Disclaimer: Los personajes de Inuyasha no me pertenecen, son exclusivos de Rumiko Takahashi. Esta historia está libre de fin de lucro.

Nota: Episodio editado.


Cuestión de tiempo

Rin miró las amplias puertas que estaban abiertas de par en par, con aquel viejo hombre que esperaba de su entrada a la gran mansión. Ella jamás tuvo en mente el volver a ese lugar, lo condenaba, pero su querido suegro la había convencido. Estaba ahí, porque aquella mujer que se hacía llamar su tía merecía ser escuchada, tener una segunda oportunidad, una esperanza de que las cosas salieran bien.

Después de todo, es tu familia, Rin. Ella es el único ser que te liga a tu madre. No la rechaces.

Esas habían sido las cálidas palabras que le había ofrecido Inutaishō, mientras sujetaba de las manos con infinito cariño, candidez y una amable sonrisa dibujada en su faz. Por algún motivo —que aun desconocía—, terminó accediendo a su petición. Ahora se encontraba ahí, maldiciendo el encanto sobrenatural de los Takashima, siempre lograban convencerla, tanto el padre cómo los hijos.

Suspiró resignada y dio paso hacia el interior del recinto, mirándolo con detalle, era elegante, pulcro y lleno de memorias. Recuerdos de su familia, que aun conservaban la esencia de Hitomiko y Midoriko. No sabía si estaba en lo correcto, pero quería creer que así era. No había duda de que aquella mujer buscaba eso al final de cuentas.

Soledad.

Eso es lo que respiraba en ese lugar, una soledad tan amarga a la cual se había autoimpuesto aquella mujer, su tía.

—Por aquí, señorita.

Rin miró al hombre de no más de setenta años, que ya estaba dando paso hacia la dirección en donde se encontraba Midoriko. Ella lo siguió tan cerca cómo le fue posible, no quería perderle la pista. Por muy estúpido que sonara, tenía miedo de perderse en ese lugar. A pesar de que este era amplio y sin pasillos rebuscados, una casa muy occidental.

Llegaron a lo que parecía ser un salón, el cual distaba mucho del despacho de la elegante mujer. Se trataba de una sala más privada, llena de muchas cosas, todas parecían gastadas y viejas, cómo recuerdos de una mente que resguardada el pasado. Sintió un nudo en la garganta. No sabía porque la nostalgia le llegó de golpe.

—¿Qué quieres Toru? —Cuestionó Midoriko, sin siquiera levantar la mirada. Estaba perdida en el álbum que tenía entre sus manos.

—Señora, la buscan.

—No estoy de ánimos de atender a nadie. Diles que estoy ocupada o lo que sea, cualquier excusa es válida.

—No para mí —habló, tratando de ahogar su enojo y ganas de llorar.

Midoriko levantó la mirada y mostró su asombro.

—¿O sí?

—Rin… —Pronunció su nombre en un suspiro—. Pasa por favor, ¿quieres algo de beber?

—Café, si no es mucha molestia.

—Por supuesto que no —cerró el álbum y lo dejó de lado—. Entra y toma asiento, por favor.

—Gracias.

Terminó por ingresar a la pequeña sala y caminó hasta llegar al sofá rosado —bastante infantil— en donde estaba sentada Midoriko. Era amplio, así que no vio problema. Aparte, que consiguió mantener una distancia propia entre ambas.

—¿Va a desear té, señora? —Intervino Toru.

—Por favor.

—En seguida, mis señoras.

Rin volteó a ver al hombre rápidamente, quien les dio una corta reverencia, para dar camino hacia la salida. No sabía cómo tomar aquel «mis señoras», pero si podía asegurar que ese hombre había servido a ambas hermanas, sin excepción alguna.

—Rin… —La llamó con modulación. Estaba temerosa de hablarle.

—Supongo que debí llamarle primero. No quería ser inoportuna.

—No, tú no necesitas de esas cortesías, tú siempre serás bienvenida en esta tu casa —se mordió el labio inferior, pensando que la había agraviado—. Lo siento, se me olvida que no quieres nada con esta familia, yo lo…

—Hable con el señor Inutaishō —intervino, no quería escuchar más disculpas innecesarias—. Me pidió el que no fuera tan ruda con usted, que la escuchara —suspiró—. Y sé que tiene razón, aquella vez fui muy… Incluso Sesshōmaru no se vio contento con mi proceder.

