Disclaimer :Todos los personajes y lugares que aparecen en el fic pertenecen a J.K. Rowling; a excepción de Cassandra Nayron, Anne Sullivan, Eric Misdet, Evelyn Grams y todo lo relacionado con la Fundación Seward.
Capítulo 36: Vencedores y vencidos
Hacía pocos minutos que el típico revuelo de primera hora de la mañana se había disuelto en el Ministerio. En el hall sólo quedaban unas pocas personas cuando de las chimeneas empezaron a llegar más gente.
O eso pensaron en un primer momento. Cuando un mago se acercó a uno de los que habían llegado porque se había quedado tirado en el suelo, no pudo evitar un grito aterrador. Enseguida todo el mundo se fue acercando a las chimeneas, a los cinco cuerpos que habían aparecido en pocos minutos, hasta que un escuadrón de aurores despejó la escena.
- ¡Quiero a todo el mundo fuera, Longbottom!. Todo el que no sea auror que se vaya de aquí, ¡ya! – vociferó Alastor Moody en un intento de acordonar la zona.
Por el rostro del jefe de aurores no podía adivinarse nada. Sus labios crispados en una línea demasiado recta, los dientes apretados y las cejas perdidas en un ceño muy fruncido. Había reunido a todo su escuadrón lo más rápidamente posible antes de que cualquier otro jefe se hiciera con el caso. Porque a él le interesaba especialmente. Y siempre decían en la academia que mezclar emociones con trabajo no era recomendable, pero en aquel caso para Moody era tan personal que no habría permitido quedarse fuera.
Porque uno de los cuerpos que habían aparecido era uno de sus chicos, uno de los aurores de su escuadrón que dos días atrás había desaparecido en la lucha. Pero lo que más impactó a Moody, lo que hizo que su rostro perdiera todo el color fue ver a Dorcas Meadows. La valiente mujer que había luchado junto a ellos en la Orden y que en aquel instante parecía una marioneta a la que habían cortado los hilos. Su rostro no tenía ninguna marca, a diferencia del resto de su cuerpo, que estaba contorsionado en una posición demasiado extraña para ser real.
Y nadie hablaba. Todos los aurores se habían quedado en silencio ante el atroz panorama. Ninguno podía ocultar la conmoción de ver a sus compañeros asesinados, mirándoles sin ver desde el suelo del hall.
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- Sigo pensando que en mi casa hay sitio de sobra para ti, Colagusano. ¿No es bastante más amplia que esta buhardilla?
Sirius se paseaba por la diminuta habitación que hacía las veces de dormitorio de Peter, en el nuevo hogar al que se había mudado unos días antes. Remus se había quedado sentado en el borde de la cama sin hacer demasiados comentarios. En realidad no sabía qué estaba haciendo allí, después de todo lo que Peter había dicho sobre él, pero cuando escuchó que se mudaba y Sirius comentó que iría a ver su nueva casa, él lo había seguido. Quizás era amistad o quizás era aquella incertidumbre que tenía desde hacía varios días.
- Pues claro que tu casa es más grande, Sirius. – repuso Peter con un mohín. – Básicamente porque las buhardillas suelen ser pequeñas, pero está bien para mí. Al fin y al cabo vivo solo, no necesito más espacio.
- Tu cuarto de baño es más pequeño que una caja de grageas.
- Menos tengo que limpiar.
- Bah, no está tan mal, pero mi casa es mejor, ¿no, Remus?
El chico asintió lentamente sin prestar mucha atención. Peter lo estaba mirando con los ojos entornados desde la puerta de la habitación y Remus se quedó pensando si su amigo creería que haría algo contra él en aquel momento. El licántropo esbozó una sonrisa cansada y se levantó de la cama.
- Seguramente Peter prefiere una casa pequeña a vivir en la tuya, con Casey y contigo.
Sirius se volvió rápidamente y le interrogó con la mirada, pero Remus sólo se encogió de hombros.
- ¿Te has venido aquí para no estar cerca de Casey, Colagusano? – demandó Sirius acercándose peligrosamente a su amigo mientras le preguntaba. - ¿No habíamos discutido eso ya?
