¿Diga?

Echada sobre la espalda, con los ojos abiertos como platos en mitad de la noche, Emma no conseguía dormir. Había hablado durante un largo rato con Ingrid sobre sus inquietudes y sus dudas y su madre había sabido aconsejarla con bondad. Ella había escuchado los temblores en la voz de Ingrid cuando le había dicho que nunca se opondría a que se llevara su hijo con ella. Emma le había prometido que no iba a borrar los tres años que había pasado con él en un chasquido de dedos, sería demasiado injusto y egoísta.

Se habían quedado al teléfono más de una hora, intentando encontrar una solución a esa situación imposible para Emma y Regina, en vano.

A pesar de los consejos de Granny, la rubia no había logrado confiarle sus temores a su compañera, juzgando ridículo temer tanto su separación. Así que había fingido, había reído, había fingido participar en la conversación, fingido que apreciaba el momento, y fingido hasta quedarse dormida en sus brazos.

Por la mañana, sus enrojecidos ojos fueron la prueba de su corta noche y Regina se inquietó, tan pronto como la hubo besado para darle los buenos días.

-¿Estás bien?

-Me ha costado dormir esta noche

-Oh…¿Algo te perturba?- preguntó la morena, enfadada consigo misma por no haberlo notado y haber sido una inútil para calmar los temores de la rubia.

-Las cosas habituales- eludió ella – Creo que me quedaré aquí para descansar si no te molesta.

Regina dijo que no con la cabeza y sonrió.

-Estás en tu casa, Emma…-añadió antes de darle un dulce beso.

Ese comentario provocó lágrimas en sus ojos. Se sintió aliviada al ver que la morena se dirigía hacia el baño y no había tenido necesidad de esconderlas. Ella la amaba. Tan intensamente que casi le dolía.

-¿Estás segura de que todo va a estar bien?- preguntó Regina al volver a la habitación minutos después, y sentándose al lado de la rubia

-Sí, no te preocupes, solo voy a intentar dormir un poco. ¿Crees que podrás venir al mediodía?

-Procuraré liberarme- dijo ella con una sonrisa antes de inclinarse para besarla castamente –Descansa- añadió acariciándole los cabellos.

A penas hubo escuchado cerrarse la puerta de la entrada, se acurrucó entre las sábanas, detestándose por ser tan débil en cuando la morena estaba lejos de ella. No obstante, agotada como estaba, Emma acabó durmiéndose rápidamente, acunada por el silencio.

Dos horas más tarde, el ruido del teléfono fijo despertó de un sobresalto a la rubia. Sin saber qué actitud adoptar, dejó que sonara sin moverse de la cama. Lanzó un rápido vistazo a su propio teléfono para asegurarse de que no se trataba de Regina que estuviera intentando localizarla, pero no vio ningún mensaje. Ya eran más de la doce y se asombró por haber logrado dormir tanto.

El teléfono volvió a sonar. Intrigada, entonces se levantó y bajó hasta el salón para ver si el número de la pantalla estaba registrado en la agenda, pero vio que no era así. Irritada, dejó otra vez sin contestar la llamada.

Cuando se disponía a entrar en la cocina para preparar la comida, el teléfono sonó de nuevo. Y ella descolgó.

«Centro penitenciario de Boston, el detenido B9536 August Booth quiere contactar con usted. Gracias por permanecer a la espera si desea aceptar esta llamada»

Su corazón, seguramente, había dejado de latir, durante un largo momento. Petrificada ante ese anuncio, Emma no conseguía moverse, se sentía incapaz de realizar el más mínimo movimiento. ¿Cómo había hecho para saber dónde se encontraba? El silencio que siguió le recordó extrañamente al que escuchaba durante esos meses de cautividad. Y pronto, escuchó, al otro lado de la línea, la respiración errática del hombre que fue el demonio de su vida. Ella inspiró profundamente, en pánico, aterrada por saber que estaba tan cerca de ella.

-Sabía que estabas ahí, Emma, que te ibas a atrever a volver…

Ya no sentía las lágrimas que se escapaban de sus ojos. Ni siquiera había escuchado la puerta abrirse dando paso a Regina que la llamaba con una alegría no disimulada.

-La mataré a ella primero. A ella y después a tu hijo, después a tu madre. Eres mía, Emma. ¡Mía!»

