En la residencia de los Lundberg se estaba llevando a cabo una pequeña cena en secreto. Richard se había encargado de mandar hacer un festín para sus amigos. En la enorme mesa de fina madera oscura estaban sentados los esposos Alger y Carleigh Leedman, Hendrick, Lucas y por supuesto Andreas. Estaban celebrando la navidad. Todos degustaban de la exquisita comida que había sobre la mesa. Por unas horas, ninguno tenía que preocuparse por que fueran descubiertos o porque el General Heisenberg se le ocurriera mandarlos llamar para realizar alguna de sus fechorías. Solo por esa noche, todos podían sentirse tranquilos de poder tomar sus verdaderas identidades.
Los Leedman tenían fascinados a los jóvenes espías con su historia, ninguno podía creer que estuvieran compartiendo mesa con esas grandes personalidades del ejército y una leyenda en el mundo de los espías. En Occidente, ellos respondían por los nombres de Gretha y Rupert Benzer. Durante la tercera etapa de la reconstrucción habían servido para capturar a los delincuentes más buscados en todo el mundo viviendo toda clase de aventuras y obstáculos en su trayectoria y eran considerados como unos superhéroes de la vida real. Pero cierta tarde lluviosa, ellos "perdieron" la vida cuando su auto cayó por un barranco en algún lugar de Bélgica. Había sido una tragedia nacional, el ejército estaba de luto. Sin embargo, esa fue solo una mentira que la CII y el gobierno planeo para encubrir su envió a Oriente para trabajar como espías. Esa función la habían estado realizando con mucho éxito durante veinte años. Andreas al igual que sus dos jóvenes compañeros se sentían afortunados de saber que ellos no pasarían tantos años lejos de sus familias. El más afectado sentimentalmente su estadía en Oriente, era Hendrick. Por el día que era estaba más nostálgico que de costumbre, el recuerdo de su esposa e hijo de tres años que se habían quedado en Hannover le pesaba.
Debido a las labores que tenían en Berlin, Andreas y Hendrick habían consolidado una buena amistad, aunque para evitar llamar la atención en la ciudad evitaban dar señales de ser muy buenos amigos; así que sabía que para el pelirrojo le era muy difícil trabajar como espía. La razón por la cual Hendrick había aceptado el trabajo era la gran cantidad de dinero que le darían como pago y de la cual su esposa ya estaba recibiendo los primeros cheques.
El General Lütke le había prometido que no pasaría más de dos años en Berlin y esperaba que cumpliera esa promesa. El trabajo del joven Físico nuclear no había sido fácil, tenía que fotocopiar los planos de las armas y sacar fotos secretamente de cada nueva arma que se estuviera fabricando en la planta y por supuesto mandar una copia de todas las bitácoras de pruebas que se hicieran. Él estaba en constante peligro, las condiciones de trabajo en el reactor nuclear eran inhumanas y en las pruebas siempre estaba el riesgo de que se irradiara demás, lo cual podría causarle una enfermedad congénita. Pero quizás de los tres, el peor de los trabajos lo tenía Lucas. La mirada del joven reflejaba odio, tristeza y soledad.
Cuando Andreas lo conoció, le pareció que era una persona muy frívola pero con el paso lento de los meses había perdido ese semblante. El rubio sabía que Lucas había aceptado su trabajo en un rebato de ambición y arrogancia para subir de puesto. Cuando Andreas platico con él por primera vez, noto que él era el único que no estaba preocupado por saber cuándo seria su regreso a Berlin Occidental y eso tenía una triste razón. Lucas no tenía a nadie del otro lado que lo estuviese esperando. Había quedado huérfano cuando era apenas un niño, vivió en un orfanatorio hasta que cumplió los catorce años y fue echado de ahí. Para sobrevivir se enlisto en el ejército y se dedicó día y noche a ser militar de carrera. Así que cuando el ministro le ofreció convertirse en espía, no puso ningún pero y acepto. A final de cuentas para Lucas era solo un trabajo más que desempeñar. Desde que llego a Oriente, el joven no tuvo un lugar fijo en el cual estar. Al entrar como agente encubierto de la PSO tuvo que viajar por varias partes de Asia. Hacia un par de días atrás que había llegado a Berlin y estaba quedándose en casa del centro de Lundberg, pues los espías con los que estuvo en su primera semana en la ciudad habían sido transferidos a Polonia. El castaño le había contado de varias de las atrocidades de las que había sido participe y testigo, que jamás pensó que un ser humano podría hacerle a otro sin siquiera dudarlo. Castigos que creía imposibles, que pensó haberlos soñado si no fuera porque aun sentía el miedo, el latir acelerado de su corazón, sus nervios en crispándose y había decenas de videos que el grabo para ser enviados al Ministro Lütke como parte de su informe de actividades. Eran todas esas horribles vivencias las que le habían transformado drásticamente y por eso en navidad, aunque el supiera que esa festividad no existía, lo deprimía profundamente. Por saber que mientras él estaba comiendo, miles de personas no tenían que comer y estaban siendo torturadas por todo Oriente.
