PECADOS EN LA SANGRE


Capítulo XXXVII

"Nueva era"

El silencio rodeó al pueblo, lo envolvió en un velo de indestructible hermetismo. Nadie fue capaz de decir, de hacer nada. El cuerpo ensangrentado del Príncipe Trunks le había quitado la capacidad de hablar a todo saiyan presente. Nada podía hacerse, tampoco decirse.

Nada valía la pena ser dicho, tampoco hecho.

Pan, paralizada, no reaccionaba, así como la gente que la rodeaba. Ni siquiera escuchaba susurros, de esos inevitables cuando la fatalidad rodea a las personas; sólo respiraciones, más, menos agitadas. Sólo palpitaciones, las de cada corazón a la redonda.

—Su cabello... —escuchó de repente. Se trataba de un saiyan de Clase Baja, de un niño de unos ocho años. La inocencia de un infante era la única capaz de proferir algo en un silencio tan sepulcral.

Y Pan reaccionó.

—¡TRUNKS! —gritó, desgarrándose la garganta. Se agachó y tomó su muñeca, ignorando que había perdido la transformación, que todos los que lo miraban sabían fehacientemente, sin poder estar equivocados, que el Príncipe era, realmente, un híbrido. Broly no había mentido—. ¡TRUNKS, NO! —continuó, la histeria incontrolable. Le tomó el pulso, sonrió: estaba vivo, aunque al límite—. ¡SÍ! ¡VIVE!

Empujones. Alguien se abría paso entre la multitud. Su bisabuelo, Bardock, se agachó junto a ella, controló el pulso que ella ya había controlado. Un segundo después, lo había levantado del suelo, bruscamente, aunque sin tocar la herida mortal de su espalda.

—¡TARK! —bramó—. ¡¿A dónde lo llevamos?!

Con lágrimas en sus ojos, que lo decoraban sin que él siquiera lo sospechara, el Líder de Clase Media logró despertar del letargo. Salió del shock, miró al otro Líder de clase vivo y apretó los puños.

—¡MI CASA! —exclamó, desesperado, la voz anulada por los nervios—. ¡VAMOS!

Los tres, tanto Pan como Bardock y Tark, salieron volando a toda velocidad. Kakarotto, Chichi, Gohan, Videl y los ancianos de Clase Alta, incluida Mitis, quien aún sujetaba a Bra entre sus brazos, salieron disparados también, tras ellos.

—Su cabello... —susurró nuevamente el niño de Clase Baja, con una herida en la frente, idéntica a la de tantos otros guerreros. Nadie dijo nada al respecto.

Raditz miró a los ojos a Zuzik.

—¡Tomen a sus muertos, saiyan! —dijo a la multitud—. ¡Tómenlos! Ya nada hay por hacer aquí, salvo preparar todo para rendir tributo a quienes pelearon y dieron su vida por el futuro de nuestra sangre.

Tomó de la mano a su mujer y, juntos, caminaron hacia quien aún permanecía cubierto por la capa del Príncipe Dorado, el Rey Vegeta. Raditz envolvió bien el cuerpo y se lo llevó, sin más, al Palacio. Zuzik no se separó de él ni un instante.


El temblor que acechaba al planeta mermó. Goten ni siquiera se inmutó. Estaba en su casa, en el modesto cuarto que allí ocupaba. Había robado del cuarto de su madre un espejo, cuyo reflejo no era lo que podía decirse bueno, mas era suficiente. Estudió su imagen en el espejo sendos minutos, absorto en lo que tenía enfrente. Serio, silencioso, decidido, sacó de una funda escondida bajo su armadura una pequeña daga hecha por él mismo, en una de las tantas misiones que había cumplido junto a su tío. Raditz le había explicado cómo darle filo, y lo había hecho. El filo era espectacularmente letal.

Apretó el mango, levantó la mano hacia su rostro y la otra hacia su cabello, el que sujetó. Era la segunda vez que hacía eso en su vida. Son Goten ya se había cortado el cabello. Lo había hecho a los 15 años, frente a ese mismo espejo. Era igual a su padre y a su abuelo, era el nieto de Bardock y el hijo de Kakarotto, el Líder de Clase Baja y el más poderoso de toda la clase según las personas respectivamente. Él quería ser Goten. Su tío se había burlado de su impetuosidad adolescente; si bien lo hizo, eso no quería decir que estuviera en desacuerdo. Muchos saiyan que heredaban el peinado de varias generaciones, algo común aunque no siempre sucedía, se cortaban el cabello como signo de identidad propia. Querían escribir nuevas historias, relatar nuevas batallas, dar nuevas glorias a cada familia.

Y él, Goten, había deshonrado a su propia sangre, a la más cercana, a la de sus padres.

Era mejor hacerlo, cortarse el cabello. Era mejor abandonar ese corte y empezar, con este símbolo de cambio irreversible para su raza, una nueva época en su vida.

Entrenaría hasta el cansancio, se haría tan fuerte como su padre, incluso más que éste. Entrenaría día y noche, giraría alrededor del universo en búsqueda de su máximo poder, de encontrar el límite de la sangre que portaba en las venas.

Entrenaría; tenía una deuda que saldar.

"Princesa...".

Claro que ella, la dueña de su deuda, a quien debía honrar a partir de ese preciso instante de cambio, aún no sabía que algo la uniría a él muy pronto.

Una deuda.

Un sentimiento.

La quería para él; la había elegido. No descansaría hasta merecerla por lo menos un poco.

Sin nada más por hacer, estiró el cabello que llevaba hasta la base del cuello y acercó el mango.

Una nueva época, un nuevo comienzo.

Un nuevo Goten.


Activó la Cámara de Recuperación. El líquido llenó el interior de ésta. Ahora, sólo quedaba esperar.

Era lo máximo que podían hacer.

Tark miró a Trunks a través del vidrio. Estaba desnudo, sus brazos entorno a sus rodillas, su cabeza apoyada en su piel. Sus ojos cerrados, la mascarilla en su boca, un tubo de transfusión sanguínea conectado a su brazo. Verlo así lo devastó. Se golpeó el pecho con fuerza; debía ser fuerte. El líquido empezó a teñirse de rojo: perdía mucha sangre; sus heridas debían cicatrizar antes de que la pérdida fuera mortal para él.

Con la voz entrecortada, dijo:

—Esperemos abajo.

Bardock, serio, asintió. Pan, sin embargo, no se movió del frente de la cámara, sus manos pegadas al vidrio y su mirada perdida en el líquido, en el hombre que allí luchaba por su vida.

—Me quedo aquí —musitó la joven.

—Pe... —Tark no pudo terminar de objetar: Bardock puso una mano, la que estaba sana, sobre su pecho; lo miró fijamente. Negó con la cabeza, como diciéndole lo evidente: no insistas, ella no se irá de su lado—. Me retiro. —Se fue hacia la puerta de su laboratorio personal, donde funcionaba una de las más avanzadas Cámaras de Recuperación.

Bardock se dispuso a seguirlo; antes de hacerlo, puso su mano en el cabello de su bisnieta, quien al sentirlo dio un respingo. Giró lentamente hacia él. Una vez hicieron contacto visual, acarició casi imperceptiblemente el cabello de la muchachita, además de sonreírle muy, muy levemente. No necesitó decir nada: Pan devolvió débilmente la sonrisa, sus ojos llenos de lágrimas.

—Sé fuerte —se limitó a decir.

Se fue junto a Tark. Bajaron hacia la sala principal y allí encontraron sentados a ancianos de Clase Alta, Gohan, Videl, Chichi y Kakarotto. Tark se acercó a Mitis y ésta le entregó a Bra.

—La llevaré arriba, para que descanse. —Y se fue.

Uno de los tres ancianos presentes suspiró, nadie supo adivinar quién; nadie prestaba la debida atención a nada del entorno. Los demás ancianos que habían seguido a Pan, Bardock y Tark vigilaban la puerta del lado de afuera. Estaban presentes Mitis, Keu y Glomt. Alguien debía romper el silencio; Mitis, su carácter a cuestas, lo hizo ni bien regresó Tark:

—¿Y ahora qué?

La inevitable pregunta.

—Nada —exclamó Bardock, de brazos cruzados contra la pared más cercana a las escaleras.

—¿Nada? —inquirió Mitis.

—Hay que esperar —dijo Tark, su voz delatando sus nervios—. El Príncipe puede morir; la herida podría tardar demasiado en cicatrizar.

Videl sollozó al escucharlo, con Gohan a un lado y Chichi al otro. Se armó de valor y se unió al intercambio de palabras:

—¿Qué pasará con Pan...?

—Es la Reina, muera el Príncipe o no —sentenció Mitis. Se puso de pie y caminó alrededor de los presentes, tan nerviosa como Tark—. La híbrida no puede ser la Reina.

—No empieces, hazme el favor. —Tark se ganó todas las miradas: la furia que dejó entrever era peculiar viniendo precisamente de él—. ¡La Princesa Bra no tiene la culpa de no haber sido entrenada!

—¡Lo sé! —musitó Mitis, sobresaltada—. Lo sé, maldita sea... ¡Pero no tiene cola! ¡No es una de nosotros! Prefiero a la muchachita: tiene carácter, es fuerte... ¡Y el Príncipe la marcó! Es digna.

Chichi, de repente, se levantó de su asiento.

—Espera. —Kakarotto intentó detenerla, adivinando los gritos que se avecinaban nomás ver su ceño fruncido, mas su mujer disintió, soltó la mano que él le había agarrado y carraspeó.

Ella no pudo sorprenderlo más.

—No puedo creer lo fríos y asquerosos que son —dijo sin pelos en la lengua—. ¡FRÍOS! ¡El Príncipe lucha por su vida en una Cámara de Recuperación y ustedes discuten quién o qué tomará el trono! ¡ES ABSURDO! Tengan respeto por mi nieta, ¡ténganle respeto! Pan no podrá sola, es demasiado joven... ¡Así que en vez de debatir quién o qué nos reina ahora que el Rey murió, algo irrelevante cuando la vida de una persona está al límite, mejor recen para que el Príncipe se salve! Mitis, ni que jamás hubieras parido un hijo... —La miró fríamente—. ¡Ese muchacho peleó como nadie, nos salvó a todos, llegó a un nivel retorcidamente superior al de todo el pueblo fusionado, y lo único que hacen es hablar de que se muera o no se muera como si nada, como si su vida no valiera ni un granito de oro! ¡ASQUEROSOS!

Siguió un silencio. Chichi volvió a sentarse y ella y Videl se tomaron de las manos.

Esperar era algo que los saiyan, gente sin paciencia si las había, no sabían hacer.


Sé que todo fue duro para ti... Pero quiero pedirte que confíes en mí, Pan.

Presionó más el vidrio con la punta de los dedos.

Harás todo lo posible para que no esté allí por mucho tiempo...

Así será, muchacha.

Rechinó los dientes.

No puedo volver al pasado y arreglar mi error; la única forma de enmendarme con esas mujeres es cuidando de ti...

Ahogó un grito en lo más profundo de su pecho.

Me gusta mucho el aroma de tu cabello...

Sollozó. Ya no podía soportarlo.

Tu sonrisa tuvo la culpa de todo... ¡Si no hubieras sonreído todo hubiera sido más fácil! No habría tenido que tratarte mal ni de forma indiferente para evadir lo que siento, lo que quiero...

