Cap. 35
Terry tocó la puerta de la habitación donde lo recibiría el conde.
- ¿Se puede?
La puerta estaba entreabierta. El conde dijo:
- Pasa, Terruce.
Terry avanzó y se colocó frente a frente al conde.
El padre de Bárbara comenzó.
- Terruce…agradezco tu sinceridad en la forma en que hablaste hace un momento.
Terry movió la cabeza negativamente.
- Creo que le hice pasar un momento bastante desagradable. Lamento haber armado un escándalo.
- No hay tal. El escándalo es para quienes realmente les interesa la opinión de los demás. A mí no me interesa…ya no…
El conde se colocó la mano en el pecho. Terry se acercó levemente, como a un padre.
- Señor conde…¿se siente bien?
- Más o menos…es que…últimamente me duele mucho el pecho. Pero no te preocupes, muchacho.
- ¿Quiere que llame a Bárbara?
- No…ahora no…quiero charlar contigo. Para eso te hice venir.
- Dígame, señor conde.
El padre de Bárbara continuó.
- Dime, ¿por qué accediste a venir, a pesar de que no estabas de acuerdo con el compromiso?
Terry respondió.
- Mi padre me obligó…lo lamento.
- ¿Pero, cómo?
- La muchacha a la que amo es enfermera, pero siempre ha sido humilde. Mi padre se empeñó en que cumpliera con el compromiso que a él le convenía. Pero yo ya tenía un compromiso con el teatro y con Candy, mi novia. Nos reencontramos después de mucho tiempo. Estábamos seguros de vivir juntos…iba a casarme con ella pero…mi padre se encargó de echarlo todo a perder…-comentó bajando la cabeza y soltando ligeramente el llanto.
El conde guardó silencio esperando a que el muchacho continuara.
- ¿Y qué pasó entonces?
- Mi padre…se encargó de arruinarlo. Se puso de acuerdo con una mala compañera de teatro que se encargó de ponerme algo en la bebida…perdí una oportunidad muy grande de triunfo. Mi novia había ido desde Chicago hasta Nueva York para verme y un escándalo impidió que celebráramos. Mi padre la amenazó y a mí…a ella con retirarla del servicio y a mí con dañarla…pero ya no le tengo miedo. En cuanto me levante volveré por ella. Perdóneme que le diga todas estas cosas, señor conde. Es lo que usted menos debería estar escuchando. Supongo que pensará que soy un mal hijo, por expresarme así de mi padre…
El conde comentó.
- No exactamente…no puedo decir que sea agradable pero…cuando los hijos hablan de nuestros padres cuando ya hemos hecho algo para arruinarles la vida, debe ser algo muy delicado. Lamento lo que dijiste respecto a tu madre.
Terry levantó el rostro.
- No diga eso, señor conde. Mi madre es fuerte y ha podido soportar todo con paciencia. Es mi mejor ejemplo. Más que él…ella me ha mostrado con el ejemplo su tenacidad, su coraje y sus ganas de salir adelante. Por eso la admiro mucho más…
- Sólo te pido algo…no debes juzgar tan duramente a tu padre. Él seguramente ha buscado lo mejor para ti pero no ha sabido cómo conseguirlo. Pensarás que estoy de su parte pero no es eso. Es sólo que soy padre y por ello, no quisiera que te envenenaras el alma de esa forma.
Terry derramó dos lágrimas sentidas y respondió:
- No, señor conde. No puedo odiar a mi padre…aunque me lo he propuesto. Pero llevo su sangre en mis venas…no puedo negarlo. Y quizás hay mucho de él en mí. Sin embargo, no puedo transigir con lo que me exige, porque va en contra de lo que creo. Ha sido capaz, incluso, de insistir en que deje de ver a mi madre. Sólo porque a su distinguido apellido no le conviene…
- Tranquilo, muchacho. Yo voy a hablar con él respecto a ti.
- Pero…eso puede ser contraproducente. Ya no tiene caso. Para él…ya estoy muerto después de lo de hoy. Ya me lo dijo…
- Ningún padre, por muy decepcionado o avergonzado que diga estar de su hijo, podría decir que está muerto para él. Él te ama y seguramente, en algún momento, se dará cuenta del error que está cometiendo. Por ahora, trata de entenderlo. Sólo eso…
- Ahora yo le pido un favor- pidió Terry. – Sé que no tengo cara para pedirle nada pero…este favor no es para mí, señor conde.
Éste lo miró con dulzura.
- Dime, hijo. ¿Qué quieres pedir?
- Es para Bárbara…por el tiempo que pude platicar con ella, me di cuenta de que es una buena muchacha y es una mujer muy inteligente y valiente. No la obligue a casarse contra su voluntad, ni conmigo ni con nadie. Ella es capaz de encontrar sola su propio destino, sin que usted la presione. No intente obligarla a hacer lo que no quiera, porque se sentirá desdichado de saber que ella es infeliz. Se lo pide un hijo que no ha recibido de su padre más que desprecio y desaprobación. ¿Podrá aceptar mi solicitud?
