Capítulo 38: Sinceramientos, disculpas y despedidas.

Anië continuaba de rodillas en el suelo, llorando de tal manera que parecía que se estaba ahogando en aquel estado de angustia, en ese instante Elrond y Gandalf entraron en la cocina y se encontraron con semejante cuadro y quedaron totalmente absortos ante aquella escena. El Señor Elfo se acercó a ella y se agachó para ayudarla a ponerse de pié.

-¡Está bien, calma, ¡ya no llores!-, le dijo mientras la abrazaba y ella hundía su rostro en el pecho de su padrino.

-¡Vamos Anië, ya todo terminó-, agregó mientras acariciaba su cabellera.

-¡Sniff!-, respiró profundo, suspiró y levantó su rostro hasta encontrarse con la mirada de Elrond.

-¡Arriba!-, le indicó a su ahijada mientras la ayudaba a ponerse de pié.

-Gracias-, dijo ella levantándose con dificultad pues sus piernas aún temblaban.

Mientras tanto Gandalf, algo enfurecido con la situación se limitó a observar a cada uno de los que allí estaban en silencio hasta que se decidió a hablar.

-La verdad es que creo que aquí hay muchas cosas que aclarar pues teniendo en cuenta como está la situación, ¡este tipo de incidentes son cosas que no podemos darnos el privilegio de que sucedan!-, dijo mostrando enojo el mago.

-Es cierto Gandalf, ¡pero no creo que haya sido Legolas quien empezó!-, saltó Gimli en defensa de su amigo.

-¡No me importa quien empezó, el enemigo busca o espera nos sucedan este tipo de cosas para debilitarnos y destruirnos, ¿no sé si se han dado cuenta?-, enfatizó ahora algo más sereno.

Todos miraban al mago sabiendo dentro de sus corazones que estaba en lo cierto.

-¡Aunque no me corresponda me disculpo!-, declaró Esteban con seriedad.

-¿Aunque no te corresponda, ¡tú fuiste quien vino a atacarme y a insultarme!-, replicó Legolas.

-¡Porque te robaste el amor de mi vida, ¿te parece poco?-.

-¡Ya te he dicho que no te robé nada!-.

-¡Buenooooooooooooo, ¡ya basta, ¡parecen dos niños peleando por un juguete, ¿no les parece que todo esto me lastima?-, dijo la elfa algo acongojada.

-Lo siento, no quise...,sabes que no soy así, solo trataba de defenderme-, dijo el elfo mirándola con dulzura.

-¡Claro, ¡ahora resulta que yo soy el culpable de todo, ¡cómo no!-, ironizó Esteban.

-¡Callate!-ordenó furiosa Anië a Esteban-, en realidad nadie es culpable aquí, más bien nos tocó a todos ser víctimas del destino, un cruel destino, y no ganamos nada así-.

-Es cierto, es que te siento lejana, te veo alejarte y mi corazón se quiebra en mil pedazos. ¡Lo siento!-, dijo Esteban bajando su mirada.

Anië se separó del lado de Elrond y se acercó hacia el padre de sus hijos que tenía su mirada perdida en el suelo. Ya cuando estaba bien cerca suyo le habló nuevamente.

-No sé como hacer para que no sufras, ¡para evitarnos este dolor a todos, te juro que quisiera cambiar la manera en cómo sucedieron las cosas, pero eso es algo que no está a mi alcance, jamás busqué hacerte daño Esteban, ¡tu eres un hombre de un corazón tan noble!-.

-Puede ser pero saber que no me amas, eso me lástima y me desgarra el alma. Igualmente no es para conversar de esto precisamente para lo que he venido, me gustaría de ser posible hablar unos minutos contigo a solas, ¿puede ser?-, preguntó él.

Ella guardaba silencio ante aquella pregunta mientras el resto la miraba muy atento en espera de una respuesta, Legolas por su parte no podía evitar mostrar una mirada de desconfianza ante aquella propuesta de Esteban pues temía que el hombre tan molesto como estaba pudiera hacerle daño si Anië decía algo que lo lastimara aún más.

