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Capítulo 38 El regreso de los Sutherland
Minerva observó a los profesores reunidos en su despacho. Estaban los cuatro jefes de Casa. Filius era el único que sabía el propósito de aquella reunión y parecía tranquilo, confiado en que todo iría bien. Neville y Carlota se mostraban curiosos y Blaise tenía una expresión hermética en su rostro, para variar. Estaba un poco preocupada por él; no había vuelto a ser el mismo desde lo de su madre. Tendría que hablar con él cuando tuviera un momento. El otro participante en aquella reunión era Teddy; aunque a él no le había contado nada, el joven psicomago sin duda sospechaba por qué los había reunido.
-He estado hablando con la señora Sutherland, la madre de Urien y Penelope –les dijo, en tono mesurado-. Desea que los niños vuelvan a Hogwarts.
Neville y Teddy parecieron complacidos con la noticia. Carlota, sin embargo, había fruncido el ceño con preocupación y Blaise, obviamente, pensaba que aquello era un error.
-¿Crees que es buena idea, Minerva? –preguntó Carlota-. Me preocupa que puedan salir malparados.
-No me hago responsable de lo que hagan los alumnos de Slytherin –dijo Blaise fríamente.
-Pues deberías, considerando que eres su Jefe de Casa. Urien y Penelope no tienen la culpa de lo que hizo su madre. No hay razón para que no puedan estar aquí, recibiendo la educación que merecen. Nunca hemos cerrado las puertas a los hijos de los mortífagos y no las cerraremos a los hijos de los Parásitos.
-Y todos recordamos cómo trataban a los hijos de los mortífagos, ¿verdad? –replicó Blaise.
-Por eso esta vez podemos hacerlo mejor. –Había esperado aquel golpe bajo, así que no permitió que la afectara. No habían estado a la altura con los hijos de los mortífagos, desde luego, pero debían y podían aprender de sus errores-. Quiero que habléis con los prefectos y les dejéis claro que Urien y Penelope no son Parásitos y no simpatizan con su ideología. No hay razón para meterse con ellos. Sé que no podemos evitar que haya algún roce, ellos también lo saben, pero quiero que estéis atentos, que atajéis esa clase de conducta y que les pidáis a los prefectos que os mantengan informados.
Carlota asintió, pero Blaise aún se mostraba disgustado. Minerva le dirigió una mirada dura para que comprendiera que hablaba en serio
-Los dos son buenos chicos –dijo Neville, haciendo que Teddy asintiera-. Se merecen poder continuar sus estudios tranquilamente. Los dos tienen compañeros que han estado preguntando por ellos y escribiéndoles cartas, eso ya es un buen principio.
-Si crees que es seguro… -dijo Carlota-. ¿Cuándo vendrán?
-Mañana por la tarde –contestó Minerva-. Como es viernes tendrán todo el fin de semana para acostumbrarse a estar de vuelta y para ponerse un poco al día. Yo anunciaré su llegada hoy en la cena.
-Imagino que los dos estarán bastante preocupados –dijo Teddy-. Sé que a Urien no le hacía gracia la idea de dejar a su madre sola.
-No. Pero tiene quince años. Su obligación y su derecho es estudiar y formarse. Urien ha cargado con demasiada responsabilidad en esa familia y ahora tiene que pensar en sí mismo. Su madre está de acuerdo, por supuesto.
Era probablemente la única decisión sensata que aquella mujer había tomado en su vida. Eso y rescatar a Albus y Scorpius. A Minerva le daba algo de pena, pero compadecía más a sus hijos, que estaban sufriendo por las decisiones de su madre. Ahora tenían que ayudarlos en todo lo posible. Teddy continuaría sus charlas con ellos y ella se preocuparía de que recibieran unas clases de apoyo para alcanzar a los demás, si las necesitaban. Y si algún alumno se atrevía a hacerles la vida imposible… Bueno, tendrían que responder ante ella.
Cuando Scorpius escuchó la noticia, sentado a la mesa de los Gryffindor, se quedó con la boca abierta.
-¡Urien no me había dicho nada! –exclamó Amal, encantado-. ¿Y a ti?
-Tampoco –contestó Albus.
-¿A que es genial? Me alegro un montón de que venga. No tiene por qué esconderse.
Scorpius forzó una sonrisa, aunque se encontraba confundido y, por lo que podía ver en las caras de la gente de Slytherin, muchos no habían recibido con agrado la noticia. La directora podía decir lo que quisiera, pero Urien y su hermana no lo iban a tener fácil.
-No deberían venir aquí –dijo un chico de sexto-. No los queremos en el colegio.
-Habla por ti –replicó Amal, molesto-. Yo sí quiero que vengan. Urien y su hermana no han hecho nada malo.
