Horas pasaron desde la despedida con mi madre. La habitación se situaba oscura y la poca luz entraba desde la ventana, pues las cortinas se mecían suavemente con la brisa gélida de la noche. Sin embargo, no tenía frío; ya no.

Tampoco me sentía mal por lo de Kuchel. Nuestra despedida era lo único que pedía. Siempre había añorado, desde que ella murió, poder estar tan sólo unos minutos a su lado. Y por fin lo había podido cumplir. No estaba vacío, creo que más bien feliz. Aunque, de todas formas, un poco melancólico.

Escuché unos pasos sigilosos que se acercaban a la habitación, los cuales me me sacaron de mi pelea interna.

Creo que podría acostumbrarme a mis nuevas habilidades.

― ¿Puedo pasar? ―su voz apenas se escuchó, como si estuviera tratando de encontrar el valor para hablar.

―Puedes... ―respondí, destapando mis ojos de mi antebrazo.

Abrió la puerta y no tardó en acostarse a mi lado en la cama. Esta vez podía ver sus rápidos movimientos perfectamente, como si fueran normales.

― ¿Cómo te sientes? -preguntó bajito, mirando el techo.

―Podría decirse que bien ―contesté suavemente―. Me gustó hablar con ella. Aunque sea por unos minutos.

Me miró de reojo y yo hice lo mismo.

―Ella fue... ―no encontró palabras, pero su diminuta sonrisa me hizo saber la relación que ambas tenían.

Y eso me alegro aún más.

―Tengo una duda ―hablé luego de un rato―. Si nada de esto hubiera ocurrido... ―señalé mi cuerpo con manchas de sangre. En otra ocasión hubiera estado molesto por el hecho de estar sucio, pero por el momento lo dejaría pasar―. ¿Me habrías contado lo de mi madre?

―Mmm ―se acomodó de costado, observándome de frente―. Creo que... probablemente...sí ―me moví hasta quedar en la misma posición que ella y metí un mechón de su pelo tras su oreja cuando este se le vino al rostro―. Es decir, en estos últimos meses intenté decírtelo, es sólo que...me acobardaba y no sabía cómo. Considerando lo importante que es tu madre para ti, pensaba que nada de eso iba a salir ni remotamente bien. Pensé que me tratarías de loca o pensarías que estaba jugando con algo tan delicado como lo es ese tema.

―Entiendo...

―Perdón, Levi.

― ¿Por qué te disculp...?

―Por todo, en general ―me interrumpió―. Por Kuchel, por esto... ―su mano tomó mi mandíbula―. Ni siquiera me puse a pensar si querías llevar esta carga. Ya no podrás salir al sol, no volverás a comer, no podrás verte en el espejo, tendrás que tomar sangre el resto de tu vida... ―hizo una pausa―. Volverás a perder a los que quieres. Yo...

―No te disculpes ―puse una mano sobre su boca y, cuando quiso protestar, continué hablando―. Lo estás haciendo de nuevo; estás tratando de cargar con todo tú sola. ¿No lo entiendes? Si yo hubiera muerto hoy, la que estaría sufriendo serías tú. Y mi madre nunca habría podido cumplir con lo que quería, obligada a quedarse aquí para siempre. ¿Estoy equivocado?

Su silencio me confirmó que no lo estaba.

―Entonces te callas. Ahora sólo preocúpate por enseñarme a controlarme antes de que destruya media Transilvania ―Mikasa rio y yo me regocijé con su risa.

―Siendo sincera no pensé que elegirías el corazón ―comentó cuando el ambiente estuvo más tranquilo.

― ¿El corazón? ―pregunté confundido.

―Sí... ―dijo, mirándome extrañada―. ¿Tuviste que elegir entre una cruz y un corazón, cierto?

―Ah, eso... ―no había pensado en lo que ocurrió en aquel lugar hasta ahora―. ¿Cómo sabes? Tú no tuviste que pasar por eso, ¿no?

