CAPÍTULO TREINTA Y SIETE :
"La frustración, jamás creara la verdadera transformación de uno mismo"
Pasmada, incrédula, con mórbida fascinación, con los dedos temblando por la marea de emociones que la gobernaban. Lentamente Zelda cerró con solemnidad el tomo que tenía en sus manos, sin poder apartar su mirada de las amarillentas hojas, así como de la vieja y curtida portada, al tiempo que sintió como una parte de ella misma fue clausurada en aquel momento.
- Link -
Susurraron sus labios con melancolía, tristeza y dolor, no quería creer o entender lo que acaba de leer, de experimentar al percibir aquellas letras. La real historia de lo que había sucedido sin pautas o engaños, la cruda verdad de las acciones de la Diosa Blanca. Las razones por la cual había actuado de aquella manera, sus sentires, su experiencia, pero sobre todo, su amor por el caballero que había sido elegido para servirla.
Sin saber que hacer con aquel conocimiento, aturdida por las emociones y la confusión que creaban dentro de ella, en un arrebato de ira y coraje se levantó de manera impronta, buscando la forma de liberar la frustración que la estaba consumiendo. De poder gritar o aventar aquel libro, de hacer todo a un lado, más al último segundo, cuando estuvo por aventarlo, se detuvo. No podía hacerlo, no importaba cuanto lo deseara, la verdad era que no podía hacer nada más que resignarse.
-Estúpida Hylia, pero yo lo soy aún más- murmuro con cansancio y aflicción.
Ahí, sola bajo el silencio del ocaso, parada en la orilla del techo de la casa de su antigua guardiana y tutora. Rodeada por el sonido de las criaturas nocturnas, sin más compañía que la luna y las estrellas, fue donde por primera vez se dio cuenta de la verdad que tanto había temido, de la que había estado huyendo.
Resignada, aceptando su derrota, pasudamente la joven bajó su temblorosa articulación al tiempo que llenó sus pulmones con el profundo aroma de la noche. Todo en un vano intento por despejar su mente, por liberar su alma. Siempre se había considerado diferente, única, y ahora se daba cuenta de cuan errada había estado, que en verdad ella no era distinta, sino todo lo contrario, eran tan similares.
Hylia no había sido perfecta, a diferencia de todo lo que había escuchado, de lo que había imaginado. La Diosa blanca había sido tan simple, tan egoísta, tan humana. Una mujer que había sido creada para cumplir un propósito, una responsabilidad que se vio afectada por el deseo y la codicia, obligándola a tomar acciones en una guerra que no deseaba, pero que no podía escapar, atada a su deber. Uno al que incluso había odiado, que no le había encontrado significado, pero que estaba dispuesta afrontar, a seguir completamente sola... Hasta que apareció él, el guerrero bendecido por Farore, el arma y escudo que se encargaría de hacer el trabajo que ella no podía, de ensuciarse las manos, de eliminar a sus enemigos, de destruir todo aquello que se interpusiera en su encomienda, sin importar las consecuencias. Una vida sin mayor valor alguno que solo ser utilizada como una herramienta para cumplir con la afronta que debía consolidar.
Mas había sido la honestidad y transparencia de su alma, de sus emociones, lo que la habían hecho cuestionarse su propia existencia, lo correcto de sus actos, de su misión. Mostrándole una faceta del mundo, de la vida que ni ella misma había imaginado, que jamás habría tenido en consideración, que incluso desconocía de sí misma.
- Que ingenua he sido -
Se dijo así misma la doncella, mientras alzaba su mirada al firmamento, buscando entre los astros su propia verdad. Siempre desde pequeña le habían inculcado que su vida tenía un valor mucho mayor del que ella prescindía, que cada una de sus acciones y actos podían marcar la diferencia para el beneficio de su pueblo. Ella existía únicamente para el futuro del reino, para la felicidad y prosperidad de otros. Sus emociones y sentimientos no debían afectar, ni colisionar con sus deberes, sino todo lo contrario, que una princesa era solo y únicamente para servir.
Primero estaba la corona y su obligación, antes que ella como persona.
Igual había sido para la Diosa Blanca, tal vez no en el mismo contexto, pero si en mismo sentido de su deber y destino. Ambas habían sido elegidas para mantener una obligación, una que no importaba cual fuera el precio que se pagara por sustentarla, ni el dolor o sacrificio que tenían que llevar acabo, aunque este destruyera su felicidad y esencia. No podían pensar para ellas mismas, ni ser egoístas. Todo lo contrario, debían ser auto sacrificables, siempre dispuestas a darlo todo, a entregarlo todo por un bien común, uno más grande; el del reino, el de la gente y toda vida en Hyrule.
Apreciando como un fuerte vació se llenaba en su pecho, ahogando a su corazón y helando su sangre, Zelda no pudo evitar atrapar sus labio inferior entre sus dientes, deteniendo la opresión que se apoderaba de su pecho. La ira que corría como caliente líquido en sus venas, haciendo su cuerpo llenarse de un calor y escalofrió, Transformándose en una terrible rabia.
