RENACIMIENTO
Por Mal Theisman
Robotech y sus personajes pertenecen a sus respectivos propietarios, es decir: Harmony Gold, Tatsunoko Production y todos los demás, y no es mi intención infringir sus derechos de ninguna manera concebible. Esta historia es simplemente para propósitos de entretenimiento y nada más.
Capítulo XXVII: Que será, será…
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Viernes 24 de agosto de 2012
La noche había caído fresca y agradable sobre Nueva Macross, trayendo alivio a los ciudadanos que venían sufriendo los calores del verano de manera estoica. Una suave brisa del Sudoeste barría con los calores de la ciudad y con las nubes, con lo que el cielo nocturno sobre la capital se presentaba límpido y despejado, mostrándole a los residentes de la ciudad el panorama espectacular de las estrellas.
A eso de las doce menos veinte de la noche, muchos de los que habían optado por disfrutar una noche afuera de sus casas, sea en los cines, en los restaurantes o simplemente en los parques de la ciudad. Para muchos, era como si el clima fresco se hubiera contagiado en el ánimo de los residentes capitalinos, y las sonrisas abundaban en los rostros de los hijos e hijas de Nueva Macross.
Y las sonrisas también estaban presentes en las caras felices de dos jóvenes que caminaban por una de las avenidas cercanas al barrio militar de la ciudad.
A aquellos dos todavía les costaba asimilar que lo que ocurría estaba pasando de verdad.
Hasta hacía tres días, si al capitán Daniel Shelby le hubieran dicho que iba a terminar invitando a una piloto de combate –¡de entre todas las ramas de servicio de las Fuerzas, a una piloto de combate!– a una cita, el oficial del Ejército hubiera descartado la idea con un gesto levemente despectivo y hubiera vuelto a sus cosas sin darle más reflexión a la idea. Y hasta hacía tres días solamente, Karin Birkeland hubiera tomado la idea de que estaría saliendo el viernes por la noche con un oficial del Ejército como una broma de dudoso gusto.
Y entonces, hacía tres días a Dan Shelby se le ocurrió casi por arte de magia tomar el teléfono y llamar a su amiga de las Fuerzas Espaciales para lo que en principio iba a ser una charla telefónica como las que venían manteniendo desde hacía un tiempo... para ya cerca del final de la charla, preguntarle a su amiga como si nada si le parecía bien salir a comer el viernes por la noche.
Si eso lo había sorprendido al oficial del Ejército, escuchar a Karin aceptando alegremente la idea fue poco menos que espectacular.
El lugar elegido para el encuentro fue un pequeño bar al que Shelby le venía echando el ojo desde hacía un buen tiempo, cuando la idea de una salida con Karin era solamente un pensamiento que caía entre la fantasía y la ilusión. Durante veinte minutos, Shelby aguardó en la puerta del bar a que Karin llegara de su turno de servicio –esperarla en la puerta de la Base Aérea hubiera sido demasiada tortura para el orgulloso oficial del Ejército–, con una inquietud y una rara sensación en la boca del estómago que empeoraba a cada segundo de espera, mientras él albergaba temores de recibir una llamada telefónica en la que Karin le avisaba que no podía ir y que le pedía todas las disculpas posibles.
De modo que cuando la vio saludándolo efusivamente desde la esquina, Shelby sintió que se liberaba de esas inquietudes como si se hubiera quitado de encima un peso opresivo. Según explicó la joven, la demora se debía a que había tenido que pasar primero por su casa a quitarse el uniforme y ponerse algo más cómodo para la salida... detalle por cuyo olvido Shelby se maldijo figurativamente al tiempo que notaba, con tanto aprecio que rogaba no se corporizara en un hilo de baba, qué entendía Karin Birkeland por "algo más cómodo".
La piloto había aparecido vistiendo unos jeans azules que si no eran nuevos, no debían tener más de dos o tres meses, unas zapatillas cómodas que distaban mucho de ser zapatos elegantes y de tacón, y una blusa rosada de mangas cortas, ideal para la noche templada y agradable. Todo ese conjunto proclamaba sencillez al tiempo que no dejaba de resaltar la figura y el atractivo de la joven que lo portaba... casi como si hubiera sido calculado fríamente para dejar a cierto oficial del Ejército de la Tierra Unida peligrosamente cerca de un ataque de... algo.
No que Shelby no hubiera hecho bien los deberes: él también había optado por los jeans, aunque debía reconocer que los suyos tenían un poco más de edad y uso que los que vestía Karin, mientras que la eterna chaqueta marrón del uniforme de servicio había desaparecido para ser reemplazada por una simple y práctica camisa blanca. E incluso, asombro de asombros hasta para el propio Shelby, se había tomado el trabajo de domar su cabello hasta hacerlo parecer algo normal.
La cena fue sencilla pero bien ajustada al gusto de los dos: una amplia selección de pastas acompañadas por varias salsas y cerveza para beber. Y si bien la comida duró lo que tenía que durar, máxime tratándose de dos oficiales que tenían estómagos exigentes luego de un día de servicio, nada los obligaba a hacer que la sobremesa sea breve... y no lo fue.
Durante un tiempo que sólo al momento de pagar la cuenta notaron que había sido de casi tres horas, los dos muchachos estuvieron charlando de todos los temas habidos y por haber, pasando desde las clásicas e inevitables críticas y bromas entre el Ejército y las Fuerzas Espaciales hasta temas más serios como la política (que fue misericordiosamente breve para aquellos dos jóvenes poco afectos a perder el tiempo con esas idioteces), los gustos musicales... y también ciertos detalles de sus vidas personales.
Tras la comida, el capitán Shelby ofreció en un arrebato de caballerosidad acompañar a Karin hasta su departamento, una oferta que la joven piloto recibió primero con shock exterior y algarabía interior y que luego aceptó con una enorme sonrisa en los labios. Y así, los dos caminaron tranquilamente por las amplias y frescas calles de Nueva Macross en dirección al barrio militar, mientras para sus adentros un vendaval de emociones empezaba a encontrar el momento definitivo para manifestarse.
A pocas cuadras del edificio de departamentos en donde Karin tenía su vivienda, junto a muchos otros pilotos jóvenes del grupo aéreo que no estaban en condiciones de mantener sus propias "cajitas de fósforos", y luego de una caminata agradable y encantadora, Karin se detuvo súbitamente y se colocó frente a Shelby, sin darle ningún aviso de por qué lo hacía ni ninguna explicación sobre lo que tenía planeado hacer con él.
– Un momento – dijo ella, estudiando el porte y la postura de un Shelby del que sólo salió una única palabra que fue pregunta, queja y temor.
– ¿Qué?
De más está decir que Shelby estaba con el corazón en la boca al ver a la pequeña piloto de combate plantada frente a él y con sus ojos grises mirándolo con cierta desaprobación. Entre las preguntas que lo acosaron en ese instante estuvo, para su horror, la que lo hacía dudar de que no tuviera una gigantesca mancha de salsa en el pecho de la camisa.
– ¡¿Qué?! – preguntó de vuelta Shelby mientras ella le colocaba las manos en los hombros, despertándole al oficial del Ejército la ilusión y el temor de que ella hubiera decidido irse a todo o nada así como así.
Por desgracia (o quizás por suerte, si se lo veía desde el punto de vista de los nervios de Dan Shelby), Karin no se lanzó a besarlo sino que sujetó bien fuerte los hombros de Dan y los hizo bajar con toda su fuerza.
– Por amor de Dios, ¿quieres bajar los hombros? – gruñó ella mientras hacía que los hombros de Shelby dejaran de parecer los de un guardia de palacio. – No hace falta que estés todo el día así de serio como si estuvieras de uniforme.
– ¿Qué te picó?
En vez de contestar, Karin reprimió con firmeza un intento de Shelby de volver a erguirse y después, satisfecha de que él no siguiera tratando de resistir, dio dos pasos hacia atrás para contemplar su obra.
– Mucho mejor.
Aunque Shelby mantuviera los hombros sueltos como ella evidentemente quería, eso no significaba que todo el incidente lo hubiera dejado con una sonrisa en los labios, y era por eso que le estaba poniendo tal cara de recelo a Karin que ella debió acercarse y poner sus dedos en la comisura de los labios de Shelby para forzarlo así a "sonreír".
– Relájate un poco, ¿quieres? – insistía ella, aguijoneándolo con sus palabras y enloqueciéndolo con su sonrisa. – Ya sé que tienes que ir por ahí proclamando a todo el mundo que eres un pisahormigas rudo y malo---
– Oye, esto de "pisahormigas" ya empieza a volverse personal...
Ella le devolvió una mirada de descreimiento absoluto, empeorada por la media sonrisa traviesa que iluminaba su rostro, y Shelby no supo si besarla allí mismo o sacudirla.
– ¡En serio! – continuó defendiéndose con más desesperación el oficial del Ejército, al punto de revelar un detalle que en otras circunstancias hubiera ocultado como si fuera secreto de Estado. – De niño tenía una granja de hormigas---
Ahí sí que fue el final de todo, y Karin estalló en risas que sonaban extrañamente potentes y estruendosas en una persona menuda y aparentemente delicada como ella. En medio de semejante ataque de risa que empeoraba a cada instante, a Shelby sólo le quedó preguntar en defensa propia:
– ¿De qué te ríes?
– ¡¿Una granja de hormigas?! – replicó ella cuando pudo parar de reir lo suficiente para hablar con coherencia, a lo que Shelby replicó en defensa propia:
– ¡Son criaturitas apasionantes!
Ella siguió riéndose con ganas y energía, ignorando las caras y quejas del capitán del Ejército, quien por su parte debió aceptar la realidad y dejar de quejarse... sin que eso significara que ella dejara de reírse de su admisión demasiado inocente.
Además, aunque él no quisiera admitirlo jamás, le gustaba demasiado escucharla reír como para quejarse más de lo que su honor le exigía.
– Shelby, eres una caja de sorpresas.
– Una palabra de esto a Hunter o Sterling y considérate muerta, Karin – amenazó Shelby, levantando un dedo para reforzar una amenaza que no disuadió en absoluto a la joven y burlona piloto de las Fuerzas Espaciales.
– Atrápame si puedes – le contestó ella, alejándose rápidamente de Shelby y evadiendo sus intentos de captura.
– No me busques, porque me vas a encontrar.
La pequeña persecución no duró mucho más de lo necesario y los dos no tardaron en volver a caminar como si nada hubiera ocurrido... aunque Shelby sí se cuidó de mantener los hombros en una pose que no recordara a la de un cadete en un desfile militar, para tranquilidad suya y satisfacción de Karin.
Eso, claro, no quiso decir que las picadas de cresta brillaran por su ausencia; era demasiado pedirles a los dos que hicieran a un lado el bagaje cultural de sus respectivos servicios militares... en especial los vinculados con las bromas y opiniones mutuas que se tenían.
Y a pesar de todo eso, los dos se estaban divirtiendo horrores.
Faltando poco para llegar al edificio de departamentos donde vivía ella, el capitán Shelby se sintió lo bastante confiado por los resultados de aquella salida como para intentar algo para lo que él, un veterano de guerra condecorado por heroísmo bajo fuego, no se creía capaz de hacer.
– Así que dime... – comenzó él como si nada, pasando una mano por detrás de la espalda de Karin y tratando de sonar confiado aunque por dentro estuviera temblando como nudista en la Antártida. – ¿Qué prefieres para la próxima?
Karin giró la cabeza y lo miró directamente a los ojos. No había molestia por la audacia del capitán o irritación por la pregunta en esos ojos grises... simplemente había alegría y algo más profundo sobre lo que Shelby no se atrevía a abrir juicio.
– ¿Habrá una próxima, capitán Shelby? – preguntó ella, aunque por su sonrisa y por el tono no cabía ninguna duda de qué respuesta le gustaría escuchar.
Shelby dio marcha atrás y jugó a una maniobra indirecta, con el objetivo de averiguar un poco más sobre la opinión de ella.
– No la has pasado tan mal, ¿o no?
– ¿Quieres una respuesta honesta?
El capitán tragó saliva, pero se las ingenió para continuar manteniendo su aspecto desafiante y seguro de sí mismo.
– Adelante.
Ella le sonrió... y esa sonrisa lo dejó muy pero muy cerca de la felicidad eterna, algo que lo tranquilizaba mientras aguardaba a que la dueña de esa sonrisa le diera una respuesta a su pregunta.
Y finalmente.
– La pasé muy pero muy bien, Dan... – dijo Karin al final, en una voz tan suave que Shelby tuvo problemas para escucharla. – ¿Y tú?
– De maravillas... de maravillas... – se apresuró a contestar él, sin dejarla salir tan fácilmente de toda la situación. – Pero no me contestaste la pregunta.
– ¿Cuál de todas?
– ¿Qué quieres hacer la próxima vez?
Ella se detuvo sólo por un segundo y se dio cuenta de que la cosa estaba yendo en serio... y al ver la mirada decidida de Shelby, Karin no tuvo más dudas de que el capitán del Ejército estaba siendo completamente sincero con su idea y su propuesta. Y ella, aunque no se atreviera a mostrarlo abiertamente, estaba que no se contenía de la felicidad... pero sí fue hábil para devolverle el guante con estilo y sutileza.
– Me estás dando un cheque en blanco, Shelby.
– Sólo recuerda que mi billetera es limitada – le contestó él, siguiéndole el juego y provocándole un falso puchero de compasión a la teniente, quien preguntó sin perder el tiempo:
– ¿Qué tanto?
– Gano lo mismo que un teniente comandante de ustedes, pero la diferencia es que yo sí me merezco ese sueldo.
Por toda respuesta, Karin le asestó un simbólico golpe de mano en la espalda, el cual Shelby exageró con una trastabillada medio falsa de la que rápidamente se recuperó, mientras ella reía una vez más y con más ganas.
– En serio, Birkeland – insistió Shelby y la miró a los ojos con la intención de no permitirle ninguna evasiva más. – ¿Qué quieres hacer?
Otra vez apareció en la cara de Karin esa sonrisa que se contagiaba a sus ojos grises, y a Shelby se le hizo difícil no hacerle caso a los pedidos urgentes de su corazón y besarla allí mismo... Dios sabía que él quería hacerlo. Por un segundo maravilloso, él creyó ver que ella estaba conteniendo anhelos parecidos, pero antes de poder hacer algo al respecto, ella le guiñó el ojo y le lanzó una única palabra a modo de desafío.
– Sorpréndeme.
– ¿Nada más?
Ella asintió y repitió su desafío.
– Sorpréndeme.
– Está bien, teniente, voy a sorprenderte... tenlo por seguro – le concedió él, prometiéndole con la mirada que iba a responder a ese desafío de una forma que ella no podría imaginar nunca. – El viernes que viene te esperará una sorpresota que ni te imaginas.
– Mejor no prometas tanto, capitán, porque te puede ir muy mal – advirtió ella, para entonces notar que la caminata había pasado tan rápido que no supo cómo habían llegado a la puerta del edificio. – Llegamos.
Shelby miró al edificio que Karin le señalaba: era un edificio de cinco pisos de aspecto utilitario pero bien cuidado, con una escalinata que iba desde la vereda hasta una entrada con puertas de vidrio, detrás de la cual se podía ver al encargado del turno nocturno leyendo una revista que Dios sabía de qué se trataba.
– ¿Es aquí? – preguntó él casi sin pensarlo, y ganándose la merecida respuesta que ella le propinó.
– Ya sé que sólo tengo un departamento en el edificio y que es muy modesto... – dijo ella encogiéndose de hombros y fingiendo resignación ante la humildad. – Después de todo, no es como si mi sueldo me permitiera aspirar a una casa propia como pueden hacerlo los primeros tenientes o los tenientes comandantes, o sobre todo los capitanes del Ejército que ganan lo que ganan porque trabajan como hormiguitas de granja todo el día...
– Blah, blah, blah...
– ... acarreando fusiles y misiles en sus espaldas sufridas y todo eso... – siguió Karin sin darle crédito a las burlas de Shelby. – Pero es chiquito, es el departamento B del tercer piso y lo llamo "hogar, dulce hogar".
Ella calló y volvió a sonreir, y cuando volvió a hablar, su tono podría haber derretido el Polo... claro que a falta de eso, lo único que derritió fue la cordura y el corazón del capitán Daniel Shelby.
– Si tienes suerte, Daniel Shelby, algún día lo verás.
– ¿Algún día?
– Tienes suerte, pero no la tientes – le dijo ella de manera tanto ominosa como juguetona, y él le respondió con la misma moneda.
– Hey, al menos sé donde queda.
Por razones que ninguno comprendió, no hubo devolución a ese comentario, ni bromas, ni sarcasmo, ni nada que mantuviera andando la picada de crestas permanente entre ellos dos. Sólo hubo silencio y una larga mirada que lo dijo todo sin decir nada, y ni siquiera el ocasional ruido de los autos que pasaban por la calle o los transeúntes que iban y venían pudo sacar a Dan y a Karin del pequeño espacio que se habían creado para ellos mismos.
Y sólo por un segundo maravilloso, eterno y fugaz a la vez, los dos estuvieron cerca de dejar que no hablaran más sus voces sarcásticas, bromistas y dadas a la insinuación, sino sus corazones.
– Bueno... – dijo entonces Karin sin razón alguna para hablar, aprovechando además para mirar al edificio... o a cualquier otro lugar que no fueran los ojos pardos e intensos de Dan Shelby. – Aquí llegamos...
– Claro... – le contestó él con una vaga sensación de decepción en la voz, a lo que ella se apresuró a contraatacar.
– Muchísimas gracias por todo, Dan... la pasé muy pero muy bien...
– Yo también...
– Y gracias por acompañarme hasta aquí...
– No fue molestia...
Dan sonrió para remarcar su propio comentario y ella volvió a sonreír... y la sonrisa se quedó allí, hasta que volvió a hablar:
– Buenas noches...
– Buenas...
Sin proponérselo, los dos se miraron a los ojos y se vieron tal como eran... y entonces, nada podría detener lo que era inevitable.
Lenta pero inexorablemente, Shelby bajó la cabeza y Karin se puso en puntas de pie, para que así los labios de los dos fueran acercándose para encontrarse en un punto de reunión que no por ser desconocido era menos prometedor o maravilloso para los dos.
Si hubo dudas en alguno de los dos sobre lo que estaba por ocurrir, esas dudas desaparecieron cuando notaron que estaban cerrando los ojos en premonición del momento supremo. Y así, tras meses de tanteos tímidos, algunas maniobras audaces y una profunda revelación a la que cada uno llegó por su cuenta, los labios de Dan y Karin se tocaron y el mundo prometió cambiar para los dos.
Se sentía tan extraño... casi como si no fuera real, como si la sensación de besarse fuera algo demasiado perfecto para el mundo en el que vivían, pero a la vez fuera algo tan correcto y necesario que no valía la pena ni dudar ni resistirse, y fue así que lo que comenzó como un tímido contacto rápidamente escaló a un abrazo fuerte que los unió y a un beso mucho más intenso que lo que cualquiera de los dos hubiera podido imaginar jamás...
Para Dan Shelby el momento fue algo que superó todo lo que su febril imaginación le había prometido... se sentía exactamente como lo había imaginado y a la vez fue más maravilloso que cualquier cosa que hubiera vivido antes. Su corazón latía como si estuviera por estallarle y las gotas de sudor le caían al ritmo del estremecimiento que lo recorría de la cabeza a los pies. Todos sus sentidos estaban al máximo y su piel estaba congelada y ardiendo a la vez, al sólo toque de esos labios suaves con los que había estado soñando durante meses.
Sin pensarlo ni avisar al respecto, Dan profundizó el beso y rodeó a Karin con sus brazos, sintiendo que ella se dejaba abrazar sin oponer resistencia alguna.
Y para Karin... para ella era un sueño hecho realidad... era la sensación de cómo toda esa tristeza que llevaba dentro desde hacía meses se desvanecía como si nunca hubiera existido, y sentir la intensidad y la pasión con la que él la besaba y la abrazaba le hacía sentir ansias de poder concretar lo que no pudo ser después de aquel beso entre ella y John---
Fue sólo un segundo, pero bastó para deshacer lo trabajado durante meses como si nunca hubiera existido, y el dolor que ella había creído derrotado regresó con toda la fuerza del primer momento.
Karin abrió los ojos y se detuvo, mientras Dan continuaba sin darse cuenta de lo que estaba ocurriendo hasta que dejó de sentir los labios de ella devolviéndole los favores... y entonces él se separó de ella y abrió los ojos, mirándola con una mezcla de sorpresa y confusión que empeoraron cuando ella, entre sollozos, dijo dos palabras terribles.
– Lo siento...
– ¿Qué pasa? – preguntó él con verdadera preocupación, lo que sólo puso más nerviosa a la joven teniente.
– Discúlpame, Dan, no debí...
La preocupación en la mirada de Shelby cedió lugar al temor y a la incomprensión, y eso quedó patente en la voz temblorosa y confundida del oficial del Ejército.
– ¡¿Qué?!
– Mira, lo lamento mucho, no quería que... no sé, es que... – intentó explicar Karin sin tener la menor suerte. – No me hagas caso, ¿está bien?
– ¿Karin, qué te pasa?
Él volvió a acercarse y puso su mano en la mejilla de ella para acariciarla suavemente, con la intención de tranquilizarla y hacerla sentir cómoda. A pesar de eso, no sólo ella no se tranquilizó sino que se separó rápidamente de él y desvió la mirada... era claro que ella no quería que él la viera en esas condiciones, y así se lo hizo saber.
– Oye, mejor me voy... no me siento muy bien...
– ¡¿Qué te pasa?!
– Nada, no me pasa nada... – le contestó ella con la voz quebrada por el torrente de emociones dolorosas y placenteras que aquel beso había despertado en ella.
¿Cómo explicarle que el recuerdo del otro hombre de su vida la había llevado a ese momento espantoso? ¿Cómo hacerle entender que no era culpa de él sino de ella? ¿Era posible?
Las primeras lágrimas rodaron por las mejillas enrojecidas de Karin Birkeland, y ella las secó con el brazo cuanto antes para que él no las viera.
No lo logró.
– ¿Estás...? – comenzó Dan, deteniéndose hasta cerciorarse de que lo que había visto era verdad. – ¿Estás llorando, Karin?
– No, no estoy llorando.
Él volvió a tratar de abrazarla pero ella se escabulló de sus brazos, aunque Dan no dejó de intentar ayudarla en lo que fuera posible... esperando quizás entender qué diablos le estaba pasando a la joven.
– ¿Te puedo ayudar en algo?
– No hace falta, pero gracias de todos modos... – contestó Karin entre sollozos cada vez más notorios, hasta que finalmente perdió el control de sus emociones y corrió por la escalinata hasta la entrada del edificio, sin mirar atrás. – Que descanses, Dan... hablamos luego...
– ¡Karin!
La joven entró al edificio, y a través de la puerta de vidrio él notó que Karin corría por el pasillo, alejándose de él hasta que finalmente no pudo verla más... y cuando ella desapareció de su vista, el corazón del oficial del Ejército dio un vuelco insoportable que hundió toda su alegría y emoción en una nube ponzoñosa de dolor y duda.
Después de un largo mirar al edificio y a las ventanas del tercer piso con la vaga esperanza de volverla a ver y arrancarle a la noche la alegría perdida, el capitán Daniel Shelby se llevó las manos al bolsillo y murmuró una única palabra.
– Mierda.
Shelby comenzó a caminar sin mirar hacia atrás, hacia el edificio donde estaba la mujer a la que amaba. La noche parecía volverse interminable.
Y todavía le quedaba el largo camino a su propia casa, mientras sentía el amargo sabor de lo inexplicable.
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Sábado 25 de agosto de 2012
La impaciencia era una emoción que no le agradaba en lo más mínimo a Rudolf Spier. Como oficial de Inteligencia, él estaba naturalmente acostumbrado a esperar el desarrollo de los eventos antes de actuar, pero por alguna razón que ni él mismo podía comprender, tener que someterse a demoras por culpa de otras personas –especialmente cuando ellas podían apurarse un poco– lo ponía de muy mal humor.
El culpable de la demora que sufría Spier y de la impaciencia que venía asociada era en esa oportunidad el doctor Roger Winslow.
Spier había tomado el primer vuelo diplomático de regreso a Denver cuando el escueto mensaje de Winslow solicitando una reunión llegó a sus manos, pero la celeridad con la que el "colaborador" de Sean Brent había viajado a la capital de la Región de Denver-Colorado no fue tenida en cuenta por el científico, y era por esa razón que Spier llevaba ya cuarenta minutos esperando al encargado del proyecto Némesis en una de las confortables salas de reuniones en el edificio principal de la Corporación Meridian.
Justo cuando Spier estaba por rendirse a su impaciencia y llamar a Winslow por el teléfono celular, el científico entró en la sala de reuniones, apurándose a esgrimir una disculpa que Spier rápidamente liquidó con un gesto.
– Espero que haya tenido una buena razón para hacerme venir desde Nueva Macross, doctor – murmuró Spier con los ojos entrecerrados y el tono frío. – No es fácil conseguir un vuelo en estos días.
Lejos de sentirse intimidado, Winslow le devolvió una sonrisa a Spier y habló con emoción apenas contenida.
– Créame, señor Spier... es una muy buena razón.
La única señal de ansiedad en el rostro gélido del ex-oficial de Inteligencia fue una ceja arqueada y una fugaz mueca en la comisura de los labios.
– Lo escucho.
Winslow no habló hasta que los dos estuvieron sentados a la mesa y hasta que él sacara todos los documentos de su maletín para colocarlo frente a Spier. Y mientras Spier tomaba la primera carpeta que podía agarrar, el científico dijo como si fuera lo más normal del mundo:
– Hemos completado la fase de pruebas de Némesis.
– ¿Todas las etapas? – preguntó Spier, ya sin poder disimular su sorpresa... y perdonando sólo por esta vez al científico por haberlo demorado tanto.
– Todas las etapas – confirmó Winslow con la sonrisa orgullosa de alguien que termina la obra maestra de su vida. – Infección, contagio de primera generación, contagio de segunda generación y variante especial. Y los resultados han sido sorprendentes.
Winslow guardó silencio y dejó que Spier lo viera por sí solo en la carpeta que ya tenía en sus manos. Mientras el oficial de Inteligencia leía los datos y gráficos, el científico estudiaba sus reacciones, ansioso por ver si aquel hombre frío y terrible sentía alguna clase de emoción por el producto final de tanto esfuerzo que había empezado con una sola y sencilla intención: acabar con la raza que había llevado a la Humanidad al borde del exterminio.
Pero la frialdad de Spier no cedió en ningún momento, y sólo una palabra se escuchó de parte de él en esa sala.
– Impresionante.
– Los detalles están explicados con más claridad en el reporte, pero le diré lo que más necesita saber – se dispuso a explicar Winslow no sin cierta decepción antes de que Spier quedara confundido ante los datos del informe. – La tasa de virulencia fue superior al 99,3 por ciento en promedio, considerando todas las etapas.
