¡Buenos días o madrugadas! La cosa es que les traigo actualización y no sé si decirles si la cosa va para mejor o para peor XD Pero todo se nos complica y bueno, estoy con la noble de misión de traerles angst de calidad OwO9 Vean el anime, lean el manga y recen para que les traiga pronto la continuación
P.D. ¿No es gracioso que en este y el otro fic que tengo de Gintama las cosas estén así de feas?¿Coincidencia o trolleada de la autora?
*I Love OkiKagu.- ¿Cómo te explico que solamente lograré que te la vivas pidiendo las continuaciones? Porque sinceramente este capítulo quedó igual o peor que el otro ; - ;
Capítulo 37
Ride or Die
—Tienes el rostro de alguien que se ha ido de farra todo el fin de semana y apenas está reviviendo de la cruda —fueron las burlonas palabras que recibieron a quien estaba despertando de una siesta reparadora.
—Ungh…¿Dónde se supone que estoy? —sus celestes pupilas iban de un lado a otro, encontrándose únicamente con naturaleza circundante. ¿En qué momento se supone que decidió descansar contra el tronco de un árbol?
—¿Acaso no recuerdas nada de lo que ha pasado, capitán? —intentó sonar serio, pero existían miles de razones para no poder hacerlo—. ¿Te has pegado tan duro en la cabeza que no te acuerdas lo que has estado haciendo estos días? ¿Te has caído del árbol?
—Mmm… Solamente recuerdo haber entrado a la cocina porque tenía hambre y haberme comido esos deliciosos panecillos —relató con enorme lucidez el Yato—…Y después de eso, desperté aquí…—Abuto chasqueó la lengua de molestia. ¿Por qué demonios tuvo que pasarse el efecto de esa pócima de amor? Y sobre todas las cosas, ¿por qué no recordaba todo lo que había dicho y hecho? Al parecer su minita de diversión se había agotado.
—Justo lo que faltaba ahora… Que el idiota volviera a ser el mismo —suspiró pesada y tendidamente. Su dolor de cabeza había vuelto.
—Abuto, ¿qué es lo que ha pasado?
—Demasiadas cosas para resumírtelas y que tu cerebro de chorlito las entienda —de momento pasaría por alto esos deslices que el pelirrojo había experimentado con la boticaria.
—¿Oyes eso? —se levantó en cuanto esas pesadas y rápidas pisadas se tornaron demasiado próximas a su posición actual.
—Ahora que lo mencionas… Eso suena a…—el castaño tenía una idea de qué ocasionaba el repentino temblor sobre el suelo.
El Yato no tuvo necesidad de completar su enunciado. No cuando esas monstruosas bestias habían decidido transitar por donde se encontraban, como si por allí les fuera más factible el tránsito, como si fuera el camino más corto para llegar a su destino.
—Pero si ese es…
—Raiko —concluyó Kamui con una sonrisa burlona en sus labios—. Parece que llevan bastante prisa. ¿Es que algo interesante está a punto de suceder?
—Espero que no sea el caso…—no deseaba tener que estar al pendiente de su estúpido e imprudente capitán.
—¿Y eso? —el castaño puso más atención a su alrededor; lo que estaba ocasionando el estruendoso ruido provenía de arriba.
—No me digan que otra vez vienen a divertirse…—sabía que lo mejor era alejarse de la tripulación de la boticaria pero su capitán no ayudaba mucho—. Espera, esa insignia no es de…
—…Narue…—completaba el pelirrojo.
Sin embargo, antes de que pudieran realizar cualquier cuestionamiento sobre la llegada de aquella mujer al planeta Tierra, se tuvieron que limitar a ver cómo esa nave empezaba a descender a gran velocidad. ¿Pero podía ser de otra manera después de que un misterioso y poco amistoso cañonazo impactó contra el acorazado?
—Mmm…Tal vez debimos haberle avisado a esa psicópata que podríamos recibir visitas…Ahora ya se los cargó —el castaño había aprendido a tomar las cosas con calma. Especialmente desde que su vida se condimentó con la boticaria y la capitana del Segundo Escuadrón del Hokusei—. Seguramente se enoje cuando aterrice.
—Me pregunto a qué habrá venido —cavilaba el oji azul.
—¿Acaso olvidaste que la mandaste a recopilar más información sobre nuestros enemigos?
—¿Uh? ¿Eso fue lo que hice?
