XXXVII. Los deseos de ese corazón tuyo.
«Los sueños son verdad mientras duran, y ¿no vivimos todos en sueños?»
Alfred Tennyson.
Febrero de 2025.
París era una ciudad que seguía sumergida en el invierno, con aquel viento helado y las nubes amenazando con descargar una nevada.
El mensaje de fuego tomó a Alwyn por sorpresa. Era una suerte el estar desayunando en L'Étoile, o habría llamado demasiado la atención el destello ígneo por encima de él.
—¿Qué es eso?
Alwyn rara vez estaba acompañado, pero en esa ocasión, habría preferido lo contrario.
—Un mensaje de fuego. Lo usan mucho los cazadores de sombras y los brujos.
—¿Crees que sea de Alphonse?
—Probablemente.
Al desdoblar el papel, Alwyn tuvo que admitir que se había equivocado. La caligrafía era muy recta y cuidada, en nada parecida a las letras de trazo elegante y aspecto apurado que usara su nieto. Nieto… Se preguntó cómo estaría en ese momento, sobre todo cuando procedió a leer lo enviado y comprendió lo que quería decir.
—¿Qué pasa? Te has puesto pálido.
—Debe ser grave. Así te pones tú también.
Aclarándose la garganta, Alwyn pasó el mensaje a su compañía.
—Quieren que vaya a Alacante —indicó.
—¿Por qué? Acabas de salir de allí, ¿qué quieren…?
—¡Ay, por Dios! Vas a ir, ¿verdad?
—Sabes que si hago algo para evitar…
—¡A mí no me importaría! A ti tampoco, admítelo. Y que Dios me perdone, pero Alphonse es el que menos problemas tendría en cambiar de lugar con Thorwyn.
—Eso es desafiar al destino, Amélie.
Alwyn había hecho su reconvención en tono suave, queriendo dar a entender que estaba de acuerdo con lo recién oído, aunque no le gustara nada. Al otro lado de la mesa que ocupaban, Amélie Poquelin lo miró con aire comprensivo, respirando hondo para tranquilizarse.
—«El destino existe porque existimos nosotros» —dijo, como si cada una de esas palabras le fuera especialmente valiosa—. Solía decírmelo Jérôme, papá, porque él también temía morir en cualquier momento, pero hacía cuanto podía por estar conmigo… y con Alphonse, cuando supo que venía en camino. ¿Tú crees que Thorwyn no querría…?
—Lo quiere, Amélie. Sé que quiere vivir. Pero…
—¡Solo inténtenlo! Yo no puedo hacer gran cosa, pero ustedes…
Alwyn suspiró, observando de reojo que los pocos parroquianos madrugadores no les estuvieran prestando atención. A continuación, asintió una sola vez con la cabeza.
—¿No puedo opinar en esto? ¿Qué, es porque no soy…?
—¡No digas tonterías! Puedes opinar, Étienne. Es más, te pido que lo hagas. Cualquier idea es bienvenida. Sabes que no soy muy buena con los acertijos.
—Pero te encantan las novelas de misterio y aprender todas esas frases en idiomas que yo no entiendo, admítelo.
Étienne Poquelin sonrió tras lanzarle esa pulla a su hermana, cosa que Alwyn contempló con cierta nostalgia. De haber sido las cosas distintas, habría visto escenas así desde hacía años. De no arriesgar demasiado desafiando a quienes lo perseguían, se habría quedado en París, con su dulce Anne, su preciosa Amélie y el buen hijo que, deseaba, fuera Étienne para él.
Aquello, descubrió Alwyn, fue muy similar a la situación actual. En aquel entonces, había visto algo, enfureciendo con ello y cambiándolo deliberadamente, sin importar qué pasaba con él. Thorwyn, sospechaba, debió ver que uno de su sangre moría y en cuanto decidió ocupar su lugar, la historia fue diferente, pudo ver que sus acciones dieron resultado y los había salvado.
Se preguntó, con cierta ironía, si Thorwyn no pensó que ellos harían lo mismo por él.