Hastiada de todo lo que estaba viviendo u aprendiendo, la joven princesa maldijo al destino y la voluntad de las deidades creadoras. Comprendiendo bien el coraje y la pena que habían embargado a la Diosa Blanca, la cual a pesar de tener todo en contra, de conocer el castigo que sufriría, de saber lo que dictaminaba aquella profecía. Por amor, impulsada por aquel sentimiento tan único y especial que había despertado el caballero dentro de ella, con la esperanza de crear una oportunidad, de darle aquel sueño, aquella ilusión que en ese momento era imposible, pero sobre todo, porque no podía ver a la persona que amaba morir, sin hacer nada. Es que había tomado aquella decisión, es que había enfrentado a los oráculos y sus profecías, había sacrificado su propia vida…
Nada le había importado más, que salvar al hombre de quien estaba enamorada.
¿Acaso ella podía hacer lo mismo? Pensó la doncella con severidad al tiempo que pasaba sus manos por aquel viejo diario, sería capaz de sacrificarlo todo, su vida, su propósito, el bienestar de todo un mundo solo para crear una oportunidad, una tan minúscula y frágil. Una que no solo traería terribles consecuencias, que permitiría a la oscuridad continuar con su existencia, que llenaría de dolor, soledad y resentimiento el alma del hombre que amaba, que significaría el final de su vida, del balance del poder de las Diosas, la creación de un calvario eterno e infalible, solo por no verlo morir, jugando contra el destino la creación aquel deseo que él tanto anhelaba. Podría ser tan cruel, pero también tan abnegada.
Sin saber que pensar o sentir en aquel momento, abrumada por toda la información que había obtenido, la joven monarca solo guardaba silencio, apagando en su mente las constantes voces que hablan siempre de deber, de honor, de culpa, de responsabilidad, de todo lo que siempre debía ponderar antes de actuar. Quedando atrapada en un limbo de vacío, de nulidad constante. En un profundo pozo sin forma, sin fondo, sola bajo el resguardo de la noche y su simple sinfonía.
Sola, abandonada de pretensiones, emociones o sueños. Cobijada bajo la quietud de aquel vació, de aquel lugar, fue cuando por fin pudo escuchar su verdadera voz, aquella que siempre había estado amordazada por las responsabilidades, por las constantes máscaras que tendía a utilizar constantemente. Siempre ignorando su verdadero ser, su esencia.
- Amor –
Murmuraron sus labios, mientras su vista recorrió el firmamento, reflejando la basta infinidad de la noche en sus claras pupilas. Una palabra tan pequeña, tan corta, pero tan profunda y diversa. Englobaba desde el sentimiento más simple y vano hasta el más profundo y sacrificado, siempre describiendo, mostrando, aprisionando y destruyendo. Una palabra que podía significar desde la vida misma, hasta la más trágica muerte, una que podía crear guerras, así como también conciliación y uniones. Cuyo significado en aquel momento la hería y lastimaba, eludiéndola de la respuesta que tanto necesitaba, que tanto deseaba conocer.
Ella lo amaba, un hecho que no dudaba la princesa, pero ¿qué clase de amor era, a caso eran siquiera suyas esas emociones? ¿Cómo saber que todo aquel mar de sentires no eran más que un vestigio, un reflejo del inmenso y puro afecto que tuvo la diosa blanca? Doblegada por esas preguntas, la joven no puedo evitar, cerrar sus parpados al tiempo que evocaba en su mente, su más preciada memoria. Su padre, el generoso y estricto hombre que la había educado, que la había criado, procurando siempre por su bienestar a pesar de que algunas veces no estuvieran ambos de acuerdo. Si había algo de lo que Zelda estaba segura, de lo que podría afirmar con certeza única e irrevocable, era el amor que sentía por su progenitor. Quien siempre había estado a su lado, en las buenas y en las malas. Apoyándola, enseñándole, guiándola, corrigiéndola, regañándola, impulsándola a sacar lo mejor de ella misma, a florecer, a crecer como persona, como mujer en un mundo que estaba gobernado por reglas y leyes que la someterían por no haber nacido con el género opuesto. Luchando por inculcarle los valores que siempre debía tener no solo un buen soberano, sino una persona de bien.
Aún podía verlo, podía incluso recordar su aroma a maderas, siempre vestido con su modificado jubón, su voz serena y fuerte, resonando en sus tímpanos. Su serio y cálido rostro gesticulando sus emociones, en marcado de la sabiduría de sus experimentados años, sus duras manos siempre gentiles, sosteniendo las suyas, transmitiéndole la entereza y la fuerza que habían forjado con años de trabajo. Un soberano en toda la extensión de la palabra, un hombre que había vivido lo más hermoso y dichoso de la vida, así como también lo había perdido. Quien conocía perfectamente los engaños y la traición, el embrujo del delirio del poder, pero sobre todo la necesidad de la confianza, de la entereza por permanecer noble, inmutable en el constante mar de la política y de economía. Siempre un faro para iluminar en las tormentas, en las niebla y salvaguardar la seguridad de sus seguidores, de los más débiles, de aquellos que buscan una guía entre las penumbras. Pero sobre todo, aún podía verlo frente a ella, como su padre. No el rey o Señor de Hyrule, sino el amoroso y bondadoso ser que procuro por ella, quien pasó las noches en vela cuidándola desde su nacimiento, aquel que le cantó cuando apenas y tenía conciencia de vida para que durmiera, él que rió y lloró felicidades y tristezas compartidas, el compañero de aventuras secretas a las altas hora de la noche en la cocina. El maestro que le explicó la realidad del peso de usar un arma, de la diferencia entre empuñar una espada y proteger al débil. El sabio quien comentó con seriedad las novelas épicas y que secretamente también adoraba leer finales felices en ellas. Siempre a su lado, vigilante, atento, estricto, amoroso, mostrándole el incondicional cariño que existe entre un padre y su hija.