¿Qué es lo que quieres?

A ti...

—Carajo, Trunks... —susurró—. Sé fuerte, maldita sea...

Soy distinto... Si tú me vieras me rechazarías...

Golpeó el vidrio, el agua tembló, la imagen de él tembló.

Quiero unirme a ti...

Cayó de rodillas, sin despegarse del vidrio.

Piensa en el placer, no en los violadores y sus cobardes métodos... Piensa en mí, Pan. Déjame borrar todos esos malos recuerdos...

—Vamos, Trunks... Vamos.

Te amo...

—¡VAMOS, PRINCIPITO!

Lloró, lo hizo con asombrosa liberación. No soportaba verlo allí, con el líquido de la Cámara de Recuperación teñido de rojo. ¡No lo soportaba! La historia no podía terminar así, con él muerto, con ella partida en dos por la ausencia de su hombre. Tenían sueños por cumplir, juntos...

Demasiados sueños.

—No te puedes morir así, no de esta forma, no después de lo que has hecho por nuestra raza. ¡No te puedes morir...! ¡NO TE PUEDES MORIR!

La Cámara hacía un ruido extraño y agudo cada cuatro o cinco segundos, un pitido, indicando que funcionaba al máximo, que la vida estaba al límite de perderse, que Trunks, su hombre, quien estaba en el interior del aparato, caminaba entre la vida y la muerte, un paso a su lado, el otro al lado de sus padres.

Estaba muriendo, había perdido demasiada sangre.

Golpeó nuevamente el vidrio.

—¡NO TE PUEDES MORIR! —chilló—. ¡NO ME DEJES SOLA, TRUNKS!


Sollozaron juntas. Pan gritaba como loca y la oían con perverso detalle. No te mueras, no te mueras, una y otra vez. Chichi y Videl, las otras mujeres de la familia, devastadas por cuánto estaba sufriendo la pequeña Pan. Una muchachita fuerte, de gran carácter heredado de su bisabuelo, que al principio de todo lo que les había cambiado la vida, aquella misión a Tramat, era una más, del montón, fuerte aunque no más que otros guerreros de su clase; ahora era la próxima Reina de Vegetasei. ¿Cómo habían cambiado tanto las cosas? ¿Ella sería capaz de soportarlo en caso de...?

Videl se tapó los oídos.

—Ya no quiero escucharla... ¡No soporto no poder ayudarla! —bramó—. ¡No puedo ayudarla! ¡NO PUEDO!

Gohan la abrazó.

—Tranquila...

—¡NO! Gohan, por favor... ¡No podrá soportarlo! Le han pasado demasiadas cosas: los violadores, el encierro, el exilio en la Tierra, su unión con el Príncipe... ¡Es demasiado para ella!

—¿Violadores? ¿Encierro? ¿A qué se refieren? —indagó Mitis, paralizada detrás de los padres de Pan.

Videl se puso de pie y miró desafiante a la anciana de Clase Alta.

—¡A todo lo que le ha pasado a Pan! ¡¿No conoce la historia?! Se la contaré con gusto.

Y empezó: los traidores de Nappa que mataron a su escuadrón y casi terminan violándola, el rescate del Príncipe, el encierro en el cuarto de éste, las investigaciones para averiguar quién era el traidor, el descubrimiento de que era Nappa, la batalla, el viaje a la Tierra, la aparición de Bra...

—¿El Príncipe escondió a la muchacha de los traidores...? —Mitis no salía de su asombro—. ¿Averiguó junto a ustedes quién era el traidor? ¿A espaldas del Rey, también de nosotros? ¿A espaldas de todos?

—¿Y qué mierda esperabas, mujer? —espetó Bardock, aún contra la pared, sus brazos cruzados—. No podíamos confiar en nadie... ¡El Príncipe era el único que nos merecía confianza! ¡Porque a ustedes les importaba un bledo que los Clase Baja estuviéramos muriendo en las misiones! Seguro pensaban lo mismo de siempre: se mueren porque son débiles. ¡Patrañas! No entienden nada, tan cómodos en sus lugares de privilegio, viejos inservibles...

—¡No te permito...! —se metió Glomt, levantándose para encarar al Líder de los Clase Baja—. ¡No puedes hablar así de nosotros! —Antes de poder ir hacia él, Keu lo detuvo tomándolo fuertemente del hombro. Giró hacia su compañero—. ¡¿Qué mierda te pasa?!

—¡BARDOCK TIENE RAZÓN! —bramó con potencia—. ¡Tiene toda la razón! Merecemos cada reclamo, todo por nuestra imperdonable soberbia.

Silencio una vez más. Los gritos de Pan llenaban sus oídos de fatalidad. Menos Bardock, los demás tomaron asiento. ¿De qué servían, a tremenda altura, los reclamos? Era en vano: el Príncipe sólo sería salvado por un milagro.

De pronto, la puerta de la casa de Tark se abrió lentamente.

—Empieza a anochecer —profirió un anciano de Clase Alta, quien nomás entró, cerró la puerta tras él—. La gente ha empezado a agruparse alrededor de esta casa. Nadie parece tener intenciones de provocar daño al Príncipe, sino de saber qué ha sucedido con él.

—¡Genial! —Alegre como él solo, Kakarotto no pudo evitar sonreír—. ¡Lo han entendido!

El anciano asintió.

—Sí, eso parece, por lo menos por ahora. Su poder dejó sin habla a toda nuestra raza. —Tosió un instante—. Además, vengo a dar un mensaje a Bardock: su nieto, Son Goten, está en la puerta.

—¡Mi Goten! —gritó Chichi—. Déjenlo pasar, por favor.

—De acuerdo.

Cuando la puerta se abrió y el joven apareció frente a todos, su familia se sorprendió sobremanera. Su cabello, corto, similar al de Gohan aunque distinto: ya no más esa melena de muchachito; los mechones rebeldes inclinados hacia la izquierda, más que llamativos. Se veía más maduro mucho más allá del cambio en su apariencia; ya no era el mismo. Algo en su mirada había cambiado.

—¡Tu cabello! —exclamó asombrada su madre. Corrió hacia él y lo abrazó posesivamente—. Hijo, tu cabello...

Él la abrazó, como siempre. La amaba más que a nadie en el mundo.

Pero no había tiempo que perder.

—Tark, ¿dónde está la Princesa? —inquirió seriamente una vez su madre lo soltó. El Líder de Clase Media se sorprendió.

—¿Para qué la quieres? —pidió saber Mitis.

Tark la tranquilizó, conciliador como siempre lo era, incluso con los nervios devastadores a cuestas.

—Es de confianza —dijo—. Goten, la Princesa está en el mismo cuarto de anoche.

El joven sonrió y asintió, dando unas gracias silenciosas al Líder de los medios.

—Se lo agradezco. —Sin más, fue escaleras arriba, sin que nadie pudiera decirle nada al respecto.

Al llegar, Goten abrió lentamente la puerta. La cerró después de entrar y no fue hasta hacerlo que se decidió a observarla: Bra estaba inconsciente; más parecía dormir tranquilamente. Totalmente tapada, su rostro lucía tranquilidad. Se desconcentró al oír los gritos de Pan, ¿acaso el Príncipe...? Negó con la cabeza. Todo era su culpa.

Se sentó en la punta de la cama e internó sus ojos en la Princesa.

—Yo la cuidaré, pase lo que pase... La cuidaré mejor que la última vez.

Estaba totalmente decidido a ello. Se redimiría costara lo que costase.


Abrió los ojos.

La oscuridad del encierro, esa sensación de inexorable desesperanza. No hay futuro, tampoco emociones. No hay nada cuando estoy atrapado, así, en este casco manchado de pecados. No hay escape, no hay salvación; la libertad es un concepto que, cuando estoy encerrado aquí, así, sin ser capaz de mirar a nadie a los ojos, sin poder expresarme a través de estos, sin que nadie sepa, ni siquiera sospeche, lo que siento, no existe. La libertad no existe, no aquí, no así.

—Sí existe, mi amor... —susurró una voz—. La libertad está afuera, no aquí; la libertad está en el amor que sientes por ellas dos.

—¿Quién eres...?

—Mírame.

Y la miró. El entorno dejó de ser oscuro, el casco desapareció: todo era luz, naturaleza, belleza en su máxima expresión. Todo tenía sentido, porque ella estaba allí, junto a él, acariciando su cabello, su cabeza descansando en el regazo de la única persona que, en la vida de un hombre, puede dibujar ante éste esa clase de paz.

—Mamá...

Bulma, luciendo un vestido azul, tan azul como el cielo terrícola, le sonrió con una dulzura infinita, más poderosa que la sangre saiyan.

—Mi amor...

—Mamá... —Su pecho se convulsionó. Se incorporó, la miró a los ojos y, sin poder contenerse, se lanzó sobre ella, la abrazó, la olió, la percibió con su piel. Era el ser más resplandeciente que había visto en su vida. Apoyó su rostro en el vientre de su madre, intentando sentirse parte de ella, de nuevo, como al principio de su historia. Ser uno con su madre, no nacer jamás a la crueldad del mundo.

Escapar de la realidad.

—¡Mamá...! —sollozó. Las lágrimas caían de sus ojos como la tormenta más poderosa de las cuatro galaxias—. ¡MAMÁ!

Ella acarició su cabello nuevamente.

—No es este tu hogar.

—¡Quiero estar contigo!

—No es momento.

Se incorporó. Terminaron sentados, uno delante del otro.

—¡¿Por qué?!

—Ellas te esperan.

—¿Ellas...?

—Tu hermana, tu mujer... Te necesitan.

—Pero...

La sonrisa más hermosa del universo.

—¡Debes ser fuerte! ¡Debes hacer, no desear! ¡TE LO DIJE! —exclamó una voz repentinamente, tras ellos; su madre no dejaba de sonreírle.

Volteó: su padre, con el Traje Real impecable, le regalaba una de sus tantas miradas severas. Se acercó a su madre, la ayudó a ponerse de pie y permaneció detrás de ella, sus brazos cruzados, su gesto inmutable.

—¡Mamá! ¡Papá...! —lloró—. ¡No puedo más...!

—Sí que puedes, chiquillo —espetó su padre—. Has vencido al monstruo más poderoso del universo: la vida no es más difícil que él.

—¡Pero...!

—Trunks, mi amor. —Dicho con la voz de su madre, su nombre era un poema—. Aún no es hora.

—¡Pero quiero estar contigo, mamá...!

La abrazó posesivamente. Su madre devolvió el abrazo, con fuerza, con entrega.

—Aún no es hora.


El sonido de la Cámara de Recuperación se tornó más insistente, más insoportable: sonaba sin parar, hacía luces rojas como la sangre.

Trunks estaba muriendo.

Pan, frente al vidrio, no paraba de gritar.

—¡NO ME DEJES SOLA! ¡NO ME DEJES, TRUNKS! ¡TE NECESITO...! ¡TE NECESITO!

Arrodillada en el suelo, descargó su fuerza contra éste, desquebrajando las baldosas bajo ella. Gritó, lo hizo una y otra vez, hasta perder el aliento, hasta que no tuvo más fuerzas.

Y la luz relampagueaba, y Trunks seguía dejándola, poco a poco.