Andreas-aunque no quisiera demostrarlo-también estaba nostálgico. Pensaba en su madre y su prima. Seguramente ellas estaban cenando en casa y abriendo los regalos que Maximilian les había entregado a su nombre. Era la primera navidad que pasaba lejos de casa y aquello lo entristecía. Para Andreas era una fecha muy especial, su madre siempre se esforzó por hacerla algo inolvidable. Tenían la bonita tradición de cenar juntos, Kari preparaba su postre favorito en todo el mundo que era el pastel selva negra y sus dos mujeres, siempre terminaban riendo a carcajadas pues él siempre se llenaba de chocolate mientras lo comía. Luego salían a ver los fuegos artificiales, más tarde regresaban a abrirlos regalos que cada uno minuciosamente había preparado y finalmente se iban a dormir. Esa fecha era una de las pocas veces que podía dormir en casa desde que se había enlistado en el ejército. Pero ese año era diferente y solo deseaba que su madre y Pía no lo estuviesen pasando mal.
Cuando terminaron de cenar, Richard los invito a pasar a la sala. Ahí tomarían alguno de los postres que había elegido con una taza de café, pero también los estaba esperando una sorpresa. Lundberg había comprado algunos regalos para todos y no eran regalos de Oriente, los había mandado traer desde el otro lado.
Poco a poco fue repartiendo a cada uno sus presentes. A Gretha Benzer le había dado una enorme caja de chocolates belga. Ella chillo de la emoción al verla pues el chocolate era una de sus adicciones y hacia un par de años que no degustaba del exquisito sabor de un chocolate belga. Rupert Benzer recibió una botella de Whisky escoces, lo cual lo puso muy contento porque según el espía era la mejor bebida del mundo. Lucas recibió un reproductor de música nuevo, fue la primera vez desde que llego que se carcajeo sinceramente. Al recibirlo recordó que su antiguo reproductor se había dañado cuando cayó accidentalmente al váter. Hendrick recibió un balón de baloncesto de su equipo favorito de edición limitada. En últimas fechas, Richard se había enterado que el pelirrojo solía formar parte de la Selección Alemana de Baloncesto, pensó que sería un buen regalo para el joven y no se equivocó en su decisión.
Finalmente llegó el turno de abrir el regalo que su mentor le había dado. Era una notebook de nueva generación, más pequeña que cualquiera que hubiese tenido y ni si quiera había encendido su computadora nueva, cuando ya estaba pensando en todas las cosas que podría hacer con ella.
Rupert considero que era una ocasión apropiada para hacer un brindis, así que a todos los presentes les repartió una copa de su botella de Whisky.
—Brindemos esta noche por nuestras familias y amigos que están en Oriente. Por qué pronto logremos nuestros objetivos y volvamos a nuestra tierra con bien a reunirnos con ellos y por supuesto por la pronta liberación de Oriente—dijo alzando su copa.
—¡Salud!—corearon los presentes al unísono, mientras cada uno en su cabeza rezaba por que todo saliera bien. Andreas mientras saboreaba su bebida, se dio cuenta que todo lo que estaba haciendo, cada pequeño sacrificio era un pequeño grano de arena para liberar a Oriente. Estaba trabajando para millones de personas y tenía una gran responsabilidad sobre sus hombros. Y todos los que estaban ahí, a final de cuentas habían aceptado a dar su vida por una causa que aparentemente no les pertenecía y la hicieron suya. Quizás en un principio todos aceptaron el trabajo por diversas razones como la fama y el dinero, pero también podían a ver renunciado en cualquier momento y hasta el momento ninguno lo había hecho, por más duro, sucio e inhumano que el trabajo fuese nadie se arrepentía de estar ahi. Entonces el sacrificio de Richard y aquella terrible orden que le habían dado desde Occidente, fue entendible para él, al final cada una de sus acciones tendría tanto valor en las vidas de millones de desconocidos que todo habría valido la pena. Pensó en Svetlana, en las pocas personas que iba conociendo con el paso de los días, que eran buenas y merecían tener una vida mejor. Entonces Andreas en silencio tomo la decisión más importante de su vida, hizo la causa suya y no descansaría hasta verla materializada porque él pensaba que cuando pudiese ver sonreír con el corazón a esos niños abandonados que en ese momento caminaban por la línea del muro, mirándolo con esperanza de verlo caer algún día, él se sentiría satisfecho por haber hecho algo bueno por los demás.