" Hija mía, si pudiera daría lo que fuera, hasta la vida por cambiar el destino que se te ha elegido. Y aunque sé que no existe nada que pueda hacer para modificarlo, quiero que sepas, que siempre estaré contigo, ya que tu eres sangre de mi sangre, y mientras tu vivas yo ahí estaré"
¿Y dónde estaba ahora? ¿Dónde estaba en ese momento, cuando más lo necesitaba? El destino había sido tan injusto, tan cruel para habérselo arrebatado, dejándola sola, desprotegida a merced de la pérfida realidad. En aquel piélago de desconciertos, perdida de si misma, de su propia esencia.
- No… si sé, quien soy… Yo soy Zelda, Hija de Daphnes y Athea - se dijo así misma en voz alta la joven, al tiempo que su alma se liberaba de las cadenas y grilletes que la habían sujetado hasta ese momento.
Ella no era Hylia, ni ninguna de las otras reencarnaciones, así como tampoco era solo una princesa o un titulo, ya fuera el de hermana o de hija, ella no era nadie más que si misma. Y si bien era cierto que desconocía mucho sobre el mundo, sobre la vida, y que tal vez el sentimiento que ella tenía por inmortal héroe no era igual o tan profundo como había sido el de la blanca deidad, eso no significaba que no fuera real, que no fuera importante para ella. Elegida o no, ella era dueña de si misma y de su vida, así que no permitiría que otros se la arrebataran, que le robaran lo último que tenía, que le era importante.
No podía seguir escondiendo, aguardando a que otros la salvaran, dependiendo siempre de que le digan que hacer y cuando hacerlo, había llegado el momento de levantarse, de despabilarse. Ya que de nada servía tener un destino, si no estaba lista para vivir un futuro, y no uno cualquiera, al contrario haría uno nuevo, uno diferente. No se quedaría esperando a que otros la llenaran de felicidad, sino al revés, ella se la procuraría.
- Nunca más – se dijo en voz alta la princesa, al tiempo que abrazaba mentalmente la razón de su fortaleza, la causa por la cual había decidido luchar en aquella afronta, por la cual lo arriesgaría todo.
Escondida entre las sombras, sintiendo como el orgullo llenaba un poco de su corazón, Topaz miraba con una leve sonrisa en sus labios la figura de la joven soberana. Contemplando con satisfacción el cambio que estaba sufriendo la doncella. Apreciando como es que empezaba a liberar el verdadero potencial de su fuerza, de su capacidad al encontrar la seguridad que tanto le faltaba.
*** En la llanura de Hyrule ***
Cabalgando entre la espesura de la noche, guiando con agilidad y seguridad su cabalgadura, el eterno paladín mantenía su perfecto equilibrio sobre los estribos de su silla, permitiendo con su postura el aumentar la velocidad y el movimiento de su yegua, la cual corría tan veloz como sus extremidades se lo permitían. Sumergido en sus pensamientos, completamente concentrando en su tarea de llegar lo antes posible a la aldea donde se encontraba los Sheikahs, el guerrero no tuvo tiempo de reaccionar, sino hasta que había sido demasiado tarde. Invadido por un terrorífico y agobiante sentimiento de desesperación y de dolor, robado de todos sus sentidos en aquel instante, sin control cayó estrepitosamente contra el suelo, sin poder contener la agonía que lo sometía en aquel momento.
- ¡LINK! -
Gritó desesperada Navi, mientras voló hasta su lado. Epona, reaccionando ante la perdida de su amo y el grito de la nereida, inmediatamente se detuvo, parando tan fuerte que hundió por completo sus patas sobre la tierra, casi hasta el punto de derribarse por el brusco y osco movimiento. Adolorida y resentida por su propio actuar, haciendo a un lado su molestia trotó hasta el derribado cuerpo de su amo, el cual continuaba tumbado en la tierra.
Sintiendo sus entrañas arder, Link no pudo evitar callar el grito de dolor y desesperación que desgarro su garganta. Angustiado, llevó sus manos contra su pecho, tratando de arrebatar al invisible puñal que quemaba y destruía sus entrañas.
Asustada Navi trató de calmar a su amigo, sin poder encontrar la razón de sus actos. Sintiendo como la desesperación y el miedo comenzaban a inundarla al no poder hacer nada para aliviarlo u ayudarle.
Luchando contra la ola de dolor y ansiedad que lo sometían, concentrándose en el calor y la fuerza que emitía el fragmento en su mano, Link respiró de manera profunda, dedicando la mayor parte de sus sentidos a bajar el acelerado ritmo de su corazón. Pudiendo regular su respiración, dando largos golpe de aire, Link comenzó a toser, interrumpiendo las oscas horcadas de su abdomen para no vaciar su contenido. Extenuado, tumbado boca arriba, limpió las lagrimas que borraban su vista, raspando sus parpados con la piel de sus protectores y guantes.
- Maldición- murmuró para si mismo.