—¡NO ME HAGAS ESTO, POR LO QUE MÁS QUIERAS! ¡NO TE MUERAS, PRINCIPITO!

¡Necesitaba ser escuchada! Que él abriera los ojos, y la mirara, y la mordiera en el cuello. Que él se uniera a ella cada noche, que combatiera junto a ella cada día, en pos de un futuro lleno de magia para la sangre que ambos portaban. Lo necesitaba, lo amaba; no podía, a tremendas alturas, considerar vida a una que no lo incluyera a él.

—¡NO ME DEJES!

Y la dejaba lentamente.


Videl se levantó abruptamente. Ya no lo soportaba. Bardock y Kakarotto, uno severo y el otro conciliador, la detuvieron al pie de las escaleras.

—Déjala —dijo Bardock.

—¡NO PUEDO SEGUIR ESCUCHÁNDOLA! Me desgarra el corazón... —sollozó. Gohan la abrazó por detrás.

Escuchaban algo que no tenían derecho a escuchar, el dolor vivo de una mujer que veía cómo su hombre se iba del mundo, frente a sus ojos, sin darle ningún tipo de esperanza.

Los padres de la muchachita cayeron al suelo. Gohan contenía la furia que le subyugaba las venas. ¿Por qué Pan tenía que pasar por algo semejante? ¡¿Qué podía hacer para ayudarla?! Y Videl, deshecha, lloraba, se iba a través de las lágrimas. Chichi abrazó a Kakarotto y Bardock observó a su familia con una impotencia disfrazada tras una máscara de dureza.

Nada podía hacerse.

"Maldito engendro...".

Sólo quedaba confiar en él.

"Aún no es momento...".


La amaba. En sus brazos, no había dolor. Ella era un escudo, era la persona capaz de lograr lo impensable: que nada ni nadie fuera capaz de dañarlo. En sus brazos, era libre.

—Mamá...

—Hijo —susurró ella en su oído—. ¡Debes ser fuerte! —Y lo soltó.

La sonrisa era intolerable, tan brillante que lo cegaba.


—¡TIENES QUE SALIR, TRUNKS! ¡NO PUEDES MORIR! —bramó Pan, sus puños sangrando por tanto golpe al suelo y las paredes del laboratorio.


—¡Pero mamá! —gritó. No quería soltarla nunca más.

¿Cómo vivir sin ella? ¿Cómo, habiendo visto su mirada, el amor que ésta transmitía? Ese único amor que hubiera podido consolarlo en medio de tanto absurdo sufrimiento, el amor que la vida le había negado; lo necesitaba.

Para siempre.

—Nada de peros, Trunks. —Su padre caminó hacia él, lo enfrentó con ojos potentes—. Tienes que ser fuerte.

—¡¿Fuerte?! ¡ESTOY CANSADO! Quiero estar con ella, ¡quiero estar con mamá!

Porque ella era un escudo y lo protegía de todo y todos.

Y ella lo miraba, y ella resplandecía por encima de todos los seres del vasto universo.


—¡VAMOS, TRUNKS! ¡VAMOS!

El pitido de la Cámara de Recuperación aturdía sus oídos. Moría, se iba, se alejaba de ella con fatal facilidad.

—¡TRUNKS!


Videl se tapó más los oídos, incluso Gohan la ayudó a hacerlo con sus masculinas manos, sin saber ya cómo protegerlas a ambas en medio de la incertidumbre. Ambos se mecieron una y otra vez, acunándose, intentando sacar fuerzas de lo desconocido para poder, frente a la peor noticia, cuidar de la hija de ambos. Kakarotto apretaba a Chichi entre sus brazos, serio, y Bardock, inmutable, no le quitaba los ojos de encima a la escalera.

"Vamos, engendro...".


—¡No es momento de ser sensible, imbécil! —espetó su padre. Bulma se mostraba feliz, emocionada.

Su madre no abandonaba la sonrisa. Resplandecía.

—Mamá...

Quería estar con ella, mirar su sonrisa por la eternidad.

—Debes ser fuerte, mi amor.


—¡PRINCIPITO IMBÉCIL! No me dejes...

Pan sintió que enloquecía. El pitido era una línea de sonido, no una secuencia insoportable: moría, la abandonaba cada vez más. El líquido de la cámara cada vez se mostraba más rojo. Perdía sangre, moría, la dejaba sola.

La abandonaba para siempre.


Se golpeó el pecho repetidas veces. Las lágrimas cayeron por sus ojos.

—¡TENDRÍA QUE HABERLO PROTEGIDO! —Tark se derrumbó en el suelo. Recordó a su hijo, a su mujer, la muerte de ambos. Trunks había sido, para él, la segunda oportunidad de sentirse padre. Y, como nada, se iba; lo perdía—. ¡NO LO SALVÉ! ¡Quien debería estar allí ahora soy yo, no él! ¡NO ÉL!

Los ancianos de Clase Alta, silenciosos, contagiados por la angustia de los presentes, incapaces de proferir aunque fuera una palabra, palidecieron ante Tark. Bardock sintió exactamente lo mismo: el Líder de los medios, uno de los más respetados por la sociedad saiyan, sin importar la clase o el género, derrumbado por un cariño paternal absolutamente sincero.

Lloraba, sus puños tan apretados que la piel cedió rápidamente, llenando sus palmas de sangre.

Su sangre; la sangre de todos.


Entornó los ojos. El Príncipe luchaba por su vida, y Pan, su sobrina, por medio de gritos intentaba retenerlo, sin permitir que la muerte se lo llevara al otro lado de la existencia. Bra, aún fuera de la consciencia por un golpe que Mitis le dio en la nuca, según le resumieron en pocas palabras los saiyan que cada vez se agolpaban en mayor cantidad frente a la casa de Tark, ignoraba todo cuanto sucedía. Si a Trunks le pasaba algo, ella no lo soportaría.

El Rey la había defendido a ella, por eso había muerto; eso le dijo la gente. Bra, quizá, se sentía culpable. Como él.

A lo mejor, no sólo los uniría, a partir de tal punto de inflexión, la promesa que él ya había decidido hacerle; los uniría una culpa poderosa, una reflexión triste sobre la situación: si no hubiera fallado, el Rey no hubiera muerto; si no hubiera fallado, Trunks tampoco.

Ya no pudo soportarlo. Se levantó, no sin antes acariciar la mano de su Princesa, posada en su estómago, y salió de la habitación. Bajo las escaleras, vio a su hermano consolando a su cuñada, a su padre haciendo lo propio con su madre, y a Tark, deshecho, chocando el puño contra el suelo una y otra vez, Una imagen desgraciada, rebalsada por la tristeza.

Y él tenía la culpa.

Miró la puerta de donde provenían los gritos; Pan no se detenía, superada por los sucesos, por la vida que los abandonaba. Pan moría tanto como Trunks, aparentemente, lo hacía.

Permaneció allí, hipnotizado, deseando y no deseando, incapaz de hilvanar un pensamiento coherente.

Tenía que vivir, no podía no hacerlo.


Detuvo sus golpes impetuosos. Apoyó el cuerpo entero sobre el vidrio, sin quitarle los ojos de encima a Trunks ni por un segundo. Lo que lo mantenía con vida era la sangre que llegaba a sus venas por la transfusión. El problema era la herida en el costado de su espalda: quizá no había herido partes vitales de su cuerpo, quizá sí; el quid de la cuestión era la sangre perdida, pensó con ironía dibujaba en la sonrisa amarga que esbozó. Que Trunks muriera por culpa de la sangre era una maldita ironía. Esa sangre que tanto lo había herido por tener algo que no era saiyan, que tanto él había gozado ver en sus brazos al cortarse con fragmentos de espejos; esa misma sangre lo abandonaba ahora.

—No es justo —murmuró contra el vidrio.


—Quiero quedarme contigo.

—No es a mi lado tu lugar, Trunks. Tu lugar es al lado de las personas que más amas, tu hermana y tu mujer. Ellas te necesitan tanto como tú las necesitas a ellas. Ellas te hacen feliz, te atan al mundo; no puedes quedarte aquí, conmigo...

—Pero quiero...

—Deja de desear, chiquillo. Haz lo que debes hacer: vivir.

—Vivir... ¿Pero, y ustedes...?

—Te esperaremos, y cuando te llegue la hora, ¡estaremos juntos! Te lo prometo.

Las manos se posaron sobre su pecho, las manos más preciosas y resplandecientes. Su mamá le sonrió con un amor indescriptible, pero verdadero.

Sintió cómo se alejaba de ella lentamente. ¿O era ella quien se alejaba de él? La imagen de sus padres, a medida que se alejaba, se volvía una unidad. Eran lo mismo: una sola persona, un solo anhelo.

—Mamá...

—Aquí te espero.

—Pero, papá...

—Demuéstrale a esos imbéciles tu fortaleza, mocoso. Deja de soñar despierto.

—Y cuida a tu hermana.

—Y a la niñita Clase Baja esa.

—Cuídalas a las dos, mi amor. ¡Nos volveremos a ver, te lo juro!

El resplandor que emergió de los ojos de su madre fue tan poderoso, lo llenó de tanto amor, que todo estuvo claro: fue capaz de recordar todo, a todos. Su raza paterna, sus abuelos maternos, Tark y, finalmente, las dos personas que lo ataban a la vida, que le daban un sentido a su existencia, que le recordaban quién era y cuál era su misión. La fortaleza de su alma: su hermana y su mujer.

Sí, esa era la respuesta.

Por ellas dos, todo cuanto había sucedido en su vida valía la pena.


Lloró. La luz roja no paraba de titilar; sabía perfectamente qué significaba eso. Estaba demasiado cerca de la muerte, demasiado alejado de ella. No iba a volver.

Ya no había esperanza alguna.

Su cuerpo resbaló por el vidrio. La angustia no le cabía en el pecho. Tembló profusamente, sin pensar ni sentir absolutamente nada; la nada la envolvió.

—Trunks... —lloró—. ¡TRUNKS!

Y el sonido se detuvo.

Desconcertada, dio un respingo. Lo primero que hizo fue mirar el control de la Cámara de Recuperación. La luz roja, así como el pitido insoportable, ya no estaba. ¡¿Qué significaba eso?! Volvió al frente, se arrodilló y, sin saber qué esperar, su cabeza anulada frente a sus sentimientos, vio la luz.

Trunks, aunque muy levemente, había abierto los ojos.

No reaccionó. Trunks parpadeaba lentamente, dándole fehacientes señales de vida. No podía ver su boca porque ésta estaba cubierta por el respirador, mas lo supo ni bien vio sus pupilas: estaba sonriendo.

—Trunks... —Ya no era llanto; era la alegría más grande de todas—. Trunks, ¡estás...!

Apoyó su mano izquierda sobre el vidrio. Trunks, muy lentamente, pausados y difíciles cada uno de sus movimientos, acercó su mano a la de ella. ¡Era un milagro!

No pudo estar más agradecida: su hombre, vivo. Ahora, una nueva era se abría ante sus ojos.

Los de ambos.

—Te amo... —susurró frente a él, gesticulando lo más posible sus palabras, de forma tal que él pudiera leerle los labios. Su respuesta fue contundente en su debilidad: abrió más los ojos. Rió sin contenerse—. Ya vengo, principito.

Se alejó de él y miró el panel de la Cámara de Recuperación: en la pantalla había unas palabras que, si bien las entendía perfectamente, no entendía del todo su significado en ese contexto. Era mejor llamar a Tark.

