Fantasma


Cuando no había más voz que la suya, no había más ojos que los propios ni aun existía más compañía que la oscuridad febril de la noche, Jōnouchi conversaba con el fantasma de sus años mozos. Esa época llena de tropiezos donde derribar al contrincante era casi tan vital como mantener los pulmones en funcionamiento.

Su yo del pasado contaba una por una todas las narices que había roto. Recitaba uno por uno los nombres de los adversarios que habían caído a tierra con el rostro irreconocible por la fuerza de sus nudillos, y enumeraba una tras otra tantos las victorias como las derrotas que habían torneado sus músculos.

Pero cuando hacía el asomo de mencionar, con burla, a Yugi, le estrellaba un puñetazo en la cara, que a fin de cuentas no era más que la pared de su habitación.