- Sirius yo no... – Peter titubeó, mirando con recelo a Remus durante unos segundos. – Yo no... No es que quiera estar lejos de ella, tampoco es como si quisiera estar cerca, es sólo que... bueno, vivir con una pareja no es...
- No es, ¿qué?
- Agradable en ciertos momentos.
- Como si te pasaras en casa el tiempo suficiente para vernos a Casey y a mí más de una hora seguida. – le reprochó Sirius. – Si ya antes de mudarte apenas te veía el pelo, desde que estás aquí no sabemos nada de ti.
- Eso no es cierto. – se apresuró a responder Peter, intentando calmar el temblor de su voz. – Tengo mucho trabajo, tengo que acostumbrarme a los nuevos horarios y ya está.
- Puede que nosotros no te veamos, pero con Eric sí que vas y vienes. – intervino Remus, su voz intentando sonar casual. Falló.
- Trabajamos en la misma calle. Además, también es amigo mío. – se defendió Peter, con los ojos muy abiertos por la sorpresa. ¿Cómo sabía Remus que veía a Eric a menudo?
- Pues vaya amigos más interesantes que te buscas. – comentó Sirius con sarcasmo. – Supongo que si tanto vas con él, he de creer que cuando tenías que estar en San Mungo el otro día, estabas con tu gran amigo Eric.
Al oír aquella velada acusación, Peter se tensó.
- Fuimos a buscarte y ¡menuda sorpresa nos llevamos! – fue explicando Sirius, con la misma intencionalidad. – Resulta que nadie sabía nada de ti, que ni siquiera habías pasado por allí cuando, supuestamente, entraste en el Ministerio para usar una de las chimeneas e ir al hospital por la herida que tenías en la pierna.
Peter se tocó el muslo de forma instintiva. Había usado aquella chimenea cuando la marca de su brazo había empezado a arderle.
- ¿Dónde fuiste, Peter? – preguntó Sirius finalmente. - ¿Por qué, si no estabas herido como se suponía, no te quedaste a ayudar? Aún quedaban algunos mortífagos.
Remus observaba fijamente a sus dos amigos, grabando en su mente cada uno de los gestos de Peter. La sombra del miedo apareció cuando Sirius había sacado el tema de San Mungo y ahora parecía realmente nervioso ante la última pregunta.
- ¡Claro que fui a San Mungo! – exclamó, haciéndose el ofendido. – ¡Pero había demasiada gente! Y yo no... no quería esperar tanto tiempo.
- ¿Cómo te curaste la pierna entonces? – quiso saber Remus.
Peter miró a uno y otro lado antes de responder.
- ¡Me la curé yo! Tampoco es que fuera una herida tan importante.
- No tienes ni idea de hechizos de primeros auxilios, Peter. – le recordó Remus.
Peter se sintió acorralado, a punto de explotar de los nervios y el miedo. Y de pronto, como si alguien hubiera escuchado sus plegarias silenciosas, la marca que tenía en el antebrazo empezó a arderle.
- ¡Dejadme tranquilo! – chilló, apuntando con el brazo bueno a sus amigos. – Venís a mi casa para interrogarme en vez de para hacerme una visita... ¡No quiero seguir hablando con vosotros, dejadme!
Y pensó que seguramente tanto Sirius como Remus se resistirían más a abandonar aquella buhardilla, pero se marcharon antes de que él tuviera que repetirlo.
Una vez fuera, en el portal del edificio, Sirius miró significativamente a Remus. Ya no sabía qué pensar, en quién podía confiar y en quién no... pero Peter... Quiso decírselo a Remus, quiso expresar toda su confusión en aquella mirada, pero el licántropo se limitó a mirarle con gesto serio un segundo antes de marcharse. En sus ojos dorados Sirius había creído ver un matiz desdeñoso.
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Cuando Frank cruzó el umbral de la que había sido su casa hasta pocos años antes, se sintió seguro.
