CAPITULO XXXVIII
Envenenar
-Levántate, perezoso.
-Cinco minutos más – supliqué y me revolqué entre las sábanas. Karen tendría que utilizar un ejército para sacarme de allí.
-¡Archibald!
-No soy él – dije y cubrí mi cabeza con la almohada –. Busca en otro sitio.
-Hueles a él – la pelirroja trepó como una serpiente por el colchón y deslizó la nariz hasta mi cuello –, y sabes a él – dijo antes de besarme –. Qué coincidencia ¿no te pareces? ¿O eres su malvado hermano gemelo?
-Basta – reí por la nariz al vibrar con sus caricias –. Karen, quiero dormir. Anoche no hicimos exactamente eso y estoy agotado.
-¿Yo te dejo agotado? – preguntó juguetona mientras entremetía los dedos por mi cabello.
-Eres una ladrona que roba todas mis energías. Voy a denunciarte a la policía.
-Muero de miedo – su mano alcanzó mi pierna por debajo de la manta y la recorrió exquisitamente con las uñas. Me sacudí de placer pero apreté los dientes para no dimitir. Estaba exhausto.
-Karen, basta.
-Anoche no decías lo mismo.
-No recuerdo haber dicho nada. Me callabas cada vez que abría la boca.
-Cada vez que la abrías para hablar – corrigió -. Vamos, joven Cornwell, despierte o tendré que despertarle a mi manera.
-¿Y cuál es esa? – quise provocarla – tal vez me agrade.
De pronto, sus suaves caricias y tierna voz se extinguieron. Ella y todo a mí alrededor se tornó en tinieblas. El calor de la cama se enfrió cuando un viento helado irrumpió violentamente y se adhirió a mi espalda como una larva. Una cuyo veneno se introdujo en mi sangre y comenzó a asfixiarme como si lo hubiese bebido.
-Karen… - la llamé en la oscuridad con la misma angustia de un niño pequeño -. No te vayas.
-Esperé demasiado – respondió, pero no pude verla. Su voz rebotaba en las paredes que no existían porque la oscuridad era abominable –, y no llegaste.
-Karen – corrí de un lado a otro en aquella maldita prisión que me impedía llegar a ella –, por favor, escúchame.
-¿Aún me quieres? – me preguntó con la voz rota. Como si estuviese llorando. Mi impotencia creció hasta el techo. Quería abrazarla y confortarla. Sufría por mi causa y no era justo.
-Por supuesto que te quiero – respondí, tratando de hallarla entre la confusión y la rabia. Súbitamente, la habitación recobró su luz y formas. Una mano delgada y pequeña envolvió la mía. Sin embargo, estaba fría como un témpano de hielo. No pude sentir alivio sino temor.
-Lo sabía – dijo alguien y una punzada martilló mi frente –, yo también… aún te quiero, Archie.
Abrí los ojos asustado, como si hubiese estado a punto de ahogarme a mitad del océano. Jalé aire a mis pulmones y el sudor bañó espalda. Estaba vivo, de algún modo lo sabía y me sentía aliviado, pero había olvidado el por qué. ¿Por qué estaba en una cama y el sol traspasaba las cortinas con naturalidad? ¿Qué día era? ¿Qué ciudad?
-Archie, despertaste.
¿Y quién estaba a mi lado?
-Gracias al cielo – murmuró una mujer y mis ojos siguieron la ruta de su voz para reconocer su rostro - ¿Te sientes mejor? ¿Puedes hablar?
No. Por alguna maldición oculta no pude abrir la boca para decir nada. Las palabras se aprisionaron en mi garganta y se estrangularon. Lo único que hice fue mirar a aquella mujer que se encontraba junto a mí. Hipócrita, mentirosa y también, a pesar de mí, el primer amor.
-Annie – susurré y recordé todo de golpe.
-Archie – sollozó en mi hombro y se abrazó a mi pecho –, estás vivo. Me alegra tanto. No sé qué haría sin ti. No me dejes otra vez, te lo suplico. No me dejes.
El sueño de una vida perfecta fue eso, un sueño. Karen se hallaba muy lejos de allí. No sabía cómo encontrarla. Quizás ella no me lo permitiría. Se había marchado pensando que la había abandonado; que había preferido volver a mi pasado y soltar su mano. No, Dios. Tenía que hallarla y explicarle.
-El doctor dice que podrás caminar de nuevo en un par de semanas – Annie acomodó las mantas y despejó el cabello de mi frente – pronto estarás bien. Yo te cuidaré.
¿Semanas? ¿No iba a caminar en tanto tiempo? Si hubiera podido, hubiese gritado desesperación. Sabía lo que haría mi familia conmigo. Me mantendría encerrado y lejos de todos. ¡No! ¡Necesitaba hablar con Karen!, tenía que ver a Candy y Albert y advertirles de los planes de la tía. ¡Tenía que escapar de allí!
-Compórtate y descansa – dijo Annie antes de besar mi mejilla –. Ordenaré que traigan tu desayuno. Yo te ayudaré. Seré tu enfermera día y noche, mi amor. Soy la mujer más feliz del mundo.
Cerré los ojos asqueado. Estaba asustado y enfurecido. Con una inflexible orden traté de mover las piernas pero fue inútil. Era como si estuviese amarrado a la cama. Examiné la alcoba y supe que había vuelto a la mansión Andrey. ¿Pero cuándo? ¿Cuánto tiempo estuve inconsciente? ¿Cuántos días habían pasado desde el accidente? ¿Semanas quizás? Oh, no. No iba a soportarlo. Tenía que ponerme de pie e irme.
-Karen… - murmuré su nombre como una oración. Tal vez pensar en ella y repetir su nombre podrían obrar un milagro –. Karen…
La encontraría. El tiempo y la distancia eran insignificantes. La encontraría donde estuviera y transformaría mi sueño en realidad. Karen y yo estábamos destinados a estar juntos. Y si no era así, al demonio el destino y su casualidad. La amaba y así sucedería.
Nueva York
-¡Hora del desayuno!
No fue la comida lo que me hizo sentir una inmensa alegría. Fue la voz de Candy y su sonrisa al atravesar la puerta.
-Buenos días, señor – saludó amablemente y colocó la charola en mi regazo – ¿tienes mejor ánimo hoy?
-Y mucha hambre.
-Los hombres siempre tienen hambre – antes de servirme un vaso con agua, sacó el termómetro y lo metió a mi boca –. No importa que el mundo comience una guerra o la termine, siempre tienen hambre.
-Es lo mismo con las mujeres hermosas – dije cuando terminó de medir mi temperatura –, no importa lo que suceda, siempre queremos verlas.
-Humh… - Candy aclaró su garganta y volvió al desayuno –. La temperatura cedió. De todas formas, tienes que quedarte una noche más. El Doctor Li quiere hacerte otros estudios.
-No sé cómo voy a pagarlo.
-No tienes que hacerlo. Éste es un hospital público y…
-No nací aquí. No creo que tenga permiso de usarlo cuándo sea y cómo quiera.
-¿Tú no eres…? – mi enfermera abrió los ojos como si con eso pudiera escuchar mejor – ¿americano?
-No – respondí con naturalidad –. Supongo que nunca te lo dije.
-Supones bien.
-Nací en Inglaterra. Edimburgo, para ser exactos.
-Oh… - aquella expresión reemplazó a un posible "no puede ser" -. Creí que tú y Susana…
-Tenemos madres distintas, recuérdalo.
-Edimburgo – repitió como si no me hubiese escuchado.
