Capítulo XXXVIII

Emily Knight Adams fue sepultada días después en un pequeño cementerio de Winds Hollow. Joseph, había informado cuando por fin pudo detener las lágrimas, que ése era el último deseo de su esposa. Ser enterrada en el pueblo donde alguna vez fue tan feliz… El traslado y los preparativos se hicieron bastante rápido gracias a la gran ayuda de Albert, quien puso todo el peso del apellido Andrew a disposición de Candy y su familia.

Aquel día, el cielo se teñía de un intenso color celeste, totalmente despejado. La primavera ya estaba en todo su esplendor, floreciendo sus flores por doquier, y haciendo que los pinos y eucaliptos que rodeaban al cementerio se vean más verdes y frondosos. Al funeral asistieron además de Albert, Candy y Joseph, la hermana María y la señorita Pony, quienes rogaron por acompañar a Candy en ese duro momento; Annie y Archie, Caroline, Ashley y Viviane, todos los habitantes del pueblo, incluyendo una muy triste y desconsolada Valerie y por supuesto la mamá de Emily.

Candy se había sorprendido enormemente al ver a su abuela aquella mañana, pero más allá de su sorpresa no le extrañaba su presencia. Emily le había contado en su momento que habían hecho las paces hacía un tiempo, y que su abuela ni bien se había enterado de la existencia de Candy, también había ayudado en su desesperada búsqueda.

Y cuando por fin se vieron frente a frente, abuela y nieta, en aquel pequeño cementerio, con la luz del sol brillando sobre sus cabezas, ambas no pudieron hacer más que correr y abrazarse llorando desconsoladamente. La abuela de Candy era una anciana mujer, de baja estatura, pelo blanco como la nieve, piel de un color beige y unos ojos de un intenso color verde que se asemejaba a un gran remanso de agua. Portaba un largo vestido negro que cubría cada centímetro de su piel, desde el cuello hasta los tobillos, pero fue cuando vio aquellos hermosos ojos que la miraban con un cariño inigualable, que Candy se dio cuenta de la gran herencia que le fue transmitida.

-Dios… Eres igualita a tu madre… -había expresado entre llantos la anciana mujer.

-Abuela… ¡Abuela, por fin tengo una abuela! –había respondido Candy también entre llantos, mientras se dejaba llenar de abrazos y besos.

La ceremonia fue tranquila y muy íntima a pesar de la inmensa cantidad de asistentes, como si estuvieran en familia, una enorme familia que amaba profundamente a aquella bella dama que había luchado hasta el último segundo contra el odio del mundo y su enfermedad.

Y luego de aquella triste despedida, mientras pasaban las horas y el atardecer recorría el cielo tiñiéndolo de un naranja fuego, los asistentes poco a poco fueron desalojando el lugar, pero Candy quiso tomarse unos minutos a solas, arrodillándose sobre el césped para rezar y hablar con su madre. Lo necesitaba, su interior lo pedía a gritos, necesitaba esos momentos a solas, con ella, con la mujer que le había dado la vida...

Respiró hondo y calmó su mente, tratando de alejar así la inmensa tristeza que la embargaba. Levantó la vista y vio aquella hermosa tumba, llena de flores y velas, con una estatua de un ángel decorándola. La estatua lo había solicitado ella, y no supo ni cómo ni cuándo Albert había podido cumplir con su deseo. Pero ahora que la veía con más detenimiento, no se arrepentía de haberla pedido, porque realmente se veía hermosa allí, como si estuviera cuidando a su madre por toda la eternidad.

Y así, respirando profundamente una y otra vez, comenzó...

Mamá…

La vida da muchas vueltas ¿verdad? Alguien una vez me dijo que uno nunca sabe qué encontrará a la vuelta de la esquina, y así mágicamente Dios quiso que yo te encuentre a ti... ¡A ti! A mi madre, a la madre que siempre soñé y deseé tener…

Eras todo lo que soñé… Todo lo que siempre soñé… Cariñosa, amable, divertida por momentos y muy sabia en otros… Me diste el valor cuando más necesitaba, los consejos y la ayuda en el momento justo… Me llenaste de besos y caricias, como si quisieras remendar el tiempo perdido que el destino cruelmente nos había arrebatado… Me diste el calor de tres amorosas tías y el amor de una abuela... Me regalaste el amor de un papá... Un padre que apareció tan mágicamente como tú habías aparecido en mi vida... Un padre que te extraña al igual que yo, o tal vez más...