—Estabas en tu derecho, cualquiera hubiera actuado de la misma manera —la justificó viéndola fijamente y con una mueca similar a una sonrisa—. Fue mi culpa, si yo te hubiera hablado con la verdad, muchas cosas se hubieran evitado.

—Supongo —suspiró. Eso estaba siendo demasiado difícil para ella—. Pero él hubiera no existe y ahora estamos aquí.

»Me enteré de que está participando en el juicio de Naraku —prefirió cambiar de tema—. Está destapando los negocios que su padre tuvo con esa familia. ¿No es eso riesgoso para usted?

—Legalmente no, porque no tengo relación alguna con los tratos que alguna vez tuvo mi padre con Onigumo y Naraku —acomodó un travieso mechón azabache detrás de la oreja—. Mi abogado es Kōga Sunakawa.

—Lo sé, Sesshōmaru me dio a conocer ese detalle.

—Tu amigo es muy bueno en lo que hace —le sonrió—. Está haciendo todo lo necesario para no involucrar en todo este proceso legar a Kagura y Kikyo. Después de todo, ellas no tuvieron nada que ver en todo esto —hizo una pequeña pausa—. Es lamentable que Kikyo, se haya dado cuenta de todo lo que su esposo ha hecho. La vi muy afligida.

—Me imagino —perdió su mirada hacia su alrededor. Pensó lo bueno que fue que, Inuyasha no se encontrara en el país—. A parte de eso, está desenmascarando a otros socios, ¿no es así?

—Sí, los nombres de Ryukotsusei y Magatsuhi han salido a flote, aunque este último es complicado de culpar.

Todo el cuerpo se le tenso al escuchar el último nombre, aunque trataba de ocultarlo, no podía evitar el sentirse pequeña y temerosa. No podía borrar esa fría y burlona voz de la cabeza, y aquella amenaza que aún seguía latente. Desconocía que haría.

—¿Rin, te encuentras bien?

La pelinegra reaccionó al escucharla hablar y sentir aquella manó sobre su hombro, la cual fue retirara tan rápido cómo la miró.

—Lo siento.

—No hay problema —miró de nuevo el lugar en el que se encontraban—. ¿Qué es aquí? Se ve cómo una sala de juegos —prefirió salir de aquel escabroso tema.

—Era donde tu madre y yo jugábamos cuando éramos niñas —una sutil sonrisa se hizo presente—. Sigue tal cual lo usábamos.

—¡Oh! —Sonrió—. Es muy bonito.

—Gracias.

El silencio reinó por un largo momento, bastante tortuoso para las dos pelinegras. Las cuales no sabían cómo volver al inició. Cómo aquella noche en el coctel, en donde ambas se presentaron y se agradaron. Fue el toque en la puerta quien los hizo salirse de sus propios temores e inseguridades.

—Pasa, Toru.

El hombre no tardó en hacerse presente ante ellas, llevando consigo una charola con lo pedido. Toru dejó las cosas sobre la pequeña mesa de centro, de una manera elegante y pulcra. Se notaba la etiqueta con la cual había sido formado.

—¿Necesitan algo más? —Cuestionó a ambas.

—¿Rin? —Le llamó Midoriko.

—No, gracias.

—Te puedes retirar, Toru. Gracias.

—Estoy a sus órdenes —les dio otra reverencia y partió del lugar.

—¿Qué es lo que estaba viendo? —Se animó a preguntarle, para que la charla no muriera y quitarse la curiosidad que había nacido en ella.

—Es un álbum de fotografías —lo volvió a coger y se lo tendió—. Son fotos de tu madre y yo, cuando éramos jóvenes.

Rin alzó dudosa sus manos, pero terminó por coger el cuaderno rosado y lo apoyó sobre su regazo. Después de todo, se trataba del pasado de su madre y la necesidad de saber más de ella crecía cada día.

Quitó la tapa y se encontró con varias fotografías, donde sólo había memorias de Hitomiko y Midoriko. Si bien, había una edad considerable que las separaba, parecía ser que eso no había impedido el que su madre jugara con muñecas, para hacerle compañía a su pequeña hermana. Las dos eran muy parecidas. Si no fuera por la edad, ambas pasarían por mellizas.