-¿Candy?
-Alguna vez estuve allí.
-¿Cuándo?
-Hace… mucho… - tanto que parecía no recordar, o no querer hacerlo.
-Candy – me atreví a tomar su mano, que distraídamente descansaba sobre la cama pero un repentino golpe en la puerta nos hizo saltar a los dos.
-¿Candy, qué haces aquí?
-¿Qué? – la pecosa volvió de su ensoñación y encaró a una malhumorada enfermera residente –, ah, hola, Natalie.
-No – la disgustada mujer se aproximó a nosotros con las manos en la cintura –. Esto no lo resolverás con un simple "Hola, Natalie" ¿A qué has venido? Ya no trabajas aquí.
-Pero trabaja para mí – intervine –. Es mi enfermera, señorita. Y le agradecería que no entrara en mi habitación sin antes tocar.
-En éste hospital no existen esa clase de privilegios – repuso –. Lo lamento, señor, pero tendrá que pedirle a su enfermera que se vaya. Una de nosotras se hará cargo de usted sin ningún contratiempo.
¿Y dejar de ver a Candy para en su lugar ver a una gruñona, flaca y narizona mujer como la que tenía en frente? Prefería saltar por la ventana.
-Candy, al parecer aún no comprendes que tus amigos no pueden hacer lo que quieran aquí. Aunque sean millonarios, no pueden…
-¿De qué hablas? – Candy respingó finalmente – ¿Mis amigos millonarios?, Richard está enfermo y no es ningún millonario. Es mi amigo pero lo cuido por órdenes del doctor Li y si fueras una mejor enfermera, habrías leído el comunicado del director de este hospital al empezar tu turno esta mañana.
-¡Yo no…! – la testaruda Natalie se tragó sus palabras y sujetó su cadena de oro, apenada y confusa –, bueno, yo…
-Hasta luego – dije y agité el brazo. Era hora de que se fuera y me dejara continuar con lo que había empezado en la mano de Candy.
-No lo entiendo – mi enfermera sacudió la cabeza al ver salir a su antigua amiga –. Ser parte de una familia afortunada me ha traído más problemas que alegrías.
-¿Aún me consideras tu amigo, Candy?
-¿Qué?
-Lo dijiste hace un momento.
-Ah, sí… - sonrió con un tenue rubor en sus mejillas –, claro que somos amigos. A pesar de que a veces te comportes como un delincu… - se detuvo de golpe, nuevamente con la mirada perdida.
-Temo preguntar qué pasa esta vez.
-Es nada. Lo siento. No dormí bien anoche.
-Se nota – dije y la tomé del brazo. La atraje hacia mí y sin su consentimiento rocé la línea debajo de sus ojos. Las marcas de su llanto y desvelo eran evidentes. Odié a ese bastardo por hacerla sufrir de esa forma, pero a la vez, me sentí afortunado de estar a su lado en ese instante –. Tus ojos son tan hermosos, Candy…
-Richard – intentó apartarse pero no la dejé –, por favor, yo no…
-Sólo déjame estar así un momento más.
-No. Será mejor que…
-¿Por qué tiemblas? – pregunté con los latidos de mi corazón desquiciados –. ¿Es porque te toco?
-¡No! – afirmó desviando la mirada.
-Candy…
-Richard, no hagas esto – cerró sus párpados pero no se resistió a que, con un suave tirón, la atrajera aún más.
-Lo lamento, sé lo que soy para ti. Pero yo simplemente…
-Richard, basta – la voz enérgica de otro visitante nos asustó por segunda vez –. Candy, siento mucho el comportamiento de mi hermano. Te prometo que no sucederá nuevamente.
-Susana… - le reclamé con la mirada.
-Los dejaré solos – Candy abandonó la habitación sin mediar otra explicación. Fue evidente la antipatía que sentía contra Susana al pasar a su lado. No se tomó la molestia de saludarla o despedirse.
-¿Qué hacías con ella? – inquirió mi hermana antes de preguntar por mi salud.
-A mí también me da gusto verte – dije, antes de un acceso de tos.
-Lo siento, pero no pensé encontrarte con ella… así.
-¿Así? Hablas como si nos hubieras encontrado en la…
-¡Basta! – interrumpió molesta –, no te atrevas a hablarme de esa manera. Soy tu hermana mayor.
-De acuerdo, hermana mayor. ¿Cómo te enteraste que estaba aquí?
-Tu doctor llamó para avisarnos. No puedo creerlo – agregó enojada – ¿Por qué no me dijiste nada, Richard?, soy tu familia y me preocupo por ti.
-¿Decirte qué, Susi? Apenas podía hablar anoche. No quería preocuparte por un simple resfriado.
-Te devolveré la cortesía cuando caiga enferma por una simple pulmonía.
-¿Viniste a regañarme?
-No. En realidad… me alegra haber encontrado a Candy aquí.
-¿Por qué?
-Yo… - mi hermana buscó en su regazo la respuesta –, tengo que hablar con ella.
-¿Sobre qué? ¿Tu matrimonio con Terrence?
-Sí – asintió –. Por el matrimonio que nunca se celebrará.
Albany
-No tenemos que entrar – dije a Terry frente a aquella onerosa la mansión propiedad de Robert –. Podemos correr y decir que olvidamos algo en el hotel.
-¿Tienes otra cosa mejor que hacer? – inquirió.
-¿Volver a Nueva York y arreglar nuestras vidas?
-Lo haremos al terminar nuestros compromisos.
-Allí viene tu sermón.
-¿Supones que no quiero ver a Candy? – Terry alzó la voz y me miró fríamente –. Desearía no haber dejado la ciudad pero hice un compromiso de trabajo. Ahora, ¿entrarás conmigo o no?
-Dios… - murmuré incómoda –. No tenías que hablarme así. La gente pensará que estamos casados.
-Sonríe – dijo y tomó mi brazo caballerosamente –. Comienza el espectáculo.
Risas falsas, caras amables simuladas, abrazos fríos, amigos que jamás había visto pero que decían adorarme. Hombres y mujeres vestidos con sus mejores ropas, las mejores joyas, el más caro maquillaje y el más costoso vino en sus copas. Las recepciones como ésas eran tan comunes en nuestra profesión que lentamente perdían su encanto. En especial, cuando el actor principal y yo teníamos la mente y el corazón a miles de kilómetros de distancia.
-Me duele la cabeza – dije una hora después, al reunirme con Terrence en la terraza –. He contestado a la misma pregunta cien veces y no dejan de acosarme los ancianos decrépitos y viudos rabo verde.
-Podrías alargar tu sonrisa y conseguir una mansión o un nuevo guardarropa.
-Tú podrías hacer lo mismo con esa chica que no te quita la mirada de encima – Terry levantó una ceja, confundido –. Ella – apunté hacia la joven debutante que sonrió con sensualidad –. Lleva horas así. Hazla feliz y ve a saludarla. Quizás sea la hija de un banquero o famoso productor de cine.
-¿Cine? – rió – ¿A quién le gustaría trabajar en un estúpido lugar como ése?
-Podrías hacerte famoso en todo el mundo.
-Encerrado en una maldita película como un maniquí sin cerebro.
-Hablando de gente sin cerebro – advertí, alejándome de puntillas –. Allí viene tu conquista.
-Karen…
-Candy te ama y no puede vivir sin ti, no te preocupes. Cuando vuelvas a la ciudad todo se arreglará. Mientras tanto – agregué coquetamente –, desahoga tu frustración en alguien insignificante.