Spier arqueó otra ceja y sus labios dejaron escapar un silbido de aprobación: en una persona tan poco expresiva y reservada como él, eso equivalía a una exclamación de rotunda y completa sorpresa... porque lo que Winslow le estaba diciendo de manera tan casual y displicente era mucho mejor que lo que él había esperado al momento de iniciar el Proyecto Némesis.
Y mientras él buscaba en la carpeta de reportes los datos que confirmaban las aseveraciones de Winslow, este último continuó hablando sobre el proceso de pruebas de Némesis, discutiendo el tema como si se tratara de algo sencillo y cotidiano.
– Por supuesto, quizás tendríamos resultados más exactos con una muestra mayor de casos, aunque entiendo que había dificultades asociadas con la adquisición de sujetos de prueba.
– Ya puede creer que las hubo, doctor.
El tono frío, casi letal, de esa frase logró congelar por un segundo al doctor Winslow, y el científico se obligó a recordar que el hombre con el que estaba hablando era lo más cercano a un tiburón humano que hubiera visto en su vida. Al ver la mirada despiadada en los ojos azules de Spier, Winslow reparó en que la sensación de frío que lo invadía en cada junta que mantenía con el otro hombre finalmente se reveló por completo por lo que era: puro terror.
Enfrentado al terror que le inspiraba ese hombre callado y despiadado, Roger Winslow se refugió en el tema de interés de aquella reunión, tratando de disimular sus emociones con la cháchara tecno-científica asociada al proyecto.
– De cualquier manera, los resultados de las pruebas hablan por sí mismos. Virulencia extrema, contagio asegurado con un mínimo contacto con el agente, un período de incubación reducido y expeditivo, y muerte certera en un plazo de 48 horas luego de los primeros síntomas.
El otro hombre sonrió, y si era una sonrisa cruel o de satisfacción fue una duda lo bastante seria como para empeorar el estado de ánimo de Roger Winslow. Él sabía lo que le había ocurrido a Callie Frenkel tan sólo por acercarse a la idea de lo que Némesis era en realidad, y el temor a lo que ese hombre podía hacer con la persona que había diseñado el arma era lo suficientemente grande como para hacer que Winslow intentara dormir con un ojo abierto.
De modo que el científico había decidido que, si quería mantener su nombre lejos de lo que Spier pudiera considerar un "problema", era necesario entonces asegurarse de que todo saliera tal y como Rudolf Spier lo había planeado. Hasta el momento, el desarrollo de Némesis estaba cumpliendo las expectativas de Winslow –y de Spier– a su entera satisfacción, y el científico no perdió tiempo en remarcar ese hecho a su impaciente visitante.
– Y lo mejor de todo es que el virus está hecho específicamente para minimizar el riesgo de contagio en humanos. No me pregunte cómo porque odiaría meterme en una explicación técnica, pero básicamente se trata de que por su diseño y estructura genética, no hay nada en la fisiología humana que Némesis pueda infectar efectivamente. Puede estar contento, señor Spier – concluyó finalmente el doctor Winslow, aunque al final una pizca de inquietud se coló en sus palabras. – Ya tiene su arma del Juicio Final contra los Zentraedi.
– No sea dramático, doctor – le respondió Spier con falsa bonhomía primero y con súbito recelo después. – ¿Detecto arrepentimiento en su voz, mi estimado?
El rostro del científico empalideció súbitamente, pero no tardó en volver a la normalidad a fuerza de voluntad y de un sano temor por su propia vida.
– Para nada.
Notando que había más en la opinión del científico, Spier le indicó silenciosamente y con un gesto que se explicara cuanto antes, y Winslow no tardó en hacer caso del pedido.
– Es sólo que de acuerdo a lo que estuve viendo sobre la parte más operativa del plan, tenemos un problema que se nos va a hacer muy difícil de resolver.
– ¿A qué se refiere, doctor?
El científico tragó saliva.
– Como ya le he dicho, la virulencia y letalidad de Némesis son extraordinarias... demasiado extraordinarias para su propio bien. Es probable que en muchos casos el virus acabe con el primer infectado antes de que pueda transmitir la enfermedad a otro... y eso, naturalmente, haría que la efectividad global de Némesis sea potencialmente limitada.
Winslow levantó sus manos como para detener a Spier antes de que dijera algo, y mientras el otro hombre se mantenía callado, el científico continuaba explicando los problemas que veía con el plan.
– Naturalmente, ahí es donde entra la Cepa C, pero para hacer viable la administración de la cepa, la infección inicial debe ser lo suficientemente importante como para justificar un programa de vacunación preventiva a gran escala.
Spier lo comprendió perfectamente. Él sabía que era prácticamente imposible dispersar a Némesis en todo el mundo para poder infectar a todos los Zentraedi que residieran en el planeta; no sólo la capacidad de producción que requería semejante tarea estaba lejos de su alcance, sino que tampoco tenían los medios para dispersar globalmente la enfermedad en un plazo razonablemente breve que permitiera la infección antes de que el Gobierno lo notara.
Era precisamente por eso que el plan para Némesis había sido concebido en una escala más manejable.
La idea original del plan había surgido, irónicamente, de una novela de espionaje que Spier había leído en cierta oportunidad, y que retomó en cuanto comenzó a concebir el plan Némesis, bajo la lógica de que si alguien lo había pensado antes, entonces era mejor ver cómo aplicar esa idea a la realidad.
Lo que Spier y algunos de sus ayudantes habían concebido era organizar una dispersión del agente viral reducida exclusivamente a América del Norte; siendo que allí se encontraban las colonias Zentraedi más antiguas y más establecidas, la súbita aparición de una enfermedad letal y terriblemente virulenta entre los Zentraedi, una enfermedad que tenía origen terrestre pero que había mutado hasta convertirse en mortífera para los alienígenas, debía crear el suficiente pánico a nivel mundial como para forzar medidas restrictivas hacia los Zentraedi, tanto para contener la enfermedad como para evitar su posible contagio a los humanos.
Y al cabo de unos meses de puro terror, según lo que el plan preveía, el anuncio de que las divisiones de Farmacología y Biotecnología de la Corporación Meridian habían encontrado una vacuna contra la enfermedad debía asegurar un masivo esfuerzo global de vacunación de los Zentraedi... sólo que la vacuna, que a todas luces parecía una versión neutralizada del virus, en realidad consistía en la Cepa C de Némesis: una variante tan letal como la cepa B que se dispersaría inicialmente, pero lo suficientemente distinta como para que fuera considerada una reacción imprevista de la vacuna.
De esa manera, al cabo de seis meses los Zentraedi que no hubieran muerto a causa de Némesis lo habrían hecho por culpa de la vacuna. Del resto de la tarea se tendría que ocupar el nuevo Gobierno de la Tierra Unida... una vez que Brent y sus aliados en el Senado lo hubieran instalado.
Pero nada de eso ocurriría si los problemas que Winslow indicaba no eran resueltos, y Spier se obligó a prestar más atención a la explicación del científico.
– En suma, señor Spier, lo que estamos necesitando es asegurarnos de que la dispersión inicial de Némesis sea lo suficientemente amplia para que la emergencia sea justificable... y para que el GTU reaccione como queremos que lo haga.
Por unos minutos de terror, el doctor Winslow observó el rostro de Spier esperando prever qué reacción tendría aquel hombre al pequeño inconveniente que él había encontrado... pero justo cuando estuvo por rendirse a sus miedos, el científico notó que Spier simplemente se encogía de hombros y guardaba los reportes en su propio maletín para después ponerse de pie, gesto que Winslow no tardó en imitar.
– Ya veo. Gracias por traer esto a mi atención, doctor – concluyó Spier, tendiendo la mano para que Winslow la estrechara. – Lo tendré en cuenta.
El terror que sintió el científico al estrechar la mano de Spier sólo lo abandonó una o dos horas después de que su visitante se despidiera de él y lo dejara solo en la sala de reuniones del edificio principal de la Corporación Meridian.
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Lunes 27 de agosto de 2012
El sonido del intercomunicador, agudo y siempre molesto, perturbó a Sean Brent mientras leía la edición matutina del Macross Standard, y lo obligó a apretar de mala gana el botón para recibir el mensaje. A pesar de que era un gaje del oficio, al asesor siempre le había arruinado la mañana recibir uno de esos timbrazos... y más cuando era una mañana tan agradable como aquella, con el Sol brillando y los últimos calores del verano bañando toda la ciudad.
– ¿Sí, Clarice? – dijo Brent, tratando de no sonar irritado a oídos de su eficiente y discreta secretaria, quien le respondió con la presteza habitual.
– El senador Varankovic desea verlo, señor Brent.
Brent arqueó una ceja y sonrió levemente. La inesperada visita del senador Varankovic ponía interesante la mañana, especialmente porque el autoproclamado "líder opositor responsable" no sentía el menor cariño por el bloque senatorial centrado en torno a Lynn Kyle... y al propio Sean Brent. Y si Varankovic creía oportuno ir a visitarlo, pues Brent se imaginaba que debía ser por algo más que importante... lo suficiente como para hacer que el senador serbio hiciera a un lado su desprecio por Kyle y todo lo que se le asociaba.
– Pues hazlo pasar, Clarice.
De inmediato, la puerta de dos hojas de la oficina se abrió para que pasara el senador Draza Varankovic. El senador, un líder rival de la oposición que había cruzado espadas con Brent en muchas oportunidades, se veía tan puntilloso y pulcro como siempre, aunque nada podía disimular el disgusto que salía por sus poros, menos aún esa expresión de estar metiendo la cabeza en una letrina inmunda.
La sonrisa de Brent se volvió más notoria, mientras el asesor político decía para sus adentros: "Yo le dije que este momento llegaría, senador".
Pero la sonrisa y la sensación de haber obtenido una victoria no le impidieron a Brent ser educado y decente. El asesor político se levantó de la silla y tendió su mano al senador para que éste pudiera estrecharla.
– Senador Varankovic, qué gusto me da verlo hoy.
– Sean – respondió Varankovic con muy poca indicación de que el "gusto" de Brent fuera compartido.
– Por favor, tome asiento.
De muy poca pero mala gana, el senador Varankovic aceptó la oferta de sentarse y ocupó una de las sillas de su lado del escritorio, mirando con poco interés la decoración de la oficina privada del asesor de Lynn Kyle.
– Entonces – dijo Brent con una gran y falsa sonrisa luego de sentarse. – ¿Qué puedo hacer hoy por usted, senador?
Varankovic no tardó en contestar, y lo hizo con toda la parquedad que le fue posible.
– Vine a discutir.
– ¿A discutir qué, si es tan amable?
El corpulento y disgustado senador por Nueva Belgrado pareció sentir arcadas antes de contestar la pregunta de Brent, lo que hizo que el otro hombre debiera forzarse para no reír a costa del sufrimiento ajeno.
– Los términos de la... cooperación... entre tu bloque y el mío.
Brent arqueó una ceja y simuló estar profundamente sorprendido, pero sus gestos no servían para demostrar sus emociones sino para hacer más difícil toda la situación para Varankovic. Normalmente, Brent no se permitiría regodearse de la caída en desgracia de un rival político... pero todavía le molestaban profundamente los desaires y críticas de Varankovic hacia sus planes e ideas.
Mientras tanto, Varankovic juntaba fuerzas para explicarse y superar el disgusto profundo que sentía.
– Tendrás que disculparme la franqueza, Sean, pero debo decirte que no me gusta en lo más mínimo tener que hacer esto – gruñó el senador cuando por fin retomó la palabra, clavando sus ojos pequeños en los de Brent. – Sigo considerando que gente como Lynn Kyle hace que aquellos miembros de la Oposición que buscamos ser considerados como una alternativa seria y creíble para el Gobierno quedemos manchados por asociación... pero mucho me temo que la evolución de los acontecimientos nos ha hecho reevaluar esa postura.
"¿'Nos', Draza?" pensó triunfalmente Brent mientras pensaba qué diablos podía haber pasado en el bloque de Varankovic, todo detrás de una cara de póker que lo mantenía resguardado del senador. "¿Me estás diciendo que tus muchachos se amotinaron y quieren subirse al carro triunfal?"
Y ajeno a los análisis de Brent, el senador Varankovic continuaba explicándolo todo... tratando a la vez de no revelar demasiado sobre el revuelo que había tenido que enfrentar en el seno de su propio bloque senatorial. No quería mostrarse débil y forzado delante del titiritero de Lynn Kyle, después de todo: Draza Varankovic todavía tenía algo de orgullo.
– Dado que parece ser que Lynn Kyle ha logrado torcer la voluntad del Primer Ministro en lo que se refiere al paquete de seguridad, quizás hemos sido un poco duros a la hora de evaluar las habilidades de tu senador.
Brent no pudo reprimir su sonrisa. Era obvio que, al margen de las particulares circunstancias, Varankovic no creía en que Kyle fuera especialmente habilidoso para otra cosa que no fuera provocar problemas y dolores de cabeza, así que aquel comentario él lo tenía que tomar por lo que parecía ser... una concesión a regañadientes de parte del senador Varankovic sobre la habilidad del propio Brent como operador político.
– Así que he venido a ofrecer una propuesta de acercamiento entre tu bloque y el mío, Sean – anunció Varankovic con esfuerzo, como si fuera un general presentando la rendición al enemigo. – No se trata de una alianza formal o tácita, y espero de Lynn Kyle – lo que quería decir del propio Brent – que no sea tomada como tal. Coordinaremos posturas en cuestiones concretas, según vayan desarrollándose en los próximos meses. Esta es la naturaleza de la cooperación que proponemos, y confío en que harás lo más sensato frente a ella.
Mientras Varankovic descansaba y trataba de recobrar el aliento y algún sentido del amor propio, Sean Brent hallaba muy difícil el no festejar triunfalmente la oferta del senador. Jamás había pretendido que Varankovic se sumara a su bloque de manera incondicional, pero lo que le estaba ofreciendo era mucho mejor que lo que Brent hubiera esperado lograr con él... y con eso, los planes del asesor político estaban un paso más cerca de hacerse completamente factibles.
De todas maneras, Brent se tomó unos instantes para estudiar la expresión derrotada del senador Varankovic; nunca venía mal analizar lo que podía pasar por la cabeza de un enemigo... o de un aliado.
"Pobre Draza... no te gusta para nada tener que hacer esto, pero es el precio de estar al frente, ¿o no?" pensó Brent mientras veía la cara cansada y rendida del senador, que parecía la de alguien que acabara de agotarse por un esfuerzo supremo. "Tener que venir a suplicarme debe ser algo muy feo... y además pretender hablarme como si tú fueras el que tiene la sartén por el mango... afortunadamente para ti, senador, yo sí soy lo bastante magnánimo..."
– Por supuesto, senador Varankovic – le contestó Brent con un tono excesivamente obsequioso. – Me parece una propuesta muy razonable y productiva. Y me siento honrado de que hayamos podido llegar a este... entendimiento.
– Me alegra que así lo veas, Sean.
El asesor político sonrió y esperó a que Varankovic le devolviera el gesto para poder seguir. No venía mal guardar una mínima apariencia de estar felices y contentos de hacer lo que estaban haciendo.
– ¿Por donde empezamos entonces, senador? – preguntó Brent mientras se acomodaba en el asiento. – Realmente me interesaría escuchar sus puntos de vista respecto del nuevo proyecto de legislación de seguridad.
Varankovic lo pensó bien antes de contestar; el asunto había traído sus propios problemas entre sus aliados... como si no fuera suficiente con los que ya tenían.
– En realidad y para serte completamente honesto, Sean, en el bloque pensamos que es muy razonable y adecuado... no tiene todo ese componente desquiciado que Pelletier quiso meter por decreto, y eso no sólo lo hace más aceptable para nosotros y para el público, sino incluso más aplicable en la presente situación. La postura del bloque es que oponernos a esta propuesta sería contraproducente en grado sumo...
Por su parte, Brent se tomó unos momentos antes de contestarle al senador, ya que quería que el efecto sorpresa viniera acompañado de la impaciencia de Varankovic por su contestación.
– Pues coincido completamente con usted, Draza – dijo Brent como si nada, sobresaltando a un Draza Varankovic que esperaba una discusión agria al respecto.
– ¿De veras?
– Absolutamente – asintió Brent con total seriedad... y cierta pizca de odio que mejor se guardó antes de que Varankovic notara a quién podía estar dirigida. – El terrorismo urbano es una amenaza que debe ser combatida y aplastada sin piedad... dentro de los marcos legales, por supuesto. No coincido en muchas cosas con Pelletier y los suyos, más adecuado sería decir que no coincido en casi nada con ellos, pero debo reconocerles que han sido más sensatos e inteligentes en esta ocasión. Ya hemos tenido que pagar demasiado por dar la impresión de oponernos por el gusto de ser opositores... así que ahora nos permitiremos ser patrióticos y colaboradores.
Los primeros atisbos de una sonrisa genuina y tranquila asomaron en el rostro cansado de Varankovic.
– Entonces estamos de acuerdo en este punto.
– Por completo – confirmó el asesor de Kyle antes de aprovechar la ocasión para pasar al tema que más le interesaba discutir con el senador Varankovic. – Y si me disculpa, senador, deseo proponerle un nuevo ámbito de cooperación.
– ¿Cuál sería?
Sean Brent sonrió, paladeando la bendita ignorancia de Varankovic... ignorancia que él le quitaría en escasos segundos y de la manera más inocente posible.
– Buscar la mejor manera de aplicar el Artículo 30 a la presente situación...
Cayó un terrible silencio en la oficina de Brent, y el asesor político notó como el rostro del senador se tornaba rojo de estupefacción al notar qué había querido decir con su propuesta.
– ¡¿El Artículo 30?! – repitió Varankovic como si fuera una maldición, luego de confirmar que había escuchado bien lo que Brent dijo. – Debes estar completamente loco, Brent... ¡¿un voto de censura contra el Gobierno?!
El GTU funcionaba mediante un sistema parlamentario, en el que el Primer Ministro no era votado por los ciudadanos sino por el Senado. Había sido una de las concesiones fundamentales a la hora de constituir el primer Gobierno de la Tierra Unida tras la caída del SDF-1; si bien existía la convicción de que era necesario un gobierno fuerte para organizar la defensa planetaria ante una posible invasión alienígena, nadie quería que ese mismo gobierno se convirtiera en una entidad incontrolable y tiránica que aplastara al mundo bajo su bota.
En particular, las naciones que constituyeron el GTU eran celosas de su soberanía y desconfiaban del futuro gobierno, por lo que insistieron en un sistema de gobierno que permitiera un control cercano de la administración y les permitiera a los propios Estados miembros –a través de sus senadores– asegurarse de que los que ocasionalmente tuvieran las riendas del gobierno mundial no se sintieran demasiado seguros de su poder. La elección directa de las autoridades fue descartada de plano casi desde el primer momento, habida cuenta de la enorme disparidad de población entre las distintas naciones del planeta.
El sistema parlamentario les ofrecía a los fundadores del GTU la mejor alternativa en ese sentido, al hacer que el Primer Ministro y su gabinete dependieran del respaldo mayoritario del Senado para acceder al cargo y mantenerse en él. Fue así que se decidió ese sistema de gobierno para la Tierra Unida, como uno de aquellos compromisos y acuerdos que, entre otras cosas, colocaron a Nueva York como capital inicial del GTU y a un estadounidense al frente de las Fuerzas de la Tierra Unida, al tiempo que la investigación sobre robotecnología era dejada en manos principalmente europeas y japonesas, y la supervisión directa del proyecto SDF-1 quedaba encargada a los rusos y los chinos.
Pero así como el respaldo del Senado entronizaba a un Primer Ministro y sus colaboradores al frente del GTU, el mismo Senado podía quitarle el respaldo al Gobierno y forzarlo a renunciar para poder así nombrar otra administración que gozara de la confianza del Legislativo. Mediante el voto de censura, establecido por la Carta Constitutiva del Gobierno de la Tierra Unida en su Artículo 30, el Senado se reservaba el derecho de obligar al Primer Ministro a dimitir por considerar que no contaba con la confianza legislativa para gestionar los asuntos del GTU... y era por eso que la primera preocupación de toda administración del GTU fuera evitar incurrir en la ira y disgusto del Senado, so pena de arriesgarse a ser eyectada del poder por un simple voto.
Sin embargo, no era fácil lograr un voto de censura, y era por eso que Varankovic se veía aterrado, lo que obligaba a Brent a actuar rápidamente para hacerle ver la validez de su propuesta.
– No hay mejor momento que ahora, senador.
– Pero... pero...
– Considérelo desde este punto de vista, Draza – insistió el asesor político mientras el senador tartamudeaba en pánico. – Usted, al igual que muchos de sus colegas, no sienten precisamente admiración por el manejo que Pelletier hizo de todo este maldito asunto del Lago Gloval, el coronel Loizeau y la ley marcial... de hecho, ¿qué palabras usó el otro día en "La Hora de la Verdad"? Ah sí... usted dijo que el Primer Ministro "tenía una falta de habilidad política y de manejo de crisis que si no asusta de entrada, al menos es preocupante".
Al escuchar cómo Brent usaba sus propias palabras para respaldar su postura, la reticencia de Varankovic cedió levemente. Y Sean Brent iba a aprovechar esa circunstancia para lograr que el senador entendiera no sólo la conveniencia de la acción propuesta... sino también su necesidad.
– Y si se tratara solamente de eso, pues hasta podríamos ser generosos con Pelletier... pero no es sólo esta cuestión, ¿no es verdad?
Para su sorpresa, Varankovic se halló asintiendo a lo que Brent decía.
– La ola de terrorismo, todo este maldito embrollo con los Zentraedi, desde la inmigración hasta ese affaire idiota y sangriento en La Española... creo que ya hemos tenido demasiados ejemplos del mal manejo de crisis que hace este Gobierno como para que estemos dispuestos a seguir dándole un cheque en blanco. Puedo admitir que Pelletier no es un mal administrador, pero estos meses no me inspiran precisamente confianza sobre su habilidad para manejarse en momentos de crisis... y usted convendrá conmigo en que el Primer Ministro debe ser alguien capaz de capear tempestades, no alguien que se maree en un vaso de agua.
Terminada su exposición, Sean Brent se sirvió un vaso de agua y observó la reacción de Varankovic. El senador todavía se veía dubitativo y desconfiado, pero podía notarse que ya no estaba descartando de plano la idea, sino que la estudiaba en relación a lo que él mismo pensaba sobre toda la cuestión.
– Sabe que tengo razón, senador – continuó presionando Brent, sonando siempre como una persona razonable y preocupada. – Y sabe que muchos de sus colegas coinciden conmigo o están en camino de hacerlo. Y también sabe que esa es la opinión que están teniendo muchos de nuestros conciudadanos.
Varankovic permaneció en silencio, mirando a Brent mientras pensaba profundamente en toda la situación y se decidía a decir algo al respecto... de la manera más cuidadosa y menos comprometida que le fuera posible.
– Bien, asumamos que tienes razón.
– Gracias.
– Como yo lo veo, tenemos cuatro posibilidades de forzar la renuncia de Pelletier y sus ministros – continuó Varankovic, haciendo caso omiso de la expresión triunfal de Brent. – La primera y más expeditiva de todas sería lograr que el Senado vote en contra del proyecto de ley de Presupuesto... si conseguimos que el Senado le niegue la confianza para disponer de los fondos públicos, Pelletier se verá obligado a dimitir.
– No nos sirve, senador – rechazó con rapidez el asesor político, meneando la cabeza para reforzar su opinión en contra. – El Presupuesto recién comenzará a tratarse a finales de octubre... y dos meses en el presente contexto político es una eternidad de tiempo. ¿Quién sabe si Pelletier no podrá poner su casa en orden y reorganizarse, o si los senadores que están más proclives a pasarse a la oposición no redescubren su amor oficialista?
Varankovic asintió y buscó un camino alternativo, dándole a Brent la impresión de un viejo ajedrecista que piensa cuidadosamente antes de su siguiente jugada.
– En ese caso... sigue la opción de introducir la moción de censura por el procedimiento normal y convocar a una Comisión Especial para que la trate y después la eleve al pleno del Senado.
Otra vez Brent negó con la cabeza; no era una mala idea la que proponía el senador, pero dejaba demasiados flancos abiertos para la administración y sus partidarios.
– Tampoco nos sirve, senador... si hay que conformar una Comisión Especial, no sólo pondremos a Pelletier en alerta sino que le daremos primero la posibilidad de poner en ella a los senadores más fieles a su gobierno, y con lo dilatado que puede tornarse el proceso, después le estaríamos dando todo el tiempo que puede necesitar para torpedear y maniobrar con miras a salvar su pellejo.
– Entonces hay que forzar un tratamiento extraordinario de la cuestión – propuso el senador Varankovic, que esta vez se apresuró a ver los contratiempos antes de que lo hiciera Brent. – Pero si queremos introducir la moción fuera del orden del día en la próxima sesión, necesitaríamos que más de la mitad del Senado se aviniera a discutir la cuestión, no ya votarla... y como yo lo veo, será muy difícil lograr una mayoría inicial cuando muchos senadores pueden llegar a pensar que todo esto es algo arriesgado y alocado para el momento.
Brent asintió de mala gana... visto en ese punto de vista, la idea se tornaba más difícil.
– Así es.
Pero esta vez, Varankovic sonrió como si estuviera a punto de mostrar la baza ganadora, y el brillo en sus ojos pequeños y oscuros era casi siniestro.
– Lo que nos deja una sola opción, Sean: proponer la moción en la próxima sesión y conseguir el respaldo de al menos veinte por ciento de la cámara –más o menos treinta senadores– para que la moción de censura pueda ser incorporada a los temarios de las siguientes sesiones.
Brent estudió con sumo cuidado el camino que le ofrecía Varankovic. De todas las avenidas que se le abrían para forzar la dimisión de Pelletier a través del Senado, aquella era una que tenía ciertos riesgos, pero que le daba la posibilidad de desgastar al Gobierno progresivamente
– Treinta senadores... – murmuró pensativamente el ayudante de Kyle, haciendo la aritmética política en su cabeza. – Los míos estarían más que dispuestos a sumarse a esto, con lo que ya tenemos dieciséis.
Esta vez, Varankovic no se veía ni tan seguro ni tan triunfal, y las señales de recelo en su rostro se convirtieron en señales de alarma para Sean Brent, especialmente mientras el senador murmuraba una media respuesta.
– Los míos... bueno...
– ¿Qué pasa, senador?
– Digamos que esto excede el ámbito de la cooperación que estamos planteando – explicó de mala gana el senador Varankovic. – No dudo de que algunos apoyen la idea, y que sean los suficientes como para cumplir con el número pedido, pero mucho me temo que mi bloque no está dispuesto a poner voluntariamente la cabeza bajo la guillotina sin nada concreto para obtener.
