Mimi


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Len la había llevado primero al cine, a ver la película romántica de moda que Mimi se moría por ver. Los ojos de ella ya se encontraban anegados en lágrimas, y él, a su lado, le preguntó si se encontraba bien.

—Estoy bien. Es sólo que… todo es tan perfecto —suspiró con una sonrisa boba.

Len se rió de ella descaradamente, y ella le miró, molesta.

—¿Acaso no te ha gustado nada de la película? —le espetó.

Él miró a la pantalla y le dijo: —Me gusta ella —se refería a la protagonista.

—Oh —era una chica guapa, había que admitirlo. —¿Por qué te gusta?

—Porque es perfecta. Es el tipo de mujer con la que me casaría.

—¿Piensas casarte? —aquella revelación sorprendió mucho a la castaña.

—Claro. ¿Tú no? —preguntó él, mirándola.

Cuando él la miraba, se ponía muy nerviosa. La miraba con deseo, como si fuese a comerla en cualquier momento. Tal vez había sido una mala idea haber aceptado esa cita. No, tenía que dejar de lado sus prejuicios y darle una oportunidad. Hasta ese momento Len se había portado maravillosamente, sorprendiéndola. Bien que la risas y burlas y ese tono pesado al hablar no se lo quitaría nadie, pero al menos se estaba pasando un buen rato con él. Len le estaba demostrando que no era tan "patán" como ella creía. Si hasta le había hablado que pensaba casarse, ella nunca hubiera imaginado que alguien como él pensaba en esas cosas. Len no era tan malo después todo.

—Claro que sí —respondió, volviendo a concentrarse en la pantalla.

En lo que restaba de película, Len se la ingenió para pasar su brazo alrededor de sus hombros. El contacto le incomodó un poco, pero ella había decidido darle una oportunidad, así que relajó su postura y tras algunos minutos la incomodidad despareció.

No supo en qué momento pasó, pero se encontró a sí misma recargada sobre el cuerpo de él, con la cabeza apoyada en su pecho y rodeada de forma posesiva por sus brazos en la cintura. Len había sido muy astuto al levantar el brazo del asiento que los separaba y acercarla hacia él sin que ella se percatara.

El subir y baja del pecho de él le relajaron mucho, e inevitablemente se quedó dormida.

Despertó cuando sintió cosquillas en la cara; alguien le pasaba los dedos de la mano por los labios.

—¿Hmm? —fue el sonido que escapó de su garganta cuando abrió los ojos.

—Al fin despertaste —dijo él en tono burlón.

—¿Me he quedado dormida? —cuestionó, bostezando y restregándose los ojos. La pantalla estaba en blanco y la sala estaba completamente vacía a excepción de ellos dos. —Me perdí el final —se lamentó.

—Puedo traerte a verla de nuevo cuando quieras —dijo él, aunque se notaba que la idea no le apetecía demasiado.

—De acuerdo —sonrió ella. —¿Terminó hace mucho?, ¿cuánto tiempo estuve dormida?

—Como cuarenta y cinco minutos. La película terminó hace media hora.

—Ah —dijo, sin saber qué más decir.

—¿Qué quieres hacer ahora?

—No lo sé —en su mente comenzaron a barajarse una multitud de opciones.

—Yo sé lo que yo quiero hacer —dijo él.

—¿Qué cosa?

Mimi lo vio venir, lo vio acercarse y acortar la distancia entre sus rostros. Sintió el impulso de darle un empujón y salir corriendo, pero no lo hizo

La sensación de los labios de él presionando los suyos no era tan desagradable como ella había creído que sería, pero cuando él metió la lengua fue distinto. Al comienzo le incomodó de sobre manera la invasión a su boca, pero después de un tiempo se acopló al ritmo, y ya no le pareció tan asqueroso.

Mimi no supo cuánto tiempo estuvieron en esa sala de cine. Besar a alguien era algo delirante. Con o sin sentimientos, besar era una sensación hechizante que hacía olvidar cosas tan esenciales como el tiempo y el lugar. Las manos de él se estrecharon en su cintura, y ese contacto no le molestó. Tampoco le molestó cuando él abandonó sus labios para besar su cuello. Pensó que debía alejarlo, pero en su fuero interno una voz admitía que se sentía bien, y por eso no lo hizo.