—Amélie, ¿recuerdas de lo que hablamos hace unos días?
—Étienne, hablamos todos los días.
—Me refiero a hace poco. Cuando fui por ti al trabajo, me contaste que te llamó Alphonse por teléfono antes de llegar al café y después te pusiste… Ya sabes cómo. Dio escalofríos.
—¿Qué dije?
Étienne frunció el ceño, haciendo memoria. Amélie arqueaba una ceja, expectante, mientras que Alwyn se preguntó si, por alguna buenaventura, sería su pequeña quien les daría una solución.
—Espero recordarlo bien. Era algo como… «Si el manantial derrama su propia sangre, el ciclo se romperá».
—¿El «manantial»? ¿De verdad dije algo así?
Amélie recibió un asentimiento de su hermano, por lo cual quedó más confundida que nunca. Alwyn, en cambio, reflexionó la frase, queriendo hallarle algún sentido, pero no llegó a ninguna conclusión hasta que un leve tintineo proveniente de su hija lo hizo dar un respingo.
—Amélie —llamó, en voz baja y con un nudo en la garganta—. ¿Qué es eso?
—¿Qué? ¡Ah, esto! —Ella miró hacia su pecho, sonriendo mientras se quitaba una cadena del cuello para pasársela a Alwyn—. Es tu relicario y el anillo de Jérôme.
—¿Es el anillo familiar de él?
—Sí, ¿por qué?
Por toda respuesta, Alwyn les mostró el anillo en la palma de su mano, inerte e inofensivo, brillante a la luz de aquel nublado día. A los pocos segundos, las expresiones de los otros dos confirmaron que lo habían comprendido.
La joya tenía grabado el emblema de los Montclaire, un manantial coronando un monte.
—&—
Si Thorwyn no recordaba mal, el dicho mundano era «la tercera es la vencida».
Sin embargo, estaba comenzando a cansarse de ser el centro de atención en sitios tan públicos, rodeado de ojos inmisericordes y presencias frías. Nadie allí hablaría a su favor ni aunque sus vidas dependieran de ello, estaba seguro.
Por lo menos, le quedaba el consuelo de que sería la última vez.
Rememoró lo que sabía, lo que había visto, para confirmar que nada estuviera donde no debía. Hasta el momento, no debía preocuparse.
Había escuchado de aquel sitio. Era donde se reunía la Clave en pleno, lo cual explicaba sus dimensiones y el que se dispusiera de tantos asientos. Debían haber convocado a todos los que pudieron, por eso no lo ejecutaron en cuanto Julie Beauvale hizo su acusación. No esperaba menos, en realidad. Contaba con la concurrencia.
Las ejecuciones siempre le habían parecido espectáculos grotescos.
Lo habían colocado delante de quienes, ahora sabía, eran el Consejo actual: el Cónsul, la Inquisidora, los representantes subterráneos y el Emisario. Unos minutos atrás, se había acercado al grupo un hombre rubio con el broche de los Centuriones prendido en el pecho, pero fue despachado por el Cónsul tras un breve diálogo, lo cual hizo que el Centurión pusiera una mueca fiera cuando se iba. El Cónsul no pudo verla, pero Thorwyn sí y, aunque no podía usar el don a voluntad, supo que eso traería consecuencias.
Los Centuriones, de hecho, habían procurado ocupar las filas delanteras, sin molestarse en disimular su satisfacción por lo que iba a ocurrir, ni tampoco en esconder que iban armados. No le extrañaban las armas, lo que llamó su atención fue que las lucieran de esa manera, como si no les preocupara que los demás supieran a qué se enfrentaban. Los Centuriones, concluyó, ya no eran los mismos de antaño, o al menos la mayoría: junto al hermano de Flecha de elfo, vio a unos pocos que no estaban en absoluto contentos con el ambiente generado por sus camaradas.