—Siempre fue muy cariñosa y protectora conmigo —alzó la vista para encontrarse con los ojos marrones, llenos de lágrimas que amenazaban con salir—. Mamá murió cuando yo tenía sólo dos años. Así que Hitomiko tomó la responsabilidad de no sólo ser mi hermana, sino también mi madre —limpió inmediatamente la primera lágrima derramada—. Maduro demasiado rápido, para poder ser el apoyo de nuestro padre. Pero fue cómo si a ella no le hubiera molestado. Siempre fue buena en todo, en la escuela, en la casa y en la sociedad, era el orgullo de la familia.

»Hitomiko llamó muy rápido la atención en el mundo empresarial. A tan solo dieciséis años, ella empezó a tomar decisiones dentro de la empresa —rió sutilmente—. Y con ello, los pretendientes le llovieron. Pero a todos los rechazó sin miramiento alguno. Decía que los herederos son molestos y pretenciosos, que no hacían nada y aun así, presumían de lo que no se habían ganado con su esfuerzo.

—¿Entonces nunca tuvo novios? —Preguntó interesada.

—Sólo uno.

—Elías…digo, mi papá —se corrigió avergonzada.

—Así es —le regaló la primera sonrisa sincera—. Elías poseía un don increíble, uno que siempre usaba para cautivar a tu madre.

—¿Qué don? —Se acercó un poco más a la mujer.

—El hacerla reír cómo loca —escapó una ligera risa de Midoriko—. Tenía un buen sentido del humor. Según decía Elías, que él poseía la sangre liviana.

—¿Sangre liviana? —Ladeó su cabeza dudosa.

—Sí —sonrió—. Nos contó, que es una forma de llamar a alguien que posee la habilidad de ser agradable ante todas las personas. Alguien divertido y alegre —calló por unos segundos, los cuales le vio detalladamente. Eso le incomodo—. Incluso podría decir que es algo que te heredo.

—¡¿Eh?! —No puedo evitar el rubor que se coló en sus mejillas.

—Tienes su misma mirada y esa sonrisa dulce —le informó.

—¿Así lo cree?

—No lo creo, estoy segura —habló con más fluidez—. Es verdad que tu madre era hermosa, pero no poseía esos enormes ojos de los cuales eres dueña. Grandes, tupidos de largas y pesadas pestañas. Tan llenos de vida y picardía —paso unas cuantas páginas y se detuvo casi al final. Se encontró con fotografías de Hitomiko y Elías, muchísimas de ellas—. Ojos anhelantes, así los llamaba tu madre.

—¿Se amaron mucho? —Expelo embelesada ante las fotos de sus padres.

—Muchísimo, más de lo que puedes imaginarte… —Sonrió apenada—. Tal vez sepas de qué manera. Lo estás viviendo ahora.

Viró hacia enfrente, donde su tía le regalaba una expresión llena de ternura. Ya no encontró el rechazo o el desagrado, por su acercamiento al hijo mayor de Inutaishō. Sonrió tontamente. Tal vez la comparación no estaba de más, sólo que los papeles se habían invertido.

—¿Podría contarme más sobre mis padres? —Pidió apenada.

—Por supuesto —le sonrió contenta.

~O~

Tan rápido cómo puso un pie en la oficina, la secretaria lo abordó con algunas llamadas que recibió. Todas ellas, siendo prácticamente para realizar negociaciones. Lo peculiar del asunto, es que la mayoría se trataban de viejos socios de la familia Kondo. Magatsuhi estaba perdiendo gente, por aquella oleada de información que Midoriko lanzó ante la sociedad. Y ahora estaba ganando terreno, tal como lo había previsto.

—Me hicieron llegar esta nota.

Sesshōmaru viró su atención a la mujer, que había colocado el sobre en el escritorio. La cubierta tenía la firma de Hakudōshi. Fue algo que llamó su atención, ya que no sabía del sujeto desde que terminó su trabajo de investigar a Naraku. Pero aun así, seguía la pendiente de los gastos médicos hacia Kanna.

—¿Quién te lo entregó?

—Fue el cartero de la empresa —Le respondió sin titubear.

—¿Algo más aparte de esto?

—No, eso fue todo lo que me entregaron.

—Hmm… —Frunció el entrecejo molesto. Por algún motivo tenía la extraña sensación de querer hablar con aquel chico—. ¿Eso es todo?

—Sí, señor.

—¿Ya están listos los informes?

—Estoy por terminar.

