CAPÍTULO XXXVII
Te necesito cerca... aunque sea un rato
LEIVA
—Tápate con la manta.
—Pero te he dicho que tengo calor…
—Alexander, estás temblando. Debes taparte… hazme caso.
Se miraron a los ojos. Mientras que los de Alec se hallaban teñidos de súplica, los de Magnus decían que no pensaba claudicar. Finalmente, el nefilim pegó un bufido y dejó la manta donde el brujo quería que la tuviera, cubriéndole el cuerpo hasta encontrarse bajo las axilas.
Estaban en la cama, en la habitación del cazador de sombras. Alec tumbado y él sentado a su lado. Tras haberle curado y desinfectado las heridas que le habían causado las sirenas rabiosas del Támesis, le había suministrado un potente brebaje curativo. Sin embargo, por mucha magia que fuera capaz de crear no podía evitarle pasar por el proceso de la fiebre, los escalofríos, el dolor de garganta y la falta de apetito.
—Intenta dormir, Alexander —dijo con dulzura—. Te vendrá bien. Hazme caso por una vez.
—Pero… —intentó protestar.
—Seguiré estando aquí cuando despiertes. Te lo prometo.
Alec sonrió al escuchar aquello. Magnus no pudo evitar hacer lo mismo al observar su reacción, al tiempo que el corazón le comenzaba a aletear cual mariposa en su pecho. Le dio un suave beso en la mejilla e intentó volver a concentrarse en la lectura de un libro que había cogido de las múltiples estanterías repletas que pertenecían al nefilim. Pero no fue capaz de pasar del segundo párrafo, por lo que acabó dejándolo reposar sobre la mesilla de noche.
Se giró para observar a Alec, que ya había caído dormido. Su pecho subía y bajaba lentamente. Aunque sus párpados se hallaran cerrados, las largas pestañas le temblaban ligeramente al ritmo de su respiración. Magnus no deseaba otra cosa más que echarse sobre su regazo y dormir impregnándose al máximo de él, pero sabía que no era conveniente. Alec se moría de calor por la fiebre. Así que lo que hizo fue apagar la lamparilla para no perturbarle el sueño y se tumbó a su lado. Gracias a sus ojos gatunos, podía seguir contemplando la imperfecta perfección del joven cazador de sombras a pesar de la oscuridad imperante. Podría haberlo hecho durante toda la eternidad sin aburrirse ni lo más mínimo, pero Morfeo acabó arrastrándole hacia sus terrenos a él también.
Aquello iba de mal en peor. Sentía la runa que le unía a Jace parpadear en su hombro. Sabía que la vida de su parabatai estaba llegando a su fin y él no estaba junto a él, como era su verdadero deber. Y aquello le producía todavía mayor dolor si es que era posible sentirse aún más miserable.
En cambio, se encontraba en una sala llena de demonios, cazadores de sombras y subterráneos; un auténtico maremágnum en el que luchaban unos contra otros. Y en el centro de todo, caminando con tranquilidad, como pavoneándose, se encontraba el artífice de aquel caos y el centro de todos sus males: Jonathan Christopher Morgenstern. Sebastian.
Había acabado con la vida de muchos de los suyos, tanto cazadores de sombras reputados como jóvenes con toda una vida por delante; al igual que a muchos subterráneos igualmente valerosos. Había matado con sus propias manos y sin piedad al inocente y dulce Max, había estado a punto de hacer lo mismo por dos veces a Isabelle; se había llevado a Jace, quien se encontraba en aquel mismo momento agonizando por culpa de sus hordas de criaturas demoníacas. Su propio padre había muerto ante él hacía apenas unas horas. Por eso, él lo tenía claro: Sebastian moriría a manos de él. Por todo lo que le había hecho a su familia en concreto y a su mundo en general. Nunca antes Alec había sentido aquellas ganas imperiosas de matar y nunca jamás las sentiría como en aquel día.
Sin embargo, llegar hasta aquel falso cazador de sombras con sangre de demonio no resultó fácil en absoluto. Los demonios se percataron de su presencia y se les echaron encima y comenzaron a atacar sin piedad. Alec les respondió de inmediato. Desechó su arco y el carcaj flechas y sacó en su lugar dos afiladas dagas del cinto. Esquivó y corrió, atacó y contraatacó. Junto a Isabelle y Simon logró acabar con la apestosa araña que era el Kuri que se les había puesto delante. Tras éste se encontraba un gigantesco demonio Elapid con cabezas de serpiente, un largo cuerpo y múltiples piernas terminadas en garras. La cosa se había puesto más que fea.