Una leve pero perceptible mueca de disgusto e irritación apareció en el rostro de Brent.
"Maldito" exclamó en la seguridad de su conciencia el asesor de Lynn Kyle antes de ir al contragolpe.
– De algún lugar tenemos que sacar los votos, Draza.
Para sorpresa de Brent, el senador Varankovic tomó el guante y se lo devolvió con algo más interesante que un contragolpe: una oferta que podía ser muy atractiva.
– Creo que todo esto puede darte una oportunidad, Sean...
– ¿Cuál?
Varankovic sonrió, satisfecho de tener a aquel arrogante desgraciado contra las cuerdas y esperando lo que él tenía para decir... y aprovechó la ocasión para mostrarle a Brent qué transparentes podían ser sus planes y movimientos en algunas ocasiones.
– La que has estado buscando desde hace un tiempo... poder ponerte en contacto con los miembros del bloque oficialista más... desencantados... con el Primer Ministro y su administración.
La sorpresa de Brent fue inocultable, pero bien rápido fue reemplazada por la mirada calculadora de un hombre ambicioso y frío, que sopesaba muy cuidadosamente los argumentos que escuchaba, mientras Varankovic respaldaba su idea con una explicación que para él tenía todo el sentido del mundo.
– Después de todo, recuerda que no hay nadie más fanático en su fe que el converso, y que no hay mayor odio que el de alguien que amó.
– Puede ser – coincidió Brent tras mucho pensarlo de manera cuidadosa, y el senador aprovechó para lanzarle a Brent una pequeña pista que quizás le fuera útil.
– Escuché que el senador Grushin anda un poco desencantado con el Gobierno desde que colapsaron las negociaciones rusas... y sabes cuánto peso tiene Grushin en la bancada rusa.
Brent asintió. El senador Mikhail Grushin, representante de la región de Voronezh en el Senado, era reconocido por los que estaban al tanto de los movimientos políticos como el más prominente de los senadores procedentes de lo que fuera alguna vez Rusia, y lo más cercano a un líder de la representación rusa en la cámara legislativa del GTU.
Hasta aquel momento, Grushin se había mantenido cercano a Pelletier y al Gobierno, lo que había orientado a los representantes rusos a estar, en su mayoría, del lado oficialista. Sin embargo, desde hacía un tiempo, el senador Grushin empezaba a mostrar señales de no estar del todo conforme con los manejos del GTU, en especial luego del colapso de las negociaciones para reunificar a las regiones rusas del GTU con sus hermanas separatistas del Bloque Soviético.
Y si Grushin estaba disconforme con el GTU y se lo podía empujar en la dirección correcta, quizás el resto del "bloque ruso" siguiera a su referente hacia el sentido que Brent y Varankovic querían.
– Quizás puedas encontrar algo que pueda motivar al senador Grushin a hacer que su cambio de opinión sea algo más... definitivo, ¿tal vez? – dijo casi inocentemente el senador, mientras la sonrisa de Sean Brent se hacía de oreja a oreja y su rostro brillaba con la alegría de alguien que encuentra una buena vía para alcanzar sus planes.
– Supongo que algo podremos encontrar, Draza.
Definitivamente aquella mañana se había vuelto muy interesante.
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Las mesas de la cantina de la Base Aérea estaban ocupadas por docenas de pilotos, técnicos y demás personal de los distintos escuadrones de combate con base allí, todos ellos ocupados en devorar sus almuerzos en el tiempo que tenían para hacerlo. El sonido de todas esas personas comiendo, hablando, bromeando o incluso peleándose, junto con el trajín de la cocina y los movimientos y órdenes del staff de cocineros y mozos le daba a la cantina un ruido de fondo bastante notable que obligaba a todos a alzar un poco la voz para oírse por encima de la vocinglería.
Eso también incluía a los visitantes que almorzaban en la cantina sin estar regularmente asignados a la Base Aérea ya sea porque estaban allí por razones excepcionales del servicio militar o simplemente por hallarse de paso.
Y entre estos visitantes se hallaba el capitán Daniel Shelby, del Ejército de la Tierra Unida, que prefería revolver su plato de "puré de algo" y fruncir el ceño antes que comer o explicarle a su comensal, el comandante Rick Hunter, por qué diablos traía esa cara de los mil demonios y no le hablaba... especialmente cuando había sido idea del propio Shelby que los dos almorzaran juntos ese día, sin especificar el porqué.
Hasta entonces, nada había sido dicho entre los dos oficiales, excepto las bienvenidas y saludos de rigor, y todas las demás cosas vinculadas con el almuerzo. Salvo eso, el almuerzo había transcurrido en el más profundo e incómodo de los silencios, con un Shelby sumido en el mutismo y la irritación y un Hunter que no sólo no entendía lo que ocurría, sino que estaba muy cerca de enojarse por ello... sea lo que sea.
– No la entiendo – gruñó Shelby de una vez por todas antes de llevarse un poco de puré a la boca, mientras Rick miraba al techo como agradeciéndole a Dios porque su amigo rompiera el silencio.
Sin embargo, todavía quedaba averiguar "qué" era lo que Shelby no entendía... o, si los presentimientos de Rick eran correctos, "quién" era la persona que el oficial del Ejército no entendía.
– ¿Qué?
– Que no la entiendo, Hunter – masculló Shelby, casi escupiendo las palabras hasta que pudo contenerse y hablar en un tono más o menos civilizado. – Seré más claro: no entiendo a las mujeres. Soy incapaz de comprenderlas, no sé qué les pasa por la cabeza, no sé por qué piensan como piensan, por qué actúan como actúan y por qué están tan locas...
Rick no contestó nada y miró largamente al oficial del Ejército, estudiando sus palabras y sus reacciones... y si a Shelby no le gustó sentirse así de estudiado cual rata de laboratorio, menos todavía le gustó ver la cara de entendimiento de Hunter o la sonrisa satisfecha que puso antes de lanzar su dardo derecho al centro:
– ¿Debo suponer que tu salida con mi subordinada salió mal?
– ¿Ella te dijo algo? – se apuró a preguntar Shelby en un rapto de paranoia, a lo que Rick negó sacudiendo la cabeza lentamente.
– No necesitó hacerlo.
Si Shelby no quedó con la boca abierta por la percepción de Rick Hunter o por la pequeña revelación de que Karin había estado de malas durante su turno de servicio, fue sólo gracias a un feliz arrebato de autocontrol, del que salió solamente para relatarle a Rick sin pelos en la lengua y sin reservas la terrible e insólita historia que lo tenía deprimido y enojado.
– Una noche maravillosa, Hunter, te digo que era espectacular... la llevé a cenar a un lugar que conozco en la Séptima... diablos, si te dijera las pastas que sirven ahí, te morirías...
Rick sonrió con complicidad y después le insistió a Shelby para que prosiguiera con el relato.
– ¿Qué pasó?
Shelby suspiró, probó un poco más de su plato y continuó con la historia.
– Terminamos de comer, fuimos a caminar un poco por la ciudad, yendo en dirección a su casa... todo de lo más bien, comandante...
El comandante Hunter asintió y Shelby no pudo evitar reir al acordarse de cierto momento de aquella noche que empezó maravillosa y terminó en tristeza... y fue bueno para él que Rick no notara que sus risas disimulaban una molesta lágrima.
– Charlábamos, nos reíamos... bah, ella se reía de mí.
– Como debe ser – acotó Rick, provocando la rápida reacción del capitán del Ejército.
– Ignoraré eso, Hunter.
En señal de clemencia, Rick levantó las manos y propuso un certero borrón y cuenta nueva.
– ¿Y qué pasó?
Shelby volvió a suspirar y miró por un momento a través del amplio ventanal de la cantina, hacia la pista de aterrizaje donde dos cazas F-203 de la Fuerza Aérea esperaban su turno para despegar, en medio del bullicio y actividad del principal aeropuerto militar de la región.
Por su parte, Rick le dio a su amigo todo el tiempo necesario para que encontrara las fuerzas para hablar, pero aún con eso se sorprendió de lo rápida e inesperada que fue la respuesta de Shelby cuando ésta llegó.
– Llegamos a la puerta de su edificio y... bueno... – una leve y poco humorística risa interrumpió la explicación de Dan Shelby. – Tú sabes cómo son estas cosas, comandante... un chiste va, un chiste viene... una miradita va, una miradita viene... una sonrisa... y antes de que te des cuenta, estás... bueno, ya sabes.
Sin terminar la idea, el capitán Shelby volvió a atacar su plato, dejando a Rick Hunter navegando a solas en el mar del desconocimiento sin más remo para moverse que su sentido común... y fue ese sentido común de Rick el que le hizo interpretar correctamente el brillo repentino en la mirada de su amigo, así como la fugaz media sonrisa que sus labios formaron, y entonces el comandante Hunter no necesitó de más explicaciones para saber cómo había terminado ese episodio en particular.
– Oh – dijo Rick como si fuera lo más obvio del mundo, aunque después hizo una mueca tan rara que Shelby debió comentar sobre ella.
– Pareces sorprendido.
– "Indigesto" es la palabra, Shelby – le contestó Rick mientras se sujetaba el estómago como si tuviera un súbito ataque de náuseas. – Si vomito, es tu culpa.
El comandante Hunter meneó la cabeza y fingió estar lleno de conmiseración por todo el episodio, sin percatarse de que nada de ello le parecía siquiera humorístico al capitán del Ejército con el que estaba almorzando.
– Pobre niña... lo que debe haber sido.
La mirada de Shelby se tornó dura y su voz, baja y fría pero no por eso menos letal o amenazante.
– Hunter, lo juro, voy a volarte la cara a golpes.
– Lo siento – contestó rápidamente Rick, sabiendo que quizás se había pasado de la raya y que debía enfocarse en lo que era verdaderamente importante. – ¿Qué pasó entonces?
El capitán Shelby se encogió de hombros en un gesto displicente que no convenció para nada a Rick.
– No lo sé.
– Pero algo pasó.
– Naturalmente, Einstein – contestó Shelby con amargura que se transformó en tristeza e incomprensión cuando le contó a su amigo los pormenores de ese momento que se escapaba de su entendimiento. – Ella se separó, miró para el piso, empezó a decir que lo lamentaba, que no sé qué otra cosa... y después...
– ¿Después qué?
Las palabras se atragantaban en la garganta de Shelby y sus labios se negaban a darle expresión a aquellas palabras... era como si el propio cuerpo del capitán Dan Shelby se resistiera a traer más tormento a su vida al poner en sonidos el momento más doloroso y desgarrador de la noche que lo había sumido en la tristeza.
Pero debía hacerlo, debía superar su dolor y tratar de sacar algo positivo de ello... tenía que hacerlo, o de lo contrario las pocas esperanzas que había tenido la osadía de permitirse con aquella charla con Hunter desaparecerían en un mar de tristeza sin final, y sacando fuerzas de donde no las tenía, aún cuando su ser se desgarrara al pensar en ese instante de dolor infinito, Daniel Shelby pronunció las cuatro palabras que terminaron de destrozar su corazón.
– Después empezó a llorar.
Los ojos de Rick Hunter se abrieron grandes, y la incredulidad se apoderó del piloto de combate que no sólo era amigo del oficial que le contaba sus penas, sino jefe directo de la joven que se las había causado.
– ¿Llorar?
– Llorar, comandante – confirmó Shelby con la voz levemente quebrada, aunque Rick no lo notó con todo el bullicio de fondo en la cantina. – Lloraba, ella lo negaba pero lo juro por lo que más quieras, ella estaba llorando...
Rick estaba demasiado sorprendido para hablar, aunque en la soledad de su mente ya las piezas empezaban a encajar... tanto la historia de Shelby como las señales que él había visto en su subordinada durante las últimas semanas y los meses recientes empezaban a mostrarse como hilos de un tapiz de dolor que todavía seguía tejiéndose en el alma de aquellos dos muchachos a los que apreciaba.
– Te diré algo que tal vez te suene feo... pero me pasé demasiado tiempo pensando si todo esto no fue una broma de mal gusto – reveló entonces y con mucha amargura el capitán Shelby, sin sentirse precisamente orgulloso de esas sospechas febriles. – Pensaba que ella estaba jugando conmigo... pero no sé.
Lo que Shelby no imaginó es que esa confesión de su paranoia terminaría por poner a Rick Hunter en un tono y postura serias como no lo había visto en mucho tiempo... y la manera en la que Rick le contestó lo dejó frío y genuinamente inquieto.
– Dan Shelby, si vuelves a insinuar algo así de alguien de mi escuadrón, te prometo que te moleré a palos.
Con pocas ganas de hacer que Rick cumpliera su amenaza, Dan Shelby calló oportunamente y dejó que Rick se calmara, cosa que ocurrió sólo después de que el piloto Veritech se tomara un rato para dar buena cuenta de parte de su almuerzo.
– Además, no podrías estar más equivocado – comentó Rick como al pasar, y Shelby arqueó una ceja como si no le creyera.
– ¿Por qué?
– Porque esa chica te ama, Shelby – dijo Rick Hunter con sencillez, como quien habla de algo tan obvio como que el agua es húmeda. – Tan simple como eso.
– Seguro – bufó despectivamente Shelby, sin saber lo que acabaría por provocar.
– ¡¿Seguro?! – explotó súbitamente Rick, con tanta fuerza que dos o tres personas se dieron vuelta para ver qué estaba pasando. – Entonces explícame por qué Karin se pasó horas durante semanas enseñándote a manejar un Destroid, y aprovechando para almorzar o desayunar contigo. Explícame por qué ella tendría que haberse pasado todo el día de la ley marcial tratando de averiguar qué estaba pasando contigo. Y explícame por qué cada vez que se te ocurre hacer algo, ella es la primera en sumarse. Y ya que estás, Sherlock, me explicas por qué cada vez que tu nombre sale en cualquier conversación, ella termina poniéndose más roja que un tomate, porque si no es por lo que te dije, no tengo forma de entenderlo.
Sólo por un segundo el capitán Shelby pensó en preguntar si la base estaba bajo ataque, porque no había otra razón para que él estuviera pálido y congelado en su asiento, con los nervios fuera de control y las emociones rugiendo descontroladas en su interior... pero no era ninguna explosión o ataque: simplemente era el peso y el impacto de las verdades que Rick Hunter le había lanzado a la cara con su habitual delicadeza y sencillez, y a ese impacto inicial le siguió la comprobación definitiva en lo más íntimo de su alma de que esas palabras eran total y absolutamente verdaderas.
No sabía cómo ni porqué, pero Shelby ya no tenía dudas de que lo que Rick decía era la pura verdad... y con cada nueva pieza del rompecabezas que encajaba en el gran esquema de las cosas, una parte del dolor y de la inquietud del capitán del Ejército se esfumaba como si jamás hubiera existido.
Pero todavía faltaba que Rick le asestara el remate definitivo, y el comandante Hunter no esperó a que Shelby procesara el impacto de sus palabras anteriores para ponerle una verdad final sobre la mesa.
– No sé qué diablos le picó a esa chica o qué pudo ver en un nefasto y bruto pisahormigas como tú, Shelby, pero Karin te ama con todo su corazón.
Ante el pánico y la sorpresa de Shelby, que por su cara daba toda la impresión de haber estado cerca de las fauces de Lord Dolza, el comandante Rick Hunter golpeó teatralmente la mesa y proclamó al mundo al tiempo que clavaba un poco de pollo en su tenedor.
– ¡He dicho!
Rick continuó devorando su almuerzo a la velocidad que le exigía un estómago hambriento y con el apetito abierto por la discusión, y al principio no tuvo ningún problema en hacerlo dado que Shelby no reaccionaba ni parecía salir de su estupor... pero tarde o temprano, el capitán Shelby se sacudió la estupefacción y reaccionó como si estuviera definitivamente vivo.
El corazón le latía a mil al oficial del Ejército y los recuerdos se agolpaban en tropel en su cabeza, sin orden ni concierto... pero todos esos recuerdos tenían un denominador en común: una menuda y agradable piloto de combate, de cabello rubio sujeto en una cola de caballo y los ojos grises más hermosos que él hubiera visto en su vida.
Si lo que Rick Hunter decía era cierto... si tan sólo esa idea fuera verdadera... entonces todo cambiaría en la vida de Shelby, pero a pesar de lo verdaderas que sonaban las frases de Hunter y de lo mucho que deseaba que fueran así de verdaderas, todavía había algo que no cerraba para Shelby y que insistía en tenerlo inquieto y asustado... y si Rick había acertado con lo que dijo antes, tal vez ahora pudiera acertar y sacarlo de sus devastadoras dudas...
– Si tienes razón, Hunter, y espero que la tengas... ¿por qué ella se comportó así?
Sin perturbarse demasiado, Rick tragó un pedazo de pollo y lanzó su propia pregunta al oficial del Ejército.
– ¿Qué sabes de John Hollis?
– ¿Quién? – preguntó Shelby sin entender el non sequitur, hasta que él mismo encontró la respuesta en sus recuerdos... y la respuesta no le gustó para nada. – Cielos... Hollis... ¿no era uno de tus muchachos del Skull? ¿El que esos desgraciados en Indiana---?
– Sí, lo era – confirmó Rick con una voz teñida de la tristeza que sólo siente alguien que ha perdido camaradas en combate. – Pero lo que importa es lo que él era para Karin.
Aún cuando escuchar sobre otro hombre y lo cercano que había sido a la mujer que amaba no fuera precisamente agradable para él, Shelby se obligó a prestar atención y guardar la compostura mientras Rick relataba la historia... y mientras lo escuchaba, Shelby no podía evitar notar en Rick una cierta dolorosa nostalgia al referirse a ese joven que había sido arrancado de la vida de una manera tan injusta como prematura.
– Si te dijera que esos dos eran uña y carne cuando llegaron al Skull, me quedo corto, capitán... esos dos eran inseparables. Venían de la misma escuela secundaria e hicieron la instrucción de vuelo juntos, y si veías a uno solo por ahí, podías estar seguro de que el otro andaba cerca – comentó Rick, riéndose suavemente al recordar alguna de las anécdotas de los dos muchachos. – Los tenía en la misma sección de vuelo, iban juntos a las salidas, hasta iban juntos a divertirse por ahí, Shelby. Esos dos eran casi hermanos... o casi...
Rick dejó que la frase quedara sin terminar en una invitación para que Shelby pusiera los puntos sobre las íes, y por más que a Shelby le provocara dolor e impotencia hacerlo, no tuvo otra alternativa más que decir lo que había que decir.
– ¿Estaban enamorados? – preguntó Shelby a regañadientes y Rick asintió con tristeza.
– Como no te imaginas.
– ¿Y llegaron a algo?
Rick meneó la cabeza, y entonces Shelby sintió un malsano alivio por el que se estaría castigando durante mucho tiempo después de que esa reunión terminara... pero a fuerza de voluntad y tesón logró evitar que saliera a la luz mientras Rick continuaba explicando acerca del pasado de la mujer a la que amaba...
– Si hubieran tenido algunas semanas más... Dios sabe que Hollis era demasiado tímido para eso y que Karin ni sabía donde estaba parada, pero si les dabas un poco más... de cualquier manera, esos sentimientos no desaparecen de la noche a la mañana, y tienen una muy desagradable tendencia a aparecer cuando menos lo esperas...
– Dios mío... – murmuró Shelby en voz baja y con la mirada perdida, sólo entonces comprendiendo cabalmente todo lo ocurrido... y maldiciéndose por no haber siquiera pensado en ello en los momentos de su dolor y tristeza.
¿Cómo podía siquiera haber pensado en culparla por algo? ¿Cómo podía, después de saber lo que ahora sabía?
Rick Hunter notó la batalla interior por la que pasaba su amigo y deseó ayudarlo pero se contuvo; él ya había hecho todo lo posible y más de lo que debía hacer. A partir de entonces, todo quedaba en manos de Shelby: si él deseaba entender y tratar de superarlo, ya era asunto suyo.
Pero a pesar de eso, era fascinante para Rick ver en el rostro de Shelby esas emociones que él había sufrido varios meses atrás durante una loca carrera contra el tiempo y la muerte para salvar la vida de una mujer de quien sólo entonces él se reconoció estar perdidamente enamorado. La confusión, la incomprensión, el entendimiento y la determinación... todas esas emociones aparecieron paulatinamente en la expresión silenciosa del capitán Daniel Shelby.
– Así que, mi buen capitán, podrás entender que ella estuvo un poco confundida, probablemente... – aventuró Rick, a lo que Shelby asintió lentamente, casi como si no estuviera allí sentado junto a él.
– Creo que sí.
– ¿Y qué vas a hacer?
– Callarme la boca, dejar de decir idioteces y tratar de entenderla un poco mejor – anunció el capitán Shelby con la determinación de alguien que quiere rehacer su vida.
Rick Hunter lo palmeó con fuerza en la espalda para celebrarlo, sin preocuparse por el atragantamiento momentáneo del capitán Shelby.
– Eso no quiere decir que te quedes al margen, Shelby – advirtió Rick mientras su amigo se recuperaba de las palmadas. – Podrá extrañar a Hollis todo lo que quieras y podrá sonarte muy cruel lo que yo te voy a decir, pero a fin de cuentas él está muerto y tú estás vivo... él sólo existe en nuestros recuerdos y tú puedes ser el futuro de esa chica.
Shelby miró a Rick sin decir nada, quizás porque no entendía lo que Rick le estaba queriendo decir, o quizás porque necesitaba que él se lo aclarara hasta que no quedaran más dudas al respecto. De cualquier manera, Rick no tardó en explicarse en términos que no dieran margen alguno de dudas.
– Shelby, no la dejes ir – aconsejó muy seriamente el comandante Hunter a su amigo. – Si la dejas ir, la condenas a vivir en el pasado... y te aseguro que eso es algo muy horrible para que le pase a alguien que tiene la vida por delante como ella...
Hubo entonces un silencio entre los dos, y en ese silencio Shelby trató de asimilar esa idea y actuar en consecuencia. Para su sorpresa, el capitán Shelby encontró en su interior la fuerza y la determinación que necesitaba para salir del marasmo de la tristeza y seguir adelante, esta vez con la firme e inquebrantable voluntad de no rendirse jamás, por el bien de él y por sobre todo, por el bien de aquella joven que se había adueñado de su corazón.
Y por su parte Rick Hunter también pensaba mucho, pero no en Shelby o Karin, sino en los ecos demasiado familiares para su gusto que habían tenido sus propias frases... frases que insistía en aplicar a otra situación en donde el rostro aniñado e inocente de John Hollis era sustituido por la expresión segura de sí misma y elegante del segundo teniente Karl Riber...
Entonces fue cuando el corazón del propio Rick dio un vuelco, aunque sin proponérselo, Shelby lo salvó con una pregunta que muy poco tenía que ver con la charla.
– ¿Cuánto costó tu almuerzo?
– ¿Por qué lo preguntas?
– Sólo contéstame – insistió Shelby.
– Veinticinco créditos, creo – dijo Rick sin pensar mucho en la pregunta hasta que vio que Shelby abría su billetera. – ¿Qué haces?
– Agradeciéndote por tus consejos, comandante.
Sin más, el capitán Shelby dejó tres billetes de diez créditos sobre la mesa y justo frente a un Rick Hunter que alternaba entre la estupefacción y la incredulidad.
– Shelby---
– Ni sueñes con devolvérmelo – lo cortó intempestivamente Shelby mientras se levantaba de la silla. – Además, jamás te devolví lo que me correspondía por aquella cena en el Stardust. Y es lo mínimo que puedo hacer después de todo esto.
Después de decidir que no valía la pena discutir con ese pisahormigas enloquecido, el comandante Hunter se dio por vencido y aceptó los tres billetes, devolviéndole luego una sonrisa agradecida a su amigo.
– Suerte, Dan.
– Gracias, Rick – le contestó Shelby con una voz decidida que era casi irreconocible en él, comparada con la que tenía cuando empezó la charla. – Nos vemos.
Dicho eso, el capitán Daniel Shelby caminó con paso vivo y decidido hacia la entrada de la cantina, moviéndose como si nada en el mundo fuera capaz de ponerse como obstáculo en su camino.
Y Rick Hunter regresó a los restos de su almuerzo, satisfecho por haber emprendido una obra de bien en el día, aunque la charla hubiera despertado un temor irracional que debía enfrentar de una vez por todas...
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– Aquí tienes, Rick – anunció Lisa mientras dejaba un apetitoso plato frente al comandante Rick Hunter. – Filete de merluza a la Hayes, con numerosos condimentos que espero que sepas apreciar.
El piloto de combate se relamió al instante, pero más se relamió cuando tuvo la oportunidad de rodear a Lisa con sus brazos y estamparle un largo beso en los labios... disfrutando además de los soniditos que ella hacía como si fueran música para sus oídos.
Ella le devolvió favores con creces, haciéndole sentir que su cariño hacia él no se limitaba al plato que había preparado para la cena de ese día tan largo y complicado como todos los de sus vidas... y mientras Rick Hunter se dejaba subyugar por tanto amor y aprovechaba la ocasión para hacerle una pequeña picardía a su novia en el sur, la mente del piloto no podía dejar de pensar en que no podía ser más feliz ni aunque lo intentara.
Cuando el beso terminó, Rick se apuró a darle un rápido piquito a Lisa y a agradecerle de manera más formal y menos física por la cena que ella había puesto frente a él.
– Gracias, amor...
– ¡Provecho! – le contestó Lisa mientras se sentaba y empezaba a dar cuenta de su propia porción de filete de merluza.
Mientras Rick probaba el primer bocado, sus pensamientos volvían a ocuparse de la pequeña crisis sentimental entre uno de sus amigos y una de sus subordinadas... no sólo porque el asunto en sí prometía ser un riesgo para el buen funcionamiento del Escuadrón que él tenía el incomparable honor de comandar, sino porque en última instancia lo que le ocurriera a ese par de tercos desesperantes le importaba.
Eran sus amigos... y si había una cosa de Rick Hunter que cualquiera sabía que era completamente verdadera, era que a él le importaban sus amigos.
Rick tragó el bocado y se llevó otro a la boca, al tiempo que consideraba sus opciones en todo el asunto. Él ya creía haber hecho su buena parte con Shelby, pero la cuestión se tornaba más peliaguda en lo referido a la teniente Birkeland, ya que no podía intervenir así como así, dadas las circunstancias...
Lo que el comandante Rick Hunter no podía imaginar, ensimismado como estaba, era que su rostro expresaba demasiado bien su inquietud... y que Lisa Hayes era una experta en leer lo que el rostro de Rick tenía para decir.
– Conozco esa cara, piloto... hay algo que te preocupa.
– ¿Eh? – contestó sobresaltado el comandante Hunter, mirando al rostro sonriente y juguetón de Lisa. – ¿Qué cara?
Ella sonrió y él no supo si gruñirle o volver a besarla.
