Charlie Weasley
Cojeando se acercó a la mesa de los profesores tratando de localizar a su familia, lo que no le llevó mucho tiempo. Al instante vio una abigarrada masa pelirroja rodeando algo en el suelo.
Rodeando el cadáver de su hermano Fred.
Apretando los dientes y aparentando mas serenidad de la que realmente sentía se encaminó hacía allí, cuando un destello rosa le asaltó por el rabillo del ojo. Giró la cabeza y lo que vio le hizo quedarse clavado en el suelo.
No, no podía ser. Tonks no podía estar muerta.
Aunque muy poca gente lo sabía, ambos habían tenido una especie de relación cuando estaban en Hogwarts. Tonks estaba loca por él y el...bueno, él había estado enamorada de ella desde siempre.
El problema era que también estaba enamorado de los dragones.
Después de dos años de relación, al final de séptimo, Tonks ya sabía que entraría en la academia de aurores, mientras que Charlie pensaba irse unos meses a Rumania a estudiar el comportamiento de los dragones en libertad.
- Serán un par de meses, Dora. Cuatro como mucho. Y después estaremos juntos para siempre.
Dora estuvo un par de días con el pelo rojo brillante y luego volvió al rosa. Por mucho que le doliera, sabía que era la pasión de Charlie y solo eran cuatro meses.
Después de esos cuatro meses fueron otros dos. Después seis más. Más tarde, entró como becario en una reserva de dragones. La vuelta se fue alargando, las visitas a Inglaterra se espaciaron y se hicieron cada vez más frías. Tres años después se dieron cuenta de que eran un par de desconocidos a los que solo les unían un puñado de recuerdos de su época de estudiantes.
- Charlie, para –dijo Tonks después de que se embarcase en un farragoso relato sobre las montañas rumanas -. Tenemos que hablar.
Charlie resopló un poco, pero asintió con la cabeza. Lo sabía, sabía que tenían que hablar. Pero quería retrasar el momento lo máximo posible.
- ¿Qué estamos haciendo con nuestras vidas? Yo no puedo estar pendiente de una persona que vive en el otro lado de Europa; sobre todo cuando no siente nada por mí.
- Eso no es cierto –replicó indignado -. Sabes que te quiero.
Tonks convirtió sus labios en una fina línea y durante un par de segundos su cabello pareció flamear. Pero al final se calmó y consiguió decir con voz temblorosa.
- Déjalo, Charlie, no insistas. Deja de mentirme y, sobre todo, deja de mentirte a ti mismo.
- Dora, ¿pero qué...? –estaba muy confundido, no sabía a que se refería.
- Vamos Charlie, sabes que tengo razón. Tu solo amas una sola cosa: tus dragones.
Fue a protestar, pero cerró la boca y la miró sorprendido. Por mucho que le pesase, tenía razón.
No conocía nada mejor que salir con ellos a campo abierto, que ver a alguno salir del huevo, que curarles la podredumbre de las escamas. Los dragones eran los animales más fieros del mundo mágico (y seguro que del muggle también). Pero con los años había aprendido que eran más leales que muchas de las personas que conocía, y sin duda, más agradecidos. No es que renegase de la raza humana; pero era infinitamente más feliz con ellos que con los magos.
Tonks, que parecía seguir el hilo de sus pensamientos, asintió brevemente con la cabeza y se levantó.
- Será mejor que me vaya –se despidió con voz tomada -. No se me da bien las despedidas.
- Espera un segundo, yo...
Pero le volvió a interrumpir.
- Por favor Charlie, no digas nada. De verdad, es mejor así –después añadió con un brillo acuoso en sus ojos -. De verdad te deseo mucha suerte. Y ojalá que alguna vez puedas dar el cariño que das a tus dragones a una persona. Por tu bien, espero que sea pronto.
- Lo prometo –solo pudo decir con voz queda.
Ahora años después recordaba esa última despedida. Nunca había vuelto a involucrarse en una relación. Había tenido algún lío con un compañero de trabajo, y se había estado viendo con una chica de Rumania durante un par de meses. Pero eso era todo.
Mientras caminaba hacia el cadáver de Tonks, sus palabras resonaron en su cabeza haciendo que olvidase el caos reinante a su alrededor. Por fin las comprendía, ahora les veía el sentido. Y ahora se daba cuenta de lo mucho que había querido a esa patosa hufflepuff.
Pero ahora también se daba cuenta de que sería imposible cumplir su promesa.
Los dragones no te abandonaban sin previo aviso.
