Capítulo 38 – Destrozos


Albus siguió a Severus a través de los pasillos, sintiendo que el calor del castillo volvía a filtrarse dentro de sus viejos huesos. Tal vez sólo fue la enervante presencia de Harry antes en el patio que lo mandó al borde, pero los buenos instintos de viejo hechicero que lo habían mantenido vivo por mucho, mucho tiempo, estaban cosquilleando por atención. Deteniéndose, Albus dejó que Severus avanzara sin él. Cerrando sus ojos a las distracciones, envió sus sentidos de vuelta a las barreras. Las barreras estaban más tranquilas ahora, a falta de la feroz agitación de antes, pero aún había una débil sensación de angustia latente. Aún así, no había nada en agitándose en esta hora tardía que el castillo desaprobara.

"Extraño." La palabra resonó débilmente por el pasillo.

Sacudiendo su cabeza, alejó el sentimiento y volvió a partir. Severus no se había detenido ni reducido el paso por él, así que cuando Albus llegó a las mazmorras, Severus ya había encendido un fuego en la chimenea y estaba realizando metódicamente los pasos para hacer té.

Instalándose en su puesto habitual en uno de los sillones, Albus observó a Severus, notando las señales inequívocas de estrés en la tensión de los hombros del hombre y los círculos oscuros bajo los ojos de Severus. Algo de esa tensión se podía dejar a los pies de Tom, pero sabía que algo tenía que ver con la ruptura de la relación de Severus con Hermione Granger. ¿Habré hecho lo correcto al remover la influencia de la señorita Granger? No había dudas de que la chica le había inyectado vida de vuelta a Severus, más no podía evitar la idea de que la chica era peligrosa de alguna manera. Sin embargo, la quid de todo era que no podía arriesgar ningún desvío en su planeación de décadas. Había demasiado que pendía de esos planes, había demasiado en juego, y como siempre, la participación de Severus era crucial.

Las dudas lo plagaban cuando veía a Severus así. Había visto el nuevo trabajo de Miranda con la matriz de probabilidades. Había visto la suya propia, aún sin revelar nada, interfiriendo en las probabilidades cambiantes. No que lo considerara interferir, en sí. No era más o menos de lo que había estado haciendo desde la noche en que Sybill Trelawney había contado la profecía sobre Potter. No era como si sus dudas fueran nuevas. Había tenido dudas la noche en la que dejó a Harry con los Dursley y tomado el juramento de Severus. Esas mismas dudas surgían cada año al ver crecer al chico con una familia que apenas lo toleraba en el mejor de los casos o que lo odiaba en el peor. Había tenido tanto miedo de que al dejar a Harry con los Dursley simplemente crecería otro Tom. Pero no podía permitir cuestionarse, porque a pesar de todas sus dudas, aún no podía ver otro recurso ni a nadie más que tomara las decisiones. Nadie quería tomar sus decisiones. Nadie quería el puesto difícil. Nadie quería enviar a otros a lo que equivalía a una muerte segura.

Había sido una decisión difícil dejar a Harry, y el muchacho había soportado el peso de sus decisiones. Sin embargo, al final, si se hubiera llevado a Harry y lo hubiera criado él mismo, ose lo hubiera dado a los Weasley, Albus dudaba que Harry hubiera sobrevivido a ese primer fatídico encuentro con Quirrell. Las decisiones difíciles habían probado estar en lo correcto una vez más. Harry había crecido a la vez fuerte y compasivo a través de sus pruebas. Y aunque algunos también podrían decir que también lo hizo vulnerable y dependiente, Albus sabía que cuando llegara la hora de enfrentar a Tom, serían las privaciones con las que había crecido, el mismo amor que le habían negado la mayor parte de su vida y que ahora más anhelaba, las que lo llevarían hasta el final.

