría veía el rostro de su señor contorsionado por el placer y la demencia.

Él le permitió darse la vuelta, quedando tumbada boca abajo y volvió a penetrarla, haciéndola jadear. La mordisqueó el cuello y la apartó el pelo.

-Yo cuidaré de ti, Anne. Tus padres han tenido lo que se merecían- gruñó, deteniendo sus palabras para jadear como un animal- te vendieron… no quisieron cuidar de ti.

Los ojos de Anne se llenaron de lágrimas, aferrándose a las sabanas mientras sentía los besos del Lord por su espalda."

"-No creo que tus padres te vendieran, Anne- le decía Harry como muchas otras veces- ellos te querían. Aún recuerdo lo mucho que tu padre juagaba con nosotros y lo embelesado que se le veía cada vez que te miraba.

-Eras solo un niño, Harry- se quejó ella sin atreverse a mirarle.

-Mis recuerdos son reales y sé que los tuyos también, aunque ellos se empeñen en turbarlos con mentiras- le aseguró Harry."

"-Papi, papi hazme volar- reía Anne corriendo hacía su padre que volvía de un duro día en el campo.

Él sonrió y la levantó en el aire, colocándosela sobre el hombro. Anne estiró los brazos y el hombre empezó a correr por el jardín delantero de su cada mientras su madre les observaba con una sonrisa desde la puerta.

-Mira, mamá, soy un pájaro- reía Anne y los ojos de la niña se posaron en un Harry de cinco años que les observaba desde el jardín de su casa, enfrente de la de ellos- mira, Harry, mi papá me ha convertido en un pájaro.

El hombre se acercó al pequeño y le levantó poniéndoselo en el otro hombro mientras los tíos del chico los observaban con una sonrisa. El niño rió y estiró los brazos como hacía su amiga.

-Somos unos pájaros, Harry- rió Anne."

"El golpe fue doloroso pero Anne se mantuvo quieta mientras observaba como la reina Molly la miraba con rabia.

-Eres una vulgar ramera- gruñó la mujer- metiéndote en la cama de mi esposo. De tu rey.

Anne calló, sabiendo que la reina tenía sus propios amantes dentro de la corte pero su deber era callar. Volvió a golpearla y siguió impertérrita. La puerta de los aposentos se abrió y entró el rey Arthur con paso enérgico.

-¿Qué diablos haces?- le gritó a la reina al ver la cara manchada de sangre de Anne.

-Castigando a esta ramera por meterse en tu cama- respondió con rabia y volvió a golpearla con la diferencia de que esta vez la reina también recibió un golpe por parte de su esposo.

La hizo sentarse en una silla y con un movimiento de su mano, unas cuerdas rodearon sus muñecas y tobillo, reteniéndola en el sitio. El rey Arthur se acercó a Anne que apenas tenía quince años y la desnudo.

La pequeña cerró los ojos cuando sintió como la apoyaba en la mesa, abriéndola las piernas. Sintió como el rey se desnudaba tras ella y luego se colocaba en la posición adecuada.

Gimoteó dolorida mientras sus ojos se posaban en la reina que observaba todo con una mirada llena de rabia, dirigida no a su marido que era quien se la merecía, sino a ella."

"-Huyamos- soltó vehementemente Harry con dieciséis años- es hora de irnos.

-¿Y de qué viviremos, Harry?- preguntó Anne con pesar.

-No importa, aprenderé a cazar, pescar y tú podrías cuidar de un huerto- respondió con la misma pasión que ponía siempre cuando le proponía huir del castillo- imagínate, los dos solos, disfrutando el uno del otro- la besó, acariciando sus pechos desnudos- y luego llegarían los bebés- observó su vientre plano como si se la estuviese imaginando embarazada- y envejeceríamos los dos juntos, después de haber disfrutado de años de nuestro amor."

"El dolor era indescriptible pero había aprendido que gritar solo lograría más ráfagas de dolor. Lo había aprendido con los años y la experiencia. La frialdad que traslucían sus ojos azules hizo sonreír a Lord Rädsla mientras la torturaban por un error que había cometido."

Los recuerdos se agolpaban en su cabeza, mareándola, impidiéndola pensar con claridad. Se dobló sobre sus rodillas y vomitó lo poco que tenía en el estomago. Sollozó, desesperada al sentir el cerebro embotado por los recuerdos felices y tristes que la embargaban de dolor.