Mamá... Me diste todo lo que podías darme en tan poco tiempo...

Oh Dios... Me defendiste, como toda una leona ante los Leagan… Dios, los Leagan… Es increíble la inmensa maldad de la que son capaces algunas personas ¿no? Pero eso ya poco importa, el pasado se los llevó bien lejos, y poco a poco su recuerdo quedará olvidado en el oscuro pozo de la maldad...

Oh Dios… por cuántas cosas has pasado mamá… Eras una mujer muy fuerte y valiente, y fiel creyente del amor… Espero poder ser algún día como tú, y no perder jamás la esperanza de ser feliz…

Fuiste un verdadero ángel que llegó a mí en forma de madre, y siempre te recordaré, siempre recordaré nuestros escasos días juntas, pero inmensamente felices…

Siempre estarás en mi corazón, mamá…

No pudo continuar porque un ahogado llanto estalló en su garganta, y se largó a llorar como nunca lo había hecho, a gritos, sintiendo de a ratos como si el aire le faltaba. Luego de varios minutos, sintió a unos fuertes brazos rodeándola. Levantó su vista nublada y ahí lo vio, a su príncipe de la colina, mirándola también con lágrimas en los ojos.

-Vamos Candy… -le había susurrado, mientras le ayudaba a levantarse del suelo.

Caminaron lentamente por el sendero que rodeaba las distintas tumbas, mientras la oscuridad de la noche comenzaba a caer sobre ellos, abrazados, en silencio, completamente ensimismados en sus pensamientos.

Pasaron la noche en la vieja casona de Emily y Valerie, que estaba detrás del restaurante. Albert se había quedado con ella, abrazándola en la cama, llenándole de mimos y caricias, hasta que Candy luego de varias horas por fin pudo conciliar el sueño. Poco importaba las reglas de la alta sociedad. Poco importaba que alguien pudiera verlos juntos en la misma cama. En aquellos momentos, sólo estaban ellos dos, el inmenso amor de un hombre tratando de consolar el corazón herido de su amada...

Los días pasaron, y Candy aunque quería ser la de siempre, la que trepaba árboles y sonreía sin parar, no podía serlo... Algo en su interior se había desgarrado, quebrado, y continuaba sangrando a pesar del inmenso intento por hacerla sonreír por parte de sus seres queridos.

Archie un día tuvo la genial idea de hacer un experimento para maquillar mujeres. Él decía que si su hermano era un gran inventor, que el talento seguro se lo había transmitido a él, y que sólo debía descubrirlo. La máquina para maquillar mujeres consistía en nada más y nada menos que en una escopeta cargada con muchas tinturas. Pero él decía que era su súper experimento, y bueno, nadie estaba en condiciones de contradecirlo. No pasó mucho tiempo, hasta que descubrió lo que ya muchos pensaban, que el único talento que le fue transmitido era que los "experimentos" le fallasen, y esto se dio cuenta al ver al hermoso rostro de Annie completamente manchado en maquillaje. Annie después de esto, lo corrió por todo el pueblo. Era algo imposible de olvidar, a la hermosa Annie, toda una dama de la alta sociedad, con el rostro completamente cubierto con pintura, corriendo detrás del apuesto caballero Archie. Todos sus habitantes se rieron y comentaron la anécdota por días enteros. Pero Candy, ni siquiera recordando al adorable Stear sonreía. Es más, se ponía cada vez más triste, recordando las muertes de sus queridos amigos en el pasado... Hasta Paul, su pequeño amigo del pueblo, le había retado una vez para trepar el árbol más grande del lugar. Pero ella sin inmutarse se negó sin pensar. Sólo pasaba las horas sentada en el jardín trasero de la casona de su madre, mirando a la nada, meditabunda, completamente ensimismada en sus pensamientos, llorando en silencio... Recordando a su madre, y aquellos días felices... Y cuando por fin se levantaba era para pasar las restantes horas caminando por los laberínticos caminos del pueblo, tomada de la mano de su padre, quien tampoco podía salir de la tristeza...

Y Albert sólo se limitaba a observarla y a dejarla estar. Él más que nadie entendía el duelo que se vive cuando un ser querido fallece. Por eso la entendía y la respetaba, a pesar de que todos los demás estaban cada vez más preocupados por el estado de Candy.