-Eso, y lo mínimo es que puedan contar con la lealtad de los Gryffindor –dijo Rose.
-Ya sé que esos dos no son parte de los Parásitos –dijo el chico de sexto-. Pero ¿cómo sabemos que no sabían en qué andaba metida su madre?
-¡Porque no lo sabían! –exclamó Amal-. Tú no le viste cuando secuestraron a Albus y a Scorpius, ¿verdad? Estaba hecho polvo.
-¿Tanto como para traicionar a su madre? Si hubieran sabido que ella estaba implicada, tampoco habrían dicho nada.
-Bueno, yo fui al que secuestraron y te digo que Urien no sabía nada –dijo Albus, uniéndose a la discusión.
Jonah Broadmoor hizo lo mismo.
-Mis dos abuelos murieron en Windfield y yo también te digo que ese chaval es un trozo de pan. Yo lo aviso: si pillo a alguien metiéndose con él también se las verá conmigo.
Scorpius sabía que Broadmoor y Albus nunca habían congeniado demasiado, pero en ese momento Albus le dirigió al chico una mirada de aprobación. El resto de compañeros de Urien, los de su curso, prometieron también defenderlo. Scorpius estaba seguro de que no se hablaba de otra cosa en el Gran Comedor. Desde la mesa de Slytherin, Morrigan le preguntó su opinión con una mueca y él se encogió de hombros con resignación. No pensaba ir atacándolo por los pasillos, desde luego. Tenía claro que Urien era inocente. Pero no se sentía entusiasmado como Albus. Ver a Urien le haría pensar en su madre y quizás eso le haría pensar en todo lo que había pasado durante los dos días y pico que habían estado secuestrados.
Cuando terminó la cena, Scorpius volvió rápidamente con sus compañeros de Slytherin, deseoso de oír lo que tenían que decir al respecto. No le extrañó ver que estaban tan soliviantados cómo parecían.
-Tienen mucha cara, volviendo a Hogwarts –dijo Hector.
-McGonagall se ha vuelto loca –dijo Damon-. ¿Cómo se les ocurre meter a esos dos Parásitos en el colegio?
-¿La niña es de los Parásitos? –replicó Britney, sarcástica-. ¿Con once años?
-Mira, no empieces –dijo Damon, frunciendo el ceño-. Ya sé que no son de los Parásitos, pero ¿qué te hace pensar que no van a estar informando a su madre de todo lo que pasa en el colegio? Y ella se lo dirá a sus jefes.
-Su madre está trabajando para los aurores, Damon –dijo Morrigan-. Si ella fuera aún de los Parásitos, ¿por qué habría liberado a mi primo y a Albus?
La conversación duró hasta que llegaron a la Sala Común, porque entonces apareció Zabini y llamó a todos los alumnos, quienes se reunieron a su alrededor. Scorpius supuso que iba a hablarles de Urien y no se equivocaba.
-La directora quiere que les comunique que se toma un interés personal en la seguridad de los hermanos Sutherland –dijo, con evidente desagrado-. Por lo tanto les recomiendo que eviten cualquier tipo de represalias, especialmente si no pueden tener la certeza de que no va a haber consecuencias para ustedes y para Slytherin. También les recuerdo que cualquier cosa que digan cerca del señor y la señorita Sutherland podría llegar a oídos no deseados. Tengan mucho cuidado.
Zabini hizo luego un aparte con los prefectos y les dijo que vigilaran que nadie hiciera nada demasiado estúpido. A Scorpius no le cupo duda de que Zabini iba a ser muy tolerantes con insultos velados y jugarretas anónimas. La idea le disgustó. Probablemente habría reaccionado con más indiferencia si se hubiera tratado de otro alumno, alguien con quien no tuviera relación. Pero Urien era amigo suyo, más o menos. Puede que se sintiera un poco raro ante la perspectiva de verlo, pero no deseaba que fuera acosado por todo el colegio. No merecía pasar por lo que él había pasado sus dos primeros años en Hogwarts. Por no hablar de que si Urien se metía en líos, Albus y Amal también se verían implicados, porque era imposible que no saltaran a defenderlo. Y él no quería que Albus tuviera problemas.
Cuando Zabini terminó aquella reunión, Scorpius y Britney se reunieron con sus amigos. A Morrigan le faltó tiempo para preguntarles qué les había dicho Zabini y Scorpius contestó que quería que vigilaran a los demás.
-No le gusta nada que vengan –dijo Britney, con desaprobación-. Cree que va a informar a los Parásitos a través de su madre de todo lo que pase en el colegio.
-Os lo dije –exclamó Damon, satisfecho de sí mismo.
Scorpius suspiró. Como si no tuvieran todos bastantes complicaciones.