Una vez más su enemigo había logrado herirle, el dolor había sido tan profundo, como si hubiera compartido el mismo momento en que Raru había sido asesinado. No había duda, el guardián de la Luz y uno de sus aliados más importantes había sido torturado y asesinado a sangre fría.
La oscuridad estaba avanzando y acabando con cada uno de sus partidarios, si la situación seguía así, el hechizo de protección sobre el reino y sobre él se debilitaría. Ya comenzaba a sentir los efectos secundarios.
Su enemigo sabía que si bien no podía quitarle la vida, podía disminuir su fuerza, su vitalidad al destruir las almas de sus compañeros, las cuales al ser asesinadas de aquella manera, no volverían a reencarnar tan fácilmente. No, sin la aprobación de las diosas, creando un efecto devastador al destruir los lazos que había entre ellos, pues sus almas estaban vinculadas con la suya. Pero sobre todo estaban relacionados con la antigua magia que protegía el reino, de evitar que este cayera en la oscuridad y se abrieran las puertas de mundo donde yacía encerrado aquel demonio.
- ¿Estas bien, qué sucedió? - pregunto angustiada Navi, sin poder encontrar alguna explicación a lo que había pasado
-Raru esta muerto, eso es lo sucedió - respondió secamente el guerrero mientras se ponía de pie.
Atenta a las emociones de su amo, Epona se acercó a este quedándose completamente quieta mientras volvía a subir a su montura. Sin mostrar en ningún momento el dolor que había sentido por el fuerte tirón que había hecho sobre su rienda, o entumecimiento y ardor de sus manos, las cuales se laceraron por su repentina acción de frenado. La noble yegua sabía por el tono de voz de su amo, la urgencia y el cansancio que lo dominaba. Incluso su aroma se había vuelto diferente, podía detectar la adrenalina que emanaba.
- Link-
- No ahí nada que hablar, el tiempo se acaba… –
Y sin decir más, el eterno guerrero comandó a su yegua a continuar con su camino, ahora más que nunca debía darse prisa. Con cada minuto, con cada perdida, su enemigo se hacía más fuerte y la vida de la princesa corría peligro, ni las mismas Sheikahs podrían salvarla. No confiaba en la situación que se estaba dando, en especial porque el refugio de las militantes estaba muy cerca del templo de las sombras, donde enclaustrado en su fondo se hallaba una de las criaturas más oscuras y terroríficas.
Una que no quería nunca volver a tener que enfrentar en toda su vida.
*** En la aldea de las sombras ***
- Cuantas veces tengo que repetirlo, cuida tu equilibrio. Repítelo una vez más -
Gritó Topaz con fuerza, nuevamente instruyendo a la caída forma de la princesa la cual seguía en el suelo, tratando de regularizar su respiración.
Enojada con ella misma, por su falta, Zelda se levantó sin ninguna queja, recordándose una vez más la razón por la cual había aceptado esa lucha. Se había prometido que no volverían a pasar por lo mismo, que dejaría atrás su indecisión y debilidad para convertirse en alguien diferente, en una persona más fuerte, digna, para poder protegerse así misma y a quienes amaba.
Tratando de tranquilizarse, recordando las lecciones de su tutora, la princesa se incorporó y cerró lentamente los ojos. Inhaló profundamente por su nariz y lo dejó salir por su boca, no debía caer presa de sus emociones. El coraje, la furia y la desesperación solo la descontrolarían. Sino todo lo opuesto, debía estar en calma, en claridad. Volviendo a repetir el ejercicio de respiración, vaciando su mente de todo recuerdo, de todo pensamiento, liberándose de las criticas, temores e inquietudes. Imaginado como la llama de una vela se apagaba llevándose con ella todos los distractores que la asediaban.
Notando el cambio de actitud en su pupila, Topaz alzó una ceja mientras preparaba su espada de bambú lista para continuar con las lección. En un rápido instante la experta guerra tuvo que interponer su arma para detener el ataque de su aprendiz.
Aún sumergida en ese mar de calma, la princesa miró seriamente a su oponente, y sin dudarlo comenzó a atacarlo, siguiendo cada una de las enseñanzas. Haciendo que su instructora se esforzara cada vez más y más en repeler sus acciones, obligándola a tenerla en una postura de defensa, impidiéndole poder responder a sus agresiones. Complacida por el cambio emocional y de balance en la doncella, Topaz dejó de restringir su fuerza y comenzó a luchar de verdad. Poniendo en cada uno de sus movimientos, todo de ella, dispuesta a ver si lo que estaba presenciando era real, y la joven por fin se había vuelto uno con su espíritu de lucha.
El grito de batalla de las combatientes llenaba el patio principal, donde curiosos espectadores tanto civiles como guerreros se acercaban para presenciar aquel inusual momento. Era bien conocido por la aldea que la mejor guerrera era la hija del la matriarca, la cual nunca había sido vencida, así como no había tenido un rival que pudiera aguantar más de un par de minutos en combate contra ella. Y ahora para sorpresa e incredulidad de muchos, la inexperta aristócrata, luchaba a la par de la agilidad y la fuerza de la militante.
Esquivando uno de los puños de la doncella, Topaz arremetió con su rodilla contra el abdomen de la joven, aturdiéndola y sacándole el aire de los pulmones. Adolorida, Zelda llevó una de sus manos hasta su afectada aérea sin apartar la mirada de su tutora, manteniendo su equilibrio, sin doblegarse ante el dolor. Apreciando como dentro de aquella calma un extraño sentimiento inundaba su cuerpo, haciendo latir con mayor fuerza su corazón. Zelda, en acto reflejo la ver como su tutora se acerba hacía ella lista para derribarla, alzó sus manos comando aquella energía a defenderla.