Y así continuaron pasando los días, transformándose en semanas, trayendo consigo el momento en que Archie debía volver a Chicago, para ocuparse de los negocios. Annie quería quedarse en Winds Hollow con su querida hermana de corazón, porque sabía que Candy la necesitaba, pero al ver a su marido enormemente abatido por las responsabilidades que inevitablemente caían sobre él, decidió acompañarlo en su ida a Chicago. La señorita Pony y la hermana María, a regañadientes también admitieron que debían volver al hogar de Pony, ya que a pesar de que los niños se habían quedado a cargo de las maestras, ellas aún seguían siendo las directoras.

Y Candy mientras observaba meditabunda, con la vista perdida, a gran parte de sus seres queridos hacer las maletas, corriendo de aquí para allá, completamente histéricos por el pronto viaje de regreso, y mientras jugueteaba con su anillo de compromiso que descansaba ya hacía un buen tiempo inamovible en su dedo anular, se le ocurrió sin saber cómo ni por qué, una brillante idea, como si una pequeña luz brotara en su cerebro, haciendo por fin sonreír a su corazón, luego de semanas de intensa tristeza.

Inmediatamente y sin pensarlo dos veces, se dirigió corriendo hacia la habitación donde se estaba hospedando Albert. Entró sin llamar, y lo encontró sentado en un pequeño escritorio frente a una ventana, con la cabeza metida en una pila de papeles, que prácticamente desbordaba la mesa.

-Albert… ¿qué haces?

-¡Pequeña! –La saludó efusivamente, para luego levantarse rápidamente y correr a abrazarla con fuerza -¿cómo has estado?

-Bien… -contestó risueña, mientras se dejaba llenar de besos.

-¿Bien? –Preguntó él, enigmático – ¡ah, pero qué bella sonrisa pequeña! –Exclamó gratamente sorprendido, tomando su rostro para acariciarlo suavemente –ya la extrañaba ¿sabes?

Candy sonrió aún más, disfrutando con creces el latir alegre de su corazón.

-¿Qué hacías? –preguntó ella, mientras se soltaba de las manos de Albert y se dirigía al pequeño escritorio. Allí había papeles por doquier, que Candy empezó a husmear impacientemente.

-Ah… Bueno, es que como Archie regresa a Chicago, le quería dejar todo en orden, al menos los asuntos más importantes...

-¿Has estado trabajando? –preguntó Candy cada vez más sorprendida, al observar el contenido de los papeles y sus fechas. Allí había contratos con fechas que se remontaban semanas atrás.

-Pues, si… -contestó él intensamente ruborizado.

-¿Y quién te mandó todo esto, o lo trajiste contigo? –Candy seguía tocando la gran pila de papeles. Vaya, allí había papeles con inmensos números escritos en ellos, con nombres importantes, negocios a montones, asuntos que evidentemente eran imposibles de ignorar. Diablos, y ella recién se daba cuenta...

-Parte lo traje conmigo, y parte me lo envió George la semana pasada… -Albert se fue acercando a ella, abrazándola por detrás -¿estás enojada?

-¿Eh? No, no… ¿por qué habría de estarlo?

Albert no contestó, y con delicadeza comenzó a acariciar el cuello de su novia con su nariz, para terminar besándolo tiernamente.

-Y bien… ¿A qué se debe esa hermosa sonrisa? –preguntó él luego de un momento.

-¡Ah, sí! –Exclamó ella, separándose rápidamente para mirarlo de frente –Albert…

-Candy...

-Eh... Bueno... Pues... Eh... -Ella comenzó a juguetear con sus dedos, y bajó la mirada -Pues... ¿Qué te parece si nos casamos mañana? Acá, en Winds Hollow... -terminó por decir, mirándolo finalmente de frente, increíblemente avergonzada, expectante por su respuesta.

-¿Eh, mañana? –esta vez el sorprendido era él.

-Eh... Sí… es que…

Candy tartamudeaba, jugueteaba con sus dedos, removiéndose incómoda ¡No sabía cómo decirlo! Y Albert se regocijaba por dentro al observarla. Por fin Candy estaba recobrando su brillo.