―Tienes razón, pero mi madre me contó su experiencia cuando mi padre la convirtió en vampiro ―dijo―. No siempre te toca una cruz, ya que eso significa que puedes elegir ir al Cielo. A los que merecen el infierno, les colocan un rubí frente a ellos; la avaricia los tienta y terminan escogiéndolo y terminando de la peor manera.

La historia y secretos de los vampiros siempre me habían parecido interesantes, y ahora no se quedaba atrás.

―Que sepas que no iba a elegir el corazón al principio. Tsk, se veía jodidamente asqueroso.

―Era tu propio corazón, idiota ―comenzó a reír tras mi mirada atónita.

¿Había tomado con las manos mi propio corazón? Eso era...raro.

―Aun así ―carraspeé―. Tenía el pequeño presentimiento de que no debía escoger la cruz. Por alguna extraña razón...

―Por un momento pensé que lo habías hecho ―susurró triste―. Te tardaste más de lo normal.

―Y si en ese lugar de mierda no había absolutamente nada ―me defendí―. Luego aparecieron las dos opciones y.… una voz ―quedé pensativo por unos instantes―. ¿Quién era? ¿De quién era esa voz, Mikasa?

― ¿De quién crees que sea? ―me miró, levantando una ceja.

―No lo sé... ―me encogí de hombros y ella me reprochó por mi falta de análisis.

Entonces, recordé el tono y la forma en que me causaba escalofríos y miedo el simple hecho de escucharla.

― ¿El diablo? ―indagué, pensando que no era posible.

Asintió, sacándome la duda.

Bufé, pensando en todo lo que me había ocurrido en tan sólo un par de horas: pelear con unos mocosos, descubrir a un violador y ser apuñalado por él, convertirme en vampiro, ver a mi madre, y enterarme de que el diablo me habló.

Bien. Es muy normal tu vida, Levi.

Tantas cosas rondaban en mi mente y no tenía idea de cómo ponerles un alto. Claro, hasta que recordé que tenía a mi mocosa al lado. Estaba al tanto de que, a su lado, mi cabeza se despejaba y sólo pensaba en la sensación que me provocaba su calidez.

Me incorporé un poco y me acerqué a ella, colocando uno de mis antebrazos en el colchón como soporte para no aplastarla. Suspiré, sonriendo de medio lado al ver sus ojos observándome curiosos por mi repentino acercamiento.
Con mi otra mano ordené su flequillo y delineé su rostro delicadamente con mis dedos. Cuando llegué a su mejilla, la acaricié y Mikasa se acercó más, buscando contacto.

En ese momento me pregunté que estaría pensando y, como por arte de magia, obtuve la respuesta. Obviamente luego caí en la cuenta de que podía leer la mente y lo hice sin ser consciente.

Su piel está fría...

Sabía a qué venía aquel pensamiento, ya que hace unos meses ella, por fin, me rebeló qué significaba cuando un vampiro poseí piel cálida: estaba enamorado. Y el hecho de que la mía tuviera una temperatura baja, la desanimó.

Con eso último en mente, no demoré en acercar mis labios y plantarlos contra los suyos, comenzando con un beso que no pensaba detener en un largo rato.

Se sorprendió por lo repentino que fui, ya que largó un gritito apenas audible. Y es que no era un beso delicado, era todo lo contrario a eso.

Enredé su cabello en mis dedos y adentré mi lengua en su cavidad cuando se detuvo para tomar aire, encontrándome con la suya y empezando una pequeña guerra que yo estaba ganando. A pesar de eso, continué poseyendo sus labios a mi antojo, succionándolos, mordiéndolos...

―Mmm...Le...vi ―murmuró entre besos, abrumada.

―No vuelvas a pensar eso ―dije cuando me separé de ella.

Divisé unas gotitas de sangre en sus labios; la había lastimado al morderla, olvidando por completo mis colmillos. Así que, despacio, lamí su labio inferior, tomando esa esa poca sangre que anhelaba seguir probando. La diminuta herida no tardó en desaparecer segundos después.

Su respiración era agitada y sus mejillas estaban teñidas de un tenue carmín. Cuando procesó lo que yo había dicho, no tardó en ser Mikasa Ackerman.