-Yo, -dijo dubitativa mientras miraba a su padrino quién le asintió con la mirada para tranquilizarla-, creo que sí, ¿por qué no iba a poder ser?-.

-Bien, te espero en la biblioteca entonces, sólo te robaré unos minutos-, dijo a la elfa y se fue rumbo a la biblioteca.

-¿Estás segura de lo que vas a hacer, digo, ¿ no es peligroso que te quedes hablando sola con él en el estado en el que se encuentra?-, le dijo Legolas tomándola de uno de sus brazos cuando ella iba tras Esteban.

-Sí, ¡estoy segura, no temas pues no va a lastimarme, además creo que es necesario que hablemos, no quiero que con todo esto vayamos a lastimar a Ailén y Uriel, jamás soportaría eso y lo sabes, por otra parte creo que se merece que termine de sincerarme con él-, dijo mirándolo con una mirada que el elfo sentía podía traspasar su alma.

-¡De acuerdo, si tu consideras que es lo mejor te apoyaré aunque no me guste la idea-, le dijo ahora acariciándole la mejilla con el dorso de su mano.

-Ve tranquila hija mía –dijo Elrond-, tu corazón encontrará las palabras justas para lograr que ambos se entiendan-.

Tras mirarlos a todos Anië salió de la cocina y se dirigió a la biblioteca donde Esteban la estaba esperando sentado en el sillón de pana verde. Cuando ella entró él se puso de pie y no pudo evitar mirarla con una profunda tristeza, ella seguía siendo tan bella o más que antes para él, era la mujer con la que había soñado un futuro y con la que tenía dos hermosos hijos, era..., ella era ahora la elfa que seguía siendo la madre de sus hijos pero cuyo corazón no le pertenecía.

-Bien, ¡tu dirás!-, dijo ella luego de cerrar tras de sí la puerta de la biblioteca.

Mientras tanto en la cocina todos se quedaron expectantes y algo intranquilos ante todo lo que estaba sucediendo.

-Aún no puedo entender como logró acertarle a tu mentón-, dijo Gimli a Legolas algo burlón.

-¡Creo que hay un enano que acaba de firmar su sentencia de muerte!-, respondió el elfo sarcásticamente.

-¡Ja, ja, ja, -rió el enano-, el príncipe elfo se siente herido en su orgullo, ¿o no quiere reconocer que el amor le nubla un poco los sentidos?-, agregó.

Gandalf, Nano y Elrond miraban la escena con atención y tratando de contener la risa pues era muy cómico verlos discutir y estaban más que tentados.

-Verás mi querido Gimli, si hubiera podido lograr esquivar el golpe pero en vez de terminar en mi mentón hubiera terminado golpeando a Anië y eso no lo iba a permitir, y sí tal vez sea una cuestión de orgullo, pero no tienes que burlarte, ¿no te parece?-, inquirió el elfo algo molesto.

-¡Ey, ¡calma, no quise herir tu orgullo sólo preguntaba pues se me hizo raro, nada más-, afirmó el enano tratando de suavizar los ánimos de su amigo a quien había logrado terminar de enfadar con sus comentarios.

-Abi, digo Anië, lo siento es que no me acostumbro a que tu nombre no sea otro que Abi.-, dijo Esteban.

-Está bien, ¡no importa!-.

-Verás, vine hasta aquí para despedirme de los niños y de ti-.

-¿Qué dices?-.

-Mi jefe escuchó mi pedido y finalmente me otorgó el pase para ocupar el puesto de gerente en la sucursal del sur, así que creo que será un cambio bueno para todos, pues será la manera más lógica de explicarles a los niños porqué ya no vivo más aquí y ellos así podrán irse acostumbrando a no tenerme aquí y a no vernos ya juntos. Igualmente prometo ocuparme de ellos, llamarlos todos los días y venirlos a ver cada vez que pueda, alguno que otro fin de semana si es que no puedo venir cada fin de semana como es mi idea-.

-¿Entonces te vas?-.