Incrédula, Topaz solo pudo observar como su espada era destruida al tener contacto con un extraño broquel de luz. Aprovechando el descuido de su maestra, la princesa arremetió contra ella, sin darse cuenta de cómo transformada aquella energía en un arma. Intrigada por las acciones de la doncella, la Militante desenvaino sus cortas katanas y comenzó a responder a los embates del ágil y luminiscente florete. Embestida, bloqueo, passata y remesón eran algunas de la técnicas básicas que utilizaba la joven para sobreponerse a su enemigo. Mientras que con alta maestría, la guerrera de las sombras, bloqueó y esquivó cada una de sus acciones, preparándose para contraatacar en el momento indicado.
Desconcentrada por el barullo, los gritos y silbidos que había fuera de su área de trabajo, Impa salió encontrando para su sorpresa la campal batalla y espectáculo que se había hecho alrededor de las dos jóvenes. Intrigada se recargó en barandal de madera apreciando como ambas combatientes utilizaban sus mejores habilidades, en especial la princesa quien había materializado el poder de la Diosa para crear sus propias armas. Pensando en que todo estaba siendo parte del entrenamiento que había diseñado su sucesora, la líder de la aldea observó con cuidado el combate comenzando a dudar de si este realmente era una práctica.
Con la adrenalina surcando sus venas, guiada por su instinto de combate, Topaz giró su cuerpo esquivando el estoque de la doncella, colocándose detrás de ella halándola de la cabellera. Zelda, no dándose por vencida, dispuesta luchar hasta su ultimo aliento, sin temor a nada acopió sus fuerzas y cerró sus ojos preparándose para intentar un último y desesperado movimiento en pro de su libertad, sintiendo como su cuerpo era pegado contra el de su tutora, esperó el momento indicado. Con la rabia alimentado su valor, y el coraje de su deseo de ser diferente, indispuesta a seguir siendo una victima más, alguien que no poseía la fuerza para protegerse o defenderse. Sincronizada con el fuerte latido de su corazón, apretó sus dientes al saber que había llegado su momento de actuar. Sin importar las consecuencias de sus actos giró su cuerpo ignorando dolor que este creaba en su cabeza. Decidida y haciendo uso de todo su peso, impactó contra el cuerpo de su tutora, empujándola y desbalanceándola permitiéndole un leve instante, donde materializó la forma de una daga en su mano y de un solo tajo cercenó su cabellera.
Atónita por un breve instante, Topaz posó su mirada sobre las pupilas de su discípula, encontrándose con los fríos iris de una persona completamente diferente. El cobrizo resplandor que cubría su claros ojos, alimentaba el fuego interno dejando vislumbrar la seguridad y el poder que realmente poseía frente ella. Uno que la atemorizaba y llenaba de orgullo.
Topaz, comandada por la voluntad de seguir de luchar contra aquella figura, de derrotarla sin perder tiempo se lanzó contra su discípula empalando su mortal técnica. Mas antes de que el filo de su espada que pudiera tocar la piel del cuello de la doncella, sus actos fueron detenidos por la fuerza de matriarca de la aldea, que sostuvo con imponente sujeción su mano.
- ¡Basta las dos, esto ha ido muy lejos! –
Comandó Impa enojada por lo que había sucedido, imponiendo su figura y fuerza mientras sujetaba ambas jóvenes que había estado apunto de asesinarse.
Herida por la fúrica mirada de su progenitora, arrepentida de los sucesos que habían pasado. Topaz bajó la mirada recriminándose por su falta de concentración, odiando el irreparable daño que había provocado, uno que sabía lo importante que era para su líder. Pues si algo conocía perfectamente de ella, era lo especial y valiosa que era la imagen de la aristócrata para ella.
Molesta por las acciones de su tutora de infancia, Zelda se soltó del agarre de esta y con pasos decididos comenzó alejarse de la discusión que estaba segura que comenzaría.
- No he terminado de hablar –
Musitó enojada Impa, posando su más fría y encolerizada mirada sobre la princesa, quien le había dado la espalda sin respeto alguno.
- No ahí nada que decir -
Replicó con calma la aristócrata sin voltearse, pues no se sentía culpable de sus acciones. Así como no estaba dispuesta a que la siguieran tratando como una niña. Aquel tiempo donde su antigua tutora podía regañarla y amonestarla se había perdido. Ahora todo era diferente, el mundo estaba cambiando y si ella realmente deseaba hacerlo también, debía dejar las ataduras de su antigua vida.
Indignada por aquella respuesta la líder de la aldea trató de amonestar a la doncella, pero esta solo la ignoró por completo alejándose de su presencia. Aumentando le coraje y la frustración que había en su interior, ya que no sabía como reaccionar, desconocía si aquella actitud era una buena evolución o no.