― ¡No me leas la mente! ―me pegó levemente en el pecho, separándome de ella.

―Fue sin querer ―me encogí de hombros―. Aun así, sabes que mi piel no está cálida porque hace horas que me acabo de convertir, o eso es lo que supongo. Yo te amo, Mikasa. Y no me importa si mi estúpida temperatura no lo dice.

―De todas formas... ―rio y apoyó su palma en mi pecho―. Ya está cálida. Sólo hacía falta una demostración de afecto para que cambiara.

―Eres una tonta ―rodé los ojos. Tsk, soné como un sentimental para nada.

―Eso te pasa por no continuar leyendo mi mente ―hizo una pausa en donde cerró sus ojos, concentrándose. Luego los abrió―. Por cierto, tienes prohibido hacerlo.

―Tiinis prihibidi hicirli ―la reté y vislumbré su sonrisa burlona. Me empeciné en leer su mente, pero nada―. Eh, ¿qué coño hiciste?

―Los vampiros pueden proteger sus mentes para que otros vampiros no les lean los pensamientos ―dijo orgullosa, ya que ganó por esta vez―. Claro que a ti no te hace falta. Sigues siendo un antivampiro después de todo.

―Entonces soy muy afortunado. Lo he dicho ya, pero creo que me matas si descubres todos mis pensamientos sobre ti ―me detuve―. O depende; puede que cumplas mis fantasías.

―Eres un degenerado ―me acusó.

―Yo nunca dije sobre qué eran exactamente. Me parece que la degenerada es otra.

Abrió la boca para atacar, pero volvió a cerrarla al no tener idea. Yo sonreí altanero ante su expresión de desconcierto.

― ¿Por qué mejor no te vas a bañar? ―me dijo, rodando los ojos―. Apestas a sangre desde hace horas.

―Sí, sí, sé que soy muy apetitoso para ti ―bromeé y me levanté de la cama, tomando su mano―. Vamos.

Aunque no dimos ni un solo paso cuando Mikasa se estancó en su lugar.

―Espera... ―me volteé y la observé, expectante. Ella examinaba absorta mis facciones, desconcentrándose. Luego volvió en sí tras percatarse de mi mirada petulante―. Yo... Quiero que sepas de mi pasado.

―Mikasa ―la miré por unos segundos, confirmando si no había escuchado mal―. ¿Por qué de repente este cambio?

―Creo que es injusto; yo sé todo de ti porque Kuchel me lo contó, y cuando digo todo, es todo ―desvió la vista ―. Es lo más justo que tú también sepas de mí.

―No hace falta si no te encuentras lista.

―Sí hace falta. Además, lo quiero ―se cruzó de brazos y esa era clara señal de que nadie le iba a poder convencer de lo contrario―. Y.… confío en ti. Más de lo que crees.

Con eso último me bastaba.

―Está bien ―accedí, sonriéndole para reconfortarla.

Debía admitir que el pasado de Mikasa era una de las cosas a la que le tenía más curiosidad; quería saber todo de ella, pero no sin su autorización. Algo contradictorio considerando que, cuando descubrí que ella era un vampiro, lo primero que hice fue hacer un trato para que me contara sus secretos.

Ella me abrazó, pasando sus manos por mis omóplatos y estrechándome contra su pecho. Le correspondí, algo divertido porque podía pasarla en altura, pero, más que nada, sintiéndome completo y aliviado por estar entre sus brazos.

Respiré tranquilo y mis ojos divisaron un diminuto destello de luz flotando cerca de la ventana, el cual desapareció por completo cuando alcé levemente a Mikasa y besé su mejilla, feliz de tenerla conmigo.

.

.

~Varios días después~

Podría decir que todo se volvió un tanto más complicado que antes. Los alumnos de la universidad no dejaban de verme gracias al cambio inexplicable que había tenido en un fin de semana.

Tsk, ¿por qué tenían que ser tan chismosos?