Blaise estaba convencido de que McGonagall nunca había cometido un error mayor que aquel. De los pocos alumnos de Hogwarts con parientes cercanos entre los Parásitos, los Sutherland eran el caso más peligroso. No tenían prácticamente a nadie, a excepción de su abuela. ¿Y si los Parásitos se ponían en contacto con Urien y le prometían que perdonarían la traición de su madre y la liberarían si él les ayudaba a hacer caer Hogwarts? Podía hacer un daño terrible y era increíble que McGonagall no lo viera.
Estaba furioso, pero al doblar la esquina del pasillo y salir al vestíbulo, se quedó paralizado y toda su furia se desvaneció, sustituida por el terror.
Su madre le observaba, a sólo unos metros de distancia.
Blaise jadeó, aún sin voz, mientras daba un paso atrás. En ese momento dos alumnos de Hufflepuff pasaron por delante de ella como si no la vieran y un segundo después, la visión desapareció. Blaise seguía paralizado. La primera vez, en el mercadillo, se había convencido de que se lo había imaginado. Había habido una segunda vez, también por los pasillos, en la que había conseguido creer que a quien había visto era a Winnie Jordan, aunque sólo se parecía a su madre en que ambas eran mujeres negras. Pero esta vez no había confusión posible. Sabía lo que había visto.
Pero, ¿cómo podía ser? Su madre había sido ejecutada en Argentina, no había manera de que ahora apareciera en Hogwarts. En el sitio en el que había muerto, sí, quizás, pero no a miles de kilómetros de distancia, eso no funcionaba así.
Blaise se dio cuenta de que unas Gryffindor se lo habían quedado mirando y recompuso el semblante como pudo mientras se daba fuerzas a sí mismo. No sabía qué estaba pasando, pero no debía dejarse afectar por aquello. Seguramente había una explicación lógica para aquellas supuestas apariciones. Quizás sólo se estaba sugestionando.
Después de respirar hondo un par de veces siguió su camino. Pero no pudo evitar que sus ojos, de vez en cuando, miraran ansiosamente a su alrededor.
Todo el colegio estaba pendiente de la llegada de Urien y Penelope, y Albus tenía la impresión de que a la hora de cenar, no había alumno de Hogwarts que no estuviera mirando hacia la puerta –con la excepción de Mei, quizás-. Pero no llegaron hasta después de la cena, cuando todos estaban ya en sus Salas Comunes. Neville entró con los dos hermanos en la Torre de Gryffindor y por un momento, todos se quedaron callados, observándoles. Amal fue el primero en romper el silencio.
-Eh, Urien –exclamó, sonriendo, yendo hacia él y dándole una palmadita en la espalda-. Me alegro de verte, hombre.
Albus ya le había seguido, y también Rose, y Dora y otros alumnos de su curso. Penelope también estaba siendo bien recibida por algunos de sus amigos. Los dos hermanos parecían nerviosos e incómodos y Albus se apiadó de ellos, comprendiendo que no debía ser nada fácil. Algo sabía de eso, ¿no? Volver a Hogwarts después del incidente entre James y Scorpius había requerido valor, y no sabía si habría sido capaz de hacerlo si Scorpius no se hubiera recuperado del todo. Urien y Penelope se estaban enfrentando a algo aún más duro.
-Son inocentes y son Gryffindors –les recordó Neville a todos-. Espero que lo tengáis presente.
Cuando Neville se marchó, Urien pasó el brazo por los hombros de su hermana y lanzó una mirada desafiante al resto de los alumnos, pero Albus no dio tiempo a que hubiera ninguna clase de reto.
-Eh, vamos a ver si ya han puesto tu cama en el dormitorio. Cuando hemos venido de cenar no estaba aún.
Las amigas de Penelope querían hablar con ella también y Urien la dejó marchar con un instante de vacilación. Luego les siguió al dormitorio, donde, efectivamente, de pronto volvía a haber de nuevo una cama más. El baúl de Urien estaba allí también, a los pies de la cama, y éste empezó a desempacar sus cosas mientras ellos le contaban las novedades, aunque ya estaba al corriente de muchas cosas gracias a las cartas. No dijo gran cosa hasta que terminó y se sentó también en la cama.
-Yo no quería venir. Sé que un montón de gente nos odia ahora a mi hermana y a mí. No me importa lo que me hagan, pero como alguien le toque a Penny un solo pelo de la cabeza…
-McGonagall ha estado metiéndoles miedo durante la cena –le aseguró Amal.
-Sí, y Neville ha estado hablando con los prefectos –añadió Albus-. Quiere que vigilemos lo que pasa y se lo digamos, si alguien se mete con vosotros.
-Además, vosotros no tenéis la culpa de que vuestra madre… Ya sabes -dijo Rose.