– Esa carita adorable que pones... cuando frunces el ceño y se te arruga la nariz, y la boca se te queda así – contestó ella en tono risueño, imitando a su novio con perfección caricaturesca. – Es tu carita de perrito enfadado y es la que pones cuando estás preocupado.
Rick se cruzó de brazos y frunció el ceño, al tiempo que atravesaba con su mirada a la comandante Hayes.
– ¿Así que soy un perrito enfadado?
Lisa asintió vivamente y su sonrisa iba de oreja a oreja.
– Yeap... eres como un chihuahua nervioso que anda dando vueltas por ahí esperando morder a alguien...
– No sé de donde sacas tus ideas, Hayes.
Ella le lanzó un beso al aire y después le sacó la lengua en su gesto más descarado y burlón, sin importarle en lo absoluto que Rick hiciera puchero.
– Eres buena inspiración cuando se trata de reírme a costa tuya, Hunter – le dijo ella guiñando el ojo. – ¿Ahora, me dirás qué te pasa o no?
A Rick le bastó ver la determinación en los ojos de Lisa para saber que no tenía opción más que decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Además, razonó el piloto, no había persona que pudiera darle mejores consejos que Lisa Hayes... aunque esa opinión podía pecar de no ser precisamente objetiva, junto con la que tenía acerca de que Lisa Hayes era la mujer más maravillosa, bondadosa y sensual de todo el Universo.
– Hoy tuve una charla con Shelby...
– ¿Y qué cuenta de nuevo nuestro amigo del Ejército? – quiso saber Lisa, y Rick meneó la cabeza con preocupación.
– No anda del todo bien.
Lisa tomó nota de la preocupación de Rick y se encontró compartiéndola... no sabía cómo ni por qué, pero lo que le pasara a ese piloto siempre terminaba pasándole a ella. Era ya una parte de su vida y ella lo asumía por completo, pero a veces le sorprendía comprobar hasta qué punto Rick Hunter se había hecho carne en ella.
Quizás la explicación más sencilla era que ella lo amaba demasiado.
– Espero que no sean problemas del servicio – murmuró Lisa con genuina preocupación, y para su sorpresa Rick le devolvió una sonrisa triste.
– No, no es nada de eso... – negó Rick, sintiéndose levemente avergonzado al explicarse. – Son problemas de tipo sentimental.
A Lisa Hayes no le tomó mucho tiempo dar con la respuesta correcta.
– ¿Karin?
– Yeap – asintió el piloto, ya con un rubor que no podía disimular ni siquiera echándole la culpa a la calefacción. – Y ahí es donde entra la otra pata de mi preocupación.
La comandante Hayes asintió, invitando silenciosamente a Rick a que se explicara, y el piloto no perdió tiempo para hacerlo.
– Ella está... dispersa – dijo él al principio, encontrando la palabra que mejor definía al estado de ánimo de la teniente Birkeland. – Cumple con sus tareas y lo hace tan bien como siempre, pero anda tan molesta y ensimismada que ya asusta un poco. Y ni hablemos de lo mal que le hace a un Escuadrón tener a una de sus integrantes con la cabeza en otro lado.
Ella no dijo nada, pero compartía completamente la opinión de Rick Hunter. Y para sus adentros, en ese lugar donde ella guardaba y meditaba las cosas que algún día le diría a Rick cuando los dos estuvieran listos para ello, Lisa Hayes se sintió profundamente orgullosa de ver que el hombre al que amaba se preocupaba tanto por sus subordinados como por sus responsabilidades militares.
Y mientras ella aprobaba vivamente la actitud de Rick, él continuaba explicando la situación para beneficio de ella.
– Por lo que me comentó Dan, los dos tuvieron un mal rato en su cita de la semana pasada... y por eso andan con un humor de perros. No se hablan desde entonces... y todo lo demás que puedes imaginarte.
– Pobres.
Rick coincidió y masticó otro bocado del filete de merluza, encogiéndose de hombros para explicar sus sensaciones hasta que pudo volver a hablar.
– Yo ya he hablado con Dan y creo haber hecho todo lo que pude para hacerlo entender.
– ¿Qué cosa?
– Lo que le pasa a Karin... – dijo él sin explicarse más. – Al menos como lo veo yo.
Una vez más la intuición y la sagacidad de Lisa Hayes la ayudaron a completar lo que Rick Hunter dejaba flotando en el aire...
– Hollis.
– Exactamente, comandante – asintió Rick, felicitando a Lisa en silencio y suprimiendo su propio estallido de dolor al recordar a aquel joven piloto que ya no estaba más. – Como te dije, yo hablé con Shelby y creo que lo hice entender más o menos... pero es Karin la que me preocupa ahora, y no puedo hacer nada al respecto.
– ¿Por qué?
– Porque soy amigo de Dan, porque soy el oficial superior de Karin y porque además soy hombre: las tres razones que me impiden poder hablar esto con la pobre chica – le contestó él no sin cierta vergüenza al hacerlo. – Y si lo intento, no tengo dudas de que me dirá la cuarta razón: que no tiene que importarme un comino.
El piloto no dijo más, prefiriendo poner en orden sus propias emociones antes de hacerle entender a Lisa por qué diablos todo ese asunto lo tenía tan preocupado... y tan inquieto.
– Es sólo que... no sé, Lisa, los dos se merecen... y además se merecen salir adelante...
Lisa lo pensó un rato, considerando todas las cosas desde un punto de vista que Rick a lo mejor no podía siquiera imaginar... porque si lo que ella pensaba era cierto, entonces había algo en lo que ella podía colaborar para salir de aquella situación. Había demasiado en esa historia que se le hacía dolorosamente cercano y familiar a la comandante Hayes... esos mismos sentimientos de pérdida, la nostalgia y el dolor por un amor que ya no volvería... todo eso resonaba con demasiado dolor en el alma de Lisa Hayes.
Y del dolor a veces nace la resolución y el anhelo de cambiar las cosas... o al menos, de ayudar a que otros no tengan que pasar por lo mismo.
La comandante Hayes esperó a terminar con su bocado antes de hacer una oferta que sabía que sorprendería enormemente a Rick Hunter.
– Déjamelo a mí.
– ¿Qué cosa? – preguntó Rick sin imaginar de qué iba la cosa, al tiempo que se metía un poco de filete en la boca.
– Hablar con Karin.
Lisa debió suprimir un impulso por reír al notar cómo el bocado que Rick trataba de comer se le atragantaba, y pensó que tal vez debió esperar a que él tuviera la boca libre antes de lanzar su propuesta... pero se quedó callada y esperó a que su novio terminara primero de tragar y después pudiera decir algo.
– No sé si---
– Créeme, Rick – le aseguró Lisa, sin importarle que hubiera interrumpido a Rick a mitad de la frase. – Tengo una leve idea de qué es lo que puede estarle pasando... y me parece que le haría bien hablar con alguien que sepa sobre eso...
La mirada del comandante Hunter se tornó esperanzada al considerar los posibles beneficios de la idea de Lisa... y a cada segundo que lo pensaba, más le parecía fantástica la oferta de su novia. Y por supuesto, más la amaba.
– ¿En serio lo dices?
– Oye, el Skull es mi escuadrón favorito – le respondió ella con un guiño que no le quitó ni una pizca de seriedad a sus palabras. – Si Karin o cualquiera de tus muchachos tiene un problema, tú tienes un problema. Y si tú tienes un problema, yo tengo un problema y un pilotito malhumorado.
Las dudas de Rick desaparecieron como nieve al sol, y en donde antes hubo preocupación ahora había alivio y esperanza.
– Hayes, eres demasiado buena.
– Lo sé – se ufanó ella, y Rick le devolvió una sonrisa al tiempo que señalaba su plato de filete con adoración.
– Y el pescado está demasiado rico.
– Lo sé.
Los ojos del comandante Hunter brillaron con un fulgor amoroso y bastante incendiario... y si Lisa no captó su significado a tiempo, lo que él agregó después se lo hizo muy claro.
– Y esta noche voy a hacerte el amor hasta que cantes ópera.
– Es lo menos que espero.
– Tenlo por seguro – le prometió Rick con su tono más altanero. – ¿Me pasas la sal?
– Aquí tienes.
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Martes 28 de agosto de 2012
Mikhail Timofeyevich Grushin, senador por la Región Autónoma de Voronezh en el Senado de la Tierra Unida, era un hombre físicamente impresionante. De espaldas anchas, amplio rostro caracterizado por un tupido pero bien cuidado bigote y con una mirada penetrante en sus ojos oscuros, el virtual líder de los senadores rusos de la Tierra Unida tenía un aspecto que lo hacía parecerse más a un sargento particularmente temible que a un político que operaba en los más altos niveles del gobierno mundial.
Su oficina, por otro lado, no provocaba tanta impresión como el propio Grushin. Al margen de un escritorio de labrada madera y de tres sillas, había muy poca decoración en el lugar; algunos retratos familiares sobre el escritorio, el escudo de armas del GTU colgado en la pared detrás del asiento del senador y las banderas enmarcadas de la Tierra Unida, de la vieja Federación Rusa y de Voronezh en otras paredes de la oficina. Sólo había un cuadro en medio de ese lugar de trabajo espartano y patriótico; una representación más o menos fidedigna de las amplias estepas de la patria de Grushin, quizás para satisfacer la nostalgia de un hombre que prefería pensar en su nación como la había conocido y no como el desierto yermo y arruinado que dejó Dolza con su bombardeo.
Mientras sus visitantes entraban a la oficina, Mikhail Grushin ni se levantó de su asiento ni pretendió darles la bienvenida a los recién llegados. El senador por Voronezh parecía determinado a hacerles saber a sus visitantes que su presencia en su oficina era tolerada, no bienvenida, y tenía toda la dureza y rigor de su experiencia como mayor retirado del viejo Ejército Ruso para apoyar su determinación y su expresión.
El más joven de los visitantes, un hombre de no más de treinta y cinco años de aspecto atractivo y vagamente siniestro a la vez, dejó todo en manos de su acompañante, sabiendo que Sean Brent era mucho más capaz de manejar a un senador irritado e irritable antes de comenzar a negociar.
– Senador Grushin, le agradezco mucho la oportunidad de hablar con usted un minuto – dijo Brent en un tono demasiado obsequioso que no logró que Grushin fuera más amable cuando señaló las dos sillas con un gesto brusco.
– Tome asiento, señor Brent – gruñó Grushin, actuando como si el acompañante de Brent no existiera, y calló hasta que los dos hombres estuvieron sentados del otro lado del escritorio. – Debo confesarle que no estoy todavía muy convencido de la importancia de darle a usted la entrevista que me pidió.
Las palabras del senador destilaban un resentimiento hacia Brent mucho más notable y vitriólico que el que había tenido el senador Varankovic, pero Brent no se dejó intimidar por ello y a la descortesía de Grushin le devolvió su más diplomática gentileza.
– Confíe en mí, senador, lo que tengo para proponerle es algo que será de su interés.
– No veo qué pueda venir de parte de Lynn Kyle que valga la pena – minimizó Grushin la oferta con un gesto despreciativo de su mano. – A menos que su senador haya dejado de ser un imbécil redomado y haya desarrollado algo de instinto político, cosa que está todavía muy lejos por lo que veo cada vez que el muchacho tiene una cámara enfrente.
El otro hombre miró a Brent con expresión cautelosa, como presintiendo un fracaso de sus esfuerzos, pero el asesor político sacudió levemente la cabeza, resuelto a no darse por vencido antes de pelear. Sean Brent se obligó a mirar al senador Grushin y seguir adelante como si el otro hombre no hubiera hecho patente su opinión acerca de la persona para la que Brent "trabajaba".
– No lo culpo por desconfiar, senador – concedió Brent de manera casi sincera. – No hemos estado del mismo lado.
Grushin no pudo evitar sorprenderse y arqueó una ceja; le hubiera sido imposible recordar una sola instancia en la que hubiera coincidido en algo con Kyle o los demás senadores alineados con Brent, y muy probablemente esas coincidencias no hubieran pasado de estar de acuerdo en que el cielo es azul y que el agua es húmeda. A decir verdad, era más adecuado afirmar que Grushin odiaba a muerte a Lynn Kyle, y que ese odio se contagiaba al hombre que manejaba los hilos detrás del senador por Denver-Colorado.
– Eso es cierto. Lo que me hace querer terminar con estos rodeos y preguntarle qué diablos pretende lograr con esta entrevista, señor Brent.
Brent le devolvió una sonrisa maquiavélica al senador, como si estuviera a punto de hacer una maniobra que de seguro distraería a Grushin y lo dejaría confundido por un buen tiempo.
– En primer lugar, senador, le informo que no vengo como representante del senador Lynn.
– ¿No? – la confusión de Grushin era evidente.
Y era precisamente lo que Brent quería, al menos mientras pusiera sobre la mesa los puntos de su oferta, lo que hizo inmediatamente.
– Vengo para oficiar de intermediario entre usted y ciertos sectores de la comunidad de negocios de Denver que están interesados en... negocios, para ponerlo de manera simple – señaló Brent para después dirigirse de manera amistosa al hombre que lo acompañaba en aquella reunión. – Y ahí es donde entra usted.
– Así es – le contestó el joven, presentándose de inmediato al senador Grushin y extendiéndole una tarjeta. – Owen Reese, senador. Represento los intereses de la Corporación Meridian aquí en la capital.
– ¿Meridian, eh? – repitió Grushin con la expresión de alguien que está al tanto de las cosas. – ¿Los mismos que pagaron la candidatura de Lynn Kyle?
El ceño de Sean Brent se frunció y por sus ojos asomó un fugaz resplandor de rabia hacia Grushin, pero él era demasiado experimentado como para dejarse provocar así por un político... después de todo, él manejaba políticos casi por hobby.
– Por favor, senador... esas fueron exageraciones de la prensa...
– Claro... – le contestó con sarcasmo cortante el senador ruso. – Supongo que si aquella reportera se hubiera medido un poco más con sus... exageraciones... no habría terminado como terminó. ¿Cuál era el nombre de esta chica, Brent? Recuerdo que su apellido era Frenkel, ¿no es así?
Mientras Owen Reese miraba con ojos desorbitados al senador, a Brent esta vez le fue imposible disimular su profunda rabia, aunque no estuviera dirigida tanto a Grushin como a otras personas que habían tenido una participación más cercana en el asunto. Sin embargo, y sólo tras apelar a toda su experiencia, Sean Brent contuvo su rabia detrás de una expresión gélida e impasible y de un tono de voz aún más frío.
– Puede ser – se limitó a contestar crípticamente Brent, con lo que Grushin se dio por satisfecho y pasó a los asuntos sobre los que debía tratar aquella reunión.
– Entonces, caballeros... ¿en qué puedo ayudarlos?
Brent calló y le señaló a Reese que aquella parte de la reunión iba a quedar en sus manos, y el joven ejecutivo respondió rápidamente.
– Nuestras operaciones industriales y financieras han salido muy beneficiadas con todos los contratos de reconstrucción que el GTU celebró con Meridian, senador – comenzó a explicar Reese ante la mirada súbitamente interesada de Mikhail Grushin. – Naturalmente, deseamos consolidar este período favorable y sentar las bases de un crecimiento sostenido de la Corporación Meridian en el mediano y largo plazo.
Grushin asintió y con ese gesto le indicó a Reese que podía continuar.
– Además de desarrollar nuevas unidades de negocios, como por ejemplo Sistemas de Defensa Meridian – continuó hablando el joven ejecutivo – la Junta Directiva ha considerado oportuno comenzar con una expansión a nivel global de las operaciones corporativas de Meridian. Esto, por supuesto, representará un aumento de nuestras inversiones en distintas actividades más allá de América del Norte... creemos que con nuestra experiencia y recursos, podremos convertirnos en socios invaluables de los gobiernos regionales de otras áreas del mundo que puedan requerir asistencia con sus propios planes de reconstrucción.
– Ajá.
Owen Reese sonrió a pesar de sus esfuerzos por evitarlo; estaba acercándose al momento clave de toda aquella presentación. Y saberse cercano al momento decisivo lo emocionaba siempre.
– Como parte de esta nueva etapa de crecimiento, la Junta Directiva está interesada en invertir durante los próximos cinco años un total de quince mil millones de créditos en las regiones de Eurasia.
Sólo que el momento decisivo no quedó en manos de Reese sino del propio Sean Brent, quien retomó la palabra en el momento justo para lanzar sobre la mesa la sorpresa que él y la Corporación Meridian tenían reservada para Mikhail Grushin.
– Y la Junta Directiva está muy interesada en que Meridian haga sus primeras y más importantes inversiones en la Región Autónoma de Voronezh... cuya representación en el Senado le corresponde a usted, mi estimado senador Grushin.
Brent calló mientras el rostro severo de Grushin se contorsionaba en una mueca de sorpresa e incredulidad demasiado evidentes como para ser falsificadas. Era claro que el antagónico senador ruso estaba sorprendido hasta la estupefacción por la idea de que Brent, un tipo al que odiaba con toda su alma, se hubiera apersonado en su oficina para anunciarle que una corporación líder pensaba invertir millones –miles de millones, quizás– en su arruinada región.
– ¿En serio?
– En serio, senador – confirmó Brent con una gigantesca sonrisa en los labios. – Naturalmente, el señor Reese está en mejores condiciones de explicarle en qué consistiría este programa de inversiones. ¿Serías tan amable, Owen?
Reese asintió y extrajo una carpeta elegantemente decorada de su portafolio.
– En primer lugar, la Corporación está interesada en invertir en la extracción de hierro y titanio una vez que las minas estén completamente reabiertas, senador – explicó el representante de Meridian mientras le entregaba la carpeta con los datos de la propuesta al atónito senador Grushin. – Lo que tardará mucho menos tiempo que las proyecciones del Gobierno regional si nosotros participamos del proceso.
Grushin abrió la carpeta y pasó rápidamente por sus páginas, concentrándose en los datos duros de inversión y de proyecciones asociadas, como si con eso pudiera tener una clara idea de la abundancia que Meridian prometía llevarle a su región de origen. Por su parte, Reese continuaba vendiendo su idea al senador, a pesar de que éste le prestara menos atención a lo que decía que a lo que podía leer en la carpeta.
– Naturalmente, vendrán inversiones asociadas en las áreas de la metalurgia y producción industrial, por no decir una importante inversión para mejorar la infraestructura energética, de comunicaciones, transportes y servicios generales de la región, con miras a sostener el desarrollo industrial que esperamos lograr.
Justo cuando Grushin cerraba la carpeta y volvía a mirar a sus dos visitantes, Brent aprovechó para intervenir una vez más.
– Y no necesito decirle lo mucho que esto ayudará a que Voronezh y el resto de la región puedan salir adelante y prosperar, senador...
El senador ruso asintió con tristeza y cierto grado de humillación. Voronezh había sido una de las regiones industriales más importantes de la vieja Unión Soviética y de la Federación Rusa que la sucedió, pero el Holocausto la había golpeado duramente.
Casi todas las minas de la región estaban abandonadas, muchas de sus fábricas eran ruinas inútiles y la tercera parte de los residentes dependían de la asistencia social para sobrevivir... o siquiera para comer, ya que la capacidad agrícola de Voronezh no pasaba de unos pocos, costosos e insuficientes invernaderos, lo que obligaba a la región a importar casi toda su comida. Los servicios públicos estaban colapsados, y la ciudad de Voronezh solía pasar ocho o diez horas diarias sin electricidad o agua corriente a causa del estado de los sistemas de servicio.
Todo eso, sumado a los daños recibidos durante el bombardeo de Dolza y que nunca habían sido reparados del todo, hacían que la región decayera progresivamente en una espiral de abandono y colapso que destrozaba en su interior al hombre que los ciudadanos de Voronezh habían elegido para que los representara en el Senado de la Tierra Unida.
Y la necesidad de encontrar ayuda de cualquier tipo que le permitiera a su región salir adelante era una de las misiones personales del senador Mikhail Timofeyevich Grushin, quien sólo pudo abandonar la idea de seguir sonando hostil hacia Brent a la hora de preguntarle el precio que tendría aquella ayuda supuestamente milagrosa.
– ¿Qué quieren de mí?
– Que nos ayude a ponernos en contacto con socios potenciales en la comunidad de negocios de Voronezh – contestó Reese primero, para después cederle la palabra a Brent.
– Aunque claro... hay ciertos factores a tener en cuenta.
El rostro cansado y desconfiado, pero ciertamente ilusionado, de Mikhail Grushin se endureció momentáneamente mientras le pedía una explicación al asesor de Lynn Kyle.
– ¿Como cuáles?
– Para que la Corporación pueda emprender un plan de inversiones de esta magnitud, necesitamos imperiosamente un escenario previsible en el período – respondió Reese en lugar de Brent, cosa que curiosamente no molestaba al senador. – No estoy hablando de Voronezh, senador. Por lo que escuchamos de su región, el gobierno mantiene las cosas muy tranquilas.
Esta vez Brent tomó la palabra y comenzó con el remate de toda la propuesta.
– Nuestra preocupación es más... global.
Grushin no entendía a qué podía referirse Brent, pero tenía una vaga impresión de que no le gustaría saberlo, y por eso escuchó al asesor político con creciente inquietud.
– Creo que usted entenderá que la administración actual no está haciendo un buen trabajo en mantener la estabilidad global, senador. Para muestra, baste con todas las crisis que hemos tenido que enfrentar en los últimos meses...
– Entiendo – gruñó con dureza Grushin, sonando más como el militar que alguna vez fue y menos como el político que ahora era. – Para ir cortando la cháchara, Brent, usted quiere que me pase al bando opositor.
– Senador, jamás le pediría un cambio de esa naturaleza... – exclamó Brent con falsa sorpresa y después habló con un tono amistoso e igual de falso. – Sólo le pido que considere muy bien qué posición ha de tomar en el eventual e hipotético caso de que la confianza en la presente administración se convierta en tema de discusión...
– ¿O de lo contrario, puedo despedirme de este paquete de inversiones?
En lugar de contestar a la pregunta punzante, descarnada y certera del senador Grushin, Brent miró a su acompañante y le pasó el fardo con una simple y capciosa pregunta.
– ¿Owen?
– Puedo hablar en nombre de la Junta Directiva y del propio presidente Worthington en este asunto, senador Grushin – anunció Reese con algo de pompa y mirando firmemente al senador por Voronezh. – La continuidad de la presente administración del Gobierno de la Tierra Unida representa un factor de riesgo inaceptable para los planes de expansión e inversión global de la Corporación Meridian.
Los ojos oscuros de Grushin fusilaron a Brent con más dureza que el insulto que escapó de sus labios al entender finalmente hacia donde apuntaba el principal "asesor" de Lynn Kyle. Y qué estaba dispuesto a hacer para lograr su cometido.
– Hijo de puta.
A pesar de los insultos y de la mirada asesina de Grushin, una fugaz sonrisa escapó de los labios de Brent.
– Sólo piénselo por un minuto, senador... le estamos ofreciendo la posibilidad de sacar a Voronezh del marasmo y convertirla en un polo de desarrollo que ayude al resto de las regiones rusas a salir adelante. Imagine lo que eso hará para futuras charlas de reunificación con el Bloque Soviético... si es que el Gobierno de la Tierra Unida reconoce la importancia de retomar las negociaciones.
– Claro que es difícil que este Gobierno quiera volver a negociar luego del fracaso de la ronda anterior – observó Reese en un raro arrebato de profundo análisis político, antes de dejar el resto de la charla en manos del asesor político.
– Lo que no quiere decir que una hipotética nueva administración no vaya a retomar las conversaciones con el Bloque Soviético.
Grushin maldijo una y otra vez a los dos hombres por la situación espantosa en la que lo ponían. Él se había alineado con el gobierno de Pelletier desde el primer día porque honestamente creía que el Primer Ministro era la persona indicada para conducir al GTU en esos momentos críticos por los que pasaba el mundo, pero debía admitir para sus adentros que el balance de aquellos primeros meses lo decepcionaba un poco.
Y como si tener reservas sobre sus lealtades políticas no fuera suficiente tortura, ahora venían Brent y su pequeño muchacho de los milagros a ofrecerle una maravillosa oportunidad a su región para recuperarse del colapso... y todo lo que tenía que hacer era estar dispuesto a apuñalar al Gobierno por la espalda a la primera señal. Lo que Brent y Reese le estaban pidiendo era algo que atentaba contra todo lo que Mikhail Timofeyevich Grushin consideraba sagrado en el mundo, pero sin embargo...
Él era un patriota ruso, por más que su patria estuviera aún disgregada y sumida en la ruina, pero además amaba a su ciudad natal con todo su ser. Y el alma de Grushin se partía de dolor al pensar en la desolación y pobreza de Voronezh, con sus edificios a medio demoler, sus calles oscuras por falta de electricidad, sus mendigos y huérfanos en las calles y la depresión y desánimo en el rostro de sus ciudadanos. El senador hubiera dado todo lo que tenía por ayudar a que su ciudad se levantara nuevamente y estaba dispuesto a hacer lo que fuera.
Ahora, esos dos hombres le ofrecían algo que podía ser un verdadero milagro para Voronezh, al solo precio de la lealtad y el alma de Mikhail Grushin. La carpeta que Reese le había pasado era demasiado completa y profesional como para ser una falsificación hecha a la medida, por lo que Grushin debía concluir que se trataba de una propuesta seria y genuina de parte de Meridian.
¿Podía el senador darse el lujo de rechazar la tabla de salvación que aquellos hombres le ofrecían para su ciudad, sólo para sentirse cómodo y con la conciencia limpia? ¿Podía pedirles a los ciudadanos de Voronezh que entendieran que iba a desperdiciar esa oportunidad sólo por el beneficio de poder mirarse al espejo y no ver a un traidor?
Más aún: ¿tenía derecho a rechazar esa oferta?
Las comisuras de los labios de Grushin temblaron levemente con un espasmo de ira mientras sus dos visitantes continuaban llevando las riendas de la junta.
– Piénselo muy bien, senador – continuó presionando Brent en ese tono razonable que Grushin ya aprendía a odiar. – ¿Está dispuesto a rechazar la posibilidad de poner a su región y a toda su patria en el camino del desarrollo, la reconstrucción y la reunificación, a cambio de sostener a un gobierno inestable que poco y nada ha hecho por la Madre Rusia? Hipotéticamente, desde luego.
Tras callar, Brent se sumó a Reese en su silencio, esperando de manera impasible a que el senador terminara de asimilar todo lo que se había dicho... y si el silencio atroz de la oficina lo ponía nervioso, eso no se notó en su rostro impasible y decidido.
Hasta que finalmente...
– ¿Y qué tendría que pasar para que esa disyuntiva se haga clara, señor Brent? – contestó finalmente el senador Grushin, tratando de disimular su rendición con falsa fortaleza y recelo. – Hipotéticamente, desde luego.
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Lo último que Karin Birkeland esperaba encontrar al llegar a su casillero personal de la Base Aérea era al propio comandante Hunter aguardándola con todo el aspecto de una persona que ha perdido demasiado tiempo esperando su llegada.