-Si, es que no puedo resistir el dolor de tenerte cada vez más lejos, saber que tu corazón ya no me pertenece o más bien que nunca fue mío y que con cada latir grita su nombre me causa una sensación que no puedo explicar con palabras, estando lejos creo me acostumbraré más rápido a no verte-.

-¡Esteban, yo ya te he dicho cual era mi decisión y aún sostengo la propuesta de seguir juntos-.

-No, tal vez si no supiera todo lo que sé otra sería la historia, pero no puedo quedarme a tu lado ni atarte a mí cuando es a él a quien tu corazón ama, no me sirve tenerte a mi lado cuando tu corazón, tu alma y tus pensamientos estarán añorando el momento de volver a su lado-, dijo mientras sus ojos empezaban a humedecerse.

Anië no pudo decir nada contra aquellas palabras que sabía eran ciertas, sólo pudo mirarlo a los ojos como tratando de pedirle perdón.

-También quiero pedirte que me disculpes por mi manera de actuar de hace un rato, no debí reaccionar así pero aunque no trato de justificarme quiero que entiendas que no pude evitar caer en ese repentino instante de rabia por verlos juntos. También quiero que te cuides y cuides a los niños de Dante, esta mañana pasó de visita por la oficina y no me gustó su forma de mirar, como que está ocultando algo-.

-Pues con respecto a Dante no te equivocas, él está de socio de Saruman y entre los dos están haciendo maldades por doquier con tal de lograr obtener el control del mundo y de hacer que quede bajo el poder de las sombras-, dijo ella que prosiguió contándole con lujo de detalle quién era Saruman y todo lo que hacían con Dante, le contó también la extraña aparición en escena de los Trasgos y todo lo que pudo como para que él lograra entender lo delicada de la situación.

-Después de escuchar lo alentador que se ve el panorama, quisiera poder abrazarte por última vez-, dijo Esteban a quien hasta ese día era su esposa.

-¡Por supuesto, eso no hace falta me lo preguntes-, dijo ella acercándosele.

Ambos, con sus ojos llenos de lágrimas, se abrazaron tan fuerte que parecía que era la última vez que iban a verse.

-Antes de irme y de despedirme de los niños necesito pedirte un último favor-, le dijo.

-¡Dime!-.

-Quisiera hablar con él-.

-¿Qué, yo no creo que...-, alcanzó a decir pero Esteban la interrumpió.

-Descuida, no trataré de golpearlo ni voy a pelear con él, sólo quiero, más bien necesito decirle algo, ¡por favor!-, insistió.

-Está bien-, dijo ella con algo de desconfianza.

-Dile entonces por favor que lo espero aquí en la biblioteca-, dijo mientras se sentaba en el sillón de pana verde.

Anië asintió con la cabeza, salió de la biblioteca y fue en busca de Legolas. Al llegar a la cocina todos la miraron asombrados pues parecía triste pero llena de paz al mismo tiempo.

-¿Cómo te ha ido?-, se apresuró a preguntarle Legolas.

-Bien, pero ahora quiere hablar contigo. Prometió que no iba a hacer nada malo, es decir nada de golpes, peleas ni insultos-, dijo ella viéndolo a sus ojos azules.

-¿Qué dices?-, volvió a preguntar el elfo.

-Lo que oyes, quiere hablar contigo, si aceptas está en la biblioteca esperándote-.

-Si sirve para aquietar las aguas iré y escucharé lo que tenga que decirme-, le dijo mientas la tomaba de ambos brazos y la miraba con ternura a sus ojos.

-¡Gracias!-, dijo ella dedicándole una sonrisa.

-¿Quieres que te acompañe?-, preguntó Gimli a Legolas.

-¡No, gracias, no lo veo apropiado y no necesito que me acompañes-, dijo en respuesta.

Luego de decir eso se fue rumbo a la biblioteca para encontrarse con un ahora más tranquilo Esteban. Entró en la biblioteca y Esteban que permanecía sentado en el sillón se puso de pié.

-Gracias por venir-, dijo el hombre.

-De nada. ¡Tu dirás!-, dijo con total seriedad el elfo.

-Me voy-.

-¿Cómo dices?-, preguntó Legolas algo sorprendido.

