CAPÍTULO 36 DESGARRÁNDOME LA VIDA PARTE II
Allí, en medio de esa fría sala de espera, mi mente y cuerpo se trasladaron sin permiso al lugar más oscuro y cruel de mis recuerdos. Fue completamente imparable. No pude luchar contra mi propia mente, en ese instante me dejé llevar por la marea de horribles sentimientos hasta llegar a ese lugar inhóspito de mi alma….
Los días pasaban lentos. Quizás era otra forma de castigo para dilatar mi dolor.
Tras la maldita fiesta de cumpleaños en la que Mike Newton abusó de mi me encerré durante días en mi habitación. No quería salir, no quería comer, no quería que nadie se enterara de mi vergüenza. Lo único que quería era meterme en la cama, taparme por completo con las sábanas e intentar mimetizarme con el paisaje. Quería ser transparente e invisible para el resto del mundo. Me sentía sucia, rota y devastada. Vacía. Sentía que yo era culpable de mi violación, sentía que yo misma me había buscado lo que había pasado por el simple hecho de ir tras ese bastardo. ¡Por el amor de Dios! Mike me había gustado mucho, tan solo unas semanas atrás creí estar enamorada de ese animal.
Sentía que me había ganado a pulso lo que me había pasado.
Jugué a ser una mujer cuando tan sólo era una chiquilla en busca del afecto que carecía. En tiempo record caí en un estado de depresión profunda; no me sentía bien, me sentía metida en un pozo en la más profunda oscuridad y, lo peor de todo, es que no quería salir de mi maldito escondite. En cierto modo me sentía bien donde estaba escondida.
Evidentemente, mi padre no me ayudó en nada.
Con vergüenza en la cara le conté lo que me había hecho ese cabrón. Se enfado, claro. Pero no con él; se enfadó conmigo. Me culpó por haber estropeado las relaciones con el Gobernador y con su hijo. "Lo fácil que habrían sido las cosas si lo hubieras hecho por las buenas". Eso fue lo que me dijo antes de gritarme que le había dañado los planes. Después me pegó un bofetón en la cara por ser una puta y me amenazó para que no denunciara. Mi padre se convirtió en un espectador pasivo de mi autodestrucción, vio como me iba apagando poco a poco, consumiéndome con cada hora que pasaba; él no hacía nada para sacarme de mi ratonera en la que estaba hundida.
Perdí peso, se acentuaron mis ojeras y me pasaba horas bajo la ducha frotándome con fuerza la piel en un vano intento por sacudirme esa sensación de suciedad que embargaba mi cuerpo. La única que se preocupaba por mi era Sue; nunca se lo dije con palabras, pero ella siempre supo lo que había pasado. Ella me obligaba a comer, se quedaba conmigo hasta que me terminaba todo lo que había en el plato acudía a mi habitación para consolarme cuando las pesadillas me despertaban en mitad de la noche.
En esas pesadillas podía sentir vívidamente las manos de ese indeseable en mi cuerpo.
Parecía como si estuviera pasando en ese momento, repitiéndose una y otra vez como una jodida maldición grabada a fuego en mi cuerpo…martilleando mi cabeza con recuerdos e imágenes crueles. Me daban asco, mucho asco. Sentía como su cuerpo entre mis piernas obligaba al mío a someterse a él. Su lengua…sus manos….Muchas veces al despertarme y recordar todo aquello tenía que ir corriendo al baño a vomitar lo poco que había cenado. En un principio pensé que era debido al propio malestar de los recuerdos.
Pero los días pasaban y yo cada vez me sentía peor.
Los vómitos no hacían más que repetirse mañana tras mañana y la sensación de mareo seguía constante en mí ser. Dejé de pensar que los mareos eran debidos a la falta de nutrientes en mi organismo cuando la regla se me retrasó varios días. Repasé mil veces el calendario de mi habitación teniendo el mismo resultado siempre.
Esto no me podía estar pasando.
¿Es que la vida no me había castigado ya duramente? ¿Se tenía que ensañar conmigo de esta manera? Al parecer, sí. Mi sufrimiento y mi padecimiento no parecían dejar de crecer nunca. Me sentía impotente, perdida y asustada. Y tenía muchísimo miedo de que mi padre se enterara. Tenía pánico de que el ser más hijo de puta con el que había tenido la mala suerte de cruzarme se enterara de que me había dejado embarazada. ¿Cómo reaccionaría mi padre? ¿Cómo podría reaccionar ese cabrón llamado Mike Newton si se enteraba de que su sucio delito había tenido consecuencias evidentes?
¿Qué podía hacer yo?
Definitivamente no quería esto. N o quería aquello que estaba creciendo en mi interior, me daban arcadas sólo de pensar en tener un hijo de ese maldito demonio. Sería un recordatorio constante durante toda mi vida, una y otra vez. Ya no sólo serían las pesadillas. Lo recordaría cada vez que lo mirara.
No tenía mucho tiempo para pensar; no era algo que pudiera mantener en secreto durante mucho tiempo. Mi mente y mi corazón debatían entre ellos cada noche, peleaban hasta la madrugada para ver quien de los dos ganaba. ¿Qué debía hacer? ¿Qué maldita cosa debía hacer? Por una parte quería deshacerme de la piel, quería desgarrarme el alma y arrancarme hasta la última célula que Mike había dejado en mí. Pero esa célula crecía…y tan sólo la idea de abortar me daba escalofríos.
Estaba en un cruce de caminos.
Sabía que, si decidía abortar, tendría que soportar la fuerza de mis remordimientos día tras día por el resto de mi vida. Moriría lentamente al pensar que había matado a un pequeño ser humano que no había decidido venir al mundo. Aunque quizás mi padre no me daría la opción de morir lentamente cuando se enterara; quizás quería hacerlo él con sus propias manos. Dios santo, me daba igual qué opción escoger. Las dos cambiarían irremediablemente el curso de mi vida.
En un acto de profunda e irracional valentía que no sentía decidí seguir adelante.
Las primeras semanas me las pasé vomitando en el baño de mi cuarto en la más absoluta clandestinidad. A ojos de mi padre no sufrí ningún cambio evidente a salvo de la propia autodestrucción fruto de la depresión que sufría. El protagonista de mis pesadillas dejó de ser Mike para darle ese papel principal a mi padre; en esos sueños tenebrosos visualizaba posibles escenarios en los que se enteraba de mi embarazo. Ninguno de esos sueños tenía final feliz. Tampoco aguantaría mucho más en silencio más que nada porque mi cuerpo revelaba mis secretos en silencio. Empecé a usar ropa más que ancha en un intento por disimular lo evidente. Mi cuerpo empezaba a crecer de manera irremediable. Quizás era yo, pero notaba cómo día a día iba cambiando mi silueta redondeándose a pasos agigantados.