Hacía días que temía por la seguridad de su familia, incluso más de lo normal estando en guerra como estaban. Porque todos los miembros de la Orden estaban siendo perseguidos uno por uno y cada día se levantaba con la angustia de que sería el día. Y volvía de alguna redada (ya que el horario laboral se había vuelto algo difuso) y abría las puertas con sumo cuidado, temiendo lo que pudiera encontrar al otro lado. Pero Alice siempre estaba allí, con el pequeño Neville gateando por toda la casa. Y Frank se arrodillaba junto a su hijo, lo cogía en brazos y no lo soltaba hasta que pasaban unos minutos. A veces el niño lloraba porque su padre lo había interrumpido en sus juegos, pero a Frank no le importaba; sólo quería abrazarle y sentir por un momento la paz que le transmitía.
Por esa razón, por querer conservar en Neville aquel remanso de paz, Frank y Alice tuvieron que marcharse de casa. Abandonar los recuerdos que habían ido guardando allí desde que se habían casado, unos pocos años atrás. Porque aguantar allí cada día les era más difícil; las barreras normales no les servían ya, constantemente se sentían vigilados y hacía muchos días que Neville no podía salir a la calle; si ni siquiera el jardín interior era seguro...
Volver a casa de Augusta Longbottom era la opción más adecuada en aquel momento.
La mujer no puso pega alguna, al contrario, los recibió a los tres con los brazos abiertos, después de insistir una y otra vez en que se mudaran. Su casa era algo más pequeña de lo que Frank la recordaba, quizás porque durante muchos años habían vivido allí los dos solos y ahora, de pronto, eran cuatro personas. Y a pesar de la época hostil en la que se hallaban, Frank se sentía tremendamente feliz de que su madre estuviera con ellos, de que cuidara a Neville cuando Alice y él estaban fuera.
Augusta Longbottom era la única persona en la Tierra a la que ellos le confiarían su hijo. Los dos sabían que, a pesar de las apariencias, Augusta adoraba a su nieto igual o más de lo que adoraba a su hijo.
Y en los últimos días los aurores tenían demasiado trabajo. Sumado a las redadas, tenían que ser especialmente cuidadosos cada vez que salían de patrulla, aunque fueran de dos en dos. De alguna forma acababan encontrándose siempre con problemas, y aunque los altos cargos pedían calma, ningún auror se quedó callado. Exigían más refuerzos, los necesitaban. Los mortífagos se multiplicaban cada vez y los aurores ya no podían contenerlos, si es que alguna vez habían podido.
¿Qué respondía el Ministro? Silencio. No habría más aurores, no hasta que los alumnos de la academia no terminaran de forma reglamentaria. Moody solía decir en voz baja que, al paso que iban, seguramente ninguno de ellos terminara. De ninguna forma.
Pero en la oficina de Aurores no eran los únicos en tener problemas de organización. El primero de septiembre de aquel 1981 muchos de los alumnos que tenían que volver o entrar por primera vez a Hogwarts se quedaron fuera del castillo. No era un número considerable de alumnos, como solía tranquilizar Dumbledore cada vez que le preguntaban, pero eso no hacía más que sembrar el pánico entre los que sí habían entrado al colegio, o más bien entre sus padres. Él se esforzaba en mantener la seguridad en el colegio, pero aún así no pudo evitar que un par de ataques en Hogsmeade hicieran cambiar de idea a varios padres.
Muchos de aquellos alumnos eran enviados a otros colegios fuera de Inglaterra, aunque no todos los padres podían permitirse aquel gasto y tenían que enseñar a sus hijos en casa. Pero siempre les parecía más seguro tener a sus niños en casa, con la familia y bajo una seguridad no tan exhaustiva como la de Hogwarts, que tenerlos lejos del hogar.
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Sirius estaba sentado tranquilamente en la mesa de la cocina, o todo lo tranquilamente que se podía estar en aquellos días. Casey acababa de terminarse la taza de té que había estado tomando y se había marchado escaleras arriba, para darse una ducha después del desayuno.
Con el ruido del agua cayendo como fondo, el chico desenrolló el periódico que tenía sobre la mesa y dio un sorbo a su té mientras pasaba las páginas. En realidad no le estaba prestando demasiada atención porque sabía que nada de lo que dijera El Profeta merecía la pena. El ministerio controlaba muy bien a los medios y su principal objetivo era que la gente no entrara en pánico. A la Orden esto le parecía una fatalidad, porque si la gente se fiaba de las directrices del Ministro no tomaría las medidas de seguridad necesarias.