—Empiezo a creer que esos panecillos han tenido unos efectos secundarios severos. Tal vez si te damos otra dosis o te mantenemos dopado de por vida, más de uno logremos ser felices al fin —es que tenía que ver por su pellejo. Ya no estaba en edad para aguantar por más tiempo los abusos de ese idiota.
—Mira, parece que al fin han aterrizado~
—Yo no lo llamaría precisamente "aterrizar", sino más bien estrellarse violentamente contra el suelo.
—A este paso incendiarán el bosque entero.
—Es normal. Su nave ha explotado tras el impacto.
—Bueno, al menos así todo se ha iluminado. Estaba bastante oscuro —replicó Kamui con un tono bastante infantil.
—Estoy pensando seriamente en pedirle a esa idiota que te cocine una tonelada de esos panecillos milagrosos…
No hubo necesidad que se movieran de donde se encontraban para que pudieran ser localizados por la personita que comandaba aquella tripulación que no quedó bien parada después de que fueran obligados a aterrizar tan bruscamente.
—¡¿Pueden decirme quién demonios ha mandado a dispararle a mi nave?! —es que estaba que se la cargaba el diablo. ¿Cómo podían ser tan insolentes? ¿La tomaban por un chiste barato?
—Sólo a ti se te ocurre entrar a territorio minado —dijo el castaño para la sulfurada Yato que estaba que echaba más fuego que el bosque que se incendiaba detrás suyo.
—¿En el territorio de quién, eh? Estos malditos monos —maldijo interna y externamente—. Cuando encuentre al culpable de ese bombardeo, lo aplastaré, lo torturaré y después lo mandaré al otro mundo.
—Lamentablemente no puedo permitir que hagas eso —intervino Kamui con tranquilidad engañosa—. Seré yo quien se encargue de la tripulación de Tentei.
—¿Cómo olvidé que tengo a un suicida de capitán? —Abuto se limitó a resignarse nuevamente. Y por breve segundos deseó haber estado en alguna de las tripulaciones que fueron convertidas en polvo estelar por Moka. Al menos de esa manera no tendría que estar lidiando más con las ideas del pelirrojo.
—¿Tentei? ¿Hablas del hombre que dirige al Hokusei? —la peli verde arqueó su ceja derecha en son de incredulidad—. Hasta donde tenía entendido ese grupo criminal fue completamente eliminado hace unos años atrás.
—Créelo o no, continúan vivitos y coleando…riéndose de todos los que creyeron que los habían aniquilado —soltó con socarronería absoluta el vice capitán.
—Kamui, sólo por tratarse de ti dejaré que te quedes con los cabecillas del Hokusei —expresó muy alegremente la joven. ¿Ese era su modo de ligar con él?
—Por mujeres como tú, este idiota es como es.
—No es mi culpa que a ti nadie te haga caso, Abuto —porque ella era una cabrona con cualquiera que no fuera su amado pelirrojo—. Supongo que por eso continúas siendo el segundo al mando —suspiró y movió su cabeza de un lado a otro—. Descuida, puedes jubilarte sin preocupaciones. Yo me quedaré para apoyar a Kamui en todo lo que necesite.
—¿Quieres que te asesine pequeña zorra? Deja que me encargue de hundir por completo a tu tripulación —es que primero esa Renho se metía con su vida personal y ahora esta bruja.
—Y bueno, ¿a qué has regresado, Narue? —ciertamente tenía una pizca de curiosidad.
—Solamente venía a informarte sobre el avance de la investigación que me asignaste.
—¿Algo nuevo? —preguntaba Abuto. La muchacha simplemente negó.
—Me quedé sin más opciones de por dónde buscar. Y después de enterarme del rumor de que un número elevado de naves empezaron a dirigirse a la Tierra, quise venir a ver qué ocurría… Pero tal parece que solamente eran chismes.
—Técnicamente sí han estado llegando visitantes indeseables, pero todos han sido suprimidos…como casi sucede contigo —hablaba el mayor de los tres—. De hecho, el motivo de tanto revoloteo es el Hokusei.
—Es normal que quieran deshacerse de esa panda de traidores —expresó secamente la oji dorada—. Los Amanto que se han aliado con los terrícolas nunca han sido bien vistos. Y mucho menos el hecho de que apoyen las causas de un sucio samurái.
—Traidores, ¿eh? —en cierta medida le daba risa un término como ése—. Al menos podría decirse que tienen las agallas suficientes para hacerlo.
—¿Qué? ¿Ahora estás de su parte, Abubaka?
—¡¿A quién coño le llamas así?!