Karin quedó demasiado sorprendida por eso como para poder disimularlo bien, sin embargo, antes de defenderse por algo que todavía no sabía qué podía ser, la joven piloto de combate reunió la suficiente compostura como para saludar a su líder de escuadrón de la manera más normal que le era posible.
– Buenos días, señor.
– Teniente, qué bueno que la encuentro – le contestó con voz grave el comandante Hunter, y la incipiente sonrisa de Karin se esfumó como si jamás hubiera existido.
– ¿Señor?
– Hubo cambio de planes, Karin. Necesito que te quedes hoy en la Base para una tarea especial.
Karin inclinó la cabeza en señal de confusión; durante una semana entera el comandante Hunter había insistido con los cronogramas de vuelo del escuadrón, y ella tenía demasiado presente que ese día le tocaba encerrarse en el hangar a supervisar el mantenimiento de su caza Veritech... pero si el comandante venía ahora a decirle que había habido cambio de planes...
– ¿Qué pasó?
– Tendré que hacerme cargo del patrullaje de hoy – murmuró Rick quejosamente, y Karin preguntó extrañada:
– ¿Pero no le tocaba al teniente Sterling?
– Sí, le "tocaba" – contestó Rick, enfatizando el pretérito. – Miriya no se sentía del todo bien hoy así que Max la tuvo que llevar de urgencia con la ginecóloga.
– Espero que ella y el bebé estén mejor, señor.
Rick asintió y sonrió, agradeciendo de corazón las buenas intenciones de su subordinada.
– Lo está, no fue nada grave... pero Max no podrá venir hoy, así que me tocará a mí montarme en el Veritech y hacer la ronda del día.
– Lo lamento por usted, señor – se conmiseró Karin para después volver al tema central de la conversación. – ¿Pero para qué me necesita?
Rick echó un vistazo a la sala donde estaban, como si quisiera asegurarse de que nadie más estaba allí escuchando lo que no le correspondía. Cuando estuvo finalmente satisfecho, el Líder Skull se alisó unas arrugas en el uniforme y clavó su mirada en su subordinada.
– Hoy vendrá la comandante Hayes desde el SDF-1 para hacer un relevamiento de nuestras actuales condiciones para el Alto Mando, y necesito que usted se ocupe de guiarla y ayudarla en lo que sea necesario, teniente Birkeland.
– ¿Yo, señor? – contestó sorprendida la joven teniente como si le acabaran de ordenar que se enfrentara sola y desarmada a un Zentraedi. – Pero yo---
– Yo estaré en vuelo. Max está cuidando a su esposa. El resto de los tenientes con mando de sección estarán acompañándome en el patrullaje o encargándose de otros temas – la interrumpió Rick, mirando luego fijamente a la joven piloto de su Escuadrón como si quisiera que no le quedaran dudas al respecto. – Y usted está perfectamente libre para eso.
– Pero la inspección de mi caza---
Una vez más Rick la interrumpió, levantando una mano.
– Esperará lo que tenga que esperar, teniente. Esto tiene prioridad.
Karin Birkeland no había llegado a segunda teniente tentando su suerte, y si el comandante se tomaba esto tan en serio como para insistir tanto en demoler sus objeciones, entonces el curso de acción más prudente era callar la boca y aceptar la tarea. Ella no le tenía miedo a la "Reina del Hielo", especialmente luego de tratar con ella en ciertas ocasiones, pero Lisa Hayes no dejaba de imponerle un respeto reverencial... y respeto o no, aún seguía presente el temor a convertirse en la víctima de un arrebato de furia marca "Hayes".
La joven teniente se irguió con más determinación y trató de hacer que su rostro no revelara todas las emociones, pero le era difícil hacerlo y el fracaso fue un resultado esperado desde el primer momento.
– Además, Karin, ya viene siendo hora de que te empieces a hacer cargo de estas cosas administrativas – la alentó Rick con una sonrisa cómplice que precedió a una de sus habituales lecciones. – La carrera de un oficial militar no es sólo volar y pelear... también está el papeleo y la atención a los burócratas de arriba.
Un destello asomó en la mirada gris de Karin, junto con indicios de una sonrisa en sus labios.
– No creo que la comandante Hayes aprecie que usted se refiera a ella como "burócrata", señor.
– Haré de cuenta que no escuché eso, teniente.
Una vez más Karin decidió que no valía la pena tentar su suerte, por más que de reojo pudiera ver que Rick Hunter trataba de contener la risa, y prefirió dar su mejor impresión de oficial militar decidida y profesional, conservando ese porte mientras Rick Hunter, líder del Escuadrón Skull, se alejaba camino a la puerta de la sala para continuar con el resto de sus impostergables deberes militares.
– La comandante Hayes vendrá a la Base a las 1100 horas, teniente – concluyó Rick antes de abandonar la sala y dejar sola a la teniente Birkeland. – Esté lista.
– Sí, señor.
La patrulla del Skull partió media hora después en su misión, y mientras el resto del Escuadrón permanecía en la Base cumpliendo varias tareas rutinarias, la teniente Birkeland pasó el tiempo en la oficina del comandante Hunter leyendo y releyendo algunos reportes que el Líder Skull había marcado como "útiles para la inspección", pero la lectura se le hacía tan poco interesante que en muchas oportunidades la joven teniente estuvo cerca de quedarse dormida.
De hecho, fue en uno de esos ratos de duermevela en los que estaba con la cabeza apoyada en la pila de documentos que escuchó que la alarma de su reloj marcaba las 11 de la mañana, y Karin se levantó como si hubiera escuchado el toque de diana.
Conociendo la reputación de la comandante Hayes, muy probablemente la Reina del Hielo ya estaría preguntándose por qué diablos nadie había ido a recibirla. Naturalmente, el temor a la furia de Lisa Hayes hizo que Karin redoblara sus esfuerzos por correr de la oficina del comandante Hunter al lobby de la Base Aérea, sin preocuparse por llevarse puesto a algún infortunado transeúnte en el proceso.
En efecto, cuando la joven y agitada piloto de combate llegó al vestíbulo del edificio principal de la Base, encontró a la figura inconfundible de Lisa Hayes aguardando con paciencia a que alguien viniera a recibirla.
– ¿Comandante Hayes? – preguntó la joven, apurándose a cuadrarse frente a Lisa en la posición más marcial y firme que pudo lograr.
– ¿Teniente Birkeland? – le devolvió Lisa el saludo con cierta extrañeza en su voz, y Karin explicó.
– El comandante Hunter me pidió que le dé sus excusas pero no podrá acompañarla hoy.
La comandante Hayes sonrió, y por un segundo Karin creyó notar que sabía más de lo que quería dar a entender.
– Gracias, teniente... Rick--- el comandante ya me avisó de lo sucedido con el teniente Sterling.
– Por supuesto, señora – respondió Karin. – ¿En qué puedo ayudarla?
– Primero tendré que revisar los hangares de la Base.
– Por supuesto – asintió la joven teniente, dando media vuelta e instruyendo a su ilustre visitante. – Sígame, por favor.
La inspección de los hangares salió a la perfección, para satisfacción evidente de Lisa Hayes y alivio secreto de Karin Birkeland. No sólo no hubo nada de lo que avergonzarse en la inspección, sino que la Base Aérea estaba funcionando con la eficacia y perfección acostumbrada. Para su sorpresa y orgullo propio, la joven teniente se encontró con que estaba manejando las cosas con un profesionalismo y habilidad que no sabía que tenía, y eso ayudó a que sus nervios se tranquilizaran de manera notoria.
Y aunque Karin no lo supiera, la comandante Hayes estaba haciendo exactamente el mismo juicio sobre su joven anfitriona. En última instancia, era mejor para Karin que no se enterara de eso, porque semejante información la hubiera puesto tan nerviosa como al comienzo.
Poco después de salir de los hangares y cuando llegaron a una de las salas de descanso de la Base, la teniente se volvió hacia Lisa para consultarle qué quería hacer.
– Si quiere, comandante, podemos proceder con la recorrida de los simuladores ahora mismo...
– Creo que mejor descansamos un poco, teniente – propuso la comandante Hayes, a lo que Karin asintió con una sonrisa en los labios.
– Si lo desea, señora.
Las dos mujeres tomaron asiento en los sillones de la sala, aprovechando la ocasión para reposar un poco y recobrar fuerzas. El ambiente de la sala era tranquilo, silencioso y acogedor, lejos del trajín que se vivía en el resto de la Base Aérea. Mientras Lisa leía una carpeta que había traído y hacía algunas anotaciones, Karin se tomó unos segundos para pensar, como venía haciéndolo, en el vendaval de su vida privada.
La joven no tardó mucho tiempo en concentrar sus pensamientos en la fuente de toda su angustia, y a cada segundo que pasaba pensando en Dan Shelby su rostro tomaba una expresión de tristeza cada vez más notoria... de modo que ella no tendría que haberse sorprendido de que Lisa Hayes se percatara de ello.
– ¿Teniente Birkeland, le pasa algo?
– ¿Señora? – reaccionó sorprendida y ligeramente avergonzada Karin.
– La veo un tanto... preocupada.
– No es nada, señora.
Pudo haber sido por su tono levemente quebrado o la manera en que su rostro se sonrojó, pero Karin Birkeland no logró convencer a la oficial superior a la que acompañaba de que lo que le ocurría no era precisamente "nada".
Y siendo la mujer compasiva que era, más teniendo en cuenta su pasada conversación con Rick, Lisa Hayes no dejó que el tema se extinguiera así como así.
– Si puedo ayudarla en algo...
Karin miró a Lisa con una expresión decididamente triste, y Lisa le sonrió con compasión y entendimiento.
– Es lo menos que puedo hacer después de toda la ayuda que me ha prestado hoy, teniente.
– No lo sé, señora... – dijo dubitativa la teniente Birkeland, desviando la mirada para que Lisa no la viera. – Es algo de naturaleza personal.
– Oh – murmuró Lisa, para entonces volver a ocuparse de su carpeta como si la conversación nunca hubiera tenido lugar.
Lisa no necesitó decir nada más. La sola mención del tema bastó para que Karin sintiera que ya no podía seguir cargando ella sola con ese dolor, y la hizo sentir la necesidad imperiosa de buscar ayuda, de pedirle a alguien que le diera una mano no ya con su problema particular, sino con las emociones dolorosas que la estaban atormentando.
Y si Lisa Hayes se había ofrecido a ayudar, tal vez...
Lentamente y sin estar del todo segura de lo que estaba haciendo, la teniente se volvió hacia Lisa y juntó fuerzas antes de hablarle.
– Comandante, si me disculpa la indiscreción... ¿alguna vez ha perdido a alguien muy cercano?
Lisa respondió con una sonrisa comprensiva pero infinitamente triste.
– Creo que todos hemos perdido a alguien cercano, teniente...
– Hablo de alguien de quien usted estuviera... – insistió Karin sin pensarlo, sólo para detenerse a último momento por temor a haber tocado un tema demasiado sensible.
Lisa notó la preocupación de la joven y trató de asegurarle que no había ningún problema con ella.
– Dígalo, teniente.
– Alguien de quien usted estuviera enamorada, señora – dijo finalmente Karin, suspirando con fuerza al terminar como si necesitara recobrar el aliento.
Por su parte y aún a sabiendas de cómo venía todo el asunto, Lisa Hayes no pudo evitar que su expresión se tornara triste y nostálgica. Sus ojos se oscurecieron por un segundo y sus labios se contrajeron en una fina línea de dolor al volver a pensar en aquellos recuerdos de una era que ya parecía relegada a un pasado de fantasía... una era en donde ella todavía no era la mujer en la que se convertiría, y en la que su corazón pertenecía a una persona muy diferente de Rick Hunter...
– Sí – musitó Lisa sin poder ocultar el dolor en su voz.
Karin no dijo nada ni se hubiera atrevido a hacerlo en caso de tener algo para decir; no le correspondía meterse tanto en algo que, como podía notar con sólo ver el rostro ensombrecido de la comandante Hayes, era demasiado personal y doloroso.
Pero el silencio de Lisa no duró poco, y con una voz tan baja como triste, cargada de nostalgia y de recuerdos, la comandante comenzó a relatar su propia historia.
– Su nombre era Karl Riber... era un segundo teniente asignado al staff personal de mi pa--- del almirante Hayes.
Karin asintió levemente, sonriendo por un segundo para hacerle saber a Lisa que ella comprendía lo que decía y que estaba agradecida por lo que la comandante estaba haciendo.
– Era tres años mayor que yo cuando lo conocí... – siguió relatando Lisa, sin poder evitar que una sonrisa escapara de sus labios al recordar a Karl. – Él era el sueño de toda chica y me enamoré de él desde el primer día, aunque él tardó un poco más en darse cuenta... supongo que debo acostumbrarme a eso.
– ¿Perdón? – preguntó Karin sin entender qué había querido decir, y la comandante Hayes no creyó oportuno desviarse demasiado del tema.
– Lo siento, teniente, pensaba en voz alta.
La teniente Birkeland se dio por satisfecha y continuó escuchando a Lisa con toda la atención que le era posible juntar.
– Karl era una especie de pacifista a pesar de ser militar, y en esa época los anti-unificacionistas todavía estaban haciendo de las suyas – explicó Lisa para beneficio de su joven interlocutora. – Karl tenía muchas reservas sobre combatir con otros humanos y por eso había pedido una transferencia a un puesto espacial. Se la concedieron finalmente a los seis meses de que estuviéramos juntos... una asignación como enlace militar de los equipos científicos de la Base Sara en Marte.
A la sola mención de las palabras "Base Sara", la voz de Lisa Hayes se quebró por el peso de un dolor que aún seguía allí a pesar de todo el tiempo transcurrido.
– Y a los seis meses, la Base Sara... ¿lo recuerda, no? – dijo Lisa, dejando flotar el asunto en el aire antes que mencionarlo directamente, y Karin entendió a la perfección lo que había querido decir.
– Por supuesto... el ataque terrorista.
Lisa asintió y por unos segundos su mirada se perdió en el infinito, como si ella hubiera regresado a aquellos días de dolor y de soledad, como si recién acabara de transcurrir el momento espantoso en que su propio padre le había comunicado la noticia de lo ocurrido en la Base Sara... como si todo hubiera vuelto a ocurrir pero no ya en el transcurso normal del tiempo, sino comprimido en un segundo de dolor infinito.
Las lágrimas asomaron en los ojos de Lisa. Rick Hunter o no, Karl Riber era una parte de su vida y lo seguiría siendo. Aún si su corazón ya le perteneciera a otro hombre, le era imposible dejar de olvidar a aquel hombre amable que había sido Karl y dejar de sentir el dolor que su pérdida le había provocado.
Pero no era ese el momento para hundirse en nostalgias dolorosas, y Lisa no tardó mucho en recomponerse y seguir adelante. A fin de cuentas, su misión era evitar que ese dolor que la había hecho prisionera durante años arruinara la vida de otra joven mujer sufriente... y Lisa no estaba dispuesta a fallar en su misión por culpa de nadie. Ni siquiera de Karl Riber.
– Me costó mucho aceptarlo y por mucho tiempo pensé que iba a volver... que había sobrevivido al ataque, pero finalmente reconocí que no había más posibilidades y traté de seguir con mi vida – prosiguió Lisa antes de hacer una confesión que le provocaba el mismo dolor aún después de tantos años. – Pero no pude.
Frente a Lisa, una joven teniente cuyo corazón estaba apesadumbrado por un dolor que amenazaba con extinguir su única oportunidad de felicidad la estaba escuchando como si de esa historia dependiera su vida. En un impulso de compasión, Karin colocó una mano en el hombro de Lisa para hacerle saber que ella la entendía... y sólo al escuchar el resto de la historia se dio cuenta la joven piloto de cuánto entendía a la comandante Hayes.
– No podía... en el fondo no aceptaba que él estuviera muerto y siempre lo esperé... siempre quise que volviera conmigo – trató de hacerse entender Lisa, sintiéndose súbitamente incapaz de poner en términos adecuados la magnitud del dolor que había sido su compañero durante años. – Cada vez que veía a alguien medianamente interesante, lo comparaba con Karl... eso cuando no rechazaba la idea porque seguía siendo fiel a un hombre que nunca más iba a volver conmigo...
Le costó mucho a Karin no quedarse con la boca abierta por la sorpresa... no sabía si la comandante Hayes tenía poderes psíquicos o si ella era demasiado transparente, pero a Karin le hubiera resultado imposible encontrar palabras más apropiadas para expresar la tormenta de emociones y sentimientos que la tenía sufriendo.
La joven pensó por un instante en abrazar a Lisa pero se contuvo de hacerlo, convenciéndose de que no sería apropiado cuando en su corazón sabía que si lo hacía no podría evitar deshacerse en llanto.
– Después vino Rick y creo que ya conoces el resto de la historia – terminó Lisa con una sonrisa ya más feliz, para entonces mirar a los ojos a su joven acompañante e ir derecho al punto. – No es igual a lo que ocurre entre ti y el capitán Shelby, pero hay muchas cosas parecidas...
Los ojos de Karin quedaron bien abiertos, porque no se esperaba que Lisa trajera a colación su propia situación con Dan... y la mezcla de vergüenza, tristeza y otras emociones le hizo incapaz de reaccionar con algo que no fuera una sencilla palabra.
– ¿Qué?
Lisa apoyó su propia mano sobre la que Karin había puesto en su hombro y la llevó hacia abajo, sin dejar de tomarla y sostenerla entre las suyas propias. La mano de la joven teniente se sentía fría y estremecida, y Lisa se obligó a mirar a esos ojos grises y cargados de lágrimas al momento de hacer la pregunta más difícil que hubiera podido formularle a aquella muchacha.
– ¿Karin, amabas a John Hollis?
Lisa se arrepintió al instante de hacer esa pregunta, porque no había terminado de pronunciar el nombre del teniente Hollis cuando notó que los ojos de Karin se cargaban de lágrimas y que sus labios empezaban a temblar... la pobre chica ya no podía contenerse ni un segundo más, no podía seguir escondiendo el lacerante y terrible dolor en el que se había convertido aquel sentimiento tan hermoso que ella tenía por aquel amigo del alma que ya no estaba más.
La competente oficial militar que la había conducido por toda la Base Aérea se mostraba ante Lisa en toda la magnitud de su dolor, y ese dolor que Karin manifestaba con todo su cuerpo se parecía demasiado al que había ensombrecido la vida de Lisa Hayes durante demasiado tiempo como para que ella se pudiera sentir inmune a sus efectos.
Con gran dificultad, Lisa evitó que las lágrimas escaparan de sus propios ojos cuando la voz quebrada, baja y dolida de Karin Birkeland respondió a su pregunta.
– Sí...
Incapaz de sostenerse o de contenerse, Karin comenzó a desmoronarse y silenciosamente Lisa le ofreció un hombro para llorar, oferta que la joven piloto aceptó al instante. Ya protegida por el abrazo de la otra mujer y con la cabeza apoyada en el hombro generoso de la comandante Hayes, Karin comenzó a sollozar con todo el dolor de su corazón lastimado.
– Yo sé que está muerto... pero hay días en que... que me levanto y pienso que lo veré en la Base al comenzar el turno de servicio, o que es él el que llama por teléfono... y después...
– Lo sé.
La joven teniente ya no podía contener sus emociones y sus sollozos se tornaron más fuertes, al tiempo que Lisa sintió las lágrimas de la muchacha recorriendo su uniforme y estrechó su abrazo para resguardar y hacer sentir más segura a aquella pobre niña en su dolor.
– Lo extraño mucho...
Ahí los sollozos se convirtieron en un llanto en toda regla, y la comandante Hayes no pudo sino abrazar con más fuerza a la joven mientras se descargaba y dejaba fluir todas las emociones dolorosas que llevaba dentro... sin poder dejar de sentir el dolor de Karin como propio.
– Está bien, Karin, no tienes por qué preocuparte – le susurraba Lisa al oído. – No hay nada de malo en llorar...
Quizás no fuera la situación más apropiada desde el punto de vista del protocolo militar, pero eso no importaba en ese momento... porque las dos mujeres que estaban en esa solitaria sala de descanso no eran ya una oficial superior y una subordinada en asignación oficial, sino dos personas que habían cargado con demasiado dolor en soledad y que encontraban en el abrazo una oportunidad de dejarlo salir.
Lisa le dio a Karin todo el tiempo que necesitara, sin perturbarla excepto para decirle de tanto en tanto que todo estaba bien y que ella la iba a ayudar si hacía falta... y así, sin mayores problemas ni sufrimientos, la comandante Hayes notó con alivio que el llanto desconsolado de Karin volvía a ser un sollozo entrecortado y que los estremecimientos de la pobre muchacha dejaban de ser tan bruscos.
Poco a poco, pudo notar Lisa, Karin estaba volviendo a algo parecido a la tranquilidad, y mientras la chica se calmaba, ella le daba algunas palmadas en la espalda para hacerle saber que estaba bien... y mientras Karin no la veía, Lisa aprovechaba para secar sus ojos de sus propias lágrimas.
Al final, Karin se irguió lentamente y se enjugó los ojos. Su rostro estaba todavía enrojecido por el llanto, sus ojos todavía estaban irritados por las lágrimas, su cabello estaba despeinado y su uniforme estaba visiblemente arrugado, pero eso no le importaba en lo absoluto a la comandante Hayes. Y no le importaba porque a pesar de todo ese aspecto, la joven piloto se veía más segura y tranquila que antes, lo cual sólo podía ser algo bueno en medio de todo ese dolor.
Quizás Karin ya estuviera lista para enfrentar la siguiente parte del problema, ahora que se había descargado de todo su dolor de una manera terrible, pero profundamente humana.
– ¿Y qué hay de Dan?
Para alegría de Lisa, la teniente se sonrojó y desvió la mirada, pareciendo por un segundo una joven profundamente enamorada y no alguien que acababa de pasar por un penoso sufrimiento.
– Ah... – se limitó a decir Lisa comprensivamente, agregando una sonrisa cómplice. – ¿Puedo darte un consejo?
– Por favor... – le pidió Karin, tratando de sonreir a pesar de que sus ojos todavía estaban llorosos.
Lisa sonrió y miró a la teniente a los ojos, para entonces hablar con toda la seriedad que le era posible poner en su voz.
– Karin, John Hollis siempre va a estar en tu corazón. Fue un amigo muy cercano para ti y tuviste sentimientos muy fuertes y especiales hacia él... y sólo por eso él va a ocupar siempre un lugar especial en tu vida. No te sientas mal por extrañarlo, jamás lo hagas...
Un nuevo destello de dolor asomó en la mirada de Karin y Lisa temió haber reavivado el dolor con sus palabras, pero esta vez la teniente encontró fortaleza en su interior y pudo evitar que se convirtiera en un nuevo llanto... a pesar de que el esfuerzo debió ser grande para ella.
– Tal vez esto te suene un poco cruel, pero él ya no va a volver... y no puedes desperdiciar tu vida esperándolo – le dijo Lisa con total seriedad en su voz y en su mirada. – Tienes la oportunidad de empezar de nuevo y llegar a donde no pudiste llegar con John... tienes la oportunidad de ser feliz y de salir adelante. Aprovéchala, es todo lo que te digo... aprovéchala porque no viene muy seguido.
La voz de Lisa dejó traslucir una pena infinita al momento de proseguir.
– No desperdicies años de tu vida como yo...
Lentamente pero de manera inexorable, una sonrisa tímida y esperanzada asomó en el rostro enrojecido de Karin, y mientras ella secaba las lágrimas de sus ojos con la manga de su uniforme a falta de un pañuelo más apto, se decidió a tocar un tema que quizás la comandante Hayes no encontrara del todo agradable.
Pero tenía que hacerlo... tenía que saber si a pesar de todo existía un final para ese dolor o si tendría que resignarse a que siempre estuviera allí...
– ¿Comandante, puedo hacerle una pregunta?
– Llámame Lisa – le dijo la comandante Hayes con una sonrisa amigable que se contagió a los de Karin instantáneamente, a pesar de que la teniente no se sentía del todo cómoda llamando a la Reina del Hielo por su nombre de pila.
– ¿Puedo hacerte una pregunta... Lisa?
– Por favor.
La teniente Birkeland tragó saliva e hizo lo posible para que su mirada no se desviara de los ojos verdes de Lisa Hayes al momento de hacer su pregunta.
– ¿Extrañas a Karl Riber?
Hubo un breve silencio entre las dos y Karin temió lo peor.
– Siempre lo voy a tener presente, pero ya he perdido demasiados años de mi vida extrañándolo cuando no va a volver jamás – respondió Lisa sin poder esconder su dolor, para entonces poner una mano en el hombro de Karin. – Quiero creer que el futuro va a ser mejor, Karin.
Para su sorpresa, Karin Birkeland se encontró asintiendo a la afirmación de la comandante Hayes, notando además que se sentía mucho mejor, como liberada de un peso enorme que la tenía atada y que le impedía perseguir una felicidad que sabía cercana... y de pronto, Karin sintió que todo en su vida era posible a partir de ese momento. Especialmente la posibilidad de forjar un mañana nuevo para ella... en compañía de una persona a la que amar y que la amara a ella.
– ¿Qué dices si volvemos a la inspección, Karin? – dijo súbitamente la comandante Hayes, tratando de sonar marcial y oficial pero sin lograrlo.
– Me parece bien, comandante – contestó de manera formal la teniente Birkeland para entonces volver a sonreír con gratitud infinita hacia la mujer que la había ayudado en ese momento duro. – Muchas gracias, señora.
– Ni lo menciones.
Las dos oficiales se levantaron de sus asientos y se sonrieron mutuamente antes de continuar con los deberes militares que habían postergado por un momento de humanidad.
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No era un lugar precisamente impresionante, y si resaltaba en el paisaje era por la sencilla razón de que era la única edificación en veinte kilómetros a la redonda. La fábrica –en sí misma un enorme edificio con un par de chimeneas rodeado por cuatro galpones– tenía aspecto de no estar del todo lista para funcionar; efectivamente, en la entrada del edificio había dos enormes carteles, uno que anunciaba la pronta entrada en funcionamiento completo del "Centro de Procesamiento Industrial Meridian" y otro que identificaba al predio completo como perteneciente a la Corporación Meridian.
En realidad el lugar funcionaba, aunque no del todo. La Corporación estaba empezando a producir para su línea de manufacturas industriales en las pocas cadenas de montaje operativas en la fábrica, pero lo que más importaba y lo que menos se sabía de la fábrica eran las actividades que tenían lugar en los niveles subterráneos del lugar.
Ni siquiera el personal "asignado" a la fábrica sabía bien que hacían los cerebritos de la división de Biotecnología en sus laboratorios subterráneos, y la mayoría no tenía interés en averiguar.