Regina miraba a su compañera con el ceño fruncido. Algo no iba bien, algo estaba destruyéndola. Soltó su bolso que cayó pesadamente al suelo cuando corrió hacia ella. Emma no se movía, lloraba y parecía completamente aterrada.

-¡Emma!- la llamó ella para hacerla volver en sí. Pero los ojos vacíos de la rubia la asustaron. Le preguntó quien estaba al teléfono, pero su pregunta quedó sin respuesta. En un gesto más violento de lo que hubiera querido, agarró el teléfono y se lo arrancó de las manos.

-¿Diga?- preguntó ella casi gritando, asustada ante lo que había dejado en tal estado a su compañera.

El bip que se oyó casi la enloqueció hasta que escuchó ese anunció que le heló la sangre.

«Fin de la comunicación con el centro penitenciario de Boston. Su conversación con el detenido B9536 August Booth ha sido grabada y puede ser objeto de control por parte de nuestros…»

Regina no dejó que la frase acabara, ya que volvió a poner el teléfono en su base, en shock al saber que August había logrado encontrar a Emma, que seguía sin moverse frente a ella.

-Emma…- dijo suavemente acercándose a ella con las manos extendidas, como para calmarla –Emma, mírame. Mírame.

En el momento en que su mano se posó en el antebrazo de la rubia, esta hizo un violento movimiento de retroceso y su rostro se crispó. Secó sus lágrimas con un movimiento rápido de la mano y corrió escaleras arriba.

-¡Emma!

Regina la siguió rápidamente, incapaz de lograr descifrar lo que pasaba por la cabeza de su compañera. La impotencia que estaba sintiendo en ese preciso momento la volvía loca. ¿Qué pudo haberle dicho August?

La rubia había entrado en la habitación como una furia, dando un portazo al entrar. Inmediatamente se había dirigido al armario principal del que sacó dos maletas que tiró sobre la cama. Cuando Regina llegó al umbral de la puerta, Emma ya se había dirigido al baño. Volvió de ahí unos segundos más tarde con los brazos cargados de los productos de belleza de la morena que metió dentro de una de las maletas.

-¿Qué estás haciendo?- se arriesgo a preguntar

Su cuestión quedó sin respuesta, la joven continuaba metiendo en las maletas todas las cosas importantes que se encontraba por el camino.

-Emma, por favor…- volvió a intentar en vano. Al ver que eso no bastaba, se interpuso en su camino y posó sus manos en sus hombros -¡Emma, para!- gritó más alto de lo que hubiera querido.

La voz rota de su compañera, así como las lágrimas de pánico que se deslizaban por sus mejillas hicieron volver a la rubia en sí y detuvo finalmente sus movimientos.

-Explícame.

-Tenemos que marcharnos. ¡Ahora!

-¿Qué? ¿Qué es lo que te ha dicho?- preguntó con voz aguda, perdida ante una situación que se le escapaba totalmente.

Pero Emma ya estaba abriendo los cajones de la cómoda para sacar todo lo que allí había, volviendo a su estado de pánico, que también dejó petrificada a la alcaldesa.

-¿Necesitas esto?- preguntó Emma señalando un objeto que se encontraba en un principio en el primer cajón de su mesilla de noche.

-¿Qué? No, no. ¿Por qué tenemos que irnos? ¡Explícame!

-¿Y esto?- continuó la rubia sin tomarse la molestia de contestarle a su compañera.

-¡Emma stop! ¡Me estás asustando!- había gritado ese pedido, las lágrimas de dolor corriendo por sus mejillas. De nuevo, ella la había detenido en sus movimientos tirándole de un brazo para obligarla a mirarla a la cara.

-¡Te va a matar!- gritó Emma más fuerte aún –A ti, a Henry, a Ingrid…- dijo ella más débilmente. Se soltó del agarre de la alcaldesa para cerrar la primera maleta –Si nos vamos ahora, deberíamos estar en Nueva York a medianoche, el tiempo justo para cargar el coche y conducir hasta…- se detuvo en su frase y cerró la segunda maleta que se encontraba ante ella –No sé a dónde, ya miraré en un mapa para encontrar un sitio seguro.

Regina se sentó en la cama, desequilibrada por la situación.

-No me marcharé- dijo en voz baja, asustada por la reacción que podría tener su compañera

-¿Qué? ¿De qué hablas?