En cambio, otros ni se molestaban en tratar de cuchichear y sólo hablaban de la "sexy apariencia" que cargaba conmigo, la cual incluso era mejor que la de antes. No sabía si tomarme eso como un alago o qué mierda.

Por otro lado, salieron a la luz las noticias de aquel bastardo, al cual ya habían identificado gracias a las marcas de sus dedos que había dejado en todas las chicas a las que violó. No dieron más información, ni revelaron el hecho de que el tipo no podía hablar porque tenía la garganta destrozada (cortesía de Mikasa), pero las quejas de todos los familiares de las víctimas ya estaban puestas y exigían justicia.

― ¿Estás segura, mocosa? ―pregunté. Ambos estábamos en el piso de la sala, sentados sobre la alfombra frente al fuego, luego de haber llegado de la universidad.

―Segura ―asintió y se acomodó mejor, tomando sus rodillas―. Pero no voy a contártelo; no tengo el valor para hacerlo.

― ¿Eh? ¿Entonces?

―Voy a mostrártelo ―dijo simplemente.

―Mocosa, no me gustaría cuestionar tu estado mental, pero, ¿estás bien?

Rodó los ojos y se dedicó a explicarme.

―Mira ―me mostró unos frasquitos con sangre y yo me tenté al verlos, siguiéndolos con la mirada cuando ella los balanceaba en sus manos. Si bien antes me hubiese parecido asqueroso tener que ingerir eso, ahora me parecía la cosa más deliciosa que hubiera probado en mi vida. Claro, después de Mikasa―. No es para ti, tonto.

Resoplé e hice un gesto con mi mano para que continuara.

―Voy a usar la segunda fase de la hipnosis ―resumió.

Traté de recordar la explicación de aquello. Por suerte, mi memoria era buena y el pensamiento no tardó en llegar. Lo habíamos leído en un libro ese día en la biblioteca, la primera vez que yo fui a la mansión Ackerman.

La segunda fase de la hipnosis es, técnicamente, hacer caer en un largo sueño a la víctima, mientras tus recuerdos divagan en su mente.

―Oye, pero habías dicho que te desgastabas mucho al usarla. Que lo intentaste de pequeña y salió fatal.

Un día, cuando era niña, lo intenté y terminé en cama por una semana, mientras me inyectaban sangre todos los días.

―Bueno, eso fue hace muchos años. Ahora soy más resistente y... ―volvió a alzar los frascos llenos de ese líquido carmesí que me llamaba a probarlo―, esto ayudará. Me lo tomaré antes de comenzar y supongo que irá bien.

― ¿Supones? ―enarqué una ceja, escéptico, cruzándome de brazos.

Levantó los hombros.

―Tomaré dos ―destapó el primero y empezó a beberlo con lentitud, a la vez que yo miraba con ganas de tomar también.

Luego hizo lo mismo con el segundo, pero al tercero no lo tocó y lo apartó.

―Este último es por si no funciona ―dijo y luego rio ante mi expresión―. ¿Qué ocurre? ¿Es que acaso querías, Levi?

―No, qué va ―tiré de su brazo e hice que se sentara a horcajadas sobre mi regazo. No dudé en atacar su boca, tomando sus labios con lentitud, hambriento y percibiendo ese sabor metálico de la sangre todavía en sus labios y lengua―. Listo, puedes seguir.

Sonreí con suficiencia y ella imitó mi sonrisa, burlándose y revoleando los ojos.

―Es mejor que te recuestes en la alfombra si no quieres golpearte la cabeza ―sin réplicas, la saqué de mi regazo un poco confundido y me recosté en la alfombra, esperando expectante.

De un momento a otro, los irises de Mikasa cambiaron de color. Posó sus ojos en mí y sentí que su mirada me consumía, calando hondo dentro de mi cabeza. Comencé a sentirme mareado y la vista se me nubló, perdiendo lentamente el conocimiento.
...

Al despertar, me encuentro en un bosque, pero no cualquiera, sino uno que ya conocía muy bien.