Y dar las buenas noticias a todos.


Los gritos de Pan cesaron bruscamente. Tark, al no oírla más, se tomó el cabello con las manos, destrozado. Nadie más reaccionó.

—¡NO! —gritó—. ¡No puede ser...!

Lloró desgarradoramente, arrastrándose por el suelo. Videl también lo hizo, pero en sollozos contenidos sabiamente por Gohan. Nada más podía escucharse. Goten, desde la puerta del cuarto donde Bra descansaba, se golpeó la frente con los puños incontables veces. Era su culpa, era su maldita culpa. Trunks, quien le había regalado su amistad, quien lo había tratado como a un igual, al parecer...

La puerta del laboratorio se abrió. Pan apareció frente a ellos. Se asomó por el borde de la escalera; la leve sonrisa en su boca la delató. Tark, al verla, empezó a reír. Corrió hacia ella, la tomó de las manos y suplicó noticias con el mismo respeto y cariño con el que hubiera tratado al Príncipe.

—Está vivo —se limitó a decir la muchachita.

Mitis y los demás ancianos se levantaron de su asiento, Chichi soltó a Kakarotto y Videl a Gohan. Nadie ocultó la sorpresa, tampoco el alivio, aunque los saiyan no eran seres que pudieran expresar libremente sentimientos positivos como esos. Cada uno lo hizo a su manera, mas lo hizo al fin.

—Necesito que verifiques la Cámara de Recuperación, Tark. Trunks está muy débil.

—¡Enseguida!

Y ambos se metieron en el laboratorio. Cuando desaparecieron de la vista de todos, se escucharon por lo menos tres suspiros de alivio. Goten, orgulloso de su Príncipe, volvió a cuidar de Bra, desapareciendo también. Kakarotto rió con sinceridad, apretando los hombros de Chichi, quien gritaba de alegría.

—¡Qué gran noticia! —festejó—. ¡Es genial!

—Lo es... —susurró Mitis entornando una media sonrisa, el único gesto de alegría que sabía hacer—. Realmente lo es.

Había un futuro delante de los saiyan, un futuro que, esperaba, sería mucho mejor para ellos. Las huellas de los pecados de la sociedad más poderosa del universo, al fin, se borrarían.

Salió a la puerta, la noche decorando el cielo, y, frente a la multitud que seguía agolpándose allí, gritó enérgicamente:

—¡EL PRÍNCIPE DORADO, EL GUERRERO SAIYAN MÁS FUERTE DE LA HISTORIA, ESTÁ VIVO!

Y los aplausos fueron lo único que se escuchó a partir de sus palabras.

Había un futuro, había un nuevo destino: las cicatrices más mortíferas de las cuatro galaxias seguirían adelante, se harían más fuertes, repararían todos sus errores.

Y el más fuerte de ellos guiaría los pasos de cada guerrero hacia ese futuro lleno de lo que más amaban en el mundo: batallas, las más apasionadas; éstas estaban justo delante de ellos.


Apoyó el dorso del puño cerrado sobre el vidrio. Sonrió con una sinceridad absoluta. Trunks lo observó por unos segundos. Se lo notaba muy débil, pero saldría adelante. Feliz, alejó su vista del Príncipe y se concentró en la Cámara de Recuperación.

—Nivel de sangre bajo, hay que hacerle más transfusiones y puede que las reservas no sean suficientes. Yo soy de su tipo, quizá también la Princesa Bra, a quien debería hacerle una prueba primero; esto puede solucionarse —explicó a Pan—. La herida empieza a cicatrizar, por eso podemos decir que está totalmente fuera de peligro. —Ambos se sonrieron el uno al otro—. ¡Se recupera muy rápido! Y será mucho más fuerte cuando salga, el Zenkai Power mediante. En unas dos horas podrá salir, quizá antes.

—¡Es asombroso! —exclamó Pan—. ¡Es poco tiempo!

—Sí... Al parecer, Broly no hirió ningún órgano vital; esta fue su salvación. Si hubiera herido algún órgano, si lo hubiera atacado más directamente y no en la posición forzada en que lo hizo, el Príncipe hubiera muerto. ¡Pero ya no debemos pensar en eso! Muchacha, por favor: llama a tu padre, le pediré que me extraiga sangre para poder dársela al Príncipe. —Pan no objetó: fue hacia la puerta, pero Tark, avergonzado, la detuvo llamando su atención—. ¡Espere! —Se arrodilló frente a ella, tomó su mano derecha y le hizo una reverencia que Pan, incómoda, no supo cómo tomar—. Le hablé de muy mala manera, discúlpeme. La futura Reina merece todo mi respeto.

—No, por favor. ¡Soy una más!

No quería que la trataran con deferencia. Seguía sintiéndose la misma muchacha de Clase Baja que entrenaba manchada por tierra y muerta de risa; libre, feliz. Era esa muchacha y siempre lo sería.

No quería ser otra cosa.

—Y cuidó como nadie al Príncipe. Por ello, le estoy eternamente agradecido.

Pan no tuvo más remedio que sonreír. Agradeció que Tark hubiera cuidado tanto de él también.

Asintió y, sin nada más por hacer, fue por su padre. Cuando se retiró, el Líder de Clase Media giró su cabeza hacia Trunks y le sonrió. Trunks parpadeó lentamente en agradecimiento por todo lo que había hecho por él.


Abrió los ojos. ¿Y ese techo? ¿Dónde estaba? Respiró tranquila durante los segundos que toma entender quién y qué se es en el mundo, qué lugar se ocupa, qué nombre se porta, qué historia le tocó por suerte, o por destino; finalmente recordó que era Bra, una híbrida saiyan-terrícola, nacida en la Tierra y criada en la Tierra, a diferencia de su hermano unos minutos mayor, que había crecido en Vegetasei, el planeta de los guerreros saiyan, de los que arreglaban todo con golpes, de las cicatrices del universo.

—¡TRUNKS! —bramó, la angustia una con su corazón—. ¡TRUNKS!

—Está vivo —dijo una voz a su lado—. Venció al enemigo y, ahora, está recuperándose de sus heridas. Estará bien: está fuera de peligro.

Enfocó hacia quien le hablaba: era Goten, sentado en la punta de la cama donde estaba acostada. ¿O no era él?

—¿Qué le pasó a tu cab...?

—A diferencia de Usted y el Príncipe, los saiyan de sangre pura nunca sufrimos cambios en nuestra cabellera. Es por eso que un corte simboliza, a nuestros ojos, el comienzo de una nueva época.

—¿Época...? —Se incorporó en la cama—. ¡¿Dónde está Trunks, dijiste?!

—Recuperándose. Pan lo acompaña. No debe preocuparse; estará bien.

Goten le sonreía de una forma muy extraña, muy distinta a como ella lo recordaba sonreír en el corto tiempo que llevaban conociéndose. No se veía atolondrado como antes; algo en él había cambiado.

—Quiero verlo —exigió impertinentemente—. YA.

—Aguarde —pidió él sin inmutarse—. Sólo será un momento.

—¿Un momento?

Y Goten, del interior de su armadura, sacó una daga que, por el brillo de su filo, se notaba era peligrosa. Bra abrió la boca para gritar, mas él se la tapó.

—Confíe en mí —dijo, su voz un hilo de dulzura, de cariño—. Le juro por mi vida que no la lastimaré, Princesa. Será un minuto; ni uno más y ni uno menos.

Le destapó la boca y ella, horrorizada, empezó a temblar; algo, extrañamente, le dijo que no debía temer. Goten pinchó el dedo índice de su mano izquierda con la punta de la daga. La dejó a un lado, sin darle demasiada importancia al objeto una vez éste cumplió su función.

—Deme su mano, por favor.

Sin poder controlar el temblor, le acercó la mano derecha. Goten la tomó con una delicadeza absoluta, como si ella no fuera una mujer, como si ella fuera la más delicada pluma. El gesto de su rostro seguía viéndose distinto al Goten que había conocido, al que había desmayado de un golpe. Vio su labio hinchado y sintió culpa; sin embargo, nada le dijo al respecto. La culpa le volvió al pecho y provocó estragos en ella.

—No llore, por favor —pidió el guerrero—. No debe llorar, no frente a mí.

—¿Por qué no, Son Goten?

Y él, sin responder, dio vuelta su mano, para que la palma quedara hacia arriba, arremangando antes, con sumo cuidado, su ropa. Su brazo quedó desnudo hasta la altura del codo.

—¿Qué haces...?

—Confíe en mí. No la lastimaré.

Tomó la mano con fuerza, más para que dejara de temblar que para lastimarla. Una vez consiguió en ella cierta estabilidad, acercó su dedo ensangrentado. Concentrado, dibujó en el centro de la palma una especie de espiral, de cuyo centro sacó una línea que llegó hasta las venas de su muñeca, donde dibujó una flecha muy parecida a la del colgante que perteneciera a su madre, el supuesto Collar Real. Dibujaba en ella, en su piel, con su sangre.

Esto no podía no significar nada, no siendo la sangre, para esa sociedad, algo tan vital.

—¿Son Goten...?

La miró, y por la mirada ella se paralizó por completo. El significado de lo que él acababa de hacer era desconocido, pero también daba una sensación extraña: algo perpetuo; algo que, de alguna forma retorcida, los enlazaba de allí en adelante.

Goten, con dulzura sobrecogedora, habló:

—Esta costumbre tiene cientos de años —explicó—. Mediante este ritual, yo le hago una promesa.

—¿Promesa?

—Estoy en deuda con Usted, Princesa. —Se puso de pie—. Lo estaré hasta que Usted decida que he enmendado mi error.

—¿Error?

—No haberla cuidado como Usted merecía, como el Rey exigió y como el Príncipe pidió.

Y se fue.

—¡Son Goten...!

Se levantó, se acercó a la puerta, pero no la abrió. Sólo fue capaz de observar su mano. ¿Qué significaba? ¿Una deuda? ¿Hasta que ella la cobrara?

—Son Goten...

Cerró el puño: el dibujo se deshizo, mas la sangre del guerrero llenó de su aroma su piel. Negó con la cabeza; debía buscar a su hermano.

De momento, era mejor no pensar en la deuda, la promesa y el guerrero que había hecho tan extraño ritual sobre su piel.


Alejado de la civilización, en las afueras del planeta, Goten dio varios golpes al aire. Ya estaba listo: debía, a partir de ese preciso instante, entrenar. Se haría más fuerte, llevaría hasta el límite su sangre y, así, saldaría su deuda con la Princesa.

Porque la había elegido, porque la quería para él, y porque quería, por sobretodo, merecerla aunque fuera un ápice.

La quería, y quería protegerla.

Así que se haría más fuerte que nunca. Por ella.


—¡Princesa! —Tark, de pie en la puerta del laboratorio, recibió con alegría a la joven—. ¡No se preocupe, el Príncipe está recuperándose!

Bra ignoró por completo su amabilidad.

—¡QUIERO VERLO! —espetó.

La puerta que estaba tras el Líder de los medios, segundos después de su grito, se abrió.

—Damita, TE CALMAS —exigió severamente Pan—. Trunks está bien, y NO PUEDES VERLO: es muy vergonzoso y está desnudo, así que haz el favor de tener paciencia: falta una sola hora para que salga de la Cámara de Recuperación.