-No me marcharé, Emma- repitió la morena

-No tienes derecho de abandonarme, Regina- respondió la rubia sin el menor sentimiento, mientras continuaba buscando si había olvidado coger algo importante en esa habitación.

-Yo no me marcharé y tú tampoco. Nos quedaremos en Storybrooke, como habíamos previsto, hasta el viernes. Por la mañana temprano saldremos y llegaremos a Nueva York a tiempo para ir a recoger a tu hijo al cole. Probablemente iremos a comer a un restaurante y te diré que te amo…dos veces, quizás incluso tres.

Ella se detuvo un segundo, aliviada al ver que había podido captar la atención de la rubia, quien se había detenido, pero seguía dándole la espalda.

-Pasaremos el fin de semana juntos, iremos al zoo y a Central Park y le compraré un gofre con nata a Henry bien entrada la tarde. Tú me dirás que no es razonable porque entonces no cenará y después se te pasará el enfado porque él tendrá nata por toda su naricita y eso te hará reír.

Emma seguía sin moverse y sus ojos estaban cerrados. Tras sus párpados, imaginaba y dibujaba cada una de las frases que su compañera le estaba diciendo.

-Él no te arrancará esta vida, Emma, no te arrancará nuestra felicidad. Y si tienes que creer en alguien aquí, es en mí. No en él- Regina se había levantado despacio para acercarse a Emma –Ha querido intentar golpearte una última vez, pero no voy a dejar que tú le dejes ganar. ¡Está en prisión y no saldrá de ahí! Mañana mismo contactaré con el servicio penitenciario para que nunca pueda entrar en contacto con nosotras.

Más suavemente que nunca, posó sus manos en las de la rubia y ascendió por sus brazos en una tierna caricia. Emma se había tensado ante ese contacto, esa recaída le había hecho perder toda la confianza que duramente había ganado.

-No dejes que se lleve todo lo que hemos logrado construir. Él ya no te hará daño, te lo he prometido- presionó dulcemente el hombro de Emma para obligarla delicadamente a mirarla -¿Ok?

La mirada que le lanzó la rubia le atravesó el corazón, porque todo el miedo que ella sentía en ese momento era muy fácil de ver. Parecía tan frágil.

-Tengo tanto miedo de perderte…- terminó por murmurar Emma antes de hundirse en lágrimas y dejarse caer en los brazos de la morena, aferrándose a su cuello con todas sus fuerzas.

Se quedaron así un largo rato, una en los brazos de la otra, tomándose todo el tiempo necesario para que las angustias de Emma cesaran. La mano de Regina se había atrevido a realizar suaves caricias por la espalda de su compañera y mucho fueron los besos que acabaron sobre su sien.

-Tienes que comer antes de volver al ayuntamiento- constató Emma tras haber logrado calmarse.

-Me quedo contigo esta tarde.

-Yo…- la rubia estaba dividida entre su deseo de quedarse ahí con Regina y su deseo de ganar su pelea contra August, de continuar con su vida, de no echar por la borda todos los esfuerzos que había hecho -¿Y si te acompaño al ayuntamiento?

Regina tomó en consideración la pregunta y analizó la situación. Asintió finalmente y sonrió a su compañera.

-Vayamos a comer algo entonces- propuso la alcaldesa con una sonrisa.

Pero apenas hubo apartado su cuerpo del de su compañera, esta deslizó su mano en la suya, incapaz de cortar en seco todo contacto. La preparación del almuerzo fue lenta, ya que Emma buscaba, sin hacerlo realmente adrede, quedarse cerca de la morena. Y el resto de la tarde igualmente…

Rose se había mantenido discreta y había comprendido que algo no iba bien al ver aparecer a la rubia, con la cabeza gacha, dada de la mano con su jefa. A comienzos de la tarde, las dos mujeres se habían sentado, una al lado de la otra, en el sofá, sus hombros tocándose, y la rubia se entretenía leyendo los dosieres en los que la alcaldesa estaba trabajando. Pero a medida que transcurría la tarde, la fatiga había ganado a la rubia, que finalmente se había echado, su cabeza reposando sobre los muslos de Regina, y se había quedado profundamente dormida.

La primera vez que su brazo derecho había entrado en la estancia mientras Emma dormía, la morena le había señalado con el dedo que mantuviera silencio e hiciera el menor ruido posible. Durante el resto del día, se habían comunicado con miradas, post-it y sonrisas.

