XXXVIII. Busca, Besa, Destruye (Día 5/7).

— Tori, Tori— llamaba con insistencia, pero aunque estuviera junto a él su cabeza estaba en otra parte. Era extraño.

¡Yoshiyuki!— Optó por gritarle para lograr que finalmente le prestara algo de atención. No se trataba de que estuviera preocupado o celoso de que otra persona ocupara sus pensamientos cuando iba a visitarlo, pero que estuviera distraído mientras le hablaba le hacía sentir extraño, como un dolor en el pecho que nada tenía que ver con su enfermedad.

— Perdón— Se disculpó cuando por fin se giró a mirarlo— ¿Decías algo?

No pudo evitar sentirse contraer el rostro con cierto enojo. Odiaba que lo ignorara cuando estuviera hablando, comprendía que tenía muchas cosas en que pensar y sabía que él no era el eje de su universo, que conocía a otras personas fuera de las paredes de ese hospital y que convivía con ellas, pero… aun así, si era franco consigo mismo cuando estuviera allí con él quería su atención solo para él… los demás podían esperar.

Suspiró y relajó el rostro. Aquella forma de pensar era egoísta con Tori, quien tantos sacrificios había hecho por él.

— ¿Chiaki?— preguntó preocupado cuando lo vio contraer el rostro— ¿Te sientes mal? ¿Quieres que vaya por una enfermera?

— No, no— negó con la cabeza— estoy bien… es solo que… nada olvídalo.

El ojiazul frunció el ceño. Chiaki podía parecer distraído y despistado, pero a veces podía tornarse tan denso.

— Dime— lo miró a los ojos para leerlo— No puedes pedir simplemente que lo olvide si se trata de ti.

Inmediatamente se sonrojó, Tori podía aparentar ser muy serio y cauto, pero a veces podía soltar frases realmente vergonzosas.

— Es que… a veces— balbuceó— te… te envidio.

Hatori abrió ambos ojos hasta más no poder.

— ¿Por qué dices eso?— preguntó algo indignado— yo no tengo nada que puedas envidiarme.

— Es que tu… conoces el mundo fuera de estas paredes, Tori— comenzó a confesar— te levantas de la cama en la mañana y ves gente, coches, niños, caminas, cruzas las calles, usas el subterráneo, conoces personas… llevas una vida.

Me hace recordar que yo no tengo una— Bajó la mirada con pesar, apretando las sábanas entre los dedos.

El otro tomó aire, si Chiaki tan solo supiera que a la vida que él llevaba tampoco podía llamársele como tal. Una vida donde en cualquier momento le arrebataran la única razón por la que podía considerarse vivo, por la que no había sucumbido ante los estragos de la conciencia, no podía llamarse vida.

— Mi vida no es tan maravillosa como la planteas— dejó escapar en un suspiro y acercó sus manos para encerrar la suya— Creo que lo único que me motiva día a día es poder venir a verte.

Vio como los colores se subían a sus mejillas y una sonrisa débil se asomaba por sus labios.

— Pero… ¿Sabes algo?— le miró con un brillo esperanzador en la mirada— tengo la plena seguridad de que una vez me operen, podré llevar una vida normal. Podré correr, trabajar e incluso podré viajar. Hay tantos sitios que quiero conocer. Yuu prometió que me llevaría a un onsen.

Hatori tenía que tomar aire cada vez que Chiaki mencionaba a Yuu para mantener el sentimiento de incomodidad a raya. A veces no entendía cómo no podía darse cuenta de los sentimientos que tenía por él que eran tan fuertes como los suyos y que no se tomaba el más mínimo esfuerzo en ocultar. Pero suponía que el ser absolutamente despistado de su alrededor era una de las cualidades más adorables de su Chiaki.

Tú y yo podríamos ir a un festival… como cuando éramos más jóvenes- Se sonrojó un poco más— ¿Recuerdas?

— ¿Cómo podría olvidarlo?— contestó con gentileza. Ese recuerdo le generaba sentimientos encontrados. Fue la primera vez que intentó que Chiaki probara la vida llena de normalidad que no conocía… y también fue la última.

La noticia de que Chiaki por fin accediera a operarse le habría generado una dicha inmensurable de no ser porque ella estaba detrás de todo. Solo estaba utilizándolo para chantajearlo, para tenerlo de su lado. Cerrándolo entre la espada y la pared; de un lado la posibilidad de que el Señor Usami descubriera que él lo estaba traicionando y le hiciera pagar dándole por donde más le dolía y por el otro Yui y sus chantajes que también podrían hacer que perdiera lo que más quería.