El conde sonrió.
- En virtud de la sinceridad con la que has actuado, voy a aceptar tu propuesta. Dejaré que Bárbara siga su camino sin entorpecerlo ni presionarla. Es lo menos que puedo hacer por el muchacho que me ha abierto los ojos.
Luego tomó su mano como la de un padre.
- Te deseo que seas muy feliz y que logres recuperar tu tranquilidad.
- Gracias, señor conde.
Terry salió de la habitación. Pero el conde no se sentía nada bien.
Bárbara esperaba afuera.
Terry salió. La muchacha le preguntó.
- Terry…¿qué te dijo mi padre?
Terry sonrió y dijo:
- No te preocupes, Bárbara…tu padre ha entendido y está más tranquilo. No te obligará a casarte conmigo pero tampoco con nadie más con quien tú no estés de acuerdo.
- ¿En serio?
- Por supuesto.
- ¿Cómo conseguiste eso?- insistió Bárbara.
- El conde sólo quiere tu felicidad. Y se ha dado cuenta que tú no quieres mortificarlo pero que tampoco puedes aceptar ciegamente tan sólo por una decisión absurda.
Bárbara asintió.
- Gracias, Terry. Ahora puedo decirle a mi padre que me permita ir a América.
- Eso sí no sé si sea prudente decírselo. Pero puedes hablar con él con calma y más adelante puedes tomar esa decisión. A menos de que tengas prisa por irte…
- No es exactamente eso…es que…siento que yo nada tengo que hacer aquí.
- Aguarda. Es muy pronto. No quiero que tengas problemas con tu padre.
- ¿Qué harás ahora?- preguntó Bárbara.
- Primero dime tú qué harás.
- Hablar con mi padre…y luego…marchar a América.
- Estás decidida. Bueno…yo iré a Escocia…allá pienso acercarme a alguien que me vincule de nuevo con el teatro y luego…volveré por Candy.
- Candy…debe ser una muchacha linda y buena.
- Lo es…¿por qué lo dices?
- Porque se te iluminan los ojos cuando hablas de ella.
Terry sonrió. Luego tomó el rostro de Bárbara.
- Ojalá que pronto encuentres al hombre perfecto para ti, Bárbara. Supongo que ese no será Lowell.
- No, para nada. Ese muchacho fue una gran decepción pero sé que nunca más me molestará.
- Me alegro. Buena suerte, Bárbara.
Terry volvió a la habitación que le habían designado.
A la mañana siguiente, Terry tomó su maleta y salió de la mansión del conde Gerald sin despedirse de nadie.
Sólo dejó una carta para el duque de Grandchester.
"Padre…lamento todo lo que sucedió. Me siento mal contigo por haber tenido que hacer lo que hice anoche pero tenía que ser así. Perdona a este hijo que no ha sabido darte una sola alegría. Pero estoy seguro de que por el amor que le tuviste a mi madre, podrás perdonarme y recordarme, aunque digas que estoy muerto para ti. Tú no has muerto ni morirás para mí, porque tú vives en mí…porque soy fruto de ese amor y que también creo que no has olvidado del todo. Si pretendes hacerle daño a Candy, quiero que sepas que no lo permitiré, porque voy a defender su amor contra quien sea, aunque se trate de ti. Hasta pronto, padre.
Terruce G. Grandchester Baker"
El duque estrujó la carta.
- Terruce…no es posible que cometas error tras error…por ahora no voy a hacer nada pero…no puedo dejar que insistas en ese amor tan irracional…algo tendré que hacer. No puedes ir contra mi voluntad. Un Grandchester no…
En tanto, Candy había despertado un poco agotada de la fiesta pero tuvo que levantarse para preparar todo y salir de vuelta a Chicago.
Albert la recibió en el comedor.
- Candy…te levantaste temprano…
- En ocasiones consigo hacerlo. Recuerda que, como enfermera, debo levantarme temprano y hacer guardia.
- Lo sé. Era una broma. Siéntate. Vamos a desayunar y después te llevaré a la estación.
Annie y Archie también se sentaron a la mesa.
- Pensamos que no te levantarías…
- No seas burlón, Archie…
- Es en serio…tú tienes el sueño muy pesado, Candy.
Albert rió al escucharlos. Candy lo miró de reojo. El rostro de Albert se notaba triste.
Candy sabía que al irse, dejaría en el corazón de Albert un vacío que no podría llenar. Y quería consolarlo pero sabía que no podría hacer nada. Ella llevaba dentro de sí el amor de Terry. Y sin embargo, sentía que aun así el sentimiento de Albert no le era tan desconocido.