-¿Adónde vas? – me preguntó como niño abandonado.
-A empolvarme la nariz – respondí risueña –… a mi camerino en Nueva York.
Le di la espalda y corrí a esconderme entre la gente. Si hubiese tenido dinero para comprar un boleto de tren, habría hecho eso: volver a casa. Sin embargo, no existían razones para volver. Nadie esperaba por mí. Acaricié la idea de retornar a Florida para la Navidad. Así el invierno no sería tan frío ni solitario.
-Fue lindo mientras duró – dije antes de beber de golpe mi séptima copa de la tarde –. ¡Salud, Archibald! – festejé con la mirada hundida en un galante prospecto que me correspondió con una sonrisa –… y adiós.
Nueva York
-Creo que saldré a comer algo, Doctor Li – tomé mi abrigo y bufanda y me despedí con una sonrisa –. Volveré más tarde.
-Vuelve mañana, Candy – sugirió el padre de Aoi –. No has ido a casa desde anoche.
-Casa… - repetí pensativa. Si el mundo fuese perfecto, esa tarde habría regresado con Albert, Aoi y su futuro bebé al cómodo apartamento que fue nuestro hogar. Desafortunadamente, el mundo seguía igual y aún giraba sin sentido para mí –. Estoy bien. Le prometí a Richard que me quedaría con él hasta que mejorara.
-No a cambio de tu propia salud, Candy.
-No lo será. Con permiso.
Miré al techo de la cafetería por largo rato. No tenía hambre y dejé sobre el plato la mitad del emparedado que compré. Serviría para la cena. ¿Qué haría ahora? ¿Volver a Chicago?, era lo mejor. Invitaría a Albert y Aoi a regresar conmigo. Los tres viviríamos en el sencillo apartamento que aún alquilaba y seríamos una familia feliz. No necesitábamos la fortuna de los Andrey para tener lo indispensable. Albert se emplearía en el zoológico, quizás, y yo con el doctor Martin. Ambos convertiríamos la clínica en un sitio encantador. Aoi podría trabajar en uno de los mejores hospitales de la ciudad y al final del día, cenaríamos alrededor de la mesa con la deliciosa comida que Albert hubiese preparado para nosotras. Casi podía olerla.
Tal vez Archie quisiera unírsenos pero… la tía abuela no se lo permitiría. Posiblemente lo enviaría a un internado lejos, donde no pudiéramos hablarle o escribirle. Sentí pena por él. Pero tampoco sería justo que le pidiera renunciar a su familia. No estaba segura de que fuese capaz de afrontar las limitaciones que Albert y yo conocíamos de memoria. El futuro de Archie tenía que ser brillante, y ni siquiera yo consentiría su fracaso.
Stear le hacía tanta falta. A todos, en realidad.
-Candy.
Oí mi nombre como si estuviese dormida y alguien tratara de despertarme.
-Candy – repitieron en mi espalda – ¿me escuchas?
-¿Qué? – giré la cabeza y de pronto contuve la respiración.
-Lamento interrumpirte, pero… me gustaría hablar contigo.
-¿Hablar? – entrecerré los ojos y miré a Susana de la misma forma en que habría mirado a Elisa –. Lo siento, no tengo tiempo para hablar contigo.
-Por favor – dijo y sujetó mi brazo cuando intenté ponerme de pie para escapar –, te lo suplico.
Conocía las súplicas de esa mujer mejor que nadie. ¿Qué me diría esta vez? ¿Qué me fuera de Nueva York nuevamente y que le jurara jamás volver?, tal vez las palabras serían distintas pero todo tendría el mismo significado: aléjate de Terry.
-No tienes que explicarme nada, Susana. Terry y yo…
-Serán muy felices – intervino –. Sé que piensas que lo que viste fue evidente pero te equivocas. Todo es mi culpa, Candy.
-¿Obligaste a Terry a ignorarme y salir contigo? ¿Lo obligaste a verte de la manera en que te miraba? ¿A ser feliz a tu lado?
-Sí – afirmó resuelta –, lo hice. Yo le obligué. Sin embargo, al final del día, todo se tornó en una simple cena de amigos.
-No te creo – zanjé muerta de celos –. No son unos niños para jugar así con los sentimientos de los demás. Terry sabía que yo…
-Escúchame – dijo de nuevo –, es lo único que te pido. Si no me crees, al menos habré hecho el intento.
-¿Y por qué tengo que ayudarle a tu consciencia?
-Para librarte de mí, Candy. Al fin.
Albany
-¿Monsieur Granchester?
-¿Qué?
Por encima del hombro miré a la mujer francesa que me saludó con arrogancia. Resoplé con fastidio. Había conocido a tantas como ella que las conversaciones resultaban una pérdida de tiempo. Deberían colocar un letrero sobre un cuello para ahorrarse saliva y buen vino.
-Parlez-vous français?
-Non.
-Vous parlez français bien
-Lo único que le dije fue no – respondí cansado – ¿podría dejarme solo, s'il vous plaît?
-Soy una admigadoga de usted – dijo sin importarle mi solicitud –. Convegsemos un poco.
-No suelo conversar con desconocidos.
-En ese caso, ¿Cómo hace amigos, monsieur Granchester?
-No tengo amigos – concluí –, y soy muy feliz así. Hasta luego.
-¡Monsieur! – insistió y sujetó mi brazo –. Me complacegía invitagle una copa.
-No vine a complacer a nadie. Especialmente a quien espera que lo haga – miré con fastidio su mano y me soltó de inmediato –. Au revoir.
Crucé el salón incrédulo de la estupidez en la que vivía. Soportar aquella basura, me dije, era parte de la obra. Tenía que actuar para satisfacer la frivolidad de los demás pero esa tarde me negué. ¿Acaso tenía pintada la palabra conquistador en la frente?
-¿Terry Granchester huye de las mujeres?, quizás por eso Candy no se cansa de perseguirte.
Por el contrario, Elisa Leegan no necesitaba pintarse la palabra bruja en la cara. La escupía cada vez que abría la boca.
-¿Por qué estás aquí? – le pregunté –. Esta es una fiesta privada.
-Y como de costumbre invitan a lo mejor de la sociedad. ¿Tengo que recordarte quién soy y el apellido de mi familia?
-Quítate de mi vista o te recordaré el mío.
-A mí no vas a rechazarme ¿o sí? – Elisa recogió la copa que cuidaba celosamente sobre la mesa y la extendió hacia mí –. Celebremos tu libertad, Terry. Al fin te libraste de Susana Marlowe.
-¿Quién demonios te lo dijo?
-Todo Broadway está enterado. La última en saberlo fue Candy – sonrió perversamente –. Pero nadie te culpa. Siempre ha sido algo idiota. Tal vez por eso Anthony se enamoró de ella. Guardaban cierto parecido.
-Creí que la idiota que estaba enamorada de él y tenía envidia de su sirvienta eras tú.
-¿Un hombre sembrando rosas?, por favor – resopló –, jamás un hombre como tú, por supuesto.
-Aceptaré eso – dije y tomé la copa de vino tinto –, y agregaré esto: la idiotez la heredaste de tu primo muerto – olí el suave licor y la miré por encima del borde –. Dile a tu hermano que se aleje de Candy o sufrirá la suerte de tu jardinero.
-Candy está con Richard Marlowe en este momento. Deja de engañarte. Lo único que conseguirás de ella es lo que obtuviste en aquel establo.
-Harías fila en el infierno para darme lo que Candy me dio esa noche… gracias a ti, por supuesto.