Pasando las páginas sin apenas reparar en los titulares, cuando llegó a la sección de sociedad, casi se atraganta con el té.
"Walpurga Black despide con dolorosa pena a su heredero"
Sirius leyó con avidez todo el artículo, en el que se ensalzaba constantemente la grandiosidad de todos los Black y con especial esmero, la de su hermano menor: Regulus.
No podía creerlo, su hermano había muerto.
- Pero, ¿todavía estás con el té? Seguro que está frío...
Casey entró en la cocina aún con la toalla en la mano, mientras se secaba el pelo. No podía verle la cara al chico porque tenía el periódico delante de él, pero cuando no dijo nada, Casey frunció el ceño y se acercó a él. Con suavidad bajó el periódico y al ver la cara de Sirius, se asustó.
- ¿Qué ha...?
Pero el chico no dijo nada, le mostró lo que acababa de leer y Casey abrió los ojos de par en par. Sirius no parecía afectado, sino más bien en shock; aunque ella sabía que tras aquella máscara de frialdad, se escondía el hermano. El que había protegido a Regulus cuando eran pequeños, el que había insistido una y otra vez en que la pureza de sangre no importaba nada... Le abrazó, mojándole la camisa con su pelo mojado, pero él no pareció darse cuenta.
En los últimos tiempos no habían sido pocas las sospechas, más de una vez el mismo Sirius había pensado que su hermano tenía que estar metido en todo aquello. Y cada vez que había un enfrentamiento buscaba con ansia una mirada conocida entre todas aquellas máscaras blancas. Y sabía que si su hermano estaba allí no podría hacer nada por él, pero seguía buscándole. La esperanza era lo último que se perdía, ¿no?
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Cuando los Vance llegaron a Cabeza de Puerco, tuvieron la impresión de que nadie les abriría la puerta durante los varios minutos que estuvieron tocando desesperadamente. El matrimonio apenas llevaba nada con ellos, en la huida acelerada de su casa no habían tenido tiempo de preocuparse por llevar algo más que lo puesto.
Un grupo de mortífagos había irrumpido en su propiedad horas antes, derribando varias barreras mágicas que tanto Emmeline como su marido se habían encargado de colocar tiempo atrás. Intentaron defender su hogar todo lo que les fue posible pero ni siquiera con la ayuda de varios miembros de la Orden lo consiguieron. Después de algo más de hora y media de lucha intensa, todos se desaparecieron a la vez.
Emmeline y su marido aparecieron en Hogsmeade en medio de la noche, agotados, con cortes en los brazos y la cara y rezando silenciosamente para que el tabernero de Cabeza de Puerco les abriera la puerta.
El hombre, vestido ya con su ropa de dormir, abrió la puerta con cara de pocos amigos, dispuesto a soltar un sermón entre gruñidos por haber sido despertado. Pero en cuanto se fijó en el rostro de Emmeline y la mujer le pidió que avisara a Dumbledore, el dueño del pub los hizo entrar rápidamente.
- Tendré que decirle a ese viejo que deje de poner mi taberna como punto de encuentro. – masculló mientras sacaba su varita de un cajón.
- No me importaría avisarle yo misma. – intervino la mujer con una mueca de dolor al doblar el brazo derecho. – Pero hemos perdido las varitas y no sabía dónde...
- ¡Silencio! – ordenó el tabernero moviendo la mano como si ella le estuviera distrayendo. – Ese viejo estará aquí en pocos minutos, no quiero tener que escuchar la historia repetida varias veces.
Y mientras esperaban, les sirvió una bebida caliente y les ayudó con las heridas que podía curar.
Emmeline estaba aterrada, ya no podría volver a casa.
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En todos los meses que habían pasado allí encerrados, Dumbledore no había ido ni una sola vez a visitarlos. Les mandaba mensajes a menudo, a veces a través del patronus y otras ocasiones prefería aparecerse en la chimenea para hablar directamente con James y Lily. Pero nunca había entrado en la casa, no había subido a la habitación de Harry, llena de juguetes y con una escoba voladora colgada en medio de la pared.