-No quiero hablar de ella –replicó él, con brusquedad.
Albus se dio cuenta de que Urien estaba casi tan cerrado como cuando había llegado a Hogwarts por primera vez. No quería ni imaginar lo que debía de estar sintiendo, pero sí recordaba lo incómodo que se sentía Scorpius hablando del papel de su familia durante la guerra. O lo incómodo que se sentía él cuando le hablaban de lo de James.
-Nosotros nos alegramos de que hayáis vuelto –le dijo entonces, intentando suavizar las cosas-. Te echábamos de menos.
Pero sabía que no todo el mundo pensaba como él y aunque las cosas en Gryffindor transcurrieron con bastante normalidad, al día siguiente Urien y su hermana fueron recibidos en el Gran Comedor con bastantes miradas hostiles, especialmente entre los Ravenclaw y los Slytherin. Ni siquiera Scorpius parecía realmente contento de ver a Urien, era como si quisiera mantener las distancias con él. Sólo Britney, que tantas veces se había sentado con Urien, fue un poco más cálida en su bienvenida.
Por primera vez desde el secuestro, Scorpius y él no se sentaron en la misma mesa. Albus quería permanecer cerca de Urien unos días, hasta que pasara lo peor y la gente se acostumbrara a tener allí de nuevo a los Sutherland. Pero en cuanto pudo aprovechó para llevarse a Scorpius aparte y preguntarle qué tal estaba. Scorpius apartó la vista un momento y luego lo miró a los ojos.
-¿Es que a ti no te recuerda a lo que pasó?
-¿A ti sí? –preguntó, un poco desalentado.
-No es como lo de tu hermano. Pero… le veo y me acuerdo de que su madre era uno de ellos. Y aunque nos salvó, no dijo nada cuando lo de Windfield. Dejó que mataran a toda esa gente. A mi madre y a mi abuelo.
-Pero esa fue su madre, Scorpius, tú lo has dicho. No él.
-Ya lo sé, ya lo sé –dijo con impaciencia-. Sé que Urien y su hermana no tienen nada que ver con eso. No puedo evitarlo, ¿vale? No hace ni dos meses que nos secuestraron y nos hicieron todo lo que nos hicieron y no sé, ¿es mucho pedir un poco de tiempo para superarlo? Me alegra que a ti no te afecte, pero…
Albus lo interrumpió con incredulidad.
-¿Que no me afecta? ¿Lo dices porque casi todas las noches me despierto un par de veces para comprobar en el Mapa del Merodeador que estás sano y salvo en tu cuarto? ¿O por las pesadillas? Pero Urien es mi amigo, Scorpius. Es un colega. Cuando lo veo no me acuerdo de los Parásitos, me acuerdo de cosas que hemos hecho juntos.
Scorpius parecía ahora sorprendido y preocupado.
-¿Todavía haces eso con el Mapa? -Albus se sintió súbitamente avergonzado y ahora fue él quien apartó la vista. Por toda respuesta se encogió de hombros. Sabía que era una idiotez y que nadie iba a ir a secuestrar a Scorpius en su dormitorio en las mazmorras, pero no podía evitarlo. En la penumbra de la noche se acordaba de la celda, del terror de comprobar que la vida de Scorpius se iba apagando y no había nada que pudiera hacer para impedirlo-. No me lo habías dicho.
-No quería que pensaras que te estaba espiando.
-No pienso eso.
-No tiene sentido, lo sé.
-Tampoco tiene sentido que me entren los sudores fríos de ver una puta chimenea. –Scorpius suspiró y se acercó a él para abrazarlo con fuerza. Albus le devolvió el abrazo, cerrando los ojos un momento-. Esta guerra es una mierda.
Albus soltó una risa poco divertida.
-Eso es quedarse corto.
Scorpius le acarició el pelo de la nuca, todavía abrazado a él.
-Urien también es amigo mío. Pero creo que necesito más tiempo, ¿entiendes?
Y Albus asintió, porque apreciaba a Urien y quería que tuviera una estancia tranquila y todo lo feliz posible en Hogwarts, pero Scorpius era Scorpius y le importaba muchísimo más.
-Claro. –Albus le besó en la mejilla-. Son demasiadas cosas.
-Sí -Suspiró de nuevo-. Sí que lo son.
Cassandra se preguntó si Trelawney no se daba cuenta de su ridículo aspecto. La ropa que llevaba le caía como un saco, sus gafas de culo de vaso eran espantosas y su cabello parecía un arbusto gris y seco. Su carácter nervioso y necio no ayudaba en nada. Cassandra sólo había sentido un vago desprecio desde lejos por ella, pero ahora que tenía que recibir sus clases especiales aquella mujer la ponía tan nerviosa que a veces se imaginaba a sí misma estrellándole una de sus bolas de cristal en la cabeza. No sabía cuánto tiempo iba a aguantarlo.