—¡PERO...!

"¿Cámara de recuperación? ¡¿Qué es eso?! ¿Será un hospital...?".

—¡NADA! Trunks podría necesitar una transfusión, así que como ustedes son gemelos y existe la posibilidad de que tengan el mismo factor, contamos contigo. Su tipo de sangre es X7, que es la sangre que no puede recibir otros tipos, pero sí puede darse a cualquiera. Sólo Tark, de todos los que estamos aquí, es X7.

—¿X7? Te refieres a la O-, por lo que entiendo... ¡Qué nombre extraño le han puesto!

—¡Da igual! Diferencias, pero nos entendemos. Ahora esperas como la damita que eres y me dejas cuidar de él. —No dijo nada más: cerró la puerta ruidosamente.

—Puede aguardar en la sala, Princesa —dijo amablemente Tark.

Bra apretó el puño, recordando lo que había sucedido con Goten.

—De-de acuerdo...

Bajó las escaleras y, cuando terminó de hacerlo, gritó: no había notado cuánta sangre le manchaba la ropa, la sangre de su propio padre. Se tapó el rostro, se dejó caer de rodillas y lloró desconsoladamente.

—¡Tark! —espetó Bardock—. Dale algo para que se cambie y un baño para que pueda asearse.

Tark, odiándose por no haber hecho caso a la sangre (todos estaban manchados por ésta, por heridas ajenas y propias), corrió hacia ella. Videl y Chichi, generosas, le ofrecieron ayuda a la Princesa, quien, devastada, se dejó atender. Tark les dio su baño personal y allí se encerraron las mujeres. Videl y Chichi prepararon el agua en el inmenso cubo ubicado hacia el medio de la habitación y Bra, sin timidez por estar rodeada de mujeres por demás amables, se quitó la ropa, como si ellas fueran su abuela o sus amigas, como si fueran tan terrícolas como ella se sentía. Se hundió en el agua y lloró cuando ésta se tornó roja.

—Papá... —sollozó, tapándose el rostro; ahora sí se sentía avergonzada.

—No llore, Princesa —exclamó Chichi—. Su padre fue un héroe. Eso debe darle el orgullo más grande de todos.

—Pero...

—Nuestros padres, tanto el de ella como el mío —dijo Videl—, murieron protegiéndonos a nosotras. Mi padre lo hizo en una batalla con poderosos guerreros de la Galaxia del Este. Él era muy débil y muchos se burlaron de su tozudez por combatir, pero yo siempre he agradecido el gesto que tuvo, porque fue el más valiente de todos para mí.

—Y el mío murió en la guerra con Freezer —continuó Chichi, tanto ella como Videl sonrientes, orgullosas—, la más mortífera que ha habido en cientos de años. Después, con tranquilidad, el Príncipe podrá contarle todas esas historias. —Rió—. Lo recuerdo: tanto él como mi madre me protegieron de Zarbon, un poderoso soldado de Freezer, una de sus manos derechas. Era un monstruo, y yo una niña, pero ellos lo derrotaron. Desgraciadamente, no vivieron para contarlo, pero siempre llevaré ese recuerdo conmigo.

—Estamos muy orgullosas de ellos.

—Así como Usted también debe estarlo.

Bra se destapó el rostro, agradeciendo cómo retiraban sangre de su espalda, cabello y brazos.

—Gracias...

—No tiene nada que agradecer —afirmó Videl.

Y Bra volvió a llorar.

—De todas formas, gracias...


La Cámara de Recuperación, habiendo cumplido su función, se vació. Trunks se puso de pie como pudo, sumamente debilitado por la pérdida de sangre. Desconectó la jeringa de su brazo y la mascarilla de su boca y, al abrirse el vidrio, salió. Pan, que al abrirse la cámara retrocedió un par de pasos, lo esperó con los brazos abiertos y una sonrisa radiante, tan hermosa como siempre, más hermosa que nunca. Se abrazaron y cayeron al suelo, él sobre ella. Trunks lloró suavemente en su hombro.

—No llores, principito —pidió Pan, feliz—. No llores...

—Soñé con mis padres —susurró él como pudo, su voz entrecortada, tan débil como su cuerpo—. Mamá me abrazó, me dijo que fuera fuerte...

—¿Y tu padre?

—Me miró de mala manera.

Ambos rieron.

—Entonces, principito, hazle caso a tu madre: debes ser fuerte, tanto como lo eres cuando combates. Tenemos mucho por hacer y debes estar entero, ¿sí?

—Sí, Pan...

Se miraron a los ojos.

—Estás desnudo.

—Lo sé.

—¿Y no te da vergüenza? ¿Así de pervertido eras en realidad?

—Eres tú, Pan... —La besó en los labios—. Cuando se trata de ti, nada más imp... —Pan lo besó repentinamente, interrumpiendo sus palabras.

—No seas tan dulce, no me gusta.

Volvieron a reír.

—Te amo —aseguró él.

—Yo a ti...

Se abrazaron y ella lo ayudó a levantarse y vestirse. Tark ya le había preparado una túnica con capucha. Al vestirse y colocársela sobre la cabeza, suspiró.

—Mi casco...

—Tan muerto como Broly. —Pan dibujó en su rostro la sonrisa tan saiyan que la caracterizaba—. Eso ha quedado atrás.

—Sí...

Trunks estuvo a punto de salir, y Pan lo detuvo tomándole la mano.

—Tus brazos.

Trunks los observó; llenos de cicatrices, como siempre.

—¿Podrías...? —inquirió a su mujer.

—Como si nunca lo hubiera hecho, tonto.

—Pareciera que eso fue hace mucho, como si hubiera sido, no sé, hace cuatro años.

—Sí, es cierto... Ha pasado mucho y ningún tiempo en esta historia.

—Pero al fin todo se ha terminado.

Trunks sonrió todo lo que pudo; se sentía muy débil. Se sentó en una silla frente a la mesa de trabajo de Tark y Pan ocupó otra, la que colocó justo a su lado. Vendó sus brazos delicadamente, censurando de todo y todos lo que sólo les concernía a ellos: la promesa de que eso no debía volver a ocurrir.

Empezaban desde cero en demasiados aspectos; uno debía, sin lugar a dudas, ser ese.

Terminó y él la besó, atrayéndola lentamente a su rostro. No había muchas palabras por decir: si estaba ahí, frente a su mujer, era porque la amaba, tanto a ella como a su hermana.

—¿Y Bra? —preguntó.

—Está bien, no te preocupes.

Finalmente salieron del laboratorio. Tark los recibió en la puerta y ayudó a caminar a Trunks, cubierta su cabeza por la capucha que ocultaba en las sombras sus ojos. Bajaron lentamente por las escaleras y, al llenar a la planta baja, se detuvieron. Pan se aferró a su mano y Tark no soltó sus hombros; todos los presentes hicieron una sentida reverencia. Se emocionó particularmente al ver a Bardock, agradecido: sabía que si le hacía ese gesto era porque, de una vez, se había ganado su respeto, uno de los que más valía para él por ser Bardock uno de los guerreros que más admiraba.

—Gracias —susurró.

Tark lo ayudó a tomar asiento frente a donde Mitis, Glomt y Keu se ubicaban. Todos se sentaron, Tark a un lado y Pan al otro de él, Gohan al lado de su hija y Kakarotto en el piso, debido a que ya no había más lugar. Bardock permaneció de pie al lado del otro Líder de clase.

—Príncipe —profirió Mitis, su seriedad mediante—, primero que nada, quiero agradecerle lo que ha hecho por nosotros. Su combate con Broly permanecerá en la retina de todo saiyan que haya tenido la suerte de verlo manipular tanto poder; además, será relatada para siempre, hasta que nuestra sangre se extinga del universo. —Trunks sonrió, eso pudo ver Mitis pese a la oscuridad que cubría casi todo su rostro—. Segundo, le pido disculpas por haberlo juzgado. —Mitis carraspeó, nerviosa. Se notaba que le costaba enormemente decir esas palabras—. Es Usted el guerrero más fuerte que he visto en mis más de cien años de vida. —Sonrió leve, muy levemente—. Me gustaría verlo, por favor.

—Sí —agregó Keu—. Ya no hay nada por ocultar: el brillo dorado de su transformación opaca todo lo demás. Ya no nos interesa si es Usted híbrido o no; la gente lo ha aceptado y nosotros también. Tiene nuestro respeto.

—Lo tiene —siguió Glomt—. Estamos a su disposición.

—Gracias —farfulló el Príncipe—. Sus palabras significan mucho para mí.

—Así que muéstrese, confíe en nosotros —pidió Mitis—. Muéstrese, por favor.

Trunks levantó sus manos sin apuro; bajó la capucha pero no abrió los ojos. Se tomó varios segundos para abrirlos. Reguló con dificultad su respiración, asombrando por sus nervios a los ancianos de Clase Alta: temblaba como una hoja. Pan pareció susurrar algo en su oído, seguramente unas pequeñas palabras de aliento, porque abrió los ojos luego de que ella se alejara de él.

Los ancianos no ocultaron su sorpresa: su cabello lila, sus ojos azules. Era un muchacho tremendamente joven, sufrido al juzgar por lo que los ojos dejaban entrever. Los tres, sin darse cuenta, sonrieron al mismo tiempo.

—Los colores de la muchacha, el rostro de su padre —afirmó Mitis—. Es un gusto conocerlo al fin, Príncipe. —Se acercó a él, se arrodilló y besó su mano. Glomt y Keu rieron al verlo sonrojado. Mitis se puso de pie—. Cuenta con nuestra clase para lo que desee.

—Y con la nuestra —agregó Tark—, aunque no tengo que decírselo, Príncipe.

Un silencio luego de que Trunks agradeciera. Bardock debía hablar, pero no lo hizo. Pan lo miró, impresionada, pronta a decepcionarse; su bisabuelo, fiel a su estilo, la hizo palidecer:

—Se ha ganado mi respeto a la fuerza —musitó—, pero lo tiene. Su poder lo salva de que le reviente la cara a golpes por haber tomado a mi bisnieta sin mi consentimiento.

—¡Bardock! —masculló Mitis—. ¡¿Cómo te atreves...?!

—Déjalo, por favor —pidió Trunks—. Tiene razón. Discúlpeme, por favor —le dijo—. Las cosas se dieron de esta forma y me siento mal al respecto; sin embargo, le ofrezco un trato: cuando quiera, podemos pelear.

Bardock mostró los dientes.

—No esperaba menos.

Pan no ocultó la alegría. Se sentía una idiota por sonreír así, pero estaba demasiado feliz.

El momento ameno fue interrumpido por unos pasos rápidos, unos sollozos y la aparición de Bra, ataviada con un vestido negro sumamente sencillo y unas botas de cuero, de estricto luto terrícola. Cuando se detuvo frente a su hermano, éste se puso de pie lentamente.

—Trunks... —farfulló, sollozando. Chichi y Videl aparecieron tras ella—. ¡TRUNKS!

Lo abrazó, ambos cayeron en el sofá y se apretaron el uno al otro, exactamente igual que la primera vez. Los ojos de ambos se llenaron de lágrimas.

—Te amo, hermana.

—Yo a ti...

Los presentes miraron hacia cualquier parte, intentando darles el instante de intimidad que merecían. Mitis interrumpió toda alegría del reencuentro:

—Respecto a ella...