Poco a poco, las fisonomías a su alrededor fueron llenándole la mente de recuerdos. Cuando vivió en París, su amigo cazador de sombras era bastante elocuente en cuanto a la gente que lo rodeaba, sobre todo de aquellos que dejaban en él una profunda impresión, ya fuera por sus acciones o por su fama. Algunos rasgos físicos perduraban a través de las generaciones, juraba Jean–Louis al tiempo que frotaba entre sus dedos un mechón de pelo rubio, pero en otras ocasiones, las variaciones eran tales que no podían evitar destacar. Thorwyn tuvo que darle la razón al distinguir a un rubio que, por un largo segundo, le recordó precisamente a Jean–Louis, aunque por lo que escuchó, su apellido era Herondale.
Jean–Louis… Pensar en él era triste, dolorosamente triste. Su querido amigo había confiado en un futuro donde el Mundo de las Sombras fuera más unido, en el cual los cazadores de sombras comprendieran que no podían vivir demasiado aislados o perderían la batalla contra los demonios. Jean–Louis y su amada Eloise habrían sido felices al contemplar a los representantes subterráneos y seguramente apoyarían sin titubear el uso de cierta runa de la que había oído una vez, pero también habrían llorado de rabia e impotencia por lo que le pasaba al último de sus descendientes, el excelente muchacho que de lejos, lucía exactamente como Jean–Louis, pero poseía el oscuro cabello de Eloise… y unos ojos subterráneos que parecían atraerle la desgracia.
¿Lo perdonaría Jean–Louis por haber mezclado su sangre con la de su familia? No tenía forma de saberlo. Es más, eso era de las pocas cosas que no había podido ver, sorprendiéndose bastante cuando hizo las conexiones. Era una broma cruel del destino, suponía, porque no se había ensañado con él lo suficiente.
Dependía de él que la sangre de Jean–Louis no se extinguiera, aunque no estaría en peligro si no fuera su propia sangre también.
En ese momento, un pequeño revuelo lo animó a levantar la cabeza, solo lo suficiente como para mirar uno de los extremos de la sala, donde sabía que había una puerta de acceso.
Alwyn acababa de llegar, seguido por Perenelle y parte de los refugiados de la Clave.
Cuando el Emisario indicó que se le permitiría presentar una defensa, a Thorwyn no se le ocurrió que eso incluyera testigos de sus acciones, pero al segundo siguiente, se reprendió por no considerar la posibilidad. La Clave había avanzado un poco, pese a todo, así que quizá algo de los procedimientos mundanos los estaba beneficiando a través de sus últimas generaciones de Ascendidos. Agradecía, por una vez, el haberse interesado en el plano mundano, aunque estuviera en la Cacería Salvaje. Esa actitud pudo acarrearle un fuerte castigo, pero que por algún motivo, su Líder no lo había condenado en cuanto se enteró de ella.
Alwyn y sus acompañantes fueron a sentarse lo más apartados que pudieron de los Centuriones, lo que no podía reprocharles. Solo el chico Blackthorn y dos o tres que charlaban con él, les dedicaron miradas agradables a los mestizos. En cambio, lo sorprendió ver a unos pocos cazadores de sombras ofrecer sus asientos a los recién llegados, entablando conversaciones que los mestizos siguieron sin problema, incluso hasta parecían aliviados y contentos de que se les tuviera semejante consideración.
Sí, definitivamente, Jean–Louis y Eloise habían tenido algo de razón.
Otro revuelo, esta vez en un tono más frío, hizo que Thorwyn volviera a mirar por la puerta, preguntándose qué había llamado tanto la atención de aquella forma, que incluso a él incomodaba.
Alphonse recién iba entrando, en compañía de su parabatai.
Los rumores no tardaron en llegarle a Thorwyn, entre los cuales destacaban referencias burlonas de los ojos de Alphonse y frases hirientes sobre que el chico no debería estar entre ellos, pero no precisamente porque fuera menor de edad. No debería haberse sorprendido, pero así fue, ya que fue un duro golpe a la reciente convicción de que sus antiguos amigos cazadores de sombras agradecerían los cambios en la Clave. Pero claro, las personas no podían evolucionar todas de la misma forma y seguramente los que rechazaban a Alphonse por su ascendencia feérica, venían de una larga línea de gente que también lo haría, lo cual le pareció un desperdicio de potencial para el progreso de esos mortales.