Cada día que pasaba tenía más miedo.
Guardar un secreto de esta magnitud era como una jodida bomba a punto de explotar en mi conciencia. Días, semanas…y la vida que albergaba en mi interior seguía creciendo. Quería reunir el valor necesario para vomitarle a mi padre lo que me estaba pasando…pero no hizo falta.
Fue una noche de pesadilla en la que se reunió mi padre, Mike y un bebé…sangre….sangre por todos lados. Vacío y pena en mi interior…Mi grito secó alertó a Sue sacándola de la cama en mitad de la noche, como otras tantas. Esa noche se reveló mi secreto.
—Señorita… ¡señorita! —Me desperté de golpe agradecida por la interrupción de semejante sueño para ver a Sue en bata —Tranquila…ya pasó —me retiró el pelo humedecido de la frente y me ayudó a incorporarme en la cama. La bruma del sueño y del temor se apoderó de mí haciendo que bajara mis defensas hasta anularlas por completo. Las mantas se escurrieron dejando a la vista el fino camisón de algodón que llevaba. Ese camisón que cada día se pegaba más a mi cuerpo de manera irremediable. A mí hinchado vientre. Sue se puso la mano en la boca y se levantó de mi cama sin quitar ojo de mi cuerpo —Dios mío —susurró —Eso…eso no puede ser verdad —mi labio inferior tembló peligrosamente cuando la mujer posó su mano en mi tripa —Santo cielo, pobre niña…
Lloré durante toda la noche en el hombro de esa mujer.
En parte era un desahogo saber que alguien conocía lo que me estaba pasando, pero también comprendí que había llegado la hora de contarle a mi padre la verdad. Sue me obligó a reunir fuerzas de donde no las tenía para decirle a Charlie todo. Esa mujer que no era nada mío pero que me estaba aguantando en los peores momentos me llevó de la mano hasta el despacho de mi padre dándome el calor que necesitaba y que nadie me daba.
Toqué la puerta con dedos temblorosos y muerta de miedo. Un gruñido que pretendió ser un "pasa" me dio permiso para entrar. Sue se quedó en la puerta mirándome mientras me adentraba en terreno peligroso. Cuando estuve finalmente frente a mi padre me ahuequé la camiseta ancha que llevaba como si fuera un acto reflejo.
—Veo que has salido de tu habitación… ¿Ya has dejado las tonterías de niña malcriada para regresar al mundo de los vivos? —espetó con ironía sin molestarse en mirarme.
—Tengo…Tengo algo importante que contarte —dejó lo que estaba leyendo encima de la mesa y con gesto exasperado me miró.
—No tengo tiempo para gilipolleces.
—Ni yo —mi padre me retó con la mirada. Cerré los ojos por un segundo antes de hablar. Respira y vomítalo, Bella. Hazlo…habla antes de que el miedo te paralice. Suspiré —Estoy embarazada —susurré.
Cerré los ojos y me encogí en mi sitio esperando una explosión de rabia e ira. Esperaba gritos, voces y bramidos sin contener en ese despacho. Tampoco me habría pillado por sorpresa que su mano se estampara contra mi cara; no hubiera sido la primera vez…tampoco habría sido la última.
Pero nada de eso llegó.
Cuando no sentí ni oí reacción alguna por su parte lo miré notando una sonrisa de jodida hiena en su cara. El maldito estaba sonriendo. Ni gritos ni chillidos. Una sonrisa…
— ¿Es de Mike?
— ¿De quién podría ser? Por el amor de Dios —murmuré.
—No te pases de lista, Isabella —paseó sus ojos por mi cuerpo. Se levantó de su sillón y de dos pasos se puso a mi lado. Con sólo dos dedos cogió mi camiseta y la levantó dejando a la vista mi piel —Joder, ¿de cuánto tiempo estás?
—Echa cuentas —espeté. Me arrepentí de mis palabras cuando vi cómo su mandíbula se apretaba con fuerza —Cuatro…cuatro meses y medio —mi padre asintió.
—Increíble la forma que tienes de guardar un secreto. Bien…muy bien…—se sentó de nuevo tras su mesa y siguió con sus papeles —No debo decirte que ni Mike ni el Gobernador deben enterarse de esto, ¿entendido?—parpadee totalmente alucinada. No estaba pasando nada de lo que había esperado. Y temido —Vas a hacer un pequeño viaje…
Al día siguiente mi padre me metió en un coche con un par de maletas y me envió a la casa que tenía en Squak Mountain.
Apenas había ido un par de veces a ese lugar y fue hace mucho tiempo. No me gustaba ese sitio; ese lugar estaba alejado de todo y de todos. Lo único que nos rodeaba era campo y árboles. No podía negar que de día el espectáculo del paisaje era magnífico, pero por la noche se convertía en un digno escenario de película de miedo con asesino en serie incluido. El lugar más cercano con un médico medianamente disponible y capacitado era en un pueblo que estaba a más de media hora en coche. Quizás todo esto formaba parte de un castigo implícito que me había impuesto mi padre; mandar a su hija de diecisiete años y embarazada de cuatro meses y medio a un lugar abandonado de la mano de Dios…
Si mi padre había buscado privacidad al comprar esa maldita casa había dado en el clavo.
La casa de estilo colonial era enorme. Contaba con ocho habitaciones y cuatro baños repartidos en dos pisos de más de doscientos metros cuadrados cada uno. Estaba rodeada por un enorme jardín de dos hectáreas. Al menos no me había enviado allí sola. Mi padre quería a alguien de plena confianza a mi lado. Nunca supe si era para evitar que me escapara de ese lugar imposible o como punto de apoyo para pasar estos duros momentos. De todos modos siempre me decanté por la primera opción. Sue viajó conmigo y solicitó permiso a mi padre para llevar a dos mujeres más para que la ayudara. Cuidar de mí y de la casa era demasiado trabajo para una sola persona. Aún así, la pobre no me dejó ni a sol ni a sombra, estaba todo el día pendiente de mí y de mi estado anímico.
Mentiría si dijera que no seguía deprimida. Lo estaba.
El médico venía puntualmente cada tres semanas a revisarme por orden expresa de mi padre, pero no me informaba de nada. Mi padre, el jodido Charlie Swan, me negó expresamente el derecho a saber lo que estaba pasando con mi cuerpo y con mi embarazo. Con mi hijo. El doctor que me revisaba se limitaba a decirme que aún era menor de edad y que mi padre era el que estaba al mando.