Era suficiente para sentirse asfixiado. Y odiar con todas sus fuerzas a Nowaki y a Masamune por ser unos idiotas.

— No te gusta la idea de la operación ¿Cierto?— preguntó casi triste— Cada vez que menciono el tema pones esa cara.

— No se trata de eso— trató de ocultar su turbación— Ya has oído a los médicos; es un proceso delicado… y si llegara a fallar algo y tu…

— Existe la posibilidad, si— dijo zafando su mano de entre las suyas aun con la mirada gacha—, pero simplemente no puedo dejar pasar la oportunidad.

Su mano pequeña ahora se cerró sobre las suyas.

Yo quiero llevar una vida normal, Tori— se sonrojó hasta más no poder— quiero poder llevar una vida… contigo.

Eso le hizo imaginarse por un momento que, en realidad las cosas salieran bien y Chiaki pudiera recuperarse y llevar el estilo de vida que siempre quiso tener. Y el hecho que lo incluyera en su nueva etapa simplemente le conmovió recordándole que sus sentimientos no eran unilaterales.

Pero las segundas intenciones de Yui siempre estarían presentes en sus pensamientos, y el que se aprovechara de sus ganas de vivir le generaba tanta rabia.

— Chiaki…— suspiró haciéndolo que lo mirara con una de sus manos, enfrentando sus miradas azules. Una como el mar enfurecido y la otra como el cielo de la mañana. Tan distintas y aun así complementándose tan bien.

Se acercó a su rostro hasta que sus labios rozaron los suyos. No se atrevía a decírselo abiertamente, pero le gustaban los besos de Hatori. En medio de su cautelosa desesperación había una dulzura indescriptible y allí era donde se hallaban sus verdaderos sentimientos; puros y cálidos, como era él en realidad.

Dejándose llevar por esa misma dulzura, abrió los labios para intensificar el contacto entre los dos, sintiendo sus manos en su rostro acariciando sus cabellos mientras ladeaba la cara para poder explorar cada rincón de su boca con la suya; aferrándose a su chaqueta sintiendo como el calor en su cuerpo se iba incrementando agitando su respiración y su pulso hasta que el pecho comenzó a dolerle.

Dejó escapar un quejido que les hizo detenerse.

— L-lo siento— suspiró algo apenado— y-yo…

— No tienes por qué disculparte— le sonrió colocando algunos de sus cabellos detrás de su oreja— ¿Estás bien? ¿Puedes respirar?

Yoshino asintió sin dejar ir el sentimiento de impotencia de ni siquiera poder besarlo como quería, ni hablar de un contacto más íntimo…

— Tori…— comenzó— ¿Cómo no te has cansado de mí?

— ¿De qué hablas?— preguntó extendiéndole un vaso de cristal lleno de agua y dos pastillas blancas.

— De eso— comenzó con un hondo pesar girando el vaso entre las manos— ¿cómo puedes estar con alguien a quien ni siquiera puedes besar o tocar? Cada vez que lo intentamos tenemos que parar por mi causa y…

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

Es frustrante que ni siquiera podamos…

— Oye— le interrumpió— Esa no es la razón por la que quiero estar contigo… No lo niego, hay tantas cosas que quiero hacer, pero soy paciente y puedo esperar— acunó su rostro entre sus manos— yo te amo, Chiaki… y esperaré el tiempo que sea necesario sin cansarme… porque para mí no hay nadie más.

Vio sus ojos inundarse de lágrimas y le abrazó con fuerza.

— Para mí… tampoco hay nadie más que… tú— murmuró.

— Es bueno saberlo— sonrió con dulzura sin dejar de abrazarlo.


Escuchó toda su historia con paciencia y sin juzgarles, no tenía por qué hacerlo. Era de las personas que consideraba que el amor era amor y no tenía ni forma, ni color, ni sexo. Así mismo había intentado hacérselo entender a Takafumi muchísimas veces cuando quería poner el que ambos eran hombres como argumento para no aceptar sus pretensiones, cosa que consideraba realmente contradictoria si había estado enamorado de Takano durante un buen tiempo.

Pero, en estas circunstancias, su mentalidad libre de prejuicios no iba a bastar para ayudarles. Lamentablemente su poder no alcanzaba por mucho al del fiscal de distrito quien si era una persona chapada a la antigua y con una aversión natural a cualquier cosa que pudiera traer un escándalo que perjudicara al ministerio público. Y bueno, tratándose de Akihiko Usami todo ese proceso estaba bajo el incansable e insaciable ojo de la prensa sensacionalista.