—Traidores o no, esas cuestiones me tienen sin cuidado —estableció Kamui para su camarada—. Lo único que me interesa son sus miembros más fuertes y su capitán —empezó a sonreír, con un entusiasmo casi peligroso. Sí, estaba ansioso por hundir sus garras en sus anheladas presas.
—Entonces debe de haber algo realmente especial como para que te pongas de esa manera.
—Oh, estoy seguro de que tú también te llevarás una buena sorpresa —Abuto sonreía tanto como su idiota capitán, pero por razones completamente diferentes—. Te aseguro que tú también te interesarás por el Hokusei.
—Me preguntaba si alguno de ustedes podría orientarme adecuadamente —el problema no fue la cuarta voz que se unió de repente a su grupo de charla, sino el hecho de que apenas fueron capaces de percibir esa presencia extra hasta el momento en que le oyeron hablar—. Una disculpa si es que les asusté —expresó con cordialidad—. La gente siempre dice que carezco de presencia.
El tono albo en conjunto con el melón y el amarillo que condimentaba la tela de una manera casi artística, embonaban de maravilla con ese enigmático personaje. Lo oscuro de sus mayas se extendía desde donde acababa su ropa superior hasta filtrarse por debajo de sus marrones botas. Era fácil reconocer sus ropajes, porque no diferían en lo más mínimo a las que usaban las kunoichi de la Tierra.
No obstante, no existía pizca de piel al descubierto. Sobre sus brazos y manos se hallaba un mundo de grises vendajes mientras que su rostro contaba con la protección de una curiosa y blanquecina máscara de zorro a la vez que una melena carmesí se escurría hasta la mitad de su espalda.
—Identifícate —exigió Narue, apuntándole con su parasol.
—Pueden llamarme Akumu —agregó con tranquilidad. Es como si no temiera por su vida estando frente a tan temibles y potenciales enemigos.
Chispeantes y resplandecientes. No había una mejor manera para describir a los juegos artificiales que ascendían al cielo una y otra vez, como si quisieran dar un mensaje, como si esa noche desearan enamorar a todos con su luz y vivaces colores. Y probablemente eso era lo que habían logrado en sus jóvenes espectadores; esos que eran incapaces de quitar la mirada del cielo. Esos en cuyas pupilas se reflejaban los fuegos artificiales de verano.
Podían estar tumbados contra el pasto mientras sentían la frescura del viento, mientras contemplaban el espectáculo nocturno y degustaban las golosinas que con esfuerzo habían logrado comprarse.
—De modo que esas son las llamadas "flores de fuego"… —habló la única chica del grupo con un tono que rozaba lo entusiasta.
—Cada verano hay un montón de fuegos artificiales. ¡La noche se ilumina por completo! —soltó el que estaba en medio; el que fácilmente podía ser el mayor de los tres—. Les dije que sería un gran espectáculo.
—Jamás había visto algo como esto —confesó abiertamente el rubio sin desatender el espectáculo—. Los seres humanos hacen cosas muy interesantes.
—¿Verdad que sí?
—Seguramente el viejo ha de estarse preguntando dónde nos hemos metido, ¿no lo crees, Jirou?
—Bueno, ya tendría que haberse acostumbrado a eso, Oshin —soltó divertidamente el muchacho. Incluso rio un poco—. Pero esto no es peor a lo que pasó cuando visitamos Aymara.
—Ciertamente se armó un completo lío.
—Pero si en parte lo causaste tú, Raiko —le recordaba la pelinegra—. Aunque admito que al final fue culpa de los tres.
—Me pregunto qué estaríamos haciendo en este preciso momento si no nos hubiéramos conocido. Si el viejo no nos hubiera llevado con él —el castaño no era el único que se hizo esa pregunta. Pero sí era el primero en exteriorizarla.
—Seguramente andaría por ahí sin rumbo fijo…o ya estaría muerta —Oshin respondió con sinceridad abrumadora.
—Bueno, quizá yo estaría con otros de mi especie, haciendo ruido por todas partes —mencionó el rubio con plena seguridad.
—Ciertamente nuestros futuros sin el Hokusei no hubieran sido tan relucientes —soltó con cierta mofa y seriedad—. Además, de no haber sido de ese modo las cosas, jamás nos hubiéramos conocido.
—Mmm…Bueno, eso sí —espetaron ese par de Yatos a la par.
—Y hablando sobre lo que pudo haber sido… ¿Qué planes tienen para el futuro? —cuestionó, tomándose el tiempo de mirarles a ambos. Parecía encantarle ver las reacciones que creaba en esos niños.