—Ocúpate en ello. Los quiero antes de que termine la jornada.

—Sí, señor.

Fuminori dio una pequeña reverencia y se retiró del despacho, dejándolo solo, con la carta que el amigo de su prometida le mandó. Ese tipo era de cuidado, y más si estabas en su lista de trabajos por realizar.

Hakudōshi era un genio innato, le gustara reconocerlo o no, eso no quitaría el ingenio y la inteligencia que ese chico poseía. Lo peor de un hombre cómo él, es que era bueno en cada campo que se le presentara, siendo el mundo de las redes lo que más destacaba. Se trataba un Hacker, que se regía en una sola regla: Venderse al mejor postor. Ese sujeto no conocía de lealtad, sino del dinero que podrían garantizarle. Y aunque tenía entendido que rechazaba muchos trabajos, para no poner en riesgo a su hermana menor. Si ese infeliz fuera solitario. Sin duda ya hubiera hecho polvo a muchos grandes empresarios de Japón, con sólo pulsar una tecla. Y lo tenía presente, ya que no sólo se dedicó en mandarle información sobre su primo, sino también ayudo a hundirlo. Había trabajado también para Bankotsu.

Se deshizo del sobre tan rápido cómo pudo y se centró en leer lo que contenía la carta. Sólo una frase, pero bastante interesante, debía admitir.

No te dejes engañar, escucha antes de juzgar.

No se trataba de algo que fuera difícil de interpretar, el sujeto lo estaba previniendo de alguna clase de engaño o de algo similar.

¿Pero exactamente de qué?

Hakudōshi ya no formaba parte de su tablero, pero quizás si de algún otro participante en todo este lio. O quizás era por el cariño que le guardaba a Rin. No era ningún estúpido, estaba al tanto de los verdaderos sentimientos que el albino guardaba por su prometida. Uno hombre más rendido ante los encantos de la dulce mujer. Aun así, el sujeto se había limitado a tener sólo la amistad de Rin. Cual fuera el motivo, no le importaba en absoluto. Pero no había duda de que esa niña contaba con más apoyo del que llegaría a creer.

De alguna manera tenía que agradecerle al sujeto, por cualquier cosa que se le fuera a presentar, con toda la intención de hacerlo dudar y dejarse llevar. Más en esos momentos en que Sesshōmaru, tenía la sangre enardecida por todo lo que había explotado, gracias a Magatsuhi Kondo.

~O~

El tiempo transcurrió con tranquilidad, el trabajo fue menguando sin complicación, y de alguna forma tenía que ver con Kaoru Fuminori. La mujer era eficiente en todo, era rápida, no se atrasaba con nada, tenía una memoria formidable, manejaba su agenda a la perfección y tenía que destacar lo perceptiva e inteligente que era. No había duda alguna, su mujercita consiguió un buen remplazo. Sin olvidar que ya eran amigas, normal en Rin.

Un zumbido rompió con el tranquilo silencio de la oficina, llamando así la atención del albino. Cogió el celular para checar el nuevo mensaje, que llegó a su correo personal. El cual no tenía título y para colmo, desconocía la dirección en la cual le mandaron dicho mensaje.

Lo abrió sin dar más rodeos y se encontró con documentos adjuntos, los cuales resultaron ser fotografías. Curioso alzó la ceja, al darse cuenta de que esas fotos fueron tomadas ese mismo día, en donde los protagonistas eran Rin y Hakudōshi.

Las checó una por una, el escenario no cambio en ningún momento. Estaban en un pequeño restaurante, tal vez del centro comercial. Pero si se dio cuenta de los «cariños» que Hakudōshi le regalo a Rin, en cada una de las fotos. Acariciarle las mejillas, tomándola de las manos, acortando la distancia —demasiado para su gusto—, incluso aquel abrazo que se mostraba difuso, por la manera tan rápida que sacaron la fotografía. Fue como si esos dos se estuvieran besando.

No te dejes engañar, escucha antas de juzgar.

Se recargó en el respaldo del asiento y miró fijamente la pantalla del celular, que descansaba sobre el escritorio. Analizando aquellas fotos que vio y el mensaje de Hakudōshi. Había dos alternativas. La primera es que Hakudōshi se dio cuenta de que alguien les estaba vigilando y tomando fotos; la segunda, es que Hakudōshi estaba enterado de que eso pasaría. Si no, no tendría caso el que éste se tomara la molestia de mandarle ese mensaje.