Miró al muchacho, rojo como un tomate y a Miyagi como si quisiera que la tierra se lo tragara.

— Debe pensar que soy un pervertido— confesó con una sonrisa lastimera— realmente no tengo excusas para justificar esto. Simplemente… pasó.

— Realmente para nadie era un secreto lo que estaba sucediendo, Miyagi— contestó encogiéndose un poco de hombros— Cualquiera que los observara con el suficiente detenimiento se daría cuenta, más aún después de tu actitud durante el tiempo que estuvo secuestrado.

— Señor Kirishima— Intervino Shinobu casi desesperado— Yo puedo hablar con el Fiscal Sumi y aclarar la situación.

— No va a funcionar, Joven Takatsuki— dijo interrumpiéndolo con un gesto de la mano— Al parecer los comentarios le llegaron al fiscal de distrito de una fuente realmente confiable y no está dispuesto a revocar su decisión. Ya lo intenté.

Shinobu bajó la mirada realmente desilusionado, ni alejándose de Miyagi pudo evitar envolverlo en un escándalo.

— Lo que pienso es que no podemos dejar a Kamijō solo en esto— dijo— sobre todo porque… a juzgar por lo que he podido observar su situación es mucho más delicada.

— ¿A qué se refiere?— preguntó Miyagi.

— A que no soy tonto, Miyagi— Kirishima le dirigió una mirada afilada y firme— Kamijō está involucrado sentimentalmente con ese muchacho… Nowaki ¿Verdad?

—Si— contestó sombríamente. No tenía caso el ocultárselo, Nowaki era demasiado obvio alrededor de Hiroki y ni hablar de esa constante urgencia de protegerse el uno al otro.

Kirishima se masajeó las cienes mientras deseaba que, solo en algunas ocasiones su sentido de la observación no fuera tan agudo o que solo fuera demasiado suspicaz.

— Bien, esto es lo que haremos— dijo decidido— Lo más recomendable en este momento es que Kamijō asuma el caso puesto que nadie, hasta el momento sabe quién Nowaki Kusama o no lo han visto, a excepción de Shinoda que parece confiar mucho en las locuras que se les ocurren a ustedes tres.

Ustedes dos seguirán investigando por su cuenta. Es lo más que podemos hacer— suspiró recostándose en el mullido asiento de su escritorio— y espero que capturando a Usami todo esto sea perdonado, junto con mi cabeza.

— Hay algo que no entiendo, señor Kirishima— intervino Miyagi— Usted es el juez del caso, se supone que no debe intervenir… ¿Por qué está ayudándonos?

Kirishima volvió al frente y enlazó sus dedos frente a su rostro.

— Estoy convencido, de que Usami tuvo que ver con la muerte del Juez Takatsuki y el incendio en donde murió Ann Kohinata… simplemente quiero justicia por esas personas.

— ¿No hay nada más?— preguntó Miyagi, desconfiado. Alguien no podía estar tan empecinado en acabar con alguien solo por su maestro o una mujer a la que vio morir, podía estar decidido a encerrarle, sí; pero no exponiéndose de la forma en la que Kirishima lo estaba haciendo, a riesgo de perder su trabajo, su posición, su reputación.

— No, no hay nada más— dijo con seguridad y, aunque no estaba del todo convencido, decidió no hacer más preguntas.

Otra cosa, Joven Takatsuki— agregó— solo por el momento, hágale creer a Yui Fujikawa que todavía está en sus manos. Solo para mantenerla cerca y poder estar atentos a sus movimientos.

— ¿Qué pretendes, Kirishima?— preguntó Miyagi ahora si dejando escapar sus sospechas.

— Que nos lleve hasta Usami.


— Me pregunto qué pretende con esto— murmuró mientras observaba con detenimiento el sobre blanco entre sus manos. Las letras doradas decían su nombre y lo invitaban cordialmente a una fiesta de caridad dentro de dos días en un hotel de lujo. Lo confuso de todo aquello era que ella solía consultarle primero cada uno de sus movimientos, pero a juzgar por la invitación había actuado por su cuenta— ¿Tú tienes alguna idea, Hatori?

— Ninguna, señor— Mintió. Obviamente sabía que se traía entre manos, se enteró la noche anterior cuando le entregó las invitaciones que debía dejar en su oficina, e incluso la suya.