Me levanté del suelo, un poco tambaleante y, gracias a eso, tastabillé hacia atrás. Lo peor fue que, en vez de que mi espalda se golpeara contra el tronco que había detrás de mí, pasé de largo, traspasándolo y viendo con impresión la zona de mi abdomen, reemplazada por el árbol.

Ok... Terminaré traumado un día de estos.

Me reincorporé con cuidado y me alivié al confirmar que podía caminar perfectamente, sin marearme.

Y entonces, como si supiera lo que tenía que hacer, me dirigí hacia la mansión Ackerman, la cual se alzaba impotente ante mis ojos. Se veía mucho más cuidada y nueva que la actual que yo conocía; mucho más viva y no tan tétrica.

A medida que avanzaba, escuché unos cuantos ruidos que me ayudaron a guiarme, hasta que por fin llegué al causante de ellos. Sentada, en los primeros escalones que dirigían a la entrada, estaba una chica de no más de veinticinco años.

La miré extrañado por unos momentos, ya que reconocía ese rostro, pero a la vez se me hacía lejano. Sin embargo, luego de despejar mi mente, logré recordarla: era la mujer que estaba pintada en un cuadro que ella misma había hecho, la madre de Mikasa.

La diferencia es que ahora tenía las facciones más delicadas y su piel era mucho más blanca. Eso significaba que yo estaba dentro de un recuerdo de Mikasa después de que su padre haya convertido a su madre en vampiro.

La mujer observaba el bosque entretenida y, entonces, la curiosidad me picó y quise saber por qué tanta alegría por un puto montón de árboles. Al voltear mi mirada, pude ver a un hombre corriendo entre los árboles con una niña a su lado. Y no es que corrían como personas normales, sino que estaban usando la velocidad de un vampiro.

Luego de unas cuantas vueltas, se reunieron con la mujer. La niña se abalanzó a los brazos de su madre, entusiasmada.

¡Le gané a papi! ¿Lo viste? ¿Lo viste, mamá? ―decía, tomando a la mujer de los hombros y incrustándola con la mirada, desesperada por si su madre había visto su gran logro.

Claro que lo vi, Mika ―dijo, acariciándole la cabellera negra y guiñándole un ojo al hombre que la miraba divertido.

― ¡Jaja, papá es malo, papá es malo! ―festejó, dando saltos―. ¿Qué se siente perder contra su hija pequeña, señor Elias?

Sonreí divertido. Ahora sabía que la mocosa incluía lo competitiva en el paquete.

Sin ser consciente de lo que realizaba, me adelanté hasta estar al lado de los tres. Bajé la mirada y vi a la pequeña Mikasa, quien le sacaba la lengua a su padre por haber perdido en la carrera que tenían.

Ella estaba vestida con un vestido verde agua, con medias blancas y zapatitos del mismo color. Su pelo recogido en dos trenzas con pequeños moños.

Muy delicada como para estar corriendo por todo el bosque así, pensé.

Esas vestimentas, si no me equivocaba, se usaban hace más de 100 años, por lo que calculé que Mikasa debía tener en ese momento unos 70 años o un poco menos debido a su apariencia aniñada y tierna.

Claro que lo tierna se iba cuando la veías burlándose de su padre y recalcando que ella era la mejor.

Sí que era fastidiosa.

Me agaché a su lado y traté de tocarla, pero, como supuse, mi mano pasó de largo. Después de todo, estos eran recuerdos.

De pronto, todo comenzó a dar vueltas y el escenario cambió completamente.

Me encontraba de pie en el pasillo de la mansión. La pequeña niña, quien ya se veía un poco más grande que antes, estaba pegada a una puerta, claramente escuchando como una chismosa la conversación que tenían los mayores dentro del cuarto.

Los humanos están atacando de nuevo ―la voz del padre de Mikasa sonaba desesperada―. Ya arrasaron con todos los de la zona oeste y sur. Nosotros podríamos ser los siguientes en cualquier momento.

Mikasa no se inmutó por esas palabras y siguió escuchando como si nada.