Hasta el momento Trelawney le había indicado cómo leer las hojas de té y cómo interpretar los sueños. Con el primer método no había habido ningún resultado y últimamente sus sueños iban acerca de su padre en Ávalon, así que no necesitaba ningún experto para saber que estaba preocupada por él. En su tercera clase juntas, Trelawney le estaba explicando cómo ver el futuro en una bola de cristal. Hasta donde Cassandra había podido deducir, casi todos los medios de adivinación consistían en dejar la mente en blanco y esperar a tener suerte.
Pero considerando que sus visiones del futuro podían ser útiles, como lo había sido la que había tenido sobre los Parásitos, estaba dispuesta a intentarlo en serio. Cuando la profesora terminó su estúpida explicación, Cassandra fijó la vista en la bola y trató de dejar la mente en blanco. Una visión, una visión… No le importaría nada saber cómo estaba su padre.
De pronto, un fuerte ruido de alas la sobresaltó y la hizo girarse para ver qué era, convencida de que iba a encontrarse con un ave enorme en el aula. Para su sorpresa, no había nada.
-¿Qué pasa, querida? ¿Has notado algo?
-Creo que he oído… como si hubiera algún pájaro muy grande revoloteando por aquí.
Sus enormes ojos se abrieron con deleite tras sus gafas.
-Oh, tiene que ser un presagio… Eres sensible a la bola…
-Pero no he visto nada allí, sólo…
-El ojo interior se manifiesta de muchas maneras. Volvamos a intentarlo, venga.
Cassandra obedeció, pero al cabo de un buen rato sin resultados se cansó de intentarlo. Quizás no había sido un presagio, sino un eco extraño o algún fantasma o incluso Peeves, pasando por la clase. Aunque aún no era la hora, le dijo a Trelawney que le dolía la cabeza y se marchó un poco antes. No quería seguir perdiendo el tiempo con esa mujer cuando aún le quedaban tantos deberes por terminar.
Cuando entró en la biblioteca vio que su hermano estaba allí, sentado en una mesa con Albus, Sharper y Urien Sutherland. Cassandra frunció ligeramente el ceño. ¿Por qué andaba siempre con los Gryffindor? ¿Y por qué se juntaba con Sutherland? ¿No tenía miedo de que fuera un espía o algo así? Su intención era pasar de largo, pero Scorpius le hizo una seña para que se acercara.
-¿Qué? –dijo en voz baja.
-¿Vienes de la clase de Trelawney? –le preguntó, también en voz baja.
-Sí.
-¿Has visto algo?
-No. No te preocupes, si tengo alguna visión sobre ellos te lo diré.
Era raro el día que Scorpius, los Potter, los Weasley o los Scamander no le hicieran esa pregunta. Pero no tenía nada que ofrecerles, y a veces pensaba que no iba a emitir más profecías, que había sido cosa de una sola vez, conseguida gracias a la magia que se había invocado durante la ceremonia.
Dos días más tarde, los Parásitos volvieron a actuar e hicieron desaparecer a dos tipos que habían salido a pescar de madrugada. Aunque no los conocía de nada, Scorpius se puso muy nervioso cuando se enteró. Sabía perfectamente cómo se estarían sintiendo y todo lo que iban a hacerles. Sabía lo que sentirían cuando les robaran la magia, como si les estuvieran desgarrando el alma. No podía dejar de pensar en ello y pasó toda la noche sin dormir, sumido en terribles y fragmentados recuerdos.
-Necesitas ir a la enfermería y que madam Midgen te dé algo, Scorp –dijo Morrigan a la mañana siguiente.
-No necesito ir a la enfermería.
Pero sólo pudo mantener esa actitud hasta el desayuno, porque en cuanto Teddy le puso la vista encima se acercó a hablar con él y un momento después lo mandó a la enfermería. Albus se ofreció a acompañarle, preocupado, pero Ted le dijo que ya se ocuparía él y que desayunara tranquilo. Scorpius siguió a su primo sintiéndose bastante humillado, pues todos en el Gran Comedor habían visto lo que había pasado. Iban a acabar pensando que estaba loco o algo por el estilo.
-Scorpius, sé que tienes muchas cosas en la cabeza –dijo Teddy, de camino a la enfermería-. Lo que os pasó, tu padre en Ávalon… Pero por eso mismo tienes que aceptar la ayuda que tienes a tu alcance. Habla conmigo, trata de tener un poco de esperanza en que todo va a salir bien.
-Diles eso a los que han secuestrado. A ellos no va a rescatarles nadie.
-No, seguramente, no, por desgracia. Pero no puedo hacer nada por ellos y sí puedo hacer algo por ti.