Era un plan demasiado arriesgado y, al mismo tiempo tan fríamente calculado, que a Hatori le costó creer que había salido del cerebro de una muñeca de aparador como Yui.

¿Vas a invitar al Señor Usami?— preguntó confundido.

— Sí— respondió girándose hacia la ventana—. Quiero que tenga una coartada para que nadie lo involucre con esto.

— Dices que quieres castigarlo por no cuidar de Yukina y lo estás protegiendo… No te entiendo.

— Eres demasiado limitado, Hatori— dijo— si me delato, el Señor Usami se deshará de mí antes de que pueda ejecutar mi plan… y no quiero eso.

— Bueno, como quieras. Esta es la información que me pediste— dijo entregándole un USB mientras la miraba con cierta sospecha— Aun no tengo claro que piensas hacer con esto. Saber por qué exactamente soy un traidor es lo menos que merezco ¿No?

Sus ojos verdes lo miraron de arriba a abajo con expresión de absoluto fastidio.

— Ustedes los hombres y su necesidad de saberlo todo— expresó apoyando el mentón en la palma de su mano— Bueno, supongo no te hará daño saber que pienso hacer… a fin de cuentas tú vas a ayudarme

Algo en ese momento le dijo que debía averiguar bajo cualquier medio cuales eran los planes que Yui había reservado para el señor Usami y el resto de Los Conejos, pero la relación entre los dos nunca fue lo suficientemente buena para permitirse confidencias y si era honesto consigo mismo, no eran precisamente aliados; ella lo estaba chantajeando para que la ayudara.

Había notado un cambio importante en su personalidad desde que se había embarcado en este plan tan descabellado, parecía no tener miedo de perderlo todo, como si confiara plenamente en que su plan funcionaría.

—Ya veo— respondió mirando el único peón que quedaba en su lado del tablero de ajedrez a contra luz proyectando su sombra en el sobre. Hacía mucho tiempo que no lo veía hacer eso, pero siempre que lo veía hacerlo le generaba escalofríos.

Hatori.

— ¿Si señor?— preguntó intrigado por su expresión.

— No pierdas de vista a Yui… y si la ves en algo extraño que pueda exponernos…

Hatori se quedó sin aire. Ahora su situación había empeorado.

Deshazte de ella.


— Shinobu— Risako lo llamó cuando llegó de la oficina de Kirishima, traía un sobre blanco entre las manos con letras doradas dirigidas a ellos— Esto acaba de llegar.

Le extendió el sobre y lo abrió sin mucha atención hasta que leyó quien era el remitente.

— Pero… ¿a ustedes no…?

— Si, si nos invitó también— contestó enseñándole su propio sobre— pero llegó una aparte exclusivamente para ti… ¿Recuerdas que papá decía que de no haber estado casada, le gustaría que saliera contigo? ¿No te parece que este puede ser un primer movimiento de su parte?

Sus ojos destilaban complicidad, como quien hace de cupido a un par de amigos, pero lo que Risako no sabía es que Yui Fujikawa y él distaban mucho de una relación como la que ella pretendía para ellos.

— Está bien, voy a ir— sonrió con disimulo, recordando la sugerencia de Kirishima antes de comenzar a subir las escaleras.

Acepto tu desafío, Fujikawa— pensó mientras apretaba el sobre entre las manos.


— Señor Kirishima, el auto está esperándolo afuera— dijo luego de abrir la puerta, lo encontró sentado en su escritorio inspeccionando detenidamente unas piezas de ajedrez, poniendo especial detalle en las piezas blancas.

¿Ajedrez?— preguntó extrañado— no sabía que te gustaba.

— En realidad no soy muy fanático— le contestó con una sonrisa—, pero leí en una revista una vez que Usami era muy bueno… y conocer las habilidades de tus rivales como si fueran propias es una posición que da ventaja.

Takafumi suspiró.

— Pensé que hacía años habías superado esa fijación por Usami— dejó escapar un poco apesadumbrado.

Zen se volvió hacia él y comenzó a caminar en su dirección.

— No estoy fijado en él— dijo mirándolo a los ojos— sólo… tenemos unas deudas que saldar.

— Cuando dices esas cosas me asustas un poco ¿Sabes?— confesó un poco nervioso de tenerlo tan cerca de él— me haces pensar que no has perdonado del todo lo que pasó.