Soberano hijo de puta.
Sue trataba de acompañarme y entretenerme acompañándome todo el rato. Me animaba a dar pequeños paseos alrededor de la gran casa. Me contaba historias entretenidas de su niñez vivida en Texas, de cómo fue su vida en la granja de sus padres. Me explicaba con todo lujo de detalles fabulosas recetas que olvidaba a los cinco minutos y me enseñó a hacer ropita de bebé con lana.
No sé realmente qué fue lo que impulsó el cambio respecto a mi situación.
Puede que fuera el ver cómo mi cuerpo crecía cada vez más, puede que fuera esa sensación, extraña y placentera al mismo tiempo, cómo notaba esa vida en mi interior empujando contra mi piel….estremeciéndome por las noches recordándome una y otra vez que era un ser humano que no había pedido nacer.
Él o ella…no tenía la culpa de lo que había pasado.
Poco a poco se fue evaporando el sentimiento negativo hacia mi bebé y empecé a aceptarlo con ganas. Cada vez que venía el médico esperaba con ansias que me dejara ver el monitor cuando me hacía una ecografía, pero eso nunca sucedió. No pude oír jamás el latido de mi bebé ni ver esas imágenes borrosas pero milagrosas en una pantalla.
Jamás pude mirar una ecografía con ojos llorosos por la emoción porque mi padre nunca lo permitió. Me lamentaba y me enfurecía a partes iguales por no saber siquiera el sexo del bebé. De mi bebé. Me daba igual el resto del mundo porque ese bebé, concebido en dolorosas condiciones iba a ser mío y sólo mío. Mike jamás se enteraría de su existencia, de eso estaba segura; a mi padre no le convenía mostrar la prueba más evidente de que ese cabrón se había aprovechado de mí. No sabía como lo iba a hacer, pero intuía que mi padre mantendría oculto en cierto modo la existencia de mi bebé.
¿Qué pasaría cuando naciera el bebé?
Charlie no podría mantenerme toda la vida escondida. Eso no podría ser. Entonces, ¿qué haría con nosotros una vez que yo diera a luz? Esa pregunta sin respuesta por el momento se convirtió en mi nueva obsesión. Había dejado a mi padre con unas cuantas semanas para cuadrar sus planes. De sobra sabía que sus ideas nunca eran buenas y menos si yo estaba involucrada en ellos.
Ahora las semanas parecían pasar demasiado deprisa.
De repente el tiempo se puso de nuevo en mi contra; cuando quería que pasara lentamente parecía reírse en mi cara para después decidir correr al doble de su velocidad. No quería a mi hijo al lado de mi padre. No quería que llevara la vida que yo estaba llevando desde que murió mi madre. No quería que lo sometiera como lo estaba haciendo conmigo…porque estaba segura de que finalmente lo haría.
El médico vino a verme la misma semana que cumplía siete meses de embarazo.
Tras hacerme la enésima ecografía me limpié la tripa cubierta de ese gel frío y pegajoso con el que me cubría. Mi enorme tripa. Tenía miedo porque cada vez estaba más grande, parecía que iba a explotar en cualquier momento; había engordado tanto porque en esta casa apenas podía hacer nada. Sue no hacía más que obligarme a darme crema anti estrías. Decía que si cuidaba mi dilatada piel evitaría las marcas aunque, sinceramente, en esos momentos poco me importaba eso. Lo que temía era cómo iba a llegar a los nueve meses. El médico ya me había dicho que el parto seguramente sería a mediados de abril, aún quedaban unas cuantas semanas. Seguramente vendría a verme al menos dos veces más hasta que llegara el momento del nacimiento.
Después de la visita del médico, del que ni siquiera sabía el nombre con exactitud, me sentí rara. Estaba especialmente cansada y apenas tuve hambre. Le echaba la culpa al maldito análisis de sangre que me había hecho antes de irse. No me gustaban las agujas y para colmo el muy maldito me había hecho daño. Tuve a todo el día a Sue murmurando que los matasanos no sabían sacar sangre, que eran unos malditos carniceros con una aguja entre las manos y que para eso estaban las enfermeras. A parte de murmurar en contra del médico pseudo mudo que me atendía, Sue no paró en todo el día de decirme que si quería que le avisara de nuevo debido a mi malestar. Pero era absurdo. Me había revisado hacía tan sólo unas cuantas horas, si hubiera visto algo en los exámenes me lo hubiera dicho. O en su defecto habría avisado a mi padre, dueño y señor de todo mi universo.
Esa noche me metí en la cama con una extraña sensación.
Me encontraba rara. La tormenta que desde hacía más de dos horas descargaba su furia en el exterior no ayudaba mucho a estabilizar mi precario estado de nervios. Los truenos eran demoledores en mi mente, resonaban en mi cabeza y hacían que mi cuerpo se tensara de anticipación esperando a que el cielo tronara de nuevo. Los reflejos de los rayos al caer sobre el campo provocaban extrañas sombras en mi habitación haciendo que me adentrara en el mundo de las pesadillas estando totalmente despierta.
Me tapé hasta el cuello con las mantas y las sábanas esperando con todas mi fuerzas que me protegieran de mis temores más absurdos; parecía una niña pequeña asustada por una estúpida tormenta. Quizás eso es lo que era. De todos modos taparme hasta la frente no aliviaba el malestar que sentía en mi cuerpo. El bebé no hacía más que moverse, me oprimía con fuerza. Me agarré el vientre con ambas manos y la acaricié en un intento desesperado por calmar a mi hijo. Pero nada de esto iba a mejor. Sentía una sensación extraña en el cuerpo. Quería dormir, sólo quería descansar porque me sentía como si fuera gelatina…necesitaba cerrar los ojos y ver un nuevo día, un nuevo amanecer limpio de nubes, truenos y sombras tenebrosas.
Estaba harta de la jodida tormenta.
No podía hacer nada contra el ruido, pero sí podía eliminar parte del fulgor de los rayos. A duras penas salí de mi cálida cama y me levanté para correr las cortinas e intentar dormir en paz de una maldita vez. Fue entonces cuando un súbito dolor recorrió el centro de mi cuerpo hasta llegar a mi bajo vientre. Me agarré con fuerza al alféizar de la gran ventana intentando canalizar mi dolor, intentando respirar con tranquilidad. Aún faltaban ocho semanas…no importaba lo grande que estuviera mi tripa, aún era pronto. Demasiado pronto. Las semanas de embarazo era una de las pocas cosas en las que el médico y yo coincidíamos plenamente. Con una mano en mi vientre me apoyé en la cama para encender la lámpara auxiliar de mi habitación. Apreté el interruptor.