—Buenos días.
El saludo del Cónsul llamó la atención de todo el mundo. Los pocos que seguían de pie, algo apartados de los asientos, se apresuraron a ocupar uno y poner expresiones serias.
—Antes que nada, agradezco la presencia de todos, pese a la premura del llamado.
Hubo unos cuantos bufidos de los más jóvenes, pero nada más.
—Ahora, procederé a detallar el asunto que nos ha reunido hoy…
Thorwyn se permitió distraerse solo un poco, en lo que el Cónsul hacía lectura oficial de quién era y de qué se le acusaba. No era información nueva para él y si sus suposiciones eran correctas, la mencionada defensa de su persona no la realizaría él, no por completo.
—Tiene la palabra Julie Christine Beauvale, la parte acusadora.
Arqueando una ceja, Thorwyn observó a la pálida rubia que se puso de pie en la primera fila, en el extremo más cercano a la puerta. No se veía bien de salud, tal como la viera antes, pero solo en ese momento su memoria le dijo que era de esperarse, tras todo lo que había pasado.
—A todos los reunidos, les digo que mi petición es simple. Este Cazador es el responsable de la muerte de mi hermana, una de las que defendían a nuestros niños en el Salón de los Acuerdos, durante la Guerra Oscura. Quiero oír de su boca cómo pasó. Quiero que todos sepamos qué lo llevó a ello, confirmando así su culpa.
La mujer se escuchaba dolida, lo que no era de extrañar. Thorwyn no tenía hermanos, no que él supiera, pero sí una familia, por lo que no podía culparla. A una seña del Emisario, Thorwyn se puso de pie con dificultad, dando un paso al frente, causando así un tintineo proveniente de los grilletes de hierro que lo sometían.
Había prometido no describir en voz alta ninguna de sus faltas como miembro de la Cacería Salvaje, pero eso no era lo mismo que haberlo jurado y bien mirado, ya no le debía lealtad más que a sus propias causas. Así, sin mirar a nadie en particular, procedió a narrar aquel día por segunda vez en su vida, amargo no solo para los cazadores de sombras, sino también para él.
Tras sus palabras, Thorwyn no se sentó. Esperó pacientemente a que alguien indicara el siguiente movimiento. Si iba a enfrentar su final, prefería que fuera de pie, aunque eso podría ser interpretado como una completa falta de arrepentimiento, lo cual estaba muy lejos de la verdad.
—En vista de las circunstancias, el Consejo recomienda modificar la acusación de asesinato, especificando que fue un crimen no premeditado.
El Cónsul se ganó unos cuantos abucheos ante eso, pero él los detuvo con un gesto. Thorwyn debió reconocer que el hombre tenía don de mando.
—Para la defensa del acusado, se han reunido personas cuyo testimonio validan la calidad moral del mismo. Bien es sabido que, en el caso de hadas puras, es mejor fiarnos de sus acciones que de sus palabras. Así pues, pueden comenzar.
El Emisario, tras aquel breve discurso, sacó una hoja de papel y leyó un nombre, que resultó ser el de uno de los refugiados de la Clave, quien se puso de pie con un gesto tímido, hasta que el Emisario, con voz firme y amable, lo invitó a hablar.
Thorwyn llegó a la conclusión de que los refugiados, como él, no acababan de confiar en la piedad de la Clave, sin importar cómo se presentara. Hasta el momento, los que se veían menos satisfechos de cómo iban las cosas eran varios de los Centuriones, que a cada frase que favoreciera a su prisionero, se mostraban más y más ceñudos, como si algo estuviera a punto de serles negado. De nuevo, Thorwyn se dijo que no debía preocuparse por ello y permanecer en su sitio, en su posición, convencido de que lo previsto no tardaría en suceder.
Finalmente, cierta persona se movió y lo que Thorwyn esperaba comenzó a pasar.
