Cena

Saliendo de la ducha en un sábado especial echa discreta mirada al reloj y percibe que aún las prisas no son necesarias. Restan dos horas pero desea ya estar con él.

Pantalón de vestir, zapatos negros bien lustrados y camisa blanca, en esta ocasión sin corbata.

De nuevo observa el tiempo. El segundo dígito del reloj en su celular apenas si a cambiado cuatro veces. Suspira ante el anticipo de su puntualidad. Vaga por la casa deteniéndose en la sala de estar y revisa los últimos detalles.

Aliento mentolado, su confiable colonia, cabello bien peinado… Todo parecía estar en su lugar.

Toma el celular con la diestra y su pulgar pulsa sin titubeos.

‒¿Deidara?

‒Es temprano aún. ¿Sucede algo?

‒Voy en camino, nos vemos‒ sonrió para sí y colgó. En su mente se formaban imágenes de su rubio, la primera vez que lo vio, cuando llegó empapado a la escuela, cuando reía, y sus celos. Ese chico hizo lo que ninguna persona había hecho desde hace años, enamorarlo. Y este había aceptado al fin una cita más formal.

Su carro fue estacionado junto al conjunto de departamentos. Subió la escalera con tranquilidad aún cuando por dentro sólo quería besar a su chico, tenerlo entre sus brazos, protegerlo; hizo sonar el timbre y esperó. Ante él apareció un rubio con el cabello húmedo, tenis, pantalón de mezclilla, una playera sencilla en color negro y un leve sonrojo en su cara.

‒No sabía que era de gala. Voy a cambiarme, uhn‒ se adentró en el departamento, dejando la puerta libre para que él entrara.

‒No importa.

‒¿Qué?

‒No te cambies, pues no soy responsable de mis actos‒ su sonrisa apareció y el menor no pudo hacer más que sonrojarse más. Madara se acercó a él y lo rodeo con el cuerpo pronunciando sensualmente en su oído ‒Te amo.

¿Por qué ese sencillo estilo en Deidara lograba efectos potenciales en él?