Pero la lámpara no se encendió. La luz se había ido.
La oscuridad me envolvió en un abrazo despiadado mezclándose con los ruidos del exterior, el agua chocándose contra los cristales. Dolor. Oh, sí…Dolor. Intenso, punzante y desesperante. Respira, Bella…respira despacio…Intenté caminar agarrándome el vientre porque parecía que pesara cien kilos. Clavé mis rodillas en el suelo cuando una contracción ruda y cruel atravesó mi cuerpo de parte a parte.
Empecé a llorar cuando sentí un líquido caliente en el interior de mis muslos.
—Dios…no…No, aún no… ¡Sue! —Sollocé — ¡Sue, por favor!
Mi ángel de la guarda tardó menos de un minuto en llegar a mi habitación; cuando lo hizo yo aún estaba de rodillas en el suelo como si me hubieran pegado. Me daba miedo moverme porque, estúpida de mi, creía que empeoraría las cosas si lo hacía.
Sabía muy bien lo que iba a pasar ahora. Ya no había vuelva atrás; había roto aguas e iba a dar a luz.
La cara de Sue se desencajó cuando vio el pequeño charco que se había formado en mis pies. Rápidamente me ayudó a levantarme y, no sin esfuerzo, me llevó hasta la cama.
—Me duele muchísimo, Sue —mientras me agarraba con fuerza a las sábanas —Duele tanto que no creo que pueda soportarlo —apreté los labios cuando otra contracción llegó a mi.
—Tranquila, pequeña —la mujer me acarició el pelo húmedo por el sudor. Alargó la mano para encender la lámpara que hacía tan solo unos segundos había intentado encender yo —Se ha ido la luz —murmuró —Tranquila, por favor…Llamaremos al médico —negué.
—Sue….siento que no voy a aguantar… ¡me duele tanto!
—Voy…voy a mirarte, pequeña…
Sue me ayudó a desnudarme de cintura para abajo. Me colocó en el medio de la cama y me abrió las piernas para mirar entre ellas. En ese momento todo el pudor que podía sentir se había ido a la parte trasera del jardín. Sólo quería que pasara ya, quería que este dolor tan espeluznante abandonara mi cuerpo y me dejara descansar de una vez.
Tenía miedo y estaba nerviosa. Y fue peor cuando vi la cara de Sue.
—Ya viene…el bebé ya viene…Llamaré al doctor de todos modos, pero creo que este chiquitín nacerá aquí y ahora…Has…has dilatado bastante, Bella….
No dejé de llorar en ningún momento; sollocé por el miedo y por los nervios que sentía mientras Sue pedía por teléfono una ambulancia. Lloré por el terror a que la ambulancia, en estas condiciones, tardara en llegar. Con toda seguridad llegaría tarde. Sue movilizó a las otras dos mujeres que había llevado a la casa y juntas prepararon la llegada al mundo de mi bebé con lo poco de lo que disponían en la casa.
No iba a tener a mi bebé en un hospital con las medidas sanitarias correspondientes. No. Lo iba a tener en una habitación de la casa de campo que mi padre había usado como escondite para su hija, como si fuera una prófuga a la que debía esconder a toda costa.
Cada vez que me atravesaba un nuevo dolor me agarraba a las sábanas para intentar canalizar lo que sentía. No quería gritar para que Sue no se pusiera más nerviosa en esos momentos, era más que evidente que muy tranquila no estaba, por mucho que quisiera aparentar lo contrario. No me molestaría en preguntarle si alguna vez había ejercido de matrona porque, sinceramente, no quería saber la respuesta. Me daba miedo que ella misma me confirmaba lo que ya sabía; que no tenía ni idea sobre partos. De todos modos, las mujeres antes parían en sus casas…
Las tres mujeres trajeron toallas, agua caliente, mantas y unas cuantas linternas y velas para iluminar el improvisado paritorio. No me podía encontrar en peores circunstancias; la nada suerte se había apropiado de mi destino haciendo que todo lo que pasase durante esta noche fuese en mi contra.
Sentía que mi corazón latía a mil por hora por culpa del dolor. Sentía tensión…tensión cada vez que un trueno se descargaba sobre el campo, cada vez que un rayo iluminaba el cielo encapotado…el sonido de la lluvia al repiquetear sobre el cristal me desconcertaba. Me hacían desear taparme los oídos para no tener que escuchar ese inquietante mantra. Para, por favor…Déjame en silencio…Cielo santo, dame un respiro…
Como si fuera una jodida yonki en busca de su dosis esperaba con ansias algún calmante que me alejara de la bruma del dolor. Pero nunca llegó.
—Bella, cariño…Hey, hey…mírame…Estoy aquí —enfoqué la mirada para ver la cara preocupada de Sue —Estás lista, Bella…y el bebé también. Ya podemos verle la cabeza. Ahora necesito que te calmes y que te centres en lo que yo te diga. Empuja cada vez que la señora Goodman te lo pida. Ella asistió hace años en un par de alumbramiento, sabe lo que hace —miré de reojo a la señora Goodman; no me quedaba otra opción más que confiar en esa mujer — ¿Preparada?
Estuve a punto de decirle a Sue que no, que no estaba preparada y no lo iba a estar a corto plazo. Esto estaba pasando demasiado deprisa, quería decirle que deseaba la presencia de un jodido médico…pero en ese momento la improvisada matrona metió las manos entre mis piernas dejándome con la palabra en la boca.
—Señorita, el bebé tiene mucha prisa por salir —dijo la mujer —la ambulancia viene en camino con el médico, pero tardará un poco. La tormenta no nos está poniendo las cosas fáciles. Voy a intentar ayudarle en todo lo que me sea humanamente posible. Empuje cuando yo se lo diga, ¿de acuerdo?
Asentí mientras Sue me apretaba la mano.
Me concentré en mis respiraciones, intentaba hacerlo de la misma forma que indicaban los libros sobre embazaros que me había leído durante todas estas semanas. Despacio…despacio…suelta el aire despacio….Apreté la mandíbula cuando vino de nuevo el dolor.
— ¡Empuje!
Apreté con todas mis fuerzas mientras los truenos me acompañaban en mi dolor. Callaos, ya….dejad de retumbar en mi cabeza. Ya tenía bastante con este dolor que nunca aminoraba…y estaba segura de que no lo haría durante un buen rato. El dolor iría en aumento y no pararía hasta que oyera un llanto.
El llanto de mi bebé. Sólo mío. Eso me dio fuerzas para seguir.