-Maldito… - Elisa entrecerró los ojos y crujió los dientes.
-Permíteme darte una razón para decirlo más fuerte – encantado con su rabia, elevé la copa para brindar y vacié el contenido en su cara –. No se te olvide el mensaje para Neil.
-¡Terry! – bramó al pasarle de lado.
-Lo siento, madame – alcé la voz al darme cuenta que los demás nos observaban –, no estoy interesado. Se equivocó de lugar para buscar clientes.
Sobre el cuello de la camisa sentí un escalofrío al alejarme. Estaba complacido con la escena, pero sabía que provocar a Elisa con una humillación era como provocar al diablo con una oración.
Nueva York
-¿Candy?
-Hola, ¿llego en mal momento?
-En absoluto – la sonrisa de Albert, desde hacía más de diez años, me daban la paz que necesitaba -. ¿Tienes hambre?
-Un poco – respondí y me senté en la sala del modesto apartamento que había rentado, quizás, con sus ahorros –. Eso huele bien – dije hasta la cocina.
-Y sabe mejor – repuso orgulloso de su talento – ¿Volverás al hospital más tarde?
-Sí. Aoi y Richard me esperan.
-De mi esposa me encargo yo – aclaró al servirme un delicioso y humeante plato de sopa – ¿Lavaste tus manos?
-N-no.
-Allí está el baño – apuntó con el brazo a una puerta cercana a la recámara y obedecí –. Mójate la cara. Pareces cansada.
-Estoy cansada – dije frente al espejo del tocador que se parecía mucho en tamaño al de mi apartamento en Chicago –. ¿Recuerdas cuando vivíamos juntos, Albert?
-Sólo recuerdo que me obligabas a limpiar y cocinar para ti todo el día.
-Hey – protesté –, alguien tenía que trabajar.
-Yo también trabajaba a medio tiempo en el zoológico, ¿lo olvidaste?
-Mentías. Para entonces ya habías recuperado la memoria e ideabas la manera de esfumarte de mi lado.
-Es imposible hacerlo – dijo sonriente al sentarnos juntos a la mesa –. He intentado alejarme de ti siempre, pero al doblar la esquina vuelvo a encontrarte. Comienzo a pensar que estás enamorada de mí.
-Lo estaba – acepté antes de probar la sopa con un trozo de pan –, pero me rendí al descubrir que te gustaba usar falda de mujer.
-Te he dicho mil de veces que se llama kilt, no falda.
-Es una falda, no importa el nombre.
-Olvídalo y come.
-Oye, Albert…
-¿Sí?
¿Por qué me resultaba tan difícil preguntar algo tan sencillo? Pero por sobre todas las cosas ¿Por qué tenía que preguntárselo a alguien? La decisión era únicamente mía. Sin embargo… ¡Dios! ¿Por qué tenía que encontrarme con esa mujer y escucharla?
-¿Vas a preguntarme algo o únicamente querías decir mi nombre, Candy?
-Es… que cuando estaba en el hospital…
Albert levantó las cejas sin dejar de comer. Hubiese deseado que leyera mi mente y sacara la conclusión más coherente entre el cúmulo de ideas que se revolvían dentro de ella.
-Respira hondo y dilo – sugirió guiñándome un ojo.
-Ayer encontré a Terry y Susana juntos. Pensé que me engañaba y me fui de allí sin escucharlo.
-Por eso te encontré llorando en el parque.
-Sí. Y juré que sería la última vez que hería mis sentimientos pero esta mañana…
-Te diste cuenta que fue una tontería no escucharlo.
-Y lo dejé partir sin al menos darle una oportunidad – removí la sopa sintiendo por primera vez la dura y filosa piedra de la culpabilidad bajar por mi garganta –. Dilo.
-¿Decir qué?
-¡Que soy la mujer más tonta del mundo!
-¿Eso quieres escuchar?
-¡Sí!
-Eres la mujer más tonta del mundo.
-¡Gracias! – dije sin celebrárselo y empecé a sollozar.
-Pero también puedes ser la más inteligente y reconciliarte con él ahora mismo.
-Se fue de la ciudad.
-Eso creí escuchar.
-Y no sé cuándo volverá – me lamenté con deseos de azotar mi cabeza contra la pared –. Si al menos hubiera ido a la estación a despedirlo.
-¿Qué te hizo pensar que Terry te engañaba con su antigua prometida de la que nunca estuvo enamorado?
-Me evitó por días. No habló conmigo y tampoco me dio alguna explicación. Creí que estaba enfermo o molesto pero luego lo encontré con ella en una romántica cena y…
-¿Romántica? – inquirió suspicaz – ¿Había flores y violines?
-Albert… - refunfuñé.
-¿Los había?
-No – bajé el rostro y me sonrojé violentamente.
-Y la conclusión de que era una cena romántica fue... ¿por qué?
-Él… él la tomaba de la mano y sonreían - quise ocultarme debajo de la mesa o salir corriendo. Al momento de describir la escena, de pronto, todo me pareció absurdo.
-¿Terry le sonreía a una amiga como yo te sonrío ahora, Candy? – erguí la cabeza para ver la sonrisa de Albert y fue como si me hubiese abofeteado la cara.
-Díos mío – me cubrí el rostro, avergonzada. ¿Qué había hecho?
-Aún eres joven, Candice White. No te culpes demasiado por este error. Aprende de él y continúa. Lo más importante es que lo corrijas de inmediato.
-¿Cómo?
-¿Me preguntas cómo? – Albert resopló y dejó su vaso con agua sobre la mesa –. Si te diera la respuesta, eso me convertiría en el padre de la mujer más tonta del mundo. Sabes el cómo, cuándo y dónde. ¿No es así, enfermera White?
-S-sí – dije con una inesperada oleada de emoción en el pecho –, sí lo sé, señor tío abuelo.
-¿Y qué esperas? Ve con él.
-¡Sí! – exclamé y salté de la mesa. Pero al llegar a la puerta, la alegría cayó al piso desmayada –. Oh, no.
-¿Qué sucede ahora?
-No tengo dinero para el boleto de tren.
-Espera.
Albert revolvió un par de cosas en su maleta dentro de su habitación y fue hasta mí con un sobre en la mano.
-Problema resuelto – dijo y me lo entregó.
-Albert, pero tú…
-Es un préstamo, si lo prefieres.
-Sí, te lo pagaré.
-Estoy bien por ahora – sonrió cálidamente –. Vendí el auto y otras cosas que no nos harán falta en este sitio. Ve y haz por primera vez lo que tú y Terry necesitan hacer el resto de su vida: hablar. Deja de tomar las decisiones sin antes escucharlo.
-Lo siento tanto.
-Díselo a él – Albert pellizcó mi mejilla y luego empujó mi espalda devuelta a la mesa –. Pero lo harás después de comer.
-Es que, el tren…
-El tren no necesita comer. Tú sí. Hazlo o de lo contrario tendrás que devolverme ese préstamo.
-Sí, señor – sonreí con una alegría tan grande que me dolió la cara.
En unas horas correría a los brazos de Terry quién había hecho una promesa a Susana para ser libre. Él se sacrificó por mi causa y yo, cobardemente, lo acusé de traidor. No sucedería nuevamente. Esa noche estaría con él y protegería lo que el rescató para nosotros: la libertad.
Albany
-¿A ti tangbién te despregcio ese hombre? Qué cara duga.
-¿Y tú… quien eres? – pregunté a la rubia que me observó a través del espejo del tocador.
-¿Guién se gree qué es? ¿Un príngcípe?