Albus vio el leve temblor en las manos de Severus mientras el hombre revolvía su taza de té con movimientos cuidadosos y controlados. Severus. Él era tan parecido a Harry en tantas maneras pero ninguno de los dos estaba dispuesto a ver esas similitudes, sólo sus diferencias. Si Harry, templado en el fuego de su juventud en Hogwarts, crecía hasta la adultez con la misma fuerza de carácter y voluntad que Severus, entonces Albus tendría pocos temores por el futuro de su mundo. Pero en el aquí y ahora, a veces le dolían las cosas que pedía tanto al hombre como al chico, pero no podía arriesgarse a que ninguno le fallara.

"¿Severus?"

La cuchara que agitaba la taza redujo la velocidad y se detuvo con un pequeño clink del metal contra la delicada porcelana. Dejando la taza a un lado sin ni siquiera tomar un sorbo, Severus cerró sus ojos e inclinó la cabeza hacia atrás, apoyándola en la silla. Le habló al techo abovedado encima de ellos, con voz hueca y tensa.

"Sabía... Sabíamos," se corrigió, "que el Señor Tenebroso estaba elaborando otros planes. También sabía que mi lugar al lado de Él era la causa de una envidia considerable entre mis compañeros Mortífagos. Esta noche fue la planificación y espectáculo final de lealtad de Thorfinn Rowle, llevado a cabo bajo el total conocimiento del Señor Tenebroso."

"¿Los detenidos?

Severus abrió brevemente sus ojos antes de volver a cerrarlos. "Su propósito era el que sospechabas – una distracción para el público, una manera de infundir miedo y respeto en la población general, dejando la impresión de que" – una mueca desdeñosa torció los labios de Severus – "el Ministerio está haciendo algo productivo."

Albus asintió, aunque Severus no podía verlo. "Después de esta noche, el Mundo Mágico le dará todo lo que pida el Ministerio, con pocas, si es que hay alguna, preguntas u objeciones."

"No puedo nombrarte los que cayeron o sobrevivieron. Necesitaré tu pensadero para ordenar todos los recuerdos. Eso nos dará algunos nombres más, pero..." La voz de Severus se desvaneció y luego inhaló entrecortadamente. "Tantas cosas sucedían al mismo tiempo." Él volvió a abrir brevemente los ojos antes de volver a cerrarlos. "Molly Weasley está muerta. Ella cayó a algunos metros de mí. Nunca vi a Arthur así que sospecho que vive. No sé sobre Aberforth. Ni Tonks ni Kingsley estaban ahí, ya fuera como Aurores o detenidos así que es posible que su posición aún sea segura. Madame Bones está muerta."

Un escalofrío recorrió la delgada figura de Severus. Albus mantuvo su silencio, familiarizado con la batalla interna que Severus estaba luchando. Entonces, mientras Albus observaba, ocurrió una transformación sutil cuando las líneas apretadas y tensión latente parecieron desvanecerse mágicamente del rostro de Severus. Enderezándose abruptamente en su silla, los ojos de Severus se abrieron y se mantuvieron abiertos. Alcanzó su taza de té que había estado enfriándose con manos que ya no se sacudían. "Tenemos que hacer planes ahora, esta noche. Comenzarán a moverse por la mañana."


Hermione luchó para respirar mientras el aire frío de la noche helaba sus pulmones. Estaban todos muertos. Esa pobre gente. Los miembros de la Orden. La señora Weasley. ¿Qué le iba a decir a Ron y Ginny? ¿Qué pasaría con Harry? El dolor físico en su pecho pareció estallar, irradiando corrientes de dolor a todos los puntos de su cuerpo. No quería nada más que acurrucarse aquí en esta tranquila y helada esquina del patio y llorar su desgracia, pero no podía. Tenía que decírselo a los demás. Oh, Dios ¿cómo se supone que voy a decirles esto? La enormidad de las noticias que tenía que entregar la abrumaba; las emociones y pensamientos se enredaban en su cabeza. No tenía idea de cuánto tiempo se quedó agazapada en el pequeño patio abandonado tratando de encontrar la manera de decir lo imposible. Cuando finalmente se dio cuenta de que no había una manera buena o fácil de decir lo que tenía que decir, se tambaleó sobre sus pies congelados. Castañeando los dientes y con los dedos tan entumecidos que no querían trabajar, Hermione apretó la capa de invisibilidad a su alrededor. Concentrándose en poner un pie frente al otro, se dirigió de vuelta al castillo.