—Vamos… ¡otra vez! ¡Empuje! —apreté la mano de Sue con fuerza mientras ella me secaba el sudor de la frente y de la cara. Me sentía completamente empapada, como si hubiera salido de la bañera y me hubiera tumbado sobre la cama.
—Lo estás haciendo muy bien, cariño —me susurraba —Pronto acabará el dolor y tendrás a ese bebé entre tus brazos…Tranquila…—otro relámpago. Otro estremecimiento esperando la caída del trueno…Para ya…
— ¡Empuja!
Sue me secó la cara de nuevo, pero esta vez no era sudor; esta vez eran lágrimas. El miedo se había apoderado de la última célula de mi cuerpo, me había poseído de manera cruel. Tenía la sensación de que, si era posible que pasara algo más, pasaría sin dudarlo. Y ese algo no tenía por qué ser necesariamente bueno.
—Sólo un poco más, pequeña…Todo acabará dentro de poco…
— ¡Empuje!
— ¡Dios! No… ¡no puedo! ¡No puedo más! —grité.
—Señorita, ¡señorita! —Gritó la señora Goodman saliendo de entre mis piernas para mirarme —Sea valiente por su bebé… ¡empuje!
Lancé un grito aterrador cuando volví a empujar. Esta vez sentí como si mi cuerpo se partiera en dos, cómo me desgarraba poco a poco desde dentro…Una sensación de engañoso alivio…Había tenido a mi bebé, y no lo sabía porque el llanto inundara la habitación, sino porque estaba viendo a la señora Goodman con un pequeño cuerpo entre los brazos.
— ¿Sue? —La mujer observaba la escena con los ojos como platos — ¿Sue? Por favor —jadeé —Enséñame a mi bebé….Dime que pasa, ¿dónde está mi bebé? —me miró y parpadeó rápidamente.
—Por todo lo sagrado…No respira, maldita sea…No respira —el murmullo desesperado de la señora Goodman llegó a mis oídos devastando la nula calma de mi cuerpo.
—Sue…mi bebé —intenté levantarme de la cama, pero los dolores a los que había estado sometido mi pequeño cuerpo no me lo permitieron.
— ¿Por qué no viene el médico? —espetó la mujer ante mi atenta mirada —Por favor, pequeño….respira. Vamos, respira…respira….
Empecé a negar con la cabeza cuando vi que los segundos pasaban y mi bebé no lloraba. Vamos, llora. Estoy aquí esperándote, cariño…Respira y ven conmigo, mamá quiere verte….Rompí en llanto cuando la señora Goodman miró a Sue y negó con la cabeza.
Grité.
Grité con todas mis ganas haciendo que mi garganta doliera cuando supe que mi bebé no lo había superado. Me tapé mis ojos con las manos y dejé que mi dolor fluyera como el agua que estaba cayendo en el exterior. El dolor que estaba sintiendo ahora era cien mil veces más desgarrador y abrumador que el dolor físico que había sentido hacía unos minutos. Me retorcí en la cama sintiéndome sola, vacía y despojada de mi alma.
Pero sobre todo me sentía culpable.
Había odiado a mi bebé. Lo había odiado con todas mis ganas por ser el fruto de un ser horrible y despreciable y por haber sido fruto de una violación. Lo había querido fuera de mi cuerpo y ahora como castigo Dios me lo había arrebatado de forma cruel. Él no tenía la culpa. Un ser pequeño e inocente…no tenía culpa de las circunstancias en las que había sido creado.
El destino cruel e hijo de puta me había quitado a mi bebé.
—Quiero verlo —murmuré.
—Pequeña…no…no creo que sea buena idea….
—Sue… ¡Quiero verlo! ¡Quiero verlo y tenerlo aquí conmigo! —grité.
La señora Goodman miró a Sue y esta asintió con pena en el rostro. Necesitaba verlo, necesitaba ver su cara antes de que se lo llevaran completamente lejos de mí. Vi de reojo como la mujer envolvía el pequeño cuerpo en una sábana limpia para traérmelo.
Se le veía tan pequeño…tan prematuro…
Pequeño, indefenso, precioso y alejado de mi incluso antes de abrir los ojos. Lo iba a querer. Ya lo quería; empecé a amarlo a pesar de todo el odio que sentí al principio. Iba a amar a esta personita como a nadie en este mundo, pero no me habían dejado…Tenía que haber hecho algo verdaderamente malo para estar viviendo todo esto.
—Es…ha sido un niño —murmuró la señora Goodman.
Después dejó entre mis brazos a mi hijo.
Un niño. Mi niño. Un trocito de mí. Aún estaba cubierto de sangre y tenía la carita con un ligero tono azul, pero yo le vi como la cosa más preciosa de todo el mundo. Las manitas diminutas, la pelusa que cubría su cabeza…sus ojitos cerrados. Jamás sabría de qué color serían sus ojos. Lo apreté contra mi pecho mientras yo volvía a llorar. Quédate conmigo…no me dejes, por favor… ¿Por qué tienes que marcharte? ¿Por qué?
—Dame al bebé, Bella —me pidió Sue con lágrimas en los ojos —Dámelo…
— ¡No! —Grité — ¡Es mío! —besé su frente y le apreté más contra mi a sabiendas de que ya no podía hacerle daño.
—Lo sé, cariño…pero tenemos que avisar a….
— ¡No! No me lo quites, Sue…por favor —sollocé protegiendo a mi bebé entre mis brazos —Por favor, déjamelo…un poco más. Déjalo un poco más conmigo…—vi como por la cara de Sue se resbalaban gruesas lágrimas.
—Será peor, Bella…por favor, ya….
Mátame…mátame pero no me dejes sentir más tiempo esto, Dios. Si tu intención siempre fue arrebatármelo haberlo hecho desde un principio. ¿Por qué me dejas sentirlo y abrazarlo si no lo vas a dejar a mi lado? Oh, Señor…como dolía…mi pecho dolía como un condenado. No te lo lleves, no…no….
—Dámelo, pequeña…Vamos, tienes que dármelo…Bella…
—Isabella…Isabella… ¿Estás bien? —Parpadee cuando oí la voz de Edward —Estás pálida…
Apenas sus ojos preocupados me miraron supe que acabaría llorando, eso si no lo estaba haciendo ya. Sin importarme lo que pudiera pensar él o la gente que nos rodeaba eliminé los centímetros que nos separaban y lo abracé con fuerza. Justo en estos momentos necesitaba sentir calor. Su calor. Lo que le había pasado a su hermana me había afectado muchísimo más de lo que podría llegar a creer. Me había llevado por caminos oscuros y difíciles de atravesar…Empezaba a sentir el mismo dolor que esa fría noche de mediados de febrero….Metí la cara en su cuello y me enganché a su cintura con fuerza. Edward me correspondió el abrazo; sabía que debía de estar confundido por mi muestra de efusividad, pero me daba lo mismo. Por mucho que me preguntara no le contaría nada de lo que mi mente perversa había reproducido hacía unos segundos. Al menos no por ahora. De momento lo que hice fue dejar que el olor de la piel de Edward me calmara e intenté respirar tranquila.