A las siete, cuando Rose ya hacía más de una hora que se había ido, Regina dio por cerrado su último dosier, agotada. Se detuvo largos minutos observando el rostro de Emma que casi parecía relajada, y se entretuvo recolocando un mechón tras su oreja, después acariciando suavemente sus mejillas para despertarla.

-Emma…- murmuró suavemente –Despierta, mi amor.

Los ojos de la susodicha se abrieron inmediatamente y una gran sonrisa se dibujó en sus labios. Amaba ese apelativo, mucho más de lo que habría imaginado. Entonces se incorporó, sin apartar los ojos de Regina y la besó delicadamente, una vez, después dos, y tres. Una pasión que parecía estar descubriendo se mezcló con sus besos y con gesto más natural que nunca, posó sus rodillas a cada lado de su compañera y se sentó sobre ella. Las manos de Regina encontraron fácilmente el camino de sus caderas, después de su espalda, mientras que las de Emma se perdían en su cuello.

Los minutos pasaron y la zona baja de su cuerpo comenzaba a moverse, casi contra su propia voluntad y se sorprendió al constatar hasta qué punto deseaba ir más lejos, hasta qué punto su cuerpo parecía listo a revivir esa sensación, hasta qué punto sus sentidos más primarios se volvían locos cuando se trataba de Regina.

No pudo contener un gemido entre beso y beso, y sus caricias se hicieron más intensas, más certeras. Sus labios abandonaron los de su compañera para posarse en su mandíbula, pero sobre todo en su cuello, ya que Regina le había dejado libre acceso al inclinar su cabeza hacia atrás. Encontró una zona sensible que se dedicó a besar durante un rato, un punto preciso que hacia vacilar a la morena.

-Emma…- logró, sin embargo, pronunciar en un queja llena de deseo.

-Déjame…- respondió ella también con dificultad ya que su respiración se había vuelto errática –darte…placer…

Había encontrado otro punto hipersensible, al otro lado del cuello de su compañera, a la que se afanaba por tratar con amor y a la que besaba entre palabra y palabra.

-¿Estás preparada?- preguntó Regina calmadamente haciendo un gran esfuerzo para volver durante un segundo a la realidad.

Emma había deslizado sus manos sobre sus pechos, que acariciaba lentamente.

-No…Pero tú sí- logró confiar antes de abrir el primer botón de la blusa de la alcaldesa con sus delicados dedos.

Sin embargo, su camino fue interrumpido por las manos de Regina, que rodearon sus muñecas, impidiéndole que continuara. Necesitó unos segundos más para poner orden su mente antes de lograr hablar de nuevo.

-Emma…Nada nos presiona, esperaremos hasta que también tú estés lista.

-¿Por qué?- se enervó la joven rubia sin lograr controlarse, alejándose de su compañera al levantarse del sofá y ponerse a caminar de un lado para otro del despacho.

-Porque estás turbada por lo que ha pasado hace poco. Porque tienes miedo de perderme si no lo logras. Porque aún tiemblas en cuanto mis manos rozan algunas de tus cicatrices- hizo una pausa, mirando a Emma que fruncía duramente el ceño.

Encontrar las palabras adecuadas no era coser y cantar, sobre todo después de lo que había sucedido unas horas antes. Emma, a pesar de sus intentos de ocultarlo, estaña conmocionada y le era imposible alejar de su mente la llamada de teléfono de August. Regina lo sabía, lo sentía, lo vivía…Emma no se había despegado de ella desde esa sobremesa, había tenido la necesidad constante de tocarla, de sentirla a su lado.

-En absoluto voy a obligarte a hacer algo…Y no quiero que me hagas el amor…- cuando vio a Emma pararse ante esas palabras, se levantó a su vez para alcanzarla en mitad del despacho –Quiero que nos lo hagamos juntas. Quiero poder devolverte cada uno de tus besos y cada una de tus caricias, cada suspiro, cada gemido de placer- continuó ella con una voz más ronca por el deseo –Quiero que estés lista para que yo pueda besarte cada centímetro de tu piel. Quiero mostrarte hasta qué punto te amo y que eso te permita olvidar, durante ese momento entre nosotras, todos los trances que has atravesado.