-¿Como qué?
-De momento, conseguir que te tranquilices un poco.
En la enfermería, Ted habló con Midgen y esta le dio una cucharada de poción que estaba milagrosamente buena, sabía a manzana de caramelo. Unos minutos más tarde, mientras descansaba tumbado en una cama por orden de Ted, notó cómo empezaba a hacer efecto y el dolor de su pecho y sus palpitaciones se hacían más suaves y soportables.
-¿Mejor?
-Sí.
-¿Quieres quedarte a dormir un rato? Hablaré con tus profesores si quieres.
No le habría venido mal, pero prefería regresar con Albus, que estaría preocupado. Además, si se quedaba, la cosa aún parecería más seria de lo que estaba dispuesto a admitir, mientras que volver a clase era un signo de normalidad.
-No, quiero volver a clase.
-¿Seguro? –Scorpius asintió, ya de pie-. Bien, pero quiero que esta noche después de cenar vengas para tomarte otra dosis. No, no pongas esa cara. Y no me hagas escribir a tu abuela.
Scorpius comprendió que no le quedaba opción y prometió hacerle caso. Como se había saltado el desayuno, Teddy le consiguió una jarra de zumo de calabaza y un sándwich de jamón y después de comérselo, se dirigió a su clase, donde Albus le recibió con bastante alivio.
-¿Estás bien?
-Estoy mejor.
No se encontraba tan atontado como temía, quizás porque había estado realmente alterado cuando se la había tomado. Tratando de olvidarse de ello, se concentró en las explicaciones de Pinetree, que les estaba apretando cada vez más de cara a los exámenes, para los que sólo faltaban tres meses. Pero luego su mirada vagó hacia Urien, sentado con Amal. ¿En qué estaría pensando? ¿En el papel que habría tenido su madre en otros secuestros? Urien se giró de pronto hacia él, como si hubiera notado algo, y le dirigió una mirada difícil de desentrañar antes de volver a lo suyo. Scorpius apartó la vista también y trató de no volverlo a mirar el resto de la clase.
Después de la segunda clase de Criaturas con los Hufflepuff, Scorpius se dirigió al castillo para almorzar, pero se encontró con Urien, quien al parecer había estado esperándole.
-Quiero hablar contigo –pidió.
-Scorpius no va a irse contigo a solas a ninguna parte, Sutherland –dijo Damon-. A saber dónde acabaría.
Urien le ignoró olímpicamente, sólo siguió mirando a Scorpius en espera de su respuesta. Y Scorpius supo que iba a tener que acceder. De alguna manera, Albus y él siempre habían sido protectores con él, Scorpius se sentía un poco responsable de él como le sucedía con Diana. Así que hizo caso omiso de la exclamación de protesta de Damon y se alejó unos metros con Urien, medio ocultos bajo una de las escaleras de piedra.
-¿Qué pasa?
-¿Quieres pegarme? – preguntó Urien a bocajarro.
-¿Qué? –exclamó, convencido de que le había entendido mal.
-¿Es eso lo que quieres? Porque si necesitas darme un puñetazo puedes dármelo, pero deja de mirarme como si yo fuera un asesino. O un Parásito. No soy ninguna de las dos cosas.
-No quiero pegarte –dijo Scorpius, un poco ofendido-. Y ya sé que tú no has hecho nada malo.
-Entonces, ¿cuál es el problema? Somos amigos, Scorpius. Te debo mi vida. Y tú sabes lo que es que te culpen por lo que ha hecho uno de tus padres.
-Sí, ya lo sé –dijo, bajando la vista.
Los dos se quedaron callados unos segundos.
-¿Quieres que haga un Juramento Inquebrantable? –dijo Urien, haciendo que Scorpius levantara la mirada hacia él con sorpresa-. Puedo jurar que jamás os haré daño a Albus y a ti o a vuestras familias.
-¿Harías eso? –preguntó impresionado.
-Si es lo que hace falta para seguir siendo amigos… ¿O quieres que tome veritaserum y jure que no sabía nada de lo que estaba haciendo mi madre, y que odio a los Parásitos tanto como cualquiera?
Scorpius tuvo que suspirar, aquello era demasiado absurdo.
-No, claro que no.
-Entonces, ¿qué puedo hacer? –insistió.
-Urien, el problema no eres tú, ¿entiendes? No puedo parar de pensar en lo que le estarán haciendo esa gente. O en lo que nos hicieron a Albus y a mí.