Tambaleando se puso en pie y caminó hasta el baúl donde guardaba sus armas. Se puso la espada al cinto, cogió su varita, colocándola al otro lado de su espada y la daga que aferró entre sus dedos, apretando hasta sus nudillos se pusieron blancos.

Salió de sus aposentos, limpiándose el sudor frío que s ele había acumulado sobre el labio. Caminó con paso decidido por el silencioso corredor, desierto a esas horas de la noche.

El odio que su corazón albergaba se expandía por cada rincón de su cuerpo, haciéndola sentir un cosquilleo mientras caminaba con paso seguro al que seguramente siempre había sido su destino.

Esa noche se vengaría. Vengaría lo que sus padres habían sufrido, vengaría lo que Harry seguía sufriendo y vengaría lo que ella siempre sufriría aun a pesar de llevar a cabo su venganza. Porque la culpa por lo ciega que siempre había estado jamás la dejaría en paz.

Alcanzó las dobles puertas de los aposentos del rey. Respiró con fuerza antes de abrirla, intentando que chirriara lo menos posible. Aferró con más fuerza la empuñadura de la daga y relajando la respiración se internó en el cuarto.

La oscuridad la engulló, solo rota por la luz de la luna que entraba por la ventana. Con paso seguro pero tranquilo se colocó junto a la cama del Lord. Este dormía envuelto en la opulencia de su poder.

Levantó la daga por encima de su cabeza, sujetándola con ambas manos y observó al hombre que durante años se había aprovechado de ella y de su lealtad. Las lágrimas comenzaron a descender por sus mejillas al recordar lo solos y desgraciados que habían muerto sus padres. Sintiendo la carta descansando entre sus ropas, contra su pecho, bajó la daga. Pero esta no llegó a su destino pues una mano aferró con fuerza las suyas y la tapó la boca, evitando que gritara.

Pataleando vio como la sacaban de los aposentos del rey y la alejaban de su misión. Forcejeó pero su captor no la soltó hasta que estuvieron fuera. Ya en el pasillo, se revolvió y levantó la daga para acabar con la persona que la había impedido matar al hombre que más odiaba en esos momentos.

Su mano se detuvo en el aire al ver que se trataba de Harry. Soltó la daga que cayó al suelo haciendo un ruido seco al tocar la piedra. Se observaron en silencio, ella con el rostro cubierto de espesas lágrimas que no limpiaban el dolor que estaba experimentando.

-Tengo que matarle- soltó con vehemencia.

-¿Qué ha ocurrido?- exigió saber él.

-Tenías razón, siempre la tuviste- le tendió la carta que Harry leyó con rapidez, comprendiendo lo que ella estaba sintiendo- ellos no me vendieron. El rey Arthur me llevó con él por castigo a su negativa de unirse a sus tropas. Me querían… Merlín, Harry, me querían.

Él la abrazó con fuerza contra su pecho, queriendo consolar la tristeza que se veía en sus ojos. Hubiera preferido evitarle ese dolor pero se alegraba de que por fin, ella abriese los ojos.

-Le dije que le odiaba… mis últimas palabras hacía mi padre fueron de odio- sollozó ella contra su pecho- soy la peor hija del mundo. Lo siento, lo siento… debí hacerte caso, mi amor… debimos habernos ido, pero tenía tanto miedo. Te amo, perdóname…

-Vayámonos ahora- la cogió del rostro con ambas manos e hizo que le mirara- huyamos. Buscaremos a Aya y Jacob, cuidaremos de ellos. Formaremos la familia que siempre quisimos.

La besó, apretándola contra su cuerpo. Se miraron a los ojos y ella asintió. Harry sonrió y la limpió el rostro, quitando todo rastro de lágrimas. La volvió a besar.

-Coge algo de ropa y lo imprescindible- ella asintió. Por primera vez no era quien daba las órdenes y ella esperaba sumisa lo que él tuviese que decirle, dispuesta a por una vez hacerle caso- Yo iré a las cocinas a por algo de comer. Nos veremos en las caballerizas.

-La vigilancia se ha multiplicado desde la huida de Jacob y Aya- le recordó ella.

-Lo lograremos, juntos- ella asintió y le besó- corre.

Anne asintió y corrió hacía sus aposentos. Harry la vio alejarse con una nueva esperanza en el corazón y sabiendo que a partir de ahora, todo lo que vivieran bueno o malo, lo harían en libertad.