No podemos quedarnos aquí, es peligroso ―respondió luego de unos minutos una voz femenina, perteneciente a su madre.

No va a servir de nada que nos vayamos, nos encontrarán de todas formas ―contradijo Elias―. Debemos quedarnos. Estamos familiarizados con este terreno, lo conocemos mejor que todos ellos ―hizo una pausa―. Y tendremos que atacarlos si es necesario, lo siento, cariño. Mikasa y tú están primero; no puedo arriesgarme a que les pase algo.

La pequeña azabache miró tristemente la puerta, tocando con su pequeña mano la madera de esta.

Todo el lugar comenzó a temblar y la escena también, estallando. Y, de repente, aparecí en el gigante comedor de la mansión.

Los tres vampiros que conformaban esa pequeña familia estaban sentados en la larga mesa. Mikasa tenía un vaso con sangre y bebía de él muy entusiasmada, mientras que los otros dos se reían por cómo se tomaba la sangre con tanto afán.

¡Feliz cumpleaños N° 90, Mika! ―dijo su padre, tras ver el reloj de mano.

Al parecer, ya eran las 00:00 del 10 de febrero de 1928.

Los dos mayores se abrazaron a Mikasa con fuerza, depositando un beso en cada mejilla de la infante. Y ella, por fin, había soltado el vaso, envolviendo a sus padres entre sus brazos y riendo.

Me recosté contra una pared, admirando la bonita escena.

Ten, Mika. Esperamos que te guste ―su madre le entregó una cajita de terciopelo.

Mikasa miró el objeto curiosa y, cuando lo abrió, sus ojos brillaron y una sonrisa se ensanchó en su rostro. De la cajita sacó una cadena dorada que contenía ese dije de corazón que tantas veces le había visto en su cuello, el cual ahora estaba acompañado del dije infinito que le regalé hace un año para su cumpleaños.

Me encanta, mamá ―se la puso en cuestión de segundos―. ¡Gracias! No me la quitaré nunca.

La imagen se distorsionó y volví a aparecer afuera. Pero, esta vez, me hallaba a un lado de la mansión, en el jardín.

La madre de Mikasa traía a la pequeña en brazos y corría hasta mi encuentro, donde había una gran y exagerada cantidad de arbustos. Los ojos de la mayor se encontraban rojos y su cara demostraba la desesperación que sentía.

¿Mamá? ¿Mamá, qué pasa? Bájame
―dijo la mocosa, preocupada.

La mujer miró hacia una dirección y yo la imité, tratando de averiguar qué la tenía así. Mis ojos se abrieron de par en par al ver a Elias siendo rodeado por decenas y decenas de personas poseyendo artefactos que, sin dudas, dañarían a un vampiro.

Los cazadores...

Mikasa, escúchame...No importa lo que veas, no hagas ningún ruido y no salgas del arbusto. ¿Me entendiste?

Pero, papá está...

Yo iré a ayudarlo, no te preocupes, ¿sí? ―le acarició la mejilla y la acomodó en los arbustos―. Quédate agachada, que no te vean, Mikasa. Vendremos por ti cuando terminemos con esto, ¿entendido?

¿Lo prometen? ―preguntó con miedo.

Lo prometemos ―le sonrió y dejó un beso en su frente.

La pequeña Mikasa se escondió en los arbustos, pero yo le prestaba más atención al hombre que trataba de encargarse de todos él solo. Me estaba desesperando y le largaba miradas a la madre de Mikasa, como si con eso pudiera apurarla más en un simple recuerdo.

La mocosa, como se esperaba, espió por entre el arbusto, viendo cómo sus padres mataban a los cazadores. Pero no era tan así como se mostraba, ya que estos le largaban agua bendita y los golpeaban con cadenas de acero, quemándoles la piel.

Era un escenario horrible; la sangre se regaba por el césped y los sonidos de azote te martillaban los oídos. Yo mismo me sentía sumamente mal. Quería ir a ayudarlos, sin embargo, estaba al tanto de que no se podía hacer absolutamente nada más que observar en silencio.