Esa falta de interés fue la que hizo que nadie supiera que desde hacía un par de días los laboratorios subterráneos habían sido completamente vaciados durante la noche, bajo la vigilancia del "turno nocturno". Tampoco sabían que el personal del "turno nocturno" no existía, a excepción de unos pocos guardias de seguridad que no tenían mayor conocimiento del tema.
Y menos podían imaginarse que el fin de los trabajos de Biotecnología en el subsuelo había significado el fin de la utilidad principal de la fábrica para la Corporación Meridian.
Aquella noche la fábrica explotó por los aires, esparciendo restos y escombros por todo el desierto de Denver, hasta que no quedó piedra sobre piedra en el lugar. Lo único que marcó la existencia de una fábrica o de una presencia humana en el lugar fueron los metales retorcidos y ladrillos chamuscados dispersos por la pedregosa superficie del páramo, junto con los cadáveres de treinta y tres personas... muchas de las cuales ya estaban muertas al momento de la explosión.
Aunque nadie podía imaginarse eso, o siquiera adivinarlo... teniendo en cuenta que poco y nada de los cadáveres permaneció intacto.
A la mañana siguiente, un comunicado de la Vanguardia de la Paz autoatribuyó al grupo la destrucción del Centro de Procesamiento Industrial, provocando una ola de pánico entre los residentes de Denver.
Y nadie, absolutamente nadie, tenía alguna razón para dudar de que fuera verdad.
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Jueves 30 de agosto de 2012
El capitán Daniel Shelby no tenía más de veinte minutos de haber llegado a la base donde servía cuando el teléfono de su oficina comenzó a sonar furiosamente. De mala gana, Shelby dejó la chaqueta del uniforme sobre la silla y descolgó el aparato, dispuesto a asestarle una furiosa maldición a la persona que lo llamaba, pero esas ansias asesinas se calmaron lo suficiente como para que el oficial del Ejército respondiera a la llamada con un tono medianamente normal.
– Shelby.
Una voz conocida y apurada le contestó del otro lado de la línea.
– ¿Dan?
– ¿Eres tú, Rick? – inquirió Shelby para confirmar la identidad de su interlocutor.
– Viejo, qué bueno que te encuentro...
Notando la urgencia que destilaba el comandante Hunter en su voz, el capitán Shelby empezó a preocuparse... y para calmar esa preocupación, no encontró otra manera que no fuera ir directamente al problema, sin sutilezas ni vueltas innecesarias.
– ¿Qué te pasa, hombre?
– Recién me entero... – contestaba Hunter en esa voz agitada y ansiosa, tan inusual en él y que despertaba todos los temores en Dan Shelby.
– ¿De qué?
Hunter no respondió al instante, y Shelby escuchó algunos jadeos del otro lado de la línea, como si el piloto de Veritech quisiera calmarse y recobrar el aliento antes de poder hablar con algo parecido a una voz normal.
– El Alto Mando ha decidido desplegar a algunos miembros del Skull en Nueva Bogotá para operaciones extendidas con el Comando Sudamericano... se irán por dos o tres semanas, aunque puede ser que se prolongue el plazo.
– ¿Por qué me cuentas todo esto? – preguntó el oficial del Ejército sin entender por qué diablos podía interesarle que algunos pilotos del Skull fueran enviados a Colombia, aunque a decir verdad sí podía haber algo de interés y no precisamente... – Dios mío...
La línea quedó en silencio por unos segundos hasta que Rick volvió a hablar, inseguro de si Shelby todavía estaba del otro lado.
– ¿Qué?
El capitán Shelby sostenía el auricular como si de él dependiera su vida, y su frente se vio surcada por gotas de sudor. Un presentimiento espantoso se había apoderado de él, e innumerables teorías a cual más espantosa y dolorosa atravesaron su febril imaginación. Finalmente, incapaz de soportar la incertidumbre por más tiempo y a pesar de que temía escuchar la verdad como si esta fuera mortífera para él y sus sueños, el capitán Daniel Shelby se atrevió a preguntar lo que su corazón le pedía a gritos aclarar.
– No me digas que Karin...
– ¿Qué tiene que ver ella? – preguntó Rick sin que Shelby le diera tiempo antes de su siguiente pregunta.
– ¡¿Cuándo parten tus pilotos, Rick?!
– Hoy mismo... dentro de dos horas. ¿Por qué preguntas?
Dan Shelby no recordaría haber tomado conscientemente la decisión; sólo supo qué era lo que tenía que hacer y que tenía que hacerlo cuanto antes, sin dudas, dilaciones o remordimientos. Era la seguridad de una persona que tiene perfectamente claro por una vez en la vida el camino que tenía que recorrer, y era esa seguridad la que lo hizo borrar cualquier sentimiento u obstáculo que se plantara frente a él.
Tan segura sonó la voz de Shelby que Rick Hunter no la reconoció cuando él volvió a hablar.
– Hunter, voy para allá ahora mismo.
– ¿Qué?
– Que voy para allá ahora mismo, así que si haces despegar a esos aviones antes de que llegue, te puedes considerar hombre muerto.
– ¡¿Shelby?! – exclamó Rick del otro lado de la línea con una confusión atroz que Shelby ni se molestó en aclarar.
– Adiós, Rick... gracias por avisar.
Los gritos confusos del comandante Rick Hunter todavía se escuchaban al momento en que Shelby colgó el aparato de teléfono para después tomar su chaqueta e irse corriendo de la oficina como alma que lleva el viento.
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La puerta de roble se abrió de par en par para dejar pasar al recién llegado, mientras los guardias de la puerta se cuadraban en señal de respeto.
Como lo indicaba el protocolo oficial, la cortesía y el más elemental sentido común teniendo en cuenta el ánimo que le podían ver, todos los integrantes del Gabinete de la Tierra Unida se pusieron de pie en cuanto Marcel Pelletier hizo su entrada a la sala de reuniones de la Torre Norte. Con sus ojeras, su ceño fruncido y su mueca de disgusto, el principal funcionario del Gobierno de la Tierra Unida parecía haber sufrido una muy mala noche y un peor amanecer, cosa que venía siendo bastante rutinaria por aquellos días con la sucesión de crisis y malas noticias.
Pelletier prácticamente se dejó caer en la silla colocada en uno de los extremos de la mesa, y nadie osó perturbar al Primer Ministro hasta que él dijera lo contrario.
Los ministros del Gabinete se miraron unos a otros de manera disimulada, comentando con la elocuencia de sus miradas que el estado de ánimo de Pelletier no podía ser nada bueno, pero todas las conversaciones silenciosas se terminaron al oír el oportuno carraspeo de la ministra de Defensa, quien procedió a dar la bienvenida al Primer Ministro en nombre de todos sus colaboradores.
– Primer Ministro, muy buenos días – dijo cortésmente Svetlana Gorbunova, quien debió tragarse una contestación agria al notar que Pelletier sólo le devolvía un gruñido a su saludo.
– Siéntense.
De inmediato, los ministros del GTU acataron la instrucción de Pelletier, tomando asiento cuanto antes y permaneciendo en silencio mientras el Primer Ministro se tomaba la cabeza como si estuviera a punto de estallarle de dolor.
Al mismo tiempo, uno de los ministros y un ayudante de la sala hicieron el intento de buscar una aspirina, pero Pelletier los detuvo con una sacudida de la cabeza y después se irguió un poco, tratando de no parecer vencido por el agotamiento cuando apenas eran las nueve de la mañana.
– Acabo de hablar con el gobernador de Denver-Colorado... por tercera vez en dos días – explicó con profunda irritación el Primer Ministro del GTU. – El gobernador Montague me ha hecho saber, una vez más, la profunda preocupación de su administración y de la gente de su región a la luz de este atentado terrorista que ocurrió en Denver.
De las palabras de Pelletier manaba el desprecio más profundo, y nadie que estuviera sentado alrededor de esa mesa podía ignorar que lo único cortés y educado que había entre el Primer Ministro y el gobernador de Denver-Colorado eran las exigencias protocolares que sus cargos les imponían... porque de lo contrario, ninguno de los dos tendría empacho en intentar estrangular al otro con sus propias manos.
Lo que sí estaba en duda para los ministros del GTU era si el malhumor de Pelletier se debía al atentado terrorista acaecido en Denver o al hecho de que eso le significaba tener que tratar con el gobernador Montague casi todos los días.
Probablemente fuera una combinación de las dos cosas, razonaron los más conocedores, para después forzarse a agregar que muy probablemente el pésimo humor de Marcel Pelletier fuera sólo la consecuencia lógica de todos los conflictos que debía enfrentar.
Después de un rato de silencio, el Primer Ministro retomó la palabra, destilando sarcasmo y desprecio en cada sonido que salía de su boca rígida.
– Como el gobernador me ha recordado, este incidente constituye el primer ataque terrorista en el territorio de Denver-Colorado, y no necesito decirles cómo me deja tener que enfrentar una situación como esta en la región que no sólo nos ha dado a nuestro gobernador más problemático en el continente, sino al niño estrella del Senado de la Tierra Unida.
Las náuseas sacudieron colectivamente a los ministros de la Tierra Unida, porque a decir verdad ninguno de ellos había pensado en que todo ese asunto naturalmente involucraría al representante del pueblo de Denver ante el GTU... un joven con ínfulas de estrella que respondía al nombre de Lynn Kyle.
Varios ministros empezaron a sentir que el dolor de cabeza de su jefe se les estaba contagiando.
– Agreguémosle el hecho de que casi todos los muertos son Zentraedi y eso les dará una clara idea de qué tan molesto estoy – prosiguió el Primer Ministro, y el dolor de cabeza se hizo extensivo a todos los ministros de la Tierra Unida.
Aunque ya se habían producido incidentes lamentables de violencia hacia los residentes Zentraedi en los territorios del GTU, el ataque terrorista en Denver era la primera masacre perpetrada contra los Zentraedi, con treinta muertos de origen alienígena.
No se necesitaba ser demasiado paranoico o temeroso para imaginar que ese incidente no haría maravillas por la paz interior y la necesaria armonía entre las comunidades humana y Zentraedi de la Tierra Unida, y los fantasmas que aparecieron en las imaginaciones de los ministros del GTU fueron demasiado vívidos y temibles como para ser tomados a la ligera.
– En suma, señores, quiero que me presenten soluciones a este problema, así puedo enfocar mi atención en los dolores de cabeza que no me inflamen la próstata al mismo tiempo – gruñó Pelletier antes de clavar su irritada mirada en el ministro de Seguridad. – ¿Eliezer, qué tiene para decirnos el Ministerio de Seguridad?
– Poco, más allá de lo que ya sabíamos – contestó con admirable calma el ministro de Seguridad, a pesar de sentir todos los ojos del Gabinete clavados en él. – Los equipos forenses indican que la explosión fue provocada por una carga de alrededor de cincuenta kilogramos de explosivos de alta potencia de uso militar. Por el tipo de explosivo detectado, sabemos que es consistente con el empleado por la Vanguardia de la Paz.
– Y ya que la Vanguardia fue tan amable de atribuirse el atentado... – acotó el ministro de Industria, que pasó ignorado por un Pelletier más interesado en escuchar lo que le estaba informando el responsable de la seguridad planetaria.
– ¿Y qué están haciendo al respecto?
Eliezer Eitan hizo lo posible para no tragar saliva y mantenerse firme ante el porte cansado y molesto de Pelletier.
– Interpol está redoblando las investigaciones y hemos mandado oficiales de enlace con la Policía de Denver para supervisar su lado de la investigación... además...
– ¿Además qué, Eliezer? – inquirió Pelletier con una calma que podía ser peligrosamente engañosa.
Los ojos del ministro de Seguridad se desviaron de los de Pelletier, enfocándose en la mujer impecablemente vestida que estaba sentada del lado opuesto de la mesa.
– ¿Svetlana? – dijo Eitan a modo de tantear las aguas, sólo para ver en la expresión de Svetlana Gorbunova que en esas aguas abundaban las pirañas.
Aunque en ningún momento perdió la compostura o demostró enojo, la ministra de Defensa del GTU no apreciaba que su colega de Seguridad la hiciera pasar al frente de esa manera. Si bien Gorbunova mantenía un peso importante en el gabinete, su relación particular con el Primer Ministro había sido levemente resentida por la crisis de la ley marcial, lo que había inspirado a Gorbunova un sano deseo de conservar un perfil bajo hasta que terminaran de pasar los efectos de aquel masivo desastre.
Y gracias a Eitan, ella debía ahora hacer frente al Primer Ministro en aquella nueva crisis... con algo que de seguro no iba a ser del agrado de Marcel Pelletier.
– La Policía Militar Global está realizando su propia investigación, al margen de la que lleva a cabo Interpol y la policía regional – explicó Gorbunova, prosiguiendo aún cuando Pelletier frunciera el ceño a la sola mención de la palabra "militar". – El brigadier Aldershot ha despachado un equipo especial de investigación a Denver ayer por la tarde y me anunció que deberíamos estar esperando su primer reporte para mañana o pasado.
Pelletier no dijo nada al principio, prefiriendo mirar inquisitivamente a la responsable de la cartera de Defensa. Aquel desastre de la ley marcial había hecho que Pelletier congelara sus relaciones con los militares, al menos hasta que las aguas se aquietaran en ese frente, y si bien intelectualmente sabía que la agencia especial de seguridad que los ministerios de Eitan y Gorbunova controlaban conjuntamente tendría que intervenir en este incidente, todos sus instintos políticos entraron en alerta ante la confirmación.
Además, había razones adicionales para ser cautelosos en ese asunto.
– Debemos ser cuidadosos con publicitar demasiado las acciones de la PMG – dijo entonces Pelletier, dejando que un claro desprecio se colara en la siguiente parte de su frase. – No en balde el senador por Denver es Lynn Kyle.
– Concuerdo plenamente con usted, Primer Ministro – se defendió Gorbunova, que al menos había visto venir aquella parte del problema. – Es por eso que las órdenes que le di a Aldershot incluyen mantener la máxima discreción posible. Todos sus agentes en Denver tienen identificaciones de Interpol para que les sirvan como pantalla, entre otras medidas.
Pelletier miró satisfecho a la ministra de Defensa, notando que una vez más Gorbunova no se hallaba acompañada por el almirante Gloval. Hasta tanto se calmaran los ánimos en la Torre Norte luego del incidente de la ley marcial, Gorbunova había tenido el tacto político de recomendarle a Gloval que no se apareciera en el edificio a menos que su presencia fuera requerida... lo que de paso ayudaba a consolidar a la propia Svetlana Gorbunova como el enlace necesario entre el Primer Ministro y los uniformados.
– ¿Hay alguna otra intervención militar en el asunto? – inquirió Pelletier, y la ministra de Defensa sacudió la cabeza.
– No por el momento, señor. Al margen de las patrullas en las áreas desérticas de la región, por supuesto.
Pelletier asintió y guardó silencio mientras pensaba algunas cosas en la seguridad de su intimidad, fuera de las opiniones de sus ministros.
– Excelente – acotó Pelletier a modo de cierre, para después esbozar algo parecido a una sonrisa y concentrar su atención en la ministra de Medio Ambiente. – Pasemos a un segundo punto de la agenda de hoy. Mizuki, tengo entendido que hay novedades con la Iniciativa de Purificación Atmosférica.
– Así es, Primer Ministro – asintió vivamente la ministra Mizuki Fukudome al tiempo que abría algunas de las carpetas que había traído en sus portafolios. – Los equipos de evaluación han concluido las revisiones de las distintas propuestas y ya estamos en condiciones de publicar los resultados de las licitaciones.
Pelletier asintió y su sonrisa pareció casi genuina y de verdadera satisfacción. La Iniciativa de Purificación Atmosférica había sido uno de los programas que su administración heredó del gobierno provisional de Tommy Luan, y era motivo de íntima satisfacción para el Primer Ministro ver que había algo de su gestión que seguía su marcha en paz y sin contratiempos en medio de toda la locura que debía enfrentar.
La Iniciativa era un ambicioso (y tremendamente costoso) plan para limpiar y recuperar la atmósfera de la Tierra; el bombardeo de Dolza había lanzado a los aires innumerables toneladas de polvo, desechos tóxicos y partículas radioactivas que estaban provocando más efectos en el clima y el medio ambiente que los que Pelletier deseaba considerar.
Durante la mayor parte del año anterior, los reprocesadores atmosféricos que los equipos del doctor Lang habían desarrollado y producido ayudaron a purificar el aire del planeta y liberarlo de gran parte de los contaminantes provocados por la Lluvia de la Muerte, pero todavía quedaban numerosas partículas nocivas en las capas superiores de la atmósfera terrestre.
Allí era donde entraba en acción la siguiente etapa de la Iniciativa: los planes del Ministerio de Medio Ambiente preveían el despliegue de poderosos químicos en las capas más altas de la atmósfera para provocar lluvias torrenciales que precipitaran los contaminantes a la superficie terrestre, de preferencia en las regiones abandonadas tras el bombardeo. Con dicha medida, los organizadores de la Iniciativa esperaban disminuir sensiblemente la contaminación atmosférica a nivel mundial, ayudando así a estabilizar el clima y contribuir a la recuperación del ecosistema planetario.
Para esa etapa del plan, las Fuerzas de la Tierra Unida estaban trabajando en la preparación de varios aviones VC-27 Tunny para que sirvieran como transportadores y dispersores de los agentes químicos, mientras que la producción de las sustancias en sí había sido objeto de una compleja licitación entre numerosas industrias que esperaban ganar el contrato... y si lo que la ministra Fukudome decía era cierto, entonces ya estaba decidido quiénes serían los afortunados ganadores del contrato.
– Una vez que hayamos anunciado quiénes fueron los ganadores de los contratos de producción, la preparación en sí de los agentes químicos debería estar lista en cuatro o cinco semanas, al menos – concluyó Fukudome, alcanzándole al Primer Ministro una carpeta justo cuando éste iba derecho al grano.
– Supongo que está en condiciones de decirme quién ganó los contratos, ¿o no es verdad, Mizuki?
La ministra Fukudome sonrió y le fue difícil a los ministros del GTU no contagiarse de aquel destello de genuina alegría y travesura.
– Curiosamente, y ya que estuvimos hablando de esa región hasta no hace poco...
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La Infantería.
Los Pisahormigas.
Quizás la subespecie más despreciada de toda la fauna militar, y víctima de las burlas de todas las demás especialidades combatientes en las Fuerzas de la Tierra Unida.
Ya habían quedado en el pasado las viejas distinciones sociales que las separaban, pero los de la Caballería continuaban albergando un deportivo desprecio hacia los torpes y brutos soldados de a pie que dejaban atrás con sus tanques y blindados. Los artilleros se ufanaban del poder de fuego que tenían en sus dedos comparado con los fusiles y lanzacohetes de los infantes. Los pilotos de Destroid fanfarroneaban sobre su capacidad de pisar a los infantes. Los ingenieros se enorgullecían de poder construir puentes, caminos y pistas en apenas días, una habilidad que no tenían los brutos infantes. E incluso el personal de Comunicaciones hacía alarde de su manejo de las radios, radares y otros sofisticados equipos de guerra electrónica.
Y la cosa empeoraba fuera del Ejército.
Si la Armada albergaba una tradicional rivalidad con el Ejército, lo que la Infantería despertaba en los tripulantes de los buques y submarinos era clasificable como desdén. Idénticas emociones sentían los hombres y mujeres que tripulaban las orgullosas naves de las Fuerzas Espaciales, maravillas tecnológicas infinitamente superiores a un pobre soldado con fusil.
Y los pilotos de combate de cualquier rama, sea de la Fuerza Aérea, de la Armada o de las Fuerzas Espaciales, no solían distinguir entre un infante y las hormigas que aquellos eran acusados de pisar por deporte y trabajo.
Un pisahormigas era siempre un pisahormigas, sin importar si por aquellas cosas del servicio terminaba transfiriéndose a otra especialidad de combate.
Un pisahormigas podía ser burlado por cualquier otro miembro de las Fuerzas y los pisahormigas lo aceptaban, generalmente devolviendo las cortesías con sus propias bromas sobre el resto de las instituciones militares.
Pero nadie en su sano juicio, sea tanquista, artillero, ingeniero, piloto de Destroid, comunicante, tripulante naval, tripulante espacial o piloto de combate, osaba interponerse entre un pisahormigas embravecido y su objetivo, porque en combate cuerpo a cuerpo, en pura resistencia física, en un enfrentamiento entre un pisahormigas y cualquier otro militar desprovisto de las ventajas tecnológicas de su especialidad, el pisahormigas vencía inexorablemente.
Esa era una verdad reconocida por todos los militares, desde el Supremo Comandante hasta el más bisoño de los reclutas.
Y era una verdad que los pisahormigas sabían y conocían muy bien.
Y era por eso que nadie en la Base Aérea Nueva Macross, ni los pilotos de combate ni los mecánicos ni los administrativos, se atrevió a detener al capitán Daniel Shelby en su marcha inexorable hacia la sala de prevuelo del Escuadrón de Combate Aeroespacial 1 "Skull".
Ninguno se dejó confundir por el escudo cruzado por dos rayos que lo identificaba como integrante del Cuerpo Mechanizado del Ejército: si se movía como pisahormigas, si tenía el porte de un pisahormigas y si tenía la cara de un pisahormigas embravecido, entonces era un pisahormigas.
Si alguien pensó en parar por un segundo al oficial del Ejército que avanzaba furiosamente por los corredores de la Base Aérea, bastó con que vieran la determinación en sus ojos pardos para que quedara clara la ventaja de permanecer al margen y no ser visto por el recién llegado como un obstáculo.
Después de presentar sus credenciales en la entrada de la Base, el capitán Shelby se benefició de una caminata a paso vivo y sin interrupciones hacia su destino final, y abrió la puerta de la sala sin detenerse para pensarlo mejor o siquiera para tomar aire.
En la sala, dos docenas de atónitos pilotos de combate clavaban sus miradas en él como si fuera una especie de monstruo que se apareció sin previo aviso.
El líder de aquellos pilotos, un hombre joven y de revuelto cabello negro, no perdió tiempo en interrogar al oficial del Ejército, aunque en su voz se coló un tono de sorpresa que no dejaba de sonar ligeramente... exagerado.
– ¿Shelby?
Shelby no contestó a lo que le preguntaba Rick Hunter, porque a Daniel Shelby no le importaba en lo más mínimo: para él todos aquellos pilotos de combate no existían ni valían la pena ser tomados en cuenta.
Todos, a excepción de una de ellos, una joven que estaba vestida con traje de vuelo y dando una revisión final a un mapa al momento de aparecerse el oficial del Ejército.
Esa joven piloto de combate miraba al recién llegado con ojos agrandados por la sorpresa y que mostraban una pizca de miedo y remordimiento... junto con muchas otras cosas que, lo supiera o no, también estaban en la mirada del capitán Shelby.
– ¿Dan? – preguntó ella cuando pudo sacudirse el shock de la sorpresa, y él reaccionó como si fuera la primera vez que la veía en mucho tiempo.
Lo cual era verdad, en cierta manera.
– ¡Karin!
Shelby prácticamente corrió hasta donde estaba la teniente Birkeland y la tomó por los hombros con fuerza en cuanto la tuvo cerca, lo que sobresaltó a la joven y le metió un poco más de miedo en el alma, aunque su corazón palpitara como si se le fuera a escapar del cuerpo.
– ¿Estás bien?
– Por favor, no te vayas... – imploró Shelby, mirándola con ojos angustiados al tiempo que la sostenía.
A pesar de lo emocionada que estaba de tenerlo cerca –aún si la estaba agitando como si la estuviera despertando–, Karin no pudo dejar de sentirse extrañada por ese pedido tan extraño de Shelby, y así se lo hizo saber.
– ¿Eh?
– Sólo... sólo quédate aquí un rato, por favor – le pedía Shelby con desesperación creciente, al punto de quedarse casi sin hablar por unos segundos. – Tengo algo muy importante que decirte... después haz lo que quieras, pero lo único que te pido es que me escuches sólo un minuto... sólo eso te pido.
– E-está bien, Dan... – le contestó ella sin saber a qué venía todo eso y sintiendo que estaba a punto de estallar si él seguía tocándola. – Si quieres...
El oficial del Ejército inhaló con fuerza, llenando sus pulmones con todo el aliento necesario. Sus labios trataron de formar palabras más de una vez, pero para su desesperación ningún sonido salía de ellos. La desesperación de Shelby era casi palpable, y en sus ojos se veía la titánica lucha entre una voluntad que trataba de imponerse a sus miedos más formidables.
Y entonces, sin proponérselo, ella apoyó una mano en el brazo de Shelby, no para quitárselo de encima sino para darle aliento... no sabía por qué, pero tenía que hacerlo.
Galvanizado por aquel gesto tan amoroso como inesperado, el capitán Shelby miró profundamente en esos ojos grises que lo enloquecían y sus labios pronunciaron aquellas palabras que eran la verdad de su vida con una serenidad que él hubiera creído imposible.
– Te amo, Karin.
El mundo de la segunda teniente Karin Birkeland desapareció, quedando sólo el rostro tenso y profundamente sincero del hombre que estaba frente a ella, y las reacciones de sus camaradas de escuadrón quedaron completamente cubiertas por el eco de esas tres palabras que habían sacudido su realidad hasta tornarla irreconocible.
Debía ser un sueño... tenía que ser un sueño...
Ella se sacudió y él lo sintió. No fue un leve temblor sino un escalofrío en toda regla, una reacción incontrolable desde la cabeza a los pies, seguida por una mirada de sorpresa infinita y una boca abierta por el estupor... y al cabo de un segundo eterno de sorpresa en el que el Universo entero parecía haberse congelado a su alrededor, ella respondió con tanta dificultad como la que él había tenido para hacer su declaración.
– ¡¿Qué dijiste?!
– Te amo, Karin... – continuó él sin dejar de mirarla, y el temor anterior se convirtió en determinación inquebrantable mientras seguía mirando a los ojos a la mujer que se había adueñado de su corazón. – Te amo como no te imaginas... te amo de arriba a abajo y el doble los fines de semana...
Una vez más ella se estremeció, pero esta vez en sus labios apareció una incipiente y profundamente emocionada sonrisa... una sonrisa que se contagió a sus ojos que ya aparecían humedecidos por las primeras lágrimas, ya sin que ella pudiera contener ni por un segundo más el torrente de emociones que se había desbocado en su interior.
Ella no sabía cómo podía ser que no se hubiera caído, si sus rodillas se sentían como si fueran un flan.
– Dan... – dijo ella como en una invocación, mientras él seguía abriendo su corazón al tiempo que su mano derecha la tomaba por la mejilla y la acariciaba.
– Amo tu sonrisa, amo tus bromas, amo tu cabello, amo esos ojos preciosos que tienes, amo tu figura, amo tu voz... hasta te amo cuando te burlas del Ejército... es más, te amo más cuando te burlas del Ejército...