—Hace literalmente horas se enteró de que es una saiyan; no lo sabía —explicó Trunks, más tranquilo de lo que tanto su hermana como su mujer pensaron que estaría cuando alguien tocara ese tema en particular.

—Entiendo, ¿entonces...?

—Fue criada por nuestros abuelos maternos; mi madre murió, como ya se lo explicó mi padre antes de morir, bajo manos cobardes.

—¿Quién...?

—Un cobarde, y no diré nada más al respecto.

Pan y Bra lo observaron sin disimular la sorpresa. Trunks negó con la cabeza a ambas: prefería no dar detalles sobre el tema, por lo menos no de momento.

No quería discusiones. Sabía que su abuelo paterno, el dueño de las manos cobardes, era respetado hasta el infinito por la sociedad; no pelearía contra eso.

No podía.

Mitis le restó, sin más, importancia al asunto.

—Debemos preparar todo para que asuma como Rey, Príncipe —exclamó Tark, cambiando de tema.

—Sí —continuó Mitis—. Además, debemos despedir a los caídos, incluyendo a su padre.

—Lo sé... —Trunks se acomodó en su asiento. Tark se había puesto de pie para ceder su lugar a Bra, quien ahora lo acompañaba también, así como Pan—. ¿Es de noche, verdad? —Mitis asintió—. Bien: quiero que mañana, cuando el día nazca, empiecen las refacciones, tanto en el Palacio como en cada hogar del planeta. Por la noche, con los arreglos un poco avanzados, despediremos a mi padre y a todos los caídos: debemos realizar el ritual.

—¿Ritual? ¿Todos son rituales para ustedes? —espetó Bra.

—¡Respeta mi maldita cultura, damita! —dijo Pan en respuesta—. Ya perdí la cuenta de cuántas veces te lo he dicho.

—Es un ritual especial exclusivo de la Familia Real, Princesa —explicó Tark—. Despedimos las cenizas del Rey de una forma muy especial, para que su poder nos acompañe desde ese momento y hasta el fin de los tiempos.

Bra se sintió en la Edad Media. A pesar de ello, entendió lo simbólico y le pareció algo fantástico.

Pero una cosa no le gustó:

—¿Cenizas?

—Cremamos a nuestros muertos —espetó Pan.

—Sí, Bra. —Trunks apretó su mano dulcemente—. ¿Acaso...?

—Quería enterrarlo junto a mamá.

A Trunks le encantó la idea.

—Dividiremos las cenizas, entonces —anunció.

—¡Pero, Príncipe...! —objetó Mitis—. Eso no es lo que debemos hacer, ¡no es la costumbre...!

Suspiró antes de contestarle.

—Mi padre estuvo unido a una humana: me parece más que perfecto que mi hermana y yo, sus hijos, cumplamos las costumbres de las dos sangres que portamos.

Mitis enmudeció.

—Está muy bien, Príncipe —afirmó Keu—. Mitis, relájate.

—Bueno, bueno... —Se revolvió en su asiento; todo era demasiado nuevo y acostumbrarse le estaba costando mucho—. ¿Algo más, Príncipe?

—Sí. —Trunks la miró tan fijo a los ojos que la mujer tembló por un instante: su mirada, aunque triste, era también muy profunda—. Mitis, eres la Líder de la elite.

—¿Elite...? ¿Líder de la...?

Trunks ignoró la sorpresa de la guerrera.

—Tark, tú serás el Líder de los científicos. Y tú, Bardock —Giró hacia él—, serás el Líder de los escuadrones. Serás el encargado de ver hacia dónde se dirige todo saiyan que pase por ti, si a la elite, a la tecnología o a los escuadrones propiamente dichos, a quienes vigilarás muy de cerca. Y por todo, por favor, entiende a cualquier guerrero de las tres clases: que las clases, durante un tiempo, sigan siendo como las conocemos; con los años lo iremos modificando paulatinamente.

—¡¿De qué mierda habla?! —gritó Mitis.

—No quiero más clases —sentenció Trunks—. De eso hablo.

Un silencio sepulcral que sólo se atrevió a interrumpir Bardock con una enérgica risotada.

—¡No más clases, dice! ¡Es increíble! ¡Este niño nos quiere modificar la vida! —No dejó la risa en ningún momento—. Querrán matarlo.

Trunks rió junto a él, asombrando a absolutamente todos por la soberbia que destiló.

—Peor será esto: no quiero más misiones absurdas a planetas lejanos. Ya no quiero que participemos en guerras ajenas; eso se terminó: entrenaremos sin cesar, para que todos podamos convertirnos en Súper Saiyan.

—¡Está loco! —bramó Mitis—. ¡PERDIÓ LA CABEZA!

—¡Entrenaremos! —continuó Trunks, sus energías renovadas—. Entrenaremos duro y haremos que los que nos odian, es decir casi todo el universo, se agrupe lentamente: que los sobrevivientes de las razas que exterminamos se unan y vengan a darnos batalla, una verdadera batalla: así, podremos volver a sentir la emoción de lo que es defender nuestro planeta y nuestra sangre.

Keu no pudo sonreír más.

—¡Es una idea fabulosa!

Tark también rió.

—¡Lo es realmente!

—Trunks, ¿acaso tenías todo esto meditado...? —inquirió Pan al borde del colapso: estaba demasiado impresionada por la seriedad con la que Trunks profería cada palabra.

Su hombre asintió.

—Mi padre y yo hemos debatido todo esto durante años. Estaba en total desacuerdo, aunque entendía mi punto y lo respetaba: siempre me decía que el día que no estuviera, yo podría llevar a cabo mis ideas. Lamento que haya tenido que ser así, pero usando de ejemplo todo lo que nos ha pasado, la rebelión de Nappa y la aparición del Guerrero Legendario, que casi nos mata, creo que es buen momento para empezar una nueva era en Vegetasei: tenemos que darle nueva vida a nuestra sangre, concentrándonos solamente en nosotros y nuestro poder, sin pensar en riquezas que nada más que aburrimiento nos han dado. Podemos seguir comercializando nuestra tecnología, eso sí, pero no los planetas; no nos han dado nada más que comodidad. Somos guerreros, no vagos. Tampoco somos tiranos como sí lo era Freezer.

Keu, emocionado, se puso de pie.

—¡Excelente, Príncipe! Estoy más que a favor de su plan.

—¡Pero entrenando solamente no daremos vida a nuestra sangre! ¡Siempre hemos entrenado! —interpeló Mitis.

—¡Entonces busquen un propósito! —Para sorpresa de todos, Bra se metió—. ¡Hagan un torneo o algo así! Como el Tenkaichi Budokai, muy popular en la Tierra.

—¿Torneo...? —inquirió Tark—. ¿Podría explicarnos el concepto?

Kakarotto rió con ganas, visiblemente entusiasmado.

—¡Sí! Ella tiene razón: un torneo es una especie de ceremonia donde varias personas compiten entre sí. ¡Podríamos hacer un torneo de lucha!

—Harían rondas eliminatorias, es decir cada uno de los ganadores pasaría la siguiente batalla y, al final, quedarían los dos más poderosos —continuó Bra.

—¡Y el ganador sería el más fuerte de todos! —agregó Kakarotto.

Trunks se emocionó.

—¡Es fantástico! Y podrían participar guerreros de todas las edades y clases, es decir que a la final podría llegar yo o bien un Clase Baja.

Todos se entusiasmaron, incluso Bardock, que maravillado por las ideas revolucionarias del Príncipe no podía dejar de reír. Fue hacia Mitis y golpeó su hombro.

—Admítelo: es genial.

Mitis refunfuñó.

—Lo es.

—Perfecto: haremos un torneo cada determinada cantidad de tiempo, para que todos los guerreros puedan prepararse adecuadamente. —Al terminar de hablar, Trunks se relajó. Miró a Pan un instante y la vio igual de entusiasmada, lo cual agrandó su sonrisa.

—Bien, Príncipe. —Mitis se permitió acompañar la euforia de los demás—. Así será.

—¿Alguna indicación más? —preguntó Glomt.

—Sí. Por ahora, una última cosa... —Trunks rodeó los hombros de Pan con un brazo—. Quiero liberar a las esclavas.

Hubo un silencio.

—Estoy totalmente de acuerdo —exclamó Mitis, al fin sinceramente entusiasmada—. Es algo que debiéramos haber hecho hace muchísimos años. La Reina Duva, su abuela paterna, quiso hacerlo, pero murió antes de poder concretarlo. Como desde entonces no hemos tenido Reina...

—Y Ahora la tenemos. —Trunks atisbó a su mujer, quien esquivó su mirada, incómoda con la situación.

—¡Ah! —profirió Bra repentinamente. De adentro de su vestido, buscó el Collar Real y se lo dio a Pan—. Creo que esto te pertenece.

—¡Es el Collar Real...! —gritó Mitis—. ¡¿Acaso...?!

Bra sonrió son sorna.

—Mi padre se lo dio a mi madre.

—Ahora entiendo por qué había desaparecido... —Mitis fue hacia Pan, quien sujetaba el collar entre sus manos con nerviosismo, más incómoda que nunca. Observó detenidamente el objeto—. Vaya, hacía demasiadas décadas que no lo veía: es hermoso.

—Cuídalo, Pan —pidió Bra. Por primera vez, le sonrió con verdadero cariño.

Pan resopló.

—Eh... Bueno, está bien.

Aún no se acostumbraba a la idea: en un día, sería la Reina de Vegetasei.

—Permítamelo. —Tark lo tomó de las manos de Pan—. Lo guardaré para mañana.

—Tío Raditz dijo que se encargaría del cuerpo del Rey. Debe estar en el Palacio —comentó Gohan con seriedad—. Si te parece, Tark, iré a buscarlo.

—Perfecto, Gohan.

El padre de Pan se retiró, no sin antes besar a su hija en la frente.

—Ahora, será mejor descansar. —Trunks se puso de pie con cierta dificultad, pero solo. Caminó hacia Mitis, quien también se había parado. La tomó de la mano—. Por favor, piensa en todo lo que he dicho. Mitis, lo único que quiero es lo mejor para todos, que vivamos la era más fructífera de nuestra historia.

—Lo pensaré, Príncipe.

Los ancianos de Clase Alta, Videl, Chichi, Kakarotto y Bardock se despidieron. Mitis, antes de que se retiraran, le dejó tranquilidad: avisó que se ocuparía personalmente de todo, incluida la seguridad que ya estaba vigilando alrededor de la casa de Tark y el Palacio. Solos, Bra, Tark, Trunks y Pan se miraron los unos a los otros.

—Prepararé un cuarto para Usted y la futura Reina, Príncipe —dijo Tark.

Trunks se giró hacia Bra.

—¿Vendrás a dormir con nosotros...?

—¿Eh? —Bra palideció tanto que emuló un papel.

—Si estás pensando cosas pervertidas o en rituales incestuosos que nadie te haya explicado —musitó Pan—, eres una imbécil: han pasado demasiadas cosas en poco tiempo. Es natural que Trunks quiera estar con ambas para dormir tranquilo.

Bra se apenó por pensar mal de él. ¡No entendía nada! La culpa volvió a cernirse sobre ella, como un recordatorio de todos los errores que había cometido. ¡¿Cómo podía tomar todo tan a la ligera?! Agradeció la dulzura de su hermano, pero declinó la oferta sin hacer aspavientos.