Empezaron a luchar contra él, como si Simon, Izzy y él siempre hubiesen actuado en equipo. Isabelle rebanaba cabezas con su látigo, con la protección de Alec y el vampiro que lanzaba flechas sin parar a los puntos clave. Para no haberlo planeado no lo hacían nada mal, pero el cazador de sombras sabía que de aquel modo podrían seguir durante horas, y no disponían precisamente de mucho tiempo. Cuantos más minutos perdían más de los suyos caían y más demonios aparecían.
Sólo había una escapatoria posible. Se echó para atrás, saltó y agarró la cadena de una lámpara colgante de las que se hallaban por la sala y comenzó a balancearse. Simon e Isabelle le miraron sin comprender, pero no cesaron ni por un segundo en su ataque. Cuando consiguió el impulso suficiente, les dijo:
—Huid. Salvaos.
Y saltó sobre el demonio, acertando su daga en la cabeza central y deslizándose sobre el cuerpo alargado de éste, que a los breves segundos desapareció. Corrió unos cuantos metros y se encontró con Sebastian frente a él.
—Debo reconocer —le dijo haciendo contacto visual con él. Sus ojos eran dos cavidades negras, sin fondo aparente—, que me has sorprendido. No creía que los de tu clase fueran capaces de pelear siquiera. Ahora bien, ésta ha sido la única vez en la que podrás hacerlo. Sin tu novia ni tu hermano el angelito a tu lado eres como ese hermanito pequeño tuyo, el niño repelente de gafas grandes… ¿cómo se llamaba? —fingió pensarlo—. Uhm… no lo recuerdo, en fin, no era nadie.
La ira corría por las venas del nefilim. Alec no dejaba de sentir que Jace le estaba dejando, pero parecía que al mismo tiempo le decía lo que debía hacer: no seguir el juego de Sebastian y darle su más que merecida muerte cuanto antes. Así que apretó con fuerza los mangos de las dagas y se lanzó sobre él. Aunque sorprendido, el hijo de Valentine forcejeó con él y logró esquivarle en el último momento. Su gélida sonrisa permanecía en el rostro de demonio que tenía por cara.
—¿De verdad crees que puedes ser más rápido que yo, que tienes alguna oportunidad frente a mí? ¿Precisamente tú, un cazador de sombras normal y corriente, a quien la Clave debería retirar las marcas por suponer una aberración para la humanidad?
—¿Hablas tú de aberraciones, monstruo? ¿Tú, que eres incapaz de amar? —dijo una voz que procedía del lateral derecho de Alec.
Lo había dicho Simon, en el mismo momento en el que una flecha atravesaba el aire y le hería justo en el corazón. Sebastian soltó una carcajada.
—El diurno cree que sus flechas pueden contra mí, no sabe que soy… —pero algo en su cuello lo acalló. Se trataba nada más y nada menos que un látigo de electrum, que le rodeaba el cuello y se cernía sobre él cada vez más y más. Quien lo empuñaba no era otra que Isabelle Lightwood.
—Alec, acaba con él ahora mismo —dijo su hermana entre dientes.
Y Alec lo hizo. Se lanzó sobre él y le hundió la daga entera en el pecho, mientras que con la otra lo apuñalaba una y otra vez, una y otra vez durante incontables ocasiones. Por Max, por su padre y por Jace, sobre todo el mundo, por Jace, a quien notaba cada vez más y más lejos. Durante unos instantes no era capaz de ver o sentir nada más que aquello: la fina conexión que les unía a él y a su parabatai, aquélla se asemejaba a una cuerda que había ido deshilachándose poco a poco desde el ataque del demonio en uno de los pasillos del lugar. En aquellos momentos, a la unión que antaño se había asemejado a una firme cadena de hierro sólo le quedaba un ligero cordel, pero él pensaba aferrarse a éste con todas sus fuerzas.
—Alec, detente. Alec, ya está muerto —Isabelle no le paraba de repetir, aunque él era incapaz de hacerle caso o escucharla siquiera. Ella tenía el rostro impregnado en lágrimas y le miraba de forma desesperada—. Simon, hazle parar, por lo que más quieras.
El vampiro se acercó a él y le tomó de las manos, empleando la fuerza. Alec no era capaz de dejar fácilmente de atacar al cuerpo inerte del que había sido un monstruo en vida.
—Alec, ya está, todo ha acabado. Déjalo ya.
—Hay que quemar su cuerpo, no puede quedar ninguna posibilidad… —murmuró.
—Ellos se van a ocupar de él ahora —dijo señalando a los cazadores de sombras que habían comenzado a acercarse a ellos—. Al haberlo matado, todos los que le seguían se han desvanecido. La batalla ha terminado.
—Pero… —protestó.
—Alec, ¿qué no ves que estás herido? —le preguntó su hermana, exasperada.