Desconfianza.

Eso fue lo que trataron de hacerle sentir, desconfianza hacia Rin. Ahora que la mujer no trabajaba para él, y tenía más tiempo para vagar por la calle, sería un fuerte motivo para que las dudas se acrecentaran, por lo tanto, menos control tendría sobre de ella. Así sería, si no fuera que confiaba ciegamente en Rin. Aunque esto hacia un par de semanas no parecía ser reciproco.

Rin estaba tan alebrestada, que habían discutido más veces de lo que habían hecho, desde que se conocieron. Y todo por la paranoia que se había acrecentado en su mujercita, que parecía ver enemigos hasta en sus mejores amigos. Incluso, Ayame y Kōga sufrieron sobre los molestos arrebatos que ésta tuvo repentinamente.

Tal vez, si Inuyasha estuviera ahí…

Le molestaba pensar en su medio hermano, cómo un recurso para mantener la estabilidad de Rin. Pero parecía ser que su menor, poseía algo que lograba hacer efecto en su mujercita. Quizás el sentimiento de protección fraternal. La de un hermano hacia su pequeña hermana.

Levantó su muñeca izquierda y miró la hora en el reloj, el cual le anunciaba que sólo faltaba media hora para que se efectuara el cierre laboral. Pero eso no le garantizaba descanso. No sabía de qué humor estaría Rin, y más cuando le preguntara que había hecho en todo el día. Sin dejar de lado, el avance del juicio contra Naraku. En donde esperaba se encontrará el hilo más débil que lo ataba a Magatsuhi y así terminar de una vez por todas con ese sujeto.

Una de las puertas del despacho se abrió, dejando ver al intruso que se adentró sin permiso alguno. Sólo dos personas hacían eso, Rin e Inuyasha. Pero era obvio que no se trataba del último.

—Hola —le saludó la pelinegra con una tenue sonrisa.

—¿Qué haces aquí? —No pudo evitar ser directo y borde.

—Estaba cerca de aquí y se me ocurrió el venir por usted.

Rin se encaminó hasta donde se encontraba él, haciendo a un lado los papeles y el celular, tomando asiento en la tabla del escritorio. Ella le dedico una mirada juguetona, parecía ser que estaba de humor. Se le notaba en sus ojos brillantes y el rubor en sus mejillas. Algo que le molestaba. No porque estuviera con mejores ánimos, sino que tal cambio haya sido gracias a Hakudōshi.

En eso recordó las fotos y la carta que el albino le envió, por lo tanto debía controlarse antes de alterarse ante una tontería que tenía explicación.

—¿Está enojado?

—No.

—Tiene el ceño fruncido —señaló su propio entrecejo con su dedo índice—. Y eso es suficiente para saber que algo malo ocurre.

—No ocurre nada —relajó sus facciones y prestó atención a la mujer que estaba frente a él—. ¿De dónde vienes?

—De ver a Hakudōshi —dijo con simplicidad—. Me invitó a comer.

—Hmm…

—Se irá de Japón —le hizo saber, cómo si a él le importara lo que hiciera o dejara de hacer ese sujeto—. Le ofrecieron trabajo en Berlín y aceptó. Está entusiasmado, es una oportunidad para darle una mejor vida a Kanna —sonrió dulcemente—. ¿No cree que es genial?

Sesshōmaru no contestó la pregunta, pero no apartó la mirada de su mujer, cómo si eso fuera suficiente para saber que más había pasado en aquella «cita». No dudaba de Rin, pero aun así, más valía asegurarse.

—¡Oh, es verdad! —Exclamó repentinamente, mientras buscaba algo en el bolso rosado—. ¡Aquí está! —Gritó victoriosa—. Hakudōshi me dijo que se lo diera.

Rin le extendió una pequeña bolsa de plástico que contenía una memoria, la cual tenía una capacidad de 64 GB. La miró por unos segundos, para volver su atención a Rin, esperando a que le dijera algo más.

—Ni me pregunte de que se trata, porque no me lo dijo —alzó los hombros—. Sólo me mencionó que se lo entregara, que era el cierre de sus negocios juntos. ¿No se supone que ya no trabajaba para usted?

—Así es.

—¿Entonces? —Indagó seria.