Reaccionó cuando sintió una mano de él estrujar uno de sus senos. ¿En qué momento había llegado ahí?

—Cr-creo… —dijo ella, alejándolo, —que deberíamos irnos.

Él gruñó, y se separó de ella, sólo para mostrarle una sonrisa ufana, gesto que de alguna manera inquietó a la castaña.

Dejaron los asientos y se encaminaron a la salida, pero a mitad de camino, él tiró de ella y la pegó contra la pared, acorralándola. No le dio tiempo de decir nada; la besó, hambriento y salvaje, humedeció la piel de su cuello con saliva, y ella gimió, sintiendo asco. Len introdujo las manos debajo de la blusa sin ningún reparo, y acarició todo a su paso con poca delicadeza.

Mimi jadeaba, pero era por sus intentos de quitárselo de encima, y obviamente estaba fracasando estrepitosamente.

—Len… Ya basta —y aquella frase la repitió al menos unas cuatro veces hasta que el muchacho se dignó en hacerle caso.

—Hay un lugar al que quiero que vayamos —le dijo, y sin esperar replica, la jaló de la mano y se la llevó.

(…)

—¿Qué es esto? —exigió ella con un dejo de indignación en la voz. Porque ella "sí" que sabía que era ese lugar, simplemente no podía creer que él la hubiese llevado.

—Vamos —dijo él, jalando de su mano para hacerla avanzar.

—¡Claro que no! —exclamó ella, negándose a moverse. —¿Quién crees que soy? —Él inmediatamente se largó a reír, con esas carcajadas que se asemejaban más a los ladridos de un perro. —¿De qué te ríes? —exigió ella, cruzándose de brazos.

Len continuó carcajeándose, y cuando se dispuso a hablar, seguía riendo.

—Er-res… eres… —la risa se le enredó con las palabras y Mimi no pudo entender nada. —Akagi dijo que te hacías la difícil, pero no creí que…

—¿Akagi?, ¿qué tiene que ver él en esto?

—Ah, no te hagas la que no entiendes —le recriminó él. —Akagi es mi amigo, es obvio que me contó a todo lo que pasó entre ustedes.

—¿Lo que pasó entre nosotros? —su manos se volvieron puños apretados y enrojeció hasta la punta del pelo. Akagi era un muchacho de la universidad. Había salido un par de veces con él en el pasado, pero las cosas no habían funcionado. —¿Qué te dijo? —preguntó ella a su pesar.

Len se rió otra vez. —Ya lo sabes.

No, ella no lo sabía. Recordaba su última cita con Akagi, recordaba que habían terminado en el departamento de él y que las cosas se habían subido un poquito de tono. Por aquel entonces él le gustaba muchísimo, y a pesar de eso no fue capaz de hacer nada más que recibir unas cuantas caricias y besos. Simplemente no pudo. Y él había sido tan comprensivo, jurándole que no le importaba, que todo estaba bien, y que la llamaría otra vez para salir, y ella espero esa llamada por mucho tiempo. Una parte de ella seguía esperando a que él la llamara. Y no podía creer lo que Len le decía sobre Akagi, que siempre había sido tan considerado y encantador con ella; debía estar equivocado.

—Él y yo no hicimos nada —dijo ella con la voz temblorosa.

—Jo, vamos preciosura. No es necesario que sigas con tu papel de santurrona.

—¿Santurrona?

—Hablo en serio Tachikawa —dijo él, perdiendo su tono risueño. —Ya me estoy cansando de este juego.

—¡No es ningún juego!

—Como sea ricura. Reservé la habitación por dos horas, así que andando —intentó cogerla de la mano, pero ella se negó. —¿Y ahora qué? —le espetó.

—¡No voy a entrar a ese lugar, y menos contigo!

—¿Ah, no? —cuestionó él con insolencia, alzando una ceja.

—No —dijo ella, tratando de sonar firme. —Yo no… ¡Yo no soy así!

—Jo, ¿cómo esperas que te crea si en el cine te dejaste tocar toda?

Mimi enrojeció aún más, temblando de rabia y, también, de vergüenza.

¿Por qué era tan tonta?

No tenía ni idea qué más podría decir, así que se dio media vuelta y se alejó de él.

—Hey —él la llamó, y ella siguió avanzando, sin mirar atrás. Pero Len la alcanzó y tiró de su brazo.