Entonces Alec se dio cuenta de la verdadera razón por la que lloraba Isabelle. Antes de morir, Sebastian le había clavado una larga daga en el vientre. La vista se le nubló y el cazador de sombras dejó de ver a los de su alrededor, ya no veía más que sangre. La suya propia, la de Sebastian y la de todos los muertos. Sintió que empezaba a caer. Y mientras caía y la negrura lo rodeaba, sólo podía sentir una cosa: que Jace acababa de morir y que con él una parte de Alexander Gideon Lightwood también lo había hecho.
—Jace.
De normal, despertarse al oír a Alec pronunciar el nombre de su parabatai ( del que había estado enamorado años antes) habría provocado una oleada de celos en Magnus Bane, pero en esta ocasión no sucedió así. El cazador de sombras no lo decía con deseo, sino con gran tristeza, y al nombre del Herondale le siguió un grito de terror absoluto.
Magnus, que acababa de encender la lámpara de la mesilla de noche, vio cómo Alec se despertaba con el cuerpo entero temblándole y se doblaba sobre sí mismo, llevando una mano a su hombro, el lugar en el que se encontraba la marca difuminada de su unión con Jace Herondale. Estaba absolutamente descolocado y cuando se encontró con los ojos de Magnus su mirada era de desconcierto. De golpe y como si le hubiesen accionado un botón, empezó a llorar.
Magnus no dijo nada, sino que se acercó a él, le puso un brazo sobre los hombros y lo atrajo hacia su pecho. Le besó los cabellos y le acarició en numerosas ocasiones la espalda, aunque sabía que el nefilim necesitaría de un tiempo para lograr calmarse. Al principio Alec intentó explicar lo que le sucedía, pero sus sollozos le impedían formar palabras comprensibles y acabó desistiendo.
De todos modos, Magnus ya se podía imaginar lo que le habría pasado. Permaneció intentando reconfortarle en silencio durante largo rato. Cuando se le pasó un poco el sofoco Alec intentó explicarse, contándole todo lo que había pasado el día en el que el corazón su mejor amigo, su hermano, su otra mitad… había dejado de latir. Siguió llorando durante más tiempo, si bien con menor intensidad. Aunque el llanto se detuvo por completo un tiempo después, Alec se mantuvo en el regazo del brujo durante un tiempo, respirando agitadamente.
—Lo siento. Te he despertado, te he puesto perdido… lo siento —dijo en cierto momento y se irguió para apartarse de él.
Pero Magnus reaccionó rápido y volvió a rodearle con sus brazos.
—Alexander, no te disculpes por nada de eso. Perdiste a tu parabatai, no estamos hablando de una chiquillada. Desconozco la sensación que debe producir eso, pero sé que es la peor experiencia por la que puede pasar un cazador de sombras.
Al ver que el nefilim iba a rechazar su consuelo, añadió:
—Y no te molestes por mi camisa —chasqueó los dedos y ésta desapareció al instante, dejando a la vista su pecho desnudo y bronceado.
Aquel acto resultó justo como él había esperado. Por un lado, distrajo a Alec lo suficiente como para que olvidara haber revivido la muerte de Jace; por otro, el nefilim le volvió a mirar lleno de deseo, lo que le complació hasta el punto de querer ronronear.
—Magnus —dijo Alec, y le salió sin querer un gallo—, no te pongas así… no cuando no podemos hacer nada… —al percibir la extrañeza por parte de Magnus, añadió—: Estoy enfermo y no quiero poner en riesgo tu salud.
—Pero yo estoy tan fuerte como un roble, además, lo que tú tienes no es infeccioso.
—Que estás fuerte a pesar de tu delgadez ya lo puedo ver, ya —dijo mordiéndose el labio. A Magnus le parecieron tiernos los esfuerzos por mirarle a la cara, cuando claramente se moría por recrearse en su torso—. Y… puede que no sea infeccioso, pero eso no quita que esté febril y no en mis mejores condiciones.
En ese momento, además, le sonaron las tripas. El nefilim no pudo evitar sonrojarse ante aquel ruido tan incómodo.
—Está bien, te entiendo. Pero al menos déjame aliviarte el otro tipo de hambre que sientes. Entonces, ¿debo ponerme una camisa? —preguntó con fingida inocencia.
—No es necesario, si tienes frío siempre puedes subir la temperatura de la calefacción —apuntó también simulando candidez.
A Magnus le pilló desprevenido aquella respuesta tan pícara por parte del nefilim, pero en vez de mostrar sorpresa replicó diciendo:
—Contigo a mi lado, Alexander, no necesito subir ningún termostato para estar bien caliente —realizó una breve pausa—. Voy a ver qué tienes en la cocina, porque si seguimos diciéndonos estas cosas en la cama no me hago consciente de mis actos.