Sesshōmaru la vio, pero no le dio ninguna respuesta, él también estaba uniendo cabos en esos momentos. Hakudōshi mando ese mensaje porque estaba enterado de que lo seguían, por lo tanto, sabía que le serían enviadas las fotos. Sólo se adelantó a los hechos. Con lo que respectaba a la entrega de la memoria, le aclaró que no estaba equivocado en suponer que alguien más se había unido a la partida.

—¿A dónde me has dicho que se irá? —Quería escucharlo una vez más, sólo para asegurarse.

—Berlín —ladeó su cabeza, demostrando lo perdida que se encontraba en la conversación.

Su madre era una perra demasiado astuta hasta para él mismo. No importaba la distancia, ella siempre encontraba la manera para intervenir, y, en este caso no sería diferente. Había recurrido a la persona indicada, la cuestione fue:

¿Qué le ofreció a Hakudōshi?

Estaba seguro de que el chico se arriesgó demasiado, pero también era consciente. Sabía que su madre le ofreció algo más que una simple cantidad de dinero. Pero no tenía interés, sólo quería saber lo que contenía esa memoria, y ya vería si su madre merecía un «gracias» de su parte.

—¿Sesshōmaru?

—¿Qué? —Se concentró en su mujer.

—¿Ocurre algo malo?

—No.

Se incorporó para colocar sus manos a los costados de Rin, quedando frente a ella, mirando fijamente los ojos achocolatados. La mujer se sonrojo ante la intensidad de su mirada, pero no dijo nada al respecto, se quedó en un profundo silencio, esperando cualquier acción de su parte.

Acercó su rostro al de ella, buscando los labios que tenían el mismo tentativo color de las cerezas. Al momento en que sus labios se rozaron, su mujercita sonrió y cerró sus ojos, esperando que aquel contacto se efectuara. Eso fue lo que le dio, al apoderarse de sus carnosos labios, los cuales le siguieron el ritmo.

¿Cuánto había pasado desde que se habían besado de esa manera?

No tenía ni la más mínima idea, pero ya poco le importaba. Ahora lo estaba disfrutando y no dejaría que nadie lo detuviera, hasta saciarse de aquella húmeda y caliente boca. Y parecía ser que no fue el único que pensaba de esa manera. Rin colocó sus brazos detrás de su cuello, provocando que su beso se profundizara, que sus cuerpos se tocaran con más libertad.

Sus manos acariciaron las suaves y desnudas piernas de Rin, todo gracias a la corta falda del vestido negro, que le daba acceso más allá de lo que la tela cubría. Pero unas pequeñas manos lo detuvieron, antes de que el vestido se alzara un poco más. Rompió el beso, frunció el ceño y Rin dejó escapar una risa, demostrando lo divertido que le parecía la situación.

—No sé enoje, estoy haciéndonos un bien —le acarició la mejilla con letanía—. Prefiero que esto no lo guardemos para nuestra habitación —los delgados y pequeños dedos ya tocaban sus labios—. Allá podremos calentarnos todo lo que queramos y sin ser interrumpidos por nada, ni nadie.

Sesshōmaru solamente se irguió tan alto cómo era, dejando escapar un pequeño gruñido de inconformidad, pero era suficiente para saber que había accedido ante sus palabras. Al final se lo recompensaría, ya que las ganas que tenía de él eran muchas.

¿Cuántas semanas habían estado sin tocarse con desinhibición?

De sólo pensarlo le molestaba, y más al saber que se trataba de su culpa. Rin sabía que su volátil comportamiento estaba provocando que las fricciones entre ellos dos, se hicieran constantes y rutinarias. Pero había momentos en que ni ella podía soportarse y siempre terminaba por explotar con él. Cuando se trataba de la única persona, que no se merecía ese comportamiento de su parte.

—Rin.

—¿Ah? —Se encontró con Sesshōmaru de nuevo en la silla, viéndola con los fulminantes orbes dorados.

—Tengo aun trabajo que hacer, así que aparta tu trasero —dijo con seriedad.

—¡Oh! —Exclamó avergonzada. Se levantó con un leve impulso, dando un pequeño brinco—. Que jerga tiene —le reclamó, a pesar de que le parecía divertido.

—Hmm…

—Igual de grosero que su hermano.

El albino rechinó los dientes por la comparación que le hizo con Inuyasha, algo que le proco reírse a sus expensas, pero sin abusar de lo sosegado que se encontraba su novio. Caminó recorriendo el lugar, cómo nunca lo había hecho antes, en los tres años que había estado en la empresa.