-Recién se lo dije a ella y ahora te lo digo a ti. Me voy, conseguí el pase a la sucursal que está en el sur, creo nos hará bien a todos que me vaya pero no quiero hacerlo sin pedirte un gran favor-.

-¿A mí, -preguntó ahora ya totalmente desconcertado.

-Sí, a ti. Yo me iré pero cada tanto vendré a visitar a los niños, en mi ausencia quiero que la cuides aunque sé que esto es algo que no hace falta que te lo diga, pero por sobre todo que cuides a mis hijos como si fueran tuyos, si algo llegara a pasarles te juro que vendré y no me importa como te arrancaré el corazón, no sé si se entiende-, dijo Esteban con un dejo de seriedad.

-Entiendo lo que dices, pero ¿por qué lo haces, ¿por qué me dices esto?-, preguntó.

-Porque como estaré lejos para cuidarlos y tu estarás imagino aquí junto a ella, por favor no permitas que nada malo le pase a ninguno de los tres, siento que está demás que esté diciéndote todo esto pero necesitaba hacerte este pedido, ¿qué dices?-, dijo tendiéndole la mano en señal de sellar un acuerdo.

-Con mi vida te juro los cuidaré-, dijo el elfo tendiendo su mano para tomar la de Esteban. Elfo y hombre se dieron la mano en señal de acuerdo.

En ese instante se oyeron las alegres voces de los niños que habían regresado con Cleo que los fue a buscar a lo de la abuela para que pudieran despedirse del padre. Al oírlos llegar Esteban corrió hacia la sala y al verlos los abrazó a los dos al mismo tiempo tan fuerte como pudo. Se sentó con ellos en el sillón de la sala y les explicó que iba a irse lejos durante un tiempo por trabajo, que los llamaría todos los días y que cada vez que pudiera se haría una escapada para verlos ya que los iba a extrañar mucho.

-¿De verdad nos llamarás todos los días?-, preguntó Ailén con lagrimás en sus ojitos.

-¡Por supuesto princesita, que esté lejos no quiere decir que me olvidaré de ustedes-.

-Pero te vamos a extrañar mucho papá, ¿yo con quien voy a jugar?-, interrogó sollozando Uriel.

-¡Ya veremos como resolvemos eso, ¡por favor, sé que es difícil para ustedes entender que papá tiene que irse lejos por trabajo pero verán que todo pasará pronto y lo que ahora nos causa tristeza no será más que un mal sueño, porque las cosas que nos traen tristezas al igual que los malos sueños se terminan en un abrir y cerrar de ojos cuando menos lo esperamos-, dijo viendo a los ojos de Anië que estaba allí de pie en la sala junto a Cleo.

-¡Papá tiene razón angelitos, ya todo mejorará y podremos ver la luz al final de nuestros caminos-, dijo Anië mientras acariciaba con ternura la cabellera de la pequeña Ailén.

En ese momento entraron en la sala Nano, Legolas, Elrond, Gandalf y Gimli. Esteban se puso de pié y dando un beso en la frente a cada uno de los pequeños, se acercó a Anië, la miró fijamente a los ojos y la abrazó.

-Una vez que esté instalado te llamaré para pasarte los datos de donde podrás ubicarme por cualquier cosa y comenzaremos a arreglar los detalles de nuestra separación-, le susurró al oído.

-Está bien-, sólo respondió la elfa mientras dejaban de abrazarse.

-Nano, ¿me ayudas a cargar las maletas en el auto?-,preguntó.

-Claro que si Esteban, vamos o se te hará muy tarde para andar en la ruta, y, ¡no es muy seguro andar de noche en estos días!-, dijo el joven amigo de Anié.

-Es cierto, ya algo escuché en la televisión-, dijo Esteban con un dejo de preocupación tomó uno de los bolsos poniéndoselo al hombro y una de las maletas y salió rumbo al auto.

Todos lo acompañaron hasta el auto y lo despidieron deseándole mucha suerte en su viaje. Anië y los niños se quedaron abrazados viendo como el auto se iba alejando hasta perderse en el horizonte.