-Yo tampoco –replicó Urien, como si fuera un punto importante que Scorpius se negaba a entender-. ¿Crees que no le he preguntado a mi madre si sabía lo de Windfield? ¿Crees que no le he preguntado a quién le robó la magia? ¿Crees que no estoy enfadado con ella? No puedo no quererla, es mi madre, y no quiero que le pase nada, pero estoy furioso con ella por lo que hizo. Quiero que atrapen a todos los Parásitos y los encierren para siempre. ¿No piensas que ahora podrían intentar vengarse de ella capturándonos a mi hermana y a mí? ¿Por qué te crees que nos ha mandado a Hogwarts? Cree que aquí estaremos más seguros que en casa.
A Scorpius no se le había pasado por la cabeza que los Parásitos pudieran querer ir tras los hermanos Sutherland, pero al escucharlo supo que tenía todo el sentido del mundo y notó cómo nacía en su interior cierto sentimiento de solidaridad hacia Urien, como si de pronto no fuera sólo su cabeza la que comprendía que estaban en el mismo bando, sino también sus tripas.
-¿Han intentado haceros algo?
-No. De momento. Pero sabes que puede pasar. No creo que a los Parásitos les haya gustado lo que hizo mi madre ni que esté ahora colaborando con los aurores.
No, desde luego, eran bastante rencorosos.
-Son unos desgraciados. -Urien asintió y se lo quedó mirando, expectante. Scorpius comprendió que sería injusto no arreglar aquello cuando notaba que algo había cambiado, que Urien era Urien de nuevo y no el hijo de una integrante de los Parásitos. Entonces le tendió la mano-. Tienes razón, olvidemos que esto ha pasado.
Urien se la estrechó con evidente alivio.
-No te preocupes. –Y luego su mirada se volvió más seria y también un poco tímida-. Te entiendo, ¿sabes? Cuando te hacen algo… que no deberían haberte hecho y no puedes dejar de obsesionarte por eso. Sé lo que es.
La mención al tema sorprendió a Scorpius, pero también le hizo comprender que eso también era cierto.
-No puedo parar de recordarlo–dijo, y de pronto su voz no sonaba nada firme.
-Creo que siempre estará ahí… pero que se puede vivir con ello. Eso es lo que dice Ted.
Tiempo… Sí, era lo que más mencionaban los adultos.
-¿Te alegraste de que mataran a tu padre?
Urien tardó un momento en contestar y luego afirmó con la cabeza.
-Tenía miedo de que consiguiera escapar y hacernos daño de nuevo. Ahora sé que eso ya no pasará nunca.
Sí, comprendía ese sentimiento. A veces tenía la impresión de que ver el cadáver de alguna de esas tres mujeres le ayudaría a dormir mejor por las noches. Quizás algún día podría despejar la duda.
-Vamos al Gran Comedor o nos quedaremos sin almuerzo –dijo.
Los dos echaron a andar hacia allí. Scorpius se sentía mucho más cómodo con Urien de lo que se había sentido desde el secuestro. Y descubrió que eso le alegraba. Los Parásitos habían estado a punto de quitarle una buena amistad, pero no pensaba dejar que le quitaran nada más jamás.
Teddy observó a su primo con una mezcla de preocupación y orgullo. Scorpius estaba con la vista fija en la chimenea que Teddy tenía en su despacho. Con su mano derecha sujetaba su varita; a su izquierda tenía a su elfo. Se le veía asustado, pero decidido a la vez.
-Ahora mismo tengo la Red Flú apagada –dijo Teddy, con voz tranquilizadora-. No es más que piedra, sólo los fantasmas podrían salir por ahí. Estás seguro. –Se acercó lentamente a la chimenea y vio cómo Scorpius reprimía un gesto de alarma-. No pasa nada, Scorp. La Red Flú está apagada. Nadie puede cruzar por una chimenea si no está conectada a la Red Flú, ¿no es cierto?
-Sí.
Scorpius no hizo ademán de acercarse más. Teddy siguió hablándole con voz calmada, consciente de que aquel proceso llevaría un tiempo. Pero era muy buena señal que Scorpius hubiera querido sobreponerse a ese trauma, que hubiera buscado ayuda voluntariamente. Y le gustaba aún más que Albus no estuviera presente en esa habitación. Aunque probablemente se debía al orgullo de Scorpius, el meollo de la cuestión era que éste debía aprender a buscar esa fuerza en su interior, no en Albus.
Cuando Scorpius fue capaz de dar un par de pasos hacia la chimenea, con aspecto de estar a punto de vomitar, el pobre, Teddy le planteó la posibilidad de encenderla.
-No digo conectarla a la Red Flú –puntualizó-, sólo encenderla. Total, empieza a hacer algo de frío.