No se había efectuado ningún cambio drástico en el despacho, prácticamente seguía igual. Los mismos muebles, los mismos tintes, la misma esencia. Lo único que faltaba eran los portarretratos que había tenido Inutaishō. Una foto familiar y tres individuales, en donde los protagonistas eran su esposa y sus dos hijos cuando estos eran pequeños.

Miró de soslayo al hombre de cabellos platinados, cuestionándose si algún día, Sesshōmaru haría lo mismo, con sus propios hijos y con ella. Se sonrojó de sólo pensarlo y a la vez se entristeció. Conociéndolo, de seguro eso jamás pasaría, no parecía interesado en las fotografías o mantener algo de su familia cerca de él.

—Sesshōmaru…

—¿Hmm?

—¿Cuándo tengamos hijos, usted tendrá fotos de ellos aquí?

Se ganó de nuevo la mirada de su novio, que se recargó en el respaldo de la silla. Pero sólo se limitó a eso, ya que no se le veía ninguna intención de contestar algo que seguramente creía tonto.

—Bueno, es que su padre…

—Da igual —no la dejó terminar—, ya que estoy seguro de que estarán aquí sin mi autorización.

—¿Qué esta insinuando? —Trató de sentirse indignada, pero la verdad es que tenía ganas de reír—. Yo no se lo impondría —pero sólo se ganó aquella ceja arqueada—. Que malo es —bajó la mirada apenada, al darse cuenta de que para el hombre era bastante predecible.

—Ya veremos —habló con una tonalidad mucho más aterciopelada—. Aún falta tiempo para que eso suceda. Tal vez y llegues a convencerme.

—¿Me está retando? —Se cruzó de brazos.

—Tómalo cómo quieras —dio por finalizada la conversación, al volver a sus asuntos.

Rin no pudo evitar el sonreír por ello, aunque no sabía si eso podría alegrarle realmente. Todo a su alrededor era incierto, sobre todo el albino. Ella sabía que el mes se le estaba terminando, y, con ello, la paciencia de aquel sujeto. Aún no había tomado una decisión.

~O~

Sesshōmaru vio a su mujer enredada entre las cobijas, cubriendo su desnudes, con los cabellos esparcidos sobre la almohada cómo hilos de seda y con aquella respiración pausada. Tan diferente a cómo la había tenido hacia unas horas atrás, agitada, jadeante y húmeda.

Negó internamente al pensar en ello, no tenía tiempo que desperdiciar, y más si la mujer seguía profundamente dormida. Se levantó y se colocó bóxer y el pantalón, para terminar sujetando su cabello con una liga negra, que anteriormente había sostenido la larga y espesa melena de la mujer que aún seguía dormida.

Se dirigió hacia la planta baja, específicamente hacia al escritorio en donde se encontraba la laptop. Agarró el maletín y sacó la tarjeta. Tenía que sacarse las dudas que habían sembrado en él. Quería saber el contenido y de qué manera podía ayudarlo. Si es que no se equivocaba, que su madre fue el artífice de todo eso, y, que, Hakudōshi accedió, debía ser algo demasiado bueno, cómo para dejarlo pasar.

Abrió el primer cajón a la derecha y sacó el adaptador, para incrustar la memoria. Insertó el adaptador a la laptop, esperando que la información se hiciera presente. Y así fue, en cuestión de segundo se le presentó una inmensa cantidad de archivos, de los cuales no sabía por dónde empezar. Abrió la primera carpeta y comenzó a leer.

Y así siguió hasta que sus ojos protestaron ante el ardor y el cansancio que tenían. Se echó hacia atrás, cerró sus ojos y exhaló con pesadez. No llevaba ni siquiera la cuarta parte de los archivos, y ya tenía tantas cosas en su cabeza, que aún no se podría creer. Hakudōshi era una maldita rata, sabía meterse hasta el más pequeño hueco existente. Le estaba entregando una y mil maneras de eliminar definitivamente a Magatsuhi.

Detestaba aceptarlo y sobre todo decirlo, pero tendría que darle las gracias a su madre. No sabía cuál fue su verdadero motivo para inmiscuirse.

¿Por él?

¿Por Rin?

¿Por lo que le hizo ese sujeto?