La caminata a través de Hogwarts pareció ser a la vez eterna y haber terminado sin que hubiera pasado el tiempo. Se encontró a sí misma frente al retrato de la dama gorda sin ningún recuerdo real de cómo había llegado allí. Se quedó mirando el retrato por un largo momento, dándose cuenta de que por primera vez en todos sus años en el castillo, no podía recordar la contraseña. Dejando que la capa se deslizara por su cabeza hasta asentarse alrededor de sus hombros, dijo lo único que tenía sentido para ella. "Tengo frío."

La señora gorda, que había estado roncando en su silla, abrió un ojo con el ruido y soltó un grito sobresaltado por la media aparición frente a ella.

Hermione se estremeció. "Tengo frío." Repitió.

Con sus cejas pintadas subiendo hasta su pelo, la señora gorda se inclinó hacia adelante para observarla más de cerca. "Esa no es la contraseña, querida. Me temo que tendrás-" la pintura cortó sus palabras cuando un sátiro color pardo de un cuadro del vestíbulo saltó dentro del marco para susurrar furiosamente en su oído, mientras mantenía una mirada solemne hacia Hermione.

"Oh... oh." Dijo la señora, con sus propios ojos abriéndose en alarma mientras los susurros continuaban. Cuando el sátiro terminó, la habitual expresión jovial de la señora era contraída y pálida. "No importa la contraseña, querida. Te conozco lo suficiente. Pasa."

"Gracias." Dijo débilmente Hermione cuando la puerta se abrió.

Hermione se hizo camino hacia el pie de las escaleras que guiaban a la mitad de la torre que correspondía a los chicos, sólo para encontrarse a sí misma empujando inútilmente contra una barrera invisible. Lágrimas de frustración inundaron sus mejillas. Estaba tan cerca. Sólo tenía que llegar un poco más allá. Extendió una mano contra el muro de piedra. "Por favor." Musitó. "Por favor, déjame pasar."

Más lágrimas, ésta vez de gratitud, se deslizaron por su rostro cuando la barrera cayó, dejándola pasar. Ella subió con lentitud, haciéndose camino hasta el mismo nivel en el que estaba su propio dormitorio, pero una vez ahí, se detuvo perpleja. Girándose lentamente, contempló las puertas cerradas que se alineaban en la pared curva de la torre. No tenía idea de cuál pertenecía al cuarto de Harry y Ron.

"¡Pssst!"

Hermione se sacudió con el ruido inesperado y luego se relajó cuando vio el sátiro en la esquina de otra pintura, la cual retrataba a dos guerreros que habían detenido su batalla para mirarla con curiosidad.

"¿Buscas a tus amigos?"

Ella asintió.

"Eso creí. Tercera puerta hacia abajo, señorita."

"Gracias." Dijo ella, dirigiéndole sonrisa débil.

El sátiro le asintió solemnemente y luego movió su cabeza en dirección a las puertas. "Vamos, entonces."

Encontrando la puerta correcta, la abrió de un empujón. El sonido de la puerta abriéndose debió haber sido lo suficientemente fuerte para Dean, quién tenía las cortinas de su cama abiertas, se sentara con un adormilado, "¿Qué?"

Hermione dio un paso más en el interior, con sus zapatos arrastrándose por el suelo. Con el ruido, los ojos de Dean perdieron su mirada adormilada y de repente estuvo sosteniendo su varita, con la punta barriendo de un lado a otro en la oscura habitación. "¿Quién está ahí?" Gritó, seguido casi inmediatamente por "Ron, Harry, Neville ¡despierten! Alguien está en el cuarto." Tres conjuntos de cabezas y varitas se asomaron por las colinas de las camas.