-Debo pedirte nuevamente que me des tu nombre – exigí al terminar de limpiar mi vestido –. No creo haberlo escuchado antes.
-Joanne D'elinbseg – respondió con una sonrisa cuidadosa –. ¿et le vôtre?
-Elisa Leegan Andrey.
-Suena integesante.
-¿Qué tan interesante, señorita D'elinbseg?
-Vi lo que te hizo ese caballego y no pagece haberte gustado.
-Yo vi lo que te hizo a ti y supongo que tampoco te agrado.
-Alguien debegía dagle una legción. ¿No te pagece?
-Por alguna razón – dije – comienzas a agradarme.
-Te vi sobre el escenario y lucías estupenda. Jamás había visto una actuación tan deslumbrante como la tuya.
-Eres muy amable – sonreí como una idiota y me sonrojé como tal. A pesar de haber el oído el mismo halago millones de veces, sabía cómo hacer que pareciera nuevo a mis oídos –. ¿Cómo dijiste que te llamabas?
-Louis. Uno de tus más fieles admiradores, Karen Klaise.
-Eres encantador – además de farsante –. ¿No crees que hay demasiada gente aquí? De pronto me sentí agobiada con tantas miradas encima. ¿Qué tal si salimos a tomar aire fresco?
-Mi hotel está cerca – dijo -. Te invito una copa. Allí podremos charlar con más calma… y menos gente.
-¿Vas a comportarte verdad, Louis? – reí aturdida, quizás porque lo estaba. Miré la décima copa de vino y tuve que agarrarla con ambas manos para no dejarla caer –. Soy una dama respetable con un futuro prometedor.
-Confía en mí, hermosa Julieta. Seré cuidadoso.
-Creo que estoy empezando a enamorarme de ti. Y también creo que…
-Estas ebria – Terry tiró de mi brazo y me tambaleé como una hoja –. Vamos, te llevaré a tu habitación.
-Tendrás que hacer fila – repuse colgándome de su cuello –. Louis llegó primero.
-Louis lo lamenta pero tendrá que irse – dijo Romeo –. Y lo hará antes de que tu prometido le muestre la razón por la que se lo pide.
-¿Prometido? – inquirió mi nueva conquista –. No sabía que estabas comprometida – añadió y se fue ofendido.
-Yo tampoco – murmuré – ¿Qué demonios haces? – dije a Terrence –. Arruinaste una tentadora invitación a cenar.
-¿Qué haces? ¿Crees que comportándote así vas a olvidar a ese imbécil y ser feliz?
-Es un buen principio – dije antes de hipar –. Oh, lo lamento. Bebí un poco de champagne y la combiné con otra cosa que olía bien.
-Sujétate de mí. Te llevaré al hotel.
-Puedo caminar sola – di un paso hacia atrás y mis zapatillas se enredaron con la crinolina de mi vestido. No pude sostenerme y caí al vacío. Afortunadamente, mi salvador me tomó en brazos y salvó mi reputación.
-Sonríe – dijo en mi oído –. Todos nos miran.
-Pensarán que estamos enamorados – reí escandalosamente –. Como antes, ¿recuerdas? Cuándo tratabas de atraer la atención de tu pecosa amiga.
-Siento haberte inmiscuido en eso.
Terry marchó conmigo a la salida y pidió nuestros abrigos a la servidumbre. Lo esperé muy quieta y silenciosa a dos pasos de la puerta, sostenida de una inmensa escultura con la que Robert adornaba su recepción. Era espantosa. De tan solo verla, el estómago se me revolvió y la cabeza me dio vueltas. Terrence regresó por mí y sostuvo mi cintura hasta que llegamos al carruaje que nos llevó devuelta al hotel. Anochecía y la tarde se veía maravillosa a través de la ventana. Desafortunadamente, a cada minuto yo me sentía peor.
-¿Por qué lo sientes? – pregunté con dificultad para mantener los ojos abiertos.
-¿Qué?
-Haberme inmiscuido en tus asuntos. ¿Por qué conocí a Archibald por tu culpa?
-Tal vez.
-Bien, nadie me obligó a enamorarme e invitarlo a mi cam…
-¡Karen! – gritó –, no tengo porque saber los detalles de tu vida amorosa.
-Lo siento – sonreí con un terrible dolor de cabeza –, pero si alguna vez quisieras que te contara lo maravilloso que fue conmigo, con gusto yo…
-¡No quiero! – exclamó y me carcajeé pero tuve que parar cuando el estómago subió hasta mi garganta.
-Creo que voy a enfermarme – dije y cubrí mi boca.
-¡Cochero, pare!
Salté del carruaje y corrí por entre la maleza para esconder la vergüenza de mi embriaguez. La misma que expulsé sin descanso durante cinco minutos. Agradecí al cielo que Robert viviera lejos de la civilización, en un paraje romántico y acogedor rodeado de bosque. Al terminar la fatídica escena, volví al coche sintiéndome vacía y vaciada. Quería recostarme y dormir el resto de mi vida.
-¿Satisfecha? – preguntó burlón cuando el cochero recibió la orden de seguir.
-Tú también tienes la culpa de esto.
-¿Yo por qué?
-Si no me hubieras enseñado a beber no estaría en esta condición.
-Si hubieras aprendido correctamente, no me culparías de nada.
-¿Por qué son tan idiotas? – pregunté minutos después de un pasmoso silencio.
-Supongo que te refieres a los hombres – dijo Terry y le sonreí como respuesta.
-No voy a volverme a enamorar.
-No lo hagas y hazle un favor a los hijos que nunca tendrás.
-¿Qué harías si Candy se casara con otro hombre?
La pregunta fue le pegó como un latigo en la cara. Me miró como a un demonio encarnado y contuvo una maldición entre los labios.
-Responde – insistí - ¿Qué harías?
-Eso no sucederá.
-No sabemos si perdonará tu engaño.
-No la engañé.
-Pero no le dijiste la verdad.
-Candy estará conmigo el resto de su vida, quiera o no.
-¿Quiera o no? – inquirí sorprendida –. Probablemente logres convencerla con eso.
-No hice nada malo así que no hay razón para que se aleje de mí.
-Tienes razón – concluí al recargar la cabeza para descansar –. Pero no respondiste a mi pregunta. ¿Qué harías si ella se comprometiera con otro hombre como tú lo hiciste con Susana?
-La llevaría conmigo y la despojaría de cualquier alianza con el resto del mundo – dijo convencido y con la mirada clavada en el horizonte –. Nadie nos encontraría jamás.
-Romántico… - dije casi dormida y lo escuché murmurar a lo lejos.
-Pero eso no sucederá – agregó –. Esta vez todo será diferente. No le permitiré marcharse como antes y ella no sufrirá la misma suerte que yo. No estará nunca en mi lugar. No lo hará.
Nueva York
-¿Sabes dónde encontrarlo? – pregunté a Candy en la estación de trenes, a cinco minutos de su partida.
-Por supuesto… eso creo. Deséame suerte.
-Encuéntralo antes de mañana. No creo que se quede mucho tiempo en esa ciudad.
-Lo seguiré adonde vaya – repuso con una sonrisa radiante –. Una vez crucé el océano para hacerlo, ¿lo olvidas?
-Vuelve a salvo – besé su frente y la miré orgulloso –. Los necesito a ambos.
-¿Por qué lo dices?
-Candy, ¿recuerdas el telegrama? El que envié desde el barco rumbo a Inglaterra.