- Ella ya no es la niña que cuidabas, ni la pequeña princesa que vivió resguardada en el palacio. Debes dejar que se convierta en lo que necesita ser. -
Murmuró la joven Sheikah a su líder, sintiéndose complacida consigo misma al apreciar la resolución de la doncella. Aún era muy temprano como para hacer grandes observaciones, pero estaba segura, que aquella seguridad provenía de la decisión que había empezado a tener para si misma. Y ella la apoyaría, así le costara la poca relación que tenía con su progenitora. No dejaría que la princesa perdiera la oportunidad de auto descubrirse y reformarse.
Caminando sin rumbo, empezando a resentir el dolor de sus músculos al moverse, Zelda dio un largo suspiro mientras se detenía para apreciar su imagen sobre una de las superficies de una ventana.
- ¿Quieres que lo arregle para ti? -
Despabilada al escuchar repentinamente un voz detrás de ella, La princesa se giró encontrándose con la cálida presencia de Mayra. Sorprendida de verla sin saber como responder en aquel momento, miró con incredulidad a la esposa del posadero que la había ayudado en la villa de Kakariko, cuestionándose cómo es que se encontraba en aquel lugar.
- No se preocupe alteza, ¿o debo decir Athea?- musitó la calmada mujer mientras le guiñaba un ojo en un gesto de complicidad, mostrando su apoyo.
Agradecida por la aparición de la dama y su amble compañía, guiada por su afable naturaleza, la princesa no se pudo resistir en aceptar su ayuda, guiándola hasta el pequeño hogar donde se estaban quedando.
*** En Algún lugar de Hyrule ***
Cerca de la entrada de una gruta, un pequeño regimiento de soldados se acercaba hasta la entrada, donde un extraña niebla comenzaba a materializarse. Angustiado el pequeño grupo se acercó hasta su líder quien continuaba mirando sin temor alguno a la oscuridad que habitaba en la profundidad de la caverna.
- Señor, ¿esta seguro de esto? -
Cuestionó con miedo uno de los subalternos sin poder esconder el temblor que aquejaba sus articulaciones.
Ignorando la situación de sus seguidores, con maliciosa sonrisa el líder del grupo continúo observando al penumbra, alimentando el odio que había dentro de su espíritu.
- Traigan a los prisioneros –
Alertados por el comendo de su jefe, sin perder un solo momento y no desando enfadarlo, los saldados tomaron a la pareja de jóvenes que había secuestrado de una de las provincias. Los cuales con temor lucharon incansablemente hasta que fueron llevado ante aquel cruel caballero, que los observaba con sus finas y rojas pupilas.
- No tiene nada que temer, deberían sentirse horrados. Han sido elegidos-
Musitó el líder con un dejo de sarcasmo al momento que desenvainaba su espada y con un solo movimiento degollaba la yugular del primer prisionero, para posteriormente atarle un par de lazos y fudas en sus manos aventándolo contra la penumbra.
La chica al ver la muerte del joven, no puedo evitar comenzar a llorar al tiempo que luchaba por zafarse, suplicando una y otra vez por su vida, por su libertad. Las cuales parecían no afectar en lo mas mínimo al cruel hombre que con paciencia limpió el filo de su espada aún sin apartar su mirada de aquella profunda gruta, la cual juraba se había vuelto aún más negra y espeluznante.
- Espero que tu pureza sea suficiente –
Musitó de nuevo el inmutable hombre al momento que colocaba con cuidado un extraño collar con gemas sobre el cuello de la chica. Y antes de que este pudiera responder o moverse con un firme movimiento la aventó al fondo del pozo, disfrutando del angustiado grito de la fémina hasta que un extraño y gargajéate sonido acabo de tajo con este, dejando un sepulcral y sobrenatural silencio.
- La carnada en esta su sitió, ahora solo será cuestión de esperar –
Comandó el hombre a su tropa al montar su cabalgadura, alejándose lentamente de aquel lugar, preparándose para encontrar el escondite perfecto, mientras su plan se desenvolvía.
*** Mientras tanto ***
Sacada de sus pensamientos por la suave voz de Mayra, Zelda miró por el reflejo del espejo el calmado rostro de la dama, sin saber que responder, puesto no había puesto atención.
- Lo siento, yo… -
- -Tranquila, me imagino que has de tener mucho en mente - Interrumpió la calmada mujer - Puede que no lo parezca pero en verdad lo entiendo.
- ¿Disculpa? – Cuestionó la princesa sin realmente comprender de que estaban hablando, irrumpiendo la labor que esta hacía en su cabellera.
- Todos en algún momento caemos en un punto de crisis – Musitó con paciencia Mayra, mientras volvía acomodar la cabeza de la joven y continuaba recortando las trozadas puntas, dándole una forma más natural.
Zelda, Aún sin saber como interpretar esas palabras, quedando quieta para no irrumpir la labor de la joven, buscó con su mirada las oscuras pupilas de la pueblerina. Tratando de comunicar las duda que estas le habían proporcionado.
Entendiendo el silencio de la joven, usando la experiencias de su edad, la matrona dio un largo suspiro y comenzó hablar sin apartar su concentración de la labor manual que hacía.
- Todos tenemos nuestros momentos- comenzó a decir – algunos no tan intempestivos, pero siempre llevan al mismo resultado. No existe nada que no hagas sentirnos diferentes que cambiar nuestra propia apariencia, en especial cuando estamos tratando de reconstruirnos internamente -
Comprendiendo las palabras de la dama, la princesa apartó su vista de su figura y miró con un poco de aprehensión sus manos, las cuales seguían sucias y lastimadas por el entrenamiento. Los blancos vendajes estaban manchados de tierra y sangre, así como se hallaban deshilados. Su piel expuesta estaba herida marcada por ámpulas y mallugadas.