Edward me cogió de las mejillas y me separó de él a pesar de que me estaba agarrando a su jersey con fuerza.
—Me estás asustando. ¿Qué te pasa? —cerré los ojos para evitar que alguna lágrima saliera sin mi permiso.
—Sólo abrázame. Hazme ese favor…
Sin más hizo lo que le pedí, supongo que él también necesitaba un abrazo por la situación en la que se encontraba. Ambos nos consolamos mutuamente ante la mirada de Jasper y del resto de personas ansiosas que esperaban en esa fría sala de espera a saber alguna noticia de sus familiares ingresados. Sinceramente, en ese momento me daba igual que toda esa gente estuviera mirándonos; estaba concentrada en el dolor de mis propios recuerdos.
—Estás temblando, princesa —me susurró Edward —Dime qué demonios te pasa —negué de nuevo sin apartar la cara de su cuello.
—Estoy bien —mentí —Ahora estoy bien…
Edward me miró de nuevo; evidentemente no se creyó mi mentira. Sabía que algo me estaba pasando, pero de momento no lo sabría porque yo no se lo iba a contar. Ese secreto estaba bien guardado y encerrado con llave. Me acarició las mejillas con suavidad. No sabía si su toque delicado estaba haciendo bien o mal a mis machacados sentimientos.
—Puedo llevarte a casa —negué.
—No, no quiero. Quiero estar contigo…No me dejes sola —Edward apretó los labios —Por favor…
Edward apenas asintió. Me llevó hasta donde estaba Jasper y nos sentamos junto a él. No me separé de Edward ni un centímetro; me agarré a su brazo y apoyé la cara en su hombro dando gracias a que la Bestia libre de sentimientos no saliera en ese momento separándome de él. Cerré los ojos mientras oía a lo lejos el murmullo de las voces de los dos hombres.
Esto era cruel.
Sabía cómo se estaba sintiendo Alice en estos momentos y me daba muchísima pena. No era justo. Jamás podría ser justo que el destino te arrebate violentamente algo que es tuyo, algo que vive en tu piel y el tú alma. Algo que ha crecido en tus entrañas. ¿Por qué? Era cierto que Alice y yo no éramos las mejores amigas del mundo, quizás no llegásemos a tolerarnos nunca…pero esperaba con todo mi corazón que tanto ella como el bebé se recuperaran pronto. Esperaba que todo quedase en un terrible susto sin consecuencias. Que fueran felices los tres a pesar del dolor que había causado esa relación.
No quería que nadie más se sintiera como yo lo hice.
Durante todo mi embarazo me embargó una sensación de engañosa tranquilidad en cuanto a la evolución de mi gestación para luego darme un mazazo en el centro de mi corazón esparciendo los pedacitos por todas partes tras aceptar que me iba a convertir en madree. El destino dejó que me confiara y que lo aceptara para luego llevárselo. Por supuesto intenté juntar todos esos trocitos y recomponerlo porque era lo que debía hacer; la vida me había enseñado que tras una caída tenías que levantarte con rapidez y seguir caminado. Por uno mismo y por lo que te rodea. Lo hice. Pegué mi corazón de la mejor manera que pude y miré hacia mi dudoso futuro, pero sabía que jamás podría estar completamente entera.
Me dieron unas ganas terribles de llamar a Sue, llorar con ella a través del teléfono y después hablar con ese pequeño angelito llamado Matt para intentar sonreír un poco. Si no lo hacía en ese momento era porque ya era tarde y no quería asustar a mi apoyo incondicional con resquicios de depresión pasada.
Respira y sigue adelante, Bella.
Ahora mismo y más que nunca tenía muchísimos motivos para enfrentarme a la vida con fuerza y con determinación. Quizás estaba llegando mi momento, el momento de ser yo misma y luchar por lo que realmente era mío, por aquello de lo que jamás me podrían separar por mucho que lo intentaran. Me daba igual ese ser despreciable que se hacía llamar padre, el puto Charlie Swan. Me daba igual el mensaje amenazándome, podrían mandarme cien mil más como ese. Me daba igual el entorno supuestamente peligroso en el que me movía. Me daba lo mismo; la vida me había quitado demasiado y ahora, después del sufrimiento, sabía que me tenía que recompensar de alguna manera. A mi modo de ver, eso ya estaba sucediendo. El destino se había relajado un poco conmigo enviándome a Edward como principal motor de fuerza.
Pero quería más, exigía más. Por alguna razón sabía que mi felicidad, después de todo, tenía que ser mucho mayor.
No sé cuanto tiempo estuve apoyada en el hombro de Edward. Los recuerdos me habían dejado exhausta haciendo que cayera en un estado próximo al duermevela. Oía a Jasper y a Edward hablar y murmurar entre ellos, pero no llegaba a escuchar con claridad lo que decían. Mi extraño descanso se vio interrumpido por la voz de mi amiga Norah.
—Oh, Jasper... ¿Qué…qué ha pasado?
Me despegué del hombro de Edward con todo el dolor de mi corazón e intenté despejarme. Norah estaba delante de nosotros vestida con unos vaqueros y una sudadera, un atuendo más que informal con el que jamás me la habría imaginado. Me tenía acostumbrada a verla con preciosos y elegantes vestidos y con altísimos tacones. No con unas Converse y una coleta mal hecha. Verla así le hacía parecer un poquito más cercana al resto de los simples humanos.
Jasper se levantó y ambos hermanos se abrazaron.
—Te he llamado hace más de dos horas, Norah… ¿Dónde estabas? —la rubia suspiró.
—Yo…lo siento, de verdad.
—Pensé que seguías enfadada…realmente no creí que fueras a venir —un gesto de dolor se instaló en la cara de Norah.
— ¿Cómo puedes pensar eso? Yo…he salido un rato y donde estaba no tenía cobertura… Dios santo, ¿cómo está Alice? ¿Y el bebé? —Jasper volvió a derrumbarse en la silla.