—¿Qué pasó cuando Julie desapareció? —Preguntó una voz en lo alto de los asientos, haciendo que varios se giraran para saber de quién se trataba—. Eso no lo ha explicado el hada. Exijo que diga qué pasó en esa ocasión y si es que sabe algo de cuando reapareció.
—¿A qué viene el interés, Gilbert Longford?
—Julie es mi familia. ¿Por qué no habría de interesarme?
Thorwyn dedujo, por la expresión de Julie, que Gilbert no le era agradable y que sospechaba de su repentino interés en el caso. Por una vez, estuvo de acuerdo con ella.
—Responda por favor, Thorwyn —pidió el Emisario.
Suspiró. Aquello se desviaba ligeramente de lo que esperaba, pero no le importaba.
—La cazadora de sombras me siguió aquella noche porque me reconoció como el autor de la muerte de su hermana —explicó lentamente, con prudencia—. No sabía que había cruzado a mi plano hasta que la apresaron a mis espaldas. Según lo que recuerdo, su orden fue que formara parte del proyecto de Regeneración, queriendo confirmar con ella lo que podría resultar de la descendencia de hijos del Ángel sin marcar.
—¿La orden de quién? —Fue la pregunta que hizo enseguida un Centurión de edad madura, al que Thorwyn reconoció con Sigmund Sedgewick—. De otra hada, seguro —añadió, en tono fanfarrón, creyéndose con la razón.
—Fue una orden de los suyos, Sigmund Sedgewick. Fue orden de un cazador de sombras.
Se hizo un silencio pesado, en parte incrédulo y en parte ofendido. Era evidente que, en lo concerniente a un daño contra los suyos, los cazadores de sombra tenían la vaga ilusión de que no podían traicionarse unos a otros.
—¿Podría reconocer a ese cazador de sombras si llega a oírlo de nuevo? —Inquirió enseguida la Inquisidora, mostrándose severa y lista para ir tras quien fuera que debiera ser llevado ante la justicia que ella defendía.
—Puedo, madame Inquisidora.
—¿Llegó a verlo bien?
—Lo hice, madame Inquisidora.
—Vea bien a la gente en esta sala y si está aquí, dígame quién fue.
El revuelo entre los ocupantes del lugar comenzó primero lento y fue en aumento, como el oleaje que se va desarrollando conforme una tormenta se desata sobre éste. Thorwyn fingió obedecer, porque no tenía la necesidad de hacerlo. También eso lo tenía previsto, pero a pesar de sus intenciones, necesitaba unos pocos minutos para reunir valor.
Le era muy triste el despedirse de los latidos de su corazón.
—Allí, madame Inquisidora. El que recién me ha interrogado.
Aunque tenía conocimiento de lo que seguía, Thorwyn no pudo evitar asombrarse al estarlo presenciando. No sabía a dónde dirigir los ojos, así que su instinto decidió por él, obligándolo a ver lo mismo que ya sabía, por más que lo lamentara.
Gilbert Longford hizo el amago de desenfundar un arma, pero no se supo cuál, pues cerca de él una figura lo había sometido tan rápido, que los que llegaron después apenas podían explicarse cómo había sido posible.
Otros cazadores de sombras, entre ellos algunos Centuriones, no pudieron contener su ira ante una acusación tan directa de parte de un hada, así que también desenfundaron armas, principalmente pequeñas y arrojadizas, pocas de las cuales lograron herirlo al alzarse otros de los suyos, queriendo detenerlos para impedir una masacre accidental.
Se fijó de reojo en Julie Beauvale y quienes la rodeaban. A ella la cubrieron en cuanto empezó la conmoción e intentaron sacarla del lugar, aunque la rubia se desvivía por mirar hacia donde se hallara poco antes Gilbert Longford. Debía tomarse como algo personal el que un pariente suyo hubiera orquestado su alejamiento de aquel plano. Fue en ese instante que recordó a la niña cazadora de sombras que viera en el Salón de los Acuerdos, con un pelo rizado del mismo tono rubio, y la relacionó con algo que Alphonse le dijera hacía poco, cuando finalmente pudo hablar tras las revelaciones sobre la vida de su pariente hada.