- yo… -
- No puedo juzgarte cuando hice exactamente lo mismo el día en que me escape de casa- interrumpió Mayra – Odiaba todo aquello que me recordaba mi pasado y mi familia, en especial mi apariencia que era la idéntica imagen de mi abuela. Así que cuando huí de aquel infierno, lo primero que hice fue córtame el cabello que ella tanto amaba, me cambie de ropas, incluso me hice un par de tatuajes y me perfore las orejas. Todo aquello para que cuando me mirara, ya no viera su rostro reflejado.
- ¿No ver su reflejo?-
-Así es, me habían arreglado para que fuera su idéntica imagen, algo que no pude seguir soportando, por ello es que busque algo que expresara como en verdad soy. he terminado, espero te guste –
Zelda sacada de sus pensamientos al escuchar las últimas palabras, lentamente subió su vista encontrándose con su nueva imagen. Su larga cabellera ahora se encontraba en una melena degradada que terminaba en v, la cual apenas pasaba sus hombros, respetando en una capa más corta los mechones que enmarcaba su rostro. Permitiendo que el pelo libre de su peso se ensortijara en las puntas. Sorprendiéndose como este cambio no solo enmarcaba mejor sus facciones, sino hacía mas expresivos sus ojos, afilando algunos de sus rasgos, mostrando en verdad su herencia real.
-¿Soy yo? – cuestionó en voz alta, sin poder evitar tocar su cabellera y cara, incrédula de lo que sus ojos le mostraban, era como si aquella transformación mostrara lo que muchas veces tanto había deseado. Aquella libertad de expresión, de movimiento. Sin el terrible peso que siempre la ataba, que la obliga arrastrar diario y procurar.
Ya no era la imagen de la Diosa Blanca, Ni de la regal Princesa, era su imagen.
Sin poder borrar la sonrisa que cubría en sus labios, lentamente Zelda alzó parte de su cabellera atrapándola en una alta coleta, dejando que el resto cayera en cascada, disfrutando como con aquel simple amarre adoraba el sentimiento que creaba en ella, de la dicha y la emoción que la embarga.
- Me alegra que le haya complacido alteza – Musitó Mayra nuevamente guiñando su ojo en complicidad. Apreciando como la joven disfrutaba de aquel momento de revelación, uno que ella misma había experimentando en años pasados. – Link se sorprenderá, estoy segura que no la reconocerá -
Despabilada por aquellas palabras la princesa inmediatamente se detuvo apreciando como la ansiedad y el temor la dominaban en aquel momento al ponderar aquellos vocablos, que pensaría el eterno caballero sobre su cambio, le gustaría, lo odiaría. No, no debía seguir discurriendo en esas ideas. Ya nunca más volvería a vivir de la opinión de otros, sin importar de quien viniera, ni siquiera del hombre del que estaba enamorada. Si a él de gustaba o no, ese sería su asunto, no el de ella. No cuando este significaba algo tan importante y esclarecedor.
- Si Link siente algo debe ser por mí, no porque le recuerde a ella – se dijo así misma sin apartar sus pupilas de su claro reflejo.
- Gracias – Fue lo único que alcanzó a decir la doncella antes de que el estrepitoso sonido de las campanas de alerta resonaran en el pueblo, anunciando a los habitantes a buscar refugio y a los guerreros a tomar armas.
Angustiada por el sonido, Zelda salió del domicilio y sin perder tiempo corrió hasta la explanada de la entrada del pueblo, donde estaba segura que se encontrarían Topaz y Impa.
Listos para enfrentar aquellas criaturas que habían apreciado, el grupo de guerreros se había dividido según su especialidad, encontrándose desde las alturas y tejados a los arqueros, los cuales estaban listos a disparar para cubrir a los militantes que lucharan cuerpo a cuerpo.
- ¡Arqueros, flechas! –
Comandó Topaz alzando su Katana, creando un ola de sombras que surcó por el cielo con un fuerte silbido. Atónitos los guerreros de la sombras solo observaban como sus armas golpeaban a las extrañas criaturas de humanoides formas y largas garras que caminaban lenta y torpemente en sus cuatro patas hasta ellos, sin efecto alguno.
- Demonios- Vociferó enojada la líder del clan, quien nuevamente alzó su arma, comandando a repetir la acción pero ahora incendiándolas.
Nuevamente el zumbido de las saetas cruzando por el aire llenó el ambiente, al tiempo que algunas criaturas vociferaron un gutural y agudo chillido al ser impactadas por las llamas, que comenzaron a expandirse por su glutinoso y oscuro cuerpo. Alegrada por el efecto que habían tenido estas últimas sobre aquellos esperpentos, Topaz se preparó al frente de la línea con sus armas, lista para lanzarse a la batalla.
- Por Hyrule y las Diosas – gritó la sucesora al mando, al incitando al resto de los guerreros arremeter contras aquellos extraños e inusuales enemigos.