No tuve idea de cuánto tiempo me quedé ahí, mirando atónito lo que pasaba, pero espabilé cuando una estaca se clavó en el corazón de la madre de Mikasa. Elias, al escuchar el grito de su esposa, se distrajo e intentó socorrerla, pero sólo consiguió que le ocurriera lo mismo.

Si bien, la estaca no llegaba a matarlos, podía mantenerlos paralíticos por un pequeño lapso de tiempo.

Los hombres festejaron por haber cumplido lo que querían y yo sentí demasiado asco de todos ellos.

Observé a Mikasa, quien temblaba sin poder moverse, aunque en sus ojos se reflejaba notablemente que quería ir a auxiliarlos. Intentó ponerse de pie, mas fue inútil, las piernas no le respondían y sus ojos amenazaban con llorar, así que se tapó la boca, reteniendo los sollozos.

―Mikasa... ―me agaché a su lado, tratando de calmarla. Era un impulso, ya que me encontraba al tanto de que no valdrían mis intentos de sosegarla.

Y lo peor estaba por venir.

Los cazadores no tardaron mucho en armar una hoguera debajo de un sauce.

Los padres de Mikasa miraban a nuestra dirección y me di cuenta de que su padre se comunicaba telepáticamente con ella, implorándole que no hiciera ruido y no revelara su ubicación. Ambos se hallaban inmóviles, siendo golpeados por los cazadores como simples juguetes, tratando de no quejarse para no preocupar más a su hija.

Antes de que el fuego se alzara impotente, ya habían atado unas sogas al árbol, donde obligaron a los señores Ackerman a colocar sus cuellos. No quería ver lo que pasaría y, por todo el mundo, intentaba hacer que Mikasa no mirara la escena, pero mis manos la traspasaban. Segundos después, ambos cuerpos estaban colgados y las llamas los consumían poco a poco. Lloraban por el dolor, sin embargo, no dejaban escapar los sollozos ni por un mínimo descuido.

Vamos, bastardos. Si no se quejan, no es divertido ―escupió un hombre, golpeando el cuerpo de la madre de Mikasa con una cadena. Esta ahogó el grito (más que nada porque la soga la asfixiaba) y el hombre frunció el ceño.

Ya no se hallaban rastros de esa piel tan pálida y pulcra que poseían; esta había sido reemplazada por una quemada en las zonas donde no habían sido heridos de gravedad. Maldita sea. Las sogas se apretaban cada vez más alrededor de sus cuellos y sus rostros reflejaban la tortura que experimentaban.

¿Nos darías los honores, Frank? ―otro sujeto le entregó una afilada hacha al susodicho y él la recibió orgulloso.

Con demasiado gusto ―sonrió, reflejando el gozo que le daría tener dichos honores.

Dos hombres cortaron las sogas y los cuerpos cayeron como un saco, levantando cenizas y tierra, justo arriba de la hoguera, desarmándola.

El tal Frank levantó el hacha en el aire y yo intuí lo que se avecinaba.

―Mikasa, no veas ―hablé desesperado, viendo cómo lloraba a mares, tapándose la boca para no hace ruido―. No... Basta, Mikasa. Sácame de aquí... ―dije sin poder de dejar de ver a sus padres y a ella.

El hacha cayó como tronco en el cuello de Elias, cortándolo a medias y sacándole un grito ahogado. Luego repitieron lo mismo con el de su esposa, y vi a Mikasa tapándose los oídos y negando con la cabeza tras escuchar a su madre llorar.

No se vayan... ―susurraba una y otra vez―. Papá...Mamá...

― ¡Quiero salir de aquí! ―vociferé desesperado. Y, entonces, ambas cabezas rodaron por el césped―. ¡Mikasa!

Abrí los ojos, tragando una bocanada de aire e incorporándome. Me encontraba de nuevo en la sala de mi departamento, ya no había bosque, ya no había mansión, tan sólo la calidez del cuarto.

Mi respiración era agitada y no podía calmarla, como si hubiera estado corriendo kilómetros sin descansar ni un segundo. Pasé mis manos por mi rostro y descubrí unas cuantas lágrimas cayendo.