Maldiciendo a Dean y sus gritos en voz baja, ella dejó caer la capa de sus hombros. "Cállate," dijo entre dientes. "¿Quieres llamar la atención de todo el mundo?" Los ojos de Dean se abrieron como platos con la repentina aparición de Hermione y su tono vehemente, pero su boca se cerró con una agradable presteza.

Harry pasó una mano por su cara, enderezando las gafas que estaban torcidas sobre su nariz. "Hermione, ¿qué estás haciendo aquí?"

"Creo que la mejor pregunta es ¿cómo llegaste aquí?" Ron preguntó confundido y con sólo un ligero indicio de asombro. "Ni siquiera Fred y George fueron capaces de romper los encantamientos que mantienen a los chicos en un lado de la torre y las en chicas el otro."

"Yo..." Ella se detuvo, incapaz de decir las palabras atrapadas en su garganta.

Fue Neville quien rompió la parálisis que la retenía. Bajando de su cama, puso una mano suavemente en su espalda. "Hermione, te estás congelando." El toque y la preocupación en su voz la enviaron a sus rodillas.

"¡Hermione!"

Su colapso causó que los demás se apresuraran en salir de sus camas para amontonarse a su alrededor, con sus voces superponiéndose con urgencia, bombardeándola con preguntas que no era capaz de responder y haciendo que su cabeza ya revuelta le doliera. Sintió que un destello de gratitud la atravesaba cuando el temperamento de Harry finalmente se quebró. "¡Cállense! ¡Todos, solo cállense!"

Afortunadamente, todo quedó en silencio.

"Hermione, ¿qué estás haciendo aquí?" La voz de Harry era amable y tranquila, una especie de canturreo suave que usarías con un animal callejero cuyo temperamento no estabas seguro. Ella tuvo el pensamiento fugaz de que debería sentirse ofendida, pero en realidad, se sentía reconfortada por el murmullo de su voz.

Ella no tenía el coraje de encontrarse con sus ojos, temiendo que si lo hacía, nunca lograría decir las palabras. Así que con las manos apretadas contra todo lo que estaba sintiendo, Hermione comenzó a hablar. Salió vacilante, a trompicones hasta que con un susurro dio la lista de muertos. Sólo cuando lo hizo, levantó su cabeza y su vista. Se encontró con cuatro expresiones duras y llenas de terror mirándola de vuelta, con lágrimas corriendo sin vergüenza por su rostro. En el momento siguiente, estaba envuelta entre los brazos de Ron, con su cabeza sobre el hombro de su amigo y los dedos de él aferrándose a su camisa.

Ella se quedó en esa posición por un largo tiempo, simplemente aferrándose a la pijama de Ron, pero sin importar lo mucho que deseaba quedarse donde estaba, sabía que no podía.

Cuando finalmente levantó su cabeza del hombro de Ron, fue Neville quien encontró sus ojos. Los de él estaban enrojecidos pero firmes, y recordó de repente que por un capricho del destino, Neville podría haber sido el elegido para enfrentar a Voldemort. "Tenemos que hacer planes." Dijo él. "Mañana será un mal día."

"¿Qué pasa con Ginny?" Preguntó Harry, "Tenemos que..." Sus palabras se apagaron, mirando a Ron. "Tenemos que decirle. Ron, tienes que decirle."

R palideció con las palabras de Harry, siendo más notorio por su coloración. No dijo nada, pero concordó con la cabeza. Hermione se volvió a tambalear a sus pies. "Iré a buscarla y la llevaré a la Sala Común. Los encontraré allí."

"¿No deberíamos traerla aquí?" Preguntó Dean.

Hermione negó con la cabeza. "No creo que pueda. No-" ella volvió a sacudir su cabeza. Ahora no era el momento de explicar al castillo semi-sensible. "Escaleras abajo sería mejor."