De pronto, Shelby se detuvo y volvió a juntar aire, pero esta vez el miedo volvió a imponerse en su expresión... un miedo que se hacía más notorio conforme él más se esforzara por disimularlo bajo una forzada impasibilidad.
– Sólo sé que te amo y que te adoro y que haría lo que fuera para estar contigo... no sé lo que piensas sobre eso y lo que sea que pienses, lo respetaré... si quieres irte lejos de aquí, no tendrás ningún problema de parte mía, pero quería que lo supieras antes de irte...
Después, sin desviar la mirada de los ojos de ella e ignorando lo que ocurría por fuera del mundo que ellos dos habitaban, Daniel Shelby repitió la única verdad que le importaba en todo el Universo.
– Te amo, Karin Birkeland... te amo con toda mi alma...
Las palabras se agolpaban en los labios resecos de Karin, pero sus propios sentimientos conspiraban contra ella, haciéndole imposible revelar lo que su corazón había guardado durante tanto tiempo... y su desesperación crecía a la par de la infinita alegría que la inundaba al volver a escuchar en su mente el eco de esas palabras maravillosas y sencillas a la vez...
– Dan... – comenzó a decir Karin, y la joven sintió que las fuerzas la abandonaban junto con su aliento. – Yo...
– Lo que sea, lo voy a aceptar... – la interrumpió un Shelby que parecía no haberse apercibido de ella. – Si no quieres que te moleste más, sólo dilo.
Y entonces, casi por arte de magia, las palabras que tanto le costaban decir salieron de los labios de Karin Birkeland con la sencillez de la verdad.
– Dan, te amo.
Pero, asombro de asombros, esas tres palabras pasaron inadvertidas para Shelby, que estaba demasiado consumido por los nervios como para darse cuenta de que su mundo también acababa de cambiar irrevocablemente.
– Sólo dilo y me iré... hasta me iré de la ciudad si quieres...
– Dan, te amo – insistió ella con un poco más de énfasis, sin lograr mejores resultados.
– No quiero molestarte ni hacerte sufrir, o---
La cantinela de Shelby se desbarrancó por completo, por obra y gracia de un grito tan femenino como enérgico.
– ¡DAN!
– ¿Sí? – preguntó Shelby no sin algo de susto, porque no se esperaba que ella llamara su atención con tanta brusquedad.
– Te amo.
Shelby se quedó congelado por un instante, como si lo que acababa de escuchar no le hubiera parecido del todo real. Una rara y bastante graciosa mueca de confusión le afeó el rostro, y a pesar de su propio y convulsionado estado de ánimo Karin hizo todo lo humanamente posible para no romper en carcajadas cuando Shelby murmuró una palabra por el costado de su boca.
– ¿Qué?
– Te amo, Dan... – repitió ella con la voz quebrada por la emoción y las lágrimas surcando sus mejillas. – ¡Te amo!
– Wow... – exclamó Shelby en cuanto el efecto se desvaneció lo suficiente como para permitirle reaccionar. – ¿E-en serio?
Ella entrecerró los ojos y su mirada fue peligrosa sólo por un escaso segundo.
– ¿Tengo cara de estar bromeando?
– No... estás con esa cara de... la que tienes cuando vas a---
Karin atrapó los labios de Shelby en un beso antes de que él pudiera terminar la frase.
Al mismo tiempo, la pequeña teniente se abalanzó sobre el corpulento oficial del Ejército, rodeándolo con un abrazo tan enérgico que incluso el propio Shelby, que ya estaba bastante atontado por el beso, trastabilló hacia atrás y se sintió estrujado, pero eso no lo hizo ignorar la cosa absolutamente maravillosa que ocurría en su mundo.
Ese beso era tan parecido y tan distante a aquel otro beso de esa noche triste que desaparecía de su memoria... tenía el mismo sabor dulce y enloquecedor, pero en donde antes había duda y arrepentimiento ahora había amor y entrega... y el capitán del Ejército se encontró preguntándose en un rincón extrañamente racional de su mente cómo era posible que una chica tan pequeña y menuda como Karin tuviera tanta energía.
Pero no era el momento de pensar sino de reaccionar, y Dan Shelby reaccionó.
Sus propios brazos se movieron sin que él lo pensara, atrapando la figura de la joven en un abrazo tan potente como el que ella le daba a él, y después de dejarla disfrutar de la momentánea victoria de su beso, él le devolvió el favor con creces, explorando sin reservas aquella boca que se le hacía como la tierra prometida.
E incluso, para infinito placer y alegría suya, Shelby sintió que ella se desmoronaba en sus brazos al sonido de un ahogado murmullo de placer.
Pero los murmullos de placer y de amor de los dos jóvenes no eran los únicos sonidos que se escuchaban en esa sala de prevuelo, porque todavía había numerosos pilotos de combate que habían oficiado de convidados de piedra de aquellas estruendosas declaraciones de amor.
Todo el Escuadrón Skull –con la clara excepción de la piloto que estaba en brazos del ex-pisahormigas– reaccionó con una exclamación más que elocuente, y la combinación de los agudos alcanzados por las mujeres y los falsetes de los hombres le dio un carácter musical.
– ¡AWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWW!
– ¡Shhhhhhhhhhhhhhhh! – ordenó con energía el comandante Rick Hunter a sus subordinados, callándolos al instante por osar perturbar un momento que no les pertenecía.
– Lo siento, señor – respondió el teniente Lewartowski en nombre de todo el Escuadrón, y para su sorpresa Rick notó que el bufón del Skull estaba genuinamente sonrojado.
Satisfecho, el comandante Hunter volvió a ver a los dos tortolitos, sintiéndose extrañamente orgulloso de su pequeña parte en aquel asunto cuando vio las sonrisas dibujadas en los rostros de Karin Birkeland y Dan Shelby. En un rapto de honestidad personal, Rick Hunter admitió para sí que tal vez fuera necesario reconocer de una vez por todas que él era un romántico incurable a pesar de todo... y se encontró preguntándose cómo reaccionaría Lisa si él llegaba a decirle una cosa como esa.
Tal vez ella aprovechara para quemarlo en el fuego de su amor, y...
Al tiempo que el comandante Hunter se estremecía de sólo pensar en lo que Lisa Hayes podía hacerle, Karin y Shelby se veían forzados a dejar de besarse a pesar de su anhelo de seguir allí para siempre. Casi de manera bromista, los dos fueron separándose de a poco, reincidiendo en pequeños besos que se robaban mutuamente hasta que finalmente hubo una distancia más o menos segura entre sus labios... pero las miradas que se daban los dos eran más claras y reveladoras que cualquier beso.
– Lamento no habértelo dicho antes... – dijo Shelby con algo de culpa, acariciando la mejilla de Karin y recibiendo un beso en la palma de su mano como recompensa. – Van a ser unas semanas muy largas hasta que vuelvas...
De pronto, Karin dejó de besar y miró con total extrañeza a Shelby. Antes de que el oficial del Ejército replicara algo, la piloto de combate decidió sacarse las dudas de una vez por todas antes de que la rareza de todo eso agriara el momento más feliz de su vida.
– ¿Volver de donde?
– De tu misión.
– ¿De qué estás hablando? – preguntó Karin ya sin entender qué estaba ocurriendo allí, y la misma confusión se hizo patente en el rostro y la voz de Dan Shelby.
– ¿Pero es que no te vas a Nueva Bogotá?
– ¿Irme, yo? – contestó incrédula la joven, esbozando una sonrisa aún más incrédula. – ¿De donde sacaste eso?
Shelby la miró de arriba a abajo, cuidando de no parecer lascivo... o al menos, no demasiado lascivo, y después señaló la vestimenta de Karin como si fuera prueba suficiente y evidente de por sí.
– Si estás con el traje de vuelo...
Ella rió con ganas; si bien Shelby hubiera reaccionado mal a algo como eso, estaba demasiado enamorado de aquella chica como para molestarse por la risa.
– Porque tengo mi patrullaje en media hora... – explicó Karin al confundido oficial del Ejército, además de plantarle un rápido beso en los labios sólo porque sí. – Yo no me voy a Nueva Bogotá.
– Pero Rick... – trató de decir Shelby antes de resolver que quizás obtendría respuestas más claras del hombre que lo había metido en esa situación tan embarazosa. – Comandante, tú me dijiste...
Para ese momento Rick ya estaba recuperado de sus quince segundos de fantasía diurna, y le contestó a su amigo del Ejército con soltura, desparpajo y un desentendido encogimiento de hombros.
– Yo nunca te dije que ella se iba a ir a Nueva Bogotá.
Shelby abrió grandes los ojos y la boca; tan confundido estaba que ni se percató de que Karin aprovechaba la ocasión para besarle la mejilla.
– ¡¿Qué?!
– Sólo te dije que algunos de mis muchachos iban a ir allá para la misión – contestó inocentemente el comandante Rick Hunter, y varios de sus pilotos corroboraron silenciosamente la historia. – Iba a comentarte que estábamos armando una lista de cosas que les íbamos a dar a los chicos para que nos trajeran de Colombia y te iba a preguntar si querías algo en particular... café, algún souvenir...
La sonrisa de Hunter se extendió de oreja a oreja conforme la estupefacción (y al mismo tiempo, la comprensión) se adueñaban de Dan Shelby.
– Yo nunca dije que Karin se iba a ir – remató finalmente Rick, colocándose las manos en los bolsillos de su uniforme como si nada.
– ¡¿No?! – quiso confirmar Shelby. – Pero---
En ese momento, el capitán Shelby sintió que un par de manos lo hacían girar noventa grados, pero antes de que pudiera reaccionar efectivamente, se encontró con un rostro pequeño y ovalado frente a él, con largo cabello rubio atado en una cola de caballo y un par de intensos y muy brillantes ojos grises que lo miraban con amor y algo más... potente.
– ¡Ah, diablos, cállate y ven conmigo!
Una vez más Shelby se vio arrastrado al beso que Karin le infligía, y una vez más el recio oficial del Ejército de la Tierra Unida se encontró a merced de una joven que fácilmente podía tener la mitad de su tamaño, sin que eso afectara demasiado su hombría y orgullo personal.
Además, ella sabía tan bien... y él se sentía tan bien...
Él la abrazó con más fuerza, estrechándola contra su pecho, y por un segundo los pies de Karin Birkeland dejaron de tocar el frío suelo de la Base Aérea Nueva Macross.
Mientras su subordinada se deshacía en besos y abrazos con un oficial del Ejército – ¡un infame ex-pisahormigas, para peor! –, el comandante Rick Hunter aprovechaba para revisar en su mente los planes operativos del Escuadrón Skull. Era claro que había que hacer algunos cambios... no podía estar seguro de que todos los miembros de la patrulla estuvieran en condiciones de prestar toda la atención posible a sus instrumentos y al pilotaje.
Claro, la seguridad venía primero, y Rick Hunter prefería pasar encerrado un año con Lynn Kyle antes que permitir que uno de sus pilotos se sentara en la cabina de un caza Veritech VF-1 Valkyrie sin estar ciento por ciento concentrado y compenetrado en el vuelo.
Había que tomar una decisión y Rick Hunter la tomó rápidamente.
– ¡Teniente Scheffer! – ordenó el comandante Hunter, y al instante una muchacha delgada de corto cabello castaño se colocó frente a él en posición de firme.
– ¡Señor!
Rick se inclinó al costado para ver por un instante la escena que la tercera teniente Maike Scheffer le bloqueaba sin querer, y entonces el Líder Skull sonrió.
– En vista de que se le ha hecho... imposible... a la teniente Birkeland participar de esta misión de patrullaje, le informo que usted la relevará – anunció Rick, sobresaltando a la joven piloto de combate.
– ¿Señor?
Rick arqueó una ceja e hizo su mejor actuación en la categoría "Lisa Hayes no admite réplica alguna a sus órdenes".
– ¿Algún problema, teniente?
La teniente Scheffer miró hacia atrás, a donde estaba su amiga y camarada de escuadrón todavía a los besos con el capitán del Ejército, y entonces le devolvió a su líder de escuadrón una sonrisa cómplice.
– Ningún problema, señor.
– Así podrá acumular más horas de vuelo – agregó Rick como si esa fuera una razón más y no una excusa inventada sobre la marcha.
– Gracias, señor.
De pronto, la atención de Rick Hunter se enfocó en Karin, que aparentemente había terminado aquella nueva ronda de besos y se había plantado frente a él en una posición de firmes. La chica estaba completamente agitada y su cabello estaba ligeramente revuelto; sus ojos estaban abiertos enormes y su boca juntaba el aliento tan necesario para seguir adelante... y a metro y medio detrás de ella, el capitán Shelby se quedaba con la mirada perdida y con aún menos aliento que la propia Karin.
– ¡Comandante! – exclamó Karin, y Rick contestó con pura y absoluta inocencia.
– ¿Sí, teniente Birkeland?
La piloto trató de decir algo primero y cuando no pudo hacerlo miró hacia atrás, hacia el hombre del que estaba perdidamente enamorada... y entonces pudo decirle al comandante Hunter lo que necesitaba dejar en claro.
– Solicito... le pido por favor que me releve del vuelo de patrullaje de hoy.
Tan fuerte fue el impulso de sonreír que Rick tuvo que morderse el labio por dentro para contenerse.
– ¿Por qué?
Nunca como en aquel momento el rostro de Karin se vio más sonrojado ni ella apareció más pequeña y menuda... y la voz de la joven fue casi inaudible cuando le dio la explicación al Líder Skull.
– Surgió una--- una situación imprevista, señor.
– Ya está hecho, teniente – le aseguró Rick, pero no contaba con que ahora Karin era la que ignoraba lo que decían los demás.
– Lamento mucho no poder, pero no creo que pueda ser de utilidad en mi condición...
– Le dije que ya está relevada, teniente – repitió Rick, sacudiendo ligeramente a Karin para llamar la atención de la muchacha. – Maike tomará su lugar.
– ¿En serio?
– ¿No me escuchó, teniente Birkeland? – devolvió el comandante Hunter, esta vez sin poder reprimir la sonrisa enorme y bromista que sus labios querían formar. – ¿Donde tiene la cabeza esta mañana? Pareciera que está enamorada o algo así...
Una sonrisa leve y tímida asomó en el rostro de Karin y la muchacha miró sobre su hombro hacia el oficial del Ejército, y éste le devolvió la sonrisa enorme de un hombre totalmente enamorado.
– Algo así, señor... supongo que sí... – debió reconocer Karin para después mirar a su amiga y ocasional salvadora. – Gracias, Maike.
– Me lo debes, Karin – le contestó Scheffer guiñándole un ojo y después lanzándole una advertencia fingida. – Pero te lo cobro otra vez.
Karin estuvo a punto de contestar algo pero calló cuando sintió el brazo de Shelby rodeándola por detrás para poder acercarla a él, y ella se dejó sin oponer resistencia... e incluso apoyó su cabeza en el hombro bien dispuesto de su amor, al punto de cerrar los ojos y dejarse llevar por las sensaciones del momento.
Maike Scheffer volvió a sonreír y no insistió con la conversación. Por su parte, el comandante Hunter hizo una clara evaluación de la situación táctica en el campo de batalla, específicamente de la manera en que una de sus pilotos se dejaba abrazar por el intruso del Ejército, y rápidamente tomó una decisión de comando que involucraría al resto de los efectivos bajo su mando.
– ¡Escuadrón Skull!
– ¡Señor! – contestaron a coro todos los demás presentes que no eran ni Dan Shelby ni Karin Birkeland.
– ¿No tienen nada mejor que hacer?
Nadie del Escuadrón pareció entender la instrucción, haciendo que Rick se viera obligado de mala gana a aclararse hasta que no quedara ni la menor posibilidad de duda.
– Los que tengan algo que hacer, vayan a hacerlo; los que no, búsquense algo útil para hacer – ordenó tajantemente el comandante Rick Hunter. – De cualquier manera, quiero esta sala vacía en quince segundos. ¡A la carrera!
Los pilotos del Escuadrón Skull eran profesionales, y ninguno hubiera osado en desobedecer una orden tan clara y directa como aquella. Las únicas demoras se produjeron cuando los pilotos que todavía tenían que prepararse para poder ir a la pista se apuraron en terminar con los aprestos, pero de cualquier manera, al cabo de tres minutos sólo quedaban en aquella sala de prevuelo el capitán Daniel Shelby, la segunda teniente Karin Birkeland y el comandante Rick Hunter.
Ninguno dijo nada, ni había nada especialmente difícil o importante para decir. La mirada azul y orgullosa de Rick Hunter iba de Dan a Karin y de Karin a Dan, y éstos últimos le devolvían en su expresión al Líder Skull una gratitud que no conocía límites... y que Shelby apenas pudo poner en palabras cortas y claras quince o veinte segundos después.
– Gracias, Rick.
El comandante Hunter no contestó. Sencillamente dio media vuelta y empezó a caminar para irse de allí. Rick continuó caminando hacia la puerta, ignorando a los dos amigos que acababan de descubrir de una vez por todas el vínculo profundo que los unía, tanto para no molestarlos como para que ellos no notaran la gigantesca sonrisa que tenía el Líder Skull.
Antes de desaparecer de la sala y cerrar la puerta tras de sí, Rick Hunter sonrió y le guiñó el ojo a su amigo y a su subordinada.
La puerta se cerró y la sala de prevuelo se sintió enorme y cavernosa para los dos jóvenes... pero no se sintió solitaria.
Ya nada sería solitario en las vidas de aquellos muchachos, menos aún mientras estuvieran completamente entregados en los brazos del otro y mirándose no ya a los ojos, sino a sus propias almas.
– Wow... – suspiró Shelby en un esfuerzo por ponerle humor a la situación antes de verse obligado a besar otra vez a Karin. – Hunter sí que me asustó...
– Eres un tonto – lo reprendió Karin con tono bromista que súbitamente se tornó serio a más no poder. – ¿Me perdonas?
– ¿Por qué?
– Por lo del otro día... por haberte... por hacer lo que hice.
Su voz se quebró en un sollozo y tuvo que parar por un segundo para recomponerse. Después, haciendo acopio de todas sus energías, Karin se obligó a mirar a los ojos a Shelby y a seguir tratando de explicar aquel momento de tristeza que todavía la hacía sentir culpable... un momento que debía aclarar ante él para que no volviera a envenenar lo que estaba naciendo entre los dos.
– Estaba---
Un dedo se posó suavemente en los labios de Karin, silenciándola y acariciándola a la vez, mientras que otro dedo enjugaba las lágrimas que insistían en escapar de sus ojos... y nunca como en ese momento deseó Karin pasar la eternidad en el abrazo de aquel hombre, sobre todo cuando escuchó su voz baja y cargada de cariño.
– No tienes que explicármelo, amor...
– ¿Qué?
Él sonrió con genuina travesura, y su sonrisa pareció dibujarse en sus ojos pardos.
– Si quieres, me lo explicas después... ahora, sólo te pido una cosa.
– ¿Qué cosa? – quiso saber ella, y Shelby sonrió antes de besarla tiernamente en la punta de la nariz.
– Bésame de vuelta que se siente lindo.
El capitán Daniel Shelby, oficial condecorado por valor en combate, se sintió encandilar por esa enorme y emocionada sonrisa, así como por el brillo urgente de los ojos de Karin, y su pulso se aceleró cuando la sintió acercarse más y más a él, cuando sintió su cuerpo pequeño apretándose contra el suyo al punto de poder sentir su figura incluso con el traje de vuelo y su propio uniforme interponiéndose entre los dos.
Era un sueño hecho realidad... su propio sueño... y el de ella también.
En cuanto a la segunda teniente Karin Birkeland, no hubo ningún inconveniente en cumplir con el pedido del oficial del Ejército... más aún ahora que tenían la sala de prevuelo sólo para ellos dos, y nada más que hacer por un buen rato.
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Viernes 31 de agosto de 2012
La sesión de aquel mediodía en el Senado de la Tierra Unida transcurría sin demasiados sobresaltos, y los legisladores que se habían hecho presentes en el recinto continuaban participando del debate y de la sesión sin mucho entusiasmo; más de uno aprovechaba alguna pausa o la ausencia de cámaras del Canal Senatorial para echarle un vistazo a su reloj, luego de lo cual solían venir muecas de desesperación por el tiempo que llevaba esa reunión.
El temario de la sesión había sido espectacularmente anodino: las usuales cuestiones de procedimiento, media docena de proyectos que buscaban declarar "de interés del Senado" cosas que iban desde el proyecto para celebrar el Mundial de Fútbol de 2014 hasta el ciclo de conciertos de la Filarmónica de Nueva Berlín, una propuesta para un fondo especial de incentivo a la agricultura en la Región de Asia Meridional, otro proyecto sobre la reorganización del Sistema Bancario Central de la Tierra Unida y algunas otras medidas de escasa repercusión en el público.
Mientras los ujieres del Senado iban y venían con tazas de café y otras bebidas pedidas por los senadores, y el senador por Vancouver terminaba con su alocución final en defensa del proyecto de impuesto a la compraventa intercontinental de alimentos, el senador Draza Varankovic miraba uno a uno a los demás miembros de su bancada, como si estuviera intercambiando con ellos alguna señal desconocida para el resto de los senadores de la Tierra Unida.
Después de ese extraño chequeo y una vez finalizado el discurso del senador canadiense, Varankovic ajustó su micrófono y se dirigió al presidente del Senado con el tono formal y preciso que exigía el protocolo de la Cámara.
– Pido la palabra, señor Presidente.
Un tanto sorprendido por aquel pedido de Varankovic, que no se había anotado en la lista de oradores de la sesión, el presidente Burckhardt frunció el ceño y lo pensó sólo por dos minutos antes de contestar al pedido del senador opositor.
– Tiene la palabra el senador por Nueva Belgrado.
– Gracias, señor Presidente – contestó Varankovic con una sonrisa y un asentimiento, para entonces romper el protocolo de la cámara y hablar directamente a sus colegas. – Señores senadores, les pido disculpas por esta irregularidad, pero debo pedirles que me tengan paciencia ya que se trata de un asunto de suma urgencia.
Como era de esperarse, estalló el cuchicheo entre los demás miembros del Senado de la Tierra Unida. Algunos, los más veteranos y tradicionalistas, miraban con malos ojos esa ruptura protocolar que había cometido Varankovic, mientras los demás senadores, especialmente aquellos que preferían ocuparse de las cosas concretas y no del puntilloso protocolo senatorial, se preguntaban unos a otros si tenían idea de qué podía ser ese "asunto de suma urgencia" que mencionara el senador serbio.
Como ninguno de los senadores podía contestar ese pedido, no tardó mucho en hacerse el silencio en el recinto de sesiones, al tiempo que todos los senadores de la Tierra Unida escuchaban con absoluta atención a Draza Varankovic y a lo que estaba diciendo en su sorpresivo discurso.
– Nadie puede negar que las pasadas semanas han sido críticas para el Gobierno de la Tierra Unida. Y nadie puede negar que la acción del Gobierno, aunque necesaria en muchos casos, ha sido poco eficaz para contener la crisis. En muchos casos, hasta ha agravado los problemas que debió enfrentar, con consecuencias desastrosas y de público conocimiento.
Varias miradas asesinas se clavaron en Varankovic, principalmente de parte de los senadores alineados con el Gobierno, pero el potencial de incidentes entre oficialistas y opositores fue afortunadamente insuficiente como para provocar la batahóla que aquellas palabras hubieran desatado en otras condiciones. Si era a causa del interés que todos tenían en lo que estaba diciendo el "líder más serio de la Oposición" o porque todos estaban demasiado cansados y hartos tras la sesión, no importaba en lo más mínimo.
Sin detenerse por un segundo, Varankovic acusó recibo de las miradas que recibía de la bancada oficialista, y sonrió antes de realizar su siguiente movimiento.
– A pesar de nuestras diferencias políticas e ideológicas, siempre he apreciado y respetado al Primer Ministro, y lo considero como un hombre de honor e integridad – proclamó el senador Varankovic con tanta sinceridad aparente que sólo el más cínico la hubiera reconocido por la actuación que era... y el Senado estaba lleno de cínicos. – Sin embargo, mi deber me obliga a preguntarme si realmente, a la luz de los acontecimientos, está en condiciones de afrontar las múltiples exigencias de conducir al Gobierno de la Tierra Unida en esta dura etapa de la Historia.
Las miradas reprobatorias se convirtieron en murmullos cada vez más audibles, y varios de los senadores oficialistas trataron de ponerse de pie para ensayar sus propias rupturas del protocolo y contestar directamente a Varankovic, pero fueron llamados rápidamente al orden por los mazazos del presidente Burckhardt y la reacción moderadora de sus compañeros de bancada más tranquilos.
Compaginando de manera magistral sus emociones aparentes con el ambiente que se vivía, el senador Varankovic cerró los ojos, meneó levemente la cabeza y calló un segundo antes de retomar su discurso con voz sentida, como si quisiera mostrarle a todos los que estaban allí que lo que iba a proponer era algo que atentaba contra todas sus convicciones, pero que era necesario.
– No es algo agradable para mí plantear esto ante ustedes, mis estimados colegas, pero menos agradable es dejar que la situación continúe con su curso.
Varankovic calló por un instante, como si estuviera sintiendo sobre sí el peso de todas esas miradas reprobatorias e inquietas, provocándole dolor en todo su ser... y esa era precisamente la idea que el senador opositor quería dejar en la impresión de todos los presentes en la sesión.
No hubo necesidad de fingir el dolor: el debate en la bancada de Varankovic respecto del "plan" había sido agrio y extremadamente violento. Ese dolor todavía era patente y fuerte para el senador por Nueva Belgrado, y le bastó sólo con recordarlo para que su expresión lo manifestara con habilidad al momento de lanzar ante un Senado desprevenido la carta política más brutal que alguna vez hubiera puesto en juego.
– Por lo tanto, propongo que este Senado manifieste a la brevedad posible si la actual administración de la Tierra Unida sigue gozando de su confianza para conducir los asuntos públicos.
Sólo por un segundo el recinto del Senado quedó congelado en un silencio palpable, y nada se movía ni parecía reaccionar.
Pero sólo duró un segundo efímero.
Y allí estalló el caos que había estado ausente durante casi toda la sesión; los senadores oficialistas más iracundos empezaron a proferir epítetos y los más moderados se sumaban con críticas propias, todas dirigidas contra un Draza Varankovic que permanecía sentado y estoico cual Gandhi frente a la infantería británica. Los flashes de cientos de cámaras fotográficas enceguecían a todos los que estaban en el recinto, y las voces excitadas de los corresponsales televisivos y de los otros medios de comunicación se escuchaban como parte del ruido de fondo
Ni los llamados al orden de Burckhardt ni el tronar repetido y ensordecedor de la maza ceremonial del Presidente del Senado lograba tranquilizar las aguas de la Cámara.
Los senadores opositores, por otro lado, se abalanzaban sobre la puerta que Varankovic había dejado abierta con su propuesta, atropellándose unos a otros para demostrar su apoyo a la imprevista moción de censura.