Si se ponía a pensar, la última pregunta le parecía la más acertada, fue la que más cuadra. La perfecta venganza hacia ese tipo. No había duda de que echarse de enemiga a Irasue Kaiser, no era nada recomendable. Magatsuhi se había metido con la mujer equivocada.

Su madre sólo le dio las armas adecuadas, ya sería su decisión el cómo lo haría caer. Y ya tenía en mente la manera en que ese sujeto terminaría no sólo preso, sino humillado y suplicándole piedad. La cual no tendría, de eso no había duda. Él no se detendría cómo lo hizo su padre años atrás.

—¿Sesshōmaru?

El albino abrió los ojos de golpe, al escuchar la somnolienta voz de la pelinegra. Se enderezo y la vio bajar las escaleras con cuidado, mientras se tallaba los ojos con el dorso de sus manos. Prestando atención a su apariencia, con esos cabellos desaliñados, vestida solamente con su camisa azul, la cual le quedaba bastante grande, y descalza, no se había tomado la molestia de buscar las afelpadas pantuflas rosadas.

—¿Qué hace despierto? —Caminó hasta el torpemente, estaba más dormida que despierta.

—Nada —cerró el portátil y le siguió con la mirada, hasta que quedó frente él—. ¿Tienes frío?

Rin asintió con el movimiento de su cabeza, extendiendo sus brazos a él, con toda la intención de que fuera cargada. A lo que no se negó al atraerla hacia él, sentándola sobre su regazo, dejando que la mujer acomodara su cabeza sobre el hombro. Sesshōmaru apoyó su mentón en la azabache cabeza y guardó silencio esperando a que ella dijera algo o simplemente cediera al sueño.

—Odio cuando me abandona en la cama —musitó.

—¿Por qué?

—Porque me hizo depender de su calor —aquel delicado dedo, comenzó a recorrer su pecho desnudo—, de su aroma. Desde que estamos juntos, me di cuenta de que empecé a temerle a la soledad.

—No eres una mujer dependiente, Rin —le recordó.

—Lo soy —emanó una delicada risa de la mujer—, al menos en la cama sí. Y dudo mucho que eso cambie —ocultó el rostro entre su cuello, en donde empezó a regalarle besos tímidos—. Sobre todo en nuestro viaje de bodas, en donde quiero permanecer más tiempo encerrada en la habitación con usted, que salir a conocer el lugar en donde nos encontremos.

—¿Eso quieres? —Preguntó con ecuanimidad, aunque la idea empezaba agradarle.

—¿Aguantará? —Alejó su rostro para enfrentarlo. Esos ojos marrones lo estaban retando.

—A veces deberías quedarte callada.

Rin se soltó riendo, al momento en que el albino se levantó sin problema alguno, orillándola a que enredara sus piernas en la cintura masculina. Estaba tomando dirección hacia las escaleras.

—Mañana tiene trabajo, sabe —le informó risueña, mirándolo fijamente.

—¿Y?

—Que tiene que levantarse temprano.

—Deja de dar pretextos estúpidos —se quejó.

La mujer lo abrazó fuertemente, sin dejar de reír por sus propios comentarios y hacerlo «enojar». De una manera, se dio cuenta que aquella alegre Rin, seguía presente. Sólo era cuestión del darle el tiempo necesario para que su coraje y frustración, menguara hasta desaparecer.

Debía darle el espacio necesario y todo volvería a ser cómo antes. Se aferraba a la idea de que así podría ser.


¡Hola a todos!

¿Cómo han estado este fin de semana? Espero que bien, y que lo estén disfrutando muchísimo. Porque yo no, maldito frío calador. Que no deja que estos dedos tecleen a gusto. Pero bueno, ya no importa.

Aquí les dejo el nuevo capítulo, espero sea de su agrado. Ya saben que son libres de dejar sus opiniones al respecto.

Vuelvo a darles las gracias a cada uno de ustedes que siguen esta historia, tanto en el anonimato, como agregándola como favoritos y sobre todo por sus hermosos y amorosos reviews. Espero encontrarme con ellos, en este nuevo capítulo.

Bueno mis pequeñas(os), nos estamos leyendo la semana que entra... Ya no aseguro nada, porque después ando publicando después de dos o tres días. Así que...solo nos leemos pronto. Se me cuidan mucho, y ya saben, nos andamos conectado.

¡Bye!