—No lo he pensado en realidad… Supongo que volverme más fuerte y formar parte del grupo de Yatos que están bajo las órdenes directas del jefe —confesó el blondo sin tapujo alguno—. ¡Sería grandioso tener mi propio escuadrón y darle órdenes! Y si tengo suerte, me convertiré en la mano derecha del viejo.
—Sí que aspiras a lo grande, Raiko —un sonoro y largo chiflido salió de los labios del oji verde—. ¿Qué hay de ti, Oshin?
—No lo sé en realidad…—pausó sus palabras, recapacitando sobre su respuesta—. Supongo que también quiero serle de ayuda al viejo…Pagarle todo lo que ha hecho por mí —su tono de voz se volvía mucho más débil conforme más hablaba.
—Oh, así que admites que le guardas cariño y agradecimiento al viejo pese a lo mucho que le maldices —alguien estaba divirtiéndose con su inocente confesión—. ¿No será que quieras casarte con él cuando seas mayor, Oshin-chan?
—¡Claro que no! ¡¿Pero qué estupidez estás diciendo?! ¡Deja de repetirlo! ¡Qué te calles! —y es que ese par ya se habían puesto de pie para empezar una persecución en donde la pelinegra quería agarrar al burlesco chico para darle su merecida tunda—. ¡Quédate quieto de una maldita vez!
—¡No lo haré! ¡Hasta roja te has puesto! —exclamaba a todo pulmón para cabrearle todavía más.
—Creo que será difícil pagarle todo lo que ha hecho —habló Raiko. Jirou y Oshin se detuvieron, intercambiando miradas entre sí y después observaron al blondo—. Tiene muchos enemigos por su forma de ser y actuar, así que…
—Nosotros nos encargaremos de aplastarlos a todos —espetaron a la par con decisión inquebrantable.
—Saben que es más fácil decirlo que hacerlo, ¿verdad? —esos dos simplemente sonrieron ampliamente.
—Nos convertiremos en lo que sea necesario para mantener su trasero protegido —proclamó el castaño con una seriedad abrumadora que logró calar por completo a esos dos amigos suyos.
—…En su escudo, en su espada, en lo que sea necesario para cuidar su espalda y la de esta tripulación —recitaron como si fuera un pacto secreto, una encomienda de la que sólo ellos podían hacerse cargo.
—Y sin importar las circunstancias…—versaba el rubio.
—Jamás lo traicionaremos… Nunca le daremos la espalda al hombre que nos ha traído este presente y a todas esas estúpidas y estrafalarias personas que no hacen más que meternos en problemas…—expresaba Oshin con cierta alegría.
—Sí, jamás levantaremos nuestra espada contra él —afirmó solemnemente.
Una a una podía escucharlas, estampándose contra la superficie de la gélida agua, volviéndose una sola entidad y tiñéndolo todo con un llamativo carmesí. ¿En qué instante dejó de percibir las gotas de sangre que corrían vehementes y rápidas desde sus ropajes hasta el suelo? ¿Por qué sus sentidos se desconectaron tan abruptamente? ¿A qué se debía que ahora fuera consciente de lo que estaba pasando en realidad? ¿Cuál de los dos escenarios era la verdad absoluta? ¿Ese momento de su preciado pasado o aquel en el que el hombre que creyó conocer destruyó su confianza?
Pero dentro de aquel inmenso aturdimiento, fue capaz de reconocer aquella voz, aquel nítido lazo que unía su ayer con su presente. ¿Cómo es que había llegado hasta allí? ¿Es que se dio cuenta de su ausentismo y se puso a buscarle? ¿O quizá había sido mudo testigo de la traición que vivió? Cualquiera que fuera la razón, fue suficiente aliciente para abrir los ojos, para tratar de deshacerse de su borroso mirar y enfocar con claridad su rostro.
Intentó levantarse, pero esa presencia no se lo permitió. Entonces entendió que no debía hacerlo, no si no deseaba que ese filoso artilugio penetrara más hondo en su blanda carne.
—…Oshin…—sonó como un susurro, pero era más bien un grito ahogado empapado de cólera. Claramente estaba enfado de verle ahí estática, contra un mundo de escombros y el violento carmesí que había mancillado la claridad de las aguas—. Dime que…no fue él…—dijo bajamente. No obstante, no necesitó una respuesta verbal cuando contempló esas calmas y engañosas pupilas, esas que escondían casi perfectamente su decepción y frustración—...De modo que ese mensaje era cierto…En verdad él…era el traidor…
—…Lo prometimos…y aun así…y aun así él…—no le resultaba difícil hablar, ni siquiera con la profunda herida que llevaba sobre su epigastrio. Sin embargo, lo que le complicaba el habla yacía en algo mucho más primitivo y fácil de comprender.