Empujándose a sí misma en sus pies, dejó a los chicos y se apresuró a bajar las escaleras y dirigirse hacia los dormitorios de las chicas. No se molestó en entrar a hurtadillas a la habitación de Ginny, sino que simplemente entró y sacudió a la chica. Cuando Ginny parpadeó adormilada hacia ella, Hermione susurró, "Ven conmigo." Cuando pareció que la chica más joven estaba a punto de protestar, Hermione volvió a murmurar la orden. Esta vez Ginny movió sus piernas hacia el borde de la cama.

Tomando su túnica, Ginny siguió a Hermione sin una palabra hasta que alcanzaron las escaleras. Entonces comenzaron las preguntas. "Hermione, ¿qué está pasando? ¿Sabes qué hora es? ¿A dónde vamos? ¿Vas a-" las preguntas de la chica, y su movimiento hacia adelante, se detuvo cuando llegó al final de las escaleras y vio el pequeño grupo de Harry, Ron, Dean y Neville esperándolas. "¿Qué sucede, Ron?"


Decirle a Ginny que Molly Weasley estaba muerta los volvió a romper a todos. Pero a Hermione le alegró ver que cuando Ginny se giró hacia Harry, él la envolvió entre sus brazos y la sostuvo mientras lloraba. Y cuando las lágrimas se acabaron, Ginny se sostuvo firmemente de la mano de Harry. Los seis hablaron mucho a lo largo de la noche sobre qué hacer y qué no. Dieron vueltas interminables en torno al tema, pero no encontraron respuestas mientras el amanecer iluminaba las ventanas. Harry quería asaltar el castillo, literalmente y figurativamente. Ron aconsejó reunir más información antes de hacer algo.

Hermione se sentó mayormente en silencio y dejó que los demás hablaran a su alrededor. Habían pasado demasiadas cosas en los últimos días. El agotamiento, físico y mental, tiraba de ella y simplemente ya no tenía energía que dar. Daba respuestas cuando le hacían preguntas directas y asentía con la cabeza cuando parecía apropiado, pero en su mayoría, por una vez en su vida, se quedó sentada y dejó que los demás manejaran las cosas.

Al final, cansados y con el corazón adolorido, los seis decidieron no hacer nada. Así que esperaron; esperaron a que el tiempo pasara y llegó la hora del desayuno para ver cómo había cambiado el mundo una vez más.


Entrar al Gran Comedor esa mañana fue una de las cosas más difíciles que Hermione hubiera hecho alguna vez. Al cruzar el marco de la puerta, no pudo evitar esperar encontrarse con un caos. Lo que obtuvo fue la cacofonía de siempre con los gritos y estudiantes pululando que la saludaban como cada mañana a lo largo los últimos siete años. Era desconcertante y sacudió sus sentidos. Ella tanteó a ciegas y sintió una mano firme agarrando sus dedos y dándole un firme apretón antes de soltarla. Ni siquiera estaba segura de quién la había tranquilizado, pero respiró profundo y continuó caminando. Mientras hacía su camino por la larga mesa hasta su asiento, sus ojos subieron hasta las ventanas altas, buscando las lechuzas que llegarían pronto con El Profeta. Su mirada cayó sobre Harry cuando él chocó sus hombros al tomar asiento junto a ella.

"Dumbledore no está aquí." La voz de Harry era tensa y tenía una nota desolada que retorció el nudo en la boca de su estómago. Le tomó un segundo para que las palabras consiguieran penetrar realmente la niebla que la rodeaba, pero cuando lo hicieron sus ojos se dirigieron al frente del salón. La ornamentada silla de roble de Dumbledore estaba empujada contra la mesa principal. No había cubiertos frente al puesto del director. Junto al puesto vacío del profesor Dumbledore, la profesora McGonagall se sentaba erguida, con sus labios tan apretados que Hermione, desde su asiento en la mesa de Gryffindor, podía sentir la desaprobación emanando de la subdirectora.

"¿Crees que Dumbledore se está escondiendo o que el Ministerio lo arrestó?" preguntó Ron.

"Escondiéndose," adivinó Harry, "como cuando Umbridge trató de tomar el control." Harry hizo un gesto con la barbilla hacia la mesa principal. "Snape aún está aquí."