—Creo que es momento de que estés con tu mujer —afirmó con una sonrisa.

—Pero Bra, yo...

Ella lo abrazó.

—Descansa, hermanito. Mañana empiezan nuestras nuevas vidas.

Se besaron con ternura, llenos de amor por el otro, y Bra se marchó al cuarto que ocupaba en casa de Tark. Trunks y Pan fueron a la habitación de él, la cual les fue cedida así como la noche anterior. Cuánto tiempo y cuan poco tiempo había pasado; tan sólo la noche anterior se hacían el amor y se juraban que serían fuertes; ahora, Trunks no tenía padre y ambos estaban a punto de convertirse en Reyes a muy corta edad, sobretodo Pan, quien a sus 15 años, sin saberlo, estaba por marcar historia al ser la Reina más joven de la que se tuviera registros.

Trunks se acostó; no tardó en dormirse. Pan se dio un largo baño antes de seguirlo. Se puso una túnica que Tark le brindó para su comodidad y se echó al lado de su hombre. Lo abrazó posesivamente. Él, en sueños, devolvió el abrazo.


Las refacciones empezaron cuando la luz decoró el cielo. Nadie decía nada sobre la batalla del día anterior, la que ya tenía un título para la historia: la batalla de las luces doradas, donde el Gigante sin pupilas se había enfrentado al Rey y al Príncipe, los únicos dos saiyan que, hasta el momento, habían sido capaces de alcanzar la transformación del cabello de oro que, se creía hasta entonces, únicamente los Guerreros Legendarios podían alcanzar. Pese al tono histórico que el recuerdo tenía para todos, nadie decía nada: era como si faltara algo, como si algo no hubiera cerrado apropiadamente. El Príncipe Trunks, con su poder, había dejado sin habla a todo su pueblo.

Todos recordaban el tono de su cabello al perder la transformación, pero al pensar en quejarse enmudecían: ¿cómo juzgarlo? ¿Cómo asegurar que no era lo suficientemente saiyan? Su poder era demasiado inmenso y su talento para las batallas también. ¡No había reproche posible! Y los saiyan, cuando se quedaban sin argumentos, enmudecían.

Algo era distinto, eso era lo único en lo que todos estaban de acuerdo: sus vidas jamás volverían a ser como antes.

Todos trabajaron, ayudaron a que Vegetasei recuperara su esplendor. Eran austeros en lo que a belleza respecta, pero su arquitectura reflejaba fuerza; era ese esplendor el que buscaban recuperar, el que podía darle a sus objetos el significado que ellos buscaban: el poder más grande del universo.

Mitis y los ancianos de Clase Alta organizaron todo. Habían pasado la noche en vela debatiendo acerca de las sorpresivas y novedosas ideas del Príncipe. La gran mayoría estaba de acuerdo. ¿Era por el brillo que la transformación del Príncipe había regado sobre sus ojos? ¿Estaban tan ciegos que les parecía bien que se dejara de pensar en clases y se empezara a hablar de una unidad dentro de los saiyan? ¿Estaba bien eliminar jerarquías y verse, los unos a los otros, como iguales?

¿Realmente todos podían lograr la igualdad en lo que a los saiyan les importa, es decir el poder?

¿Podían ser todos Súper Saiyan?

¿Realmente podían?

"Con un guía como el Príncipe y mucho entrenamiento, quizá", pensó Mitis ya al anochecer de tan exhaustivo día, de pie sobre el techo del Palacio, tapada, al igual que cada saiyan presente, por una túnica negra que sólo dejaba ver la parte inferior de su rostro. Era una de las que más cerca estaba de Trunks, ubicado en el medio y al frente del techo, justo delante de la Plaza Central de Reuniones, caída a pesados al igual que el Palacio y los alrededores, pero con un aspecto mucho más adecuado que el del día anterior.

Cuando el Príncipe, último en llegar a la ceremonia, apareció frente a la multitud, acompañado por Pan y cubierto también por una túnica y una capucha, la población se vio nuevamente despojada de su voz. Recordaban cómo, con su poderosa espada, había decapitado al Gigante sin pupilas; un monstruo como él existía, estaba entre ellos, era uno de ellos pese al color de su cabello. Eran pocos los que habían visto su rostro, mas el cabello había sido suficiente: era un híbrido, y además era el más fuerte de la historia, junto a su padre, aunque su humildad le había dado la victoria que el último no fue capaz de conseguir.

Trunks sostenía una vasija entre sus manos, la cual contenía las cenizas de Vegeta. Se sentía triste por verse sin su hermana en la escena: Bra había insistido en permanecer lejos para no provocar la ira de la población, ignorando que a ellos nada de ella les importaba; sólo tenían mente para rememorar una y otra vez la escena de la victoria, de la cabeza decapitada, del resplandor dorado que envolvía a quien pronto sería el Rey. Se había ganado tanto el respeto de la gente que ya nada se le podía reprochar: cuando debía demostrar su valía, lo había hecho con creces.

Nada más importaba.

Incluso podían perdonar a la otra híbrida, que se rumoreaba entre las familias y vecinos había crecido sin saber que era saiyan. ¿Qué se le podía decir? Había sido despojada cruelmente de su verdadera cultura, de sus verdaderos hermanos de sangre. Era alguien distinto porque había crecido en la ignorancia, envuelta en la mentira de que en sus venas no se hallaba la sangre más poderosa del universo.

Todos se sentían en falta, débiles. Todos habían perdido un amigo, una mujer, un hermano o un padre: demasiada sangre había corrido durante la batalla de las luces doradas. La comodidad, la vagancia, la soberbia extrema los había acercado mortalmente a la extinción. No querían que su sangre, la de cada uno, la de todos, desapareciera del universo; querían seguir existiendo, seguir luchando, seguir demostrando que sus poderes no tenían ningún límite. No querían desaparecer. La batalla les había servido de lección, marcada con fuego en cada corazón: la próxima, no tendrían tanta suerte; la próxima, no sobrevivirían.

Trunks alzó la vasija; luego de él, lo hicieron todos los que despedían a un guerrero cercano, desde el techo del Palacio y el de las casas más cercanas. Keu, cerca del Príncipe, sostenía la vasija con los restos de Broly: habían decidido darle los honores también. Si bien había matado al Rey, no podían olvidar que, gracias a él, habían ganado la guerra con Freezer y su familia. A pesar de todo, Broly merecía algo de respeto.

—Por haber muerto en pos de la supervivencia de todo un pueblo, despedimos con honor a los saiyan que derramaron su sangre en nombre de todos. —Trunks, luego de decir esas palabras, contuvo con aplastante convicción las lágrimas—. ¡QUE NO SEA EN VANO! ¡NO LO PERMITIREMOS!

Quienes no sostenían vasijas, levantaron sus manos hacia el cielo donde la noche les impedía verse apropiadamente los unos a los otros. De cada palma, un ápice de energía emergió. La energía se hizo poder, y los energy-ha volaron hacia el cielo al mismo tiempo que el Príncipe y los demás arrojaban las vasijas al aire. Las cenizas de todos se esparcieron, se volvieron uno con la gente que había tenido la suerte de vivir.

Bra, desde el techo de la casa de Tark, cubierta por idéntica túnica a la del pueblo, lloraba desconsoladamente. Se tapó la boca para contener los gritos que deseaba proferir. Pensaba en su padre, en su madre y en cuánto había cambiado, con la aparición de Trunks en su casa, su vida. Lloraba, sí, pero estaba, a pesar de todo, feliz: si tanto sufrimiento debía ser sentido a cambio de tener a su hermano en su vida, entonces valía la pena.

Todo, absolutamente todo, valía la existencia de su hermano, su mirada, su calidez y su bondad.

Todo, a partir de él, tenía sentido para ella.

Sonrió: a pesar del profundo dolor que la embargaba, lo que se reflejó en sus pupilas le dio esperanza: los poderes explotaban en el cielo, cual fuegos artificiales, decorando cada punto de la vida. Era hermoso, demasiado hermoso.

Detrás de ella, Goten permanecía serio, también emocionado, escondido de la mirada de su Princesa.

"Se lo juro", le dijo al Rey Vegeta, "le juro que la cuidaré con mi vida".

Y sobre el Palacio, Pan giró su rostro hacia Trunks: él no paraba de derramar sentidas lágrimas, que resbalaban llenas de tristeza por su rostro. Tomó su mano, él giró hacia ella y todo estuvo dicho.

—Debes ser fuerte, principito.

—Ayúdame a serlo, Pan.

Se abrazaron y, en el instante en que lo hicieron, lo entendieron: serían los rostros detrás del cambio, de la transformación de los saiyan. Darían todo por la sangre, por el recuerdo de los caídos y por el bienestar de sus familias y gente.

Darían todo lo que tenían, absolutamente todo, para que los saiyan pudieran seguir adelante, brillando con potente luz de oro; para que pudieran ser para siempre los guerreros más apasionados de la historia, amantes de la lucha y el poder; de su sangre, del significado de ésta.

Amantes de su propio pueblo.

Nada sería en vano. Nada.

"Te lo juro, papá...".


A la mañana siguiente, sólo quedaba una cosa por hacer. Bra pudo ser convencida de asistir; Kakarotto, muy amable con ella por motivos desconocidos (era una humana y por ello la respetaba, pese a que Bra no fuera capaz de entenderlo), le prometió que no se alejaría ni un segundo de ella. Cuando se paró entre la gente, frente a la puerta del Palacio, rodeada por la cálida familia de Pan, a pleno día, tuvo dos sentimientos encontrados: el cielo rosado era lo más divino que había visto en su vida y las miradas que se clavaban en su nuca eran las más insoportables que había recibido.

Pero todos la respetaron: el brillo del poder del Príncipe aún los cegaba. No había reproche alguno, rechazo alguno: era la hija y la hermana de los dos guerreros más poderosos de la historia; nada más se podía decir sobre ella. Quizá, y muy probablemente así fuera, se diría algo cuando el resplandor menguara su potencia en las pupilas de los saiyan; de momento, era mejor no pensar en ello.

No iban a meterse con ella, por lo menos por ahora; ella, simple y llanamente, no les merecía la mínima atención: era una desconocida y no les interesaba en absoluto.

Así eran los saiyan.

Gritos y aplausos resonaron en el ambiente: Trunks y Pan salieron del Palacio seguidos por los líderes, Mitis, Bardock y Tark. En manos del Líder de los escuadrones, antiguo Líder de Clase Baja, brillaba el Collar Real de la Reina; en las del Líder de los científicos, ex Líder de Clase Media, hacía lo propio el Collar Real del Rey. Al Príncipe aún lo tapaba una capucha, unida a su capa negra. Su traje lucía distinto: la armadura, antes con detalles color bronce, ahora solamente mostraba negro con líneas blancas. Pan, por su parte, si bien estaba más cubierta por su traje, ahora también lucía una capa que sólo cubría su hombro derecho. Guantes blancos, también las botas, tela protectora negra y detalles verdes en la armadura negra. El rojo que completaba los colores tradicionales de la familia de Bardock, los que por supuesto había decidido conservar, puesto justamente en su capa y en un brazalete, idéntico al de su tío Raditz, atado a su brazo izquierdo.