—Suéltame por favor.

—No —dijo él. —Este juego ya no es divertido.

—No estoy jugando.

—Ya guapa, —dijo él con voz cansina, —el papel de chica pura ya no te queda. Ambos sabemos quién eres en realidad.

¿Que quién era ella en realidad?

—No sé de qué estás hablando —dijo ella con frustración.

—¡Ya me tienes harto! —le espetó él, tirándola con brusquedad y encaminándose hacia el hotel.

Ella se resistió haciendo uso de toda su energía y fuerza, y cuando logró soltarse, se alejó corriendo. Cuando creyó que se había alejado lo suficiente, se detuvo, y se dio cuenta de que se había metido en el espacio estrecho entre dos edificios. Se apoyó en el muro para recuperar un poco el aliento y en seguida supo que había sido mala idea detenerse en ese lugar. Él la había alcanzado.

—¿Por qué haces esto? —le preguntó Len, ubicándose frente a ella, apoyando sus manos a cada lado de su rostro, acorralándola.

—No estoy haciendo nada.

—¿Tú realmente esperas que me crea el cuento de que no haces esas cosas con nadie?

—Pero es la verdad —insistió ella.

—Escucha linda, —comenzó a decir él con una risita, —nada de lo que digas podrá cambiar lo que pienso de ti. Tu reputación…

—¿Mi reputación? —interrumpió.

—Ya sabes… cambias de chico tan rápido, como si… como si cambiases de suéter o algo así.

—¡Yo no hago eso! —Pero Len la miró de tal manera que la hizo dudar. —¿Hago eso? —murmuró.

—Sí preciosura, lo haces. ¿Cuándo fue la última vez que tuviste una cita?

La última vez había sido con Michael.

—Hace unas dos o tres semanas.

—¿Lo ves? —él rió. —Eres esa clase de chica.

—¿Cuál clase de chica?

—La que cambia de novio en menos de un mes, la que tiene una cita con un chico diferente casi todos los fines de semana —se acercó peligrosamente a su rostro, —la que está con todos.

—¿Todos? —"Todos" era bastante amplio.

—Ya Tachikawa —él bajó sus manos para cerrarlas en su cintura, —terminemos nuestra cita de una vez, ¿quieres?

No, no quería terminar esa cita de la forma que él tenía en mente, y trató de apartarlo, pero no tenía fuerzas.

Kei, Akagi, Len… todos los muchachos eran iguales. Debería rendirse y dejar de dar oportunidad a quien sea que le invitase a salir, debería dejar de ser tan ingenua y comenzar a pensar y creer lo peor de lo gente. Ella creyó que Len era diferente, y había resultado ser un patán. Lo mismo le sucedió cuando aceptó salir con Kei, y aquella vez había sido peor, porque el tipo terminó siendo violento, y si no hubiera sido por una señora, algo peor pudo haberle pasado. Y Akagi había resultado ser un patán también, y él sí que la había engañado. Ahora entendía porqué no la había vuelto llamar.

Sentía la cara húmeda, no sabía si eran lágrimas o saliva.

Al final todos los hombres pensaban así de ella., que cambiaba de novio con facilidad, que se metía con cada muchacho que se le acercaba. Incluso Matt pensaba así, ya se lo había dicho en una ocasión. Y si él la viera en este momento, pensaría de ella aún peor.

—Detente, por favor.

Len se apartó de su cuello y la miró.

—¿Ahora qué? —el frunció el ceño y la soltó. —¿Estás llorando? —preguntó, aunque era algo más que obvio. —Yo no…

—Déjame en paz —pidió con un hilo de voz.

Él retrocedió hasta que chocó con el muro opuesto. La miró una última vez y se marchó en la misma dirección por la que había venido.

Ella sollozó, con la mirada gacha, sin hacer ningún esfuerzo por acomodarse la blusa, que revelaba su ropa interior. Sólo cuando se puso a llover, se arregló la ropa, respiró hondo, y se echó a correr.


N/A: Como le dije a Row, aquí está el capítulo de la cita xD. Es un flashback enorme y por eso está narrado en tercera persona en lugar de primera siendo que es Mimi la que le está contando todo a Matt xD. Por fin se sabe lo que sucedió! ¬¬ xD.

Gracias por leer!

Lyls