-S-sí, claro. Bueno, no comprendí una parte pero…
-La parte en la que decía que hasta ese día serías mi hija adoptiva.
-Prometiste explicarlo después.
-Hasta ese día pude decidir el destino de los Andrey y quise dejarlo por escrito.
-No comprendo – sacudió la cabeza –. Pero de todas formas, ya no somos parte de esa familia y podemos…
-Tú si lo eres. La parte más importante.
-Albert – Candy entrecerró los ojos y vaciló – ¿Qué… por qué yo?
-No tengo mucho tiempo para explicarte, así que lo diré rápido. Ese día te nombré mi heredera universal. Desafortunadamente – expliqué y su quijada cayó hasta el suelo –, no puedes ser la cabeza de la familia por una cuestión hereditaria. Reglas absurdas que no puedo cambiar. Sin embargo, tu esposo si puede serlo.
-¿Mi… qué?
-Por eso la tía abuela está desesperada por encontrarte marido. Sabe lo que hice y necesita arreglarlo a su manera. La persona que tú escojas como esposo será el próximo patriarca de los Andrey. Así que… - suspiré hondo y acaricié su mejilla – elige bien.
-¿Cómo pudiste hacerme eso? – chilló sorprendida –. Yo no quiero ser parte de una familia en la que tú no estás. No lo haré – dijo firmemente –. No quiero.
-No es la familia de Elisa y Neil solamente, Candy – le recordé – También es la de Archibald, Stear, Anthony y mía. Sería un honor para todos que tú la salvaras.
-Pero yo no soy una Andrey de verdad.
-No fue indispensable que nacieras en ella para quererla como la quieres.
-¿Querer a la familia Andrey? – se preguntó a si misma –. Yo… no lo había pensado así.
-Nos quieres, ¿cierto?
-Claro que te quiero. A ti y a todos. Casi a todos… pero eso no significa que…
-¡Todos a bordo! – gritó un hombre al final del andén.
-Hora de irse, pecosa.
-Albert, espera, yo no puedo hacerlo.
-Terry y tú podrán.
-¿Quieres que me case con Terry para que sea la cabeza de la familia Andrey?
-Supongo que le debo una explicación a él también.
-Tal vez no esté de acuerdo.
-Si le digo que Neil tomaría su lugar, ¿crees que aceptaría?
-¡Neil no va a casarse conmigo nunca! – exclamó con rabia, como si lo tuviera enfrente –. Cualquiera menos él.
-¿Cualquiera? – sonreí divertido por su impensada respuesta –. Preferiría que fuera alguien a quien amaras.
-Tengo que irme – la vi subir al tren, nerviosa –. ¿Podemos hablar de esto después?
-No estás obligada a salvarnos, Candy – dije con una mirada comprensiva –. Hice lo que creí correcto, sin embargo, tú tienes la última palabra.
-Lo sé. Pero…
-¡Saludos a Terry! – dije y agité la mano cuando el tren comenzó a avanzar.
-¡Volveré pronto!
Me odié un segundo por haber lanzado en sus hombros una responsabilidad así. La de salvar a la familia Andrey de su debacle. Neil Leegan arruinaría la herencia de nuestros ancestros de caer en sus manos. Pero Candy la llevaría a su época más brillante y prolífera. Confié en ella y en su espíritu. Además, contaba con el apoyo de un excelente hombre que la amaba. Deseé que desearan lo mismo que yo para la familia que me vio nacer, y crió a hombres y mujeres de bien. Eran mi única esperanza.
La última.
Albany
-¿Te sientes mejor?
-Puedo caminar sola – respondí aún mareada. Sonreí fugazmente y agradecí a Terrence su ayuda -. No me despiertes hasta mañana.
-¿Señorita, Klaise?
El anfitrión del hotel se acercó a nosotros con un paquete en las manos. Era un obsequio y me sorprendí cuando lo extendió hacia mí.
-Es para usted, madame. Llegó hace unos minutos.
-¿Quién lo envía? – inquirí sin atreverme a recibirlo.
-El sobre está sellado y un mensajero lo entregó en la recepción.
-Admiradores, Klaise – Terry recogió el paquete y lo inspeccionó -. Parece inofensivo.
-¿Qué es? – me acerqué con desconfianza.
-Parecen chocolates. Creo que te gustan.
-S-sí – titubeé y pasé la nariz por encima de la caja –, pero no sabía que tenía admiradores en esta ciudad.
-Ahora tienes uno. Vamos a tu habitación.
-Llévatelos. No tengo apetito.
-A mi no me gus…
-En ese caso – repuse –, guárdalos para Candy. Necesitas llevarle un obsequio para suplicar su perdón.
De mala gana subí las escaleras mientras Terrence vigilaba que no fuese a rodar por ellas. Me estallaba la cabeza, mi estómago dolía y acababa de sufrir una melancólica náusea gracias a ese estúpido obsequio. Archibald amaba los chocolates tanto como yo.
-Gracias por tu ayuda – dije a Terry y entré a mi habitación para tirarme sobre la cama por las siguientes veinte horas.
Si no lo hubiese dejado solo, si no hubiese bebido tanto, no me habría sentido tan culpable de lo que sucedió después en aquella habitación.
¿Un regalo para reconciliarme con Candy?, necesitaba comprarle la mitad del mundo para que me perdonara. Esa simple cada de chocolates terminaría en mi cabeza si era lo único que le llevaba.
Cerré los ojos, estirado sobre el colchón para dormitar un minuto. Deseaba que la gira terminara esa misma noche. A pesar de que le dije a Karen que cumpliría mis compromisos con Robert, la verdad era distinta. Había contenido mis ánimos de renunciar a la obra desde que subí al tren. Sin embargo, Candy merecía a un adulto como pareja y no a un quinceañero irresponsable.
Tenía que perdonarme, no concebía otra manera. Su gran corazón comprendería mis razones para salir con Susana esa noche, y quizás, para convertirme en su amigo.
Mis parpados cayeron cansados y mi respiración se tornó lenta y pesada. Tal vez había comenzado a soñar cuando escuché tímidos pero insistentes golpes en la puerta.
-¿Quién es? – pregunté con fastidio –. No quiero que me molesten.
-Mensaje para usted, señor – dijo una mujer con voz chillona y ridícula –. Es de parte de la señorita Andrey.
-¿Candy? – exclamé exaltado y abrí de inmediato la puerta.
-Es increíble el poder que esa mojigata tiene sobre ti – Elisa Leegan empujó la puerta con inusual fuerza y sin darme cuenta, entró a mi habitación y llegó hasta mi cama –. Cierra la puerta, no querrás armar un escándalo en público.
-Lárgate de aquí – crucé la alcoba en dos zancadas y al intentar sujetarla del brazo para echarla, se escabulló hábilmente – ¡Sal de inmediato o te arrojaré por la ventana! –repentinamente, la puerta se cerró por sí sola a mis espaldas – ¿Quién eres tú? – pregunté a la intrusa que no reconocí a primera vista.
-Una admigadoga, monsieur Granchester. ¿Me recuerda?
-¿Qué demonios quieren? ¿Cómo llegaron hasta aquí?
-Se llaman "encantos femeninos" – dijo Elisa –. Debiste haber escogido un mejor hotel, Terrence. Éste no es tan seguro como pensaste.
-Maldita víbora, ¡largo!
-¿Yo puedo quedagme, monsieur? – la rubia mujer, tan alta como yo, enredó sus brazos alrededor de mi cuello y antes de poder alejarla de mí, sentí un pinchazo en la nuca –. Vamos, sega divegtido. Esto es muy común en mi pagís.