– Secundo la moción, señor Presidente – dijo el senador por Texas, aunque se vio opacado por el grito vehemente del senador por Vladivostok.
– ¡Secundo la moción, señor Presidente!
En su banca, el senador Lynn Kyle estaba callado y pasmado por el frenesí que se había desatado en la cámara, a tal punto que el sonido de una llamada entrante en su teléfono celular lo sacudió perceptiblemente. Kyle atendió el teléfono, tratando de disimular su sobresalto, y entonces escuchó a través del aparato la voz de Sean Brent silbándole una orden en tono odioso.
– ¡Vota!
Kyle hizo una mueca de disgusto que nadie notó, ocupados como estaban todos los senadores en bramar sobre la propuesta de Varankovic, pero al cabo de un rato, todos los ojos de la Cámara se clavaron en él cuando anunció a voz en cuello, poniéndose de pie incluso, su opinión sobre la propuesta.
– ¡Secundo la moción, señor Presidente!
Los quince segundos de atención de Kyle duraron poco, ya que para algarabía de los opositores y consternación de los oficialistas, pero para igual sorpresa de todos los presentes y de los que seguían la sesión por los medios, la figura maciza del senador por Voronezh se levantó de su escaño y proclamó con voz tronante:
– ¡Señor Presidente, secundo la moción! – bramó Mikhail Grushin, seguido luego por varios de los demás miembros rusos del Senado.
Por primera vez en mucho tiempo, el porte impasible del presidente Burckhardt se resquebrajó, y la expresión del presidente del Senado de la Tierra Unida fue de incredulidad absoluta al tiempo que se le escapaba una sola palabra en tono de maldición:
– ¡¿Grushin?!
Sin darse por aludido, el senador Grushin volvía a sentarse en su banca mientras varios de sus demás colegas del bloque ruso manifestaban su apoyo a la propuesta de una moción de censura; el resto sólo permanecía en silencio y desviando la mirada. Los gritos de los oficialistas, acusando a Grushin de traición, se confundían con las manifestaciones de aliento de los opositores a la administración, y fue sólo tras repetidos, insistentes y poderosos golpes de la maza ceremonial que algo parecido al orden volvió al campo de batalla que se hacía llamar "recinto de sesiones del Senado de la Tierra Unida".
Una vez tranquilizado el ambiente, el presidente Burckhardt instruyó al secretario de la Cámara para que contabilizara efectivamente los sufragios, algo que no tomó más de unos pocos minutos de cuidadoso y observado trabajo.
Terminada su labor, el secretario escribió los resultados en una hoja de papel que rápidamente dejó en el estrado del presidente Burckhard. Éste se acomodó los anteojos y leyó los resultados en silencio y para sí mismo, sin más expresión visible que una mueca incalificable.
Finalmente, cuando la tensión estaba a punto de destrozar el silencio del recinto y transformarlo en una nueva batalla campal, Hans Burckhardt carraspeó la garganta y acercó el micrófono a su boca para proclamar al Senado los resultados de aquella extraña, inesperada y cataclísmica vocación.
– Tenemos treinta y dos respaldos a la moción presentada por el senador por Nueva Belgrado – leyó Burckhardt haciendo caso omiso de las protestas y gestos de los senadores más vehementes. – De acuerdo al Reglamento de Procedimientos, la moción quedará incluida en el temario del Senado, a ser considerada por la Cámara en fecha a determinarse posteriormente.
La matemática legislativa era inapelable: treinta y dos senadores eran apenas dos más de los necesarios para forzar la inclusión de una moción extraordinaria en el temario de futuras sesiones, y no alcanzaba ni por asomo a la mayoría necesaria para debatir el tema allí mismo. Y eso era algo que todos aceptaban, oficialistas y opositores por igual, pero con distintas emociones.
Aquellos que se habían ilusionado con forzar allí mismo el debate para censurar a Pelletier dejaron escapar lamentos en voz baja; los oficialistas, por otro lado, mantuvieron sus sonrisas y sus expresiones orgullosas mientras por dentro suspiraban aliviados. El resto, en tanto, miraba confundido el insólito espectáculo, preguntándose qué diablos iría a ocurrir a partir de ese momento.
Los celulares de todos los senadores rugieron con llamadas que iban y venían.
Y mientras tanto, en la oficina desde donde había seguido la sesión por televisión, Sean Brent sonreía con la íntima satisfacción de saber que algo grande acababa de ponerse en movimiento.
El asesor político apagó el televisor justo en el momento en que las cámaras de la MBS enfocaban el rostro confundido y atónito del senador Lynn Kyle.
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Al margen de toda la locura política que ya se hacía sentir en el SDF-1, el almirante Henry Gloval tenía otras cosas de las que preocuparse. Cosas serias y grandes, que sin embargo pasaban inadvertidas ante la gran lupa de la opinión pública.
Los atentados de la Vanguardia de la Paz, si bien brutales y permanentes, habían anestesiado a buena parte del público respecto de la violencia política que continuaba azotando al continente. Pero eso no quería decir que Gloval y el resto del mando militar, así como los burócratas de los ministerios de Seguridad y Defensa, pudieran darse ese lujo, y era por eso que cada nuevo atentado terrorista era estudiado cuidadosamente por todas las agencias involucradas, con la esperanza de encontrar algo que les permitiera dar un golpe devastador a los terroristas.
Y quizás aquel incidente detallado en el reporte que el almirante Gloval leía con tanta atención en la soledad de su oficina personal proveyera alguna clave al respecto.
"ATENTADO TERRORISTA DESTRUYE INSTALACIÓN INDUSTRIAL DE LA CORPORACIÓN MERIDIAN – 30 MUERTOS", rezaba el título de un artículo periodístico sobre el tema, tomado de uno de los diarios de la ciudad de Denver.
El almirante frunció el ceño y le dio una pitada más a su pipa, poniendo su mente en claro.
El artículo periodístico no revelaba demasiado a excepción de los hechos: que la Vanguardia de la Paz se había hecho responsable por la destrucción de una instalación perteneciente a la Corporación Meridian, emplazada en el medio del desierto. La bomba había destrozado por completo el lugar, matando a todos los operarios del turno nocturno de la instalación, que pertenecían a un programa de inclusión de los Zentraedi en la fuerza laboral de la región de Denver.
Era la primera vez que la Vanguardia atacaba objetivos que no fueran militares o gubernamentales, y era la primera vez que había víctimas Zentraedi...
Todo parecía indicar a la Vanguardia de la Paz, pero había demasiadas cosas extrañas en todo ese asunto... demasiados gatos encerrados que quizás se le hubieran escapado a la opinión pública y a los interesados locales, pero no a las personas que estaban manejando la respuesta gubernamental a la campaña terrorista.
Desde el primer momento, semejante incidente y sus peculiaridades asociadas habían atraído la atención del GTU, y las órdenes de la ministra Gorbunova y del ministro Eitan –quienes le aseguraron a Gloval que contaban con el respaldo del Primer Ministro– eran explícitas: la Policía Militar Global debía hacerse cargo de la investigación.
El almirante no había perdido tiempo y había avisado al brigadier Aldershot sobre la misión, y éste le prometió poner a cargo de la tarea a uno de sus mejores oficiales, junto con otras promesas y garantías que Gloval esperaba con ansias que se pudieran cumplir. Pero a pesar de las órdenes, Gloval no se sentía del todo cómodo dejando este asunto en manos del brigadier Aldershot y sus mastines... necesitaba tener sus propios ojos y oídos en el terreno, investigando a la par de ellos y reportándole directamente a él.
¿Cuándo había pasado todo eso?, se preguntó Gloval. Él era un militar, un capitán nato, hecho y derecho, cuya vida era el comandar un buque o una nave espacial y cumplir su deber, pero ahora se le pedía que condujera los destinos de millones de hombres y mujeres de uniforme al máximo nivel del Gobierno, exponiéndolo (y exponiéndolos a ellos) a las intrigas y jugarretas sucias del poder… y naturalmente, los resultados obtenidos eran los que cabían esperar.
Una vez más el almirante Henry Gloval se hizo la pregunta: ¿En qué momento dejó de ser un militar para convertirse en un… un político de uniforme?
El humo de un nuevo pitido llenó el aire hasta donde Henry Gloval podía verlo, y una fea mueca se dibujó en las facciones severas y angulosas del Supremo Comandante de la Tierra Unida. No sabía cómo explicarlo ni justificarlo si se lo decía a alguien más, pero un presentimiento estaba consumiendo al almirante. Una vaga sensación de que había mucho más detrás de ese atentado que la Vanguardia de la Paz, algo oscuro y peligroso... algo que quizás fuera una amenaza más grande y terrible que la propia Vanguardia.
Algo que pedía a gritos ser descubierto.
Algo que Gloval debía averiguar por sus propios medios.
El timbre de la oficina sonó, y el almirante abrió la puerta con sólo oprimir un botón de su escritorio; una pequeña innovación tecnológica que sólo había comenzado a usar desde hacía un par de semanas.
Al instante, la comandante Lisa Hayes ingresó en la oficina privada del almirante, siempre profesional y exudando ese aire de eficiencia y severidad que la caracterizaban… pero había algo más en esos ojos verdes, algo que estremeció a Henry Gloval como pocas cosas en la vida.
Frialdad. Lisa Hayes le estaba lanzando la mirada más glacial que podía.
"¿Y qué esperabas, Henry? ¿Un abrazo?" pensó el almirante. "La pusiste bajo arresto cuando ella solamente trataba de salvar la situación del desastre que tú armaste…"
De cualquier manera, cualquier rencor o recelo que Lisa sintiera hacia él era irrelevante; lo único que importaba era que Gloval necesitaba a alguien de extrema confianza para aquella tarea… y no había nadie en quien más confiara el almirante que en la joven que había insistido en hacer lo correcto aún arriesgándolo todo.
– ¿Pidió verme, almirante? – dijo Lisa con un tono tan frío e impersonal como su mirada.
– Así es, Lisa – le respondió Gloval con tono paternal, señalando luego uno de los asientos de la oficina. – Por favor, toma asiento.
Lisa se sentó en el asiento que Gloval le indicaba y después se quedó callada mirando al almirante, que por alguna razón no se resolvía a poner el tema sobre la mesa. Ese silencio junto con la manera en que Gloval sostenía su sempiterna pipa, más que cualquier otra cosa, despertaron en Lisa Hayes un temor creciente hacia lo que el Supremo Comandante tuviera en mente para ella.
En silencio y sin desviar la mirada, la comandante Hayes se fortificó para lo que fuera que Gloval le ordenara hacer... y si por un lado ella no se sentía demasiado inquieta por tener que enfrentar una posible misión, por otro lado ella no podía dejar de resentir que el almirante siempre recurriera a ella para esas cosas.
Aunque en honor a la verdad, se obligó a reconocer Lisa, eso sólo era la muestra de la confianza que el almirante tenía por ella... a pesar de ciertos incidentes como los ocurridos durante la ley marcial. Todavía sentía una cierta corriente de recelo entre ella y Gloval, que ambos se esforzaban en dejar atrás pero que no podían ignorar del todo...
Entonces, para sorpresa de Lisa, el almirante dio una pitada final y apoyó su pipa en el cenicero. Después, sin más movimientos que los indispensables, el almirante Gloval se acomodó la gorra para que no le tapara la vista, y miró fijamente a la joven mujer de uniforme blanco sentada del otro lado del escritorio.
– Tengo órdenes para usted, comandante Hayes.
Lisa asintió y se dispuso a escuchar lo que el almirante tenía para decirle.
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– Ah, doctor Winslow, qué gusto verlo... – le dio la bienvenida Spier al científico en cuanto éste entró a la sala de reuniones del edificio principal de la Corporación Meridian. – Confío en que pudo dejar lo que había que dejar antes de que los terroristas volaran el edificio.
Por su parte, Winslow no parecía estar muy gustoso de ver al otro hombre y menos todavía lo estaba después de escuchar aquella mención a la voladura de su laboratorio abandonado, pero disimuló ese disgusto bastante bien y de manera muy convincente.
– No se preocupe, Spier.
– Qué bueno saberlo.
Spier señaló una de las sillas de la sala y le indicó a Winslow que tomara asiento, cosa que el científico no dudó en hacer lo antes posible. Una vez sentados y antes de que Spier dijera nada, el doctor Winslow lanzó su primer disparo.
– ¿Me llamó por algo en particular o sólo quería decirme eso?
– Qué humor, doctor... qué humor que trae hoy – le contestó el otro hombre meneando la cabeza, para después buscar entre sus cosas una edición de periódico. – ¿Recuerda aquellos problemas que se nos presentaron en la fase operativa del Plan?
– Por supuesto.
Spier arrojó sobre la mesa y en dirección de Winslow el periódico, sonriendo una de sus sonrisas sardónicas mientras veía la cara de confusión del científico.
– No sabe cuánto me alegra traerle buenas noticias...
Con reticencia, el doctor Winslow tomó el periódico y leyó los títulos que figuraban en su tapa, y al ver uno de ellos quedó prácticamente congelado. Sus dedos temblaban mientras sostenían el ejemplar y su boca quedó semiabierta en una mueca de incredulidad que divirtió demasiado a Rudolf Spier.
Pero a Winslow no le importaba en absoluto lo que Spier pudiera pensar, sólo le interesaba el titular que había atrapado su atención: "EL GTU ANUNCIA EL LANZAMIENTO DE UNA NUEVA ETAPA DE LA INICIATIVA DE PURIFICACIÓN ATMOSFÉRICA", junto al copete que acompañaba al titular: "La Corporación Meridian de Denver, una de las ganadoras de la licitación".
Y el resto de la nota era más explicativa todavía, porque según lo que decía el periodista que la escribió, Meridian había sido seleccionada por el GTU junto con otras quince corporaciones del resto del mundo para que produjeran un compuesto químico que sería utilizado en el proyecto de purificación atmosférica. El resto de la nota se perdía en cálculos políticos y de supuestos intereses que en honor a la verdad no le interesaban a Winslow, pero el tema principal era de extrema importancia, porque el GTU había decidido otorgarle un contrato a Meridian para la producción de químicos que serían dispersados por la atmósfera con el fin de limpiarla de la polución dejada por los Zentraedi durante su bombardeo, y quizás...
– ¿Qué piensa, doctor? – preguntó Spier al notar que la molestia del científico cedía lugar al interés y al cálculo.
– Puede servirnos.
– ¿Pero?
– Este programa va a estar bajo supervisión militar – contestó Winslow rápidamente, dejando el periódico sobre la mesa para poder mirar bien a Spier y que no le quedara duda de que estaba diciendo las cosas en serio. – Dudo que podamos agregarle algún "aditivo" a los químicos sin que lo noten los inspectores militares.
Para sorpresa de Winslow, la única reacción de Spier fue encogerse de hombros como si no fuera mayor complicación, y sonreír.
– En ese caso, doctor Winslow, tendremos que agudizar el ingenio... ¿no le parece?
La sonrisa desapareció del rostro de Spier con tanta rapidez como había aparecido, y el ex oficial de Inteligencia se inclinó hacia adelante para luego mirar a Winslow con expresión dura e inquisitiva. Su voz sonó tajante y terminante al hablar.
– Le haré una pregunta, doctor Winslow, y deseo que sea completamente sincero: ¿Es posible introducir a Némesis en los químicos que serán utilizados en la Iniciativa?
Enfrentado a un problema de esas características, el doctor Winslow se tomó su tiempo antes de responder, cosa que Spier comprendió y aceptó a pesar de su comprensible impaciencia al respecto. Mientras Spier aguardaba, Winslow pensaba las distintas alternativas e iba descartando las que fueran impracticables, aunque lo único de su proceso mental que quedaba en evidencia era su expresión absorta y cierto tic nervioso de sujetarse fuertemente la barbilla.
– Teóricamente sí... – respondió con algunas dudas y de mala gana el doctor Winslow, como si la alternativa que tenía en mente no fuera completamente de su agrado. – Como ya le dije, la cuestión de hacer que pase inadvertido en las inspecciones será el problema más crítico que tendríamos que enfrentar... pero no es insoluble.
Otra vez sonrió Spier, y Winslow pudo jurar que jamás había visto una sonrisa como esa que no estuviera en el rostro de un tiburón.
– En ese caso, doctor... le sugiero que empiece a aplicar su ingenio.
Y así, tan rápido como había empezado todo, Spier se levantó de la silla y se dispuso a abandonar la sala de reuniones, dejando una última y pertinente instrucción al doctor Roger Winslow.
– No lo interrumpiré más, doctor. Tiene todavía mucho trabajo por delante.
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– ¡Hola, amor, hasta que llegaste!
A diferencia de lo habitual, el saludo alegre de Rick no levantó el ánimo de Lisa Hayes sino que logró ponerla de peor humor. No era culpa de Rick, desde luego, pero escucharlo tan feliz al final del día cuando en poco tiempo más ella tendría que decirle algo que le cambiaría la cara para mal era una cosa que empeoraba el ya resentido humor de la comandante Lisa Hayes.
Felizmente ignorante del estado de ánimo de su novia, el comandante Hunter seguía yendo hacia ella con una enorme sonrisa en el rostro, y le plantó un sonoro beso en los labios a modo de bienvenida en cuanto la tuvo al alcance de sus brazos.
– Estaba preparando un plato de lujo, Lisa... bah, no es tan de lujo como puedes imaginar, pero sí lo estoy haciendo con todo el amor...
Sin decir nada, Lisa se dejó llevar por Rick al interior de la casa... temía decir algo por miedo a arruinar el humor tan alegre que su novio parecía tener esa noche.
– Pensé que más tarde querrías ir a caminar un poco, la noche está preciosa... no tanto como tú, pero no se le puede pedir más a la vida...
Cuando él le estampó un nuevo beso en la mejilla, algo que normalmente la dejaría viendo estrellitas y con hambre de más, la comandante Hayes sintió que se le hacía un nudo insoportable en el estómago. Incapaz de seguir guardándose la mala noticia por más tiempo, Lisa se apartó con cuidado de los brazos de Rick y juntó fuerzas para hacer el anuncio... sólo para encontrarse que no podía ver esos ojos azules y chispeantes de alegría y decirle así como así que...
– Lo lamento, Rick, no puedo...
– ¿Pasó algo? – el tono de preocupación de Rick era inconfundible, y Lisa se sintió aún peor por inquietarlo que lo que ya estaba por todo ese asunto.
– Tengo que irme a dormir temprano... mañana tengo un vuelo que tomar.
– ¿Un vuelo? – repitió Rick con inquietud perceptible en su voz y su expresión. – ¿De qué estás hablando?
Lisa intentó desviar la mirada pero no pudo hacerlo... no podía evadir al hombre de quien estaba enamorada al momento de decirle las nuevas órdenes que había recibido. Él tenía que saberlo y lo menos que podía hacer ella era ser completamente sincera con él y enfrentarlo. Era lo menos que él se merecía.
Rick dio unos pasos y la tomó en sus brazos, sin percatarse de que con eso sólo hizo que Lisa se sintiera más miserable... pero al mismo tiempo, logró hacerla sentir más segura y protegida, y finalmente cuando la soltó, ella ya estaba con más fuerzas para contarle la mala noticia.
– El almirante me ha dado nuevas órdenes hoy...
– Órdenes – murmuró Rick la palabra como si fuera un insulto, y el estómago de Lisa dio un vuelco en anticipación a la reacción que Rick tendría cuando terminara de decirle lo que se venía para ella.
– Tengo que volar a Denver para ser observadora... en una investigación por un atentado terrorista que ocurrió en la ciudad.
Rick no dijo nada al principio y el silencio fue mucho peor y más doloroso para Lisa que cualquier estallido de furia de él. En lugar de entrar a maldecir, el comandante Hunter frunció el ceño y puso una cara que Lisa no supo distinguir si era de enojo o de dolor.
El comandante Hunter retrocedió un par de pasos y miró a través de una ventana en dirección a la calle. No había tránsito de automóviles a esa hora, y sólo dos o tres personas estaban caminando. Lisa quiso decirle algo que atenuara el golpe pero se abstuvo de hacerlo; no había nada que pudiera decir que ayudara a levantar el ánimo del amor de su vida después de aquella encantadora noticia.
Mientras Lisa seguía callada, Rick mascullaba su furia y se repetía para sus adentros incontables maldiciones que no se atrevió a decir en voz alta por temor a lastimar a Lisa...
– Observadora – masculló Rick después de un rato, casi escupiendo la palabra. – Gloval quiere que vayas a Denver a que espíes para él en una investigación por un caso de terrorismo...
Lisa asintió levemente, sin saber muy bien cómo reaccionar sin que Rick enloqueciera.
– Algo así.
– ¿No le bastó con que casi te mataran la última vez que fuiste a esa ciudad? – lanzó Rick con pena y furia en la voz, y Lisa pudo notar en su mirada que no había enojo... sino miedo. Puro y descarnado miedo, miedo a que ella volviera a sufrir algo a consecuencia de un viaje a esa ciudad.
Ella sabía que él todavía se culpaba por no haber llegado a tiempo. Era algo tonto y sin sentido, ya que Rick estaba del otro lado del continente cuando su vuelo a Denver fue derribado, pero nadie dijo que las culpas personales debían tener sentido.
– Rick...
– En serio lo digo... – continuó Rick, lanzando bilis en cada palabra. – No entiendo qué le pasa a ese hombre.
Lisa no quiso decir nada: sabía que Rick tenía que desahogarse cuanto antes, que tenía que quitarse el mal trago de la boca antes de que pudiera ella razonar con él, y fue así que se quedó en silencio y mirando a su novio con tristeza mientras él continuaba descargándose.
– Tendré que ir un día al SDF-1 a enseñarle que tiene que dejarte en paz---
Al diablo con la paciencia y el desahogo.
Sin poder resistirlo más, la comandante Elizabeth Hayes se abalanzó sobre Rick y lo atrapó en sus brazos sin que él pudiera reaccionar. Luego, cuando lo tuvo completamente a su merced, Lisa se lanzó con desesperación a besarlo, a sentir sus labios en los de ella, a calmar con el sabor de su amor el dolor por la inminente partida y separación que tendrían que enfrentar.
Y fue todo lo que ella esperaba.
Al principio Lisa sintió la amargura y el dolor de Rick, pero bien pronto pudo notar en los labios de su novio el amor profundo que él sentía hacia ella, y aún más... el hambre que él tenía de ella, el deseo y la pasión... y el anhelo de no desperdiciar un sólo segundo más que los dos pudieran compartir.
Fue algo bueno y necesario para los dos, y fue así que dejaron que ese beso se prolongara todo el tiempo que quisieron, sin intentar separarse hasta que literalmente no pudieran respirar. Cuando el momento llegó, Lisa se separó con reticencia de su novio y levantó la mirada, estremeciéndose al ver los ojos azules de Rick centelleando de amor y sin un trazo de amargura por ningún lado...
– Necesitaba eso – reconoció el piloto con una sonrisa traviesa, antes de besar a Lisa en la frente.
– Lo sé.
Rick apoyó su frente en la de Lisa y cerró los ojos, dejándose sobrellevar por las sensaciones de tenerla cerca, de tener a esa hermosa y adorable mujer completamente para sí. Quiso ser capaz de mantenerla a su lado, de protegerla hasta de su propia obstinación en cumplir su deber, de convencerla de no partir en aquella misión que sólo lograría mantenerlos separados, pero supo que sería imposible aún al momento de hacer un esfuerzo lastimero y final.
– Lisa, no quiero que vayas.
– Pero tengo que ir – respondió ella suavemente.
– Sabía que ibas a decir eso – contestó con una sonrisa resignada el comandante Hunter, al tiempo que la apretaba en su abrazo. – ¿Cuánto tiempo estarás fuera?
– Unos días, todavía no sé cuántos...
El piloto la miró a los ojos y ella sintió que sus rodillas comenzaban a flaquear, más cuando él se inclinó lentamente sobre ella y le besó los labios con ternura. Ella quiso devolverle el favor y llegó a hacer algunos estragos en la boca de su novio, pero Rick logró escaparse de ella con la misma habilidad que tenía para evadir misiles enemigos y se mantuvo a pocos centímetros de la boca de Lisa Hayes, sonriéndole de manera traviesa.
– Lisa Hayes, hay días en que odio tu trabajo.
– Te diré, piloto... en vez de odiar mi trabajo y hacerte el quejoso, ¿por qué no terminas con la cena? – replicó ella, y ante la mirada de perplejidad de Rick, Lisa agregó en su tono más sugerente posible. – Mientras más rápido termines, más pronto podré irme a la cama...
Fiel a su eterna incapacidad para captar indirectas, el comandante Rick Hunter se llevó una mano a la cabeza y respondió con una pregunta que denotaba su total perplejidad.
– ¿Tan rápido quieres dormir?
Ella lo miró a los ojos y Rick creyó que acabaría incendiándose en ese dulce e intenso fuego verde.
Y después, sin que el piloto opusiera alguna objeción, Lisa se acercó a él con una expresión depredadora en el rostro. Totalmente subyugado por aquella pequeña y apasionada mujer, el comandante Hunter no pudo sino esbozar una sonrisa hambrienta cuando sintió las manos de Lisa Hayes rodeándolo y estrechándolo contra su cuerpo, o cuando sintió el aliento suave y caluroso de su novia rozándole la piel y diciéndole con palabras susurradas y cargadas de pasión que...
– ¿Quién dijo algo acerca de "dormir", piloto?
Y el beso que Rick recibió entonces fue sólo la antesala de la noche.
Y cuando a la mañana siguiente el comandante Rick Hunter debió despertarse y despertar a Lisa para que ella pudiera alistarse para su vuelo, el recuerdo de la noche que los dos habían pasado fue lo bastante intenso como para que a pesar de todo hubiera una sonrisa en el rostro del piloto.
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NOTAS DEL AUTOR:
- A veces la fortuna le sonríe a unos mientras que se muere de risa de otros… lamentablemente, esas cosas también pasan en el mundo de los H2.
- Además, hay que ir acelerando el desarrollo de ciertas líneas conforme nos acercamos a la recta final…
- Para aclarar cualquier confusión: en esta historia el GTU tiene un sistema de gobierno parlamentario, en donde el jefe del Gobierno (el Primer Ministro) permanece en su cargo siempre y cuando tenga una mayoría favorable en el Legislativo… y siempre y cuando el Legislativo no vote para destituirlo de su cargo (un "voto de censura")… en eso consiste la maniobra.
- Espero que todos ustedes hayan tenido un muy buen comienzo para este 2009, y les agradezco de corazón sus reviews, comentarios y opiniones. Además y como es habitual, aprovecho para saludar y agradecer a mis estimadas colegas y betas Evi, Sara y Kats por toda su amistad y apoyo…
- ¡Muchísima suerte en todo y nos estaremos viendo dentro de dos semanas con el Capítulo 28!
