XXXVI
Las dos mujeres agacharon la cabeza en señal de respeto al verla, pero Meg solo miraba con odio, un odio que nunca había sentido por miedo a su domina. Pero el miedo se había disipado, esa criatura era suya y no dejaría que la tocasen o se la llevaran de su lado.
– ¿Que es todo este escandalo? – dijo Claudia con una fingida sorpresa.
– Mi… mi domina la… la muchacha dio a luz. – Dijo la mujer
Vibia la miraba de reojo mientras Claudia se fue acercó a la esclava que tenia sujeta a la criatura y aparto las telas con un aire de desagrado.
– ¡Quiero ver a mi hija! – Exclamó Meg con ira.
Claudia levanto la vista hacia Meg, y con una sonrisa le dijo – No es nada tuyo, lo sabes igual que yo. Esta niña no es nada, es escoria, como cualquier otro hijo de esclavo… solo sirve para alimento.
– No permitiré que te la lleves… imploro a los dioses que te maldigan – Gritaba Meg
Las dos mujeres se quedaron paralizadas al escuchar la maldición que Meg acababa de decirle a su domina.
Claudia no se inmuto, solo sonreía – ¡Que patética eres…! Implora… pero ya sabes cuál es el destino que le corresponde. ¡Que pena que tu queridísimo gladiador no esté para verlo! ¿No?
Meg empezó a llorar.
Uno de los esclavos interrumpió en la habitación – Mi domina, su padre ha llegado.
Claudia amplió más su sonrisa – Bien, será un gran espectáculo. Dile que venga. – Ordeno Claudia sin apartar la mirada de Meg.
Pocos minutos después César apareció en el umbral de la puerta, acompañado del esclavo.
– ¿Pero que es esta locura? Estoy fuera unos días y parece haya habido una revolución en esta casa…. – se paró en seco al ver a Meg con la cara crispada de dolor y llanto, su cara era de repulsión.
– Padre, esta esclava ha dado a luz una niña – Dijo Claudia señalando a la criatura que en ese momento una de las esclavas ponía a los pies del César.
– Por favor, quiero verla mi domine... – Dijo Meg casi inaudible.
– ¡Cállate! – dijo Claudia
– No, no se la lleven por favor… Os lo suplico mi señor – Lloraba Meg
– ¡Te dije que te calles estúpida! – repitió Claudia con agresividad.
César ladeo la cabeza mientras estudiaba a la criatura. Se llevo la mano a la barbilla, dubitativo, quizás todavía algo incrédulo. Después se volvió a una de las esclavas.
– Quiero que te deshagas de él – Dijo el César señalando a Vibia. A esta se le agrandaron los ojos y su semblante tembló.
– Cumple lo que te ordeno – Repitió el César. – Dirígete al Forum Holitorium y abandónala en la Columna Lactaria
– S…si… domine. – Vibia respondió entrecortadamente.
Meg observaba la escena con terror y odio. Veía como la hija del César se regodeaba con excitación con las órdenes de su padre. Ya solo gimoteaba, sin fuerzas para gritar, el desvarío de la extenuación no le permitía asirse a la realidad, pero en su conciencia había quedado impresas las palabras que el César había dicho.
Alguna vez había escuchado de aquel sitio, las esclavas de la villa hablaban de tanto en tanto de ello. Era el destino de los menos afortunados, donde eran abandonados por las noches a su suerte. Los que tenían fortuna conseguían alguna mujer los amamantase, el resto… solo eran abandonados para que acabasen de extinguirse allí, criaturas sin un pasado ni futuro…
Meg vio como su amiga se llevaba a su tesoro mas preciado. Con la impotencia de no poder decir nada, solo mirar al infinito. Las lágrimas se le resbalaban en su rostro, mientras la otra mujer se había arrodillado para intentar lavar su herida con una jarra de barro para aplicarle algunos ungüentos.
Asegúrate de que esa herida no se infecte – Ordeno el César, sin mirar a Meg – Ah. mi querida hija, tengo que explicarte muchas cosas en este viaje que hice.
César y su hija abandonaron la habitación, pero antes de cerrar la puerta Claudia echo un vistazo a Meg con una sonrisa perversa en su rostro.
Sé que este capítulo es corto. Hay una cosa que si que es verdad como nombran en la historia sobre la "columna Lactaria"
La columna lactaria era un símbolo de la piedad materna. Hay quien podría ponerlo en duda. En efecto, ante el templo romano de la Piedad eran abandonados los niños no deseados. El hecho de que lo fueran ante un templo así titulado es clara señal de que los romanos comprendían ese gesto como un símbolo de la piedad. En vez de abortar o de abandonar a sus hijos en lugares desiertos, las madres los llevaban a la columna lactaria para que allí fueran amamantados por las nodrizas dispuestas por el Estado. Al ser abandonados en brazos de una matrona era algo mejor que la muerte y, por eso, la columna lactaria se convirtió en un signo de la piedad materna.
Sin embargo, hay quien podría ponerlo en duda. En la sociedad romana la virtud de la piedad no abundaba. Las prácticas abortivas estaban muy extendidas, así como los abandonos de los recién nacidos. Ni una ni otra práctica estaba penada o perseguida. No existía ningún deber moral o jurídico ni de tener el bebé engendrado ni de acogerlo en la propia familia una vez nacido. Bastaba que hubiera alguna duda acerca de la posible ilegitimidad del nacimiento, provocada por el adulterio o por el incesto, para que el paterfamilias tuviese el poder de abandonar al recién nacido a su suerte. Pero tampoco la intención de salvar a la criatura, llevándola a los pies de la columna lactaria, estaba exenta de crítica: el destino de esos niños era de lo más oscuro, pudiendo acabar fácilmente en la esclavitud o en la prostitución.
El padre inmediatamente después de nacido su hijo, debía levantarlo del suelo, donde lo había depositado la comadrona, para tomarlo en brazos y manifestar así que lo reconoce como suyo y rehúsa a exponerlo.
La criatura a la que su padre no levantaba, se vería expuesto ante la puerta del domicilio o en algún basurero público y lo podía recoger quién lo deseara.
También era práctica usual exponer o ahogar a los niños malformados, bajo el criterio de "Hay que separar lo bueno de lo que no sirve para nada" como postulaba Séneca.