Dios. Todavía sentía la desesperación de querer salvarlos, aún si nunca los hubiera conocido. Ellos dieron la vida por su hija, por no revelar su ubicación y se mantuviera a salvo.

Me arrepentí de haber sido tan curioso con respecto al pasado de la mocosa. Nadie debía pasar por una experiencia como esa; era simplemente traumático, una de las peores cosas que podían pasarte.

De repente, salgo de mis pensamientos y observo a Mikasa. Ella estaba recostada en el piso. Su piel encontrándose muchísimo más pálida y su cuerpo delgado.

Así que, con manos temblorosas, me apresuré a tomar el tercer frasco de sangre que seguía intacto a un costado. Lo destapé y le ayudé a beberlo; de a poco, su apariencia volvió a ser la de siempre. Cuando lo acabó, no pude evitar tomarla y abrazarla fuertemente, resguardándola entre mis brazos.

Todavía pensaba en la expresión que tenía en el rostro al ver a sus padres, por lo que no pude evitar cubrirla, dándole seguridad. Me correspondió de inmediato y sentí sus lágrimas humedeciendo mi suéter.

―Nunca volvieron... ―susurró contra mi hombro.

―Lo sé ―respondí, peinando su cabello despacio―. Ya pasó... Pero ahora me tienes a mí; no volverás a estar sola, mocosa.

―Gracias ―dijo bajito, dejando de hipar un poco y respirando pausadamente.

Me puse de pie con ella en brazos y nos encaminé al sofá. Me acosté suavemente y coloqué a Mikasa sobre mi cuerpo. Dejé que llorara todo lo que quisiera, mientras acariciaba su espalda y besaba su frente de vez en cuando.

―Eras irritante de pequeña... ―comenté para aliviar el ambiente, cuando noté que se calmó.

―Cállate ―carcajeó suavemente, de seguro recordando cómo le sacaba la lengua a su padre luego de ganar la carrera―. Tú eras maniático incluso de niño. ¿No podías dejar de pensar en los productos de limpieza? Supongo que fueron tu primer amor.

―Bueno, eso es discutible. Creo que el cloro me cautivó por completo ―dije irónico.

―A veces dices cosas raras ―alzó la cabeza y me miró, arcando una ceja. Sus ojos estaban rojos y levemente hinchados, y aun así seguía siendo lo más hermoso que yo había visto.

― ¿Tú te has escuchado cuando pruebas un postre nuevo? ―me defendí.

Touché ―dijo, riendo. Sonreí de lado al verla mejor.

Por lo que pude notar, se quedó embobada con mi sonrisa y luego me observó por un par de segundos, examinando cada una de mis facciones, como si quiera aprendérselas de memoria.

― ¿Prometes que te quedarás conmigo, Levi? ―preguntó en un tono bajo, rozando su nariz suavemente contra la mía.

― ¿Qué clase de pregunta acabas de hacer? ―indagué y besé la comisura de su boca―. Conoces muy bien la respuesta, mocosa. Lo prometo ahora y cuantas veces más quieras.

Ambos dijes colgaban entre ambos, reafirmando de nuevo todas nuestras promesas.

.

.

Hola :3 Como dije, puede ser que todos los capítulos se suban hoy día. Espero que sea así .

Uf, em, ¿qué les pareció el capítulo? Puede que haya sido raro o no sé xD, pero bueno, quisiera saber sus opiniones.

La escena donde hablo de la segunda hipnosis la encuentras en el capítulo 14, donde Levi y Mikasa se encuentran en la biblioteca. Y hay diferentes frases en los recuerdos se Mikasa que se van diciendo en diferentes capítulos, espero que las hayan recordado mientras leían. Es que como yo me he tardado mucho en actualizar, es normal que no se acuerden (o yo soy la que olvida las cosas).

En fin, espero que les haya gustado. El siguiente capítulo se subirá en unas horas si no hay mucho inconveniente .

~Akane Shiraoka~