Se sentía nerviosa; no le fascinaba ser Reina, mas Trunks, entendiéndola, reforzó sus palabras de cambio la noche anterior:

No dejarás de ser quien eres —prometió Trunks, abrazándola dulcemente en la cama, aún en casa de Tark—; ser de la Realeza es solamente un título, una simple palabra: no dejas de ser Pan, no dejas de pertenecer a tu familia ni de representar a tu gente; estarás en un lugar donde podrás entrenar, luchar y obrar en pos de que todo el pueblo olvide las divisiones de poder que tantos años nos cegaron. Podrás, como Reina, luchar para que ustedes, las mujeres, recuperen los lugares que merecen dentro de la sociedad: el lugar de guerreras que, por la absurda idea de protegerlas y no dejarlas combatir tanto como nosotros, han perdido a lo largo de los años. Serás la encargada de eso, Pan, de darles a las mujeres el lugar de igualdad que siempre merecieron.

Sonrió al recordar aquellas sentidas palabras. Liberaría a las esclavas que lloraban bajo el Palacio, ayudaría a las mujeres de su raza a lograr más puestos de jerarquía en escuadrones y lucharía para lograr que todas, tanto ella como las demás, lograran la primer transformación Súper Saiyan femenina de la que se llegara a saber. Quería obrar en pos de todo eso, así que aprovecharía el puesto que estaba a punto de empezar a ocupar.

Trunks le dio una misión; estaba más que dispuesta a cumplirla. No lo hacía por él; lo hacía por su pueblo y, especialmente, por las que eran mujeres, como ella.

Por todas lucharía en búsqueda de la igualdad.

Junto a Trunks, lucharían por el cambio. Quizá llevara décadas, quizá no les alcanzara la vida para ver los frutos de tanto esfuerzo, pero lo harían; le darían a los saiyan el resplandor más fuerte e inolvidable de la historia de Vegetasei.

Harían historia.

Juntos.

Toda la población se inclinó hacia ellos, orgullosos del Príncipe Dorado y su joven mujer, bisnieta de Bardock y talentosa guerrera. A muchos no les hacía gracia que una Clase Baja fuera Reina, pero era la mujer de ese poderoso guerrero; tendrían que ir acostumbrándose.

Mitis se paró entre los dos y extendió sus manos hacia adelante.

—Jurarán, como Rey y Reina de Vegetasei, honrar a nuestra sangre, a nuestra historia y costumbres. ¡Jurarán derramar su sangre si el pueblo los necesita!

—¡Jurarán! —exclamó el pueblo.

—¡Jurarán ser los más fuertes! Y reinar a los poderosos guerreros saiyan con justicia e inteligencia, para que la sangre nunca se borre del universo.

—¡Jurarán!

—¡Juraremos luchar junto a ellos por el bienestar de nuestra herencia!

—¡Juraremos!

—¡Que los saiyan nunca mueran! ¡Que sean siempre los más fuertes del universo!

—¡SIEMPRE!

Trunks y Pan se arrodillaron y Mitis retrocedió. Tark y Bardock, respectivamente, les colocaron los collares. Una vez enganchados en sus nucas, se pusieron de pie, se tomaron fuertemente de las manos y gritaron con energía al pueblo:

—¡LO JURAMOS!

Aplausos, risas y las más expresivas exclamaciones fueron una con sus corazones, que palpitaban de emoción frente a la gente. Tark, Bardock y Mitis retrocedieron lo más posible y los observaron de espaldas. El Rey y la Reina, al fin. Tark estaba orgulloso, tanto como Bardock, por verlos allí, precisamente al punto débil de cada uno, al hijo del alma de uno y al miembro favorito de la familia del otro. Mitis, por su parte, deseó con todas sus fuerzas que los cambios fueran para bien, que los saiyan resplandecieran y la esencia de éstos no se marchara nunca del universo. Deseó ayudarlos, como de hecho pensaba hacerlo, para que de esos dos jóvenes inexpertos pudieran nacer dos líderes dignos de tanto poder. Los ancianos de Clase Alta estaban dispuestos a ayudarlos en todo.

Algo en el Príncipe, ahora convertido en Rey, los hipnotizaba. Querían que la juventud mantuviera viva la llama por la cual los viejos ya tanto habían luchado. Querían garantizar el futuro. Trunks tenía algo que les hacía sentir, invariablemente, que el cambio era posible. Cuando de él se trataba, absolutamente todo era posible.

Casi había muerto en brazos de Broly, pero sobrevivió; les merecía el respeto más vehemente.

Y lucharían para que él y su mujer llevaran esos collares con dignidad, sabiduría y poder.

Trunks temblaba. Pan se había enfadado con él por la mañana debido a que había decidido usar la capucha. Intentó explicarle que, de momento, era buena idea ser discreto, no tan explícito con su apariencia diferente. La verdad era que estaba aterrado, que moría por romper un espejo y herirse a sí mismo. Pan adivinó sus intenciones y le dio una bofetada. Eso se terminó, le dijo; jamás permitiré que vuelvas a hacerlo, porque ya no eres distinto, sino igual a los demás. Tendrían que madurar, ambos, madurar frente al pueblo que ahora los contemplaba con orgullo. Madurarían, seguramente con tropiezos, con errores y aciertos, pero lo harían.

Trunks miró a su hermana, luego a su mujer.

Por ellas, lucharía contra sus propios demonios, superaría sus traumas y haría nacer definitivamente a la fortaleza en su interior, heredada de sus padres y alimentada por las dos mujeres a las que más amaba.

Se haría fuerte.

Lucharía.

"Para honrar a mis padres y para cuidar de Pan, Bra y mi pueblo".

Para ser el saiyan más fuerte de la historia, fuerte en todos los sentidos.

El cambio empezaba.

La nueva era, al fin, nacía.


Nota Final del Capítulo XXXVII

Se me caen las lágrimas de los ojos... XD

Ante todo: GRACIAS POR LEER. "Pecados en la Sangre" dista de ser perfecto, pero es, para mí, una historia que encierra mucho significado. Este fic me hizo descubrir muchas cosas de mí misma, me hizo exigirme al máximo, me hizo esforzarme como nunca para escribir cada día con más propiedad, pensar con más claridad y con la mente bien abierta, descubrir nuevas palabras, libros y sensaciones. "Pecados..." me hizo madurar como autora, y por eso, por el impulso que me dio, lo amo con toda mi alma. =)

Si lo empezara hoy, haría distintas muchísimas cosas, lo haría el triple de largo (?), desarrollaría mejor cosas que siento que quedaron a la mitad. Pero así está bien: es un reflejo de cómo crecí, así lo siento. Esta historia soy yo, es mi propio crecimiento.

Me falta, ¡obvio! Me falta demasiado camino por recorrer, pero el impulso que significó "Pecados..." para mí es el más grande de todos los que haya tenido en estos más de diez años de escribir y en estos exactos diez años (en octubre/noviembre del 2002 empecé mi primer fic publicado, "Miradas claras, sentimientos oscuros") de escribir fanfiction.

Que tantos me hayan dicho "este es mi fic favorito", "empecé a escribir por vos y este fic", "quiero a Pan gracias a tu historia", "lloré/reí/disfruté leyéndote" vale ORO para mí. Por eso GRACIAS. ¡MUCHAS GRACIAS!

Todo fue esfuerzo, TODO. No fue fácil, tampoco simple hacer esta historia... Ahora, si bien me hubiera gustado que el fic fuera un poco mejor, siento un gran orgullo por el camino recorrido. Es ese el orgullo: los pasos que di, que dieron junto a mí... ¡Me pasaron tantas cosas en estos cuatro años! Gracias por haberme hecho compañía en el mientras tanto, con mensajes, mails, dibujos y canciones recomendadas, por haber pasado horas leyendo esto (porque si llegaron acá, créanme que pasaron horas en serio XD... ¡Es tan largo! XD), por haber "perdido el tiempo" con una "simple historia de pseudo-autora amateur". Me tomo a la escritura MUY en serio, como ARTE, no como afición o como distracción: para mí, escribir no se puede escribir "porque sí", hay que SENTIR al escribir, hay que PENSAR y REFLEXIONAR al escribir; hay que ser CREATIVOS, todo lo que se pueda. Escribir es algo demasiado serio como para tomárselo a la ligera: es el arte más complejo y maravilloso de la historia, la liberación máxima del ser. Yo me llevé al máximo, se los juro. Por las imperfecciones pido perdón (empecé este fic a los 20/21 años y lo estoy terminando con 25), pero no soy profesional en esto y me falta demasiado para serlo, mas les agradezco por incentivarme, por decirme cosas tan hermosas y por hacerme emocionar hasta las lágrimas con muchos, muchísimos mensajes... ¡400! Están locos, todos ustedes están locos... XD

¡GRACIAS! Por leer mis locuras... ¡MUCHAS GRACIAS!

Y si sintieron que el último capítulo dejó cabos sueltos, como por ejemplo qué va a pasar con la hibridación, qué pasó con las esclavas, con Goten, con Bra y su relación con el pueblo, con Trunks y la aceptación de su imagen, entre muchas otras cosas, NO SE PREOCUPEN: en el epílogo del fic, que voy a publicar el 20 de noviembre, algunos años van a pasar y vamos a ver qué tal le estuvo yendo a Trunks y Pan con el complicado pueblo saiyan. ¡Los detalles prefiero dejarlos para el epílogo, para que todo quede bien redondo! Así lo decidí para no sobrecargar este capítulo, que quería que quedara bien simbólico.

Espero les guste. =)

Sobre Trunks y su casi muerte: les voy a contar la verdad, jeje. Trunks, originalmente, moría... ¡Sí! Cuando empecé el fic, quería que así fuera, que tanto él como Broly murieran durante la batalla, PERO cuando fui escribiendo la historia Trunks me hizo sentir tanto cariño hacia él que preferí dejarlo con vida, porque si bien no soy asidua a los finales felices (siento que son vacíos; es una perspectiva personal que es muy larga de explicar), creo que acá se lo merecía.

Fue culpa de él (?). Trunks está vivo porque ÉL se lo merecía... ='D

Con el capítulo que viene (y sigo pateando nomás...) subo las dos correcciones más vitales (que ya les había comentado: el tema de la cultura y de la cantidad de población) y, después, por lo menos una vez cada dos semanas, sin que Uds. lo sepan (?) voy a ir subiendo correcciones de los demás capítulos. n.n

Y eso... n.n

Todas las demás aclaraciones las dejo para el epílogo. Nomás contarles que me volví loca intentando explicar el funcionamiento de la cámara de recuperación, pero preferí simplificar para no ahondar tanto en algo que quizá no tuviera ni pies ni cabeza. Además, le di el tipo de sangre O- a Trunks para que Bra la pudiera distinguir fácilmente; ni más ni menos. Busqué si encontraba su factor sanguíneo (los japoneses creen en éstos como si fueran signos del zodiaco), pero no logré encontrarla. Así que lo dejo como está. n.n

En fin...

¡GRACIAS A TODOS! Hasta el 20 de noviembre...

... del 2030 (?).

Nah, mentira; hasta el 20 de noviembre del 2012, el día que este fic se termina definitivamente.

¡BESOTES! Nos leemos. =D


Dragon Ball (c) Akira Toriyama, Bird Studio, Shueisha, Toei Animation.