«Madame Beauvale, quien te acusa… Ella es la madre de mi mejor amiga.»
Esperaba que la mujer no se pusiera en contra de Alphonse por sus acciones, aunque intuía que era pedir demasiado.
Un movimiento desde la entrada principal hizo que Thorwyn se pusiera en guardia.
Sabía quién venía, pero el decirlo no le habría ayudado. Había visto lo que iba a pasar, así que hizo a un lado sus habilidades de combate y su intuición, al menos todo lo que pudo.
Lo que jamás se le ocurrió fue que el golpe al cual se había resignado, no llegaría a recibirlo.
—¡Traidor! ¡A un lado!
El ruido del metal entrechocando fue el que trajo a Thorwyn a la realidad. Era un sonido muy cercano, cuyo origen lo tenía a un paso, delante de él.
La figura atacante, envuelta en una capa oscura, mostraba una mueca de odio y presionaba cuando podía a su oponente, con una enorme espada.
El defensor, enarbolando con pulso firme a la resplandeciente Hauteclaire, hizo que Thorwyn viera por un momento a Jean–Louis, aún con las evidentes diferencias físicas.
—No darás ni un paso más —aseguró Alphonse Montclaire, sin ceder terreno.
—¡No eres nadie!
—No me importa ser alguien para ti.
En un movimiento veloz y elegante, Alphonse separó su espada de la otra, haciendo retroceder a su oponente al tiempo que echaba un vistazo por encima del hombro.
—¿Estás bien? —Inquirió.
—No debiste evitar eso —aseguró Thorwyn, con expresión pétrea.
—Tú tampoco debiste decidir solo —Alphonse asintió con la cabeza, dejando de mirarlo.
—Deberías dejar que lo mate. Sería una mancha menos en tu existencia.
Alphonse negó con la cabeza, sin la más leve muestra de que la frase lo hubiera afectado. Solo porque Thorwyn lo conocía, supo vislumbrar en sus ojos una profunda pena, pero no por lo que acababan de insinuarle, sino por la persona delante de él.
El muchacho colocó mejor la espada, en posición de ataque y como si el don lo estuviera poseyendo en ese momento, Thorwyn supo que su atacante iba a perder.
—¿Tanto querías el nombre de tu padre que conseguiste esa imitación?
Una seña desdeñosa a la espada de Alphonse fue recibida por dos ceños fruncidos.
—¿Quieres comprobar que esta es la auténtica Hauteclaire? —inquirió Alphonse a su vez.
—No tienes modo de probarlo.
Thorwyn sabía que sí había un modo. Jean–Louis se lo había descrito, como una de las tantas muestras de amistad y confianza que le dedicó. No estaba seguro de que Alphonse lo supiera, pero lucía muy seguro de sus palabras, por lo que no replicó.
—Igual que tu padre —espetó el atacante, que si era posible, había aumentado el odio que mostraban sus rasgos—. Arrogante, traidor, vicioso… ¡Ladrón!
Un golpe fue lanzado hacia Alphonse, quien lo contuvo sin titubear, antes de separar armas de nuevo, con el rostro mostrando una seriedad inusitada.
—¿Es arrogancia confiar en lo que sabes? —Inquirió, dando un paso al frente y con ello, haciendo retroceder al contrario—. ¿Es traición el defender a quien lo necesita? —Dio otro paso—. ¿Es vicio el querer ser feliz con la persona que se ama? —Avanzó otra vez—. ¿Es robo el aceptar a alguien a quien tú no te molestaste en conocer bien?
Alphonse sonrió de lado, por lo cual Thorwyn se estremeció. Ese gesto era mordaz, el aviso de que se aproximaba algo hiriente y al mismo tiempo, lucía fascinante, demasiado atrayente. Casi enseguida supo que eso era herencia suya y al mismo tiempo, de generaciones de Montclaire que, antes que él, habían sabido por instinto el cómo hacer caer a un contrario únicamente con el poder de su mente y de sus palabras, respaldando eso con la preciosa y mortífera Hauteclaire.