-¡Fuera de aquí! – grité pero de pronto, al dar un paso hacia ellas, las rodillas se me doblaron y caí al piso sin fuerzas. Comencé a sentirme mareado y enfermo.
-Tranquilo, estarás bien – dijo Elisa y se arrodilló junto a mí -. Nosotras te cuidaremos.
-Maldita seas – mascullé y traté ponerme de pie pero fue inútil. La sensación de cansancio fue abrumadora y comencé a perder la visión.
-Esta noche conocerás a una verdadera mujer, Terry – Elisa junto con su amiga me ayudaron a llegar hasta la cama y a pesar de forcejear con ellas, me invadió la desesperación. No podía moverme y poco después, dejé de hablar.
¿Qué habían hecho?, mi mandíbula se tensó como si hubiese masticado piedras pero mis brazos y piernas se adormecieron como si flotaran. Mi pulso acelerado reventó mis oídos y el sudor en mi frente empañó mi vista. No perdí el conocimiento pero no era dueño de mi cuerpo. Sucumbí a ser simple testigo de una trampa más de ese ser vil y asqueroso que sonreía complacido y victorioso.
Estaba perdido. No podía luchar contra un enemigo que no conocía. No pude gritar o pedir ayuda. Me sumergí en un abismo de donde no podría salir hasta recobrara la consciencia y Elisa consiguiera su venganza.
-Hola – con una sonrisa insegura y mi corazón latiendo a toda velocidad saludé a la recepcionista que me observó con una ceja levantada –. Disculpe, ¿podría decirme cuál es la habitación de Terrence Granchester?
-Lo siento, señorita. Esa información es confidencial. El hotel está cerrado para las admirad…
-No – la interrumpí –, no soy una admiradora. Él y yo somos… - ¿A Terry le molestaría que dijera la verdad o tal vez quisiera mantenerme en secreto? –… amigos.
-¿Sabe cuántas personas dicen lo mismo, señorita?
-Supongo que muchas – sonreí nuevamente sin perder la calma –. Pero yo digo la verdad.
-Lo lamento, pero…
-¿Podría al menos preguntarle?, mi nombre es Candice White – aquella escena me pareció familiar. Presentí que en cualquier momento Susana bajaría la escalera para echarme de allí con una mentira –. Por favor, no le quitará más de un minuto.
-El señor Granchester está ocupado. Su acompañante llamó hace unos minutos para pedirnos que nadie los molestara – la mujer me miró sugestivamente mientras mi corazón sufrió un sobresalto –. No es buen momento, señorita. Vuelva después. Usted ya conoce a los actores y no creo que…
-¡No! – me incliné sobre la recepción y la miré furiosa –. Se equivoca, Terry no es así. Debe haberse confundido de habitación. Yo quiero hablar con…
-¿Candy? – mi ángel había llegado. Karen tenía la facultad de aparecer en los momentos más críticos de mi vida y salvarme.
-Karen…
-No puedo creerlo – dijo sujetándose la cabeza como si estuviese a punto de caérsele –. ¿Por qué nadie te cree cuando dices conocer a Terry Granchester?, No viviré lo suficiente para rescatarte siempre ¿sabes?
-Lo sé – asentí feliz –, que bueno verte. Pero… ¿qué te sucede?
-Yo me encargaré – dijo Karen a la encargada que nos miró por encima de sus gafas –. Ven, tu Romeo te espera. ¿Por qué tardaste tanto en venir?
-El tren llegó tarde y…
-Sí, sí. El tren. Bien, yo necesito ir a buscar una medicina para el dolor de cabeza o moriré en el intento. La habitación de Terry está al final del pasillo – Karen y yo llegamos al primer piso y apuntó con su brazo tambaleante –. Dile que lo amas, hagan un hijo y sean felices.
-¿Estarás bien? – pregunté al verla distinta. Estaba demasiado pálida, quizás un poco más delgada y con la mirada perdida.
-Por supuesto. Aléjate de mí y ve con tu amado. Y por favor – agregó como una demanda –, la próxima vez escucha lo que tenga que decirte antes de que le lances agua al rostro. Ese hombre está loco por ti y la única que no lo sabe eres tú.
-S-sí – dije avergonzada –. Creo que… le debo una disculpa.
-Buena suerte – Karen esbozó una débil sonrisa y bajó las escaleras.
Alcé la cabeza y enderecé la espalda. Tragué con dificultad y acomodé mi bufanda con incipiente sudor en el cuello. Estaba nerviosa pero a la vez feliz. Terry abriría los ojos como platos y luego de pedirle perdón de rodillas lo abrazaría como si no lo hubiese visto en años. ¿Podía existir otra pareja más dichosa que nosotros en ese momento?
-Terry – toqué la puerta con cuidado. Tal vez estaba dormido – Terry – insistí cuando la impaciencia me invadió por largos minutos. Pegué la oreja a la puerta pero no se oía nada. Traté de nuevo –. ¿Terry?, soy Candy. ¿Estas allí?
De repente, recordé lo que había dicho la mujer en la recepción. "Su acompañante acaba de llamar para pedir que nadie los moleste". No. Era mentira. Probablemente era una táctica ensayada de los empleados para ahuyentar a las molestas admiradoras. Sin embargo…
-¿Quién es?
Me quedé de piedra cuando escuché la voz de… Elisa detrás de la puerta.
-¿Candy? ¿en verdad eres tú?
Elisa Leegan abrió la puerta de aquella alcoba, envuelta en una delgada sábana y con el cabello suelto hasta los hombros. Con los pies clavados al piso, permanecí quieta. Leegan fijó sus ojos en los míos como un desafío macabro al que respondí con repulsión. El veneno en su mirada erizó mi piel pero me mantuve firme, aunque presa del pánico.
-La suerte está de mi lado. Creí que tendría que tomar una foto de esta escena para que la creyeras, pero es innecesario. Pasa y cerciórate por ti misma de lo que estás pensando.
-No estoy pensando en nada – dije y la miré de pies a cabeza –, quizás solo que te equivocaste de habitación.
-No, tú te equivocaste de día para venir pero no importa – sonrió y me tomó del brazo para llevarme dentro –. Esto es más divertido en grupo. No creo que Terry tenga problemas para invitarte a la fiesta. ¿O sí, amor?
Mi cuerpo se sacudió de horror. El aire de mis pulmones se tornó pesado y apreté la mandíbula con fuerza. Terry estaba frente a mí con otra mujer en su cama, desnudo y con ella en brazos. Mi estómago trepó a mi garganta y sentí la urgencia de vomitar.
-Vamos, Candy – dijo Elisa y se deslizó bajo las sábanas para colocarse a la espalda de Terry –, apresúrate o te quedarás sin nada.
-Terry… - murmuré tan asustada y perdida –… ¿qué estás haciendo?
Pero no me respondió. Parecía dormido. Sin embargo, la mujer a su lado ignoró ese detalle y trepó a su cuello para besarlo con asquerosa pasión. Sucia y plácidamente alargó la caricia hasta su pecho y algo en mi interior hizo erupción.
-¡Basta! – grité – ¡Terry, basta!
-¿Conoces a esta muger, amor? – la rubia me miró lasciva y burlonamente.
-¡Fuera! – vociferé en un ataque de rabia – ¡No lo toques! ¡Fuera de aquí!
-Estúpida – Elisa rió y sentí deseos de despedazarla –. Tú eres la inoportuna, no nosotras. ¿No has visto lo suficiente? Anda, corre y vete llorando como acostumbras. Terry está muy ocupado.