Como Scorpius asintió brevemente, Teddy siguió adelante. En cuanto estuvo en funcionamiento, el calor de las llamas empezó a expandirse por el despacho. Era agradable, a Teddy siempre le había gustado sentarse a leer cerca de la chimenea, por no hablar de que le traía docenas de recuerdos con chicas. Por su lado, Scorpius no parecía ni más ni menos nervioso que antes. Seguía a una distancia prudente de la chimenea y todavía sujetaba su varita como si su vida dependiera de ello. Al fin y al cabo, eso era lo que le estaba diciendo una parte de su cerebro, que aquella chimenea era un peligro mortal.
Teddy le dio conversación, preguntándole sobre las clases y la temporada de quidditch y ese viaje del que Albus y él hablaban a veces. Quería que Scorpius se relajara un poco y olvidara la chimenea. No era fácil, pero con el tema del viaje tuvo algo de éxito. Aquellos dos lo estaban planeando a conciencia y ya tenían una nutrida lista de los sitios que querían visitar. Por mucho que le afectara la chimenea, se notaba su ilusión hacia el viaje. Pero de pronto uno de los troncos soltó un chasquido más fuerte de lo normal y Scorpius dio un salto hacia atrás mientras levantaba su varita con alarma.
-No pasa nada, Scorp –dijo Teddy, aunque él también se había sobresaltado.
Scorpius respiraba agitadamente y parecía aterrado.
-Wobby protegerá al amo y no dejará que le pase nada –intervino el elfo, que había estado muy callado.
Algo parecido a la frustración se reflejó en el rostro de Scorpius y esa frustración se convirtió rápidamente en una ira intensa y fría que sorprendió bastante a Teddy.
-Scorp…
-Estoy harto de todo esto –dijo, casi rechinando los dientes-. ¿Cuánto tiempo se supone que va a durar esta mierda?
-Scorpius, estas cosas llevan tiempo.
Pero algo le decía que su primo no estaba muy receptivo en ese momento y Teddy se alarmó cuando lo vio entornar los ojos unos segundos después y a continuación se apuntó a sí mismo con la varita.
-Aguamenti Gelitas.
Un chorro de agua helada bañó a Scorpius de pies a cabeza.
-¡Joder! –exclamaron los dos a la vez, por razones distintas. Teddy sacó su varita-. ¿Te has vuelto loco?
-¡No! –exclamó Scorpius, empezando a temblar-. ¡No me seques! ¡Y tú t-tampoco, Wobby!
-Scorpius, vas a pillar una pulmonía.
-No p-pasa n-nada, sé lo q-que me h-hago.
Teddy empezó a entender qué pretendía, pero no por ello le parecía más sensato.
-Esto es una locura.
Aun así, no llegó a lanzarle un hechizo que le secara la ropa. ¿Y si le funcionaba? Cada persona era distinta y reaccionaba a las cosas de manera distinta. Así que se quedó donde estaba y se limitó a contemplar cómo Scorpius temblaba violentamente, encogido sobre sí mismo y emitiendo quejidos ahogados de dolor. En el charco de agua que había a sus pies flotaban trocitos de hielo.
Los segundos pasaron y Scorpius miró con desesperación hacia el fuego. Situado a tres metros de él, Teddy supuso que no le llegaba calor suficiente para servirle de ayuda, sólo para recordarle que estaba ahí, a su alcance, si se acercaba un poco más. Pero Scorpius no se decidía. Ya acuclillado en el suelo, miraba la chimenea y con una protesta volvía a encogerse sobre sí mismo luchando inútilmente contra el frío. Teddy pensó que era admirable que aún no se hubiera secado las ropas, era una señal de que todavía no se había rendido. Eso sí, decidió, si en un par de minutos no había habido cambios, terminaría con aquel pequeño experimento. No tenía sentido curarse un trauma muriéndose de hipotermia.
-W-wob-by… V-ven c-conm-migo. -Scorpius salvó como pudo la distancia que le separaba de la chimenea-. Oh, Merlín… Joder… No t-te separes de m-mí, Wobby… Oh, joder, q-qué frío.
Parecía dividido entre el placer que le proporcionaba el calor y asustado por el miedo que le provocaba la chimenea, pero estaba claro que con tal de evitar el frío estaba dispuesto a confiar en las habilidades de Wobby para mantenerlo a salvo. Teddy meneó la cabeza; no daba crédito.
-Estás como una puta cabra, Scorpius, ¿lo sabías? –Pero sonreía, complacido de ver a su primo junto a la chimenea-. No me puedo creer que esto haya funcionado.
-Joder, creo que no m-me encuentro la polla –protestó.
Teddy se rió entre dientes.
-No me extraña.
Sabía que Scorpius estaba lejos de poder utilizar la Red Flú normalmente y quizás incluso las chimeneas siguieran poniéndole nervioso, pero no cabía duda de que aquello había sido todo un avance. Y si le daba una taza de cacao caliente con algo de poción Pimentónica, quizás hasta podrían evitar que se convirtiera en una neumonía doble.
