38 Verde

Reloj, pulseras de colores, anillos. Todo cuidadosamente dispuesto sobre la mesa.

Observó los accesorios pero sólo el reloj llamó su atención. Lo tomó para una inspección más concienzuda. En la parte posterior tenía un grabado: "El tiempo no es más que el ahora."

Qué cliché.

Puedes vivir siglos y no vivir nada, Sesshomaru.

Miró a su padre directamente a los ojos.

¿Me crees tan banal?

Te creo jactancioso.

Sesshomaru arqueó una ceja, no queriendo poner en palabras su sentimiento de injuria.

El General liberó una sonora carcajada.

Lo cierto es que el tiempo no es más que el ahora —apoyó la mano sobre la empuñadura de Tessaiga—. Nuestros siglos de vida pueden no ser nada si no son bien vividos.

Muy dadivoso de tu parte, padre. ¿Algún otro concejo que quieras ofrecer?

¿No compartes mi opinión?

¿Debería?

¿Por qué estás a la defensiva?

¿Qué te hace pensar que lo estoy?

Has respondido una pregunta con otra pregunta. Es inusual verte intentar eludir tópicos relevantes.

¿Intentar?

¿Lo ves? —sonrió.

¿Quisieras ser más concreto? ¿Qué quieres realmente?

Busca una compañera.

¿Tanto preámbulo para eso? Podrías haberme ahorrado el altruismo de hace un momento.

No seas mordaz, hijo.

El General parecía divertido.

Este es uno de esos diálogos donde ambos conversamos pero quien verdaderamente habla eres tú.

Quien no ha querido responder mis preguntas eres tú.

Sesshomaru desvió la vista, posándola ligeramente en la laguna, en los detalles del jardín, en su armoniosa geometría.

El tiempo es ahora —repitió su padre.

Dejó el reloj donde estaba, espontáneamente interesado en té.

El té siempre mejoraba las cosas.

Y le gustaba prepararlo él, a su modo, con sus mañas, las que durante más de ocho siglos había acumulado, tomándose su tiempo, disfrutando esa pequeña ceremonia. Su olfato se regocijaba cada vez.

El monje estaba detrás de él, lejos pero no lo suficiente. Y estaba completamente seguro de que esperaba le consultara sobre su sesión con la miko.

—Ocurrió algo muy interesante.

—Lo dudo —se volvió, degustando el aroma de su té de jazmín.

—No —sonrió, índice en alto—, realmente fue interesante.

La ceja arqueada, incentivando a que prosiguiese.

—Nuestra aprendiz…

Tu aprendiz.

—… ha canalizado tu energía.

Sesshomaru sintió cómo su canales olfativos se cerraban abruptamente. Lo único que sentía era el tenue vapor ascender y acariciarlo en sus fosas nasales.

—Reitero: lo dudo.

—"Verde eléctrico" —recitó dramáticamente.

Verde eléctrico, la frase hizo eco en su cabeza.

¿Cómo es eso siquiera posible?

—Explícate.

—Temo que esta vez no tengo explicación que ofrecer. No obstante, indagaré.

—Hazlo.

—La señorita Kagome tiene sin duda un poder extraordinario —Sesshomaru apeló a su impávido silencio—. Y para ofrecerte un poco de paz, tengo una teoría.

—Por favor —accedió, satírico.

—Creo que tiene que ver con el sello que mantiene tu energía a raya, ¿la que te da esa apariencia humana? Puede que se haya debilitado con la presencia de nuestra sacerdotisa —sonreía y Sesshomaru repentinamente se sintió violento— y, en consecuencia, le permita acceso a tu…

—Comprueba lo que dices —interrumpió, dejando implícito que no quería saber más.

—Otra cosa —ofreció—. Estoy casi seguro de que si utilizaras tu verdadera apariencia sería más fácil frenarla de canalizarte.

—No creas que no advierto tu fútil intento de manipularme.

—Jamás intentaría una cosa semejante —Miroku dibujó una obvia sonrisa en los labios.

Sesshomaru volvió el rostro hacia la figura femenina.

—¿Sí?

Kagome miró cómo la fogosa luz matinal ingresaba a la cocina y daba de lleno en su persona. Cómo su postura, cómoda y despreocupada, apoyada sobre la mesada, una mano sujetando la fina porcelana blanca, la otra en el bolsillo de su pantalón, cómo toda esa imagen le entraba por las retinas y se grababa en su cabeza como un hierro caliente sobre el cuero.

Sin duda, jamás había visto un hombre tan hermoso.

Sesshomaru la vio devolver los accesorios a sus lugares, escuchó el clic del reloj, pensando en la frase grabada. Vio ser escrutado, analizado.

—Nada —repuso ella entonces, regresando a la sala.