"¿Dumbledore te mencionó algún plan de contingencia, Harry?"

Harry negó con la cabeza, con expresión sombría. "Nada. Casi todas nuestras charlas se han tratado de Voldemort o Tom Riddle antes de que se convirtiera en Voldemort. Nunca mencionó esto."


Severus sintió el peso del día sobre él, la fatiga hacía que sus extremidades y párpados se sintieran pesados mientras caminaba hacia el Gran Comedor para el desayuno. No hubo descanso la noche anterior. Habían demasiados planes existentes que debían ser cambiados y demasiados planes nuevos que debían ponerse en marcha para dejar que un asunto menor como el sueño se interpusiera. En algún momento cerca de las tres, Minerva había sido despertada y se había unido a ellos en los aposentos de Severus. Una hora más o menos antes del amanecer, Vector también había sido levantada de su cálida cama. El plan que habían elaborado era apresurado y poco desarrollado, pero era todo lo que tenían.

Él se detuvo en la oscura puerta que guiaba de las mazmorras hacia al Comedor. El lugar era lo suficientemente sombrío para que los que estaban dentro no pudieran verlo, pero le daba una vista sin obstáculos. Él observó las mesas, notando a los madrugadores habituales. Probablemente la mitad de la mesa de Ravenclaw estaba presente. Las de Hufflepuff y Slytherin estaban escasamente pobladas, como era acostumbrado a esta hora. La mesa de Gryffindor también estaba escasamente poblada. Era una bendición que Potter, Granger y Weasley estuvieran ausentes. Parecía ser, afortunadamente, una mañana de jueves normal. Inexplicablemente, había temido que de alguna manera la noticia de la masacre se hubiera filtrado y causado pánico. Una parte de él había estado listo para enfrentar un caos e histeria estudiantil, aunque sabía que llegaría pronto.

Cuadrando sus hombros, asentó su túnica a su alrededor. Una sola respiración y se deslizó dentro del salón, frunciendo el ceño hacia los estudiantes reunidos. Asintió una vez hacia Minerva antes de sentarse en su silla, evitando deliberadamente mirar a la silla vacía de Dumbledore. Habría pánico. El truco sería manejar el pánico a continuación y rescatar a Potter y sus compañeros de lo que seguramente sería una captura del Ministerio. Dawlish trataría de ir por Potter. Severus tenía que asegurarse de que no sucediera.

Severus volvió a revisar el comedor, buscando a Dawlish y sus secuaces. Ninguno había llegado al salón aún. Pero esa fue sólo una pequeña bendición. Sus ojos volvieron a las puertas principales cuando un grupo mixto de estudiantes se abrió camino. Sus ojos fueron atraídos hacia una figura delgada con rizos rebeldes. Granger. Hermione. Para su mirada evaluadora, se veía pálida y tan cansada como él se sentía. Potter se veía tozudo a los ojos de Severus, aunque si Severus anduviera con ánimo más caritativo, podría decir que el chico se veía furioso y determinado. Weasley se veía casi tan pálido como Hermione, sus pecas sobresalían en contraste con su piel.

Lo sabían. Sus puños se apretaron hasta que relajó sus manos a la fuerza, colocándolas sobre la fría madera de la mesa. No tenía idea de cómo lo sabían esos tres, pero de alguna manera lo hacían. La pregunta ahora era si ese conocimiento previo sería una ayuda o un obstáculo. Sus ojos volvieron a desviarse hacia Potter... obstáculo, entonces. Severus se resignó a sí mismo a lo que pasaría a continuación. Incluso después de todo lo que había sucedido la noche anterior, una pequeña parte de él mantenía esperanza. En realidad, ya debería haber aprendido.


Nota de la Traductora:

¡Feliz Navidad a Todos! Espero que la estén pasando con sus seres queridos :) Sí, sé que los capítulos se han puesto muy depresivos, pero prometo que van a mejorar.

Que estén muy bien!