—El médico me ha dicho que hay que esperar. Alice está estable pero temen por el bebé. No saben si lo va a aguantar…Hay que esperar. No…no sé como demonios voy a aguantar esta tortura. Lo único que necesito es que salga un jodido médico que me diga que todo está bien. Sólo…solo quiero eso —Jasper alzó la cabeza y miró a su hermana —Es… es mi hijo, Norah. Sé que he hecho muy mal apostando por esta relación. No supe ser un hombre y por mi culpa os he hecho sufrir a ti y a María. Yo…Estoy muy preocupado. ¿Esto qué es? ¿Un puto castigo?
Jasper me sorprendió hablando de esa manera; siempre que le había visto en la oficina había alabado en silencio sus formas exquisitamente correctas y caballerosas. De todos modos entendía su comportamiento y su frustración. Su impotencia. Norah se agachó frente a su hermano y le acarició las manos fuertemente apretadas en puños.
—No, Jasper —lo cogió por la barbilla y le obligó a fijar la mirada en ella —Nadie te puede castigar, ¿me has oído? Aleja esos sentimientos de ti ahora mismo. No actuaste de la mejor forma, en eso estoy de acuerdo…pero no dudo de tus sentimientos. No puedes…no puedes culparte por esto. Todos estamos muy nerviosos y quizás esta tarde todo se ha sacado un poco de contexto. Alice debe aprender a calmarse un poco, joder. Debe tomarse un poquito mejor la vida por el bien de su hijo. De vuestro hijo —el rubio asintió.
—Lo sé…mierda, lo sé…No creas que no se lo he dicho muchas veces —Edward palmeó la espalda de Jasper.
—Creo que necesitas algo caliente y que te relaje un poco…Vamos a la cafetería —el rubio negó.
—No…no quiero irme de aquí. ¿Y si sale el médico?
—Estamos nosotras —murmuré haciendo que todos me miraran —Ve…ve tranquilo. Necesitas unos minutos para relajarte. Cuando entres a ver a Alice tienes que estar calmado o se asustará. Te avisamos con cualquier cosa.
Mis palabras parecieron funcionar ya que Jasper se levantó de su asiento. Edward me miró y asintió antes de girarse para después empujar a Jasper fuera de la sala de espera. Norah dejó sobre una de las sillas y sin ningún cuidado la pequeña mochila que llevaba al hombro. Se sentó a mi lado, cerró los ojos con fuerza y suspiró.
—No puedo creer que esté pasando esto —murmuró —Yo…yo he odiado a esa chiquilla malcriada que ahora lucha por la vida de su bebé. Creo que eso lo sabes de sobra…—me miró y negó lentamente —pero jamás en la vida desee que algo parecido a esto pasara. Jamás, Bella.
—Lo sé, Norah…eso no hace falta que me lo digas —la rubia ladeó la cabeza con un gesto que me recordó muchísimo a Edward y me miró con sus enormes ojos azules.
— ¿Estás bien? —intenté sonreír, pero creo que no lo logré.
—Estoy muy cansada, sólo es eso. El trabajo de la oficina de Edward es más duro de lo que jamás pensé, eso sin mencionar la interminable reunión que hemos tenido hoy. Y para colmo no me gustan los hospitales, ¿sabes? Huele…raro…—mi amiga sonrió ligeramente.
—Sí, todo esto apesta…casi en sentido literal —me apoyé en el respaldo de la incómoda silla.
—Jamás te habría imaginado así —dije señalando su vestimenta.
—Oh…sí, bueno…todos guardamos algún terrible secreto como lo es esta sudadera —intentó bromear para después volver a ponerse seria —Antes, lo que le he dicho a Jasper…eso de que no se debía de sentir culpable…se lo he dicho sinceramente y desde el corazón. Pero eso no me alivia de mi propio sentimiento de culpabilidad. Reconozco que ha habido veces que he sido cruel con ella a propósito. Es cierto que ella sola se ha buscado mis malas contestaciones…pero me arrepiento de haberme puesto a su nivel. Mira lo que ha pasado y…—negué cortando su frase.
—No, Norah…Estas cosas pasan, ocurren porque tienen que ocurrir. Así, sin más. A veces el destino nos pone a prueba para ver cómo demonios nos las ingeniamos para salir de los problemas. Son obstáculos que te hacen ser más fuerte…te ayudan a sobrevivir…—la rubia me miró con los ojos brillantes.
—Hablas de esto como si tú misma hubieras tenido que pasar por algo tremendamente duro—parpadee rápidamente — ¿Qué te ha hecho la vida, Bella? —esa era una pregunta un poco difícil de responder. Probablemente acabaría antes relatando qué no me había pasado.
— ¿Aún no ha salido el médico? —la voz de Jasper me salvó de una nueva incursión hacia el lado oscuro. Edward y Jasper ya habían vuelto de su fugaz descanso en la cafetería. Edward traía un par de vasos de plástico con algo humeante en su interior y algo para comer.
—Tranquilo, Jazz…no ha salido nadie —dijo Norah.
Edward me tendió uno de los vasos y un bollo; el otro se lo dio a Norah. Le sonreí a modo de agradecimiento.
—No debes temer por la cafeína. Es sólo leche —me aclaró —No es gran cosa, pero esto es mejor que nada. Apenas has probado tu plato en la cena…no quiero que te marees.
—Gracias —se sentó a mi lado y observó cómo me comía lo que me había traído mientras los hermanos Withlock conversaban entre ellos.
—Si dentro de una hora no ha salido el médico te llevaré a casa para que descanses.
—Pero yo quiero estar aquí contigo.
—Y yo quiero que descanses como es debido en una cama y no sobre mi hombro en una jodida sala de espera —suspiró —Estás cansada, eso es más que evidente…y mañana tenemos una nueva reunión, si es que al final puede hacerse. Jacob y su…compañero se van mañana a última hora de la tarde. Espero poder exprimir su visita al máximo. Para eso te necesito a mi lado bien despierta —me miró los labios y acercó sus dedos a mi boca. Me quitó una pequeña miga del bollo que me estaba comiendo de la comisura — ¿Me vas a decir qué es lo que te ha pasado antes, Isabella?
—No me pasa nada.
—Mientes. Se te da fatal hacerlo —se acercó un poco más a mi —Quiero saber lo que te pasa…necesito saber qué es lo que hace que la luz de tus ojos se apague lentamente —cogí aire. Oh, Dios…
— ¿Familiares de Alice Cullen?
De nuevo una interrupción a tiempo.
Los cuatro nos levantamos de golpe y fuimos hasta donde estaba la enfermera. La señora nos miró a todos y suspiró con gesto grave.
—Vengo a informarles del estado de la joven….