Pero aquella tarde de mediados de octubre, el viejo mago apareció en la puerta y todos en la casa se pusieron en tensión. Porque casualmente esa misma tarde, ese mismo 17 de octubre, Sirius, Anne y Casey habían aprovechado para hacerles una visita a sus amigos. Y lo estaban pasando tan bien... Sirius corría detrás de un Harry que cada vez se sentía más seguro sobre su escoba y el resto charlaban animadamente, como si fuera de aquellas paredes no se estuviera librando una guerra.
Dumbledore se sentó con ellos en el salón, tranquilizándoles mientras aseguraba que aquello era simplemente una visita normal y corriente, nada de malas noticias ni problemas.
La tarde fue pasando y cuando Remus llegó un par de horas después, se encontró con un ambiente tranquilo, sin tensiones e incluso divertido. Casi se sintió relajado durante la mayor parte del tiempo, sin la sombra del traidor rozándole la nuca. Tomó una taza de té, jugó con Sirius y con James a perseguir al pequeño Harry en su escoba e incluso tomó al niño en brazos y fue capaz de calmarlo después de que tropezara y cayera el suelo. Con unas pocas palabras y una caricia en la frente, el chico fue capaz de conseguir que Harry dejara de llorar. A los cinco minutos estaba montando de nuevo la escoba.
Lily no se cansaba de repetir que tuvieran cuidado, aunque sabía que rodeado de aquellos tres hombres, su hijo no sufriría ningún daño. Un pequeño golpe quizás, pero nada que no fuera normal en los niños a aquella edad.
Fue en una de esas caídas. Sirius se había sentado en el suelo y estaba dando palmadas a la moqueta como castigo por haber hecho daño a Harry. Peter entró silencioso en la casa. Siempre había sido así y aquella tarde, con todo el ruido, a duras penas alguien habría podido oírle entrar.
En realidad no sabía muy bien qué hacía allí. Estaba cansado, hacía días que no dormía en condiciones, con aquella pesadilla sobre Dorcas rondándole en sueños una y otra vez. Y además estaba todo lo demás. Por momentos quería echarse atrás, contarle a sus amigos los problemas que tenía y esperar que ellos, como siempre habían hecho, lo resolvieran por él. Que fueran ante Voldemort y le avisaran que Peter no sería más su espía, que no averiguaría jamás dónde se escondía James y Lily y que, por supuesto, no respondería de nuevo a la llamada de la marca.
Pero, evidentemente no podía hacerlo. Estaba aquella sensación de seguridad y de control, estaba el sentirse comprendido por un grupo de personas que no fueran sus amigos. Que alguien, por una vez en su vida, se hubiera interesado en él. Sólo en él, no en ninguno de sus amigos.
Y era entonces cuando decidía que todo merecía la pena. Que las ideas no eran tan horribles como exponían los miembros de la Orden.
Se sentía seguro, pero no aquella tarde.
Aquel 17 de octubre, cuando Peter entró en la sala de estar, borró su sonrisa de satisfacción y dejó ver su cara de cansancio.
Él podía con ellos, ahora sí. No era más la sombra de nadie y eso le encantaba.
Y ni siquiera el abrazo de Lily, el suave apretón de dedos que era el saludo de Harry ni la tranquilidad que se respiraba en el ambiente le hizo cambiar de opinión.
Había elegido un bando, para bien o para mal.
N/A: Probablemente el peor de los últimos capítulos que he escrito. Lo siento. Me ha costado la vida y milagros terminarlo y no borrarlo por enésima vez... y es el mejor resultado. Quería hacer un capítulo un poco de transición entre el anterior y el próximo, que será el final, así que en parte tampoco es que pase nada demasiado relevante. Sí, la muerte de Regulus es un hecho importante, pero no tanto para este fic como para la historia canon.
Es algo corto además, porque, repito, es más transición que otra cosa. De todas formas sigo queriendo saber qué os parece... si después de todo la estoy fastidiando al final xDD El próximo no sé exactamente para cuándo lo tendré. Tengo exámenes esta semana y probablente trabajo durante el finde. No quiero haceros esperar mucho, pero tampoco voy a subir un churro de final.
No, no voy a estar un mes entero sin actualizar xD
Gracias por acompañarme en la recta final :)
Nasirid