Emma se quedó con la boca abierta frente a esa declaración y Regina bajó su mirada, esperando desesperadamente que sus palabras bastaran para tranquilizar a la que amaba. Cuando volvió a levantar la cabeza, la rubia la miraba con amor y asentía serenamente.

-¿Vamos a casa a llamar a Henry?- preguntó Regina con una gran sonrisa ante la idea de volver a hablar con el pequeño.

-Sí, debe estar esperándonos tras volver del cole…Siento haber dormido tanto.

-Necesitabas reposar, es normal.

Mientras Regina metía sus cosas en el bolso y apagaba las luces, Emma deslizó su mano en la de ella. En el momento en que la alcaldesa estaba cerrando su despacho, la rubia se acercó a ella para murmurarle al oído

-Me gusta que me llames mi amor.

Regina detuvo sus movimientos, sin darse cuenta de que el apelativo se le había escapado algunos minutos antes. Una sonrisa se dibujó en su rostro y un instante después, besaba a su compañera con amor.

Ese miércoles, Henry había estado particularmente difícil al teléfono, incapaz de colgar de lo mucho que echaba de menos a su madre. Ellas le repitieron que solo quedaban dos días para volver a verse, pero eso parecía no bastar. Emma habló largamente con Ingrid sobre ese comportamiento y su madre le confesó que él no había dejado de hablar de ella durante la sobremesa, y que no había ido al cole. Se culpó una vez más por haberlo dejado, casi abandonado, para resolver sus propios problemas, para palar ese temor de ver a Regina escapársele. Tenía esa dolorosa impresión de ser una madre indigna por haber dejado a su hijo para ocuparse de su propio miedo al abandono.

-He estado pensando en nuestra conversación de ayer…- dijo Ingrid al otro lado del teléfono

Ante esas palabras, la rubia se alejó de Regina, que estaba preparando la cena, por miedo a que escuchara la conversación. Sin embargo, ese comportamiento intrigó a la morena que la siguió con la mirada dejándola salir de la estancia. Pero diez minutos pasaron sin que la rubia volviera. Regina se arriesgó a ir a su encuentro al salón.

-No lo sé, mamá…Es demasiado.

Regina se acercó a su compañera y anunció su presencia deslizando su mano por su espalda. Esta última se sobresaltó ligeramente, pero sonrió cuando pudo asegurarse de que se trataba de ella.

-Solo te pido un mes o dos…Tres, como mucho- fue la única frase que Regina logró captar del teléfono cuando había depositado un tierno beso en el cuello de Emma.

-El tiempo que necesites, mamá…Pero déjame pensarlo, ¿ok?

-Ok…Pero creo que mi decisión está tomada.

-Volveremos a hablar de eso cuando regrese a Nueva York. Regina ha acabado la cena, te voy a dejar. Dale un último beso a Henry de mi…- la morena alzó la cabeza y la inclinó a un lado poniendo morritos -…de nuestra parte- se corrigió entonces Emma.

-¿Todo bien?- preguntó la alcaldesa una vez que su compañera hubo colgado. Emma se contentó con sonreír y asentir antes de dirigirse a la cocina.

Comieron en un silencio que Regina no lograba interpretar. Después de varios bocados del plato principal, la rubia posó su tenedor suavemente sobre la mesa antes de inspirar profundamente.

-Él…Varias veces me dijo que tú no estabas lejos, incluso justo a mi lado y que tú…- se detuvo de repente antes de barrer su frase algo bruscamente –no importa, estaba equivocado. ¿La casa está lejos de aquí?- preguntó

Regina hizo un lento movimiento de negación con la cabeza, aún en cólera por no haber visto nada, por nunca tomarse la molestia de ahondar en su disputa, por nunca haberse atrevido a buscar a Emma, por haber cometido tantos errores con Robin.

-Está al final de la calle- terminó por explicar

-Ya veo…¿Es por eso que das todos esos rodeos cada vez que volvemos a casa?

-No quería que te…

-¿Podemos ir, por favor?

-¿Ahora?

Como toda respuesta, Emma se levantó de la silla y tendió su mano hacia Regina para que la cogiera. Tras ponerse sus abrigos, descendieron por Mifflin Street dadas de la mano, solamente iluminadas por las farolas de la calle. Cuando la alcaldesa se detuvo ante una gran casa, Emma se acercó a ella y estrechó sus dedos con los de ella.

-A tu ritmo, Emma… - dijo acariciándole el dorso de la mano con su pulgar.