—¿De qué estás…?
—No hablo de lo que no sé. No me gusta y no siento que esté bien. Si hubieras querido conocerme, lo sabrías. Así que te lo voy a decir una sola vez: ríndete, o podrías resultar herido.
—¡Tú no eres nadie!
A continuación, Alphonse apenas pudo detener el golpe que iba dirigido a su cuello, para luego enzarzarse en un combate de espada como Thorwyn no creía haber visto antes. No eran los movimientos lo que lo cautivaban, sino la seguridad con la cual Alphonse manejaba una espada que, por lo que sabía, apenas estaba conociendo. ¿Acaso Hauteclaire lo había reconocido como dueño y se estaba poniendo de su parte? Siendo hada, sabía que a veces objetos como ese, tan antiguos y con tanta historia, eran capaces de proezas extraordinarias.
Como respondiendo a sus pensamientos, Hauteclaire emitió un destello particularmente intenso al detener otro golpe dirigido a Alphonse… haciendo mancuerna con otra arma que Thorwyn conocía perfectamente.
—¡Eso no es posible! ¿De dónde sacaste…? ¡Estaba perdida!
—¿Hablas de Fidèle? Siempre ha estado con mi familia, así que perdida no estaba.
Thorwyn se sorprendió, tanto por oír cierto deje burlón en las palabras de Alphonse, como lo que éste daba a entender, algo que lo conmovió más de lo que esperaba.
El muchacho no había renegado de él, ni siquiera sabiendo sus pecados.
—¡No mientas! ¡Ningún Montclaire había tenido esa daga en más de dos siglos!
—Eso es cierto.
El metal entrechocó de nuevo, cada vez más seguido y con mayor fuerza. Thorwyn temió que, de un momento a otro, Alphonse no fuera capaz de resistir, pero hasta el momento, estaba demostrando la afinidad innata que tenía los de su familia con las espadas.
El hada miró a su alrededor con lenta atención. Las pequeñas riñas en el resto de la sala estaban siendo sofocadas, por lo que poco a poco, Alphonse y su oponente estaban captando la atención. Logró ver que el parabatai de su bisnieto desenfundaba una espada y corría hacia ellos, con la clara intención de acorralar al atacante.
—Si no muere el hada, ¡morirás tú! ¡A un lado!
Alphonse hizo un fluido movimiento, adelantando a Hauteclaire y a Fidèle de manera cruzada, con lo cual evitó otro golpe en su contra. A continuación, miró por un segundo hacia su parabatai y negó con la cabeza. El otro chico se paró en seco por un segundo, para espanto de Thorwyn, antes de ver que adoptaba un paso más sigiloso para acercarse por detrás del atacante, lo cual le devolvió la esperanza de que Alphonse acabara bien librado.
—¡Déjame matarte de una vez!
En ese instante, el atacante movió una mano a toda velocidad, lo que Thorwyn reconoció como el lanzamiento de un arma. Alphonse, como pudo, se apartó de él y blandió a Hauteclaire, cuya hoja relumbró como una estrella, al menos por un segundo.
Thorwyn debió quedarse donde estaba. No tenía armas, iba encadenado y se había prometido el aceptar lo último que había visto respecto a su futuro. Quería acabar de una buena vez con lo que su existencia ocasionaba, sin hacer daño a nadie más, pero descubrió que era imposible. Alphonse había tenido razón, por supuesto: no debió decidir solo. Lo que le pasara o dejara de pasarle, afectaría a aquellos que lo tomaban en cuenta, sin importar si lo odiaban o lo amaban. Fue por eso que, en el último segundo, decidió que de acabar con todo, debía ser a su modo, no como le mostrara un don que, a fin de cuentas, nunca era benévolo con él.
Fue así que, sin quererlo realmente, Thorwyn terminó atravesado por la que fuera el arma preferida de su amigo Jean–Louis.