Y tras decir esto, se levantó. El cazador de sombras hizo lo mismo.
—Voy contigo.
—Debes descansar —le recordó con dulzura.
—Ya estoy mejor. Y me quedaré sentado observándote cocinar, no es una actividad agotadora.
Magnus soltó un bufido en señal de rendición.
—Adiós a mi plan de sorprenderte con una buena comida que he hecho aparecer por arte de magia e intentar hacerte creer que la he cocinado yo. Vayamos a la cocina, entonces.
Alec aguardó sentado en una de las sillas altas de la barra mientras Magnus cocinaba. Acabó haciéndole huevos con beicon, pues no se atrevía con algo más complicado para el paladar de Alexander-chef-superestrella.
—¿Qué tal está? —le preguntó en cuanto se sentó junto a él, antes de pegar bocado de su plato.
—No tengo un paladar muy fino ahora mismo, ya sabes el porqué, pero creo que está rico —dijo sonriéndole.
Magnus comenzó a comer. Gracias al Ángel, Alec tenía razón, no estaba malo.
Se quedaron un rato charlando después de terminar el contenido de sus platos, pero al final Magnus decidió que era hora de volver a la habitación y se los llevó a la pila. Mientras se encontraba girado, Alec le preguntó:
—¿Tienes sueño?
—No. Pero tú debes descansar.
—¿Podemos descansar echados en el sofá viendo una película, verdad?
Alec ya se había levantado y caminaba hacia las estanterías repletas con DVD.
—¿Y qué película quieres que veamos?
—Uhm… ¿Te apetece Love Actually?
Magnus sonrió. Le encantaba la película, y sabía que le encantaría todavía más volver a verla al saber que Alec y él habían protagonizado una de sus escenas.
—Está bien. Ponla mientras limpio esto.
Hacía mucho tiempo que no la veía, pero recordaba prácticamente todos los diálogos. Lo más sorprendente era que Alec también. Mientras la visionaban comentaban las historias que más les gustaban (la favorita de Alec era la del escritor y la portuguesa, mientras que la de Magnus era la del Primer Ministro y su secretaria). Se rieron mucho juntos y, si bien le habría gustado haber estado abrazado al cazador de sombras y no pudo hacerlo, fue una grata experiencia. Se podía imaginar estar así durante el resto de sus vidas, lo que no le parecía mal plan.
—Magnus —dijo Alec con un tono de voz un tanto extraño, que inmediatamente rompió el hilo de sus ensoñaciones—, no quiero te asustes pero… no me encuentro muy bien.
De tan concentrado que había estado en la situación, se le había olvidado por completo el estado de salud del cazador de sombras, quien había pasado de estar normal a tener la frente perlada de sudor. El brujo se le acercó al instante y le tocó la frente, preocupado.
—Alexander, estás ardiendo. Pero mucho, muchísimo. La fiebre te ha subido de golpe. Creo que lo mejor será que te des un baño de agua fría.
Mientras la bañera se llenaba, Magnus ayudó a que Alec se desvistiera. No de la forma en que le hubiera gustado, por supuesto. Tampoco miró su cuerpo con deseo. Estaba demasiado preocupado por él como para pensar en aquellas cosas. En cuanto estuvo suficientemente llena, lo ayudó a meterse. Alec empezó a tiritar, pero mantuvo la calma.
—¿Te das cuenta de que es la segunda vez que me curas y luego me ayudas a que me bañe y ninguna de esas veces…? —el nefilim dejó la frase inconclusa y se sonrojó levemente.
—¿… he tenido la oportunidad de darte un baño con esponja como Dios manda? Ya me he dado cuenta. Pero debo decirte que, en cuanto te cures y sea el momento oportuno, juro que te daré un baño tan increíble que te hará olvidar a todos los hombres con los que has estado durante el tiempo que no hemos compartido juntos. Pienso marcar toda esa pálida y deliciosa piel tuya y reclamarla como siempre ha debido ser: mía y de nadie más. Así que, avisado estás, Alexander Lightwood.
Sabía que había sonado posesivo y celoso a más no poder. Pero con Alexander él era así. Por suerte, aquel comentario no pareció turbar al nefilim, que le respondió diciéndole:
—Lo mismo digo, Magnus Bane.
Por el Ángel, muchas, muchísimas gracias por todos vuestros reviews. No me creo que ya hayamos superado los 500. Debo decir que lamento no haberme puesto todavía con el capítulo extra que os prometí, pero es que he estado de viaje. Ya lo tengo más o menos ideado y creo que os gustará, pequeñas mentes traviesillas *cejas, cejas*
Como siempre, espero que os haya gustado el capítulo y nos leemos en el próximo.
AVE ATQUE VALE!