Entraron en el sendero y se quedaron largos minutos ante la puerta de la que finalmente arrancaron la cinta amarilla de la policía, y empujaron suavemente. Su largo chirrido casi la hizo dar media vuelta, pero esta vez, el deseo de Emma de superar sus debilidades fue más fuerte.

Sobre el sofá, las huellas de la sangre seca de August eran aún visibles, aquellas que eran el fruto de un golpe bien dado por David y Graham. Regina, que había pedido expresamente leer el informe de la policía y que había amenazado amablemente a Graham con despedirlo si no lo tenía entre sus manos, relataba los sucesos uno a uno a Emma, que permanecía callada, escuchando y posando sus ojos por todos lados.

Los planos que habían sido dibujados permitían a la alcaldesa saber por dónde dirigirse para llegar a la maldita pieza donde Emma había estado encerrada y…torturada, violada, dada por muerta. Cuando se disponían a bajar las escaleras que daban al sótano, Regina la detuvo y le preguntó una última vez si estaba segura de querer hacerlo. La rubia pareció vacilar un corto instante, pero movió su cabeza de arriba abajo y abrió la puerta.

Sus lágrimas abandonaron sus ojos en el instante mismo en que su mirada se posó en la estancia en la que había vivido dos meses de infierno. Estrechaba tan fuerte la mano de Regina que a esta le dolía, pero la alcaldesa nada decía, conformándose con estar lo más presente posible. Finalmente, Emma se escondió en los brazos de su compañera, siendo alcanzada por un remolino de sentimientos contradictorios.

-Se equivocaba. He salido…- dijo entre sollozos –Se equivocaba- repitió con más fuerza

-Ahora es él quien está encerrado- le respondió la morena acariciando sus cabellos y besando su frente.

-Y yo te tengo a mi lado. Estás aquí. ¡Y nos amamos!- dijo en voz bastante alta como para probarle al resto del mundo que August se había equivocado.

-Oh, eso sí- confirmó Regina sonriéndole.

Emma alzó la cabeza y la besó delicadamente, beso al que Regina correspondió con ternura. Se separaron y la rubia lanzó una última ojeada a su prisión.

-Volvamos a casa…- dijo finalmente.

El corazón de la morena se saltó un latido al escuchar esas palabras, conmovida al saber que Emma podía sentirse así de bien en su mansión. Ella no quería esperar, ni imaginar nada, sabía que no tenía el derecho de pedirle a Emma, a Henry o a Ingrid que pusieran boca abajo sus vidas cuando a ella le bastaba con no presentarse a las próximas elecciones para verse libre de sus funciones y poder unirse a ellos. Sería largo y difícil, pero haría todo lo posible para que eso funcionara. Solo hacía falta que ella aceptara dejar a su marido e hija. Pero con lo que Emma acababa de decir, tenía la impresión de que Storybrooke podría convertirse un día en un lugar de paso, para largas vacaciones por ejemplo…Y ella tendría la ocasión de venir a visitarlos…

Pasó su brazo alrededor de su compañera y abandonaron ese lugar sin mirar atrás. Ella tenía esa extraña sensación de haber pasado página de una importante parte de su vida. Había logrado enfrentarse a sus miedos, combatirlos y plantarles cara.

Las dos mujeres regresaron en silencio, sin soltarse. Exhausta por la fuerza de los sentimientos que había experimentado ese día, Emma se dejó caer en la cama y se acurrucó junto a Regina que continuaba protegiéndola rodeándola con sus brazos. Su noche fue agitada y se despertó sobresaltada varias veces, pero fue inmediatamente calmada por los tiernos gestos de la morena que se afanaba en apaciguarla en cada nueva crisis. Y cuando el despertador sonó esa mañana, ni la una ni la otra tenía ganas de salir del edredón.

-Lo siento…- murmuró Emma posando su mano sobre la mejilla de Regina, que mantenía los ojos cerrados

-No te excuses, no es tu culpa- respondió ella con voz ronca -Solo prométeme un día para levantarnos tarde la semana que viene.

Como toda respuesta, la rubia la besó tiernamente, lo que la hizo despertarse algo más fácilmente. Pasaron así largos minutos dándose los buenos días, hasta que el despertador de la morena sonó una segunda vez, señal de que ya era hora de prepararse.