–Es que… Mi mamá está aquí Albert… éste es su hogar… Y ahora están todos… Mi papá, mis tías, mi abuela… -comenzó a contar con los dedos -Pero pronto Archie, Annie, la señorita Pony y la hermana María partirán… Y nosotros eventualmente también…

-¿Pero, por qué dices eso? Sí habíamos quedado que nos quedaríamos una temporada en Winds Hollow...

-Sí, lo sé, pero… ¡Mira un poco tu escritorio Albert! No puedes despegarte de tus empresas. Y lo entiendo, no creas que no. Y no me enojo, no... Entiendo quién eres, entiendo que en los últimos años te has convertido en un gran hombre de negocios, un magnate por así decirlo, y entiendo que contigo traes un montón de responsabilidades que no puedes ignorar…

-Ajá... –contestó pensativo el rubio -Pero... ¿y eso qué tiene que ver? Candy...

-¡Shhh! Que aún no terminé -lo interrumpió la rubia, arrugando su pecosa nariz y levantando levemente la mano.

Albert sólo sonrió, todavía más... Sí, ésa era la Candy que él recordaba...

-Y yo siempre te voy a acompañar, vayas donde vayas… -finalizó ella, sonriendo ampliamente.

-¿En serio? –preguntó él aún más risueño, mientras nuevamente se acercaba a ella para tomarla por la cintura.

-Sí… -contestó Candy cada vez más ruborizada –te acompañaré a donde vayas, siempre…

-¿Siempre?

-Sí...

-Oh, pero qué bonito se oye eso… Qué bonita promesa... -Albert tomó aquel rostro pecoso entre sus manos para besar los dulces labios de su amada.

–Mmmh… -suspiró él luego de un momento, interrumpiendo el beso –así que quieres casarte aquí, mañana…

-Sí… -contestó Candy, con el rostro cubierto de rubor y los ojos más brillantes que nunca–Éste es un lugar especial, Albert... Se podría decir que hasta es mágico… Hasta sus leyendas son románticas, y es el hogar de mis padres… Aquí ellos vivieron su sueño, fueron felices, y aquí nací yo... Y ahora están todos, y estoy segura que si les pido, podrán demorar su viaje de regreso un día más... Albert… por favor… -imploró juntando sus manos frente a su pecho y haciendo pucherito con sus labios -¿qué dices?

Albert soltó un profundo suspiro, y la miró seriamente. Candy se asustó en un primer momento, pero luego él mostró su amplia sonrisa y la abrazó tan fuerte que hasta la dejó sin aire.

-¡Jajaja, Albert, me estás asfixiando! -reía a carcajadas. Dios, qué hermoso era sentir la alegría del amor... Que bello era sentirse ella nuevamente...

-Nada me haría más feliz, pequeña… -contestó él, sin poder borrar la sonrisa de sus labios.

-¡Yuuuuuupi! –gritó ella colgándose de su cuello efusivamente.

Y Albert estalló en risas, mientras la alzaba en sus brazos y la hacía girar por toda la habitación. Luego de un rato, mientras la bajaba suavemente al suelo, y apoyaba su frente en la de ella, comentó suspirando -Por fin seremos marido y mujer…

-Sí… Por fin lo seremos… -afirmó Candy, también enormemente emocionada.

Sí, el corazón de Candy volvía a latir, luego de eternas semanas de inmensa tristeza. Sabía que eso era lo que su alma pedía, casarse en el lugar que la vio nacer, en aquel pueblo de nombre poético y leyenda de enamorados, rodeada de sus seres más queridos. Casarse por fin con su amado príncipe de la colina...

Sí, por fin el mundo volvía a sonreír...

Continuará…


Hoooooooooola chicas!

GRACIAS A TODAS POR LEER MI HISTORIA. Gracias a Tania Lizbeth, Candyserena20, Stormaw, Lizvet Ardley, Elsy82, Lu de Andrew, mercedes, Guest, Friditas, Mary star, y sayuri1707. Gracias de verdad por cada palabra llena de sentimiento que me dejan en sus comentarios. Las leo a todas, y siempre me llenan de una GRAN energía para seguir escribiendo... y aunque aquí sólo agradezco los review del cap 37, en el último capítulo, que será dentro de muy poco agradeceré a una por una que me dejó un review en estos 5 largos años de vida que lleva esta historia.

Gracias, gracias y mil veces GRACIAS :)

Nos vemos prontito, para el final :)

Besoooooooooootes!