Elisa jamás me había lastimado lo suficiente como para odiarla como la odié en ese instante. No me di cuenta el día en que dejamos de ser niñas. Ése fue mi error. Pensar que su maldad era un juego perverso al que no debía prestar atención. Pero me equivoqué. Su bajeza no desapareció al pretender que no estaba allí. Creció con su oscuro y ponzoñoso corazón, y consiguió lo impensable: mi odio.
Mi cuerpo se encendió como una furiosa antorcha y dejé a mis labios, piernas y brazos, hacer y decir a placer. De reojo encontré las ropas de ambas tiradas en el piso y corrí a recogerlas. Sin titubeos, abrí la ventana y las arrojé a la calle. Si no salían de esa habitación en cinco segundos, sería el turno de una de ellas.
-¡Maldita, qué hiciste! – exclamó Elisa y salió de la cama cubriéndose con la sábana – ¡Bastarda! ¡Ve por ellas ahora mismo!
-Están donde tú deberías estar – dije y caminé hacia ella como una leona hambrienta –, en la calle. ¿Las quieres devuelta? Te daré una mano.
-Sujeté su brazo y la arrastré hasta la ventana. Juré que la lanzaría sin remordimientos. El mundo sería un mejor lugar sin esa serpiente maligna.
-¡Suéltame, Candy!
-¡No! ¡Quiero que te vayas y lo harás!
-¡Asesina! – gritó la mujer desde la cama de Terrence – ¡Auxilio!
-¡Estúpida! – Elisa sujetó mi cabello y tiró fuerte – ¡Suéltame o lo lamentarás! ¡Acabaré contigo y después con él! ¡Esta vez no voy a detenerme! ¡Esta vez…!
-¡Esta vez es la última! – alguien interpuso sus brazos para separarme de Elisa y me alejó de un codazo. Golpeé la espalda contra el armario y observé jadeante el rojo cabello de Karen sacudirse con la ira de su voz –. ¡Búscate alguien de tu tamaño, niña rica!
-¡Aléjate de mí, maldita actriz de quinta!
-Elisa Leegan – dijo Karen con una sonrisa y agitando lentamente la cabeza –. Alguien tiene que enseñarte modales.
La rubia con acento francés saltó de la cama y se abalanzó contra Karen. Reaccioné por instinto y me interpuse en su camino. Sujeté su brazo en el aire y la abofeteé con fuerza antes de tirarla al piso con un puntapié. Me pareció increíble lo que acababa de hacer, pero gustosa lo haría nuevamente y arremangué el vestido para darme el placer.
-¡Auxilio! ¡Pog favog! – la mujer corrió y se ocultó dentro del tocador. Fui tras ella y golpeé la puerta sin descanso.
-¡Sal de allí! – demandé – ¡Vamos, sal!
Repentinamente recordé a Terry. ¿Por qué no había dicho nada hasta entonces? Me acerqué asustada a su lado y lo vi respirar con dificultad. Jadeaba y transpiraba como si fuese presa de una pesadilla de la que no podía despertar. Lo sacudí y llamé por su nombre varias veces sin conseguir despertarlo. Su pulso corría tan rápido como un caballo de carreras. Su corazón latía desbocado y temí que en cualquier momento se detuviera.
-¡Estás acabada! – oí decir a Elisa – ¿Me oíste, infeliz?
-Estoy frente a ti, idiota – reviró Karen –. Te oí y me encantaría que lo repitieras otra vez pero tienes mal aliento.
-¡Infeliz! ¡Mil veces barata y mediocre!
-No te acerques a ellos, Leegan – advirtió Klaise –. Candy no es capaz de arrojarte por esa ventana pero yo sí.
-No tienes el valor – rió Elisa y escupió su rostro.
-¡Elisa! – grité.
-Mírame bien – los ojos de Karen resplandecieron de ira –, porque será lo último que verás en la vida.
Karen, con extraordinaria facilidad sujetó sus brazos y la llevó hasta la ventana por donde había lanzado sus pertenencias. Sacó su cabeza y después su torso desnudo. La inclinó sobre el quicio mientras Elisa forcejeaba y gritaba de miedo. Mi respiración se detuvo de golpe. Lo iba a hacer.
-¡Karen, detente!
-¡Di tus últimas plegarias, Leegan!
-¡Auxilio, por favor! – pidió Elisa desesperada – ¡Ayúdenme!
-¡No te dolerá! ¡Será rápido, lo prometo!
-¡Karen, por favor! – supliqué pero no me escuchó.
-¿!Lista, idiota!? - Karen dobló las rodillas como si fuese a cargar algo pesado y mi corazón trepó hasta mi garganta –. ¡Esto te pasa cuando desafías a alguien más fuerte, lista y hermosa que tú!
-¡No, por favor, ayuda!
-¡Contaré hasta tres y si no prometes dejarnos en paz, te arrojaré, lo juro!
-¡No, auxilio!
-¡Uno, dos, tres!
-¡Karen, no!
-Lo siento, Leegan – Karen se inclinó sobre el oído de Elisa y sonrió con la misma malicia que ella. La chica que conocí en Florida se esfumó. En su lugar, apareció un ser hambriento y vengativo –. Se acabó tu tiempo ¡hasta nunca, perra del infierno! ¡Salúdame a Satanás cuando lo veas!
Continuará…
NOTAS
Quería agradecer a cada review anterior con un comentario pero es medianoche y me da pena retrasar más esto. Ojalá les guste, quizá haya resultado algo violento, pero de eso se trata!! de tirar a Elisa por la ventana cada vez que se pueda!! bruja asquerosa.
Terry y Candy? oremos porque hagan lo mejor para ambos... y a veces lo mejor es dejar de hacerse daño. Auch.
La mejor disculpa de mi retraso es mi promesa de llegar al final y ponerme a trabajar ya.
Un saludo a Sudamérica y en especial a Perú! vaya trabajo de presión! pero funcionó.
Cuídense, ahorren y oremos por el mundo que nos necesita hoy, y que necesita muchas oraciones en una hora tan incierta.
Amén.
Em-chan
p.s. El contenido de cada uno de sus reviews es perfectamente libre, en especial si se trata de críticas o inconformidades. Sin embargo, necesito hacer una acotación aquí: no voy a permitir insultos a mi persona ò a alguno de los amables lectores que se tomen su tiempo para venir a leer. La mala experiencia de un grupo de Candy Candy en yahoo me enseñó a que la libertad de expresión tiene un límite y ése es cuando se agrede directa, consciente y malvadamente al autor o a los seguidores de una historia. Esto no lo voy a permitir aquí. Hace un momento me dejaron un review que planeaba dejar a la vista pero desistí porque el correo que anotaron era falso, y ofensas de anónimos que no tienen el valor para confrontarme personalmente las voy a desechar de inmediato. Este es un mundo libre, pero no de libertinaje. Repito que recibo con mucho agrado los reviews amables y acepto con valor los reviews que me indican que debo mejorar, pero No aceptaré los ofensivos sin sentido que buscan únicamente lastimar y desahogar sus frustraciones. Vayan a algunos grupos de Candy a hacer eso, si es que pueden. Aquí no.
Gracias.
REFERENCIAS
Para aquellas que tengan duda sobre Albania o Albany, les diré que es una ciudad cerca de Nueva York. No es el país en Europa sino la capital del estado de Nueva York. Por favor, no confundan lean con cuidado y prepárense para el final que ya está cerca.