-¿Qué piensas hacer hoy?- preguntó la alcaldesa desde el cuarto de baño

-Como mañana por la mañana nos vamos, iré a despedirme de Granny y Ruby esta mañana.

-¿Te molestaría desayunar allí? Tengo una reunión esta mañana y si tengo que dejarte allí, no tengo tiempo de ponerme a preparar algo y…

Emma había entrado en el baño y se había parado en seco al ver a su compañera inclinada sobre el espejo del lavabo, maquillándose. Aún no se había puesto su blusa blanca para no mancharla y se encontraba en sujetador y falda.

-¿Emma? ¿Estás bien?- se inquietó la alcaldesa al ver que la rubia no se movía.

-Tú…Estás…Tú…- balbuceó ella. Se dio una bofetada mental antes de recobrarse y hablar con una malicia en la voz que ella no se reconocía –Estate preparada, Regina…Porque cuando te veo así, puedo garantizarte que el día en que yo esté lista, pienso hacerte el amor durante horas…- se había acercado despacio a ella y había pasado sus manos en sus caderas denudas -…y horas…- añadió besándole el cuello –Y horas- terminó ascendiendo sus manos por su espalda antes de besarla con fervor.

Regina ya no podía pensar coherentemente, porque sus sentidos estaban en llama. Se sujetó al lavabo con tanta fuerza que sus falanges emblanquecieron.

-Emma…- suplicó una vez más

-A la espera, déjame prepararte el desayuno mientras te arreglas- dijo la joven alejándose como si nada –Yo saldré un poco más tarde y ya me las apañaré para ir a Granny's.

Sí. Emma ya no deseaba tener miedo de caminar sola por ese pueblo. Quería poder pasear por las calles sin temor, sin aprensión. Quería también saberse capaz de efectuar sus propios pasos adelante, sola, sin que Regina estuviera ahí para sujetarle la mano. Porque esa situación de dependencia que estaba creando podría llegar a ser perjudicial un día u otro.

Regina bajó diez minutos más tarde y una taza de café y dos pedazos de tarta de frutas la esperaban en la mesa. Emma, por su parte, se estaba preparando un chocolate caliente ante la mirada enternecida de la alcaldesa.

-Podría acostumbrarme a esto…-dijo ella para anunciar su presencia. Y ante la mirada interrogadora de su compañera añadió –a que tú me prepares mi desayuno cada mañana antes de salir para el ayuntamiento.

Emma sonrió, incómoda, consciente de que no iba a estar a su lado dentro de algunas semanas. Un triste silencio se hizo durante el que la morena comió rápidamente lo que ella le había preparado.

Finalmente se levantó para preparar sus cosas y la rubia se acercó para darle su acostumbrada manzana que había olvidado.

-Gracias…- dijo metiendo la fruta en su bolso -¿Nos vemos a mediodía para comer?

-¡Por supuesto! Te mando un mensaje para decirte dónde estoy.

-Si necesitas cualquier cosa, sabes que puedo salir antes para…

-No te preocupes- la cortó-todo irá bien.

Ella la besó, por un largo instante, y la dejó partir con una sincera sonrisa. Porque ese día era un bello día y se sentía lo suficientemente fuerte para afrontarlo todo.

Y lo fue. Salió de la mansión una hora después, no sin cierta aprensión, pero logró llegar a Granny's sin pestañear. Rió con Ruby y Granny buena parte de la mañana y pidió algo de comer para Regina y ella antes de dirigirse hacia el ayuntamiento, lista para darle una sorpresa a su compañera.

A mediodía, estaba abriendo las puertas del despacho de la morena quien la acogió con alegría, feliz de ver que Emma había atravesado otra etapa. Almorzaron tranquilamente, contándose sus mañanas, sobre todo la larga e interminable reunión de la alcaldesa.

-He estado revisando con Rose, y si esta tarde dejó todo cerrado, nada urgente está previsto para las próximas dos semanas- Emma dejó de comer su postre para escuchar a la morena –Ella me hará resúmenes cada día para no perderme y no verme desbordada a mi vuelta…Solo tengo que llevarme mi ordenador a Nueva York.

-¿Dos semanas?

-Dos semanas- confirmó con una sonrisa –Solos tú, yo, Henry y tu madre.

La rubia sonrió de oreja a oreja ante la idea de estar rodeada de todos los que amaba más que a nada. Esos próximos catorce días se anunciaban idílicos…