—Usó la confianza que ambos le tenían para hacer esto… No. Corrección, usó la confianza que todos teníamos para hacernos esto —él no se sentía mejor que la amiga que tenía en frente. Él también sentía cómo la sangre comenzaba a hervirle tanto por la clara y cínica traición, como por lo ingenuo que fue al no percatarse de que la desaparición de su superior era lo suficientemente sospechosa como para no poner en tela de juicio las palabras de aquel samurái—…Nos movimos según su propia estrategia…—ironizó con un timbre agridulce. ¿Por qué las cosas tuvieron que volverse de esa manera? ¿A dónde habían ido a dar los buenos tiempos?
—…T-Tentei…Tenemos que encontrarlo…—se puso de pie con una terquedad que ya le caracterizaba. Incluso cuando se tambaleaba y el dolor le entumecía el vientre, no cedería. No tenía tiempo para estar quieta; mucho menos ahora que sabía que habían caído en una trampa y el enemigo jugaba con ellos como si fueran inofensivos y temblorosos ratones.
—Me haré cargo de esto, Oshin —estipuló seriamente, sin dejar de observarla ni un solo instante—. Estás herida y tienes que atenderte —un par de pasos fueron más que suficientes para quedar en el punto justo donde la pelinegra habría de perder las fuerzas y él habría de evitar la funesta caída al sujetarle con suavidad—. Si continúas siendo así de necia, ¿qué cuentas le entregaré al capitán cuando llegue y encuentre a su hija media muerta? —preguntó con cierta burla.
—…Que murió en el cumplimiento de su deber…—respondió. Y su respuesta solamente le despertó un agudo desazón.
—Pero ¿qué… demonios ha pasado aquí? —interrogó con severa dificultad. Había corrido tan rápido como sus piernas se lo habían permitido en cuanto recibió aquel espinoso mensaje.
—¿No está claro, Moka? —intervenía el enorme lagarto en cuanto estuvo en el mismo punto que la Renho. Al parecer el resto de los capitanes se encontraban ya reunidos.
—Después de leer tu mensaje, admito que me costó un enorme trabajo el considerar siquiera la posibilidad…Pero al contemplar más fríamente la desaparición de Tentei-san y lo que le han hecho a Oshin, está claro…que no sólo nos ha traicionado, sino que también desean borrarnos del mapa —habló fría y altivamente el Shinra.
—D-De verdad…que me cuesta creerlo… Es que Jirou…él jamás podría…—conocía al samurái desde que era un niño. Podría decirse que crecieron juntos y en ningún momento imaginó siquiera que un escenario como ese pudiera ocurrir—…Tiene que…
—¿Haber una razón? —el gigantesco lagarto clavó sus ojos en ella, como feroces dagas que quieren destazar la endeble carne de un solo tajo—. Conoces muy bien las normas que tenemos…Sabes lo que le ocurre a los que cometen traición.
—¡Lo sé perfectamente! —exclamó colérica—. Pero…es probable que tenga sus motivos… ¿Qué les hace pensar que lo hace por voluntad? Tal vez alguien lo esté chantajeando.
—Sabes que también me gustaría pensar en esas posibilidades, Moka… Pero eso solamente demostraría la poca confianza que nos tiene.
—Roko está en lo cierto —hablaba Joben con autoridad—. Él sabía que podía contar con Tentei y la tripulación si tuviese algún problema. Sin importar lo delicada que hubiera sido su situación, pudo haberse hecho algo.
—No estamos negando tus premisas, Moka. Pero no podemos usarlas para justificar lo que nos ha hecho —el líder del Cuarto Escuadrón estaba en lo cierto, ella lo sabía—. No sólo es el mayor sospechoso en la desaparición de nuestro capitán, sino también ha intentado poner en peligro la vida de Oshin…y me atrevería a decir que es quien se encargó de expandir el rumor de nuestra localización actual cuando nosotros mismos nos encargamos de hacerle creer a todo mundo que habíamos sido borrados del mapa.