— Takafumi…— su mano se deslizó con rapidez hacia su mejilla, acariciándola con gentileza, como si fuera un tesoro— estás equivocado, esto no es una venganza… quiero evitar que suceda algo así de nuevo.

Sintió como los colores subían a su rostro haciéndolo arder con el toque de sus manos en combinación con la dulzura de sus palabras, como si conociera a la perfección cuales de sus mal llamados encantos lo hacían más vulnerable.

— Además… te tengo a ti ahora— se acercó a su rostro hasta que sus labios estuvieron muy cerca de los suyos— quiero cuidarte a ti, esta vez. No resistiría perder de nuevo a quien amo.

Y con la maestría de una serpiente, el embrujo de sus ojos color del ámbar le distrajo de su situación dejándose llevar por sus besos que siempre lograban robarle la fuerza y su tan preciada cautela.

Siempre encontraba realmente fascinante la forma tan experta que tenía Kirishima de besar, y no solo de besarlo, sino de acariciarle al mismo tiempo, borrando cualquier cosa en la que estuviera pensando, dejando su mente en blanco para que solo pudiera concentrarse en sus labios, su lengua o sus dientes, en el calor de sus manos o en la calidez de su aliento o la gravedad de su voz susurrando su nombre.

Cuando se dio cuenta sus labios ya iban por su cuello y entreabrió los ojos volviendo a caer en la realidad de donde estaban.

— B-basta— dijo apartándoselo de encima— vamos que Hiyo está sola en la casa.

— ¿Y Henmi?— preguntó extrañado sin apartarse mucho de él, en caso de que su respuesta no fuera convincente iban a quedarse un rato más jugando en su oficina.

— Pidió permiso por algunos días— lo empujó alejándolo por completo de él— dijo que debía ir a su pueblo natal por un asunto familiar.

El castaño suspiró derrotado, no iba a permitirse en este clima de incertidumbre dejar a su pequeña sola en casa.

— Esta bien, vamos— dijo tomando el maletín de su escritorio— pero me debes una.

Apretó una de sus nalgas entre sus manos haciéndole sobresaltarse.

— ¡Imbécil!— exclamó sorprendido su incauto guardaespaldas— ¡Vete a la mierda y muérete!


— Sin duda es realmente reconfortante tenerte en casa, Henmi— la escuchó decirle al salir de su habitación y casi le causa un síncope al verla. Llevaba una delicada bata de seda color azul oscuro anudada a su cintura de guitarra, el cabello suelto y húmedo cayendo en uno de sus hombros mientras lo secaba con una toalla. Casi parecía una diosa y podía jurar que sin espesos vestidos y sin maquillaje lucía aún más hermosa.

No pudo evitar sonrojarse al verla así y apartó la mirada.

— G-gracias, s-señora— balbuceó realmente nervioso.

No entendía el porqué de su turbación hasta que miró hacia abajo y recordó lo que llevaba puesto.

— ¡Qué vergüenza!— exclamó apenada con las mejillas casi tan rojas como su cabello— es que… hay que pena, no sabía que…

— No señora, no se preocupe— intentó calmarla realmente incómodo porque cada vez que subía el rostro para mirarla la veía aún más hermosa.

— Debo lucir realmente horrible ¿cierto?— La escuchó realmente triste— Supongo estás acostumbrado a como salgo en las revistas y…

— ¡En lo absoluto señora!— respondió arrebatado— viéndola así me parece aún más hermosa y… y… no quiero faltarle el respeto pero, cualquiera que opinara lo contrario es un verdadero idiota.

Volvió a desviarle la mirada completamente rojo y una macabra sonrisa se dibujó en sus labios.

Bastante provecho se le podía sacar a ese tonto.

— Oh, Henmi— dijo fingiendo timidez— e-es lo más adorable que me han dicho. Déjame ponerme algo de ropa y cenamos juntos ¿está bien?

Levantó el rostro completamente conmocionado, aquello era como estar en un sueño.

— S-Si— respondió en el acto— s-señora.

Se acercó con paso de bailarina en sus pies ligeros como la brisa y sintió sus labios posarse en sus mejillas. Casi se desmaya de la impresión.

— llámame Yui… ¿sí?— sonrió muy cerca de su rostro y asintió con frenesí.

— Espérame un momento… ya regreso— dijo con una sonrisa y volvió a su habitación.

Tuvo que pellizcarse para percatarse de que aquello no había sido un sueño mientras Yui apoyada en la puerta se contenía de reírse por encontrar a un nuevo lacayo que utilizar en su favor.