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Peter McCain se miró una vez más en el gran espejo de su habitación del hotel en el que se estaba hospedando, el New York Palace.
No había estado nunca en este hotel aunque tenía que reconocer que estaba demasiado bien. Lleno de lujos y comodidades que seguramente habría exprimido al máximo durante unas vacaciones neoyorquinas. Pero esto no era ni de lejos un viaje de placer; había venido con una misión clara y concisa de lo que tenía que hacer. Y esta no era muy agradable que dijéramos. Las consecuencias de sus actos tendrían una gran repercusión mediática, eso sería inevitable. Pero él no podía hacer nada al respecto, al revés. Se sentiría extrañamente satisfecho por haber hecho un buen trabajo conocido por todos.
Ya había entrado en la boca del león. Había traspasado el territorio peligroso y ahora lo único que tenía que hacer era ejecutar su plan. Y tan sólo le quedaba mañana para hacerlo. Quizás no le daría tiempo. Estaba claro que era muy bueno en lo que hacía; silencioso y eficaz…pero no se sentía a gusto trabajando con tan poco tiempo. Quizás este jodido encargo se iba a alargar en el tiempo y eso no le convenía. Había tenido el momento oportuno justo ahora, haciéndose pasar por un simple contable. Pero estaba satisfecho porque de entrada había hecho su trabajo muy bien; todos se habían creído su actuación.
Aunque sabía que no podría engañar a Edward.
Si le había dejado entrar tan rápido y sin ninguna información fiable a su despacho y a una de sus reuniones privadas es que se guardaba un as bajo la manga, como era de esperar. Estaba convencido de que ese tipo de la coleta, el tal James, podría rebuscar hasta su pasado más infantil para saber absolutamente todo sobre su vida…De momento eso no le preocupaba demasiado; si las cosas se liaban ya idearía algún plan.
Planes B era precisamente algo de lo que andaba sobrado.
Su mente trabajaba siempre un paso por delante, así que ya se preocuparía más tarde de eso. De momento lo único que tenía en mente era bajar al restaurante del hotel para encontrarse con su socio. Él se había autodenominado cómplice, pero a Peter no le gustaba demasiado esa palabra; demasiado acusatoria. Socio era el punto intermedio de la palabra que buscaba.
Se ajustó una vez más la corbata y se alisó las arrugas inexistentes de su caro traje hecho a medida.
Anduvo con seguridad hasta el ascensor. Sonrió con arrogancia cuando se cruzó con una preciosa mujer enfundada en un hermoso vestido rojo que lo miró descaradamente con una sensual sonrisa en los labios. Si no estuviera ahí por negocios seguramente la noche habría acabado mucho mejor de lo que en un principio dejaba ver. No le molestaba perder esa oportunidad; ocasiones como esta no le faltarían. Sabía que su atractivo llamaba la atención de las mujeres y, en muchos casos, era un incentivo en su trabajo. Su buena y correcta presencia hacían que las personas confiaran en él rápidamente. Al menos la mayoría de las veces.
Eso era lo que había pasado con IsabellaSwan.
No se había fiado de él. Lo había notado en su mirada justo al segundo de verla frente a frente. Lo había mirado con los ojos entrecerrados y lo había analizado cuando ella creía que no la miraba. Daba lo mismo. Con confianza o sin ella haría lo que su jefe le había pedido y por lo que le pagarían una pequeña fortuna.
El restaurante del hotel era una extensa sala llena de mesas redondas y perfectamente alineadas. Una suave luz, los camareros exquisitamente uniformados y un poco de música de fondo suave y relajada completaban el perfecto cuadro para una velada ideal. Cuando vio a su socio fue directamente hacia la mesa. El chico lo miró e hizo un movimiento con la cabeza a modo de saludo y sin levantarse.
—Pensé que no ibas a bajar —murmuró.
—Claro que iba a bajar. Necesitaba bajar…me muero de hambre —Peter cogió la carta y eligió un par de platos que pidió al camarero. Se recostó en la cómoda silla y miró a su socio; le estaba mirando de reojo — ¿Qué pasa?
—Que eres muy descarado —gruñó —No sé… no sé cómo he accedido a hacer esta locura —Peter se apoyó sobre la mesa y suspiró.
—No te preocupes. Sé cómo hacer mi trabajo.
—Eso no lo dudo —le respondió — ¿Es necesario que revolotees alrededor de ella como lo haces? Has venido a hacer algo. Pues hazlo y punto. No juegues antes de entrar de lleno a matar, joder —Peter sonrió.
—Relájate un poco, ¿quieres? Me has dado la mejor opción para hacer mi trabajo…El jefe y yo estaremos tremendamente agradecidos por esto —el chico le miró mal.
—No me siento bien haciendo esto. Quiero irme de aquí ya…no quiero que nadie me agradezca nada….
—Un día más, amigo…—el teléfono de Peter sonó interrumpiendo la incómoda conversación, Descolgó el teléfono de última generación ante la atenta mirada de su acompañante — ¿Diga? Oh, por supuesto, señor. Hemos estado en la oficina de Edward….Por supuesto que hemos visto a Isabella, es una chica muy agradable —sonrió ampliamente —No, aún no he podido proceder. Sólo nos queda mañana…y estoy seguro de que le llamaré con buenas noticias. No se preocupe, señor…tengo la mejor ayuda que el destino me pudo brindar —Peter miró a su socio —Creo que tendremos que agradecerle a Jacob Black por su increíble colaboración…
¿Qué os ha parecido el capítulo? Los recuerdos de Bella son dolorosos…¿Y Jacob? ¿Qué pensáis de él?
Muchísimas gracias a Coudy Pattinson por betear y mejorar este capítulo ;)
Muchísimas gracias por todos vuestros comentarios, de verdad
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Mucha gracias a todos esos lectores nuevos, por esos comentarios, favoritos y alertas. Nos leemos dentro de unos diez días, un besote a todos.
EN EL PRÓXIMO CAPÍTULO
Observé cómo Peter entraba de nuevo al despacho.
Mi momento de tranquilidad se había ido a la mierda al tender de nuevo la presencia de este desconocido hombre. Era raro, o al menos yo lo sentía así; el poderoso atractivo que lo envolvía y esa mirada que parecía saberlo todo era una combinación extraña y a la vez envolvente. No me hacía mucha gracia verme sola con él en este gran despacho.
Avanzó hacia mi con un vaso de zumo de naranja en las manos y me lo ofreció.
—Sé que no te gusta el café —sonrió mientras alargaba su mano hacia mi —He pensado que quizás te apetecía un poco de zumo….