Envueltos por la euforia, el miedo y la adrenalina, el grupo de guerreros de sombras se precipitó contra su enemigo, colisionado contra ellos en un brutal contienda por sobrevivir y proteger, sabiendo que sobre sus hombros cargaban con el peso de las vidas de los civiles de la aldea y sus familias. Acuosos y sordos eran los golpes de los diferentes tipos de aceros, que se mezclaban con los clamores de guerra, gritos de dolor y sonidos guturales de los enemigos.
Con el corazón latiendo casi hasta desbordarse en su interior, Zelda buscó con angustia y ansiedad entre los mezclados rostros y cuerpos a su tutora, rogando a las diosas poder encontrarla. Mas para sorpresa de la aristócrata, la encontró en el centro del conflicto luchando con maestría, destruyendo con seguro y certeros movimientos a los extraños seres que continuaba asediando y asesinando a todo ser que tenían en frente. Sin meditar las consecuencias de sus actos, reaccionado por instinto, la princesa ingresó al combate.
Abriéndose paso y tratando de desmembrar a la mayor cantidad de enemigos que podía, Topaz luchó de manera ferviente, notando como solo algunos de sus ataques parecían tener efecto, mientras que otros solo parecía enfurecer a los entes acometer con mayor fervor. Sintiendo la presión sobre sus hombros, cambió de estrategia buscando ensartar sus kodachis en el centro de los huecos de la supuesta cabeza de la criatura, lo que parecía ser su punto débil.
Fuera del ritmó de combate de sus mas cercanos aliados, la sucesora del clan, continuó con su avance hasta quedar rodeada por aquellos seres, maldiciéndose por su torpeza y romper una de las reglas sobre las formaciones de defensa, giró su cuerpo para esquivar las puntiagudas y filosas garfas de los entes, teniendo que recurrir a un par de acrobáticos movimientos, para evitar ser tajada por los múltiples asaltos. Con el sudor comenzando a escurrir por su frente, sabiendo que no podía seguir huyendo, se detuvo por un instante sin notar como atrás de ellas se materializaba la presencia de una criatura.
Reaccionado por instinto cometió con sus armas, atrapando en con el filo de sus hojas la articulación de este, quedando completamente desprotegida.
- Topaz – Gritó la princesa, logrando manifestar un aura dorada sobre el filo de su florete, el cual destruía a las criaturas al contacto. – ¿qué son estas cosas? –
-Demonios – replicó la militante tras destruir a la criatura que la había atacado, volteándose para quedar a un lado de su pupila.
-¿demonios?-
-Provienes del templo, es ahí a donde debemos ir – Replicó la voz de Impa, al llegar con ellas, eliminando sin esfuerzo alguno a todos entes que se le acercaban.
Impresionada y enojada por las habilidades de su progenitora y líder, Topaz solo miró con desdén y enfado el rostro inmutable de su madre. Nunca podría acostumbrarse aquella seriedad y frialdad, pues parecía que en la alta guerrera no había mayores sentimientos que los que marcaba por la princesa del reino, todo lo demás no le era importante.
- Me llevaré a un grupo al templo –
- ¡No! Te quedaras con la princesa y el resto a defender el pueblo, yo me haré cargo- Comandó Impa con vehemencia, marcando toda la autoridad que caracterizaba.
Sin saber como refutar aquel comando, la sucesora del clan apretó su mandíbula sin poder detener la frustración ye coraje que crecían dentro. Sabía lo que significaba entrar aquel lugar, conocía las leyendas y las historias. Pero sobre todo, intuía lo que acontecería el ir aquel lugar abajo esas condiciones.
- ¡Basta! No me quedaré aquí sin hacer nada, ¿qué no se supone que para esto me entraba? – cuestionó la princesa enojada al sentirse despreciada, como si no pudiera valerse por ella misma. Aumentando la frustración que habitaba en su interior, dominándola.
- No voy a detenerla – Murmuró con gravedad la sucesora del Clan a su líder, aceptando el riesgo y la severidad de sus actos. Comprendiendo el cambio que estaba sufriendo la regente, uno que si no era enfrentado de la manera adecuada y en la forma correcta, solo haría que la dañara. Zelda estaba creciendo, estaba en uno de los puntos más difíciles de su desarrollo, uno que si no se guiaba de forma adecuada, le repercutiría para siempre. Como había sucedido antes.
Atada por la actitud de ambas jóvenes, Impa al no tener el apoyo de su sucesora, temiendo arriesgar la vida de la aristócrata por su arrebato de inmadurez. La docta guerrera de las sombras dio un largo suspiro aclamando su derrota. Que las diosas la guiaran y la protegieran, puesto esperaba no equivocarse en sus siguientes acciones.
- Síganme – espetó cansada y rendida la líder de los Sheikahs, al avanzar sin detenerse rumbo a lo que ella estaba segura, que sería su último viaje.
Notas de autor: Hola a todos, lamento mucho la tardanza, pero en verdad me ha costado encontrar tiempo para escribir, entre el trabajo y la Maternidad. Parece todo muy sencillo, pero poco a poco voy recuperando mi espacio y el lugar para poder avanzar en esta historia.
Así mismo quiero agradercer a todos por su infinita paciencia, pero sobre todo por su apoyo. Muchas gracias.
Bueno este ha sido un capítulo muy difícil, puesto empezamos a llegar al clímax de la trama, donde surgirán importantes cambios para nuestros protagonistas. Sin poderles revelar más, los dejo disfrutar de esto, y espero verlos proximamente.
Un saludo Cordial y hasta la próxima.