—Ya lo sé…—musitó más para ella que para los que estaban allí—. Me cuesta creer que haya…sido capaz de herirla de ese modo… Sabía que ella junto con el capitán, son los que más estima y confianza le tenían…—claramente deseaba que ese viejo camarada suyo no hubiera realizado tales actos por cuenta propia, pero tampoco podía perdonar lo que había hecho—. Entonces está claro lo que tenemos que hacer.
—…Ungh…I-Ignórenlo…—todos atendieron a esa simple pero comprometedora petición. ¿Qué se suponía que significaba eso? ¿Acaso estaba defendiendo al traidor? —. En este momento…lo único que debe importarnos…es traer de vuelta a nuestro capitán… Si ha hecho esto para distraernos o porque en realidad guarda el deseo de terminar conmigo para demostrarles a todos que está enfrentándonos en serio, no importa… No interesa lo que me haya hecho. Ni que haya usado…mi confianza en su beneficio… Lo único que tenemos que hacer ahora es…traer de vuelta a nuestro capitán sin importar el precio que tengamos que pagar… Y cuando lo hayamos hecho, entonces nos encargaremos del traidor —su voz era sosegada, tan carente de escalas altas, tan engañosamente peligrosa. Era ese tono que sólo los que han aprendido a reprimir sus más violentas y funestas emociones son capaces de emplear. No quedaba duda alguna que estaba enfurecida por su descuido, por haberse fallado a sí misma de esa manera, por haber sido incapaz de frenar a quien estaba detrás de todo ese teatro. Ella posiblemente tenía más motivos para aborrecer al hombre que les había dado la espalda.
—Es una decisión sabia —felicitó Joben—. Sin embargo, ¿qué procederá si durante nuestra búsqueda él aparece?
—¿Qué no es obvio? —lanzó la pelinegra con cierta mordacidad—. Lo aplastaremos —sentenció, al mismo tiempo que arrancaba la espada corta que había sido enterrada en su ser—. La muerte es lo único que les aguarda a quienes nos traicionan —en ese instante el dolor físico no existía. Ni siquiera servía para hacerle olvidar lo que estaba ocurriendo.
—…Oshin…Jamás podrás perdonar a nadie que se atreva a traicionar a Tentei, ¿verdad? Serías capaz de traicionarte a ti misma antes de hacerlo —en ese punto no podía hacer nada por su amiga. Sabía que sin importar lo que dijera le resultaría imposible mitigar la llama de odio que Jirou había encendido en ella.
—Saben, hay algo bastante extraño aquí.
—¿Por qué lo mencionas, Roko? —cuestionaba el enorme Amanto dragón.
—Ahora que lo mencionas, tienes razón —secundó el blondo. Parecía que ambos habían llegado a la misma conclusión, basándose únicamente en el escenario—. Fuiste incapaz de regresarle el ataque, ¿no es verdad?
—…A-Apenas y pude…reaccionar. Pero ya era demasiado tarde para ese momento —su mano izquierda fungía como un tapón temporal; uno que le provocaba estremecimientos ocasionales. Había algo que continuaba incrustado que le causaba malestar.
—Hay demasiados destrozos como para haber herido a alguien que en ningún momento ejerció resistencia alguna —Moka comenzó a caminar alrededor del Yato. Había numerosas piedras hechas añicos, inclusive las cortezas de los árboles circundantes habían logrado experimentar el daño de algo sumamente filoso—. Reconozco esas marcas.
—El corte hecho por una espada —concluía Roko con absoluta confianza—. Esto podría pertenecerle a Jirou o al tercero que estuvo aquí —los fragmentos metálicos que había logrado sacar del agua eran sumamente familiares y no estaban impregnados con la esencia del hierro. Indudablemente se trataba de la hoja de una katana; una que había sido resumida a añicos.
—¿Recuerdas algo? —sabía que no había mucho sentido en cuestionarle en su actual estado, pero necesitaba hacerlo.
—Lo siento —¿de nuevo el sueño estaba consumiéndole? —. Después de que me di cuenta de lo que ocurrió, mi cuerpo entero se paralizó…y todo se sintió tan pesado… Estoy segura que perdí por unos momentos la consciencia… Y antes de que me diera cuenta, ya estabas aquí —y Raiko no podía poner ninguna de sus palabras en duda, no cuando tuvo que cargarla entre brazos ante su repentino desvanecimiento.
—Se ha quedado dormida —palabras que tranquilizaron a Moka y compañía.
—¿Creen que pueda tratarse de…?
—Es una posibilidad, Joben —una que anhelaba profundamente—. De momento regresemos. Hay que atenderla —sugirió la Renho.
